La ciudad y otros ensayos de ecología urbana, Robert Ezra Park

De la Escuela de Chicago hemos hablado en el blog en diversas ocasiones. La primera fue con la lectura de Teorías e historia de la ciudad contemporánea, de Carlos García Vázquez, que situaba la Escuela y nos presentaba a sus principales miembros. Luego fue Ulf Hannerz en Exploración de la ciudad, una historia de la antropología urbana que se centraba en los contenidos de los estudios de los principales investigadores de la Escuela. Más tarde, Francisco Javier Ullán de la Rosa dedicaba el segundo capítulo de Sociología Urbana a los de Chicago, especificando el por qué de su nacimiento y desarrollo en la ciudad del Medio Oeste norteamericano y también presentando algunas críticas a su ideología. Finalmente, leímos La Escuela de Chicago de Sociología, de Josep Picó e Inmaculada Serra, que daba un repaso biográfico a los investigadores y a todo el departamento, destacaba sus etapas y se centraba en su metodología, si bien dejaba algo de lado sus objetos de estudio (primera y segunda entradas).

Picó y Serra desgranaban la Escuela en tres generaciones:

  • la primera, cuando el Departamento estuvo dirigido por Small, que va desde su creación en 1892 hasta la Primera Guerra Mundial, y cuya obra emblemática es El campesino polaco, de Thomas y Znaniecki;
  • la segunda, cuyas figuras centrales fueron Robert Ezra Park y Ernest Burgess y cuyo mayor logro fue el desarrollo del concepto de la «ecología urbana» y las áreas de interés natural, así como la forja de una sociología más práctica que filosófica;
  • y la tercera y última, encabezada por la figura de Louis Wirth («El urbanismo como forma de vida«) y donde los métodos de la sociología que practicaban se vieron desbandados por el auge de la estadística y de estudios más amplios (de ámbito nacional).

La ciudad y otros ensayos de ecología urbana (1999, Ediciones del Serbal) recoge escritos y prólogos a obras de otros miembros de la Escuela de Chicago escritos por Robert Ezra Park. El traductor y autor del estudio preliminar es Emilio Martínez, sociólogo en la Universidad de Alicante.

Park, nacido en 1864, llegó a la Universidad con 50 años. Nacido en Pennsylvania pero criado en Minnesota, ante sus ojos se produjeron la industrialización del campo norteamericano y la emigración a las ciudades. Estudió Filosofía en Michigan, donde conoció a John Dewey, cuyos estudios sobre comunicación y el papel esencial que juega en el entorno humano siempre acompañarían a Park. Intentó publicar un periódico junto a un compañero (The Thought News) que pretendía captar las fluctuaciones de la opinión pública de forma objetiva, algo demasiado ambicioso para los avances técnicos de la época y del que sólo consiguieron editar un número.

Sin embargo, Park no abandonó el periodismo y se dedicó a él durante los siguientes años, entre 1987 y 1898. La prensa jugaba un importante papel en la sociedad industrial y urbana del momento: dada la variedad de orígenes de los habitantes de Chicago, servía al mismo tiempo como herramienta de integración y como denuncia de toda desviación social. El periodismo le sirvió a Park para conocer de primera mano la ciudad y sus distintos ámbitos, así como todos aquellos espacios de depravación, alcoholismo, pobreza… «La ciudad se antojaba ya un laboratorio social donde analizar los problemas de desorganización social y los nuevos tipos sociales que surgían en su caótico crecimiento. El periódico le servía, pues, como órgano en el que registrar los distintos acontecimientos y tomar el pulso del cambio social, con finura y rigor, sin caer en las prácticas del muckcraker.» (p. 11; el muckcracker era el «expositor de crueldades», lo que hoy llamaríamos prensa sensacionalista y que Park identificaba en Pulitzer, que convirtió al New York World en el periódico con mayor tirada de la ciudad, y al que se debe el famoso premio del mismo nombre, y en Hearst, que hizo lo mismo con el Examiner; ambos magnates son conocidos por la propaganda que llevaron a cabo durante la guerra de Cuba, en la que se inventaron las noticias sin más).

