Urbanismo neoliberal, negocio inmobiliario y vida vecinal, Jaume Franquesa

El mismo motivo que nos llevó a leer Ciudad de muros, de Teresa Caldeira, nos ha llevado a leer Urbanismo neoliberal, negocio inmobiliario y vida vecinal. El caso de Palma, de Jaume Franquesa (editorial Icaria, Institut Català d’Antropologia, 2013): el deseo de leer un estudio de antropología urbana aplicado a un caso concreto. Franquesa, sin embargo, es claro desde el principio: pese a que se trata de un trabajo de antropología urbana, «el enfoque de este trabajo se ancla en dos cuerpos teóricos con una amplia tradición: la corriente de la economía política en antropología y los análisis marxistas sobre la producción del espacio» (p. 15; el destacado es del autor). La primera (cuyo principal exponente leído en el blog sería Neil Smith) analiza «desde la etnografía el modo como los procesos globales de carácter político y económico se entrelazan con la estructura social local para producir relaciones, lugares y formas de conciencia, una producción continuamente reelaborada sobre los materiales de su pasado y que, por lo tanto, es estudiada históricamente». El análisis marxista, por el otro lado, bebe de Manuel Castells, David Harvey y, sobre todo, Henri Lefebvre, que pusieron al descubierto y analizaron la «geografía del capital».

Ésa es la gran baza del libro: la aplicación a un caso concreto de esas políticas neoliberales, específicamente sobre el barrio de Sa Calatrava, de la ciudad de Palma de Mallorca.

[E]l libro muestra que el incremento de valor inmobiliario de Sa Calatrava no puede ser comprendido como estrictamente urbanístico ni como estrictamente económico. En otras palabras, el despliegue del boom inmobiliario en el centro histórico de Palma no fue el fruto automático de inversiones económicas, públicas y privadas, sobre el espacio construido, sino que precisó de una serie de medidas de embellecimiento y pacificación apoyadas y legitimadas sobre relaciones y valores locales. El embellecimiento y la pacificación se orientaron, respectivamente, a dotar al barrio de nuevos significados (proceso en el cual la «puesta en valor» del patrimonio jugará un rol crucial) y a ajustar las prácticas sociales de sus habitantes a los requerimientos del capital inmobiliario, es decir, a producir el barrio de Sa Calatrava como un contexto idóneo para la extracción de plusvalías. (p. 13)

Sa Calatrava era un barrio situado cerca del centro de Palma de tradición obrera. En los años 80 se encontraba degradado y algunos de sus vecinos se organizaron en una asociación para tratar de mejorar sus condiciones de vida. En los 90, sin embargo, y coincidiendo con la emergencia de nuevos puntos turísticos a lo largo del Mediterráneo más baratos que la isla de Mallorca, ésta tuvo que reinventar su branding turístico y Sa Calatrava se convirtió en un enclave interesante debido al rent gap, la diferencia entre lo que costaba el terreno por entonces y lo que podía llegar a costar. Se entró en una fase de gentrificación apoyada por la propia asociación de vecinos y el Ayuntamiento, que vendieron la idea como un intento de «pacificar» el barrio, primero, y de promover su patrimonio, después. Ésa es la lucha que retrata Franquesa.

El primer capítulo presenta a algunos de los actores y el barrio en los 80, popular y algo degradado. El segundo capítulo presenta a la Asociación de Vecinos, una entidad organizada con el objetivo de conseguir mejoras para el barrio que muy pronto se imbricó con las autoridades del Ayuntamiento y que le sirvió, por un lado, para colgarse la medalla de que ellos eran quienes habían ayudado al barrio a luchar por su dignidad (es decir, expulsado a traficantes y llevando seguridad a sus calles); pero, por el otro lado, para crear una red vertical y clientelar donde repartían las dádivas del Ayuntamiento entre quienes les eran leales. Esa potestad, resume Franquesa, permitía a la asociación decidir «quién es calatravense y quién no», es decir, crear bandos.

En los 80 la población de Sa Calatrava estaba bastante envejecida. Es entonces cuando se dan los primeros casos de «gentrificación difusa»: pioneros que, sin formar parte aún de la estructura del capital inmobiliario organizado, buscan una vivienda en un barrio «obrero», «auténtico»; o, simplemente, un lugar adecuado para vivir, bien de precio, que presenta características distintas a los barrios más centralizados. Estos pioneros, que a menudo son de una clase social más alta que los habitantes actuales del barrio, no se perciben a sí mismos como tal, sino como miembros dotados de un mayor «capital cultural», capaces de ver en el barrio lo que sus habitantes actuales no ven (casas con patrimonio, con elementos arquitectónicos antiguos, etc.).

A principios de los 90 se lleva a cabo el PERI (Plan Especial de Reforma Interior), donde se establecen tres categorías de personas: los vecinos que se podrán quedar porque son gente «normal» y sus casas tienen valor patrimonial; y los que se tendrán que ir porque el lugar que ocupan «está degradado» y que son o bien indeseables (la población gitana), o bien miserables (la gente mayor sin recursos). Para el desarrollo del PERI, por supuesto, se recurre a la inversión privada, es decir, se ofrecen grandes recursos u opciones a promotores inmobiliarios para que sean ellos quienes se encarguen de mejorar el barrio… a cambio de quedarse con los beneficios.

Una de las herramientas que se usó para actuar sobre el barrio fue el Plan Urban europeo, «el mayor exponente de la introducción del urbanismo neoliberal en la Unión Europea» (p. 98, Franquesa cita a Cochrane, Undestanding urban policy. A critical approach, 2007). El Plan Urban se caracteriza por fórmulas de gestión público-privadas, «el tratamiento asistencialista e individualizado de la pobreza» (que se resumiría en que los pobres lo son porque quieren) y por actuar sobre todo en barrios. Sa Calatrava, a priori, no hubiese sido uno de los receptores del Plan Urban, pero las autoridades lo agruparon junto a otras zonas (el barrio de El Temple) para alcanzar el número de habitantes afectados suficiente para recibir las ayudas. Paradójicamente, un barrio donde empezaba la gentrificación y el precio de los inmuebles se elevaba recibía ayudas para el desarrollo.

El Plan Urban pone un gran énfasis en la cultura. Así, coincidía de pleno con la línea del nuevo turismo («postfordista», lo llama Franquesa) de Mallorca: un turista cultural, de alto nivel adquisitivo, que no busca sólo mar y playa (algo disponible más barato en otras partes del Mediterráneo o del mundo), sino una experiencia cultural, una visita a los orígenes. Para ello, la historia del barrio fue alterada, borrando toda referencia a un pasado obrero o reivindicativo y centrándose en «referencias a palacios señoriales y a elementos del pasado judío e islámico» y hablando a menudo de artesanía pero, de nuevo, obviando a los obreros que se dedicaban a ella.

Este proceso, la patrimonialización, en el fondo borra la historia del barrio o la reescribe a conveniencia, siempre a merced de los deseos del capital y no de los pobladores del barrio. Guillaume (La politique du patrimoine, 1980) señala que en todo centro urbano existen dos zonas: la bella y homogeneizada y la fea y llena de vida. Sa Calatrava era de las segundas; y, si aún era fea, es porque las autoridades no habían invertido, no la habían limpiado. Al hacerlo la despojan de sus habitantes originales y la ponen a disposición del capital convertida en un bonito envoltorio.

La siguiente fase consiste en despojar el espacio público de su cualidad como tal y convertirlo en un entorno aséptico, sin vida, salvo la turística. En palabras de Delgado, pasaríamos de hablar de «las calles» a hablar de «espacio público». En Sa Calatrava consistió en la prohibición de abrir bares, lo que, sumado a la ausencia cada vez mayor de tiendas, obligaba a los habitantes del barrio (en general, personas mayores) a desplazarse fuera del barrio para poder comprar pan, agua o zapatos.

Una de las principales consecuencias de este tipo de urbanismo es que se llega a un momento en el que los habitantes del barrio no se conocen entre ellos: forman parte de diferentes oleadas y cohabitan, pero no conviven porque no hay lugares de socialización. No tienen nada en común, no realizan actividad conjuntas y no se conocen; y estos tres hechos se retroalimentan, impidiéndoles formar un discurso de barrio.

Más que interesante es el cuarto capítulo, que recoge una historia concreta sobre una falsa «okupación» y la ruptura de la Asociación de Vecinos en dos entidades opuestas: la original, que dimitió y formó una asociación de nuevo nombre, vinculada a la derecha y con relaciones estables con el Ayuntamiento, y la nueva, que de hecho se convirtió en la original, formada por personas vinculadas a la izquierda (aunque las etiquetas son nocivas y precisamente de ellas intenta huir Franquesa, algo que no podemos reproducir dada la extensión de la historia).

Las dos asociaciones de vecinos, explica el autor, suponen dos formas distintas de ver y aprecias las transformaciones del barrio: de quien busca un lugar tranquilo para vivir o de quien prefiere una zona repleta de vida, aunque menos tranquila.

A medida que la presión inmobiliaria aumenta, el rodillo del capital afecta cada vez a más espacios. Muy significativo es el hallazgo de unas ruinas romanas en lo que iba a convertirse un gran edificio frente al mar, construido a más altura de la que permitía la legislación pertinente. Los vecinos del barrio protestaron; entre ellos se encontraban también las primeras oleadas de la gentrificación, es decir, los pioneros que llegaron al barrio buscando una zona autóctona, dispuestos a reformar sus viviendas, y que ahora se encontraban fuera de lugar (algo habitual con los procesos de gentrificación). Sin embargo, el discurso se llevaba a cabo en términos de «patrimonio», supuestamente despolitizado. Los «expertos» decidían si esas ruinas eran lo bastante valiosas para ser conservadas, o no, aunque la decisión final correspondía a una comisión política. Pero se hacía entender a los vecinos que se trataba de una decisión «objetiva», despolitizada, supuestamente carente de ideología.

Finalmente el edificio se llevó a cabo y los vecinos lo acataron, salvo uno de ellos, que presentó una demanda y, años después, la ganó. El Tribunal Supremo español decretó que parte de ese nuevo edificio (Dalt Murada), sobre todo los áticos (que se habían permitido construir para compensar al promotor por el «espacio» que había perdido al tener que mantener las ruinas romas a la vista), debían ser derruidos. Los periódicos destaparon, entonces, que gran parte de la cúpula política de la isla eran los propietarios de muchos de esos áticos (algunos de ellos implicados en escándalos y juicios de corrupción, otros incluso sentenciados y en la cárcel).

En vez de derruir los áticos, sin embargo, los políticos se limitaron a cambiar la normativa de la isla para que ese edificio fuese, de repente, legal; por lo que ya no hubo necesidad de derruirlos y su inversión quedó a salvo.

La obra termina con una victoria pírrica que obtuvieron los vecinos contra el capital y una reflexión sobre unas palabras de uno de los vecinos implicados, que dijo que llevaban «media vida salvando espacios (…) y seguro que lo tendremos que seguir haciendo». Franquesa reflexiona sobre cómo esa ideología idealiza el pasado, un pasado que ni fue mejor ni fue ideal; y da a entender que la única victoria posible contra el capital es la de frenarlo, permanecer anclados en ese pasado ideal mientras se trata de impedir que el capital lo arrase todo; una lucha, por lo tanto, ahistórica.

Y deshistorizando el capital y la historia estas luchas, que tan importantes y necesarias son y han sido en Mallorca, corren el peligro de deshistorizarse a sí mismas, como si el único horizonte legítimo, el único sueño redentor pensable, fue un antes que, como ya hemos visto, ni fue bucólico ni (más importante aún) resulta externo a la industria turística, sino que es una pieza clave de su telaraña ideológica. No se trata de considerar a la industria turística como intrínsecamente malvada, sino de entender que políticamente la contradicción entre mercado y sociedad, permanentemente ocultada por discursos de todo tipo, siendo el de la crisis, con su énfasis en los excesos, su versión más reciente. (p. 231)

Lo cual nos recuerda las palabras de Raquel Rolnik cuando hablaba de ideas «prototípicas«, es decir: ni opuestas al capital ni a su merced, sino capaces de generar otras realidades; y, también, claro, a los mapas cognitivos de Jameson.

Ciudad de muros, Teresa Caldeira

Hace aproximadamente un año le dábamos vueltas en el blog a la diferencia entre la sociología y la antropología urbanas. La cuestión nos surgió a raíz de lecturas como Sociología Urbana, de Francisco Javier Ullán de la Rosa; Antropología Urbana, de Josepa Cucó, o La ciudad desdibujada«, de Francisco Monge. Quien nos acabó perfilando el tema fue José Ignacio Homobono con su artículo «Antropología urbana: itinerarios teóricos…«, donde recorría toda la historia de la disciplina; pero quien respondió de verdad fue Amalia Signorelli con su Antropología Urbana, donde dejaba claro, y además lo argumentaba bien, que la antropología urbana debe estudiar las «concepciones del mundo y de la vida, de sistemas cognoscitivo-valorativos elaborados en y por contextos urbanos» y que la antropología es el estudio del otro. Del otro diverso; y del lugar en el que el otro nos coloca al uno, que no es el otro.

Como consecuencia de esa reflexión nos hemos ido acercando a la lectura de diversos libros que estudian una ciudad concreta a partir de la antropología. En breve reseñaremos el caso de Palma de Mallorca de manos de Jaume Franquesa, pero el libro que traemos hoy es una obra maestra, Ciudad de muros [2000, leemos la edición de gedisa, 2007, traducida por Claudia Solans], donde la antropóloga Teresa Caldeira estudia a fondo la ciudad de São Paulo y, sobre todo, las nuevas formas de urbanismo neoliberal que están aumentando la fragmentación, la segregación y la exclusión en la ciudad.

Ciudad de muros se refiere a los enclaves, físicos y culturales, que han brotado por todo São Paulo, similares a las gated communities de que hemos hablado en otras ocasiones en el blog (pero a la vez distintas a ellas; luego entraremos a fondo en el asunto) pero también a las separaciones sociales y culturales que se dan entre grupos distintos cuando los espacios en que habitan dejan de ser los mismos. Precisamente ahí empieza el estudio, con el habla del crimen, con cómo la experiencia del crimen como algo cotidiano campa entre los habitantes de São Paulo, lo hayan vivido en sus carnes o no, y se convierte en una narrativa omnipresente que justifica todas las medidas de seguridad y legitima todas las defensas posibles. El crimen marca un antes y un después; pero su narración se va perfilando y adaptando hasta incluir dos etapas distintas, un antes mitificado, un antes libre de pobres, de inmigrantes, de problemas, de peligros, y un después donde ya nada es igual y se han perdido las certezas; en general, por culpa del otro.

Los espacios fortificados son espacios privatizados, cerrados y monitoreados, destinados a residencia, ocio, trabajo y consumo. Pueden ser shopping centers, conjuntos comerciales y empresariales, o condominios residenciales. Atraen a aquellos que temen la heterogeneidad social de los barrios urbanos más antiguos y prefieren dejarlos para los pobres, los «marginales», los sin techo. Por ser espacios cerrados cuyo acceso es controlado privadamente, aun cuando tengan un uso colectivo y semipúblico, transforman profundamente el carácter del espacio público. En verdad, crean un espacio que contradice directamente los ideales de heterogeneidad, accesibilidad e igualdad que habían ayudado a organizar tanto el espacio público moderno como las modernas democracias. (p. 14)

Antes de entrar en materia, sin embargo, y teniendo en cuenta que Caldeira es una antropóloga brasileña que vive y trabaja entre São Paulo y California, recoge la distinción de Stocking («Afterword: A View from the Center», 1982) entre las antropologías nation-building y las empire-building, es decir, una antropología «internacional», de corriente euroamericana, y una «antropología de la periferia», que son el resto. Los del primer tipo proceden como Marco Polo en Las ciudades invisibles: describen todas las ciudades que visitan… sin concretar de las suyas, pero sin dejar de tenerlas en cuenta. La antropología de la periferia, en cambio, suele centrarse en sus países y los estudia con tanto ahínco que acaba cayendo en su singularidad, gesto que Caldeira, formada entre ambos mundos, ha tratado de evitar con este libro. Por ello, Ciudad de muros habla de São Paulo pero se refiere a procesos que, tal vez de modo distinto, se están dando también en Los Ángeles, Miami, Nueva York, Roma o Barcelona.

Al contrario que la experiencia del crimen, que rompe el significado y desorganiza el mundo, el habla del crimen simbólicamente lo reorganiza al intentar restablecer un cuadro estático del mundo. Esta reorganización simbólica se expresa en términos muy simplistas que se apoyan en la elaboración de pares de oposición ofrecidos por el universo del crimen, siendo el más común el del bien contra el mal. (p. 34)

En Moóca, uno de los barrios de São Paulo donde Caldeira realizó sus investigaciones, el antes suele presentar el barrio idealizado, cuando era una zona industrial con muchas fábricas y empleo; y el después se sitúa con la reducción de esa industrialización (deslocalizada), la demolición de algunas de las casas antiguas para recibir la llegada del metro y cierta gentrificación en el barrio. Todo ello queda resumido en la llegada de los inmigrantes del norte de Brasil (los «nordestinos»), que se perciben como la causa de que el barrio se haya degradado; se perciben como «el otro» frente a un «nosotros» ficticio que es quien mantiene la «verdadera identidad» del barrio. «Eligen, entonces, a los recién llegados, migrantes como ellos, pero que llegaron después y son más pobres, para expresar los límites de su comunidad y acentuar su propia superioridad social. Los recién llegados son tachados de extranjeros –como los padres de los residentes más antiguos– pero también de invasores que están destruyendo el lugar que los residentes de Moóca y sus padres conquistaron y construyeron para sí.» (p. 45) Además, «las categorías son rígidas: no están hechas para describir el mundo de forma precisa, sino para organizarlo y clasificarlo simbólicamente.»

Por ello, existen lugares que son más sospechosos que otros: en concreto, las favelas y los conventillos (casas coloniales grandes con muchas habitaciones donde convive una gran cantidad de personas). Caldeira los clasifica ambos como «espacios liminares» y, en la significación popular, quedan «excluidos del universo de lo adecuado, son simbólicamente constituidos como espacios del crimen, espacios de características impropias, contaminantes y peligrosas» (p. 98).

