Inter-Acciones: intervenciones en el espacio urbano

El título de esta obra es Inter-Acciones. Prácticas colectivas para intervenciones en el espacio urbano. Reflexiones de artistas y arquitectos en un contexto pedagógico colectivo, editado por Sergi Selvas y Marta Carrasco (edicions Universitat de Barcelona, 2013). Se trata de una recopilación de artículos y reseñas escritos por docentes y alumnos de Arquitectura y Bellas Artes de diversas universidades de Barcelona que llevaron a cabo una experiencia de intercambio y experimentación multidisciplinar. La propuesta consistía en realizar debates y exposiciones, salir a la calle y realizar intervenciones en ella.

La primera parte del libro la componen las reflexiones de los propios alumnos y encontramos desde observaciones puntuales sobre un edificio, una esquina o un pasaje, hasta elaboraciones alrededor del otro, el concepto del espacio público o el encuentro. El problema de estos textos es su brevedad, apenas dos o tres páginas, y el hecho de que no parten de un lugar común, sino que cada autor centra un tema diverso. Por ello, lo presentan y ofrecen unos pocos apuntes biográficos, pero, en general, la lectura es más una presentación que una verdadera reflexión común alrededor un tropos urbano.

La segunda parte presenta las intervenciones que se llevaron a cabo como resultado de los debates y observaciones anteriores. “Cartografías subjetivas”, por ejemplo, propone el concepto de “deriva en red” para trazar mapas subjetivos y distintos a los habituales en un barrio cualquiera. El proceso consiste en entrevistar a una persona al azar y, tras indagar en su relación con el barrio, preguntarle por otra persona de ese mismo barrio, a la que entrevistar a su vez. De este modo se traza una red cognitiva y subjetiva que presenta el barrio de forma distinta a las geografías a las que estamos acostumbrados.

La iniciativa nos trae a la mente la propuesta que leíamos hace poco de Neil Smith en Desarrollo desigual de buscar nuevas formas de entender el espacio y donde se refería a las palabras finales de Frederic Jameson en El posmodernismo o la lógica cultural del capitalismo avanzado de trazar “nuevos mapas cognitivos” para entender el espacio, las calles o las ciudades fuera de su lógica capitalista, es decir, alejarnos del espacio como algo producido por el poder para perpetuarse.

De este modo, con esta propuesta podemos entender las diferentes lógicas de representación del barrio de cada individuo (ya sean los recorridos cotidianos, los límites o la extensión de lo que es para ellos el barrio, o los lugares o elementos icónicos clave). (p. 97)

De hecho, esta observación personal de la ciudad tiene mucho que ver con La imagen de la ciudad que los habitantes entrevistados por Kevin Lynch y su equipo se hacían: cuáles son los hitos en los que se fijan para organizar el espacio urbano de la ciudad en el reflejo mental que cada uno de ellos construye de forma subjetiva. Guiada, sí, pautada por las autoridades y los promotores; pero subjetiva al fin y al cabo.

“Álbum familiar del Poble Sec” propone la creación de un álbum de fotos ordenadas temáticamente sin tener en cuenta ni quiénes aparecen en ellas ni el momento en que fueron tomadas, y permite también crear una nueva visión de este barrio de Barcelona a partir de retazos de imágenes que trazan una historia común.

Los tres últimos proyectos, “¿On vas, Navas?”, “Meetgera” y “La Charlateneria”, se articulan alrededor de un espacio público concreto del barrio, la plaza Navas. El primero busca reivindicar la plaza como espacio común del barrio y lugar de encuentro, y por ello recogieron 30 sillas que los vecinos habían ido abandonando en los conetenedores cercanos y las dispusieron libremente para los vecinos, huyendo de la necesidad de consumir en terrazas privadas y proponiendo un lugar de reunión. “Meetgera” intervino los espacios públicos aquejados de “arquitectura hostil“, es decir, los bancos preparados para uso individual, y, usando un poco de cinta adhesiva, trazaron nuevos espacio (por ejemplo, simular que tras el banco se levantaba el dosel de una cama de matrimonio o las formas de un comedor), invitando a los paseantes a usar esos espacios de soledad como parte de su propio hogar. Finalmente, “La Charlateneria” trajo un carrito de desayuno a la plaza y ofrecía un té gratuito a todo aquel paseante que lo quisiese a cambio, únicamente, de sentarse en las sillas que habían dispuesto y charlar con quienes allí hubiese, “abriendo un canal de comunicación entre desconocidos que se hace visible para los vecinos” (p. 107)

Barrios corsarios, Giuseppe Aricó, José A. Mansilla y Marco Luca Stanchieri

Barrios corsarios. Memoria histórica, luchas urbanas y cambio social en los márgenes de la ciudad neoliberal es una serie de artículos alrededor de los conceptos de centro (o centros) y periferias urbanos. Está coordinado por los antropólogos urbanos Giuseppe Aricó, José A. Mansilla y Marco Luca Stanchieri, los mismos que coordinaron Mierda de ciudad. Una rearticulación crítica del urbanismo neoliberal desde las ciencias sociales (2015) y, como entonces, se trata de una publicación del Observatori d’Antropologia del Conflicte Urbà (pol·len edicions, 2016), un colectivo dedicado al estudio del conflicto en la ciudad.

Así, por centro se entiende el principio de orden, unidad y coherencia que estaría en el corazón de todo sistema, mientras que por periferia se haría referencia los elementos “desordenados” y “desorganizados” que gravitan en la frontera de dicho sistema escapándose, supuestamente, a su empresa. (p. 17)

“La periferia encarnaría una transición física y social: el tránsito desde un territorio delimitado y dominado por el ordenamiento racional de la ley y el urbanismo hacia un territorio sin límites ni confines. Un territorio geográfico y, a la vez, simbólico, consustancialmente atravesado por la imprevisibilidad y la “a-legalidad” de unas relaciones sociales que se escapan a la supuesta centralidad urbana”, insisten los coordinadores en la presentación del libro. El ejemplo lo tenemos en los nombres de las calles: si las centrales hacen referencia a grandes hechos y personas ilustres de la historia oficial, a medida que se alejan del centro se recurre a constelaciones, planetas, vientos, mares y otros azares genéricos.

Puesto que los centros de las ciudades van cambiando y creciendo, los barrios cercanos, antes periféricos, se gentrifican y son recuperados por el capital para solaz del consumo y las clases medias (y vienen a la mente las palabras de Lefebvre, citadas en algún artículo del libro, de que probablemente el objetivo del urbanismo no haya sido otro que sofocar lo urbano). Por el camino, los habitantes de estos barrios son expulsados y substituidos por otros de clases más altas. No siempre se trata de gentrificación, sino de un catálogo de formas distintas en que la ciudad se apropia de espacio colectivo para destinarlo a unos fines institucionalmente sancionados. La imposición de una determinada idea de ciudad que pasa, siempre, por la obtención de rédito económico.

Teniendo en cuenta el origen del Observatori, bastantes de los artículos giran alrededor de la ciudad de Barcelona. Es el caso de “Luchas centrales en barrios periféricos. La “intifada del Besòs”, Santa Adrià del Besòs, octubre 1990″, de Manuel Delgado, que disecciona el conflicto entre autoridades y vecinos de esta población cercana a Barcelona a raíz de que un espacio vacío, el Solar de la Palmera, fuese destinado por el ayuntamiento a la construcción de viviendas de protección social para los habitantes del vecino barrio de La Mina.

El tema es complejo. Por un lado, el contexto es el de una Barcelona que, con la excusa de los Juegos Olímpicos del 92, está renovando por completo su ciudad, esto es: interviniendo, barrio por barrio, para sanearlos, expulsar a los vecinos originales y convertirse en una ciudad hermosa, esto es una, en una ciudad marca capaz de atraer a los turistas, el famoso “modelo Barcelona”.

Además, Delgado hace otra distinción: entre periferiedad, suburbialidad y marginalismo:

  • el suburbio es, en urbanismo, “una unidad territorial con niveles de calidad considerados comparativamente por debajo de los estándares medios tenidos por correctos”;
  • el barrio periférico incorpora a la definición “un criterio de distancia no sólo física, sino también estructural, respecto de un centro urbano dado con el que mantiene relaciones de subsidiariedad y dependencia”;
  • finalmente, “la noción de marginalidad no es ni de nivel ni de estructura; no es ni material ni funcional; es ante todo moral, puesto que alude a la condición inaceptable de aquello o aquellos a quienes se aplica”; no está en el orden moral, sino fuera de él. “Lo que existe, pero no debería existir.”

La zona del conflicto era el cortafuegos que separaba, no sólo los dos barrios, sino las distintas concepciones que los definían: por un lado el Besòs, barrio claramente obrero, suburbio, sí; por el otro La Mina, barrio marginal completamente estigmatizado y donde habitan los excluidos. El solar de la Palmera llevaba tiempo siendo reivindicado por los vecinos del Besòs como un lugar donde construir equipamientos esenciales para el barrio y, sin embargo, el ayuntamiento quería realojar allí a algunos habitantes de La Mina.

El hecho de fondo es que Barcelona estaba reapropiándose de espacios cada vez más amplios de la ciudad para convertirla en algo hermoso y fotografiable; y, por el camino, expulsaba a unos habitantes que ahora le sobraban de un barrio que quería recuperar y los situaba en un barrio obrero doblemente castigado: por un lado, porque impedía que en ese solar se construyesen equipamientos que ellos consideraban como más urgentes; y, por el otro, atravesando la frontera entre el obrero y el marginal y condenándolos a un nuevo estigma. Todo, recordemos, simplemente en aras de dejar bonita la ciudad para los Juegos Olímpicos (y sus potenciales inversores; de ahí, por ejemplo, que el Mobile se haya celebrado durante tantos años en Barcelona).

Nunca sabremos cuál habría sido la reacción del vecindario si el destino previsto para aquel descampado no hubieran sido los anhelados equipamientos, sino cualquiera de las grandes operaciones infraestructurales o inmobiliarias que acompañarían los fastos olímpicos. Por su parte, a los administradores políticos y urbanísticos, tanto de Barcelona como de Sant Adrià del Besòs, se les planteaba entonces un problema que es el mismo que se les plantea ahora, que es dónde meter todo lo que de indeseable genera el sistema social que regentan a la hora de poner en venta sus ciudades. (p. 72)

El siguiente artículo, “La pulverización de una colonia obrera: un barrio bajo atrapado en una zona alta”, detalla la destrucción de la Colònica Castells, una zona específica situada en el barrio de Les Cortes que, a medida que el barrio se iba volviendo cada vez más reducto de las clases altas, iba quedando sitiada y amenazada por todos los frentes oficiales. El autor, Marc Dalmau, se refiere a la zona como “cultura de los pasajes”, en referencia a un lugar donde habitaba una comunidad y no unos vecinos. En parte, espacio dominado y pautado por mujeres (ya hablamos de las redes que tejían las mujeres en La cultura de los suburbios y nos lo recordó hace poco Berman en Todo lo sólido se desvanece en el aire), la descripción que hace Dalmau (vecinos que salían a la puerta de casa con sus sillas, casas siempre abiertas, membranas porosas, espacios comunales, resolución de los conflictos por parte de los propios vecinos) nos lleva a un planteamiento: ¿es esta forma de comunidad vecinal el ideal para una ciudad? Tal vez por las palabras de vorágine y modernidad que leíamos, precisamente, en la obra de Berman, nos queda la duda de por qué esas loas a una comunidad tan cerrada. Eso no supone defender la destrucción de un espacio en función de la rentabilidad de los solares colindantes, claro; pero tampoco habría que reclamar un retorno al pasado en un lugar entregado a lo urbano. Las formas de relación en las ciudades son distintas; ya lo dijo Wirth hace cerca de un siglo, y ni siquiera fue el primero.

“Cuando la calle era nuestra. Acuartelamiento de la infancia y desaparición de la cultura infantil de la calle”, de Marta Contijoch, se centra en un tema maravilloso: las hogueras que se encendían en numerosísimos espacios del litoral catalán durante la noche de San Juan y que, progresivamente, han sido erradicadas. Sin embargo, el artículo lo explora desde el punto de vista de la infancia y un espacio de autonomía que han perdido. Sorprende, por otro lado, que a menudo en el texto se hable de “los niños y las niñas”, dando a entender que el masculino no es neutro y, por lo tanto, hace referencia sólo a los varones; y, sin embargo, en tantas otras ocasiones se habla sólo de “los niños” usándolo como genérico, con lo que queda la duda de si se trata sólo de ellos o de ellos y ellas.

“A la sombra de Chueca. Alternativas a la visión dominante del Madrid LGTB”, de Ignacio Elpidio Domínguez, sigue la evolución de la celebración del Orgullo Gay (ahora LGTBI) en Madrid desde sus orígenes hasta el surgimiento de un “segundo Orgullo” en el barrio de Lavapiés. Para ello recorre parte de la historia de Chueca, barrio clásico gay de la ciudad, hasta situar sus orígenes como algo completamente mercantilizado. Ojo: se llevó a cabo un segundo Orgullo porque se consideraba que el primero, sobre todo desde la celebración de Madrid como capital gay mundial, se había “mercantilizado”, esto es, había perdido su factor reivindicativo (de las revueltas de Stonewall en Nueva York que dieron origen al orgullo) en favor de una celebración popular con carrozas y festiva, más destinada a divertirse y recaudar dinero que a reivindicar derechos pendientes. Sin embargo, Domínguez explica que Chueca se convirtió en el barrio gay por una serie de confluencias, algunas de las cuales fueron, por supuesto, el precio de los inmuebles y la vivienda en la zona cuando los homosexuales empezaron a buscar lugares específicos donde vivir.

Desde esta óptica, me atrevería a decir que fue precisamente la situación “degradada” de la Chueca pre-gay la que posibilitó el despliegue espacial de negocios y viviendas de una minoría que, por la situación de invisibilidad, no podía permitirse otras zonas. En esta dirección, el perfil socio-espacial de una minoría discriminada y las condiciones materiales de una serie de plazas y calles fueron los dos principales factores que confluyeron y condicionaron el desarrollo de la Chueca que conocemos hoy. Al depender de un espacio bajo la frontera del diferencial de renta, tal y como lo ha tratado buena parte de la literatura centrada en la gentrificación (Lees, Slater y Wily, 2007; Neil Smith 2012 [1996]), el espacio propio de la minoría “nació” ya de por sí mercantilizado. (p. 141)

Por ello, Lavapiés podría acabar convirtiéndose en un “segundo gueto, caracterizado y protagonizado por agentes que, pese a compartir minoría con los y las de Chueca, no tienen por qué participar o sentirse parte de la misma comunidad” (p. 147)

Tras los siguientes artículos, que exploran temáticas similares en Burgos, Tarragona, Sao Paulo y Guadalajara (México), el epílogo, de nuevo firmado por los tres coordinadores, trata de desmontar la historia “oficial” del modelo urbanístico Barcelona. Se ha propuesto, de forma genérica, que Barcelona vivió un gran cambio a partir de los Juegos Olímpicos del 92 y que supo aprovecharlo, encadenando promoción urbanística con reforma inmobiliaria hasta situarse por completo en el mapa global. “La salvaguarda ininterumpida del poder de clase. Una visión alternativa a la “teoría de las etapas” en el urbanismo barcelonés” trata de desmontar esta clasificación y recuerda que, ya durante el franquismo, el alcalde Porcioles fue un instrumento colocado por la connivencia entre las autoridades del régimen y los poderes locales con el objetivo de remodelar Barcelona y obtener beneficios por el camino. De hecho, nos viene a la mente La época de las metrópolis, de Clemens Zimmermann, donde ya hablaba de que la burguesía catalana siempre había tenido el sueño de convertir Barcelona en una ciudad internacional.

