El derecho a la ciudad, Henri Lefebvre (I): una nueva ciudad

Para presentar y exponer la “problemática urbana” se impone un punto de partida: el proceso de industrialización. Sin lugar a dudas, este proceso es el motor de las transformaciones de la ciudad desde hace siglo y medio. Distinguiendo entre inductor e inducido, podríamos situar como inductor el proceso de industrialización, y enumerar entre los inducidos a los problemas relativos al crecimiento y a la planificación, a las cuestiones que conciernen a la ciudad y al desarrollo de la realidad urbana, y, por último, a la importancia creciente del ocio y de las cuestiones referentes a la “cultura”.

Así empieza El derecho a la ciudad, una de las obras capitales de Henri Lefebvre, terminada en 1967 y publicada en 1968; sí, junto al mayo francés, y no es casualidad. En ella se hablaba por primera vez del “derecho a la ciudad”, un derecho colectivo que tenían los ciudadanos sobre el lugar donde vivían. El término se ha incorporado ya a nuestro lenguaje; si no al cotidiano, sí al político, donde es un derecho que se esgrime constantemente. Sin embargo, se usa como un comodín que cada cual apuesta a su caballo ganador: el derecho de los ciudadanos a una ciudad… ¿libre?, ¿limpia?… ¿segura?

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Lefebvre sitúa el inicio de su reflexión sobre la ciudad con la industrialización, cuando la ciudad cambia. Tras una Edad Media donde las ciudades habían quedado casi abandonadas, son los mercaderes, la burguesía, los que la reconquistan; y lo hacen llevando a su centro el mercado, el lugar donde intercambiar mercancías, sí, pero también el que permite la acumulación de riquezas. “El uso de la ciudad, es decir, de las calles y plazas, los edificios y monumentos, es la fiesta que consume de modo improductivo riquezas enormes (en objetos y dinero), sin otra ventaja que el placer y el prestigio.” (p. 25) Las tierras pasan progresivamente de las manos de los señores feudales a las de los capitalistas urbanos enriquecidos; se forma entonces una red de ciudades que comprende tantos a éstas como las vías que las unen y las relaciones entre sus habitantes.

Paradójicamente, las industrias suelen asentarse a las afueras de la ciudad, al menos en los inicios de la industrialización. De hecho, industrialización y urbanización es “un doble proceso o, si se prefiere, un proceso con dos dimensiones: crecimiento y desarrollo, producción económica y vida social.” (p. 29). La industria huyó del centro pero luego quiso reconquistarlo; el poder económico, industrial, cultural, nunca llegó a abandonarlo.

Después de 1848 la burguesía francesa, sólidamente asentada en la ciudad de París, posee allí sus recursos para actuar, los bancos estatales y no solamente propiedades residenciales. Ahora bien, la burguesía se siente amenazada por la clase obrera. (…) Se elabora así una estrategia de clase que apunta a la remodelación de la ciudad, prescindiendo de su realidad, de su vida propia. La vida de París adquiere su mayor intensidad entre 1848 y Haussmann: no la “vida parisina”, sino la vida urbana de la capital. Es entonces cuando la ciudad entra en la literatura, en la poesía, con una pujanza y unas dimensiones gigantescas. Si bien luego eso terminará. En todo caso, la vida urbana supone encuentros, confrontación de diferencias, conocimiento y reconocimiento recíprocos (incluidos en el enfrentamiento ideológico y político), maneras de vivir, modelos que coexisten en la ciudad. A lo largo del siglo XIX, la democracia de origen campesino cuya ideología animó a los revolucionarios hubiera podido transformarse en democracia urbana. Este fue, de hecho, y continúa siendo para la historia, uno de los sentidos que movió a La Comuna. Pero la democracia urbana amenazaba a los privilegios de la nueva clase dominante, por lo que esta impidió su nacimiento. ¿De qué manera? Expulsando del centro urbano y de la ciudad misma al proletariado, destruyendo la “urbanidad”. (p. 36).

Primer acto: el barón Haussmann “reemplaza las calles tortuosas (pero vitales) por largas avenidas y reemplaza los barrios sórdidos (pero vitales) por barrios aburguesados”. Abre bulevares pero no por su belleza, sino para “cubrir París con las ametralladoras” (Benjamin Péret). “Los espacios libres tienen un sentido: proclaman a voz en grito que la gloria y el poderío del Estado que los modela, la violencia que en ellos puede esperarse.” (p. 36).

Segundo acto: a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX se “descubre” la noción del hábitat. “Hasta entonces “habitar” era participar en una vida social, en una comunidad, pueblo o ciudad.” “A fines del siglo XIX, los notables aíslan una función urbana concreta, la separan del conjunto extremadamente complejo que la ciudad era y continúa siendo, para proyectarla sobre el terreno (sin por ello restar relevancia a la sociedad), y le facilitan una ideología, una práctica, dotándola de ese modo de significado.” (p. 37).

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Henri Lefebvre (derecha) y el filósofo Leszek Kolakowski

Estrategia de clase, sí, pero ello no implica un grupo de oligarcas reunidos frotándose las manos para hacer el mal. Algunos de ellos buscarían el bien de las clases obreras; otros siguieron sus propios intereses. Supusieron que sería beneficioso implicar a los obreros en la lógica de las propiedades y propietarios, casas y barrios. Esta decisión conlleva la aparición de los suburbios, una periferia desurbanizada pero dependiente precisamente de la ciudad.

Tercer acto: la noción de hábitat sigue siendo incierta. “Si se define la realidad urbana por la dependencia respecto al centro, los núcleos periféricos son urbanos. Si se define el orden urbano por una relación perceptible (legible) entre centralidad y periferia, los núcleos periféricos están desurbanizados.” Pero estos conceptos no hacen más que socavar tanto la conciencia de la ciudad como la de la realidad urbana.

* El derecho a la ciudad, Henri Lefebvre. Editorial Capitán Swing Libros. Traducción y presentación: Ion Martínez Lorea. Introducción de Manuel Delgado.

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