Nosotros o el caos, Esteban Hernández

Leímos hace poco La España de las piscinas, del periodista Jorge Dioni López. En él se abordaba un tema más que interesante (los efectos del urbanismo sobre las personas y la ideología que se esconde tras dichas decisiones) que, sin embargo, se abordaba desde un punto de vista, cuando menos, extraño: el voto, más conservador, de los habitantes de las zonas residenciales de cierta parte de España. Más que tratarse de un estudio concreto sobre una determinada parte de la población, ofrecía una visión (bastante sesgada) de un aspecto concreto de una situación.

Algo similar sucede con este Nosotros o el caos. Así es la derecha que viene, del también periodista Esteban Hernández. El subtítulo del ensayo aclara bastante el contexto: Un análisis del nuevo conservadurismo en la empresa y en la política. El libro se divide en cuatro apartados: la aceleración actual que impera en nuestra mundo, los cambios que se han dado en la empresa debido tanto a esa aceleración como a la evolución del tardocapitalismo hacia un ente mucho más flexible, con productos a demanda, gran movilidad, etc, y una visión actual de la política de hoy (sobre todo en España, lugar en el que se centra el ensayo). El cuarto capítulo, a modo de conclusiones, recoge los cambios sucedidos y avanza hacia dónde podemos dirigirnos, de no virar el rumbo actual.

Como ya hemos comentado a menudo en el blog, durante los años 70 se dieron una serie de grandes cambios en la política y la economía. Tras alrededor de 30 años de crecimiento continuado, se llegó a una enorme crisis económica que supuso una nueva cosmovisión política propiciada desde la economía: de repente no había dinero para sostener el Estado del bienestar, entre otras, y los Estados se vieron forzados a enormes recortes. La nueva forma de gestión era empresarial y estaba basada en la eficacia y la eficiencia. El Estado, los diversos Estados, dejaron de verse como los entes que debían garantizar ciertos derechos a los ciudadanos (educación, sanidad, vivienda, recogida de basuras) y pasaron a contemplarse como entes financieros que debían velar por su propia existencia; lo mismo sucedió con las ciudades.

Todo este movimiento, que tal vez estuviese justificado de forma puntual con las crisis del petróleo de los años 70, encontró eco en los medios de comunicación y en los discursos oficiales (lógicamente, pues era profundamente conservador) y coincidió con el pleno desarrollo de una globalización a caballo de uno de los Estados más liberales y competitivos del mundo: Estados Unidos. Como ya nos explicaba Castells en La sociedad red, la globalización no es más que la extensión, al mundo entero, en forma de red, de la cosmovisión empresarial que se daba en ciertas partes (las costas, sobre todo) de Estados Unidos y que, a merced de los avances en la tecnología (la informática) y las nuevas comunicaciones mundiales instantáneas, permitía al mundo funcionar como una unidad a una sola velocidad.

De esos barros, estos lodos, claro. La política se volvió más de derechas con, por ejemplo, elementos como Reagan y Thatcher, que luego encontraron eco en los principales dirigentes de los otros países europeos. El problema no fue una oleada conservadora, claro, sino mucho más amplio: con la caída del Muro y de las opciones socialistas, «el centro», el punto medio de la política, se volvió conservador; y fueron, de hecho, bastantes líderes de izquierdas los principales impulsores de esos cambios que favorecían a la economía.

Porque ésa fue la otra andanada conservadora: de repente el mundo debía doblegarse a los deseos del capital global. Lo quisiesen o no, y auspiciados por las avanzadillas del FMI y el Banco Mundial, que sólo concedía ayudas y créditos a los países que se rendían a sus deseos, los países fueron flexibilizando sus políticas monetarias, reduciendo impuestos, permitiendo la acumulación, la usura y la rapidez amoral del capital. Como resultado, por ejemplo, veíamos hace nada en En defensa de la vivienda cómo esta se ha mercantilizado por completo y ha dejado de ser un derecho de los ciudadanos (ojo: no un regalo, sino una necesidad vital y, por lo tanto, regulada en cierta medida por el Estado para garantizar el bien común, y no el beneficio de unos pocos) para pasar a convertirse en mercancía, con todo lo que eso supone (acumulación, precios disparados, especulación, alienación residencial). Y el Estado no sólo no ha tenido voluntad de frenarlo sino que ha sido cómplice en todos estos pasos.

El resumen anterior bosqueja, muy por encima, la situación en la que nos encontramos. No es algo puntual, sino un devenir global que lleva unos 50 años y que no tiene visos de ser modificado (tal vez de sufrir un enorme colapso, ecológico, financiero, o en todos los sentidos). Y, sin embargo, Nosotros o el caos. Así es la derecha que viene, pese a explicar con claridad estos hechos en su último apartado, los ha analizado en los tres anteriores como si fuesen algo novedoso, una situación concreta de los últimos cinco o, como mucho, diez años. Y lo hace con situaciones concretas: un directivo que sufre estrés, un joven político que debe verse representado en los medios porque la situación actual es lo que es. No se trata, en definitiva, de un tema de derechas e izquierdas, algo a lo que se recurre a menudo en el ensayo, sino de una situación mucho más amplia. Sean de derechas o izquierdas, por ejemplo, todos los partidos políticos en España se financian mediante créditos concedidos por los bancos y se dan a conocer mediante medios de comunicación dirigidos por conglomerados empresariales con sus intereses.

Ésa es un poco la percepción que queda tras la lectura: que sólo se ha observado una parte.

De esta manera, la psicología se convierte en coaching, la filosofía en pensamiento positivo, el saber profesional en rentabilidad inmediata, y el conocimiento destinado a prestar el mejor servicio posible se reconvierte en gestión dirigida a la eficiencia económica: todo tiene que ser funcional en relación al sistema en que se inserta. (p. 245)

Y todo lo anterior es cierto… pero lo es si uno es lector habitual de medios de prensa, usuario de Twitter y espectador de los telenoticias. Hay un mundo, similar al real pero retorcido, que se nos aparece en los medios de comunicación y en las redes, emitido por una minoría, sostenido por un público mayor y considerado como cierto por una amplia mayoría. Y puede que en ese mundo de rentabilidades la filosofía deba ser pensamiento positivo y la psicología, coaching; pero eso no implica ni que la filosofía ni la psicología hayan muerto, ni mucho menos que lo hayan hecho las ciencias sociales, algo que pregonaba Hernández en la introducción al ensayo, pues, afirmaba, también éstas habían caído bajo el dictado de la rentabilidad de sus promotores.

Lo cual, de nuevo, no es cierto. Y, para tratar un tema de tan largo calado, que lleva, como poco, cinco décadas coleteando (cuando no desde los inicios del capitalismo, y podríamos incluso ir más allá), el estudio se queda corto y enfocado, más en evidenciar síntomas, que en hallar las causas que los provocan.

Las ciudades creativas, Richard Florida

En 2002, Richard Florida publicó un libro que causó gran controversia por la introducción de un nuevo concepto: El auge de la clase creativa. (The Rise of the Creative Class. And How It’s Transforming Work, Leisure and Everyday Life). Florida (teórico urbano especializado en economía y política) hablaba en él de una nueva clase, «la clase creativa», que engloba a todos aquellos profesionales que, o bien trabajan en una rama creativa (publicidad, diseño, arte, incluso derecho o economía, puesto que se les supone cierta «creatividad» en el momento de aplicar sus aprendizajes a la profesión), o bien trabajan en profesiones situadas en lo más alto del escalafón profesional (altos directivos, economistas de grandes cuentas, inversores, etc.). Según Florida, cuando el índice de estas clases creativas en una ciudad en concreto era alto, dicha ciudad prosperaba; y, cuando el índice era bajo o se reducía, la ciudad decrecía y sus índices económicos empeoraban. Haciendo una correlación y variando los indicadores, Florida se atribuía un conocimiento que le permitía saber cuándo una ciudad iba a prosperar e incluso apuntaba a los indicadores que era necesario que una ciudad potenciase para poder prosperar. Y como, ante todo, Florida es un buen vendedor, dio con un slógan que concluía todo lo anterior: si una ciudad quería prosperar, debía atraer a gays y a bohemios.

Por el simple motivo de que los gays (y lesbianas, ahora hablaríamos del colectivo LGTBI) buscan entornos diversos, abiertos, con una oferta cultural potente, y disponen, en general, de un nivel de vida elevado. Lo mismo sucede con los bohemios; por lo tanto, si en algún lugar el índice de estos dos grupos se eleva, significa que la ciudad está consiguiendo atraer talento; es decir, que está llamando a la clase creativa. Para ello, siguiendo las indicaciones de Florida (que es sólo nombre o un lazo bonito colocado sobre la oleada de medidas urbanas neoliberales), las ciudades buscan, sobre todo, venderse o promocionarse como lugares atrayentes para estos colectivos y la clase creativa y por ello recurren a lo que podríamos llamar «un urbanismo amable»: avenidas ajardinadas, carriles bici, proliferación de bares y cafés, museos, ferias pop up, markets de todo tipo. Sí: los mismos ingredientes que las oleadas gentrificadoras.

Las ciudades creativas. Por qué donde vives puede ser la decisión más importante de tu vida (2008, leemos la traducción de Monserrat Asensio para Paidós, 2009) es el cuarto libro de Richard Florida y sigue el mismo patrón que los anteriores: mucha verborrea, bastante indefinición, correlaciones poco concluyentes y una larga serie de hipótesis autoconfirmadas del tipo: los gays buscan entornos abiertos, los entornos abiertos producen más diversidad económica, ergo: los gays son un indicador de la diversidad económica.

No es nuevo: ya en su momento, por ejemplo, leímos las críticas al concepto de la clase creativa de Martha Rosler (Clase cultural: arte y gentrificación) o el mucho más definitivo artículo de Jaime Peck «A vueltas con la clase creativa», por lo que no abundaremos mucho en ello. Peck denunciaba, igual que Rosler, que Florida jamás es capaz de dar un concepto claro de qué es eso de las clases creativas: hay momentos en que agrupa en ella a un 10% de la población, en otro al 40, pero nunca se llega a una definición que no sea una enumeración inconclusa. Peck comentaba que, si las recetas para ciudades «creativas» de Florida han tenido tanto éxito es porque enlazaban con las políticas neoliberales, de las que se convierten en referente, y porque sirven también para expulsar a las clases bajas de la ciudad.

En efecto: Florida no sólo no tiene en cuenta los datos macroestadísticos, es que ni siquiera contempla que exista algo como la distinción de clases sociales o un ecosistema determinado que permite, fuerza incluso, la toma de una serie de decisiones o de otra. En las páginas de Las ciudades creativas da la impresión de que todos somos seres realizados y libres que decidimos, sin presiones, sin abusos del mercado e incluso sin entornos de distinción de clase, dónde queremos vivir en función del lugar donde queramos trabajar. Florida conoció a una peluquera que había renunciado a su profesión estable, bien pagada y con proyección, tras sus años de carrera en la universidad, porque «se aburría». Que, por supuesto, existen; pero… ¿son una mayoría?, ¿de qué colchón social disponía este individuo en concreto para tomar esas decisiones? Eso es lo que siempre se echa de menos en los enunciados de Florida: una visión global y datos que respalden sus tesis, a menudo centradas en la experiencia en Estados Unidos, más a menudo aún, centrada en la experiencia de los universitarios de Estados Unidos y totalmente condicionada por la existencia de sus universidades (privadas) con ese formato donde los estudiantes, a los 18 años, abandonan el hogar y, financiados por los padres, se independizan.

Florida empieza Las ciudades creativas con el mismo artículo con el que empezaba David Harvey La condición de la posmodernidad: «La Tierra es plana» de Thomas Friedman. Florida apunta, sin embargo, que, debido a la concentración empresarial, de capital, de talento, etc., la Tierra ya no es plana, sino puntiaguda: que la globalización ha creado polos de concentración donde se aglutinan, por sectores, los núcleos de esas redes. Y ahí ya vemos una de las muchas trampas a las que recurrirá Florida a lo largo del libro: para analizar el mapa global de la innovación tecnológica… recurre a analizar el número de patentes; un dato, de los muchos que hay, que le va a dar exactamente la confirmación a sus tesis. Pero sólo uno de los muchos que se podrían haber escogido. ¿Acaso el hecho de que se patenten inventos en un sitio en concreto garantiza que se hayan llevado a cabo allí? No: simplemente supone un mejor ecosistema para patentarlos, o más empresas dedicadas a ese campo en concreto, o mejores condiciones para patentar allí.

El mundo actual parece plano para algunos porque se han reducido las distancias económicas y sociales entre los picos. Los habitantes de los picos suelen estar más conectados entre sí –incluso aunque estén en lugares opuestos del mundo– que con las personas y los lugares de su propio país o región. Esta conectividad pico-a-pico se ha visto acelerada por la naturaleza extremadamente móvil de la clase creativa, constituida por unos 150 millones de personas en todo el mundo. (p. 42)

Tras hablar de la concentración, este primer capítulo presenta un análisis de cómo las élites de cada una de las redes tienen más facilidad para entrar en contacto entre ellas, como ya comentó, por ejemplo, el Castells de La sociedad red (donde hablaba del entramado de clubes de campo, golf, hoteles de gran lujo, etc., donde las clases altas crean entornos privilegiados y de acceso reducido para relacionarse entre ellos). Este tema, de rabiosa actualidad, queda en suspenso y no se explora más allá de servir como base para destacar el papel de la nueva unidad económica mundial: que, si para Castells era la red, para Florida es la «mega-región».