El siguiente capítulo estudia la relación entre el aumento del crimen, el largo historial de abusos de la policía de São Paulo y las consecuencias para la democracia, aunque no entraremos en él porque se aleja de la temática del blog.

La tercera parte, sin embargo, cae de pleno en ella. Caldeira explica los tres patrones de segregación espacial que ha sufrido São Paulo a lo largo del siglo XX:

  • la primera, que empezó en el XIX y se extendió hasta los años 40, «produjo una ciudad concentrada en la que los diferentes grupos sociales se comprimían en un área urbana pequeña y estaban segregados por tipos de viviendas»;
  • la segunda, de 1940 hasta los años 80, estuvo controlada por la forma «centro-periferia», con una gran separación física entre las distintas clases sociales: las altas y medio-altas viven en el centro, donde existen todas las infraestructuras necesarias, mientras que las bajas viven en las afueras, en las «distantes y precarias periferias»;
  • finalmente, una tercera forma actual que se superpone a la anterior y donde los grupos están separados por muros, físicos o estructurales, y «enclaves fortificados»: «espacios privatizados, cerrados y monitoreados, para residencia, consumo, recreación y trabajo» (p. 257).

El segundo patrón, el centro-periferia, estuvo trufado de asociaciones y entidades políticas (como el Banco Nacional de Habitación o el Sistema Financiero de Habitación) creadas con el fin de fomentar la vivienda entre todos los habitantes pero reconvertidas en financieras que apoyaban la propiedad de las viviendas para las clases medias (como la Federal Housing Association en Estados Unidos durante la white flight), provocando que en los años 70 «las personas de diferentes clases sociales no sólo estaban separadas por grandes distancias sino que también tenían tipos de viviendas y calidad de vida urbana radicalmente diferentes».

A mediados de los 70 las periferias se movilizaron para tratar de conseguir lo que tenían las clases medias: un acceso digno a la vivienda en entornos con infraestructuras adecuadas. Pero llegó la desindustrialización y el trasvase hacia el sector servicios y surgieron nuevas zonas de oficina, consumo y comercio «que atrajeron tanto a residentes ricos como altas inversiones». Aumentó el crimen, se generó el habla del crimen con que Caldeira empezaba su estudio y las distintas clases sociales optaron por fortificarse para evitar el peligro.

La imagen que se ha vuelto icónica de la desigualad en Brasil.

¿Cuáles son las características básicas de los enclaves fortificados?

  • 1. «Son propiedad privada para uso colectivo y enfatizan el valor de lo que es privado y restringido, al mismo tiempo que desvalorizan lo que es público y abierto en la ciudad» (p. 313)
  • 2. Están claramente delimitados y aislados por muros.
  • 3. Están volcados hacia el interior y no hacia la calle.
  • 4. Controlados por sistemas de seguridad y guardias armados.
  • 5. Son flexibles: debido a las nuevas tecnologías y formas de organización, son entidades autónomas que pueden situarse en cualquier lugar, por lo que se alzan como entidades independientes de sus alrededores.
  • 6. Tienden a ser socialmente homogéneos.

Pese a que su origen se podría encontrar en los CID (common interest developments) y los suburbios norteamericanos, los condominios cerrados brasileños presentan algunas diferencias respecto a éstos:

  • 1. Mientras que en Estados Unidos las gated communities constituyen sólo el 20% de los CID, en Brasil todos los condominios están cerrados con muros y acceso controlado.
  • 2. En Brasil la mayoría de condominios son edificios de apartamentos, eminentemente urbanos, a diferencia de en Estados Unidos, que suelen ser enclaves suburbanos.
  • 3. Si los CID americanos suelen buscar cierta uniformidad en la estética, los brasileños lo rechazan, porque se suelen relacionar las casas estandarizadas con las viviendas de las clases bajas.
  • 4. Finalmente, y tal vez como consecuencia de lo anterior, los enclaves brasileños no hacen ninguna referencia a la comunidad, ni a la creación de lazos sociales entre sus miembros, a diferencia de Estados Unidos, donde se erigen como bastiones de determinados tipos de personas (jubilados, cristianos, familias con niños, gays…) y donde la seguridad se publicita como un aspecto casi secundario.

Los condominios son espacios cerrados con seguridad privada concebidos como universos autónomos. Suelen promocionarse con sus instalaciones, como gimnasios, bibliotecas, clubes privados… que la mayoría de las veces quedan sin utilizar.

Dentro de los condominios, la falta de respeto por la ley es casi una regla. Las personas se sienten más libres para desobedecer la ley porque están en espacios privados de los cuales la policía es mantenida lejos, y porque las calles de los complejos se consideran como extensiones de sus jardines. En verdad, cuando las personas tienen nociones frágiles sobre el interés público, responsabilidad pública y respeto por los derechos de otras personas, es improbable que lleguen a adquirir esas nociones dentro de los condominios. (p. 337)

Por ejemplo en Alphaville, uno de los primeros condominios cerrados de la ciudad y tan conocido que su nombre se ha convertido en el genérico de los condominios, en apenas dos años (marzo de 1981 a enero de 1991) se produjeron 646 accidentes con 925 heridos y 6 muertos, en general provocado por adolescentes que aprendían a conducir o se sentían seguros usando el coche dentro del condominio, y las víctimas eran, en general, niños que estaban jugando en las calles. Sin embargo, los vigilantes de seguridad privada no tienen verdadera libertad para reprender a esos adolescentes, porque en el fondo son empleados de sus padres y corren el riesgo de quedarse sin empleos; y la policía a menudo ni siquiera es consciente de los hechos, porque se consideran «domésticos» y se resuelven dentro del condominio, desvalorizando aún más lo público.

São Paulo es hoy una ciudad de muros. Los residentes de la ciudad no se arriesgarían a tener una casa sin rejas o barrotes en las ventanas. Barreras físicas cercan espacios públicos y privados: casas, edificios, parques, plazas, complejos empresariales, áreas de comercio y escuelas. A medida que las elites se retiran hacia sus enclaves y abandonan los espacios públicos para los sin techo y los pobres, el número de espacios para encuentros públicos de personas de diferentes grupos sociales disminuye considerablemente. Las rutinas diarias de aquellos que habitan espacios segregados –protegidos por muros, sistemas de vigilancia y acceso restringido– son muy diferentes de las rutinas anteriores en ambientes más abiertos y heterogéneos. (p. 363)

Para empezar: puesto que el espacio para los ricos está cerrado, «el espacio que sobra es abandonado a aquellos que no pueden pagar para entrar» (p. 378). A priori, por lo tanto, y puesto que los ricos han escogido su espacio, lo que queda debería ser espacio de todos, espacio público (y habría que reflexionar aquí cómo, de nuevo, las clases altas escogen espacio y compañías mientras que las clases bajas tiene que conformarse con aquello que les toca en suerte). Sin embargo, y puesto que los espacios acaban siendo habitados por grupos homogéneos, el verdadero espacio público desaparece: «los caminos dentro de las favelas son espacios para caminar, pero las favelas acaban siendo tratadas como enclaves privados: sólo residentes y conocidos se aventuran a entrar y todo lo que se ve desde las calles públicas son algunas pocas entradas». Entraríamos, si acaso, en el gueto (o el hipergueto) del que hablaba Wacquant.

Quedan unos cuantos barrios donde aún hay gente en las calles, explica Caldeira. Por un lado son los barrios más populares donde aún las clases «medias» se sienten cómodas paseando; por el otro son los barrios de clases medias-altas que, sin embargo, están poblados por cámaras de vigilancia y seguridad privada, convertidas en verdaderos enclaves privados encubiertos, similares a las millas de oro de que hablaba Francesc Muñoz en Urbanalización: centros comerciales al aire libre pero que reproducen los mismos aspectos que los centros comerciales cerrados y donde tampoco todo el mundo tiene paso franco, pues cada uno es sospechoso en función de su apariencia.

Las funciones del espacio público, de la calle, vaya, se transfieren a entornos privados; y es aquí donde Caldeira conecta con la ciudad de Los Ángeles pero también con los centros comerciales y la ciudad análoga de la que hablaban Margaret Crawford y Trevor Boddy en Variaciones sobre un parque temático, editado por Michael Sorkin. En la ciudad norteamericana aún existen espacios abiertos y no privatizados de uso público intenso, pero suelen caer en dos tipos concretos: «espacios cada vez más segregados y socialmente homogéneos» (Caldeira pone como ejemplo los parques latinos o las áreas de negocios de lujo de Beverly Hills) y espacios especializados, especialmente para ocio y consumo, convertidos en una especie de parque temático (la Promenade de Santa Mónica o la playa de Venice).

Comparada a la de São Paulo, la fortificación de Los Ángeles es blanda. Donde barrios como Morumbi usan muros altos, cercas de hierro y vigilantes armados, el West Side de Los Ángeles usa principalmente alarmas electrónicas y pequeñas señales anunciando «Respuesta armada». Mientras la elite de São Paulo claramente se apropia de espacios públicos –cerrando calles públicas con cadenas y otros obstáculos físicos e instalando guardias privados armados para controlar la circulación–, la elite de Los Ángeles todavía muestra algún respeto por las vías públicas. Sin embargo, las comunidades cercadas por muros que se apropian de calles públicas están proliferando, y es posible preguntarse si el patrón más discreto de separación y vigilancia de Los Ángeles no se relaciona en parte con el hecho de que los pobres ya viven lejos de West Side, mientras en Morumbi viven al otro lado de la calle. Además, la policía de Los Ángeles –a pesar de ser considerada como una de las más parciales y violentas de los Estados Unidos– todavía parece ser efectiva y no violenta si se la compara a la de São Paulo. (p. 403)

Aquí Caldeira inserta dos posibles interpretaciones, dadas por autores muy distintos. El primero es Charles Jencks (del que hablamos a propósito del postmodernismo tanto en el análisis de Harvey La condición de la posmodernidad como, sobre todo, en Los orígenes de la posmodernidad, de Perry Anderson), analista de la postmodernidad en la arquitectura, quien llega a la conclusión de que, dada la enorme diversidad de la ciudad, y teniendo en cuenta la situación económica (su análisis es de 1993), las personas cada vez necesitarán más protección y fortificación. Para Jencks, la seguridad será una necesidad y sitúa la heterogeneidad étnica de la ciudad como la razón para sus conflictos sociales, por lo que la separación le parece una solución.

Por otro lado, la voz crítica contra la fortificación de Los Ángeles es la de Mike Davis tanto en Ciudad de cuarzo como en «Fortaleza LA» (recogido en el ya citado Variaciones sobre un parque temático). Davis considera que la segregación y la fortificación del espacio no son más que una estrategia neoliberal con funciones represivas y punitivas sobre las clases bajas, como también lo consideraba Wacquant.

Caldeira rechaza el uso de la etiqueta «postmodernas» para referirse a estas nuevas configuraciones del espacio, que usaron, por ejemplo, Edward Soja y Michael Dear (en un artículo recogido en The City: Los Angeles and Urban Theory at the End of the Twentieth Century editado por Allen J. Scott y el propio Soja) porque desplaza el tema de interés de la configuración del espacio, que no deja de ser una lucha de clases o una imposición neoliberal, hacia la flexibilidad, el flujo, el sincretismo social o la «heterodoxia social» propias de las etiquetas postmodernas.

Una vez que los muros se construyen, alteran la vida pública. Los cambios que estamos viendo en el espacio urbano son fundamentalmente no democráticos. Lo que se está reproduciendo en el espacio urbano es segregación e intolerancia. El espacio de esas ciudades es la arena principal en la cual se articulan esas tendencias antidemocráticas. (p. 410).

Tocar fondo. La mano invisible detrás de la subida del alquiler, Manuel Gabarre

Tocar fondo. La mano invisible de la subida del alquiler, de Manuel Gabarre (Observatiorio CODE, Observatorio Contra Delitos Económicos formado por activistas de la sociedad) es una obra muy breve que trata el expolio sufrido en el mercado inmobiliario español y los tejemanejes del gran capital para hacerse con la propiedad y las rentas de las viviendas. El primer capítulo presenta a los actores y su ecosistema (paraísos fiscales y demás), el segundo trata del papel de la vivienda en las finanzas y el tercero se centra en el caso concreto del SAREB, el mal llamado «banco malo» español que se hizo cargo de todas las viviendas desahuciadas.

«Un paraíso fiscal es un Estado o una jurisdicción que permite que los extranjeros puedan eludir el control fiscal de su país de origen» (p. 19), algo que, a estas alturas, todos conocemos. Gabarre comenta que el nombre «paraíso fiscal» proviene de una mala traducción de ‘tax haven’, refugio fiscal, al francés (donde confundieron ‘haven’, refugio, con ‘heaven’, cielo, paraíso, y de ahí tenemos el «paraíso fiscal»). Están repartidos por todo el mundo, pero tal vez los más conocidos son los territorios británicos de ultramar, restos de colonias de cuando Reino Unido era un Imperio, y entre los cuales están las Islas Caimán, las Bermudas o Gibraltar.

Tras la Segunda Guerra Mundial, en parte como necesidad de reconstrucción y en parte como oposición al bloque soviético socialista, los países occidentales escogieron formas de redistribución mediante regímenes fiscales progresivos. Esta etapa duró, aproximadamente, desde 1945 hasta 1973, con la primera crisis del petróleo. Ya hemos hablado que durante esta época se forjó, también, el paso de estados occidentales occidentales industriales a dedicados a los servicios, con la industria deslocalizada a países emergentes o del sud-este asiático (por ejemplo lo vimos en La sociedad red de Castells o con la acumulación flexible de Harvey). Tras las crisis económicas de los años 70 se abandonó el modelo progresista y se instauró un modelo de ahorro y de laissez-faire empresarial, el neoliberalismo, que liberaba a las empresas de todos sus límites y sometía a los vaivenes del mercado todos los ámbitos de nuestra vida.

Ahí entró la vivienda. Ya vimos con La guerra de los lugares, de Raquel Rolnik, cómo se pasó lentamente de un modelo de vivienda como un bien necesario para todos a una vivienda considerada como un bien de mercado que sólo estaría disponible para quienes pudiesen permitírsela. Durante décadas se fue reforzando la idea de la propiedad privada de la vivienda y la consideración de que la vivienda pública era algo indigno, propio de los pobres, que nadie «de bien» querría.

Tras la crisis del 29 en Estados Unidos, se separó mediante una ley la banca de depósito comercial (aquella donde los ciudadanos depositamos nuestro dinero) y la de inversión (aquella destinada a conseguir beneficios). Esta separación no se hizo, por ejemplo, en Europa (lo que explica que la city de Londres sea el mayor centro bancario del mundo, puesto que las sedes de Estados Unidos abrían filiales allí para operar más libremente). A medida que la doctrina neoliberal calaba, sin embargo, y se empezaba a considerar que todo lo que provenía del Estado era «nocivo o sospechoso de serlo, ya fuesen los funcionarios, los servicios públicos o las regulaciones», se fue imponiendo la desregulación que cristalizó en 1999 en Estados Unidos cuando Bill Clinton derogó la anterior ley de bancos (Glass-Steagall, la del 29 que referíamos).

Desde entonces, la banca de inversión se recapitalizó con los ahorros del ahorrador medio y se lanzó sin cortapisas a la especulación en el mercado financiero tras la eliminación de las barreras legales. La consecuencia fue que en diez años se produjo una crisis que tuvo la magnitud de la de 1929. A resultas de la crisis, en la época Obama se hizo un intento de controlar levemente el sistema financiero a través de la ley Dodd-Frank. Sin embargo, las regulaciones aprobadas han sido suprimidas durante el mandato de Donald Trump. (p. 41)

Por supuesto, la única forma en que los bancos y las finanzas pueden campar a sus anchas es si los Estados dejan de regularlas; ello se produce por dos caminos. El primero: dada la existencia de los paraísos fiscales y la facilidad con que se puede acceder a ellos en una era de globalización, internet y banca on-line, las grandes empresas y las grandes fortunas han dejado de pagar impuestos, o lo hacen en una medida muy pequeña; por ello, los Estados no tienen suficiente dinero y tienen que aumentar los impuestos directos (que no son regresivos, como el IVA o los impuestos a los carburantes, y que tienen mayor peso sobre las clases con menos poder adquisitivo); y, por otro lado, a los Estados no les queda más remedio que tirar de deuda de esos grandes fondos de inversión o de la gran banca.

La otra herramienta es introducir como gestores de la economía de los Estados a los propios miembros de la banca.

Steve Bannon trabajó en Goldman Sachs como banquero de inversión. Entre los políticos más destacados que han sido directivos de Goldman Sachs se encuentra el actual secretario del Tesoro de EEUU Steve Mnuchin. Será el tercer secretario de estado que ha sido directivo de Goldman Sachs. Los anteriores fueron Hank Paulson y Robert Rubin, quien contribuyó durante su mandato a la supresión de la Ley Glass-Steagall, que disponía la separación entre la banca comercial y la banca de inversión. La nómina de directivos de Goldman Sachs que pasaron a la política es extraordinariamente larga en EEUU y en Europa, con otros destacados miembros como Gary Cohn, jefe del National Economic Council durante el mandato de Trump o también Mario Draghi, quien era un importante directivo de Goldman Sachs. También es el caso de José Manuel Durão Barroso, presidente de la Unión Europea durante la crisis y ahora presidente de Goldman Sachs Internacional. Pero la influencia de la banca de inversión y de la banca en la sombra es determinante. Y este no es solo el caso de Goldman Sachs. Es el caso de muchos otros como Stephen Schwarzman, consejero delegado de Blackstone, que actuó recientemente
como consejero de Trump desde el foro consultivo de estrategia y política. Del mismo modo, en el campo local Luis de Guindos fue responsable de Lehman Brothers en la Península Ibérica.

Sirva lo anterior sólo como ejemplo.

