The Cultures of Cities, Sharon Zukin

Sharon Zukin, socióloga americana, es una vieja conocida de este blog por su primera obra, Loft Living, de 1982. En ella, Zukin vinculaba el proceso de la gentrificación con el “modo de producción artístico”, es decir, con lo que hoy llamaríamos una “clase creativa“, por entonces reducida a artistas y propietarios de galerías, que encontraban en las zonas desindustrializadas de la Nueva York de los 60 y 70 precios muy asequibles donde instalar sus estudios y convertirlos también en residencias. De este modo nació la cultura del loft, espacios amplios y llenos de luz que habían sido diseñados como lugares industriales y talleres textiles y ahora reconvertidos en estudios contestatarios. A medida que los artistas y los pioneros (en lo que Neil Smith llamó “la cultura de la frontera“) se mudaban a estos barrios, sus calles marginales y sus negocios semiabandonados fueron floreciendo y se llenaron de cafeterías, tiendas de vinilos, moda alternativa o lo que, en definitiva, la propia Zukin denonimó “pacificación por capuccino”. Paradójicamente, cuando el barrio ya se había gentrificado y las clases bajas habían sido completamente substituidas por las élites, los propios pioneros debían abandonar el barrio que habían ayudado a pacificar, pues ya no podían hacer frente a las nuevas rentas. Es el proceso de la gentrificación.

En su siguiente obra, Landscapes of Power (1991), Zukin estudió la influencia sobre el territorio de lugares muy concretos del capital: por ejemplo, el complejo industrial de Henry Ford en Detroit o Disneyworld, y cómo estas industrias generan un espacio específico e incluso un modo determinado de vivir.

En su tercera obra, la que nos atañe, The Cultures of Cities (1995), Zukin lleva la investigación de la cultura a territorio urbano. ¿Cómo se construye el significado cultural en las ciudades, quién decide qué símbolos deben ocupar cada espacio, cómo se distribuyen y negocian los diferentes grupos sociales sus espacios o la interpretación de cada uno? El libro se divide en 7 capítulos: el primero, a modo de introducción, que reflexiona sobre el choque de distintas visiones culturales en la ciudad; el segundo, sobre Disney World; el tercero, la significación de un museo “internacional” en un espacio regional; el cuarto, la relación entre (alta) cultura y espacio público; el quinto, la idiosincrasia (étnica, económica, cultural) de los restaurantes en Nueva York; el sexto, el acto de ir de compras en la ciudad; y el séptimo, a modo de conclusión, sobre la cultura pública y el rumbo de las ciudades.

Si hay algo que le podemos reprochar al libro, es, tal vez, haber sido escrito en un periodo de transición. Desde las crisis económicas de los 70 y el inicio de la reducción del estado del bienestar, las ciudades quedaron algo abandonadas sin saber qué rumbo tomar. Ya no eran los nodos de la industrialización de Occidente, ya no eran la residencia de los obreros que iban a las fábricas situadas en el extrarradio; tuvieron que encontrar un nuevo sentido y lo hicieron convirtiéndose en nodos globales de la nueva economía de servicios. De ahí surgen la gentrificación, la museificación, la conversión de los espacios públicos en lugares amables para las nuevas clases creativas, la progresiva disneyficación de las millas de oro de las ciudades, convertidas en parques temáticos vendidos al consumo o en centros comerciales semiprivados en calles de titularidad pública. Estos procesos empezaron en las grandes capitales, como Nueva York, y de ahí se han ido diluyendo al resto de ciudades, sino mundiales, sí occidentales. Este proceso aún estaba a medias en los años 90, y de ahí parece surgir la indefinición de Zukin: da apuntes de lo que está pasando, pero no acaba de desgranar una tesis de todas esas observaciones. Concibe la cultura como una negociación colectiva, que lo es, claro, pero también es en gran medida una imposición cultural y, sobre todo, económica. En los últimos párrafos del libro alude a Lefebvre y su distinción entre la práctica espacial, la representación del espacio y los espacios de representación en La producción del espacio. El filósofo francés lo dejó claro: los espacios son producidos y lo son mediante la ideología imperante en una época. Nuestras ciudades son el resultado de una hegemonía capitalista, en concreto, neoliberal o dedicada a los servicios; y, si existen espacios alternativos, es debido a las posibles resistencias a esa imposición.

