La nueva frontera urbana, Neil Smith

En el lenguaje de la gentrificación, la apelación al imaginario de la frontera ha sido exacta: los pioneros urbanos, los colonos urbanos y los vaqueros urbanos se han transformado en los nuevos héroes populares de la frontera urbana. En la década de 1980, las revistas del mercado inmobiliario hablaban incluso de “exploradores urbanos” cuyo trabajo consistía en recorrer los flancos de los barrios gentrificados, examinar el paisaje a la búsqueda de reinversiones rentables, y, al mismo tiempo, informar acerca de cuán amigables eran los nativos. Comentadores menos optimistas acusaron el surgimiento de un nuevo grupo de “bandidos urbanos” vinculados a la cultura de la droga en las zonas urbanas deprimidas.

Al igual que Turner cuando reconoció la existencia de americanos nativos pero para incluirlos en esta jungla salvaje, el imaginario contemporáneo de la frontera urbana trata a la actual población de las zonas urbanas deprimidas como un elemento natural de su entorno físico. El término “pionero urbano” es, por lo tanto, tan arrogante como la noción original de “pioneros”, en la medida en que sugiere la existencia de una ciudad que aún no está habitada; al igual que los nativos americanos, la clase trabajadora urbana es considerada como menos que social, una parte del ambiente físico. (…)

[…] Tal y como sucede con toda ideología, existe una base real, si bien parcial y distorsionada, en el tratamiento de la gentrificación como una nueva frontera urbana. La frontera representa una evocadora combinación de los avances económicos, geográficos e históricos y sin embargo el individualismo social asociado a este destino es, en gran medida, un mito. La frontera de Turner se extendió hacia el Oeste no tanto por pioneros solitarios, colonos y duros individualistas, como por bancos, ferrocarriles, el Estado y otras fuentes colectivas de capital (Swierenga, 1968; Limerick, 1987). En este periodo, la expansión económica fue realizada, en gran medida, a través de la expansión económica continental. (pp. 18-22)

La nueva frontera urbana. Ciudad revanchista y gentrificación, publicado por el geógrafo Neil Smith en el año 1996, es uno de los estudios esenciales en el tema de la gentrificación. Fue este libro el que sentó las bases académicas del proceso que hoy conocemos como gentrificación, término ideado por Ruth Glass en 1964 para referirse a la ‘pequeña nobleza’ (gentry, en inglés) que volvía del campo o los suburbios exteriores de Londres al centro de la ciudad después de la Segunda Guerra Mundial. Autores como Sharon Zukin en su famoso Loft living: Culture and Capital in Urban Change, en 1982, ya habían estudiado el proceso y además habían denunciado la complicidad de ciertas clases de artistas o de la cultura como avanzadilla para transformar barrios obreros, víctimas de la desinversión de sus rentistas o incluso del Estado, en barrios primero de clase media y luego, ya totalmente higienizados, en zonas de renta elevada centradas alrededor del ocio, el consumo y el turismo.

Hubo grandes debates académicos en los años 80 y 90 sobre la importancia de este proceso: si era algo puntual, si iba a durar, si modificaría los entornos urbanos de forma significativa; y, sobre todo, alrededor de sus causas, si era provocado por el Estado, el capital, los usuarios, sucesos puntuales. Neil Smith llegó con este abrumador estudio, recogió todo el debate suscitado sobre el tema y propuso sus tesis: la concepción y presentación, por parte de los poderes establecidos, de los barrios degradados y listos para su gentrificación como lugares que había que domesticar, recuperar para “los nuestros” (en otros lugares, por ejemplo España, el vocabulario fue otro: higienizar, esponjar, limpiar); la teoría de la diferencia potencial de renta, el gap entre el valor real de un edificio y su valor posible, que acaba siendo decisiva para saber qué barrios van a ser gentrificados; y el camino, a priori global, que estos procesos estaban inaugurando para el espacio urbano alrededor del mundo -del mundo occidental. Sin más, entramos en materia.

Neil Smith empieza el libro con un ejemplo de gentrificación en Nueva York, en concreto el parque Tomkins, lugar tradicional de protestas obreras durante todo el siglo XX, remodelado en 1936 por Robert Moses (el archienemigo de Jane Jacobs del que hemos hablado multitud de veces), según las malas lenguas para evitar precisamente esas concentraciones obreras; pero a lo largo del siglo, y sobre todo con las crisis económicas de los 70, se convirtió otra vez en hogar de multitud de vagabundos y sin techo, que lo transformaron en una ciudad de chabolas y lugar de venta de drogas, entre otros. La policía intentó desalojarlos en el año 1988 pero la cosa terminó siendo una batalla campal entre las autoridades y los defensores de los vagabundos, okupas, luchadores antigentrificación, etc. Smith denuncia que, durante décadas, el parque había sido abandonado porque no interesaba; pero de repente, a medida que el barrio se iba gentrificando, las autoridades redescubrieron su potencial económico y quisieron incluirlo en sus planes para obtener rédito económico, momento en que trataron de expulsar a los sin techo. No reubicarlos, no buscarles un lugar o una forma de vida: sólo expulsarlos a otras zonas donde no fuesen tan visibles.