Durante la crisis de 2008, la cantidad de crédito fácil que los bancos habían otorgado para hipotecas era tan desmesurada que todo el sistema bancario español estuvo a punto de caer. Para impedirlo se inyectaron 60.000 millones de euros en sus cuentas, a fondo perdido, sin llevar a cabo medidas como en otros países para garantizar que ese dinero no fuese a manos privadas (lo que acabó sucediendo). En Estados Unidos, por ejemplo, se nacionalizó algunos bancos y se recuperó esa inversión privatizándolos de nuevo otra vez; en España no sucedió nada de eso.

Pero, además de la inyección de dinero para evitar el colapso económico, quedaba la duda de qué hacer con ese enorme mercado inmobiliario, formado por una gran cantidad de viviendas y solares que sus propietarios no habían podido seguir pagando y que en ese momento, dado el desplome del mercado inmobiliario, tenían un valor muy inferior a aquel por el que se habían tasado. Para ello se creó la Sociedad de Gestión de Activos procedentes de la Reestructuración Bancaria (el famoso SAREB), una entidad privada gestionada por manos privadas pero financiada con dinero público y con una finalidad pública.

El SAREB se financió con unos 4.800 millones de euros iniciales, de los cuales el 55% provenía de fondos privados (bancos españoles, que tuvieron que aportar de forma proporcional a su volumen económico) y el 45% restante, de origen público (sobre todo del FROB, Fondo de Reestructuración Ordenada Bancaria, la misma entidad que subvencionó a los bancos). El objetivo declarado del SAREB era comprar esas viviendas y solares que ahora tenían mucho menos valor para quitárselo de las manos a los bancos y que éstos volviesen a ser solventes. Sin embargo, con esos casi 5.000 millones de euros el SAREB no hubiese ido muy lejos; recibió una inyección de dinero de 50.000 millones de euros de fondos europeos para poder maniobrar.

La finalidad de Sareb era la de convertirse en un cortafuegos, hecho de dinero público, con el propósito de evitar que la crisis española se propagase por toda Europa. Este peligro provenía de que los bancos estaban fuertemente endeudados entre sí. Si entidades importantes como Bankia o Catalunya Banc no hubiesen devuelto los préstamos que habían recibido de otros bancos europeos, también los podrían haber arrastrado a la quiebra. En realidad, el sistema bancario funciona como un castillo de naipes en el que la quiebra de una entidad importante puede provocar el desmoronamiento de todo el sistema financiero.

Debido al riesgo de contagio, el Consejo Europeo prestó más de 50.000 millones de euros al Estado español con la obligación de que los emplease en pagar las deudas que estas entidades arruinadas tenían con otras entidades financieras. Sin embargo, esta operación todavía no ha sido contabilizada dentro de las ayudas públicas a la banca. (p. 64)

El objetivo del SAREB era comprar esas viviendas y solares a los bancos (para limpiar sus cuentas) y, por el camino, obtener beneficios con ellos. Pero… ¿vendiéndoselos a quién? La población estaba inmersa en la peor crisis financiera que se recuerda, la de 2008, por lo que muy pocas personas particulares podían afrontar la compra de una vivienda; tampoco los bancos atravesaban su mejor momento, y precisamente eran quienes tenían que vender esas viviendas y solares. El Estado había visto reducidos sus ingresos con el rescate bancario, la gran cantidad de personas en el paro y la debacle económica; de hecho, muchas de las imposiciones europeas a cambio de obtener flujo de dinero suponían la reducción del Estado del bienestar y los famosos «recortes», es decir, reducir el gasto público en sanidad, educación, ayudas sociales…

Por lo tanto, ¿quiénes eran los únicos compradores posibles? El gran capital: los fondos de inversión y los fondos buitres. Ése era el objetivo, no muy disimulado, del SAREB: adquirir viviendas y solares a precio de risa para venderlo a los fondos de capital. En ningún momento estaba previsto que el SAREB consiguiese suficiente dinero para devolver el préstamo del Consejo Europeo; y, como ya vaticina Manuel Gabarre en el libro, y como ha acabado pasando, puesto que España es el avalista del SAREB, todo ese dinero que se ha perdido ha pasado a aumentar la deuda pública del país. Es decir: entre todos los españoles les hemos vendido centenares de miles de viviendas a los fondos buitres para que puedan ganar dinero y además subirnos el alquiler.

Porque ésa es la otra cara de la moneda. Tras gastar gran cantidad de sus fondos en adquirir viviendas, edificios y solares por todo el país, el SAREB no se dedicó a crear un parque inmobiliario lo bastante grande para controlar las enormes subidas del alquiler y generalizar un acceso fácil a la vivienda, sino que malvendió esas propiedades a precios ridículos a los fondos de inversión. SAREB, según sus cuentas oficiales, llegó a disponer de unos 15.000 solares y unas 88.000 viviendas; eso suponía el 22% de sus gastos. El 78% restantes lo formaban las hipotecas y préstamos que los bancos habían concedido pero que se habían dejado de pagar, por lo que no existen registros oficiales de en qué consistían esos créditos e hipotecas. Sin embargo, no es desmesurado suponer que la mayoría de ellos eran sobre solares o edificios y viviendas, por lo que los cálculos de Gabarre sitúan el parque inmobiliario del SAREB en unas 350.000 propiedades.

Esa cantidad, concentrada en las grandes ciudades, era la oportunidad perfecta para que el Gobierno de España pudiese implantar un parque de vivienda pública que beneficiase a los ciudadanos (como el caso de Viena, por ejemplo, donde algo más de un 65% de las viviendas son de titularidad pública y el alquiler está controlado) y además ayudase a mantener el mercado estable. En vez de ello, vendió ese parque inmobiliario a pedazos a fondos de inversión que se han dedicado a subir los alquileres y a convertir las viviendas en bienes de mercado, provocando que los alquileres en los puntos calientes del país (Madrid y Barcelona, sobre todo), se disparasen entre un 40% y un 50% en apenas 5 años.

Como ya comentaba Raquel Rolnik, los fondos de inversión se dieron cuenta de que las hipotecas eran un bien envenenado, y por ello pasaron a gestionar los inmuebles como alquileres. Una crisis económica no derrumba el precio del alquiler, simplemente lo baja un poco, pero sigue estando garantizado que los ciudadanos lo paguen, puesto que necesitan un lugar donde vivir; y, en cuanto el mercado vuelva a subir, los precios se pueden volver a lanzar. Además de otros factores como el turismo con Airbnb o mantener viviendas de lujo como inversiones que se revalorizan.

¿Por qué, pese a que sus fondos iniciales eran públicos y el resto procedía de Europa, su finalidad era pública y su objetivo, público, SAREB se consideró una entidad privada? Por distintos motivos:

  • El primero y más importante, eso permitió que su deuda no se añadiese a la deuda pública, al ser una entidad privada. Eso sucedió en marzo de 2020 y supuso un aumento espectacular de la deuda del país, lo que significa que somos los españoles quienes hemos acabado pagando los beneficios que extrajeron y extraen los fondos de inversión, pese a promesas como la de Luís de Guindos de que «el SAREB nunca supondrá costes para los contribuyentes».
  • Puesto que el SAREB era una entidad privada, no estaba sometida a ningún control público. Por ello, no era necesario cumplir las garantías que se le exigen a la administración en cuanto a los contratos públicos, lo que supone, por ejemplo, que no es necesario vender al mejor postor, sino a quien el SAREB o sus gestores escojan.
  • Finalmente, cualquier conducta «sospechosa» de los gestores del SAREB no se considera malversación de fondos públicos, lo que es un delito importante, sino, como mucho, «administración desleal».

Finalmente, destacar que SAREB estuvo inicialmente gestionada por los mismos que pusieron el 45% de esos 4.800 millones iniciales (es decir: quienes invirtieron cerca de 2.000 millones de euros podían gestionar un volumen total de casi 55.000 sin dar explicaciones), lo que ya es sospechoso, pues fueron los mismos bancos que habían perdido el dinero y provocado la crisis quienes decidían qué hacer con el parque inmobiliario español. A partir del 2013, sin embargo, la gestión del SAREB pasó a manos privados y se encargó a entidades relacionadas con el sector financiero, entre las cuales destaca la del hijo del anterior presidente del Gobierno, José María Aznar Botella.

A día de hoy, y puesto que con lo poco que obtuvo ha tenido que ir pagando intereses, SAREB debe cerca de 40.000 millones de euros y no dispone prácticamente de propiedades, puesto que ya las ha ido vendiendo a los fondos de inversión. En 2015 Lui s de Guindos, por entonces ministro de Economía y que, como ya hemos comentado, provenía de Lehman Brothers, creó una normativa ad hoc mediante la cual el SAREB, pese a ser una entidad «en causa de disolución», lo que implicaba que el Estado y sus socios debían ampliar capital, se convertía en una excepción. Esta normativa suponía que la «patata caliente» del SAREB ganaba tiempo y que la bomba explotaría más adelante, en la siguiente legislatura, como acabó sucediendo. «Como premio a sus servicios, Luis de Guindos fue nombrado vicepresidente del Banco Central Europeo en 2018» (p. 89).

Supercities. La inteligencia del territorio, Alfonso Vergara y Juan Luís de las Rivas

Supercities. La inteligencia del territorio es un libro extraño. Está escrito por Alfonso Vegara y Juan de las Rivas, el primero fundador y presidente de la Fundación Metrópoli y el segundo, miembro de ella. Es un libro extraño porque aúna un rigor extraordinario, un conocimiento vastísimo sobre el tema y una cierta carencia de crítica en algunos puntos, pese a que está presente en otros. A lo largo de sus muchas páginas se tratan, posiblemente, todos los temas relacionados con el urbanismo que hemos ido tratando en el blog, además de muchos otros de más amplia envergadura y, sin embargo, por ejemplo, no aparece la palabra gentrificación ni una sola vez. Hay una ideología de trasfondo que asume que las ciudades pueden ser lugares de exclusión y de pobreza, sí, pero sólo cuando las cosas no se hacen bien; y que la forma de hacerlas bien pasa por aunar ciudad, economía y eficiencia; que las ciudades deben crecer, deber ser competitivas, deben diferenciarse en el campo de batalla global y deben atraer a las clases creativas; y, si fuesen capaces de hacerlo sin provocar muchos problemas, sería lo ideal, aunque sea complicado. Pero, si no se consigue… en ningún momento se cuestiona lo anterior.

De forma similar al libro Ciudades del mañana, de Peter Hall, los distintos capítulos están organizados por bloques temáticos y recogen la historia de ese tema concreto desde sus inicios. Así, por ejemplo, «Los orígenes del urbanismo moderno» recoge el nacimiento de los planes de urbanismo casi desde la Revolución Industrial hasta nuestros días y «La ciudad funcional», el racionalismo desde Le Corbusier hasta la actualidad. De especial interés para el blog serán los dos temas ya citados y el penúltimo, «Ciudad digital, smart city», por lo que vamos a ellos.

El origen de los planes urbanísticos se encuentra en la Städtebau alemana y el Town Planning británico de mediados del siglo XIX, cuando surge «una nueva técnica, más bien un conjunto de técnicas dispares –alineaciones, ordenanzas, zonificaciones… — orientadas no tanto a proyectar la ciudad futura como a administrar el espacio físico y a establecer una gestión moderna de las ciudades» (p. 27). La revolución industrial estaba poblando las ciudades, lo que generaba una gran cantidad de problemas higiénicos, de hacinamiento, distribución… Es entonces cuando surge el modelo actual de ciudad concéntrica y con barrios satélites, «derivado de la experiencia londinense y de las ideas de la ciudad jardín». En este momento surgen dos lógicas opuestas: la del continente, que «parte de un modelo de ciudad continua de crecimiento ilimitado, organizada por la nueva ingeniería del transporte y de las infraestructuras» y que consiste en calles amplias, rectas, avenidas y ordenanzas de edificación (de clara inspiración Haussmann) y el modelo «policéntrico que propone la ciudad jardín, por su obsesión con limitar el tamaño de las unidades urbanas» (p. 31).

La primera figura del urbanismo es, como ya adelantó François Ascher en Los nuevos principios del urbanismo, Ildefons Cerdà, primero con su libro Teoría general de la urbanización y luego por la planificación del Ensanche de Barcelona, que Vergara y de las Rivas loan sin medida. Lo cierto es que el Ensanche de Barcelona ha demostrado ser una obra adelantada a su tiempo, consciente de los cambios que podrían llegar y con posibilidad para adaptarse a ellas. Las calles han sido capaces de absorber un tráfico mucho mayor del que Cerdà podría haber previsto, los chaflanes son lugar de asueto, con cafeterías y bancos para descansar y que permiten mejorar ese tráfico y, si la obra de Cerdà se hubiese llevado a cabo como él la proyectó, en cada manzana habría parques para los vecinos y gran cantidad de luz. Lo importante de su plan, también, fue el modo como estudió Barcelona, lo que entonces eran su núcleo y los pueblos periféricos, luego integrados en la propia ciudad, y cómo respetó y alteró esa configuración en el modo justo.

Es aquí donde ya encontramos algunas de las contradicciones del libro. Se elogian tanto el Fórum de las Culturas (2004) como la creación del distrito Poblenou 22@ como continuaciones de la obra de Cerdà; y, sin embargo, ya hemos hablado largamente en el blog de cómo el Fórum no fue más que un desmán urbanístico ideado para expoliar a las clases pobres de la última zona del litoral barcelonés y substituirlas por inversores acomodados, a ser posible, generando parques públicos para beneficio de esas clases privadas. Ambas visiones no son antitéticas: se puede loar la culminación de la Diagonal y se puede criticar que se haya hecho a costa de inversiones privadas o a espaldas de las clases populares; pero cuando la crítica está ausente por completo, a uno no le queda más remedio que plantearse la ideología que lo sostiene todo.

Otro de los planes urbanísticos mencionados en el libro es el de Viena y Otto Wagner, que trató de mantener un carácter estético y embellecer la ciudad. «En Viena se percibe como en casi ningún otro lugar el nacimiento de la metrópoli moderna que materializa el pacto entre la vieja aristocracia y la burguesía comercial e industrial, tras la revolución de 1848» (p. 37). En esas avenidas convivirán los cafés con los tranvías, los peatones con los escaparates, en el símbolo de la modernidad que veía Baudelaire y analizamos con Marshal Berman en Todo lo sólido se desvanece en el aire.

En 1933, a bordo del transatlántico “Patris II” en trayecto desde Marsella a Atenas, tuvo lugar la celebración del 4ª Congreso Internacional de Arquitectura Moderna cuyo título fue La Ciudad Funcional. Las conclusiones serán recogidas por Le Corbusier, para algunos sin respetar la diversidad de ideas allí presentes, en un libro publicado en 1943: La Carta de Atenas. En este documento fundamental se fijaron por primera vez unos principios sistemáticos relativos al moderno planeamiento urbano. Le Corbusier hace confluir en la redacción de la Carta ideas que él mismo ha ido elaborando desde que en 1922 planteara su “Ville contemporaine pour 3 millions d’habitants”. Su libro «Urbanisme» (1925), el polémico “Plan Voisin” (1925) para el centro de París y el libro La Ville Radieuse (1933), que preceden al 4ª CIAM, son elocuentes en cuanto a su perfil funcionalista. (p. 54)

El segundo capítulo rastrea los orígenes del funcionalismo ejemplificado por Le Corbusier en «el desarrollo eficaz de una nueva arquitectura residencial fundad en nuevos tipos y capaz de articular la respuesta a la demanda masiva de vivienda», algo que ya se encuentra, por ejemplo, en las Siedlungen alemanas. Como ya analizamos en su momento, La Carta está plagada de buenas intenciones que no se ejecutaron del modo correcto. El deseo de situar las viviendas en los mejores lugares de la ciudad y rodearlas de naturaleza, aire puro y agua se convirtió en una zonificación brutal que separaba los distritos según los usos de sus edificios y entregaba el resto de la ciudad a los automóviles, únicos capaces de distribuir a las personas de una a otra zona. Sin embargo, en algún punto ya no esconden sus intenciones: «La arquitectura preside los destinos de la ciudad». Para Le Corbusier, los arquitectos eran los creadores, en mayúsculas, y a diferencia de, por ejemplo, el historicismo de Camilo Sitte, que consideraron que «lo básico en un proyecto urbano es la configuración del espacio público», para el racionalismo eran los edificios.

La Carta era una colección de buenos ideales que no tenía en cuenta ningún otro aspecto social, económico o político más allá de sus deseos. «José Luis Sert habla de la “olvidada quinta función”, la que permite que el colectivo humano que habita una ciudad se sienta partícipe del proceso de transformación de la misma. Sin negar las otras cuatro funciones sugiere una nueva, la modificación del entorno, la que debe ser origen de una morfología urbana más rica y de una vida social más compleja y satisfactoria» (p. 63). Por ello, cuando la ciudad moderna surge no lo hace ex novo, sino que convive con la ciudad tradicional; a menudo, la moderna sólo consigue configurar la forma del extrarradio, lo que, sumado a la influencia de la ciudad jardín, con sus límites al crecimiento, se acaba convirtiendo en ciudades alejadas del centro que no dialogan con lo ya construido: las famosas ciudades satélite (o sus variantes, como la banlieue francesa).

La crisis de la ciudad funcional produce un vacío interpretativo. Muchos comienzan a tratar a la ciudad real en la que vivimos como algo caótico e inexplicable. El funcionalismo es la última corriente urbanística que intentó entender y dar respuesta a la ciudad en su conjunto. Pero la ciudad sigue evolucionando al margen de las teorías. La ciudad de hoy, que ya no es reconocible con la mirada, es un sistema urbano complejo en transformación permanente. (p.70)

Los siguientes capítulos recogen una gran cantidad de temas diversos: el origen y desarrollo del concepto de ciudad jardín, las ciudades como cúspide industrial y social en los textos de Baudelaire o Dostoyevski, el historicismo de Marcel Poëte o la reconstrucción de Bolonia, por citar sólo algunos. De nuevo con este último tema sorprende el enfoque: se loan las renovaciones urbanas que están reivindicando los centros, desde Bilbao, por supuesto, a Gerona o Graz, acabando con el ejemplo de la High Line de Nueva York, un jardín lineal construido a lo largo de las vías elevadas de una línea de ferrocarril abandonada. Ya pusimos este ejemplo en el blog: de revitalización urbana a centro impulsor de gentrificación y exclusión, la High Line ha supuesto un revulsivo para el barrio, sí, y es hermosa y agradable pasear por ella; pero los apartamentos con vistas a ella han triplicado sus precios y toda la zona ha sufrido un encarecimiento, además de pasar a estar poblada por cafeterías y todo tipo de negocios modernos o creativos. Algo que ya comentó Harvey en Ciudades rebeldes: que los parques, y todos los edificios de los que se habla en Supercities, están en la fina línea entre ser revulsivos para barrios «en decadencia» y convertirse en herramientas de expulsión. Una crítica que, de nuevo, se echa de menos en este libro.

