Espacios del capital (IV): de lo particular a lo global

Seguimos con la reseña de Espacios del capital. Hacia una geografía crítica, del geógrafo David Harvey. Venimos de tres entradas anteriores (la neutralidad de la ciencia y la teoría marxista de los recursos y la población en la primera, sociología urbana burguesa vs. sociología marxista en la segunda y la evolución del capitalismo fordista a “la acumulación flexible” en la tercera). En esta cuarta nos centraremos en un aspecto al que Harvey dedica dos artículos: el topos en el que se sitúa la militancia.

Particularismo militante y ambición planetaria: la política conceptual del lugar, el espacio y el entorno en la obra de Raymond Williams” es el título del noveno artículo del libro. No entraremos en el análisis de la obra de Raymond Williams como novelista, sino en la reflexión por la cual Harvey acude a dicho autor. A finales de 1993, el geógrafo fue coautor de un libro (The Factory and the City. The Story of the Cowley Auto Workers in Oxford) junto a Teresa Hayter que giraba alrededor del cierre de una empresa de automóviles situada en Oxford. El libro incluía gran cantidad de puntos de vista sobre el tema: de los obreros de la fábrica y su reivindicación laboral por mantener sus puestos de trabajo, sí, pero también sobre la deslocalización industrial, los cambios en la economía, etc. Llegado el momento de escribir las conclusiones, Harvey y Hayter discutieron: el primero quería hacer una reflexión genérica sobre la situación de los obreros y la segunda, posicionarse claramente a favor de los trabajadores de la fábrica y ayudarlos en su reivindicación.

Llegados a este punto, Hayter le preguntó a Harvey que dónde quedaban sus lealtades, y esa reflexión es la que lleva al geógrafo al artículo. Claro que quería ayudar a mantener los puestos de trabajo de la fábrica, pero también reflexionaba que se trataba de una empresa ecológicamente perniciosa, que estaba produciendo coches de gama alta “para los ultrarricos” que los iban a usar en ciudades y contaminar más aún; y asimismo, el hecho de que la empresa había perdido un tercio de su valor bursátil, con lo cual Harvey no quería justificar la decisión de la deslocalización, pero entendía su justificación empresarial.

La opinión de que lo que está bien y es bueno para los sindicalistas militantes de la fábrica Cowley está bien y es bueno para la ciudad y, por extensión, para la sociedad en general es demasiado simplista. Es necesario desplegar otros niveles y tipos de abstracción si queremos que el socialismo rompa sus vínculos locales y se convierta en alternativa viable al capitalismo como modo de funcionamiento de las relaciones de producción y de las relaciones sociales. Pero hay algo igualmente problemático en la imposición de una política guiada por la abstracción a personas que durante muchos años han dado su vida y su trabajo de una manera particular y en un lugar determinado. (p. 179)

“Una y otra vez brota en las novelas de Williams la misma dualidad. La batalla entre diferentes niveles de abstracción, entre particularidades de lugares específicamente interpretadas y las abstracciones necesarias para llevar esas interpretaciones a un ámbito mayor, la lucha por transformar el particularismo militante en algo más sustancial en la escena mundial del capitalismo” (p. 191)

No es sencillo trasladar “las lealtades contraídas a una escala” a “las lealtades necesarias para convertir al socialismo en un movimiento viable en otra parte o en general”; de hecho, la tesis de Harvey es que “en el acto de traslación se pierde necesariamente algo importante, dejando atrás un residuo amargo de tensión siempre irresuelta.” Es una batalla que el capitalismo tiene resuelta puesto que “no sólo ha conseguido sortear sino a menudo manipular activamente tales dilemas de escala en sus formas de lucha de clases” y a generar “un desarrollo sectorial y geográfico desigual para provocar una competitividad divisiva entre lugares definidos a diferentes escalas”.

Sobre este mismo tema reflexiona en el siguiente artículo: “Ciudad y justicia: los movimientos sociales en la ciudad“. Empieza con una reflexión que encontramos hace nada en Castells (Redes de indignación y esperanza): el paso de algo particular e individual a algo colectivo, que sintamos como propio. “Supongo que hay una corriente de fermento de base presente en todos los lugares y localidades, aunque sus intereses, objetivos y formas organizativas son normalmente fragmentarios, múltiples y de intensidad variada. La única pregunta interesante bajo esta formulación es cómo y cuándo se vuelven dichos particularismos suficientemente coherentes internamente, y en última medida integrados o metamorfoseados en una política más amplia”. Harvey también alerta de que “la comunidad “en sí misma” tiene significado como parte de una política más amplia, la comunidad “para sí misma” degenera casi invariablemente en exclusiones y fragmentaciones regresivas”. Uno de los modos de evitar el estancamiento: integrarse en procesos más amplios de cambio social. “El particularismo militante y las solidaridades locales deben entenderse, por lo tanto, como mediadores cruciales entre cada persona y una política más general.”

Precisamente de ese modo, como capas mediadores, es como se entiende en general el gobierno de una situación concreta. Existe una gran cantidad de instituciones (especialmente en las áreas metropolitanas) que participan activamente en el gobierno, desde institutos, comisiones, departamentos y ONGs hasta individuos con intereses particulares y más o menos grado de poder. A menudo, rivalizan usando las técnicas de competencia capitalistas. De aquí, Harvey extrae dos conclusiones. La primera, que el contexto en el que estudiar los movimientos sociales es extremadamente complejo y requiere un análisis de las instituciones que participan en las distintas escalas. La segunda, que dado que “todos los principios universales se filtran por estas múltiples escalas y capas de discursos institucionalizados”, la dialéctica de la universalidad o particularidad puede fácilmente quedar distorsionada o incluso volverse opaca.

Identidades cartográficas: los conocimientos geográficos bajo la globalización” reflexiona sobre los distintos modos en que una misma información geográfica puede presentarse. Nos quedamos con un párrafo que resume perfectamente el tema de fondo: “Cuando, por ejemplo, Greenpeace ataca los proyectos de empresas multinacionales o del Banco Mundial, lo hace a menudo proporcionando descripciones geográficas totalmente distintas (resaltando las comunidades bióticas, las historias y las herencias culturales, los modos de vida específicos) a las especificaciones establecidas, pongamos, en los informes del Banco Mundial o de las empresas.” Es la misma distinción entre un panfleto turístico del “último enclavo virgen” que visitar o un mapa de la próxima explotación turística sobre el que reflexionaba también Jodidos turistas.

En la próxima entrada pasaremos a la segunda parte del libro: la producción capitalista del espacio.

Antropología urbana, de José Ignacio Homobono

Dejamos temporalmente de lado la reseña de Espacios del capital, de Harvey, para centrarnos en una publicación sin desperdicio de José Ignacio Homobono, sociólogo y antropólogo en la Universidad del País Vasco. Su artículo “Antropología urbana: itinerarios teóricos, tradiciones nacionales y ámbitos temáticos en la exploración de lo urbano hace un repaso concreto a la historia de la disciplina desde su nacimiento, luego en el ámbito español y finalmente en el del País Vasco.

Su génesis como tradición analítica puede remontarse a la etnografía urbana de la Escuela de Chicago; a los posteriores community studies; a los primeros esbozos de una etnología francesa; a los debates sobre culturas subalternas en la antropología italiana; y a los estudios sobre la urbanización en África, efectuados por los antropólogos de la escuela de Mánchester. Y será en definitiva esta tradición académico-intelectual la que otorgue su identidad diferenciada a la antropología urbana (Feixa,1993: 15)

De estas fuentes, las dos más importantes, como destaca Homobono, son la Escuela de Chicago y el Copperbelt (estudiado por la Escuela de Mánchester). De la Escuela de Chicago hemos hablado hasta la saciedad, por lo que reproducimos el párrafo introductorio que les dedica Homobono:

La más significativa es la constituida por las teorías e investigaciones aplicadas de la Escuela de Chicago, promovidas por el departamento de sociología de la Universidad de Chicago entre 1920 y 1945, que establecen una correlación entre estructura espacial y estructura social, bajo la rúbrica de ecología humana, marcando el nacimiento tanto de la sociología como de la antropología en su adjetivación de urbanas. Sus trabajos se centran en el Chicago de la época, entendida como ciudad paradigmática de las nuevas formas de vida urbana en núcleos de acelerado crecimiento, y cuyas conclusiones se pretenden extrapolar al conjunto de éstos. La Escuela de Chicago produce un conjunto de excelentes trabajos de etnología urbana, de la ciudad como modelo espacial y orden moral, que constituyen un verdadero inventario de la modernidad; grupos sociales y territorios, segregaciones raciales y culturales, desviación/integración, movilidad y redes de relaciones, mentalidades y sociabilidad, y comunidad local ante la más inclusiva sociedad.

A continuación cita algunos de sus estudios más relevantes: The Hobo (sobre los trabajadores nómadas y las formas de socialización que desarrollaron), The Taxi-Dance Hall (las mujeres que aceptaban bailar en los salones con inmigrantes solitarios a cambio de dinero, en una transacción que en ocasiones también encubría la prostitución), The Gang (las bandas de delincuencia juvenil y las formas de socialización alternativas que ofrecían a los jóvenes) y, por supuesto, El urbanismo como modo de vida, de Wirth, donde define el tamaño, la densidad y la heterogeneidad como las variables que caracterizan a una ciudad.

