Playgrounds. Reinventar la plaza

En primera instancia, el «terreno de juego», definido como espacio acotado pero abierto cruza –paradójicamente, de manera subterránea– todo el ciclo de la modernidad. Témenos en el que se sacraliza la aproximación a la vida y el ensayo de la lucha competitiva que marca al Homo ludens, elemento de control que encuentra su origen en la articulación de la ciudad como espacio dividido en esferas especializadas y, por tanto, susceptibles de ser sometidas, el playground recorre nuestra historia y parece surgir y resurgir recordando la necesidad de su reinvención, la urgente apelación del binomio tiempo de trabajo/tiempo de ocio que marca la vida del sujeto occidental. El conflicto entre la espontaneidad del juego, su control y normativización, su relación con la realidad y el poder y su compleja acotación son sólo algunos de los debates en que se adentra este proyecto. (p. 9)

Playgrounds. Reinventar la plaza es el catálogo de la exposición artística del mismo nombre que se llevó a cabo en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía de Madrid de abril a septiembre de 2014. La exposición buscaba reflexionar sobre el papel del playground (el lugar de ocio o juego) en la ciudad: sus orígenes, sus múltiples variantes, su espacio como alternativa a la ciudad entendida como lugar de deber o trabajo. Diversos autores exploran, para dicho fin, aspectos distintos del ocio.

Especialmente interesantes nos parecen el artículo de Lady Allen of Hurtwood, de 1946, donde, preocupada por el estado de la infancia tras la Segunda Guerra Mundial, proponía lo mismo que se había hecho en países como Dinamarca y Holanda (como por ejemplo Carl Theodor Sørensen, como veremos más adelante): aprovechar los descampados dejados por las bombas en las ciudades para convertirlos en terreno de juego para los niños. Ya comentamos la idea a raíz de Construir y habitar, de Richard Sennett, que los ponía como ejemplo de espacio liminar: en vez de delimitar los espacios de juego con vallas y barreras, los dejó abiertos. De este modo, los niños no sólo aprendían con el juego, sino también a convivir con el día a día de la ciudad. Lady Allen of Hurtwood propone llevar a cabo la misma idea según una filosofía que ella misma desarrolló y que consistía en dejar que fuesen los propios niños los que, mediante los materiales que encontrasen (o aquellos que se les proporcionasen) y recurriendo a sus propias estructuras y organización sociales, construyesen el espacio que querían. Como mucho existía la figura de un «capataz», tal vez un adolescente mayor o un adulto joven, que les asistía cuando las tareas eran demasiado complejas o cuando los niños le pedían ayuda.

El espacio de juego es una comunidad democrática. El líder nunca organiza grupos ni juegos. La libertad de los niños sólo está limitada por su sentido de la responsabilidad, pro el entorno del espacio lúdico y por la atención que prestan a los demás niños, una condición necesaria para vincularse al compañerismo del espacio de juego. (p. 77)

(Por cierto, figura interesantísima la de Lady Allen of Hurtwood, cuya biografía pueden consultar aquí.)

Rodrigo Pérez de Arce Antoncic traza el recorrido histórico de la zona de juegos en Calle y playground: la domesticación del juego en el proyecto moderno.

Involucrados en las nuevas culturas del ocio, e interesados en el fenómeno del juego, los arquitectos Le Corbusier y Aldo van Eyck lo encararon desde distintos flancos y tiempos; el primero desde la preguerra, mientras que el segundo sólo en la posguerra. El dato no es casual puesto que la Segunda Guerra Mundial parece marcar una inflexión en ciertas conciencias del juego: así por ejemplo fue tan notable y recurrente la presencia del deporte organizado y su héroe el atleta en las narrativas de la preguerra como lo fue con la figura del niño y el surgimiento del juego libre en la imaginería y el discurso de los arquitectos de la posguerra. (p. 83)

Le Corbusier, ya sabemos, odiaba la calle, que para él suponía el lugar exclusivo del tránsito para ir desde una función hasta la siguiente. El día, mecánicamente dividido en tres parcelas de ocho horas (dormir, trabajar, ocio), iba también dividido en tres espacios: el de trabajo, el de descanso y el de ocio. Y éste, por supuesto, no iba a ser la calle, sino campos deportivos, parques públicos, áreas específicas… en fin, lugares a los que sólo se iba a practicar el ocio. Pérez de Arce rastrea el origen de esta visión a medio camino entre los balnearios donde reponerse tras la Primera Guerra Mundial y los patrones del jardín inglés, completamente estructurado.

Los parques eran, además, diseñados según los criterios arquitectónicos, dispuestos para ser vistos y diferentes a los jardines. Los segundos aportaban descanso visual y vegetación; los primeros, un espacio previo a la civilización, una especie de estadio anterior «de preparación para la vida ciudadana» que, paradójicamente, se daba en un lugar ajeno a dicha vida ciudadana.

La otra visión era la de Aldo van Eyck en Ámsterdam. En parte como proceso para «rellenar» espacios, van Eyck concibió playgrounds que incluían «aparatos de juego, pozos de arena y ocasionalmente plantaciones, con un cierto énfasis integrador con el entorno urbano y las actividades y grupos etarios» (p. 87).

No era siempre la calle el espacio con el que se relacionaban estos enclaves, pero tampoco se trataba de crear reductos aislados para la infancia sino más bien de encontrar espacios de convivialidad cívica donde el niño pudiera vérselas también con el ajetreo de los adultos. Su proyección surgía para llenar de vida –y esperanza– una ciudad al inicio de su reconstrucción, siendo el equipamiento de aparatos y un sofisticado diseño de trazados sus claves lúdicas. (p. 88)

Y aún una tercera vía era la del paisajista danés Carl Theodor Sørensen, quien concibió un nuevo tipo de parque (más adelante llamado adventure playground) que simplemente consistía en espacio para los niños y trastos que éstos podían colocar libremente, alejado de todo paisajismo o planificación.

El siguiente paso fue el de un colaborador de van Eyck en Ámsterdam, Constant Nieuwenhuys, con su proyecto New Babylon (que ya comentamos brevemente a propósito de La ciudad que nunca existió de Pedro Azara), el proyecto (artístico) para una ciudad completamente de ocio.

A partir de este punto, y tras una conferencia de van Eyck donde explica su concepción de los parques y qué es importante en ellos (en esencia: que los niños puedan jugar, que no lo conciban como un lugar al que ir en momentos puntuales sino como una aventura con sus zonas distintas, su convivencia gradual con el entorno y también, por qué no, sus propios riesgos adaptados), el siguiente bloque temático se centra en la delgada línea que va desde el situacionismo a la concepción alternativa, también artística, de la ciudad. Más que un verdadero acto de rebelión política o incluso una visión de la pérdida de las plazas a manos de la mercantilización (retirada de bancos públicos para ampliar el espacio de las terrazas de los bares y restaurantes, por ejemplo), la exposición busca actividades y performances que sí que suponen una ruptura, o al menos un cuestionamiento, de la ideología imperante; pero cuyo alcance, en esencia puntual y limitado a círculos artísticos de vanguardia, limita su efectividad.

Urbanismo y desigualdad social, David Harvey

El primer libro del geógrafo David Harvey fue Explanation in Geography (1969), que seguía la línea tradicional de la geografía del momento: teorías positivistas, métodos cuantitativos y unas bases asentadas, por ejemplo, en los descubrimientos de la Escuela de Chicago. Por entonces, Harvey formaba parte de la Universidad de Bristol, aunque también estuvo en Cambridge, pero a finales de los 60 se trasladó a la John Hopkins University de Baltimore. El salto a Estados Unidos, especialmente a la ciudad de Baltimore, con sus manifiestas desigualdades y unos cambios urbanos generados por el tardocapitalismo que no tardaron en modificar su centro urbano y su frente marítimo (lo reseñamos aquí), hizo que Harvey se diese cuenta de que los postulados que estaba usando no bastaban para entender la ciudad. Para ello necesitaba una nueva base teórica: y acudió al marxismo.

En uno de los artículos aparecidos en Espacios del capital. Hacia una geografía crítica, Harvey manifestaba que necesitó «siete años» de lecturas para tener un vocabulario (marxista) lo bastante amplio para poder aplicarlo a la ciudad y, de paso, refundar la geografía urbana. Urbanismo y desigualdad social (Social Justice and the City, 1973, leemos la edición de Siglo XXI de 1977) recoge parte de este viaje y es, además, uno de los libros esenciales del geógrafo inglés. Está dividido en dos mitades muy diferenciadas: en la primera, armado con los planteamientos liberales, Harvey trata de comprender el urbanismo y plantear una ciudad justa; en cuanto estos supuestos se demuestran incapaces, recurre a los planteamientos socialistas y lleva a cabo el mismo ejercicio.

Los tres primeros artículos, los que están escritos desde los planteamientos liberales, abordan el problema con una actitud científica, casi matemática. La ciudad, asume Harvey, siempre ha sido abordada desde dos vertientes distintas: la geográfica, es decir, en tanto que lugar físico construido; y la sociológica, en tanto que configuración social de una determinada cultura. «… si queremos comprender la forma espacial de las ciudades, hemos de articular una adecuada filosofía del espacio social. En la medida en que sólo podemos comprender el espacio social relacionándolo con ciertas actividades sociales, nos vemos obligados a tratar de integrar las imaginaciones sociológicas y geográficas» (p. 24). Todo esto suscita una serie enorme de preguntas, por supuesto, desde qué es el espacio a qué es la sociedad.

En cuanto a la relación entre espacio y sociedad, Harvey detecta dos posibles acercamientos: el determinista y el ambientalista. Para los primeros, «es posible considerar la forma espacial de una ciudad como un determinante básico de la conducta humana»; para ellos, así esté construida una ciudad, así se comportarán sus habitantes. El otro enfoque, el ambientalista, hipótesis donde sitúa, por ejemplo a Gans, Jacobs y Webber, «considera que los procesos sociales poseen su propia dinámica interna que, frecuentemente, a pesar del planificador, dará lugar a una determinada forma espacial», forma espacial que el planificador no podrá evitar, como mucho podrá influir sobre ella. Pese a su aparente enfoque, sin embargo, ambos planteamientos acaban asumiendo que las ciudades son, como afirma Harvey, «un complejo sistema dinámico en el cual las formas espaciales y los procesos sociales se encuentran en continua interacción».

Pero todos estos planteamientos son un tanto ingenuos en el sentido de que suponen que existe un lenguaje adecuado para estudiar simultáneamente las formas espaciales y los procesos sociales. Tal lenguaje no existe. Normalmente, lo que hacemos es abstraer bien la forma espacial, bien el proceso social de ese complejo sistema que es una ciudad, haciendo uso de ambos lenguajes por separado. Dado ese mecanismo de abstracción, no podemos decir de modo significativo que una forma espacial es causa de un proceso social (o viceversa), así como tampoco es correcto considerar las formas espaciales y los procesos sociales como si fuesen variables que se encuentran, de alguna manera, en continua interacción. (p. 41.42)

Lo que se hacía, en conclusión, era tratar de trasladar conceptos de un lenguaje al otro. Sin embargo, ¿qué reglas de equivalencia habría que usar?

En el segundo capítulo, Harvey introduce nuevas variables a la ecuación, a saber: «las medidas destinadas a cambiar la forma espacial de la ciudad (es decir, la localización de objetos tales como casas, fábricas, red de transportes y cosas por el estilo)» y «las medidas destinadas a influir sobre los procesos sociales que se desarrollan dentro de la ciudad» (p. 46), que, en general, son todos los procesos y agentes que relacionan a las personas (trabajadores con los lugares de trabajo, servicios sociales con sus beneficiarios, etc.). Pero, en este punto, no existe un criterio «objetivo» con el que abordar si una determinada medida es o no es buena, puesto «que este criterio requiere que recurramos a una serie de normas éticas y de preferencias sociales».

En este punto, Harvey desarrolla todos los conceptos anteriores en función de sus costos / beneficios, considerándolos de forma amplia y desarrollando un nuevo vocabulario. Por ejemplo: «al cambiar la forma espacial de una ciudad (…), cambiamos también el precio de la accesibilidad y el costo de la proximidad para cualquier familia» (p. 54).

Todo esto lleva a un «considerable desequilibrio» en la negociación de los distintos grupos, puesto que grupos diferentes cuentan con recursos diferentes, los grupos grandes suelen estar menos organizados que los grupos pequeños y muy identificados y algunos grupos quedan fuera de las negociaciones; además de la propia inercia de la estructura, donde unos ya cuentan, de partida, con mejores posiciones.

Las perspectivas de equidad o de una justa redistribución del ingreso en un sistema urbano a través de un proceso político surgido espontáneamente (particularmente si está basado en una filosofía del egoísmo individual) no son nada halagüeñas. La medida en que un sistema social reconozca este hecho y se obligue a sí mismo a contrarrestar esta tendencia natural estará, en mi opinión, en relación con el grado en que dicho sistema social haya logrado evitar los problemas estructurales y las tensiones sociales, cada vez más profundas, que surgen a consecuencia del proceso de urbanización masiva. (p. 78)

El tercer capítulo se centra en el que, según el parecer de Harvey, sería el objetivo ideal: un sistema capaz de aportar justicia social, es decir, un sistema redistributivo de la riqueza que, en su medida, ayude a los menos favorecidos. A menudo cita el óptimo de Pareto, que sería el punto en el que cualquier cambio que pueda suponer una mejora para unos individuos supone, también, un empeoramiento para otros, por lo que ya se ha alcanzado un punto de equilibrio.

Idealmente, eficiencia y justicia social irían de la mano. La eficiencia por sí misma no es un buen medidor objetivo, porque, por ejemplo, puede suponer descartar a unos mínimos de población que se verían abocados a la miseria o la exclusión; la justicia social, por sí misma, tampoco lo es, porque puede acabar persiguiendo objetivos imprácticos y dilapidando recursos que podrían usarse de otro modo. Sin embargo, como se ha tendido a primar la primera en detrimento de la justicia social, Harvey escoge darle más importancia.

El principio de justicia social, por consiguiente, se refiere a la división de los beneficios y a la asignación de las cargas que surgen de un proceso colectivo de trabajo. (p. 99)

Es el objetivo de este capítulo, por lo tanto, descubrir una base sobre la que asentar «una distribución justa a la que se pueda llegar justamente» y que estará basada en tres criterios:

  • la necesidad,
  • la contribución al bien común,
  • el mérito.

Al mismo tiempo, los tres «principios de la justicia social» se resumen en los siguientes puntos:

  • 1. «La organización espacial y el modelo de inversión regional deben ser tales que cubran las necesidades de la población»; y la diferencia entre las necesidades y la asignación que se recibe para las mismas marcarán el grado de «injusticia territorial» en un sistema determinado.
  • 2. Si la organización anterior, además, proporciona beneficios adicionales en otros territorios «a través de los efectos expansivos», dicha forma será mejor.
  • 3. Las desviaciones dentro del modelo pueden ser toleradas cuando tienen la finalidad de superar una situación específica que impediría la satisfacción del sistema.

Luego, Harvey aplica este armazón teórico al sistema capitalista.

…está claro que el capital se conducirá de un modo que apenas estará relacionado con las necesidades o con las condiciones de los territorios menos aventajados. Como resultado, encontraremos bolsas geográficamente localizadas donde el grado de insatisfacción de las necesidades será elevado, como las que actualmente encontramos en los Apalaches o en muchas zonas del centro de las ciudades. La mayoría de las sociedades aceptan ciertas responsabilidades al desviar la corriente natural del movimiento del capital para solucionar estos problemas. Pero, sin embargo, hacer esto sin alterar básicamente el proceso total del movimiento de capital parece más bien imposible. (p. 114)

El ejemplo al que recurre Harvey es el centro de las ciudades norteamericanas (sin duda, con Baltimore en mente), que se habían convertido en guetos de pobreza en el momento en que las inversiones se fueron hacia las viviendas suburbanas. El lugar donde más necesarias eran las inversiones era el que menos recibía; porque el retorno del capital era bajo (o nulo), por lo que el sistema capitalista no tenía necesidad de acudir allí.