Siguiendo en parte La economía de las ciudades, de Jane Jacobs, Florida traza una línea sucesoria desde la ciudad hasta la ciudad-Estado (Revolución Industrial, aproximadamente) hasta la mega-región, «la nueva unidad económica natural» (el énfasis es de Florida; y sorprende, y hasta perturba, esa definición de «natural» para algo referido a una visión económica concreta como es el capitalismo o tardocapitalismo). La ideología que subyace en este apartado de Florida (que no llegará a enumerarla en estos términos, y que recuerda bastante al Neil Smith de Desarrollo desigual) es que la reproducción social sigue estando en manos del Estado (obsoleto, para Florida) y la producción social lo está, ahora, en las de las mega-regiones.

Y, tras esta amplia introducción de casi 100 páginas sobre la concentración global y la segregación creciente de las clases… Florida abandona el entorno mundial y se centra en Estados Unidos. En una parte muy, muy personal de Estados Unidos:

Cuando pienso en este factor adicional de clase socioeconómica, lo hago basándome en dos grupos a los que me refiero, sencillamente, como los que se mueven y los que echan raíces. Los que se mueven disponen de los medios, de los recursos y de la disposición para buscar nuevas ubicaciones donde desplegar su talento y para trasladarse a ellas. No nacen necesariamente siendo móviles ni tampoco ricos. Lo que sucede es que las personas que se mueven entienden que, con frecuencia, perseguir las oportunidades económicas requiere trasladarse. (p. 85)

Y, a partir de aquí, Florida ya está inmerso en el mito de la meritocracia y no lo va a abandonar. Suponemos, por ejemplo, que los cerca de 400 mil habitantes negros del gueto de Chicago de que nos hablaba Loïc Wacquant en su maravilloso Parias urbanos siguen viviendo ahí porque no les apetece moverse. Porque les gusta habitar un entorno desencajado, sin posibilidad de ascenso social, donde la economía sumergida, la prostitución y la droga aparecen como las únicas posibilidades de supervivencia y donde, de hecho, es más probable que los jóvenes mueran antes de llegar a los 30 que si, por ejemplo, se hubiesen alistado para luchar en la guerra de Vietnam. Florida nunca tiene en cuenta que está refiriéndose a una clase media-alta, los que acceden a la universidad, los que están dispuestos a moverse por voluntad y los que pueden permitirse moverse por voluntad.

La mano de obra se está diferenciando en dos tipos de trabajadores muy distintos, a los que el economista de UCLA Edward Leamer ha llamado «intelectuales» y «currantes». (p. 109)

Y ésa es toda la distinción que encontramos de dicha fuente. ¿Por qué esa clasificación, casi aleatoria, es válida, cuáles son los porcentajes, qué otras clasificaciones han usado otros economistas y por qué Florida no usa esas otras? Preguntas que nunca se responden.

Pregunté a un grupo de mis estudiantes qué preferían: tener un trabajo estable y bien pagado en una fábrica, o un empleo temporal y con un salario bajo en una peluquería. La mayoría escogieron la segunda opción: era más creativa y, por tanto, parecía más gratificante. (p. 110)

Tal vez se podría señalar que los jóvenes universitarios, por su etapa vital, están más dispuestos a correr riesgos y buscar emociones que estabilidad; y que la misma pregunta, planteada a un grupo de padres y madres de 40 años, tendría muy distinta respuesta. El acabóse ya es cuando, pocos párrafos después, Florida asegura que las grandes empresas de servicios, como Starbucks, están dando pasos agigantados para que sus trabajadores dispongan de ventajas sociales y para «aprovechar su talento creativo». Como Amazon, sin duda un buen ejemplo.

En la actualidad [el libro es de 2008], casi 40 millones de estadounidenses trabajan en el sector creativo. (p. 113)

¿Y la fuente de los datos? No se sabe. Pero, ¡ojo!, Florida se apresura a aclarar que no tienen que ser, necesariamente, universitarios; que Steve Jobs o Bill Gates nunca acabaron la universidad. No, tal vez no, pero el mito del garaje obvia el hecho de que en Estados Unidos existe un enorme ecosistema de grandes fondos de capital e inversión ávidos de encontrar empresas rentables; pocos nigerianos habrá que, dejando la universidad y desde un garaje, hayan llegado a las listas de los más ricos del mundo.

Poco más hay que añadir. El último tercio del libro es una especie de manual de autoayuda con los cinco pasos necesarios para discernir el lugar ideal en el que uno quiere vivir; siendo el primero, por supuesto, las necesidades y voluntades laborales de uno. Como decíamos: sin duda los habitantes de los guetos están ahí porque les gusta ese tipo de trabajo; o, como decía Edward Glaeser, economista que se cita alguna vez en el libro, y que cojea de la misma pierna que Florida: «En ciudades como Río [de Janeiro] hay muchos pobres porque son sitios relativamente buenos para ser pobre. Al fin y al cabo, se puede disfrutar de la playa de Ipanema incluso sin dinero.».

En defensa de la vivienda (y II): alienación residencial y resistencias

En la primera entrada de En defensa de la vivienda, de David Madden y Peter Marcuse, analizamos el primer capítulo de este ensayo en favor de la vivienda pública y que trataba, precisamente, de todos los males que azotan al tema y que los autores resumían como «la hipermercantilización de la vivienda», es decir, el proceso, iniciado a finales del siglo XIX pero acelerado en gran medida durante las tres últimas décadas del siglo XX, mediante el cual la vivienda deja de ser un derecho de todo ciudadano y pasa a ser un bien de consumo sometido a las leyes del mercado y atenazado por el capital.

La consecuencia directa de este hecho, y que ocupa el segundo capítulo, es el surgimiento de la «alienación residencial». El término alienación fue introducido en las ciencias sociales por Hegel, «que vio en la épica historia del desarrollo humano la emergencia y la superación de la alienación espiritual». Luego lo recogió Feuerbach, quien, en su crítica a la religión, que fue creada por los humanos y posteriormente reconvertida en la propia herramienta de sometimiento de éstos, veía la alienación como «no reconocer el alcance real de la capacidad de obrar del ser humano». Pero quien le dio el significado con el que se usa hoy en día fue Marx.

Karl Marx tomó esta visión abstracta de la alienación y la hizo concreta, histórica y política. La alienación, argumentaba Marx, no es un síntoma de malestar existencial, sino una consecuencia de la organización de las economías capitalistas. El trabajo es una acción humana esencial. A través del trabajo creativo, producimos y transformamos el mundo. Y, al hacerlo, confirmamos nuestra humanidad y nuestra individualidad y somos conscientes de ellas. La alienación es lo que ocurre cuando una clase capitalista se apodera de esta capacidad universal de crear y la explota para sus propios fines. (p. 78)

Con el tiempo, la alienación dejó de percibirse sólo como algo presente en la producción individual y sometido al trabajo y se habló de la «alienación social» como «un empobrecimiento característico de la relación con uno mismo y el mundo». La alienación residencial, por lo tanto, se da cuando uno no siente como propio el hogar, sino que es consciente de que se trata de un espacio mercantilizado, sometido a los vaivenes del capital, cuyo destino no es acogerle, sino obtener el máximo beneficio, aunque eso implique desalojar a quien ahora reside allí. «El espacio habitacional mercantilizado no es la expresión de las necesidades residenciales de las personas que viven en él» (p. 80), sino que está determinado por las leyes del mercado inmobiliario.

La reflexión que queremos extraer de la idea de la alienación es que inevitablemente hay violencia social cuando una actividad que es esencial para nuestra humanidad queda sometida a la explotación y el control de otras personas. Si ese es el caso, la alienación residencial y la inseguridad no son síntomas de un momento excepcional de crisis. Son las consecuencias generalizadas y predecibles del lugar que ocupa la vivienda dentro de nuestro sistema político-económico. (p. 81)

Nos vienen a la mente la referencia a «la violencia que sí se ve» que hacían Álvaro Ardura y Daniel Sorando en First We Take Manhattan al referirse a las oposiciones a la gentrificación: una manifestación que entra en un café gentrificado es violencia y se percibe como tal; pero la expulsión, silenciosa y personal, de los habitantes originales del barrio, ya sea por la desaparición de su ecosistema o por métodos más brutales, no se percibe como violencia.

Porque una de las consecuencias de la alienación residencial es la movilidad forzada, claro: la expulsión de los habitantes de su entorno. No sólo del hogar: de las redes de vecinos que hayan formado, de los lugares a los que se hayan acostumbrado, del barrio que conocen. Pero otra de las consecuencias lógicas es la inseguridad. «Cuando la vivienda es insegura, la gente permanece en empleos que preferiría dejar. O se ven obligados a coger un segundo o incluso un tercer empleo» (p. 87). Porque, como vimos en la primera entrada, el coste de la vivienda supone ya un porcentaje enorme del sueldo de los trabajadores, tanto que, como dijimos allí, en la mayoría de las ciudades principales estadounidenses es imposible conseguir una vivienda sólo con un sueldo medio.

Otro concepto al que recurren Madden y Marcuse es el de seguridad ontológica, del psiquiatra escocés R. D. Laing. «La seguridad ontológica es la sensación de que la estabilidad del mundo es algo que se puede dar por supuesto. Es el fundamento emocional que nos permite relajarnos en nuestro entorno y sentir que el lugar en el que vivimos es nuestro hogar. La seguridad ontológica es un estado subjetivo, pero depende de varias condiciones estructurales.» (p. 88). Una de esas condiciones es, claro, la estabilidad de la vivienda.

Si ya es complejo lidiar con todas estas consecuencias para las, digamos, clases medias, estos efectos hacen más que agudizarse para las clases bajas, que son las que sufren el grueso de las consecuencias de la mercantilización: residencias infrahumanas, hacinamiento, gran cantidad de personas en un mismo lugar y completa imposibilidad de defenderse ante caseros que se niegan a algo tan sencillo como mantener la habitabilidad de los hogares o ante agresiones para que abandonen su residencia.

A menudo se presenta la propiedad de la vivienda como «el antídoto a la alienación, como fuente automática de satisfacción residencial y seguridad ontológica» (p. 94). Pero esta relación no es tan sencilla. El título de propiedad otorga ciertos derechos, sí, pero depende también de la legislación en la que se encuadra, el barrio, el tipo de residencia, etc. La titularidad de un hogar no impide la expropiación, por ejemplo, si las autoridades necesitan ese espacio para una carretera, un vertedero o un hospital. Como apuntan Madden y Marcuse, «los atributos más importantes de la relación de tenencia están en realidad más determinados por las características del ocupante y de la sociedad en la que tienen lugar». Por ejemplo, a depende de qué ciudadanos, la titularidad de la vivienda no impedirá que la policía acceda a su hogar. Asimismo, los beneficios fiscales de una vivienda en propiedad son creaciones políticas que se pueden modificar en cualquier momento. Y no hablemos del posible estallido de una burbuja y la pérdida del valor del hogar y de la hipoteca asociada, como aprendieron, a las malas, millones de personas en todo el mundo a partir del año 2007.

Por último, la titularidad de la vivienda es inseparable del sistema más general de desigualdades y de propiedad privada que para empezar produce la alienación social y residencial. Los extraños que tienen el control de la vivienda pueden ser bancos o fuerzas de mercado aparentemente incorpóreas y, sin embargo, son los que mandan. En un mundo desigual e hipermercantilizado, una vivienda ocupada por su propietario puede ser también una vivienda alienada.

[…] Por otra parte, puede observarse que en los países en los que hay una mayor proporción de viviendas en propiedad, como Estados Unidos o el Reino Unido, los sistemas habitacionales no son más humanitarios que los de países como Alemania o Suiza donde, en términos relativos, hay más personas que viven en alquiler. De hecho, la investigación sugiere lo contrario, es decir, que los países con mayores porcentajes de titularidad privada de la vivienda tienen sistemas habitacionales menos humanitarios. (p. 98)

En el tercer capítulo, la exposición se centra en mostrar cómo el Estado, en vez de tratar de «solucionar» el problema de la vivienda, se ha limitado a soslayarlo cuando se hacía muy evidente y a potenciar al capital y a las grandes rentas, cuando el problema era menos evidente. Algo que, a medida que el gobierno de las ciudades se sometía a criterios de eficiencia neoliberales y crecía la competencia entre ciudades por atraer los flujos globales, éstas también han imitado.

La ciudad hipermercantilizada está destinada a ser una ciudad opresiva. La vivienda que no es un hogar, sino simplemente dinero en forma de morada, no requiere servicios, no plantea demandas ni crea dificultados al orden imperante. Las zonas de viviendas de lujo vacías en el centro de las ciudades de todo el mundo son como pacíficos cementerios. La mercantilización no es sólo una estrategia de acumulación de capital, sino que es también una técnica de gobernanza, un proceso político además de económico. (p. 111)

Como ejemplo, los autores ponen tanto la Gran Depresión como la crisis de 2008, momentos en que el enorme sufrimiento de la población no fue suficiente para modificar las políticas de vivienda, algo que sólo se ha llevado a cabo, y de forma puntual y mesurada, cuando las revoluciones de inquilinos amenazaban con estallar y socavar el sistema. Como ejemplo, recordamos la política de España ante la crisis (reforzar a los bancos, vender viviendas a precio de saldo a los fondos de inversión, recompensar a los políticos que formaron parte de dicho entramado) que explicaba Manuel Gabarre en Tocar fondo.