También destaca las críticas que se han hecho posteriormente a los de Chicago: un espíritu burgués (aunque son palabras de Harvey, no de Homobono) y una posición conservadora desde la cual sólo los elementos externos se veían como dignos de estudio.

La siguiente fuente es el Instituto Rhodes-Livingstone de Rhodesia, discípulos de Gluckman (desde Mánchester, y de ahí el nombre de esta segunda Escuela).

Estos autores estudian, en las nuevas ciudades mineras del Copperbelt, fenómenos como la destribalización en el contexto de la ciudad, el asociacionismo urbano, la condición obrera, la dominación colonial o la explotación económica. En un solo bloque teórico-casuístico, los británicos desarrollarán aquí tres campos: la antropología política, la urbana y la de las sociedades complejas, cuyos límites resultan de difícil definición.

El “trabajo más definitorio” es The Kalela Dance (1956) de Mitchell. “Kalela Dance evidencia la naturaleza situacional de las cambiantes identidades étnicas y la discontinuidad de los sistemas tribales rurales y urbanos, poniendo en cuestión las nociones preexistentes de destribalización y los modelos dualistas simples que oponen los fenómenos urbanos y rurales.”

Con Hannerz avanzamos hacia la distinción entre la antropología de la ciudad y la antropología en la ciudad. La segunda permite estudiar temas, como la etnicidad o la pobreza urbana, “que tienen por escenario la ciudad, pero no son distintivos de ella”. En cambio, Hannerz “enfatiza que la Antropología Urbana no debe dedicarse al estudio de aldeas o comunidades urbanas, sino espacios especializados y extensivos en el contexto de una ciudad plurifuncional”. Existen cinco ámbitos específicos: 1) hogar y parentesco, 2) aprovisionamiento, 3) ocio, 4) relaciones de vecindad, y 5) tráfico, que generan interrelaciones; y de ellos, el segundo y el quinto son “los que hacen de la ciudad lo que es”, entendiendo por aprovisionamiento los modos de producción y consumo y el acceso (asimétrico) a los recursos, y por tráfico la interacción mínima definida por un respeto a las reglas y el deseo de evitar colisiones.

Algunos autores proponen que ésta es una falsa dicotomía (la distinción entre antropología de y en la ciudad). “La antropología en la ciudad se habría limitado a trasladar a este nuevo contexto urbano sus temas tradicionales; mientras que cualquier investigación que no aporte nada nuevo sobre las especificidades d e la vida urbana, tomando la ciudad como texto a descifrar sería simplemente una mala antropología (Feixa,1993: 18).” Otra propuesta es que la antropología se centre en lo urbano, aquel flujo inestable que subyace en los espacios públicos y “donde los vínculos son débiles y precarios, los encuentros fortuitos y entre desconocidos y en los que predomina la incertidumbre”, donde encontramos a nuestro admirado Manuel Delgado (El animal público, Sociedad movedizas, El espacio público como ideología).

  • Antropología en la ciudad. Esta faceta de la disciplina se centra en las relaciones de parentesco, en los grupos, vecindad o tradiciones. Encontramos aquí, por ejemplo, estudios sobre los suburbios en Estados Unidos, tribales en África, favelas, enclaves rurales y guetos. María Cátedra, por ejemplo, denuncia que este tipo de estudios se centran en un único grupo como si fuese un ente aislado, obviando las relaciones con el resto de la sociedad. También Amalia Signorelli se quejaba de la “producción de un nativo exótico”, de la necesidad de la antropología de generar un objeto de estudio romantizado e idealizado.
  • Antropología de la ciudad. Es este ámbito se estudia lo urbano en sí mismo. “La ciudad es concebida como centro de actividades productivas y comerciales”, también se establecen las relaciones centro periferia, las diversas zonificaciones, museificación, sobrerepresentación de los centros, incluso la identidad ciudadana o el imaginario urbano. “Las ciudades y sus barrios ya no son islas en sí mismos, sino puntos nodales de una formación social.” Esto supone que los estudios ya no se centran en los pobres de un determinado entorno, sino en “la pobreza” o “la clase media”, ampliando enormemente el objeto de la disciplina.

Sin embargo, a partir sobre todo de los planteamientos de Castells y Harvey, con el paso a la sociedad informacional del primero, los límites de estudio de la antropología se difuminan.

Castells es el epígono más representativo de este tipo de planteamientos. Enuncia la teoría de una sociedad informacional, cuya materia prima sería la revolución tecnológica y la información, como lo fue la energía para la revolución industrial. Las elaboraciones culturales y simbólicas se convierten en fuerzas productivas. El modelo de sociedad resultante se caracterizaría por la flexibilidad y por su estructura difusa. Es decir: por una producción descentralizada, por nuevos productos y por la adaptación a los gustos del mercado; asimismo: por el reciclaje en el empleo y por formas de vinculación débil del individuo a organizaciones, grupos y estructuras.

Si las bases materiales del industrialismo fueron el trabajo, la propiedad de la tierra y el capital, los elementos emblemáticos de la sociedad postindustrial serían el tiempo, la identidad y la información; y las elaboraciones culturales y simbólicas sus fuerzas productivas (Castells,1996).

Si las ciudades son nodos de una red global, ¿dónde se limita el estudio de la antropología? “La cuestión de la identidad, de sus constantes redefiniciones y de las adaptaciones a un medio cambiante se ha convertido en el aspecto central del análisis antropológico. Como respuesta a los nuevos retos, Hannerz propone una macro antropología que sea capaz de interpretar los fenómenos de la globalización. Marcus habla de una etnografía multilocal, que supere la reconstrucción miniaturista de fenómenos aislados.”

Si hasta ahora Homobono ha considerado la disciplina como algo universal, especialmente sosteniéndose en las tradiciones americana (Chicago), británica (Mánchester) y una etnología francesa (“tan preocupada por la alteridad del inmigrante africano y ultramarino como por las culturas urbanas autóctonas”), ahora considera el estado de la disciplina en otros contextos. Habla de la italiana (Signorelli), mexicana, brasileña, y de la española, a la que dedica un apartado más extenso y en el que no entraremos en detalle, para acabar finalmente con la antropología específica del País Vasco.

Espacios del capital (III): el auge del ocio

Seguimos con Espacios del capital. Hacia una geografía crítica, de David Harvey. En la primera entrada analizamos la neutralidad de la ciencia a propósito de los supuestos sobre población y recursos de Malthus y Marx, así como el materialismo dialéctico del segundo. En la segunda entrada, las diferencias entre la sociología (burguesa) de la Escuela de Chicago y la visión marxista de la producción del entorno urbano.

El quinto artículo del libro es un homenaje a Owen Lattimore, geógrafo estadounidense que se crió en China y viajó por Asia durante gran parte de su vida y fue acusado de comunista por el comité del senador McCarthy. “Pero casos como el de Lattimore demuestran también lo peligroso que es cultivar perspectivas en cuestiones geopolíticas que se desvían de concepciones rígidas del interés nacional o que ofenden a la línea dominante. No sorprende en absoluto que la geopolítica abandonara el ámbito de la geografía ni que la geografía política se convirtiera en un aburrido remanso después de los años de McCarthy. Los geógrafos se sentían más seguros tras el “escudo positivista” de un método supuestamente neutral.” Harvey habla de la “revolución cuantitativa”, cuando las ciencias sociales pasaron a buscar cifras con ansias de parecer más científicas; en esencia, más ciencia y menos una cosmovisión o ideología. Similar tema encontramos en La Escuela de Chicaga de Sociología, de Josep Picó e Inmaculada Serra, donde detallaban cómo la visión de la sociología urbana de los de Chicago fue quedando soterrada por el interés cientifista por las encuestas y la cuantificación.

Precisamente una geografía adecuada a los nuevos tiempos es el manifiesto del capítulo 6: “Acerca de la historia y de la actual situación de la geografía: manifiesto materialista histórico“. Cada sociedad ha buscado su propia geografía. La geografía antigua reflejaba “el movimiento de las mercancías, las migraciones de pueblos, las rutas de conquista y las exigencias de la administración del imperio”, mientras que luego los mapas y el registro catastral se convirtieron en indispensables por definir los derechos territoriales. La geografía, a priori neutra, se puede usar “para justificar el imperialismo, la dominación neocolonial y el expansionismo”; por todo ello, Harvey reclama una geografía basada en el respeto mutuo y centrada en la cooperación de la diversidad humana. El marxismo no fue la única corriente que asaltó el positivismo imperante; hubo muchas otras desde ideologías diversas. Tantas, de hecho, que generaron “una cacofonía” y no consiguieron “definir un lenguaje común para manifestar preocupaciones comunes”.

Ese es el objeto del manifiesto: la creación de un lenguaje y marcos de referencia comunes “dentro de los cuales los derechos y las reivindicaciones en conflicto puedan representarse adecuadamente”.

En “Capitalismo: la fábrica de la fragmentación“, Harvey menciona una de sus obras anteriores, La condición de la posmodernidad, donde por un lado bendecía la llegada del posmodernismo, con todas sus visiones distintas sobre las posibles verdades, su heterogeneidad o su abolición de un discurso único. Pero, por otro lado, “dado que este cambio de sensibilidad cultural se produjo paralelamente a cambios muy radicales en la organización del capitalismo tras la crisis de 1973-1975, parecía incluso verosímil sostener que el posmodernismo era en sí producto del proceso de acumulación de capital”. El ascenso del posmodernismo coincidió con una nueva mentalidad individualista donde “la política de la clase trabajadora pasó a la defensiva” a medida que la crisis arreciaba y llegaban el desempleo o las reducciones del Estado del bienestar. Este cambio, que Harvey denomina “del fordismo a la acumulación flexible”, “había producido las condiciones para el ascenso de los modos de pensar y funcionar posmodernos”.