These days, when culture industries and cultural institutions are so openly market driven, the power to frame things simbolically is taken to be a form of material power. But we shouldn’t jump to the conclusion that the producers of symbols (artists, architects, designers) have much power. As in any other market economy, framers wield more power than producers. Those who deal out the symbols (the Disney Company, BIDs, museums) are in control. Like any hegemonic power, however, the power of vision depends on a dynamic mobilization of fresh talent, new symbols and different publics. (p. 292)

“Muchos teóricos dicen que los espacios urbanos sólo se pueden interpretar desde una variedad de puntos de vista, ninguno de los cuales es más autoritario, o correcto, que los otros. (…) Lo que para unos es “cultura”, para otros es “represión”. A lo máximo a lo que llega Zukin es a admitir que “todos los espacios públicos están influenciados por la economía simbólica dominante” y a la disolución que estaba sufriendo el espacio de las ciudades mediante el asedio de las grandes corporaciones y el rumbo hacia el consumo. No sabemos si se debe a la fecha de publicación o a la propia visión de la autora, pero se echa de menos una visión más crítica con la hegemonía capitalista.

Para empezar con la lectura del libro, habría que definir qué es cultura. Es un término ambiguo: por un lado están las actividades “culturales”: teatro, exposiciones, museos, ¿restaurantes? Por el otro, “la cultura es también un modo de control de las ciudades”: “define quién pertenece a cada lugar específico”. Pero también es la representación de la identidad de cada grupo.

Controlling the various cultures of cities suggested the possibility of controlling all sorts of urban ills, from violence and hate crime to economic decline. That this is an illusion has been amply shown by battles over multiculturalism and its warring factions -ethnic politics and urban riots. Yet the cultural power to create an image, to frame a vision, of the city has become more important as publics have become more mobile and diverse, and traditional institutions -both social classes and political parties- have become less relevant mechanisms of expressing identity. (p. 3)

Sin embargo, una buena definición que aproxima Zukin es “una abstracción para cualquier actividad económica que no cree productos materiales como acero, coches u ordenadores”. “La cultura es un sistema de producción de símbolos, cualquier mecanismo diseñado para conseguir que la gente compre un producto se convierte en industria cultural”. Zukin explica la broma de Daniel Bell sobre un trabajador de un circo que recogía las heces de los elefantes y defendía que formaba parte de la “industria del entretenimiento”; algo similar sucede con la industria cultural hoy en día.

Con esa definición de cultura en mente, a menudo las élites se han apropiado de espacios públicos para destinarlos a fines comerciales o “culturales”: museos a cual mayor, paseos marítimos reconvertidos en centros de ocio. En tanto que las ciudades se convierten en receptoras de artistas y personas tratando de encontrar un lugar en esa industria cultural, a menudo se dedican a otras tareas mientras esperan “su” momento; lo cual da lugar a hordas de camareros (en los 90) o repartidores (hoy en día) que no lucharán por sus condiciones laborales ni se afiliarán a un sindicato porque no perciben que su profesión actual sea algo permanente, lo que repercute en un empeoramiento de las condiciones laborales del sector.

Linking public culture to commercial cultures has important implications for social identity and social control. Preserving an ecology of images often takes a connoisseur’s view of the past, re-reading the legible practices of social class discrimination and financial speculation by reshaping the city’s collective memory. Boston’s Faneuil Hall, South Street Seaport in New York, Harborplace in Baltimore, and London’s Tobacco Wharf make the waterfront of older cities into a consumer’s playground, far safer for tourists and cultural consumers than closed worlds of wholesale fish and vegetables dealers and longshoremen. (p. 19)

En aras de la seguridad, se crean espacios de consumo liberados de toda persona cuya visión suponga una amenaza o atente contra la “pacificación de clase media”. El ejemplo que da Zukin es Bryant Park de Nueva York, que fue vallado y vigilado por protección privada para garantizar que unas clases medias asépticas y controladas siempre lleven a cabo actos propios de su condición. La prostitución, venta de drogas e incluso la presencia de toda persona “sospechosa” son motivo de expulsión de ese lugar saneado, algo vinculado a la gentrificación y el aumento de los precios inmobiliarios en la zona pero también a la expulsión de las clases bajas cada vez a zonas más alejadas de la ciudad. “Central Park, Byrant Park, and the Hudson Iver Park show how public spaces are becoming progressively less public: they are, in certain ways, more exclusive than at any time in the past 100 years.”

