La Escuela de Chicago de Sociología, de Josep Picó e Inmaculada Serra

La época tras la Guerra Civil americana (1861-1865) fue una de gran esplendor económico. “Los Estados Unidos ocuparon el lugar de Gran Bretaña como la principal nación industrial y a finales de siglo ya producían cerca del 30% de los artículos manufacturados del mundo.” Estos grandes cambios industriales vinieron acompañados también por cambios sociales.

La revolución económica no sólo transformó la faz de los Estados Unidos, sino también todos los aspectos de la vida nacional. Trajo una era de máquinas, electricidad y acero, mercados nacionales y sociedades de negocios gigantes. La industrialización fue un logro técnico asombroso, pero su proceso fue demasiado rápido para que resultara justo desde la perspectiva económica y social. Entre sus consecuencias resaltas las grandes desigualdades de riqueza, la explotación despiadada, la hostilidad de clase y un sinnúmero de problemas sociales complejos. (p. 3)

La inmigración se volvió masiva: del campo a la ciudad, debido a la evolución de la maquinaria agrícola y a la reducción de la mano de obra necesaria; pero también de Europa a Estados Unidos y posteriormente del sur al norte del país. Las ciudades crecieron de forma increíble hasta el punto de que “Nueva York tenía más italianos que Nápoles, más alemanes que Hamburgo, el doble de irlandeses que Dublín y más judíos que toda Europa Occidental. Chicago era aún más cosmopolita.”

Además, los grupos de inmigrantes tendían a concentrarse en industrias diferentes (eslavos en la minería e industria pesada, rusos y judíos polacos en el comercio de ropa, italianos en la construcción, por poner algunos ejemplos). A menudo las condiciones laborales eran atroces, especialmente las de mujeres y niños. De las redes que crearon estos inmigrantes tanto para suavizar el impacto del cambio y el capitalismo en sus vidas como para paliar la añoranza por las tierras abandonadas surgieron los apelativos como “Little Italy” o “Chinatown”; apelativos que eran erróneos pues, en general, “los inmigrantes se agrupaban en grupos provinciales y no nacionales”.

Cada grupo, en general, sintió la necesidad de crear sus propias instituciones sociales, ya fuesen escuelas, iglesias, periódicos o teatros. Tal avalancha de inmigrantes, a menudo llegados de zonas más atrasadas de Europa y ajenos al funcionamiento de la democracia, sumado a la explotación laboral y al hacinamiento urbano, generaron la creencia de que los inmigrantes estaban socavando los pilares de la civilización: se veía a los inmigrantes como esquiroles en las huelgas, dispuestos a aceptar cualquier trabajo y, por lo tanto, reduciendo el nivel de vida de los americanos.

Esta situación pone de manifiesto, por una parte, la crisis y el declive de la convivencia comunitaria y, por otra, el intento de restablecer la estructura y los lazos comunitarios en el seno de la sociedad. La Escuela de Chicago se aproximará al estudio de la sociedad a través de su visión comunitaria de la vida. La formación de las ciudades supone un reto a las formas de vida comunitarias, pero un reto superable a través de la formación de nuevos lazos grupales que trabajarán por integrar la diversidad cultural en el sistema de valores americano. (p. 8)

La democracia americana, que llevaba tiempo siendo protestante y yankee, chocaba con la visión de los inmigrantes, en general agricultores llegados de Europa con religiones y lenguas distintas. Surgieron dos éticas políticas enfrentadas: la yankee, donde el individuo tenía libertad económica y los asuntos públicos y las leyes eran un bien común, una superioridad moral a la que había que adherirse para mejorar la sociedad; y la de los inmigrantes, donde el poder recordaba al de los señores feudales y se veía como una imposición, “interpretando las relaciones políticas y cívicas principalmente en términos de obligaciones personales”.

Los nativos, formados en el mundo rural americano, no habían tenido señores contra los que luchar ni antecedentes revolucionarios; por eso sus ideales no buscaban “la igualdad social ni la instauración de un régimen socialista (…) sino promover la igualdad de oportunidades acorde con el sentido individualista y emprendedor de su filosofía”. Los inmigrantes venían de sociedades autocráticas y veían a los representantes del poder como los defensores de los intereses de los poderosos; la política no se regía por la defensa del bien común sino por “relaciones personales” ajenas a las clases populares.

Las tres corrientes principales de las que bebería la Escuela de Chicago serán la ecología, el pragmatismo y el interaccionismo simbólico.

El evolucionismo se vinculó en Estados Unidos con la ideología liberal de la mano de Spencer, “enemigo del Estado y partidario del lassez faire“. Del mismo modo que las especies luchan entre ellas sucede en la sociedad, donde los organismos evolucionan desde los grupos más pequeños a los más grandes, “estimulando las formas sociales de cooperación”. Spencer se oponía a toda participación del Estado en la sociedad y era un férreo defensor del individualismo, legitimando la filosofía liberal americana y la acumulación de riquezas; ello llevó a una gran desigualdad y a la marginación de los débiles y los menos adaptados.

Otra de las corrientes fue el pragmatismo de Dewey. “Las ideas no son algo que está ahí fuera de nosotros esperando ser descubierto, sino herramientas que la gente utiliza para enfrentarse al mundo, y no se desarrollan de acuerdo con una lógica interna, sino en la interacción social con los demás”; el valor de las ideas radica en su importancia práctica. Los efectos del pragmatismo en la Escuela de Chicago se perciben en la atención a lo concreto y particular, antes que a lo abstracto; al estudio de micromundos múltiples y cambiantes; y al rechazo por el dualismo entre individuo y sociedad por considerar que la relación entre estos es dialéctica.

La tercera corriente es el interaccionismo simbólico de Mead. Resumiendo mucho, uno de los conceptos clave es el “self”, el uno mismo, que es siempre una interacción social. “El interaccionismo simbólico toma así como elemento fundamental del estudio y análisis de las relaciones sociales la naturaleza simbólica de la vida social, sitúa al individuo como protagonista y, al mismo tiempo, como intérprete de la vida social”. Uno de sus precursores fue Simmel (“Las grandes urbes y la vida del espíritu”) y uno de los principales exponentes de la segunda generación será Goffman (La presentación de la persona en la vida cotidiana, Los momentos y sus hombres).

Chicago sufrió un incendio en 1871 que destruyó la mayor parte de la ciudad. No tardó en reconstruirse; y para ello hizo gala de los últimos avances, convirtiéndose en una mole de rascacielos y adalid de la modernidad donde convivía gran cantidad de nacionalidades. Además, el tendido del ferrocarril y su situación geográfica la convirtieron en el nodo central que vinculaba “los diferentes mundos del Este y el Oeste en un sistema único”. Todos los problemas que hemos expuesto hasta ahora convivían en la ciudad: hacinamiento, explotación laboral, gran concentración de inmigrantes, percepción de la propia ciudad como un lugar salvaje, vendido al caos, el crimen y los gángsters, a punto de caer en la más abyecta aberración social; la jungla de asfalto.

Ante esta situación, la respuesta de las clases medias reformistas de finales de siglo XIX y principios del XX fue la filantropía. Picó y Serra destacan la figura de Jane Addams y la Hull House, una casa de acogida que se convirtió en una especie de centro cívico donde acudían miles de personas de todo Chicago. En 1895 llevó a cabo junto a Kelley un estudio (Hull House, Maps and Papers) donde ya recurrieron a muchas de las técnicas que después haría famosa la Escuela de Chicago: el uso de mapas, el recurso a las técnicas estadísticas, el análisis de los grupos inmigrantes y su desorganización en la ciudad. Además, y a diferencia de lo que harían luego en la Escuela, Addams y Kelley destacaron “las condiciones económicas como causa fundamental de los problemas sociales”, estudiaron el arte como actividad diaria, se centraron también en el estudio de las mujeres y abogaron por cambios sociales directos.

El Departamento de Ciencia Social y Antropología de la Universidad de Chicago nació al mismo tiempo que la Universidad de la ciudad, el 1 de octubre de 1892. Por entonces, contaba con cuatro miembros: Small, un pastor baptista que sería su primer dirigente, y Henderson, Starr y Talbot. El Departamento cobró fama y protagonismo especialmente a partir de los años 20, con la llegada de Park, la fundación de la Society for Social Research, el establecimiento por parte de él de un programa de investigación que reunió a gran cantidad de estudiosos y también la financiación, generosa, de la fundación Laura Spelman Rockefeller Memorial.