La relación entre el espacio y el tiempo se ha modificado. Es algo que ya observó Marx en su momento y que otros muchos han resaltado (Castells entre ellos), pero el capitalismo, que busca una velocidad cada vez mayor de traspaso de mercancías, ha cambiado la percepción de dónde y cuándo estamos; de nuestra identidad, provocando una crisis de representación. A medida que la industria se deslocalizaba a los países emergentes, a China, etc., surgía otro mercado extenso en Occidente para substituirla: la cultura. “La acumulación de nichos de mercado, de preferencias diversas y la promoción de estilos de vida nuevos y heterogéneos se producen dentro de la órbita de la comunicación de capital.”

Ésta, sin embargo, ha tenido el efecto de acabar con las distinciones entre cultura elevada y baja -comercializa la estética- al mismo tiempo que ha prosperado, como siempre hace, con la producción de diversidad, heterogeneidad y diferencia. Lo que en general consideramos “cultura” se ha convertido en campo primordial de la actividad empresarial y capitalista. (p. 142)

Como ya comentamos a propósito de La an-estética de la arquitectura, esta preocupación por la imagen, por la estética, se produce “a expensas de la preocupación por la ética, la justicia social, la equidad y las cuestiones locales e internacionales de explotación tanto de la naturaleza como de la naturaleza humana”.

El último artículo que comentamos en esta entrada se centra en Baltimore, la ciudad de Estados Unidos a la que viajó Harvey (geógrafo inglés, aunque ha residido gran parte de su vida en el país americano) y la que mejor conoce. “Una vista desde Federal Hill” narra la evolución de la ciudad y la confabulación de intereses públicos y privados para que el centro de Baltimore se convierta en un lugar privilegiado destinado a la vivienda para las grandes rentas y, sobre todo, al ocio, polo de atracción de la población del resto de barrios. Se explica la creación del Greater Baltimore Commite (como muchas otras ciudades globales, que al comprender su papel de centralidad buscan nuevos mecanismos de gestión a menudo supralocales), la reconversión del Inner Harbor, el puerto que en los días industriales vivió la gloria pero había quedado reducido a un erial semiabandonado (como en Barcelona, Londres o la mayoría de grandes ciudades portuarias de Europa, que necesitaban un espacio mucho mayor para acomodar los grandes buques cargueros y la maquinaria que los gestiona).

Inner Harbor, en Baltimore.

Tanto el entramado político como el financiero y mediático glosaron la evolución de la ciudad, que alcanzó su cúspide cuando el alcalde fue nombrado por Esquire el mejor alcalde de Estados Unidos en 1984 o cuando, en 1987, el Sunday Times británico celebraba la remodelación de la ciudad. Pero no es oro todo lo que reluce, y así resumía la ciudad un informe encargado por la Fundación Goldseker en 1987:

En los pasados veinticinco años, Baltimore ha perdido un quinto de su población, más de la mitad de su población blanca, y una proporción muy elevada pero difícil de calcular de su clase media, tanto blanca como negra. Ha perdido más del 10% de sus puestos de trabajo desde 1970, y los que conserva los ocupan cada vez más personas que residen fuera de la ciudad. En 1985, la renta media por unidad familiar en la ciudad ascendía a poco más de la mitad de la renta media en los condados circundantes, y las necesidades de servicios de sus pobres superaban con creces lo que la erosionada base fiscal de la ciudad podía soportar. (p. 156)

Dicho de otro modo: se había destinado gran cantidad de fondos públicos a remodelar el centro pero ese dinero no revertía en la ciudad, sino en las finanzas privadas. Los beneficios públicos que generaba todo ese entramado de ocio apenas daban para cubrir su mantenimiento, los puestos de trabajo que se creaban eran de baja calidad, dedicados al servicio, y el aumento del precio inmobiliario en el centro obligaba a sus trabajadores a desplazarse desde grandes distancias.

Ya hablamos de este proceso a partir de Ciudades del mañana, de Peter Hall. Él lo llamaba, precisamente, Rousificación (por el promotor James Rouse, del que también se habla en el artículo de Harvey), y enunciaba todos los problemas comentados arriba: una inversión privada cuyos beneficios no repercuten en la población y que, de hecho, degrada el nivel de vida de la ciudad. Barcelona, ciudad entregada al turismo de la que hemos hablado a menudo en el blog, es un buen ejemplo; aunque el ejemplo paradigmático sería Venecia, ciudad prácticamente inhabitable para sus ciudadanos.

Espacios del capital (II): la producción del entorno urbano

Seguimos con el análisis de Espacios del capital. Hacia una geografía crítica, de David Harvey. En la primera entrada analizamos la reflexión sobre el papel social de la geografía que hacía Harvey y un análisis sobre la (falsa) neutralidad de la ciencia a partir de los postulados de Malthus y Marx sobre la superpoblación y la repartición de recursos.

En el cuarto artículo, titulado “Rebatir el mito marxiano (al estilo Chicago)“, Harvey contrapone la ideología, según él, burguesa, de la Escuela de Chicago, a los postulados marxistas. La Escuela de Chicago la hemos analizado a menudo (de la mano de Javier García Vázquez, Ulf Hannerz, Francisco Javier Ullán de la Rosa y, más recientemente, Josep Picó e Inmaculada Serra), por lo que no entraremos en mucho detalle. Se trata de la primera escuela de sociología urbana, afincada en una ciudad, Chicago, que creció de modo extraordinario sobre todo gracias a la inmigración. Las personas se distribuyeron por la ciudad en función de su procedencia étnica, pero también pro clases, religión o raza.

El primer punto para alcanzar un entendimiento es el establecimiento de un “sistema hegemónico de conceptos, categorías y relaciones para entender el mundo”. Aquí Harvey ya señala las primeras distinciones: como él, que empezó como “científico social burgués” y, tras no quedar convencido con la teoría, dio el salto a marxista, que le llevó “siete años” de lectura sólo para disponer de un vocabulario preciso, explica que los primeros, los chicaguianos, sólo necesitan desarrollar un vocabulario propio; mientras que los marxistas necesitan entrar en diálogo con el pensamiento burgués: “el primero es una representación del mundo obtenida desde el punto de vista del capital mientas que el segundo es una representación del mundo obtenida en función de la oposición del trabajo.”

Los de Chicago (y, con ellos, la sociología del momento, incluso las disciplinas sociales) daban por sentado que se podía alcanzar una ciencia objetiva, neutra: libre de sesgos de clase. Esto lleva, asegura Harvey, a una “excesiva fragmentación del conocimiento”: cada uno en su torre de marfil, con sus temas acotados. Siempre se desbordarán, lógicamente; pero llega un momento en que hay que ser consciente de que se está en otro ámbito y dar un paso atrás. ¿A qué se dedica un “sociólogo urbano”?, ¿en qué momento debe dejar sus estudios si lo lleva a, por ejemplo, analizar la economía? Recordemos que la Escuela de Chicago operó, sobre todo, en los años 20-40 del pasado siglo; y recordemos también que fue Castells, a finales de los 60, quien replanteó el objeto de la sociología urbana con La cuestión urbana, buscando una nueva justificación teórica a por qué el estudio de las ciudades era esencial. Y lo era por la economía, como también concluirá Harvey.

Pero no nos adelantemos. Además de la fragmentación, el propio funcionamiento de la ciencia positivista impedía abordar los problemas de fondo. Si las ciencias sociales de los 50 podía permitirse un enfoque fragmentado, la de los 60, con problemas de fondo como el racismo, la desigualdad social o la expresión a los grupos minoritarios, que además tenía un fuerte componente urbano, ya no podía aceptar ese enfoque.

Las crisis capitalistas no sólo se traducen en crisis de la ciencia social burguesa porque ésta se fragmente de maneras inapropiadas para entender aquéllas. La ciencia social burguesa se inclina, por ser burguesa, a interpretar los asuntos sociales basándose en intereses y funciones opuestos dentro de la totalidad social, que se percibe como real o potencialmente armoniosa en su funcionamiento. Las teorías políticas pluralistas, la economía neoclásica y la sociología funcionalista tienen eso en común. (p. 87)

En épocas de crisis, “los economistas políticos (…) se limitan a decir que todo iría bien si la economía se comportara de acuerdo con sus libros de texto”. La teoría marxista, en cambio, “es primordialmente una teoría de la crisis”. Volvemos a la teoría que ya expusimos en la primera entrada: el marxismo estudia las relaciones. Una acción sencilla (Harvey habla de “cavar una zanja”) “no se puede entender sin comprender del todo el marco social del que forma parte”. “El significado se interioriza en la acción, pero sólo podemos descubrir lo que la acción interioriza mediante un estudio y uan reconstrucción cuidadosos de las relaciones que ésta expresa con los sucesos y las acciones que la rodean”.

Aplicado a lo urbano, “encontramos ciudades en diversos tiempos o lugares, pero la categoría “ciudad” o “urbano” cambia de significado de acuerdo con el contexto en el que la encontremos”. Y, de nuevo, volvemos al Lefebvre de La producción del espacio.