Algo más de reflexión encontramos en el capítulo titulado «Ciudad digital, smart city«.

Si tuviéramos que diseñar mapas expresivos de la compleja ciudad contemporánea, las viejas analogías ya no sirven. Deberíamos acudir a referencias derivadas de estructuras microscópicas o del cosmos, a imágenes fractales y a la organización de partículas, campos y líneas de fuerza, a la configuración de complejas cadenas de materia, a sistemas planetarios y constelaciones, a esas máquinas de la vida tan difíciles de comprender, las proteínas, o a los complejos códigos genéticos que hoy son interpretados con series gráficas y numéricas, de nuevo una analogía cibernética. Sin embargo, la pérdida de valor del concepto clásico de centralidad en la nueva economía no conduce inmediatamente a su sustitución por un concepto equivalente. Los procesos de descentralización espacial han sido espontáneos y han generado externalidades difíciles de corregir. La ciudad emergente se caracteriza por su dinamismo, por la mayor interacción y la mayor generación de viajes, por el incremento de la conectividad –de todo tipo– y sus consecuencias en una sociedad donde las relaciones mercantiles dominan peligrosamente la vida colectiva . La compleja y dispersa ciudad contemporánea y sus tensiones de transformación son un exponente claro de esta nueva relación entre innovación y territorio. (p. 268)

Si bien los autores no discuten la necesidad de crear clústers empresariales, tecnológicos y de investigación en las ciudades (similares a Silicon Valley, aunque salvando las distancias, claro), tampoco esconden en ningún momento los intereses que hay tras el concepto smart city y cómo es la voluntad empresarial de obtener beneficio la que lo apuntala. Son críticos asimismo con la deriva que ha emprendido el término, ya que hoy en día cualquier iniciativa de un consistorio puede caber bajo el paraguas «smart» (el Ayuntamiento de Barcelona pone bajo ese epígrafe desde su CityLab hasta las líneas de autobuses híbridos y eléctricos).

El tema de la complejidad urbana en este capítulo los lleva a hablar de los no-lugares o su evolución, los super-lugares (término que no conocíamos y que surge en cuanto el propio Augé reconoce que los no-lugares son los lugares de la sociedad contemporánea), y hasta de las heterotopías de Foucault al referirse a Masdar, una «ciudad» completamente artificial construida (y concebida) como experimento junto a Abu Dabi. De nuevo, el término que creemos que mejor se adapta a esta nueva forma de habitar el territorio, donde cada cual construye su propia red y su propio espacio vital (en la medida de lo posible, por supuesto, y con las limitaciones propias de espacios concebidos como y transitados por mercancías) es el de territoriantes, de Francesc Muñoz.

El último capítulo del libro acaba con una visión de la situación actual de las ciudades: el desparrame del sprawl y de suburbia, la pérdida del espacio urbano y su militarización y fortificación (Mike Davis), las edge cities de Garreau, la metápolis de Ascher, la exópolis de Soja, incluso la «ciudad genérica» de la que hablaba el arquitecto Rem Koolhas; hasta la «urbanización informal» que surge espontáneamente en las grandes metrópolis del Tercer Mundo donde la concentración y el crecimiento humanos son tan enormes que las autoridades son incapaces de hacerle frente.

Los sociólogos de la ciudad, Gianfranco Bettin

Los sociólogos de la ciudad es un libro de Gianfranco Bettin de 1979 que trataba de sistematizar los conocimientos de la sociología urbana hasta dicha fecha. No era una época casual: tanto Lefebvre como Castells ya habían publicado (el primero prácticamente toda su obra, el segundo acababa de empezar pero ya había dado un par de golpes sobre la mesa con Problemas de investigación en sociología urbana (1971) y La cuestión urbana (1972)). Bettin hace una relectura de los principales autores que han investigado el hecho urbano, y ahí surge el que, si acaso, es el único reproche que le podemos hacer: que muchos de esos lugares ya los hemos transitado. Pero eso no es, ni mucho menos, un reproche hacia su obra o hacia sus análisis, por lo que éste se convierte en un muy buen manual para interesarse por la materia.

Bettin dedica los tres primeros capítulos a analizar, a fondo, a tres autores que se podrían considerar precursores de la sociología urbana, si bien dos de ellos no estudiaron, per se, el hecho urbano: Weber con La ciudad y su análisis de la ciudad medieval, y Marx y Engels, que, si bien no entraban directamente en el hecho, no olvidemos que tanto la burguesía como el proletariado son clases evidentemente urbanas. Además, Engels dedicó toda una obra al problema de la vivienda, por lo que eran manifiestamente conscientes de las condiciones urbanas en que se vivía. El tercer autor sí que se centró en el hecho urbano, en concreto, en la forma en que la mente de los habitantes de la ciudad deja de lado el pensamiento emocional y se centra en una actitud racional, marcada por el dinero y por el hastío ante tanto estímulo. Sí: se trata de Simmel, la actitud blasé del ciudadano y la obra Las grandes urbes y la vida del espíritu (o Las metrópolis y la vida mental, depende de la traducción).

La Escuela de Chicago merece dos capítulos: el primero, dedicado a la ecología urbana de Park, Burgess y McKenzie, al estudio de las áreas naturales y a los diagramas de anillos concéntricos del tercero, que fueron evolucionando a medida que lo hacía su comprensión de la ciudad. El segundo está dedicado al urbanismo de Louis Wirth, del que ya leímos «El urbanismo como forma de vida«.

El sexto capítulo, y el que más nos interesa en el blog, trata los dos estudios que llevó a cabo el matrimonio Lynd en una «ciudad media» de Estados Unidos. La gracia del asunto es que hicieron el primer estudio antes del crack del 29 y el siguiente unos años después, con lo que pudieron comprobar, de primera mano, los cambios que habían sucedido. Los dos últimos capítulos tratan la obra de Henri Lefebvre y los primeros libros de Castells, que ya hemos reseñado en el blog, por lo que sólo los trataremos brevemente. Sin más preámbulo, vamos al estudio de los Lynd.

Las investigaciones de Robert y Helen Lynd representan dentro de este sector del trabajo sociológico una contribución pionera ya clásica que, sin embargo, sigue teniendo el valor de un modelo al que es conveniente todavía referirse. Como ya es sabido, se trata de un estudio sobre una pequeña ciudad del Middle West, realizado en el curso de dos periodos importantes de la historia norteamericana moderna, caracterizados respectivamente por la difusión del proceso de industrialización en todo el territorio nacional y por la Gran Depresión. (p. 110)

Middletown: A Study in Modern American Culture, publicado en 1929, cubre el periodo entre 1890 y 1925, aproximadamente. El estudio empezó en 1924 y supuso bastante trabajo de campo en la ciudad de Muncie, en Indiana (aunque los autores no concretaron el lugar y hablaron de «una población de treinta y pico mil habitantes»). Durante sus observaciones, que cubren una época de bonanza y crecimientos económicos, los Lynd se dan cuenta de que existen dos grandes grupos sociales: la working class y la bussiness class. «En general, los miembros del primer grupo orientan sus actividades lucrativas especialmente hacia las cosas, utilizando instrumentos materiales en la fabricación de objetos y en el cumplimiento de servicios, mientras que los miembros del segundo grupo dirigen sus actividades hacia las personas, en particular, vendiendo o difundiendo cosas, servicios o ideas.» La clase «obrera» está constituida por el 71% de los sujetos económicamente activos y la clase «empresarial», por el 29% restante, y los Lynd constatan que «el simple hecho de haber nacido en una o en otra parte de la vertiente,constituida grosso modo por estos dos grupos, representa el factor cultural específico más significativo que influye en lo que una persona hace durante el día en el curso de su vida».

Enfocando en la clase obrera, se dan cuenta de que son los que más sufren las consecuencias de los cambios económicos. En general provienen de entornos campesinos y, en apenas una generación, la mayoría de sus constantes sociales cambian. Las mujeres, hasta entonces madres y esposas, deben buscar trabajo para adaptarse al nuevo entorno económico, con lo que ya no pueden ocuparse en la misma medida de la crianza de los hijos. Este papel recae en la educación, donde, sin embargo, los hijos de la clase obrera no pueden competir con los de la clase empresarial: los segundos tienen un coeficiente intelectual mayor (teniendo en cuenta que «distintas circunstancias sociales influyen en el nivel de inteligencia», por lo que suponemos que se mide como una variable coyuntural, no permanente).

Por otro lado, el trabajo de los obreros se lleva a cabo en entornos industriales, a menudo con máquinas. Su única valoración en el trabajo es la capacidad que tenga para resistir la repetición constante del vaivén de la máquina: dan igual su destreza o su actitud, por lo que, en general, el único valor proviene de su edad y mengua con el paso del tiempo. Además, y puesto que los obreros se convierten en una población flotante que migra en función de la demanda de trabajo, sus raíces con la comunidad son más débiles y habitan en las zonas menos agradables del lugar.

Por contra, los miembros de la bussiness class «participan activamente en la vida de varios círculos ciudadanos» e incluso «fundan nuevos círculos sobre la base paraprofesional», generando una vida asociativa entre ellos que «convierte a la bussiness class en la única clase social consciente de sus funciones y de sus intereses, es decir, organizada para una enérgica defensa frente al resto de la comunidad» (p. 115).

En cuanto a la movilidad social, se llega a una conclusión unívoca: no existe.

La movilidad social es un valor-mito, un elemento cultural que forma parte de una ideología tradicional que ya no tiene sentido, desmentida por la realidad de manera muy clara sobre todo en esta primera fase de expansión capitalista. Los obreros no sólo no tienen la posibilidad concreta de abandonar su condición de asalariados y de transformarse en pequeños empresarios, puesto que el mercado está ya controlado por empresas mecanizadas, con abundancia de capital, sino que incluso en el ámbito del trabajo de fábrica tienen muy pocas oportunidades de mejorar. Y esto ocurre por dos motivos: la no disponibilidad de puestos de encargados y la tendencia, debido al desarrollo del sistema administrativo, a emplear a niveles intermedios personales técnicamente preparados; el obrero común, totalmente agotado por su trabajo cotidiano, no tiene ni tiempo ni energía para adquirir este tipo de conocimiento. (p. 116)

Por ello, la clase obrera suele volcar sus esperanzas en la educación, para que sus hijos sí que disfruten de esa ansiada movilidad social, aunque también luego ahí encontrarán escollos, puesto que no es su «destino natural». «Se puede decir entonces que en Middletown no existe conflicto de clase. Es más correcto hablar de convivencia, una convivencia basada en la distancia social y en la indiferencia. La confrontación cotidiana entre las clases, en muchas áreas de la vida comunitaria, no se traduce en un conflicto abierto organizado; ni siquiera podemos decir que el conflicto esté latente» (p. 116).

En 1935, los Lynd vuelven a Muncie para comprobar los efectos de la crisis sobre la población. El estudio resultante, Middletown in Transition: A Study in Cultural Conflicts se publicará en 1937. Este segundo estudio lo llevaron a cabo muchos menos investigadores que el primero, por lo que no es tan exhaustivo. El gran foco se centra en la familia X, una determinada familia que ejerce un gran poder sobre la comunidad.

La crisis llega a Middletown algo más tarde que a las grandes capitales norteamericanas pero, cuando lo hace, arrasa entre los obreros: uno de cada cuatro pierde el empleo durante el primer año. La clase empresarial, sin embargo, se obceca empecinadamente en negarse a aceptar la existencia de dicha crisis. Pero, cuando los obreros empiezan a sindicarse y a organizarse, la clase empresarial «reaccionará incrementando la organización interempresarial e intentará desalentar por todos los medios la organización de la mano de obra. Se extiende también un credo cívico basado en tres principios relacionados entre sí, según los cuales una producción en función del provecho, una ciudad sin sindicatos y «un mercado favorable al trabajo» (es decir, con una oferta de mano de obra que exceda a la demanda) son las condiciones necesarias para salvaguardar el interés común y el bienestar de toda la ciudad» (p. 118).

Por otro lado, la estructura de clases, tan clara en los años 20, se ha complicado bastante (aunque esta parte es algo vaga, seguramente porque los Lynd no pudieron recabar datos definitivos). Cada una de las dos clases anteriores se ha dividido en tres subgrupos, a saber:

  • un grupo pequeño de banqueros, grandes empresarios y directores de empresas nacionales con sede local, que orbita alrededor de la familia X y se define como el núcleo de la anterior clase empresarial; «actúa como grupo de control y fija también los estándares comunitarios de comportamiento de consumo y tiempo libre»;
  • un segundo grupo formado por empresarios menos relevantes, comerciantes o profesionales liberales que también actúa como grupo socialmente homogéneo y que, en ocasiones, se opone a las decisiones del grupo anterior, aunque en otras lo apoya de forma férrea;
  • un grupo residual dentro de la clase empresarial, que siguen formando parte de ella pero nunca alcanzarán el «nivel» de los dos grupos anteriores;
  • el cuarto grupo lo forma la «aristocracia local obrera», es decir, los capataces de fábrica, por ejemplo, que coincide en estándares de vida y en aspiraciones con «la clase media asalariada»;
  • el quinto estrato son los obreros, en el sentido más amplio;
  • y el sexto estrato lo forman el subproletariado y obreros sin trabajo estable.

Pero en la estructura de Middletown, a medida que se vuelve más compleja, también influyen otros factores, como ser o no miembro de una «vieja familia», que confiere un determinado prestigio social; o las creencias religiosas o ser blanco o negro, «la línea de división más profunda que la comunidad admite ciegamente» (p. 123). A medida que la población crece (pasó de los 36.500 habitantes del primer estudio a cerca de 47.000 en el segundo), la cohesión social se reduce. Despunta entonces el primero de los seis grupos analizados, el de las mayores rentas (y la familia X), que luchan con mayor denuedo por mantener la unidad social que, «aunque se trate de un objetivo que se alcanza sólo aparentemente, será perseguido para poder mantener un nivel de integración que permita a los pocos que ostentan el poder conservarlo y ejercerlo sin molestias.

Por un lado, éstos se preocuparán de «invocar cada vez más toscos símbolos emotivos de tipo no selectivo que les permitan guiar a las masas» y, por otro lado, representan la única fuente autorizada de ideologías y símbolos para la comunidad, la cual no será ya capaz de dar vida de forma espontánea y desde abajo a una cultura autónoma e independiente. (p. 124)

Es decir: a medida que la estructura social se vuelve más y más compleja, sólo los grupos de poder ya organizados y con medios suficientes son capaces de establecer los temas y símbolos de cohesión de la totalidad, que pueden, o bien aferrarse a ellos, o bien rechazarlos; pero que se ven forzados a una toma de posición frente a ellos.

Bettin acaba elogiando el hecho de que, a diferencia de la Escuela de Chicago, que pretendía obtener conclusiones universales aplicables a toda ciudad a partir del estudio de la capital de Illinois, los Lynd «tienen tendencia a restringir el ámbito de aplicación de su interpretación sociológica a la comunidad local que les ha proporcionado el material de observación empírica».

El siguiente capítulo está dedicado a la obra de Lefebvre, (La producción del espacio, El derecho a la ciudad), de la que citamos sólo algunas frases:

  • «La urbanización total es la hipótesis guía de Lefebvre: la historia de la sociedad se traduce en movimiento hacia su progresiva urbanización.» (p. 126)
  • «La industria se somete a la urbanización que ella misma ha provocado, y esta fase es la que confiere significación a la revolución urbana, fase de transición que desembocará en una nueva era: lo urbano, que representa el final de la historia.» (p. 128)
  • La naturaleza social de las fuerzas productivas se vislumbra hoy en la producción social del espacio. La producción del espacio no es ciertamente un hecho históricamente nuevo; los grupos dominantes plasmaron siempre su espacio urbano. El hecho nuevo, en cambio, es evidente en la extensión sin precedentes de la actividad productiva, donde el capitalismo está interesado en emplear el espacio en la producción de plusvalía.» (p. 131)
  • «El urbanismo olvida las necesidades sociales; víctima del fetichismo del espacio se ilusiona en crear el espacio, pensando que de este modo controlará también de la mejor manera la vida cotidiana y creará nuevas relaciones sociales entre los habitantes de la ciudad.» (p. 132)

Los orígenes de la posmodernidad (y II): Jameson

Perry Anderson es un historiador y sociólogo inglés de tradición marxista. Hacia 1997 o 98 le pidieron que escribiese el prólogo del libro de Fredric Jameson El giro cultural. Escritos seleccionados sobre el postmodernismo (Nueva York, 1998; hay edición en español, Buenos Aires, 2002). Dicho prólogo se le hizo tan largo que acabó siendo publicado como un texto independiente y es el libro que nos atañe, Los orígenes de la posmodernidad. Ya analizamos en una primera entrada los orígenes de este nuevo movimiento intelectual: sus predecesores, desde el modernismo de Rubén Darío, el historicismo de Toynbee u otros, hasta los primeros que trataron el tema, como Hassan y Jencks, hasta sus dos máximos exponentes a finales de los setenta: Lyotard y Habermas.

Sin embargo, teniendo en cuenta el origen de esta obra (es decir, un prólogo a un libro de Jameson), no extraña que la mayor parte de ella esté dedicada a los logros de este pensador y a la obra que dio forma al movimiento postmoderno desde ese momento: El posmodernismo o la lógica cultural del capitalismo avanzado, que ya reseñamos en su momento.