La primera generación de la Escuela de Chicago abarca desde la fundación hasta la Primera Guerra Mundial. Sus principales representantes: Small, Henderson y Thomas; la principal publicación: El campesino polaco. “Es una fase estrechamente vinculada al evangelismo cristiano de sus fundadores, a dar respuesta a las filosofías que defienden el capitalismo más liberal -darwinismo y evolucionismo- y a luchar contra sus consecuencias sociales más duras que se plasman en la ciudad de Chicago.” (p. 53)

Si Small era un pastor baptista, la otra figura esencial de esta primera generación, Thomas, era hijo de un clérigo metodista y campesino. Estudió humanidades en Estados Unidos, se trasladó a Alemania donde estudió etnología y psicología e ingresó en 1894 en la Universidad de Chicago.

A partir de 1890, las corrientes migratorias de Europa a América se acentúan. “La inmigración de origen anglosajón, germana y nórdica es reemplazada por los nuevos inmigrantes llegados desde Europa del Este y del Sur.” De entre ellos destacaban los polacos, que alcanzaron un 25% de todos los inmigrantes y se concentraron en las grandes ciudades como Chicago, Detroit o Buffalo. Venían de una de las últimas sociedades feudales europeas y en general eran sólo agricultores, sin mucha cualificación; por lo que la mayoría se dedicaban a la industria del acero o los mataderos. Cobraban poco, tanto por tener trabajos poco cualificados como por la discriminación de los empresarios. Desarrollaron una serie de instituciones en las ciudades de Estados Unidos a medida que se adaptaban a la vida allí (entre ellas la más importante fue la iglesia católica, donde estudiaban sus hijos).

Thomas, que había aprendido suficiente polaco, inició una investigación para comparar el comportamiento de los polacos a ambos lados del Atlántico, antes y después de la inmigración. En 1913 conoció al que sería su gran colaborador, el polaco F. Znaniecki, también estudiante de sociología. Entre ambos publicaron El campesino polaco en Europa y América (1918 el primer volumen, 1920 el segundo), un clásico de la sociología de la época.

Su finalidad era explicar el cambio que se produce en los individuos y en las familias de campesinos emigrantes y cómo reacciona su comportamiento y organización cuando se enfrentan a las formas de vida y los valores de una sociedad nueva y distinta a la suya, como la americana. En alguna medida es un estudio macrosociológico sobre la interdependencia entre los grupos y las instituciones en un contexto de cambios sociales provocados por la industrialización. (p. 63)

El estudio se llevó a cabo tanto en Chicago como en Polonia por parte de Znaniecki (aunque en 1917 partió a Chicago y trabajó junto a Thomas en la Universidad). El punto de partida ya era algo novedoso: dejaban de lado las teorías biológicas de la diferencia racial y buscaban las causas en el contexto social. El estudio se dividía en 4 partes:

  • “Organización del grupo primario”: familia y comunidad en Polonia a principios de siglo en comparación a la situación posterior.
  • “Desorganización y reorganización en Polonia”: ruptura del orden social en la sociedad campesina tradicional, cambios en las familias y aparición de nuevas formas de organización.
  • “Organización y desorganización en América”: formación de comunidades polaco-americanas, nuevas formas de organización y asociación “donde el individuo ya no se desarrolla en el seno de una familia extensa sino que adopta el modelo de la familia nuclear” así como escasa integración en las normas sociales americanas.
  • Autobiografía de un joven polaco inmigrante.

Los sociológos reformistas creían en la capacidad integradora de la sociedad americana; pensaban que las condiciones materiales eran el escollo principal que impedía la integración de los inmigrantes, de forma que si se garantizaban dichas condiciones, se aseguraría una vida familiar equilibrada.

La novedad del trabajo de Thomas y Znaniecki venía porque también estudiaba la actitud de los inmigrantes: “se ocupan del estudio social y de las reglas institucionales que tratan de regular el comportamiento humano, pero también de las actitudes personales de los individuos que componen el grupo, por eso la teoría social abarca tanto la sociología como la psicología social, porque está interesada en la relación entre el individuo y la sociedad”. Es decir: la causa de los fenómenos sociales no es sólo social (Durkheim) ni individual, sino una combinación de ambas.

De hecho, el pensamiento de Thomas cambiará hasta el estudio de 1923, The Unadjusted Girl, donde aún dará más importancia a la definición de la “situación” hecha por quien actúa. Esta definición se da tanto con elementos sociales comunes como con elementos particulares del individuo.

En definitiva, El campesino polaco presentaba diversas novedades respecto a los estudios sociológicos de la época:

  • 1, se apartaba de la sociografía y las teorías biológicas reduccionistas;
  • 2, técnicas cualitativas novedosas;
  • 3, se inspiraba en el pragmatismo y el interaccionismo simbólico;
  • 4, cuadro conceptual novedoso (desorganización social, definición de situación, actitud, marginación…);
  • 5, proporcionó las bases para asentar la sociología y la psicología social.

En la próxima entrada hablaremos de la ecología humana: de Robert Ezra Park y Ernest Burguess.

Sociología urbana, de Francisco Javier Ullán de la Rosa, 01: precursores de la disciplina

Como es de sobras conocido, la sociología como disciplina científica surge, con ese nombre (es Auguste Comte, el padre del positivismo, quien lo acuña) en el intento de comprender las enormes transformaciones que el capitalismo y los paralelos procesos de modernización estaban operando sobre el tejido social, económico, político y cultural de los países industrializados. El espectacular crecimiento de las ciudades desde mediados del siglo XIX era, sin duda, una de las más evidentes. (p. 17)

Así empieza el segundo capítulo de Sociología Urbana: de Marx y Engels a las escuelas posmodernas, de Francisco Javier Ullán de la Rosa, profesor de Sociología en la Universidad de Alicante. Se trata de un libro que recorre la trayectoria de esta subdisciplina desde sus albores, allá a mitades del siglo XIX, hasta su época actual. La introducción hace un repaso al objeto de la disciplina (lo que trataremos en la última entrada sobre el libro), el segundo capítulo, que aquí reseñamos, se centra en los sociólogos e intelectuales que abordaron el tema antes de que se estableciese como subdisciplina propia; el tercero trata de la Escuela de Chicago, el cuarto, grosso modo, sobre el urbanismo y sus efectos en las ciudades (suburbios, sobre todo); el quinto, la apertura de la sociología a la globalización (Lefebvre, Castellas, Harvey), y el sexto sobre las últimas tendencias en la materia. Cada uno nos llevará a una reseña.

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Adelantamos que el libro de Ullán de la Rosa es un texto académico, riguroso, detallado y muy bien documentado que recorre a pies juntillas no sólo la sociología urbana sino también aquellas disciplinas concomitantes necesarias para comprenderla (la ecología urbana de la Escuela de Chicago, el urbanismo de las ciudades de los ensanches, la antropología urbana…).

Los primeros pensadores de la disciplina no fueron, propiamente, sociólogos urbanos. Como destaca el principio del capítulo arriba citado, la industrialización trajo una gran cantidad de cambios en todos los ámbitos que los intelectuales trataban de comprender. Empapados en el positivismo de la época y la conciencia de que el progreso y las ciencias abarcarían la realidad por completo, a menudo los sociólogos estaban más interesados en desarrollar una teoría del todo (le robamos el nombre a la física) que teorías concretas para campos específicos. Sin embargo, no podían evitar tratar un tema tan candente en la época como eran las ciudades y los efectos de las aglomeraciones industriales sobre sus habitantes.

Aquí Ullán de la Rosa hace una distinción, meramente utilitaria, de los autores en dos grandes compartimentos “de acuerdo a su posicionamiento epistemológico con respecto a la ciudad”:

  • los que no la reconocen como un objeto de estudio en sí misma, “porque para ellos el espacio urbano es una variable dependiente, un mero reflejo de otros mecanismos sociales” (Marx, Engels, Tönnies, Durkheim y Weber);
  • los que la reconocen como un objeto de estudio en sí mismo, “porque para ellos el espacio urbano es una variable independiente, un factor de causalidad que determina o condiciona otros procesos sociales”: Simmel, Sombart yHalbwachs. En este grupo incluiríamos también a los precursores de la Escuela de Chicago (Albion Small, el fundador del Departamento, y Charles Cooley, con su Theory of Transportation (1894) y un primer estudio de los efectos de las redes de transporte urbanos sobre la estructura social y económica), pero serán tratados en su correspondiente capítulo.