El cuarto capítulo analiza (y desmonta) los mitos habituales entorno a la vivienda. El primero de ellos, claro, la voluntad del Gobierno de preocuparse por el bienestar de sus ciudadanos, cuando las pruebas muestran, cada vez más a las claras, que «las motivaciones reales de las acciones del Gobierno en el sector de la vivienda están más relacionadas con el mantenimiento del orden político y económico que con la búsqueda de soluciones para la crisis habitacional» (p. 135). Para ello, se analiza las políticas del Gobierno de Estados Unidos dirigidas a ayudar a la población con menos recursos a acceder a la vivienda, tema en el que no entraremos a fondo, pero como muestra, un botón: la Ley de Vivienda de Wagner-Steagall de 1937 «exigía que se demoliera una vivienda en malas condiciones por cada nueva unidad de vivienda pública que se construyera», un requisito que estuvo en vigor hasta 1980 y que demuestra el cuidado que tuvo el Gobierno para no inundar el mercad con viviendas públicas y que su objetivo era «apoyar la vivienda privada, en lugar de competir con ella».

El quinto y último capítulo del libro está dedicado a los movimientos en defensa de la vivienda, aunque se centra en el caso específico de Nueva York.

En Nueva York, como en muchas otras ciudades, los movimientos de defensa de la vivienda han llegado por oleadas. Crecen, alcanzan su punto más álgido y se dispersan. Pero nunca quedan erradicados. Muchos movimientos sociales siguen este patrón cíclico, aunque es especialmente marcado en el caso de los movimientos por la vivienda. Las luchas en torno a la vivienda que buscan un cambio sistémico son por naturaleza batallas de largo plazo, aunque las familias individuales se suelen movilizar en respuesta a emergencias inmediatas como desahucios, subidas del alquiler o desastres medioambientales. Una familia lucha contra el desahucio, consigue un contrato de arrendamiento de larga duración y pierde gran parte del incentivo para seguir luchando por temas menos urgentes. Esto es un problema para los movimientos de defensa de la vivienda, aunque también los aviva. (p. 163)

Lo primero que sorprende, de la larga lista de revueltas de inquilinos (encabezadas, en su mayoría, por mujeres, algo que se sigue manteniendo en la actualidad), es que nunca aparecen en la historia «oficial». Es algo que ya hemos destacado: la historia de las ciudades, sus monumentos e hitos, el nombre de sus plazas y lo destacado de la trayectoria de los lugares siempre loa el poder: los aristócratas, las batallas que dieron la victoria a uno u otro bando, las conquistas; pero no las revoluciones obreras, la lucha por las 8 horas, por el voto de la mujer, por la abolición del trabajo infantil. Se entiende por «historia» la historia burguesa, la que honra el Teatro Real y el Liceo, los edificios donde los blancos (en Nueva York) han llevado a cabo actos honorables, pero no aquellos donde los negros han hecho lo mismo (como denunciaba Sharon Zukin a propósito de la junta de conservación de edificios de Nueva York, que no consideraba el edificio donde Martin Luther King dio su último discurso como un lugar que mereciese mantenerse en pie).

Hay diversas etapas en la defensa de la vivienda por parte de los inquilinos: una inicial, de establecimiento de suficientes residencias para todos; tras la Segunda Guerra Mundial, cuando su lucha se alió contra los grandes proyectos de Robert Moses que estaban derruyendo los barrios para construir torres de hormigón enlazadas por autopistas, y que tantas veces hemos simbolizado en la figura de Jane Jacobs (algo que, precisamente, Madden y Marcuse rechazan, pues dicen que simplifica unos hechos que fueron mucho más complejos que esa simple batalla de colosos) y, finalmente, los movimientos por la vivienda en la Nueva York neoliberal, a partir de los 70, cuando los dos grandes procesos que azotaban a la ciudad eran, por un lado, la gentrificación y, por el otro, el abandono.

Hubo autores, como nuestro admirado Neil Smith (La nueva frontera urbana) que ya pusieron de manifiesto que ambos procesos eran dos caras de la misma moneda; el Ayuntamiento era uno de los grandes propietarios de vivienda («En 1979, el Ayuntamiento era el propietario de 40.000 apartamentos ocupados y de 60.000 pisos vacíos», p. 191) y, junto a los promotores inmobiliarios, estaba dejando morir ciertos barrios para venderlos a grupos inversores y que éstos obtuviesen enormes beneficios (Smith lo llamó rent gap, el diferencial o la diferencia de renta).

Durante los años en los que gobernaron los alcaldes Giuliano y Bloomberg, el panorama de la vivienda se volvió cada vez más inasequible y desigual. Las viviendas de lujo se expandieron más allá de sus tradicionales feudos de riqueza hasta colonizar los rincones más exteriores de la ciudad. (p. 195)

Para Bloomberg, la ciudad era un «producto de lujo», y soñaba con atraer a «un montón de multimillonarios de todo el mundo para que se mudaran aquí». Los activistas a favor de la vivienda y las comunidades a las que representaban sentían que no había sitio para ellos en la ciudad de lujo de Bloomberg. (p. 196)

Nueva York era, recordémoslo, una de las tres ciudades que Saskia Sassen escogió como «globales» en su famoso libro La ciudad global de 1991; las otras dos, Londres y Tokyo. Sus calles ya eran, por lo tanto (y no han dejado de serlo desde entonces) lugar de paso de los flujos de capital y una inversión para todos ellos, y no el lugar donde puedan vivir los trabajadores que dicho nodo central requiera. A medida que más y más ciudades se han ido incorporando a los flujos de capital, o han mostrado su disposición a hacerlo, el problema de la vivienda no ha hecho más que crecer, abarcando ya, también, la única otra opción disponible, el alquiler, y formando un cóctel muy complejo de resolver, pues todas las cartas que afectan a la situación de la vivienda están en la misma mano.

En defensa de la vivienda, David Madden y Peter Marcuse

Quienes fían todos sus argumentos a la fábula de la oferta y la demanda que se equilibran entre ellas suelen olvidar que ambas variables están profundamente moldeadas por el Estado. La administración pública regula todos y cada uno de los aspectos cruciales que afectan a la vivienda: los usos del suelo, los regímenes de propiedad privada, la construcción, los contratos de alquiler, el sistema hipotecario, la política de desahucios y realojos, la distribución de los recursos mediante la fiscalidad y la articulación entre la vivienda y el sistema financiero. En definitiva, el Estado no es un agente externo, que «interviene» desde fuera, sino parte constitutiva del mercado. Construye las reglas del juego, de principio a fin. (p. 13)

Son palabras de Jaime Palomera Zaidel (antropólogo social de la Universidad de Barcelona) en la Introducción a En defensa de la vivienda (Capitán Swing, 2016, traducción de Violeta Arranz), libro de David Madden y Peter Marcuse. A Marcuse lo conocimos gracias al artículo «Not Chaos, but Walls: Postmodernism and the Partitioned City», en Postmodern Cities and Spaces, y su nombre nos ha llevado hasta este ensayo que consiste en una férrea defensa de la vivienda como un bien público y en una exposición pormenorizada de cómo, desde ciertos sectores estatales y del capital, se ha convertido en un bien de mercado y ha perdido su papel de agente integrador de la sociedad o, simplemente, como necesidad básica humana.

«¿Se puede hablar de una política de vivienda cuando nos referimos al papel de los Gobiernos?», se pregunta Palomera en la introducción.

El proyecto de gobierno social por excelencia es el de la vivienda en propiedad. Que las élites políticas de todo el mundo se empeñen desde hace décadas en privilegiar económica y políticamente la vivienda en propiedad, de priorizarla como única forma de acceso, no responde a criterios técnicos. Tampoco que simultáneamente se hayan dedicado a estigmatizar el alquiler, convirtiéndolo en una forma de tenencia volátil e insegura. Y aún menos que hayan fabricado mitos nacionales, como el de que la propiedad es la base moral de la familia o de la seguridad ontológica. En una decisión política, consistente en alinear los intereses de las élites con las clases medias y orientada a proteger el sistema de políticas más justas o redistributivas. Planteamiento básico: una clase trabajadora con una pequeña participación en el sistema, propietaria de una minúscula parte del pastel, será mucho menos proclive a rebelarse y asaltar la parte grande del pastel. (p. 16)

En defensa de la vivienda está estructurado en cinco capítulos: la mercantilización de la vivienda, la alienación residencial, opresión y liberación residencial, los mitos de la política de vivienda y un quinto capítulo dedicado a las luchas en defensa de la vivienda de la ciudad de Nueva York.

Hoy en día existe cierta opinión de que «el sistema de la vivienda está estropeado, que se trata de una crisis temporal que puede resolverse con medidas aisladas y específicas» (p. 29). Existen ciertas soluciones que, de aplicarse, resolverían dicho problema coyuntural, algo muy concreto de la actualidad; un ámbito, de hecho, que pertenece exclusivamente a los expertos: promotores, concejales, urbanistas, arquitectos.

Madden y Marcuse tienen claro que no es así. «La vivienda está amenazada en la actualidad. Está atrapada dentro de varios conflictos simultáneos. El más inmediato es el conflicto que existe entre la vivienda como espacio social en el que se vive y la vivienda como instrumento para obtener beneficios: el conflicto entre la vivienda como hogar y la vivienda como bien inmueble» (p. 30).

Engels ya planteó, con su Contribución al problema de la vivienda (1872), que «el problema de la vivienda está integrado en las estructuras de la sociedad de clases». Precisamente para oponerse a esa concepción surge la noción de «crisis»: crisis de la vivienda, crisis del capitalismo, como si fuesen errores que no se podían predecir cuyo origen es incierto o azaroso. No, ambas forman parte de la estructura capitalista. En Estados Unidos se atribuye la crisis a la «injerencia» del Estado; en Reino Unido, al poco poder de los promotores; en España, a que «vivimos por encima de nuestras posibilidades».

La crisis de la vivienda es el resultado predecible y lógico de una característica básica del desarrollo espacial capitalista: la vivienda no se produce y se distribuye con la finalidad de que todo el mundo tenga un lugar en el que vivir, sino que se produce y se distribuye como una mercancía para enriquecer a unos pocos. La crisis de la vivienda no se produce como consecuencia de un fallo en el sistema, sino porque el sistema funciona como debe. (p. 35)

Los autores recorren la mercantilización de la tierra, cuyo requisito previo ha sido, a lo largo de la historia, «la privatización de los bienes comunales». Se hablan de los cercados en la Inglaterra de la Edad Moderna (tema que ya ha surgido en el blog en alguna ocasión) como ejemplo de acumulación originaria y un episodio esencial de las bases del capitalismo, una «revolución de los ricos contra los pobres», en palabras de Karl Polanyi (La gran transformación. Crítica del liberalismo económico). Durante la siguiente etapa, en las metrópolis del siglo XIX, «la estricta separación entre el trabajo y el hogar era señal de privilegio de clase»: mientras las familias obreras se hacinaban junto a la fábrica, las burguesas construían un nuevo modelo de domesticidad que las distinguía.

«Lentamente y a impulsos irregulares, la vivienda fue saliendo de los circuitos del trabajo y la producción hasta convertirse en portadora directa de valor económico por sí misma» (p. 45). Se dio el paso de buscar en el mercado el lugar de residencia; es decir, «el pago de dinero se convirtió en el nexo principal entre la vivienda y el que la habitaba», algo que, a pesar de que no se comenta en el libro, quedó restringido en esa época sólo a las ciudades (en el mundo rural aún serían otros factores, durante décadas, los que marcarían las viviendas de cada familia).

Las primeras décadas del siglo XX, sin embargo, dejaron claro que el problema estaba lejos de haberse resuelto. Tras la Primera Guerra Mundial surgieron nuevas formas de urbanismo y planificación social, tema en el que el libro tampoco entra. El crack del 29, eso sí, trajo la hipoteca estandarizada gracias a la Federal Housing Administration, un organismo nacido en Estados Unidos cuyo objetivo, más o menos disimulado, era convertir a la clase media (blanca y anglosajona) en propietarios de viviendas en los suburbios americanos, además de entregarse a un racismo endémico (el famoso redlining, del que también hemos hablado muy a menudo) en las ciudades.

Poco a poco, a principios de siglo, y a pasos agigantados, durante la segunda mitad del siglo XX, Occidente dejó de ser un mundo de inquilinos y se convirtió en uno de propietarios, algo que hemos analizado, en general, con La guerra de los lugares, de Raquel Rolnik; y, para el caso español, pero también lectura muy interesante, con Tocar fondo, de Manuel Gabarre.

El tardocapitalismo, por supuesto, ya ni siquiera disimula su voluntad de que la vivienda sea, únicamente, un bien de mercado. Nos vienen a la mente las recientes palabras de un ministro español al ser preguntado sobre la vivienda y declarar, con total impunidad, que la vivienda es, también, un bien de consumo. Un ministro socialista, ojo, que supuestamente no es de derechas y debería velar por la vivienda como un bien de primera necesidad. Madden y Marcuse destacan las formas proteicas de las hipotecas de Estados Unidos, adaptadas a todos los bolsillos, basadas en la creación de deuda y cuyo objetivo era, por un lado, permitir que todo el mundo tratase de convertirse en propietario; y, por el otro, el aumento sin fin de esa descomunal bola de deuda que fue la burbuja subpryme.

Los dos grandes factores que han propiciado esa evolución del mercado de la vivienda son la desregulación y la financierización, entendida la primera como la desaparición de todos los cortapisas a la voluntad del mercado y la acumulación de capital y el segundo como «el creciente poder y protagonismo de los actores y las empresas que acumulan beneficios mediante el suministro y el intercambio de dinero y de instrumentos financieros» y que podríamos resumir como el rostro anónimo (y descarnado) del capital que ni siquiera trata de simular que provee de bienes de consumo. Se ha pasado, mediante estos dos procesos, de una clase adinerada que sí, que poseía una gran parte del centro de su ciudad, y tal vez algún otro inmueble, a que «Wall Street y la City de Londres sean los nuevos propietarios del bloque de pisos». O un fondo en Dubai, da lo mismo.