Hasta el año de esa primera conferencia, en otoño de 1982, que dio Jameson sobre la posmodernidad, estaba considerado uno de los mejores críticos literarios marxistas, «aunque esos términos le estaban quedando ya estrechos». Había publicado Marxism and Form (Princeton, 1971), una historia del canon marxista , y The Prison-House of Language (1972). En el epílogo a Aesthetics and Politics ya había dejado entrever que el desarrollo «del capitalismo de posguerra de consumidores» había dado al traste tanto con las esperanzas de Brecht y Benjamin de que un arte revolucionario fuese «capaz de apropiarse la tecnología moderna para llegar a los públicos populares» como con la idea de Adorno de que «la propia lógica formal de la alta modernidad era, justamente en su autonomía y abstracción, el único refugio verdadero de la política», algo que la política del establishment en el nuevo capitalismo desmentía. El realismo aparecía como demasiado antiguo para reflejar una forma de vida pasada y la modernidad sufría de mayores contradicciones que el propio realismo.

Jameson retomaba la misma idea en Marxism and Form al insistir en la «ruptura de toda continuidad con el pasado por los nuevos modos de organización del capital». Según el autor, la Europa y América de los años 30 tenía más que ver con los siglos anteriores que con los años 70 del siglo XX por, entre otros, «el retroceso del conflicto de clases en la metrópoli, (…) el enorme peso de la publicidad y de las fantasías de los mass media que eliminaban las realidades de división y explotación, la desconexión entre la existencia privada y la pública».

A estas ideas, ya previas, de Jameson, se le sumaron dos influencias reconocidas por el autor: El capitalismo tardío, de Ernest Mandel, que ya hablaba de una nueva configuración social, y los escritos de Baudrillard sobre el simulacro. [Aquí Anderson hace un inciso para destacar que, si bien los escritos y las ideas de Baudrillard fueron esenciales para la cristalización de la posmodernidad, el francés jamás teorizó sobre ella y, cuando finalmente habló del tema, lo hizo con un fuerte rechazo en «The Anorexic Ruins».] A estas influencias de Jameson, Anderson añade el traslado del pensador a Yale, donde el decano era un arquitecto moderno y uno de los profesores era Venturi, es decir: en plena pugna por las formas modernas o postmodernas de la arquitectura, y también cerca de Henri Lefebvre, que habitaba por entonces en California.

Todo esto confluye en la conferencia que dio Jameson en el otoño de 1982 (reproducida como primer capítulo de El giro cultural) y que luego sería el núcleo de El posmodernismo o la lógica cultural del capitalismo avanzado. Según Anderson, «rehizo de un solo golpe todo el mapa de lo posmoderno: un prodigioso gesto inaugural que ha venido dominando el terreno desde entonces» y que consta de cinco movimientos.

El primero y fundamental estaba expresado en el título: el anclaje de lo posmoderno en las alteraciones objetivas del orden económico del propio capital. La posmodernidad deja de ser una mera ruptura estética o un cambio epistemológico para convertirse en señal cultural de un nuevo estadio de la historia del modo de producción dominante. Sorprende que esta idea, que Hassan había tanteado para luego volverle la espalda, fuera bastante ajena a Lyotard y a Habermas, a pesar de que ambos provenían de una formación marxista no del todo olvidada. (p. 77)

Jameson se refería, por supuesto, a la formación de las corporaciones transnacionales que deslocalizaban las industrias y al paso de trabajadores de industria al sector servicios en los países del Primer Mundo, algo que afectaba a todos los ámbitos de la vida. Se planteaba como la cúspide de la modernización, como un nuevo mundo donde ya casi no quedaba naturaleza por descubrir y donde «la cultura se ha expandido necesariamente hasta hacerse virtualmente coextensiva a la economía misma, no sólo como base sintomática de alguna de alguna de las mayores industrias del mundo –el turismo estaba sobrepasando ya todos los demás ramos del empleo global–, sino mucho más profundamente, en tanto que todo objeto material y todo servicio inmaterial se convierte a la vez en signo complaciente y mercancía vendible» (p. 78).

El segundo movimiento consistía en el estudio de la psique humana en esta nueva coyuntura. Tras la confusión generada por las múltiples disoluciones de las revoluciones de los sesenta, y tras las derrotas políticas de los setenta, surgía una nueva subjetividad carente de «todo sentido activo de la historia», sin sentido del pasado, ya fuese como carga o como esperanza; «a lo sumo proliferaban estilos e imágenes nostálgicos como sucedáneos de lo temporal que se desvanecían en un perpetuo presente» (p. 79). Sumando a todo lo anterior la enorme red de visibilidad y conexión, Jameson llega a hablar de «lo sublime histérico».

El tercer movimiento abarcó la cultura. Pero no de modo sectorial, como se había hecho hasta el momento (primero en la literatura, luego Hassan lo amplió a la pintura y la música, Jencks se centró en la arquitectura, Lyotard, en la ciencia y Habermas, en la filosofía), sino en todos sus distintos ámbitos. Pese a la ampliación a todo el espectro, sin embargo, Jameson fue consciente del papel central que jugaba la arquitectura (en la reseña del libro ya hablamos de las implicaciones sobre el sujeto del espacio del Hotel Bonaventura de Los Ángeles, por ejemplo), comprendiendo las implicaciones de un arte que configura el propio espacio físico.

Pero Jameson no se quedó ahí. Analizó también el cine, que hasta ahora el resto de críticos había dejado de lado, y destacó la existencia de un género que llamó «nostalgia del presente» (Fuego en el cuerpo o incluso La guerra de las galaxias), así como otras películas que lidiaban con la presencialidad total del capital global. Luego pasó a las artes gráficas, la publicidad, el diseño, hasta acabar hablando del pastiche, «una parodia inexpresiva, sin impulso satírico, de los estilos del pasado» (p. 85), una especie de collage donde los pedazos no remitían a sus orígenes, sino que quedaban desgajados, sin contexto.

Este tercer movimiento se desbordó también hacia las disciplinas, que vieron sus bordes difuminados y borrosos: la historia del arte, la sociología, la historia, la crítica literaria… empezaron a cruzarse en estudios híbridos y transversales (Jameson puso como ejemplo a Foucault) bajo el paraguas de la theory. Si precisamente Weber había formulado que «el rasgo distintivo de la modernidad era la diferenciación estructural» en ámbitos estancos y el propio Habermas lo había reforzado, declarando que este proceso no se podía cancelar, «so pena de regresión», como vimos en la entrada anterior, «no podía haber síntoma más ominoso del resquebrajamiento de lo moderno que el derrumbe de esas divisiones conquistadas con tanto esfuerzo».

El cuarto movimiento especulaba sobre las clases en esta nueva era. El capitalismo seguía siendo un sistema de clases, pero todas ellas habían cambiado: habían surgido unas élites culturales (lo que luego se llamará, con mayor o menor fortuna, las clases creativas), seguían existiendo los propietarios de los grandes grupos multinacionales, los obreros se habían disgregado en múltiples identidades… «A escala mundial –que es el terreno decisivo de la época posmoderna– no ha cristalizado aún ninguna estructura de clases estable que se pudiera comparar a la del capitalismo anterior» (p. 88). Además, al ampliarse a la arena mundial, una nueva gran cantidad de población formaba parte ahora del mercado, con el consiguiente «descenso de nivel»: si la cultura moderna era «irremediablemente elitista», producida por una minoría para otras minorías y hasta burlándose de las demandas del mercado, la cultura posmoderna es «mucho más vulgar». La propia extensión de los medios de comunicación, la publicidad, la llegada de grandes obras de la literatura a las listas de los más vendidos, la irrupción de grupos hasta entonces ignorados… por un lado era una reacción a la torre de marfil moderna, claro, pero por el otro también una nueva relación entre cultura y mercado.

El quinto y último movimiento era un abandono de las posiciones morales que habían mostrado los anteriores teorizadores del posmodernismo. Hasta ese momento, cada uno de ellos había incluido una valoración positiva o negativa. Jameson, situado más a la izquierda que todos ellos, destacaba como algo evidente la complicidad entre la lógica del mercado, el espectáculo y lo posmoderno; pero insistía en la inutilidad de moralizar sobre su auge.

Una crítica genuina de la posmodernidad no podía ser un rechazo ideológico. La tarea dialéctica sería más bien abrirnos paso a través de lo posmoderno de manera tan completa que nuestra comprensión de la época saliera transformada por el otro lado. Una comprensión totalizadora del nuevo capitalismo ilimitado, una teoría adecuada a la escala global de sus conexiones y disyunciones, seguía siendo el proyecto marxista irrenunciable. Ese proyecto excluía toda respuesta maniquea a lo posmoderno. (p. 91)

El último capítulo del libro lo dedica Anderson a analizar las consecuencias de la toma de posición de Jameson y, en concreto, a tres libros que tratan de precisar conceptos posmodernistas: el trasfondo político en Against Postmodernism (Alex Callinicos, 1989); un análisis más profundo de la economía en La condición de la posmodernidad de Harvey, que ya leímos (1990) y el impacto de su difusión ideológica con Illusions of Postmodernity (Terry Eagleton, 1996). Sin embargo, el tono se vuelve mucho más intelectual en esta parte, más parecido a un debate entre artículos y libros que a una verdadera aportación definitiva sobre el tema, como lo fue la de Jameson, por lo que terminamos aquí la reseña, que concluye con dos observaciones extraídas del libro.

El arte moderno se había definido virtualmente como «antiburgués» desde sus orígenes en Baudelaire o en Flaubert. La posmodernidad es lo que sucede cuando este adversario ha desaparecido sin que se haya obtenido ninguna victoria sobre él. (p. 119)

Esa condición de «libertad artística perfecta» en la que «todo está permitido» no contradecía, sin embargo, la Estética de Hegel, sino que, por el contrario, la comprende, pues «el fin del arte consiste en la toma de conciencia de la verdadera naturaleza filosófica del arte»: es decir, el arte se convierte en filosofía (como Hegel afirmaba que debía) en el momento en que sólo una decisión intelectual puede determinar qué es arte y qué no es arte. (p. 137)

Los orígenes de la posmodernidad, Perry Anderson

Conocimos la posmodernidad a partir de la lectura de Fernando Javier Ullán de la Rosa Sociología Urbana: en el quinto capítulo se hablaba de la llegada del posmodernismo a las ciencias sociales y se hacía también la distinción entre la sociedad postmoderna (postfordista, postindustrial o informacional, según se prefiera potenciar uno u otro aspecto) y el paradigma postmoderno (una nueva concepción epistemológica nacida alrededor de los años 70, por poner una fecha). Leímos también que, según Peter Hall, Aprendiendo de Las Vegas, de Venturi, Scott Brown e Izenour, supuso la inauguración de la arquitectura postmoderna. Leímos luego a Marshall Berman en Todo lo sólido se desvanece en el aire para comprender qué era la modernidad (algo que, según él, no había sido aún superado), y finalmente llegamos al Harvey de La condición de la posmodernidad donde, reflexionando sobre esta nueva forma epistemológica, llegaba a la nueva forma social: de los cambios espaciotemporales de las vanguardias modernas a la expansión espaciotemporal del capitalismo a la acumulación flexible (es decir: la sociedad postfordista).

Si el tema nos ha importado en el blog, además de por su carácter de signo de nuestros tiempos, es porque una de las artes que sufrió más cambios a raíz de la llegada del postmodernismo fue la arquitectura y, ampliándolo, el espacio. No se trataba, sólo, de una forma distinta de pensar, sino una nueva concepción del espacio y de las ciudades. Los orígenes de la posmodernidad, de Perry Anderson, deja un poco de lado ese aspecto y se centra en el hecho intelectual, en el paradigma postmoderno de lleno y en su visión, o descripción, por parte de los intelectuales. Es un libro muy adecuado porque sitúa su origen, sus precursores, la voz de máxima autoridad y apunta posibles devenires (aunque es entonces cuando el libro se pierde un poco). Es poco acertado para el blog, sin embargo, porque se queda en eso, en cuestiones intelectuales que, directamente, poco afectan a la ciudad, al urbanismo o al devenir de sus gentes.

Los orígenes de la posmodernidad son remotos. Anderson habla de Rubén Darío y su movimiento «modernista» iniciado en 1890, y cómo luego Federico de Onís habló de «posmodernismo» para referirse a «un reflujo conservador dentro del propio modernismo». También el historiador Toynbee relacionó modernidad con auge de la burguesía y, por lo tanto, hablaba de postmodernismo en otros lugares del planeta, como hizo Charles Olson al hablar de «post-modernidad o post-Occidente».

Pero, si lo anterior eran preliminares, el pistoletazo de salida se dio con la revista boundary 2, aparecida en otoño de 1972 y titulada Journal of Postmodern Literature and Culture. En uno de sus artículos, David Antin atacaba la poesía moderna norteamericana (Eliot, Tate, Auden, Lowell y hasta Pound) enfrentándolos a «la genuina modernidad internacional –la línea de Apollinaire, Marinetti, Jlébnikov, García Lorca, József y Neruda–, cuyo principio era el collage dramático» (p. 25).

El rumbo que tomó la revista fue otro (se sigue publicando a día de hoy), pero ese espacio que quedó vacante lo ocupó un ingeniero reconvertido en crítico y teórico literario: Ihab Hassan. «Su interés se había centrado originalmente en una alta modernidad reducida a un mínimo expresivo, lo que el llamaba «literatura del silencio», desde Kafka a Beckett. Pero cuando propuso en 1971 la noción de postmodernism, Hassan subsumió ese linaje a un espectro mucho más amplio de tendencias que habían o bien radicalizado o bien rechazado los rasgos dominantes de la modernidad, una configuración que abarcaba las artes visuales, la música, la tecnología y la sensibilidad en general» (p. 28). Entre ellas estaban Cage, con su famosa composición 4’33», Robert Rauschenberg y Buckminster Fuller, pero Hassan fue añadiendo nombres y se basó en una serie de conceptos surgidos del postestructuralismo francés, como «la noción de ruptura epistémica» de Foucault, y atribuyó «que la unidad subyacente de lo posmoderno residía en «el juego de la indeterminación y la inmanencia», cuyo genio originador de las artes había sido Marchel Duchamp» (p. 29).

Hassan fue uno de los primeros en postular qué era la postmodernidad (recordemos que fue uno de los pilares que usó Harvey en La condición de la posmodernidad para tratar de entender el paso de la modernidad a ésta), pero acabó encontrándose ante un muro: ¿la postmodernidad era «sólo una tendencia artística o también un fenómeno social»?

La construcción de lo posmoderno que ofrecía Hassan, por muy pioneras que fuesen muchas de sus observaciones -fue el primero que lo amplió a través de las artes y señaló unas pautas que luego serían ampliamente aceptadas-, tenía, pues, un límite intrínseco, en tanto que el camino hacia lo social quedaba cerrado. Fue ésta sin duda una de las razones por las que se retiró del terreno a finales de los años ochenta. Hassan se había dedicado originalmente a las formas exasperadas de la modernidad clásica, como Duchamp o Beckett: justamente lo que De Onís en los años treinta había denominado proféticamente «ultramodernismo». Cuando Hassan empezó a explorar la escena cultural de los años setenta, la construyó ante todo a través de este prisma. (p. 31)

Hassan intuyó que el camino que tomaría la postmodernidad sería el de Warhol; y, una década después, desengañado, sentenciaba: «La posmodernidad misma ha cambiado, y ha tomado, a mi entender, un rumbo equivocado. Atrapada entre la truculencia ideológica y la futilidad desmistificadora, atrapada en su propio kitsch, la posmodernidad se ha convertido en una especie de bufonada ecléctica, en el refinado cosquilleo de nuestros placeres prestados y nuestros triviales desengaños.» (p. 32), lo que es, claro, uno de los riesgos de la posmodernidad, al quedar carente de referentes.

Pero hubo un arte al que Hassan no prestó atención y que iba a convertirse en un revulsivo. En 1972 se publicaba Aprendiendo de Las Vegas, que venía a decir, directamente en su prefacio, que el tema del juego, la moralidad y los intereses que hubiese tras ellos no interesaban a los autores: sólo la morfología de los edificios. «Los valores de Las Vegas no se cuestionan aquí.»

Contrastando la monotonía planificada de las megaestructuras modernas con el vigor y la heterogeneidad del espontáneo desparramamiento urbano, Learning from Las Vegas resumía la dicotomía entre ambas en una frase: «Construir para el Hombre» contra «construir para hombres (mercados)». La simplicidad del paréntesis lo dice todo. Ahí estaba, deletreada con engañosa candidez, la nueva relación entre el arte y la sociedad que Hassan había conjeturado sin alcanzar a definirla. (p. 34)

La autoridad que elevó el concepto a canónico fue el crítico Charles Jencks (Language of Post-Modern Architecture, 1977), para quien lo posmoderno era una hibridación entre «la sintaxis moderna e historicista y que apelaba al gusto educado a la vez que a la sensibilidad popular» (p. 35) Dando un paso adelante, y ensalzando la mezcla entre lo alto y lo bajo, lo popular y lo elitista, Jencks aventuraba el fin de «polaridades pasadas de moda tales como izquierda y derecha, clase capitalista y clase obrera». «En una sociedad en la que la información importa más que la producción, «ya no hay ninguna vanguardia artística», puesto que en la red electrónica global «no hay enemigo al que vencer». En las condiciones emancipadas del arte de hoy, «más bien hay incontables individuos en Tokio, Nueva York, Berlín, Londres, Milán y otras metrópolis comunicándose y compitiendo unos con otros, al igual que lo están haciendo en el mundo de la banca». (p. 37)

La postmodernidad se había unido, indisociablemente, al mercado; pero pronto dio un paso adelante. Y lo hizo de la mano, ahora, del filósofo francés Jean-François Lyotard, quien se apropió del término en 1979 al publicar La condición posmoderna.