Esto se debe en gran medida a las asociaciones privadas o semiprivadas que gobiernan los parques públicos en la ciudad de Nueva York. Debido a la reducción del gasto público en las ciudades, los servicios esenciales quedaron al mínimo (limpieza, seguridad, etc.), por lo que una forma de recaudar dinero fue abrir las puertas a la inversión privada o rentabilizar partes de esos parques con restaurantes o exposiciones. Dichas asociaciones (“corporations”) buscan un lugar seguro, donde clases medias y altas puedan pasear y consumir, pero el efecto es la reducción de la diversidad en espacios públicos cada vez más homogéneos.

The disadvantage of creating public space this way is that it owes so much to private-sector elites, both individual philanthropists and big corporations. This is especially the case for centrally located public spaces, the ones with the most potential for raising property values and with the greatest claim to be symbolic spaces for the city as a whole. Handing such spaces over to corporate executives and private investors means giving them carte blanche to remake public culture. It marks the erosion of public space in terms of its two basic principles: public stewardship and open access. (p. 32)

Además del control semiprivado de los parques, en Nueva York se crearon los BIDs (bussiness improvement districts), distritos de mejora empresarial, alianzas formadas por distintas empresas con la idea de mejorar los servicios en su zona concreta. Por ejemplo, limpieza en las calles o seguridad permanente, lo que lleva al mismo círculo: las calles convertidas en espacios semiprivados con acceso limitado, como los centros comerciales. “Public space that is no longer controlled by public agencies must inspire a liminal public culture open to all but governed by the private sector.” Puesto que no quieren ofender a nadie, los BIDs imponen un diseño neutro, homogéneo, que identifica claramente a quiénes pueden o no acceder (mejor dicho: quiénes son bienvenidos y quiénes no lo son) pero también estratifica la sociedad. “Motifs of local identity are chosen by merchants and commercial property owners. Since most commercial property owners and merchants do not live in the area of their bussiness or even in New York City, the sources of their vision of public culture may be ecclectic: the nostalgically remembered city, European piazzas, suburban shopping malls, Disney World. In general, however, their vision of public spaces derive from commercial culture.” Lo que, en definitiva, nos lleva de nuevo al simulacro o al pastiche postmoderno.

For a brief moment in the late 1940s and early 1950s, working-class urban neighborhoods held the possibility of integrating white Americans and African-Americans in roughly the same social classes. This dream was laid to rest by movement to the suburbs, continued ethnic bias in employment, the decline of public services in expanding racial ghettos, criticism of integration movements for being associated with the Communist party, and fear of crime. Over the next 15 years, enough for a generation to grow separate, the inner city developed its stereotyped image of “Otherness”. (p. 43)

(…) Guardians of public institutions (teachers, cops) lack the time or inclination to understand the generalized ethnic Other. (p. 44)

Many Americans, born and raised in the suburbs, accept shopping centers as the preeminent public spaces of our time. Yet while shopping centers are undoubtedly gathering places, their private ownership has always raised questions about whether all the public has access to them and under what conditions. (p. 45)

Real cities are both material constructions, with human strenghts and weaknesses, and symbolic projects developed by social representations, including affluence and technology, ethnicity and civility, local shopping streets and television news. Real cities are also macro-level struggles between major sources of change -global and local cultures, public stewardship and privatization, social diversity and homogeneity- and micro-level negotiations of power. Real cultures, for their part, are not torn by conflict between commercialism and ethnicity; they are made up of one-part corporate image selling and two-parts claims of group identity, and get their power from joining autobiography to hegemony -a powerful aesthetic fit with a collective lifestyle. This is the landscape of a symbolic economy that I try to describe in the following chapters… (p. 46)

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