Ése es el tercer factor que afecta a la vivienda: la globalización. Las viviendas en determinados lugares, sobre todo las ciudades globales, no pertenecen a sus habitantes, ni siquiera a su élite económica: pertenecen a los flujos globales, al capital mundial. De hecho, ya ni hacen el esfuerzo de disimularlo y se publicitan para ellos, para las empresas y los grandes fondos. Lo resumía Raquel Rolnik diciendo que un inmueble en una calle principal de una gran ciudad no es una vivienda, sino una caja fuerte; una reserva de dinero que, probablemente, no va a perder valor, sino a ganarlo.

Resumiendo, las casas de lujo son antisociales. Los propietarios de estos bienes raíces no tienen ningún vínculo con los lugares en los que aparcan su dinero. (p. 59)

Algo que hemos visto (a otro nivel) en el artículo de Carmen Bellet «Visiones de privatopía» o que comentaba Bauman a propósito de las «clases de élite flotantes». Y ya no entramos a hablar de las relaciones con el blanqueo de dinero, de cómo estos enclaves suelen estar diseñados por arquitectos estrella y construidos de espaldas a la ciudad, con el objetivo puesto en los flujos y todo lo que ello supone de reducción de impuestos y de homogeneización del paisaje para la ciudad en la que se alzan. Cada edificio de lujo es, en definitiva, un edificio perdido para la ciudad; porque ni lo comprarán personas en necesidad de una vivienda, sino de una inversión, y no lo tratarán como a un lugar donde residir, sino como un espacio que habitar de forma temporal, una vivienda que poner en Airbnb o, incluso, un espacio vacío a la espera de que se revalorice. «Arrancar la vivienda de su contexto destruye su dimensión social.» (p. 73)

En la siguiente entrada veremos los efectos que esta hipermercantilización de la vivienda tiene sobre sus usuarios, es decir, sobre los habitantes de la ciudad, así como algunas de las resistencias que dicha mercantilización ha ido generando a lo largo del último siglo.

Miradas sobre la ciudad, Manuel de Solà-Morales

La reciente lectura de El uso temporal de los vacíos urbanos, especialmente el artículo de Francesc Muñoz que contenía donde se repasaban los terrain vagues de Ignacio de Solà-Morales, nos recordó que aún teníamos pendientes lecturas de estos dos hermanos arquitectos. Miradas sobre la ciudad (Acantilado, 2021, editado por Oriol Clos) es, precisamente, una recopilación de artículos del hermano mayor, Manuel de Solà-Morales, arquitecto y urbanista, publicados en revistas y periódicos a lo largo de cuarenta años de trayectoria. Los reseñamos aquí atendiendo únicamente al contenido de los textos, sin entrar a valorar la pertinencia, o no, de su obra arquitectónica.

Manuel de Solà-Morales estuvo toda su vida ligado a Barcelona, donde impartió clases, fundó Escuelas y las dirigió y donde también llevó a cabo parte de su obra arquitectónica. Estuvo ligado a la transformación y creación del Moll de la Fusta en Barcelona (la «apertura» de la ciudad al mar, es decir, la renovación del frente marítimo) así como a algunos de sus barrios (Poblenou) o ciudades medianas cercanas a la misma. No es de extrañar, por eso, que uno de los temas centrales de su obra sea, precisamente, la ciudad de Barcelona. De entre todos sus elementos, si hubiese uno que destacar, Solà-Morales habla, con una admiración ilimitada, de Ildefons Cerdà, artífice de la planificación del Ensanche de Barcelona y primer autor (aunque muy poco reconocida esa faceta suya en la actualidad) que publicó una obra con el nombre de «urbanismo». Ése será el segundo gran tema de esta antología: el urbanismo.

El plan de Cerdà consistía, junto al proyecto gráfico de trazados y volumetrías, en una idea del proceso de desarrollo (paulatino, atomizado, especulativo, cibernético en su operación), una idea de las fuerzas motoras del crecimiento (la formación de rentas urbanas, las plusvalías, el acceso a los servicios), una idea de gestión (fiscalidad, relación entre inversión privada y pública, etc.), que hacían de su propuesta una interpretación teórica de la ciudad, de aquella ciudad, definitiva. (p. 40)

El Ensanche de Barcelona.

Es un salto similar al que dio Sixto V al planear la più grande Roma, la ciudad de Roma junto a su periferia: una nueva concepción de la ciudad que ninguna otra idea sobre la misma podrá soslayar. El Ensanche (o la idea tras los ensanches, pues fueron habituales en la época, finales del XIX) incorporaba:

  • a) una nueva concepción de la ciudad, ligada al orden racional-liberal del momento;
  • b) una nueva actitud metodológica, es decir, concebir la preordenación de la misma, proyectarla, antes de edificar sin ton ni son;
  • c) nuevas tecnologías aplicadas a dicha urbanización, y
  • d) una idea de hacia dónde debía avanzar la ciudad o cómo debía ser (y de ahí, por ejemplo, la Teoría general de la urbanización del propio Cerdà).

Pero el proyecto que subyace tras el urbanismo original acaba diluido.

Desde James Craig en Edimburgo hasta Frank Lloyd Wright en su Broadacre City, desde Burnham en Chicago hasta Perret en Le Havre, la dialéctica interna entre los ritmos compositivos de la forma urbana ha sido el estímulo de la creatividad urbanística. Pero llega el CIAM III de Bruselas y Le Corbusier decide arrinconar el estudio de las ciudades barrio a barrio, la discusión entre formas de suelo y formas de edificación, y desplazar la tarea a un debate global sobre la ciudad y sus funciones de conjunto. Será en la Carta de Atenas y el CIAM IV cuando el proyecto urbanístico quedará dividido entre leyes y palabras, por un lado, y volumetrías abstractas, por otro.

Y cuando Gropius proyecta Dammerstock, la noción de tiempo ha desaparecido de la concepción de la obra. El proyecto es unitario, monolítico y simultáneo, y el baile se ha convertido en parada militar. Será el prototipo de todos los housing projects, los grands ensembles, los polígonos que, como forma común de la urbanística moderna, van a llenar las periferias de las ciudades europeas. (p. 109)

El primer CIAM, en Frankfurt (1929), sobre el Existenzminimun, se centró «en la escala de la vivienda». El segundo, en Bruselas en 1930, Formas construidas – formas del suelo, sobre los barrios y los distritos. El tercero, que debía desarrollarse en Moscú pero acabó siendo en un barco en dirección a Atenas en 1933 (del que surgió la famosa carta de Atenas), y el cuarto, en París, 1935, debían dedicarse a la ciudad en su conjunto, el primero, y a la región urbana, el segundo. Pero ocurrió algo.

Fue ese salto entre ambas escalas lo que evidenció, con la ruptura que se produjo entre grupos y personas, la ruptura también metodológica en la proyectación de la ciudad. El amplio vacío teórico entre la arquitectura del edificio y el urbanismo, vacío que debía haberse cubierto con el progreso en la proyectación de aquella escala intermedia que hasta entonces tantos resultados había producido, se obvió, en cambio, con mucha ideología. La brillantez intelectual y organizativa de Le Corbusier y las tensiones programáticas de Walter Gropius y Sigfried Giedion hacia posturas de imagen más publicitarias arrinconaron a los defensores del proyecto urbano como campo intermedio de discusión y de trabajo, y provocaron en la asamblea la fuga ideológica hacia la «ciudad funcional» y la Carta de Atenas.

[…] Fue entonces cuando cuajó la grave dicotomía por la que, mientras la discusión sobre la ciudad se trasladaba al nivel de los principios generales, la arquitectura se desentendía de la ciudad, refugiándose siempre en la excusa del no cumplimiento de aquellos principios generales. Se había inventado la gran coartada y se abría la brecha entre urbanismo y arquitectura que todavía hoy sigue pendiente de ser sellada. (p. 116-7)

A esa brecha entre arquitectos y urbanistas se refiere, en un artículo posterior, como las visiones opuestas de «Heráclito y Parménides en la ciudad postmoderna». Si para el primero «todo fluye», Heráclito se convierte, entonces, en el precursor del «urbanismo de los flujos», un urbanismo que percibe la ciudad como un haz de relaciones; Parménides, en cambio, sería el del «urbanismo de los lugares», un urbanismo «sensible que reconoce el lugar como origen de toda propuesta creativa sobre la ciudad», que «cree en la identidad más que en el sistema». Discusión que, además de recordarnos a Castells (lógico, al hablar del espacio de los flujos en oposición al espacio de los lugares), nos recuerda al Augé que diferencia los no lugares de los lugares antropológicos.

Es mucho más fácil encontrar un solar estratégico y encargar un proyecto de fama que cuidar la mutación profunda de la gran ciudad. Mucho más fácil y mucho más trillado, convencional. Y si este tipo de proyecto, que tiene todas las ventajas de partida, no consigue responder a la vez al urbanismo del sitio y al urbanismo de los flujos, no es extraño que esta dislexia sea todavía más grave en los proyectos de las tramas residenciales y productivas, del tejido territorial en su conjunto. (p. 216)

En esta obsesión de la ciudad actual por ser global, publicitarse, situarse en el mapa, y el recurso fácil al arquitecto estrella, ve Solà-Morales lo opuesto al urbanismo, que debe nacer del lugar, de su identidad concreta, y crear espacios habitables. Se lamenta de que, superados los pensamientos opuestos de Heráclito y Parménides, «la época socrática, que confía en el discurso y el razonamiento –y no tanto en la idea previa o en la racionalidad– todavía no haya llegado al urbanismo contemporáneo. La ciudad como pensamiento discursivo supera a la ciudad objeto.»

Propone, en el siguiente artículo, la necesidad de una ética urbanística; no una ética personal de los urbanistas, sino de la propia disciplina. Basada en los principios del siglo XIX de la reforma social y el pensamiento utópico, el urbanismo actual se ha diluido, casi burocratizado. Por ello, Solà-Morales propone cuatro principios básicos:

  • la búsqueda y construcción de la identidad de los lugares (como forma, en parte, de oponer el espacio de los lugares al de los flujos, o lo local a lo global; aunque uno se plantea si el urbanismo es el único medio para llegar a ello);
  • la sensualidad de los mismos, en tanto que lugares que se habitan de forma corpórea y con los que el ser humano se relaciona mediante los sentidos;
  • la búsqueda de una equidad territorial (que no busque dar «a todos lo mismo» sino «a cada uno según sus peculiaridades»;
  • y, finalmente, relacionada con la anterior, el aprecio de las diferencias. De lo heterogéneo, que ya Richard Sennett (al que cita Solà-Morales a menudo) destacaba como la base de la (con)vivencia en la ciudad.

Y, sin estar en desacuerdo con ninguno de los cuatro principios, nos parece que aquí Solà-Morales cae en una especie de idealismo irreal y atribuye al urbanismo capacidades que éste no posee. Recordaba Deyan Sudjic, en La arquitectura del poder, que todo arquitecto debe forjar un pacto faustiano con el poder, puesto que sólo éste dispone de los recursos para erigir edificios. Algo similar dijimos a propósito de Jordi Borja y sus lecciones sobre cómo debe ser una ciudad, y nos viene al caso para las propuestas de los urbanistas de Solà-Morales: no corresponde a ellos la construcción de la ciudad. Tampoco al capital, que es quien lleva la batuta ahora; pero, si acaso, se trata de una suma de voluntades distintas que deben alcanzar un consenso. En esa multiplicidad, la voz del urbanista debería ser aquella capaz de guiar y de explicar, si acaso, las consecuencias de toda decisión; para el presente y, en la medida de lo posible, para el futuro. Pero no deber ser, por ello, la voz autorizada dedicada a ensalzar o respetar la diferencia.

Un gran almacén en la plaza Catalunya, ¿es un lugar privado o público? Evidentemente es privado en su explotación económica, pero no tanto en cuanto al uso y el significado ciudadanos. (…) ¿Y Santa María del Mar [importante iglesia de Barcelona], es pública o privada? ¿Y el campo del Barça o el pabellón del Joventut? Las categorías de lo privado y lo público se diluyen, ya sirven menos.

[…] Un centro de ventas o un hipermercado periférico, un parque de atracciones o un estadio, un gran aparcamiento o una galería de tiendas son los lugares significativos de la vida cotidiana, los espacios colectivos moderno. El transporte público, sobre todo, es en las grandes ciudades el lugar común de referencia. (p. 151)

La España de las piscinas, Jorge Dioni López

La ciudad surgida de la Revolución Industrial era un mamotreto enorme donde se hacinaban los proletarios junto a las fábricas. Surgida sin orden ni concierto, un poco a merced de las necesidades del progreso y el capital de la época, pronto se vio lo inviable e insalubre de tal forma de vivir. El movimiento higienista nació, aproximadamente, a finales del siglo XIX en Inglaterra (también en Alemania). Muchos eran los observadores que habían denunciado el horror del hacinamiento y las condiciones de vida de los proletarios, Engels entre ellos.

Como respuesta surgieron bastantes opciones, pero tal vez las que mayor fortuna encontaron fueron dos: la ciudad jardín de Ebenezer Howard y la ciudad radiante de Le Corbusier. Más que conceptos en sí mismos, eran agrupaciones de ideas, una cosmovisión de lo que debía ser la ciudad. Howard propuso una ciudad con población limitada (32.000) que, además, sería la propietaria del suelo de forma conjunta. Las fábricas tendrían que pagar alquiler para poder establecerse en la ciudad jardín y la cantidad de espacio permitiría cosechar el suelo, con lo que, en realidad, Howard estaba proponiendo una especie de organización socialista bien estructurada. En cuanto la población superase esos 32.000 habitantes, se crearía una nueva ciudad jardín y se conectaría con las anteriores mediante ferrocarril.

