En defensa de la vivienda, David Madden y Peter Marcuse

Quienes fían todos sus argumentos a la fábula de la oferta y la demanda que se equilibran entre ellas suelen olvidar que ambas variables están profundamente moldeadas por el Estado. La administración pública regula todos y cada uno de los aspectos cruciales que afectan a la vivienda: los usos del suelo, los regímenes de propiedad privada, la construcción, los contratos de alquiler, el sistema hipotecario, la política de desahucios y realojos, la distribución de los recursos mediante la fiscalidad y la articulación entre la vivienda y el sistema financiero. En definitiva, el Estado no es un agente externo, que «interviene» desde fuera, sino parte constitutiva del mercado. Construye las reglas del juego, de principio a fin. (p. 13)

Son palabras de Jaime Palomera Zaidel (antropólogo social de la Universidad de Barcelona) en la Introducción a En defensa de la vivienda (Capitán Swing, 2016, traducción de Violeta Arranz), libro de David Madden y Peter Marcuse. A Marcuse lo conocimos gracias al artículo «Not Chaos, but Walls: Postmodernism and the Partitioned City», en Postmodern Cities and Spaces, y su nombre nos ha llevado hasta este ensayo que consiste en una férrea defensa de la vivienda como un bien público y en una exposición pormenorizada de cómo, desde ciertos sectores estatales y del capital, se ha convertido en un bien de mercado y ha perdido su papel de agente integrador de la sociedad o, simplemente, como necesidad básica humana.

«¿Se puede hablar de una política de vivienda cuando nos referimos al papel de los Gobiernos?», se pregunta Palomera en la introducción.

El proyecto de gobierno social por excelencia es el de la vivienda en propiedad. Que las élites políticas de todo el mundo se empeñen desde hace décadas en privilegiar económica y políticamente la vivienda en propiedad, de priorizarla como única forma de acceso, no responde a criterios técnicos. Tampoco que simultáneamente se hayan dedicado a estigmatizar el alquiler, convirtiéndolo en una forma de tenencia volátil e insegura. Y aún menos que hayan fabricado mitos nacionales, como el de que la propiedad es la base moral de la familia o de la seguridad ontológica. En una decisión política, consistente en alinear los intereses de las élites con las clases medias y orientada a proteger el sistema de políticas más justas o redistributivas. Planteamiento básico: una clase trabajadora con una pequeña participación en el sistema, propietaria de una minúscula parte del pastel, será mucho menos proclive a rebelarse y asaltar la parte grande del pastel. (p. 16)

En defensa de la vivienda está estructurado en cinco capítulos: la mercantilización de la vivienda, la alienación residencial, opresión y liberación residencial, los mitos de la política de vivienda y un quinto capítulo dedicado a las luchas en defensa de la vivienda de la ciudad de Nueva York.

Hoy en día existe cierta opinión de que «el sistema de la vivienda está estropeado, que se trata de una crisis temporal que puede resolverse con medidas aisladas y específicas» (p. 29). Existen ciertas soluciones que, de aplicarse, resolverían dicho problema coyuntural, algo muy concreto de la actualidad; un ámbito, de hecho, que pertenece exclusivamente a los expertos: promotores, concejales, urbanistas, arquitectos.

Madden y Marcuse tienen claro que no es así. «La vivienda está amenazada en la actualidad. Está atrapada dentro de varios conflictos simultáneos. El más inmediato es el conflicto que existe entre la vivienda como espacio social en el que se vive y la vivienda como instrumento para obtener beneficios: el conflicto entre la vivienda como hogar y la vivienda como bien inmueble» (p. 30).

Engels ya planteó, con su Contribución al problema de la vivienda (1872), que «el problema de la vivienda está integrado en las estructuras de la sociedad de clases». Precisamente para oponerse a esa concepción surge la noción de «crisis»: crisis de la vivienda, crisis del capitalismo, como si fuesen errores que no se podían predecir cuyo origen es incierto o azaroso. No, ambas forman parte de la estructura capitalista. En Estados Unidos se atribuye la crisis a la «injerencia» del Estado; en Reino Unido, al poco poder de los promotores; en España, a que «vivimos por encima de nuestras posibilidades».

La crisis de la vivienda es el resultado predecible y lógico de una característica básica del desarrollo espacial capitalista: la vivienda no se produce y se distribuye con la finalidad de que todo el mundo tenga un lugar en el que vivir, sino que se produce y se distribuye como una mercancía para enriquecer a unos pocos. La crisis de la vivienda no se produce como consecuencia de un fallo en el sistema, sino porque el sistema funciona como debe. (p. 35)

Los autores recorren la mercantilización de la tierra, cuyo requisito previo ha sido, a lo largo de la historia, «la privatización de los bienes comunales». Se hablan de los cercados en la Inglaterra de la Edad Moderna (tema que ya ha surgido en el blog en alguna ocasión) como ejemplo de acumulación originaria y un episodio esencial de las bases del capitalismo, una «revolución de los ricos contra los pobres», en palabras de Karl Polanyi (La gran transformación. Crítica del liberalismo económico). Durante la siguiente etapa, en las metrópolis del siglo XIX, «la estricta separación entre el trabajo y el hogar era señal de privilegio de clase»: mientras las familias obreras se hacinaban junto a la fábrica, las burguesas construían un nuevo modelo de domesticidad que las distinguía.

«Lentamente y a impulsos irregulares, la vivienda fue saliendo de los circuitos del trabajo y la producción hasta convertirse en portadora directa de valor económico por sí misma» (p. 45). Se dio el paso de buscar en el mercado el lugar de residencia; es decir, «el pago de dinero se convirtió en el nexo principal entre la vivienda y el que la habitaba», algo que, a pesar de que no se comenta en el libro, quedó restringido en esa época sólo a las ciudades (en el mundo rural aún serían otros factores, durante décadas, los que marcarían las viviendas de cada familia).

Las primeras décadas del siglo XX, sin embargo, dejaron claro que el problema estaba lejos de haberse resuelto. Tras la Primera Guerra Mundial surgieron nuevas formas de urbanismo y planificación social, tema en el que el libro tampoco entra. El crack del 29, eso sí, trajo la hipoteca estandarizada gracias a la Federal Housing Administration, un organismo nacido en Estados Unidos cuyo objetivo, más o menos disimulado, era convertir a la clase media (blanca y anglosajona) en propietarios de viviendas en los suburbios americanos, además de entregarse a un racismo endémico (el famoso redlining, del que también hemos hablado muy a menudo) en las ciudades.

Poco a poco, a principios de siglo, y a pasos agigantados, durante la segunda mitad del siglo XX, Occidente dejó de ser un mundo de inquilinos y se convirtió en uno de propietarios, algo que hemos analizado, en general, con La guerra de los lugares, de Raquel Rolnik; y, para el caso español, pero también lectura muy interesante, con Tocar fondo, de Manuel Gabarre.

El tardocapitalismo, por supuesto, ya ni siquiera disimula su voluntad de que la vivienda sea, únicamente, un bien de mercado. Nos vienen a la mente las recientes palabras de un ministro español al ser preguntado sobre la vivienda y declarar, con total impunidad, que la vivienda es, también, un bien de consumo. Un ministro socialista, ojo, que supuestamente no es de derechas y debería velar por la vivienda como un bien de primera necesidad. Madden y Marcuse destacan las formas proteicas de las hipotecas de Estados Unidos, adaptadas a todos los bolsillos, basadas en la creación de deuda y cuyo objetivo era, por un lado, permitir que todo el mundo tratase de convertirse en propietario; y, por el otro, el aumento sin fin de esa descomunal bola de deuda que fue la burbuja subpryme.

Los dos grandes factores que han propiciado esa evolución del mercado de la vivienda son la desregulación y la financierización, entendida la primera como la desaparición de todos los cortapisas a la voluntad del mercado y la acumulación de capital y el segundo como «el creciente poder y protagonismo de los actores y las empresas que acumulan beneficios mediante el suministro y el intercambio de dinero y de instrumentos financieros» y que podríamos resumir como el rostro anónimo (y descarnado) del capital que ni siquiera trata de simular que provee de bienes de consumo. Se ha pasado, mediante estos dos procesos, de una clase adinerada que sí, que poseía una gran parte del centro de su ciudad, y tal vez algún otro inmueble, a que «Wall Street y la City de Londres sean los nuevos propietarios del bloque de pisos». O un fondo en Dubai, da lo mismo.

Ése es el tercer factor que afecta a la vivienda: la globalización. Las viviendas en determinados lugares, sobre todo las ciudades globales, no pertenecen a sus habitantes, ni siquiera a su élite económica: pertenecen a los flujos globales, al capital mundial. De hecho, ya ni hacen el esfuerzo de disimularlo y se publicitan para ellos, para las empresas y los grandes fondos. Lo resumía Raquel Rolnik diciendo que un inmueble en una calle principal de una gran ciudad no es una vivienda, sino una caja fuerte; una reserva de dinero que, probablemente, no va a perder valor, sino a ganarlo.

Resumiendo, las casas de lujo son antisociales. Los propietarios de estos bienes raíces no tienen ningún vínculo con los lugares en los que aparcan su dinero. (p. 59)

Algo que hemos visto (a otro nivel) en el artículo de Carmen Bellet «Visiones de privatopía» o que comentaba Bauman a propósito de las «clases de élite flotantes». Y ya no entramos a hablar de las relaciones con el blanqueo de dinero, de cómo estos enclaves suelen estar diseñados por arquitectos estrella y construidos de espaldas a la ciudad, con el objetivo puesto en los flujos y todo lo que ello supone de reducción de impuestos y de homogeneización del paisaje para la ciudad en la que se alzan. Cada edificio de lujo es, en definitiva, un edificio perdido para la ciudad; porque ni lo comprarán personas en necesidad de una vivienda, sino de una inversión, y no lo tratarán como a un lugar donde residir, sino como un espacio que habitar de forma temporal, una vivienda que poner en Airbnb o, incluso, un espacio vacío a la espera de que se revalorice. «Arrancar la vivienda de su contexto destruye su dimensión social.» (p. 73)

En la siguiente entrada veremos los efectos que esta hipermercantilización de la vivienda tiene sobre sus usuarios, es decir, sobre los habitantes de la ciudad, así como algunas de las resistencias que dicha mercantilización ha ido generando a lo largo del último siglo.

Urbanismo neoliberal, negocio inmobiliario y vida vecinal, Jaume Franquesa

El mismo motivo que nos llevó a leer Ciudad de muros, de Teresa Caldeira, nos ha llevado a leer Urbanismo neoliberal, negocio inmobiliario y vida vecinal. El caso de Palma, de Jaume Franquesa (editorial Icaria, Institut Català d’Antropologia, 2013): el deseo de leer un estudio de antropología urbana aplicado a un caso concreto. Franquesa, sin embargo, es claro desde el principio: pese a que se trata de un trabajo de antropología urbana, «el enfoque de este trabajo se ancla en dos cuerpos teóricos con una amplia tradición: la corriente de la economía política en antropología y los análisis marxistas sobre la producción del espacio» (p. 15; el destacado es del autor). La primera (cuyo principal exponente leído en el blog sería Neil Smith) analiza «desde la etnografía el modo como los procesos globales de carácter político y económico se entrelazan con la estructura social local para producir relaciones, lugares y formas de conciencia, una producción continuamente reelaborada sobre los materiales de su pasado y que, por lo tanto, es estudiada históricamente». El análisis marxista, por el otro lado, bebe de Manuel Castells, David Harvey y, sobre todo, Henri Lefebvre, que pusieron al descubierto y analizaron la «geografía del capital».

Ésa es la gran baza del libro: la aplicación a un caso concreto de esas políticas neoliberales, específicamente sobre el barrio de Sa Calatrava, de la ciudad de Palma de Mallorca.

[E]l libro muestra que el incremento de valor inmobiliario de Sa Calatrava no puede ser comprendido como estrictamente urbanístico ni como estrictamente económico. En otras palabras, el despliegue del boom inmobiliario en el centro histórico de Palma no fue el fruto automático de inversiones económicas, públicas y privadas, sobre el espacio construido, sino que precisó de una serie de medidas de embellecimiento y pacificación apoyadas y legitimadas sobre relaciones y valores locales. El embellecimiento y la pacificación se orientaron, respectivamente, a dotar al barrio de nuevos significados (proceso en el cual la «puesta en valor» del patrimonio jugará un rol crucial) y a ajustar las prácticas sociales de sus habitantes a los requerimientos del capital inmobiliario, es decir, a producir el barrio de Sa Calatrava como un contexto idóneo para la extracción de plusvalías. (p. 13)

Sa Calatrava era un barrio situado cerca del centro de Palma de tradición obrera. En los años 80 se encontraba degradado y algunos de sus vecinos se organizaron en una asociación para tratar de mejorar sus condiciones de vida. En los 90, sin embargo, y coincidiendo con la emergencia de nuevos puntos turísticos a lo largo del Mediterráneo más baratos que la isla de Mallorca, ésta tuvo que reinventar su branding turístico y Sa Calatrava se convirtió en un enclave interesante debido al rent gap, la diferencia entre lo que costaba el terreno por entonces y lo que podía llegar a costar. Se entró en una fase de gentrificación apoyada por la propia asociación de vecinos y el Ayuntamiento, que vendieron la idea como un intento de «pacificar» el barrio, primero, y de promover su patrimonio, después. Ésa es la lucha que retrata Franquesa.

El primer capítulo presenta a algunos de los actores y el barrio en los 80, popular y algo degradado. El segundo capítulo presenta a la Asociación de Vecinos, una entidad organizada con el objetivo de conseguir mejoras para el barrio que muy pronto se imbricó con las autoridades del Ayuntamiento y que le sirvió, por un lado, para colgarse la medalla de que ellos eran quienes habían ayudado al barrio a luchar por su dignidad (es decir, expulsado a traficantes y llevando seguridad a sus calles); pero, por el otro lado, para crear una red vertical y clientelar donde repartían las dádivas del Ayuntamiento entre quienes les eran leales. Esa potestad, resume Franquesa, permitía a la asociación decidir «quién es calatravense y quién no», es decir, crear bandos.

En los 80 la población de Sa Calatrava estaba bastante envejecida. Es entonces cuando se dan los primeros casos de «gentrificación difusa»: pioneros que, sin formar parte aún de la estructura del capital inmobiliario organizado, buscan una vivienda en un barrio «obrero», «auténtico»; o, simplemente, un lugar adecuado para vivir, bien de precio, que presenta características distintas a los barrios más centralizados. Estos pioneros, que a menudo son de una clase social más alta que los habitantes actuales del barrio, no se perciben a sí mismos como tal, sino como miembros dotados de un mayor «capital cultural», capaces de ver en el barrio lo que sus habitantes actuales no ven (casas con patrimonio, con elementos arquitectónicos antiguos, etc.).

A principios de los 90 se lleva a cabo el PERI (Plan Especial de Reforma Interior), donde se establecen tres categorías de personas: los vecinos que se podrán quedar porque son gente «normal» y sus casas tienen valor patrimonial; y los que se tendrán que ir porque el lugar que ocupan «está degradado» y que son o bien indeseables (la población gitana), o bien miserables (la gente mayor sin recursos). Para el desarrollo del PERI, por supuesto, se recurre a la inversión privada, es decir, se ofrecen grandes recursos u opciones a promotores inmobiliarios para que sean ellos quienes se encarguen de mejorar el barrio… a cambio de quedarse con los beneficios.