Ambos grupos comparten puntos en común:

  • por un lado, ven la ciudad como el epítome del progreso y los “logros” occidentales: la racionalidad creciente, la modernidad, la conquista de la naturaleza… Es en la ciudad donde sucederá la vanguardia de los hechos sociales, donde triunfará (o fracasará) la revolución. Por ello, suelen ver la ciudad como una oposición frontal a lo rural, sin tener en cuenta las semejanzas entre ambos (que no se pondrán de manifiesto hasta la llegada de la sociología posmoderna);
  • y, sin embargo, la ciudad, epítome del progreso, cúlmen de la razón… se había convertido en un nido de podredumbre y hollín donde los proletarios se hacinaban en condiciones infrahumanas y el humo de las fábricas oscurecía las nubes. “La ciudad era el escaparate más espectacular de los efectos colaterales de la economía de mercado de la primera y segunda revolución industrial, que entraban en trayectoria frontal de colisión con su ideología triunfalista, con el optimismo del progreso” (p. 23). El arte empezaba a anunciar que “el sueño de la razón produce monstruos”, que la naturaleza sólo se conseguirá dominar mediante pactos diabólicos (el Fausto de Goethe, 1806); que la locura de pretender dominar la naturaleza lleva a crear monstruos (Frankenstein o el moderno Prometeo, y la elección de la figura de Prometeo no es baladí) o incluso las “metáforas de la sociedad” del Doctor Jekyll y Mr. Hyde (1866) o El retrato de Dorian Grey (1890), “tras cuyas civilizadas epidermis se ocultaba todo el horror de la miseria de su tiempo”. Los sociólogos, sin embargo, no eran artistas sino hombres de ciencias armados de la razón, por lo que estaban dispuestos a descubrir (y resolver) los “desajustes temporales” que impedían que la ciudad se manifestase en todo su esplendor.

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Marx y Engels, serios

Marx y Engels. Sin centrarse directamente en la ciudad, sí que dan por sentado que es en ella donde los modos de producción capitalista llevan a mayores cotas de división del trabajo, que conducirán a mayor explotación en condiciones cada vez peores y que provocarán la llegada del socialismo. “Era en la ciudad y no en el campo, gracias a su concentración especial de proletarios explotados y a las condiciones de precariedad de su vida material cotidiana, donde se estaban gestando los procesos de aparición de una clase y movilización obrera. La urbanización es así, para Marx y Engels, una condición necesaria para la construcción del socialismo.” (p. 27) Pero la ciudad no es el agente que causa la miseria proletaria, sino el propio sistema capitalista. Recordemos que Engels había estudiado las condiciones de la clase obrera en Inglaterra en su The condition of the Working Class in 1844, “fu eel primer marxista en ligar explícitamente las lógicas del modo de producción capitalista con los procesos de desarrollo urbano y fue, en ese sentido, el primer sociólogo urbano marxista, aunque fuera avant la lettre“, pero no las veía como un producto de la ciudad sino de la estructura capitalista.

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Tönnies, mirando mal a los que conciben la gemeinschaft y la gesellschaft como opuestos irreconciliables

Ferdinand Tönnies. Suya es la distinción entre gemeinschaft y gesellschaft, ya comentada en este blog: la gemeinschaft o comunidad, identificada al mundo rural, es aquel lugar donde las relaciones son tradicionales, con economía poco o nada orientada al mercado, baja división social del trabajo y alta homogeneidad social y cultural; el ejemplo por antonomasia, la aldea. La gesellschaft o sociedad (o asociación, también) presenta una economía orientada al mercado, alto nivel de división social del trabajo, sociedad heterogénea organizada a través de relaciones basadas en el contrato legal entre desconocidos, de naturaleza puramente instrumental, mediadas por instituciones, públicas o privadas, de carácter burocrático-racional”. Sin embargo, para Tönnies estas categorías no eran ni definitivas ni opuestas, sino los dos extremos de un continuum en el que se desplegaban todas las sociedades contemporáneas de modo que se podían dar características de cualquiera de las dos en la mayoría de sociedades. Si acaso, Tönnies hizo la distinción con la consciencia de que no se podía volver de la sociedad a la comunidad, por su complejidad, pero sí que era necesario tomar aquélla como referencia para “trascender el puro individualismo competitivo del capitalismo”.

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Durkheim reflexiona sobre la anomia

Durkheim. A diferencia de los anteriores, no contempla la ciudad como algo negativo o incluso transitorio: la ciudad “no solo es funcional sino que genera una solidaridad más fuerte que la mecánica, permitiendo combinar el orden con un elemento muy positivo del que carecían las sociedades agrarias preindustriales: la libertad individual” (p. 34). Durkheim introduce el concepto de anomia: “la situación que se produce cuando, en ciertas condiciones particulares, el sistema no consigue cumplir su misión de regular la vida de los individuos, acomodándolos en roles funcionales para el sistema”, lo que se traduce en comportamientos antisociales (abulia, abandono familiar, dejación de las responsabilidades laborales…) o ciudadanas (vandalismo, criminalidad, prostitución, drogadicción…). Estas “anormalidades” no impiden el funcionamiento del sistema, pero hay que ponerles freno para evitar que rebasen el tamaño crítico donde sí puedan hacer peligrar la cohesión social en conjunto. ¿La buena noticia? “El problema se puede desactivar a través de la resocialización, que es un mecanismo de control social.”

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Weber, con cara de protestante serio

Max Weber, el último de los autores que no ven la ciudad como un elemento independiente de estudio, es el que sí que tiene un libro con el mismo nombre: La ciudad, publicada en 1921 (aunque escrita antes). Se trata, sin embargo, de un estudio del tipo ideal de la ciudad medieval europea desde el punto de vista económico-político, considerada como sede del poder político y como lugar del mercado y la industria. Es en esta ciudad, el eslabón entre el feudalismo y el capitalismo, donde se empiezan a disolver los valores tradicionales y surgen el individualismo, el auge de la burguesía, la administración y la burocracia. Es decir: la modernidad. “Solamente aquí, durante la Edad Media, las personas se unieron por primera vez como individuos, por encima de y eliminando las pertenencias tribales o familiares. La obra de Weber es una constante vindicación retroactiva de los valores del individualismo y la racionalidad liberales que defendería en su propia vida académica y política y que asocia así mismo con el capitalismo” (p. 40).

Pasamos ahora al segundo grupo, los que ven la ciudad como un elemento diferenciador.

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Simmel, ensayista de la nerviosidad

Georg Simmel, del que hablamos hace nada a propósito de su artículo La metrópolis y la vida del espíritu (1903). Ya hemos dicho que Ullán de la Rosa es sociólogo; y, como tal, da un valor extraordinario a la metodología de la disciplina. Por ello destaca, una y otra vez, lo poco ortodoxo que era Simmel, el poco valor sociológico de sus disquisiciones y que sus escritos son más reflexiones ensayísticas que verdadera sociología. Como verán en el subtítulo del blog, aquí, sin cerrarnos a nada, tratamos de aprehender Antropología Urbana; y el autor su servidor, que no es para nada un experto en la materia, da más importancia (y le suena que la antropología también será más laxa en este aspecto) a las ideas y lo que estas puedan generar que a lo bien llevada que esté la praxis que las sustente. Dicho lo cual, Ullán de la Rosa destaca el papel que ha tenido el análisis psicológico de Simmel del estado de agitación nerviosa que sufre el individuo en la metrópolis “en precursor de subdisciplinas sociales que verían la luz décadas más tarde en Estados Unidos: la esculea antropológica (o antropología psicológica) y la psicología social”. Recordemos, también, que Robert Ezra Park fue discípulo de Simmel durante su estancia en Alemania, antes de volver a Chicago.

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Sombart, profundo

Werner Sombart, autor que desconocíamos en el blog y del que el propio Ullán de la Rosa destaca que ha quedado oscurecido por otros grandes nombres de su tiempo. Llevó a cabo un estudio donde trataba de encontrar las características definitorias de la cultura urbana; y, pese a ser alemán, lo hizo en la ciudad de París, de la que destacó la concentración de mecanismos de producción y reproducción de la alta cultura de una sociedad, sus manufacturas más elevadas y las clases sociales que las elaboran y consumen”.