La ciudad radiante de Le Corbusier es algo posterior. Si la ciudad jardín de Howard se publicó en 1898 (la segunda edición, con otro título y mayor fortuna, es de unos años después, 1902), el Plan Voisin de Le Corbusier, donde ya se hacía bastante evidente su ideología (y que, afortunadamente, no llegó a materializarse, u hoy el centro de París sería una serie de torres de hormigón separadas por parques abandonados), es de 1925. Los preceptos de la ciudad radiante son, grosso modo, los de La carta de Atenas, el manifiesto redactado en 1933 (y publicado en 1942) por los arquitectos y urbanistas del CIAM a bordo del Patris II y que consisten en plantear una ciudad de forma racional: separarla en sus funciones básicas, que son, a saber: habitar, trabajar, ocio… y la cuarta, infame función, la que permite unir las tres anteriores: el transporte.

La ciudad radiante de Le Corbusier (o del racionalismo modernista, como prefieran) no tenía un mal punto de partida: edificios altos para obtener sol y aire fresco; vegetación entre ellos; el ocio, separado de las viviendas; el trabajo, para que las fábricas no perturbasen la tranquilidad de las dos funciones anteriores, también alejado; y carreteras por doquier para que, vehículo mediante, se pudiese transitar entre unas y otras funciones.

Pero ni el sueño de Howard ni el de Le Corbusier se cumplieron, salvo pequeñas excepciones. La ciudad jardín se convirtió (Unwin mediante) en un pueblecito romántico, de casas rodeadas de vegetación, para artistas y bohemios, al que ninguna empresa quería mudarse. La ciudad radiante de Le Corbusier, sin capacidad para derruir los centros urbanos y las ciudades ya existentes, se transformó en bloques de viviendas amontonadas a las afueras de la ciudad y convertidas en barrios residenciales o en ciudades satélite o dormitorio.

Estados Unidos tuvo claro su modelo muy pronto: se crearon una serie de entidades (Federal Housing Administration, sobre todo) y se establecieron préstamos para permitir que las clases medias (y blancas) abandonasen el centro de la ciudad y se trasladasen a su arcadia ideal: suburbia. Erigidas a imagen de Levittown, el primer suburbio de casas construidas según métodos de producción en fábrica, los WASP se mudaron a las afueras, a casas rodeadas de jardín y valla blanca y repletas de electrodomésticos también construidos en serie. Se lo llamó la white flight, la huida blanca. Las ciudades quedaron como lugar al que ir a trabajar (los hombres, con su vehículo) o lugar de residencia de negros y pobres (lo que daría lugar a barrios y centros semiabandonados que luego serían gentrificados a mediados de los 70 y hasta la actualidad).

Numerosos estudios se centraron entonces en las consecuencias que esa nueva forma de vida tenía para los ciudadanos. Se trata de una forma de socialización leve: la cantidad de vecinos se reduce, cada familia dispone de su terreno en propiedad, los barrios se vuelven homogéneos, se tiende hacia una falsa comunidad más que a una sociedad, no existen centros ni sociabilidad fuerte más allá del centro comercial, es necesario el vehículo para cualquier cosa…

La evolución de los suburbs en Estados Unidos ha sido, con el tiempo, la gated community: el suburbio vallado y protegido por seguridad privada. Hace poco Carmen Bellet nos hablaba, en Visiones de privatopía, del auge de esta elección residencial y de sus consecuencias para la ciudad, que se resumen en que, puesto que los habitantes de suburbia no se sienten parte de la ciudad (no disponen de escuelas públicas ni hospitales públicos cerca, no existe sensación de pueblo o comunidad, ya pagan por su propia seguridad y hasta aplicación de la ley…), puesto que no se sienten parte de la ciudad, decíamos, tampoco se sienten en la obligación de devolver nada, ya sean impuestos (que ellos ya pagan en su suburbio o en su gated community), ya sea civismo. Cuando visitan la ciudad no la sienten como suya, con lo que eso implica en carencias hacia los vecinos o hacia el propio mantenimiento de la urbe; como si fuesen turistas, vaya.

Si el método escogido para trasladar a las clases medias en Estados Unidos fue, aunque muy diluido en sus postulados, el estilo de ciudad jardín, en Europa se escogió la ciudad radiante. Pero también diluida: y de las zonas verdes, la luz y el espacio no quedó nada, sólo enormes bloques de hormigón que acogían a todos aquellos ciudadanos (más clase media – baja que media) que no podían vivir en la ciudad. Son los enormes complejos que se levantaron en los años 60 y 70 y que rodean la mayor parte de las ciudades europeas. En Francia se las llama banlieue, en España nos referimos a ellas como ciudad satélite o ciudad dormitorio. Lugares donde uno va a dormir, pero no donde socializa. Lugares, si acaso, desde los que uno se desplaza hacia la ciudad más cercana por la mañana y a los que no vuelve hasta la noche.

Pero a finales de los años 90, aproximadamente, algo fue cambiando. Como nos explicaba Raquel Rolnik en el maravilloso La guerra de los lugares o como resumía Manuel Gabarre en Tocar fondo. La mano invisible tras la subida del alquiler, el capital desbocado del tardocapitalismo ya no tenía bastante con los productos de consumo y empezó su asalto contra las necesidades básicas del ser humano: educación, sanidad, vivienda. El primer embate fue contra la vivienda, por lo que surgió un nuevo urbanismo neoliberal donde el objetivo no era construir viviendas, sino obtener beneficios; de forma descarada. Sumado a ciertos cambios en la concepción del Estado y los ayuntamientos, que pasaron de ser los garantes de los derechos públicos a corporaciones gestoras de dinero y, por lo tanto, ávidos de obtener mayor capital, el nuevo modelo de residencia para una gran parte de los españoles se convirtió en suburbia, es decir: urbanizaciones o entornos residenciales apartados, conectados con las grandes ciudades mediante autopistas, y donde cada familia tenía su propio hogar con jardín y piscina. Entornos donde, como en suburbia o las gated communities de Estados Unidos, el coche es necesario para todo, la sociabilidad es baja y se promueven, de forma implícita, valores como el individualismo y la competición.

Y aquí es donde se sitúa el punto de partida de La España de las piscinas. Cómo el urbanismo neoliberal ha conquistado España y transformado su mapa político, del periodista y escritor Jorge Dioni López. Dioni no habla de suburbia; habla de los Programas de Actuación Urbanística de España, los PAUs, los modelos que daban lugar a estas urbanizaciones tan características hoy en día, y por lo tanto a sus residentes los denomina pauers. La tesis de Dioni es que estos ciudadanos, debido a las circunstancias en las que habitan, se acaban impregnando de una ideología individualista y competitiva y que, debido a ello, y a sus objetivos y necesidades, su voto se vuelve conservador. De hecho ese es el punto de partida al que se remite a lo largo del libro: el voto, conservador, de la mayoría de los habitantes de este tipo de enclaves.

El modelo PAU, la ciudad dispersa, crea un estilo de vida individualista y competitivo, ya que favorece las soluciones particulares, el aislamiento y el repliegue. Se trata de la plasmación física de un modelo económico basado en la desigualdad, que se consolida y perpetúa a través de la desconexión entre las diversas clases sociales. Se produce una insularización con flujos de desplazamiento privado entre las burbujas. (p. 20)

Este no es un texto académico, es de las primeras cosas que dice Dioni, y es cierto: no hay notas a pie de página, no se especifica el origen de las frases citadas y no hay una verdadera base teórica, más allá de las observaciones personales del autor, algunos datos que avalan sus tesis y muchos ejemplos escogidos ex professo para reforzarlas. Pero el problema de fondo de este libro va más allá de eso. Se repiten constantemente ciertas ideas que nunca están demostradas, sólo intuidas por la observación; se apuntan ciertas consecuencias de esas ideas que tampoco se estudian. La propia estructura del texto no ayuda: tres partes completamente autónomas en las que, incluso, se repite información ya dada anteriormente.

Pero aún hay más. Dioni es profesor de escritura y, a menudo, empieza capítulos con los consejos que da a sus alumnos sobre cómo escribir y luego los aplica; algo que no le aporta nada al ensayo y que pronto se vuelve cansino. Las referencias están un poco por estar: a geógrafos, a sociólogos, a filósofos, a cantantes. En ocasiones parece más la charla de un vecino majete con el que tomar algo un fin de semana en el centro social de la urbanización que un ensayo con unos objetivos claros. Se trata, en definitiva, de un reportaje periodístico; mejor dicho, de tres de ellos, escritos con una serie de datos conexos y sin la intención de abrumar al lector, sólo sugerirle muchas cosas.

Y un apunte con el que acabar. Dice el autor en algún punto que todo texto implica una ideología. Comenta al final del libro, donde explica sus lecturas y de dónde obtuvo información para el ensayo, que parte de esa información surge de Ciudad de cuarzo, de Mike Davis, pero que sólo conoce el trabajo «indirectamente». Y añade que es muy difícil de encontrar y que se vende de segunda mano por 90 euros. Y es aquí donde se filtra la ideología del texto: porque Dioni ha comentado ya que vive en Madrid; que es, de hecho, un pauer, y de ahí el germen de todo el ensayo. Una búsqueda rápida nos dice que hay 8 ejemplares a disposición del público en las bibliotecas de Madrid. Otra búsqueda rápida en internet nos da bastantes opciones para descargar el texto íntegro (sin entrar en valoraciones legales ni éticas). Pero suponemos que ninguna de estas dos opciones eran viables para Dioni, y por ello la lectura «indirecta» del libro de Davis.

El ejemplo anterior es una tontería, por supuesto, pero también una muestra de las carencias que aquejan al ensayo. Más que centrarse en el voto conservador de los pauers, hubiese sido interesante analizar cuántos de los miembros de esa generación (los que ahora tienen entre 30 y 50 años; o, como comenta Dioni, los que «fueron a EGB») han optado por mudarse a una zona residencial y cuántos se han quedado en la ciudad. Porque, de fondo en todo el texto, subyace la observación de que, sin obviar el hecho de que las zonas residenciales tienen efectos concretos sobre la ideología, lo cual es evidente y hemos reseñado numerosas lecturas en el texto que apuntan en ese sentido; sin obviar eso, decíamos, tal vez las personas que tomaron la decisión de mudarse a los PAUs ya eran personas con esa ideología. ¿Cuántos se quedaron en la ciudad, cuántos viven compartiendo piso, cuántos se han mudado a pueblos o ciudades medias cercanas a la gran ciudad, antes que a PAUs? Ésa hubiese sido una cuestión mucho más interesante y fructífera.

El urbanismo configura nuestro modo de pensar, algo que ya concluyó Lefebvre en La producción del espacio: somos tanto la consecuencia como la causa del espacio. Pero, aunque compleja, de fondo siempre hay una elección. Se pueden tomar diversas posiciones al respecto, más allá de las elecciones: denunciar este hecho, poner de manifiesto las trampas con las que se intenta dirigir a una gran parte de la población hacia uno u otro camino, incluso negarse a transitarlo. Pero, una vez dado el paso, no es lícito liberarse de toda responsabilidad y achacarlo a fuerzas mayores.

El uso temporal de los vacíos urbanos, Manu Fernández y Judith Gifreu (eds.)

La crisis económica generada por las subprime en Estados Unidos en 2007 y que arrastró a gran parte del resto del mundo en 2008, especialmente severa en España debido al estallido de la burbuja inmobiliaria, transformó el paisaje urbano. En plena vorágine de los años anteriores, el sector inmobiliario dejaba, con su caída, edificios a medio construir, urbanizaciones sin terminar y solares por todas partes. Los negocios colgaban el cartel de «CERRADO» de un día para otro y hubo calles enteras que, de repente, estaban vacías.

Sin la certeza de si era algo puntual o una nueva visión urbana destinada a quedarse, en noviembre de 2014 se celebró el curso «La utilización temporal de los vacíos urbanos», organizado por la Diputación de Barcelona junto con el Consorcio Universidad Internacional Menéndez Pelayo-Centre Ernest Lluch, y parte del resultado de ese curso y de sus conferencias se tradujo en el libro El uso temporal de los vacíos urbanos, editado por Manu Fernández y Judith Gifreu (Diputación de Barcelona, 2016). El libro es una recopilación de artículos centrados en el tema de los vacíos urbanos desde distintos puntos de vista: sociológico, arquitectónico, legal, económico.

La introducción corre a cargo de Manu Fernández, consultor urbano del que ya leímos un artículo sobre smart cities de su libro Descifrando la smart city. El primer artículo corresponde a Peter Bishop y Lesley Williams y se trata de un extracto del libro The temporary city, (2012) de los mismos autores, donde analizan las nuevas formas urbanas surgidas a raíz de la crisis. ¿Cuál era el origen de esos vacíos urbanos: se trataba de una característica de la crisis, o era algo habitual en las ciudades?, ¿qué posibilidades ofrecían?, ¿cómo se estaban usando en distintos casos?

«El ideal de permanencia«, que es el nombre del capítulo, reflexiona sobre la volatilidad de los edificios.

Tal como ha señalado el escritor Dan Cruickshank, en Occidente lo primordial es la materialidad de los edificios. Las propias piedras son consideradas testigos de nuestra historia. Sin embargo, esta percepción no es universal. En Asia y en Oriente, no se centran tanto en el aspecto material de un edificio, sino en su aspecto espiritual y en el lugar en que está ubicado. Los edificios tradicionales en China son reconstruidos constantemente. En Japón, los templos sintoístas pueden ser renovados cada veinte años, y aun así son venerados como estructuras tradicionales. En la nación budista de Bután, a menudo resulta difícil distinguir las nuevas estructuras de las antiguas. En el Reino Unido, en cambio, se veneran las piedras, la materialidad en lugar de la naturaleza espiritual de un lugar. (p. 29)

Esta reflexión enlaza directamente con la visión de Tokio como ciudad organicista que nos daba Carlos García Vázquez en Ciudad hojaldre. En Occidente, en cambio, se busca la permanencia; antes, tal vez, por esa visión casi sagrada de la materialidad de las piedras como el símbolo del hogar; hoy en día, probablemente, debido a la enormidad de la inversión económica que supone poseer una casa en propiedad.