Una de las herramientas que se usó para actuar sobre el barrio fue el Plan Urban europeo, «el mayor exponente de la introducción del urbanismo neoliberal en la Unión Europea» (p. 98, Franquesa cita a Cochrane, Undestanding urban policy. A critical approach, 2007). El Plan Urban se caracteriza por fórmulas de gestión público-privadas, «el tratamiento asistencialista e individualizado de la pobreza» (que se resumiría en que los pobres lo son porque quieren) y por actuar sobre todo en barrios. Sa Calatrava, a priori, no hubiese sido uno de los receptores del Plan Urban, pero las autoridades lo agruparon junto a otras zonas (el barrio de El Temple) para alcanzar el número de habitantes afectados suficiente para recibir las ayudas. Paradójicamente, un barrio donde empezaba la gentrificación y el precio de los inmuebles se elevaba recibía ayudas para el desarrollo.

El Plan Urban pone un gran énfasis en la cultura. Así, coincidía de pleno con la línea del nuevo turismo («postfordista», lo llama Franquesa) de Mallorca: un turista cultural, de alto nivel adquisitivo, que no busca sólo mar y playa (algo disponible más barato en otras partes del Mediterráneo o del mundo), sino una experiencia cultural, una visita a los orígenes. Para ello, la historia del barrio fue alterada, borrando toda referencia a un pasado obrero o reivindicativo y centrándose en «referencias a palacios señoriales y a elementos del pasado judío e islámico» y hablando a menudo de artesanía pero, de nuevo, obviando a los obreros que se dedicaban a ella.

Este proceso, la patrimonialización, en el fondo borra la historia del barrio o la reescribe a conveniencia, siempre a merced de los deseos del capital y no de los pobladores del barrio. Guillaume (La politique du patrimoine, 1980) señala que en todo centro urbano existen dos zonas: la bella y homogeneizada y la fea y llena de vida. Sa Calatrava era de las segundas; y, si aún era fea, es porque las autoridades no habían invertido, no la habían limpiado. Al hacerlo la despojan de sus habitantes originales y la ponen a disposición del capital convertida en un bonito envoltorio.

La siguiente fase consiste en despojar el espacio público de su cualidad como tal y convertirlo en un entorno aséptico, sin vida, salvo la turística. En palabras de Delgado, pasaríamos de hablar de «las calles» a hablar de «espacio público». En Sa Calatrava consistió en la prohibición de abrir bares, lo que, sumado a la ausencia cada vez mayor de tiendas, obligaba a los habitantes del barrio (en general, personas mayores) a desplazarse fuera del barrio para poder comprar pan, agua o zapatos.

Una de las principales consecuencias de este tipo de urbanismo es que se llega a un momento en el que los habitantes del barrio no se conocen entre ellos: forman parte de diferentes oleadas y cohabitan, pero no conviven porque no hay lugares de socialización. No tienen nada en común, no realizan actividad conjuntas y no se conocen; y estos tres hechos se retroalimentan, impidiéndoles formar un discurso de barrio.

Más que interesante es el cuarto capítulo, que recoge una historia concreta sobre una falsa «okupación» y la ruptura de la Asociación de Vecinos en dos entidades opuestas: la original, que dimitió y formó una asociación de nuevo nombre, vinculada a la derecha y con relaciones estables con el Ayuntamiento, y la nueva, que de hecho se convirtió en la original, formada por personas vinculadas a la izquierda (aunque las etiquetas son nocivas y precisamente de ellas intenta huir Franquesa, algo que no podemos reproducir dada la extensión de la historia).

Las dos asociaciones de vecinos, explica el autor, suponen dos formas distintas de ver y aprecias las transformaciones del barrio: de quien busca un lugar tranquilo para vivir o de quien prefiere una zona repleta de vida, aunque menos tranquila.

A medida que la presión inmobiliaria aumenta, el rodillo del capital afecta cada vez a más espacios. Muy significativo es el hallazgo de unas ruinas romanas en lo que iba a convertirse un gran edificio frente al mar, construido a más altura de la que permitía la legislación pertinente. Los vecinos del barrio protestaron; entre ellos se encontraban también las primeras oleadas de la gentrificación, es decir, los pioneros que llegaron al barrio buscando una zona autóctona, dispuestos a reformar sus viviendas, y que ahora se encontraban fuera de lugar (algo habitual con los procesos de gentrificación). Sin embargo, el discurso se llevaba a cabo en términos de «patrimonio», supuestamente despolitizado. Los «expertos» decidían si esas ruinas eran lo bastante valiosas para ser conservadas, o no, aunque la decisión final correspondía a una comisión política. Pero se hacía entender a los vecinos que se trataba de una decisión «objetiva», despolitizada, supuestamente carente de ideología.

Finalmente el edificio se llevó a cabo y los vecinos lo acataron, salvo uno de ellos, que presentó una demanda y, años después, la ganó. El Tribunal Supremo español decretó que parte de ese nuevo edificio (Dalt Murada), sobre todo los áticos (que se habían permitido construir para compensar al promotor por el «espacio» que había perdido al tener que mantener las ruinas romas a la vista), debían ser derruidos. Los periódicos destaparon, entonces, que gran parte de la cúpula política de la isla eran los propietarios de muchos de esos áticos (algunos de ellos implicados en escándalos y juicios de corrupción, otros incluso sentenciados y en la cárcel).

En vez de derruir los áticos, sin embargo, los políticos se limitaron a cambiar la normativa de la isla para que ese edificio fuese, de repente, legal; por lo que ya no hubo necesidad de derruirlos y su inversión quedó a salvo.

La obra termina con una victoria pírrica que obtuvieron los vecinos contra el capital y una reflexión sobre unas palabras de uno de los vecinos implicados, que dijo que llevaban «media vida salvando espacios (…) y seguro que lo tendremos que seguir haciendo». Franquesa reflexiona sobre cómo esa ideología idealiza el pasado, un pasado que ni fue mejor ni fue ideal; y da a entender que la única victoria posible contra el capital es la de frenarlo, permanecer anclados en ese pasado ideal mientras se trata de impedir que el capital lo arrase todo; una lucha, por lo tanto, ahistórica.

Y deshistorizando el capital y la historia estas luchas, que tan importantes y necesarias son y han sido en Mallorca, corren el peligro de deshistorizarse a sí mismas, como si el único horizonte legítimo, el único sueño redentor pensable, fue un antes que, como ya hemos visto, ni fue bucólico ni (más importante aún) resulta externo a la industria turística, sino que es una pieza clave de su telaraña ideológica. No se trata de considerar a la industria turística como intrínsecamente malvada, sino de entender que políticamente la contradicción entre mercado y sociedad, permanentemente ocultada por discursos de todo tipo, siendo el de la crisis, con su énfasis en los excesos, su versión más reciente. (p. 231)

Lo cual nos recuerda las palabras de Raquel Rolnik cuando hablaba de ideas «prototípicas«, es decir: ni opuestas al capital ni a su merced, sino capaces de generar otras realidades; y, también, claro, a los mapas cognitivos de Jameson.

El mercado contra la ciudad

El mercado contra la ciudad. Globalización, gentrificación y políticas urbanas es una publicación del Observatorio Metropolitano de Madrid (Traficantes de sueños, 2015) que recoge siete artículos célebres alrededor de este tema. De los siete, dos ya los hemos reseñado en su propio apartado: «El bello arte de la gentrificación«, de Rosalyn Deutsche y Cara Gendel Ryan, analizaba por un lado el papel de la clase creativa como pioneros de la gentrificación y, por el otro, el apoyo de las autoridades a un arte vacío, sin crítica social ni interés por los modos de producción de la cultura, como era el neoexpresionismo. «A vueltas con la clase creativa«, de Jaime Peck, discutía el concepto de Richard Florida de «la clase creativa» y, sobre todo, las consecuencias urbanas que ha tenido, que convierten los centros de las ciudades en lugares perfectos para la gentrificación y las llena de una arquitectura amable que, además de expulsar a las clases bajas, no tiene en cuenta la redistribución social, sólo el bienestar del ocio de una parte de la población.

El resto de artículos siguen más o menos los mismos temas. La tesis de los autores es que las funciones de las ciudades han cambiado y «se han convertido en gigantescas y sofisticadas mercancías»; de ahí el título de la obra. O, como lo resumirá Neil Smith en el último artículo: las ciudades ya no se ocupan de la reproducción social, sólo de la producción.

Sus estructuras espaciales y relacionales han adquirido valores de mercado, los centros históricos se han transformado en destinos turísticos o centros comerciales al aire libre, las periferias en ciudades dormitorio o espacios residuales de exclusión, y la producción social y cultural en ocio y entretenimiento. La ciudad ya no es ni el lugar donde «el aire te hace libre» (Pirenne, 1910), ni el centro de operaciones de mercaderes, soldados y fraternidades (Weber, 1921), sino una «máquina de crecimiento» (Logan y Moloch, 1987), cuyo desarrollo produce rentas para las élites empresariales y financieras. Esto las convierte en un campo de pruebas de la resiliencia de las comunidades frente a la privatización y financiarización de las instituciones que garantizaban la reproducción social. (p. 18)

«La expulsión de las perspectivas críticas en la investigación sobre gentrificación«, de Tom Slater, también profesor de Geografía Urbana, se publicó en 2008 e intentaba dar un golpe sobre la mesa respecto al modo en que las ciencias sociales abordaban la gentrificación. Tras unos primeros análisis críticos con el tema, puesto que las expulsiones que generaban eran más que evidentes, se pasó a asumir que era una consecuencia inevitable de la transformación de la ciudad. De hecho, el foco pasó de las consecuencias de la gentrificación a las causas; podemos recordar, por ejemplo, el análisis de Neil Smith en La nueva frontera urbana, donde hablaba del diferencial de renta. Precisamente de este autor habla Slater, pero también de David Ley (considera a Smith el representante de la explicación económica y a Ley el de la explicación «cultural»).

De las muchas respuesta que provocó el artículo de Slater (recogidas en el International Journal of Urban and Regional Research), los editores seleccionaron la del sociólogo Loïc Wacquant, discípulo y colaborador de Pierre Bordieu que no deja de aparecer en las bibliografías de los libros que reseñamos y que pronto, esperamos, podremos leer. «Reubicar la gentrificación: clase trabajadora, ciencia y Estado en la reciente investigación urbana«, publicado también en 2008, se quejaba también del abandono por parte de la academia de los estudios críticos sobre la gentrificación.

Al centrarse de manera limitada en las prácticas y aspiraciones de los gentrificadores, mirando a través de unas gafas conceptuales de «color rosa», en detrimento, casi por completo, de la suerte que corren los ocupantes arrinconados y expulsados por la remodelación urbana, estos académicos repiten como loros la actual retórica de los empresarios y gobiernos que identifican la renovación de la metrópolis neoliberal con la llegada de un edén social de diversidad, energía y oportunidades. (p. 145 del libro).

Pero Wacquant iba mucho más allá y engarzaba la desaparición de las críticas ante la gentrificación en una corriente con tres patas distintas:

  • La desaparición de la clase obrera de la esfera pública. Wacquant habla de la «invisibilidad de la clase trabajadora en la esfera pública y en la investigación social de las dos últimas décadas». La desindustrialización, la inestabilidad y flexibilidad en el empleo y el desplazamiento hacia el empleo terciario desregularizado, así como «la universalización de la educación como medio de acceso incluso a puestos de trabajo no cualificados, la unificada y compacta clase trabajadora, que ocupó el lugar central de la escena histórica hasta la década de 1970, se ha marchitado, fragmentado y dispersado». No es que no haya trabajadores: es que nadie se considera a sí mismo un obrero. Más aún: estos cambios han ido acompañados de una «desmoralización colectiva y de una devaluación simbólica en el debate cívico y científico», a medida que los sindicatos han entrado en declive y los partidos de izquierda se han desplazado a la derecha, el famoso «centro». Ahora los intereses de este supuesto «centro» son los que marcan la política. Estos cambios han ido acompañados por su correspondiente cambio de nombre, como la underclass en Estados Unidos o los «excluidos» en Europa.
  • La creciente heteronomía de la investigación urbana. Si hace veinte años (Wacquant se refiere a los 80) «las investigaciones sobre clase y cultura urbana estaban marcadas por las luchas entre escuelas teóricas que competían por el dominio intelectual: la ecología humana, el marxismo, la economía política weberiana y una insurgente corriente culturalista alimentada por las teorías sobre la identidad, el feminismo y el postmodernismo», el desencanto político, la caída de los grandes discursos y, sobre todo, la necesidad de buscar financiación de los investigadores los ha llevado a buscar temas de rabiosa actualidad que no tienen en cuenta los procesos de fondo. Se estudió la «exclusión» y la «integración» en Europa, por ejemplo; los efectos del desempleo en Estados Unidos, la «mezcla social» en Francia o Países Bajos, «todo ello de acuerdo con el objetivo de los políticos de desplegar el territorio, la etnia y la inseguridad como pantallas que oculten la des-socialización del trabajo asalariado y su impacto en las estrategias de vida y en los espacios del proletariado emergente».
  • El Estado como promotor habitacional y agente de limpieza urbana. Aquí Wacquant elimina la falsa distinción entre Smith y Ley hecha por Slater en el artículo anterior. «Tanto la «tesis de la renta diferencial» apoyada por los análisis neo-marxistas, como el enfoque de la «distinción cultural» adoptado por los estudiosos neo-weberianos o postmodernos (que invocan la fraseología de Bourdieu tan rápidamente como hacen caso omiso de sus principios teóricos) o las tesis de la globalización inspiradas por Saskia Sassen dejan de lado el papel fundamental del Estado en la producción no solo del espacio, sino del espacio de los consumidores y los promotores de vivienda.» (p. 152) El peso del Estado no sólo es abrumador en todo contexto (por marcar las estructuras sociales, la fiscalidad, las formas de acceso a la vivienda, etc.), sino que es especialmente importante en los barrios de clase baja, puesto que sus habitantes son más vulnerables a las políticas públicas de acceso a la vivienda. Más aún: son las políticas policiales y de seguridad del Estado las que criminalizan la pobreza y patrullan los nuevos barrios gentrificados o en proceso; cuando no son, directamente, una parte interesada, al vender terrenos de esos mismos barrios en condiciones favorables a empresas inmobiliarios o fondos de inversión. «Sin las agresivas campañas de vigilancia policial en las calles desplegadas durante la última década (Herbert, 2006; Wacquant, 2008), impulsadas por la expansión del Estado penal, dentro y alrededor de los barrios en declive, las clases medias no podrían haberse trasladado al centro de las ciudades y la gentrificación no se habría desarrollado más allá de dispersas «islas de revitalización en medio de mares de decadencia»» (p. 152) Wacquant describe el paso del «Estado keynesiano de la década de 1950 al Estado neo-darwinista fin de siècle, que practica el neoliberalismo económico por arriba y el paternalismo punitivo por abajo». Esto se traduce, sobre los pobres, en dispersarlos (progresiva reducción de la vivienda pública) o en confinarlos en espacios reservados (como ya avisó Mike Davis en Ciudad de cuarzo).