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Halbwachs, haciendo sociología

Maurice Halbwachs, autor francés de nombre alemán considerado en el país galo el padre de la sociología urbana. “La tesis fundamental de Halbwachs es la que constituye la piedra angular de la sociología urbana: la organización espacial condiciona las relaciones sociales” (p. 47). Ya en su tesis doctoral, Les expropiations et les prix des terrains à Paris (1860-1900), de 1908, señal:

…cómo el precio del suelo repercute sobre el de las viviendas y los alquileres y este a su vez sobre la distribución de las clases sociales en el espacio pero también cómo esta se produce por medio de mecanismos que no siguen las simples leyes de la economía clásica (la oferta y la demanda) puesto que en ellas influyen así mismo otros muchos factores, a saber: políticos (entre otros la intervención del Estado y la acción de las colectividades locales) y culturales (la representación que los autores tienen del espacio como, por ejemplo, las expectativas futuras de transformación de tal o cual distrito urbano). Halbwachs estudiaría estos mecanismos a través del análisis de la remodelación haussmaniana de París. (p. 48)

Estudió los diversos tipos de bulevares que se habían creado en París y los clasificó en vías de circulación (Usi conectaban dos barrios cuya población crecía) y vías de poblamiento (como prolongación de barrios en expansión), se fijó en la figura del especulador urbano y la importancia que tenía en la configuración del esapcio en las ciudades, promovió la implicación de la sociología en la naciente planificación urbanística…

Y con él cerramos esta primera entrada. Seguiremos con la Escuela de Chicago.

“Las grandes urbes y la vida del espíritu”, de Georg Simmel

Georg Simmel fue un sociólogo alemán de finales del XIX y principios del siglo XX. Huyendo un poco de la praxis habitual en su época, que era desarrollar una teoría lo bastante potente que permitiese comprender la sociedad como un todo, invirtió la ecuación y empezó a estudiar la sociedad en sí, dando importancia al contexto en que sucedían los diversos hechos. Fue un precursor de la microsociología y del interaccionismo simbólico, y uno de sus estudios más relevantes, “Las grandes urbes y la vida del espíritu”, de 1903, aunque no tuvo mucha repercusión en su momento, ha acabado siendo uno de los textos de referencia de todas las ramas urbanas, desde la sociología hasta la arquitectura.

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Berlín, ca. 1900.

Die Großstädte und das Geistesleben (literalmente: “las grandes urbes y la vida del espíritu”, o también “y la vida intelectual”) empieza su análisis con los efectos que tiene la metrópolis sobre los ciudadanos.

El fundamento psicológico sobre el cual reposa el tipo del urbanita es la intensificación de la vida nerviosa, que proviene de una sucesión rápida e ininterrumpida de impresiones, tanto internas como externas. El hombre es un ser “diferencial”: su conciencia se excita por la diferencia entre la impresión presente y aquella que la precedió; las impresiones prolongadas, la poca oposición entre ellas, la regularidad de su alternancia y de sus contrastes, consumen en cierta forma menos conciencia que la rapidez y concentración de imágenes variadas, la diversidad brutal de los objetos que uno puede abarcar con una sola mirada, el carácter inesperado de impresiones todas poderosas. Al crear precisamente estas condiciones psicológicas —sensibles a cada paso que damos en la calle, provocadas por el ritmo rápido, la diversidad de la vida económica, profesional y social— la gran ciudad introduce en los fundamentos sensitivos mismos de nuestra vida moral, dada la cantidad de conciencia que reclama, una diferencia profunda respecto de la ciudad pequeña y el campo cuya vida, lo mismo sensitiva que intelectual, transcurre con un ritmo más lento, más habitual, más regular. Esto nos permite comenzar a entender por qué, en una gran ciudad, la vida es más intelectual que en una ciudad pequeña, donde la existencia se funda más bien sobre los sentimientos y los lazos afectivos, los cuales se arraigan en las capas menos conscientes de nuestra alma y crecen de preferencia en la calma regularidad de las costumbres. 

El tipo del urbanita —que se manifiesta naturalmente en una multitud de formas individuales— crea para sí mismo un órgano de protección contra el desarraigo con que lo amenazan la fluidez y los contrastes del medio ambiente; reacciona ante ellos no con sus sentimientos, sino con su razón, a la cual la exaltación de la conciencia —y por las razones mismas que la hicieron nacer— le confiere primacía; así, la reacción a los fenómenos nuevos se ve transferida al órgano psíquico menos sensible, el más alejado de las profundidades de la personalidad.

A diferencia del pueblo, donde más o menos todo es conocido y relativamente estable, las ciudades ofrecen tal cantidad de estímulos a los ciudadanos que no queda más remedio que dejar de guiarse por la emoción y pasar a guiarse por la razón. Anular el impulso natural de ayudar a un mendigo, por ejemplo, con el razonamiento de que es imposible ayudarlos a todos y acabar con el problema.

En parte esta forma de pensar deriva del hecho de que las ciudades están regidas por el dinero y la ganancia y esta forma de pensar lo inunda todo.

Si las relaciones afectivas entre personas se fundan en su individualidad, las relaciones racionales hacen de los hombres elementos de cálculo, indiferentes en sí mismos y sin más interés que el de su rendimiento, grandeza objetiva: el citadino hace de sus proveedores y sus clientes, de sus sirvientes y con demasiada frecuencia de las personas con que la sociedad lo obliga a mantener buenas relaciones, elementos de cálculo, mientras que en un ambiente más restringido el conocimiento inevitable que tenemos de los individuos provoca, de manera igualmente inevitable, una coloración más sentimental del comportamiento y nos hace rebasar la evaluación puramente objetiva de lo que damos y lo que recibimos.

[…] Ahora bien, son las condiciones de existencia en las grandes ciudades las que vienen a ser a la vez la causa y la consecuencia de este fenómeno. Las relaciones y los negocios del citadino son a tal punto múltiples y complicadas y ante todo, a causa del hacinamiento de tantos hombres con preocupaciones tan diversas, sus contactos y sus actividades se enmarañan en una red tan compleja, que sin la puntualidad más absoluta en el cumplimiento de las citas, el conjunto se desmoronaría en un caos inextricable. Si bruscamente todos los relojes de pulsera de Berlín se pusieran a avanzar o retrasar de manera discordante, así fuera durante un máximo de una hora, toda la vida económica y social quedaría completamente descompuesta durante un largo tiempo. A esto se añade, fenómeno aparentemente más superficial, la magnitud de las distancias, que hace que toda espera o desplazamiento inútil provoquen una pérdida de tiempo que resulta imposible soportar. Es así que ya no se puede imaginar en absoluto la técnica de la vida urbana sin que todas las actividades y todas las relaciones queden encerradas de la manera más precisa dentro de un esquema rígido e impersonal.

Ante tal aluvión de estímulos y ante la pérdida de una personalidad estable, de un discurso de uno mismo sostenido también por una comunidad reconocible, el individuo se vuelve blasé, hastiado.

No hay fenómeno más exclusivamente propio de la gran ciudad que el hombre blasé, el hastiado. Así como una vida de placeres inmoderados puede hastiar, porque exige de los nervios las reacciones más vivas, hasta ya no provocarlas en absoluto, así impresiones sin embargo menos brutales arrancan al sistema nervioso, debido a la rapidez y la violencia de su alternancia, respuestas a tal punto violentas, lo someten a choques tales, que gasta sus últimas fuerzas y no tiene tiempo de reconstituirlas. Es precisamente de esta incapacidad para reaccionar a nuevas excitaciones con una energía de misma intensidad que deriva el hartazgo del hombre blasé; incluso los niños de las grandes ciudades presentan ese rasgo, si se los compara con niños originarios de un medio más apacible y menos rico en solicitaciones.

Lo que define al hombre blasé es que se ha vuelto insensible a las diferencias entre las cosas; no que no las perciba, ni que sea estúpido, sino que la significación y el valor de esas diferencias, y por tanto de las cosas mismas, él los percibe como negligibles.” Por lo tanto se recurre a una forma de valorar las cosas objetiva: el valor del dinero.

