Antropología urbana, de José Ignacio Homobono

Dejamos temporalmente de lado la reseña de Espacios del capital, de Harvey, para centrarnos en una publicación sin desperdicio de José Ignacio Homobono, sociólogo y antropólogo en la Universidad del País Vasco. Su artículo “Antropología urbana: itinerarios teóricos, tradiciones nacionales y ámbitos temáticos en la exploración de lo urbano hace un repaso concreto a la historia de la disciplina desde su nacimiento, luego en el ámbito español y finalmente en el del País Vasco.

Su génesis como tradición analítica puede remontarse a la etnografía urbana de la Escuela de Chicago; a los posteriores community studies; a los primeros esbozos de una etnología francesa; a los debates sobre culturas subalternas en la antropología italiana; y a los estudios sobre la urbanización en África, efectuados por los antropólogos de la escuela de Mánchester. Y será en definitiva esta tradición académico-intelectual la que otorgue su identidad diferenciada a la antropología urbana (Feixa,1993: 15)

De estas fuentes, las dos más importantes, como destaca Homobono, son la Escuela de Chicago y el Copperbelt (estudiado por la Escuela de Mánchester). De la Escuela de Chicago hemos hablado hasta la saciedad, por lo que reproducimos el párrafo introductorio que les dedica Homobono:

La más significativa es la constituida por las teorías e investigaciones aplicadas de la Escuela de Chicago, promovidas por el departamento de sociología de la Universidad de Chicago entre 1920 y 1945, que establecen una correlación entre estructura espacial y estructura social, bajo la rúbrica de ecología humana, marcando el nacimiento tanto de la sociología como de la antropología en su adjetivación de urbanas. Sus trabajos se centran en el Chicago de la época, entendida como ciudad paradigmática de las nuevas formas de vida urbana en núcleos de acelerado crecimiento, y cuyas conclusiones se pretenden extrapolar al conjunto de éstos. La Escuela de Chicago produce un conjunto de excelentes trabajos de etnología urbana, de la ciudad como modelo espacial y orden moral, que constituyen un verdadero inventario de la modernidad; grupos sociales y territorios, segregaciones raciales y culturales, desviación/integración, movilidad y redes de relaciones, mentalidades y sociabilidad, y comunidad local ante la más inclusiva sociedad.

A continuación cita algunos de sus estudios más relevantes: The Hobo (sobre los trabajadores nómadas y las formas de socialización que desarrollaron), The Taxi-Dance Hall (las mujeres que aceptaban bailar en los salones con inmigrantes solitarios a cambio de dinero, en una transacción que en ocasiones también encubría la prostitución), The Gang (las bandas de delincuencia juvenil y las formas de socialización alternativas que ofrecían a los jóvenes) y, por supuesto, El urbanismo como modo de vida, de Wirth, donde define el tamaño, la densidad y la heterogeneidad como las variables que caracterizan a una ciudad.

También destaca las críticas que se han hecho posteriormente a los de Chicago: un espíritu burgués (aunque son palabras de Harvey, no de Homobono) y una posición conservadora desde la cual sólo los elementos externos se veían como dignos de estudio.

La siguiente fuente es el Instituto Rhodes-Livingstone de Rhodesia, discípulos de Gluckman (desde Mánchester, y de ahí el nombre de esta segunda Escuela).

Estos autores estudian, en las nuevas ciudades mineras del Copperbelt, fenómenos como la destribalización en el contexto de la ciudad, el asociacionismo urbano, la condición obrera, la dominación colonial o la explotación económica. En un solo bloque teórico-casuístico, los británicos desarrollarán aquí tres campos: la antropología política, la urbana y la de las sociedades complejas, cuyos límites resultan de difícil definición.

El “trabajo más definitorio” es The Kalela Dance (1956) de Mitchell. “Kalela Dance evidencia la naturaleza situacional de las cambiantes identidades étnicas y la discontinuidad de los sistemas tribales rurales y urbanos, poniendo en cuestión las nociones preexistentes de destribalización y los modelos dualistas simples que oponen los fenómenos urbanos y rurales.”

Con Hannerz avanzamos hacia la distinción entre la antropología de la ciudad y la antropología en la ciudad. La segunda permite estudiar temas, como la etnicidad o la pobreza urbana, “que tienen por escenario la ciudad, pero no son distintivos de ella”. En cambio, Hannerz “enfatiza que la Antropología Urbana no debe dedicarse al estudio de aldeas o comunidades urbanas, sino espacios especializados y extensivos en el contexto de una ciudad plurifuncional”. Existen cinco ámbitos específicos: 1) hogar y parentesco, 2) aprovisionamiento, 3) ocio, 4) relaciones de vecindad, y 5) tráfico, que generan interrelaciones; y de ellos, el segundo y el quinto son “los que hacen de la ciudad lo que es”, entendiendo por aprovisionamiento los modos de producción y consumo y el acceso (asimétrico) a los recursos, y por tráfico la interacción mínima definida por un respeto a las reglas y el deseo de evitar colisiones.

Algunos autores proponen que ésta es una falsa dicotomía (la distinción entre antropología de y en la ciudad). “La antropología en la ciudad se habría limitado a trasladar a este nuevo contexto urbano sus temas tradicionales; mientras que cualquier investigación que no aporte nada nuevo sobre las especificidades d e la vida urbana, tomando la ciudad como texto a descifrar sería simplemente una mala antropología (Feixa,1993: 18).” Otra propuesta es que la antropología se centre en lo urbano, aquel flujo inestable que subyace en los espacios públicos y “donde los vínculos son débiles y precarios, los encuentros fortuitos y entre desconocidos y en los que predomina la incertidumbre”, donde encontramos a nuestro admirado Manuel Delgado (El animal público, Sociedad movedizas, El espacio público como ideología).

  • Antropología en la ciudad. Esta faceta de la disciplina se centra en las relaciones de parentesco, en los grupos, vecindad o tradiciones. Encontramos aquí, por ejemplo, estudios sobre los suburbios en Estados Unidos, tribales en África, favelas, enclaves rurales y guetos. María Cátedra, por ejemplo, denuncia que este tipo de estudios se centran en un único grupo como si fuese un ente aislado, obviando las relaciones con el resto de la sociedad. También Amalia Signorelli se quejaba de la “producción de un nativo exótico”, de la necesidad de la antropología de generar un objeto de estudio romantizado e idealizado.
  • Antropología de la ciudad. Es este ámbito se estudia lo urbano en sí mismo. “La ciudad es concebida como centro de actividades productivas y comerciales”, también se establecen las relaciones centro periferia, las diversas zonificaciones, museificación, sobrerepresentación de los centros, incluso la identidad ciudadana o el imaginario urbano. “Las ciudades y sus barrios ya no son islas en sí mismos, sino puntos nodales de una formación social.” Esto supone que los estudios ya no se centran en los pobres de un determinado entorno, sino en “la pobreza” o “la clase media”, ampliando enormemente el objeto de la disciplina.

Sin embargo, a partir sobre todo de los planteamientos de Castells y Harvey, con el paso a la sociedad informacional del primero, los límites de estudio de la antropología se difuminan.

Castells es el epígono más representativo de este tipo de planteamientos. Enuncia la teoría de una sociedad informacional, cuya materia prima sería la revolución tecnológica y la información, como lo fue la energía para la revolución industrial. Las elaboraciones culturales y simbólicas se convierten en fuerzas productivas. El modelo de sociedad resultante se caracterizaría por la flexibilidad y por su estructura difusa. Es decir: por una producción descentralizada, por nuevos productos y por la adaptación a los gustos del mercado; asimismo: por el reciclaje en el empleo y por formas de vinculación débil del individuo a organizaciones, grupos y estructuras.

Si las bases materiales del industrialismo fueron el trabajo, la propiedad de la tierra y el capital, los elementos emblemáticos de la sociedad postindustrial serían el tiempo, la identidad y la información; y las elaboraciones culturales y simbólicas sus fuerzas productivas (Castells,1996).

Si las ciudades son nodos de una red global, ¿dónde se limita el estudio de la antropología? “La cuestión de la identidad, de sus constantes redefiniciones y de las adaptaciones a un medio cambiante se ha convertido en el aspecto central del análisis antropológico. Como respuesta a los nuevos retos, Hannerz propone una macro antropología que sea capaz de interpretar los fenómenos de la globalización. Marcus habla de una etnografía multilocal, que supere la reconstrucción miniaturista de fenómenos aislados.”

Si hasta ahora Homobono ha considerado la disciplina como algo universal, especialmente sosteniéndose en las tradiciones americana (Chicago), británica (Mánchester) y una etnología francesa (“tan preocupada por la alteridad del inmigrante africano y ultramarino como por las culturas urbanas autóctonas”), ahora considera el estado de la disciplina en otros contextos. Habla de la italiana (Signorelli), mexicana, brasileña, y de la española, a la que dedica un apartado más extenso y en el que no entraremos en detalle, para acabar finalmente con la antropología específica del País Vasco.

Espacios del capital (II): la producción del entorno urbano

Seguimos con el análisis de Espacios del capital. Hacia una geografía crítica, de David Harvey. En la primera entrada analizamos la reflexión sobre el papel social de la geografía que hacía Harvey y un análisis sobre la (falsa) neutralidad de la ciencia a partir de los postulados de Malthus y Marx sobre la superpoblación y la repartición de recursos.

En el cuarto artículo, titulado “Rebatir el mito marxiano (al estilo Chicago)“, Harvey contrapone la ideología, según él, burguesa, de la Escuela de Chicago, a los postulados marxistas. La Escuela de Chicago la hemos analizado a menudo (de la mano de Javier García Vázquez, Ulf Hannerz, Francisco Javier Ullán de la Rosa y, más recientemente, Josep Picó e Inmaculada Serra), por lo que no entraremos en mucho detalle. Se trata de la primera escuela de sociología urbana, afincada en una ciudad, Chicago, que creció de modo extraordinario sobre todo gracias a la inmigración. Las personas se distribuyeron por la ciudad en función de su procedencia étnica, pero también pro clases, religión o raza.

El primer punto para alcanzar un entendimiento es el establecimiento de un “sistema hegemónico de conceptos, categorías y relaciones para entender el mundo”. Aquí Harvey ya señala las primeras distinciones: como él, que empezó como “científico social burgués” y, tras no quedar convencido con la teoría, dio el salto a marxista, que le llevó “siete años” de lectura sólo para disponer de un vocabulario preciso, explica que los primeros, los chicaguianos, sólo necesitan desarrollar un vocabulario propio; mientras que los marxistas necesitan entrar en diálogo con el pensamiento burgués: “el primero es una representación del mundo obtenida desde el punto de vista del capital mientas que el segundo es una representación del mundo obtenida en función de la oposición del trabajo.”

Los de Chicago (y, con ellos, la sociología del momento, incluso las disciplinas sociales) daban por sentado que se podía alcanzar una ciencia objetiva, neutra: libre de sesgos de clase. Esto lleva, asegura Harvey, a una “excesiva fragmentación del conocimiento”: cada uno en su torre de marfil, con sus temas acotados. Siempre se desbordarán, lógicamente; pero llega un momento en que hay que ser consciente de que se está en otro ámbito y dar un paso atrás. ¿A qué se dedica un “sociólogo urbano”?, ¿en qué momento debe dejar sus estudios si lo lleva a, por ejemplo, analizar la economía? Recordemos que la Escuela de Chicago operó, sobre todo, en los años 20-40 del pasado siglo; y recordemos también que fue Castells, a finales de los 60, quien replanteó el objeto de la sociología urbana con La cuestión urbana, buscando una nueva justificación teórica a por qué el estudio de las ciudades era esencial. Y lo era por la economía, como también concluirá Harvey.

Pero no nos adelantemos. Además de la fragmentación, el propio funcionamiento de la ciencia positivista impedía abordar los problemas de fondo. Si las ciencias sociales de los 50 podía permitirse un enfoque fragmentado, la de los 60, con problemas de fondo como el racismo, la desigualdad social o la expresión a los grupos minoritarios, que además tenía un fuerte componente urbano, ya no podía aceptar ese enfoque.

Las crisis capitalistas no sólo se traducen en crisis de la ciencia social burguesa porque ésta se fragmente de maneras inapropiadas para entender aquéllas. La ciencia social burguesa se inclina, por ser burguesa, a interpretar los asuntos sociales basándose en intereses y funciones opuestos dentro de la totalidad social, que se percibe como real o potencialmente armoniosa en su funcionamiento. Las teorías políticas pluralistas, la economía neoclásica y la sociología funcionalista tienen eso en común. (p. 87)

En épocas de crisis, “los economistas políticos (…) se limitan a decir que todo iría bien si la economía se comportara de acuerdo con sus libros de texto”. La teoría marxista, en cambio, “es primordialmente una teoría de la crisis”. Volvemos a la teoría que ya expusimos en la primera entrada: el marxismo estudia las relaciones. Una acción sencilla (Harvey habla de “cavar una zanja”) “no se puede entender sin comprender del todo el marco social del que forma parte”. “El significado se interioriza en la acción, pero sólo podemos descubrir lo que la acción interioriza mediante un estudio y uan reconstrucción cuidadosos de las relaciones que ésta expresa con los sucesos y las acciones que la rodean”.

Aplicado a lo urbano, “encontramos ciudades en diversos tiempos o lugares, pero la categoría “ciudad” o “urbano” cambia de significado de acuerdo con el contexto en el que la encontremos”. Y, de nuevo, volvemos al Lefebvre de La producción del espacio.

Para entender “las formas de urbanización capitalistas“, Harvey despliega toda una batería teórica que resumimos a continuación. La base de “lo urbano” se encuentra en los dos procesos de la acumulación y la lucha de clases. El capital domina el trabajo y lo organiza a fin de obtener beneficios. Los trabajadores venden su labor en forma de mercancía. “El beneficio deriva de la dominación del trabajo por el capital pero los capitalistas en cuanto clase deben, si quieren reproducirse, expandir la base del beneficio. Llegamos así a una concepción de la sociedad basada en el principio de “acumular por acumular, producir por producir””.

Existen contradicciones, claro. Cada capitalista, actuando en su interés, busca algo opuesto a sus intereses de clase: que exista un mercado capaz de consumir sus productos. Si se oprime hasta lo indecible a la clase obrera, ésta no podrá consumir sus productos. Esta contradicción crea “una persistente tendencia a la sobreacumulación”, “la condición en la cual se produce demasiado capital en relación con las oportunidades de encontrar usos rentables para el mismo”. Esto genera las crisis periódicas del capitalismo (“caída de los beneficios, capacidad productiva ociosa, sobreproducción de mercancías, empleo”, etc.).

El segundo grupo de contradicciones se da en el antagonismo entre capital y trabajo. Un capital desbocado lleva a salarios mínimos y una clase obrera que no puede consumir; cuando es al revés, los trabajadores aumentan sus salarios, lo que supone “la reducción de la tasa de expansión de las oportunidades de empleo”. En ambos casos, se crean “crisis de desproporcionalidad”. El tercer conjunto de contradicciones se da entre el sistema capitalista y los sectores precapitalistas o socialistas (de los que cada vez quedan menos, vaya). Y, finalmente, la dinámica entre el capital y los recursos naturales.

El sistema de producción capitalista exige un entorno específico para funcionar. Se basó en una separación entre el lugar de trabajo y el de residencia. Además, necesitó la creación de un entorno construido que “funcionaba como medio colectivo de producción de capital”. Parte del entorno hay que destinarlo al transporte de mercancías (“el aniquilamiento del espacio por el tiempo” del que habló Marx), además de todo lo que la aparición y acumulación del capital conlleva (banca, administración, coordinación, etc.).

