Smart Cities, de Anthony M. Townsend (II)

(sigue de la primera parte)

Capítulo 5. “There is some essential ingredient missing from artificial cities”, escribió Christopher Alexander en la primavera de 1965 en la revista Architectural Forum. “To Alexander, the sprawl of postwar suburbia, with its single-use zones and cul de sacs, looked structurally like “trees”. In a tree, individual pieces link together up and down in a rigid branching hierarchy, but there are no connections between branches. For Alexander, the architecture and layout of these artificial cities imposed too much top-down order, ther individual elements nestled like Russian dolls, with each subcomponent enclosed and isolated from those around it.” (p. 143). El ensayo se titulaba, precisamenet, “A City is not a Tree”. Las ciudades que se desarrollan históricamente poseen un tejido denso de conexiones solapadas, lo que sirvió para que Alexander los definiese como “semiretículos” (era matemático). “Los semirretículos son el motivo por el que el alboroto implícito de Greenwich Village o Florencia parece tan rico y lleno de maravilla y los suburbios monofunción de Los Ángeles tan vacíos y banales.” (p. 143).

cityscape and technology and network connection concept
Imagen aleatoria de smart city. Nótense el azul, las infografías y las muchas conexiones.

Volvemos a Jane Jacobs y sus usos diversos para las calles, pasando por las palabras de Jan Gehl sobre Brasilia y lo vacía que se veía en Urbanized, y cómo las ciudades artificiales (i.e.: diseñadas ex professo) no funcionan: porque les falta la capa de naturalidad. El verbo ser es irregular en la mayoría de idiomas, precisamente por lo corriente de su uso; y probablemente sería el primer verbo que se diseñaría como regular en un idioma inventado, precisamente por lo corriente de su uso.

El capítulo 5 nos habla de cómo la app Foursquares aprovechó este hecho para alcanzar el éxito, hundiéndose en las diferentes capas de la ciudad y proponiendo alternativas de ocio a sus usuarios en función tanto de lo que esperaban obtener de la ciudad como de aquello que sus contactos ya habían recomendado. También, implícita, Townsend nos avisa del peligro potencial que corre esa app de perder su frescura, su interés, y convertirse en una app prefabricada que nos indique el punto más cercano donde comprar aquello que vendan sus inversores o empresas de publicidad.

Capítulo 6. “Have Nots”. O sobre las alternativas que debe ofrecer la smart city. “The cyber-utopis of the apps start-ups and open-data hackers demand a college degree, a downtown Manhattan flat, a $400 phone and a crew of hip friends. Everywhere, the people who needed the benefits of technology the most seemed to be missing out or, even worse, suppressed by a new technological elite.” (p. 173).

smart city
Azul, conectividad, flujos y wi.fi. Sí, se trata sin duda de una smart city.

En 2009, la Rockefeller Foundation publicó un estudio titulado Century of the City: No Time to Lose. “It made a compelling case for action, arguint that throughout history, rapid urbanization has always been acompanied by growing inequality and social tension. In the nineteent century, New York and London packed the poor into tenements in unspeakable living conditions before working them half to death in factories. From the Chinese shadow cities of migrant laborers squatting in abandoned Cold War bunkers underneath Beijing to the Indian and Pakistani guest workers of Dubai who sleep in shipping containers, today’s urban boom was rehashing this inequity on an unprecedented scale.” (p. 173). O, dicho en otras palabras: la smart city se está planteando como un sueño para los ricos, pero su función debería ser la de mejorar las condiciones de vida de los que no lo son.

A continuación Townsend muestra algunos casos en los que fundaciones, empresas y oenegés, con muy buenas intenciones, planean proyectos en países del Tercer Mundo que no funcionan o lo hacen de modo muy distinto al esperado, porque en la mayoría de casos se plantearon desde la perspectiva de europeos con recursos, y no en función de las necesidades reales de los habitantes de dichas zonas.

El capítulo 7, “Reinventing City Hall”, investiga los avances en tecnología relacionados con la administración, en el caso de las ciudades el ayuntamiento. Pone el ejemplo de Zaragoza, donde se implantó una tarjeta ciudadana que funciona en muchos sentidos: tanto para usar el transporte público como para alquilar una bicicleta o coger un libro en la biblioteca. La tarjeta, por lo tanto, además de ser útil creaba sensación de comunidad, de pertenencia a algo. Se estaba estudiando la opción de recompensar al ciudadano con “puntos milla” (como hacen algunas compañías de vuelo) por su uso, lo cual aún la haría más agradable.

A new science of cities is clearly in the making. In fact, it is perhaps the real promise of smart cities. Even if they fail to deliver efficiency, security, sociability, resilience, and transparency -the ambitions of all those stakeholders this book has covered- they will undoubtedly be incredible laboratories for studying how cities grow, adapt and decline. (p. 315).

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