Desarrollo desigual, Neil Smith

Neil Smith, geógrafo escocés que se trasladó a Estados Unidos, estudió a lo largo de su vida el modo como el capital configura el espacio. De él leímos ya La nueva frontera urbana. Ciudad revanchista y gentrificación, un libro de 1996 donde ahondaba en los casos de gentrificación y apropiación capitalista del espacio público y buceaban en sus causas hasta dar con la diferencia (o el diferencial) de renta: la máxima distancia entre lo que vale un edificio semiabandonado y lo que puede llegar a valer si su zona se revaloriza. En ese rent gap es donde se hallan las causas de la gentrificación y explica por qué las autoridades dejan de invertir voluntariamente en determinados barrios y zonas hasta que sus precios se desploman, momento en que el capital acude vorazmente a la zona, obtiene grandes réditos y, tras la expulsión de los vecinos originales, los sustituye por unos de renta más alta.

Desarrollo desigual. Naturaleza, capital y producción del espacio (1984, 2ª edición en 1990 y 3ª en 2008; leemos la traducción de León Felipe Téllez Contreras, Traficantes de Sueños, 2020) procede del mismo modo y traza las complejas relaciones entre el concepto de naturaleza, que ha ido evolucionando a lo largo de la historia, y cómo se produce el espacio en nuestras sociedades. El gran referente del libro es, por supuesto, Marx, aunque se apoya en geógrafos del siglo XX y encuentra un buen apoyo en las tesis del Lefebvre de La producción del espacio.

Desarrollo desigual no es un libro sencillo. En primer lugar, parte de la geografía, por lo que sus conceptos a veces son distantes de los del blog. Y, en segundo lugar, rastrea cada idea desde sus orígenes y traza toda su evolución, con lo que hay conceptos que, necesariamente, dejaremos algo colgados, y páginas enteras que reproduciremos. El objetivo del libro es llegar al desarrollo desigual: “el emblema de la geografía del capitalismo”.

La lógica del desarrollo desigual deriva específicamente de las tendencias opuestas, inherentes al capital, que se orientan de manera simultánea hacia la diferenciación y la igualación de los niveles y condiciones de producción. El capital es invertido de forma continua en el espacio construido para producir plusvalía y expandir las mismas bases del capital. De la misma manera, el capital es retirado continuamente del espacio construido para desplazarse a otro sitio donde pueda aprovechar la existencia de tasas de ganancia más elevadas. La inmovilización espacial del capital productivo en su forma material es una necesidad, que no resulta ni menor ni mayor, que la circulación perpetua del capital en tanto valor. Así, es posible observar el desarrollo desigual del capitalismo como la expresión geográfica de la más fundamental contradicción entre valor de uso y valor de cambio. (p. 21)

Sí: el concepto recuerda al de coherencia estructurada de la producción y el consumo de David Harvey que vimos en Espacios del capital. No en vano, Harvey y Smith trabajaron juntos durante años (de hecho tienen obras escritas a cuatro manos), se admiraban mutuamente y se ayudaron a desarrollar sus teorías.

Por la tendencia constante a acumular cada vez mayores cantidades de riqueza social, el capital modifica la forma del mundo entero. Ninguna piedra es dejada en su lugar, ninguna relación original con la naturaleza continúa inalterada y ninguna cosa viva queda intacta. Hasta ese punto el capital reúne los problemas de la naturaleza, del espacio y del desarrollo desigual. El desarrollo desigual es el proceso y patrón concreto de producción de la naturaleza capitalista. (p. 22)

Para llegar al desarrollo desigual, Smith analiza la ideología de la naturaleza (I), luego su producción en tanto que ente sometido al capitalismo (II), la relación naturaleza-espacio (III) y, antes de llegar a la teoría del desarrollo desigual en el capítulo V, en el cuarto hablar de los procesos de igualación y diferencia. Como hemos dicho, la reseña será algo desigual, haciendo énfasis en algunos puntos y pasando sobre otros de puntillas.

El concepto de naturaleza en Estados Unidos ha tenido una concepción distinta al europeo. “Si los símbolos sociales dominantes del Viejo Mundo obtenían su fuerza y legitimidad de la historia, los símbolos del Nuevo Mundo lo hacían de la naturaleza” (p. 32). La naturaleza americana era un territorio agreste que había que domesticar; el mito americano hablaba, por lo tanto, de los pioneros, los solitarios que viajaban hacia el Oeste en una conquista del territorio (cuyo símbolo volverá como “pioneros urbanos” en La nueva frontera urbana: los precursores que iban a colonizar un barrio agreste, lleno de “salvajes”).

Tras esta concepción se dio una de “retorno a la naturaleza”, pero estaba propiciada por las clases urbanas, que concebían una naturaleza amable, donde reconectar con los orígenes o que visitar los fines de semana para purificarse del aire de la ciudad.

Tras dar otros muchos ejemplos, Smith llega a un concepto de naturaleza antagónico: la naturaleza es, al tiempo, algo externo y algo que está en nuestro interior.