Pero también es necesario un paisaje de consumo, opuesto al de trabajo. Y, asimismo, un espacio de para la reproducción de la fuerza de trabajo. Estos dos modifican y conforman la vida personal de los trabajadores, que queda también a merced del capital. “La socialización de los trabajadores que se da en el lugar de residencia -con todo lo que esto implica respecto a las actitudes de trabajo, consumo, ocio y demás- no puede dejarse al azar.” Finalmente, “la colectivización del consumo mediante el aparato estatal se convierte en una necesidad para el capital”, por lo que “la lucha de clases se interioriza en el Estado y en sus instituciones asociadas”.

Todas estas contradicciones se interiorizan en la creación del entorno construido. Por ejemplo, “la sobreacumulación crea condiciones marcadamente favorables a la inversión en el entorno construido”. Este trasvase acaba provocando que las crisis inmobiliarias vayan asociadas (o sean precursoras) de las crisis económicas (como sucedió en el crack del 29 o con el auge de la aparición de oficinas en 1969-73 en Estados Unidos y Reino Unido o, por supuesto, en 2008).

Otra de las batallas persistentes en el entorno urbano se expresa por “las condiciones de trabajo y la tasa salarial”. Las leyes y el poder capitalista se imponen mediante el Estado para hacer cumplir su voluntad; por otro lado, están las demandas de los trabajadores y su capacidad de organizarse. Aquí es donde Harvey coloca el territorio de la sociología urbana tradicional (burguesa): en la configuración de las relaciones que adopta la clase obrera, en su fragmentación, para enfrentarse (o adaptarse, sobrevivir, llámenlo como quieran) al capital. Recordemos que la Escuela de Chicago dedicó todo tipo de estudios a los guetos, los negros, las bandas juveniles y las jóvenes del taxi-dance hall, pero ninguno a los blancos anglosajones protestantes o a las clases altas. “No fue accidental que para trabajar en sus cadenas de montaje Ford usara casi exclusivamente inmigrantes recién llegados y que United Steel, al enfrentarse a sus propios problemas de trabajo, recurriera a trabajadores negros del sur para reventar las huelgas.” Estos elementos, económicos y sociales, tienen un gran peso en las relaciones de la clase obrera entre sí.

Por todo ello, la lucha de clases se desplaza de su lugar autóctono, el trabajo, a “todas aquellas relaciones contextuales de la lucha de clases en el lugar de trabajo”; es decir, a prácticamente todo. La educación era una exigencia básica de la clase trabajadora, “pero la burguesía pronto comprendió que la educación pública podía movilizarse contra los intereses de aquella”, o un sistema sanitario público que “define la mala salud como la incapacidad para ir a trabajar”.

Toda esta estructura teórica, sin embargo, funcionará mientras lo haga el contexto. En el momento en que cambien las relaciones, habrá que modificar también la forma en que las comprendemos, alerta Harvey.

Aristóteles comentó en una ocasión que con que sólo hubiera un punto fijo en el espacio exterior, podríamos construir una palanca para mover el mundo. El comentario nos dice mucho de las imperfecciones del pensamiento aristotélico. La ciencia social burguesa es heredera de las mismas imperfecciones. Intenta dar una visión del mundo desde fuera, descubrir puntos fijos (categorías de conceptos) sobre cuya base se pueda elaborar un entendimiento “objetivo” del mundo. En general el científico social burgués intenta abandonar el mundo mediante un acto de abstracción para entenderlo. El marxista, por el contrario, siempre intenta establecer un entendimiento de la sociedad desde dentro, en lugar de imaginar algún punto exterior. El marxista encuentra todo un conjunto de palancas para el cambio social dentro de los procesos contradictorios de la vida social e intenta alcanzar un entendimiento del mundo apretando fuertemente esas palancas. (p. 102)

La Escuela de Chicago (II): segunda y tercera generaciones

Seguimos con la monografia de La Escuela de Chicago de Sociología de Josep Picó e Inmaculada Serra. Si en la primera entrada vimos los antecedentes de la Escuela y su primera generación (Small y Thomas), ahora veremos la segunda generación (Park y Burgess), centrados en lo que llamaron ecología humana, y la tercera generación (Wirth y los discípulos de Park), así como la decadencia de la Escuela tras la Segunda Guerra Mundial.

Tras la Primera Guerra Mundial, el panorama cambió en Estados Unidos. La industria del automóvil sufre una gran expansión, lo que modifica el aspecto de las ciudades y extiende las carreteras por todo el país, permitiendo también progreso en la arquitectura y la construcción. Asimismo, el ecosistema empresarial pasó de empresas medianas y pequeñas a grandes corporaciones. En 1924 el Congreso impuso límites a la inmigración extranjera por países (reduciendo los flujos migratorios de 375 mil personas a 165 mil en apenas dos años, en función del país de procedencia, y esencialmente para prohibir la inmigración no protestante) y el vacío en las industrias del norte fue ocupado por negros del sur, que además percibían el norte como un lugar más seguro para ellos. En las ciudades, además, se estaba desarrollando una incipiente clase media y se pasó de un “progresismo de viejo estilo reformista evangélico” a un nuevo “progresismo urbano que se llamaría a sí mismo liberalismo”.

Los conflictos étnicos no tardaron en estallar, y Chicago no fue una excepción. Había mucho crimen y la “ley seca” puso en manos de inmigrantes el control del alcohol de contrabando, formándose bandas rivales que se asesinaban por las calles (y si bien las víctimas eran habitualmente parte de esas bandas, proyectaban una sensación de inseguridad por toda la ciudad). Todo ello creó un caldo de cultivo fascinante para convertirse en foco de estudio del departamento de sociología de la Universidad de Chicago.

Mapa de Burgess de Chicago.

Robert Ezra Park (1864-1944) estudió filosofía pero se dedicó al periodismo. Por entonces la disciplina se veía como una forma de sacar a la luz “la criminalidad, el contrabando, la delincuencia y todos aquellos fenómenos sociales y urbanos que se ocultaban a la vista del ciudadano corriente”. Más tarde continuó sus estudios y acabó en Alemania, recibiendo clases de Simmel (“Las grandes urbes y la vida del espíritu“) y después volvió a Chicago, donde usó su bagaje para abordar el estudio de la ciudad. Park concebía la ciudad como un lugar de estudio y observación del comportamiento humano, las relaciones interétnicas y los conflictos de comunicación. “La relación entre el individuo y la sociedad es un fluir continuo, una interacción continua de conflicto y consenso, que contempla a su vez socialización y extrañamiento en la formación de los grupos sociales y las comunidades.” (p. 87) A diferencia de Simmel, para el cual la urbanización conlleva una “intensificación de la vida nerviosa” que implica la atenuación de los sentidos y el paso a percibir (y vivir) la ciudad de forma racional, no emocional, para Park es la especialización y diferenciación en comunidades o grupos distintos.

Ya en el artículo de 1915 “The City” se observa la teoría de Park de la ecología humana. “… una parcelación de las áreas geográficos como espacios físicos y morales diferentes, donde la motivación de las personas, la interacción de los grupos y las tensiones competitivas ejercen de tamiz selectivo y segregador” (p. 93).

La sociedad humana está organizada en dos niveles, el biótico y el cultural. Los seres humanos compiten por adaptarse al medio ambiente; sin embargo, puesto que la adaptación humana implica, también, la modificación del medio ambiente y requiere la especialización y la diferenciación en el trabajo, que suponen la colaboración, ambos aspectos, competencias y solidaridad, coexisten y articulan la organización social. En colaboración con Burgess publicará, en 1919, “Introduction to the Science of Sociology” donde hablan de 4 etapas:

  • rivalidad (no hay contacto entre grupos)
  • conflicto (los grupos se reconocen como antagonistas por un objetivo similar)
  • adaptación (voluntad por resolver el conflicto pero manteniendo la identidad)
  • asimilación (fusión en un grupo más amplio que abarca los grupos anteriores; no implica necesariamente pérdida de la identidad original).

Fruto de la formación periodística de Park es su concepto de área natural, aquellos espacios en la ciudad diferentes entre sí y definidos por una característica clave, su función (o “principio catalizador de la comunidad que vive ahí”). Áreas industriales, ciudades satélite, suburbios, guetos, barrios bohemios… estas son las áreas naturales.

Son áreas naturales, en primer lugar, porque nacen, existen y se desarrollan sin planificación alguna, y cumplen una función; y, en segundo lugar, porque tienen una historia “natural”, es decir, porque con el paso del tiempo asumen algo del carácter de sus habitantes, son el producto, en términos históricos, de quien ha vivido y de quien continúa viviendo allí. Toda planificación urbana que no tenga en cuenta la existencia de áreas naturales está condenada al fracaso. (p. 97)

A partir del concepto de área natural, Ernest Burgess (1886-1966), el otro gran representante de esta segunda generación de la Escuela de Chicago, desarrolló la teoría de los círculos concéntricos. Ya hablamos de ella en la segunda entrada de Sociología Urbana de Francisco Javier Ullán de la Rosa, así que la resumimos brevemente.

  • En el primer círculo está el centro, el núcleo económico y nodal de la ciudad.
  • Industria y deterioro residencial; es la zona que luego se convertirá en guetos y que, mucho más tarde, será reconvertida para la gentrificación.
  • Obreros que han podido abandonar el gueto pero siguen cerca de sus industrias.
  • La zona residencial pudiente (suburbia).
  • Barrios dormitorio.
Mapa de Burgess de Chicago, versión millennials.

Ya comentamos que uno de los problemas de este mapa es su especificidad sobre Chicago; y otro, que no tienen en cuenta, por ejemplo, los ejes viarios o las línes del tren y metro. Lo importante, sin embargo, era la idea de que las distintas zonas compiten entre ellas.

La otra gran crítica a la ecología humana era su etnocentrismo. Estudiaron en gran medida los conflictos étnicos, los vagabundos, los judíos, los negros, los delincuentes… y, sin embargo, no hubo estudios sobre los angloamericanos ni sobre los italianos integrados, por ejemplo. Percibían, sin ser conscientes de ello, la ciudad como un lugar donde llegaban nuevos grupos de personas que se organizaban y reorganizaban en función de su “equipaje” hasta acabar, con el tiempo, integrados en un grupo asimilado. Por lo tanto, de algún modo, existían dos tipos de ciudadanos, los asimilados y por lo tanto no estudiables y aquellos que sí lo eran y en los que se podía descubrir los entresijos sociales; de algún modo, como denunciaba Amalia Signorelli, se inventaron al “nativo perfecto” en sus propias ciudades.

El estudio de Picó y Serra es sociológico y dan especial importancia a los métodos de investigación que usaron los sociólogos de Chicago. Así, el capítulo más extenso del libro, con diferencia, “Los discípulos de la escuela”, se centra en su metodología y deja un poco de lado el objeto de su estudio. Es comprensible, dado el enfoque escogido por los autores; aunque nos deja un sabor de boca agridulce, porque se pierde la oportunidad de disfrutar de la descripción de la ciudad en la época hecha por unos observadores excepcionales. Sin entrar en la metodología que usamos, repasamos algunos de los principales estudios:

  • “The Hobo”, de Neil Anderson (1923), centrado en los vagabundos itinerantes que recorrían el país. Se trataba de una población flotante (sólo por Chicago pasaban cerca de 300.000 personas cada año), la mayoría hombres, que recorrían Estados Unidos acercándose a los lugares donde había trabajo en momentos determinados (por ejemplo, para recoger la vendimia, o determinadas cosechas, o descargar mercantes en los puertos o dedicarse a la minería). Se desplazaban usando el ferrocarril y desarrollaron un sistema de símbolos para indicarse unos a otros refugios seguros, lugares donde serían acogidos o zonas peligrosas para ellos.
  • “The Gang” (1927), de Frederic Trasher, centrada en las (según él, 1313) bandas de delincuencia de Chicago. Trasher estudió su formación, el porqué de su existencia y qué beneficios aportaba a los jóvenes su pertenencia.
  • “The Ghetto” (1928), de Louis Wirth, del que hablaremos a continuación.
  • “Taxi-Dance Hall” (1932), de Paul Crassey, recogía testimonios de las muchachas, clientes y gestores de los locales conocidos con ese nombre. En ellos, los hombres, principalmente inmigrantes proletarios, iban a bailar y las mujeres que allí había disponibles cobraban por cada baile y compartían un porcentaje con los dueños. Los límites, en general, los ponían las propias chicas, por lo que los casos iban desde simplemente bailar hasta prostitución encubierta.

Louis Wirth (1857-1952) es el representante de la tercera generación de la Escuela de Chicago. Publicó “The Ghetto” en 1927, centrada en la comunidad judía de Chicago. Los judíos eran un buen objeto de estudio por su asimilación en la cultura americana. En 1880 vivían en la ciudad unos 10 mil, la mayoría de origen alemán y muy cosmopolitas. En 1890 ya eran 80 mil y en 1930, 275 mil. Pero si bien los primeros habían sido cosmopolitas y abiertos, los siguientes provenían de Europa del Este y en general eran provincianos y permanecían anclados en costumbres del viejo mundo. Los primeros judíos fundaron escuelas y organizaciones para intentar que las siguientes oleadas se integrasen mejor; todo ello dio un buen objeto de estudio a Wirth, porque se trataba de una comunidad bien diferenciada que había conseguido mantener su cultura sin dejar de asimilarse a la cultura mayoritaria. Lo novedoso del estudio de Wirth es que, más que centrarse en las características “ecológicas” de la comunidad, lo hizo en su cultura determinada.

The Ghetto fue la investigación de donde surgieron buena parte de sus tesis sobre la sociedad; allí presenta una teoría del cambio social que considera la ciudad como el factor más dinámico y rechaza el determinismo cultural basado en la superioridad o inferioridad de la raza. También rechaza la idea de que las sociedades se desarrollan en línea recta, desde formas simples de organización primaria, caracterizadas por grupos pequeños y relaciones personales, hacia formas complejas de organización social secundaria, caracterizadas por grandes grupos que mantienen relaciones impersonales, y defiende que ambos tipos de organización interactúan en el proceso de formación de las ciudades donde, en último término, se han impuesto las segundas. (p. 188)

En 1938, Wirth publicó su famoso artículo “El urbanismo como forma de vida“, que ya analizamos en su momento. Dicha publicación, pese a ser uno de los artículos más importantes de la sociología urbana, se llevó a cabo cuando la Escuela de Chicago ya estaba en decadencia. En efecto, la crisis del 29 y la posterior bancarrota pusieron sobre la mesa otros temas como epicentro para la sociología: el paro, la vivienda, las desigualdades sociales, la pobreza. Los fondos, especialmente los federales, ahora apuntaba a nuevos objetivos.

Otros aspectos que influyeron en esta decadencia fueron la llegada de muchos investigadores sociales refugiados de Europa huyendo de la guerra, que erosionaron la visión de la ecología humana, y la creciente importancia de los métodos cuantitativos (estadísticos) en la sociología. La decadencia se escenificó en el Congreso de Sociología de 1935, donde se votó la formación de una nueva revista no vinculada a Chicago (la revista “pseudooficial” de sociología americana hasta la fecha la editaban los de Chicago, en un cuasimonopolio) como piedra de toque que dejaba clara la decreciente influencia de la escuela.