Desde los años setenta, este nuevo urbanismo encarna una extendida y drástica repolarización de las dimensiones políticas, económicas, culturales y geográficas de la ciudad, integradas también en los grandes cambios globales. La gentrificación, que comenzó a desplegarse de forma sistemática desde las décadas de 1960 y 1970, fue simultáneamente una respuesta y una contribución a una serie de tranformaciones globales más amplias: la expansión económica global de los años ochenta; la reestructuración de las economías nacionales y urbanas de los países capitalistas desarrollados hacia el sector servicios, el ocio y el consumo; y la emergencia de una jerarquía global de ciudades a escala mundial, nacional y regional. Estos cambios han hecho que la gentrificación pasara de ser una preocupación relativamente marginal en un cierto nicho de la industria inmobiliaria, a convertirse en la vanguardia de la transformación urbana. (Sassen, 1991).

Ahí es donde Smith sitúa la lucha: en la configuración del espacio urbano. Entiéndase: la mayoría preferimos un parque mono y tranquilo donde ir a pasear o a tomar un helado; pero la lucha no es entre un parque bonito o uno lleno de vagabundos y drogas; la lucha es entre una ciudad abierta a todos o una ciudad donde el dinero sea la única medida. Uno de los bandos, denuncia Smith, el de las finanzas, el capital, el Estado, los medios de comunicación, trató de emular la pacificación de la zona con la conquista del Oeste por parte de los primeros colonos. El autor da diversos ejemplos de anuncios en los periódicos de la época, reportajes, incluso películas donde la ciudad se presenta como una jungla (Cocodrilo Dundee, Noches de neón) que los protagonistas deben domar, un mundo salvaje por descubrir a medida que va siendo domesticado; incluso algunas a priori no relacionadas, Memorias de África, Gorilas en la niebla, presentan héroes (heroínas) como pioneros blancos en la oscura África; Ralph Lauren lanzando una colección en 1990 centrada en la mujer safari, la aparición de gran cantidad de tiendas en Nueva York relacionadas con el Oeste, el desierto, la cultura india, como algo exótico.

Por lo tanto, el imaginario de la frontera no es meramente decorativo ni inocente; arrastra un considerable peso ideológico. En la medida en que la gentrificación contagia a las comunidades de clase trabajadora, desplaza a los hogares pobres y convierte a barrios enteros en enclaves burgueses, la frontera ideológica racionaliza la diferenciación social y la exclusión como natural, inevitable. La clase pobre y trabajadora se puede definir demasiado fácilmente como “incivil”, en el bando equivocado de una heroica línea divisoria, es decir, como salvaje y comunista. La esencia y la consecuencia del imaginario de la frontera es domar la ciudad salvaje, socializar toda una serie de procesos nuevos, y por lo tanto desafiantes, en un foco ideológico seguro. En tanto tal, la ideología de la frontera justifica una incivilidad monstruosa en el corazón de la ciudad. (p. 53)

Tomkins Square, 1988

Algo similar sucedió en el Lower East Side, rebautizado como Loisaida. Rosalyn Deutsche y Cara Ryan ya habían demostrado la complicidad de los artistas con la gentrificación del barrio en su artículo “The fine art of gentrification” en 1984: generando un arte, el neoexpresionismo, vacío de contenido político, pura estética y además relacionado con la pujanza que se estaba dando en el barrio (tema que también analizó Martha Rosler en Clase cultural. Arte y gentrificación). Se dio la paradoja, por supuesto, de que al final los propios artistas y marchantes acabaron siendo víctimas de sus propios actos y tuvieron que marcharse del barrio en cuanto los precios se volvieron sólo asequibles a las clases altas.

Smith denuncia, además, la doble recompensa que obtienen los propietarios de edificios y promotores inmobiliarios: adquieren edificios a precios bajos; se ahorran todo el dinero necesario para la rehabilitación y el mantenimiento; dejan que caiga el valor del edificio y de la zona y, en cuanto vuelve a surgir la oportunidad, en cuanto la zona ya está totalmente abandonada y aparece la oportunidad de un nuevo beneficio, se presentan como “héroes con conciencia cívica, pioneros que asumen riesgos allí donde nadie se atrevería, constructores de una nueva ciudad para la población respetable”.

La gentrificación presagia una conquista de clase sobre la ciudad. Los nuevos pioneros urbanos tratan de borrar la geografía y la historia de la clase obrera de la ciudad. En la medida en que rehacen la geografía de la ciudad reescriben su historia social como una justificación preventiva del nuevo futuro urbano. (p. 67)

O, en palabras de Engels: “La burguesía tiene un solo método para resolver las cuestiones de la vivienda […] los lugares de reproducción de enfermedades, los infames agujeros y sótanos en los que el modo de producción capitalista confina a nuestros trabajadores, noche tras noche, no son abolidos; simplemente son desplazados a otro lugar.” Y, no lo olvidemos, “los inmigrantes llegan a la ciudad desde aquellos países donde el capital norteamericano ha abierto mercados, trastocado las economías locales, extraído recursos, expulsado a la gente de sus tierras o enviado a los marines como “fuerza de paz” (Sassen, 1988).”

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