De este modo, la era porciolista dio literalmente lugar a lo que conocemos como “el urbanismo de las grandes obras públicas”, un eufemismo bajo el cual se esconde la colaboración pionera entre los sectores público y privado en la promoción de grandes obras que facilitaban enormes beneficios económicos (…) Fue precisamente durante las décadas de la alcaldía de Porcioles que, gracias a la promoción de grandes planes urbanísticos, diferentes grupos conformados por empresas, constructoras y promotoras inmobiliarias consiguieron consolidar sobremanera su poder político y económico. (p. 223)

Barcelona se convirtió en un laboratorio urbano, proclaman los autores, dando especial protagonismo al “espacio público” con la construcción de plazas duras (es decir, formadas por cemento y con algún arbolito solitario), parques urbanos y rondas verdes. Durante los primeros años tras la recuperación de la democracia, Barcelona vivió un urbanismo puesto al servicio de las reivindicaciones vecinales; sin embargo, con la llegada de los Juegos Olímpicos, todo esto cambió por completo.

El objetivo manifiesto siempre fue “abrir Barcelona al mar”, es decir, recuperar el litoral barcelonés para disfrute de las clases pudientes. “La idea era que las playas que se extendían desde la Barceloneta hasta la Mar Bella, consideradas “poco atendidas”, “subutilizadas” o “abandonadas” a merced de los antiguos barrios chabolistas o industriales, fueran ganando cada vez más espacio para “uso público””. Lo que, por supuesto, se tradujo a considerables movimientos de expulsión de las clases populares que ahí habitaban.

Las palabras del principal arquitecto de la remodelación, Oriol Bohigas, resaltaban la necesidad de “higienizar el centro y monumentalizar la periferia”; monumentalizar en el sentido que le daba Lefebvre al término, es decir, imponer retazos del poder; permitir que el capital lo reapropiase. Asimismo, “uno de los máximos ideólogos y difusores de lo que vino a llamarse “modelo Barcelona” es el sociólogo y urbanista Jordi Borja” (del que hemos leído un par de obras en el blog y del que ya destacamos que confunde la descripción de la ciudad con su anhelo por su determinado modelo de ciudad),

“En definitiva, con los JJ.OO. de 1992 Barcelona se transformó, literalmente, en un modelo de ciudad a seguir, un inédito patrón de “urbanismo redentor” que podía ser exportado (…) a otras realidades metropolitanas”. ¿El lema de la ciudad? Barcelona: la mejor tienda del mundo.

El proceso generó unas dinámicas de gentrificación aceleradas, forzando al capital a apropiarse de barrios hasta entonces considerados periféricos y pasando a ver los barrios aún más alejados como potenciales objetivos de especulación inmobiliaria. Por el camino, todos esos proyectos fueron realizados siempre por el ayuntamiento en connivencia con intereses empresariales, en los famosos PPP (public-private partnership).

Los autores acaban el artículo con una crítica al nuevo consistorio, liderado por Ada Colau, que si bien se presenta como una candidatura popular y de izquierdas, es continuista con el modelo Barcelona y su urbanismo “amable, edulcorado”, de espacio público abierto a todos que trata de amortiguar los conflictos invisibilizándolos o expulsándolos a barrios más lejanos.

Asimismo, esta “nueva” forma de intervenir social y urbanísticamente en la ciudad acabaría configurando un potente imaginario colectivo donde la cotidiana conflictividad social, política, económica y cultural de gran parte de la ciudadanía quedaría relegada a las oscuras décadas del franquismo, mostrando el periodo posterior como inherentemente próspero y luminoso. (p. 243)

“Una ciudad que, vale la pena repetirlo, ha olvidado y/o desplazado a las clases populares, así como a sus necesidades reales con el fin último de crear escenarios favorables a la atracción de capitales locales e internacionales.”

El espacio público: ciudad y ciudadanía, Jordi Borja y Zaida Muxí

En 2019 se creó un nuevo espacio verde en la ciudad de Barcelona: el parque de les Glòries.

Situado en una zona de gran paso de vehículos, donde confluyen líneas de metro y tranvía, junto a la famosa Torre Agbar y el Museo del Diseño, junto al centro comercial del mismo nombre, su presencia ayuda a oxigenar una zona densa y rica en transeúntes, bicicletas, paseantes y personas atareadas.

Y, sin embargo, lo que podría ser una maravilla… acaba siendo el enésimo ejemplo de por qué Barcelona es una ciudad para fotografiar y en la que soñar, pero no en la que vivir.

El parque se divide en diversas zonas. Una enorme claro lleno de hierba, redondo, sin árboles ni sombra, preside el espacio. Se accede a él por cinco puentes que atraviesan un pequeño… ¿riachuelo?, ¿estanque circular?, ¿foso del castillo?, de unos dos metros de ancho. Alrededor del claro hay un camino de arena por el que uno puede pasear y en el que abundan bancos individuales y tumbonas, también individuales, todos ellos clavados al suelo. Hay pista de baloncesto, zona para que los perros jueguen y se alivien y, en fin, todo lo que uno pueda desear.

Salvo la posibilidad de hacer lo que a uno le venga en gana.

Si quiere usted sentarse a charlar, los bancos, cada uno en una orientación distinta, se lo pondrán difícil; amén de que sean ustedes más personas que el número de bancos disponibles, pues sentarse en ese suelo polvoriento no invita. Si quiere usted hacer un picnic o tumbarse a la sombra, ¡mal!, pues el claro interior exige que se tumbe usted al sol y disfrute de la mirada de todos los paseantes. Si quiere usted jugar a pelota en el claro, ¡vigile!, pues el foso húmedo aguarda a niños incautos que no tengan la suficiente precisión al chutar. Y, por supuesto, las zonas de vegetación están debidamente amuralladas, pues en ellas crecen unos tipos de plantas que requieren de unas condiciones especiales y sólo las fuerzas de jardinería pueden acceder allí. Es decir: que son para contemplar y fotografiar, no para hundirse en ellas y disfrutar de la sombra o la humedad.

Dicho de otro modo: puede usted hacer lo que quiera… siempre que sus planes coincidan, exactamente, con lo que las autoridades han dispuesto que sea este parque. Y, si lo hace con una sonrisa y lo publica en sus redes sociales, ¡mejor!, pues ése es el objetivo del parque: transmitir felicidad. Que no crearla.

Algo similar nos sucede con la lectura de El espacio público: ciudad y ciudadanía, de Jordi Borja y Zaida Muxí. En todo momento se habla del espacio público, de lo que aporta, de cómo debe ser, de cómo las autoridades deben tener en cuenta a las minorías, a las mujeres, ¡pobres mujeres!, a los ancianos, a los niños, a los inmigrantes y a todo posible ente dispar. Se reclama el derecho a la visibilidad, se reclama que se hagan hermosas las zonas periféricas de las ciudades, que se instalen monumentos por doquier.

En ninguna de sus páginas, sin embargo, se ofrece la posibilidad de que la gente haga lo que le venga en real gana en las calles. Durante toda la lectura no deja de venir a la mente la distinción que hacía Manuel Delgado al decir que eso del espacio público no es más que una invención de urbanistas y que ninguna madre le ha dicho jamás a su hijo que se vaya a jugar al espacio público, sino: “anda, vete a la calle”. Estamos hablando de calles. Del espacio que uno transita para ir a trabajar, estudiar, comer, pasear o comprar drogas. Hasta irse de putas, si uno está por ello. Independientemente de que lo defendamos o lo defenestremos en el blog, por ahora hay putas y por ahora hay puteros.

Las calles no son una entelequia ideal que debe estar medida, organizada, reglada y automatizada. Son lugares de conflicto, tránsito, experimentación y aprendizaje. Y le van a hablar mal, oiga. Y oirá usted música que no desea oír, conversaciones en las que no desea participar y trapicheos de los que preferiría no saber nada. Cualquier pretensión de que son las autoridades quienes deben velar por el espacio público o imponerlo es errónea porque supone que los ciudadanos son niños que no saben lo que quieren.

Ah, eso sí: éstos pueden opinar, siempre que sientan la necesidad de hacerlo, aclara el libro. Ojo: pero deben ser suplicantes ante las autoridades, que ya se preocuparán de velar por su bienestar.

Sorprende que se glose tanto el modelo Barcelona cuando ya se ha hablado (en el blog reseñamos a Manuel Delgado pero hay tantas otras voces) de que, en realidad, lo que le ha sucedido a la ciudad condal es que se ha puesto guapa para que la visiten… a costa de empeorar la calidad de vida de sus ciudadanos. Las tan mentadas Ramblas, el paseo de las flores, es un canal de turistas que todo habitante de la ciudad rehuye, como lo son las cercanías de la Sagrada Familia o el Maremágnum.

Hay voces críticas en este libro, eso sí. La primera parte es una reflexión teórica de Jordi Borja donde, como es habitual, mezcla la descripción de la ciudad con lo que él cree que debería ser su espacio público. “El espacio público es el espacio de la representación, donde la sociedad se visibiliza”, empieza. “Barcelona es el modelo en el cual se apoyan precisamente The Economist y muchos otros expertos, publicistas, responsables políticos, etc., para atribuir el renacimiento de la ciudad a la política de espacios públicos”, dice a las pocas páginas.

Del mismo modo que Harvey denunciaba cómo la ciudad de Baltimore aparecía en todos los ránkings de bienestar y ciudades a visitar y, sin embargo, su calidad de vida no dejaba de disminuir y sus habitantes sufrían proceso de expulsión tras proceso de expulsión, Borja loa Barcelona sin tener en cuenta los efectos de su embellecimiento sobre la población. Sí es cierto que el libro es del año 2001, cuando Barcelona se consideraba en la cúspide y las voces críticas eran menos abrumadoras que hoy en día, en que la percepción de que todo fue la creación de un simulacro es más que evidente.

Aún así, al César lo que es del César: Borja denuncia todos los efectos nocivos que el espacio público puede sufrir en nuestros días: privatización, simulacro, mercantilización, segregación, zonificación, efectos del automóvil, por decir los principales.

La segunda parte detalla ejemplos de remodelaciones y construcciones urbanas y, aquí sí, hallamos algunas voces críticas, aunque pocas. La de Zaida Muxí, sobre todo, denunciando los nuevos espacios que parecen públicos pero no lo son, como el Maremágnum, lo que enlazaría con la remodelación de los frentes portuarios en lugares de ocio y consumo, como Baltimore y tantos otros (que en su momento García Vázquez bautizó como “rousificación”, por el nombre del principal promotor de Baltimore en remodelar el Inner Harbour); y también Muxí denuncia Diagonal Mar y cómo es vergonzoso que una ciudad mediterránea, caracterizadas por la diseminación de sus ciudadanos por todo espacio limítrofe y poroso, permita que sus calles se privaticen (los parques que rodean los rascacielos de esa zona tienen vallas y se cierran por la noche para uso exclusivo de los habitantes adinerados de la zona; la idea original del plan urbanístico era que esos parques estuviesen siempre cerrados y accesibles sólo a los residentes). También la denuncia de Carme Ribes y Joan Subirats sobre la destrucción del Barrio Chino para convertirlo en El Raval, donde por un lado reconocen los aciertos del proceso pero por el otro no dudan en denunciar los sinsentidos, la privatización, los desmanes de la autoridad al destruir sin necesidad zonas enteras o la incertidumbre de unos espacios abiertos en un barrio que, veinte años después, ha seguido gentrificándose.

Espacios del capital (VI): la mercantilización de la cultura

Que la cultura se ha convertido en un tipo de mercancía es innegable. Pero también es creencia generalizada que hay en los productos y los acontecimientos culturales (ya sean artes, teatro, música, cine, arquitectura o más en general modos de vida, patrimonio, recuerdos colectivos y comunidades afectivas) algo muy especial que los aparta de mercancías ordinarias como camisas y zapatos. (…) ¿Cómo puede entonces reconciliarse la categoría mercantilizada de estos fenómenos con su carácter especial? (p. 417)

A la resolución de dicho dilema dedica David Harvey el último capítulo de Espacios del capital. Hacia una geografía crítica (entradas I, II, III, IV y V). Empieza la argumentación presentando la renta de monopolio: “toda renta se basa en el poder de monopolio de propietarios privados sobre ciertas partes del planeta”. Esta renta puede ser situacional, lo que supone que hay zonas más rentables que otras, por lo que un hotelero, por ejemplo, pagará un suelo más o menos caro en función de la cercanía a un centro de comunicaciones o a una actividad altamente concentrada; o directa, como cuando se vende un Picasso. De hecho, el Picasso se puede vender o exponer a precio de monopolio: puesto que sólo su propietario dispone de acceso a él, puede establecer el precio que considere adecuado para compartir ese acceso.

Pero existen dos contradicciones en esta renta:

  • La primera: por elevado que sea, el bien, el producto o la experiencia tiene que tener un precio de mercado: “ningún artículo puede ser tan singular como para quedar fuera del cálculo monetario”. Y, por otro lado, cuanto más comercializables se vuelven los artículos, “menos singulares y especiales parecen”, es decir: son menos valiosos.
  • La segunda: a pesar de vivir en un mundo neoliberal donde, en principio, prima la competencia, ésta siempre tiende al monopolio (o a la oligarquía) “simplemente porque la supervivencia de los más aptos en la guerra de todos contra todos elimina a las empresas más débiles”, como hemos visto con la progresiva concentración de capital en casi todos los ámbitos empresariales (la evolución de internet de las puntocom a las grandes empresas que hoy la controlan, las cadenas hoteleras, medios de comunicación, farmacéuticas…).

De hecho, el capitalismo se ha ido monopolizando a medida que las limitaciones espaciotemporales han ido cayendo a los pies de las nuevas tecnologías. En el siglo XIX todos los bebedores de cerveza consumían cerveza nacional, al igual que pan, velas y la mayoría de los bienes, que eran producidos en sus proximidades y muy caros de transportar. A medida que el coste del transporte decrecía, las empresas locales se veían obligadas a competir con empresas de otra localidad, finalmente de otros países.