Para entender “las formas de urbanización capitalistas“, Harvey despliega toda una batería teórica que resumimos a continuación. La base de “lo urbano” se encuentra en los dos procesos de la acumulación y la lucha de clases. El capital domina el trabajo y lo organiza a fin de obtener beneficios. Los trabajadores venden su labor en forma de mercancía. “El beneficio deriva de la dominación del trabajo por el capital pero los capitalistas en cuanto clase deben, si quieren reproducirse, expandir la base del beneficio. Llegamos así a una concepción de la sociedad basada en el principio de “acumular por acumular, producir por producir””.

Existen contradicciones, claro. Cada capitalista, actuando en su interés, busca algo opuesto a sus intereses de clase: que exista un mercado capaz de consumir sus productos. Si se oprime hasta lo indecible a la clase obrera, ésta no podrá consumir sus productos. Esta contradicción crea “una persistente tendencia a la sobreacumulación”, “la condición en la cual se produce demasiado capital en relación con las oportunidades de encontrar usos rentables para el mismo”. Esto genera las crisis periódicas del capitalismo (“caída de los beneficios, capacidad productiva ociosa, sobreproducción de mercancías, empleo”, etc.).

El segundo grupo de contradicciones se da en el antagonismo entre capital y trabajo. Un capital desbocado lleva a salarios mínimos y una clase obrera que no puede consumir; cuando es al revés, los trabajadores aumentan sus salarios, lo que supone “la reducción de la tasa de expansión de las oportunidades de empleo”. En ambos casos, se crean “crisis de desproporcionalidad”. El tercer conjunto de contradicciones se da entre el sistema capitalista y los sectores precapitalistas o socialistas (de los que cada vez quedan menos, vaya). Y, finalmente, la dinámica entre el capital y los recursos naturales.

El sistema de producción capitalista exige un entorno específico para funcionar. Se basó en una separación entre el lugar de trabajo y el de residencia. Además, necesitó la creación de un entorno construido que “funcionaba como medio colectivo de producción de capital”. Parte del entorno hay que destinarlo al transporte de mercancías (“el aniquilamiento del espacio por el tiempo” del que habló Marx), además de todo lo que la aparición y acumulación del capital conlleva (banca, administración, coordinación, etc.).

Pero también es necesario un paisaje de consumo, opuesto al de trabajo. Y, asimismo, un espacio de para la reproducción de la fuerza de trabajo. Estos dos modifican y conforman la vida personal de los trabajadores, que queda también a merced del capital. “La socialización de los trabajadores que se da en el lugar de residencia -con todo lo que esto implica respecto a las actitudes de trabajo, consumo, ocio y demás- no puede dejarse al azar.” Finalmente, “la colectivización del consumo mediante el aparato estatal se convierte en una necesidad para el capital”, por lo que “la lucha de clases se interioriza en el Estado y en sus instituciones asociadas”.

Todas estas contradicciones se interiorizan en la creación del entorno construido. Por ejemplo, “la sobreacumulación crea condiciones marcadamente favorables a la inversión en el entorno construido”. Este trasvase acaba provocando que las crisis inmobiliarias vayan asociadas (o sean precursoras) de las crisis económicas (como sucedió en el crack del 29 o con el auge de la aparición de oficinas en 1969-73 en Estados Unidos y Reino Unido o, por supuesto, en 2008).

Otra de las batallas persistentes en el entorno urbano se expresa por “las condiciones de trabajo y la tasa salarial”. Las leyes y el poder capitalista se imponen mediante el Estado para hacer cumplir su voluntad; por otro lado, están las demandas de los trabajadores y su capacidad de organizarse. Aquí es donde Harvey coloca el territorio de la sociología urbana tradicional (burguesa): en la configuración de las relaciones que adopta la clase obrera, en su fragmentación, para enfrentarse (o adaptarse, sobrevivir, llámenlo como quieran) al capital. Recordemos que la Escuela de Chicago dedicó todo tipo de estudios a los guetos, los negros, las bandas juveniles y las jóvenes del taxi-dance hall, pero ninguno a los blancos anglosajones protestantes o a las clases altas. “No fue accidental que para trabajar en sus cadenas de montaje Ford usara casi exclusivamente inmigrantes recién llegados y que United Steel, al enfrentarse a sus propios problemas de trabajo, recurriera a trabajadores negros del sur para reventar las huelgas.” Estos elementos, económicos y sociales, tienen un gran peso en las relaciones de la clase obrera entre sí.

Por todo ello, la lucha de clases se desplaza de su lugar autóctono, el trabajo, a “todas aquellas relaciones contextuales de la lucha de clases en el lugar de trabajo”; es decir, a prácticamente todo. La educación era una exigencia básica de la clase trabajadora, “pero la burguesía pronto comprendió que la educación pública podía movilizarse contra los intereses de aquella”, o un sistema sanitario público que “define la mala salud como la incapacidad para ir a trabajar”.

Toda esta estructura teórica, sin embargo, funcionará mientras lo haga el contexto. En el momento en que cambien las relaciones, habrá que modificar también la forma en que las comprendemos, alerta Harvey.

Aristóteles comentó en una ocasión que con que sólo hubiera un punto fijo en el espacio exterior, podríamos construir una palanca para mover el mundo. El comentario nos dice mucho de las imperfecciones del pensamiento aristotélico. La ciencia social burguesa es heredera de las mismas imperfecciones. Intenta dar una visión del mundo desde fuera, descubrir puntos fijos (categorías de conceptos) sobre cuya base se pueda elaborar un entendimiento “objetivo” del mundo. En general el científico social burgués intenta abandonar el mundo mediante un acto de abstracción para entenderlo. El marxista, por el contrario, siempre intenta establecer un entendimiento de la sociedad desde dentro, en lugar de imaginar algún punto exterior. El marxista encuentra todo un conjunto de palancas para el cambio social dentro de los procesos contradictorios de la vida social e intenta alcanzar un entendimiento del mundo apretando fuertemente esas palancas. (p. 102)

Espacios del capital, David Harvey

Espacios del capital. Hacia una geografía crítica es un libro del geógrafo David Harvey publicado en 2001 que recoge 18 artículos del autor donde se refleja su tránsito de “geógrafo burgués” a geógrafo radical marxista. La recopilación de artículos se divide en dos grandes partes: la primera establece las bases del trayecto teórico y la segunda es una reflexión sobre “la producción capitalista del espacio”.

El primer artículo es una entrevista; pasamos directamente al segundo: “¿Qué tipo de geografía para qué tipo de política pública?“, donde Harvey analiza el papel que tradicionalmente había tenido la disciplina de la geografía al servicio de los intereses estatales. Hace un apunte especialmente interesante: “el surgimiento del Estado corporativo“. “Cada uno de los países capitalistas avanzados se ha movido a tientas hacia alguna versión de Estado corporativo (Miliband, 1969). La manifestación exacta de dicho Estado en un país concreto depende del marco constitucional del que disponga, de sus tradiciones políticas, la ideología dominante y las oportunidades de crecimiento económico y desarrollo.” (p. 43)

Harvey define el Estado corporativo del siguiente modo: “Parece una estructura relativamente firme y jerárquicamente ordenada de instituciones interrelacionadas -políticas, adminsitrativas, judiciales, financieras, militares y demás- que transmite información de manera descendente y da a los individuos y a los grupos situados en niveles jerárquicos “inferiores” instrucciones sobre qué comportamientos son adecuados para la supervivencia de la sociedad en conjunto. El lema de dicho funcionamiento es el “interés nacional”. La ética de la “racionalidad y eficacia” son los pilares que dominan el Estado corporativo; y, puesto que ambas requieren de un objetivo para funcionar, “el interés nacional -la supervivencia del Estado corporativo- se convierte en el propósito de facto.” En los países capitalistas, la clase gobernante “sale casi exclusivamente de las filas de los intereses industriales y financieros. En los países comunistas, muchos de los cuales han asumido la forma del Estado corporativo, la elite gobernante se obtiene del partido.”

Creo que en un futuro (tal vez no muy lejano) habrá que optar entre un “Estado incorporado” que refleje las necesidades creativas de personas que luchan por controlar las condiciones sociales de su propia existencia de una forma esencialmente humana (que es lo que Marx quería decir con la expresión “dictadura del proletariado”) y un Estado corporativo que dé instrucciones desde arriba en interés del capitalismo financiero (las naciones capitalistas avanzadas) o de la burocracia del partido (Rusia y Europa Oriental). (p. 49); [el artículo apareció en 1974, de ahí las referencias históricas algo caducas.]

El tercer artículo se titula “La población, los recursos y la ideología de la ciencia“. Para Harvey, la ciencia no es éticamente neutral. Esta conclusión, de por sí, genérica, no lleva a mucho, por lo que propone abordarla en el estudio de un tema concreto: el de la relación entre la población y los recursos disponibles y su estudio por parte de Malthus, Ricardo (en el que no entramos) y Marx.

Malthus era empirista. “El empirismo supone que se pueden entender los objetos independientemente de los sujetos que los observan”, explica Harvey, por lo que permite asumir que “la verdad radica en un mundo externo al observador, cuya tarea es registrar y reflejar fielmente los atributos de los objetos.” Mediante sus postulados “la comida es necesaria para los hombres” y “la pasión entre los sexos es constante y necesaria” (lo que supone la reproducción de la humanidad) se llega a su famosa teoría de que la humanidad está condenada a una superpoblación que sufrirá hambre y miseria (el crecimiento de la población es geométrico, el de los recursos, aritmético). Malthus concluyó que “la miseria tiene que tocarle a alguien”: las clases más bajas, por lo que estaba explicando la miseria de los pobres como el “resultado de una ley natural”, en palabras de Harvey.