«¿Es posible contrarrestar este movimiento utilizando instrumentos capitalistas?», se pregunta Harvey (p. 115). Las pocas ideas que se le ocurren, llevadas hasta el final, acaban en la misma situación: el capitalismo beneficiando a su cúspide. «Lo que esto sugiere es que «los medios capitalistas sirven invariablemente a sus propios fines capitalistas» (Huberman y Sweezey, 1969), y que estos fines capitalistas no concuerdan con los objetivos de la justicia social.» (p. 116).

Por lo tanto, si los planteamientos liberales no funcionan… hay que buscar otros planteamientos. Aquí se da el salto a la segunda parte, que empieza con la concepción de Kuhn sobre los cambios de paradigma en la ciencia. ¿Es necesario un nuevo paradigma en el pensamiento geográfico, una revolución en su forma de contemplar las ciudades? El problema analizado es la formación de los guetos. Hasta el momento, la geografía había seguido la visión «culturalista» de la Escuela de Chicago, según la cual en la ciudad había distintas «áreas naturales» que, mediante unas leyes muy similares a las de la ecología, acababan conformando todo el espacio de la ciudad. Las personas, al llegar a la ciudad, escogían su «área natural» en función de ciertos intereses (raciales, culturales, económicos, etc.) y, a medida que iba pasando el tiempo y se asentaban, iban cambiando de lugar o las propias áreas evolucionaban. La Escuela de Chicago nunca pretendió explicar todas las ciudades (de hecho, se ha comentado a menudo que sus teorías sólo eran aplicables a Chicago), pero el modelo, con sus altibajos, permitía cierta aplicación a bastantes ciudades norteamericanas.

Harvey se dio cuenta de que ese modelo no bastaba para explicar la formación de los guetos en el centro de la ciudad. En cambio, había otro análisis de los guetos y las condiciones de vida del proletariado, ochenta años anterior, que sí lo hacía.

El planteamiento adoptado por Engels en 1844 era, y todavía es, mucho más coherente con las duras realidades sociales y económicas que el planteamiento, esencialmente cultural, de Park y Burgess. De hecho, la descripción de Engels, con ciertas modificaciones obvias, podría adaptarse fácilmente a la ciudad americana contemporánea (creación de zonas concéntricas con buenas oportunidades de transporte para los ricos que viven en zonas suburbanas, cinturones de circunvalación para evitar que éstos vean la suciedad y la miseria que es la otra cara de su riqueza, etc.). Es una pena que los geógrafos contemporáneos se hayan inspirado más en Park y Burgess que en Engels. La solidaridad social que Engels observaba no provenía de ningún «orden moral» superordenado, sino que más bien las miserias de la ciudad eran una consecuencia inevitable del avaricioso y nefasto sistema capitalista. (p. 138)

Si la visión «cultural» no sirve para explicar los guetos, la económica sí que lo hace: el precio del suelo es más elevado cuando más cerca está de los lugares de trabajo (es decir, el centro urbano); las personas con mayores ingresos pueden permitirse el transporte hacia el centro, mientras que las personas con menores ingresos no tienen ese margen. Por ello, acaban viviendo en las zonas más cercanas al centro urbano. Pero como, realmente, tampoco pueden permitirse alquileres elevados (dado su nivel de ingresos), compensan esta contradicción ahorrando en la cantidad de espacio, es decir: hacinándose. Yendo más allá, de hecho, los ricos pueden escoger el espacio de la ciudad que prefieran, puesto que no están limitados por su capacidad de transporte; y será su elección, por lo tanto, la que configurará en gran medida el espacio.

Por supuesto, existen soluciones viables a este problema. Harvey las analiza; pero, como todas ellas surgen desde dentro del capitalismo, como mucho suponen desviaciones más o menos afortunadas que, a la larga, acaban generando la misma desigualdad. Si el origen del problema es «la licitación competitiva por el uso del suelo», es decir, la pugna por el espacio, que se lleva a cabo según métodos capitalistas, tal vez la solución sea acabar con esa pugna. «Esto sugiere inmediatamente una política destinada a eliminar los guetos que probablemente sustituiría la licitación competitiva por un mercado del suelo urbano socialmente controlado y por un control socializado del sector de la vivienda.» (p. 142)

Parte del problema de la vivienda es la distinción entre valor de uso y valor de cambio.

Poseemos una enorme cantidad de capital social bloqueado en el total de casas construidas, pero en el sistema de mercado privado de la vivienda y del suelo, el valor de la vivienda no se mide siempre en función de su uso como refugio y residencia, sino en función de la cantidad recibida en el mercado de cambio, que puede verse afectada por factores externos, como la especulación. En muchos barrios centrales de las ciudades las casas, actualmente, poseen claramente poco o ningún valor de cambio. Esto no significa que no tengan valor de uso. (…) Este despilfarro no ocurriría bajo un sistema de mercado de la vivienda socializado y éste es uno de los costos que soportamos por aferrarnos tan tenazmente a la noción de propiedad privada. (p. 143-144)

Esta teoría nos sirve, también, para explicar parte del problema actual de la vivienda en las ciudades globales: su valor de cambio es tan, tan distinto del de uso, que se prefiere especular con ellas, convertirlas en alojamientos turísticos o, simplemente, tenerlas vacías a la espera del momento adecuado.

En el quinto capítulo, el más extenso del libro, recupera conceptos como el de valor de uso o valor de cambio junto a muchos otros, todo un vocabulario económico sacado de la teoría marxista y con el que teje una red que le permitirá, en el sexto capítulo, abordar el tema del urbanismo como conjunto. Es ésta una tarea titánica y el propio Harvey adelanta, al empezar el capítulo, que no se puede conseguir; pero sí que llega a algunas conclusiones interesantes.

El urbanismo puede ser considerado como una forma o modelo característico de los procesos sociales. Estos procesos se manifiestan en un medio espacialmente estructurado creado por el hombre. Por consiguiente, la ciudad puede ser considerada como un medio tangible, construido, como un medio que es un producto social. (p. 206)

Lógicamente, la sociedad que ha generado ese producto construido que es la ciudad, o la sociedad que la habite, tienen unas «condiciones de autosuficiencia y de supervivencia» que «implican que el grupo posea un modo de producción y un modo de organización social eficaces para obtener, producir y distribuir cantidades suficientes de bienes materiales y servicios». Por lo tanto, entender el urbanismo requiere entender a las sociedades; y entender a éstas, comprender sus modos de producción y sus formas de urbanismo concomitantes, cuando las haya.

En esta coyuntura pienso que sería útil hacer ciertas observaciones previas sobre la relación entre el urbanismo como forma social, la ciudad como forma construida y el modo de producción dominante. En parte la ciudad es un depósito de capital fijo acumulado por una producción previa. Ha sido construida con una tecnología dada y edificada en el contexto de un modo de producción determinado (lo que no significa que todos los aspectos de la forma construida de una sociedad sean funcionales con respecto al modo de producción). El urbanismo es una forma social, un modo de vida basado, entre otras cosas, en una cierta división del trabajo y en una cierta ordenación jerárquica de las actividades coherente, en líneas generales, con el modo de producción dominante. Por tanto, la ciudad y el urbanismo pueden funcionar como sistemas de estabilización de un modo de producción concreto (tanto la primera como el segundo contribuyen a crear las condiciones para la autoperpetuación de dicho modo). Pero la ciudad puede ser también un lugar de acumulación de contradicciones y, por consiguiente, la sede apropiada para el nacimiento de un nuevo modo de producción. (p. 213)

Harvey da también algunas vueltas al concepto de excedente y de si está en los orígenes del urbanismo (controversia que vimos hace nada con Soja y Jacobs, que defendían que primero fue el urbanismo y luego el excedente de producción), aunque para él es sólo el preludio hacia el tema que verdaderamente le interesa: el plustrabajo, el plusvalor y su relación con el urbanismo. Más que una historia del excedente, entonces, es una cuestión de saber «cuáles fueron las principales condiciones en la base económica de la sociedad que permitieron la emergencia de la redistribución y, finalmente, del intercambio de mercado como modos de integración económica» (p. 240). Para lo cual hay que investigar «la transformación de la reciprocidad en redistribución». Las condiciones que se dieron para dicha transformación fueron claves, no sólo para el nacimiento del urbanismo, sino que «sirvieron también para concentrar el plusproducto en pocas manos y pocos sitios». Por ejemplo: es más fácil obtener plusvalor de una población sedentaria, que nómada; es más fácil obtener plusvalor de una población concentrada (urbana) que segregada (nómada o el campo).

A partir de aquí, Harvey define excedente social como «la cantidad de fuerza de trabajo utilizada en la creación de un producto para determinados fines sociales que exceden de lo biológica, social y culturalmente necesario para garantizar el mantenimiento y la reproducción de la fuerza de trabajo dentro del contexto de un modo de producción dado» y el plusvalor como «el plustrabajo expresado en términos capitalistas de intercambio de mercado». Ambas definiciones le permiten avanzar hacia unas proposiciones:

  • 1. «Las ciudades son formas construidas a partir de la movilización, extracción y concentración geográfica de cantidades importantes de plusproducto socialmente determinado.»
  • 2. «El urbanismo es una forma de modelar una actividad individual que, junto con otras, forma un modo de integración económica y social capaz de movilizar, extraer y concentrar cantidades importantes de plusproducto socialmente determinado.»
  • 3. «En todas las sociedades se produce algún tipo de plusproducto social y siempre es posible aumentarlo.»
  • 4. Dicha cantidad de plusproducto social es más fácil de extraer y concentrar cuando se dan algunas de las siguientes condiciones favorables, a saber: población total numerosa; población sedentaria; alta densidad; alta productividad en una situación determinada; buenas comunicaciones y accesos.
  • 5. «La movilización y concentración de excedente social sobre una base permanente implica la creación de una economía espacial permanente y la perpetuación de las condiciones descritas en el punto anterior.
  • 6. «El urbanismo puede surgir de la transformación de un modo de integración económica basado en la reciprocidad en otro basado en la redistribución.»
  • 7. «El urbanismo surge necesariamente de la emergencia de un modo de integración económica basado en el intercambio de mercado con lo que esto implica: estratificación social y diferencias en el acceso a los medios de producción.»
  • 8. El urbanismo puede asumir diversas formas; en las sociedades contemporáneas, dichas formas son cada vez más complejas.
  • 9. «Existe una relación necesaria, pero no suficiente, entre urbanismo y crecimiento económico.»
  • 10. «Si no se da una concentración geográfica del plusproducto socialmente determinado no habrá urbanismo. Allí donde es patente el urbanismo, su única explicación legítima consiste en un análisis de los procesos por los cuales se crea, se moviliza, se concentra y se manipula ese plusproducto social.» (p. 249-251)

Ahí es nada. Por lo tanto, más que de urbanismo, se puede hablar de una red de conceptos donde toda forma urbana va ligada a los distintos modos de producción y sus diversas formas de entender la integración o la redistribución.

Las metrópolis contemporáneas de los países capitalistas son verdaderos palimpsestos de formas sociales construidas a imagen de la reciprocidad, la redistribución y el intercambio de mercado. El plusvalor, tal como es esencialmente definido bajo el orden capitalista, circula dentro de la sociedad, moviéndose libremente a lo lago de algunos canales mientras que se ve reducido a un mero goteo en otros. En la medida en que esta circulación se manifiesta de forma física, a través de la corriente de bienes, servicios e información, de la construcción de medios de desplazamiento, etc., y en la medida en que la coherencia de las formaciones sociales depende de la proximidad espacial, también encontraremos una economía espacial intrincadamente expresada pero tangible. La tesis central de este ensayo es que si unimos los marcos conceptuales en que se inscriben 1) el concepto de excedente, 2) el concepto de modo de integración económica y 3) los conceptos de organización espacial, llegaremos a un marco de conjunto para interpretar el urbanismo y su expresión tangible, la ciudad.

Cada época concede un significado especial a estos marcos conceptuales. Si tratamos de escribir una teoría general del urbanismo en función de ellos, ha de tenerse en cuenta, por consiguiente, que sus significados cambian y deben ser establecidos siempre por medio de una detallada investigación de las circunstancias de la época. (p. 256-257)

Por poner algunos ejemplos, se habla del México teocrático (Wolf, 1959) y cómo las ciudades se enriquecieron más rápidamente que el campo, dando lugar a una diferencia de la que las periferias son conscientes y que crea resquemor y la semilla de una revolución, puesto que los márgenes son, también, los lugares donde el poder tiene menos control. Algo similar sucedió en el Imperio Romano, que fue capaz de controlar las periferias mientras se iba expandiendo pero se colapsó en cuanto dejó de expandirse. En estos modelos, «la ciudad funciona como un centro generativo alrededor del cual se crea un espacio efectivo del que se extraen crecientes cantidades de plusproducto.» (p. 261)

Pero el ejemplo al que más tiempo destina Harvey es el análisis de las ciudades de la Europa medieval y su transición hacia una economía capitalista. De una ética dominante casi anticapitalista (la condena de la usura, por ejemplo; pero, más que opuesto, era de un orden ideológico distinto al capitalista), con la Iglesia y los gremios controlando el comercio, se pasó, en cuanto el comercio fue aumentando, a una ciudad con una «forma de corporación territorial», con relaciones complejas con el comercio, ya fuese su control o su monopolio. Italia, por ejemplo (el territorio que acabaría siendo Italia) trató de apoderarse del comercio y para ello creo diversas instituciones, como los bancos y la contabilidad de doble asiento. Estas técnicas y organizaciones pasaron al resto de Europa mediante los comerciantes italianos.

Según Marx, había dos desarrollos posibles en la Europa medieval: el primero, «revolucionario», implicaba que el productor fuese también comerciante y capitalista. El segundo «extendía el control que ejercía el capital comercial sobre la producción» (p. 268). Por lo tanto, y para evitar que los productores fuesen también comerciantes y capitalistas, «había que suprimir las numerosas barreras que el orden feudal se había encargado de colocar. Y fue este cometido el que con más éxito llevó a cabo el capital comercial».

Este paso del urbanismo redistributivo de la sociedad feudal al urbanismo del capitalismo comercial supuso que el segundo llevase a cabo «una integración espacial por encima de la típica integración realizada por el localismo de la era feudal» que permitió acumular plusvalor en los centros comerciales y desarrollar nuevos instrumentos financieros.

La industrialización que finalmente sojuzgó al capital comercial no fue un fenómeno urbano, sino un fenómeno que condujo a la creación de una nueva forma de urbanismo, un proceso por el cual Manchester, Leeds y Birmingham dejaron de ser pueblos insignificantes o centros comerciales de poca importancia para convertirse en ciudades industriales con una alta capacidad productiva. (p. 271)

Esta nueva forma de urbanismo, por ejemplo, priorizaba la estratificación por clases, «en vez de los antiguos tipos de diferenciación basados en parte en la estratificación (…) y en parte en los criterios tradicionales de la sociedad jerárquica» (p. 272). De ahí, claro, pasó al resto de Europa y del mundo.

La rapidez con que circula actualmente el plusvalor es tal que la riqueza viene medida por el ritmo de flujo más que por la cantidad absoluta de producto almacenado. La riqueza ya no es una cosa tangible, sino que constituye una constatación del ritmo de flujo actual (capitalizado con respecto a un periodo de tiempo futuro) basado en documentos de propiedad sobre futuros flujos o deudas y obligaciones provenientes de flujos pasados. La metrópoli, como sistema de transacción maximizador, refleja todo esto de varios modos, el más evidente es la creciente inestabilidad física de las estructuras que contiene, dado que la economía requiere una mayor rapidez en la circulación del plusvalor a fin de mantener el índice de beneficios. (p. 279)

En las conclusiones, Harvey comparte su alegría por haber conocido a otro autor que, como él, revisita la ciudad desde la perspectiva marxista. Se trata nada más y nada menos que de Lefebvre, del cual leyó La revolución urbana y La producción del espacio, aunque los leyó tras haber terminado el libro (por eso los comentarios están en el apartado final).