02
Simmel

Pero lo que sucede con los objetos materiales sucede también con las personas: ante el aluvión de seres con quienes el ciudadano convive, la imposibilidad de mantener relaciones personales intensas, significativas, incluso de conocer a cada uno y sus detalles concretos, lleva al ciudadano a mantener una actitud fría, de reserva, “incluso una ligera aversión”, y explica por qué vecinos que llevan años conviviendo en el mismo edificio apenas se conocen de saludarse o intercambian fríos comentarios en el ascensor. Volvemos aquí a las tesis de Goffman (La presentación de la persona en la vida cotidiana, Los momentos y sus hombres) sobre cómo las personas, conscientes de que están sobre un escenario en el momento en que salen a lo social, al espacio público, actúan para escamotear sus verdaderas intenciones, conscientes de que los otros están actuando igual.

Pero no todo son adversidades. El artículo de Simmel ha ido ganando aceptación a lo largo del tiempo (sirvió de inspiración para la Escuela de Chicago, por ejemplo) porque se mantiene ambivalente: muestra aspectos de lo que sucede en los habitantes de la ciudad, pero no juzga si dicho estado es bueno o malo.

Esta reserva que culmina a veces en aversión oculta también se debe a otro factor mucho más general: las grandes ciudades otorgan al individuo una forma y un grado de libertad que no tienen ejemplo en otras partes.” La vida en una ciudad pequeña, para el habitante de una metrópolis, sería “asfixiante”. La gran ciudad ofrece miles de alternativas, opciones, lugares a los que ir, personas con las que coincidir. La libertad, además, surge por la no necesidad de explicarse a uno mismo de forma coherente cada vez: el pueblo, la comunidad, suponen una personalidad para cada uno; y cualquier acto que escape de ella será motivo de rumores y juicios. La asociación de la ciudad libera al individuo de este peso; su gran ventaja, la enorme libertad de que dispone en todo momento; su inconveniente, ” el hecho de que uno se sienta a veces más solitario, más abandonado que en cualquier otro sitio, no es evidentemente más que el reverso de esta libertad, pues en este caso, como en otros, no es para nada necesario que la libertad del  hombre se refleje en su bienestar.”

Así como el individuo no se halla confinado en el espacio que ocupa su cuerpo, ni al espacio donde cumple su actividad inmediata, sino que se extiende hasta los puntos donde se hacen sentir los efectos temporales y espaciales de esta actividad, así la gran ciudad no tiene más límites que aquellos que alcanza el conjunto de las acciones que ejerce allende sus fronteras. Tal es su verdadera dimensión, aquella donde se expresa su ser.”

El crecimiento en la ciudad se da en progresión geométrica, alcanzando cada vez cotas mayores; no sólo en el valor económico, que no deja de incrementarse, sino en las opciones personales abiertas a cada uno. Todas las opciones son posibles, profesiones que no serían viables en ningún otro lugar, lo son en la ciudad; ello lleva a la especialización y a la individualización.

Sin embargo, la razón más profunda que hace que la gran ciudad lleve a la existencia personal más individualizada —lo que no quiere decir que siempre lo haga conforme a derecho ni con éxito— me parece que es la siguiente. La evolución de la civilización moderna se caracteriza por el predominio de lo que podemos llamar el espíritu objetivo en contraste con el espíritu subjetivo: en la lengua como en el derecho, en las técnicas de producción como en las artes, en la ciencia como en los objetos que forman el marco de nuestra vida doméstica, se encuentra concentrada una suma de inteligencia cuyo crecimiento continuo, casi cotidiano, no es seguido más que incompletamente y a una distancia cada vez mayor por el desarrollo intelectual de los individuos. Si abarcamos con la mirada la inmensa civilización que desde hace cien años se encarnó en las cosas y los conocimientos, en las instituciones y los instrumentos del confort, y si comparamos con esta expansión el proceso que la cultura de los individuos ha realizado en el mismo lapso —por lo menos en las capas sociales más altas—, comprobamos una aterradora diferencia de ritmo e incluso, en ciertos puntos, una regresión en materia de espiritualidad, de fineza, de idealismo. Esta brecha creciente, en lo esencial, es resultado de la división creciente del trabajo: pues ésta reclama del individuo una actividad cada vez más parcelaria, cuyas formas extremas provocan demasiado a menudo el languidecimiento del conjunto de su personalidad. Sea como sea, el individuo resiste cada vez menos bien a una civilización objetiva cada vez más invasora. Menos tal vez en su conciencia que en la práctica; y por los sentimientos vagos y generales que resultan de ello, el individuo se encuentra rebajado al rango de “cantidad negligible”, de mota de polvo frente a una enorme organización de objetos y de poderes que, poco a poco, arrebatan a su poder propio todo progreso, toda vida intelectual, todo valor. Que nos baste recordar que las grandes ciudades son el lugar de elección de esta civilización que desborda todo contenido personal. Allí se ofrece a nosotros, bajo la forma de edificios, de establecimientos de enseñanza, en los milagros y el confort de las técnicas de transporte, en las formas de la vida social y en las instituciones visibles del Estado, una abundancia a tal grado aplastante de Espíritu cristalizado, despersonalizado, que el individuo no consigue, por así decirlo, mantenerse de cara a él. Por un lado, la vida se le vuelve al individuo infinitamente fácil, pues de todas partes se le ofrecen incitaciones, estímulos, ocasiones de colmar el tiempo y la conciencia, que lo arrastran en su corriente al grado de dispensarlo de tener que nadar por sí mismo. Pero por otro lado la vida se compone de cada vez más elementos de éstos, de esos espectáculos impersonales que sofocan los rasgos verdaderamente individuales y distintivos; de ahí que los elementos personales deban, para subsistir, hacer un esfuerzo extremo; es preciso que lo exageren, aunque sólo sea para seguir siendo audibles, en primer lugar para sí mismos. La atrofia de la cultura individual como consecuencia de la hipertrofia de la cultura objetiva es una de las razones del odio feroz que los sacerdotes del individualismo extremo, comenzando por Nietzsche, profesan por las grandes ciudades; pero es también una razón del amor apasionado que se siente por ellos precisamente en esas grandes ciudades donde aparecen como los profetas y los mesías de aspiraciones insatisfechas.

Para quien se interrogue sobre el lugar en la historia de las dos formas de individualismo nacidas de las condiciones cuantitativas de la vida urbana —la independencia individual y el desarrollo de la originalidad de la persona—, la gran ciudad adquiere una renovada importancia. El siglo XVIII en sus inicios encontró al individuo constreñido por vínculos políticos, agrarios, corporativos y religiosos que lo violentaban y habían acabado por perder toda razón de ser, con lo que imponían una forma de existencia antinatural y desigualdades injustas. Fue en esta situación que nació la sed de libertad e igualdad —la creencia en la libertad total del individuo en todas las circunstancias, tanto sociales como intelectuales—, que haría resurgir de inmediato en todos los hombres el noble fondo común que la naturaleza había depositado ahí y que la sociedad y la historia se habían limitado a deformar. Al lado del ideal del liberalismo, se desarrolló otro ideal a lo largo de todo el siglo XIX, expresado por Goethe y el romanticismo por una parte, provocado por otra parte por la división del trabajo: los individuos liberados de sus vínculos tradicionales ahora desean distinguirse unos de otros. El valor del hombre ya no consiste en “el hombre en general”, sino en esa singularidad que impide que cada cual se confunda con sus semejantes. Al combatirse y combinarse de diversas formas, esas dos maneras de atribuir al sujeto su papel en la sociedad han determinado la historia tanto política como espiritual de nuestro tiempo. El papel de las grandes ciudades consiste en proporcionar el teatro de estos combates, y de sus intentos de conciliación.

Es fácil encontrar el artículo íntegro en internet (no es mucho más largo que lo aquí reseñado; la traducción que hemos usado es de Héctor Manjarrez; está disponible también, por ejemplo, en El individuo y la libertad, que recoge diversos artículos del autor) y recomendamos encarecidamente su lectura.

Antropología de la ciudad (II): el espacio y el tiempo de la ciudad

La primera parte de este monumental estudio de Lluís Duch publicado en 2015 la dedicamos a su primer capítulo, la relación entre naturaleza y cultura y, una vez definido el término cultura (o acotado, al menos), las relaciones entre ésta y diversos temas como la vigilancia, la burocracia o la movilidad. Nos centraremos ahora en el segundo capítulo del libro, dedicados al espacio y el tiempo de las ciudades.

