Urbanismo neoliberal, negocio inmobiliario y vida vecinal, Jaume Franquesa

El mismo motivo que nos llevó a leer Ciudad de muros, de Teresa Caldeira, nos ha llevado a leer Urbanismo neoliberal, negocio inmobiliario y vida vecinal. El caso de Palma, de Jaume Franquesa (editorial Icaria, Institut Català d’Antropologia, 2013): el deseo de leer un estudio de antropología urbana aplicado a un caso concreto. Franquesa, sin embargo, es claro desde el principio: pese a que se trata de un trabajo de antropología urbana, «el enfoque de este trabajo se ancla en dos cuerpos teóricos con una amplia tradición: la corriente de la economía política en antropología y los análisis marxistas sobre la producción del espacio» (p. 15; el destacado es del autor). La primera (cuyo principal exponente leído en el blog sería Neil Smith) analiza «desde la etnografía el modo como los procesos globales de carácter político y económico se entrelazan con la estructura social local para producir relaciones, lugares y formas de conciencia, una producción continuamente reelaborada sobre los materiales de su pasado y que, por lo tanto, es estudiada históricamente». El análisis marxista, por el otro lado, bebe de Manuel Castells, David Harvey y, sobre todo, Henri Lefebvre, que pusieron al descubierto y analizaron la «geografía del capital».

Ésa es la gran baza del libro: la aplicación a un caso concreto de esas políticas neoliberales, específicamente sobre el barrio de Sa Calatrava, de la ciudad de Palma de Mallorca.

[E]l libro muestra que el incremento de valor inmobiliario de Sa Calatrava no puede ser comprendido como estrictamente urbanístico ni como estrictamente económico. En otras palabras, el despliegue del boom inmobiliario en el centro histórico de Palma no fue el fruto automático de inversiones económicas, públicas y privadas, sobre el espacio construido, sino que precisó de una serie de medidas de embellecimiento y pacificación apoyadas y legitimadas sobre relaciones y valores locales. El embellecimiento y la pacificación se orientaron, respectivamente, a dotar al barrio de nuevos significados (proceso en el cual la «puesta en valor» del patrimonio jugará un rol crucial) y a ajustar las prácticas sociales de sus habitantes a los requerimientos del capital inmobiliario, es decir, a producir el barrio de Sa Calatrava como un contexto idóneo para la extracción de plusvalías. (p. 13)

Sa Calatrava era un barrio situado cerca del centro de Palma de tradición obrera. En los años 80 se encontraba degradado y algunos de sus vecinos se organizaron en una asociación para tratar de mejorar sus condiciones de vida. En los 90, sin embargo, y coincidiendo con la emergencia de nuevos puntos turísticos a lo largo del Mediterráneo más baratos que la isla de Mallorca, ésta tuvo que reinventar su branding turístico y Sa Calatrava se convirtió en un enclave interesante debido al rent gap, la diferencia entre lo que costaba el terreno por entonces y lo que podía llegar a costar. Se entró en una fase de gentrificación apoyada por la propia asociación de vecinos y el Ayuntamiento, que vendieron la idea como un intento de «pacificar» el barrio, primero, y de promover su patrimonio, después. Ésa es la lucha que retrata Franquesa.

El primer capítulo presenta a algunos de los actores y el barrio en los 80, popular y algo degradado. El segundo capítulo presenta a la Asociación de Vecinos, una entidad organizada con el objetivo de conseguir mejoras para el barrio que muy pronto se imbricó con las autoridades del Ayuntamiento y que le sirvió, por un lado, para colgarse la medalla de que ellos eran quienes habían ayudado al barrio a luchar por su dignidad (es decir, expulsado a traficantes y llevando seguridad a sus calles); pero, por el otro lado, para crear una red vertical y clientelar donde repartían las dádivas del Ayuntamiento entre quienes les eran leales. Esa potestad, resume Franquesa, permitía a la asociación decidir «quién es calatravense y quién no», es decir, crear bandos.