El método de Marx se denomina “materialismo dialéctico“, para cuya definición es necesario recurrir a las bases de la visión no aristotélica de la filosofía crítica alemana. “El uso que Marx hace del lenguaje es, como ha señalado Ollman, relacional en vez de absoluto.” No es posible entender una “cosa” con independencia de las relaciones que mantiene con otras cosas. La visión aristotélica da por sentado que las cosas tienen algún tipo de esencia y son, por consiguiente, definibles sin referencia a las relaciones que tienen con otras cosas. La “totalidad” en Marx es algo “emergente”: “tiene uan existencia independiente de sus partes y al mismo tiempo también domina y modela las partes contenidas en ella” (p. 65) Por ello, en la filosofía de Marx ofrece una tercera perspectiva donde no se consideran fundamentales ni las partes ni el todo, sino las relaciones dentro de la totalidad. “El capitalismo, por ejemplo, modela las actividades y los elementos de su interior para mantenerse como sistema. Pero a la inversa, los elementos también están continuamente modelando la totalidad para convertirla en configuraciones nuevas a medida que necesariamente se resuelven las contradicciones y conflictos internos del sistema.”

La base económica de la sociedad, para Marx, comprende dos estructuras: las fuerzas de producción (las actividades concretas del hacer) y las relaciones sociales de producción (las formas de organización social establecidas para facilitar el hacer). Además, existen las distintas estructuras: del derecho, la política, la ideología… Todas las estructuras están interrelacionadas, pero Marx dio cierta primacía a la base económica porque “el hombre tiene que comer para vivir, por lo que la producción -la transformación de la naturaleza- tiene que preceder a las demás estructuras”.

Marx sostenía que el plusvalor se originaba a partir del plustrabajo, la parte del tiempo de trabajo del trabajador entregada de manera gratuita al capitalista. Por ejemplo: un obrero tiene que trabajar diez horas, porque esas son las condiciones laborales imperantes; en seis horas ya ha producido lo suficiente para cubrir sus necesidades de subsistencia: si el capitalista paga un salario de subsistencia, el obrero trabaja cuatro horas gratis para él. Este plustrabajo se convierte, mediante el intercambio de mercado, en su equivalente en dinero: plusvalor. “Y el plusvalor, bajo el capitalismo, es la fuente de la renta, el interés y el beneficio. Basándose en esta teoría del plusvalor, Marx obtiene una teoría de la población específica.”

David Harvey

Para cumplir los objetivos del capital y que el plusvalor produzca aún más plusvalor, hay que invertir en más salarios y en la compra de materias primas y medios de producción. “Si la tasa salarial y la productividad se mantienen constantes, la acumulación [capitalista] requiere una expansión numérica concomitante de la fuerza de trabajo: “la acumulación de capital es, por consiguiente, aumento del proletariado” (Marx)”. “Si la oferta de trabajo permanece constante, la creciente demanda de trabajo generada por la acumulación provocará un aumento en la tasa salarial”, lo que supondría una reducción del plusvalor y una caída de los beneficios, aunque Marx ya anunció que el propio mecanismo del proceso de producción se encargaba de equilibrarse para “eliminar los mismos obstáculos que crea transitoriamente”.

Por lo tanto, Marx habla de una “ley de la población peculiar del modo de producción capitalista“, añadiendo que “cada modo histórico de producción especial tiene sus propias leyes de población especiales, históricamente válidas únicamente dentro de sus límites”. Algo bastante opuesto a la teoría de Malthus (y Ricardo), “que atribuían a la ley de población una validez universal y natural”, y algo que nos recuerda bastante al Lefebvre de La producción del espacio.

La producción de un excedente de población relativo y de un ejército industrial de reserva se considera en la obra de Marx históricamente específica, intrínseca al modo de producción capitalista. Basándonos en su análisis, podemos predecir que se va a generar pobreza, con independencia de cómo cambie la tasa de producción. (…) [Marx] Sostenía muy específicamente, en contra de la posición de Malthus y Ricardo, que la pobreza de las clases trabajadoras era el producto inevitable de la ley de acumulación capitalista. La pobreza no debía explicarse, por consiguiente, apelando a una ley natural. Había que reconocerla como lo que realmente era: una condición endémica interna del modo de producción capitalista.

Marx no habla de un problema de la población sino de un problema de pobreza y explotación humana. Sustituye el concepto de superpoblación de Malthus por el concepto de excedente de población relativo. Sustituye la inevitabilidad de la “presión de la población sobre los medios de subsistencia” (aceptada por Malthus y Ricardo) por una presión históricamente específica y necesaria de la oferta de trabajo sobre los medios de empleo producidos internamente dentro del modo de producción capitalista. Su método específico permitía esta reformulación del problema población-recursos, y esto situó a Marx en una posición desde la cual podía concebir una transformación de la sociedad que eliminara la pobreza y la miseria en lugar de aceptar su inevitabilidad. (p. 70)

“La superpoblación surge por la escasez de recursos disponibles para cubrir las necesidades de subsistencia de la masa de población.” A diferencia de los recursos, tanto la subsistencia como la escasez son términos sociales y culturales, por lo que Harvey traduce la frase anterior del modo siguiente: “Hay demasiada gente en el mundo porque los fines determinados que tenemos en mente (junto con la forma de organización social que tenemos) y los materiales disponibles en la naturaleza (…) no bastan para proporcionarnos las cosas a las que estamos acostumbrados”. Ante la afirmación anterior, se pueden llevar a cabo 4 caminos:

  • (1), cambiar los fines y alterar la organización social de la escasez;
  • (2) cambiar las evaluaciones técnicas y culturales que hacemos de la naturaleza;
  • (3), cambiar nuestros puntos de vista respecto a nuestras costumbres materiales;
  • y (4), alterar las cifras (de población, recursos, etc.)

Harvey afirma que “decir que hay muchas personas en el mundo equivale a decir que no tenemos la capacidad, imaginación o voluntad de hacer algo respecto a (1), (2) o (3). (1) o (3) no pueden ser consideradas sin “desmantelar y sustituir la economía de intercambio de mercado capitalista”. Por lo tanto, quedan (2), el progreso técnico, y (4), reducir números. Sin embargo, controlar la población requiere decisiones políticas. ¿Qué población? Yo no, por supuesto; nosotros no, por supuesto; por lo tanto, ellos, un ellos genérico que es fácil demostrar que porta menos que nosotros.

Permítaseme hacer una afirmación. Siempre que una teoría de la superpoblación se asienta en una sociedad dominada por una elite, invariablemente la no elite experimenta alguna represión política, económica o social. (p. 76)

Los ejemplos van desde el Reino Unido posterior a las guerras napoleónicas hasta los “resultados especialmente malignos” de la Alemania de Hitler y su búsqueda del lebensraum [el espacio vital].

Si aceptamos la teoría de la superpoblación y de la escasez de recursos pero insistimos en mantener intacto el modo de producción capitalista, los resultados inevitables serán políticas dirigidas hacia la represión étnica o de clase en el interior y políticas de imperialismo y neoimperialismo en el extranjero. Por desgracia, esta relación se puede estructurar en sentido opuesto. Si, por cualquier razón, un grupo de la elite necesita un argumento para respaldar sus políticas represivas, el argumento de la superpoblación es el que más hermosamente se adapta a este propósito. (…)

[Aún más allá:] si cualquier elite se halla amenazada para conservar su posición dominante en la sociedad, puede usar los argumentos de la superpoblación y la escasez de recursos como poderosa palanca ideológica para persuadir a los demás de que acepten la situación existente y el establecimiento de medidas autoritarias para mantenerla. (p. 77)

La ciudad bien temperada, Jonathan F. Rose

Las ciudades son extraordinariamente complejas. La muestra la tenemos en la cantidad diversa de disciplinas que la abordan: desde la antropología y la sociología hasta la economía, la arquitectura, el urbanismo o el diseño. Los estudios urbanos, por ejemplo, requieren una gran cantidad de aprendizajes y se puede llegar a ellos desde multitud de caminos distintos.

Cuando se trabaja sobre la ciudad es esencial mantener dos conceptos a la vez en la mente: lo que existe y lo que uno pretende construir, o hacia dónde pretende guiar lo que ya hay. Jane Jacobs escribió el libro sobre urbanismo mejor valorado de la historia, Muerte y vida de las grandes ciudades, basándose en algo muy sencillo: salir a la calle y observar lo que sucedía. Los primeros capítulos del libro son un ataque frontal a Robert Moses (y Lewis Mumford), el máximo exponente del urbanismo racionalista en Nueva York y muy dado a derribar barrios enteros para construir autopistas. Las tesis de Moses y los suyos en los 60 era que los barrios eran malos y había que ceder espacio al vehículo y a la funcionalización; Jacobs, a base de estadísticas y puro sentido común, les mostró que la vida en los barrios era mucho más rica y segura, además de las redes sociales que existían entre los habitantes de la ciudad.

Cualquier excusa es buena para poner una foto de Jane Jacobs.