Cultural e históricamente la ciudad de todas las culturas y latitudes ha construido su espacio y su tiempo en el marco de ininterrumpidos procesos de “construcción-deconstrucción”. Sus habitantes viven y experimentan su espaciotemporalidad bajo una serie de condiciones móviles sometidas sin cesar a contextualizaciones y reorientaciones de su ámbito urbano. Norbert Elias ha escrito que “los conceptos de “tiempo” y de “espacio” pertenecen a los medios básicos de orientación de nuestra tradición social”. Es una obviedad, por consiguiente, señalar que una experiencia común de los seres humanos de todos los tiempos es que “el espacio y el tiempo son las dimensiones fundamentales de la existencia humana”. (. 150).

El espacio es la primera dimensión en que vive el ser humano: el espacio vivido, en concreto, es decir, aquella porción del espacio total que uno consigue hacer suya y con cuya existencia puede empezar a hacer frente al caos generalizado y las fisonomías opacas que conforman el resto del espacio. Ya en los orígenes del tiempo, sin ir más lejos, las primeras luchas de la humanidad son por establecer puntos fijos, estables, incluso sagrados, que se enfrentan al caos primigenio.

Con el tiempo, sin embargo, este tiempo dejará de ser unívoco e incluso devendrá una mercancía: “Desde el final de la Primera Guerra Mundial ya no habitamos en un espacio con un centro cultural, social y político indiscutible, fácilmente reconocible y definitivamente asentado, sino en un sistema espacial móvil y policéntrico cuyas dimensiones resultan bastante difíciles de definir a priori. O quizá sea más exacto referirse a sucesivas centralidades coyunturales del espacio de acuerdo con los intereses económicos, culturales y políticos de cada momento, con el sistema de la moda y con el incesante aumento de la complejidad de los sistemas y subsistemas sociales.” (p. 164).

La vastedad espacial ya no es el escenario de misterios insondables o de secretos de la naturaleza sino que se ha convertido en una construcción artificial; incluso el espacio natural, el espacio rural, se valora y comprende en función del espacio urbano, con las normas que éste establece con el ser humano (urbano).

Debido a diversos motivos que Duch cita (el auge del evolucionismo y del historicismo, la ruptura que supuso la Primera Guerra Mundial, la incertidumbre que llegó desde las ciencias naturales de mano del principio de Heisenberg, por ejemplo), a lo largo del siglo XX el espacio pasó a ocupar un lugar preeminente en el eterno debate entre espacio y tiempo como magnitud primordial en la vida del ser humano. Sin embargo, se trata de un espacio medido desde un único punto de vista: el económico, el utilitario, con lo que se ha perdido la necesaria polisemia del término y la capacidad multidimensional de un único espacio, en función de quien lo transite.

Duch destaca la creación de la proxémica por parte de Edward Hall (La dimensión oculta), “las observaciones, interrelaciones y teorías referentes al uso que el hombre hace del espacio como efecto de una elaboración especializada de la cultura a que pertenece” (p. 172). En dicho libro se destaca que el espacio esencial para las personas no es el espacio en general, sino el espacio próximo, el que uno habita en su día a día y en el que sabe moverse.”Haciendo uso de algunos aspectos de las teorías lingüísticas de Whorf y Sapir, Hall es del parecer que el territorio es un conjunto de signos cuyo significado solo es perceptible y experimentable a partir de los códigos culturales que tienen vigencia en una cultura determinada. Esto significa que, en vinculación directa con su propio espacio, los miembros de una determinada tradición cultural desarrollan una especie de “lengua materna espacial”, una semántica cordial, que no solo los habilita para empalabrar cosas y acontecimientos, sino también los instruye y adiestra en el uso de la “gramática de los sentimientos”. (p. 173).

El siguiente apartado lo dedica Duch a las aportaciones al tema del espacio de Maurice Merleau-Ponty (Fenomenología de la percepción). “El espacio no es el medio contextual (real o lógico) dentro del cual las cosas están dispuestas, sino el medio gracias al cual es posible la disposición de las cosas. Eso es, en lugar de imaginarlo como una especie de éter en el que se encontrarían inmersas todas las cosas, o concebirlo abstractamente como un carácter que les sería comunes, debemos pensarlo como el poder universal de sus conexiones.”

Después pasa al tiempo vivido, concepto usado por primera vez por Karlfried von Dürckheim en 1932 aunque desarrollado por otros autores. La manera óptima para comprender sus propiedades, señala Duch, es compararlo al espacio geométrico matemático:

  1. El espacio geométrico es homogéneo, ningún punto posee una significación especial; el vivido es heterogéneo, está centrado en un punto al que el ser humano ofrece un valor cuantitativo único;
  2. el matemático es isótropo, no privilegia ninguna dirección; el vivido es anisótropo porque constituye el eje organizativo y orientativo del cuerpo humano;
  3. el matemático es fijado, el vivido, móvil y versátil;
  4. el primero es ilimitado, mientras que el vivido se experimenta como limitado;
  5. el espacio matemático, impersonal, no posee ninguna relación afectiva con el ser humano; el espacio vivido, por el contrario, es el medium idóneo para el nacimiento y expansión de las relaciones y afectos humanos.

Finalmente, del espacio vivido pasamos al habitar: “el vivir de un hombre en su casa”. La casa es el refugio de la intimidad, el no-yo que protege al yo, en palabras de Bachelard en su Poética del espacio. El propio Bachelard relaciona la casa, el habitar primigenio, con la vida interior del ser humano, el desarrollo de su gramática sentimental, el aprendizaje necesario para la vida, y Benveniste destacaba que, mientras el término griego dómos se refería a la vivienda como simple construcción material, el vocable latino domus incluía referencias de tipo moral y emocional. “La vida empieza bien, empieza guardada, protegida, toda tibia en el regazo de una casa.” (Bachelard).

Después de lo que hemos expuesto, el interrogante que nos planteamos es: las actuales viviendas de las megaurbes de nuestros días, precarias y anónimas en todos los sentidos del vocablo, ¿pueden ser de verdad el espacio en donde el hombre habita como ser humano? ¿No serán tal vez simples machines-à-vivre?, por utilizar una expresión de Le Corbusier. […] Creemos que la deshumanización de la vivienda, con la consiguiente pérdida de sustancia humana del habitar que implica, influye negativamente en el estado de la salud individual y colectiva de los habitantes de la gran mayoría -afortunadamente, no todas- de las monstruosas urbes modernas. (p. 192)

Finalmente, para exponer sus conclusiones sobre el tema espacial, Duch remite a Castells y sus “espacios de flujo” que no son “propiamente espacio en sentido antropológico”, a diferencia de los “espacios de los lugares”, que en la terminología de Castells son “lo que más se acerca al marco idóneo para construir una comunidad (casi en el sentido neorromántico de Tönnies) “porque en él acontece la interacción afectiva entre sus miembros, es decir, la comunicación, que debería ser irreductible a la simple información. Castells considera que el espacio de los flujos constituye el ámbito más común de la globalización, el anonimato, la lejanía, la asepsia, los no lugares, mientras que el espacio de los lugares genera localización, proximidad cordial, vecindad, chismorreo.” (p. 194).

En cuanto al tiempo, Duch recuerda que los griegos disponían de tres vocablos para referirlo:

  • khronos: el tiempo de la cronología, sin atributos e impersonal;
  • aion: el tiempo vital del ser humano, “en el que la misma vida y el tiempo se unían amigablemente”;
  • kairós, el tiempo propicio, adecuado, “para llevar a cabo una acción concreta o para que aconteciese algo con efectos trascendentes sobre el ser humano”.

Tras un largo repaso a la etimología y la concepción del tiempo en distintas culturas, una frase de Le Corbusier da inicio al epígrafe La sobreaceleración del tiempo:

Una calle moderna es una máquina para producir tránsito.

La frase será importante también cuando hagamos la reseña de El declive del hombre público, de Richard Sennet.

Entre 1775 y 1825 “se detecta la pérdida de vigencia social de la cronología clásica y las representaciones naturales del tiempo hasta entonces vigentes, lo cual implica el paso progresivo a la modernidad y la temporización de todos los asuntos humanos” (p. 228). A partir de la Revolución Francesa, en concreto, se abandona la imagen del orden circular como representación del tiempo y se adopta la de la espiral “para ejemplificar la voluntad de ascenso sin pausa de la humanidad a metas siempre más altas y perfectas”. Ni los intelectuales ni los científicos son ajenos a este cambio de mentalidad y esta sensación de aceleración, pero uno de los primeros en expresarlo será Baudelaire. “Para Baudelaire, la ciudad es un catalizador de los mil ingredientes y contradicciones de que consta el espacio urbano tal como lo observa y vive el viandante (flâneur). El poeta describe el tránsito frenético de la gran ciuda como la parábola ejemplar y el aspecto más típico y arriesgado de la vida moderna: <<Cruzaba el bulevar corriendo, en medio de un caos en movimiento, con la muerte galopando hacia mí por todos lados>>” (p. 232). El hombre moderno arquetípico será el flâneur, el viandante, “lanzado solo y sin ninguna protección en medio del bullicio informe del tránsito circulatorio”.