En los 80 la población de Sa Calatrava estaba bastante envejecida. Es entonces cuando se dan los primeros casos de «gentrificación difusa»: pioneros que, sin formar parte aún de la estructura del capital inmobiliario organizado, buscan una vivienda en un barrio «obrero», «auténtico»; o, simplemente, un lugar adecuado para vivir, bien de precio, que presenta características distintas a los barrios más centralizados. Estos pioneros, que a menudo son de una clase social más alta que los habitantes actuales del barrio, no se perciben a sí mismos como tal, sino como miembros dotados de un mayor «capital cultural», capaces de ver en el barrio lo que sus habitantes actuales no ven (casas con patrimonio, con elementos arquitectónicos antiguos, etc.).

A principios de los 90 se lleva a cabo el PERI (Plan Especial de Reforma Interior), donde se establecen tres categorías de personas: los vecinos que se podrán quedar porque son gente «normal» y sus casas tienen valor patrimonial; y los que se tendrán que ir porque el lugar que ocupan «está degradado» y que son o bien indeseables (la población gitana), o bien miserables (la gente mayor sin recursos). Para el desarrollo del PERI, por supuesto, se recurre a la inversión privada, es decir, se ofrecen grandes recursos u opciones a promotores inmobiliarios para que sean ellos quienes se encarguen de mejorar el barrio… a cambio de quedarse con los beneficios.

Una de las herramientas que se usó para actuar sobre el barrio fue el Plan Urban europeo, «el mayor exponente de la introducción del urbanismo neoliberal en la Unión Europea» (p. 98, Franquesa cita a Cochrane, Undestanding urban policy. A critical approach, 2007). El Plan Urban se caracteriza por fórmulas de gestión público-privadas, «el tratamiento asistencialista e individualizado de la pobreza» (que se resumiría en que los pobres lo son porque quieren) y por actuar sobre todo en barrios. Sa Calatrava, a priori, no hubiese sido uno de los receptores del Plan Urban, pero las autoridades lo agruparon junto a otras zonas (el barrio de El Temple) para alcanzar el número de habitantes afectados suficiente para recibir las ayudas. Paradójicamente, un barrio donde empezaba la gentrificación y el precio de los inmuebles se elevaba recibía ayudas para el desarrollo.

El Plan Urban pone un gran énfasis en la cultura. Así, coincidía de pleno con la línea del nuevo turismo («postfordista», lo llama Franquesa) de Mallorca: un turista cultural, de alto nivel adquisitivo, que no busca sólo mar y playa (algo disponible más barato en otras partes del Mediterráneo o del mundo), sino una experiencia cultural, una visita a los orígenes. Para ello, la historia del barrio fue alterada, borrando toda referencia a un pasado obrero o reivindicativo y centrándose en «referencias a palacios señoriales y a elementos del pasado judío e islámico» y hablando a menudo de artesanía pero, de nuevo, obviando a los obreros que se dedicaban a ella.

Este proceso, la patrimonialización, en el fondo borra la historia del barrio o la reescribe a conveniencia, siempre a merced de los deseos del capital y no de los pobladores del barrio. Guillaume (La politique du patrimoine, 1980) señala que en todo centro urbano existen dos zonas: la bella y homogeneizada y la fea y llena de vida. Sa Calatrava era de las segundas; y, si aún era fea, es porque las autoridades no habían invertido, no la habían limpiado. Al hacerlo la despojan de sus habitantes originales y la ponen a disposición del capital convertida en un bonito envoltorio.

La siguiente fase consiste en despojar el espacio público de su cualidad como tal y convertirlo en un entorno aséptico, sin vida, salvo la turística. En palabras de Delgado, pasaríamos de hablar de «las calles» a hablar de «espacio público». En Sa Calatrava consistió en la prohibición de abrir bares, lo que, sumado a la ausencia cada vez mayor de tiendas, obligaba a los habitantes del barrio (en general, personas mayores) a desplazarse fuera del barrio para poder comprar pan, agua o zapatos.

Una de las principales consecuencias de este tipo de urbanismo es que se llega a un momento en el que los habitantes del barrio no se conocen entre ellos: forman parte de diferentes oleadas y cohabitan, pero no conviven porque no hay lugares de socialización. No tienen nada en común, no realizan actividad conjuntas y no se conocen; y estos tres hechos se retroalimentan, impidiéndoles formar un discurso de barrio.