«La ciudad como máquina de crecimiento«, de John R. Logan y Harvey Molotoch, ambos sociólogos, es el tercer capítulo del libro Urban Fortunes: The Political Economy of Place, publicado en 1987. El capítulo demuestra que las ciudades, lejos de ser un centro de intercambio o incluso un nexo regional, son el resultado de los intereses de «la máquina local de crecimiento». Valga un ejemplo para entenderlo: el de William Ogden, que llegó a Chicago en 1835, cuando la ciudad apenas contaba cuatro mil habitantes, y se convirtió en alcalde, magnate del ferrocarril y dueño de gran parte de la ciudad. Si Chicago se convirtió en el centro de Estados Unidos (era la ciudad que regulaba el paso de una a otra costa) no fue sólo por su situación geográfica, «sino porque un pequeño grupo de personas (lideradas por Ogden) tuvieron poder para, literalmente, hacer que los caminos se cruzaran donde ellos decidieron». Asimismo, las élites del ferrocarril de San Francisco impidieron que la línea acabase en San Diego, porque temían que su puerto natural convirtiese a la ciudad en un rival. Paradójicamente, prefirieron que la línea acabase en Los Ángeles, puesto que su puerto era completamente inadecuado. Sin embargo, las élites de Los Ángeles consiguieron fondos federales para reformar su puerto, convertido hoy en uno de los principales del mundo. A menudo, defienden los autores, se habla del «bien público» para ocultar los intereses de las élites. Un buen ejemplo sucedió en España con las estaciones del tren de Alta Velocidad, que a veces estaban en zonas despobladas cuyos terrenos pertenecían a políticos del partido dominante.

Sin embargo, si en el siglo XIX estos intereses eran más o menos evidentes (canales, ferrocarriles, grandes vías de comunicación), en el siglo XX son mucho más complejos y se establecen en forma de redes intercomunicadas. Tras todo tipo de iniciativas, destinadas siempre a favorecer un clima de seguridad y estabilidad de cara a las inversiones, siempre subyace la misma ideología: que el desarrollo «es algo que está por encima de las valoraciones políticas y morales». Incluso eventos que en principio no se deben a la obtención de rentas («ciertamente el orgullo cultural de los grupos tribales es anterior a las máquinas de crecimiento») son mercantilizados y canalizados por la máquina del desarrollo (y nos viene a la mente la celebración del Orgullo en Madrid que leímos hace poco de Ignacio Elpidio Domínguez Ruiz).

«Urbanismo neoliberal. La ciudad y el imperio de los mercados«, de Neil Brenner, Jaime Peck (autor de «A vueltas con la clase creativa«, en el mismo libro, que comentamos en la anterior reseña) y Nik Theodore, se publicó en un libro de 2011, The New Blackwell Companion to the City, editado por Gary Bridge y Sophie Watson, si bien el artículo aquí reseñado ha sido ampliado por los autores.

…el neoliberalismo adquirió relevancia por primera vez a finales de los años setenta y principios de los ochenta como una respuesta política estratégica a la sostenida recesión mundial de la década anterior. Frente al descenso de rentabilidad de las industrias tradicionales de producción en masa y la crisis de las políticas del Estado de bienestar keynesiano, los gobiernos nacionales y locales del mundo industrializado comenzaron, tímidamente al principio, a desmantelar los componentes institucionales en los que se basaban los acuerdos de postguerra y a poner en marcha un conjunto de políticas públicas con la intención de expandir la disciplina de mercado, la competencia y la mercantilización a lo largo de todos los sectores de la sociedad. En este contexto, las doctrinas neoliberales se utilizaron para justificar, entre otros proyectos, la desregulación del control estatal sobre las principales industrias, la ofensiva contra los sindicatos, la reducción de los impuestos a las grandes empresas, la reducción y/o privatización de los servicios públicos, el desmantelamiento de los programas de bienestar social, el aumento de la movilidad del capital internacional, la intensificación de la competencia interterritorial y la criminalización de la pobreza urbana. (p. 211)

Para ello usaron instituciones como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional o la Organización Mundial del Comercio (algo que ya leímos en, por ejemplo, La sociedad red o que nos recordaba con otras palabras David Harvey hace nada). Sin embargo, el artículo se centra en los efectos que este neoliberalismo ha tenido en la reestructuración urbana. En efecto, las ciudades han sido entregadas a las fuerzas del mercado; pero, si bien la doctrina neoliberal es que el mercado lo regulará todo, «en la práctica ha conllevado una drástica intensificación de formas coercitivas y disciplinarias de intervención estatal a fin de imponer el imperio de los mercados sobre todos los aspectos de la vida social».

Para ello, el neoliberalismo ha recurrido a una vieja herramienta del capitalismo: la destrucción creativa.

Y, aun así, debido a su dinamismo inherente, el capital vuelve continuamente obsoleto el paisaje que él mismo crea y sobre el que descansa su propia expansión y reproducción. Particularmente durante los periodos de crisis sistémica, los marcos heredados de la organización territorial capitalista se pueden desestabilizar en tanto el capital pretende trascender las infraestructuras socio-espaciales y los sistemas de relaciones de clase que ya no proveen una base segura para la acumulación sostenida. A los efectos de las crisis que se propagan por toda la economía espacial, le siguen procesos de destrucción creativa por los que el paisaje capitalista se ve fuertemente transformado: la configuración de la organización territorial que sostenía la anterior ronda de expansión capitalista se desecha y se rehace para establecer una nueva red de nodos territoriales para el proceso de acumulación. (p. 218)

Lo que nos recuerda la coherencia estructurada de Harvey. Con el neoliberalismo y la globalización, las escalas se han alternado y la nacional ha perdido sentido, por lo que surgen las ciudades como grandes nodos de control y gestión de los flujos. De ahí, también, la competencia entre ciudades y el city branding, tratando de posicionarse como punteras en el ámbito global.

Finalmente, el último artículo corresponde a Neil Smith. «Nuevo globalismo y nuevo urbanismo. La gentrificación como estrategia urbana global» fue publicado en Antipode, vol, 34, núm. 3, julio de 2002. Empieza con cuatro hechos sucedidos por entonces en la ciudad de Nueva York:

  • el «regalo» por parte del alcalde de un «subsidio» de 900 millones de dólares de dinero público a la bolsa de Nueva York para que no abandonase la ciudad, algo que lógicamente no iba a hacer;
  • la búsqueda por parte del Departamento de Educación de profesores de Matemáticas en otros países, puesto que en Estados Unidos escaseaban, lo que entra en la política de subcontrataciones y privatizaciones;
  • el aumento del control social, reforzando las doctrinas de la «tolerancia cero» y avanzando hacia la «ciudad revanchista» que pronosticó el propio Smith en 1996;
  • el anuncio de que Nueva York no permitiría que los coches de diplomáticos de la ONU siguiesen aparcando en doble fila; lo que de por sí no es importante, pero implica una voluntad de las ciudades de reevaluar su situación en el eje de la política internacional.

Los cuatro eventos sitúan el mapa del urbanismo neoliberal que se ha ido instaurando desde los años 80. Sin embargo, Smith considera que el liberalismo del siglo XVIII, de Locke a Adam Smith, se basaba en dos fundamentos: «que el ejercicio libre y democrático del interés personal lleva al bien social colectivo óptimo y que el mercado siempre tiene razón, esto es, que la propiedad privada es la base de este interés personal y que su vehículo ideal es el intercambio en el mercado libre». Sin embargo, durante el siglo XX, y en parte como respuesta a la ola comunista y al socialismo, la vertiente de control social quedó por el camino o, más bien, fue reconvertida a un nuevo papel del Estado como garante de las libertados del comercio y del contexto necesario para su funcionamiento.

«Las conexiones entre capital y Estado, entre reproducción social y control social, han sido alteradas de forma drástica. Y esta transformación, que solo ahora hemos empezado a perfilar, se manifiesta vívidamente en una geografía alterada de relaciones sociales y, más concretamente, en un reescalamiento de los procesos y de las relaciones sociales que genera nuevos anidamientos de escala que a su vez reemplazan las antiguas, comúnmente asociadas a la «comunidad», lo «urbano», lo «regional», lo «nacional» y lo «global». (p. 249; el destacado es nuestro)

Como ya vimos en Desarrollo desigual, del mismo autor. Smith orbita alrededor del concepto de ciudad global de Sassen, aunque le encuentra pegas: para Sassen, la economía global es «una plétora de contenedores» que son los Estados entre los cuales flotan las ciudades; Smith, sin embargo, comprende que se han dado toda una serie de cambios que están resituando las ciudades y que tienen efectos evidentes en ellas. ««Lo urbano» se está redefiniendo de una forma tan dramática como lo global; los viejos contenedores conceptuales (nuestra hipótesis de lo que era o no «urbano» en los años setenta) hacen aguas. La nueva concatenación de funciones y actividades urbanas en relación con los cambios nacionales y globales no solo cambia el «maquillaje» de la ciudad sino la definición misma de lo que (literalmente) constituye la escala urbana.» (p. 250)

La ciudad keynesiana del capitalismo avanzado, en la que el Estado aseguraba grandes áreas de la reproducción social, desde la vivienda a los servicios sociales o las infraestructuras de transporte, representó la culminación de esta relación definitiva entre escala urbana y reproducción social. Se trata de un tema recurrente que ha recorrido el trabajo de los teóricos urbanos de Europa y América a partir de los años sesenta: desde la revolución urbana (Lefebvre, 1971) hasta la crisis urbana (Harvey, 1973) y la explícita definición de lo urbano en términos de consumo colectivo (Castells, 1977), a la vez que constituye una inquietud constante de la teoría urbana feminista (Hansen y Pratt, 1995; Katz, 2001; Rose, 1981). En la medida en que era un centro de acumulación de capital, la ciudad keynesiana era, en muchos aspectos, una mezcla de oficina de empleo y oficina de servicios sociales al servicio del capital nacional correspondiente. De hecho, la llamada crisis urbana de finales de los años sesenta y principios de los años setenta fue generalmente interpretada como una crisis de la reproducción social que tenía que ver con la disfuncionalidad del racismo, la explotación de clase y el patriarcado y la contradicción entre una forma urbana surgida conforme a criterios de acumulación y otra que se tenía que justificar en cuanto a la eficiencia de la reproducción social. (p. 251; los destacados son nuestros)

Por un lado, la industrialización dejó de estar centrada en regiones productivas para enfocarse en las ciudades, que es donde se establecen las sedes de una enorme red que puede extenderse por todo el globo. Por el otro, los propios Estados dejaron de sentirse vinculados o responsables de sus ciudades (que Smith ejemplifica con el famoso titular «Ford to City: Drop Dead» del presidente Ford ante la bancarrota de Nueva York, del que hablamos en «El bello arte de la gentrificación«).

El urbanismo neoliberal es una parte integral de este amplio reescalamiento de funciones, actividades y relaciones, y conlleva un considerable énfasis en el nexo entre producción y capital financiero a costa de las cuestiones relativas a la reproducción social. No se trata de que la organización de la reproducción social ya no module la definición de la escala urbana, sino más bien que su poder para hacerlo está considerablemente debilitado. (p. 255)

Esto se traduce en un urbanismo supeditado a la producción, más que a la reproducción, en una crisis que a veces hasta atenta contra la máxima sacrosanta del capitalismo: la obtención de beneficio, con viajes desde la periferias de la ciudad hasta el centro para ir a trabajar que llevan dos, tres o cuatro horas por trayecto. Sumando que las directrices del Banco Mundial, especialmente para los países en vías de desarrollo, donde estos hechos son más notorios, incluyen la privatización de los transportes públicos. El problema, como señala Smith, es que la preeminencia de «los impulsos de la producción económica» aún no se ha traducido en una pérdida del beneficio; veamos qué sucede cuando pase, como por ejemplo la ausencia de camioneros en Reino Unido y la petición de los empresarios para que vuelvan los inmigrantes que les suponían mano de obra barata. A eso hay que añadirle que las ciudades donde más peso están teniendo estos efectos son aquellas metrópolis de Asia, Latinoamérica y parte de África «donde el Estado de bienestar keynesiano» nunca se aplicó de forma relevante y que se están convirtiendo en los «núcleos de producción de un nuevo capitalismo».

El bello arte de la gentrificación, Rosalyn Deutsche y Cara Gendel Ryan

«El bello arte de la gentrificación» («The fine art of gentrification«) fue publicado en el número 31 de la revista October, en el año 1984, y es un artículo clásico porque fue de los primeros en denunciar la relación entre los pioneros de la gentrificación y la clase artística. El artículo empieza analizando los cambios que se estaban dando en el Lower East Side de Nueva York en cuanto al nivel de vida de sus habitantes y la importancia que tuvo tanto el arte como el stablishment en apoyar y potenciar dichos cambios. Leímos el artículo hace un tiempo en su versión original, pero lo hemos encontrado ahora dentro de El mercado contra la ciudad, una recopilación de artículos editada por el Observatorio Metropolitano de Madrid que reseñaremos en la siguiente entrada.

Situemos el contexto. Durante los años 70, y merced a los cambios que se estaban dando en la industria y a los coletazos de la crisis económica y del petróleo, la ciudad de Nueva York sufrió una crisis fiscal que la hizo estar a punto de la bancarrota. La respuesta del presidente Ford a la crisis de la ciudad apareció en la icónica portada del New York Daily News: «Fort to city: drop dead». Que más o menos venía a decir: ahí os quedáis. Pese a que luego el Congreso norteamericano cedió fondos a la ciudad (a cambio de llevar a cabo el tipo de políticas que se empezaban a implantar por entonces y que consistían en recortar gasto público y servicios, es decir, en adelgazar el estado del bienestar), la frase evidencia a las claras que algo estaba cambiando.

Las ciudades, que habían sido grandes centros neurálgicos e industriales durante todo el siglo XX, iban quedando abandonadas a medida que la industria se deslocalizaba al sudeste asiático y a los países del Tercer Mundo en busca de lugares con unas condiciones laborales más favorables. Si el gran dogma de las ciudades, hasta entones, había sido desincentivar la llegada de más habitantes, puesto que les suponía enormes problemas logísticos, en los 70 tuvieron que cambiar la dirección y tratar de atraer personas. De ahí, por ejemplo, el famoso logo de I 🖤 NY, cuatro letras que se han convertido en uno de los lemas más reconocibles de la publicidad.

Sin embargo, en los barrios que habían sido objeto del redlining y se habían vaciado de clases medias blancas, y donde, en general, habitaban negros, latinos y pobres, ahora se disponía de una gran cantidad de espacios y viviendas semiabandonadas cuyos precios eran ridículamente bajos. En uno de esos barrios, que en breve recibiría el nombre de SoHo (por estar situado al South de la calle Houston), había muchos edificios que hasta la fecha habían sido talleres textiles pero habían quedado abandonados. Disponían de mucho espacio, ventanales enormes por donde entraba la luz y un precio asequible, por lo que muchos artistas decidieron mudarse a la zona y usar esos talleres como estudio y residencia a la vez. Había llegado lo que Sharon Zukin analizó en 1982 en su famoso libro Loft living: la moda del loft.