También para Walter Benjamin el bulevar parisino,”con el flâneur como personaje prototípico, constituía la concreción del espacio-tiempo (caos en movimiento frenético) de la modernidad urbana (último tercio del siglo XIX); hoy, la autopista se ha convertido en la concreción espacio-temporal característica de la actualidad.” (p. 233).

Y otro estudioso del fenómeno de la modernidad fue Georg Simmel, pensador alemán. “Según su opinión, una de las características más notables de la modernidad era el incesante estado de fluidez en el que se precipitaban las relaciones sociales, tanto las personales como las colectivas. Simmel, al contrario de Max Weber, que se interesó prioritariamente por los grandes sistemas y por las totalidades, llevó a cabo análisis microscópicos de la realidad social y de los fragmentos fortuitos y a menudo irrelevantes que se desprendían de las cada vez más complejas y omniabarcantes redes urbanas.” (p. 235).

Su metodología [de Simmel], basada en la preeminencia del fragmento y la instantaneidad sobre las estructuras y las instituciones socialmente sancionadas, indicaba con suma nitidez que el tiempo humano -y, por consiguiente, también el espacio- había experimentado una serie de mutaciones drásticas e irreversibles en la visión del mundo y en los comportamientos de los ciudadanos de las grandes urbes: la mecánica linealidad temporal, fruto de una concepción jerarquizada y estabilizada de los roles sociales, había sido sustituida por un tiempo caracterizado por las interrupciones, las participación simultánea de los individuos en varios tiempos sociales y la incidencia coetánea de numerosos factores, a menudo incompatibles entre sí, en el pensamiento, la acción y los sentimientos de individuos y colectividades. El medio metropolitano moderno, creía, era un conjunto de atracciones, relaciones y opiniones inconexas y vertiginosamente cambiantes, de tal manera que la ciudad, determinada cada vez más por el impacto de los medios de comunicación de masas, se parecía mucho más a un laberinto que a un sistema.” (p. 235).

El último paso, destaca Duch, se ha dado cuando la vivencia ha ocupado el lugar de la experiencia. La vivencia es autoreferencial; a diferencia de la experiencia, carece de referencias y de encuentros o encontronazos con la realidad exterior. “En el fondo, se trata de un intento encaminado a detener y avasallar el fluir incontrolable e incontenible del tiempo buscando refugio en una intimidad ahistórica y extraética, la cual se limita a ser, casi sin excepción, una reducción de todas las dimensiones y relaciones de la existencia humana al centro intemporal e inespacial del yo.” (p. 250). Ello conlleva la estetización de la vida cotidiana, pues se vive una vida centrada en la intimidad del propio yo.

Todas las épocas en las que ha imperado una sensibilidad con rasgos más o menos gnósticos se han caracterizado por una voluntad firme de parar, quemar o destruir el tiempo porque se estaba convencido de que el ritmo temporal era inaguantable y deshumanizador. […] Como antídoto para contrarrestar esta situación, había que quebrar la dinámica del tiempo histórico concreto, que siempre es un “tiempo de” o un “tiempo para”, con el fin de instaurar el “no tiempo” y el “no espacio” del yo, cuya geografía y coreografía psicológicas exigían el absoluto centramiento de toda la existencia en un punto sin dimensiones ni relaciones espaciotemporales: en eso consiste, propiamente, la vivencia, la cual con frecuencia es una fora de designar la irresponsabilidad, es decir, una forma de existencia arrelacional, apasional y acultural. (p. 251).

Ciudad líquida, ciudad interrumpida, de Manuel Delgado: introducción a la antropología de lo urbano

Ciudad líquida, ciudad interrumpida es un libro de Manuel Delgado algo extraño. Parece difícil de encontrar físicamente, de hecho ni siquiera se encuentra alguna imagen de portada en google; en el blog lo conseguimos porque el propio Delgado nos envió el manuscrito en pdf y comentó, además, que parte de este escrito aparecería luego en Sociedades movedizas.

La tesis del libro es doble: por un lado, el símil entre la ciudad (entre aquello que caracteriza la ciudad: lo urbano) y cómo su movimiento es el de un líquido, sin forma, inestable, fluido; de ahí la ciudad líquida del título. Y, por otro lado, cómo la fiesta es el detonante de esa liquidez, un estado de cambio y euforia latente, émulo de la violencia, que colapsa periódicamente la ciudad y da la vuelta a lo profundo que subyace en lo urbano; y de ahí la ciudad interrumpida.

Capítulo 1: La ciudad no es lo urbano. Ya nos lo dijo Lefebvre en su El derecho a la ciudad: lo urbano es algo más, algo que se da en algunas ciudades pero también fuera de ellas. “Por supuesto que la antropología urbana no es, en un sentido estricto, una antropología de la ciudad, ni tampoco una antropología en la ciudad. En la ciudad no existe propiamente una cultura o una cosmología, y la ciudad no es sin duda una estructura social, por mucho que sea cierto que en ella uno pueda encontrar instituciones sociales más o menos cristalizadas.” (p. 4). Delgado empieza situando el tema de la antropología urbana en distinción a la antropología a secas; y su área de estudio es lo urbano. Además, y debido sobre todo a los fundamentos en los que se basó la Escuela de Chicago cuando desarrolló esta disciplina, de algún modo han quedado vinculados el estudio de la ciudad (de lo urbano) con el del proceso de la modernización en general.

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Imagen random sacada del blog de Delgado, elcordelesaparences.

La Escuela de Chicago usó un símil entre la ciudad y un ser vivo para abordar el estudio de esta última. Hablaron de “naturaleza animada regida por mecanismos de cooperación automática” (p. 6) y definieron lo urbano como “un mecanismo biótico y subsocial”, dando lugar a lo que los teóricos de la complejidad denominarían luego un “caos autoorganizado”. En cambio, otra tradición (más antigua, iniciada nada menos que con Baudelaire) se había referido a lo urbano como lo moderno: “lo efímero, lo fugitivo, lo contingente”, aquello de lo cual el artista sería “el pintor del momento que pasa”.

La siguiente gran figura es Simmel, el primero que se plantea “cómo captar lo fugaz y lo fragmentario de la realidad, cada uno de los detalles de la realidad, la imagen instantánea de la interacción social (…) Simmel concibió la sociedad como una interacción de sus elementos moleculares mucho más que como una substancia.” Y de ahí: “Entre todos los puntos y todas las fuerzas del mundo existen relaciones en movilidad constante”, es decir, las relaciones están sometidas a un fluir permanente. “El papel social es la mediación entre lo que Simmel llama sociabilidad y lo que denomina socialidad. La sociabilidad es el modo de estar vinculado y se opone antinómicamente a individualidad. No se trata de que los individuos jueguen dentro de la sociedad: juega a la sociedad.” (p. 7).

El siguiente paso es el interaccionismo simbólico, que otorga un papel central a la situación: contempla a los seres humanos como actores que establecen y reestablecen constantemente sus relaciones mutuas, modificándolas o dimitiendo de ellas en función de las exigencias de cada situación. De ahí Ray L. Birdwhistell desarrolla la proxemia: la ciencia que atiende el uso y la percepción del espacio social y personal, como una “ecología del pequeño grupo: relaciones formales e informales, creación de jerarquías, marcas de sometimiento y dominio, creación de canales de comunicación. La idea en torno a la cual trabaja la proxemia es la de la territorialidad. En el contexto proxémico, la territorialidad remite a la identificación de los individuos con un área determinada que consideran propia y que se entiende que ha de ser defendida de intrusiones, violaciones o contaminaciones.” (p. 8).