La globalización ha supuesto la extensión de las redes capitalistas a un mercado mundial que prácticamente lo abarca todo. Y “las patentes y los denominados derechos de propiedad intelectual se han convertido consecuentemente en un campo importante de la lucha para afirmar en general los poderes del monopolio”. Es aquí donde aparece la nueva forma de “cultura”: como una palanca que se inserta en determinados entornos o productos con la intención de aportarles un plus de singularidad o autenticidad.

Recordemos que Manuel Delgado ya denunciaba el uso de la “cultura” (en concreto, de espacios vagos dedicados a la cultura) en la ciudad de Barcelona como la guinda que acaba la conversión de un barrio obrero en un barrio totalmente gentrificado: ejemplos son la Filmoteca del Raval, la Facultad de Geografía de la Universidad de Barcelona en el mismo barrio o el MACBA, o la reconversión de los museos en lugares de tránsito de los fieles, siempre adosados con uan cafetería en la que consumir y librerías donde adquirir arte.

Harvey usa un ejemplo similar: el vino. La cultura vinícola tiene una larga tradición europea, especialmente francesa (el exportador con mayor renombre), aunque se ha ido volviendo internacional. Llegó un momento en que los productores de vino acabaron en largos litigios internacionales por el uso de palabras que denotaban un pedigrí específico, como chateau, domaine o champagne. Francia pretendía arrogarse la distinción especial de un tipo concreto de vino mientras que otros productores pugnaban contra esa distinción (California, Australia). Sin embargo, más allá de un producto cualquiera, el vino tiene una gran tradición cultural: no sólo simbólica (la sangre de Cristo, Baco, Dioniso, las bacanales), sino también como signo de clase (se espera de alguien “con mundo” que sepa de vinos y pueda escoger un buen maridaje para cualquier ocasión). “El comercio del vino es una cuestión de dinero y beneficio, pero también de cultura en todos los sentidos (…) la perpetua búsqueda de rentas de monopolio supone buscar criterios de espacialidad, singularidad, originalidad y autenticidad en cada uno de estos ámbitos.” Es decir: no se busca sólo obtener beneficios, sino el control de las rentas de monopolio; quien controle el discurso, controla esas rentas, que sólo se obtienen si se consigue otorgar a un producto la calificación de “incomparable”.

¿Y qué mejor producto para atribuirle esas rentas de monopolio que las ciudades? “En la mente de muchos, al menos, no habrá otro lugar como Londres, El Cairo, Barcelona, Milán, Estambul, San Francisco o cualquier otro que permita acceder a todo lo supuestamente exclusivo de esos lugares.” No se trata solamente de una pugna por el turismo internacional, que también, sino que “está en juego el poder del capital simbólico colectivo, de marcas distintivas especiales vinculadas a un lugar”. Ello explica el ya mencionado efecto Guggenheim: la revolución que supuso para la ciudad de Bilbao la construcción del museo de Gehry y el deseo de muchas otras ciudades de emular dicha revolución y situar su ciudad en el mapa.

Harvey cita, muy oportunamente, el ejemplo de Barcelona como ciudad que ha sabido “amansar continuamente” capital simbólico y marcas de distinción: Gaudí, el MACBA, los Juegos Olímpicos, la Villa Olímpica, el modernismo, el mar. Sin embargo… “¿qué memoria colectiva hay que celebrara aquí (la de anarquistas como los icarianos que desempeñaron un papel tan importante en la historia de Barcelona, la de los republicanos que tan ferozmente lucharon contra Franco, la de los nacionalistas catalanes, la de los inmigrantes andaluces, o la de alguien como Samaranch, que durante mucho tiempo fue un aliado del franquismo)?” Es decir, ¿qué historia contamos, de las muchas que se han vivido en Barcelona? “Se trata de determinar qué segmentos de población deben beneficiarse más de un capital simbólico al que todos, a su manera específica, han contribuido”.

Volvemos a las palabras de Félix de Azúa en Arquitectura de la no-ciudad: las ciudades actuales son resultado de una gran lista de elecciones que ha primado una versión determinada, y muy escogida, de sus historias; son más un simulacro que la realidad; pero son simulacros verdaderos, y “de ahí nuestro desconcierto”.

Este proceso de mercantilización de todo producto es una apisonadora que va arrasando con la autenticidad (o supuesta) y la singularidad. Ya denunciamos en First We Take Manhattan cómo los barrios cuya población se opone a la gentrificación son, paradójicamente, los barrios más atractivos para los clientes de la gentrificación: porque se percibe en ellos un poso de autenticidad, de población autóctona que lucha por su ciudad; ¿qué puede haber más atrayente?

Pero la renta del monopolio es una forma contradictoria. Su búsqueda conduce al capital mundial a valorar iniciativas locales específicas (y, en ciertos aspectos, cuanto más específica sea la iniciativa, mejor). También conduce a la valoración de la singularidad, la autenticidad, la particularidad, la originalidad y cualquier otra dimensión de la vida social incongruente con la homogeneidad presupuesta por la producción de mercancías. Y para no destruir totalmente la singularidad que constituye la base de la apropiación de rentas de monopolio (…), el capital debe respaldar una forma de diferenciación y permitir desarrollos culturales locales divergentes y en cierta medida incontrolables, que pueden ser antagónicos a su propio funcionamiento estable. (p. 433)

Con esto, Harvey acaba con una nota de esperanza: deseando que estas fisuras que el propio capitalismo va generando, permitiendo o reforzando permitan “a un segmento de la comunidad interesada por las cuestiones culturales a ponerse del lado de una política opuesta al capitalismo multinacional”.

Al intentar comerciar con los valores de autenticidad, ubicación, historia, cultura, memoria colectiva y tradición, [los capitalistas] abren un espacio de pensamiento y acción políticos dentro del cual pueden idearse y perseguirse alternativas. Ese espacio merece una exploración y un cultivo intensos por parte de los movimientos de oposición. Es uno de los espacios de esperanza claves para la construcción de un tipo de globalización alternativo. Uno en el que las fuerzas progresistas de la cultura se apropien de las fuerzas del capital, y no al contrario. (p. 434)

La época de las metrópolis, Clemens Zimmermann

Las ciudades de los inicios de la etapa moderna eran, en su inmensa mayoría, pequeñas ciudades mercado de entre 2.000 y 5.000 habitantes, donde el elemento rural aún desempeñaba un gran papel. Sólo en el siglo XIX se consagró como dominante el tipo de la gran ciudad industrial. (p. 10)

Ese es el objetivo del libro de Clemens Zimmermann La época de las metrópolis (1996): un vistazo histórico a cuatro ciudades europeas durante el siglo XIX, el momento en que se configuraron como grandes metrópolis al volverse ciudades industriales. Las cuatro ciudades elegidas son Mánchester, San Petersburgo, Múnich y Barcelona. Zimmermann las estudia para comprender tanto sus diferencias como aquellos elementos comunes.

El autor empieza con una distinción: los dos significados del término urbanización. Por un lado se refiere a la acumulación en las grandes urbes industriales que se dio en el siglo XIX (y se agudizó durante el XX); por el otro, a las formas de vida urbanas que surgen en estas ciudades durante dichos procesos.

Grosso modo, las ciudades eran enclaves densos de calles estrechas encerradas por murallas. Su crecimiento sólo se dio en cuanto éstas fueron, bien derribadas, bien superadas. Coincidió con el desarrollo industrial y cierto interés por racionalizar el espacio, por lo que se abrieron grandes bulevares y se llevaron a cabo ensanches (París, Barcelona). Pero el hacinamiento continuaba y ya en la Inglaterra de los años 40 del siglo XIX surgieron los higienistas reclamando condiciones más dignas. Estas se tradujeron en una regulación cada vez más compleja para decidir qué tipo de ciudades se quería (o se debía) construir. Paralelamente surgió el concepto de la ciudad jardín, que si bien no consiguió modificar las ciudades sí que supuso un toque de atención a la necesidad de que hubiese otros elementos en la paleta urbana y luchó contra la enorme densidad. Surgió también el racionalismo con su funcionalización y la separación de las distintas tareas en distintos distritos.

Gran ciudad y metrópolis, pese a que se usen como sinónimos, no lo son. Una ciudad grande se convierte en metrópolis cuando destaca en algún sentido: “especial aspiración a ser reconocidas como ámbitos ejemplares de experiencia social”. Están, por supuesto, las ciudades globales de Sassen: Londres, Nueva York, París (aunque Zimmermann, historiador alemán, incluye Berlín debido a su poder regional); pero también ciudades artísticas como Múnich, centros de conexión entre Rusia y Europa como San Petersburgo o ciudades cuya “contribución a la arquitectura y arte modernos es importante en la escala internacional”. O Mánchester, que fue “la primera” ciudad industrial, el espejo en el que todas se medían.

Esa es la explicación de por qué estas cuatro ciudades. Y en cuanto al tema en sí, la urbanización: es esencial porque configura el devenir de nuestro día a día. Las ciudades pasaron de ser lugares donde las personas se reunían a lugar especiales donde sucedían cosas específicas a sus habitantes (Simmel, “Las grandes urbes y la vida del espíritu“) así como una “segmentación de los lazos sociales” (a complex pattern of segregation) que llevó a Wirth (“El urbanismo como modo de vida“) a estudiar las características específicas del proceso, y que él descubrió en el tamaño, la densidad y la heterogeneidad o carencia de ella.

Hoy en día está claro que los criterios de especialización funcional o la densidad de contacto son insuficientes para definir la “urbanidad”. El peso económico y cultural es lo que caracterizó a las metrópolis y es esto lo que las distinguía de las meras aglomeraciones. (…)

Lo que en el siglo XIX fue específicamente urbano estaba estrechamente vinculado con la historia de la burguesía como portadora de formas de vida urbana y con la historia de los trabajadores y sus organizaciones autónomas. Las metrópolis no sólo fueron centros de cultura y ciencia, también fueron importantes las novedades institucionales, que introdujeron, por así decirlo, las actuaciones innovadoras. Un ejemplo de ello son los grandes almacenes, que desde finales del siglo XIX alcanzaron un eco cada vez mayor entre los consumidores de las grandes ciudades. (p. 36-37)

Mánchester es la ciudad industrial clásica, hasta el punto de que en el siglo XIX se hablaba de otras ciudades del continente europeo como “el Mánchester español” o “el Mánchester alemán”. La ciudad se convirtió en un mastodonte enorme dedicado por entero a la producción económica. No sólo la ciudad en sí, sino toda la región se modificó con el foco puesto en Mánchester y su producción. “Mánchester se convirtió en el punto clave de una región que se caracterizaba por una estructura social espacial y para la cual el núcleo urbano adquiría un significado especial como puesto administrativo, comercial y financiero en la práctica cotidiana de la población del conjunto espacial.”

Mánchester, coqueta.

La propia estructura espacial de la ciudad se modificó. Los espacios disponibles lo bastante amplios para permitir el paso de las vías del tren subieron de precio, así como todas las zonas de la ciudad cercanas a las estaciones. El tren aún no era un medio de transporte asequible a los trabajadores, por lo que estos se establecían cerca de las fábricas, apiñándose en un centro urbano completamente hacinado. Las clases medias y altas escaparon tan lejos como les fue posible, a unas afueras donde el aire era respirable; la industria no dejaba de crecer, sin embargo, y hasta esos barrios eran absorbidos por las masas, provocando un éxodo continuo hacia el exterior.

Dos observadores de la ciudad a mitad del siglo XIX, Reach y Engels, la describieron de modo similar: un centro donde convivían el nodo comercial con masas de trabajadores, un anillo de proletarios hacinados e industria y una capa exterior donde residía la alta y media burguesía. De hecho, la propia clase obrera sufrió una larga serie de procesos de diferenciación “según criterios de ingresos, de cualificación, de respetabilidad y de origen étnico”. “Es característico de Mánchester, en comparación con otras ciudades en proceso de industrialización, lo temprano y profundo de los procesos de segregación social.” Los ricos perdieron a los pobres de vista; y a partir de ahí, era fácil considerarlos unos parias, seres sin ganas de trabajar; personas que merecían sus condiciones de vida.

Esa fue la primera pregunta sobre los slums: ¿se formaban por el carácter moral de los pobres o eran debidos a su pobreza? Los estudios de los higienistas para combatir el hacinamiento revelaron también la formación de las redes familiares y sociales entre los proletarios. En efecto, se formaban estructuras funcionales capaces de ayudar y acoger a los inmigrantes que llegaban, y la vida social en el barrio era esencial. Aquí ya avanzamos el interés por los distintos grupos que luego desarrollaría la Escuela de Chicago.

Si el proletariado fue una de las clases resultantes de la aparición de la ciudad industrial, la otra fue la burguesía. Mercaderes que se hacían con grandes sumas de dinero, al convertirse en las clases dirigentes (o en parte de ellas) interaccionaron con los gentry, la aristocracia inglesa que tradicionalmente había dirigido el país. Los burgueses eran más pragmáticos e individualistas; sin embargo, al ir sumando cotas de poder, adoptaron los símbolos de poder y de estatus así como sus títulos nobiliarios y agrarios. Por otra parte, “en la fase central de la época victoriana se impusieron en la sociedad inglesa valores típicos de las capas medias -al menos la creencia en el sentido social de la competencia individual y en los efectos beneficiosos de una política social construida sobre el principio de la “ayuda a uno mismo””.

Al igual que los proletarios, también la burguesía estaba segregada en grupos distintos: no era lo mismo un empresario industrial que un prestamista o los propietarios de negocios pequeños.

San Petersburgo se estableció como el nexo entre Rusia y Europa. La ciudad se caracterizó por un esplendor de las artes (ópera, ballet, cultura) pero también de la edición de periódicos, libros y saber. Tal vez por ser de fundación reciente (fue fundada el 1703), la industria no ocupó el centro, sino un anillo exterior de la ciudad. Por ello, la segregación espacial no se dio en barrios, sino en el interior de los propios edificios: la planta principal correspondía a los burgueses y las clases iban descendiendo a medida que subían los pisos; paradójicamente, las clases más bajas habitaban en los húmedos subterráneos. Sí que hubo cierta segregación espacial por grupos étnicos de los inmigrantes llegados a la ciudad.

La industrialización de Múnich, en cambio, no consiguió acabar con el aura de comunidad, casi de centro rural, que imperó en la ciudad durante todo el siglo XIX. “Incluso hoy [1932] Múnich tiene alguna cosa de pueblo o de aldea animada del Oberland, mientras que simultáneamente ostenta rasgos esenciales urbanos internacionales y mundiales”, escribía Max Halbe sobre la ciudad.

En cuanto a Barcelona, Zimmermann destaca el empuje de la arquitectura y la cultura en la ciudad. La industria, especialmente la téxtil, triunfó en la ciudad y en las cercanías (lo que explica la potencia de un cinturón de ciudades medianas que rodea la Ciudad Condal aún hoy), generando la aparición de una alta oligarquía industrial. Este estamento tenía una clase superior que se distanció del resto y adoptó formas de vida aristocráticas, convirtiéndose en unas 20 o 30 familias que aún a día de hoy disponen de gran poder y que se estructuraron alrededor de la caja de los marqueses (la actual Caixa de Pensions o, simplemente, La Caixa).