Criticamos en su momento La ciudad conquistada, de Jordi Borja, porque no hacía una distinción clara entre lo que era descripción de la ciudad y lo que era su deseo para ella. “Y la ciudad más segura no es la formada por compartimentos o guetos, por tribus que se desconocen y por ello se temen o se odian; la ciudad más segura es aquella que cuando llaman a la puerta sabes que es un vecino amigable, que cuando sientes la soledad o el miedo esperas que a tu llamada se enciendan luces y se abran ventanas, y alguien acuda. La convivencia cordial y tolerante crea un ambiente mucho más seguro que la policía patrullando a todas horas.” (p. 352). ¿Por qué la ciudad no puede estar llena de guetos?

Cada cual tiene su visión distinta; eso es válido. Pero ayuda cuando los argumentos que la sostienen son universales y no personales. Tanto Manuel Delgado (El animal público, Sociedades movedizas) como Richard Sennett (El declive del hombre público) dejan claro que defienden un espacio público heterogéneo, confuso, fruto de la mezcla, porque es la única forma en que los ciudadanos pueden educarse ante la diferencia y lo que es la base de la antropología: el otro, la alteridad. Las comunidades son abominables: lo dijo Sennett claramente y lo ha repetido (Construir y habitar), porque la forma más fácil de crear lazos estrechos es buscando enemigos comunes.

En otros casos, la ideología tras la ciudad que uno defiende ni siquiera queda implícita pero empapa toda la visión: El triunfo de las ciudades, de Edward Glaeser, decía, sin decir, que las ciudades son buenas cuando dan dinero. Son buenas cuando consiguen aumentar su PIB, son buenas cuando atraen a personas con alto nivel adquisitivo y las mantienen, son buenas cuando sus habitantes disponen de dinero. “En Londres hay muchos banqueros porque es un buen sitio para ser banquero. En ciudades como Río hay muchos pobres porque son sitios relativamente buenos para ser pobre. Al fin y al cabo, se puede disfrutar de la playa de Ipanema incluso sin dinero.” (p. 103) La ciudad, entendida como cúspide del capitalismo; pero sin tener en cuenta todas las tribulaciones que el capitalismo conlleva, como la inflación del alquiler por la entrada de los grandes fondos de inversión en el mercado inmobiliario o la turistificación de la ciudad mediante, entre muchos otros, Airbnb.

Si citamos El triunfo de las ciudades es porque La ciudad bien temperada, del urbanista y agente inmobiliario Jonathan F. P. Rose, se le parece bastante. La tesis de Rose, que establece un símil con el equilibrio musical que buscaba Bach en su obra El clave bien temperado, es que hay cinco cualidades necesarias para que una ciudad funcione bien: coherencia, circularidad, resiliencia, comunidad y compasión. ¿Cuál es el problema? Que ninguna de estas virtudes se nos explicita claramente: son sólo indicaciones morales de cómo se deberían gestionar las ciudades.

No hay una tesis clara en el libro de Rose. Hay muchos datos, muchos epígrafes, muchos temas mezclados y muy pocas ideas de fondo. O, mejor dicho, hay tantas que nunca se sabe hacia qué lugar apuntan. Se hace un resumen correcto de la historia urbana escogiendo ciudades puntuales y explicando qué aportaron; pero no cómo las ciudades que vinieron después adoptaron esas características y las hicieron propias. Se habla de que la creación de comunidad es buena; ¿pero de qué tipo, cómo se consigue en una ciudad caracterizada por la heterogeneidad y las sacudidas capitalistas? Se dice que la smart city puede ayudar y se habla de Songdo, pero no se entra en detalle sobre la propiedad del software o la intrusividad para los ciudadanos.

Imaginemos una ciudad con las viviendas sociales de Singapur, la educación pública de Finlandia, la retícula inteligente de Austin, la cultura de la bicicleta de Copenhage, la producción de alimentos de Hanói, el sistema de alimentos regionales de Florencia… (p. 41)

El párrafo anterior sigue y sigue, enumerando todas las buenas cualidades de muchas ciudades. Imaginemos una ciudad con todas esas características: no sería ninguna de ellas.

Recientemente han añadido a Netflix un programa sobre la humorista americana Fran Lebowitz que se titula, precisamente, “Pretend it’s a city”: Supongamos que es una ciudad. Habla sobre Nueva York, la niña de los ojos de la humorista, la ciudad en la que lleva cinco décadas y a la que critica en cada una de sus intervenciones. No deja títere con cabeza; y, sin embargo, también queda muy claro que no va a abandonar su ciudad. Nueva York es ruidosa, horrible, llena de gente maleducada y agresiva; pero es su ciudad y está orgullosa de vivir en ella.

El metro de Barcelona es tristemente famoso por la gran cantidad de carteristas que hay en él, sobre todo en las zonas céntricas. Pero eso no es sólo una característica de la ciudad, sino del sistema legal español, que no tiene una medida verdaderamente eficiente para luchar contra ese tipo de crimen. En el metro de Berlín, los revisores van vestidos con ropa de calle: al acceder al vagón, cuando se cierran las puertas, muestran su identificación y solicitan a los viajeros sus billetes. Si fuesen uniformados, quienes viajan sin billete los verían y se limitarían a escapar. Y esto es, también, un reflejo de la sociedad alemana.

Ginebra y Vancouver son ciudades seguras y siempre ocupan posiciones altas en los índices de mejores lugares donde vivir. Son, también, profundamente aburridas, sin nada interesante por hacer ni nada que contemplar por la calle. Eso es lo que hace interesante a Nueva York: pese a las muchas quejas que Lebowitz tenga, todas ellas forman lo que vale la pena mirar, lo que interesa a los demás: la vida urbana.

Las ciudades son redes complejas donde coinciden una gran masa de población heterogénea, los flujos del capital, los flujos migratorios, las redes de cultura, finanzas, crimen, narcotráfico y todas cuanto se imaginen. Considerarlas como una serie de piezas independientes, como un LEGO que puede ser ensamblado a voluntad sin tener en cuenta el resto de elementos, parece una forma errónea de abordarla.

La época de las metrópolis, Clemens Zimmermann

Las ciudades de los inicios de la etapa moderna eran, en su inmensa mayoría, pequeñas ciudades mercado de entre 2.000 y 5.000 habitantes, donde el elemento rural aún desempeñaba un gran papel. Sólo en el siglo XIX se consagró como dominante el tipo de la gran ciudad industrial. (p. 10)

Ese es el objetivo del libro de Clemens Zimmermann La época de las metrópolis (1996): un vistazo histórico a cuatro ciudades europeas durante el siglo XIX, el momento en que se configuraron como grandes metrópolis al volverse ciudades industriales. Las cuatro ciudades elegidas son Mánchester, San Petersburgo, Múnich y Barcelona. Zimmermann las estudia para comprender tanto sus diferencias como aquellos elementos comunes.

El autor empieza con una distinción: los dos significados del término urbanización. Por un lado se refiere a la acumulación en las grandes urbes industriales que se dio en el siglo XIX (y se agudizó durante el XX); por el otro, a las formas de vida urbanas que surgen en estas ciudades durante dichos procesos.

Grosso modo, las ciudades eran enclaves densos de calles estrechas encerradas por murallas. Su crecimiento sólo se dio en cuanto éstas fueron, bien derribadas, bien superadas. Coincidió con el desarrollo industrial y cierto interés por racionalizar el espacio, por lo que se abrieron grandes bulevares y se llevaron a cabo ensanches (París, Barcelona). Pero el hacinamiento continuaba y ya en la Inglaterra de los años 40 del siglo XIX surgieron los higienistas reclamando condiciones más dignas. Estas se tradujeron en una regulación cada vez más compleja para decidir qué tipo de ciudades se quería (o se debía) construir. Paralelamente surgió el concepto de la ciudad jardín, que si bien no consiguió modificar las ciudades sí que supuso un toque de atención a la necesidad de que hubiese otros elementos en la paleta urbana y luchó contra la enorme densidad. Surgió también el racionalismo con su funcionalización y la separación de las distintas tareas en distintos distritos.

Gran ciudad y metrópolis, pese a que se usen como sinónimos, no lo son. Una ciudad grande se convierte en metrópolis cuando destaca en algún sentido: “especial aspiración a ser reconocidas como ámbitos ejemplares de experiencia social”. Están, por supuesto, las ciudades globales de Sassen: Londres, Nueva York, París (aunque Zimmermann, historiador alemán, incluye Berlín debido a su poder regional); pero también ciudades artísticas como Múnich, centros de conexión entre Rusia y Europa como San Petersburgo o ciudades cuya “contribución a la arquitectura y arte modernos es importante en la escala internacional”. O Mánchester, que fue “la primera” ciudad industrial, el espejo en el que todas se medían.

Esa es la explicación de por qué estas cuatro ciudades. Y en cuanto al tema en sí, la urbanización: es esencial porque configura el devenir de nuestro día a día. Las ciudades pasaron de ser lugares donde las personas se reunían a lugar especiales donde sucedían cosas específicas a sus habitantes (Simmel, “Las grandes urbes y la vida del espíritu“) así como una “segmentación de los lazos sociales” (a complex pattern of segregation) que llevó a Wirth (“El urbanismo como modo de vida“) a estudiar las características específicas del proceso, y que él descubrió en el tamaño, la densidad y la heterogeneidad o carencia de ella.