Esos pioneros, artistas, personas jóvenes, en general de clases algo más medias que los residentes originales del barrio, se sentían atraídos por algo que percibían en los barrios: un sentido de novedad, de autenticidad, de algo original que no se encontraba, por ejemplo, en los barrios residenciales de familia blanca con perro y jardín. Encontraban allí lo que Neil Smith denominó «una nueva frontera urbana«, la sensación de ser pioneros descubriendo tierras extrañas y salvajes. Hoy sabemos que ese movimiento conformó uno de los primeros pasos de lo que se conoce como gentrificación, y conocemos también el papel que juegan en el proceso los artistas y jóvenes bohemios: son una primera avanzadilla que acude al barrio por lo exótico de sus habitantes; pero, aun sin ellos quererlo, su llegada dota al barrio marginal de cierta pátina de respetabilidad (porque, aunque sean jóvenes, suelen ser de extracción más alta que los habitantes del barrio y tienen ímpetu para modificar sus viviendas, reformarlas, moverse en busca de establecimientos que marquen sus pautas culturales y de consumo). Con el tiempo surgirán tiendas de comida orgánica, de empanadillas argentinas, de cómics, cafés, galerías de arte, y entonces los precios de las viviendas subirán, atrayendo a clases medias y expulsando a los habitantes originales del barrio en lo que Zukin denominó «pacificación por capuccino«. Paradójicamente, cuando las clases altas lleguen, en la fase final de la gentrificación, y se modifique el nombre del barrio (y se lo llame SoHo, o el Raval en vez de «el barrio chino», o TriBall en Madrid, o tantos otros), esos mismos artistas pioneros serán expulsados a su vez, porque ya no podrán hacer frente al valor de los inmuebles.

Todo esto que recogemos aquí viene de lecturas muy diversas (First We Take Manhattan nos habló de las fases de la gentrificación, Neil Smith de la ciudad revanchista, Francisco Javier Ullán de la Rosa del redlining) y tras muchos años de estudios de las ciencias sociales. Sin embargo, quienes pusieron de manifiesto la connivencia del arte (voluntario o no) con la gentrificación, fueron Rosalyn Deutsche (historiadora del arte) y Cara Ryan (periodista) con este artículo.

En 1982 había cinco galerías de arte en el East Village; y, sin embargo, todos los medios de la ciudad loaban el «vibrante espacio artístico» del barrio. Hablaban de liberación, de revulsivo, de «la ley de la jungla». Sin embargo, esta vez era algo distinto porque el mercado de arte de la ciudad les siguió los pasos y validó sus puntos de vista.

La representación del Lower East Side como el «escenario de una vanguardia aventurera» esconde, no obstante, una cruel realidad. Esta desafiante y novedosa escena artística es también una arena urbana estratégica en la que la ciudad, financiada por el gran capital, libra su particular guerra de posiciones contra la población local empobrecida y cada vez más segregada. La estrategia metropolitana consta de dos partes. Su objetivo inmediato consiste en desplazar a una población de clase trabajadora que se considera superflua, se trata de arrebatarles el control de la propiedad de sus barrios y viviendas y devolvérselo a los promotores inmobiliarios. El segundo paso consiste en estimular el desarrollo a gran escala de las condiciones apropiadas para albergar y mantener la fuerza de trabajo propia del capitalismo tardío, esto es, el profesional blanco de clase media preparado para servir a la sociedad estadounidense «postindustrial». (p. 29 – las citas son a la edición del artículo dentro de «El mercado contra la ciudad»)

El Lower East Side estaba situado a poca distancia del flamante World Trade Center, que iba a ser uno de los centros de negocios mundiales. A medida que el capitalismo se volvía «tardío» (o se avanzaba en la acumulación flexible) se perdían empleos de obreros (lo que en EEUU llaman «de cuello azul») y se creaban empleos destinados a la dirección de empresas en otros países y a los servicios («de cuello blanco»). Los barrios convertidos en guetos eran un desperdicio de espacio céntrico que la ciudad no se quería permitir, por lo que surgieron iniciativas para expulsar a sus habitantes y substituirlos por otros de clases más acomodadas.

«Convertido en uno de los agentes de estas fuerzas económicas, el Ayuntamiento —que posee el 60 % de las propiedades de los barrios gracias al impago de impuestos y al abandono de edificios por parte de sus propietarios— utiliza tácticas probadas con anterioridad a fin de promover la transformación del Lower East Side. La primer es no hacer nada, permitir que el barrio se deteriore por sí solo.» (p. 33) A medida que las viviendas y las calles se degradan, los habitantes que tienen capacidad económica para ello huyen del barrio; los únicos que permanecen son los que no tienen alternativa, que son, precisamente, los que luego sufrirán la expulsión.

A pesar de que la nueva escena artística del East Village y quienes la legitiman en la prensa ignoran el proceso de gentrificación, ellos mismos se han visto enredados en este mecanismo. Las galerías y los artistas hacen subir los alquileres y desplazan a los pobres. Los artistas han puesto sus necesidades de residencia por encima de las de los residentes que no pueden elegir dónde vivir. La convergencia de los intereses del mundo del arte con los del gobierno de la ciudad y los de la industria inmobiliaria se han vuelto explícitos para muchos residentes del Lower East Side. (p. 38)

Los artistas forman parte de esta embestida por propio interés: disponen de lugares económicos, de un barrio «vibrante» y de mayor exposición comercial; las galerías y centros de arte están en la misma situación. Pero, además, reciben ayuda de las autoridades: Deutsche y Ryan denuncian que, por ejemplo, el Ayuntamiento destinó 3 millones de dólares a financiar viviendas para «para las necesidades de los artistas blancos de clase media» en un barrio donde había necesidades económicas mucho más acuciantes.

Los artistas y las galerías no eran completamente ajenos al proceso. Algunos lo racionalizaban, argumentando que la gentrificación llegaría de todos modos; otros negaban su participación; y unos cuantos trataban de luchar contra ello. ¿Pero cómo enfrentarse a algo cuando las protestas en contra, si acaso, lo validan y lo hacen más atractivo? La única alternativa es desertar; pero es difícil cuando uno es consciente de que, simplemente, otros aprovecharán la oportunidad.

Pero hay otro aspecto que las autoras estudian: los propios cambios en el mundo del arte. Como nos recordaba Harvey hace poco, a medida que el dinero deja de tener una relación física y se vuelve virtual, se recurre a otros ámbitos para mantener el valor: adquirir propiedades en el centro de una ciudad, por ejemplo, o comprar obras de arte. El mercado del arte se mercantilizó a grandes pasos, convirtiéndose en un mercado volátil que podía aportar grandes beneficios. Además de eso, surgieron museos por doquier y la cultura se volvió, cada vez más, un bien de consumo y una excusa que permitía llevar a cabo en las ciudades todo tipo de intervenciones e inversiones.

El propio arte no era ajeno a este hecho. «Durante los años sesenta y setenta las tendencias artísticas, empezando por el minimalismo, estuvieron centradas en trabajar sobre el mismo contexto artístico.» Algunas de estas prácticas cuestionaban la existencia material y mercantilizada del arte; una gran mayoría, no. «El establishment ha hecho resucitar la doctrina según la cual la estetización y la auto-expresión son las verdaderas preocupaciones del arte, y que estas constituyen mundos de experiencia separados de lo social.» Es decir: el arte es algo ajeno, más allá del día a día, y no debe preocuparse de cosas tan mundanas como el dinero… o la gentrificación.

De ahí surge el juego de palabras del título, que se refiere tanto «al bello arte» de la gentrificación como «al bello arte» que acompañó al proceso: la corriente artística conocida como neoexpresionismo.

Esta doctrina está encarnada en un neoexpresionismo dominante que, a pesar de su pretendido pluralismo, debe ser entendido como un sistema de creencias rígido y restrictivo: primacía de la auto-existencia, previa e independiente de la sociedad; conflicto eterno, fuera de la historia, entre el individuo y la sociedad; eficacia de la individualización, protestas subjetivas. Los participantes de la escena del East Village sirven a esta triunfante reacción. Pero la victoria del neoexpresionismo y su variante del East Village, al igual que la victoria de todas las reacciones, depende de una mentira gracias a la cual se legitima a sí misma. En este caso la mentira consiste en decir que el neoexpresionismo es emocionante, nuevo y liberador. Esta mentira obstruye el pensamiento crítico, escondiendo la subyugación y la opresión social que esta «liberación» ignora, y a la que por lo tanto da soporte. (p. 44)

Sucede algo similar a cuando la modernidad, durante el mismo periodo, quedó subyugada a los procesos capitalistas de la técnica y la eficacia (La condición de la posmodernidad): que fueron apropiados por una autoridad concreta que los usó para expresar y validar sus principios. Pese a que era una corriente artística relativamente reciente e inocua, las grandes instituciones culturales del momento se lanzaron a glosar a sus artistas y las obras neoexpresionistas, criticando las corrientes anteriores, como el minimalismo, algunas de las cuales sí que habían sido críticas y habían hecho «del contexto la materia de su trabajo, prestando especial atención al tiempo real y al espacio».

A escasos tres años desde la inauguración de las primeras galerías en el East Village, el Institute of Contemporary Art de la Universidad de Pennsylvania organizó una exposición neoexpresionista, a la que pronto siguieron otras. En esta primera exposición, el Lower East Side sólo aparece de tres modos: «mitologizado en los textos como un ambiente bohemio y emocionante, cosificado en un mapa que delimita sus fronteras y estetizado en una fotografía a página completa de una «escena callejera» del Lower East Side» (p. 48; el destacado es nuestro). Ninguna de las dos primeras acepciones tienen en cuenta la realidad social del barrio: la mitologización da a entender que es un lugar vibrante, obviando la pobreza institucionalizada y la marginación que lo pueblan; la cosificación lo sitúa en tanto que espacio neutro, como si la Qinta Avenida y el Bronx fuesen exactamente lo mismo. Pero la tercera visión es la peor: en la fotografía a página completa aparecen graffitis, carteles de galerías, una obra de arte y un sin techo en la esquina de la imagen. Contraponiendo la alta cultura del arte con la «realidad de las calles» pero, en realidad, «despreocupada de cualquier tipo de conciencia social». «La figura del sin techo está empapada de connotaciones sobre la pobreza como un hecho eterno y merecido. Mantiene por lo tanto el análisis histórico bajo control.»

Espacio público y exclusión social, video de Manuel Delgado

Siempre es un placer volver a los orígenes del blog. Manuel Delgado, uno de los autores que más veces nos ha acompañado, y también el causante indirecto, con sus lecciones sobre lo urbano en la asignatura Antropología Cultural, de la existencia de este blog, reflexiona en el siguiente video sobre algunos de los temas esenciales de la antropología urbana. Llegamos al vídeo buscando información sobre David Lagunas, autor del último libro que reseñamos, El quehacer del antropólogo.

Manuel Delgado empieza la reflexión con dos temas esenciales. El primero, la consideración, ya presente en el Turner de La selva de los símbolos, de que todo transeúnte es un ser liminar, es decir, está en tránsito entre un estado y el siguiente y, por lo tanto, flota en una especie de duermevela, un estado en el que no está definido y es, por lo tanto, pura potencialidad. Esa potencialidad se percibe en cualquier calle, donde la multitud está siempre a punto del estallido, y nos recuerda de hecho la reflexión sobre las fiestas populares del propio Delgado en Ciudad líquida, ciudad interrumpida: que tal vez la fiesta, la exaltación y el estruendo sean el estado natural de la sociedad y la civilización, el urbanismo, la fachada con que se cubre esa communitas.

Y la siguiente reflexión, presente en Lefebvre: que el objetivo del urbanismo sea, tal vez, cubrir lo urbano. Recordemos que Lefebvre definió lo urbano como las relaciones que se establecen, como «la realidad social compuesta por relaciones que concebir, que construir o reconstruir»; los vaivenes del día a día. Recordemos también que, de los cinco ámbitos específicos que generan interrelaciones en la ciudad (hogar y parentesco, aprovisionamiento, ocio, relaciones de vecindad y tráfico) los dos que Hannerz consideraba específicos de la ciudad eran el segundo y el quinto, es decir: los modos de producción y acceso a los bienes y el tráfico entendido como la interacción entre usuarios que obedecen, o se articulan, alrededor de una reglas comunes. Lo urbano, pues, no es lo que sucede en la ciudad, sino una serie de interrelaciones que se producen, sobre todo, en la ciudad, pero que se pueden extender de forma indefinida. Por ejemplo: a lo largo de las vías del tren de un cercanías, donde las normas de conducta son las de lo urbano; y todos sus usuarios, al llegar al mismo pueblo, dejan atrás ese estado magmático y vuelven a su identidad no urbana.

Sin embargo, Delgado no llegó a la antropología urbana mediante estudios específicos: empezó con el hecho religioso, y de esa asignatura ha sido profesor durante 30 años. Precisamente en lo urbano es donde vuelca esa mirada, y recordamos también una de las frases que más citaba en sus clases: Il faut des rites, de El principito. Los ritos son necesarios. Los ritos marcan el paso del día a día, la relación específica entre individuo y sociedad. Los ritos celebran la llegada de un nuevo individuo (bautizo) y su despedida (funeral), el cambio de estatus social (bodas) y rodean con especial importancia toda aquella liturgia de la que se envuelve el poder: la sala de un juicio, una recepción en un ministerio.

Tras una reflexión sobre el valor de algunos conceptos, a los que nos asimos como si fuesen estables («no hay mucha diferencia entre creer en la democracia o en un culto a los ovnis», puesto que en ambos casos se cree en algo intangible, impalpable, cuya existencia viene dada por la fe personal en su propia existencia; o las palabras de Marx sobre que el valor de los objetos era que se convertían en fetiches, pues precisamente ahí, surgido de «la oscuridad de las religiones», es donde se puede hallar la explicación; o, como pregonaba el propio Manuel en sus clases, «lo sagrado es un añadido a la realidad»), tras toda esta reflexión sobre los conceptos, decíamos, Delgado presenta un concepto muy en boga que cada cual define a su manera: el espacio púbico.

«Una calle es una calle. Básicamente es una abertura entre volúmenes construidos por la que circulan los elementos más intranquilos, y con frecuencia más intranquilizantes, de la vida urbana; quizá es lo urbano mismo.» Donde, en general, vemos gente transitando y donde, de vez en cuando, pasan cosas. ¿Eso es el espacio público? No. Cuando una madre le dice al hijo que se vaya a jugar, le dice: «vete a la calle», no «al espacio público». El espacio público era un concepto de la filosofía política, no del urbanismo. La propia Jane Jacobs (a la que Delgado elogia al afirmar que todo su discurso no es más que una nota a pie de página de la gran urbanista americana) no habla en Muerte y vida de las grandes ciudades americanas jamás de espacio público; pero sí, y mucho, de las calles. O Lefebvre en La producción del espacio, que sólo usa el concepto «espacio público» precisamente para afirmar que tal concepto no puede existir, en tanto que «espacio accesible a todos».

¿Qué es, entonces, el espacio público? La definición de Goffmann es que es aquel lugar en el que se llevan a cabo una serie de interacciones con personas que pueden ser más o menos conocidas o desconocidas y la serie de normas implícitas que cada uno aporta a ese «escenario» (recordemos: para Goffman, todos actuamos). [Dice Delgado: «la indiferencia mutua es una forma de pacto social».] La de Hannah Arendt y Jürgen Habermas, que lo conciben como un dominio teórico: el lugar donde las personas se reúnen de forma libre y conforman el pensamiento (reduciendo mucho su explicación), algo así como un ágora (más para Arendt que para Habermas, que si acaso lo confinen a las tertulias de intelectuales en cafés); pero, en ambos casos: es un lugar que no existe físicamente. Tercera acepción: espacio público como lugar de titularidad pública, en oposición a espacio privado o individual. Pero lo son las calles, las estaciones, las playas y los bulevares, sí; también los museos, las facultades y los ministerios, los juzgados y las comisarías.