Entre estas familias, por ejemplo, estaba la familia Güell, que fue mecenas de Gaudí en muchas de las creaciones del arquitecto. Eso fue otra de las características esenciales de la ciudad: el desarrollo de un movimiento artístico, muy ligado al Jugendstil europeo, también con raíces en una revisión de la historia para potenciar el nacionalismo catalán y usarlo como arma en el dime direte entre el gobierno catalán y el gobierno español.

El epítome de esta burguesía fue el Liceu. Construido como el mayor teatro de música de Europa en su época, la burguesía lo usaba para llevar a cabo sus ritos de clase: presentaciones, puestas de largo, etc. Era al lugar al que ir para ver y dejarse ver; y de ese modo lo percibían también las clases trabajadoras, por lo que hubo allí un atentado en 1893.

Por el contrario, existía también una clase obrera muy politizada. Como dijo Engels, Barcelona había exhibido más barricadas a lo largo de su historia “que ninguna otra ciudad europea”. Las reivindicaciones obreras colindaban con un asociacionismo muy potente, corales, grupos de excursionistas, etc, por lo que, cuando conseguían movilizar a la población, las redes ya estaban formadas y las protestas eran multitudinarias.

Es curioso cómo Barcelona ha luchado tanto por recordar las grandes gestas y la idiosincrasia de su burguesía (el modernismo, el Liceu, la Rambla, el Eixample) y, sin embargo, lucha constantemente por enterrar ese pasado de reivindicaciones obreras (enterrando La Maquinista o reformando el Barrio Chino para convertirlo en el Raval), como ya comentamos a propósito de Elogi del vianant de Manuel Delgado.

Como conclusión, Zimmermann destaca como característicos de la ciudad industrial “la nueva estructura espacial”, determinada porque zonas de la ciudad adoptaron funciones claras, “y también las diferentes formas de segmentación de los grupos sociales”. Asimismo, el desarrollo de la mentalidad productivista e individualista, el “estilo cultural específico” de la burguesía económica, con los cafés, las galerías, las exposiciones, fachadas y escaparates. “Durante la urbanización europea, las metrópòlis se transformaron en los centros de innovación líderes de la reproducción social.”

Jodidos turistas

Jodidos turistas (Antipersona, 2017) son cuatro artículos de autores distintos que reflexionan alrededor del actual concepto de turismo y sus consecuencias.

Despreciamos a los turistas porque su visita nos convierte en indígenas. Y nosotros no queremos serlo. En lugar de aprovechar la posición de sumisión en que nos deja el turismo para atacar al sistema que las genera, preferimos convertirnos en ellos. En otros lugares del mundo no hay posibilidad de elección -los sujetos visitados nunca podrán devolver la visita-, pero en este preferimos ser turistas que acabar con la dominación que genera. (Introducción)

“Detrás de los anuncios de viajes asoma siempre la idea de que nuestro día a día es algo que bien merece una “escapada”, en una muestra de que el capitalismo es capaz incluso de rentabilizar la conciencia de que el mundo que ha creado es difícilmente soportable.” Así empieza el primero de los artículos, “Turismo industrial y consumo de lugares exóticos”, de el Fanzine Malpaís. Entienden por turismo industrial por “la forma que adopta el viaje cuando se realiza mediante el sistema de relaciones e infraestructuras que el Capital y los Estados han dispuesto para la explotación turística de lugares a escala mundial”, y es una serie de procesos que encontraron su auge después de la Segunda Guerra Mundial, cuando el capital buscaba nuevos frentes que mercantilizar y que, por ejemplo, convirtieron al Mediterráneo y el Caribe en “las primeras piscinas del turismo internacional”.

A este concepto de la “escapada” se le añade posteriromente, al pasar de una economía fordista a una postfordista, el elemento exótico, la alteridad, tanto geográfica como cultural. El viaje ya no sólo nos permite “abrirnos a nuevas culturas” o descubrir nuevos entornos, sino que además nos convierte en personas distintas en función de las destinaciones que hayamos consumido. Pero eso nos convierte, también, en agentes colonizadores, puesto que se visitan lugares cuyo habitantes no podrán devolver la visita, “a no ser que lo hagan como fuerza de trabajo migrante”.

Se vende la industria turística como una “no contaminante, sostenible, generadora de riqueza y empleo”, pero a menudo se esconde que esta riqueza va acompañada de una imposición concreta del modo de riqueza y de desarrollo y progreso capitalista.

Está bastante extendida esa idea de viajar muy lejos para “encontrarse con uno mismo”. Es curioso que, aunque uno se haya perdido en alguna megalópolis occidental, un día se pone en marcha y va a buscarse a un hostal de mochileros de un poblado nepalí. (…) ¿Qué son esas cosas perdidas? Parece razonable pensar que se trata, por ejemplo, de una nostalgia ancestral de las condiciones de existencia arrebatadas históricamente por el capitalismo, de la autonomía que alguna vez pudieron tener las comunidades para decidir cómo vivir, de la capacidad de entenderse con el entorno natural, y de una cultura propia que aún no había sido aniquilada y sustituida por la homogeneización occidental y el triunfo de la mercancía. (p. 23)

La idea, además, es que la industria turística ayuda a los lugares “menos desarrollados” donde termina. Pero esta idea no se sostiene por diversas razones:

  • En primer lugar, la identidad colectiva del lugar visitado (que a menudo ha sido extirpado de su “identidad real”, si es que existía) se genera a partir de las expectativas y necesidades de los visitantes, diluyendo así su identidad; ¿qué es, por ejemplo, algo muy auténtico?, algo que se aleja de lo que entendemos por habitual en nuestras dinámicas capitalistas actuales; por ello, eso precisamente es lo que tratarán de generar esas culturas para atraer los flujos del capital.
  • Esto genera unas vivencias que están en todo momento marcadas por la simulación y por la lógica mercantilista; un indígena no dirá lo que tenga en mente, sino lo que los visitantes esperan oír. Así, no es inhabitual las quejas de un turista porque los autóctonos no han sido lo “bastante” complacientes o no se han mostrado lo suficiente agradecidos por “la propina”, o incluso porque han tratado de venderles algo más caro porque “son turistas”, obviando que el precio es muchísimo más reducido que en su país de origen; y ya no entramos a hablar de mercados como el turismo sexual. “Y es que los viajes exóticos son para una buena parte de los turistas una oportunidad inigualable para acariciar el tipo de consumo de las clases adineradas, permitiéndose a precios más económicos lo que en su lugar de origen son lujos” (p. 32). Es decir, parte del viaje es el lujo de sentirse ricos al lugar donde se viaja; y la forma de hacerlo no es enriqueciéndose (algo harto complicado) sino visitando lugares pobres donde nuestro nivel de vida es muy superior.
  • Finalmente, las supuestas ventajas del capital que aporta el turismo a las zonas que “canibaliza” no suelen revertir en la población, sino en unos pocos de sus miembros, cuando alguno; los flujos del turismo están especializados en descubrir (o generar) nuevos espacios “exóticos”, “jibarizándolos”, es decir, apropiándose sólo de algunas de sus características más exóticas, despojándolos de las que son menos atrayentes; y, por lo tanto, están en una posición de poder para establecer las estructuras que buscan los turistas. A menudo se trata de complejos sólo para turistas desgajados del país, como resorts u hoteles de lujo que privatizan una playa o recursos del país, y donde los autóctonos ocupan solamente el lugar de siervos, obligados a formar parte del sector servicios.
  • Puesto que los turistas están de vacaciones, entregados a un exotismo (y un erotismo) distintos del día a día, no tardan en surgir redes de prostitución y narcotráfico.
  • Además, los efectos sobre los mercados y espacios indígenas son terribles. “Donde antes había pequeños barcos pesqueros, ahora se pueden ver yates y embarcaciones de recreo. Los bienes de consumo básico se encarecen en los mercados locales. Sube también el precio del suelo y la especulación inmobiliaria desplaza a los pobres locales. Las arcas públicas financian las infraestructuras, los oligopolios hacen negocio.” (p. 36)

El artículo huye de dar la imagen de los autóctonos como “pobres víctimas”. “Es obvio que esta situación se da en contextos de dominación, pero también de negociación, traducción, acuerdo y conflicto.” Es similar a alquilar un piso a un habitantes de la ciudad o a los turistas por Airbnb; los réditos de uno y otro son distintos, claro, pero la elección la toma cada uno.

El segundo artículo habla del “modelo Barcelona” y cómo, ya desde el siglo XIX, el objetivo de una gran parte de su burguesía ha sido atraer turismo para hacer negocio. Ya se intentó con las Exposiciones Universal e Internacional, pero el pistoletazo de salida que realmente encumbró a la Ciudad Condal al éxito fueron los Juegos Olímpicos y la especulación que trajeron / permitieron. Otros cambios en la ciudad, como la ampliación de los muelles para atraer a los megacruceros o la celebración del Mobile y otros festivales o congresos, no han hecho más que potenciar esta tendencia, además de la potente publicidad del lobby turístico, que ha dominado con su discurso de que “el turismo es beneficioso para la ciudad” y cualquier proceso, o hasta decisión política, que trate de frenarlo está tratando de quitar riqueza a la ciudad. La cantidad de viviendas de alquiler puestas en Airbnb o la llegada de “turismo basura”, así como el auge de trabajos también basura del sector servicios, destinados a satisfacer los deseos de los visitantes, son otras de las consecuencias que el turismo trae a la ciudad.

El tercer artículo trata sobre las Islas Baleares, otro enorme destino turístico que está sufriendo las mismas consecuencias, en este caso, además, agraviadas por el descalabro ecológico que supone la masificación veraniega que sufren las islas.

El último artículo, “Dulzainas y kebabs. La decepción del turista rural”, de Layla Martínez, además e muy divertido, da una descripción de cómo estas dinámicas de sumisión entre los turistas de los países desarrollados y los autóctonos de lugares “más exóticos” se dan también en las relaciones entre la ciudad y el campo. Martínez estaba haciendo queso en un pueblecito de los Picos de Europa cuando un turista empezó a hacerle fotos con la cámara; sin más, sin pedir permiso, convencido de que tenía derecho a inmortalizar esa “forma ancestral” de hacer queso que aún se mantenía en los pueblos.

Martínez retrata la indignación que sufren los visitantes de la ciudad cuando ven que los habitantes del medio rural usan su todoterreno para ir a ordeñar las vacas, piden en Telepizza (o desearían que les llegase hasta el pueblo) y compran tranquilamente en Amazon mediante su Iphone. “Así no hay manera de que los urbanitas llenen su vacío existencial.”

Sin embargo, este sentimiento de estafa no se dirigía contra el parque o contra la industria del turismo que les había vendido algo que no era real, sino contra los pastores, a los que culpaban de haber traicionado a sus antepasados, de haberse dejado pervertir por las tentaciones del capitalismo, de no hacer el queso como antes. (…) Comerse un kebab en la ciudad es aceptable, e incluso una muestra de tu interés multicultural, pero comerse un kebab en un pueblo es una traición a tus antepasados, una señal de decadencia de la cultura europea y una muestra de la perversión capitalista. (p. 86)

La arquitectura de la no-ciudad, Félix de Azúa

La arquitectura de la no-ciudad recoge una serie de conferencias dadas en el año 2003 por diversos ponentes alrededor de “la dificultad de imaginar, definir o pensar la no-ciudad y sus consecuencias sobre la arquitectura”, organizada por la Cátedra Jorge Oteiza de la Universidad Pública de Navarra. Cada autor aborda la temática desde su punto de vista, ofreciendo un atisbo de lo que entienden por no-ciudad y las consecuencias que su desarrollo puede tener sobre la convivencia, los ciudadanos y también la arquitectura. Pese a que alguna de las intervenciones se perciba levemente desfasada (no en vano han pasado casi 20 años), todas ellas son más que interesantes.

El filósofo Félix Duque divide la no-ciudad en tres ciudades distintas en su intervención La Mépolis: Bit City, Old City, Sim City. “Las megalópolis son los nudos de la economía global, con sus funciones de dirección, de producción y de gestión planetarias: allí donde se anudan el control de los medios de comunicación, el poder fáctico -basado en los flujos bancarios- y la facultad para la invencion de mensajes, de narraciones de cohesión: los nuevos mitos de los que se nutre nuestra era.” (p. 27) Lo que caracteriza a estas megalópolis es su desconexión con la región circundante y su estrecha vinculación con otras megalópolis, mediante una red de aeropuertos, trenes de alta velocidad y conexiones que van relegando el resto del territorio a un papel secundario. A este espacio, Duque lo llama Nociudad y lo divide en tres subciudades (que coexisten, por supuesto, no como entes autónomos, pero sí que en cada una de ellas prima un concepto):

  • Bit City u Online City, que corresponde a la actividad económica y laboral;
  • Old-line City, una parodia del centro, el Downtown histórico, “una rehabilitación y reordenación del casco histórico de las ciudades con decidido desprecio hacia la historia de la ciudad”; mediante la museificación, la disneyificación, la recreación de un pasado que nunca existió, con ecos del simulacro, el hiperrealismo y Baudrillard;
  • Sim City o la Ciudad del Simulacro, antes llamada Sin City o la Ciudad del Pecado, que condensa el arquetipo de la vida social y de ocio, y cuyo paradigma es, por supuesto, Las Vegas y el Strip.

Encontramos en Duque, cuando habla de Bit City, ecos de ese momento, que se dio durante el cambio de siglo, en que se preveía que la virtualidad iba a llegar de forma mucho más drástica: en que el futuro sería virtual de una forma, si me permiten, más física de lo que es; que transitaríamos virtualmente las ciudades andando por ellas, en vez de recorrerlas mirando un teléfono y la aplicación de Google Maps. La virtualidad ha llegado, vaya si ha llegado, pero de una forma mucho más discreta, por la puerta de atrás, haciendo más difícil que nos demos cuenta de la enorme significación que está teniendo en nuestras vidas.

El escritor Eduardo Mendoza explica que se vio a sí mismo convertido en algo similar a un “cronista de Barcelona” y que su pasión por las ciudades surgió cuando descubrió que éstas se analizaban como colección de hechos, como ente donde suceden cosas, pero no como un lugar autónomo con personalidad propia. Esta concepción, de la que el propio autor es consciente de que era fruto de su época (en definitiva, de la creación del márqueting de ciudades a partir de la crisis económica de los años 70, cuando se reconvirtieron en “nodos” de atracción de poder, turismo y flujos de capital), se ejemplifica por la distancia entre los bombardeos de Londres o Dresde durante la Segunda Guerra Mundial, bombardeos a mansalva que pretendían implantar el miedo en los ciudadanos, y la destrucción de las Torres Gemelas el 2001, un golpe directo al símbolo, financiero y moral, de la ciudad de Nueva York que sus propios habitantes percibieron como tal.