La Escuela de Chicago de Sociología, de Josep Picó e Inmaculada Serra

La época tras la Guerra Civil americana (1861-1865) fue una de gran esplendor económico. “Los Estados Unidos ocuparon el lugar de Gran Bretaña como la principal nación industrial y a finales de siglo ya producían cerca del 30% de los artículos manufacturados del mundo.” Estos grandes cambios industriales vinieron acompañados también por cambios sociales.

La revolución económica no sólo transformó la faz de los Estados Unidos, sino también todos los aspectos de la vida nacional. Trajo una era de máquinas, electricidad y acero, mercados nacionales y sociedades de negocios gigantes. La industrialización fue un logro técnico asombroso, pero su proceso fue demasiado rápido para que resultara justo desde la perspectiva económica y social. Entre sus consecuencias resaltas las grandes desigualdades de riqueza, la explotación despiadada, la hostilidad de clase y un sinnúmero de problemas sociales complejos. (p. 3)

La inmigración se volvió masiva: del campo a la ciudad, debido a la evolución de la maquinaria agrícola y a la reducción de la mano de obra necesaria; pero también de Europa a Estados Unidos y posteriormente del sur al norte del país. Las ciudades crecieron de forma increíble hasta el punto de que “Nueva York tenía más italianos que Nápoles, más alemanes que Hamburgo, el doble de irlandeses que Dublín y más judíos que toda Europa Occidental. Chicago era aún más cosmopolita.”

Además, los grupos de inmigrantes tendían a concentrarse en industrias diferentes (eslavos en la minería e industria pesada, rusos y judíos polacos en el comercio de ropa, italianos en la construcción, por poner algunos ejemplos). A menudo las condiciones laborales eran atroces, especialmente las de mujeres y niños. De las redes que crearon estos inmigrantes tanto para suavizar el impacto del cambio y el capitalismo en sus vidas como para paliar la añoranza por las tierras abandonadas surgieron los apelativos como “Little Italy” o “Chinatown”; apelativos que eran erróneos pues, en general, “los inmigrantes se agrupaban en grupos provinciales y no nacionales”.

Cada grupo, en general, sintió la necesidad de crear sus propias instituciones sociales, ya fuesen escuelas, iglesias, periódicos o teatros. Tal avalancha de inmigrantes, a menudo llegados de zonas más atrasadas de Europa y ajenos al funcionamiento de la democracia, sumado a la explotación laboral y al hacinamiento urbano, generaron la creencia de que los inmigrantes estaban socavando los pilares de la civilización: se veía a los inmigrantes como esquiroles en las huelgas, dispuestos a aceptar cualquier trabajo y, por lo tanto, reduciendo el nivel de vida de los americanos.

Esta situación pone de manifiesto, por una parte, la crisis y el declive de la convivencia comunitaria y, por otra, el intento de restablecer la estructura y los lazos comunitarios en el seno de la sociedad. La Escuela de Chicago se aproximará al estudio de la sociedad a través de su visión comunitaria de la vida. La formación de las ciudades supone un reto a las formas de vida comunitarias, pero un reto superable a través de la formación de nuevos lazos grupales que trabajarán por integrar la diversidad cultural en el sistema de valores americano. (p. 8)

La democracia americana, que llevaba tiempo siendo protestante y yankee, chocaba con la visión de los inmigrantes, en general agricultores llegados de Europa con religiones y lenguas distintas. Surgieron dos éticas políticas enfrentadas: la yankee, donde el individuo tenía libertad económica y los asuntos públicos y las leyes eran un bien común, una superioridad moral a la que había que adherirse para mejorar la sociedad; y la de los inmigrantes, donde el poder recordaba al de los señores feudales y se veía como una imposición, “interpretando las relaciones políticas y cívicas principalmente en términos de obligaciones personales”.

Los nativos, formados en el mundo rural americano, no habían tenido señores contra los que luchar ni antecedentes revolucionarios; por eso sus ideales no buscaban “la igualdad social ni la instauración de un régimen socialista (…) sino promover la igualdad de oportunidades acorde con el sentido individualista y emprendedor de su filosofía”. Los inmigrantes venían de sociedades autocráticas y veían a los representantes del poder como los defensores de los intereses de los poderosos; la política no se regía por la defensa del bien común sino por “relaciones personales” ajenas a las clases populares.

Las tres corrientes principales de las que bebería la Escuela de Chicago serán la ecología, el pragmatismo y el interaccionismo simbólico.

El evolucionismo se vinculó en Estados Unidos con la ideología liberal de la mano de Spencer, “enemigo del Estado y partidario del lassez faire“. Del mismo modo que las especies luchan entre ellas sucede en la sociedad, donde los organismos evolucionan desde los grupos más pequeños a los más grandes, “estimulando las formas sociales de cooperación”. Spencer se oponía a toda participación del Estado en la sociedad y era un férreo defensor del individualismo, legitimando la filosofía liberal americana y la acumulación de riquezas; ello llevó a una gran desigualdad y a la marginación de los débiles y los menos adaptados.

Otra de las corrientes fue el pragmatismo de Dewey. “Las ideas no son algo que está ahí fuera de nosotros esperando ser descubierto, sino herramientas que la gente utiliza para enfrentarse al mundo, y no se desarrollan de acuerdo con una lógica interna, sino en la interacción social con los demás”; el valor de las ideas radica en su importancia práctica. Los efectos del pragmatismo en la Escuela de Chicago se perciben en la atención a lo concreto y particular, antes que a lo abstracto; al estudio de micromundos múltiples y cambiantes; y al rechazo por el dualismo entre individuo y sociedad por considerar que la relación entre estos es dialéctica.

La tercera corriente es el interaccionismo simbólico de Mead. Resumiendo mucho, uno de los conceptos clave es el “self”, el uno mismo, que es siempre una interacción social. “El interaccionismo simbólico toma así como elemento fundamental del estudio y análisis de las relaciones sociales la naturaleza simbólica de la vida social, sitúa al individuo como protagonista y, al mismo tiempo, como intérprete de la vida social”. Uno de sus precursores fue Simmel (“Las grandes urbes y la vida del espíritu”) y uno de los principales exponentes de la segunda generación será Goffman (La presentación de la persona en la vida cotidiana, Los momentos y sus hombres).

Chicago sufrió un incendio en 1871 que destruyó la mayor parte de la ciudad. No tardó en reconstruirse; y para ello hizo gala de los últimos avances, convirtiéndose en una mole de rascacielos y adalid de la modernidad donde convivía gran cantidad de nacionalidades. Además, el tendido del ferrocarril y su situación geográfica la convirtieron en el nodo central que vinculaba “los diferentes mundos del Este y el Oeste en un sistema único”. Todos los problemas que hemos expuesto hasta ahora convivían en la ciudad: hacinamiento, explotación laboral, gran concentración de inmigrantes, percepción de la propia ciudad como un lugar salvaje, vendido al caos, el crimen y los gángsters, a punto de caer en la más abyecta aberración social; la jungla de asfalto.

Ante esta situación, la respuesta de las clases medias reformistas de finales de siglo XIX y principios del XX fue la filantropía. Picó y Serra destacan la figura de Jane Addams y la Hull House, una casa de acogida que se convirtió en una especie de centro cívico donde acudían miles de personas de todo Chicago. En 1895 llevó a cabo junto a Kelley un estudio (Hull House, Maps and Papers) donde ya recurrieron a muchas de las técnicas que después haría famosa la Escuela de Chicago: el uso de mapas, el recurso a las técnicas estadísticas, el análisis de los grupos inmigrantes y su desorganización en la ciudad. Además, y a diferencia de lo que harían luego en la Escuela, Addams y Kelley destacaron “las condiciones económicas como causa fundamental de los problemas sociales”, estudiaron el arte como actividad diaria, se centraron también en el estudio de las mujeres y abogaron por cambios sociales directos.

El Departamento de Ciencia Social y Antropología de la Universidad de Chicago nació al mismo tiempo que la Universidad de la ciudad, el 1 de octubre de 1892. Por entonces, contaba con cuatro miembros: Small, un pastor baptista que sería su primer dirigente, y Henderson, Starr y Talbot. El Departamento cobró fama y protagonismo especialmente a partir de los años 20, con la llegada de Park, la fundación de la Society for Social Research, el establecimiento por parte de él de un programa de investigación que reunió a gran cantidad de estudiosos y también la financiación, generosa, de la fundación Laura Spelman Rockefeller Memorial.

La primera generación de la Escuela de Chicago abarca desde la fundación hasta la Primera Guerra Mundial. Sus principales representantes: Small, Henderson y Thomas; la principal publicación: El campesino polaco. “Es una fase estrechamente vinculada al evangelismo cristiano de sus fundadores, a dar respuesta a las filosofías que defienden el capitalismo más liberal -darwinismo y evolucionismo- y a luchar contra sus consecuencias sociales más duras que se plasman en la ciudad de Chicago.” (p. 53)

Si Small era un pastor baptista, la otra figura esencial de esta primera generación, Thomas, era hijo de un clérigo metodista y campesino. Estudió humanidades en Estados Unidos, se trasladó a Alemania donde estudió etnología y psicología e ingresó en 1894 en la Universidad de Chicago.

A partir de 1890, las corrientes migratorias de Europa a América se acentúan. “La inmigración de origen anglosajón, germana y nórdica es reemplazada por los nuevos inmigrantes llegados desde Europa del Este y del Sur.” De entre ellos destacaban los polacos, que alcanzaron un 25% de todos los inmigrantes y se concentraron en las grandes ciudades como Chicago, Detroit o Buffalo. Venían de una de las últimas sociedades feudales europeas y en general eran sólo agricultores, sin mucha cualificación; por lo que la mayoría se dedicaban a la industria del acero o los mataderos. Cobraban poco, tanto por tener trabajos poco cualificados como por la discriminación de los empresarios. Desarrollaron una serie de instituciones en las ciudades de Estados Unidos a medida que se adaptaban a la vida allí (entre ellas la más importante fue la iglesia católica, donde estudiaban sus hijos).

Thomas, que había aprendido suficiente polaco, inició una investigación para comparar el comportamiento de los polacos a ambos lados del Atlántico, antes y después de la inmigración. En 1913 conoció al que sería su gran colaborador, el polaco F. Znaniecki, también estudiante de sociología. Entre ambos publicaron El campesino polaco en Europa y América (1918 el primer volumen, 1920 el segundo), un clásico de la sociología de la época.

Su finalidad era explicar el cambio que se produce en los individuos y en las familias de campesinos emigrantes y cómo reacciona su comportamiento y organización cuando se enfrentan a las formas de vida y los valores de una sociedad nueva y distinta a la suya, como la americana. En alguna medida es un estudio macrosociológico sobre la interdependencia entre los grupos y las instituciones en un contexto de cambios sociales provocados por la industrialización. (p. 63)

El estudio se llevó a cabo tanto en Chicago como en Polonia por parte de Znaniecki (aunque en 1917 partió a Chicago y trabajó junto a Thomas en la Universidad). El punto de partida ya era algo novedoso: dejaban de lado las teorías biológicas de la diferencia racial y buscaban las causas en el contexto social. El estudio se dividía en 4 partes:

  • “Organización del grupo primario”: familia y comunidad en Polonia a principios de siglo en comparación a la situación posterior.
  • “Desorganización y reorganización en Polonia”: ruptura del orden social en la sociedad campesina tradicional, cambios en las familias y aparición de nuevas formas de organización.
  • “Organización y desorganización en América”: formación de comunidades polaco-americanas, nuevas formas de organización y asociación “donde el individuo ya no se desarrolla en el seno de una familia extensa sino que adopta el modelo de la familia nuclear” así como escasa integración en las normas sociales americanas.
  • Autobiografía de un joven polaco inmigrante.

Los sociológos reformistas creían en la capacidad integradora de la sociedad americana; pensaban que las condiciones materiales eran el escollo principal que impedía la integración de los inmigrantes, de forma que si se garantizaban dichas condiciones, se aseguraría una vida familiar equilibrada.

La novedad del trabajo de Thomas y Znaniecki venía porque también estudiaba la actitud de los inmigrantes: “se ocupan del estudio social y de las reglas institucionales que tratan de regular el comportamiento humano, pero también de las actitudes personales de los individuos que componen el grupo, por eso la teoría social abarca tanto la sociología como la psicología social, porque está interesada en la relación entre el individuo y la sociedad”. Es decir: la causa de los fenómenos sociales no es sólo social (Durkheim) ni individual, sino una combinación de ambas.

De hecho, el pensamiento de Thomas cambiará hasta el estudio de 1923, The Unadjusted Girl, donde aún dará más importancia a la definición de la “situación” hecha por quien actúa. Esta definición se da tanto con elementos sociales comunes como con elementos particulares del individuo.

En definitiva, El campesino polaco presentaba diversas novedades respecto a los estudios sociológicos de la época:

  • 1, se apartaba de la sociografía y las teorías biológicas reduccionistas;
  • 2, técnicas cualitativas novedosas;
  • 3, se inspiraba en el pragmatismo y el interaccionismo simbólico;
  • 4, cuadro conceptual novedoso (desorganización social, definición de situación, actitud, marginación…);
  • 5, proporcionó las bases para asentar la sociología y la psicología social.

En la próxima entrada hablaremos de la ecología humana: de Robert Ezra Park y Ernest Burguess.

Antropología urbana, Amalia Signorelli

Si recuerdan, antes de sumergirnos en la lectura de dos obras enormes y esenciales para comprender el papel de las ciudades en nuestra sociedad como son La producción del espacio de Henri Lefebvre y La sociedad red de Manuel Castells, uno de los temas que nos rondaba la mente era la diferencia entre la sociología y la antropología urbanas o, siendo más precisos, cuál era el objeto concreto de la última. Reflexionamos acerca de ello a propósito de las lecturas de Francisco Javier Ullán de la Rosa Sociología urbana, de Antropología urbana de Josepa Cucó y de La ciudad desdibujada de Francisco Monge.

La lectura de Antopología urbana, de Amalia Signorelli, llega por lo tanto en un momento perfecto. Amalia Signorelli fue una antropóloga italiana recientemente fallecida, en 2017. Estudió numerosos temas, entre los cuales los movimientos migratorios, de desposesión, la situación de la mujer o las redes clientelares de la mafia en su Italia natal. Antropología urbana está dividido en tres partes bien diferenciadas: Problemas, que detalla de forma concienzuda y directa los principales puntos que, a tenor de la autora, la antropología debe estudiar, y que en el blog suscribimos de pe a pa; A la búsqueda de un paradigma, donde da un repaso a la historia de la antropología urbana; y A la búsqueda de un objeto: casos de estudio donde pone en práctica su tesis de que la antropología se hace en la calle, observando el mundo que nos rodea, y por lo tanto expone diversos casos sucedidos en Italia y las reflexiones que suscitan.

Considero que la antropología urbana tiene una tarea distinta: se trata de ocuparse de concepciones del mundo y de la vida, de sistemas cognoscitivo-valorativos elaborados en y por contextos urbanos; contextos industriales y postindustriales, capitalistas o poscolonialistas o posreal socialistas o más bien globalizados y a punto de ser virtualizados. (p. 10)

Signorelli huye en parte de la visión ecológica de la ciudad que proviene sobre todo de la Escuela de Chicago, para quienes la urbe era una variable en sí misma. “También Castells ha estado entre los más severos críticos de la hipótesis ecologista, señalando cómo son las relaciones sociales y particularmente las relaciones de producción las que determinan las ciudades y no viceversa.” Y pone un ejemplo muy pertinente: cuando el Coliseo se convirtió en una rotonda alrededor de la cual giraba el tráfico romano y estalló la polémica. Si tanto el Coliseo como el interior de cualquier otra rotonda son de construcción humana, ¿por qué esa diferencia entre uno y otro? “Lo cual nos autoriza a pensar que los sujetos implicados perciben el Coliseo como algo diferente de un arriate [que hay en el interior de una glorieta]”. Con las ciudades sucede algo similar: producidas por los seres humanos, “¿cómo entran en los procesos de producción y reproducción de la condición humana?”