La proliferación del concepto «espacio público» en los últimos 30 años entre los urbanistas y los arquitectos ha supuesto la superposición del concepto «hiperconcreto» de las calles y las plazas y el concepto ético y político de «lugar de reunión», discusión e incluso igualdad; más aún, lugar de debate, orden y civismo; lo que jamás han sido las calles. El lugar concebido, en definitiva, para la «sociedad civil», algo que Marx ya reprochó a Hegel como «mediciones», espacios donde se supone la existencia de una neutralidad y lugar posible de debate entre pares o grupos antagónicos que firman una tregua temporal.

Delgado denuncia la apropiación de las calles y la suspensión o criminalización de lo que en ellas sucede por parte de unos poderes ávidos de excluir a todo aquello que disienta de su concepto de normalidad y de vender la ciudad como parte de un paisaje o decorado del que obtener el mayor rédito posible; algo que hemos leído innumerables veces en el blog como museificación, disneyficación o reexplicación de la historia pero a lo que tal vez le podamos poner el nombre más concreto de «creación de espacios para las clases creativas» o, aunque sea un concepto más concreto, gentrificación.

Aquí entra la concepción de espacio público como «espacio de la clase media»: en Barcelona no se puede ir por la calle sin camiseta, porque los extranjeros que venían a disfrutar del verano y la sangría daban «mala imagen»; pese a que la normativa española no prohíbe, por ejemplo, el nudismo. En esencia, se quieren calles pobladas por una clase media homogénea en la que algunos siempre serán parias (inmigrantes, prostitutas, drogadictos) salvo que pueda demostrar, apariencia mediante, su adhesión a la clase media.

«La maldición de espacio púbico es que como es un concepto metafísico no es un es, es un deber ser. Y como no sea lo que debe ser, automáticamente cualquier cosa que desmienta, cuestione, matice o simplemente niegue esa evidencia de que es lo que debería ser, será expulsada.»

¿El causante? El neoliberalismo, que, a diferencia del viejo liberalismo, «que quería la desaparición del Estado», no sólo no la quiere sino que reivindica al Estado que convierta sus calles en un espacio seguro y confortable donde dedicarse al consumo, porque no deja de ser una economía basada en la terciarización y la provisión de servicios. «La calles es el espacio de los encuentros… y de los encontronazos. Es el espacio de y para el conflicto. En el espacio público oficial, en cambio, el conflicto es inconcebible, puesto que en él sólo caben quienes estén en condiciones de confirmar la ficción de un terreno neutral de iguales.»

Espacios del capital (VI): la mercantilización de la cultura

Que la cultura se ha convertido en un tipo de mercancía es innegable. Pero también es creencia generalizada que hay en los productos y los acontecimientos culturales (ya sean artes, teatro, música, cine, arquitectura o más en general modos de vida, patrimonio, recuerdos colectivos y comunidades afectivas) algo muy especial que los aparta de mercancías ordinarias como camisas y zapatos. (…) ¿Cómo puede entonces reconciliarse la categoría mercantilizada de estos fenómenos con su carácter especial? (p. 417)

A la resolución de dicho dilema dedica David Harvey el último capítulo de Espacios del capital. Hacia una geografía crítica (entradas I, II, III, IV y V). Empieza la argumentación presentando la renta de monopolio: «toda renta se basa en el poder de monopolio de propietarios privados sobre ciertas partes del planeta». Esta renta puede ser situacional, lo que supone que hay zonas más rentables que otras, por lo que un hotelero, por ejemplo, pagará un suelo más o menos caro en función de la cercanía a un centro de comunicaciones o a una actividad altamente concentrada; o directa, como cuando se vende un Picasso. De hecho, el Picasso se puede vender o exponer a precio de monopolio: puesto que sólo su propietario dispone de acceso a él, puede establecer el precio que considere adecuado para compartir ese acceso.

Pero existen dos contradicciones en esta renta:

  • La primera: por elevado que sea, el bien, el producto o la experiencia tiene que tener un precio de mercado: «ningún artículo puede ser tan singular como para quedar fuera del cálculo monetario». Y, por otro lado, cuanto más comercializables se vuelven los artículos, «menos singulares y especiales parecen», es decir: son menos valiosos.
  • La segunda: a pesar de vivir en un mundo neoliberal donde, en principio, prima la competencia, ésta siempre tiende al monopolio (o a la oligarquía) «simplemente porque la supervivencia de los más aptos en la guerra de todos contra todos elimina a las empresas más débiles», como hemos visto con la progresiva concentración de capital en casi todos los ámbitos empresariales (la evolución de internet de las puntocom a las grandes empresas que hoy la controlan, las cadenas hoteleras, medios de comunicación, farmacéuticas…).

De hecho, el capitalismo se ha ido monopolizando a medida que las limitaciones espaciotemporales han ido cayendo a los pies de las nuevas tecnologías. En el siglo XIX todos los bebedores de cerveza consumían cerveza nacional, al igual que pan, velas y la mayoría de los bienes, que eran producidos en sus proximidades y muy caros de transportar. A medida que el coste del transporte decrecía, las empresas locales se veían obligadas a competir con empresas de otra localidad, finalmente de otros países.

La globalización ha supuesto la extensión de las redes capitalistas a un mercado mundial que prácticamente lo abarca todo. Y «las patentes y los denominados derechos de propiedad intelectual se han convertido consecuentemente en un campo importante de la lucha para afirmar en general los poderes del monopolio». Es aquí donde aparece la nueva forma de «cultura»: como una palanca que se inserta en determinados entornos o productos con la intención de aportarles un plus de singularidad o autenticidad.

Recordemos que Manuel Delgado ya denunciaba el uso de la «cultura» (en concreto, de espacios vagos dedicados a la cultura) en la ciudad de Barcelona como la guinda que acaba la conversión de un barrio obrero en un barrio totalmente gentrificado: ejemplos son la Filmoteca del Raval, la Facultad de Geografía de la Universidad de Barcelona en el mismo barrio o el MACBA, o la reconversión de los museos en lugares de tránsito de los fieles, siempre adosados con uan cafetería en la que consumir y librerías donde adquirir arte.

Harvey usa un ejemplo similar: el vino. La cultura vinícola tiene una larga tradición europea, especialmente francesa (el exportador con mayor renombre), aunque se ha ido volviendo internacional. Llegó un momento en que los productores de vino acabaron en largos litigios internacionales por el uso de palabras que denotaban un pedigrí específico, como chateau, domaine o champagne. Francia pretendía arrogarse la distinción especial de un tipo concreto de vino mientras que otros productores pugnaban contra esa distinción (California, Australia). Sin embargo, más allá de un producto cualquiera, el vino tiene una gran tradición cultural: no sólo simbólica (la sangre de Cristo, Baco, Dioniso, las bacanales), sino también como signo de clase (se espera de alguien «con mundo» que sepa de vinos y pueda escoger un buen maridaje para cualquier ocasión). «El comercio del vino es una cuestión de dinero y beneficio, pero también de cultura en todos los sentidos (…) la perpetua búsqueda de rentas de monopolio supone buscar criterios de espacialidad, singularidad, originalidad y autenticidad en cada uno de estos ámbitos.» Es decir: no se busca sólo obtener beneficios, sino el control de las rentas de monopolio; quien controle el discurso, controla esas rentas, que sólo se obtienen si se consigue otorgar a un producto la calificación de «incomparable».

¿Y qué mejor producto para atribuirle esas rentas de monopolio que las ciudades? «En la mente de muchos, al menos, no habrá otro lugar como Londres, El Cairo, Barcelona, Milán, Estambul, San Francisco o cualquier otro que permita acceder a todo lo supuestamente exclusivo de esos lugares.» No se trata solamente de una pugna por el turismo internacional, que también, sino que «está en juego el poder del capital simbólico colectivo, de marcas distintivas especiales vinculadas a un lugar». Ello explica el ya mencionado efecto Guggenheim: la revolución que supuso para la ciudad de Bilbao la construcción del museo de Gehry y el deseo de muchas otras ciudades de emular dicha revolución y situar su ciudad en el mapa.

Harvey cita, muy oportunamente, el ejemplo de Barcelona como ciudad que ha sabido «amansar continuamente» capital simbólico y marcas de distinción: Gaudí, el MACBA, los Juegos Olímpicos, la Villa Olímpica, el modernismo, el mar. Sin embargo… «¿qué memoria colectiva hay que celebrara aquí (la de anarquistas como los icarianos que desempeñaron un papel tan importante en la historia de Barcelona, la de los republicanos que tan ferozmente lucharon contra Franco, la de los nacionalistas catalanes, la de los inmigrantes andaluces, o la de alguien como Samaranch, que durante mucho tiempo fue un aliado del franquismo)?» Es decir, ¿qué historia contamos, de las muchas que se han vivido en Barcelona? «Se trata de determinar qué segmentos de población deben beneficiarse más de un capital simbólico al que todos, a su manera específica, han contribuido».

Volvemos a las palabras de Félix de Azúa en Arquitectura de la no-ciudad: las ciudades actuales son resultado de una gran lista de elecciones que ha primado una versión determinada, y muy escogida, de sus historias; son más un simulacro que la realidad; pero son simulacros verdaderos, y «de ahí nuestro desconcierto».

Este proceso de mercantilización de todo producto es una apisonadora que va arrasando con la autenticidad (o supuesta) y la singularidad. Ya denunciamos en First We Take Manhattan cómo los barrios cuya población se opone a la gentrificación son, paradójicamente, los barrios más atractivos para los clientes de la gentrificación: porque se percibe en ellos un poso de autenticidad, de población autóctona que lucha por su ciudad; ¿qué puede haber más atrayente?

Pero la renta del monopolio es una forma contradictoria. Su búsqueda conduce al capital mundial a valorar iniciativas locales específicas (y, en ciertos aspectos, cuanto más específica sea la iniciativa, mejor). También conduce a la valoración de la singularidad, la autenticidad, la particularidad, la originalidad y cualquier otra dimensión de la vida social incongruente con la homogeneidad presupuesta por la producción de mercancías. Y para no destruir totalmente la singularidad que constituye la base de la apropiación de rentas de monopolio (…), el capital debe respaldar una forma de diferenciación y permitir desarrollos culturales locales divergentes y en cierta medida incontrolables, que pueden ser antagónicos a su propio funcionamiento estable. (p. 433)

Con esto, Harvey acaba con una nota de esperanza: deseando que estas fisuras que el propio capitalismo va generando, permitiendo o reforzando permitan «a un segmento de la comunidad interesada por las cuestiones culturales a ponerse del lado de una política opuesta al capitalismo multinacional».

Al intentar comerciar con los valores de autenticidad, ubicación, historia, cultura, memoria colectiva y tradición, [los capitalistas] abren un espacio de pensamiento y acción políticos dentro del cual pueden idearse y perseguirse alternativas. Ese espacio merece una exploración y un cultivo intensos por parte de los movimientos de oposición. Es uno de los espacios de esperanza claves para la construcción de un tipo de globalización alternativo. Uno en el que las fuerzas progresistas de la cultura se apropien de las fuerzas del capital, y no al contrario. (p. 434)

Estrategias contra la gentrificación, Lisa Vollmer

La gentrificación es el proceso mediante el cual se revaloriza una zona determinada de una ciudad, a menudo habitada por personas de bajo poder adquisitivo y localización relativamente céntrica, y se substituye a sus habitantes por otros de poder adquisitivo superior. El término proviene del artículo «London: Aspectos of Change» de la socióloga Ruth Glass, publicado en 1964, que se refería a la gentry, la pequeña nobleza inglesa que había abandonado la ciudad y a finales de los años 50 y principios de los 60 volvía a las casas victorianas de la ciudad de Londres.

La gran crítica a la gentrificación es que es un proceso natural en las ciudades: se pasa de barrios incómodos, donde abundan las drogas, prostitución y que se percibe como un punto negro de la ciudad, a un barrio saneado donde pasear y disfrutar en una terraza o comprar un helado artesano. Precisamente en este aspecto se centra Lisa Vollmer, socióloga y activista alemana, en Estrategias contra la gentrificación. Por una ciudad desde abajo (2019, Katakrak): la gentrificación forma parte de la producción capitalista de la ciudad. Dicho de otro modo: la connivencia de los poderes públicos, ya sea no actuando (y dando paso libre al capital), ya sea como participante activo (permitiendo inversiones inmobiliarias y dejando morir los barrios para alcanzar la diferencia potencial de renta), es necesaria para la gentrificación. Y sus consecuencias, especialmente para las clases menos pudientes: expulsión y segregación.

Ya descubrimos las fases de la gentrificación en First We Take Manhattan: primero se da el estigma, cuando un barrio se percibe como un punto negro o foco de delincuencia; a él llegan los pioneros, en general artistas o jóvenes estudiantes que buscan un lugar económico y también se sienten atraídos por el potencial del barrio, por las alternativas heterodoxas que ofrece al resto de la ciudad; a partir de aquí, el barrio se revaloriza: aparecen galerías, restaurantes, tiendas gourmet, reseñas en los medios de comunicación, que citan el lugar como aquel que hay que visitar. Cuando las clases más acomodadas se mudan al barrio, los inversores se lanzan a la compra de terrenos o edificios y los reforman para un público de mayor poder adquisitivo. Para cerrar el círculo, los vecinos originales, junto a los pioneros, son expulsados en cuanto no pueden hacer frente al nuevo precio del barrio. A menudo, toda la operación se cierra con el cambio de nombre del barrio (por ejemplo: el Barrio Chino de Barcelona se convierte en El Raval o aparece SoHo, la zona al South de la calle Houston).

La consecuencia más importante de la gentrificación no es el cambio visible de la oferta de consumo en un barrio, sino la expulsión (a veces difícil de ver) de las personas que lo habitan y sus comerciantes. La expulsión no es un efecto colateral de la gentrificación, es su característica principal. (p. 36)

Existen dos tipos de expulsiones:

  • expulsión directa: cuando los habitantes pierden el hogar de forma inmediata, ya sea por la venta del inmueble o por el aumento del alquiler;
  • expulsión simbólica o expresión desplazatoria: cuando los vecinos abandonan un barrio que ya no les resulta atractivo, en el que sus redes vecinales han desaparecido y en el que no encuentran tiendas adecuadas a su nivel de vida.

A menudo, y puesto que la gentrificación es una rueda que va pasando por la mayoría de los barrios céntricos, los expulsados deben mudarse a una zona alejada de la ciudad, lo que les supone mayor tiempo de desplazamiento hasta el trabajo.

La vivienda es algo esencial: no sólo como ente físico, como lugar donde resguardarse del frío y las inclemencias del tiempo y donde cocinar y dormir, sino también como expresión de la identidad: uno habita un lugar y estructura a partir de él sus relaciones sociales. «La ubicación de la vivienda dentro de una ciudad puede reflejar el estatus social y está ligada a la distribución de recursos públicos.» En el capitalismo, la vivienda se ha convertido en una mercancía que «debe generar retornos». Ya lo denunció Engels en 1873, y además opinaba que no sería posible resolver el problema de la vivienda dentro del capitalismo (avisaba de que la solución capitalista era «expulsar el problema» cada vez más lejos) y lo vimos también en La guerra de los lugares de Raquel Rolnik cuando evidenció el acceso de los fondos de capital e inversión al mercado de la vivienda desde mediados de los años 70 y 80 del siglo pasado.