La ciudad, sin embargo, es mutable y lo comprendemos y asumimos: surgen nuevos negocios, edificios que son demolidos para dar lugar a otros, calles que cambian de nombre y de sentido de circulación. «Esta ciudad en cuatro dimensiones es la realidad, aunque gran parte del pensamiento urbanístico sigue siendo estrictamente tridimensional. Las autoridades municipales siguen buscando soluciones permanentes y finales, y tratan de planificar para un estado final» (p. 35), convirtiendo los planes urbanos, pensados a muy largo plazo, como algo casi obsoleto en el momento en que se publican. Pensemos sólo en Robert Moses y lo lejanos que nos parecen sus planos para erradicar barrios enteros de Nueva York para substituirlos por enormes autopistas y bloques de pisos aislados; o la moda por carriles bici y avenidas urbanas ajardinadas que impera hoy en día, que tampoco se plantea el futuro, sino sólo la inmediatez (debido en gran medida a los intereses económicos que imperan en los centros urbanos).

Lo temporal en la ciudad, por lo tanto, se ve como algo ocasionado por un periodo de crisis, destacan Bishop y Williams. Pero, si la modernidad es líquida, como ya destacó Bauman, y enormes partes de la ciudad han quedado abandonadas, debido a las relocalizaciones industriales de mediados y finales del siglo pasado, ¿por qué el nomadismo urbano sigue arrastrando ese estigma?

En vez de bucear en ese tema, sin embargo, Bishop y Williams se lanzan hacia lo anecdótico: el happening, el festival, la crítica artística, las «TAZ» (zonas temporalmente autónomas, por sus siglas en inglés) del filósofo y poeta Hakim Bey, que no tienen mayor calado. Incluso se habla de estos vacíos urbanos como «medios creativos», espacios donde se puedan llevar a cabo todo tipo de obras y creaciones artísticas, destinados a los pioneros urbanos; sin tener en cuenta que, ya en 1996, Neil Smith popularizó ese término (que había sido usado ya antes) para referirse a los primeros artistas y personas creativas que formaban las avanzadillas de la gentrificación; es decir, que acababan siendo usados por el poder y el capital para expulsar a los habitantes de los barrios a los que se mudaban.

«El vacío urbano y la ciudad interrumpida. Para una geografía urbana de los tiempos muertos» se convierte, sin duda, en el capítulo más interesante de la recopilación. Escrito por nuestro admirado Francesc Muñoz, del que ya leímos la fascinante Urbanalización (primera, segunda, tercera partes), recorre los vacíos urbanos desde mediados del siglo pasado hasta la actualidad, analiza su posible significado y desentraña sus principales características.

Sin negar en absoluto la novedad del escenario, este redescubrimiento del vacío urbano se ha planteado muchas veces de forma bastante ingenua y se ha atribuido a la proliferación de vacíos en la ciudad un rango de nueva tendencia urbana cuando, en realidad, un mínimo ejercicio de genealogía de la ciudad vacía nos llevaría hacia el pasado para revisar los procesos de fractura urbana propios y característicos de las grandes metrópolis en períodos bien específicos y conocidos: a veces, coincidiendo con momentos de expansión desmesurada del hecho urbano —‌como pasa en el período que va desde las últimas décadas del siglo XIX a las primeras del siglo XX y en las que aparecen innumerables periferias urbanas, extrarradios y toda una variadísima galería de situaciones que ejemplificarían la conocida idea de ciudad interrumpida—; otras veces, caracterizando momentos de fuerte contradicción y crisis de la máquina urbana —‌como pasa con el descenso industrial de los años setenta de siglo XX, que presenta calendarios e intensidades diversos según las diferentes ciudades—. En todas esas situaciones, la presencia del vacío urbano siempre atrajo la atención de estudiosos y teóricos de la ciudad y concitó igualmente el interés de los proyectistas. (p. 62)

El vacío urbano no es una novedad, sino una constante del espacio urbano. Las nuevas avenidas del París de Haussmann ya provocaron ese extraño sentimiento en Baudelaire (recordemos «El cisne», por citar uno de los poemas de Las flores del mal) que tan bien analizó Marshall Berman (Todo lo sólido…). Sin embargo, hacia los años 70 del siglo pasado se desarrolló una nueva mirada, menos lógica y más abierta, que «subrayaba las imperfecciones, las discontinuidades y las interrupciones del proceso de urbanización, a partir del reconocimiento del vacío urbano como parte esencial de la ciudad real» (p. 63). Para esta visión, los vacíos no eran una excepción a la espera de ser llenada, sino que denotaban algo, tenían entidad simbólica y semiótica, algo que el postestructuralismo y todos sus derivados comprendieron. Surgen, a raíz del concepto de «heterotopía» de Foucault, formas de ver y denotar el vacío como «intersticio» o «residuo», si bien la preferia de Muñoz (lo es también de Delgado) es la que usó Ignacio de Solà-Morales en la década de 1960: terrain vague.

Si bien hasta ese momento no se desarrolló una visión teórica sobre los vacíos urbanos, su presencia no había pasado desapercibida para el arte. Muñoz nos recuerda los nombres de Mario Sironi, Gabriele Basilico o Guido Guidi. «En este itinerario de raíz cultural y estética, se puede apreciar bastante bien como la principal cualidad del vacío urbano, el extrañamiento de la ciudad formal y sus atributos canónicos de orden y belleza constituyen paradójicamente su atributo primordial.» (p. 65)

Esta estética tan determinada y reconocible, cuya importancia simbólica no ha hecho más que acrecentarse, se puede enmarcar en tres visiones distintas:

  • «El vacío como grieta en la continuidad visual del paisaje urbano: la ciudad interrumpida». Característico de, por ejemplo, el trazado de las vías del ferrocarril o de las grandes autopistas, que separa la ciudad en pedazos y que se inició con las grandes infraestructuras de transporte de la revolución industrial pero alcanzó su cima con el imaginario del vehículo recorriendo las autopistas.
  • «El vacío como indeterminación formal del espacio urbano: la ciudad indefinida«. Inesperadas brechas urbanas, agujeros en el tejido de la ciudad, manifestaban entonces extrañamiento respecto a la imagen canónica del paisaje urbano, construido y consolidado. Ante la modernidad representada por los planes de urbanismo, una ciudad sorprendentemente indeterminada y vacía no solo se hacía evidente, sino que, además, resultaba inesperadamente atractiva.» (p. 68)
  • «El vacío como residuo y herencia del espacio urbano obsoleto: la ciudad abandonada.» Que, en general, suele tener una forma concreta en cada espacio: Muñoz habla de «los supermercados abandonados» de las primeras autopistas francesas, «las ruinas del ocio» en territorio británico y habría que añadir, claro, las urbanizaciones a medio construir en España.

A la ciudad interrumpida le corresponde el intersticio; a la indeterminada, el terrain vague; y a la abandonada, la idea de ruina, de huella de un pasado obsoleto.

Muñoz acaba concluyendo que los atributos del vacío urbano son dos: la ambigüedad y la contradicción, en oposición a «la ciudad precisa y coherente». Ambos conceptos se aúnan para simbolizar las crisis de la ciudad actual y «las múltiples fracturas económicas y sociales que la caracterizan mejor que cualquier otra imagen urbana». Además, sirven también para subrayar algo que la crítica postmoderna ya vio: «la imposibilidad de concebir la ciudad actual como un todo estable y lógicamente comprensible» partiendo de la noción de incertidumbre.

A pesar de tan prometedor arranque con los dos artículos reseñados, sin embargo, el conjunto del libro adolece de una carencia de conjunto y de desunión que no hace sino acrecentarse. No entramos a valorar los temas de los que somos completamente ignorantes, como el marco legal en el que existen los vacíos urbanos o el tema económico; pero la mayoría de artículos se centran, bien en lo anecdótico (un plan en concreto, un movimiento artístico que tuvo mayor o menor fortuna), bien una visión muy concreta (la política de determinada población, el punto de vista político), bien en mera palabrería genérica que no aporta nada (Paisaje Transversal, al igual que hicieron con la totalidad de su libro Escuchar y transformar la ciudad).

Fin de milenio, Manuel Castells

Fin de milenio es el tercer volumen en la famosa trilogía del sociólogo Manuel Castells La era de la información. Economía, sociedad y cultura. Leímos el primer volumen, La sociedad red, e hicimos múltiples reseñas (introducción, economía, trabajo, cultura de la virtualidad real y, sobre todo, el espacio de los flujos), quedándonos, sobre todo, con este último concepto. La definición exacta que daba Castells del espacio de los flujos era «la organización material de las prácticas sociales en tiempo compartido que funcionan a través de los flujos» (p. 488-9), lo que más o menos viene a significar, diluyendo algo la definición, una nueva forma espacial y social («el espacio no es un reflejo de la sociedad: es la sociedad misma», decía también) caracterizada por redes complejas, superpuestas, flexibles y dinámicas por las cuales circulan flujos; de capital, de personas, de mercancías, de turismo, de esclavos, de drogas.

Por poner un ejemplo sencillo: la acumulación de mercancías que se dio durante la pandemia del COVID, las dificultades para volver a poner en marcha la cadena de suministros, las rutas alternativas que se buscaron cuando se colapsó el canal de Suez. Los flujos buscan siempre un lugar por el que fluir; puesto que no existe un sólo cauce en una sociedad de redes, cada vez escogen flujos distintos; si no hay uno adecuado, lo abren, y la apertura del primero lleva a la creación de muchos más. El espacio de los flujos es una de las expresiones que hemos usado a menudo en el blog para referirnos al tiempo postfordista, es decir, la forma del tardocapitalismo que surge alrededor de los años 70 del pasado siglo, se consolida hacia los 90 y donde ahora vivimos plenamente. La otra expresión que usamos a menudo es la de acumulación flexible, que es la forma como David Harvey definía este nuevo tardocapitalismo (a raíz de sus reflexiones sobre La condición de la posmodernidad). Y no es casualidad que usemos la expresión del uno o del otro: ya nos explicó Sharon Zukin en su artículo sobre la sociología urbana de los 80 que estos dos nombres eran los pesos pesados de la disciplina.

El segundo volumen, El poder de la identidad, indagaba en cómo respondían los distintos pueblos y culturas a la llegada del espacio de los flujos (global y opuesto al espacio de los lugares, que es local): se abrían oportunidades, claro, pero también temores de pérdida o disolución de la identidad, y aumentaban las proclamas nacionalistas, religiosas o fundamentales. Sin embargo, si el análisis de La sociedad red era atemporal, y hablaba de la apertura de una nueva forma capitalista y social (a pesar de que «la ciudad informacionalista» o «la era informacionalista» no sea un concepto que haya calado, sí lo hizo el de «espacio de los flujos»), El poder de la identidad había envejecido algo y era una colección de casos concretos característicos de su tiempo.

Algo similar sucede con este Fin de milenio. Se analizan procesos sociales complejos que, sin duda, han conformado nuestro día a día; pero no dejan de ser análisis concretos de procesos puntuales que ya han terminado o se han visto modificados. Por ejemplo: el colapso de la Unión Soviética, el auge del Pacífico asiático (hoy hablaríamos de China, claro) o la unificación europea (de la que hoy, con el Brexit o la guerra de Ucrania, por ejemplo, hablaríamos de otro modo, y no tanto como «el advenimiento de una nueva forma de Estado, el Estado red»). Todos estos análisis son, como siempre con Castells, profundos, muy bien documentados y amenos de leer, así que los aconsejamos totalmente; pero escapan al propósito del blog.

Sin embargo, nos quedamos con gran parte de las conclusiones. Por su gran capacidad de observación y de perspectiva (Castells siempre afirma que no es futurólogo y que no se atreve a pronosticar lo que puede pasar; que él sólo da datos de lo que sucede y aventura, a partir de lo documentado, el camino más probable), por su resumen de los cambios en los que ahora estamos inmersos; y porque, tras escribir tal enorme trilogía, y haberse convertido en uno de los referentes en ciencias sociales de las últimas décadas, Manuel Castells se lo merece.

Tras la desaparición del estatismo como sistema, en menos de una década el capitalismo prospera en todo el mundo y profundiza su penetración en los países, las culturas y los ámbitos de la vida. Pese a la existencia de un paisaje social y cultural muy diversificado, por primera vez en la historia, todo el planeta está organizado en torno a un conjunto de reglas económicas en buena medida comunes. Sin embargo, es un capitalismo diferente del que se formó durante la Revolución industrial o del que surgió de la Depresión de los años treinta y la Segunda Guerra Mundial, en la forma de keynesianismo económico y el estado de bienestar. Es una forma endurecida de capitalismo en cuanto a fines y valores, pero incomparablemente más flexible que cualquiera de sus predecesores en cuanto a medios. Es el capitalismo informacional, que se basa en la producción inducida por la innovación y la competitividad orientada a la globalización, para generar riqueza y para apropiársela de forma selectiva. Más que nunca, está incorporado en la cultura y la tecnología. Pero esta vez, tanto la cultura como la tecnología dependen de la capacidad del conocimiento y la información para actuar sobre el conocimiento y la información, en una red recurrente de intercambios globalmente conectados. (p. 372).