El primer polo de reflexión es la diversidad: la antropología se ocupa del otro. El gran problema de “el otro” es que a menudo va acompañado por una jerarquía: el otro no es como yo o como los nuestros, por lo tanto es distinto, es inferior (“¿existirían los diferentes si no fueran otros a pensarlos, a verlos, a tratarlos como diferentes?”). En esta discusión la ciudad tienen un papel relevante, porque no en vano ha sido considerada mayoritariamente la “cúspide”; y por ello se habla de “personas civilizadas” o, contrariamente, de “villanos”.

Las ciudades lidian con la diversidad en sus muchas formas. Un ejemplo de Signorelli: los metros de París y de México. El primero da por sentado que sus usuarios son alfabetizados; el segundo es consciente de que una mayoría no lo son; por lo tanto, junto a los carteles con los nombres de las estaciones, cada una de ellas dispone de un símbolo para que todos se puedan orientar. Eso nos da la señal de que el número de analfabetos en Mexico DF es mayor que en París; pero también la forma de lidiar con ambas diversidades es diferente. En París, el analfabeto se sabe minoría; y la única forma de paliarlo es alfabetizarse. En Mexico, el analfabeto se sabe parte de un grupo que es tenido en cuenta y, por lo tanto, la ciudad “juega un papel importante en la persistencia del analfabetismo”.

Por lo tanto, la diversidad es:

  • relacional, en relación al contexto social en que se da;
  • jerarquizante;
  • relativa, porque depende del contexto;
  • y dinámica, porque “no nacemos diversos sino que somos producidos como tales.”

Ya destacó Simmel, y lo recogió la Escuela de Chicago, la necesidad del urbanita de “entrar y salir continuamente de una multiplicidad de papeles diversos para poder entrar y salir de relaciones sociales numerosas, breves y superficiales, pero ineludibles”. Para Simmel, los urbanitas compartían una actitud blasé, eran personalidad frías y despegadas, poco dadas a participar (lo vimos en “Las grandes urbes y la vida del espíritu“), mientras que para Park las afinidades se daban en personas que compartían un mismo sistema de valores. Para autores como Sennet o Jacobs, la diversidad es el rasgo principal de la ciudad.

Amalia Signorelli

Por ello, para Signorelli está claro que el objeto de la antropología es “el problema del estatus del otro, de su diferencia y su semejanza”. Precisamente por eso, cuando nació la antropología, durante el sigo XIX, y lo hizo dentro de un paradigma, el evolucionista, tuvo que “inventarse” una figura: la del salvaje. En ese siglo aún era posible encontrarlos en islas remotas o paraísos alejados del hombre occidental; y por ello la etnografía tuvo tal repercusión, obviando, sin embargo, que estos “salvajes” o “arcaicos” vivían en una especie de presente atemporal, alejados de los cambios que la llegada del estudioso o etnógrafo, o incluso de las sociedades que los rodeaban, generaban. En definitiva, más que existir, eran “producidos”.

Un poco de ahí, también, de esa arcadia original, surge la concepción de la ciudad como la sucesión del campo. Por eso cuando la ciudad se volvió industrial y parecía un monstruo “omnívoro que engullía cualquier aportación y la reelaboraba para entregarla plasmada según sus modalidades” se vio el retorno al campo como una vuelta al pasado, a un mundo tradicional que se había perdido. De ahí, en parte, el auge de la ciudad jardín o del suburbio americano. Si en Europa ha pesado la tradición histórica, en América a su ausencia se han sumado otros muchos rasgos: la mezcla entre los deseos individuales y de grupo, la historicidad rural y campesina de la mayoría de los inmigrantes con la necesidad de integración en una ciudad o como poco una civilización dedicada a las máquinas, la presencia constante de los “salvajes”, indios primero y negros después.

“…las ciudades han sido siempre el punto de máxima tensión de todo el sistema social, a causa de la marcada división del trabajo que las caracteriza, de la interdependencia de las funciones y del antagonismo de los intereses que de ellas derivan”. (p. 37)

Huyendo de conceptos biológicos o evolutivos y teniendo en cuenta que la ciudad es una construcción humana, Signorelli lo tiene claro: “el parámetro para un juicio alrededor de la metrópolis no puede ser de ningún modo buscado en la naturaleza, sino en la historia”. Es decir: en el hecho de que la ciudad, cuando ha representado una oportunidad, lo ha hecho siempre más para unos que para otros. Así se inicia el segundo gran polo de la ciudad: el conflicto. La ciudad ha sido el gran lugar de la creatividad y el progreso; pero también de la explotación de unos sobre otros. ¿Son inseparables?, se pregunta Signorelli. Y resitúa la pregunta a una más concreta: el estudio de la aceptación de los dominados y cómo reaccionan a dicho dominio. No es sorprendente que, a lo largo de la historia, los oprimidos que se han organizado para luchar contra la opresión sean casos contados; pero tampoco es ese el objetivo del libro, sino descubrir cuál es el papel de la ciudad en dicho proceso.

La respuesta transita también la función espacial: no es necesario recurrir a Lefebvre para desentrañar que la clase dominante siempre ocupa un espacio preeminente en la ciudad y que además posee, en general, la mayor parte del espacio. Por eso, Signorelli destaca tres criterios en la relación entre espacio y grupo social:

  • el económico, que trata de las interdependencias entre la situación espacial de un grupo y su participación en los procesos de producción;
  • sociológico, que trata de las interdependencias entre la situación espacial de un grupo y su papel en la dinámica social;
  • el antropológico, entre la situación espacial de un grupo y la construcción de su identidad en términos culturales.

La llegada de la ciudad industrial, con sus muchos efectos nocivos sobre los ciudadanos, tuvo sin embargo el efecto de convertir a los trabajadores en asalariados: es decir, en convertirlos en “una parte indispensable del proceso productivo” y además “en clase dotada de conciencia de clase”. Estos valores se fueron perdiendo con el paso a las ciudades postindustriales y la crisis por parte de “las clases subalternas urbanas cuyo eje era precisamente el valor del trabajo y el trabajo como valor”. Algo similar leímos en La cultura de los suburbios, donde los hijos de los inmigrantes llegados a Francia cuestionaban la elección de sus padres de trabajar duramente porque no les había supuesto mayor beneficio que seguir siendo explotados o vivir en situación precaria.

De hecho, Signorelli denuncia que no puede “construir su propia identidad” quien tiene que luchar por salir adelante, quien paga un precio estratosférico por tener una vivienda o quien tiene que peregrinar de servicio social en servicio social; y también las nuevas formas de explotación sobre los ciudadanos como la propiedad inmobiliaria o la prestación de servicios muy por debajo de unos estándares determinados.

El tercer gran polo de reflexión es la dicotomía entre el espacio abstracto y el espacio concreto. El espacio nunca es neutro: disponer de espacio es disponer de libertad. Sin ir muy lejos, pensemos en el confinamiento que acabamos de pasar y la diferencia entre vivirlo en una mansión con hectáreas de jardín o en un minipiso de 30 metros cuadrados sin balcón. O el ejemplo más dañino: el máximo castigo de nuestra sociedad es la privación de transitar el espacio: la cárcel. El espacio es un recurso.

A partir de aquí, ¿cómo se define si un espacio es bueno o malo? El racionalismo lo intentó con sol, aire libre y vegetación; de un modo similar, la antropología funcionalista (Malinowsky) consideró que “todo sistema social, de todas las sociedades, pudiese ser explicado como sistema de respuestas a las necesidades biológicas primarias”. Pero esto no explica hechos básicos como “la diferenciación y subordinación; es decir, el cambio y el conflicto”.

El control de todo recurso lleva aparejada una fuente de poder: ya sea el agua, la comida o el espacio. Vemos ejemplos de ello en las primeras ciudades mesopotámicas construidas en zigurat donde el templo y el palacio estaban en las capas superiores, desde las que se divisaba toda la ciudad, y su acceso estaba limitado a la familia real y los sacerdotes. La distribución espacial implica la distribución del poder, y por ello en todas las sociedades siempre va acompañada de una serie de significaciones y de un aprendizaje cultural necesario para reconocer los códigos: a cada casta o grupo le corresponden espacios distintos.

Este proceso de aprendizaje está tan imbuido en nuestra cultura que se convierte en una “evidencia dóxica” (en palabras de Bordieu), algo tan elemental que olvidamos sus raíces históricas y nos parece un hecho natural. Signorelli da el ejemplo de cómo es la distribución espacial de muchas ciudades italianas, pero no hace falta ir hasta él: piensen si acaso en las ciudades satélite o de cualquier extrarradio de una ciudad y la facilidad con que reconocemos el tipo de personas que la habitan con solo una mirada.

Los edificios e incluso hogares se proyectan de un modo u otro en función de gran cantidad de factores pero se da la distinción de que una gran parte de la población jamás forma parte de este proceso: las clases medias y bajas no pueden escoger la tipología de su hábitat más allá de diferencias menores como si tendrá dos o tres habitaciones o será un primero o un quinto. La vida privada de esas personas o familias se lleva a cabo constreida en unas tipologías determinadas que se pueden modificar sólo hasta cierto extremo; y no entremos en la vorágine consumista que aún limita y homogeneiza más todos los espacios. Por contra, las clases dominantes no sólo tienen acceso a la construcción o cierto designio sobre sus hábitats, sino también de los “grandes espacios escenográficos capaces de expresar, imponer y legitimar al mismo tiempo un poder y su ideología”: la plaza San Pedro y la Pennsylvania Avenue (Castells) pero también las instituciones totales como colegios, cuarteles, hospitales o asilos (Foucault).

Todo ello lleva a Signorelli a hablar del espacio abstracto del arquitecto o el proyectista y del espacio concreto de quien reside en esos lugares. El primero es euclidiano, divisible, geométrico; el segundo, “una esfera en el interior de la cual él se mueve y que en cierto modo se mueve con él, se modifica en el curso y a causa de sus cambios.”

La siguiente parte del libro rastrea en los orígenes e historia de la antropología urbana y empieza por la Escuela de Chicago, cuyos integrantes publicaron grandes monografías pero carecieron, en general, de una teoría a la altura que estudiase las ciudades como fenómeno social y no como un lugar donde sucedían hechos. “…no les interesa tanto cómo y por qué la inmigración ha hecho crecer las ciudades sino qué han hecho las ciudades con los inmigrantes”. De hecho, esto tiene que ver con lo que verdaderamente era esencial para los de Chicago: los estudios de campo. Escogían un entorno y se iban para allá a descubrir y narrar lo que estaba sucediendo en Little Italy, el North Side de Chicago o en Greenwich Village de Nueva York.

La batuta de la Escuela de Chicago no se recogió en los Estados Unidos hasta los años 50 y 60, cuando surgió una nueva antropología urbana dividida en dos corrientes: la antropología en la ciudad o la antropología de la ciudad. La antropología en la ciudad estudió, en general, cómo las formas de familia y parentesco en entornos urbanos no quedaban destruidas sino que se “rediseñan y se refuncionalizan hasta constituirse en elementos importantes no sólo de las vías de integración de los inmigrantes sino también del proceso entero de reestructuración que a causa de la inmigración sufre la misma ciudad”. La antropología de la ciudad, en cambio, colocaba a la ciudad en el punto de mira, “como realidad espacial y social que genera y condiciona actitudes y comportamientos” o bien la que está constituida por dichas actitudes y comportamientos. Esta segunda visión parte de la idea de que la división del trabajo se separa de los vínculos de sexo y edad “y tiende más a estructurarse y articularse económicamente”.

Si en Estados Unidos la antropología urbana se radicaba en las grandes ciudades, en Inglaterra lo hace entorno a la colonización. Se trata, clar, del Rhodes-Livingstone Institute de Lusaka, conocidos como la Escuela de Manchester por el motivo de que su segundo (y más conocido) director, Max Gluckmann, se transfirió a la Universidad de Manchester. A finales de la segunda guerra mundial, el Cinturón del Cobre africano se convirtió en el foco de atención del Instituto debido a la gran cantidad de inmigrante que pasaba de entornos rurales a urbanos. Aquí, Signorelli echa de menos una reflexión por parte de los estudiosos del Instituto sobre los efectos que la colonización estaba teniendo en distintos lugares, ya que se centraron sólo en los efectos y consecuencias en las ciudades donde la población no paraba de crecer. “Al final de la lectura de las monografías de la Escuela de Manchester, el lector tiene la impresión de haber visitado una curiosa África, donde están los trenes y la minería, pero no los hombres blancos.”

Es muy importante una de las conclusiones más generales de las investigaciones del Rhodes Livingstone Institute: que el comportamiento de los inmigrantes es siempre un comportamiento activo, que es guiado por elecciones, administrado según estrategias conscientemente adoptadas y, por lo tanto, de alguna forma innovador. Pero permanece el hecho de que la falta de análisis del contexto, el aislamiento artificioso en que la situación de los inmigrantes es colocada, hace aparecer sus elecciones más libres y dotadas de poder de lo que son en realidad. (p. 76)

En Francia, en cambio, dominó el estructuralismo. Lévi-Strauss hizo una distinción entre sociedades frías y sociedades calientes; las primeras, gobernadas por reglas mecánicas y un importante mantenimiento del estado inicial, y las segundas, muy mutables, caracterizadas por un modelo termodinámico; la antropología debe estudiar las sociedades frías para tratar de encontrar en ellas “las estructuras elementales y fundamentales de la vida humana”. Hubo estudiosos en Francia, sin embargo, que no compartieron esta tesis, como Balandier al afirmar que “también en las sociedades africanas, tensiones y conflictos nacen de desigualdades y de formas de opresión que son estructurales en el sentido que estructuran las sociedades, incluso las sociedades tribales.” El poder puede estar y fundarse en el monopolio de las relaciones de parentesco o “del capital mítico o ideológico de un grupo”. Otro de los conceptos de Balandier que destaca Signorelli es el de “poscolonial”; pues con sólo una palabra se refiere a todo el entramado histórico y económico de dominación ejercido por un país o potencia sobre otro y da a entender que, sea cual sea el resultado en el país o ciudad poscolonial, este habrá tenido que lidiar con esa situación histórica.

Los siguientes nombres son Chombart de Lauwe (del que ya hablamos aquí) y Henri Lefebvre (El derecho a la ciudad, La producción del espacio). En La vie quotidienne des familles ouvrières (1956), de Lauwe analizó las relaciones entre distintos aspectos de la vida cotidiana y los modelos culturales de las familias francesas obreras, con elementos innovadores para la época como la idea de que las relaciones entre los grandes grupos sociales y entre esos y el ambiente deben ser estudiadas “a partir de las vivencias cotidianas de los sujetos”. Se llegaba a ello mediante “la implicación de los investigadores en los ambientes que estudiaban.”

Signorelli acaba la lista con Althabe y Néstor García Canclini; del primero destaca su voluntad de ser consciente del vínculo que se establece entre el antropólogo y los sujetos que estudia; y de ambos, sus estudios sobre la “producción de la ciudad” en las prácticas de los habitantes.