En esencia, «no hay una ruptura epistemológica entre la actividad periodística y la actividad académica de Park»: durante sus años en la universidad usó lo que había aprendido como periodista, aunque recurrió a mayores dosis de objetividad. Sin embargo, el periodismo en sí no acabó de llenarlo, por lo que volvió a la universidad en 1898, a Harvard, donde estudió Psicología y acabó viajando a Alemania para su tesis. Allí asistió a las conferencias de Simmel, que sería una influencia esencial tanto en el pensamiento de Park como en el de la Escuela en general.

A diferencia de una amplia mayoría de intelectuales norteamericanos, como Jefferson, Poe o incluso Frank Lloyd Wright, que o bien desconfiaban de la ciudad o eran contrarios a ella, ansiando espacios abiertos, comunidad y pioneros enfrentándose a los avatares de la naturaleza, Park reconocía, sin duda debido a su formación en el pensamiento alemán, «el papel civilizador de la ciudad y los beneficios de la moderna metrópoli en cuanto a su libertad y estímulos» (p. 12). Al volver a los Estados Unidos, Park estuvo un año enseñando como auxiliar de filosofía y luego se enroló en la Congo Reform Association, «una organización de misioneros baptistas cuyo propósito no era sino denunciar los abusos y la brutalidad del dominio belga en su colonia africana». Publicó artículos en contra de Leopoldo de Bélgica, fue contratado por el Tuskegee Institut, con el que viajó por Europa, y en una de estas conferencias acabó conociendo a William Thomas, que ya era un prestigioso sociólogo en el Departamento de Chicago y que dos años después lo invitó a unirse a ellos.

Por entonces ya existían otros Departamentos de Sociología en Estados Unidos; sin embargo, Park parece hecho a propósito para el de Chicago. En efecto, «lo que Atenas para Platón, Königsberg para Kant y Hoffmann, y Viena para Freud, Kokoscha y Musil, fue Chicago para la escuela de ecología humana: «un mundo en pequeño«, un foco de fenómenos, un escenario de tipos y relaciones sociales a los que no pudieron sustraerse.» (p. 15)

Chicago explotó; no hay otra forma para referirse a su acelerado crecimiento. La apertura del Canal del Eire (1824) y su posición en el centro de una extensa red de ferrocarriles la convirtieron en un nodo central entre el Este y el Oeste, entre Estados Unidos y Canadá. Si en 1840 contaba con 4470 habitantes, en 1920 tenía 2,7 millones y en 1930, 3,4. Allí se combinaban gentes llegadas de todas las partes del globo, especialmente de otros estados de Estados Unidos y de muchos países de Europa, con el liberalismo americano y la movilidad territorial y social de la población. El incendio de gran parte de la ciudad en 1871 dio alas a nuevas corrientes arquitectónicas, artísticas y culturales.

El crimen organizado convivía con los residuos de aquel impetuoso y fugaz movimiento obrero que recordamos aún cada primero de mayo y que la violenta represión del Estado y la movilidad de su población impidieron consolidar. El caos y la eterna pobreza, el par y el crimen, los disturbios étnicos y los conflictos laborales, todo era uno y de repente nada. El febril Chicago era el sueño americano y sus peores pesadillas, una urbe que se hacía y se deshacía al instante, inestable y móvil como su población, en transición permanente. Todo ello hacía de la ciudad un inmenso, privilegiado y frágil laboratorio de estudio sociológico. (p. 15).

En cuanto a la expresión «laboratorio urbano«, fue usada por Small en 1896 para referirse a Chicago; pero a Park le pareció muy acertada y la usó en diversas ocasiones, hasta el punto de titular un artículo con ella y de que en la actualidad se le atribuya su invención.

Emilio Martínez destaca en el estudio preliminar que los de Chicago no fueron los primeros en abordar toda esa desorganización social. Sin embargo, los que fueron antes que ellos lo hicieron más con voluntad (cristiana) de reforma que con ansias de comprender sus causas. Entre ellos destaca, por supuesto, Jane Addams con la Hull House, un refugio desde el que se trataba de ayudar a todos los desamparados de la ciudad, y que siempre mantuvo buenas relaciones con los miembros de la Escuela. El propio Small, el primer director del Departamento, también era un pastor baptista y también se había educado en Alemania; como el resto de Departamentos de Sociología, abordó su tarea con una mezcla de interés científico y compasión religiosa. Sin embargo, Small era, más que un intelectual, un gran organizador; y por ello se rodeó de investigadores capaces que, más que abordar la sociología desde la filosofía o desde la teoría, se lanzaban a las calles y obtenían evidencias empíricas.