El geógrafo inglés David Harvey ha denunciado en numerosas ocasiones que «la urbanización y la producción de viviendas son pilares centrales de la acumulación capitalista» (como lo demuestra el hecho de que la crisis de 2007 en Estados Unidos vino propiciada por el mercado subprime de las hipotecas o el estallido de la burbuja inmobiliaria en España en 2008). La teoría del filtro (o efecto goteo) da por sentado que, construyendo inmuebles de alto valor económico, se inicia una cadena de mudanzas que acaba ampliando la oferta del mercado inmobiliario. Esta teoría es falsa por el simple motivo de que la vivienda no es un bien unívoco que uno sólo adquiere una vez en su vida: es también un bien inmobiliario de determinado valor que se puede obtener como fuente de ingresos o incluso mantener como inversión; como quien tiene oro en una caja fuerte. (Recordemos a Ian Brossat en Airbnb. La ciudad uberizada y su estudio sobre cuántos grandes pisos de París no se usan como vivienda, sino como inversión, o como casa de veraneo de las grandes fortunas que visitan a veces un par de semanas al año.)

También fue Harvey quien denunció la evolución del Estado como garante de las necesidades de los ciudadanos (políticas keynesianas) a protector de las reglas de juego del capital. Esto se refleja en el espacio público de las ciudades, a menudo cedido mediante las PPP (sociedades público privadas) a empresas o gestión privada, como sucede en los centros comerciales (y de ahí la arquitectura hostil) o en la reforma de los centros urbanos para convertirlos en lugares agradables, asépticos, adecuados para una creciente clase creativa.

A menudo el enfoque de las ciencias sociales sobre la gentrificación ha distinguido entre la que proviene de la oferta y la que proviene de la demanda.

  • Desde el punto de vista de la demanda consideran que la gentrificación es un proceso impuesto por las demandas de los consumidores. Con el paso del fordismo al postfordismo y la conversión de las ciudades en sedes para grandes empresas y en nodos de servicios, los individuos buscan afirmar su identidad con todas sus elecciones. El lugar en el que se vive determina la idiosincrasia de aquellos que lo habitan, por lo que los ciudadanos buscan barrios adecuados a sus intereses y la ciudad permite o favorece la gentrificación. («Suzanne Frank habla de una suburbanización interna.») Además, la gentrificación siempre busca zonas limítrofes, alternativas, heterodoxas; en una paradoja, las propias resistencias ante la gentrificación se convierten en algo que da carácter al barrio, que lo vuelve más auténtico y atrae más pioneros, dando más poder a la rueda.
  • Desde el punto de vista de la oferta se pone el énfasis en el valor de la vivienda como mercancía. Volvemos a Neil Smith y el rent gap, el diferencial entre lo que se obtiene de una vivienda y el valor potencial que ésta puede dar.

Es interesante que Vollmer añada a los diversos tipos de gentrificación (de obra nueva, que derrumba edificios asequibles y los substituye por otros de alto poder adquisitivo; y comercial, que cambia las tiendas de barrio y comestibles por boutiques o cafeterías de lujo) la turistificación: la llegada masiva de visitantes que sólo permanecen unos días y lo hacen en casas de Airbnb, que buscan descanso, lujo y experiencias y que chocan con los intereses de los vecinos.

La segunda parte del libro presenta resistencias y formas posibles de luchar contra la gentrificación y es donde se nota que Vollmer, además de socióloga, es activista y está implicada en la lucha contra la mercantilización de la ciudad. Los tres pilares en los que debe centrarse la lucha contra la gentrificación son:

  • asequibilidad de la vivienda para todos los estamentos sociales;
  • desmercantilización de la vivienda (aumento de vivienda pública en detrimento del sector privado);
  • y democratización de las instituciones y procesos que gestionan la vivienda.

Bajo condiciones capitalistas, mientras la vivienda sea una mercancía, la cuestión habitacional no tiene solución. (p. 115)

Los ejemplos que da Vollmer son experiencias suyas, por lo que tratan sobre ciudades alemanas (especialmente Berlín y Hannover). La mayoría de reivindicaciones pasan por formas de conseguir que los terrenos reviertan en beneficio para la sociedad. Por ejemplo: permitiendo sólo la venta con unas cláusulas que especifiquen un determinado porcentaje de las viviendas resultantes que deben ser de protección oficial. Otra de las propuestas pasa por las cooperativas o la posesión colectiva de un terreno o edificio; parte del precio del alquiler revierte sobre la comunidad, que puede afrontar reformas y no queda sometida a la lógica del beneficio.

Antes de estar preparados para hacer demandas políticas y transformadoras, y que estas se apliquen, los inquilinos afectados por las subidas de los alquileres primero tienen que abstraerse de su propia consternación y formar un interlocutor que pueda hablar y ser escuchado, para politizar la cuestión de la vivienda. Esto no resulta tan evidente en una sociedad neoliberal, que promueve la separación de las personas y de los temas y donde se nos machaca, diciéndonos que si no nos va bien es por nuestra culpa. (p. 129)

Vollmer no es ajena a una paradoja social neoliberal: si el Estado no garantiza la vivienda (en ocasiones incluso defiende a los fondos buitre o grandes empresas en contra de los habitantes) y son los propios ciudadanos los que tienen que plantar cara… ¿cuál es el papel del Estado? O, dicho de otro modo, ¿para qué tener Estado? Es una batalla en la que el capital siempre vence; por eso la reivindicación no debe ser únicamente ganar una batalla concreta, sino forzar a los poderes públicos a defender la vivienda asequible y democrática, por ardua que pueda ser la batalla.

La gobernanza son las nuevas formas de poder y gestión que surgen en las ciudades del presente. Presentan la ventaja de que son los propios implicados quienes deciden; pero también el inconveniente de que sólo se les permite decidir sobre aquello que les afecta directamente, dejando el resto de cuestiones mayores a otros gobiernos. Y la gentrificación es una batalla que se lucha edificio a edificio pero es también la manifestación de una organización socioespacial capitalista mucho más amplia que los vecinos no tienen capacidad para modificar.

Manifestaciones antigentrificación en Hamburg en 2009

Destacamos el manifiesto «Not In Our Name, Marke Hamburg», de un colectivo de artistas de la ciudad alemana que se reunieron en torno a la ocupación del barrio Gängeviertel. En 2005, este barrio obrero, con gran margen para la gentrificación, fue vendido a un inversor holandés para ser derruido y construir viviendas de alto nivel adquisitivo. Hamburgo es una ciudad que ya se presentaba a sí misma como empresa desde 1980 y donde no escondían que querían atraer, además de inversiones del capital, a las nuevas clases creativas. 200 artistas ocuparon la zona en 2009 para impedirlo y, en contra de lo habitual en la ciudad, no fueron desalojados sino que el ayuntamiento negoció con ellos (a ello ayudó la crisis financieron del 2008 que también había afectado al inversor holandés). El ayuntamiento recompró los terrenos y firmó un pacto de colaboración con los artistas.

A spectre has been haunting Europe since US economist Richard Florida predicted that the future belongs to cities in which the «creative class» feels at home. (…) Many European capitals are competing with one another to be the settlement zone for this «creative class». In Hamburg’s case, the competition now means that city politics are increasingly subordinated to an «Image City». The idea is to send out a very specific image of the city into the world: the image of the «pulsating capital», which offers a «stimulating atmosphere and the best opportunities for creatives of all stripes». (…)

We say: Ouch, this is painful. Stop this shit. We won’t be taken for fools. Dear location politicians: we refuse to talk about this city in marketing categories. (…) We are thinking about other things. About the million-plus square metres of empty office space, for example, or the fact that you continue to line the Elbe with premium glass teeth. We hereby state, that in the western city centre it is almost impossible to rent a room in a shared flat for less than 450 Euro per month, or a flat for under 10 Euro per square meter. That the amount of social housing will be slashed by half within ten years. That the poor, elderly and immigrant inhabitants are being driven to the edge of town by Hartz IV (welfare money) and city housing-distribution policies. We think that your «growing city» is actually a segregated city of the 19th century: promenades for the wealthy, tenements for the rabble. (Not In Our Name, Marke Hamburg Manifesto)

La nueva frontera urbana (II): las causas de la gentrificación

Tras presentar el tema de la gentrificación a partir de los enfrentamientos en la plaza Tomkins y el barrio de Loisaida de Nueva York (lo vimos en la anterior entrada), Neil Smith entra de lleno en materia en la primera parte de La nueva frontera urbana. Ciudad revanchista y gentrificación y trata de buscar las causas por las que sucede dicho proceso.

La gran mayoría de autores de la época (los 80 y los 90 del siglo pasado) atribuían el peso principal de las causas de la gentrificación a sus consumidores: a los cambios sociales, «la tendencia a tener menos hijos, los matrimonios tardíos y una tasa de divorcio en ascenso, los jóvenes que compran y alquilan casas están reemplazando el sueño empañado de sus padres por un nuevo sueño, que viene definidos en términos urbanos más que suburbanos»; o la gentrificación rosa, con el auge de barrios de mayoría homosexual; o por la llegada de la ciudad postindustrial, con más trabajadores de cuello blanco (lo que hoy llamaríamos clase creativa) que dan primacía al consumo y al confort, una clase que quiere volver a las ciudades.

El problema de esta concepción, aduce Smith, es múltiple. Por un lado, ¿todos quieren volver a la ciudad al mismo tiempo?, ¿en Estados Unidos, Europa, Australia, ciudades donde ya se estaban dando casos de gentrificación? Y los propietarios, los prestamistas, las agencias gubernamentales.. ¿no juegan ningún papel en el asunto? Se habla del modelo de «filtrado», por el cual «las nuevas viviendas son ocupadas generalmente por familias de mejor posición económica, que dejan sus viviendas anteriores, menos espaciosas, para que sean ocupadas por inquilinos más pobres, y se mudan hacia la periferia urbana». Pero, de nuevo… ¿todas las clases buscan sólo mejores espacios residenciales?, ¿alguno de los de mayor posición no preferirá una casa en las afueras con jardín?

Smith introduce decididamente al capital en la ecuación. «La relación entre producción y consumo es más bien simbiótica, pero se trata de una simbiosis en la que es el capital en busca de beneficio lo que resulta predominante. La preferencia de los consumidores y la demanda de viviendas gentrificadas puede ser, y es, creada, de forma evidente, por la publicidad.» (p. 110). Es decir: no son los consumidores los que deciden mudarse a los barrios gentrificados, sino las inversiones que se hacen en esos barrios lo que empujan a que haya consumidores de sus inmuebles.

Se inicia aquí una argumentación compleja que no podemos reproducir entera, pero a la que invitamos al lector a consultar; sí que la resumiremos, pero tengan presente que los fallos que puedan darse en los argumentos son del resumen, no del original.

«En una economía capitalista, el suelo y los edificios levantados sobre el mismo se transforman en mercancías. En tanto tales, presumen de ciertas idiosincrasias, de las cuales tres son especialmente importantes para esta discusión.» (p. 111).

  • «los derechos de propiedad privada confieren a los dueños un control cuasi-monopólico sobre el suelo y sus mejoras». Existen ordenanzas, zonificaciones y regulaciones, pero pocas veces son lo bastante severas como para desplazar al mercado como la principal institución que «regula la transferencia y el uso del suelo».
  • «el suelo y sus mejoras están fijadas en el espacio pero su valor es todo menos fijo»; tanto el propio suelo como las mejoras del edificio tienen valores distintos; «dado que el suelo y las construcciones ubicadas sobre el mismo son inseparables, el precio de las edificaciones cuando cambian de mano también refleja el nivel de las rentas del suelo».
  • «mientras que el suelo permanece estable, no ocurre lo mismo con las mejoras construidas sobre el mismo»; entra en escena el deterioro físico de los edificios.

De aquí surgen dos conclusiones rápidas: por un lado, que el desembolso inicial para entrar en el mercado inmobiliario (hablamos de comprar un edificio, no un piso) es enorme, por lo que las instituciones financieras desempeñan un papel importante (Harvey, 1973); y dos, que «los patrones de deterioro de capital constituyen una variable importante en la determinación de las posibilidades y del grado en que el precio de venta de un edificio refleja el nivel de las rentas del suelo».

Esto explica que los centros de las ciudades, sujeto de grandes inversiones que debían verse amortizadas, se volviese un lugar de difícil acceso, por lo que las ciudades, a lo largo del siglo XIX, se fueron desplegando hacia sus exteriores: «durante el siglo XIX, los valores del suelo en la mayoría de las ciudades desplegaron una fisonomía que se aproximaba a la clásica forma cónica: el centro urbano estaba en la cima con un gradiente en disminución hacia la periferia». Esto explica que, a medida que la ciudad se iba industrializando y las fábricas se volvían mayores, las industrias se fuesen desplazando al exterior, donde el terreno era mucho más barato y tanto el automóvil como los distintos medios de transporte público ya permitían el acceso. Con el tiempo, y especialmente en Estados Unidos, los centros se fueron vaciando, salvo los CBD, Central Bussiness District, es decir, el centro económico de la ciudad, a menudo un punto neurálgico de día completamente abandonado durante la noche, a medida que sus usuarios se iban a los suburbios donde residían.

El exilio hacia los suburbios que se dio durante los años 40 a 60, sumado a otros factores como el red-lining, que impidió el acceso a la financiación a los habitantes marginales de los guettos en el centro de la ciudad (sobre todo por cuestiones raciales), acabó generando un «valle» en el diagrama de valor de las ciudades en relación con su distancia al centro.

Relación entre el valor del suelo y la distancia al centro en Chicago. El valle es la zona ideal para gentrificar (imagen del libro).