De ahí [un extracto de La revolución urbana donde Lefebvre habla de un nuevo urbanismo y su problemática urbana] deduce Lefebvre su tesis principal. La sociedad industrial no es considerada como un fin en sí misma, sino como un estadio preparatorio del urbanismo. La industrialización, argumenta Lefebvre, sólo puede encontrar su realización en la urbanización, y la urbanización está llegando a dominar, en el momento presente, la organización y la producción industrial. La industrialización que en tiempos produjo el urbanismo está siendo actualmente producida por éste. (p. 322)

«El característico papel que desempeña el espacio tanto en la organización de la producción como en la modelación de las relaciones sociales se encuentra, por consiguiente, expresado en la estructura urbana. Pero el urbanismo no es meramente una estructura que proviene de una lógica espacial. El urbanismo se encuentra influido por ideologías determinadas (criterios urbanos contra criterios rurales, por ejemplo) y por tanto posee una cierta función autónoma para modelar el modo de vida de la gente.» (p. 323) Del mismo modo que, en las ciudades antiguas, «la organización del espacio era una recreación simbólica de un supuesto orden cósmico» (lo vimos, por ejemplo, en La idea de ciudad, de Joseph Rykvert), en las ciudades actuales «posee un propósito ideológico equivalente» (p. 326)

Donde Harvey no está de acuerdo con Lefebvre es en la idea de que el urbanismo prima sobre la sociedad industrial. «En ciertos aspectos importantes y esenciales, la sociedad industrial y las estructuras que comprende continúan dominando el urbanismo». Por ejemplo:

  • Las inversiones en capital fijo (es decir, en inmuebles, y que por lo tanto configuran el espacio urbano) sigue estando dictadas por el capitalismo industrial (de ahí la alienación constante que se puede sufrir en las ciudades, por ejemplo), y el urbanismo lógicamente influye en esas inversiones, pero no las domina.
  • Igualmente, la creación de necesidades y de escasez vienen determinadas por el capitalismo industrial. El urbanismo también crea necesidades y nuevas aspiraciones, pero la ideología subyacente es la del capitalismo industrial, no la urbana.
  • Análogamente con la «creación «producción, apropiación y circulación de plusvalor» (p. 328), que no están subordinadas a la dinámica del urbanismo sino a la de la sociedad industrial. Para Harvey, «el urbanismo es un producto de la circulación del plusvalor (…) Considero a los canales por donde circula el plusvalor como las arterias por las que pasan todas las relaciones e interacciones que definen la totalidad dela sociedad. Comprender la circulación del plusvalor significa, de hecho, comprender la manera en que funciona la sociedad.» (p. 328; el destacado es nuestro)

Ruinas modernas. Una topografía de lucro, Julia Schulz-Dornburg

Los grandes fenómenos históricos dejan siempre su huella sobre el territorio. Nuestras ciudades llevan todavía la impronta de la voluntad de monarcas absolutos, Austrias y Borbones, de expresar su poder a través del arredo urbano. Los ensanches decimonónicos nos transmiten las aspiraciones, la capacidad y las limitaciones de la burguesía ascendente. La primera industrialización nos ha legado los paisajes de las colonias y las fábricas de río, sucediéndose como un rosario a lo largo de los cursos fluviales. Del crecimiento acelerado de la segunda mitad del franquismo hemos heredado, entre otras muchas cosas, las periferias urbanas de vivienda de masa y los barrios nacidos de procesos de urbanización marginal. Asimismo, el éxodo rural de aquellos años supuso el abandono de miles de hectáreas de cultivos –campos, terrazas, bancales– que, desde entonces, han sido reclamados por el bosque y el matorral.

Cada sociedad refleja en el paisaje sus capacidades, sus sueños y sus limitaciones. Capacidades, sueños y limitaciones que hoy no dependen ya sólo de su organización y su potencial endógeno, sino también del lugar que ocupa ante los flujos mundiales de capital, mercancías, información y personas. (p. 23)

Ruinas modernas. Una topografía de lucro (Àmbit Servicios Editoriales, 2012) es un libro pequeño y hermoso con fotografías tomadas por la arquitecta Julia Schulz-Dornburg de un momento muy concreto de la historia urbanística de España: el del «pelotazo» o «boom inmobiliario» que se dio, aproximadamente, entre los años 1995 y 2007. Durante esa época se construyó más en el país que en Francia, Alemania y Reino Unido juntos.

En ese boom influyeron multitud de factores: algunos internos, como la voluntad (¿necesidad?) de los Ayuntamientos locales de financiarse ante ciertos recortes de impuestos, las sucesivas leyes del suelo, que facilitaron las recalificaciones, la voracidad de ediles, promotores y constructores por ganar un suelo fácil; y otros externos o internacionales, como la presión constante para dejar de lado las viviendas de alquiler y pasar a las viviendas en propiedad, avaladas por un alud de crédito fácil que hacía que cualquiera se lanzase a solicitar hipotecas y obtenerlas sin muchos problemas, haciendo la burbuja cada vez mayor. Todos sabemos cómo acabó esa situación (el libro Tocar fondo. La mano invisible detrás de la subida del alquiler, de Manuel Gabarre, lo resume de forma espléndida) y lo poco que, década y media después, ha cambiado el panorama en la vivienda, con precios que siguen al alza y convertida ya, plenamente, en un bien de mercado.

La bondad del libro de Schulz-Dornburg es mostrar este panorama en toda su crudeza: mediante fotos de los vacíos urbanos que sólo llegaron a empezarse y ahora se yerguen como ruinas inconexas: carreteras que no llevan a ningún lugar, viviendas unifamiliares sin acceso o a medio construir, un terraplén aplanado a la espera de un campo de golf.

Las fotografías se acompañan de textos de la autora y de otros cinco nombres: Francesc Muñoz hace la presentación general del libro (del que leímos la muy admirada Urbanalización) y Rafael Argullol, Pedro Azara (La ciudad que nunca existió), Oriol Nel·lo y Jordi Puntí se ocupan de la presentación de cada una de sus partes, cada cual desde su perspectiva concreta.

El texto que citamos al principio de la entrada corresponde a Oriol Nel·lo, quien también habla de tres sentimientos que aparecen ante la contemplación de estas ruinas: la indignación, claro, por los desmanes cometidos, tanto económicos, políticos, ecológicos, urbanísticos; luego la preocupación por el peso y la carga que supondrán esas construcciones, tanto las terminadas como las que se quedaron a medias; y, finalmente, también la fascinación, porque, «más allá de la denuncia y de la reflexión disciplinar», «forman un friso que induce a pensar en la fragilidad de los proyectos humanos, la futilidad de los esfuerzos ante la naturaleza, la transitoriedad de los objetos.» (p. 29)

Pueden consultar el libro entero en la web de la autora.

La ciudad y su trama, Álex Matas Pons

La relación entre la ciudad y la literatura ha sido muy, muy fecunda, especialmente a partir de cierto momento que podríamos situar hacia el siglo XVIII. París, sobre todo, se vuelve el centro (urbano) del mundo y los artistas allí reunidos lo reflejan. Surgen nuevas formas de habitar la ciudad, de convivir con esa multiplicidad de personas heterogéneas y la forma literaria de esa era, que es la novela, las sigue y configura. No hay ciudad, casi, que no tenga un gran autor que la haya glosado y usado como escenario (o protagonista) de sus obras, del mismo modo que una gran mayoría de autores están ligados a un espacio (urbano) concreto.

La lista es tan grande, de hecho, que en ocasiones los estudios que se refieren al tema acaban siendo una mera enumeración, una lista sin verdadero propósito. Es lo que sucedía, por ejemplo, en La ciudad: huellas en el espacio habitado, de Marta Llorente, donde los ejemplos que aparecían (la representación de la ciudad industrial en Dickens, Marx o Victor Hugo, la figura del transeúnte o la de una ciudad tan enorme que era difícil de representar) no tenían una verdadera justificación, más allá de ser relevantes por sí mismos. En otras ocasiones, la elección de los temas responde a una tendencia del autor hacia cierta forma de entender esa representación. Es el caso, por ejemplo, de Ciudades proyectadas. Cine y espacio urbano, de Stephen Barber (del que leímos también Tokyo Vertigo). En este libro, Barber escoge unos momentos muy puntuales en los que el cine ha representado la ciudad desde una perspectiva concreta que le permite acercarse a sus temas (que podríamos enumerar o describir bajo epígrafes como la decadencia de la belleza, el sexo o la concupiscencia de la noche). No se trata, ya, de una enumeración basada en un criterio concreto sino de momentos puntuales escogidos de forma claramente subjetiva.

Otra opción, aún, para acercarse a la relación entre ciudad y literatura es la que lleva a cabo Álex Matas Pons, doctor en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, en este La ciudad y su trama. Literatura, modernidad y crítica de la cultura (Lengua de Trapo, 2010). De hecho, éste no es un ensayo sobre ciudades, sino sobre literatura y el despertar de la modernidad. Pero va inextricablemente unido al lugar donde se dio, y se percibió, ese despertar: en las metrópolis de los siglos XVIII y XIX.

La ciudad y su trama puede ser leída como una continuación (o una respuesta comentada) a Todo lo sólido se desvanece en el aire, de Marshall Berman. De hecho, el primer capítulo, además de indagar algo en los orígenes míticos de la ciudad, se centra rápidamente en San Petersburgo y en la visión que de esta ciudad, creada casi de la nada, ofrecían distintos autores (Pushkin, Gogol, Dostoievski), que son los mismos que analizaba Berman en su capítulo dedicado a la ciudad. De una ciudad mítica en Pushkin se pasa a una ciudad comercial en Gogol y a una ciudad percibida en Dostoievsi. Ése es uno de los temas que sobresalen a lo largo del ensayo: la legibilidad de la ciudad. Una ciudad que se vuelve rápidamente industrial, frenética, y donde el día (convertido ya en jornada laboral) acabará siendo la muestra de toda una vida (desde el Ulises de Joyce hasta La señora Dalloway de Woolf).

Es de nuevo el movimiento lo que conforma el espacio de la modernidad y este texto [La atalaya del primo, Hoffmann] en realidad culmina aquel proceso que, ya vimos, inauguraba Madame de Lafayette y confirmaba más adelante Diderot en El sobrino de Rameau. El panorama urbano de la modernidad literaria muestra cómo se ha disuelto el espacio codificado en el que gobernaba la noción abstracta de «hombre natural» u «hombre social». El movimiento no sólo expresa la actividad cobrada por la gran ciudad debido al auge del comercio y de toda clase de actividades mercantiles en su interior. Tampoco expresa únicamente la realidad física de todas las capitales europeas que, como es sabido, sufren enormes procesos de remodelación urbanística y, como consecuencia de estos, conquistan grandes y neutros espacios que favorecen el libre movimiento de personas y mercancías. Más allá de todo esto, lo que muestra la ciudad literaria de la modernidad es que, por muy especializado que pretenda estar este recién cobrado espacio, ya no estará libre de lo imprevisible y lo inclasificable: la aparición, por ejemplo, de «un auriga buscando cismáticamente su propio estrecho de Bering [se refiere a la obra de Hoffmann] destruye la ilusión de cualquier escenario ordenado, y por supuesto el de aquel consensuado escenario de las convenciones acordadas y exhibidas. (p. 134)

Ante esta nueva ciudad, enorme y dinámica, la percepción común de la época era la de desorden y caos, tanto moral como espiritual. Por lo tanto, surgen nuevas formas de organizar este espacio, como la monumentalidad, «un instrumento por el que significar actividades, hallar formas elevadas para según qué prácticas y articular así el discurso urbano. Lo que resume la monumentalización burguesa es la moral que inspira la conformación del discurso urbano, una moral que aspira a la atribución de valores simbólicos a los espacios de las ciudades. El monumento burgués alberga estas siempre irresueltas tensiones modernas entre historia y progreso, y también entre belleza estética y utilidad.» (p. 139) Lo que nos lleva, claro, a la noción de la producción del espacio de Lefebvre.

Y de ahí a la pugna entre Camillo Sitte y Otto Wagner en cuanto a la reconstrucción de la Ringstrasse de Viena. Si el primero prefería un arcaísmo romántico, el segundo abogaba por una dignificación de lo tecnológico y de los nuevos materiales constructivos. No es de extrañar, por lo tanto, que los dos monumentos escogidos por Matas sean el Palacio de Cristal y la Torre Eiffel, dos emblemas del cristal y el acero, por un lado, y del hierro, por el otro; ambos, precisamente, erigidos con la excusa de una Exposición Internacional.

Tanto Balzac como Dickens fundan una novela estrictamente urbana y organizan una visión de la modernidad basada en la experiencia discontinua y fragmentaria. Este entorno metropolitano es el que motiva el omnipresente afán clasificatorio: es la época de las Exposiciones, de los escaparates, de los comercios, de las guías literarias… (p. 174)

De la progresiva complejización de la ciudad nacen los que son, a criterio de Matas, «los dos grandes géneros literarios que surgen en el siglo XIX y que dependen directamente del fenómeno urbano»: el poema en prosa y la novela de detectives. Las primeras muestras del segundo género son los cuentos de Poe, aunque tal vez su máximo exponente sea, claro, el detective de Conan Doyle.

Si pensamos en las historias de detectives protagonizadas por Sherlock Holmes, no es cualquier crimen el que suele ocupar sus deducciones, sino el crimen en forma de «enigma» o bajo la forma de «misterio» y no necesita en absoluto el homicidio llamativo por lo violento o sangriento que pueda ser. (…) El detective halla en la densidad de la ciudad, en sus bancos, en sus hoteles, en sus casas, el escenario de suficiente intensidad semiótica para que deba descubrirse el delito precisamente donde está oculto: bajo el comportamiento correcto. (p. 184)

«…mediante la atribución de significados se vuelve descifrable el laberinto de la siempre variable y fragmentaria ciudad de los signos. El detective resuelve el enigma que articula el argumento, pero también resuelve, volviéndola legible, el enigma de la ciudad» (p. 185). Además, y de forma similar, los grandes misterios exóticos, que hasta ahora habían ocurrido en entornos lejanos y misteriosos, poco a poco se acercan a la metrópolis, un lugar de mareas profundas donde los criminales pueden esconderse entre la multitud.

Eso lleva al nacimiento de la figura del observador; que puede ser el detective, en la novela policíaca; o un periodista, como Lucien de Rubempré en Las ilusiones perdidas de Balzac. Ambos tienen en común que no son héroes, sino tipos que están allí y permiten observar (o desentrañar) la ciudad.

Existe un tercer tipo de observador, pero para llegar a él hay que entender, primero, que la ciudad moderna no es la ciudad industrial, sino la ciudad burguesa. El mito de la ciudad moderna como industrial proviene, sobre todo, de la literatura inglesa y sus workhouses, descritas tanto por los propios autores ingleses como por autores extranjeros que las visitaron (Engels mismo).

Sin embargo, la poética urbana tiene muy poco que ver con la tematización que se pueda haber hecho de la industrialización desde monolíticas posiciones de rechazo o de ensalzamiento. Sí tiene que ver, en cambio, con el modo en que las nuevas prácticas culturales, condicionadas por los avances materiales, alcanzan a una hasta entonces inexistente multitud urbana. Walter Benjamin es quien mejor ha explicado cómo estas nuevas prácticas convierten a la ciudad de París en una no oficial capital europea de la civilización y lo hace al recoger, en su inacabada Obra de los pasajes, incontables citas y documentos acerca de esta multitudinaria cultura material y de los diversos modos de experiencia ligados a ella: las Exposiciones Universales, la moda, la fotografía, los Panoramas, etc. (…)

Los inicios de la poética urbana coinciden, de este modo, con los inicios en el siglo XVIII de la era burguesa. Según la versión aceptada comúnmente, la Revolución de 1789 no es más que la culminación de un proceso por el que una inédita conciencia de clase burguesa habría conseguido propagar, a lo largo del siglo XVIII, su idea de libertad –interesadamente ligada a la demanda de libre comercio– y de igualdad –interesadamente ligada a la destrucción de según qué privilegios y exenciones aristocráticas–, hasta acabar liderando un frente popular compuesto por campesinos y artesanos. (p. 230-1)

Puesto que el lenguaje tradicional (el del Ancien Régime) ya no sirve, a medida que sus estructuras van cayendo o van siendo modificadas, se va desarrollando un nuevo lenguaje burgués que irá ligado, por una parte, a ciertos rituales de la antigua clase aristocrática pero, sobre todo, a la exposición y la ostentación públicas (algo que vimos detallado en gran medida en El declive del hombre público, de Richard Sennett, que también aparece citado por Matas). La moda, los cafés, la costumbre del paseo, incluso los porticones de la Rue Rivoli, erigidos para que las damas puedan pasear exhibiendo sus ropajes sin mojarse por la lluvia, así como otros fenómenos (los propios grandes almacenes, las mercancías exóticas, los pasajes) son muestras de esta opulencia pensada para ser consumida, primero, y exhibida, después. Con sus riesgos, claro: «…conforme más ciudadanos acceden al estatus burgués, la definición de este estatus se hace más imprecisa.» (p. 235)

En este embrollo surge la tercera figura del observador: el flâneur, el único, de entre los tres, verdaderamente burgués. El flâneur nace como un lector interesado, como alguien que consulta la prensa y está al día de las cosas, simplemente. Pero si esta figura se vuele tan importante es porque, merced, sobre todo, a los Salones de Baudelaire, se lo acaba identificando con el artista. Artista, burgués, ocioso y un transeúnte que pasea por la ciudad observando a los demás, lo que ya lo sitúa en un afuera o en una otredad; en un umbral, si acaso. O, como lo define Matas, a partir de un verso de Baudelaire («aquel para el que todo devient allégorie«), «aquel que deleitándose con lo efímero absorbe lo particular y lo convierte todo en signo» (p. 243).