También las vidas de los trabajadores han cambiado drásticamente. Junto a la opción de desarrollar, de forma rápida, casi cualquier tarea o empresa, surgen enormes bolsas de desigualdad y exclusión social, «los agujeros negros del capitalismo informacional». Además, debido a la velocidad de los cambios que imponen las redes, pocas personas están completamente a salvo de caer en uno de estos agujeros «de los que, estadísticamente, es difícil escapar».

Aproximadamente un tercio de la mano de obra, no especializada, necesita «a los productores para proteger su poder de negociación, pero los productores informacionales no los necesitan a ellos: ésta es una división fundamental en el capitalismo informacional, que conduce a la disolución gradual de los restos de la solidaridad de clase de la sociedad industrial». (p. 379)

¿Pero quién se apropia de una parte del trabajo de los productores informacionales? En cierto sentido, nada ha cambiado respecto al capitalismo clásico: sus empleadores; ése es el principal motivo por el que los emplean. Pero, por otra parte, el mecanismo de apropiación de la plusvalía es mucho más complicado. En primer lugar, las relaciones laborales están tendencialmente individualizadas, lo que significa que cada productor recibirá un trato diferente. En segundo lugar, una proporción creciente de productores controlan su propio proceso de trabajo y entran en relaciones laborales horizontales específicas, de tal modo que, en buena medida, se vuelven productores independientes, sometidos a las fuerzas del mercado, pero aplicando estrategias de mercado. En tercer lugar, sus ganancias suelen ir al torbellino de los mercados financieros globales, alimentados precisamente por el sector pudiente de la población mundial, de tal modo que también son dueños colectivos de capital colectivo, con lo que se vuelven dependientes de los resultados de los mercados de capital. En estas condiciones, apenas cabe considerar que exista una contradicción de clase entre estas redes de productores extremadamente individualizados y el capitalista colectivo de las redes financieras globales. Sin duda, se dan un abuso y una explotación crecientes de los productores individuales, así como de las grandes masas de trabajadores genéricos, por parte de quienes controlan los procesos de producción. No obstante, la segmentación de la mano de obra, la individualización del trabajo y la difusión del capital en los circuitos de las finanzas globales han inducido en conjunto la desaparición gradual de la estructura de clases de la sociedad industrial. Existen, y existirán, importantes conflictos sociales, algunos de ellos protagonizados por los trabajadores y los sindicatos, de Corea a España. No obstante, no son expresión de la lucha de clases, sino de reivindicaciones de grupos de interés o de revueltas contra la injusticia.

Las divisiones sociales verdaderamente fundamentales de la era de la información son: primero, la fragmentación interna de la mano de obra entre productores informacionales y trabajadores genéricos reemplazables. Segundo, la exclusión social de un segmento significativo de la sociedad compuesto por individuos desechados cuyo valor como trabajadores / consumidores se ha agotado y de cuya importancia como personas se prescinde. Y, tercero, la separación entre la lógica de mercado de las redes globales de los flujos de capital y la experiencia humana de las vidas de los trabajadores. (p. 380)

Las promesas del Estado, incapaz (o sin verdadera voluntad) de cumplir con el estado de bienestar y dar ciertas garantías sociales, cada vez se cumplen menos y se evidencia que están bajo el dictado de los grandes poderes internacionales del capital, por lo que pierden progresivamente legitimidad. ¿A dónde irá esa legitimidad?

En estas condiciones, la política informacional, que se realiza primordialmente por la manipulación de símbolos en el espacio de los medios de comunicación, encaja bien con este mundo en constante cambio de las relaciones de poder. Los juegos estratégicos, la representación personalizada y el liderazgo individualizado sustituyen a los agrupamientos de clase, la movilización ideológica y el control partidista, que caracterizaron a la política en la era industrial. Cuando la política se convierte en un teatro y las instituciones políticas son órganos de negociación más que sedes de poder, los ciudadanos de todo el mundo reaccionan a la defensiva y votan para evitar ser perjudicados por el Estado, en lugar de confiarle su voluntad. En cierto sentido, el sistema político se va vaciando de poder.

Sin embargo, el poder no desaparece. En una sociedad informacional, queda inscrito, en un ámbito fundamental, en los códigos culturales mediante los cuales las personas y las instituciones conciben la vida y toman decisiones, incluidas las políticas. En cierto sentido, el poder, aunque real, se vuelve inmaterial.

[…] Las batallas culturales son las batallas del poder en la era de la información. Se libran primordialmente en los medios de comunicación y por los medios de comunicación, pero éstos no son los que ostentan el poder. El poder, como capacidad de imponer la conducta, radica en las redes de intercambio de información y manipulación de símbolos, que relacionan a los actores sociales, las instituciones y los movimientos culturales, a través de iconos, portavoces y amplificadores intelectuales. (p. 381-2)

Aquí estamos en desacuerdo con Castells. Tal vez a finales de los 90 (recordemos: la trilogía es de 1996-98), la capacidad individual tenía cierto peso en las redes; en la red, mejor dicho, en internet. Ya en el primer apartado de La sociedad red reseñamos el valor que daba Castells a la cultura hacker que tuvo tanta importancia en los orígenes de internet, pero que, a dos décadas de distancia, se ha diluido en un ecosistema oligárquico controlado por unas pocas empresas, concentradas y con objetivos cada vez más conservadores, que deciden cómo se accede y se usa la red; y donde el anonimato de esos tiempos ha sido substituido por smartphones que nos imponen reconocimiento facial, de huellas dactilares o, como poco, repetir códigos a cada pocos minutos para confirmar nuestra identidad. En vez de terminales anónimas al ciberespacio, se han convertido en nodos de rastreamiento individual y colectivo. Por eso google nos informa de si hay mucha o poca gente en la carnicería tal cuando la buscamos en internet; porque la cantidad de información disponible es abrumadora y de muy difícil acceso para quien no tenga conocimientos especializados.

El espacio de los flujos de la era de la información domina al espacio de los lugares de las culturas de los pueblos. (…) La tecnología comprime el tiempo en unos pocos instantes aleatorios, con lo cual la sociedad pierde el sentido de secuencia y la historia se deshistoriza. Al recluir al poder en el espacio de los flujos, permitir al capital escapar del tiempo y disolver la historia en la cultura de lo efímero, la sociedad red desencarna las relaciones sociales, induciendo la cultura de la virtualidad real. (p. 383)

Es decir: Emilia Clarke es la madre de dragones, una mujer de voluntad férrea y decisión poderosa, obviando las distancias entre actriz y personaje; incluso el doblador al español de Sheldon Cooper (protagonista de The Big Bang Theory, una sitcom sobre físicos de alto nivel) realiza anuncios sobre tecnología, en una extraña carambola donde se le presupone cierta semejanza con el personaje no ya al actor que lo interpreta, sino al que dobla su voz a otro idioma. Pero el objetivo no es dicha semejanza, sino una curiosa chanza, un reconocimiento al canal, compartido entre el emisor y el receptor, cierta forma similar de pensamiento: «han escogido a tal persona para hacer tal anuncio…» y generar una cadena de simpatía que se vincule con el producto anunciado. La virtualidad real, en estado puro y cada vez más complejo.

En la era industrial, el movimiento obrero luchó contra el capital. Sin embargo, capital y trabajo compartían los objetivos y valores de la industrialización –productividad y progreso material–, buscando cada cual controlar su desarrollo y una parte mayor de su cosecha. Al final alcanzaron un pacto social. En la era de la información, la lógica prevaleciente de las redes globales dominantes es tan omnipresente y penetrante que el único modo de salir de su dominio parece ser situarse fuera de esas redes y reconstruir el sentido atendiendo a un sistema de valores y creencias completamente diferente. (p. 385)

Volvemos a estar en desacuerdo con Castells. No tanto con el pacto social entre capital y trabajadores (nos parece más una paz ficticia que se pudo mantener mientras el capitalismo se expandía geográfica y temporalmente, algo que llegó a su fin cuando todo el mundo ya estaba bajo sus redes, como explicaba Harvey), sino por los enormes cambios sociales que debían llegar con el advenimiento de la era informacional y que, sin embargo, han sido absorbidos por la sociedad en apenas una generación. Eso sí: cada vez se ha vuelto más difícil cuestionar el sistema (de flujos, de acumulación flexible, llámenlo como quieran), con sus valores sobre eficacia y su conversión de todo lo existente en algo capaz de ser valorado monetariamente.

«Sin un Palacio de Invierno que tomar, las explosiones de revuelta puede que implosionen, transformándose en violencia cotidiana sin sentido.» (p. 387). O en un individualismo extremo, carente de la más mínima solidaridad social (algo que comentábamos a propósito de los residentes de las gated communities en el artículo de Carmen Bellet Visiones de privatopía).

La economía global se expandirá en el siglo XXI , mediante el incremento sustancial de la potencia de las telecomunicaciones y del procesamiento de la información. Penetrará en todos los países, todos los territorios, todas las culturas, todos los flujos de comunicación y todas las redes financieras, explorando incesantemente el planeta en busca de nuevas oportunidades de lograr beneficios. Pero lo hará de forma selectiva, vinculando segmentos valiosos y desechando localidades y personas devaluadas o irrelevantes. El desequilibrio territorial de la producción dará como resultado una geografía altamente diversificada de creación de valor que introducirá marcadas diferencias entre países, regiones y áreas metropolitanas. En todas partes se encontrarán lugares y personas valiosas, incluso en el África subsahariana, como he sostenido en este volumen. Pero también se encontrarán en todas partes territorios y personas desconectadas y marginadas, si bien en proporciones diferentes. El planeta se está segmentando en espacios claramente distintos, definidos por diferentes regímenes temporales. (p. 388)

Visiones de privatopía, Carmen Bellet

El título completo de este artículo, aparecido en «Scripta Nova. Revista electrónica de geografía y ciencias sociales» (Vol. XI, núm. 245 (08), 1 agosto de 2007) es «Los espacios residenciales de tipo privativo y la construcción de la nueva ciudad: visiones de privatopía». En él, Carmen Bellet Sanfeliu, del Departamento de Geografía y Sociología de la Universidad de Lleida, repasa las principales características de los espacios residenciales cerrados (ya sea de forma simbólica, ya sea de forma física, como las gated communities de que hemos hablado a menudo) e indaga en las causas tras su proliferación. El artículo está disponible aquí.

Sea cual sea su forma (barrio cerrado, urbanización privada, club de campo, gated community), estos entornos son «el producto residencial neoliberal y posmoderno por excelencia». Por un lado, suponen el máximo punto de elección: cuando un ciudadano puede escoger, no ya sólo el entorno en el que quiere vivir, sino el tipo de personas por las que se va a rodear. Además, y teniendo en cuenta que la seguridad es uno de los principales valores con los que se publicitan, los entornos residenciales cerrados «resultan ser el cobijo ideal para superar todas aquellas inseguridades e incertidumbres que genera la sociedad postmoderna».

Bellet destaca dos posibles respuestas a los miedos generados por la «sensación de inestabilidad e inseguridad» de estos tiempos: la primera consiste en «retraerse del conjunto de la sociedad en unidades más pequeñas, más controlables y seguras», como las gated communities o cualquier tipo de barrio cerrado o urbanización privada. La segunda respuesta consiste en escapar mediante la huida a «mundos paralelos, perfectos y fantásticos», como son los resorts residenciales, comunidades tipo club o las ciudades simulación creadas por el Nuevo Urbanismo en Estados Unidos (el ejemplo es la famosa Celebration de Disney, a la que volveremos luego pero que ya hemos tratado en otras ocasiones en el blog).

La literatura académica tradicionalmente ha asociado los procesos de fragmentación y privatización urbanos a determinados usos y funciones: los espacios de producción (parques industriales), parques empresariales y complejos de oficinas, espacios de ocio y consumo (centros urbanos privatizados, centros comerciales, parques temáticos), e incluso con algunas megaestructuras públicas (centros culturales, centros educativos y universidades, centros de convenciones, aeropuertos y estaciones de transporte, etc.). Sin embargo en las dos últimas décadas los procesos de privatización han penetrado de forma clara en los usos residenciales a través de diversas tipologías (comunidades cerradas, condominios, supermanzanas, urbanizaciones y complejos privados) y empiezan a ser familiares, como ya hemos apuntado, en casi cualquier gran ciudad del planeta (Webster, 2001).

Desde esta perspectiva, igual que se pasa de un fordismo de mediados del pasado siglo a un postfordismo donde las empresas tratan de llenar nichos muy específicos, desde el punto de vista del consumo se podrían ver los entornos residenciales privativos como una «hiperespecialización» residencial, un tema que Bellet va recorriendo durante el resto del artículo. Por un lado, las comunidades se erigen como «micro-universos», «un pequeño fragmento homogéneo en su sino que poco o nada tiene que ver con aquello que lo rodea». Son entornos poco diversos (de ahí, precisamente, su atractivo: que uno pueda vivir rodeado de aquellos que son como él): algunos por edad, otros por creencias religiosas, características sociales o, las veces en que estos factores no son los decisorios, y se priman otros como puedan ser estéticos o hasta emocionales (la vuelta a una idílica comunidad rural, por ejemplo), la segregación la impone el precio de acceso o de residir allí.

Pero, aunque soterrada, la elección de vivir en un entorno cerrado esconde siempre la segregación.