Para Lyotard, la llegada de la posmodernidad estaba vinculada al surgimiento de una sociedad posindustrial, teorizada por Daniel Bell y Alain Touraine, en la que el conocimiento se había convertido en la principal fuerza económica de producción, en un flujo que sobrepasaba a los Estados nacionales, pero al mismo tiempo había perdido sus legitimaciones tradicionales. Pues si la sociedad no había de concebirse ni como un todo orgánico ni como un campo dualista de conflicto (Parsons o Marx), sino como una red de comunicaciones lingüísticas, entonces el lenguaje mismo -«el vínculo social entero»- se componía de una multiplicidad de juegos diferentes cuyas reglas eran inconmensurables y cuyas relaciones recíprocas eran agonales. (p. 38)

En estas condiciones, la ciencia perdía su lugar preeminente y se convertía en un juego de lenguaje más; si hasta ahora descansaba en dos postulados, el de «la humanidad como agente heroico de su propia liberación» (derivado de la Revolución Francesa) y el «cuento del espíritu como despliegue progresivo de la verdad» (derivado del idealismo alemán), la condición posmoderna supone «la pérdida de credibilidad de esas metanarrativas» (p. 39). Estas metanarrativas que sostenían la ciencia habían sido destruidas, según Lyotard, «por la proliferación de la paradoja y del paralogismo, anticipada en filosofía por Nietzsche, Wittgenstein y Levinas», y por «la tecnificación de la demostración», pues las observaciones científicas dependen de una enorme maquinaria tan costosa que sólo es accesible al poder y a los Estados. «La ciencia al servicio del poder halla una nueva legitimación en la eficiencia.» Finalmente, La condición posmoderna acababa con el auge del contrato temporal en todos los ámbitos, ocupacional, emocional, sexual y político: «unos lazos más económicos, flexibles y creativos que los vínculos de la modernidad».

Paradójicamente, La condición posmoderna no trataba de artes ni de política, las dos pasiones principales del filósofo, sino que era un encargo del Conseil des universités du Québec para entender los efectos de la tecnología en las ciencias exactas. El propio Lyotard reconoció que sabía poco del tema y que era su peor libro. Anderson sitúa, además, la andanada de Lyotard contra las metanarrativas en una en concreto: el marxismo. A medida que las informaciones del Gulag iban llegando, la fe en el comunismo o la revolución marxista se iba hundiendo.

El trasfondo más amplio del tránsito de Lyotard desde un socialismo revolucionario hacia un nihilismo hedonista residía obviamente en la evolución misma de la Quinta República. El consenso gaullista de los primeros años sesenta lo había convencido de que la clase obrera estaba esencialmente integrada en el capitalismo. La fermentación de finales de los sesenta le inspiró la esperanza de que el heraldo de la revuelta acaso fuera, en lugar de la clase, la generación, la juventud del mundo entero. La oleada eufórica de consumismo que atravesó el país a principios y mediados de los setenta condujo a las muy difundidas teorizaciones del capitalismo como una maquinaria aerodinámica del deseo. (p. 43)

Lyotard no estaba muy al corriente del uso del concepto «posmodernismo» en la arquitectura «con un significado estético que era la antítesis de todo lo que él valoraba». Se enteró en 1982, no sólo de la construcción de lo posmoderno propuesto por Jencks sino también del éxito que había tenido el libro en Norteamérica; lo que descubrió no le gustó mucho, porque esta clase de posmodernidad era una restauración subrepticia del realismo degradado que antaño habían fomentado el nazismo y el estalinismo y que ahora era reciclado como un eclecticismo cínico por el capital contemporáneo: era todo aquello que las vanguardias habían combatido» (p. 46) y a Lyotard no le quedó más remedio que posicionarse respecto al arte y a la política, los dos temas que había obviado.

En ninguno tuvo demasiado éxito. Dijo del arte que «lo posmoderno no venía después de lo moderno, sino que era un movimiento de renovación desde dentro de la modernidad misma», una corriente que aceptaba jubilosamente la libertad de invención que posibilitaba; aunque el mercado, saturado del kitsch que celebraba Jencks, iba al contrario de lo que propugnaba Lyotard. Lo mismo le sucedió con la política: si las metanarrativas se estaban hundiendo, la religión, la política, el comunismo, el progreso d la Ilustración… ¿qué sucedía con el capitalismo? Si los setenta habían sido crisis económica que permitía argumentar la caída, también, de la ilusión capitalista, los ochenta trajeron progreso y el triunfo de las políticas neoliberales, tanto en la izquierda como en la derecha; por primera vez, un enorme relato dominaba el mundo y ninguna de las respuestas de Lyotard bastaba. «Pero las únicas formas de resistencia al sistema que quedaban eran interiores: la reserva del artista, la indeterminación de la infancia, el silencio del alma. Había desaparecido el «júbilo» ante la ruptura inicial de la representación por lo posmoderno; un malestar invencible definía ahora el tono del tiempo. Lo posmoderno era «melancolía».» (p. 52)

Justo un año después de la publicación de La condición posmoderna, en otoño de 1980 Jürgen Habermas dio un discurso en Frankfurt titulado La modernidad, un proyecto inacabado. Aunque se considera una respuesta al libro de Lyotard, probablemente Habermas no lo conocía y estaba, en cambio, reaccionando a la Bienal de Venecia de 1980, profundamente posmoderna. Habermas reconocía que las vanguardias habían envejecido y que se había perdido algo del espíritu que empezaba con Buaudelaire y culminaba con los dadaístas; sin embargo, el proyecto de la modernidad seguía sin realizarse. Éste tenía dos vertientes: por un lado, la ciencia, la moralidad y el arte se diferenciaban en esferas de valor autónomas, liberadas de una religión y gobernadas pro sus propias normas: verdad, justicia y belleza; por el otro, esos dominios debían verter todo su potencial en la vida cotidiana de las personas. «Éste era el programa que se había extraviado; pues en lugar de integrarse a los recursos comunes de la comunicación cotidiana, cada esfera había tendido a convertirse en una especialidad esotérica, cerrada al mundo de los significados ordinarios.» (p. 55). Por ejemplo: el arte del XIX y principios del XX se había vuelto críptico, hasta orgulloso de su progresivo alejamiento de la sociedad.

Pero llevar a cabo ese proyecto se presentaba difícil. «No se podía rescindir la autonomía de las esferas de valores, so pena de regresión». Por lo tanto, había que integrar esas culturas en la experiencia común, protegiendo a sus miembros y logros «de las incursiones de las fuerzas del mercado y de la administración burocráctica», algo que el propio Habermas consideraba improbable y que Anderson resume en «una amalgama contradictoria de dos principios opuestos: la especialización y la popularización».

Algo más de sustancia tenía su siguiente conferencia, un año después, en Munich, llamada «Arquitectura moderna y posmoderna». La tesis de Habermas era que la Revolución Industrial había planteado tres enormes desafíos a la arquitectura: el diseño de nuevas clases de edificios (bibliotecas, óperas, estaciones, grandes almacenes), la aparición de nuevos materiales (hierro, acero, hormigón, vidrio) y nuevos imperativos sociales (presiones del mercado, planes administrativos). Estos tres imperativos superaron las capacidades de la arquitectura de la época, «que se descompuso en un historicismo ecléctico o en el utilitarismo más horrendo», pero a principios del siglo XX el movimiento moderno, «reaccionando ante este fracaso, superó el caos estilístico y el simbolismo artificioso de la arquitectura victoriana tardía y se lanzó a transformar la totalidad del entorno edificado, desde los edificios más monumentales y expresivos hasta los más pequeños y prácticos» (p. 60).

La arquitectura modernista respondió con éxito a los dos primeros interrogantes, pero fracasó en el tercero: supo crear nuevos edificios y supo dar buen uso a los nuevos materiales; pero fracasó en su intento «de reformar a fondo el entorno urbano, error de cálculo que halló su expresión más famosa en los desafueros utópicos del primer Le Corbusier». Recordemos el primer Plan Voisin, que planeaba derruir barrios enteros de París para construir rascacielos de hormigón separados por parques verdes vacíos.

La pregunta que se plantea entonces Habermas es: ¿este fracaso se debía a la propia arquitectura o a otros factores? Las raíces de lo moderno en arquitectura se hallan en el constructivismo ruso, De Stijl y el círculo en torno a Le Corbusier. Con el paso al predominio de la Bauhaus, se la llamó funcionalista y ese nombre, inadecuado, según Anderson, pasó a dominar el concepto y a dejarlo a merced de empresarios de la construcción y burócratas. En palabras del propio Habermas: «las contradicciones de la modernización capitalista», el resultado de la propia vorágine de la modernización. Si a primera vista parece que Habermas está denunciando la «lógica despiadada del capitalismo de postguerra», en realidad va algo más allá: «La utopía de unas formas de vida preconcebidas, que había inspirado ya los proyectos de Owen y Fourier, no se podía realizar, y no solamente porque implicaba una irremediable subestimación de la diversidad, la complejidad y la variabilidad de las sociedades modernas, sino también porque las sociedades modernizadas, con sus interdependencias funcionales, transcienden las dimensiones de unas condiciones de vida que podían ser calculadas por la imaginación del planificador.» Es decir: Habermas se rinde ante la imposibilidad de llevar a cabo ese aspecto de la modernidad. Ni una ciudad habitable y humana, ni los sueños modernos, son realizables, debido a la lógica del desarrollo social, «más allá del capital y del trabajo».

Los discursos de Lyotard y Habermas dotaron al concepto de la posmodernidad con «el cuño de la autoridad filosófica», pero sus aportaciones fueron «indecisas» e incapaces de aportar un punto de vista marxista a la nueva concepción epistemológica.

Y así estaban las cosas en el otoño de 1981: con un posmodernismo ya cristalizado pero pendiente de definir por completo.

La idea de lo posmoderno, tal como se había consolidado en esa coyuntura, era de un modo u otro patrimonio de la derecha. Cuando Hassan alababa el juego y la indeterminación como señas distintivas de lo posmoderno, no ocultó su aversión hacia aquella sensibilidad que era su antítesis: el férreo yugo de la izquierda. Jencks celebraba el fin de lo moderno como liberación de la elección de los consumidores, como la liquidación de toda planificación en un mundo en que los pintores pueden comerciar con la propia libertad y no menos globalmente que los banqueros. Para Lyotard, los parámetros mismos de la nueva condición estaban determinados por el descrédito del socialismo como el último gran relato, la versión última de una emancipación que ya no tenía sentido. Habermas, si bien se negaba, desde una posición todavía de izquierdas, a rendir homenaje a lo posmoderno, abandonó, sin embargo, la idea a la derecha, construyéndola como una figura del neoconservadurismo. Lo que todos ellos tenían en común era que suscribían los principios de lo que Lyotard, que antaño fuera el más radical, llamaba democracia liberal como el horizonte irrebasable del tiempo. No podía haber nada más que capitalismo. Lo posmoderno era la condena de las ilusiones alternativas. (p. 66)

Hasta que llegó Fredric Jameson con su primera conferencia sobre lo posmoderno en 1982. Pero eso, y los efectos que tuvo, lo veremos en la siguiente entrada.

Parias urbanos (y III): la marginalidad avanzada

El libro de Loïc Wacquant Parias urbanos. Gueto, banlieue, Estados dedica su primera parte al análisis del gueto negro en las ciudades de Estados Unidos y su paso a una nueva forma, el hipergueto, donde las clases medias negras han abandonado el gueto para residir en las zonas que liberaron los blancos al escapar (white flight) hacia las zonas residenciales periféricas y todo lo que subyace ahora en el gueto es pobreza y segregación, con muy pocas posibilidades de escapar de él. Y dedica la segunda parte al estudio de las banlieues francesas, los barrios periféricos de las ciudades del país, que a menudo son comparados con el gueto negro pero que, en realidad, tienen poco en común, salvo el estigma y unas condiciones depauperadas, algo que vimos a fondo en la segunda entrada.

En esta última parte del libro, Wacquant presenta un concepto nuevo surgido a raíz del postfordismo: la marginalidad avanzada. Si la marginalidad de mediado del siglo XX era una consecuencia del mal funcionamiento del fordismo, la marginalidad avanzada de finales del XX y principios del XXI es, por el contrario, la consecuencia del buen funcionamiento del postfordismo.

Visto desde esta perspectiva, el retorno de las realidades «refrenadas» de la pobreza extrema y de la degradación social, de las divisiones etnorraciales y de la violencia pública y su acumulación en las mismas zonas desheredadas sugieren que hoy las ciudades del Primer Mundo se hallan frente a lo que se podría denominar la marginalidad avanzada. Estas nuevas formas de cierre excluyente que se traducen en un destierro a los confines del espacio social y físico han emergido –o se han intensificado– en las metrópolis postfordistas, pero no bajo el efecto de la inadaptación o el subdesarrollo económico, sino, al contrario, como consecuencia de las mutaciones de los sectores más avanzados de las sociedades y de las economías occidentales tal como se imprimen en las fracciones inferiores de la clase obrera en recomposición y en las categorías étnicas dominadas, así como en los territorios que ocupan en el seno de las ciudades sometidas al tropismo de la dualización.

Aquí, el calificativo avanzada pretende indicar que estas formas de marginalidad no se sitúan detrás de nosotros: no son cíclicas, ni transitorias, y tampoco están en un proceso de desaparición progresiva por la expansión del «libre mercado» (esto es, la mercantilización creciente de la vida social, empezando por los bienes y los servicios públicos) o por la acción del Estado-providencia (protector o sancionador). Estas formas se hallan delante de nosotros: están inscritas en el futuro de las sociedades contemporáneas (…) las formas estructurales que las engendran, entre otros, el crecimiento económico polarizado y la fragmentación del mercado de trabajo, la precarización del trabajo y la automatización de la economía clandestina en las zonas urbanas degradadas, el paro masivo que induce a la desproletarización de las capas más vulnerables de la clase obrera (principalmente, de los jóvenes desprovistos de capital cultural), finalmente, las políticas de retirada social y de desinversión urbana. (p. 281)

Para tratar de comprender este fenómeno reciente, Wacquant recurre a seis puntos a partir de los rasgos característicos de la pobreza urbana de la década de crecimiento fordista:

  • 1. El trabajo asalariado como vector de inestabilidad y de inseguridad sociales. «El trabajo asalariado, al volverse inestable y heterogéneo, diferenciado y diferenciante, se ha convertido en una fuente de fragmentación y de precariedad sociales» (p. 283). Ejemplo de ello son los trabajos flexibles, a tiempo parcial o con horarios variables y que sólo permiten una cobertura social (y hasta médica) reducida o inexistente, la reducción de las jornadas, la subcontratación, el debilitamiento de los sindicatos y tantos otros.
  • 2. La desconexión funcional de las tendencias macroeconómicas. La prosperidad económica ya no supone una mejora en las condiciones laborales de los trabajadores, mientras que su contrario, las crisis, sí que supone otra excusa para recortarlas. Con el tema del COVID y las crisis de trabajadores hemos visto cómo los empresarios, que siempre se habían afanado en reducir las condiciones laborales con la excusa de que había mucha mano de obra, ante la ausencia de profesionales se niegan a mejorar esas condiciones y presionan a los gobiernos para que permitan mayores flujos migratorios, pues en general los inmigrantes estarán dispuestos a aceptar trabajos que no aceptarían los autóctonos.
  • 3. Fijación y estigmatización territoriales. «En vez de estar aislada y diseminada por el conjunto de las zonas de hábitat obrero, la marginalidad avanzada tiende a concentrarse en territorios aislados y claramente circunscritos, percibidos, cada vez más, y tanto en el exterior como en el interior, como lugares de perdición» (p. 287).
  • 4. Alienación espacial y disolución del «lugar». El estigma, visto desde dentro, supone la disolución del lugar antropológico, «la pérdida de un marco humanizado, culturalmente familiar y socialmente diferenciado» en el cual se sientan «entre los suyos». Se da el paso de lugares (places) a espacios (spaces), donde además los lazos se debilitan. Un ejemplo de esto lo vimos en la primera entrada con el paso del gueto (lugar de sociabilidad) al hipergueto (espacio de competición y exclusión), que ya no supone un recurso para sus habitantes.
  • 5. La pérdida de un hinterland. «A la desaparición del espacio se añade la desaparición de un hinterland o de una base de protección viable. En las fases anteriores de crisis y de restructuración del capitalismo moderno, los trabajadores podían replegarse en la economía social de su colectividad de origen» (p. 294), algo que ya no les es posible.
  • 6. Fragmentación social y desintegración simbólica, o la génesis inacabada del «precariado». La marginalidad avanzada se da en un contexto de descomposición de clase, en vez de en uno de consolidación de clase; y bajo la presión de una tendencia a la precarización y a la desproletarización, en vez de a la unificación y homogeneización proletarias que se dieron anteriormente, lo que hace que quienes sufren estos procesos carezcan de un lenguaje específico o una adecuada representación social de grupo. «La propia proliferación de etiquetas para designar los sectores de población dispersos y dispares atenazados por la marginación social y espacial, «nuevos pobres», «marginales», «excluidos», «underclass», «jóvenes de las banlieues», y la trinidad de los «sin» (sin trabajo, sin techo, sin papeles) dice mucho del estado de desarreglo simbólico en el que se hallan las zonas marginales y de las fisuras de la estructura social y urbana» (p. 297).