El epílogo plantea un escenario alejado en el tiempo de lo anterior. Parte de la planificación para Washington de Charles de l’Enfant y la dibuja, a partir de la descripción que hizo Dickens de ella, como una ciudad vacía, a la espera de que sus bulevares, sus avenidas, sus calles y sus museos tengan casas, personas y transeúntes poblándolas y dotándolas de sentido. Se llega así a la planificación y su hija bastarda de principios del siglo XX: el racionalismo, la construcción de las ciudades desde lo alto sin tener en cuenta su idiosincrasia ni la vitalidad de sus calles. Un racionalismo que se confunde con el modernismo y que sufre progresivas embestidas en su contra, tras cuatro décadas de hegemonía. Por un lado, la demolición de los edificios Pruitt-Igoe en 1972, como ya sentenció Peter Hall en Ciudades del mañana, marca el nacimiento del postmodernismo arquitectónico. O tal vez lo hizo la publicación de Aprendiendo de Las Vegas, en 1972. O la de El lenguaje de la arquitectura, de Jencks, en 1977, a la que nos referimos a partir de La condición de la posmodernidad de Harvey. O incluso la Internacional Situacionista y su propuesta de «la deriva», es decir: una legibilidad de la ciudad alternativa donde los monumentos burgueses y las avenidas que los conectan, ofrecidas al gran tránsito rodado, no sean los puntos clave de la visita. O, incluso (todas ellas, propuesta que enumera Matas), lo sean la publicación de dos libros esenciales: Muerte y vida de las grandes ciudades, de la enorme Jane Jacobs, y La imagen de la ciudad, de Kevin Lynch. Todas ellas vienen a decir que la concepción unívoca de la ciudad que proponía el racionalismo ya no sirve; si es que alguna vez llegó a servir.

Con todo esto, resulta evidente que desde los años cincuenta en adelante la experiencia urbana cobró suma importancia en muy diferentes modalidades discursivas. Como se ha visto, incluso en modalidades tan aparentemente distanciadas como lo eran, en principio, las propuestas de los situacionistas, y el deseo que albergaban de poder poner fin de una vez por todas al «mundo del espectáculo» al que tanto había contribuido la idea burguesa de arte autónomo heredada de la modernidad, y, por otro lado, las propuestas postmodernas, encantadas de construir y trabajar en este «espectáculo del fin del mundo», una vez que se ha dejado atrás la igualmente aborrecible idea del arte autónomo o desinteresado. La psicogeografía y el Strip confirman, eso sí, que toda modalidad discursiva que quiera desmarcarse del modelo de la «ciudad-objeto», y la planificación que lo sostiene, deberá hacerlo concediendo un mayor protagonismo al espacio y a la cotidiana percepción que tenga de él el ciudadano. Las ciencias sociales no fueron, por supuesto, ajenas a este nuevo protagonismo del individuo y, a lo largo de la década de los sesenta, participaron de ese mismo clima.

Neil Smith. Gentrificación urbana y desarrollo desigual; Luz Marina García Herrera y Fernando Sabaté Bel

Siguiendo con la colección Espacios Críticos, de la Editorial Icaria, destinada a grandes figuras de la geografía (de la cual ya leímos Edward W. Soja), en esta ocasión leemos Neil Smith. Gentrificación urbana y desarrollo desigual, escrita por Luz Marina García Herrera y Fernando Sabaté Bel (2015).

Neil Smith fue un geógrafo escocés que se trasladó a Estados Unidos, estudió bajo la batuta de David Harvey, nada menos (con el que acabaría trabando una gran amistad; de hecho en el libro se comenta, como anécdota, que Harvey releía las obras de Marx mientras estaba en el hospital haciendo compañía a Smith en sus últimos momentos; murió, de forma bastante prematura, en 2012) y enfocó sus estudios en tres temas concretos (y sus múltiples ramificaciones): por un lado, la gentrificación, de la cual ya detectó los primeros efectos en los años 70 en Nueva York; en segundo lugar, el desarrollo desigual generado por el capitalismo; y, en tercer lugar, un acercamiento a la relación entre el imperialismo y la geopolítica («la estrecha relación dialéctica que existe entre la geografía histórica y la historia del pensamiento geográfico»), cristalizada en la biografía que escribió de Isaiah Bowman.

Bastantes de sus lecturas ya han sido reseñadas en el blog:

  • La nueva frontera urbana. Ciudad revanchista y gentrificación (1996) es un estudio abrumador sobre la gentrificación en la ciudad de Nueva York que, más allá de catalogar sus consecuencias, bucea en sus causas. Smith relacionó el proceso de la gentrificación no con el cambio en los gustos del consumidor, sino con todo un entramado capitalista que devaluaba el precio del suelo en determinados lugares para luego propulsarlo hacia mayores cotas de beneficio; lo que denominó la diferencia de renta. Además, en este libro Smith acuñó el término «ciudad revanchista» para referirse al proceso en que la autoridad de una ciudad «reclama» espacios que considera que ha perdido, que han sido entregados a disidentes, a delincuentes, a personas ajenas al proceso social…, a los cuales estigmatiza a ojos de la opinión pública para luego justificar su expulsión (lo vimos hace nada, por ejemplo, en La ciudad horizontal). Además, Smith vinculaba el proceso de los pioneros de la gentrificación con los pioneros americanos, los «exploradores» que iban avanzando hacia el Oeste, descubriendo territorios salvajes; y el símil, de algún modo, daba también a entender que dichos salvajes (es decir, los habitantes de los barrios que la ciudad había «perdido») tampoco tenían derechos y también podían ser expulsados sin repercusiones.
  • Desarrollo desigual es, junto a la anterior, la gran obra teórica de Neil Smith. Publicada en 1984, reeditada en 1990 y publicado por tercera vez en 2008 (la edición que leímos), aborda la concepción de la naturaleza del capitalismo y la teoría del vaivén en el desarrollo desigual; temas que, puesto que se alejaban de la temática del blog, no tratamos en profundidad en su reseña.
  • El artículo «Nuevo globalismo y nuevo urbanismo. La gentrificación como estrategia urbana global», en El mercado contra la ciudad, artículo aparecido en la revista Antipode de 2002 que vuelve sobre el tema de la gentrificación de Nueva York y, dando un paso más, relaciona la misma con la ideología neoliberal instalada en el poder y avisa del peligro que supone que «las conexiones entre capital y Estado, entre reproducción social y control social, han sido alteradas de forma drástica», es decir: el objetivo de la ciudad ya no es la reproducción social (la sociedad reproduciéndose a sí misma, es decir: hospitales, colegios, viviendas y toda la infraestructura necesaria) sino la producción social: la continua y obsesiva obtención de beneficios. Las progresivas mercantilizaciones de la vivienda, sanidad, educación y hasta la ciudad dan fe de la veracidad de la afirmación de Smith.
  • Y, finalmente, «Nueva ciudad, nueva frontera» (1992), artículo aparecido en Variaciones sobre un parque temático donde se analiza la gentrificación en el Lower East Side de Nueva York, en concreto la plaza de Tomkins Square (artículo que luego reapareció, con una nueva redacción, en La nueva frontera urbana).

Como es habitual en la colección, el libro empieza con una amplia biografía del autor, luego ofrece entrevistas con el mismo (o, como en este caso era imposible, debido a su defunción, se trata de charlas con personas cercanas a Smith), después la antología de textos, que ocupa el grueso del libro, y acaba con una visión panorámica de la obra del autor y su bibliografía.

El primer artículo, «Hacia una teoría de la gentrificación. Un retorno a la ciudad por el capital, no por las personas«, de 1979 y centrado en el barrio de Society Hill de Filadelfia, ya desmonta las que por la época se consideraban las causas de la gentrificación: por un lado, el cambio en los hábitos de consumo (empleados de fábrica que pasan a ser empleados de servicios y buscan más comodidad en la ciudad) o económicas (a medida que las sucesivas oleadas de suburbanización se iban alejando de la ciudad, salía más a cuenta rehabilitar una vivienda del centro y vivir ahí que alejarse mucho). Smith acepta las premisas (aunque sus datos demostraban que sólo un 14% de los residentes de Society Hill venían de los suburbios) pero se plantea cómo es que los cambios de los consumidores se han modificado de forma tan drástica en tan poco tiempo. «Explicar la gentrificación únicamente a través de las acciones del gentrificador, mientras se ignora el papel de los constructores, promotores, propietarios, prestamistas hipotecarios, agencias gubernamentales, agentes inmobiliarios e inquilinos resulta excesivamente limitado.»

El siguiente paso de Smith fue analizar el valor del suelo. En la mayoría de ciudades norteamericanas, debido a su configuración, se daba un valle: el suelo era más caro en el centro y, a medida que se iba alejando hacia la periferia, el valor descendía. Sin embargo, llegó un momento en que se creó un valle (que coincide con el redlining del que hemos hablado a menudo y la white flight o huida blanca, es decir, el momento en que el gobierno y otras instancias de Estados Unidos decidieron que la clase media blanca iba a vivir en viviendas unifamiliares en la periferia de las ciudades y que los negros y los pobres se podían quedar en los alrededores del centro de la ciudad, que acabarían convertidos en guetos). Como resultado, se crea «un valle» en el precio del suelo y ese lugar (el gueto, lleno de viviendas en pésimo estado de conservación, puesto que ni el ayuntamiento ni el gobierno han invertido en su mantenimiento y se han convertido en barrios pobres) es el que, potencialmente, ofrece mayores perspectivas de beneficio. Es lo que Smith denominó diferencia potencial de renta.

«La reafirmación de la economía: la gentrificación del Lower East Side en la década de 1990«, coescrito con James Defilippis y publicado en 1999, analiza las sucesivas oleadas de gentrificación que ha recibido este barrio de la ciudad de Nueva York. De hecho, la pregunta de fondo es: ¿la gentrificación es un proceso puntual o sus sucesivas oleadas van sacudiendo las ciudades? Los autores son conscientes de que un caso concreto no demuestra un proceso, pero sí ayuda a tratar de formar una «teoría de la gentrificación».

La historia del Lower East Side que presentan Smith y Defilippis no tiene desperdicio. Resumiéndola, el barrio, de clase obrera y receptor de sucesivas oleadas de inmigración, sufrió la primera incursión de la gentrificación hacia 1970, «tras décadas de desinversión y tras el declive poblacional de la postguerra». En los 50 acogió a la beat generation, en los 60 a los hippies, yippies y demás miembros de la contracultura, algunos de los cuales ya reformaron sus viviendas. Tras la bancarrota virtual de la ciudad (1975), sin embargo, una parte del barrio, rebautizada como East Village, se convirtió en un punto central para inversiones inmobiliarias y culturales, sobre todo artistas llegados de los barrios cercanos de Greenwich Village o el SoHo, mucho más gentrificados (y de precios más prohibitivos). Esta primera oleada, destacan Smith y Defilippo, no fue tan potente en este barrio como en los cercanos y atrajo «inversiones ocasionales de las finanzas y del capital inmobiliario tradicional».

La segunda oleada de gentrificación llegó al punto álgido a finales de los 80 (coincidiendo con los levantamientos en Tomkins Square de los que habla Smith al principio de La nueva frontera urbana) y estaba formada más bien por altos representantes de las finanzas y el nuevo capital global. Esta segunda oleada («que tuvo lugar entre 1977 y 1987 y que despegó especialmente tras el año 1982») «empezó a integrar al barrio dentro de los circuitos económicos y culturales de la ciudad global emergente. Esta oleada trajo enormes beneficios «a los promotores y propietarios, pero al mismo tiempo hizo que el barrio fuera más vulnerable que en el pasado a las caprichosas vicisitudes de la economía global y de la ciudad». La tercera oleada, a partir de 1994, en la que se centra el artículo, ya encontró «el patrón geográfico de gentrificación en el barrio» completamente alterado, de manera irreversible.

Esta tercera oleada es algo más irregular y caótica y, sin embargo, más definitiva. Ha puesto zonas completas de la ciudad a merced del capital, dejando de lado tanto a las personas de rentas inferiores como a las personas vulnerables, evidenciando que sólo tienen sitio en la ciudad para hacer los peores trabajos pero, sin embargo, no tienen permitido vivir en ella. «La transformación del Lower East Side, resultado de la tercera oleada de gentrificación, es sólo una parte de una restructuración espacial más grande de las áreas urbanas, asociada a las transformaciones de la producción, la reproducción social y las finanzas tan engañosamente agrupadas bajo el concepto de globalización».

Finalmente, «El imperativo revolucionario» se plantea, como ya hacía el final de Desarrollo desigual, si existe hoy en día siquiera la posibilidad de pensar o plantear un mundo no capitalista o no neoliberal. La primera reflexión es sobre las revoluciones: hoy en día se contemplan todas ellas como terrorismo o una amenaza al sistema; y sólo se ensalzan, históricamente, las que llevaron a organizaciones burguesas hoy consolidadas, como la revolución francesa o la americana. De hecho, cualquier semblanza con la revolución americana, hoy en día, sería tildada por el gobierno pertinente como ataque terrorista. Respecto al «neoliberalismo y su progenie, la globalización», Smith destaca que «la promesa inicial de un campo de juego llano se ha evaporado, como era de esperar, en un mundo con los gradientes económicos y sociales más acusados que jamás hayamos visto desde la Gran Depresión: por cada nuevo empresario en Bangalore, Silicon Valley o Shangai, hay una pobreza más profunda en los slums de Lagos, las comunidades inmigrantes de Los Ángeles o las barracas de Calcuta.» (p. 268).

Dada la fecha de publicación (2009) y la reciente crisis económica, son sus amenazas de posible cambio, Smith era bastante optimista en cuanto a la posibilidad de atisbar nuevas opciones. «Mientras que diez años atrás, el futuro parecía predeterminado e imposible de cambiar, el colapso y la recesión económica global han destruido esa certeza neoliberal, y el futuro político y social aparece de repente como radicalmente abierto.»

El futuro, ciertamente, está radicalmente abierto, y lo está de una manera que era impensable solo unos meses atrás; sería una indolencia intelectual no esperar una agitación social de algún tipo. Pero debe admitirse también que es probable que se produzca algún movimiento hacia un Nuevo New Deal, tanto nacional como global, como su predecesor en los años 1930, con una alta dosis de represión, esta vez desplegando todo el aparato represivo que se implementó después del 11 de septiembre de 2001. (p. 287)

Teniendo en cuenta las revoluciones que hubo después (desde las revueltas árabes hasta el 15M en España u Occupy Wall Street), Smith tenía razón en que surgiría cierta consciencia social; lo que no pudo adelantar fueron las represiones que luego vendrían, imposibilitando que estas revoluciones cristalizasen en nuevas formas de poder alternativas debido, en general, a la vasta concentración empresarial y económica, tanto de los medios de comunicación como del propio capital.

La ciudad horizontal (y II): la ciudad vertical y la antropología horizontal

En la primera entrada de La ciudad horizontal. Urbanismo y resistencia en un barrio de casas baratas de Barcelona, de Stefano Portelli, reseñamos la historia del barrio de Bon Pastor, en Barcelona, y la construcción de las casas baratas, unas viviendas de dimensiones entre pequeñas y medianas que fueron edificadas durante la década de los años 20 del siglo pasado y donde vivían, sobre todo, familias de migrantes llegados a Barcelona por la época así como otras familias (en general, también migrantes) de los años de la posguerra civil que fueron expulsadas de otros barrios de Barcelona.