Hoy en día está claro que los criterios de especialización funcional o la densidad de contacto son insuficientes para definir la “urbanidad”. El peso económico y cultural es lo que caracterizó a las metrópolis y es esto lo que las distinguía de las meras aglomeraciones. (…)

Lo que en el siglo XIX fue específicamente urbano estaba estrechamente vinculado con la historia de la burguesía como portadora de formas de vida urbana y con la historia de los trabajadores y sus organizaciones autónomas. Las metrópolis no sólo fueron centros de cultura y ciencia, también fueron importantes las novedades institucionales, que introdujeron, por así decirlo, las actuaciones innovadoras. Un ejemplo de ello son los grandes almacenes, que desde finales del siglo XIX alcanzaron un eco cada vez mayor entre los consumidores de las grandes ciudades. (p. 36-37)

Mánchester es la ciudad industrial clásica, hasta el punto de que en el siglo XIX se hablaba de otras ciudades del continente europeo como “el Mánchester español” o “el Mánchester alemán”. La ciudad se convirtió en un mastodonte enorme dedicado por entero a la producción económica. No sólo la ciudad en sí, sino toda la región se modificó con el foco puesto en Mánchester y su producción. “Mánchester se convirtió en el punto clave de una región que se caracterizaba por una estructura social espacial y para la cual el núcleo urbano adquiría un significado especial como puesto administrativo, comercial y financiero en la práctica cotidiana de la población del conjunto espacial.”

Mánchester, coqueta.

La propia estructura espacial de la ciudad se modificó. Los espacios disponibles lo bastante amplios para permitir el paso de las vías del tren subieron de precio, así como todas las zonas de la ciudad cercanas a las estaciones. El tren aún no era un medio de transporte asequible a los trabajadores, por lo que estos se establecían cerca de las fábricas, apiñándose en un centro urbano completamente hacinado. Las clases medias y altas escaparon tan lejos como les fue posible, a unas afueras donde el aire era respirable; la industria no dejaba de crecer, sin embargo, y hasta esos barrios eran absorbidos por las masas, provocando un éxodo continuo hacia el exterior.

Dos observadores de la ciudad a mitad del siglo XIX, Reach y Engels, la describieron de modo similar: un centro donde convivían el nodo comercial con masas de trabajadores, un anillo de proletarios hacinados e industria y una capa exterior donde residía la alta y media burguesía. De hecho, la propia clase obrera sufrió una larga serie de procesos de diferenciación “según criterios de ingresos, de cualificación, de respetabilidad y de origen étnico”. “Es característico de Mánchester, en comparación con otras ciudades en proceso de industrialización, lo temprano y profundo de los procesos de segregación social.” Los ricos perdieron a los pobres de vista; y a partir de ahí, era fácil considerarlos unos parias, seres sin ganas de trabajar; personas que merecían sus condiciones de vida.

Esa fue la primera pregunta sobre los slums: ¿se formaban por el carácter moral de los pobres o eran debidos a su pobreza? Los estudios de los higienistas para combatir el hacinamiento revelaron también la formación de las redes familiares y sociales entre los proletarios. En efecto, se formaban estructuras funcionales capaces de ayudar y acoger a los inmigrantes que llegaban, y la vida social en el barrio era esencial. Aquí ya avanzamos el interés por los distintos grupos que luego desarrollaría la Escuela de Chicago.

Si el proletariado fue una de las clases resultantes de la aparición de la ciudad industrial, la otra fue la burguesía. Mercaderes que se hacían con grandes sumas de dinero, al convertirse en las clases dirigentes (o en parte de ellas) interaccionaron con los gentry, la aristocracia inglesa que tradicionalmente había dirigido el país. Los burgueses eran más pragmáticos e individualistas; sin embargo, al ir sumando cotas de poder, adoptaron los símbolos de poder y de estatus así como sus títulos nobiliarios y agrarios. Por otra parte, “en la fase central de la época victoriana se impusieron en la sociedad inglesa valores típicos de las capas medias -al menos la creencia en el sentido social de la competencia individual y en los efectos beneficiosos de una política social construida sobre el principio de la “ayuda a uno mismo””.

Al igual que los proletarios, también la burguesía estaba segregada en grupos distintos: no era lo mismo un empresario industrial que un prestamista o los propietarios de negocios pequeños.

San Petersburgo se estableció como el nexo entre Rusia y Europa. La ciudad se caracterizó por un esplendor de las artes (ópera, ballet, cultura) pero también de la edición de periódicos, libros y saber. Tal vez por ser de fundación reciente (fue fundada el 1703), la industria no ocupó el centro, sino un anillo exterior de la ciudad. Por ello, la segregación espacial no se dio en barrios, sino en el interior de los propios edificios: la planta principal correspondía a los burgueses y las clases iban descendiendo a medida que subían los pisos; paradójicamente, las clases más bajas habitaban en los húmedos subterráneos. Sí que hubo cierta segregación espacial por grupos étnicos de los inmigrantes llegados a la ciudad.

La industrialización de Múnich, en cambio, no consiguió acabar con el aura de comunidad, casi de centro rural, que imperó en la ciudad durante todo el siglo XIX. “Incluso hoy [1932] Múnich tiene alguna cosa de pueblo o de aldea animada del Oberland, mientras que simultáneamente ostenta rasgos esenciales urbanos internacionales y mundiales”, escribía Max Halbe sobre la ciudad.

En cuanto a Barcelona, Zimmermann destaca el empuje de la arquitectura y la cultura en la ciudad. La industria, especialmente la téxtil, triunfó en la ciudad y en las cercanías (lo que explica la potencia de un cinturón de ciudades medianas que rodea la Ciudad Condal aún hoy), generando la aparición de una alta oligarquía industrial. Este estamento tenía una clase superior que se distanció del resto y adoptó formas de vida aristocráticas, convirtiéndose en unas 20 o 30 familias que aún a día de hoy disponen de gran poder y que se estructuraron alrededor de la caja de los marqueses (la actual Caixa de Pensions o, simplemente, La Caixa).

Entre estas familias, por ejemplo, estaba la familia Güell, que fue mecenas de Gaudí en muchas de las creaciones del arquitecto. Eso fue otra de las características esenciales de la ciudad: el desarrollo de un movimiento artístico, muy ligado al Jugendstil europeo, también con raíces en una revisión de la historia para potenciar el nacionalismo catalán y usarlo como arma en el dime direte entre el gobierno catalán y el gobierno español.

El epítome de esta burguesía fue el Liceu. Construido como el mayor teatro de música de Europa en su época, la burguesía lo usaba para llevar a cabo sus ritos de clase: presentaciones, puestas de largo, etc. Era al lugar al que ir para ver y dejarse ver; y de ese modo lo percibían también las clases trabajadoras, por lo que hubo allí un atentado en 1893.

Por el contrario, existía también una clase obrera muy politizada. Como dijo Engels, Barcelona había exhibido más barricadas a lo largo de su historia “que ninguna otra ciudad europea”. Las reivindicaciones obreras colindaban con un asociacionismo muy potente, corales, grupos de excursionistas, etc, por lo que, cuando conseguían movilizar a la población, las redes ya estaban formadas y las protestas eran multitudinarias.

Es curioso cómo Barcelona ha luchado tanto por recordar las grandes gestas y la idiosincrasia de su burguesía (el modernismo, el Liceu, la Rambla, el Eixample) y, sin embargo, lucha constantemente por enterrar ese pasado de reivindicaciones obreras (enterrando La Maquinista o reformando el Barrio Chino para convertirlo en el Raval), como ya comentamos a propósito de Elogi del vianant de Manuel Delgado.

Como conclusión, Zimmermann destaca como característicos de la ciudad industrial “la nueva estructura espacial”, determinada porque zonas de la ciudad adoptaron funciones claras, “y también las diferentes formas de segmentación de los grupos sociales”. Asimismo, el desarrollo de la mentalidad productivista e individualista, el “estilo cultural específico” de la burguesía económica, con los cafés, las galerías, las exposiciones, fachadas y escaparates. “Durante la urbanización europea, las metrópòlis se transformaron en los centros de innovación líderes de la reproducción social.”

El peso económico de las ciudades europeas

Compartimos un reportaje aparecido en la web elordenmundial.com sobre el peso económico de las principales ciudades europeas en relación al PIB que producen. Se observan fenómenos muy interesantes como la centralidad de Madrid (o el eje Madrid-Barcelona en España) o París, frente a la distribución regional que hay en Italia o Alemania (naciones con una historia bastante distinta y conformadas por una unión de regiones más o menos autónomas).

Link a la noticia original: aquí.

El mapa del peso económico de las ciudades en Europa

31 enero, 2021


Las capitales suelen convertirse en espacios que concentran la población y riqueza de sus respectivos países, y es frecuente que sean la mayor ciudad de cada Estado. Sin embargo, en el mapa del peso económico de las ciudades en Europa, no todos los sistemas urbanos se comportan igual, y mientras que en algunos países europeos las capitales generan macrocefalias urbanas que ahogan al resto del territorio nacional, o a una parte importante de él, privándolo de recursos, población y riqueza, en otros existen sistemas urbanos bien jerarquizados o sistemas urbanos policéntricos.

Toda ciudad, por pequeña que sea, genera una macrocefalia sobre su entorno. A su vez, las ciudades tienden a jerarquizarse en el mapa según su peso económico, demográfico o cultural, sea en Europa o en cualquier otra región. Normalmente ocurre mediante ciudades grandes con servicios muy especializados, ciudades medias con servicios regionales y pequeñas ciudades de ámbito comarcal. El problema se genera cuando esta macrocefalia aumenta su área de influencia sobre toda una región o sobre todo el país, destruyendo en su crecimiento la jerarquía urbana del resto del territorio y privando de oportunidades, recursos y mano de obra al mismo. Esto les convierte en el único lugar con funciones especializadas en cientos de kilómetros a la redonda.