Pero, volviendo a la antropología urbana y a Lefebvre: “lo urbano está constituido por usuarios”. Ha existido una antropología del espacio, pero se ha centrado en el espacio físico, construido, los edificios. Ya dijo Lefebvre que la ciudad se componía de espacios inhabitados e incluso inhabitables. “Por ello, el ámbito de lo urbano por antonomasia, su lugar, es, no tanto la ciudad en sí misma, como su espacio público. Es el espacio público donde se produce la epifanía de lo que es específicamente urbano: lo inopinado, lo imprevisto, lo sorprendente, lo absurdo… La urbanidad consiste en esa reunión de extraños, unidos por aquello mismo que los separa: la distancia, la indiferencia, el anonimato y otras películas protectoras.” (p. 10).

La antropología urbana, esto es, la antropología no de la ciudad, sino de todo eso a lo que se acaba de aludir, no podría ser entonces otra cosa que una antropología del espacio público, o lo que era igual, de las superficies hipersensibles a la visibilidad, de los deslizamientos, de escenificaciones que bien podríamos calificar de coreográficas. (p. 10).

Otros autores han recogido el mismo concepto: el no-lugar de Michel de Certeau, precisamente ese espacio no-edificio donde sucede todo lo que estudia la antropología urbana. “El no-lugar se corresponde, en Michel de Certeau, con el espacio (…) el espacio es un cruce de trayectos, de movilidades. Es espacio el efecto producido por operaciones que lo orientan, lo circunstancían, lo temporalizan, lo ponen a funcionar.” (p. 12). Similar distinción se encuentra en Maurice Merleau-Ponty y su Fenomenología de la percepción entre espacio existencial o antropológico y espacio geométrico.

El segundo capítulo: Poder y potencia; polis y urbs es una reflexión sobre la esencia del poder, especialmente en la ciudad, siguiendo el esquema triangular de Jairo Montoya entre:

  • la urbs, constituida por espacios colectivos, construcción urbanizada, formas urbanas territorializadas, esto es, la sociedad fría tradicional;
  • la civitas, identificable con el espacio público y con la construcción social de la urbanidad;
  • la polis o el espacio político.

Este desglose triangular sería homologable con el que sugiere Lefebre entre sociedad, Ciudad y Estado.

Delgado acaba el capítulo fijándose en dos corrientes antagónicas: la que habla en los peores términos de la “psicología de masas”, emulándola con una bestia salvaje sin cabeza, un “desbordamiento psicótico del populacho” perteneciente a los dominios de la “alteridad”, lo animal, primitivo, prehumano… Y otro, “que ya había intuido Maquiavelo cuando se refería al pensamiento de la plaza pública” y que ejemplifica la reflexión de Gramsci cuando sugería que “la acción de las masas no sólo no correspondía a un oscurecimiento enloquecido de la razón sino todo lo contrario, a un sentido de la responsabilidad social que se despierta lúcidamente por la percepción inmediata del peligro común y el porvenir se presenta como más importante que el presente.”

Esta noción sera esencial para comprender todo lo que subyace bajo el poder que se intuye cuando se lleva a cabo una fiesta, como veremos en el siguiente post.

El espacio público como ideología, de Manuel Delgado

Para urbanistas, arquitectos y diseñadores, espacio público quiere decir hoy vacío entre construcciones que hay que llenar de forma adecuada a los objetivos de promotores y autoridades, que suelen ser los mismos, por cierto. En este caso se trata de una comarca sobre la que intervenir y que intervenir, un ámbito que organizar para que quede garantizada la buena fluidez entre dos puntos, los usos adecuados, los significados deseables, un espacio aseado que deberá servir para que las construcciones-negocio o los edificios oficiales frente a los que se extiende vean garantizada la seguridad y la previsibilidad. (p. 19).

[En paralelo a esa idea… vemos prodigarse otro discurso también centrado en ese mismo aspecto]: el espacio público pasa a concebirse como la realización de un valor ideológico, lugar en el que se materializan diversas categorías abstractas como democracia, ciudadanía, convivencia, civismo, consenso y otros valores políticos hoy centrales, un proscenio en el que se desearía ver deslizarse a una ordenada masa de seres libres e iguales que emplea ese espacio para ir y venir de trabajar o de consumir y que, en sus ratos libres, pasean despreocupados por un paraíso de cortesía. (p. 20).

Entre estos dos discursos estará algo similar a la verdad, nos propone Manuel Delgado, y se lanza a la aventura de descubrir qué es esa entidad llamada espacio público en su libro El espacio público como ideología, publicado por Los libros de Catarata en 2011.

espacio publico delgado Sigue leyendo “El espacio público como ideología, de Manuel Delgado”

SUMG (V): La metrópolis estadounidense y la Escuela de Chicago

Seguimos con la quinta semana del curso Cities are Back in Town: Sociología Urbana para un Mundo Globalizado, impartida por Patrick Le Galès.

Introducción: centros experimentales para la vida social moderna. Durante las últimas décadas del siglo XIX, algunas ciudades (Nueva York, Londres, París, Berlín, Vienna, San Petersburgo…) empezaron a diferenciarse de todo lo que había existido anteriormente. Por una parte, por la medida de su población, al superar el millón de habitantes (aunque Roma ya tenía 600 mil en el siglo II después de Cristo, Bagdad superó el millón en el noveno y Beijing en 1800), pero sobre todo porque aparecían como epicentros donde se concentraban la economía y la política, así como distintas formas de experimentación del hecho social. Surge el concepto de metrópolis (del que ya hablamos a raíz de los tres primeros capítulos del libro Teorías e historia de la ciudad contemporánea, de Carlos García Vázquez): en oposición a una ciudad vieja, amurallada, la metrópolis incluye suburbia, esas manchas de casas uniformes que se extienden por el territorio a las afueras de las grandes ciudades, así como ciudades satélite, polígonos industriales… Las metrópolis surgen y se fundan a lo largo de los polos opuestos de la concentración (económica, política, de población en mayores densidades) y la dispersión (en territorio al abarcar ciudades lejanas, política en cuanto cada vez hay mayores grupos sociales con intereses diversos, etc.). Sigue leyendo “SUMG (V): La metrópolis estadounidense y la Escuela de Chicago”

I. La metrópolis de los sociólogos: Escuela de Chicago, Georg Simmel, Max Weber

(estamos siguiendo el libro Teorías e historia de la ciudad contemporánea, de Carlos García Vázquez).

Hablamos de metrópolis entre los años 1882 y 1929. Comienza en ese año, simbólicamente, porque es cuando Edison inauguró en Londres la primera estación generadora de electricidad, aunque podríamos haber escogido 1892, cuando Daimler instaló un motor de combustión interna en un carruaje de cuatro ruedas. Ambos hechos marcan la II Revolución Tecnológica, cuando la electricidad y el petróleo pasaron a ser las fuentes energéticas de la industria, en vez del carbón.

La Revolución Industrial, la del carbón, había llenado las ciudades: Londres creció de 1 a 3,8 millones de habitantes entre 1800 y 1880, Berlín de 170.000 a 1,3 millones, Nueva York de 60.000 a 1,2 millones. Se habían convertido en lugares pésimos para vivir, con obreros hacinados en condiciones insalubres, una media de vida de 29 años (frente a los 55 de los burgueses) y grandes tasas de alcoholemia, suicidio… Mientras eso sucedía en las afueras, los centros de las ciudades se embellecían para una burguesía adinerada (Haussmann y París, por ejemplo, o el Ensanche barcelonés).

ciudad revolucion industrial

Para paliar la situación (y porque la zona era un perfecto caldo de cultivo para el comunismo), el Estado se planteó higienizar las ciudades. Para ello nació el urbanismo, de la mano de la racionalización que estaban sufriendo también en esa época las disciplinas, especialmente las humanísticas. Mediante una red de comunicaciones basada en el ferrocarril, el tranvía, los trenes y el subterráneo, los  campesinos que seguían llegando a las ciudades fueron absorbidos por las poblaciones del extrarradio, al tiempo que las industrias, cada vez mayores, huían del centro y se instalaban también en las afueras, dejando vacíos los centros para llenarlos de calles, plazas e instituciones públicas.

Viendo la evolución del concepto de ciudad en una galaxia de enclaves donde convivían complejos industriales, urbanizaciones suburbiales, medios de transporte a la última y cascos históricos convertidos en centros terciarios, en 1910 la Oficina del Censo de Estados Unidos adoptó un término con el que referirse a esta nebulosa: ‘metrópolis‘. Sigue leyendo “I. La metrópolis de los sociólogos: Escuela de Chicago, Georg Simmel, Max Weber”