«Mientras que antes la pobreza en las metrópolis occidentales era un fenómeno esencialmente residual o cíclico, incrustado en las comunidades obreras, geográficamente difuso y considerado remediable por la expansión continuada de la forma mercantil, en la actualidad aparece como persistente e incluso permanente, desconectada de las tendencias macroeconómicas y fijada en barrios de relegación rodeados de una aureola sulfurosa en cuyo seno el aislamiento y la alienación social se alimentan mutuamente, mientras que la distancia entre los que están a él destinados y el resto de la sociedad se va ensanchando. (p. 313)

Esta nueva forma de marginalidad ha avanzado sin freno en aquellos países carentes de protecciones sociales e, incluso en aquellos dotados de un estado del bienestar fuerte (Europa del Norte y Escandinavia), también ha hecho acto de presencia, a menudo mezclada con la temida «integración» de los extranjeros y la «inquietud por la formación de guetos». Tras esta marginalidad, Wacquant detecta cuatro lógicas estructurales:

  • La dinámica macrosocial: el progresivo distanciamiento en la escala de desigualdades en un contexto de prosperidad, es decir, un doble proceso socioprofesional que «multiplica los puestos de trabajo altamente cualificados y remunerados para un personal profesional surgido de la universidad», por un lado, y por el otro, «en la no cualificación y la eliminación pura y simple de millones de puestos de trabajo para los trabajadores sin estudios».
  • La dinámica económica: se da, de nuevo, una doble transformación en el trabajo que consiste, de modo cuantitativo, en la desaparición de puestos de trabajo debido a la progresiva automatización, a la deslocalización en lugares con peores condiciones laborales (y, por lo tanto, óptimos para las empresas) y por el trasvase de empleos industriales hacia empleos en el sector servicios; y, de modo cualitativo, por el empeoramiento general de las condiciones de trabajo (jornadas, salarios, protección social…). Una gran parte de la clase obrera se ha convertido en algo superfluo, pero no han aparecido opciones viables para ellos; además, el propio contrato de trabajo salarial ha dejado de ser una fuente de estabilidad y se ha convertido, por sí mismo, en «fuente de fragmentación social y de precariedad».
  • La dinámica política se refiere al paso de los Estados de garantes de la protección social universal de sus ciudadanos a simples guardianes de las normas del postfordismo, cuando no el propio origen de las desigualdades (lo que Harvey denominaba Estado-guardián, encargado de mantener el mercado bien protegido para que las empresas puedan obtener beneficios).
  • La dinámica espacial, que congrega a los pobres en zonas limítrofes carentes de inversión o las mínimas necesidades sociales. A diferencia del fordismo, en que la pobreza, más o menos, estaba distribuida por todos los barrios obreros y podía afectar a todos los trabajadores, hoy en día se concentra en núcleos que se perciben, como ha ido recorriendo Wacquant a lo largo de todo el libro, como lugares más allá de la salvación posible y, por supuesto, marcados por el estigma permanente.

En este último sentido, Wacquant sí que acepta que se hable de la «americanización de la pobreza». No lo hace si nos referimos a los guetos europeos como si fuesen los americanos; tampoco a la exclusión completa del espacio social en estos polígonos europeos tipo banlieues; pero sí para referirse a las nuevas formas de marginalidad avanzada creadas por el postfordismo con todas las características que hemos ido describiendo en esta entrada.

Finalmente, Wacquant acaba destacando el giro hacia políticas penitenciarias y de tolerancia cero de los estados con la pretensión de luchar contra estas nuevas formas de marginalidad, culpando siempre a quienes las sufren y evitando aceptar su propia responsabilidad. Propone una serie de fórmulas (una especie de salario mínimo, acceso gratuito a la educación, garantía universal de acceso a ciertos bienes públicos, etc.) que, por supuesto, los Estados no aceptarán a menos que sean forzados a ello, y dedica unas últimas palabras a la oleada de violencia que sacudió las afuera de París el 2005, cuando los jóvenes de las banlieues empezaron a quemar coches, algo que achaca al «incremento de la precariedad salarial y de la inseguridad social en las zonas urbanas olvidadas a lo largo de los últimos quince años» y que no sólo no recibían ayudas ni inversiones por parte del Estado, sino que además eran culpabilizadas y estigmatizadas constantemente por sus actos (como leímos, por ejemplo, en La cultura de los suburbios o Chavs. La demonización de la clase obrera).

Parias urbanos (II): las banlieues

Por un lado, la incidencia acumulada de la segregación, de la miseria, del aislamiento y de la violencia tiene un alcance muy diferente en los Estados Unidos. Por el otro, y esto es lo más importante, banlieue y gueto son el legado de trayectorias urbanas y el producto de criterios de clasificación y de formas de «selección» social diversas: esta selección se lleva a cabo prioritariamente sobre la base del origen de clase (modulada por la pertenencia o la apariencia étnica) en el primer caso, de la pertenencia etnoracial a un grupo históricamente paria (indiferentemente de la posición de clase) en el segundo. (p. 172)

Seguimos con la reseña de Parias urbanos. Gueto, banlieue, Estado, del sociólogo francés Loïc Wacquant. En la primera entrada analizamos el paso del gueto al hipergueto en las ciudades norteamericanas. El gueto, lugar de reclusión de los negros desde principios de siglo a causa, sobre todo, de un racismo estructural y de unas políticas de vivienda financiadas por el Estado y la FHA, se convirtió en la postguerra y hasta los años 60 en el lugar de residencia de la mayoría de los negros y en una especie de sociedad substitutiva que les permitía desarrollarse como individuos. El paso del fordismo al postfordismo y la deslocalización de muchas empresas, así como el trasvase de obreros fabriles al sector servicios, con menos poder sindical y empleos más flexibilizados, afectó especialmente al gueto; sumado a la reducción de las políticas del estado del bienestar y a la desinversión en sus barrios, el gueto se convirtió en el hipergueto, lugar donde sólo residen los negros de clase baja, carecen casi por completo de instituciones como escuelas u hospitales y se dedican a economías sumergidas.

En este segundo apartado, Wacquant estudia la relación entre el gueto negro (el Cinturón Negro) y las banlieues de Francia (el Cinturón Rojo). Durante las dos últimas décadas del siglo XX, desde ciertos sectores del periodismo y de las ciencias sociales, surgió la idea de que las banlieues (en general, los barrios marginalizados de las principales ciudades europeas) estaban sufriendo un proceso de «americanización» o «guetización» que los asimilaba a los guetos americanos. Wacquant rechaza esta idea y da gran cantidad de datos para demostrar lo que separa a ambas estructuras, en esencia originales desde su nacimiento. Como avance de las conclusiones: el gueto es un espacio de exclusión de los negros, formado con base racial; la banlieue se estructura para las clases bajas, independientemente de su origen étnico (aunque esté relacionado, claro) y, de hecho, quienes consiguen alcanzar la clase media la abandonan.

Wacquant empieza con las semejanzas. Tanto el gueto como la banlieue (que llevamos tiempo en el blog escribiendo, erróneamente, banlieu) son enclaves con una intensa concentración de minorías (negros en el gueto, con apariencia no europea en la banlieue). Ambos han experimentado en las últimas décadas cierta despoblación (a causa de los cambios en la economía al pasar al postfordismo, que afectó especialmente a las clases bajas) y ambos presentan distorsiones en cuanto a estructura de edades y composición de las unidades familiares respecto a sus entornos urbanos (en ellos viven muchos más jóvenes, que representan el 50% de los habitantes del gueto mientras que suelen ser un 30% alrededor).

La otra semejanza importante es el estigma que arrastran los habitantes de ambos lugares, así como «la atmósfera deprimente y opresiva que reina en su seno» (p. 186). El principal éxito posible en el gueto y la banlieue es abandonar el barrio; cualquier otro lugar les parece mejor a sus habitantes.

Luego vienen las diferencias, que Wacquant organiza en cinco apartados:

  • 1. Ecologías organizativas dispares. Pese a estar perdiendo población, el gueto de Chicago cuanta (datos de 2005, aproximadamente) con unos 400.000 habitantes, mientras que las banlieues tienen entre 15 y 35.000, como mucho. Son cifras muy dispares que suponen organizaciones sociológicas completamente distintas. Además, las banlieues en Francia son «islotes residenciales, grupos de viviendas públicas salpicados por la periferia de un paisaje urbano e industrial compuesto con el cual mantienen necesariamente relaciones funcionales regulares» (p. 190), a diferencia del gueto negro, que es un lugar donde se lleva a cabo la totalidad de la vida. Los jóvenes de las banlieues salen a visitar, comprar o divertirse por otros barrios, algo que no hacen los habitantes del gueto. Más aún: el problema del gueto son las relaciones consigo mismo, pues sus habitantes temen salir a las calles, debido a la delincuencia y las muestras de violencia habituales de que hablamos en la primera entrada. En cambio, el problema (percibido) de las banlieues es, precisamente, su relación con el exterior, con el resto de los barrios circundantes. El gueto, como ya hemos dicho, es una estructura prácticamente autónoma, creada como red alternativa en cuanto se privó a los negros el acceso al resto de redes.
  • 2. Concentración y unidad racial frente a dispersión y heterogeneidad étnica. El gueto es negro; es, «antes que nada, un mecanismo de reclusión social, un dispositivo que se propone cerrar a un grupo estigmatizado en un espacio físico y social reservado que le impedirá mezclarse con los otros y, por lo tanto, eliminará el riesgo de que los ‘manche'» (p. 192), mientras que las banlieues son profundamente multiétnicas. Si la reclusión negra en el gueto representa «la expresión de un dualismo racial», en las banlieues habita tal cantidad de etnias distintas porque, en general, «se debe principalmente a su representación tan elevada dentro de las facciones más bajas de la clase obrera y al hecho de que la mejora de su hábitat sólo se da mediante el acceso a la vivienda social» (p. 195).
  • 3. Porcentajes y niveles de pobreza divergentes. En La Courneuve, banlieue de París, el porcentaje de ocupación es del 48% de la población activa, mientras que en Grand Bulevar (centro del gueto de Chicago) es del 16%. En el primero hay un 6% de familias monoparentales y en el segundo, entre el 60 y el 80%.
  • 4. Criminalidad y peligrosidad. «En el gueto americano, la violencia física es una realidad inmediatamente palpable, y ya hemos visto que altera todos los datos de la existencia cotidiana. Es inimaginable coger el metro y pasear tranquilamente por el South Side de Chicago para hablar con la gente como se puede hacer en La Courneuve o cualquier otro polígono de los alrededores de París. Porque la frecuencia de los homicidios, los robos y las agresiones es tan alta, que ha comportado la práctica desaparición del espacio público.» (p. 198). En cambio, lo que los medios suelen describir como «violencia pública en las banlieues» tiene que ver con comportamientos al límite de la ilegalidad, robos, daños a edificios, peleas entre adolescentes o un tráfico reducido de drogas (a diferencia de los enormes mercados de la droga en plena calle de ciertas ciudades de Estados Unidos). El estigma en las banlieues se centra en la degradación relativa de las calles, la pequeña delincuencia y el aislamiento de sus habitantes. En el gueto, además, «la violencia letal es tan alta, que los jóvenes negros tienen una probabilidad más elevada de sufrir una muerte violenta recorriendo las calles del centro segregado de las ciudades de Estados Unidos que cuando iban al frente en el momento más álgido de la guerra de Vietnam» (p. 254).
  • 5. Políticas urbanas y degradación del espacio vital. Hay un contraste enorme entre las zonas depauperadas del gueto y las calles de la banlieue. Dice Wacquant que es difícil, para los habitantes de Europa, hacerse una idea del estado de las calles del gueto, verdaderas «zonas de guerra», donde también las escuelas, puentes, carreteras, alcantarillas, comisarías y hasta hospitales están en un estado de «decrepitud avanzada» o directamente abandonados a causa de la reducción del estado del bienestar desde los años 70.

Al contrario que el gueto americano, la banlieue francesa no es una formación social homogénea, portadora de una identidad cultural unitaria, que disfruta de una autonomía y una duplicación institucional avanzadas, fundamentada en una división dicotómica entre razas (es decir, entre categorías étnicas a las cuales se les da una explicación biológica ficticia) oficialmente reconocida o tolerada por el Estado. Los polígonos populares de los alrededores de las ciudades no han tenido nunca ni tienen hoy en día vocación de encerrar a un grupo particular, a diferencia del Cinturón Negro de la metrópolis norteamericana, que siempre ha sido más una especie de contenedor urbano reservado a una categoría desacreditada que una reserva de mano de obra o un vertedero de detritus sociales. (p. 201)

El último capítulo de este apartado lo dedica Wacquant al estigma que arrastran los habitantes del gueto. Vivir allí supone «una presunción automática de demérito social y de inferioridad moral» (p. 215). Ésta surge, en primer lugar, de la propia realidad del deterioro físico del barrio, del que ya hemos hablado; en segundo lugar, en la inferioridad de sus instituciones propias en relación con las de los barrios cercanos, algo también evidente; y, en tercer lugar, por la actitud desconfiada y despreciativa del resto de la gente, que evitan entrar en el gueto o tratan con recelo a sus habitantes al conocer su origen.

A todos estos estigmas que provienen del exterior hay que sumarle uno propio: «la disgregación avanzada de la economía y de la ecología locales tiene un efecto difuso de desmoralización sobre los habitantes del gueto». La mayoría de sus propuestas, acciones o efectos de voluntad acaban en nada, son destruidos o bien por el propio entorno violento del gueto, o bien por el trato denigrante que reciben del exterior, por lo que poco a poco van perdiendo la esperanza y la voluntad y acaban asumiendo que nunca saldrán del barrio y que todo lo que intenten, salvo lo que se espera de ellos, acabará en fracaso.

Pese a que el gueto negro está en condiciones mucho peores que cualquier banlieue, son los habitantes de estas últimas los que peor llevan el peso del estigma. En general suelen vivir una rápida adaptación a los valores franceses, entre los cuales la «ciudadanía unificada y participación sin barreras»; pero, puesto que se relacionan habitualmente con gente que no vive en su barrio, comprueban pronto que estos principios no se cumplen con ellos, lo que los lleva a una mayor frustración. Los residentes del gueto negro, en cambio, tienen tan asumido que este racismo forma parte de la sociedad que sufrirlo en sus carnes es algo inherente a ellos mismos. También pesa el hecho, apunta Wacquant, de que los negros del gueto americano tienen interiorizada la ideología del éxito o el fracaso en la vida como algo personal, no social. Y, finalmente, los habitantes de las banlieues están acostumbrados a salir de su barrio en el día a día, tanto para el trabajo como de compras en barrios de todo tipo; por lo que, al comprobar que existen niveles de vida que, por su origen y su clase social, les están vedados, sienten con mayor virulencia el peso del estigma.

En ambos casos, el peso del estigma genera que sus habitantes sean «proclives a desarrollar estrategias de distanciamiento y de huida que tienden a debilitar y deshacer los vínculos sociales y, así, a validar las percepciones exteriores negativas del barrio», dando lugar a una «profecía autorrealizada funesta donde la lacra pública y el deshonor colectivo acabar por producir exactamente lo mismo que pretendían registrar: la atomización social, la desorganización comunitaria y la anomia cultural» (p. 224).

Parias urbanos. Guetos, banlieues, Estado; Loïc Wacquant

Teníamos ya ganas de leer por fin a Loïc Wacquant. Llevaba tiempo apareciendo en la bibliografía de otras lecturas. Encontramos por fin este Parias urbanos. Guetos, banlieues, Estado, publicado en 2005 en Francia (leemos la traducción al catalán de Lourdes Bigorra, Edicions de 1984, 2007), lectura más que interesante. Se trata de una recopilación de artículos independientes readaptados para ser leídos como un libro; y, si tenemos algún reproche que hacerle, se trataría únicamente de que, en aras de que los apartados sigan siendo algo independientes, se ha mantenido bastante la estructura original y eso a veces convierte al conjunto en una lectura redundante, pues se van repitiendo conclusiones a las que ya se había llegado en capítulos anteriores. Pero sería el único defecto que le encontraríamos.

Los temas de los que se ocupa el libro son tres. El primero: el gueto negro en Estados Unidos, que desde mediados de los años 60-70 del pasado siglo ha ido sufriendo un proceso de hiperguetización, por causas que analizaremos pero que tienen que ver, sobre todo, con los cambios venidos por la economía postfordista. El segundo tema: pese a la insistencia de los medios de comunicación en lanzar la comparación, los barrios segregados europeos (especialmente los franceses, país de donde Wacquant es originario) no tienen especial relación con el gueto negro: sus condiciones, historia, formación y estructura social son muy diversos. Y el tercer punto: pese a que no sean comparables, ambos están sufriendo lo que Wacquant viene a denominar efectos de la marginalidad avanzada, una nueva forma de marginalidad opuesta, si acaso, a la que se dio durante la época álgida del fordismo y que no es un «error» del sistema sino una consecuencia directa de él.

El cierre social y la relegación espacial en el Cinturón Negro se llevan a cabo prioritariamente sobre la base de la pertinencia racial, modulada por la posición de clase después de la ruptura de los años 60, y ños dos son potenciados y agravados pro las políticas públicas de selección y abandono urbanos. Más o menos, es el caso inverso en el Cinturón Rojo [barrios periféricos en Francia], donde la marginación es en primer lugar producto de una lógica de clase, en parte reforzada por el origen nacional y en parte atenuada por la acción del Estado. Como consecuencia, el hipergueto americano es un universo étnica y socialmente homogéneo caracterizado por una densidad organizativa débil y una menor intervención del Estado en sus componentes sociales y, por lo tanto, una inseguridad física y social muy fuerte, mientras que la periferia urbana de Francia se caracteriza, al contrario, por una población profundamente heterogénea en cuanto a la procedencia etnonacional (y, secundariamente, en cuanto a la posición de clase), cuyo aislamiento queda mitigado por una fuerte presencia de las instituciones públicas. Además, a esta heterogeneidad interna se le añade la heterogeneidad externa de las banlieues obreras entre ellas, que contrasta fuertemente con la monotonía social y espacial exhibida por los guetos de las grandes ciudades norteamericanas. Por eso hablaremos, en cuanto sea posible, del gueto en singular y de las banlieues en plural. (p. 13)

Sin más, empezamos con el primer tema: el gueto negro en Estados Unidos. Wacquant, nacido en Montpellier, sociólogo y economista, llevó a cabo su doctorado en Chicago y su residencia estaba justo en el límite con el Cinturón Negro, la zona de la ciudad donde reside una gran mayoría de la población negra. Observando las enormes diferencias que había entre los barrios bajos de Europa y los de Estados Unidos, se interesó por el estudio de estos últimos y de ahí surgen las observaciones que recoge esta primera parte del libro.