Durante los ochenta años en que el barrio de casas baratas mantuvo su forma original –es decir, desde la Exposición Universal de 1929 hasta el Fórum de las Culturas de 2004– Barcelona experimentó un crecimiento progresivo de lo que David Harvey llama «capital simbólico»: un aumento en el reconocimiento internacional de la ciudad como lugar «central». Pero este ascenso de la ciudad en el ranking global necesitó de una limpieza espacial que convirtió en sobras gran parte del patrimonio histórico material e inmaterial de la población –que al mismo tiempo representaban algunas de las señas de distinción del mismo capital simbólico que se celebraba–. (p. 349)

Ya hemos comentado otras veces, por ejemplo, que Barcelona siempre ha tratado de proyectar al mundo su herencia burguesa (el Liceo, el modernismo, la Sagrada Familia o el Parque Güell diseñados por Gaudí) al tiempo que trataba de disimular su herencia de ciudad con una gran tradición obrera y revolucionaria (convirtiendo los descampados de las antiguas fábricas en centros comerciales sin nombre que recordase lo que hubo allí o silenciando todo recuerdo de dichas reivindicaciones). La forma física que tomó esta elección de qué capital se privilegiaba fueron las expulsiones o la gentrificación de la población: primero con los barrios centrales (el Barrio Chino, situado casi en el centro de la ciudad, fue gentrificado a golpe de expulsión de ciudadanos pobres y culturización de sus espacios, con diversas facultades de la Universidad de Barcelona, Museos y Filmoteca, hasta convertirse en El Raval, barrio completamente saneado), luego con los barrios periféricos a medida que esta nueva Barcelona global y cosmopolita reivindicaba espacio para la inversión de capital: con la Diagonal Mar, el barrio de Besós y el Fórum de las Culturas, un megaevento cuya excusa nadie llegó a comprender pero que sirvió para expulsar a todo un barrio de la zona marítima y edificar numerosos edificios de lujo para inversores internacionales.

Una de las víctimas de esta nueva Barcelona fueron las casas baratas. En ellas, y dada su morfología (casas situadas una junto a la otra), los vecinos se habían acostumbrado a una sociabilidad que Portelli denomina «horizontal», con densas redes nacidas del hecho de que sus habitantes llevaban vidas bastante homogéneas (mismos trabajos, mismos horarios, mismas etapas vitales) y se habían mantenido allí durante las ocho décadas de vida del barrio.

Tras el derribo y el traslado a unos pisos (hacia una ciudad vertical, como la define Portelli), el choque para los vecinos fue enorme. Por un lado, el simple coste físico de la vivienda se disparó: de los contratos de renta antigua que tenían pasaron a pagar precios de mercado de la época, así como mayor potencia para la luz, mayor precio de los suministros… lo que supuso problemas económicos y situaciones de precariedad. El otro mazazo fue el social: de un lugar de socialización constante, como era la calle, y esas redes densas donde se compartían el día a día y las penurias, pero también las cosas buenas, se pasó a una división constante: en bloques, en pisos, en escaleras, en familias. De repente todos eran extraños entre ellos y los encuentros, antes constantes, se volvían esporádicos, no lo bastante habituales para constituir un día a día continuo.

El ejemplo que centra esta pérdida es la fiesta de San Juan (el solsticio de verano), aunque no sólo para el barrio de casas baratas sino para toda la ciudad. Tradicionalmente había sido una noche de reunión, hogueras y petardos informal y, sin embargo, cada año el Ayuntamiento de Barcelona lucha con más ahínco por demonizarla: aparecen portadas con los destrozos y la suciedad que generan los jóvenes en las calles, la policía impone un toque de queda argumentando las necesidades de los bañistas en las playas… hechos que, por ejemplo, jamás se dan tras una celebración «sancionada» por el Ayuntamiento, sean la Fiesta Mayor, un triunfo deportivo o un concierto. Esto evidencia que hay dos tipos de fiestas: las que están en consonancia con la ideología del poder (festivales, celebraciones gastronómicas, ferias hipsters y tantas otras), cuyos efectos nocivos jamás son destacados, y las populares, que el poder trata de reconducir, mercantilizar o demonizar.

En el último capítulo, Portelli habla de esta pérdida de «horizontalidad» como la pérdida del derecho a usar las calles, algo que ocurre en todas las ciudades (globales) y que se traduce en que ciertos usos de la misma están bien vistos (consumir, sentarse a tomar algo en un bar o restaurante) y otros no, o incluso se prohíben (el uso intensivo de las plazas por parte de las familias, la progresiva desaparición de los bancos, las fuentes o los baños públicos, ir sin camiseta o con ropa considerada no adecuada), hasta llegar al extremo, por supuesto, de los individuos que no tienen cabida en el sistema (ciertos inmigrantes, ciertas apariencias, ciertos cortes de pelo o ciertas indumentarias).

Sin embargo, en la denuncia de esta situación, que se cristaliza en que los niños ya no tienen lugar donde socializar de forma libre (y que podríamos resumir en el hecho que comentaba Manuel Delgado de que el espacio público ha substituido a las calles), Portelli, como otros antropólogos, cae en una especie de idealización de una sociabilidad casi rural.

La idea de la horizontalidad nos ha servido hasta aquí para reflexionar sobre la relación entre el espacio físico y la organización social. Estudiar el barrio de casas baratas nos permitió concentrarnos sobre las dinámicas de apropiación del espacio, y de adaptación recíproca del medio ambiente y del grupo humano que lo habita, incluso cuando este medio es un espacio edificado. Unos territorios hostiles, nacidos como barrios «concentracionarios» y espacios de exclusión, en pocos años se convirtieron en zonas en gran medida autogestionadas, donde las diferentes oleadas de recién llegados encontraron un refugio relativamente protegido y un ambiente social acogedor –a condición de aceptar algunas características de su forma de vida–. Esto fue posible gracias a una serie de prácticas comunes, y de elaboraciones culturales espontáneas, que también sirvieron para cohesionar a los habitantes y mediar entre las diferencias. (…)

Frente a un sistema económico que se fundamenta sobre la propiedad privada, que promueve la concentración de la propiedad inmobiliaria, que desincentiva el alquiler y obstaculiza cualquier forma de acceso informal a la vivienda, este tipo de relación con el territorio es automáticamente una contracultura. (p. 431)

Y, si bien esta contracultura justifica, en parte, el derribo de las casas baratas (así como, sobre todo, el valor del terreno sobre el que se edificaban), parece que la narración de Portelli cae en una idealización de dicha sociabilidad horizontal, mucho más propia de un pueblo que de una ciudad y siempre narrada con nombres propios: Paca sonríe mientras sus nietos juegan a la pelota, María habla con Tomás de cuándo allí estaba el bar…

La tradicional distinción de Tönnies entre comunidad y sociedad (o asociación) es, extendiéndola al espacio, y grosso modo, la diferencia entre un pueblo y una ciudad: en el pueblo el panadero o la molinera son personas, mientras que en la ciudad son figuras que llevan a cabo una acción, ya sea vender el pan o moler el trigo. En el primer caso, probablemente conoceremos algo de su vida y familia; en el segundo, no sólo no lo haremos sino que no nos interesará, y la relación estará regida, a priori, por la utilidad mutua. El hecho, por lo tanto, de lamentarse por la pérdida de una sociabilidad comunitaria cae, como hemos dicho, en una especie de idealización de dicha sociabilidad.

¿Es Barcelona, una ciudad de tal envergadura, el lugar para que se den dichas sociabilidades o comunidades? Por supuesto que en el blog estamos en contra de la especulación inmobiliaria, el interés únicamente por una posesión de las viviendas basada en la propiedad privada y en el lucro, en el uso mercantilizado de las calles… ¿pero acaso eso nos debería abocar irremediablemente a añorar una sociabilidad comunitaria, donde los niños salgan a la calle y las mujeres charlen a la puerta de casa mientras lavan la ropa (ignorando el machismo implícito en ese modelo, por supuesto)? De hecho, este modelo, que no deja de ser el suburbano de las ciudades de Estados Unidos, es poco ecológico, supone una sociabilidad muy segregada (puesto que una amplia mayoría trata de cohabitar con sus pares), disipa el espacio público y lo entrega al uso del automóvil y los centros comerciales. El único motivo por el que las casas baratas no caían en este modelo suburbano norteamericano es porque suponían una rara avis en el panorama de Barcelona.

Portelli es consciente de que este hecho, la forma concreta de la sociabilidad horizontal en las casas baratas, no permite extraer unas leyes generales concretas. Acierta, sin embargo, al situar la demolición de las casas baratas en la tradición de la «ciudad revanchista» de Neil Smith: «aquellas políticas públicas públicas dirigidas a la reconquista de territorios que se perciben como perdidos, como dejados en manos de quien no los merecía. Recuperar estos territorios, integrarlos en la ciudad, no significaba sólo «verticalizarlos», adecuándolos a los estándares urbanísticos contemporáneos; sino sobre todo imponer formas de gestión del espacio y de la convivencia que los volviesen a abrir a la penetración del Estado y de sus representantes (…) y su sustitución por un barrio mainstream, normalizado y sometido al sistema económico dominante» (p. 437).

El otro eje que articula las conclusiones es el papel del antropólogo. Portelli y el resto de antropólogos que investigaron la situación eran, en principio, observadores imparciales y extranjeros en el barrio. Pero, como le sucedió a Jaume Franquesa en su estudio de la gentrificación del barrio de Sa Calatrava de Mallorca (también citado por Portelli), pronto se encontraron con que no podían mantener esa neutralidad y tomaron partido. En primer lugar, porque el hecho de convivir con los vecinos los forzaba a integrarse entre ellos: de otro modo, sólo habrían sido capaces de mantenerse como espectadores lejanos capaces de producir una literatura antropológica académica que la mayoría de esos propios vecinos no serían capaces de leer. Y ése es uno de los principios que propone Portelli al hablar de antropología (o etnografía) horizontal: la que se hace, también, para los propios investigados, para que ellos confirmen, o rechacen, lo que se ha visto de ellos. Y dicha antropología, sostiene Portelli, pasa por integrarse entre ellos y vivir su día a día; en definitiva, por tomar partido.

Poner estos presupuestos sobre la mesa, no esconder ningún elemento de la propia presencia sobre el terreno, centrarse sobre la interacción, son las bases para una antropología verdaderamente científica. Por el contrario, el intento de mantenernos fuera de ese juego de interrelaciones y miradas cruzadas, manteniendo el viejo papel de los observadores externos, no tendría nada de «neutral»: nos obligaría a posicionarnos automáticamente del lado de los poderes externos al barrio, de la parte de los que se niegan a situarse sobre el mismo plano de los contextos que estudian. Igualmente como, en el barrio, para observar cualquier cosa es obligatorio salir a la calle, es decir, exponerse a las miradas de los otros, de la misma manera, para estudiar un terreno horizontal, se tiene que inventar una antropología horizontal. (p. 449)

Del mismo modo que hemos comentado que la lucha contra la homogeneización de las calles y la mercantilización progresiva del espacio público no tiene que pasar, necesariamente, por ansiar el retorno a una comunidad perdida, idílica, de intensas relaciones comunitarias que parecen poco probables en una ciudad del tardocapitalismo, tampoco creemos que la ausencia de implicación directa en un hecho implique el posicionamiento del antropólogo a favor de las autoridades. ¿Acaso no es posible informar de la situación sin escoger necesariamente una de las partes? O, incluso escogiendo uno de los bandos, como creemos haber evidenciado en este blog, y defendiendo unas calles de uso social, no mercantilizadas, una ciudad para sus habitantes y no para el capital, vaya, ¿implica necesariamente formar parte activa de la lucha en cada uno de sus frentes? Por supuesto, necesitamos recordar que esto son sólo reflexiones de un blog donde no somos antropólogos, sino meros aficionados a la disciplina, por lo que, tal vez, una implicación directa en algún caso concreto nos podría modificar este punto de vista.

La ciudad horizontal, Stefano Portelli

La ciudad horizontal. Urbanismo y resistencia en un barrio de casas baratas de Barcelona, del antropólogo Stefano Portelli, narra la crónica de un derribo anunciado: el de las casas baratas del distrito del Bon Pastor, en la ciudad de Barcelona. Construidas durante los años 20 del siglo pasado, su población formaba una red compleja y, como se definirá a lo largo del libro, «horizontal». El Ayuntamiento de Barcelona, sin embargo, recurrió al discurso habitual para este tipo de situaciones (y que es el que se usa para justificar los primeros pasos de la gentrificación) y lo estigmatizó (poco higiénico, casas viejas, necesidad de rehabilitar la zona) y acabó derruyendo las casas para construir pisos verticales, destruyendo, por el camino, la sociabilidad que se había creado y sustituyéndola por una «vertical». Portelli y otros antropólogos, liderados por nuestro admirado Manuel Delgado, se interesaron por el barrio a principios del año 2004, primero como antropólogos investigando una situación concreta y, al poco, tomando partido como defensores del mantenimiento del barrio y llegando a una «antropología horizontal» o «antropología participativa».

La ciudad horizontal se divide en seis capítulos distintos. El primero de ellos explica la historia de los cuatro barrios de casas baratas de Barcelona de forma, digamos, oficial (construcción, habitantes, etc.); el segundo narra la misma historia pero desde el interior, es decir, cómo la vivieron sus habitantes, así como la construcción de su propio contradiscurso que, pese a todo, no llegó a unifircarlos lo bastante como para presentar un frente unido. El tercer capítulo se centra en la etnografía del barrio; el cuarto, en la resistencia contra el derribo; el quinto, en los efectos que tuvo dicho derribo, cuando finalmente se produjo, sobre los habitantes de las casas baratas. Y el sexto capítulo se cierra con unas reflexiones de Portelli sobre el papel de los antropólogos en situaciones como ésta y que comentaremos en una próxima reseña, porque suscita cuestiones más que interesantes.

Como en todas las ciudades en rápida expansión, las clases dirigentes de Barcelona llevaban décadas debatiendo sobre cómo solucionar lo que ya entonces se comenzaba a llamar «el problema de la vivienda». Después del derribo de las murallas medievales, en 1854, la ciudad había estallado como una olla a presión: en pocos años toda la explanada cerrada entre mar y montaña y entre los dos ríos se había llenado de fábricas y nuevas construcciones. Consecuencia de esta expansión fue un enorme flujo de migrantes, atraídos pro las posibilidades de trabajo que ofrecían las grandes obras que iban cambiando la fisionomía de Barcelona: la construcción de la Via Laietana, el Port Vell, las rondas que sustituyeron el recorrido de las murallas, y sobre todo la construcción del «Gran Metro» que se inició con el nuevo siglo. Primero se utilizaron todos los obreros locales; luego llegaron los migrantes catalanes, sobre todo de Tarragona y Lleida; con el cambio de siglo empezó la migración aragonesa y valenciana, hasta que, después de la primera guerra mundial, hubo la verdadera explosión demográfica, con la migración masiva desde el sur del Estado. (p. 33)

Esta llegada masiva de población supuso los típicos problemas de las ciudades industrializadas: hacinamiento, problemas sanitarios (debido al lamentable estado de las infraestructuras de saneamiento y agua potable), alta mortalidad infantil, enfermedades. «Esta situación no era más que la consecuencia inevitable de la repartición desigual del suelo; las élites dirigentes, sin embargo, la denominaban «el problema de la vivienda obrera», para el cual comenzaron a buscar soluciones». (p. 34)

Era, también, una época de gran militancia obrera; en Barcelona, además, dicha militancia se decantaba más por el anarquismo y la autoorganización, que «habían arraigado tan profundamente que convirtieron la ciudad en la «capital de la idea» anarquista a nivel internacional» (p. 34). Ambos motivos, combinados, dieron pie a que la burguesía reclamase una solución urgente al «problema de la vivienda» que, en ese momento en Europa, había tomado dos caminos distintos: el de la racionalización de la vivienda (Le Corbusier y La Carta de Atenas; o, cómo resumió el propio arquitecto, «matar la calle») y la ciudad jardín de Ebenezer Howard (eso sí, completamente despojada de todos los elementos socialistas que originalmente contenía y convertida en los entornos residenciales que en Estados Unidos se conocen como suburbios).