Las normas establecen y salvaguardan el estilo de vida y determinan, por lo tanto, el tipo de población que puede residir en el desarrollo residencial. El posible comprador o habitante se convierte así también en parte del producto. El estilo de vida que se vende, junto al precio, es uno de los elementos que genera segregación sin hacerlo sin embargo de forma abierta. Si la segregación es políticamente incorrecta e inaceptable, el hecho de elegir una comunidad por su estilo de vida es al contrario una actitud valorada positivamente ya que encaja perfectamente en la historia y tradición norteamericana (Degoutin, 2006, pp. 99). [el destacado es nuestro]

Esto tiene dos efectos devastadores. Por un lado, se crea un sistema social donde cada uno vive en el entorno que le corresponde en función de sus ingresos, su forma de vida, el color de su piel o la edad. Las comunidades resultantes son lugares libres de heterogeneidad, de diferencias, de encuentros desafortunados, con lo que sus habitantes se desacostumbran al hecho de que la ciudad, el resto del mundo fuera de su comunidad, es un entorno diverso en razas, edades y comportamientos. Como denunciaba Richard Sennet en El declive del hombre público, por ejemplo, olvidan cómo lidiar con la diferencia o el conflicto, algo inherente a los lugares donde vive gran cantidad de personas. Y, si nos disculpan el chascarrillo, se genera el personaje caracterizado como «Karen» en Estados Unidos (obviando el machismo de que sea un personaje femenino): un ser asocial que no comprende, ni tolera, ni respeta, que haya otras personas viviendo en un espacio público de modos alternativos al suyo.

El otro gran problema generado por el auge de estas comunidades es que se convierten en los garantes de los derechos y necesidades de sus habitantes. La protección ya no viene de la policía (servicio público), sino de un servicio privado de seguridad (en Estados Unidos ya hay más vigilantes -privados- que policías -públicos-), con lo que eso conlleva de pérdida del nivel de democracia o respeto hacia las leyes (seguramente sea complicado obligar a tu jefe a aparcar bien el coche, si quieres mantener el puesto de trabajo). Lo mismo sucede con las cañerías, el mantenimiento de las calles, la iluminación… Puesto que pasan a ser servicios privados de la comunidad, que además sus habitantes tienen que pagar, éstos se liberan de la necesidad de tener que pagar también los servicios públicos de la ciudad en la que habitan, degradándola. Porque los habitantes de enclaves privatizados siguen usando la ciudad, pueden visitarla, pueden trabajar en ella, recorrer sus calles y, seguramente, esperen que los servicios se sigan manteniendo; pero, puesto que ellos ya financian los servicios de sus comunidades, a menudo con enormes presupuestos, no sienten esa obligación hacia los lugares donde no residen.

Esto es algo que, en general, sólo podía suceder en Estados Unidos y en entornos con una tradición similar y que Bellet relaciona, de forma muy acertada, con la white flight, la huida de las clases medias blancas durante mediados del siglo pasado del centro de la ciudad hacia los entornos residenciales; hacia suburbia, vaya.

Una gated community no consiste solo en una agrupación de viviendas delimitadas por un perímetro controlado, sino que busca además crear un espíritu de comunidad, de colectivo con valores y visiones similares (Kunstler, 1993, 1996; Hayden, 2004). Ningún otro país posee una tradición y herencia tan rica en la materialización física de utopías (religiosas, políticas y sociales) ni la fuerza de la democracia directa y gobierno local que da a las diferentes comunidades una gran autonomía (Fishman, 1987; Braudillard, 1986; Judd y Swanstrom, 1994). El espíritu de la búsqueda del ideal comunitario que trajeron consigo los pioneros y exploraron algunos en el nuevo mundo persiste aún hoy, aunque sea tan solo, las más de las veces, utilizado como un reclamo publicitario y estrategia de venta. No es casual que nos sea tan difícil de traducir el nombre, gated communities, tras del cual, no solo hay un producto físico, sino también otras muchas dimensiones que van ligadas, por un lado, a la visión utópica sobre la comunidad y, por otro, a la autonomía en el gobierno que históricamente se ha desarrollado a escala comunitaria, la escala más próxima al ciudadano y a los intereses de grupo. Aún hoy muchos de los nuevos desarrollos son vendidos con el sueño de participar en la construcción de una comunidad, de una utopía colectiva.

El final del artículo lo dedica Bellet a analizar ciertas comunidades y sus entornos idílicos, convertidos en simulaciones de parque temático. El primer ejemplo es Celebration, la comunidad erigida por Disney con «la tematización absoluta del espacio como punto fuerte del desarrollo» y un control total del espacio, sus usos y su diseño, amén, claro, de una gestión privada de todo el conjunto y de los servicios. «En Celebration, como ya hizo en sus parques temáticos, Disney evoca una forma urbana sin producirla.»

Celebration. La fotografía es de Mark Power para Magnum.

Otros ejemplos son Seaside, en Florida, el pueblo tan idílico que se usó como metáfora de un plató gigante para la película El show de Truman (y uno se pregunta qué sentirían sus habitantes, si orgullo o vergüenza por tal elección como decorado) o Hamlet Estates, en Jericho (Long Island, Nueva York), una paradoja de comunidad simulada puesto que todos sus edificios se basan en la arquitectura de las obras de Frank Lloyd Wright… mezclando todas sus épocas y sin tener nunca en cuenta que el famoso arquitecto las diseñó atendiendo a sus entornos y, en general, valorando que estuviesen rodeadas de naturaleza, y no apiñadas unas junto a las otras.

Los habitantes de los desarrollos residenciales privados, y los usuarios de los otros enclaves urbanos privados, no renuncian al consumo del espacio público, de la ciudad tradicional, pero se desentienden y renuncian expresamente a su construcción y mantenimiento. No hay intercambio con la ciudad tradicional, con la esfera pública, solo puro consumo.

Y es precisamente en el aspecto de la corresponsabilidad de todos en la construcción de la esfera pública, para con la sociedad y la ciudad, lo que debe de reclamarse a promotores, propietarios y habitantes de esos desarrollos y enclaves privados.

Y, algo más adelante, tras analizar el auge de las gated communities:

La única manera de revertir el proceso radicaría en la regeneración de aquellas condiciones que hacían a la ciudad digna de ser vivida, las mismas condiciones que recrean buena parte de esos enclaves: la provisión de seguridad, medio ambiente y entorno saludable y presencia de espacios públicos, equipamientos y servicios necesarios.

Las citadas condiciones, antes proveídas por la esfera pública, son facilitadas hoy de forma más eficiente por la esfera privada.

Por ello, Bellet propone la creación de un reglamento específico para estas comunidades que ayude a gestionar las relaciones entre ciudad y gated communities pensando en el bienestar general, no el de unos pocos.

El viajero subterráneo, Marc Augé

Marc Augé es un observador. Él mismo se define, en éste y en otros de sus libros, más como etnólogo que como antropólogo (pese a que es ambas cosas): alguien que, en algún lugar, observa y extrae conclusiones. De ahí surgen, por supuesto, las reflexiones sobre los no lugares, que se han convertido, tal vez, en los espacios de referencia de la actualidad (como lo fueron las heterotopías para finales del siglo pasado; pero, donde aquéllas eran reflexiones para sociólogos y antropólogos, el concepto de no lugar ha calado de forma mucho más amplia entre la sociedad, tal vez por lo evidente de su concepción, una vez que uno conoce el concepto). Esas observaciones, claro, no puede hacerlas cualquiera, y es entonces cuando Augé despliega todo su conocimiento sobre la tradición de etnología y antropología (esencialmente francesa, lo que no es de extrañar, dado que nació en Poitiers en 1935).

En 1986 publicó El viajero subterráneo. Un etnólogo en el metro (leemos la traducción de Alberto Bixio para la edición de Gedisa de 1988), donde aplica esa capacidad de observación a algo tan banal, cotidiano y, en el fondo, profundo, como son los viajes en el metro. En cuatro capítulos (Recuerdo, Soledades, Empalmes, Conclusiones), no tan distinguidos salvo por el punto de entrada a cada uno, Augé alterna reflexiones muy obvias (la precisión con que todo transeúnte conoce dónde quedarán las puertas o dónde queda la salida de su estación de destino) con otras sobre las diferencias entre culturas o individuos de la misma cultura, exponiendo entonces la tradición de la que proviene (con múltiples referencias a, sobre todo, Lévi-Strauss y Marcel Mauss).

El usuario del metro, en lo esencial, sólo maneja el tiempo y el espacio, y es hábil para medir el uno con el otro. (p. 18)

De ahí pasa a cómo el nombre de las estaciones es, en el fondo, una cartografía personal de cada uno, que a menudo se puede reducir a una sola frase: «ah, sí, yo estuve muchos años bajando en tal parada». Algo tan sencillo oculta, claro, horas inenarrables de itinerarios, además de todo un plan de vida organizado alrededor del trabajo, o de la vivienda, o del ocio, y que concluía o empezaba en ese lugar pero llevaba asociado toda la logística necesaria para llegar hasta allí. A menudo la ciudad se divide en geografías mutables donde cada usuario busca los métodos que le están disponibles para ir de un lugar a otro y donde los recursos económicos también juegan su papel: desde el coche privado, al taxi, a la combinación de bus o metro, la bicicleta, el recurso final al propio caminar.

De ahí, sin embargo, Augé da uno de los muchos saltos que dará a lo largo de la reflexión y se centra en la cultura.

La paradoja a la que está acostumbrado el etnólogo es la siguiente: Todas las «culturas» son diferentes, pero ninguna es radicalmente extraña o incomprensible para las otras. Por lo menos, ésta es la manera en que por mi parte formularía la cuestión. Otros se atendrán al primer término de la proposición y pondrán el acento, o bien sobre el carácter absolutamente irreductible e inexpresable de cada cultura singular (con lo cual adoptan naturalmente un punto de vista relativista) o bien sobre el carácter parcial, aproximado y vulnerable de todas las descripciones, de todas las traducciones etnográficas (con lo cual asignan a la gestión etnológica un largo rodeo por obra de los métodos trabajosos pero seguros de disciplinas experimentales como la psicología cognitiva). (p. 23)

Si acaso ahí subyace la diferencia entre antropología y etnología: la primera estudia la cultura (y le sucede como a lo urbano que analizábamos en el artículo de Sharon Zukin de la semana pasada, que se vuelve tan amplio que se disuelve) y la segunda se limita a observar; y, a partir de esa observación, obtiene un atisbo a la cultura, o a las distintas culturas que forman un mismo mundo.

En el metro, los signos de la alteridad inmediata son numerosos, a menudo provocativos y hasta agresivos. (p. 28)

Pero Augé no se refiere a «todos aquellos que atestiguan la irrupción de la historia mundial en nuestros recorridos cotidianos», lo que llama la «alteridad lejana» y que son, en esencia, inmigrantes (o físicamente distinguibles como inmigrantes o pertenecientes a otra cultura, aunque hayan nacido en la propia; como recordaba Delgado, el «estigma» de ser extranjero se hereda); no, se refiere a, por ejemplo, los jóvenes u otros tipos de alteridad más cercana y por eso más extraña.

¿Qué esconden los nombres de las estaciones de metro? Para responder habría que auscultar cada ciudad, una a una, y si acaso cada estación. Hay nombres de batallas, de personajes relevantes, de momentos que el poder ha considerado importantes; como en el caso de las ciudades, la historia se ha seleccionado y ciertas partes (burguesas, romantizadas) se ensalzan mientras que otras (proletarias, revoluciones, logros obreros) se esconden; sorprende que no exista un homenaje en Barcelona a la huelga de La Canadiense; mejor dicho, no, no sorprende en absoluto), y viene a la mente el concepto de monumento de Lefebvre, para el cual eran homenajes no soterrados al poder o elementos de este propio poder para ensalzarse a sí mismo.

Si hubiera que hablar de rito respecto de los recorridos del metro y en un sentido diferente del que asume el término en las expresiones comunes en las que se devalúa, como simple sinónimo de costumbre, habría que hacerlo tal vez partiendo de la siguiente comprobación que resume la paradoja y el interés de toda actividad ritual: ésta es reiterada, regular y sin sorpresas para todos aquellos que la observan o están relacionados con ella de manera más o menos pasiva, y es siempre única y singular para cada uno de aquellos que intervienen en ella más activamente. (p. 51)

Es aquí, al hablar, más de «soledades», en plural, que de la soledad del viajero, donde Augé dedica más tiempo a la reflexión teórica, abordando el hecho social según las visiones de Mauss o Lévi-Strauss, al abordar qué se hace en el metro (algo que los smartphones han dejado completamente desfasado; y para cuándo un estudio sobre qué aparece en la pantalla de cada viajero, como los había sobre qué libros o periódicos eran los más leídos en la época de las observaciones de Augé).

…no hay nada tan individual, tan irremediablemente subjetivo como un trayecto en particular en el metro (…) y, sin embargo, nada es tan social como semejante trayecto, no sólo porque se desarrolla en un espacio-tiempo sobrecodificado sino también y sobre todo porque la subjetividad que en él se expresa y que lo define en cada caso (todo individuo tiene su punto de partida, sus combinaciones y su punto de llegada) forma parte integrante, como todas las demás, de su definición como hecho social total. (p. 64)

De ahí que la inseguridad en el metro sea siempre un tema tan candente: porque «la idea del consenso contractual» es «esencial a la definición de esta institución» (p. 79). Recordemos que Delgado siempre escogía el vagón de metro como elemento de sociedad autoorganizada, pues quién se sienta y quién está de pie, quién acata las normas y quién las transgrede, dónde se sitúa cada uno en cada momento, es algo constantemente negociado y renegociado entre los distintos individuos en función de su interpretación (subjetiva) de las normas (colectivas).

Con la diferencia de algunos detalles culturales y algunos ajustes tecnológicos, aproximadamente cada sociedad tiene su metro, impone a cada individuo itinerarios en los cuales aquél experimenta singularmente el sentido de su relación con los demás. Que ese sentido nace de la alienación es algo que la etnología, entre otras disciplinas, ha mostrado desde hace mucho tiempo, y esta verdad es paradójica sólo porque es resistida por cierta idea del individuo, anclada en las evidencias sensibles del cuerpo, idea que define a su vez y de rechazo los límites y el sentido de lo social. (p. 115)