Durante los años 60 del siglo pasado se acuñó en Estados Unidos una ideología, la de la meritocracia, que venía a proponer que cada cual tiene aquello por lo que ha luchado; obviando que el punto de partida de unos y otros siempre es distinto. Por esa misma época corría la noción de que las desigualdades iban desapareciendo a medida que el estado del bienestar (en Europa) o el famoso «trickle down», el goteo con el que supuestamente, a medida que la economía mejora, el dinero se va filtrando hacia las capas menos favorecidas, en Estados Unidos. «Con la seguridad que les proporcionaba la consolidación de su aparato industrial y la expansión continuada de los nuevos sectores de servicios, las sociedades del Primer Mundo llegaron a considerar la pobreza el simple residuo de desigualdades y vestigios de un pasado ya superado o el producto de deficiencias individuales susceptibles de ser reparadas o, en todo caso, un fenómeno destinado a decrecer y desaparecer» (p. 25)

Esa imagen se fue hundiendo a medida que surgían brotes de protestas públicas o tensiones éticas por doquier. Wacquant cita las de Octubre de 1990 en Vaulx-en-Velin (tres días de luchas entre los jóvenes del barrio y la policía), Julio de 1992 en Bristol (estallido de violencia tras la muerte de dos adolescentes que conducían una moto robada al chocar contra un coche de policía) y Los Ángeles de 1992 (tras la absolución de los policías que habían pegado una paliza a Rodney King), aunque podríamos citar los de 1995 en París o, sin ir muy lejos, el movimiento BlackLivesMatter. En su momento fueron descartados como «alborotos raciales» en Estados Unidos o protestas de barrios excluyentes en Europa, pero ninguna de esas explicaciones simplistas permite abarcar los hechos.

Un análisis cuidadoso (…) de los desórdenes colectivos causados por los jóvenes desheredados de las ciudades de Europa y Estados Unidos durante los últimos quince años muestra que, lejos de ser la expresión irracional de una incivilidad impenitente o de un atavismo patológico, estos desórdenes constituyen una reacción (socio)lógica a una violencia estructural masiva desencadenada por una serie de transformaciones económicas y sociopolíticas que se han reforzado mutuamente. Estos cambios se han traducido en una polarización de la estructura de clases, que, combinada con la segregación étnica, ha desembocado en una dualización de las metrópolis que castiga a amplios sectores de la mano de obra no cualificada con la obsolescencia económica y la marginalidad social. Esta «violencia de arriba» tiene tres componentes principales:

1., el paro masivo, crónico y persistente que, para todo un sector de la clase obrera, se traduce en la desproletarización y en la difusión de la precariedad, que comportan toda una serie de privaciones materiales, de dificultades familiares y de desviaciones personales;

2., la relegación en los barrios olvidados en cuyo seno los recursos públicos y privados disminuyen en el mismo momento en que el descenso social de las familias obreras y la instalación de sectores de la población inmigrantes intensifican la competición por el acceso a los bienes colectivos;

3., el aumento de estigmatización, tanto en la vida cotidiana como en el discurso público, cada vez más estrechamente asociado no sólo al origen social y étnico, sino también al hecho de vivir en barrios degradados y degradantes. (p. 36)

Lejos del «trickle down» que se suponía que iba a mejorar la vida de todos, las desigualdades desde los años 80 no han hecho más que aumentar, algo que es especialmente grave cuando afecta a quienes ya tienen poco. En la mayoría de los casos, además, las soluciones propuestas por el Estado no consisten en una serie de medidas que atenúen las causas de la pobreza o de las revueltas, sino que se limitan a reforzar las medidas policiales y meter a más gente en la cárcel. Algo que, en el fondo, es añadir leña al fuego, pues refuerza los motivos que ya llevaron a los alzamientos originales.

«El proceso de guetización de los negros en Estados Unidos (…) se remonta a la formación inicial del gueto como institución de exclusión racial durante las primeras décadas del siglo XX.» (p. 66) Wacquant destaca que, curiosamente, sólo los negros han sufrido esa exclusión social en el país: el resto de blancos «no étnicos» (racializados, se los llamaría hoy) sí que vivían, al menos en un principio (a su llegada al país) en barrios étnicos (las famosas áreas naturales que estudió la Escuela de Chicago), pero ni eran tan étnicamente homogéneos como el gueto negro ni eran su lugar de residencia permanente, sino «etapas de aclimatación temporal y, en general, voluntarias en el camino hacia la integración en una sociedad blanca compuesta».

El gueto de la postguerra, sin embargo, era distinto al actual. Era «compacto, claramente delimitado y con todo un abanico de las clases sociales negras unidas entre ellas por una consciencia colectiva unitaria, una división social del trabajo prácticamente completa y unos instrumentos de movilización y de representación con un amplio arraigo social» (p. 60). En los 60, precisamente, los negros denominaban a su gueto con la palabra soul, «alma» (entre otras acepciones), pero era un término escogido por ellos mismos, «producida desde el interior por y para el consumo interno, servia de símbolo de solidaridad y de insignia de orgullo personal y colectivo». En cambio, la palabra que se usaba para referirse a los negros a finales del siglo XX era «underclass», la clase más baja, una palabra creada desde el exterior con el objetivo de desacreditar a sus miembros.

Un gueto se puede caracterizar, en tanto que tipo ideal, como una constelación socioespacial en la relegación forzada de una población estigmatizada –como los judíos en la Europa del Renacimiento y los afroamericanos en los Estados Unidos de la era fordista– en un territorio reservado, un territorio en cuyo seno dicha población desarrolla un conjunto de instituciones propias que actúan a la vez como un substituto funcional y como una cobertura protectora de la sociedad que los rodea. (p. 63)

El gueto no es, por lo tanto, un lugar de miseria, ni un lugar en el que haya pobreza; pueden existir guetos con dinero y, por supuesto, no todo lugar pobre es un gueto. En segundo lugar, el gueto es un lugar normal y corriente formado por personas normales y corrientes que tratan de llevar a cabo su vida; algo que, en su contexto determinado, es mucho más complejo que fuera de esa zona. Pero no forman una especia a parte ni actúan de modo esencialmente diverso, puntualiza Wacquant. Y, en tercer lugar, el gueto no sufre una «desorganización social» sino que tiene «una organización diferente que responde a la urgencia permanente que imponen la necesidad económica imperiosa, la inseguridad social generalizada, la hostilidad racial sin tregua y la estigmatización pública» (p. 65). El hipergueto, entonces, consiste en «un tipo particular de orden social asociado a una cesura racial rígida y organizado alrededor de una competencia intensa y de un conflicto por los escasos recursos que empapan un entorno donde pululas los depredadores sociales y que políticamente está constituido como inferior e inferiorizante».

¿Cuáles son las características del hipergueto? En primer lugar, calles y espacios públicos completamente deterioriados. Si en el gueto había una gran cantidad de población, pues los negros lo percibían como el único lugar en el que podían estar tranquilos (pese a que no dejaba de ser un lugar inferiorizante; que el gueto tuviese mejores características en tanto que estructura social que el hipergueto no lo hace un lugar ideal para vivir); si en el gueto había mucha población, el hipergueto está vacío porque en él sólo residen aquellas personas que no tienen otro remedio. Los servicios públicos son o inexistentes o mínimos; no suele haber presencia policial, bomberos, hospitales… y las pocas escuelas que hay sufren una desinversión constante y un personal que no quiere permanecer allí más de lo estrictamente necesario; ni eso, a ser posible, pues se percibe (y es) un entorno violento e inseguro. A estas características hay que sumarlos los movimientos migratorios:

«Este movimiento triple –la emigración de las familias afroamericanas que disponían de lugares de trabajo estables, posible gracias a la huida de los blancos hacia los barrios periféricos subvencionada por el gobierno federal; la acumulación de residencias sociales en las zonas negras ya degradadas; y la desproletarización de los habitantes que se habían quedado en el corazón del gueto– tuvo como consecuencia un aumento exponencial y endémico de la pobreza.» (p. 77)

Puesto que, a diferencia del gueto, el hipergueto no reproduce la estructura social externa ni permite una mejora de las condiciones, sus residentes recurren a la economía sumergida: pequeños trabajos temporales, chapuzas donde pueden, prostitución, tráfico de drogas.

Puesto que no existe una ley exterior viable en sus calles, y puesto que el tráfico de drogas es una de las pocas dedicaciones que pueden llegar a dar cierto dinero, las «demostraciones rutinarias de violencia» sin habituales en las calles, puesto que son el ingrediente necesario para demostrar que uno, o la organización a la que representa, es lo bastante dura como para ocupar ese espacio de venta. «En un universo vaciado de los recursos de base y con una alta densidad de depredadores sociales, la confianza no es recomendable, de manera que, para liberarse de la violencia, cada uno debe de estar dispuesto a ejercerla en cualquier momento.»

¿Cuáles son las causas del paso del gueto al hipergueto?

Las causas de la hiperguetización de la inner city se deben a una concatenación compleja y dinámica de factores económicos y políticos desplegados durante todo el periodo de la postguerra que rechaza la explicación simplista y debida al corto plazo que la leyenda de la «underclass» ofrece. El más evidente de estos factores –pero no necesariamente el más desgarrador– es la transición de la economía norteamericana de un sistema cerrado, muy integrado y centrado en la industria pesada, a un sistema abierto, descentralizado y basado en los servicios. Un segundo factor, a menudo descuidado en el debate nacional debido a lo intrínseco que se considera, es la persistencia de la segregación residencial rígida que castiga a los afroamericanos, y la acumulación deliberada de las residencias sociales en las zonas negras, que ya son las más desheredadas de las grandes ciudades, lo que equivale a instaurar un apartheid urbano de hecho. En tercer lugar, encontramos el brutal retroceso de un Estado del bienestar ya subdesarrollado que, ayudado por las crisis cíclicas de la economía nacional, ha hecho posible el continuo aumento de la miseria en el Cinturón Negro a partir de los años 70. El cuarto y último de los principales factores es el cambio de dirección de las políticas urbanas nacional y locales durante las dos décadas pasadas, un cambio que se tradujo en la «recesión planificada» de las instituciones y los servicios públicos en los barrios negros históricos. (p. 88)

Veamos ahora estos factores de forma algo más detallada.

El primero se refiere al cambio de modelo económico que hemos referido otras veces en el blog (Castells lo analizaba en La sociedad red y Harvey lo denominaba el paso a la acumulación flexible en La condición de la postmodernidad). La economía pasó de una industrial, fordista, con fuertes sindicatos y un contrato social estable entre las grandes empresas y la mano de obra a un nuevo régimen donde prima el capital, la deslocalización, trabajos flexibles en el sector servicios y una reorganización de los mercados y las escalas salariales.

Este cambio de estructura de los mercados de trabajo no es el resultado de tendencias tecnológicas ineludibles, sino el producto de las decisiones de las grandes empresas americanas para dar preferencia a las estrategias de beneficio a corto plazo que convierten a los asalariados en una variable de ajuste y que exigen una reducción continua de sus costes de funcionamiento. (p. 91)

Por ejemplo: Chicago perdió entre 1977 y 1981 dos tercios de los 203.700 lugares de trabajo industriales de que disponía debido a los cierres de empresas o la deslocalización. Estos lugares de trabajo, que no requerían gran formación, eran tradicionalmente los que ocupaban las capas más bajas (y, por lo tanto, con acceso a menor formación) de la sociedad, de entre los cuales un gran porcentaje eran negros. Por ello, fueron más duramente castigados que el resto de la población.

El cambio en los puestos de trabajo también supuso un duro golpe para ellos. El mercado de trabajo se polarizó, aumentando el nombre de directivos y ejecutivos que requerían una alta formación (difícil de conseguir para las personas con menos recursos), dejándoles únicamente la opción de trabajar en los servicios. Pero estos empleos también se flexibilizaron, exigiendo, por ejemplo, una buena red de transporte público para poder acceder a los distintos lugares a los que fuese menester acudir; algo que no abunda en las ciudades de Estados Unidos y menos aún en el gueto negro. «En Chicago, los negros son dos veces más susceptibles que los blancos de utilizar los transportes comunitarios porque el coste de adquisición y mantenimiento de un vehículo supera sus ingresos. Pero la red de trenes y autobuses municipales, infrafinanciada y subdesarrollada, está configurada de tal modo que aísla los barrios periféricos prósperos del gueto, lo que significa que, en términos prácticos, los lugares de trabajo situados en las zonas suburbanas no son accesibles con los transportes comunitarios desde las zonas con un porcentaje elevado de paro» (p. 93).

El siguiente factor es la segregación. «El año 1980, cerca de dos tercios de los 1,2 millones de negros de la ciudad [Chicago] vivían en barrios de más del 95% de negros.» (p. 97) El gueto negro sufrió primero la huida de los blancos, que fueron financiados por la FHA para adquirir sus casas en propiedad en las zonas residenciales que rodean la ciudad, y eso fue el origen del gueto; pero luego los propios negros de clase media abandonaron el gueto para residir en los barrios que hasta ahora habían ocupado esos blancos, y ése fue el origen del hipergueto, donde sólo quedaron los negros que no tenían más remedio que vivir ahí.

Vivir en el hipergueto no es «ni la expresión de una afinidad o de una elección étnicas» ni la segregación «se debe a las diferencias de clase», puesto que entonces la clase media negra se distribuiría «por circunscripción de censo en Chicago entre el 10y el 27%, en vez del 90%, que es la norma en sus barrios». Esto supone la existencia de una «dualización flexible del mercado de alojamiento sobre una base racial» (p. 99). En ello influyen tanto la pertenencia étnica de los agentes de la propiedad (ya sean de alquiler o de venta), los prejuicios en la financiación de los préstamos y «la obstrucción informal de los blancos durante la búsqueda de viviendas». Pese a que los blancos manifiestan no tener problemas en compartir barrio con los negros, en la práctica sólo se sienten cómodos en barrios con una pequeña presencia negra y están en contra de cualquier ley que impulse la mezcla étnica.

Kenneth Jackson, en su obra clásica Crabgrass Frontier. The Suburbanization of the United States, que analiza todo el proceso de la evolución de la vivienda en el país durante más de medio siglo, concluía:

… el resultado, si no la intención, del programa de alojamiento público en los Estados Unidos [ha sido] segregar las razas, concentrar a las personas desfavorecidas en la inner city y reforzar la imagen de la periferia [suburbia] como un lugar de refugio contra problemas como los conflictos raciales, la criminalidad y la miseria. (p 219, citado en la p. 100 de este libro)

Esto, por supuesto, nos retrotrae al red-lining del que hemos hablado a menudo (aquí). Los poderes públicos son los responsables de «la extraordinaria concentración social y espacial del subproletariado negro en el hipergueto de finales del siglo XX» por un doble motivo. En primer lugar, apoyando activamente la segregación racial rígida del mercado de alojamiento y perpetuando su existencia mediante sus políticas sociales; y en segundo lugar, por la producción insuficiente de viviendas, la mayoría de una «calidad execrable», implantadas deliberadamente en el corazón degradado de la inner city.

El tercer y cuarto motivo están ligados. A partir de la crisis de los años 70 se redujeron las partidas económicas destinadas a garantizar ciertas protecciones sociales; es decir, se adelgazó el Estado del bienestar. Las cantidades que se recibían por subsidios, por ejemplo, se volvieron más difíciles de conseguir, requerían mayores trabas burocráticas y, además, eran de menor cuantía.

Por otro lado, y este es el cuarto motivo, esas mismas ayudas fueron redistribuidas para que las repartiesen los poderes políticos locales, lo que se tradujo en que «se reasignaron en beneficio del sector inmobiliario privado». Se generó una política de «retroceso planificado», es decir: se seleccionaban barrios en los que se decidía no invertir, o invertir poco, para privilegiar los barrios donde vivían las clases medias, lo que supuso que las escuelas, hospitales, parques de bomberos y similares del gueto se iban precarizando o desaparecían. «Los niños del Cinturón Negro histórico están escolarizados en establecimientos donde el 100% de los alumnos proceden de minorías (negros y latinos) y más del 80% de las familias viven por debajo del umbral de pobreza» (p. 109). Los profesores que tienen allí son, lógicamente, los que no han podido acceder a mejores lugares de trabajo, a menudo están desmotivados, carecen de medios y su trabajo da pocos frutos. Lo mismo sucede con servicios como policía u hospitales: el índice de mortalidad infantil de los negros en el Estado de Illinois era de 21,4 por mil entre los negros y de 9,3 entre los blancos en 1985; y, en ciertos sectores del gueto, supera el 3%, es decir, comparable a países del Tercer Mundo como Ecuador o Mali (p. 112).

A todos estos factores se le añade lo que Alejandro Portes denominó el error más grave de la teorías de la marginalidad urbana: «transformar lo que eran condiciones sociológicas en rasgos psicológicos e imputar a las víctimas las propiedades deformadas de sus verdugos», es decir: echarles la culpa, atribuir a sus características, su personalidad, sus decisiones, algo que responde en gran medida a las condiciones en que habitan sin tener en cuenta la connivencia, cuando no directamente las acciones, del Estado. Lo veíamos hace nada en Chavs. La demonización de la clase obrera, que estudiaba en Reino Unido este fenómeno que se está volviendo global: atribuir a los defectos personales algo que es estructural.

El siguiente capítulo analiza la estructura social del hipergueto, centrándose en el tipo de vida que llevan sus habitantes. Sin embargo, es aquí donde se nota la estructura de artículos independientes enlazados que forma el libro, y muchas de sus causas y conclusiones ya las hemos reseñado.

Al perder su función económica de vivero de mano de obra industrial, el gueto también ha perdido su capacidad organizativa de englobar y proteger a sus habitantes –las iglesias y la presa, que formaban la carcasa simbólica de Bronzeville de mediados del siglo XX según Drake y Coyton (1945), se han desplomado en tanto que agentes de unificación y acción colectivas–. La vida cotidiana ya no está estructurada en un espacio social paralelo y relativamente autónomo que reproduce, aunque sea en un nivel inferior, la estructura institucional de la sociedad global y proporciona a sus habitantes los recursos necesarios para desplegar sus estrategias de reproducción o de movilidad social (aunque sea en el seno de una estructura de clases negras truncadas).

Wacquant concluye este apartado comentando que los Estados Unidos «son, sin duda, la primera sociedad de inseguridad avanzada de la historia». No sólo porque generen y permitan porcentajes de criminalidad mucho más elevados que las otras naciones postindustriales («la frecuencia de homicidios es 10 veces más elevada que en los países de la Unión Europea y el porcentaje de encarcelamientos, de seis a doce veces superior»), sino «porque ha erigido la inseguridad en la categoría de principio de organización de la vida colectiva y a modo de regulación de los intercambios socioeconómicos y de los comportamientos individuales» (p. 151).