El fin de las ciudades es un tema propuesto siempre, más frecuente en los últimos años. Se presta a infinitas variaciones, más o menos inspiradas en la ciencia ficción; más allá de las cuales, sin embargo, es un tema que todavía merece que se reflexione críticamente sobre él. Según algunos autores, cuando las ciudades crecen a la dimensión de metrópoli, o de megalópolis, tienden, justamente a causa de las dimensiones, a transformarse en aglomerados que tienen poco o nada de urbano: empezando por el imaginario de los habitantes, que ya no las perciben unitariamente y menos aún pueden experimentarlas como realidades unitarias. Estas infinitas extensiones de construcción atravesadas por autopistas urbanas, no tendrían nada que pudiera distinguirlas unas de otras, que les diese una identidad; y, por lo tanto, ya no podrían ser a su vez, matrices de identidad (Sennet, 1992). Sin embargo, justo las investigaciones de Canclini y de otros antropólogos latinoamericanos muestran cómo la imaginación de las nuevas tecnologías, alimentándose recíprocamente, ofrece al menos algunas alternativas al antiguo paseo por la avenida principal, produciendo no la desaparición de la ciudad, sino nuevas prácticas y nuevos imaginarios urbanos, a veces, pero no siempre violentos y dramáticos (Canclini, Nivón, Safa, 1993; Martín Barbero, 1993; Herrén, 1993). (p. 85)

Nos viene a la mente las palabras de Félix de Azúa y otros intelectuales en La arquitectura de la no-ciudad, tratando de hallar las nuevas formas de megalópolis y su representación que surgirán en el futuro. Signorelli da crédito a estas ideas sólo de forma tangencial: por un lado destaca que las ciudades están perdiendo habitantes, al menos en Occidente (dato que ella misma desmiente luego a pie de página al decir que otros estudios muestran que tal vez la pérdida de habitantes se estaba invirtiendo, como efectivamente sucedió). Sin embargo, sí que ve en las nuevas formas urbanas una serie de tendencias que podríamos englobar en postmodernas (pese a que la autora no utilice esa palabra): preferencia por la descentralización ante la centralización, formas de vida y organización pequeñas frente a las de gran escala, actividad económica informal frente a la formal…

“En la sociedad industrial, los sujetos decidían su residencia, su identificación con un lugar en base justamente al trabajo y a su propia pertenencia originaria”. Los nuevos contextos permiten “asumir identidades flexibles”; ya hemos visto los valores que van asociados, por ejemplo, a cada barrio gentrificado, donde, dentro de una homogeinización, se permite la pervivencia de unos pocos factores individuales. La elección de la vivienda en la ciudad, cuando es posible, se hace en función a estos valores, a lo que indica de cada uno de nosotros dónde radica nuestra vivienda. Otra forma, extrema si acaso, de esta elección serían las “gated communities“, espacios cerrados donde se ha primado la seguridad sobre todos los otros factores.

Signorelli acaba el capítulo alertando de “las modas culturales”, que han dejado de ser elitistas para ser de masas, tienen una difusión capilar a veces planetaria y una obsolescencia muy rápida. “Consideraría estúpida una antropología que, por juzgarlas como fenómenos efímeros y superficiales, no las considerase como posibles objetos de estudio.”

El urbanismo como forma de vida, Louis Wirth

Leer la ciudad. Ensayos de Antropología Urbana es una recopilación de artículos sobre la materia seleccionados por Mercedes Fernández-Martorell, Doctora en Antropología Social y profesora de Antropología Urbana, y editados en 1988. Los siete artículos se dividen en tres grupos temáticos:

  • los dos primeros tratan sobre el urbanismo: “El urbanismo como forma de vida”, de Louis Wirth, que reseñaremos a continuación, y “Génesis y evolución de una aldea urbana”, de Jacques Barou, donde analiza la tipología de las residencias en un barrio pescador de Marsella y la importancia que dan a la figura del patio, que les permite un paso fluido de las zonas privadas a las zonas públicas, creando espacios semipúblicos-semiprivados donde se da la vida social, similares a los que propondrá luego Jan Gehl en su Ciudades para la gente;
  • los tres siguientes, sobre las categorías socioculturales en la ciudad: “Una noche en la Ópera”, de Gary W. McDonogh, analiza la figura del Liceo de Barcelona como sede de la alta sociedad y su significación simbólica; “Modernidad y aculturaciones. En torno a los trabajadores emigrados”, de Dominique Schnapper, estudia el papel de los emigrados en París y su adaptación al entorno, así como la emulación sociocultural que hacen de su país; “Precio del novio en la India urbana: clase, casta y “mal de la dote” entre los cristianos de Madrás”, de Lionel Caplan, recorre el tema de la dote en la ciudad India y las conexiones sociales y familiares que crea;
  • finalmente, dos artículos que giran alrededor del análisis del medio urbano, el primero respecto a las redes, “Análisis de red”, de Norman E. Whitten, Jr. y Alvin W. Wolfe, y “Aspectos organizativos y cognitivos del razonamiento del diagnóstico médico”, Aaron V. Cicourel.

Seis de los siete artículos se centran en aspectos concretos que se dan en grupos diversos de la ciudad; algo a lo que no hemos prestado excesiva atención en el blog, motivo por el que no los reseñamos en profundidad. Sin embargo, su lectura suscita, una vez más, una pregunta que lleva tiempo persiguiéndonos: ¿qué es la antropología urbana? Disciplina pequeña nacida en los 60, en cuanto el término “urbano” se volvió omnipresente, como destacaba Josepa Cucó en la introducción de su Antropología Urbana, todo puede ser estudiado desde el prisma de esta disciplina. Por ahora nos parece que la mejor definición la ha dado Lluís Duch en su monumental Antropología de la ciudad: la antropología es el estudio de la cultura de las personas; por lo tanto, la antropología urbana es el estudio de la cultura urbana en la que habitan las personas que habitan lo urbano. Pero eso, en un mundo globalizado de ciudades, valga la redundancia, globales, donde los flujos del capital, del turismo o de las movilizaciones de personas no cesan, lo incluye prácticamente todo.

El objeto de estudio de estos artículos es más pequeño: trata de hallar lo general a partir de lo específico de los casos: la cultura de la que provienen los norteafricanos trasladados al barrio pescador de Marsella, reproducida en la tipología de casas que deciden / pueden habitar en su nuevo entorno. En esa mezcla se encuentran las dos culturas, la de origen y la de destino; y ese grupo social las engloba a las dos, en una mezcolanza propia que los describe y también les proporciona el marco cultural en el que se moverán. Eso es, innegablemente, antropología. Luego, los estudios sobre flujos, gentrificación, vacíos urbanos, smart cities, configuración del espacio, etc., a que prestamos tanta atención en el blog… ¿son también antropología urbana? ¿Nos estamos desviando? El inconveniente de ser nuevos en la temática es que no conocemos exactamente el camino a recorrer, si es que lo hay; la ventaja es que vagamos sin rumbo, prestando atención a lo que nos llama y atrae, sin pretensiones y disfrutando del camino. Gracias a ustedes por acompañarnos, y perdónennos la reflexión.

Sin más, pasamos al artículo de Wirth. “El urbanismo como forma de vida” (“Urbanism as a Way of Life”) publicado en 1938, es uno de los artículos más famosos de la sociología y antropología urbanas. En él, Wirth, estudioso de la Escuela de Chicago, que llevaba ya años en el departamento y había publicado, por ejemplo, The Guetto, trata de hallar una definición del urbanismo y de qué es una ciudad desde la sociología. “Una definición de la ciudad sociológicamente válida ha de diferenciar los elementos del urbanismo que la delimitan como forma de agrupación distintiva de la vida humana. Considerar urbana una comunidad basándose sólo en el número de habitantes es claramente arbitrario.” Recordemos que la población de Chicago había crecido de forma extraordinaria en muy poco tiempo y su ciudad se había dividido en zonas en función de diversos factores: la clase social, por supuesto, o la religión, pero sobre todo la procedencia de los muchos grupos de inmigrantes llegados. La Escuela de Chicago trató de analizar sus interacciones mediante la ecología humana, una disciplina que seguía en parte la teoría de la evolución y que veía a los distintos grupos como contendientes por el espacio en una pugna que los iba integrando a una especie de cultura mayoritaria (blanca y WASP, por supuesto, y de ahí saldrán luego las críticas a la Escuela de Chicago) mientras nuevos grupos entraban a la palestra.

Una definición sociológica debe ser evidentemente lo bastante amplia para incluir las características esenciales que tienen en común estos diferentes tipos de ciudades como entidades sociales, pero no puede ser, claro, tan detallada que incluya todas las variaciones correspondientes a las diversas clases de ciudades que hemos enumerado. Es de suponer que haya algunas características urbanas más significativas en el sentido de que condicionan más que otras el carácter de la vida urbana, y es de suponer que los rasgos sobresalientes del escenario social urbano varíen según el número de habitantes, la densidad y las diferencias en el tipo funcional de ciudades. Además, podemos suponer que la vida rural llevará el sello del urbanismo en la medida en que, por el contacto y la comunicación, caiga bajo la influencia de las ciudades.

Lo que lleva a la definición clásica que dio:

A efectos sociológicos puede definirse una ciudad como un asentamiento relativamente grande, denso y permanente, de individuos socialmente heterogéneos.

Wirth trata de avanzar hacia una teoría del urbanismo mediante esas tres variables: tamaño, densidad y heterogeneidad. El tamaño, donde cita tanto a Weber como a Simmel, implica que la ciudad es demasiado grande para conocer a todo el mundo, por lo que las relaciones se dan “en papeles sumamente segmentarios”. “Es indudable que los contactos de la ciudad pueden ser directos, pero son sin embargo impersonales, superficiales, transitorios y segmentarios. La reserva, la indiferencia y esa expresión de estar de vuelta de todo que se manifiestan los urbanitas en sus relaciones pueden considerarse por tanto instrumentos para inmunizarse frente a las expectativas y pretensiones personales de otros.” Oímos ecos de Simmel en estas palabras, por supuesto, pero también de la anomia de Durkheim, como el propio Wirth cita: “En consecuencia, el individuo gana, por una parte, un cierto grado de emancipación o libertad respecto a los controles emotivos y personales de grupos íntimos, y pierde, por otra, la autoexpresión espontánea, la moralidad y el sentido de participación que aporta el vivir en una sociedad integrada”.

La densidad lo lleva a hablar de la ecología urbana. “Estamos expuestos a tremendos contrastes de esplendor y miseria, de riqueza y pobreza, inteligencia e ignorancia, orden y caos. La rivalidad por el espacio es grande, y por ello cada área tiende en general a utilizarse para el fin que proporciona mayor beneficio económico. El lugar de trabajo tiende a disociarse del de residencia, pues la proximidad de establecimientos comerciales e industriales hace que un área deje de ser deseable, económica y socialmente para fines residenciales.”

La heterogeneidad sirve para explicar “el refinamiento y el cosmopolitismo del urbanita”; de igual modo que las fábricas producen en serie, las personas consumen en serie, se rigen por sus intereses económicos, más que sociales: “el nexo pecuniario que entraña el hecho de que se compren servicios y artículos ha ido desplazando las relaciones personales como base de asociación”. “Para que el individuo participe de algún modo en la vida social, política y económica de la ciudad, ha de subordinar parte de su individualidad a las exigencias de la comunidad más amplia, y en esa medida sumergirse en los movimientos de masas.”

Basándose en estas tres variables, Wirth aborda el urbanismo desde tres puntos de vista interrelacionados:

  • como estructura física con una base de población, una tecnología y un orden ecológico; por ejemplo, la diversidad étnica en las ciudades de Estados Unidos, lo que lleva a que una característica esencial de los urbanitas es “la disimilitud respecto a sus conciudadanos” y a la organización de los diversos grupos;
  • como forma de organización social: pujanza de las relaciones secundarias frente a las primarias, debilitamiento de los lazos de parentesco… “Lo que los servicios comunales no le proporcionan el urbanita ha de comprarlo y no hay prácticamente una sola necesidad humana que no haya explotado el comercialismo. (…) El urbanita, al verse reducido a un estado de práctica impotencia como individuo, ha de procurar unirse con otros de intereses afines en grupos organizados para alcanzar sus objetivos.”
  • como una serie de actitudes e ideas, conductas y mecanismos de control social: el urbanita se expresa y desarrolla su personalidad mediante “grupos de afiliación voluntaria”, aunque esto, que no dejan de ser lazos tenues, segmentados, llevan a que el “desequilibrio mental, las crisis, el suicidio… abunden más en la comunidad urbana que la rural”. “Como los vínculos de parentesco concretos no son eficaces creamos grupos de parentesco ficticios. Como desparece la unidad territorial como base de solidaridad social creamos unidades de intereses. Y mientras la ciudad como comunidad se disuelve en una serie de relaciones segmentarias tenues superpuestas a una base territorial con centro definido pero sin periferia definida y una división del trabajo que trasciende ostensiblemente su emplazamiento concreto y alcanza un ámbito mundial.”

Acaba Wirth observando que “la dirección que sigan los cambios que se están produciendo en el urbanismo transformarán, para bien o para mal, no sólo la sociedad, sino el mundo.”

La cultura de los suburbios, Marc Hatzfeld

El 27 de octubre de 2005 estallaron unos disturbios en los banlieue, primero de París, luego de otras ciudades francesas, que consistieron en la quema de coches en las calles y en enfrentamientos entre la policía y los jóvenes de esos barrios, la mayoría de origen inmigrante. Las declaraciones de los políticos, tildando a esos jóvenes de delincuentes” o “escoria”, no sólo no ayudaron a amansar los ánimos sino que mostraron el poco entendimiento de la situación que tenían. Con motivo de aportar algo de luz al asunto, el sociólogo Marc Hatzfeld publicó en 2007 La cultura de los suburbios, un breve estudio donde se adentraba en los barrios periféricos, sobre todo, de París, con el objetivo de estudiar la cultura en la que viven sus habitantes.

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El estudio sigue los pasos de la metodología de la Escuela de Chicago: la percepción de que existe un lugar, los banlieue, donde la visión del mundo de sus habitantes es concreta y sigue unas directrices alejadas de la normalidad de los otros barrios de la ciudad. A diferencia de la Escuela de Chicago, sin embargo, Hatzfeld es consciente de dos hechos:

  • por un lado, las estrechas relaciones entre la cultura dominante y la cultura de los suburbios; la Escuela de Chicago comprendía cada barrio como una entidad independiente en sí misma que tarde o temprano se asimilaría a la cultura dominante, dejando paso a otras nuevas culturas recién llegadas que también, con el tiempo, se unirían a la americana, en un ciclo continuo, un crisol de culturas asimiladas similar al proceso evolutivo ecológico;
  • por el otro, la importancia del otro en la sociedad francesa, europea, occidental; la cultura de los suburbios se sabe cultura alternativa, marginada, ajena a la cultura dominante; se sabe excluida, y gran parte de su desarrollo se debe a ese hecho.