Había antecedentes de intelectuales que habían abordado el tema de la ciudad, pero no se habían centrado en ella sino que la habían tomado como una muestra de una realidad social más amplia: Weber, Marx, Durkheim, Simmel y Sombart, son los que destaca Emilio Martínez (los mismos que Francisco Javier Ullán de la Rosa, aunque él añadía a Halbwachs). Y en cuanto a las influencias de Park, destacan Darwin y Spencer, claro, con su visión de la ecología y, sobre todo, el superorganismo del que habla Spencer, y que para Park será el epítome de la ciudad; pero también Spengler con La decadencia de Occidente y, por supuesto, el Simmel de «Las grandes ciudades y la vida del espíritu». Para éste último, la ciudad era el «escenario privilegiado de la tragedia cultural moderna» y del conflicto entre el individuo y la sociedad. Recordemos: para Simmel el urbanista se ve tan asediado por la sobreestimulación que siente que recurre a la mente, y no a los sentimientos, para organizar y gestionar su vida en la ciudad, su toma de decisiones y sus relaciones con el prójimo. Todo se rige por una lógica mercantil, pues el dinero, con su poder de moneda de cambio, permite establecer un baremo objetivo que decida las relaciones; y el urbanita se vuelve blasé, hastiado. Sin embargo, Simmel no contemplaba este proceso como algo negativo, como una disolución moral del individuo, sino «como una forma de socialización funcional en la complejidad metropolitana». También hay ecos del Durkheim de la efervescencia social en Park.

La ecología humana, como veremos más adelante y en la siguiente entrada, trata de explicar «lo social desde una concepción naturalista» (p. 25). El origen, lógicamente, descansa en los estudios evolutivos de Darwin y la sociología de Spencer; pero la ecología humana presenta un darwinismo «bastante edulcorado» muy alejado, por ejemplo, de la concepción de que el hombre es un lobo para el hombre, como argumentaba Hobbes. Martínez destaca la distancia entre el darwinismo social que «se convirtió en el sustento ideológico del laissez-faire capitalista y el darwinismo reformista de la Escuela de Chicago. La ciudad, para Park y los de Chicago, se organiza en áreas funcionales o naturales, organizadas según los principios naturales de competencia o dominación y que forman un superorganismo, que es la totalidad de la ciudad. Estas áreas se regulan en función de diversos aspectos, siendo el valor del suelo uno de los principales, pero también según criterios culturales, políticos, de etnia, religiosos… Si dichas áreas coinciden con las áreas administrativas de la ciudad, es por pura casualidad; ambas visiones de la ciudad se superponen pero van por caminos distintos.

De esta visión de distintas áreas organizadas según criterios económicos o culturales obtuvo Burgess su famoso modelo de crecimiento concéntrico (1925), que pretendía reflejar todas las ciudades, o al menos las principales de Estados Unidos, pero acababa reflejando sólo Chicago. Más adelante lo reformó para tener en cuenta variantes esenciales en la morfología de la ciudad como son las vías del metro o el ferrocarril, que estructuran los movimientos y la residencia de la población.

Esta existencia de distintas áreas que se tocan pero no llegan a mezclarse es lo que permite al urbanita desarrollar diversos aspectos de su vida en distintos ámbitos; y es lo que lleva también a la actitud blasé y a concebir las relaciones desde un punto de vista de comunidades de interés, lo que vuelve a Simmel y su forma de concebir la ciudad. Hay seres que flotan en los espacios intermedios que forman estas áreas, como el famoso hobo, uno de los objetos principales de estudio de la Escuela de Chicago, el vagabundo o trabajador ocasional que se deja llevar por los ferrocarriles y se convierte en una población flotante que deriva hacia donde pueda obtener sustento de forma temporal, que tan bien reflejó el estudio de Nels Anderson; o los espacios intersticiales de los que habló Trasher y que son ámbitos, físicos o culturales, que no caen necesariamente sobre ninguna área de influencia concreta y por lo tanto quedan en suspenso, huecos desestructurados en los que uno habita en tierra de nadie.

Y hasta aquí llega el estudio preliminar de Emilio Martínez, de muy agradable lectura. En la próxima entrada analizaremos los escritos de Park y su visión sobre el estudio de la ciudad y la ecología urbana.

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