El siguiente es el arquitecto Rafael Moneo, que reflexiona alrededor de seis puntos que han marcado la evolución arquitectónica de las ciudades:

  • los muros que protegían y encerraban las primeras ciudades, marcando la distinción entre el adentro y el afuera, dónde se cumple la ley y dónde no;
  • el surgimiento de la ciudad jardín como respuesta al progresivo embrutecimiento de las ciudades con la llegada de la revolución industrial, el proletariado, el hacinamiento urbano, etc.
  • Le Corbusier, generado por la misma causa, y la ciudad planificada que, voluntaria o involuntariamente, quiso acabar con la espontaneidad ciudadana;
  • la “beautiful city”, un centro glorificado, una ciudad estática, inmutable y siempre bella; incapaz, por lo tanto, de adaptarse a los cambios que sucedan;
  • Rossi y el intento de la creación de una teoría de la ciudad, entender cómo se habían creado para tratar de crearlas mejor;
  • la aparición del “territorio”, el hinterland de las ciudades; si me permiten (y esto sólo lo insinúa Moneo), el paso de ciudad a flujo, a nodo espacial.

El siguiente es Manuel Delgado, antropólogo urbano y viejo admirado en este blog. Sin embargo, en esta ocasión hace Delgado un símil con el que no acabamos de estar de acuerdo: equipara la no-ciudad al flujo, informe y magmático, nunca estructurado pero siempre estructurándose, de los ciudadanos, de las personas que la recorren. Siguiendo el cuento de la ciudad de Sofronia de Calvino en Las ciudades invisibles (una ciudad formada por dos mitades: el carrusel, la feria, el tiro al pato, el circo; y la otra, los museos, la bolsa, los templos, los castillos; y cada seis meses llegan los operarios y desmontan una mitad, y se la llevan; y se quedan el circo, el tiro al pato, el carrusel, la feria, esperando que vuelvan los museos, templos, la bolsa y la iglesia, para volver a estar completa), la no-ciudad es, realmente, la ciudad menos la arquitectura.

Primero asimila el concepto de no-ciudad al de suburbia, esos espacios disfuncionales (para el carácter de espacio público, se sobreentiende) donde las personas viven en extensiones larguísimas de casas similares y necesitan del vehículo privado para trasladarse a cualquier lugar, y donde la vida social se da solamente en los centros comerciales; más que no-ciudad, lo llama anticiudad o contraciudad, pseudociudad incluso: “centralización sin centralidad, renuncia a la diversificación funcional y humana, grandes procesos de especialización, producción de centros históricos de los que la historia ha sido expulsada… Todas esas dinámicas -trivialización, terciarización, tematización- desembocan en una disolución de lo urbano en una mera urbanización…” (p. 124).

De ahí al concepto de no lugar puesto de moda por Marc Augé; donde Augé veía algo “lugares monótonos y fríos a los que no les corresponde identidad ni memoria”, Delgado propone la definición de Michel de Certeau: “Lo que para Augé es un paisaje, para Duvignaud y de Certeau sería más bien un pasaje. De la apoteosis del espacio sin creación y sin sociedad que sería el no-lugar augéiano, pasaríamos a la categorización del no lugar como espacio hecho de recorridos transversales en todas direcciones y de una pluralidad fértil de intersecciones, a la que llegan aquellos dos autores.” Aquí es donde inserta el cuento sobre Sofronia y recalca que los ciudadanos, los pasantes si lo desean, existen en tanto que quidam, aquella figura latina que se refiere al que pasa y que sólo existe en tanto que pasa; y llega finalmente a la creación (mítica) de Roma, cuando Rómulo traza los límites de la ciudad con un arado, dejando afuera “la inestabilidad y oscilación que se había decidido abandonar. Desde entonces, errar no en vano va a ser al mismo tiempo vagar y equivocarse. A partir de ese momento, el lenguaje nos va a obligar a que proclamemos que todo errar es un error.”

El escritor y periodista Vicente Verdú habla sobre Las Vegas. “Las Vegas no se encuentra, simbólicamente, en ningún lugar determinado. Carece del arraigo que la trabaría a un entorno marcado o de la pesantez documental, que la ataría a la historia. Nació como un artificio en el área desmarcada de un desierto y se comporta, desde entonces, con la liviandad de un espejismo.” (p. 157) En Las Vegas se mezcla todo, y cualquier ciudad desea ser allí clonada para acceder “a la categoría de lo irreal y (…) no morir nunca”. La propia Las Vegas se clona en sí misma y ha generado un modo de hacer donde el resto de ciudades buscan clonarse en un simulacro más real que la realidad (la hiperrealidad): John Herde diseñó un centro comercial a las afueras de Nueva York donde reproducía escenas de la Nueva York real; que estaban a poco tiempo y se podrían visitar en realidad, pero que tienen el inconveniente de ser más sucias, demasiado reales. Por eso los cafés que simulan Roma son impolutos, no como los reales en Roma; pero los propios cafés romanos tienen que convertirse en impolutos, en simular bien su simulación, so pena de que los turistas acaben decepcionados al llegar a la ciudad eterna.

En un primer estadio, en el capitalismo de producción, la urbe hizo las veces de un campamento donde habitaba el ejército laboral de reserva. Más tarde, en el capitalismo de consumo, la ciudad fue el lugar donde brillaban los objetos de deseo. Ahora, en el capitalismo de ficción, la ciudad deja de ser contenedor para ser ella misma, en cuanto objeto fascinante y opaco, quien ingresa en el proceso de producción.

[…] Efectivamente, las ciudades históricas se emplean ya poco para residir. Son hoteles y locales de copas, restaurantes, museos, cines, calles comerciales, oficinas e iglesias antiguas, todo dentro de un pack. La ciudad ha demostrado su capacidad de fantasía interminable: lonjas convertidas en videotecas, mataderos acondicionados como teatros de ópera, cárceles y hospitales volcados en museos, palacios traducidos en paradores, catedrales iluminadas como platós. La ciudad se reconstruye como espacio teatral y se autocontempla como un tinglado donde los visitantes son actores, protagonistas de un concurso televisivo o turistas-fotógrafos que se afanan pro captar la visión de la visión, la foto que viene en la postal, el acta ilustrada de sus actos. (p. 160-61)

En este escenario, la vida que aún queda en la ciudad se convierten en “extras en la película que presenciala oleada turística”, cuando no en parte del atractivo “local” que convoca a las masas de turistas (como sucedía con las resistencias antigentrificación de Kreuzberg, por ejemplo, lo vimos en First We Take Manhattan). El lugar estratégico de la primera ciudad fue la puerta, que conectava el adentro con el afuera; luego el puerto, que conectaba la ciudad con el exterior, y luego el ferrocarril, que la conectaba también con otras ciudades; ahora es el aeropuerto y las conexiones con los trenes de alta velocidad y las autopistas, nodos crecientes donde el único patrón dirigente es la especulación y el capital. Se habla de postmetrópolis (la escuela de Los Ángeles) pero también de egde cities, urban villages, middle landscape, etc, para referirse a estas extensiones amorfas, desproporcionadas.

Celebration, de Disney

¿Y los ciudadanos? Refugiándose en CID, Common-Interest Developments, también llamadas gated communities: recintos cerrados, amurallados, específicos para un tipo de población (jubilados, matrimonios, singles, cristianos, lo que pueda usted imaginar) donde la urbanización y la naturaleza siguen un determinado patrón (casas unifamiliares construidas según determinados motivos estéticos) y todo símil al espacio público es mediado, dirigido, controlado. El ejemplo sería Celebration, de Disney, pero existe una multitud creciente de ellas.

Félix de Azúa, escritor y doctor en Filosofía, es el último poniente, y también el moderador del evento. En su ponencia trata de buscar las formas en que es posible representar (o no) la no-ciudad. La primera ciudad separa el campo de lo urbano; la ciudad renacentista es glosada y retratada por la pintura, puesto que son ciudades esculpidas, similares a un objeto de culto (veremos más adelante, con La producción del espacio de Lefebvre, que son, en realidad, producidas). La literatura no se interesa por ellas hasta mediados del siglo XIX: Don Quijote ya empieza con la descripción de paisajes, algo que la novela anterior (si es que se puede hablar de novela antes del Quijote) no hacía, y Moll Flanders, por ejemplo, también viaja y permite al lector conocer las zonas que transmite; pero es con Jane Austen que la novela entra en la ciudad (“la obra de Jane Austen puede leerse como el progresivo triunfo artístico de la ciudad sobre el campo y su consagración definitiva en tanto que territorio natural de la novela, aunque todavía las fuerzas del bien residan fuera de Londres”). Luego llegarán Dickens, Dostoievsky, Balzac, Galdós.

Sin embargo, la narrativa no era capaz de aprehender la ciudad: solía dividirla en dos, la del bien y la del mal. En cuanto aparecen más versiones, la literatura se revela incapaz del retrato, como descubrió Benjamin al afirmar que la nueva ciudad sólo podía ser representada mediante el cine y la fotografía, mediante el montaje: “la yuxtaposición de imágenes sin relación interna, expresaba con toda propiedad el proceso productivo, las condiciones del trabajo proletario, las relaciones sociales y la experiencia sensible del ciudadano en la gran urbe industrial.”

“La aparición de las no-ciudades, de los no-lugares, la tematización de los centros urbanos, la conversión de los depósitos de memoria (museos, monumentos, circuitos históricos) en centros comerciales, la construcción generalizada de “simulacros verdaderos”, han convertido la vida urbana y la urbe en un laberinto de imágenes cada vez más similar a los cientos de canales televisivos a los que se accede con un mando a distancia.

[…] Pintura y dibujo fueron suficientes para la ciudad antigua, la palabra dio cuenta de la ciudad industrial, cine y fotografía se bastaron para el siglo XX, pero la urbe del siglo XXI escapa incluso a esos medios técnicos de representación. ¿Acaso debemos entender que la ciudad ha desaparecido como unidad conceptual?

La respuesta es que la ciudad, en su sentido clásico, ya no existe, pero en su lugar se está construyendo un simulacro de ciudad clásica muy convincente. Y este simulacro es verdadero. Tal es el origen de nuestro desconcierto. (p. 178-180)

Dos ejemplos: Matrix presenta una no-ciudad que, sin embargo, fue adaptada a la realidad en cuanto la película triunfó; en cambio, para El show de Truman, se escogió la ciudad de Seahaven (“una ciudad-simulacro” del grupo Seaside). Seahaven es “real”, Matrix no lo es, pero ambas son intercambiables puesto que ninguna se construye para cubrir las necesidades tradicionales; sin embargo, son reales en el sentido en que alguien los habita; por lo tanto, no existe sólo una realidad virtual, sino también una virtualidad real. “Es un sistema en el que la misma realidad (esto es, la existencia material/simbólica de la gente) es capturada por completo, sumergida de lleno en un escenario de imágenes virtuales, en el mundo del “hacer creer”, en el que las apariencias no están sólo en la pantalla a través de la cual se comunica la experiencia, sino que se convierte en la experiencia.”

Por ejemplo: el castillo de Disney: es un simulacro, porque no pretende “asumir la ideología de Luis de Baviera, la monarquía absoluta y el wagnerismo”: sólo asume la imagen de la copia. Otro ejemplo: la cadena de marisquerías “John Silver”, que imitan el ambiente de la película La isla del tesoro, que está basada en el libro La isla del tesoro que es en el fondo una invención de Stevenson que no existió jamás geográficamente. De modo que el cliente penetra en una especie de reverberación de la evocación de la imagen de una ficción sin original empírico.

Ponemos una foto de Times Square porque no hemos encontrado ninguna decente de las marisquerías John Silver.

O, dando un paso más, la reconstrucción de Times Square para reforzar la imagen de Nueva York simulando, de forma meticulosamente estudiada, la espontaneidad y anarquía que, se supone, tuvo en su origen la plaza; o los barrios gentrificados; o mantener, en Barcelona, las fachadas urbanas del siglo XIX pero dejando de lado las barracas, el barrio chino y las ciudades dormitorio; que también eran realidades de la época, pero se prefiere dejarlas de lado. Lo cual tiene lógica, porque es mucho más agradable pasearse por una Barcelona que evoca los paseos burgueses de una clase privilegiada “sin tener que soportar las huelgas, los atentados o el gangsterismo empresarial”. O el simulacro de las fiestas populares, estrictamente controladas por la autoridad o denostadas en cuanto el control municipal se muestra insuficiente para contenerlas (caso de San Juan, constantemente demonizado por la prensa por “la suciedad que deja en las playas”).

Sí que distingue de Azúa entre distintos simulacros:

  • la reconstrucción del centro arrasado de Múnich, que se inspiró en el siglo XVIII porque todos los otros estilos viables conducían, de uno u otro modo, a evocar el nazismo; por lo que este simulacro está basado “en una decisión moral, no económica o lúdica”;
  • el barrio de Santa Cruz de Sevilla, donde se inventó una arquitectura andaluza tan específica que ha acabado siendo el estilo andaluz de las películas; no es simulacro, sino invento;
  • el Pueblo Español de Barcelona, que no es simulacro sino parque temático.

En consecuencia, la no-ciudad (…) no puede representarse porque ella misma es la mejor y más convincente representación de la sociedad que en ella habita.

[…] Del modo más paradójico, la no-ciudad que todo lo oculta es de nuevo el verdadero espejo de la sociedad y su más fiel representación, exactamente como la ciudad gótica o la neoclásica representaban a sus sociedades. (p. 194)

Acaba el libro con un debate a cuatro donde interviene también el público; no tiene desperdicio, pero nos quedamos con la última pregunta que hace un asistente a la charla: si cada autor ha dado una definición distinta, todas ellas viables pero distintas, de lo que es la no-ciudad, ¿cómo se concibe, en definitiva, la no-ciudad? A lo que cada autor responde con sus palabras:

  • Félix de Azúa la sitúa en la interacción entre dos procesos: el crecimiento urbano exagerado que hace que, por ejemplo, no se pueda distinguir Bruselas de Amberes, porque es como si fueran la misma ciudad; y, por el otro, la conversión, museificación y gentrificación mediante, de los centros históricos en espectáculos para turistas, y por ello falseados; este doble procedimiento (de explosión e implosión) está borrando los modelos de ciudad conocidos; y por ello nos ha dejado sin medidas con que representar esta nueva ciudad;
  • Rafael Moneo pone el ejemplo de Venecia, que ya no es Venecia sino un caparazón, un lugar para la mera contemplación estética, no vivido;
  • Manuel Delgado continúa en esta reflexión y dice que la no-ciudad no puede ser representada “puesto que únicamente puede ser vivida”;
  • y acaba Eduardo Mendoza explicando que el turismo es una fuente de ingresos tan grande que no hay que decepcionar al turista; por lo tanto, si uno cree que en determinado lugar le van a picar los mosquitos, “hay que comprar mosquitos para que no se vayan sin picaduras”; por lo que las ciudades se acaban convirtiendo en representaciones. Siempre lo han sido, pero devienen no-ciudades cuando son organizaciones no funcionales.