Barcelona se decantó por el racionalismo: la idea de un crecimiento ilimitado de la ciudad que, partiendo desde un punto central, se iría organizando alrededor de éste de forma jerárquica, segregando a la población por clases. Como, además, el alcalde de la ciudad por entonces (el barón de Viver, Darius Romeu i Freixa) quiso celebrar una segunda Exposición Universal para repetir el éxito de la de 1888 (y ya hemos comentado a menudo en el blog que Barcelona siempre ha utilizado los grandes eventos internacionales para anexionarse territorios conflictivos, desde las Exposiciones Universales a los Juegos Olímpicos o el Fórum de las Culturas de 2004), dicho evento supuso la excusa perfecta para apropiarse de zonas nuevas de la ciudad.

Para dar la impresión de que estaba tratando de solucionar el problema de la vivienda, y con la ley de 1924 que obligaba a las ciudades a construir corporaciones público-privadas para la construcción de los barrios, se fundó el Patronato Municipal de la Vivienda. Pero, ojo, los propietarios inmobiliarios tampoco querían que se construyesen muchas casas, no fuese que su negocio de explotación del suelo a obreros dejase de dar beneficios; así que, en total, en cuatro fases (una en Montjuïc, otras dos cerca del río Besós y la cuarta en Horta), se construyeron 2.200 viviendas, mil menos de las anunciadas, y que cubrían apenas a un 1.5% de los obreros de la época: «poco más que una gota en el mar» (p. 41).

«La estructura urbanística de los cuatro barrios, repetitiva y uniforme, escogida por el arquitecto Xavier Turull, acentuaba la percepción de castigo hacia los obreros expulsados de la ciudad: las casas eran todas iguales, pintadas de blanco y dispuestas a ambos lados de calles horizontales, que llevaban números en lugar de nombres.» (p. 43) Las dos del Besós, además, estaban en un terreno inundable, alejadas de cualquier otra construcción.

La situación de necesidad de sus habitantes, en general, hizo que se formasen redes densas entre ellos. Además, el hecho de compartir una similar estructura social aún densificó más esos lazos: los hombres salían a trabajar a la misma hora hacia destinos similares mientras que las mujeres, los ancianos y los niños se quedaban en las casas, haciendo vida en las calles y convirtiéndolas en «espacios de sociabilización fundamental», incluso una «extensión de la casa proletaria», sobre todo en los meses de verano.

Pese a que los grupos de casas baratas construidas fueron 4, el estudio de Portelli se centra en el segundo, el principal de los que se construyeron junto al Besós, con 784 viviendas. Sigue la historia de la Guerra Civil (1936-39), en la que no entraremos por exceder la temática del blog, pero que estuvo caracterizada por una gran implicación de los habitantes de la zona y por una contundente represión posterior por parte de las fuerzas franquistas.

En esa época, el primer franquismo tras la posguerra, que coincidió con la Segunda Guerra Mundial, no hubo grandes construcciones en Barcelona. A mediados de los años 50 se aprovecharon los agujeros provocados por las bombas, sobre todo en la zona del Paralelo, para realizar «los grandes esponjamientos haussmanianos planificados desde antes de la guerra» (p. 87), utilizándolos, de nuevo, como excusa para expulsar a los habitantes (pobres) de la zona y substituirlos por otros de mayor nivel adquisitivo. Algunos de estos habitantes encontraron acomodo en los barrios de casas baratas, a cuyo alrededor ya iban, poco a poco, apareciendo nuevas construcciones, igual que hicieron otros habitantes expulsados por el «Servicio de Erradicación del Barraquismo». Sobre todo durante los primeros años de la posguerra, la construcción de barracas en territorios limítrofes de la ciudad fue una forma que encontraron los que llegaban a la búsqueda de trabajo para solucionar, de forma temporal, la carencia de viviendas disponibles.

A mediados de los años 50, en 1954, llega al Ayuntamiento el nuevo alcalde, Josep Maria de Porcioles Colomer, que lo será hasta el 1973, y se inicia una nueva época (a menudo referida como los años del porciolismo) donde el desarrollo español se entroncó con el auge y afán inmobiliarios de Barcelona y las herramientas de represión del régimen franquista para crear un entorno de corrupción concentrado en el ámbito inmobiliario. A partir de los años 60, también, la organización popular se desliza desde las reivindicaciones obreras de antes de la guerra hacia el asociacionismo vecinal: grupos de habitantes de una misma zona que, más que proponer cambiar el mundo (discúlpennos la exageración), se unen para conseguir mejoras para su barrio. De ahí surgió, por ejemplo, la primera escuela para el barrio de casas baratas.

Al mismo tiempo, el entorno de los cuatro barrios de casas baratas se fue convirtiendo en lo que se conocería como «ciudades dormitorio» o ciudades satélite de Barcelona: lugares donde los residentes iban a dormir, pero no donde trabajaban ni hacían su día a día. La mayoría de ellos, además, de origen no catalán. De la mezcla de estos dos conceptos surgirá luego el discurso oficial que legitimará la demolición del barrio: el de que eran casas de mala calidad, poco higiénicas, y además inmigrantes que podían aportar poco a la sociedad. «Es una operación de etnicización de la problemática social, que recuerda a los pánicos morales burgueses de principios de siglo.» (p. 103)

Un nuevo imaginario ligado a los gitanos y a la pequeña criminalidad se irá afirmando como la narrativa dominante respecto a las periferias de las grandes ciudades. Las casas baratas de Barcelona, pese a las características bien diferenciadas de su población y forma urbana, entrarán de lleno dentro de la nueva mitología quinqui o callejera, basada en una serie de películas –como El pico o Yo, el Vaquilla– ambientadas en barrios degradados y masificados. Este imaginario conformará la versión contemporánea de la historia de mala fama de los barrios de casas baratas: contribuyendo a arrinconar todavía más los cuatro conjuntos, de hecho reproduciendo sobre el plan social el salto de escala urbanístico que los separaba del resto de barrios. [Algunas calles de la ciudad] se configuraron como verdaderas fronteras simbólicas entre la ciudad y su doble, marginado y segregado, incluso estéticamente marcado por la indiferencia. (p. 116)

Algunas de las casas que se construyeron más tarde cerca de las casas baratas del Bon Pastor (en concreto, construidas durante la época porciolista) tenían aluminosis, entre otros defectos estructurales. Pero el estado ruinoso de las casas baratas nunca fue certificado por ninguna entidad oficial; bastó el discurso, coreado y amplificado por los medios, de que eran lugares insalubres, de crimen y marginación (el estigma del que hablaban Daniel Sorando y Álvaro Ardura en First We Take Manhattan y que conforma una de las fases previas a la gentrificación).

Por un lado, los contratos de renta antigua (contratos muy antiguos que no permitían aumentar el importe del alquiler o lo permitían sólo de forma marginal, con lo que, al cabo de los años, sus usuarios pagaban un alquiler muy inferior al del resto de viviendas sin ese tipo de contrato) quedaron progresivamente desprotegidos por las leyes (a favor, como siempre, de los propietarios y en contra de los usuarios de las viviendas). Por otro lado, la zona donde se levantaban las casas fue revalorizándose a medida que se levantaban centros comerciales alrededor (como La Maquinista) y los barrios cercanos sufrían progresivas oleadas de gentrificación o, simplemente, la expulsión de sus habitantes originales (como el barrio de Besós Mar, que con la excusa del Fórum de 2004 fue limpiado de «habitantes indeseables» y donde se levantó otro centro comercial así como edificios limpios y muy caros para inversores internacionales). Ninguna otra excusa era necesaria para mantener una zona tan jugosa dando beneficios tan bajos.

El discurso oficial, por supuesto, puede considerarse «una ficción» en el sentido de que sólo selecciona algunos de lo datos que le son favorables. Por ejemplo, presentaba las casas como habitáculos de 40 metros cuadrados, obviando las muchas que tenían entre 50 y 70; o indicaba que eran insalubres y con mala ventilación, sin detallar las muchas que también tenían jardines alrededor, o hasta un piso superior construido más tarde, puesto que la mayoría de casas, edificadas en el 1929, habían recibido inversiones y modificaciones por parte de sus habitantes durante los cerca de 70 años que llevaban construidas.

En la siguiente entrada veremos las consecuencias del derribo para los habitantes de las casas así como las conclusiones y reflexiones del estudio que hizo Portelli.

La revolución urbana, Henri Lefebvre

En el Occidente europeo tiene lugar en un momento dado un «acontecimiento» enorme y, no obstante latente, por así decir, ya que pasa inadvertido. El peso de la ciudad en el conjunto social llega a ser tan grande que dicho conjunto bascula. En la relación entre la ciudad y el campo la primacía correspondía aún a este último: a sus riquezas inmobiliarias, a los productos de la tierra, a la población establecida territorialmente (poseedores de feudos o de títulos nobiliarios). La ciudad conservaba, con respecto al campo, un carácter heterotópico, caracterizado tanto por las murallas como por la separación de sus barriadas. En un momento dado, se invierten esas variadas relaciones; la situación cambia. Nuestro eje debe reflejar el momento capital en que se realiza ese cambio, ese derrumbamiento de la heterotopía. Desde entonces, la ciudad ya no se considera a sí misma, ni tampoco por los demás, como una isla urbana en el océano rural; ya no se considera como una paradoja, monstruo, infierno o paraíso, enfrentada a la naturaleza aldeana o campesina. Penetra en la conciencia y en el conocimiento como uno de los términos —igual al otro— de la oposición «ciudad-campo». ¿El campo?: ya no es más —nada más— que «los alrededores» de la ciudad, su horizonte, su límite. ¿Y las gentes de la aldea? Desde su punto de vista ya no trabajan para los señores terratenientes. Ahora producen para la ciudad, para el mercado urbano. Y si bien saben que los negociantes de trigo o de madera los explotan, no obstante, encuentran en el mercado el camino de la libertad. (p. 17)

A dicho proceso habría que sumarle, claro, muchos otros, igual de importantes: «el emplazamiento del mercado se convierte en el centro. Sustituye y suplanta al lugar de reunión (ágora, fórum). En torno al mercado, convertido en algo fundamental, se agrupan la Iglesia y el Ayuntamiento (dominado por la oligarquía de mercaderes), con su torreta o su campanil, símbolo de libertad. Obsérvese cómo la arquitectura sigue y refleja la nueva concepción de la ciudad. El espacio urbano se convierte en el enclave donde se opera el contacto entre las cosas y las gentes, donde tiene lugar el intercambio.» (p. 16) En esta época, de hecho, «el intercambio comercial se convierte en función urbana: dicha función ha hecho que surja una forma (o unas formas arquitectónicas y urbanísticas) y, a partir de ellas, una nueva estructura del espacio urbano» (p. 17).

La revolución urbana (publicada por Lefebvre en 1970, leemos la edición de Alianza Editorial de 1972 traducida por Mario Nolla) marca el punto central de las reflexiones del filósofo Henri Lefebvre sobre la cuestión urbana. El pistoletazo de salida lo dio en 1968 con El derecho a la ciudad (de la que habrá una segunda edición en 1972), a la que siguieron De lo rural a lo urbano (1970), este La revolución urbana, el mismo año, y, tras las críticas de Manuel Castells con La cuestión urbana (1972), el mucho más denso y monumental La producción del espacio, al que hemos vuelto innumerables veces y al que otros autores se han referido sin cesar (por citar sólo dos que hemos leído recientemente: Harvey y Soja).

La revolución urbana es la constatación de que se ha producido un cambio: se pasó de la ciudad política (medieval y anterior) a la ciudad comercial cuando la industria, que en principio se había situado en «la no-ciudad, ausencia o ruptura de la realidad urbana», es decir, cerca de las fuentes de energía (agua o carbón) y de la materias primeras (metales, textiles) y se acaba aproximando a las ciudades «para acercarse a los capitales y a los capitalistas, a los mercados y a la mano de obra abundante» (p. 19). Ahí, en ese proceso entre la ciudad comercial y la industrial, se da la «inflexión de lo agrario hacia lo urbano»: se rompe la distinción entre uno y otro y todo pasa a ser urbano, puesto que el campo se concibe como lugar no-ciudad, como oposición a la ciudad, pero está igualmente urbanizado o preparado para ser producido.

Por tejido urbano no se entiende, de manera estrecha, la parte construida de las ciudades, sino el conjunto de manifestaciones del predominio de la ciudad sobre el campo. Desde esa perspectiva, una residencia secundaria, una autopista, un supermercado en pleno campo forman parte del tejido urbano.

Pero, tras la inflexión de lo agrario hacia lo urbano y el surgimiento de la ciudad industrial aún se da otro paso, que Lefebvre denomina fase crítica y a la que se refiere como revolución urbana: «el conjunto de transformaciones que se producen en la sociedad contemporánea para marcar el paso desde el período en el que predominan los problemas de crecimiento y de industrialización (modelo, planificación, programación) a aquel otro en el que predominará ante todo la problemática urbana y donde la búsqueda de soluciones y modelos propios a la sociedad urbana«. La industrialización, que hasta ahora ha dirigido el curso de las ciudades y el trazado urbano, con sus problemas de aglomeración, diseminación de la mano de obra, extrarradios y urbanizaciones, «se convierte en realidad dominada a través de una crisis profunda, al precio de una enorme confusión, en el curso de la cual se confunden lo pasado y lo presente, lo mejor y lo peor» (p. 22).

Lo urbano (abreviación de «sociedad urbana») se define, pues, no como realidad consumada, situada en el tiempo con desfase respecto de la realidad actual, sino, por el contrario, como horizonte y como virtualidad clasificadora. Se trata delo posible, definido por una dirección, al término del recorrido que llega hasta él. (p. 23)

Lo urbano se refiere, pues, no a la ciudad, sino a las relaciones que genera, una realidad social magmática y confusa, nunca estructurada sino en proceso de. De hecho, sin ir muy lejos, y teniendo en cuenta la fecha de publicación, La revolución urbana podría muy bien estar preconfigurando las relaciones tardocapitalistas. Lefebvre se niega a hablar de sociedad post-industrial, pero deja claro que se refiere a ella; que es consciente, como también lo fueron otros por la época (Touraine, Daniel Bell) de que la sociedad industria iba dejando paso a algo distinto. El libro se convierte, por lo tanto, en una reflexión sobre el cambio y las formas posibles de abordarlo; algo que no culminará hasta La producción del espacio, aunque, matizado por las críticas de Castells, lo hará en una dirección distinta, sentando las bases filosóficas para comprender hasta qué extremos llega esa producción espacial.

A favor de la calle. En la escena espontánea de la calle yo soy a la vez espectáculo y espectador, y a veces, también, actor. Es en la calle donde tiene lugar el movimiento, de catálisis, sin los que no se da vida humana, sino separación y segregación, estipuladas e inmóviles. Cuando se han suprimido las calles (desde Le Corbusier, en los «barrios nuevos»), sus consecuencias no han tardado en manifestarse: desaparición de la vida, limitación de la «ciudad» al papel de dormitorio, aberrante funcionalización de la existencia. La calle cumple una serie de funciones que Le Corbusier desdeña: función informativa, función simbólica y función de esparcimiento. Se juega y se aprende. En la calle hay desorden, es cierto, pero todos los elementos de la vida humana, inmovilizados en otros lugares por una ordenación fija y redundante, se liberan y confluyen en las calles, y alcanzan el centro a través de ellos; todos se dan cita, alejados de sus habitáculos fijos. Es un desorden vivo, que informa y sorprende. Por otra parte, este desorden construye un orden superior: los trabajos de Jane Jacobs han demostrado que la calle (de paso y preventiva) constituye en los Estados Unidos la única seguridad posible contra la violencia criminal (robo, violación, agresión). Allí donde desaparece la calle, la criminalidad aumenta y se organiza. La calle y su espacio es el lugar donde un grupo (la propia ciudad) se manifiesta, se muestra, se apodera de los lugares y realiza un adecuado tiempo-espacio. Dicha apropiación muestra que el uso y el valor de uso pueden dominar el cambio y el valor de cambio. (…)

En contra de la calle. ¿Un lugar de encuentros?, quizá, pero ¿qué encuentros? Aquellos que son más superficiales. En la calle se marcha unos junto a otros, pero no es lugar de encuentros. En la calle domina el «se» (impersonal), e imposibilita la constitución de un grupo, de un «sujeto», y lo que la puebla es un amasijo de seres en búsqueda… ¿De qué? El mundo de la mercancía se despliega en la calle. La mercancía, que no ha podido limitarse a los lugares especializados, los mercados (plazas, abastos), ha invadido toda la ciudad. (…) ¿Qué es, pues, la calle? Un escaparate, un camino entre tiendas. La mercancía, convertida en espectáculo (provocante, incitante), hace de las gentes un espectáculo, unos de otros. Aquí, más que en cualquier sitio, el cambio y el valor de cambio dominan al uso hasta reducirlo a algo residual. (…) El paso por la calle es, en tanto que ámbito de las comunicaciones, es obligatorio y reprimido al mismo tiempo. En caso de amenaza, las primeras prohibiciones que se dictan son las de permanecer y reunirse en las calles.