Estas macrocefalias son más evidentes y normales en Estados pequeños, y más preocupantes en Estados de mayor tamaño que deberían tener capacidad de poseer varias ciudades con diferentes niveles de funciones. Por ejemplo, en Malta o Luxemburgo, las ciudades de La Valeta y Luxemburgo concentran la inmensa mayoría de la población y el PIB de sus respectivos países. O en Estonia y Letonia, donde Tallin y Riga poseen un 65 y 70% del PIB, respectivamente.

No obstante, para detectar una macrocefalia no solamente hay que fijarse en el porcentaje de PIB o población concentrado en una ciudad, sino también en si existen más ciudades con tamaños y funciones intermedias, o en la riqueza y población que quedan en el resto del país.

España concentra un tercio de su riqueza en Madrid y Barcelona, en lo que se denomina un sistema bicéfalo —con dos cabezas de similar importancia—, y solamente reparte el 22,4% del PIB fuera de las regiones urbanas con más de 1% de PIB, siendo el país de Europa con mayor desequilibrio. Esto implica que la base del sistema es débil, con gran parte del territorio sin apenas actividades económicas. Tampoco existen ciudades intermedias entre el binomio de Madrid-Barcelona y el resto de la red, profundizando aún más los desequilibrios. Por último, Madrid ejerce una de las más claras macrocefalias de Europa, donde solamente Zaragoza y ciudades periféricas próximas a la costa llegan a poseer un 10% del PIB de la capital, dejando la mayor parte del interior del país desestructurado en favor de Madrid.

París ejerce otra poderosa macrocefalia sobre el norte de Francia. Sin embargo, tiene un sur y una costa atlántica mejor estructurados. Por su parte, Londres concentra también un tercio del PIB británico, pero la macrocefalia londinense no está tan marcada, y si bien no hay una ciudad que pueda competir individualmente con Londres, el conjunto del área urbana de las Tierras Medias, con ciudades como Liverpool, Mánchester, Birmingham o Leicester, sí que lo hace. Esto genera un desequilibrio entre en eje Londres-Liverpool, donde se acaba concentrando más de la mitad del PIB, y el resto del país.

Italia y, sobre todo, Alemania son ejemplos de redes urbanas bien estructuradas, aunque ambas presentan algunos desequilibrios internos. A favor de ambas juega el hecho de haberse formado a partir de la unión de varios pequeños países que tenían sus propias estructuras urbanas. En Alemania existe un sistema de muchos núcleos con varias grandes ciudades especializadas, aunque Berlín va conformando una macrocefalia sobre Alemania del Este. En Italia existe un desequilibrio norte-sur, con un sistema urbano ejemplar en el norte y una red urbana más endeble en el sur.

La ciudad que nunca existió, Pedro Azara

La ciudad que nunca existió es el catálogo de la exposición del mismo nombre organizada en el CCCB por el arquitecto y profesor de estética Pedro Azara. Anteriormente realizó otras dos con una temática similar, Las casas del alma, dedicada a los lugares de reposo de los muertos en las distintas culturas, y La fundación de la ciudad, sobre los ritos que siempre acompañan al establecimiento de un enclave urbano.

La ciudad que nunca existió, como el propio comisario de la exposición presenta en el libro, se centra sobre todo en los caprichos arquitectónicos del Renacimiento. La arquitectura en la pintura no tuvo importancia hasta la llegada de la perspectiva durante dicha época. Por entonces, la ciudad obedecía a dos temas: o bien la ciudad de Dios, de arquitectura perfecta, de la cual Jerusalem era la muestra, o bien la ciudad maldita, Sodoma, Gomorra, Babilonia, incluso la nueva Roma, como muestra de la decadencia y la corrupción que la recorrían.

Los caprichos eran una temática nueva, a menudo una fantasía donde confluían, a libertado del autor, palacios, edificios, ruinas… Destacan autores como Canaletto y Panini, aunque la exposición da un lugar privilegiado a Hans Vredman de Vries, pintor holandés en cuyas pinturas el espacio interior y el exterior se confunden.

Otros destacados autores en la exposición fueron Miquel Navarro, con su serie de esculturas alrededor de la ciudad, y Giorgio de Chirico, con sus paisajes espectrales.

El tema de las arquitecturas que nunca han existido ha sido fecundo. Destacamos, por ejemplo, sólo por citar algunas:

  • las ciudades espaciales de Yona Friedman;
  • la New Babylon de Constant Nieuwenhuis;
  • la Plug-in-City de Peter Cook, aparecida en las páginas de la revista Archigram.
  • la Instant City, de Jhoana Mayer, en la misma revista.

From airport to airport city, Michael & Mathis Güller

Airports are no longer just airports, as the book strikingly observes. But what are they? Nodes of a new intermodal transport system for both people and goods? New cities, with shopping, hotels, conferences and a host of ancillary activities more or less loosely linked to aviation? New sprawling developments gobbling up precious land? Unlived-in new cities with serious congestion, access, noise an pollution problems? Dynamic centers of economic activity and growth at the heart of a network of high-speed links to other centres? (p. 7)

La ciudad industrial se ramificó alrededor de una nueva figura recién surgida: la estación central. De repente las líneas de ferrocarril se tendían entre ciudades y lugares lejanos y todo ese tráfico se gestionaba en un edificio, a menudo de acero y cristal, que llevaba la modernidad al corazón de las urbes. Con el correr del tiempo, el nuevo símbolo de velocidad e independencia fue el vehículo privado: y a él se rindieron las calzadas de las ciudades, relegando al peatón a las aceras, y se tendieron autopistas por doquier.

Cuando las ciudades se volvieron nodos en el espacio de los flujos y la velocidad aumentó, la conexión más eficiente para las personas entre los distintos nodos pasó a ser el aeropuerto. De lugar reservado a las afueras de la ciudad pasó a convertirse en un centro de reuniones y conferencias que hacía casi innecesario acercarse hasta el centro de la ciudad. Y, progresivamente, ha ido evolucionando hasta abarcar cada vez más espacio y convertirse en una ciudad aeropuerto.

Los temas que surgen ahora en esta nueva forma urbana centran el estudio de los hermanos Güller titulado From airport to airport city. Publicado en 2003, el libro recoge las experiencias de diez aeropuertos europeos: Frankfurt, Ámsterdam, Londres, Zurich, Barcelona, Milán, Copenaghen, Estocolmo, Viena y Helsinki, los que más recogían esta tendencia en la época (por ejemplo, los de París y Madrid no están porque, afirman los autores, la elección de sus ciudades fue relegar los aeropuertos a territorios alejados de la ciudad, más que integrarlos en ellas).

Los aeropuertos se han vuelto nodos de conectividad esenciales. No sólo vehiculan el tráfico de personas y mercancías, sino que su volumen y crecimiento los ha convertido en nodos regionales que estructuran grandes zonas alrededor de las ciudades. Si la primera necesidad antaño era conectar el aeropuerto a la red de autopistas del país, la nueva necesidad de principios de siglo ha sido hacer llegar las redes de tren de alta velocidad hasta los aeropuertos. El transporte público ha sido el encargado de gestionar el mayor volumen de pasajeros; de hecho, una de las posibles vías de crecimiento que los autores destacan para los aeropuertos es el de convertirse en interconectores regionales donde se puede pasar de un modo de velocidad rápido o medio (trenes de alta velocidad, trenes regionales) a uno de velocidad más lenta y mayor precisión (como el metro).

Otro de los temas que se plantean alrededor del crecimiento de los aeropuertos es a qué dedicar todo el espacio disponible. Por un lado crecen las necesidades físicas de los aeropuertos (más terminales, más accesos, mayor espacio de control para gestionar el volumen de pasajeros); por el otro, el espacio allí se vuelve tan valioso que ya no es viable destinarlo a aparcamientos. Las zonas comerciales abundan cada vez más en los aeropuertos (probablemente fue esta imagen la que dio lugar a la concepción de los no lugares del antropólogo Marc Augé), pero también la disponibilidad de hoteles, zonas de reuniones y business hubs.

Schiphol Plaza, el centro comercial del aeropuerto de Ámsterdam.

El problema que genera el crecimiento de los aeropuertos va asociado a las diversas formas que puede adoptar su gestión. La mayoría de ellas son o bien público-privadas o mayoritariamente privadas. Los aeropuertos no suelen estar en una única población, sino que, dada su envergadura, limitan con bastante de ellas. Por lo tanto, ¿a quién corresponde la gestión de estas nuevas ciudades-aeropuerto? ¿A intereses privados, que buscan el beneficio? ¿A los controladores públicos del espacio aéreo?

An airport city is, above all, a business strategy on the part of the airport operator, aimed at cashing in on the business oportunities creates by its operations and the important funcition it provides in landside transport networks. Operators use it as a label for indicating their new business outlook: they are not only facilitating air traffic, but also offering commercial services.

An airport city also involves regional develompment. An airport city does not stand alone. It is not detached from the airport surroundings, but is part of a broader regional strategy that orients itself towards the landside traffic function of the airport, and intends to take advantage of the spin-offs from the airport.

In terms of territorial definition, the airport city is, in principle, the more or less dense cluster of operational, airport-related activities, plus other commercial and business concerns, on and around the airport platform. However, this cluster is called an airport city only if it shows the qualitative features of a city (density, access quality, environment, services). (p. 70)