La arquitectura del poder

El título original de este libro de Deyan Sudjic es The Edifice Complex: How the Rich and Powerful Shape The World, es decir, El Síndrome del Edificio: cómo los ricos y poderosos dan forma a nuestro mundo. Publicado en 2005, editado por Ariel en 2007 en España, el hilo del libro es seguir la gran cantidad de casos en que las relaciones entre el poder y la arquitectura han tratado (o conseguido) de dar forma a las ciudades más importantes del mundo.

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A diferencia de la ciencia y la tecnología, ambas presentadas convencionalmente como carentes de connotaciones ideológicas, la arquitectura es una herramienta práctica y un lenguaje expresivo, capaz de transmitir mensajes muy concretos. Sin embargo, la dificultad de establecer el significado político exacto de los edificios, y la naturaleza esquina del contenido político de la arquitectura, ha llevado a la actual generación de arquitectos a afirmar que su obra es autónoma, o neutra, o bien a creer que si exsite algo como una arquitectura claramente “política”, se reduce a un gueto aislado, no más representativa de los intereses de la arquitectura culta que un centro comercial o un casino de Las Vegas.

Esta idea es falsa. Es posible que determinado lenguaje arquitectónico no tenga un significado político concreto, pero eso no implica que la arquitectura carezca del potencial para asumir una función política. Y casi todos los dirigentes políticos acaban usando a arquitectos con fines políticos. (…)

[…] Pese a cierta cantidad de retórica moralista en los últimos años sobre el deber de la arquitectura de servir a la comunidad, para poder trabajar en cualquier cultura el arquitecto tiene que relacionarse con los ricos y poderosos. Nadie más tiene los recursos para construir. (…) Así, la misión del arquitecto puede verse, no como bien intencionada, sino como la de alguien dispuesto a hacer un pacto faustiano. (p. 11-13)

A partir de estas palabras en la introducción, y más que una “arquitectura del poder”, el libro recorre la “arquitectura de los poderosos”: desde Hitler y sus planes para construir Germania junto a Albert Speer, a la mezquita que planeó Saddam Hussein, los bulevares de París de Haussmann y Napoleón o las construcciones faraónicas de Mitterrand en París o Blair en Londres. La arquitectura es la más perdurable y visible de las artes: a diferencia de la pintura, la danza o el cine, que requieren acudir a un lugar específico para su disfrute, la arquitectura brota en nuestra ciudad, se adueña del paisaje, se nos impone como piedra de toque que hay que recorrer sí o sí, un hito en el horizonte, una muesca inevitable en el skyline. Por ello es lógico que los dirigentes traten de dejar su huella en la ciudad para reconvertirla en el objeto de sus designios, pero también con el convencimiento de que sus intervenciones dejarán huella. En Italia sigue habiendo explanadas que se vaciaron para construir la ciudad soñada por Mussolini, en Berlín tuvieron que lidiar con las zonas demolidas por Speer para hacer realidad el sueño de Hitler de una capital alemana universal.

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La Germania de Hitler y Speer, muy discreta.

Pero el sueño urbanístico no sólo ha sido el desmán de los grandes líderes totalitarios: estos sólo lo han tenido más fácil para remodelar grandes zonas de la ciudad, debido al poder que ostentaban. No, la huella tratan de dejarla todos los dirigentes; y ahí es donde entran los arquitectos. Un edificio requiere unas inversiones brutales sólo al alcance de unos pocos; a diferencia de la pintura, que es prácticamente accesible a todos, la arquitectura, la que deja huella, implica relaciones con el poder, darse a conocer, ser controvertido. De ahí llegamos a Venturi, a Koolhas, a Gehry, a tantos otros: nombres que se acaban forjando un estilo y que copan todas las opciones en los concursos de arquitectura, y que también denuncia Sudjic.

El autor denuncia que en la actualidad existen cerca de treinta grandes nombres de arquitectos que se disputan las remodelaciones que quieren llevar a cabo las ciudades para convertirse en la próxima Barcelona, en el nuevo Bilbao. El Guggenheim es el gran revulsivo que todos buscan emular: reconvertir una zona industrial abandonada, un erial en plena ciudad, en un lugar vibrante, lleno de vida, turismo, consumo y capacidad de generar riqueza. El problema es que, para conseguir tanto impacto como en su momento lo tuvo el Museo de Bilbao, esos arquitectos cada vez recurren a mayores ordalías: “una nave voladora, dos trenes chocando, un hotel en forma de meteorito de veinte plantas” (p. 264), hasta llegar al extremo de que uno duda de si esos edificios son la cúspide de la arquitectura o una boutade enorme. ¿Quién tiene la respuesta? Los mismos treinta arquitectos que habían sido convocados al concurso.

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El Sueño, así, en mayúsculas.

La arquitectura del poder es una serie de capítulos centrados en una época concreta o en un tipo de edificio. Cada capítulo repasa las vidas de arquitectos con un estilo entre periodístico y psicológico que describe a los políticos implicados, los arquitectos que se alían con ellos y la situación que sucede. Los capítulos son amenos pero carecen de un hilo común o una tesis que se vaya demostrando a lo largo del libro, más allá de la obviedad de las relaciones entre arquitectos y poder. Se pierde, creemos, la oportunidad de reflexionar sobre la configuración de la ciudad actual a merced del poder del urbanismo, el racionalismo o el capitalismo.

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Pero en cambio esto no se analiza en el libro, y es una pena.

Comentábamos hace nada, a propósito del tercer capítulo de Sociología Urbana, de Francisco José Ullán de la Rosa, cómo a mediados del siglo XX el urbanismo entró de forma definitiva en la vida de todos los habitantes de la ciudad, decidiendo dónde y cómo iban a vivir, qué forma tendrían sus casas, si sería en suburbios a las afueras y obligados a usar el coche para todo y a relacionarse en el mall o si sería en el extrarradio de una ciudad en colmenas de pisos, por poner sólo dos ejemplos como son suburbia y los grands ensembles. Las ciudades que vivimos hoy en día son resultado del poder, económico y político: lo son sus monumentos, sus zonas gentrificadas, su genuflexión ante el capital global por convertirse en la nueva ciudad de moda y atraer hordas de turistas, cruceros o, ¡bingo!, de jóvenes creativos que atraerán inversiones de grandes empresas. Ésa, nos parece, hubiese sido una reflexión mucho más interesante sobre “la arquitectura del poder”, pero parte de esa sensación de oportunidad perdida se debe sólo a la mala traducción del título: el síndrome del edificio, mucho más explícito, dejaba claro qué es lo que Sudjic quiso hacer, y sin duda consiguió.

Sociología Urbana 03: la era del urbanismo

Tercera entrada dedicada al libro Sociología Urbana: de Marx y Engels a las escuelas posmodernas, de Francisco Javier Ullán de la Rosa. La primera entrada trataba sobre los sociólogos precursores de la disciplina, la segunda sobre la Escuela de Chicago y esta tercera lo hará, especialmente, sobre urbanismo.

Hasta mediados del siglo XIX, el urbanismo planificado se había limitado al terreno de los grandes conjuntos y edificaciones de poder. En esa fecha, sin embargo, la necesidad de resolver los grandes problemas de hacinamiento, polución e insalubridad en que vivían los inmigrantes y obreros llegados a la ciudad al calor de las sucesivas revoluciones industriales requiere de la intervención de los poderes y las administraciones. “Preocupaciones higienistas y políticas son dos de los tres pilares que empujan al nacimiento del urbanismo. (…) El tercer pilar es la posibilidad, en aquella fase más madura del capitalismo, de convertir la construcción en un sector empresarial más” (p. 121), hecho que no fue posible hasta que hubo una base financiera lo bastante grande (que permitía enormes inversiones) y un mercado lo bastante rentable (es decir, una clase mediana extensa). A partir de ese momento, la construcción implementaría los desarrollos de la producción industrial para abaratar costes y aumentar beneficios:

  • economía de escala: es decir, construir barrios o poblaciones enteras, y no casas una a una;
  • racionalización: lo que requiere planificación urbanística, de las vías de acceso y comunicación, disposición de los edificios en función de sus usos;
  • estandarización;
  • avances científicos como, por ejemplo, el descubrimiento del hormigón armado.

Existirán tres grandes movimientos que tratarán de dar respuestas a las nuevas necesidades de la ciudad: los ensanches y la ciudad jardín, en un primer momento, y el racionalismo, algo más tarde. Veámoslos uno por uno.

Los ensanches son la primera respuesta racional a los problemas de hacinamiento en las metrópolis. Tratan de superar la caótica y enrevesada ciudad medieval, con su trazado de callejas complicadas y llenas de revueltas, por una cuadrícula ortogonal de grandes calles rectas, abiertas a los vehículos y atravesadas también por enormes avenidas. El primer ejemplo es Dublín, pero los que se han llevado la fama son París y Barcelona.

Sobre Haussmann y París hemos hablado innumerables veces; quería higienizar París, limpiar la ciudad de las luces, llenarla de lugares hermosos y racionales; también una vía de acceso para que las tropas militares llegasen fácil y rápidamente hasta los puntos donde los obreros se estuviesen revolucionando y una forma de evitar que formasen barricadas con los adoquines.

Con los ensanches aparece una de las formas de poder “totalitario” más potentes que ha conocido la historia: el poder de transformar “total y unilateralmente”, sin contar con las sensibilidades de la población, el conjunto del entorno material. Un poder que emana en última instancia del Estado central, pero que es aplicado por toda una cadena de poderes intermedios -la mayoría de ellos no democrático- dotados, cada uno de ellos, de parcial autonomía y capacidad de decisión: el alcalde, el urbanista, el promotor inmobiliario, el arquitecto. (p. 123)

Las características esenciales del ensanche de París son sus avenidas, su ortogonalidad, su racionalidad y su completa ausencia de zonas de socialización como habían sido las plazas medievales, donde los ciudadanos podían encontrarse o montar mercados y negocios. Las únicas grandes plazas que Haussmann concedió a su diseño fueron las que gestionaba el tráfico rodado: plazas por las que no se puede pasear, sólo transitar. “Y como no se puede pasear, al espacio infrautilizado del centro se le encontrará otra función: la monumental, es decir, la publicitación del poder.” (p. 125)

Este momento quedó magníficamente retratado por el poema de Baudelaire El cisne, y la sociología urbana, en especial la francesa, no ha dejado de volver a él como uno de sus temas predilectos.

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Visión del diseño original del Ensanche barcelonés de Cerdà.

El otro ensanche famoso es el de Barcelona. Si el de París es famoso por su éxito, el de Barcelona, si acaso, lo es por su fracaso y por lo poco que tiene que ver con lo que diseñó originalmente su creador, Ildefons Cerdà, que fue, también, el inventor de la disciplina del “urbanismo”. Cerdà propuso una trama ortogonal con jardines en el centro de cada manzana y construcciones sólo en dos lados paralelos, de forma que se dibujaban dos líneas de edificios a cada lado de un jardín y separadas de la siguiente manzana por la calle. Además, tuvo la genial idea de dotar a las cuadrículas de chaflanes, es decir, esquinas redondeadas, que no sólo mejoraban enormemente el tráfico sino que también se han convertido en espacios perfectos para la socialización de la ciudad.

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Resultado final. Jueguen a las 7 diferencias.

La intención de Cerdà era permitir una vida con vegetación y aire libre para todos, basado en sus ideas socialdemócratas; la realidad y las ansias de obtener réditos acabaron convirtiendo su proyecto en islas prácticamente cerradas, como mucho con un espacio diminuto por el que acceder a un jardín interior, rodeadas de grandes bloques de pisos.

La otra gran forma que adoptó el urbanismo en su afán de ofrecer viviendas a las clases medias y bajas fue la ciudad jardín. Surgida de una visión romántica de las casas veraniegas donde los nobles se dedicaban a cazar y descansar en plena campiña, adoptó la idea a todos los bolsillos y la fue reconvirtiendo en casas aparceladas a menudo alejadas de la ciudad. La llegada del ferrocarril y la extensión de grandes vías que permitían el acceso rápido al centro de la ciudad supuso el desarrollo de este tipo de urbanismo, que halló su suelo más fértil en Estados Unidos.

Por ahora, seguimos en Europa, sin embargo, donde las primeras ciudades jardín se llevaron a cabo en Inglaterra de la mano de la extensión de las vías de ferrocarril. Ya no tenían nada que ver con las grandes mansiones de la nobleza, sino que iban desde casas más o menos grandes hasta su mínima expresión, las terraced houses (terraced porque sus aspiraciones a jardín habían quedado reducidas a un pequeño patio no mucho más grande que una terraza). Se trataba de barrios planificados y construidos por una única promotora, con dimensiones adecuadas al poder adquisitivo de sus futuros propietarios, y a menudo en las zonas que ocupaban o iban a ocupar nuevas estaciones del ferrocarril.

En Francia las ciudades jardín tuvieron un cariz más obrero o social; por un lado encontramos las que se forman alrededor de una fábrica para permitir a los obreros vivir más cerca del trabajo. Se consideraba que los obreros, a diferencia de los burgueses, no tenían necesidad en absoluto de acceder a la ciudad, por lo que les bastaba disponer de sus hogares cerca del trabajo y, además, se les cortaba el contacto con los obreros de la ciudad, con lo que se erradicaba el problema del virus marxista o la aparición de revueltas populares. El otro frente que adoptaron las ciudades jardín en Francia fueron las sociales, siguiendo la estela de los postulados de Le Play, pero también formadas con un fuerte acento paternalista.

Otra rama que tuvo cierto éxito en Inglaterra fue la de la cooperación, es decir, constuir una ciudad jardín de forma cooperativa. Hubo iniciativas, pero donde de verdad triunfó esta iniciativa fue en los bloques de pisos de Nueva York, muchos de los cuales siguen existiendo bajo ese régimen. La iniciativa social de las ciudades jardín, sin embargo, tuvo un enorme éxito como modelo teórico bajo la visión de Ebenezer Howard con su celebérrimo libro Garden Cities of To-morrow (1902). Como bien se encarga de demostrar Ullán de la Rosa, Howard no fue el precursor ni de las ciudades jardín ni del urbanismo socialista que yacía tras ellas; sin embargo, sí que fue el que se llevó la fama y a su nombre ha quedado asociado el concepto.