[…] Es por ello por lo que puede hablarse de una colonización del espacio urbano, colonización que se lleva a cabo en la calle a través de la imagen de la publicidad y el espectáculo de los objetos: a través del «sistema de los objetos» convertidos en símbolo y espectáculo. (p. 25-8)

Offshore, John Urry

Como avanza Jesús Oliva Serrano en la introducción a este Offshore, John Urry fue un sociólogo británico que, tras una etapa inicial más centrada en la teoría social y el capitalismo, se fijó en las múltiples formas de la «desorganización del capitalismo fordista, la poderosa capacidad transformadora de la industria global del turismo, la eclosión de movilidades como rasgo característico del mundo posmoderno, la dimensión sociológica del cambio climático» (p. 8), entre otras. Suyo es el análisis del turismo global (Consuming Places, 1995) donde analizaba la mirada del turista y su «poderosa capacidad transformadora de los lugares, que eran convenientemente remodelados y codificados para adecuarse a su consumo masivo. Pero, además, la propia experiencia del pos-turismo, protagonizado por unos viajeros conscientes del simulacro y de las performances que se realizan sólo para sus ojos, también condensaba el mundo posmoderno, el flâneur de la época» (p. 9).

Sus estudios fueron avanzando en los cambios que la nueva movilidad de los flujos o del tardocapitalismo conllevaba (Sociology beyond Societies, Global Complexity) hasta acabar en los problemas derivados del uso de la energía (petróleo) y sus conecuencias climáticas, que le llevaron a plantearse una sociedad después del petróleo (Societies beyond Oil).

En esta línea donde debe ser comprendido el penúltimo de sus libros (publicado en 2014; Urry murió en 2016): Offshore. La deslocalización de la riqueza (edición de Capitán Swing con traducción de Jesús Cuéllar).

Por ejemplo, hay una empresa llamada Goldman Sachs Structured Products (Asia) Limited, radicada en Hong Kong, un paraíso fiscal. La controla otra empresa denominada Goldman Sachs (Asia) Finance, registrada en otro paraíso fiscal, la República de Mauricio. A su vez, esta está gestionada por otra empresa de Hong Kong, dirigida por otra radicada en Nueva York. A esta la controla otra de Delaware, otro importante paraíso fiscal, y esta la gestiona otra empresa, también ubicada en Delaware, GS Holdings (Delaware) L. L. C. II (sociedad de responsabilidad limitada), a su vez subsidiaria de la única empresa llamada Goldman de la que en realidad la mayoría ha oído hablar; es decir, el grupo Goldman Sachs, que ocupa una deslumbrante torre que, terminada en 2010, se encuentra en Battery City Park, Nueva York. Es una empresa que en 2012 tuvo en todo el mundo una facturación de alrededor de 34.000 millones de dólares y que daba trabajo a casi 30.000 personas. (p. 20)

Lo anterior, que sirve sólo de ejemplo, muestra cómo las finanzas, las grandes empresas y en general el capital usan de forma habitual la movilidad asociada con el tardocapitalismo para evadir impuestos y responsabilidades. Las causas de la aceleración financiera son, según Urry:

  • la caída del bloque comunista y el hundimiento del Muro de Berlín;
  • los nuevos canales de información globales (por ejemplo, la Guerra de Irak fue el primer acontecimiento televisado de forma global), creando un «escenario global», un concepto que se ha transmitido como único;
  • cada vez más mercados financieros, en gran medida merced a la informática, funcionaban en tiempo real, lo que «acentuó todavía más la velocidad y la volatilidad de los mercados, y no sólo de los financieros»;
  • y, finalmente, como ya destacó el Castells de La sociedad red, la invención y auge de internet (o, para ser concretos, el World Wide Web y sus protocolos asociados, http y urls).

Pero con el «optimismo global» de la década de los 90 (al menos, en Occidente) llegó también la deslocalización, la evasión fiscal, la evitación de impuestos y, en general, todas las tretas que están al alcance de los poderosos para mantener sus beneficios y esquivar sus obligaciones.

La deslocalización se ha convertido en un principio genérico de las sociedades contemporáneas, con lo que resulta imposible establecer una división clara entre lo que está fuera y lo que está dentro de un determinado territorio. En realidad, los mundos deslocalizados han modulado gran parte de la vida actual. Son dinámicos y reorganizan las relaciones económicas, sociales, políticas y materiales que existen en las sociedades y entre ellas, en un momento en el que las poblaciones y los Estados descubren que los recursos, las prácticas, las personas y el dinero pueden ocultarse o se ocultan realmente, y que esta ocultación tiene grandes ventajas. (p. 30)

La deslocalización nos lleva a esa clase flotante de la que hablaba Bauman que no vive en ningún lugar, sino que salta de edificio de lujo a edificio de lujo, de campo de golf a club de campo, repartidos por el planeta, sin sentirse parte de ninguno y sin verdadera lealtad hacia ninguno de ellos; pero también, en su vertiente opuesta, a «las vidas deslocalizadas de los pobres individuos y familias que, de forma interminable, pasan de un centro de detención a otro, de un barco ilegal a otro, sin llegar nunca a ubicarse como es debido» (p. 31). Nos vienen a la mente tanto los detenidos por Estados Unidos en Guantánamo, a los que nunca se aplicaron las leyes americanas, o el propio Julian Assange.

De eso trata Offshore; pero no de la deslocalización como hecho aislado o puntual, sino de «su carácter de estrategia para la guerra de clases» (p. 31), toda una declaración de intenciones.

El segundo capítulo habla de una «reunión secreta» celebrada en Suiza, en Mont Pèlerin, a la que acudieron, entre otros, Milton Friedman o el «economista liberal» Friedrich Hayek y donde se decidió imponer una doctrina para luchar contra la ideología keynesiana que promovía el pago de impuestos y el papel del Estado como garante del estado del bienestar. Esta doctrina, que llegaría a ser conocida como neoliberal, «se convirtió en todo el mundo en la ortodoxia de políticas y prácticas económicas y sociales, a partir de ideas esbozadas por primera vez en una Sociedad Mont Pèlerin concebida para organizar el combate contra el keynesianismo. La doctrina y la práctica neoliberales se desarrollaron en el departamento de Economía de la Universidad de Chicago, dominado por Friedman, desde donde se expandieron. Llegado el año 2000, entre los antiguos alumnos de la Escuela de Chicago había veinticinco ministros y más de una docena de presidentes de bancos centrales» (p. 45).

Esta reunión, si bien en el blog no somos muy partidarios de conspiraciones y grupos secretos, entronca bastante con lo que defendía Castells en La sociedad red: que la globalización, con la doctrina que la sostiene, no es un estado natural sino una imposición ideológica de un grupo, pequeño y concreto, de empresarios y políticos estadounidenses al resto del mundo. La globalización que tenemos, ojo, basada en el mercado, y no el hecho de que el mundo se haya vuelto global.

En líneas generales, este predominio cada vez mayor del neoliberalismo proclamaba la importancia de la iniciativa y de los derechos de propiedad privados, así como la libertad de mercado y comercial. Se creía que esos objetivos se alcanzarían desregulando las actividades y empresas privadas, privatizando servicios anteriormente «estatales» o «colectivos», bajando los impuestos, socavando el poder colectivo de trabajadores y profesionales, y proporcionando las condiciones para que el sector privado encontrara muchas y novedosas fuentes de actividad lucrativa. (p. 46)

Uno de los pilares esenciales de la doctrina neoliberal es que el mercado es bueno y el Estado, malo; dicho de otro modo, que el Estado es fácilmente corruptible y poco eficiente y el mercado, liberado de controles y aranceles, se autorregulará hasta alcanzar un equilibrio donde todos seremos felices y dichosos. Pese a ello, claro, los Estados siguen siendo importantes para la doctrina neoliberal: por la construcción y mantenimiento de infraestructuras esenciales para las empresas, por su capacidad legislativa para modificar leyes que entorpecen el buen funcionamiento del mercado y, entre otras, por su labor policial de defensa de la propiedad privada y, sobre todo, financiera.

La deslocalización es inherente a todos los procesos anteriores: la creación de lugares seguros y refugios donde el capital pueda evadirse del poco control estatal que sigue existiendo para los grandes flujos financieros.

La primera de las deslocalizaciones que analiza Urry es la de los trabajadores. El norte occidental, pese a ser el principal consumidor del planeta, no es quien trabaja para producir esos bienes consumidos, sino que el trabajo se ha ido deslocalizando merced a tres procesos paralelos:

  • la sustitución directa, que se produce cuando una empresa cierra una fábrica en el norte y la lleva al sudeste asiático o a cualquier otro país donde las condiciones laborales les sean más favorables (es decir: peores para sus trabajadores);
  • la sustitución indirecta, como una continuación de la anterior, cuando los países donde se han deslocalizado industrias desarrollan las suyas propias y acaban compitiendo con las originales; China sería el ejemplo principal, que se ha convertido en el gran rival comercial de todo Occidente;
  • y la sustitución de sistemas, por la propio evolución de la tecnología, como la desaparición de tiendas de música por su descarga directa desde internet.

Para que toda esta deslocalización material fuese posible, eran necesarios «dos elementos imprescindibles»: la contenedorización y la «doctrina y las prácticas del libre comercio» (p. 57).

[Los] contenedores, fáciles de cargarse o descargarse en buques, trenes y camiones, han eliminado prácticamente el coste que conllevaba transportar muchos productos, han redibujado la geografía económica mundial y han conseguido que los consumidores que se lo pueden permitir dispongan de la mayoría de objetos donde quieran.

[…] De este sistema forman parte los productos, los buques, los puertos para contenedores y el petróleo barato. Depende de economías de escala, costes energéticos reducidos y normas medioambientales escasas, y también del flujo de mano de obra barata y no regulada, procedente sobre todo del mundo en desarrollo. La fabricación en serie que realizan trabajadores mal pagados y en general poco cualificados del Sur global va intrínsecamente ligada al consumo masivo del Norte global. Este vínculo se plasma en el lento pero constante movimiento de esos grandes «contenedores» del deseo que cruzan los océanos. (p. 58-9)

Si los contenedores son el canal físico sobre el que se mueven las mercancías, las doctrinas neoliberales y el petróleo barato, promovidos ambos desde Estados Unidos, son el canal ideológico.

[E]sta doctrina del libre mercado no se ha elegido «libremente», sino que con frecuencia la han impuesto EE. UU. o la Unión Europea cuando venía bien a sus intereses. Suele formar parte del llamado Consenso de Washington, que sirvió de base al orden global organizado durante las últimas décadas. Allí donde hay recursos valiosos, EE. UU. insiste en que deben estar a disposición del mejor postor y pagarse en dólares estadounidenses; es decir, que debe haber libre comercio. Las normas del Banco Mundial, del Fondo Monetario Internacional y de la Organización Mundial de Comercio proclaman que quienquiera que tenga dinero suficiente, y sobre todo dólares, para comprar determinados productos, debe contar con el derecho legal a adquirirlos. Se podría decir que el mundo está en tus manos cuando eres la principal economía del planeta y ¡puedes fabricar dólares para comprarlo todo! (p. 61)

El siguiente capítulo se centra en la deslocalización fiscal y puede resumirse con una sola idea: los papeles de Panamá, los papeles de Pandora o los papeles del Paraíso, todos ellos filtraciones de millones de documentos donde se evidencian las relaciones financieras que mantienen las grandes empresas, políticos, empresarios y, en definitiva, el capital, con los paraísos fiscales y cómo evaden y evitan pagar impuestos con empresas ficticias o tapaderas. Urry sitúa su expansión alrededor de los años 70, con el surgimiento del capitalismo «desorganizado», cuando brotaron múltiples islas recónditas y colonias o excolonias situadas en ultramar que competían entre ellas por ofrecer las mejores condiciones (es decir, impuestos más bajos y menos visibilidad) a las empresas.

La deslocalización del ocio analiza la relación entre el capital y el sector inmobiliario. Los flujos de dinero iban cristalizando en la creación de «barrios periféricos, pisos, segundas residencias, hoteles, complejos de ocio, complejos residenciales blindados, estadios, torres de oficinas, universidades, centros comerciales y casinos» (p. 113), cuando no en la creación ex nihilo en medio del desierto de mamotretos como Dubái. «En estos proyectos se solapaban los endeudamientos de Gobiernos, constructores y compradores» y normalmente las deudas, debidamente financierizadas, es decir, troceadas, agrupadas y vendidas al mejor postor, se sostenían en un precario castillo de naipes basado en la idea de que el valor de todo inmueble no dejará de subir.

Y de ahí, claro, cada vez mayores excesos, centros de recreo coronados por edificios proyectados por arquitectos estrella o verdaderos parques temáticos como Ibiza, Mikonos o Las Vegas; o, peor aún, el turismo sexual cubano o tailandés, que a menudo incluye a menores entre sus ofertas. Incluso los parques olímpicos, que tienen que ser, según normativa del Comité Olímpico Internacional, «enclaves libres de impuestos», puesto que el COI está «registrado en Suiza como una «organización deportiva sin ánimo de lucro»» y, por lo tanto, exento de pagar impuestos, pese a que su negocio genera miles de millones de dólares y da trabajo a cientos de personas. Una de las condiciones para que se celebraran los Juegos Olímpicos en Londres (Urry habla sólo del caso de Londres, pero suponemos que es extensible a los demás) «era que se aprobaran leyes que eximieran a las organizaciones e individuos con ellas relacionados del pago de los impuestos sobre la renta y sociedades del Reino Unido» durante un periodo, de hecho, más largo que la celebración de los propios Juegos; y que afectaba a deportistas y organizadores, por supuesto, pero también a patrocinadores como McDonald’s, Coca-Cola y Visa.

El capítulo sobre la deslocalización de la energía ya avanza algo que estamos viviendo ahora mismo: la imbricación entre los procesos de financiarización y los productos de los que se obtiene energía. «Ahora existen más de setenta y cinco derivados financieros del crudo, cuando hace quince años sólo había uno.» (p. 153) Así, los cambios en el precio del petróleo tienen tanto que ver con su reserva y su demanda como con el resultado de procesos financieros y especulativos, puesto que una parte de sus beneficios se obtiene de esa capitalización, no de la propia producción o extracción del crudo. Se da el caso de que enormes buques contenedores esperan a la entrada de los puertos al momento en que el petróleo alcance su mejor precio, creando una escasez artificial.

Como se ha señalado en el capítulo 1, la «clase rica» está librando una guerra de clase y la está ganando, aunque esta «clase» la constituyan multitud de grupos de élite distintos y en pugna, y aunque no basten sus intereses y su carácter conspirativo para unificarla.