Hacia finales de la década de 1960, el valle de Chicago pudo haber alcanzado más de seis millas de ancho (McDonald y Bowman, 1979) y ser de un tamaño similar a la ciudad de Nueva York (Heilbrun, 1974: 110-111). Las evidencias de otras ciudades sugieren que esta desvalorización del capital y el consecuente ensanchamiento del valle en el valor del suelo ocurrió en las ciudades más antiguas de Estados Unidos (Davis, 1965; Edel y Sclar, 1975), dando pie a los barrios humildes y a los guettos que fueron repentinamente descubiertos como «problema» por la difunta clase media suburbana de la etapa de postguerra. (p. 115)

Ahora Smith introduce cuatro conceptos clave:

  • el valor de la vivienda: no su precio, sino el valor, en función tanto de la cantidad de «trabajo» para crear el edificio como la relación con las leyes de oferta y demanda que afectan sobre él;
  • el precio de venta, donde confluyen tanto el v alor del suelo como el del edificio que hay construido sobre él;
  • la renta capitalizada del suelo: el dinero que se obtiene por el uso del edificio, en función de si se alquila o se vende. Por ahora: precio de venta = valor de la casa + renta capitalizada del suelo.
  • renta potencial del suelo: el máximo valor que se podría llegar a obtener si todas las características que afectan al valor de la vivienda son las óptimas.
Evolución del valor de la vivienda (imagen del libro)

La diferencia de renta es la diferencia entre el nivel de la renta potencial del suelo y la renta actual capitalizada del suelo bajo el actual uso del suelo (gráfico anterior). (…) A medida que el filtrado y el deterioro del barrio tienen lugar, la diferencia potencial de renta se agranda. La gentrificación ocurre cuando la diferencia es tan grande que los promotores inmobiliarios pueden comprar a precios bajos, pagar los costes de los constructores y obtener ganancias de la restauración; así mismo pueden pagar los intereses de las hipotecas y los préstamos, y luego vender el producto terminado a un precio de venta que les deja una considerable ganancia. Toda la renta del suelo, o una gran proporción de la misma, se encuentra ahora capitalizada: el barrio, por lo tanto, está «reciclado» y comienza un nuevo ciclo de uso. (p. 126; las negritas son nuestras)

Y ahí está el verdadero problema de la gentrificación: el propio capital favorece dejar morir los barrios por falta de inversión, porque la cantidad de dinero que se podrá obtener luego es mucho mayor. De ahí el redlining, el acoso inmobiliario, los múltiples abusos a vecinos que llevan tiempo para que dejen los edificios libres; porque compensa económicamente. «Hoy es más común la gentrificación del mercado privado: una o más instituciones financieras modifican radicalmente una prolongada política de no concesión de créditos y promueven activamente un barrio en tanto mercado potencial para los préstamos e hipotecas a la construcción. Las preferencia de los consumidores serán inoperantes a menos que esta fuente de financiación, que ha estado largo tiempo ausente, reaparezca.» (p. 127)

La gentrificación forma parte de un proceso de redesarrollo más amplio, orientado a la revitalización de la tasa de beneficios. En este proceso, muchos centros urbanos se están convirtiendo en patios de juego burgueses repletos de pintorescos mercados, casas restauradas, hileras de boutiques, puertos deportivos para yates y Hyatt Regencies. Estas alteraciones sumamente visuales del paisaje urbano no constituyen en lo más mínimo un efecto secundario accidental de un desequilibrio económico temporal sino que están enraizadas en la estructura de la sociedad capitalista, de un modo tan profundo como la suburbanización. (p. 157)

Smith dedica el siguiente capítulo a analizar las relaciones entre la gentrificación y sus «sujetos», entonces identificados como los «yuppies» de los 80: jóvenes, con movilidad ascendente, completamente urbanos y «con un estilo de vida dedicado al consumo empedernido». Hoy los consideraríamos clase creativa, pero el concepto no ha cambiado demasiado. La conclusión del autor, tras analizar algunas variables, es que dicha relación es más cultural o publicitaria que real: la gentrificación es una serie de procesos compleja que no responde a un único factor, y atribuirla a la eclosión de los yuppies (o de la clase creativa, o colectivos específicos como los homosexuales, incluso relacionarla con la incorporación de la mujer, no al mercado laboral, sino al grupo de encargados y gerentes que lo gestionan) es simplificarla.

El corolario geográfico de este argumento es la afirmación de que «la ideología de la reforma urbana» de la nueva clase media, «la contraparte actual de la clase ociosa de Veblen», está configurando una ciudad postindustrial asociada a un paisaje de consumo, en lugar de a un paisaje de producción (Ley, 1980; también Mills, 1988; Warde, 1991; Caulfield, 1994). El mundo del capitalismo industrial es superado por la ideología del pluralismo de consumo, y la gentrificación es uno de los pilares de esta transformación histórica, inscrita en el paisaje moderno. Un sueño urbano viene a superar el sueño suburbano de las décadas pasadas.

(…) [Al observar la transformación de Glasgow en capital europea de la cultura o el postmoderno Hotel Bonaventure en el centro de Los Ángeles] nuestros sentidos nos indican que los tiempos ciertamente están cambiando y que, de hecho, algo similar a un patio de juegos burgués está en proceso de construcción en muchos centros urbanos. ¿Pero acaso es esto merecedor de la conclusión de que hoy en día la forma urbana está siendo estructurada por las ideologías de consumo y las preferencias de la demanda, en lugar de por los requerimientos de la producción y los patrones geográficos de la movilidad del capital? (p. 185)

En la segunda parte del libro, Smith analiza algunos casos concretos de gentrificación:

  • Society Hill, en Filadelfia;
  • Harlem, en Nueva York, un barrio profundamente decadente cuando se escribió el libro pero que ya empezaba a ser gentrificado;
  • Ámsterdam, Budapest y París (para comprender las diversas formas de la gentrificación y comprobar si, efectivamente, era un proceso global, y no local);

Y en la tercera y última parte, vuelve al tema del mito de la frontera con el que empezó, en Tomkins Square:

Más allá del brío cultural y del optimismo con el que se considera la ciudad en tanto frontera, el imaginario funciona, precisamente, porque logra expresar todos estos significados en un mismo lugar. Ese lugar es la frontera de la gentrificación. La frontera de la gentrificación absorbe y retransmite el destilado optimismo de una nueva ciudad, la promesa de la oportunidad económica, la ilusión combinada del romance y la voracidad; es el lugar donde se crea el futuro. Estas resonancias culturales crean el lugar, pero el lugar aparece como una frontera debido a la existencia de una línea económica muy afilada dentro del paisaje. Detrás de la línea, la civilización y el lucro se cobran su peaje; pasada la línea todavía campan la barbarie, la promesa y la oportunidad.

[…] La «frontera de la gentrificación» representa, en realidad, una línea que divide las zonas del paisaje urbano en las que se desinvierte, de aquella en las que se reinvierte. (p. 296)

Valor del suelo en el Lower East Side a medida que se iba gentrificando (imagen del libro).

Smith acaba el libro tratando el tema de la ciudad revanchista, la que expulsa a los pobres y a los sin hogar, la que permite el gobierno despiadado del capital sin oposición, la que incluso fomenta el miedo (él habla de casos concretos de los 90 en Estados Unidos, como el atentado en el World Trade Center, o del ascenso de Giuliano, el alcalde de Nueva York que hizo de la limpieza de la ciudad su política; pero nos serviría hablar, por ejemplo, de la publicidad antiokupas que se está dando en la actualidad en nuestro contexto). Y finaliza con una invitación:

Antes de 1862, la mayoría de los heroicos pioneros eran, en realidad, ocupantes ilegales que estaban democratizando la tierra. Tomaban la tierra que necesitaban para vivir, y se aliaban para defender sus reclamaciones ante los especuladores y los acaparadores de tierra, establecían grupos para proveerse de los servicios sociales básicos y estimulaban a otros ocupantes a establecerse, ya que la fuerza estaba en el número. La organización de los ocupantes era la clave de su poder político, y fue frente a esta organización y a la proliferación de las ocupaciones en la frontera, que se sancionó la Ley de Asentamientos Rurales de 1862.

Toda la fuerza del mito ha consistido en ensombrecer esta inscripción de clase en la frontera, en borrar la amenaza a la autoridad que la frontera suponía, envolviéndola en un romántico manto de individualismo y patriotismo. Si queremos ser fieles a la historia, si pretendemos, realmente, comprender la ciudad como una nueva frontera urbana, el acto más patriótico, y con el que debemos empezar, en tanto pioneros, es la ocupación de viviendas. Es muy posible que en un mundo futuro también lleguemos a reconocer a los okupas de hoy como aquellos que tenían la visión más inteligente de la frontera urbana. Que la ciudad se haya vuelto un nuevo Lejano Oeste puede ser lamentable, pero no cabe duda de que esto está fuera de discusión; lo que está en disputa es, precisamente, qué tipo de Lejano Oeste. (p. 355)

La nueva frontera urbana, Neil Smith

En el lenguaje de la gentrificación, la apelación al imaginario de la frontera ha sido exacta: los pioneros urbanos, los colonos urbanos y los vaqueros urbanos se han transformado en los nuevos héroes populares de la frontera urbana. En la década de 1980, las revistas del mercado inmobiliario hablaban incluso de «exploradores urbanos» cuyo trabajo consistía en recorrer los flancos de los barrios gentrificados, examinar el paisaje a la búsqueda de reinversiones rentables, y, al mismo tiempo, informar acerca de cuán amigables eran los nativos. Comentadores menos optimistas acusaron el surgimiento de un nuevo grupo de «bandidos urbanos» vinculados a la cultura de la droga en las zonas urbanas deprimidas.

Al igual que Turner cuando reconoció la existencia de americanos nativos pero para incluirlos en esta jungla salvaje, el imaginario contemporáneo de la frontera urbana trata a la actual población de las zonas urbanas deprimidas como un elemento natural de su entorno físico. El término «pionero urbano» es, por lo tanto, tan arrogante como la noción original de «pioneros», en la medida en que sugiere la existencia de una ciudad que aún no está habitada; al igual que los nativos americanos, la clase trabajadora urbana es considerada como menos que social, una parte del ambiente físico. (…)

[…] Tal y como sucede con toda ideología, existe una base real, si bien parcial y distorsionada, en el tratamiento de la gentrificación como una nueva frontera urbana. La frontera representa una evocadora combinación de los avances económicos, geográficos e históricos y sin embargo el individualismo social asociado a este destino es, en gran medida, un mito. La frontera de Turner se extendió hacia el Oeste no tanto por pioneros solitarios, colonos y duros individualistas, como por bancos, ferrocarriles, el Estado y otras fuentes colectivas de capital (Swierenga, 1968; Limerick, 1987). En este periodo, la expansión económica fue realizada, en gran medida, a través de la expansión económica continental. (pp. 18-22)

La nueva frontera urbana. Ciudad revanchista y gentrificación, publicado por el geógrafo Neil Smith en el año 1996, es uno de los estudios esenciales en el tema de la gentrificación. Fue este libro el que sentó las bases académicas del proceso que hoy conocemos como gentrificación, término ideado por Ruth Glass en 1964 para referirse a la ‘pequeña nobleza’ (gentry, en inglés) que volvía del campo o los suburbios exteriores de Londres al centro de la ciudad después de la Segunda Guerra Mundial. Autores como Sharon Zukin en su famoso Loft living: Culture and Capital in Urban Change, en 1982, ya habían estudiado el proceso y además habían denunciado la complicidad de ciertas clases de artistas o de la cultura como avanzadilla para transformar barrios obreros, víctimas de la desinversión de sus rentistas o incluso del Estado, en barrios primero de clase media y luego, ya totalmente higienizados, en zonas de renta elevada centradas alrededor del ocio, el consumo y el turismo.

Hubo grandes debates académicos en los años 80 y 90 sobre la importancia de este proceso: si era algo puntual, si iba a durar, si modificaría los entornos urbanos de forma significativa; y, sobre todo, alrededor de sus causas, si era provocado por el Estado, el capital, los usuarios, sucesos puntuales. Neil Smith llegó con este abrumador estudio, recogió todo el debate suscitado sobre el tema y propuso sus tesis: la concepción y presentación, por parte de los poderes establecidos, de los barrios degradados y listos para su gentrificación como lugares que había que domesticar, recuperar para «los nuestros» (en otros lugares, por ejemplo España, el vocabulario fue otro: higienizar, esponjar, limpiar); la teoría de la diferencia potencial de renta, el gap entre el valor real de un edificio y su valor posible, que acaba siendo decisiva para saber qué barrios van a ser gentrificados; y el camino, a priori global, que estos procesos estaban inaugurando para el espacio urbano alrededor del mundo -del mundo occidental. Sin más, entramos en materia.

Neil Smith empieza el libro con un ejemplo de gentrificación en Nueva York, en concreto el parque Tomkins, lugar tradicional de protestas obreras durante todo el siglo XX, remodelado en 1936 por Robert Moses (el archienemigo de Jane Jacobs del que hemos hablado multitud de veces), según las malas lenguas para evitar precisamente esas concentraciones obreras; pero a lo largo del siglo, y sobre todo con las crisis económicas de los 70, se convirtió otra vez en hogar de multitud de vagabundos y sin techo, que lo transformaron en una ciudad de chabolas y lugar de venta de drogas, entre otros. La policía intentó desalojarlos en el año 1988 pero la cosa terminó siendo una batalla campal entre las autoridades y los defensores de los vagabundos, okupas, luchadores antigentrificación, etc. Smith denuncia que, durante décadas, el parque había sido abandonado porque no interesaba; pero de repente, a medida que el barrio se iba gentrificando, las autoridades redescubrieron su potencial económico y quisieron incluirlo en sus planes para obtener rédito económico, momento en que trataron de expulsar a los sin techo. No reubicarlos, no buscarles un lugar o una forma de vida: sólo expulsarlos a otras zonas donde no fuesen tan visibles.

Desde los años setenta, este nuevo urbanismo encarna una extendida y drástica repolarización de las dimensiones políticas, económicas, culturales y geográficas de la ciudad, integradas también en los grandes cambios globales. La gentrificación, que comenzó a desplegarse de forma sistemática desde las décadas de 1960 y 1970, fue simultáneamente una respuesta y una contribución a una serie de tranformaciones globales más amplias: la expansión económica global de los años ochenta; la reestructuración de las economías nacionales y urbanas de los países capitalistas desarrollados hacia el sector servicios, el ocio y el consumo; y la emergencia de una jerarquía global de ciudades a escala mundial, nacional y regional. Estos cambios han hecho que la gentrificación pasara de ser una preocupación relativamente marginal en un cierto nicho de la industria inmobiliaria, a convertirse en la vanguardia de la transformación urbana. (Sassen, 1991).

Ahí es donde Smith sitúa la lucha: en la configuración del espacio urbano. Entiéndase: la mayoría preferimos un parque mono y tranquilo donde ir a pasear o a tomar un helado; pero la lucha no es entre un parque bonito o uno lleno de vagabundos y drogas; la lucha es entre una ciudad abierta a todos o una ciudad donde el dinero sea la única medida. Uno de los bandos, denuncia Smith, el de las finanzas, el capital, el Estado, los medios de comunicación, trató de emular la pacificación de la zona con la conquista del Oeste por parte de los primeros colonos. El autor da diversos ejemplos de anuncios en los periódicos de la época, reportajes, incluso películas donde la ciudad se presenta como una jungla (Cocodrilo Dundee, Noches de neón) que los protagonistas deben domar, un mundo salvaje por descubrir a medida que va siendo domesticado; incluso algunas a priori no relacionadas, Memorias de África, Gorilas en la niebla, presentan héroes (heroínas) como pioneros blancos en la oscura África; Ralph Lauren lanzando una colección en 1990 centrada en la mujer safari, la aparición de gran cantidad de tiendas en Nueva York relacionadas con el Oeste, el desierto, la cultura india, como algo exótico.

Por lo tanto, el imaginario de la frontera no es meramente decorativo ni inocente; arrastra un considerable peso ideológico. En la medida en que la gentrificación contagia a las comunidades de clase trabajadora, desplaza a los hogares pobres y convierte a barrios enteros en enclaves burgueses, la frontera ideológica racionaliza la diferenciación social y la exclusión como natural, inevitable. La clase pobre y trabajadora se puede definir demasiado fácilmente como «incivil», en el bando equivocado de una heroica línea divisoria, es decir, como salvaje y comunista. La esencia y la consecuencia del imaginario de la frontera es domar la ciudad salvaje, socializar toda una serie de procesos nuevos, y por lo tanto desafiantes, en un foco ideológico seguro. En tanto tal, la ideología de la frontera justifica una incivilidad monstruosa en el corazón de la ciudad. (p. 53)

Tomkins Square, 1988

Algo similar sucedió en el Lower East Side, rebautizado como Loisaida. Rosalyn Deutsche y Cara Ryan ya habían demostrado la complicidad de los artistas con la gentrificación del barrio en su artículo «The fine art of gentrification» en 1984: generando un arte, el neoexpresionismo, vacío de contenido político, pura estética y además relacionado con la pujanza que se estaba dando en el barrio (tema que también analizó Martha Rosler en Clase cultural. Arte y gentrificación). Se dio la paradoja, por supuesto, de que al final los propios artistas y marchantes acabaron siendo víctimas de sus propios actos y tuvieron que marcharse del barrio en cuanto los precios se volvieron sólo asequibles a las clases altas.