Más que interesante es el cuarto capítulo, que recoge una historia concreta sobre una falsa «okupación» y la ruptura de la Asociación de Vecinos en dos entidades opuestas: la original, que dimitió y formó una asociación de nuevo nombre, vinculada a la derecha y con relaciones estables con el Ayuntamiento, y la nueva, que de hecho se convirtió en la original, formada por personas vinculadas a la izquierda (aunque las etiquetas son nocivas y precisamente de ellas intenta huir Franquesa, algo que no podemos reproducir dada la extensión de la historia).

Las dos asociaciones de vecinos, explica el autor, suponen dos formas distintas de ver y aprecias las transformaciones del barrio: de quien busca un lugar tranquilo para vivir o de quien prefiere una zona repleta de vida, aunque menos tranquila.

A medida que la presión inmobiliaria aumenta, el rodillo del capital afecta cada vez a más espacios. Muy significativo es el hallazgo de unas ruinas romanas en lo que iba a convertirse un gran edificio frente al mar, construido a más altura de la que permitía la legislación pertinente. Los vecinos del barrio protestaron; entre ellos se encontraban también las primeras oleadas de la gentrificación, es decir, los pioneros que llegaron al barrio buscando una zona autóctona, dispuestos a reformar sus viviendas, y que ahora se encontraban fuera de lugar (algo habitual con los procesos de gentrificación). Sin embargo, el discurso se llevaba a cabo en términos de «patrimonio», supuestamente despolitizado. Los «expertos» decidían si esas ruinas eran lo bastante valiosas para ser conservadas, o no, aunque la decisión final correspondía a una comisión política. Pero se hacía entender a los vecinos que se trataba de una decisión «objetiva», despolitizada, supuestamente carente de ideología.

Finalmente el edificio se llevó a cabo y los vecinos lo acataron, salvo uno de ellos, que presentó una demanda y, años después, la ganó. El Tribunal Supremo español decretó que parte de ese nuevo edificio (Dalt Murada), sobre todo los áticos (que se habían permitido construir para compensar al promotor por el «espacio» que había perdido al tener que mantener las ruinas romas a la vista), debían ser derruidos. Los periódicos destaparon, entonces, que gran parte de la cúpula política de la isla eran los propietarios de muchos de esos áticos (algunos de ellos implicados en escándalos y juicios de corrupción, otros incluso sentenciados y en la cárcel).

En vez de derruir los áticos, sin embargo, los políticos se limitaron a cambiar la normativa de la isla para que ese edificio fuese, de repente, legal; por lo que ya no hubo necesidad de derruirlos y su inversión quedó a salvo.

La obra termina con una victoria pírrica que obtuvieron los vecinos contra el capital y una reflexión sobre unas palabras de uno de los vecinos implicados, que dijo que llevaban «media vida salvando espacios (…) y seguro que lo tendremos que seguir haciendo». Franquesa reflexiona sobre cómo esa ideología idealiza el pasado, un pasado que ni fue mejor ni fue ideal; y da a entender que la única victoria posible contra el capital es la de frenarlo, permanecer anclados en ese pasado ideal mientras se trata de impedir que el capital lo arrase todo; una lucha, por lo tanto, ahistórica.

Y deshistorizando el capital y la historia estas luchas, que tan importantes y necesarias son y han sido en Mallorca, corren el peligro de deshistorizarse a sí mismas, como si el único horizonte legítimo, el único sueño redentor pensable, fue un antes que, como ya hemos visto, ni fue bucólico ni (más importante aún) resulta externo a la industria turística, sino que es una pieza clave de su telaraña ideológica. No se trata de considerar a la industria turística como intrínsecamente malvada, sino de entender que políticamente la contradicción entre mercado y sociedad, permanentemente ocultada por discursos de todo tipo, siendo el de la crisis, con su énfasis en los excesos, su versión más reciente. (p. 231)

Lo cual nos recuerda las palabras de Raquel Rolnik cuando hablaba de ideas «prototípicas«, es decir: ni opuestas al capital ni a su merced, sino capaces de generar otras realidades; y, también, claro, a los mapas cognitivos de Jameson.

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