[…] Entre los procesos de deslocalización que ha utilizado hasta ahora esta clase rica para hacerse mucho más rica e ir ganando su guerra se encuentran la fragmentación y deslocalización de la producción hacia lugares más baratos, la reducción sistemática de la carga fiscal y, con ella, el incremento de las desigualdades, la creación de muchas sociedades secretas en paraísos fiscales, el fomento de nuevos tipos de financiarización, el desarrollo de nuevas formas de marginar a los trabajadores, la capacidad de arrancar inversiones estructurales a los Estados, la externalización de los costes de la gestión de residuos y las emisiones, la utilización de los momentos de crisis para imponer reestructuraciones de carácter neoliberal, la movilización de diversos discursos que fomentan la mercantilización, y la creación de productos nuevos y asombrosos, basados en nuevas necesidades, entre ellas la seguridad. (p. 227)

Planeta de ciudades miseria, Mike Davis

Planeta de ciudades miseria (2006, leemos la edición de Akal de 2007 traducida por José María Amoroto), de Mike Davis, es un estudio abrumador sobre las consecuencias de la nueva organización urbana capitalista de las últimas décadas, especialmente en las ciudades de lo que antaño se conocía como Tercer Mundo y que hoy se denomina, de forma eufemística, países emergentes o el sur global. A Mike Davis ya lo leímos en Ciudad de cuarzo, un estudio heterodoxo sobre Los Ángeles que, además de ser uno de los pistoletazos de salida sobre los estudios de la ciudad y la Escuela de Los Ángeles (de la que hablábamos hace nada a raíz de la lectura de otro de sus componentes, Edward Soja) fue de los primeros en poner de manifiesto las consecuencias que la segregación cada vez mayor de la ciudad estaba teniendo sobre los pobres: más muros, más murallas, edificios que parecían fortalezas y una sobreabundancia de seguridad que, con la excusa de proteger, suponía un aumento desmedido del control.

Precisamente con Soja volvíamos a Lefebvre y a cómo el espacio se produce; algo que Harvey no ha dejado de repetir, que la estructura capitalista es espacial, lo que está generando que las distinciones entre campo y ciudad ya no sean viables; si acaso, sólo entre espacio explotable y espacio cuyos costes (distancia, inaccesibilidad) aún impiden que sea producido (y explotado).

El resultado de este choque entre el mundo rural y el urbano, tanto en China como en el sureste de Asia, India, Egipto y quizá África occidental, es un paisaje hermafrodita, un campo parcialmente urbanizado que para Guldin puede representar «un sendero nuevo en el desarrollo y los asentamientos humanos […] una forma que no es rural ni urbana sino una mezcla de las dos, donde una densa red de transacciones ata los grandes núcleos urbanos a las regiones que les rodean» [G. Guldin, What’s a Peasant to DO?]. El arquitecto y urbanista alemán Thomas Sieverts sugiere que este urbanismo difuso, que llama Zwischendstadt (in-between city/campo-ciudad) se está convirtiendo rápidamente en el paisaje representativo del siglo XXI, tanto en los países ricos como en los pobres y al margen de la trayectoria urbana anterior. A diferencia de Guldin, Sieverts considera estas nuevas conurbaciones como redes policéntricas sin el tradicional centro ni periferias reconocibles. (p. 20)

Un proceso que lleva a una frase demoledora: «El 80% del proletariado del que hablaba Marx vive actualmente en China o en cualquier otro lugar fuera de Europa Occidental y Estados Unidos» (p. 24). El primer capítulo del libro, de hecho, se centra en cómo las grandes concentraciones urbanas del mundo ya no están en Europa o Estados Unidos (o en países no emergentes, como Tokio-Yokohama), sino Lagos, Yakarta, Ciudad de México, Bombai, Shangai.

Las causas de este cambio son sencillas: los designios del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. Los Programas de Ajuste Estructural, destinados, en principio, a mejorar las condiciones de los países emergentes y a liberarlos de sus deudas (contraídas por los países que los habían colonizado, claro, que eran los mismos que les exportaban sus bienes de consumo), que recortaban subvenciones, mejoras en agricultura y el paupérrimo estado del bienestar que pudiese existir. Eso empujaba tanto a los agricultores como a los funcionarios despedidos a una miseria mayor y los forzaba a competir con las multinacionales globalizadas, contra las que siempre perdían, y generaba oleadas de pobreza que, incapaces de sobrevivir en el campo, emigraban a la ciudad.

A medida que las redes locales estables iban desapareciendo, los pequeños campesinos se volvieron más vulnerables frente a circunstancias externas: sequía, inflación, subida de los tipos de interés o caída de los precios de venta. (…)

Al mismo tiempo, la codicia de los señores de la guerra y los conflictos civiles, debidos al descalabro provocado por los ajustes estructurales impuestos para absorber la crisis de deuda o la rapacidad de intereses económicos externos (…) estaban provocando el abandono de regiones enteras. Las ciudades no hicieron otra cosa que recoger los frutos de esta crisis mundial del medio rural, a pesar del estancamiento o de la recesión económica que sufrían, y evidentemente sin realizar las necesarias inversiones en nuevas infraestructuras, en fomento de la educación o en sistemas públicos de salud. (p. 28)

Lo cual rompe con la teoría social clásica (de Marx a Weber) de que las ciudades se iban a convertir, una a una, en un nuevo Manchester, Berlín o Chicago. Algo que ha sucedido con Ciudad Juárez, Bangalore o Sao Paulo; «sin embargo, la mayor parte de las ciudades Sur Global se parecen más al Dublín victoriano», un ejemplo de ciudad «hiperdegradada en el siglo XIX» porque sus barrios pobres no eran producto de la revolución industrial. «Del mismo modo, Kinshasa, Jartum, Dar-es-Salaam (…) crecen de manera prodigiosa pese a la ruina de sus industrias de sustitución de importaciones, de la reducción de sus sectores públicos y de la caída de sus clases medias.» Ciudades que, en ningún caso, poseen los recursos ni las infraestructuras para acoger a estas enormes masas migratorias y de donde surgen todos los problemas que, uno a uno, enumera el libro.

Un slum (la definición original fue «acuñada por el presidiario y escritor James Hardy Vaux, que en 1812 escribió el Vocabulary of the Flash Language, donde es sinónimo de tráfico (racket) o comercio ilegal (criminal trade). Sin embargo, ya en la década de 1830 y 1840, los pobres, más que «dedicarse» a los «slums», lo que hacían era vivir en ellos», p. 34) es, igual que lo era en tiempos victorianos, un espacio donde se dan hacinamiento, vivienda pobre o informal, falta de acceso a la sanidad y al agua potable e inseguridad de la propiedad. Estimaciones conservadoras de la ONU situaban los habitantes de los slums en cerca de 1000 millones de personas (datos de 2005), pero hay países donde alcanzar el 99.4% de la población (Etiopía o Chad) o ciudades con 10 o 12 millones de personas viviendo en dichas condiciones (Bombay), o los 9 o 10 millones de Ciudad e México y Dacca.

Los slums incluyen, por supuesto, los barrios pobres, las chabolas, las favelas; pero también la Ciudad de los Muertos de El Cairo o hasta los habitantes de las calles, aunque la mayoría se sitúan en las periferias, alejados en ocasiones hasta decenas de kilómetros del centro de la ciudad. Son, además, el lugar donde se levantan los servicios que la propia ciudad rechaza: vertederos, vertidos ilegales, industria contaminante.

En la década de 1970 se produjo un matrimonio intelectual realmente sorprendente entre el presidente del Banco Mundial, Robert McNamara, y el arquitecto inglés John Turner. El primero había sido uno de los principales estrategas de la Guerra de Vietnam y el segundo había sido un señalado colaborador del periódico anarquista inglés Freedom. Turner abandonó Inglaterra en 1957 para irse a trabajar a Perú, donde quedó cautivado por el genio creativo que percibía en la construcción espontánea de viviendas en los asentamientos ocupados. No fue el primer arquitecto en entusiasmarse con la capacidad de la gente sin recursos para la autoorganización y el ingenio que mostraban a la hora de resolver los problemas de la construcción; arquitectos y planificadores colonialistas franceses, como el Grupo CIAM en Argel, habían elogiado el orden espontáneo de las bidonvilles por la «relación orgánica entre las construcciones y el lugar (reminiscencias de la casbah), la adaptación del espacio a diversas funciones y a las necesidades cambiantes de los usuarios». Turner, en colaboración con el sociólogo William Mangin, se convirtió en un divulgador y propagandista excepcionalmente efectivo que proclamaba que las áreas urbanas hiperdegradadas eran menos el problema que la solución. Al margen de sus orígenes radicales, el núcleo de su programa de autoayuda, de aumento de la construcción y de legalización de la urbanización espontánea, coincidía exactamente con la aproximación a la crisis urbana, pragmática y de coste controlado, que defendía McNamara.

En 1976 se celebró la primera conferencia de UN-Habitat (Programa de Asentamientos Urbanos de Naciones Unidas) y también fue la fecha de publicación del trabajo de Turner, Housing by People. Towards Autonomy in Building Environments. Esta amalgama de anarquismo y neoliberalismo se ha convertido en una nueva ortodoxia que «formula un abandono radical de la vivienda pública a favor de proyectos de “urbanización y servicios” y una reforma de las áreas hiperdegradadas in situ». (p. 98)

Por supuesto, la propuesta y su respaldo no surgen tanto de lo óptimo de su aplicación como de su imbricación directa con la ideología neoliberal o tardocapitalista: que los pobres no se conviertan en un problema que el Estado deba resolver. A raíz de estas propuestas, y de un plan piloto que se aplicó en Filipinas, ya se vio cómo iban a ser las «ayudas» que recibiría cada país: fondos destinados a las inmobiliarias e intermediarios que llegaban, de forma muy diluida, a los pobres (si es que acababan llegando) y que suponían el enriquecimiento de las clases dirigentes, anuncios a bombo y platillo de esas reformas y que se traducían en escasas intervenciones de muy poco calado. En los casos en que los proyectos sí que servían para mejorar una zona («sanearla»), al cabo de pocos años la mayoría de familias pobres que habitaban la zona habían sido substituidas por familias de poder adquisitivo más alto, abocando a los residentes originales, de nuevo, al problema de la carencia de viviendas pero ahora en un lugar probablemente aún más apartado.

El otro efecto que tenían las ayudas (financiadas por el Banco Mundial y el FMI y que luego, claro, suponían el aumento de la deuda del país sin haber beneficiado a la mayoría de sus habitantes) son las ONG, que se multiplicaron y crecieron durante la década de los 90, hasta el extremo de que Davis habla del «nacimiento de un imperialismo light con las principales ONG incorporadas a la agenda del Banco Mundial y los grupos sobre el terreno dependiendo de ONG internacionales» (p.104). No es que las ONG no tuviesen buenas intenciones, que seguro que las tenían; pero, a medida que crecían sus fondos, lo hacían también sus aparatos burocrácticos, destinando cada vez mayores recursos a esos apartados y menos a las zonas donde actuaban. Y, en éstas, las ONG se convertían en poderes de facto, monopolizando los recursos estatales cercanos, los promotores, los ingenieros y constructores de la zona, que dejaban de atender a los vecinos y pasaban a formar una red clientelar con los miembros de las ONG; de ahí que Davis hable de un nuevo imperialismo light.

La segregación urbana no es un statu quo congelado, sino más bien una incesante guerra social en la que el Estado interviene en nombre del progreso, del embellecimiento e incluso de la justicia social, para redibujar las fronteras urbanas en beneficio de propietarios de terrenos, inversores extranjeros, elites nacionales y clases acomodadas. Como sucedía en París en 1860, bajo el fanático reinado del barón Haussmann, el desarrollo urbano actual todavía se esfuerza para simultanear el máximo beneficio privado con el máximo control social. (p. 130)

Como ejemplo puntual de lo anterior, además de los numerosos casos que se podrían encontrar en ciudades de todo el mundo (con especial mención a «las élites poscoloniales» que han ido reproduciendo el rol de segregación de las ciudades coloniales, con ricos en amplios barrios centrales o periféricos de baja densidad y los pobres hacinados en el resto del espacio), Davis destaca eventos efímeros que tienen el mismo efecto sobre las ciudades: los Juegos Olímpicos, haciendo especial mención a los de Atenas, Barcelona, Ciudad de México o Seúl. En todos esos casos, los Juegos han servido como excusa para vaciar zonas enormes de la ciudad habitadas por clases de bajo nivel adquisitivo y substituirlas por los ricos, con zonas ajardinadas y barrios «saneados», generando oleadas de expulsión y segregación.

Es importante darse cuenta de que a lo que nos estamos enfrentando es a una reorganización fundamental del espacio urbano, que incluye una disminución drástica de las intersecciones entre la vida de los ricos y la de los pobres en un grado que trasciende la segregación social y la fragmentación urbana tradicional. Algunos autores brasileños han hablado recientemente de «la vuelta a la ciudad medieval», pero las implicaciones que tiene la ruptura de las clases medias con el espacio público y con cualquier forma de compartir un espacio ciudadano común con los pobres suponen un cambio más radical aún. (…)

Enclaves de fantasía convenientemente fortificados, edge cities desgajadas de sus propios paisajes sociales pero integradas en una etérea globalización al estilo californiano […] todo esto nos lleva directamente a Philip K. Dick. En este «dorado cautiverio», añade Jeremy Seabrooks, la burguesía urbana del Tercer Mundo «deja de ser ciudadana de su propio país y se convierte en nómada que pertenece y debe lealtad a una topografía del dinero, que es patriota de la riqueza y nacionalista de un no lugar exclusivo y dorado». (p. 155-6)

El último capítulo analiza los «mitos de la informalidad» tomando como punto de partida la ciudad industrial; pero no escoge Mánchester ni Dublín, sino Nápoles, la Nápoles del siglo XIX retratada por Frank Snowden, una ciudad donde la mano de obra era tan abundante que existía un enorme subgrupo de la población dispuesto a cualquier cosa a cambio de algo de dinero: desde «la estabilidad» de los vendedores de periódicos que disfrutaban de una remuneración estable hasta los «mercaderes gitanos», «auténticos nómadas de los mercados que cambian de actividad según dictaban las circunstancias. Había vendedores de verduras, de castañas y de cordones de zapatos; proveedores de pizzas, de mejillones y de ropa de segunda mano; vendedores de agua mineral, de mazorcas de maíz y de caramelos…» (p. 225)

Este sector informal genera trabajo, sí, pero no es un recurso estable porque el trabajo que genera no surge de nuevo cuño, sino que subdivide el anterior: es decir, repartir entre más personas la misma cantidad, creando un subgrupo que compite necesariamente unos contra otros. Las tradicionales redes vecinales y comunales que se dan en los barrios pobres, por lo tanto, se acaban erosionando (recayendo todo su peso sobre las mujeres, que son las que deben maniobrar para mantener a la familia cuando los hombres pierden el trabajo), hasta el punto de haberse extinguido por completo en los barrios más hiperdegradados.

El espacio para nuevas incorporaciones solo se puede producir por la disminución de los ingresos per cápita y/o por la intensificación del trabajo, al margen de la disminución de los retornos marginales. Este esfuerzo para «proporcionar a todos algún nicho, por pequeño que sea, en el conjunto del sistema» opera mediante el mismo tipo de sobresaturación y «elaboración gótica» de los nichos que Clifford Geertz caracterizó celébremente como «involución», tomando prestado el término de la historia del arte, al referirse a la economía agrícola de Java durante la época colonial. La involución urbana parece ser la mejor manera de describir la evolución de la estructura del empleo informal en las ciudades del Tercer Mundo. (p. 233-4)

Esta misma pugna se daba en las ciudades industriales de la Inglaterra victoriana, pero allí existía un último recurso: emigrar a América, Australia o Siberia, a nuevos mundos donde las opciones parecían más halagüeñas. Recurso que, claro, está vedado para los habitantes pobres de hoy en día, pues sólo podrían emigrar hacia lugares más ricos cuyas fronteras están permanentemente vigiladas y donde siempre serán parias (o como poco, sospechosos) debido a su origen.

De la situación anterior surge un nuevo recurso al que los habitantes de estos barrios destinan cantidades abrumadoras de dinero: las loterías y los juegos de azar, con la esperanza de que pueda suponerles una huida; asimismo, se hacen habituales el recurso a la religión y las creencias en todas sus variantes. Especialmente sangrante es el caso de «las pequeñas brujas de Kinshasa», la involución social que ha sufrido la ciudad de forma completa hasta el punto de acabar con todo rastro de redes sociales de ayuda o cooperación y, mezclada con una visión muy particular del cristianismo y la brujería, se llega a temer a los «niños brujos», una suerte de encarnación de demonios y brujos de todo tipo en niños pequeños que, a menudo, recae sobre los hijos menores de familias que ya cuentan con muchos niños y que acaban siendo abandonados o asesinados.