Gran parte del problema que llevó a los disturbios se debe a la propia creación de los banlieue franceses: como ya hablamos en su momento, la aparición del urbanismo, pasando por Le Corbusier, La Carta de Atenas y el racionalismo arquitectónico, encuentra en Europa una fórmula maestra para acomodar a los obreros de baja cualificación: grandes bloques de viviendas en las afueras de las ciudades. Los de clase media pueden permitirse o bien vivir en barrios más cercanos o en casas unifamiliares en las afueras, porque pueden permitirse el viaje en coche o en transporte público; las clases bajas, sin embargo, son exiliadas al extrarradio. Con la llegada de la inmigración en la segunda mitad del siglo XX, son estos quienes se convierten en la clase baja y los que acaban ocupando los banlieue; alejados de la capital por unos medios de transporte que a menudo les son infranqueables, incapaces de acceder a los lugares donde podrían obtener trabajo, limitados a unas escuelas donde se les da una formación que no los prepara para el que será su día a día en el futuro, su frustración crece. Este contexto es importante: no muy alejado, por ejemplo, del movimiento Black Lives Matter que se está dando actualmente en Estados Unidos y que también tiene sus raíces en la forma en que se ha forzado a vivir a las clases bajas, que tradicionalmente en el país americano han sido los negros.

A partir de ahí, el estudio de Hatzfeld llueve sobre mojado, lo que en inglés llamarían preaching to the choir: trata de convencer a los que ya están convencido, a los que son conscientes de la riqueza de esa cultura. Y la forma es mediante estudios sobre los hechos sociales y culturales de los barrios periféricos que van desde lo muy interesante hasta lo meramente anecdótico. Entre lo muy interesante, por ejemplo, destacamos:

  • las relaciones generacionales entre padres e hijos: a menudo los padres, incluso los abuelos, han formado parte del sistema, han prosperado en él, han conseguido casa, mantener a sus hijos, un algo de desarrollo; o no, han perdido ese trabajo, han sido maltratados, despedidos, lo que sea; pero en ambos casos tienen una fe en el sistema, en las posibilidades que éste ofrece, que los hijos no contemplan; ahí se desata una lucha generacional entre los que tienen fe y proponen seguir luchando y los jóvenes que ya han perdido toda esperanza y a los que no les queda más que la transgresión, la rabia, una lucha sin objetivos;
  • las redes de redistribución de la riqueza, basadas en la caridad y las ayudas sociales, de las que viven muchas familias y que sólo consigue perpetuar el problema de que los habitantes de los suburbios se vean como el otro, como alguien que depende del resto de la sociedad;
  • el papel de las redes de mujeres como mediadoras entre los barrios centrales y los periféricos.

“Las mujeres, a menudo menos reclamadas que los hombres por los apremios del trabajo, traban amistades y crean relaciones de aprecio recíproco que trascienden a las categorías y las culturas. Son menos sensibles que los hombres a las pertenencias, a los orígenes y a las fronteras levantadas sobre las bases de símbolos y principios. Tienen en común la responsabilidad de la formación de los niños y, pragmáticas, se encuentran delante del colegio para hablar de so, o para contarse sus preocupaciones cotidianas. Crean, de este modo, unas redes de conocimiento mutuo y las activan para transmitir informaciones o para facilitar la comprensión, ya sea entre familias, ya sea entre las instituciones y familias. (p. 85)

  • las redes de cortesía y urbanidad, más visibles en los barrios de los suburbios, donde existe más sensación de pertenencia, de que todos forman parte de algo común, sensación en general bastante desaparecida en la mayoría de los barrios centrales de la ciudad; mayor importancia de la comunidad frente a la sociedad, en el binomio tradicional de Tönnies.

En cambio, algunas otras de las observaciones de Hatzfeld son o anecdóticas o interesadas:

  • anecdóticas como la recurrencia a la vanne o la joute, que no son más que chascarrillos que se sueltan en entornos urbanos al paso de personas más o menos conocidas y que provoca un corrillo de risas soterradas, o las reuniones para bailar o dedicarse a cantar o rapear, como por ejemplo los grupos de cantantes de trap que se están generalizando en algunas ciudades españolas hoy en día y que no dejan de ser manifestaciones urbanas de aspectos culturales del momento;
  • o interesadas, como la distinción entre los apacibles burgueses, capaces de hundir profundas raíces genealógicas rectilíneas en la blanda tierra de unas historias sin historia y los pobres desclasados que deben huir, adaptarse a las manos de nuevos amos de la tierra hasta sugerir la aparición de dos clases totalmente opuestas, el malvado burgués sin problemas en la vida y el pobre inmigrante que lleva generaciones sobreviviendo y cuya cultura y conocimientos, ¡ay!, la clase dominante no puede apreciar. Flaco favor le hace Hatzfeld a su estudio cuando cae en esas apreciaciones.

Por lo demás, sin embargo, el libro acaba con una reflexión a reconocer la importancia de las culturas de los suburbios como algo subversivo, como una cultura opuesta a la dominante, a la general: los excluidos se saben excluidos, objeto de racismo, de prejucios, de dificultades por ser quienes son y venir de donde vienen; y por ello la cultura que generan y en la que habitan es una de transgresión, de burla, opuesta a la oficial; Lipovetsky destacaba que la cultura del humor en la Edad Media era de burla hacia los poderes, sátira hacia aquellos que dominaban el devenir del pueblo; algo similar sucede en estas culturas, que nos permiten contemplar, desde la otredad, otra perspectiva de las culturas dominantes en que habitamos la mayoría.

Finalmente, Hatzfeld lanza una invitación a dejar de contemplar estas culturas como algo ajeno que hay que integrar, que disolver en el crisol de la normalidad, para verlas como una oportunidad de ampliación de aperturas, de cambio, creatividad; y para ello la solución pasa por dejar de repartir ayudas en forma de caridad y empezar a invertir en ellos, en sus creaciones, sus decisiones, para que hagan con sus vidas lo que quieran y puedan; más o menos como hacemos todos.

[La cultura de los suburbios. Una energía positiva, de Marc Hatzfeld, 2006, título original: La culture des cités. Publicado por Editorial Laertes, 2007, traducción de Emili Olcina.]

Sociología Urbana 02: la Escuela de Chicago

Seguimos con el libro Sociología Urbana: de Marx y Engels a las escuelas posmodernas, de Francisco Javier Ullán de la Rosa, del que ya analizamos en una primera entrada los precursores de la disciplina. En este post nos centraremos en la Escuela de Chicago, la primera que desarrolló un corpus teórico para llevar a cabo el estudio de la ciudad. Ya hablamos de ella a propósito del libro de Ulf Hännerz Exploración de la ciudad, que les dedicaba un capítulo completísimo.

¿Por qué Chicago y no, por ejemplo, Nueva York, que era una ciudad mayor? Porque ninguna ciudad americana había crecido tanto en tan poco tiempo, porque un incendio la había arrasado en 1871 y tuvo que renacer de sus cenizas, por lo que los rascacielos se fueron elevando como agujas y llenando el paisaje de la ciudad. Porque Nueva York contaba con un hinterland densamente poblado y Chicago estaba rodeada por campos vacíos; y porque la mayoría de la población de Chicago, que en 1910 superaba los dos millones, no había nacido en la ciudad. A diferencia de las grandes capitales europeas, además, los inmigrantes que acudían a Chicago no lo hacían de los campos de alrededor, sino que provenían de lugares totalmente alejados de distintas partes del mundo: tenían otros idiomas, culturas y formas de entender y habitar el mundo. Y de repente todo ese magma cultural diferenciado coincide en Chicago, lo que genera unas sinergias y explosiones de energía y prosperidad abrumadoras… y también un sinfín de problemas.

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Chicago 1920

Lo que vimos en el anterior capítulo que estaba sucediendo en las ciudades industriales (hacinamiento, pésimas condiciones del proletariado, la incipiente lucha de clases) va un paso más allá en Chicago al añadirle las cuestiones étnicas y raciales. Por ejemplo, el “Verano Rojo” de 1919, la ciudad se vio sacudida por disturbios raciales al volver los veteranos de la Segunda Guerra Mundial y descubrir que sus puestos de trabajo habían sido ocupados por los afroamericanos y decidieron reconquistar el territorio. Recordemos: hablamos de la ciudad de Al Capone y el crimen organizado.

El Departamento de Sociología de Chicago fue fundado por Albion Woodbury Small en 1892, aunque por entonces se llamaba también de Antropología y no se escindió hasta 1929. Es por ello que la Escuela de Chicago la reclaman ambas disciplinas como propia de su historia, y el enfoque social se nota en los estudios de sus miembros. En esta primera etapa destacan William Thomas, que estudió a los polacos de Chicago pero también en su país de origen, para comprobar los cambios entre ambos grupos, y Florian Znaniecki.

En 1925, con la jubilación de Small y la llegada de Faris, entran nuevos autores en el departamento: Robert Ezra Park, Ernest W. Buress y Roderick Mckenzie, que publicaron The City ese mismo año, casi un manifiesto fundacional de la escuela y donde desarrollan su teoría de la Ecología Humana. La disciplina trata de explicar “todos los fenómenos humanos como producto, en última instancia, de los procesos de adaptación de las poblaciones al entorno ecológico”. Recordemos: en plena mordernidad, aún se trataba de encontrar teorías capaces de explicar todos los procesos sociales.

La lucha por la supervivencia determina la regulación demográfica de las diversas especies y su distribución en diferentes hábitats, y la población humana no es una excepción a esta regla. Pero las especies y, en este caso, el hombre, no se adaptan al hábitat solamente luchando entre sí sino también cooperando entre sí. (…) El funcionamiento del sistema ecológico es mucho más complejo de lo que deja entrever su síntesis vulgar en la expresión “supervivencia de los más aptos”: los más aptos no son siempre los que saben matar mejor sino los que saben cooperar mejor, los que saben ahorrar energía mejor, los que saben organizarse mejor, (…)

El ecosistema funciona según ellos [la Escuela de Chicago] a través de la “coexistencia en tensión” de la cooperación y la competición: a veces los humanos recurrirán más a la primera, a veces a la segunda, y en otras a una tercera estrategia que es una combinación de las dos. En las modernas sociedades humanas capitalistas esa cooperación se realiza a través de la diferenciación de funciones en el sistema, es decir, de la división social del trabajo y de la distribución espacial ordenada de tales funciones en las áreas más adecuadas para cada una. (…) Así, la comunidad es un sistema funcional localizado en el espacio.

El término “funcional” no es casual, pues el paradigma dominante en las ciencias sociales desde los años veinte hasta casi los 60 fue, precisamente, el funcionalismo, que veía cada grupo como un nicho determinado que cumplía una función concreta en el sistema. La cooperación entre individuos, dirán los de Chicago, se da entre los mismos grupos étnicos o sociales, mientras que la competición se da casi siempre entre estos distintos grupos.

La ciudad, como lugar dotado de especial densidad de población y de una mayor división y especialización social, es “el ecosistema humano más complejo de la historia y por ello debe ser colocado por la nueva ciencia en una posición privilegiada, central con respecto al estudio de otros ecosistemas humanos” (p. 67). Como en cada sistema, existen grupos dominantes, que en la ciudad vienen determinados por su capacidad económica; dado que la ciudad existe como lugar espacial, habitado, “la diferencia en el precio del suelo es la sintaxis concreta a través de la cual los diversos grupos funcionales se distribuyen en el espacio de manera jerárquica” (p. 68). Al mismo tiempo, el sistema tiende a estar en equilibrio, por lo que el proceso normal será que los inmigrantes, al llegar a la ciudad, sin capacidad económica, traten de integrarse en su propio grupo étnico o racial para, poco a poco, prosperar e ir integrándose en otro grupo más dominante; para ser substituido el lugar que ocupaban por otro grupo recién llegado, en un melting pot que nunca termina pero que va integrando a los que van llegando.

Tratando de modelizar estos procesos, Burguess dibujó un mapa concéntrico de la ciudad que la dividía en cinco círculos, a saber:

  1. el central era el City Bussiness District y las áreas industriales;
  2. la zona de transición, ocupada por inmigrantes pobres;
  3. obreros cualificados y comerciantes que han abandonado la segunda zona pero quieren permanecer cerca de sus trabajos en el primer núcleo;
  4. zona residencial de clases medias;
  5. suburbios de clases medias y altas que poseen viviendas individuales.

Los actores, a medida que van pasando de un grupo a otro, se van moviendo, idealmente escapando hacia sectores más alejados del centro, que corresponden a los más prósperos. La zona 2 era donde las luchas de todo tipo se volvían más encarnizadas: cada nueva oleada migratoria se establecía allí, tratanto de ocupar los puestos de baja calificación que la zona 1 requería, y se daba la lucha de todos contra todos; por otro lado, la expansión inmobiliaria de la zona 1, en constante crecimiento, les iba quitando terreno de forma progresiva a medida que los especuladores iban llegando, dejando solares vacíos a la espera del momento oportuno para construir en ellos.

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El modelo de Burguess pretendía ser un tipo ideal capaz de explicar, al menos, la realidad de la mayoría de las ciudades de Estados Unidos; en el fondo, sólo explica la ciudad de Chicago en los años 20. Pronto hubo otras propuestas que trataban de acercarse algo más a la realidad:

  • la ciudad sectorial de Homer Hoyt (1939), donde ya tiene en cuenta otros factores que Burguess no había considerado como “la existencia de ejes de transporte, de accidentes naturales del relieve o el poder de seducción simbólica de las clases altas y su efecto estructurante en las zonas aledañas”; este modelo, por ejemplo, tiene en cuenta los procesos de vuelta de las clases residenciales a un centro que se les irá adecuando por los poderes inmobiliarios, en un proceso conocido como gentrificación;

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  • la ciudad multicéntrica de Harrys y Ulman (1945), donde consideran que la ciudad dispone de gran cantidad de “minicentros” alrededor de cada uno de los cuales se genera una “miniciudad” (en un concepto que dará lugar a las edge cities de Garreuau);

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Los diversos grupos sociales, organizados alrededor de una etnia o raza común, establecen relaciones de cooperación entre ellos y sobre el territorio en el que operan, formando el que será el objeto de estudio por antonomasia de la Escuela de Chicago: el guetto. La metodología clásica de la antropología, esto es, la etnografía, que consistía en un hombre blanco viajando a una tribu primitiva para observarla y tratar de comprender su cultura (visión del mundo, forma y estructura de su sociedad, relación con el medio) se aplica ahora a los grupos más o menos homogéneos de cada barrio: China Town, Little Italy, el barrio judío o polaco…

Los llamados community studies son, sin duda alguna, la segunda gran aportación de la Escuela de Chicago [la primera es el urbanismo como forma de vida que se lee en el artículo de Park “Urbanism as a Way of Life”, uno de los artículos más famosos de la sociología de todos los tiemos] a las ciencias sociales: el término comunidad es aquí utilizado en su sentido antropológico, como un subsistema cultural y social formado por un contingente humano de reducidas proporciones donde predominan los vínculos sociales no contractuales. Este enfoque etnográfico y culturalista los convierte (…) en la piedra angular de la fundación de la antropología urbana. (p. 77)

Sin embargo, y aquí surgen las primeras críticas de Ullán de la Rosa a la Escuela de Chicago, los communities studies no desarrollaron, por ejemplo, una etnografía de las comunidades griega, irlandesa o alemana, mucho menos de la anglosajona dominante, sino sólo de aquellas que presentaban conflicto. Los sociólogos americanos partían de un presupuesto que no cuestionaban: que todos los subgrupos se acabarían integrando en la dominante, y por lo tanto sólo aquellos que presentaban la mayor desviación eran dignos de estudio, para comprender qué sucesos había tras ellos y qué los estaba apartando de la integración plena.