Smith denuncia, además, la doble recompensa que obtienen los propietarios de edificios y promotores inmobiliarios: adquieren edificios a precios bajos; se ahorran todo el dinero necesario para la rehabilitación y el mantenimiento; dejan que caiga el valor del edificio y de la zona y, en cuanto vuelve a surgir la oportunidad, en cuanto la zona ya está totalmente abandonada y aparece la oportunidad de un nuevo beneficio, se presentan como «héroes con conciencia cívica, pioneros que asumen riesgos allí donde nadie se atrevería, constructores de una nueva ciudad para la población respetable».

La gentrificación presagia una conquista de clase sobre la ciudad. Los nuevos pioneros urbanos tratan de borrar la geografía y la historia de la clase obrera de la ciudad. En la medida en que rehacen la geografía de la ciudad reescriben su historia social como una justificación preventiva del nuevo futuro urbano. (p. 67)

O, en palabras de Engels: «La burguesía tiene un solo método para resolver las cuestiones de la vivienda […] los lugares de reproducción de enfermedades, los infames agujeros y sótanos en los que el modo de producción capitalista confina a nuestros trabajadores, noche tras noche, no son abolidos; simplemente son desplazados a otro lugar.» Y, no lo olvidemos, «los inmigrantes llegan a la ciudad desde aquellos países donde el capital norteamericano ha abierto mercados, trastocado las economías locales, extraído recursos, expulsado a la gente de sus tierras o enviado a los marines como «fuerza de paz» (Sassen, 1988).»

La guerra de los lugares, Raquel Rolnik

Conocimos a Raquel Rolnik con la conferencia «Las ciudades, en manos de las finanzas globales» que dio en el 2017 en un ciclo de conferencias sobre la ciudad en el CCCB. Ya en dicha conferencia adelantaba el que es el gran tema del libro que nos atañe: cómo las grandes finanzas han invadido los recursos destinados a vivienda de todo el planeta con el objetivo de obtener rédito financiero de ellos generando, de paso, las crisis de 2008 y la del alquiler actual y dejando en situación de desposesión a millones de personas.

La propiedad inmobiliaria [real estate] en general y la vivienda en particular configuran una de las más nuevas y poderosas fronteras de la expansión del capital financiero. La creencia de que los mercados pueden regular el destino del suelo urbano y de la vivienda como forma más racional de distribución de recursos, combinada con productos financieros experimentales y «creativos» vinculados a la financiación del espacio construido, hizo que las políticas públicas abandonaran el concepto de vivienda como un bien social y el de ciudad como un artefacto público. Las políticas habitacionales y urbanas renunciaron a la función de distribuir la riqueza, bien común que la sociedad coincide en dividir o proveer a aquellos que tienen menos recursos, pra transformarse en un mecanismo de extracción de ingresos, ganancia financiera y acumulación de riqueza. Este proceso derivó en la desposesión  masiva de territorios, en la creación de pobres urbanos «sin lugar», en nuevos procesos de subjetivación estructurados por la lógica del endeudamiento, además de haber ampliado significativamente la segregación en las ciudades. (p. 13; las negritas son nuestras)

La introducción de La guerra de los lugares. La colonización de la tierra y la vivienda en la era de las finanzas ya es clara respecto al tema del libro: dejar claro que todo lo que ha rodeado a la evolución del concepto y el precio de la vivienda en los últimos 30 años no es una serie de azares sino un movimiento orquestado por el capital con la finalidad de obtener rédito financiero y ganancias de algo que antes estaba a disposición de los ciudadanos.

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El primer bloque del libro muestra, recorriendo diversos países, cómo se pasó al modelo de vivienda en propiedad obtenida mediante deuda hipotecaria; el segundo, en todos los procesos de desposesión de los pobres y los débiles que se están dando alrededor del mundo como consecuencia de ese cambio de paradigma; y el tercer bloque, en el que no entraremos, recorre la historia y el caso del Brasil natal de la autora y la evolución del tema de la vivienda allí. Raquel Rolnik, arquitecta y urbanista brasileña, fue relatora para la ONU del Derecho a la Vivienda durante 6 años; de aquel periodo surge este libro.

Entre 1980 y 2010, el valor de los activos financieros mundiales -acciones, títulos, títulos de deuda públicos y privados y aplicaciones bancarias- creció 16,2 veces, mientras el PIB mundial aumentó poco menos de 5 veces en el mismo período. Este pool de superacumulación fue consecuencia no sólo del lucro acumulado de grandes corporaciones, sino también de la entrada en escena de nuevas economías emergentes, como China. Esta muralla de dinero comenzó a buscar cada vez más nuevos campos de aplicación, transformando sectores (commodities, finaciamiento estudiantil y planes de salud, por ejemplo) en activos para alimentar el hambre de nuevas líneas de inversión rentables para los inversores. (p. 27)

La vivienda -la creación, reforma y fortalecimiento de sus sistemas financieros- fue uno de estos nuevos campos de aplicación del excedente. Además, permitió vincular, mediante la creación de un mercado secundario de hipotecas, los sistemas de domésticos de financiación habitacional con los mercados globales. La entrada de este excedente de capital hizo aumentar el crédito más allá del tamaño y la capacidad de los mercados internos, creando e inflando las llamadas burbujas inmobiliarias. Además, el propio espacio en las ciudades se modificó a raíz de este cambio de paradigma, provocando cambios profundos en el rediseño y extensión de las ciudades.

Todo esto no hubiese sido posible sin un cambio en la forma de entender el papel del Estado en la adquisición de la vivienda por parte de los ciudadanos.

Formulado en Wall Street y en la City de Londres e implantado en primer lugar por políticos neoliberales estadounidenses e ingleses a finales de los años 1970 y comienzos de los año s1980, el cambio en el sentido y en el papel económico de la vivienda ganó fuerzas con la caída del Muro de Berlín y la consecuente hegemonía del libre mercado. Adoptado por gobiernos e impuesto como condición para que instituciones financieras multilaterales, como el Bando Mundial y el Fondo Monetario Internacional, concedieran préstamos internacionales, el nuevo paradigma se basó principalmente en la implantación de políticas que crean mercados financieros de vivienda más fuertes y más grandes, incluyendo a consumidores de mediano y bajo ingreso, que hasta entonces habían estado excluidos. (p. 30)

En general, los tres modelos de financiación usados fueron:

  • sistemas basados en hipotecas;
  • sistemas basados en la asociación de créditos financieros con ayudas gubernamentales directas para la compra de unidades producidas en el mercado;
  • esquemas de microfinanciación.

Para garantizar que toda la población acatase mansamente el nuevo mandato de poseer una vivienda fue necesario el cambio del paradigma del papel del gobierno. «… fue después de la Segunda Guerra Mundial, especialmente en los años 1650 y 1960, cuando la provisión pública de habitación se convirtió en uno de los pilares para construir una política de bienestar social en Europa, un pacto redistributivo entre capital y trabajo que sustentó décadas de crecimiento económico». Algunos países disponían de un importante stock de vivienda pública (Austria, Dinamaca, Finlandia, Holanda, Reino Unido, por citar sólo algunos de los que indica Rolnik), otros disponían de ayudas para acceder a la vivienda (Alemania) y otros, por ejemplo España, Grecia o Portugal, no fueron grandes promotores de vivienda pública en absoluto. «A partir de la crisis económico-financiera de los años 1970, el período más extenso de recesión económica internacional después de los años 30, se formula en la teoría y en la práctica la idea de que el papel de los gobiernos ha de transformarse: de proveedores de vivienda a «facilitadores», y su misión será abrir espacio y apoyar la expansión de los mercados privados. Es decir, crear y promover la existencia de sistemas financieros que hagan posible la compra de la casa en propiedad. Para ello, además, era necesario crear la conexión entre vivienda pública y precariedad o pobreza: estigmatizarla, considerarla como algo que sólo los incapaces de manejar activos en el mercado podían tener.

Los precursores de este cambio de paradigma fueron Reino Unido y Estados Unidos. Reino Unido pasó de un 52% de propietarios en 1971 a un 70% en 2007; y la vivienda de arrendamiento social cayó del 30% en los 70 al 18% en 2007. Por el camino, el Estado había pasado de ser el responsable del bienestar -incluida la vivienda- de los ciudadanos a un «sistema en el que el individuo carga con las responsabilidades de su propio bienestar y seguridad social, volviéndose un consumidor de activos financieros que le proveerán una renta en la vejez» (p. 48). La vivienda subió un 200% del 1997 a 2012; los sueldos, un 55%. Y la mayor parte de los fondos destinados a vivienda social se redirigieron a ayudar a pagar los alquileres de los menos favorecidos; es decir, fueron directamente a manos de los arrendadores privados. La vivienda se convirtió en un activo financiero para las familias, basado en la deuda y propiciando un aumento del consumo en una época en que la capacidad económica de los ciudadanos no paraba de decrecer.

En Estados Unidos la situación fue algo distinta. En 1934 se creó la Federal House Administration (FHA), que ya conocemos por su famosa política del redlining que llevó a la gentrificación de muchas ciudades. La FHA tomó dos caminos: por un lado, apoyar a las familias de clase media que querían comprar una vivienda ofreciéndoles condiciones muy generosas; por otro, ayudar a pagar el alquiler a la clase obrera, en general, blanca. Poco a poco, a medida que llegaban migraciones provenientes del sur, sobre todo afroamericanos, el perfil se fue segregando por razas: las clases medias blancas fueron incentivadas a comprar casas suburbanas a las afueras de las ciudades (más de la mitad de todas las viviendas construidas durante los 50 y 60 fueron financiadas con esos fondos) mientras que las ayudas al alquiler fueron rebajándose y eran entregadas a las clases obreras negras que no podían emigrar a los suburbios, por cuestión tanto de economía como por racismo estructural. Eso generó la pobreza extrema en los centros de las ciudades americanas que acabaría llevando a la gentrificación; y, por otro lado, una enorme extensión de suburbios donde toda clase media blanca americana poseía su propia casa con terreno y la necesidad de usar el coche para cualquier motivo.

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El redlining; sus efectos aún se perciben en las ciudades de Estados Unidos.

En cuanto llegó la ampliación de las grandes finanzas al mercado de la vivienda, una de sus extensiones fue la creación del crédito subprime; una ley de 1977 obligaba a los bancos a «alquilar parte de sus carteras hipotecarias en los barrio donde se originaban sus depósitos», barrios que hasta ahora habían sido considerados redline y que se convirtieron en subprimes «o crédito de altísimo coste ofrecido sobre todo a familias compuestas por minorías y a otros grupos que históricamente no tuvieron acceso al crédito por ser considerados de alto riesgo».

Otros aspectos de la política financiera del momento, en los años en que el capital se fue liberando de sus cadenas, fue la posibilidad de titularizar préstamos y juntarlos en paquetes que se podían comprar; «la titularización permitía limpiar los balances de instituciones de crédito a través de su venta a bancos o fondos de inversión». A este festival se sumaron los hedge funds y las agencias de rating, formando paquetes tóxicos que las grandes empresas se iban pasando como una patata caliente para que no les estallase en las manos. Todos sabemos cómo acabó el tema.

Por otro lado, la crisis hipotecaria de los préstamos subprime no fue producto de un intento desafortunado de ampliar el mercado privado de casas en propiedad para los más pobres, disminuyendo la dependencia en relación con los fondos públicos y del Estado. Por el contrario, fue fruto de una política clara y progresiva de destrucción de alternativas de acceso a la vivienda para los más pobres. Dicha política pretendía constituir, exactamente en el sector habitacional de más bajos ingresos, una nueva forma de extracción de renta -de los mercados de hipotecas, así como de los propios propietarios privados endeudados- para los inversores financieros. (p. 70)

En Europa, las cosas fueron similares. Como ejemplo, en el 2008 la Comisión Europea restringía las ayudas para la vivienda sólo a aquellas personas socialmente menos favorecidas cuya situación no les permitía mantener una vivienda al precio de mercado. El objetivo de esta decisión: favorecer el libre mercado en el tema de la vivienda.

Este paradigma, sin embargo, no se detuvo en Estados Unidos y Europa, donde se generó, sino que, mediante las grandes entidades financieras internacionales, el Banco Mundial y el FMI, se fue extendiendo al resto del planeta. La receta del Banco Mundial para poner la vivienda al alcance de todo el mundo seguía el siguiente modelo, donde los tres primeros puntos son para dar curso a la demanda y los tres siguientes, a la oferta:

  • el derecho de propiedad, mediante registros de tierras y propiedades y una ley clara al respecto;
  • desarrollo de un sistema financiero que permita la creación de créditos para que los pobres accedan a la vivienda endeudándose;
  • «racionalizar» los subsidios para que no entorpezcan la labor de los dos puntos anteriores.

Y en cuanto a la oferta:

  • facilitar infraestructuras para la urbanización;
  • reformas urbanísticas, cambios necesarios en las leyes sobre el suelo y la propiedad pública;
  • privatizar la industria de la construcción civil, a fin de fomentar la competición.

Como destaca Rolnik, estas políticas sirvieron mucho más para ampliar los mercados financieros que para aumentar el acceso a la vivienda de los más pobres y vulnerables.

Cuando finalmente la crisis de todo esto estalló, ¿los Estados se dieron cuenta de lo ciegos que habían estado y lo erróneo de sus políticas y trataron de volver atrás, de fomentar otra vez la construcción de vivienda pública, de huir de la deuda, de evitar la formación de otra burbuja? Para nada: «se limitaron a inyectar fondos públicos en los bancos y las insituciones de crédito para evitar su bancarrota»; los 65.000 millones de euros que regaló España a la banca son el ejemplo que usa Rolnik, además de la creación del SAREB.

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Ya conocen el dicho: la banca siempre gana.

Pero el capital no se detuvo aquí: aprovechando la crisis y que el precio de las viviendas había caído en picado, los hedge funds empezaron a comprarlas en paquetes, sobre todo aquellas cuyas hipotecas habían sido ejecutadas. Rolnik habla de Blackstone, un fondo de inversión inmobiliaria participado por inversores internacionales como J. P. Morgan, Deutsche Bank, Citigroup, Goldman Sachs… los mismos nombres que se enriquecieron con la creación de la burbuja inmobiliaria.

Al comienzo de esta parte del libro ya habíamos afirmado que, en función de la sobreacumulación, la expansión territorial y sectorial del mercado permitió absorber el capital excedente, a través de la transformación de la vivienda en mercancía y en activo financiero en varias regiones del planeta. Esto, a la vez, generó un boom y un nuevo ciclo de sobreacumulación bajo el control de los agentes financieros. Cuando el mercado quedó saturado de collateral, la rápida retirada de los inversores desvalorizó enseguida este stock, creando un nuevo mercado de alquiler residencial, lo que constituyó una nueva frontera para la acumulación financiera. (p. 120)

Con la posesión de estos paquetes de viviendas, los grandes fondos han sido capaces de gestionar el mercado del alquiler para crear otra burbuja mediante la que continuar explotando el acceso a la vivienda de las clases medias y bajas; pero esto queda para la segunda entrada, donde también abordaremos el efecto que tiene sobre las poblaciones más vulnerables este cambio de paradigma.