La novedad de la ciudad jardín de Howard es que la usaba como herramienta de reforma social y como propuesta para unir lo mejor de las dos formas de vida (campo y ciudad) y eliminar de un plumazo muchos de sus inconvenientes. Howard proponía que un grupo grande de personas se uniese en régimen de cooperativa y construyesen una ciudad jardín (de dimensiones determinadas, un máximo de 30 mil personas) alrededor de un centro comercial gestionado por ellos y rodeado de campos de cultuvo y de un cinturón exterior de industrias. Los trabajadores estarían cerca de la industria, por lo que ahorrarían tiempo en desplazamientos; podrían alimentarse directamente de los productos cosechados en la ciudad, que serían mucho más baratos al ser de proximidad, y obtendrían plusvalías tanto de la venta de las viviendas como del alquiler del espacio a las industrias. Con ello, y en poco tiempo, podrían financiar la ciudad y obtener rédito de ella para gestionarla; los obreros pasaban a ser propietarios en un régimen de cooperativa. Cada ciudad se entendía, no como extensión de una metrópolis, sino como ente independiente que se iría relacionando con las ciudades jardín que fuesen apareciendo alrededor.

No suena mal; pero la ausencia de financiación y el poco interés que suscitó en los empresarios condenaron los pocos intentos que se llevaron a cabo a ser un foco de clases medias y acomodadas con cierto aire bohemio.

Donde la ciudad jardín halló su más fecunda visión fue en Estados Unidos, donde la capacidad de los planes urbanísticos para decidir los usos del suelo era prácticamente un tema tabú. Por ello, los suburbs a las afueras de las ciudades con casas individuales, valla blanca y familias similares fueron brotando como setas por todo el territorio y convirtiéndose en el sueño de propiedad de toda una clase media sobreextendida. El ejemplo típico es Levittown, pero multitud sirven.

Europa, en cambio, “endeudada hasta las cejas por el conflicto [bélico, la Segunda Guerra Mundial] y destruido buena parte de su parque inmobiliario, no podía darse el lujo de construir vivienda unifamiliar” (p. 172). Por ello, y añadiendo el incipiente movimiento racionalista de Le Corbusier y los suyos con La carta de Atenas, acabó generando bloques y bloques de pisos en las afueras de las ciudades, alejados de todo, carentes de los mínimos servicios básicos y donde ir alojando a las progresivas oleadas migratorios que iban llegando al país. Especialmente notorios son los casos de los banlieus de París (precisamente el nombre, banlieu, siginifica “alejado una legua del ban“, que es la zona donde reside la población; de ahí bandido, por ejemplo, el que agrede al ban, o el inglés to ban, desterrar).

Estos fueron los tres grandes frentes urbanistas. De todos ellos, los que más éxito tuvieron fueron los suburbs americanos y las ciudades satélite (en las muchas versiones a lo largo y ancho del continente europeo: desde las ciudades satélite españolas o inglesas hasta los los grands ensembles franceses). Y precisamente en ellos se centraron los estudios sociológicos de la fecha.

La ausencia de barreras entre las casas pudo tener dos efectos de naturaleza contraria: favorecer la socialización, reconstruir el sentido de comunidad perdido en los más alienantes bloques de apartamentos del downtown (un rasgo posmoderno) o mejorar la eficacia policial y aumentar el control social (un rasgo moderno), obligando a sus habitantes a autodisciplinarse por temor al qué dirán o al qué me harán (un rasgo incluso premoderno). (p. 177)

Otras características de los suburbs americanos:

  • densidades bajas;
  • estandarización de las tipologías constructivas;
  • red viaria jerarquizada, desde la calle privada sin salida hasta las grandes autopistas de conexión; lo que supone facilidad para el control social, pues basta con controlar la principal vía de acceso y se controla toda la ramificación del suburb;
  • zonificación extrema: sólo hay viviendas, los servicios y zonas de trabajo están a una distancia tal que hay que recorrerla en coche;
  • deficiente transporte público, lo que supone dependencia total del vehículo;
  • grandes centros comerciales con enormes zonas de aparcamiento como únicos lugares de socialización y consumismo;
  • por primera vez en la historia de Estados Unidos, se consigue una identidad racial pancaucásica donde uno ya no es irlandés, italiano o alemán sino white american; porque, recordemos, en general los negros tenían el acceso vetado al suburb al tener limitado el acceso al crédito necesario para adquirir una casa en ellos.

La prosperidad ofrecida por el impulso económico de las siguientes décadas, en el país vencedor de la guerra, permitió reemplazar las subculturas étnicas previas por una nueva cultura estandarizada de consumo de masas, fundada en una nueva forma ética que combinaba, de forma sin duda original, la vieja ética puritana del trabajo con una nueva tendencia a la satisfacción hedonística inmediata y cuyos iconos eran la propia casa, el coche, la televisión y las vacaciones y su templo el shopping mall, el gran centro comercial. […] El centro comercial era una nueva forma histórica de ágora en la que el espacio público había quedado privatizado por el capital y sometido a una disciplina multívoca: dirigismo (era la compañía propietaria quien decidía dónde emplazar la plaza, sus características físicas y sus reglamentos, sin consultar con los ciudadanos), estandarización y control. A cambio, el shopping mall ofrecía seguridad total (cero carteristas, cero posibilidades de agresión física o sexual), la ilusión de una sociedad diseñada a medida, continuación de la del área residencial (sin mendigos, sin prostitutas, sin excrementos de perro o basura en los inmaculados pasillos interiores que ahora sustituían a las calles) y el confort moderno de un ambiente artificial sustraído a las inclemencias del tiempo y a las limitaciones del ciclo lumínico natural (…)

 

“Los americanos empiezan a definirse y realizarse no por lo que eran previamente sino por lo que consumían o por sus expectativas de consumo futuro.” Consumo que en los suburbs se produce a la vista de todos, estimulando la tendencia a la homeostasis social y potenciando exponencialmente el consumo (si todos los vecinos lo tienen, uno tiene que tenerlo también). El torrente de crédito fácil de la época, ayudado por los prejuicios de una ética social donde la pobreza se debía a la raza o a la incapacidad personal (el loser) lleva a una cultura profundamente hedonista pero también mucho más controlada socialmente, lo que redujo significativamente las tasas de criminalidad (que, por el contrario, subían en los guettos de las ciudades de forma abrumadora).

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Los habitantes de los suburbios (recordemos que la palabra significa algo distinto en español, por eso a menudo la usamos en inglés) no percibían la pobreza ni las disfunciones del sistema, porque los descastados no tenían acceso a sus zonas; por ello se fue desarrollando una cultura familiar, conservadora, extramoralizada, donde los jóvenes no tenían lugar donde esconderse de la mirada de sus padres y donde las esposas tenían especialmente difícil la infidelidad, porque estaban todo el día controladas por los vecinos (de ahí el mito del lechero o el cartero, porque eran los únicos varones que tenían un motivo legítimo para entrar en sus casas; en cambio los maridos, con sus viajes al exterior, tenían pleno acceso al adulterio); pero no sólo eso, la sociedad del suburb tenía opiniones sobre todo, los alcohólicos, los poco trabajadores, los que no asistían a misa lo bastante… creando una sociedad totalmente homogénea.

Algunos sociólogos lo vieron como el paraíso creado en la tierra; otros, los más críticos, como la manifestación del infierno, un horror artificial que escondía cualquier alternativa u otredad. Por ejemplo, Gordon en 1960 ponía de manifiesto el duro papel de las mujeres, con una carga extra de trabajo al tener que hacerse cargo de un hogar mayor que el de las ciudades y sin contar con una red familiar de apoyo para, por ejemplo, criar a los hijos. De hecho, Gordon creyó encontrar en el suburb el origen de las condiciones ecológicas particulares para una mayor incidencia de ciertas patologías psiquiátricas, como la depresión entre las mujeres. Lewis Mumford, con la publicación en 1961 de La ciudad en la historia, carga también contra las condiciones de los suburbs.

El otro gran foco de la sociología urbana de esta época se da en Francia, de la mano del considerado como miembro fundador de la sociología urbana en el país galo, Paul Henri Chombart de Lauwe, y tiene como objeto la otra forma de urbanismo que hemos recorrido: los grands ensembles. Un estudio similar al que llevaban a cabo los de la Escuela de Chicago muestra un París separado en nichos burgueses u obreros algo más difusos que en la ciudad americana; el componente racial está (por ahora) fuera de la ecuación. En siguientes estudios, Chombart describe la clase obrera al mismo tiempo como “un grupo construido por las relaciones de producción (y definido por la pobreza material) y como un grupo subcultural con estilo de vida y valores propios”.

La sociología francesa no está formada por académicos burgueses alejados de la clase obrera, como en Chicago, sino por gente que viene de un entorno decididamente crítico con el sistema y que muchas veces le ha presentado batalla. El siguiente trabajo de Chombart, Famille et habitation (1960), analiza tres polígonos de viviendas (grands ensembles), uno de ellos la Cité Radieuse de Nantes, del propio Le Corbusier, y constata que dichos barrios no tienen nada de radiante, en lo que es la primera crítica potente al sistema del racionalismo. Los grands ensembles ejercen una nueva forma de violencia sobre los obreros al alejarlos de sus redes sociales vitales, de su entorno espacial, exiliándolos a un entorno aséptico y carente de sentido, homogéneo y mal comunicado con el centro (salvo para los que dispongan de coches). Chombart, que acuña el término ciudad dormitorio (banlieu dortoir) será también el primero en hablar de la alienación espacial que sufren los obreros, desplazados a un nuevo entorno. Constata, también, que los habitantes de los banlieus los contemplan como algo temporal, como una fase intermedia hasta que consigan su propia vivienda unifamiliar suburbana; por ello, ya avanza que se pueden convertir en guettos hipercriminalizados, como había sucedido en los barrios semiabandonados del interior de las ciudades norteamericanas. El futuro le dará la razón, aunque los que sufrirán esa espiral de decadencia no serán los obreros franceses sino sus sustitutos, “la subclase étnicamente marcada de los inmigrantes”.

Las conclusiones de ambos sociólogos, los que estudian los suburbs y los que estudian los grands ensembles, son similares: desarraigo, alienación, exilio de las redes familiares y sociales que se habían establecido en la ciudad, progresiva destrucción de la conciencia y la solidaridad de clase, producida por el desarraigo de la ausencia de estas redes… De aquí surgirá El derecho a la ciudad (1968) de Lefebvre, aunque lo veremos en el siguiente capítulo.

El final del capítulo lo dedica Ullán de la Rosa a analizar la Tercera Generación de la Escuela de Chicago, que desarrollan la Nueva Ecología Urbana (Human Ecology. A Theory of Community Structure, Amos Hawley, 1950) que trata “cómo las poblaciones humanas se adaptan colectivamente al ambiente”, huyendo de motivacioners o valores individuales y basado en cuatro conceptos clave:

  • interdependencia entre los distintos grupos, en forma de simbiosis (relaciones complementarias entre grupos diferenciados) o comensalismo (agregación de grupos iguales). La primera la llevan a cabo los grupos corporativos (la familia, por ejemplo, o las asociaciones de vecinos) y la segunda los categoriales (los sindicatos, por ejemplo).
  • función clave, ya que ciertas unidades tienden a desarrollar una función más importante que otras en el proceso de adaptación al ecosistema. La función clave en el ecosistema capitalista es desempeñada por la industria y el comercio.
  • diferenciación funcional, muy baja en sociedades cazador-recolector, elevadísimas, potencialmente ilimitadas, de hecho, en la sociedad capitalista de la altra productividad.
  • dominación: las posiciones dominantes en el sistema las desarrollan quienes llevan a cabo la función clave, es decir, en el caso de Estados Unidos, las empresas privadas.

A través de la dominación, Hawley vuelve a la ciudad: el dominio que ejercen los agentes económicos no se expresa solo en el terreno político sino también en el espacio, ocupando la centralidad de las ciudades.

Como destaca Ullán de la Rosa, sin embargo, la Nueva Ecología Humana es una variante de la escuela funcionalista que primaba en la sociología americana del momento.

Elogi del vianant, de Manuel Delgado: del “modelo Barcelona” a la Barcelona real

Elogi del vianant. Del “model Barcelona” a la Barcelona real es un libro publicado en 2005 por Manuel Delgado donde analiza el camino tomado por la ciudad, especialmente desde los 80 hasta principios de este siglo. Sin duda ahora, 15 años y dos crisis después, su crítica sería otra, o sería más punzante, pues la situación sólo parece haberse agudizado.

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La introducción deja claro el lugar en el que se sitúa Delgado para lanzar su crítica: en uno donde se respetan las acciones llevadas a cabo desde el urbanismo y el poder sobre la ciudad; pero también donde se les reprocha no haber tenido en cuenta lo que es la verdadera Barcelona, o un aspecto esencial de los muchos que tenía, en aras de vender un modelo idealizado (y completamente mercantilizado) de ciudad fashion o, en una traducción libre, de ciudad global. En sus propias palabras: “Lo que se reclama es que las planificaciones planifiquen la ciudad, pero que dejen que la ciudad respire también por sus errores y fracasos, que la idea global de ciudad sea también compatible con los espacios intersticiales donde todo está siempre a punto de suceder. Que la arquitectura reclame su jurisdicción sobre las casas, pero no sobre los cuerpos. No lo mismo intervenir en la ciudad, que intervenir la ciudad.” (p. 16).

Cómo negar la importancia y el valor de los polideportivos, las zonas verdes, los carriles bici, los numerosos aciertos arquitectónicos, las escuelas, la ampliación de la red de transporte público, las bibliotecas, los centros cívicos, los equipamientos culturales? La cuestión es que no se puede estar seguro de que la finalidad de todas estas mejoras no haya sido en gran medida la de mejorar también la oferta de la ciudad, hablando puramente en términos mercantiles. Todas las obras, las iniciativas, las infraestructuras, las rondas, los grandes edificios culturales, la producción de espacios públicos, parecen responder sobre todo a la preocupación por vender mejor -y más cara- la ciudad a sus propios ciudadanos, así como a los turistas y los inversores extranjeros, es decir, a estimular el consumo de ciudad y favorecer las expectaticas especuladoras.

[…] Barcelona es una modelo o mejor una top-model, una mujer que ha sido preparada para permanecer permanentemente atractiva y seductora, que se pasa el tiempo maquillándose y poniéndose guapa ante el espejo para luego ser exhibida en una pasarela destinada a las ciudades-fashion, lo más in en materia urbana. Es la Barcelona-éxito, la Barcelona que está de moda -o que es una moda, como se prefiera-, como lo demuestra la fascinación que ejerce en los turistas de alrededor del mundo que la visitan. Por último, Barcelona es prototipo de la ciudad-fábrica, urbe devenida enorme cadena de producción de sueños y simulacros, que convierte su propia mentira en su principal industria y que convierte su componente humano en un ejército de obreros-prisioneros, productores y al mismo tiempo vendedores de su propia nada. Para que nadie se distraiga de esta tarea fundamental -producir y vender sin descanso-, un mecanismo panóptico no pierde de vista nada de lo que sucede en las calles y las plazas de la gran factoría, vigilando que toda espontaneidad quede conjurada, toda rebeldía abortada y ninguna desobediencia sin castigo, convirtiendo la ciudad en una cárcel donde solo los sumisos viven contentos. (p. 17).