En última instancia, argumenta Ullán de la Rosa, “la Escuela de Chicago consideraba la diversidad étnica como un factor desestabilizador y disfuncional, debilitador de la cohesión social, generador de marginalidad social y crimen”. Consideraban, sin cuestionarlo, que todas las culturas se fundirían en el famoso melting pot (crisol) americano, consiguiendo una cultura homogénea que sólo sería cuestionada por nuevas oleadas migratorias que también se irían fusionando. No compartimos plenamente la crítica del autor, pero sí que hay que reconocer que concebían a las personas como miembros unívocos de una cultura, es decir, no entendían que uno podía ser a la vez judío y americano, polaco y chicagüense. Por ejemplo: el estudio de Whyte Street Corner’s Society se centra en la estructura y subcultura de las bandas de delincuentes italianos, en vez de en la italiana propiamente dicha; y no hubo ningún estudio sobre la cultura de las clases medias o altas.

Veamos ahora algunos de los desarrollos teóricos importantes de la Escuela de Chicago. Partiendo del concepto de anomia de Durkheim, que vimos en la entrada anterior y que se define como un proceso colateral al de la modernidad que se daba en las grandes ciudades debido al nuevo formato de las relaciones sociales, en general más débiles y basadas en la mercantilidad y la utilidad que en la fraternidad; la debilidad de estas relaciones y de las instituciones sociales (familia, barrio, iglesia) para ejercer un control moral y social de los individuos dejaba individuos y grupos de personas “desafectos” del sistema, no conformes o desplazados, y fueron uno de los objetos de estudio de la Escuela. En concreto, Thomas y Znaniecki llamaron a esta fenómeno las Teorías de la Desorganización Social, que pasaron de la Sociología a la Criminología y se convirtieron en el paradigma dominante en ese campo durante todo el siglo XX.

Las características de la zona 2 del mapa de Burguess, o de las zonas pobres limítrofes en general, siempre presentaban tasas de delincuencia más altas que el resto de zonas, independientemente de la etnia de sus pobladores. Esto, basado en datos estadísticos y evidencias empíricas, supuso un importante mazazo al racismo imperante en la época: los delincuentes no lo eran por ser inmigrantes, polacos o negros, sino por pobres. Las causas que lo explicaban eran tres:

  1. la pobreza; pocos recursos impedían la gestión a medio y largo plazo de personas centradas en sobrevivir al día a día, a menudo en competición unos con otros por esos pobres recursos; la finalidad de los habitantes era abandonar el barrio, no formar lazos para vivir en él;
  2. como algunos iban consiguiendo abandonar la zona, la movilidad residencial era enormemente alta, por lo que muy pocos invertían en infraestructuras en el barrio ni en relaciones sociales en él;
  3. la mezcla de culturas, lenguas y nacionalidades, que además iban mutando de forma permanente, aún dificultaba más establecer lazos de cooperación.

A este tercer punto se le añade una observación que nos recuerda a El declive del hombre público de Richard Sennett: la mejor forma de crear comunidad es encontrar y definir un enemigo común.

Es a partir de esta tercera dimensión, la de las identidades y prejuicios étnico-culturales, que la Teoría de la Desorganización Social introduce las elaboraciones culturalistas del interaccionismo simbólico. El comportamiento debe siempre entenderse en interacción con el otro, individual o colectivo, pero no sólo en relación a las acciones del otro sino a las imágenes que este tiene del mundo. No importa si esas imágenes son prejuicios o estereotipos negativos que no se corresponden con la realidad empírica. De acuerdo al teorema de Thomas, como ya se ha visto, si una situación es considerada real por alguien, tendrá consecuencias reales (evitaré o despreciaré a los negros porque pienso que son todos delincuentes, no les daré trabajo porque pienso que son vagos, no les alquilaré mi piso porque temo que no me vayan a pagar…). La interacción con el otro no sólo tiene consecuencias sobre quien opera el juicio de valor sino sobre quien lo recibe, ya que se convierte en una parte estructurante de su yo. (p. 83)

Por ello, era habitual que los habitantes de estas zonas, que veían limitado su acceso al resto de zonas por los prejuicios imperantes, desarrollasen su propia cultura con valores alternativos a los de la sociedad dominante. “Un mundo de valores alternativos que se oponía al credo oficial del ascenso social por el trabajo productivo duro y honesto y de los valores de la moderación y la gratificación diferida, precisamente porque los individuos habían interiorizado […] la creencia general que tendía a verlos como escoria, como buenos para nada, como losers congénitos”. Formaron sus propias culturas exacerbando valores opuestos: la violencia como forma de adquirir estatus y poder, hedonismo y satisfacción inmediata de sus deseos, percepción de la vida como algo efímero. Estas culturas convergen en bandas criminales organizadas, cuya pertenencia otorga al individuo lazos de satisfacción y socialización, un sentido a su vida. “Arrebatar una calle a los italianos ya era un triunfo que vale una vida para un gangster negro de Harlem.”

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Nuevas formas de socialización. Como el que se apunta a pilates, oigan.

Con el tiempo, esta forma de organización criminal dejó de verse como una disfuncionalidad puntual del sistema para pasar a ser concebido como un subsistema social y cultural semiautónomo incrustado (o enquistado) en el seno del sistema mayor; por ello Thrasher propone sustituir la etiqueta de Teoría de la Desorganización Social por la de Teoría de la Asociación Diferencial (1947): de la misma forma que viviendo en sociedad se aprende a ser individuo social, también se aprende a ser delincuente en un proceso de socialización paralela que generaba un efecto de “bola de nieve”, es decir, mientras más delincuentes hay más degradado está el barrio y más gente no delincuente quiere huir de él, lo que hace que los que se quedan perciban la zona como aún más degradada y vean menos opciones de huir, con lo que la única opción viable que les aparece es entrar en la subcultura criminal.

Algunas de estas conclusiones nos pueden parecer obvias a día de hoy (el hecho de que la causa de la delincuencia sea el entorno y la pobreza, y no la ascendencia étnica y racial), pero si es así se debe a los descubrimientos de la Escuela de Chicago. Fueron los primeros que denunciaron que ese tipo de delincuencia no se podía combatir con mayor presencia policial, pues la oposición a un enemigo sólo refuerza el concepto de pertenencia a una banda; debían combatirse con inversión en el barrio, con la creación de sistemas de socialización potentes, de nuevas formas de socialización, escuelas, tiendas de ultramarinos, iglesias, grupos juveniles, nuevas infraestructuras; recordemos la Teoría de las Ventanas Rotas de Wilson y Kellig.

Otro aspecto importante de la investigación de la Escuela fueron las tipologías sociales liminares: los vagabundos y el biculturalismo. Recordemos: un ser liminar es aquel que vive a caballo entre dos estados sociales concretos. Uno es soltero o está casado; para pasar de un estado al otro se lleva a cabo un ritual social (una boda) durante la cual uno no es ni una cosa ni otra, sino un ser liminar, pura potencialidad, viviendo en un reino sin normas no estructurado. Vale, en el caso concreto hablamos sólo de un día, pero por ejemplo la adolescencia es una vivencia liminar completa entre la infancia y la edad adulta. Lo vimos en Los ritos de paso, de Van Genep. Llevado a la sociología, el ser liminar es aquel que vive entre dos o más culturas o que no se encuentra en ninguna en concreto, un individuo que fascinará especialmente a la Escuela de Chicago. ¿El ejemplo más concreto? El hobo, el vagabundo que viajaba de polizón en los trenes del país buscando trabajos temporales donde surgiesen. Un ser liberado por completo (o alienado por completo, escoja usted su versión) del sistema, sin ataduras ni responsabilidades, que formaron una sociedad flotante, no establecida, que iba dejando sus huellas por todo el territorio. Como los criminales, más que parias eran un colectivo con una subcultura propia (tenían unos símbolos concretos que indicaban lugares donde obtener comida o cama a cambio de trabajo, trenes a los que se podía subir, lugares de los que huir…). La forma de vida caló en la sociedad dominante dando lugar a expresiones culturales como el famosísimo En la carretera de Kerouac, de la beat generation.

Al igual que los gitanos, aquellos nómadas contemporáneos vivían fuera de la sociedad pero aprovechándose de los espacios intersticiales que esta dejaba (en su caso, la necesidad de la economía de trabajos temporales poco cualificados). Pero a diferencia de los gitanos, que conformaban una sociedad marginal con vínculos sociales e identidad culturales muy fuertes, el hobo era un destilado casi puro de perfecto individualismo: los hobos no formaban familias ni estaban ligados los unos a los otros salvo por un débil reconocimiento en la identidad de un estilo de vida constantemente transitorio. Por lo demás el hobo es puro flujo, pura libertad sin ataduras sociales, personalidad y rol social en constante movimiento. Su única regla es “Decide tu propia vida”. (p. 88)

Ya hemos comentado que una de las críticas a la Escuela de Chicago era su sostén del statu quo, su incapacidad de ver que estaban defendiendo un sistema concreto que daban por sentado. Ese fue un concepto de la segunda generación de la Escuela, la que hemos tratado a lo largo de todo el artículo. Hubo después una tercera generación, no tan relevante como la segunda, que ya llevó a cabo proyectos de integración en la ciudad, ayudando con diversos mecanismos (el Chicago Area Project, por ejemplo) a los procesos de integración de la ciudad, pero no entraremos en el tema.

El final del capítulo lo dedica Ullán de la Rosa a tratar la Federal Housing Administration (1934), “un instituto federal cuya misión era poner en práctica un ambicioso plan de vivienda pública y de promoción del sector inmobiliario privado con el objetivo declarado de convertir a la sociedad americana en la “civilización mejor alojada de la historia”. Por avatares del momento social, las muchas ramificaciones de la FHA tuvieron una serie de consecuencias que serán enormemente relevantes para la sociedad americana:

  • primero: consideraron que la mejor forma de vida que uno podía llevar era una casita con valla blanca y jardín en las afueras de la ciudad, en parte por el movimiento de las ciudades jardín de Ebenezer Howard que iba llegando desde Europa (despojada de todo su componente socialista, por supuesto), lo que condujo a la creación de suburbios igualitarios como el famoso Levittown: casas adosadas con jardín, perro, ama de casa y electrodomésticos en entornos completamente despojados de vida social, salvo el centro comercial, y donde el coche era necesario para todo;
  • segundo, y casualmente, estos nuevos suburbios fueron, en general, para los blancos; los negros que intentaban acceder a ellos veían sus créditos denegados y acababan quedándose en los barrios centrales de las ciudades, cada vez más degradados. Con el tiempo, la propia FHA acabó elaborando unos mapas que dividían la ciudad en cuatro zonas por colores: el azul era aquellas zonas con máximas garantías de inversión (gente blanca con dinero que nos va a devolver los créditos, así que barra libre) y las rojas, las de menor garantía (negros probres que no nos lo van a devolver); también casualmente, las zonas azules estaban en barrios de casas adosadas de las afueras y las zonas rojas, en los barrios pobres del centro de la ciudad, cuyos habitantes se veían incapaces de acceder a un crédito para escapar del barrio o incluso establecer un negocio en la zona. Este proceso, conocido como el redlining, fue degradando los barrios centrales, que cada vez se convertían en lugares peores donde sólo vivían los que no tenían otra opción. Y, también casualmente, estos barrrios, que dejaron de recibir progresivamente inversiones públicas, serán los que, a partir de los años 70 y 80, cuando las clases medias decidan volver al centro de la ciudad, se irán gentrificando (y sus habitantes, siendo expulsados) para realojar a estas nuevas clases medias sedientas de cultura urbana. Lo vimos en First We Take Manhattan, pero vaya, lo habrán visto en cualquier barrio gentrificado de su ciudad;
  • tercero: teniendo en cuenta todo lo explicado anteriormente, ¿sorprenden estallidos sociales periódicos alrededor del tema del racismo como los de Los Ángeles en 1991 o el más reciente “Black Lives Matter”? De esos barros, estos lodos…

La ciudad desdibujada: ¿cuál es el papel de la antropología urbana?

La ciudad desdibujada. Aproximaciones antropológicas para el estudio de la ciudad es un artículo de Fernando Monge aparecido en la Revista de Dialectología y Tradiciones Populares de 2007. Teniendo en cuenta la situación y que todas las bibliotecas siguen cerradas y, por lo tanto, nos estamos quedando sin libros, hemos pasado a tirar de archivo y de los muchos textos que hemos ido acumulando a lo largo de la andadura del blog. Uno de ellos ha sido este magnífico artículo que, pese a tener más de una década, se plantea una pregunta que sigue siendo de gran actualidad.

En 1996, Setha M. Low publicó un artículo que se planteaba dos preguntas que Monge reformula en una sola: ¿por qué la antropología ha sido incapaz de construir un marco teórico integrado y reconocible sobre la ciudad?

La antropología urbana es una disciplina joven, con apenas cuarenta años. La primera que se interesó de forma científica por lo que sucedía en la ciudad y a sus habitantes fue la sociología. Uno de los textos fundacionales fue el de Max Weber, La ciudad (1905), donde destacaba tanto el papel de la ciudad europea medieval como el de la democracia. Hubo antes otros textos centrados, sobre todo, en las ciudades industriales, pero venían de las ramas del urbanismo o la filosofía. Simmel está ahí, por supuesto, con su ensayo sobre cómo la metrópolis colocaba al urbanita en un estado defensivo.

Los siguientes fueron la Escuela de Chicago, sociólogos de esta ciudad americana que se acercaron por primera vez a los habitantes de la ciudad para tratar de entender cómo se organizaban.

La sociología urbana de la Escuela de Chicago se caracteriza por el uso de la etnografía como herramienta básica de investigación y, desde una perspectiva teórica, por un trabajo sistematizador en el que las claves se establecían en torno a una ecología espacial de los grupos humanos. Robert Park era consciente de que la ciudad modelaba y liberaba a la naturaleza humana de un modo nuevo, que el orden moral de la vida social estaba profundamente modificado por el peculiar campo de relaciones sociales que se generaban en el espacio urbano. Así, llevando la sociología a las calles, reclamando el trabajo comparativo y convirtiendo a Chicago en su laboratorio de pruebas pudieron elaborar una visión de la ciudad a partir de sus estudios monográficos en los que distintos tipos de barrios, interacciones urbanas, relaciones morales y formas de vida se integraban en una visión coherente de la ciudad compuesta de relaciones sociales y formas espaciales.

El cierre teórico de la Escuela de Chicago lo aportó Wirth en su famoso artículo El urbanismo como modo de vida; en él defendía que el urbanismo podía abordarse desde tres perspectivas interrelacionadas:

  1. como una estructura física que comprende una base poblacional, una tecnología y un orden ecológico;
  2. como un sistema de organización social que incluye una estructura social característica, una serie de instituciones sociales, y un patrón de relaciones sociales típico;
  3. como un bloque de actitudes e ideas, y una constelación de personalidades involucradas en formas colectivas de comportamiento colectivo y sujetas a los mecanismos característicos del control social (Wirth 1938: 18-19).

Robert Redfield, antropólogo, dio otro paso a este sistema teórico al analizar la forma como las relaciones rurales se llevaban a la ciudad. En 1954, junto a Milton Singer, desarrollaron esta teoría al destacar que existían dos tipos de ciudades:

  • ortogenéticas, donde la construcción de las tradiciones culturales se llevaba a cabo por un grupo de literati, los encargados de crear desde arriba una “Gran Tradición” cultural adecuada para la sociedad mayoritaria. París, Washington o Madrid (en general, las capitales políticas) se ajustan con claridad a este modelo;
  • heterogenéticas, cuando el papel de las culturas es heterogenético, es decir, “las ciudades son centros de cambio económico y tecnológico que introducen nuevas ideas, cosmologías y prácticas sociales”. Nueva York, Londres o Marsella son ejemplos de ciudades donde la “intelligentsia (…) pone en duda las tradiciones y se convierten en centros culturales innovadores”.

El siguiente paso lo dio la Escuela de Manchester, forma primero en el Instituto Rhodes-Livingstone (Lusaka, Rhodesia del Norte, la actual Zambia) y luego en la ciudad inglesa. La Escuela de Manchester (Max Gluckman, Victor Turner, J. Clyde Mitchell, entre otros) trató de analizar cómo los grupos tribales de África se adaptaban a la ciudad al emigrar a entornos urbanos e industrializados. Uno de los planteamientos esenciales de la Escuela es que “ningún investigador individual podía dar cuenta de todos los variados fenómenos que se producían en el campo de estudio. De ahí su interés por cuestiones metodológicas que implicaran la delimitación de los tópicos de investigación o de las unidades de análisis, las formas de interconexión entre campos de
actividad humana y los órdenes o niveles de abstracción teórica” (Cucó 2004).

Es decir: a diferencia de la Escuela de Chicago, para quienes la ciudad podía dibujarse, abarcarse, para la Escuela de Manchester era un artefacto demasiado complejo; a lo sumo, podían estudiar una situación determinada, por lo que se preocuparon de determinar qué eran los eventos, las situaciones y los contextos y de desarrollar una metodología clara para abarcar dichos procesos.

Pese a unas conclusiones aparentemente opuestas, Monge destaca aquello en lo que ambas Escuelas, prácticamente las fundacionales de la antropología urbana, coincidían:

Hay, no obstante, una constante en ambas escuelas: las dos trabajan con grupos muy concretos de ciudadanos, y lo hacen también en zonas marginales y, pese a sus diferencias ideológicas, su visión de la ciudad se hace desde los márgenes y de un modo fragmentario. Con todo se perfila en el horizonte de la disciplina la subespecialización de la antropología urbana. En mi opinión, ambas escuelas son responsables de la progresiva introducción en la ciudad de los métodos de trabajo de las pequeñas comunidades, de la etnografía contextualizada, de las historias de vida, de la observación participante, del análisis situacional y, con el tiempo y en lógica progresión, de los estudios de red y el análisis simbólico del espacio y las relaciones personales. El campo académico estaba abonado para el surgimiento e institucionalización, en la década de los setenta, de la antropología urbana que no sólo era joven sino que, sobre todo, llegaba a la ciudad en busca de los nativos que estaba perdiendo en las aldeas africanas tradicionales. Una parte importante de la antropología de esa primera etapa, que en modo alguno considero todavía cerrada, se centró en la adaptación de la metodología tradicional al medio urbano. Los habitantes de la ciudad de los que se ocupaban o eran ciudadanos anómalos, en virtud de sus peculiaridades étnicas, o grupos marginales. El barrio se convertía en una suerte de nuevas aldeas dentro del conglomerado más amplio e inabarcable de la ciudad. (p. 23) 

El siguiente paso, que nos lleva a la década de los 60, pasa por Oscar Lewis y su concepto de la “cultura de la pobreza”, según la cual “la pobreza no era solamente la falta de recursos materiales sino que incluía también una serie de valores culturales que limitaban de un modo drástico la capacidad de los desfavorecidos para cambiar su situación. Es decir que la pobreza se reproducía a sí misma y casi de modo exclusivo por medio de una suerte de patología de transmisión intergeneracional en la que los miembros adultos de las familias pobres enseñaban a sus hijos valores y comportamientos autodestructivos. O dicho de otro modo, los pobres son culpables de su pobreza (blaming the victim).” Esta teoría produjo gran revuelo, y hay diversos estudios que obtienen otras conclusiones, además de que el estudio de Lewis se considera hoy “simplismo psicologizante”; pero, si Monge saca el tema a relucir, es para obviar algo que se convirtió en esencial en la antropología urbana (por no decir todas las disciplinas sociales):”el modo en que nuestras propias teorías y percepciones modifican y modelan nuestra propia percepción del objeto de estudio”.

Las ciudades no son simplemente “artefactos complejos, admirables”, productos sociales, es decir “modelados por la sociedad” en los que la misma forma física “acaba por afectar a los comportamientos de los hombres” tal como indica Horacio Capel (2002: 13); las ciudades son también, y volvemos a la definición de ciudad que ofreció Robert Park, “estados mentales” y como tales están sujetas a todas las peculiaridades de nuestra trama de comprensión y expresión. Por ello es fundamental tener en cuenta que para hacer antropología urbana en y de la ciudad es necesario no sólo aproximarse a un sujeto u objeto urbano, sino también ser conscientes de las tramas teóricas y conceptuales con la que nos aproximamos a lo urbano. El dibujo de la ciudad que tantos años costó realizar, comienza a difuminarse tan pronto como nos hacemos conscientes de esta peculiaridad básica de nuestro trabajo. (p. 26).

O, como lo resumió Roger Sanjek en 1990, citando la famosa frase de Leeds “ninguna ciudad es una isla en sí misma”;

(…) las ciudades son nodos dentro de sociedades, o formaciones sociales—. Las relaciones sociales urbanas tienen lugar dentro de —y contextualizadas por— el estado, y por instituciones estatalmente reguladas que se ocupan de educación, comunicación, transporte, producción, comercio, seguridad social, culto, orden público, vivienda y uso del suelo. Leeds ha sido oído, o al menos su mensaje es hoy día casi dado por supuesto. Consecuentemente, separar de la ‘antropología urbana’ el estudio de tales relaciones e instituciones en contextos periurbanos y transurbanos es imposible además de innecesario” (Sanjek 1990: 154)

La ciudad se ha desdibujado, y de ahí el título del artículo. Lo ha hecho por dos frentes:

  • la propia ciudad física, convirtiéndose en mil variantes de sí misma: en parques temáticos (Venecia), edge cities, suburbia, megalópolis, metápolis, las fortalezas cerradas de Los Ángeles o ciudades de Sudamérica, la ciudad análoga de Calgary;
  • los conceptos con los que la antropología trata de describir y abarcar todos estos procesos: la ciudad límite, frontera, global, postmoderna, fortificada, postfordista… parecen surgir casi tantos como ciudades y analistas haya.

La antropología urbana nunca ha estado tan viva y, sin embargo, sigue alejada de un marco conceptual fuerte con el que abordar el estudio de lo que sucede en el mundo urbano en la actualidad.

El artículo de Monge nos ha parecido interesante porque, en parte, sigue la trayectoría que ha llevado este blog en sus casi tres años de andadura: de la lectura de algunos libros sobre antropología urbana (Manuel Delgado, apuntes de Bauman) y de urbanismo (Jane Jacobs, Carlos García Vázquez) nos fuimos acercando progresivamente a conceptos como el espacio de los flujos, las ciudades globales, la desterritorialización, fragmentación, edges cities, parques temáticos y ciudades análogas. Como destaca el artículo, la antropología urbana no puede desbancarse de estos conceptos si pretende acercarse al estudio de unos ciudadanos sacudidos por la confluencia de todos estos procesos.

Monge termina el artículo con un resumen de lo que le ha sucedido a la antropología que no tiene desperdicio.

Hemos pasado de construir:
— una antropología
en la ciudad a una antropología de la ciudad;
— una antropología que seguía a los inmigrantes a la ciudad a una antropología que se preocupa por los ciudadanos transnacionales;
— una visión de los márgenes a una visión de los procesos globales en contextos localizados;
— una imagen de la ciudad al juego de imágenes y representaciones que definen y con las que juega la ciudad.

Y desde una perspectiva más teórica el tránsito ha recorrido el camino que arranca en una etnografía ubicada en un sitio concreto y lleva hacia nuevas formas de etnografía multi-situada (Marcus 1998); que parte de la interrelación entre lo global y lo local para preocuparse por los llamados ensamblajes globales (Ong y Collier 2005); que considera no sólo a los ciudadanos localizados sino a los transeúntes; y, que no sólo ha dejado de considerar al sitio como un hecho físico dado para contemplar el espacio como un paisaje, sino que aborda las desuniones del mundo actual desarrollando peculiares tipos de “paisajes” [(ethnoscapes), (mediascapes), (technoscapes), (financescapes), (ideoscapes)] que define Arjun Appadurai (1996:
32-43).

Pueden descargar y leer el artículo de aquí.

Ciudad líquida, ciudad interrumpida, de Manuel Delgado: introducción a la antropología de lo urbano

Ciudad líquida, ciudad interrumpida es un libro de Manuel Delgado algo extraño. Parece difícil de encontrar físicamente, de hecho ni siquiera se encuentra alguna imagen de portada en google; en el blog lo conseguimos porque el propio Delgado nos envió el manuscrito en pdf y comentó, además, que parte de este escrito aparecería luego en Sociedades movedizas.

La tesis del libro es doble: por un lado, el símil entre la ciudad (entre aquello que caracteriza la ciudad: lo urbano) y cómo su movimiento es el de un líquido, sin forma, inestable, fluido; de ahí la ciudad líquida del título. Y, por otro lado, cómo la fiesta es el detonante de esa liquidez, un estado de cambio y euforia latente, émulo de la violencia, que colapsa periódicamente la ciudad y da la vuelta a lo profundo que subyace en lo urbano; y de ahí la ciudad interrumpida.

Capítulo 1: La ciudad no es lo urbano. Ya nos lo dijo Lefebvre en su El derecho a la ciudad: lo urbano es algo más, algo que se da en algunas ciudades pero también fuera de ellas. “Por supuesto que la antropología urbana no es, en un sentido estricto, una antropología de la ciudad, ni tampoco una antropología en la ciudad. En la ciudad no existe propiamente una cultura o una cosmología, y la ciudad no es sin duda una estructura social, por mucho que sea cierto que en ella uno pueda encontrar instituciones sociales más o menos cristalizadas.” (p. 4). Delgado empieza situando el tema de la antropología urbana en distinción a la antropología a secas; y su área de estudio es lo urbano. Además, y debido sobre todo a los fundamentos en los que se basó la Escuela de Chicago cuando desarrolló esta disciplina, de algún modo han quedado vinculados el estudio de la ciudad (de lo urbano) con el del proceso de la modernización en general.

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Imagen random sacada del blog de Delgado, elcordelesaparences.

La Escuela de Chicago usó un símil entre la ciudad y un ser vivo para abordar el estudio de esta última. Hablaron de “naturaleza animada regida por mecanismos de cooperación automática” (p. 6) y definieron lo urbano como “un mecanismo biótico y subsocial”, dando lugar a lo que los teóricos de la complejidad denominarían luego un “caos autoorganizado”. En cambio, otra tradición (más antigua, iniciada nada menos que con Baudelaire) se había referido a lo urbano como lo moderno: “lo efímero, lo fugitivo, lo contingente”, aquello de lo cual el artista sería “el pintor del momento que pasa”.

La siguiente gran figura es Simmel, el primero que se plantea “cómo captar lo fugaz y lo fragmentario de la realidad, cada uno de los detalles de la realidad, la imagen instantánea de la interacción social (…) Simmel concibió la sociedad como una interacción de sus elementos moleculares mucho más que como una substancia.” Y de ahí: “Entre todos los puntos y todas las fuerzas del mundo existen relaciones en movilidad constante”, es decir, las relaciones están sometidas a un fluir permanente. “El papel social es la mediación entre lo que Simmel llama sociabilidad y lo que denomina socialidad. La sociabilidad es el modo de estar vinculado y se opone antinómicamente a individualidad. No se trata de que los individuos jueguen dentro de la sociedad: juega a la sociedad.” (p. 7).

El siguiente paso es el interaccionismo simbólico, que otorga un papel central a la situación: contempla a los seres humanos como actores que establecen y reestablecen constantemente sus relaciones mutuas, modificándolas o dimitiendo de ellas en función de las exigencias de cada situación. De ahí Ray L. Birdwhistell desarrolla la proxemia: la ciencia que atiende el uso y la percepción del espacio social y personal, como una “ecología del pequeño grupo: relaciones formales e informales, creación de jerarquías, marcas de sometimiento y dominio, creación de canales de comunicación. La idea en torno a la cual trabaja la proxemia es la de la territorialidad. En el contexto proxémico, la territorialidad remite a la identificación de los individuos con un área determinada que consideran propia y que se entiende que ha de ser defendida de intrusiones, violaciones o contaminaciones.” (p. 8).

Pero, volviendo a la antropología urbana y a Lefebvre: “lo urbano está constituido por usuarios”. Ha existido una antropología del espacio, pero se ha centrado en el espacio físico, construido, los edificios. Ya dijo Lefebvre que la ciudad se componía de espacios inhabitados e incluso inhabitables. “Por ello, el ámbito de lo urbano por antonomasia, su lugar, es, no tanto la ciudad en sí misma, como su espacio público. Es el espacio público donde se produce la epifanía de lo que es específicamente urbano: lo inopinado, lo imprevisto, lo sorprendente, lo absurdo… La urbanidad consiste en esa reunión de extraños, unidos por aquello mismo que los separa: la distancia, la indiferencia, el anonimato y otras películas protectoras.” (p. 10).

La antropología urbana, esto es, la antropología no de la ciudad, sino de todo eso a lo que se acaba de aludir, no podría ser entonces otra cosa que una antropología del espacio público, o lo que era igual, de las superficies hipersensibles a la visibilidad, de los deslizamientos, de escenificaciones que bien podríamos calificar de coreográficas. (p. 10).

Otros autores han recogido el mismo concepto: el no-lugar de Michel de Certeau, precisamente ese espacio no-edificio donde sucede todo lo que estudia la antropología urbana. “El no-lugar se corresponde, en Michel de Certeau, con el espacio (…) el espacio es un cruce de trayectos, de movilidades. Es espacio el efecto producido por operaciones que lo orientan, lo circunstancían, lo temporalizan, lo ponen a funcionar.” (p. 12). Similar distinción se encuentra en Maurice Merleau-Ponty y su Fenomenología de la percepción entre espacio existencial o antropológico y espacio geométrico.

El segundo capítulo: Poder y potencia; polis y urbs es una reflexión sobre la esencia del poder, especialmente en la ciudad, siguiendo el esquema triangular de Jairo Montoya entre:

  • la urbs, constituida por espacios colectivos, construcción urbanizada, formas urbanas territorializadas, esto es, la sociedad fría tradicional;
  • la civitas, identificable con el espacio público y con la construcción social de la urbanidad;
  • la polis o el espacio político.

Este desglose triangular sería homologable con el que sugiere Lefebre entre sociedad, Ciudad y Estado.

Delgado acaba el capítulo fijándose en dos corrientes antagónicas: la que habla en los peores términos de la “psicología de masas”, emulándola con una bestia salvaje sin cabeza, un “desbordamiento psicótico del populacho” perteneciente a los dominios de la “alteridad”, lo animal, primitivo, prehumano… Y otro, “que ya había intuido Maquiavelo cuando se refería al pensamiento de la plaza pública” y que ejemplifica la reflexión de Gramsci cuando sugería que “la acción de las masas no sólo no correspondía a un oscurecimiento enloquecido de la razón sino todo lo contrario, a un sentido de la responsabilidad social que se despierta lúcidamente por la percepción inmediata del peligro común y el porvenir se presenta como más importante que el presente.”

Esta noción sera esencial para comprender todo lo que subyace bajo el poder que se intuye cuando se lleva a cabo una fiesta, como veremos en el siguiente post.