No se puede hacer mejor resumen que el anterior: Barcelona, en sus ansias por convertirse en un destino atrayente, se ha preocupado tanto de proyectarse al exterior y de saberse vender que ha muerto por su propio éxito, convirtiéndose en una ciudad difícil de habitar, plagada de extranjeros e inversión rentable para los fondos de inversión o para que a cualquiera le salga más a cuenta establecer un piso de Airbnb para turistas que una residencia para habitantes de la ciudad. Estos problemas no son propios sólo de Barcelona, y muchos de ellos han acabado siendo algunos de los principales problemas de las ciudades actuales, pero ya apuntaban maneras en 2005 en la ciudad condal.

Una de las principales denuncias de Delgado es que precisamente los poderes públicos, los que debían velar por todos los ciudadanos y protegerlos, entre otras, de los desmanes inmobiliarios, han sido los aliados de estos últimos en la desmantelación de parte de la ciudad. Ya hablamos del trasvase del Barrio Chino al Raval, el nuevo centro gentrificado e higienizado de la ciudad, en nuestra reseña del libro First We Take Manhattan, de Daniel Soriando y Álvaro Ardura. Pero, además de su papel como impulsora de la gentrificación de distintas zonas, por acción u omisión, las autoridades también han colaborado destinando la mayor parte de las inversiones a grandes obras faraónicas  destinadas a edificios empresariales: la torre Mapfre, la torre Agbar, Gas Natural; centros comerciales como Diagonal Mar o La Maquinista, encargados también de borrar todo rastro de la historia de la ciudad.

Y es que la rehabilitación no sólo debía ser formal; tenía que ser, sobre todo, moral. El enemigo a batir no era sólo la pobreza y la marginación: era el mismo Diablo. Los signos inequívocos de su presencia convertían el esponjamiento, el proceso de gentrificación, la distribución de templos levantados en honor a la cultura y la apertura de espacios vigilables en una gran ceremonia exorcizadora de las energías malignas que habían poseído al barrio y que conformaban lo que Garry McDonogh llamaba una auténtica “geografía del Mal”. (p. 39).

Volveremos luego al tema de la cultura; pero la denuncia aquí se centra en cómo cada nueva infraestructura se usaba, además de como forma de obtener dinero, como modo de enterrar una parte de la historia de la ciudad, la que no interesaba que formase parte del discurso con el que se vende el modelo Barcelona. La Maquinista, por ejemplo, obvia que se levanta en terrenos que habían visto grandes luchas obreras, como Diagonal Mar no hace ninguna concesión en su diseño al hecho de que se levanta junto a La Mina, un barrio que siempre ha sido considerado el peor de Barcelona, aquel donde habitan “clases peligrosas”; o sea, gitanos y delincuentes. Los centros comerciales se convierten, así, y tomando el nombre de uno de ellos, en islas que se levantan en medio de la nada, dotadas de una oferta de ocio, consumo, entretenimiento y fast-food que no necesita más condimentos para funcionar.

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Torre Agbar, que al principio a nadie le gustaba pero acabará siendo parte de la ciudad, probablemente

De hecho, sigue Delgado, cada uno de estos centros comerciales se convierte en un agujero, un vacío, un paisaje ausente, pues ni se relaciona con el resto de la ciudad ni aporta memoria o personalidad. No lugares, en definitiva, que parecen apoderarse poco a poco de todo el territorio, y este no es un problema exclusivo de Barcelona. Los pasillos de los aeropuertos, de las estaciones de ferrocarril, van poco a poco convirtiéndose en terreno comercial; como sucede con los centros de las ciudades y algunas de sus zonas. Paseo de Gracia, el Portal del Ángel, la calle de Hostafrancs… no es baladí que el lema de Barcelona haya sido, durante muchos años: “Barcelona, la millor botiga del món” (Barcelona, la mejor ciudad del mundo).

No es baladí, tampoco, que se prohíba tender la ropa en los balcones que dan a calles turísticas o que se intente desesperadamente esconder centros como los Encantes, que se han convertido en un embudo moderno y ridículo que se enrolla sobre sí mismo en la zona de las Glorias. Oriol Bohigas, responsable de urbanismo en la ciudad durante muchos años y gran figura tras todo este proyecto, denunció en su momento el “síndrome Pessoa” como esa melancolía abrumadora ante todo cambio en la ciudad. Nada más lejos, argumenta Delgado: lo que se ha hecho en Barcelona es liquidar la cultura de una de las ciudades más vibrantes del sur del Mediterráneo “en nombre de un proyecto politicourbanístico que no prevee la existencia de una sociedad naturalmente alterada y conflictiva”. Se ha obviado que los barrios habían sido, hasta recientemente, puentes de civilidad, de vínculos ciudadanos, nexo de unión entre aquello completamente privado (el hogar) y aquello público (la calle, el centro cívico, los otros barrios, la totalidad de la ciudad).

El capítulo segundo se centra en el gran adalid que sirve para desestructurar barrios enteros: la cultura, una “noción fetiche”. ¿Qué es la cultura?, se plantea Delgado. Para los antropólogos, la cultura es el medio en que una sociedad existe y se relaciona con otras y consigo misma; recordemos el uso que hacía Lluís Duch del término en su maravilloso Antropología de la ciudad. Se habla, hoy en día, de políticas culturales, iniciativas, gestión, promoción, industrias, agentes, sectores… que se materializan en equipamientos, instalaciones, festivales, mercados, plataformas… todos ellos culturales, por supuesto.

En ninguna de estas instancias o actividades concretas que se anuncian como culturales se insinúa el más mínimo intento por establecer qué es lo que hay que entender con el término cultura y, cuando se intenta, las definiciones propiciadas son de una vaguedad absoluta. En la práctica, lo que se incorpora en este territorio supuesto como segregable puede inventariarse a partir de los temas a los que se refieren las revistas especializadas llamadas culturales o las secciones o suplementos de cultura de la prensa periódica: libros, artes plásticas, “pensamiento”, música clásica, teatro, cine de autor, danza, patrimonio histórico, arquitectura, museos… Esta idea corresponde bastante con la idea de la cultura de élite, que podríamos designar como Cultura, en mayúsculas, para distinguirla de otras expresiones formales de amplia aceptación por parte del público en general y que suelen agruparse bajo el título -tampoco demasiado claro- de cultura de masas, las manifestaciones más despreciables de la cual serían las que se clasifican como kitsch, horteras, cursis, snobs, etc. (p. 65)

Se asimila, entonces, la cultura con lo que tradicionalmente se conoce como highbrow, en contraposición a la middlebrow o lowbrow. La Cultura es, pues, todo lo mencionado anteriormente, lo que eleva, lo que mejora al ser humano; ¿pero no lo que gusta a una mayoría? Delgado lleva a cabo un símil entre aquellos que consumen dicha cultura como los fieles que asisten a los templos, donde son imbuidos de una verdad trascendente en medio de espacios amplios y de luz difusa: evoquemos cómo son los museos, teatros y festivales de hoy en día. Para relacionarse con dicha entidad sobrenatural existe una casta de mediadores, los funcionarios por un lado, los artistas por el otro “que comunican instancias que, si no fuese por ellos, permanecerían aisladas unas de otras, y que son la Cultura, por un lado, y la vida ordinaria de los simples mortales, por el otro, siendo sus producciones análogas a las mediaciones de que trata la teología católica, las imágenes o los objetos que hacen posible al pueblo fiel concebir en términos físicos y venerar entidades celestiales” (p. 69).

La Cultura se promueve, solamente, des de las instancias políticas, es un ámbito institucional; y, sin embargo, sus beneficios van directamente a entidades privadas, además de los servicios asociados, como cafeterías o librerías que se instalan cerca o directamente en los museos. Y además en su nombre se levantan edificios por toda la ciudad que dotan de una pátina de proceso completado todos aquellos desmanes inmobiliarios llevados a cabo: la Filmoteca en el Raval, como ya comentamos; pero también la Facultad de Geografía y Filosofía o la Escola Massana o el CCCB y el MacBa anteriormente.

El gran desmán urbanístico de Barcelona, por supuesto, fue el Fórum de las Culturas de 2004. Si los Juegos Olímpicos aún eran una buena excusa para modificar la ciudad y situarla en el mapa (oportunidad que se aprovechó, de forma innegable) y Barcelona los usó para reconvertir toda su zona portuaria, amén de otras construcciones, el Fórum fue una invención ridícula, nunca bien explicada, con la que justificar la promoción del final de la Diagonal vendida con la excusa de “reconectar Barcelona con el mar”. Como si alguna vez hubiesen dejado de estar conectados, cuando está ahí, a un tiro de piedra de todo el litoral. Pero reconectar significa, en el lenguaje oficial, desparasitar, vaciar de clases bajas y llenarlo de formas de obtener dinero y de territorializarlo adecuadamente para las clases medias y el consumo. Se levantaron edificios cuyo espacio físico se asienta en unos parques vallados que se cierran cada noche, volviéndose privados. Se erigió un centro comercial de espaldas a la zona y se levantó un monumento a las Culturas (¿?) que permanece a día de hoy como espacio vacío donde llevar a cabo, de forma puntual, conciertos multitudinarios y poco más.

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La identidad es una estructura, por mucho que sentimentalmente a menudo se nos presente bajo el aspecto de una esencia.” Y la identidad de Barcelona ha sido modificada, a golpe de intervención, para olvidar tanto su pasado obrero y revolucionario como sus puntos canallas y oscuros en un movimiento que Delgado asimila al de la creación de los nacionalismos en pleno siglo XVIII y XIX: las ciudades son las nuevas patrias en el siglo XXI, y requieren de una invención histórica y cultural similar a la que requirieron en su momento los estados. No olvidemos, además, que la identificación de Barcelona con la de Cataluña deja en la cuneta todo el resto del territorio catalán, convertido a las ciudades del interior (y no hablemos ya de las otras provincias) en colonias y ciudades dormitorio sin vida propia.

Apuntes con los que terminar:

  • Un detalle muy significativo que ya salió a colación en la reseña de Ciudad líquida, ciudad interrumpida: la demonización constante de las fiestas de San Juan y las Fiestas de Grácia que se lleva a cabo por parte de las autoridades. Cada verbena de San Juan amanecemos con imágenes en todos los periódicos de los desperdicios que llenan la playa, para evidenciar lo incívica y costosa que es esta fiesta; ¿por qué no vemos nunca los desperdicios de la celebración de una Liga del Barça o de un Festival musical celebrado en cualquier parte de la ciudad? Porque la primera es una fiesta ajena al ayuntamiento, que pertenece a la ciudadanía y se celebra a espaldas de las autoridades, y las otras son fiestas oficiales; y o bien no generan dinero, o no forman parte del discurso que Barcelona se explica a sí misma y al exterior.
  • “Todo monumento -Lefebvre lo entendió inmejorablemente- expresa la voluntad de afirmar con la máxima rotundidad un principio debido a Hegel: el Tiempo histórico engendra el Espacio el cual se extiende y sobre el cual reina el Estado. El monumento siempre es una erección no sólo en sino también del territorio. Proclama la centralización machista que coloca su propio falo en el centro del universo, cetro que reclama la monarquía absoluta de lo Único. (…) Es el Poder del padre: la ciudad fálica. A su alrededor, sin embargo, se extienden inquietantes todas las expresiones de la Potencia. A pie de calle, todo son intersticios, grietas, agujeros, ranuras, intervalos, huecos… La ciudad profunda y oculta, la república del Múltipe. Lo uterino de la ciudad.” (p. 129)
  • “Como escribió Maurice Halbwachs a principios de siglo, la diferencia entre la memoria social en las sociedades tradicionales y la memoria social en las ciudades es que la primera es compartida, mientras que la segunda es colectiva.” (p. 133) Pero no todo aquello que es colectivo tiene por qué ser común, destaca Delgado.
  • “En Barcelona se pueden observar los efectos de una convicción que un buen número de urbanistas y arquitectos suelen tener respecto a que la disposición conceptual de las construcciones determina de un modo casi irrevocable la forma como se llevarán a cabo en ellas, o a su alrededor, las actividades sociales.” (p. 137). Estas palabras nos recuerdan a las de Jan Gehl cuando mostraba fotografías de los senderos que los peatones trazan sobre el césped cuando corrigen a los urbanistas y toman el camino más directo entre ambos puntos, huyendo de los ángulos rectos que tan hermosos quedan en las maquetas pero tan poco útiles son a los peatones sobre el mapa de la realidad.

Construir, edificar, delinear calles implica siempre la aspiración a someter la incerteza de las acciones humanas, a prever y exorcizar los imprevistos caóticos que siempre acechan, a mantener a ralla las potencias disolventes, dotar de perfiles todo lo que no tiene forma ni destino.

[…] Walter Gropius reconocía que la arquitectura y el urbanismo debían servir como instrumentos al servicio de la victoria final de Apolo sobre Dioniso, es decir, de la belleza y lo orgánico sobre la desmembración de los vínculos sociales, sobre la “disolución general del nexo cultural, que ha hecho que el hombre moderno haya perdido su sentido de la totalidad” [Walter Gropius: Apolo en democracia]. Esto se traduce en una verdadera vocación pacificadora de lo urbano, entendido como aquello magmático, inorgánico y desregulado que se produce constantemente en una ciudad. El plan urbanístico y el proyecto arquitectónico sueñan una ciudad imposible, una ciudad dotada de espíritu, perpetuamente ejemplar, un anagrama morfogético que evoluciona sin traumas. El arquitecto y el urbanista saben qeu la informalidad de las prácticas sociales es, por principio, implanificable e improyectable. La vida urbana es su pesadilla.

Y es que los planificadores y proyectores creen que son ellos los que hacen la ciudad, y hablan de ella como forma urbana, dando a entender que lo urbano tiene forma. Se engañan: es la ciudad la que puede tener forma; en cambio, lo urbano no tiene forma, sino que es pura formalización ininterrumpida, no finalista y, por ello, nunca finalizada. (…)

Babel -la ciudad que Yahvé ordenó construir a Caín después de la caída- es el contrario negativo de Jerusalén. Si esta es la plasmación urbanística del orden celestial, Babel se funda sobre una blasfemia suplantación-exclusión de Dios. Iniciadora de una saga de ciudades malditas, las ciudades-rameras -Sodoma, Gomorra, Babilonia, Roma-, Babel es la antiutopía por antonomasia, el reverso en clave humana del proyecto sagrado de espacio social. Babel es un espacio sin códigos ni territorios, escenario de una hibridación generalizada y de todo tipo de incongruencias. Frente a la ciudad politizada -prístina y esplendorosa, comprensible, apaciguada, lisa, ordenada, dividida en “comarcas fáciles pero no por eso accesibles”, la ciudad socializada, aquello que Foucalt llamó heterotopía, lugar caótico pero autoorganizado, saturado de signos flotantes, ilegibles, sobresalientes de una multitud anónima y plural hasta el infinito. (p. 148 y ss)