La concepción de la naturaleza es un producto social y, como vimos a propósito de la naturaleza en la frontera estadounidense, tuvo una clara función social y política. La hostilidad de la naturaleza externa justificó su dominación y la moralidad espiritual de la naturaleza universal generó un modelo de comportamiento social. Esto es lo que se entiende por «ideología» de la naturaleza. (p. 42)

Por un lado, la naturaleza ha sido domesticada hasta el extremo de que sólo algunos efectos naturales muy adversos y puntuales se consideran hostiles (inundaciones, volcanes, terremotos). Y esta domesticación se concibe como algo “natural”. Por el otro lado, la “ideología de la naturaleza” se ha impuesto como una forma de comportamiento social y ciertas actitudes se conciben como “naturales”: “la competencia, la ganancia, la guerra, la propiedad privada, el sexismo, el heterosexismo, el racismo”, atribuyéndose todas ellas a “la naturaleza humana”, no a la historia: “el capitalismo es tratado como un producto inevitable y universal de la naturaleza y no como una contingencia histórica, por lo que, aunque el capitalismo pudiera estar en su apogeo en la actualidad, algunos lo encuentran en la Roma antigua o en las bandas de monos merodeadores, cuya regla es la supervivencia del más fuerte. El capitalismo es naturalizado, y combatirlo es combatir la naturaleza humana.” (p. 43)

Smith se detiene en la concepción de la Escuela de Fránkfurt de la tecnología (que acabarían viendo como algo natural) y también en el progresivo abandono de la escuela, a partir de su segunda generación, cuando “el Instituto reemplazó el conflicto de clase, esa piedra angular de cualquier teoría marxista verdadera, por un nuevo motor de la historia. El énfasis estaba ahora en el conflicto más amplio entre los hombres y la naturaleza.” (p. 58), para centrarse, en general, “en el abuso y la dominación que ejerce en general la especie humana sobre sí misma. La «condición humana», no el capitalismo, se convirtió en el villano histórico y en el blanco político.”

El segundo capítulo ahonda en cómo el capitalismo pasó a producir la naturaleza, a aprovecharla para sus réditos, y la base tal vez se encuentre en la frase de Marx de que la «naturaleza que precedió a la historia humana […] no existe ya en nuestros días», en el sentido de que toda visión (o ideología) que de ella tenemos se basa en cómo explotarla o extraer réditos. Aquí Smith reflexiona también sobre la formación de los Estados, que han acabado encargados de todas aquellas tareas que el capital no considera provechosas (como vigilantes de que la economía ande sin oposición) y de cómo con la llegada de la economía de las mercancías supuso el paso de que la unidad económica fuese la familia a la empresa. Los trabajadores son despojados de los medios de producción y pasan a depender de un salario. La familia, entonces, pasa a ser la encargada de la reproducción de la fuerza de trabajo, tarea que es privatizada: es decir, y de forma tradicional hasta ahora, recaía en las mujeres, las encargadas de criar a los hijos. Esta tarea las familias burguesas podían subarrendarla (contratando niñeras, por ejemplo), pero no así las familias trabajadoras; por ello se habla, en cuanto las mujeres también entran en el mercado laboral, de la “doble carga” que recae sobre ellas. “Con todo, que la familia sea privatizada no significa que toda la reproducción también lo esté, pues el Estado participa de manera profunda en su organización. No solo controla procesos cruciales como la educación, sino que por medio del sistema jurídico controla la forma misma de la familia y administra la opresión de las mujeres por medio del matrimonio y la legislación sobre el divorcio, el aborto, la herencia, entre otros.” (p. 84)

Como condición de su exitoso desarrollo, el capitalismo hereda un mercado para sus bienes que está organizado a escala mundial. Sin embargo, la escala de operación de este modo de circulación obliga al capitalismo a luchar para hacer del modo de producción un proceso igualmente universal. La acumulación por la acumulación y la inherente necesidad de crecimiento económico provocan la expansión y dominio espacial y social del trabajo asalariado. Las expediciones que ayudaron a constituir este mercado mundial fueron eclipsadas con cierta rapidez por el colonialismo, que no solo incorporó a las sociedades precapitalistas en el mercado mundial, sino que les introdujo en la relación específica trabajo-salario. Aunque hay excepciones significativas, entre otras la permanencia de la esclavitud y de relaciones precapitalistas de producción que quedaron al servicio del mercado mundial, el trabajo asalariado se volvió cada vez más universal. Esta universalidad de la relación trabajo-salario en el capitalismo libra a la clase trabajadora y también al capital de cualquier atadura al espacio absoluto. En las sociedades feudales tempranas, los siervos eran anclados a la tierra del señor feudal, por lo que la definición de las relaciones de clase incluyó una definición del espacio absoluto en función de su forma de trabajo. La liberación de la servidumbre solo podía obtenerse huyendo de la tierra del señor feudal y viviendo dentro de los muros de la ciudad por un año y un día. No ocurre así con el trabajador asalariado, quien es definido por una doble libertad: la de vender su fuerza de trabajo como una mercancía y la de carecer de cualquier medio de producción o subsistencia. Es, pues, libre de moverse, y de hecho, en muchos casos, debe dirigirse a la ciudad, en tanto ha sido despojado de cualquier medio para su supervivencia. (p. 122)

El capital intenta desligarse del espacio absoluto disolviéndolo: compartimentándolo en parcelas, por ejemplo, o separándolo en la posesión disjunta de diversos Estados-nación (algo que también observó Harvey y que la geografía de la primera mitad del siglo XX no hizo más que repetir).

En este tercer capítulo, Smith acude finalmente al pensador que más aportó al concepto de la producción del espacio: Henri Lefebvre.

El interés de Lefebvre es menor con respecto al proceso de producción y mayor frente a la reproducción de las relaciones sociales de producción que, explica, «constituyen el proceso central y oculto» de la sociedad capitalista, un proceso que es, en su esencia, espacial. De acuerdo con él, la reproducción de las relaciones sociales de producción se produce no solo en la fábrica o en la sociedad como un todo, «sino en el espacio como un todo»; «el espacio como un todo se ha convertido en el lugar donde se localiza la reproducción de las relaciones de producción». (p. 130)

Luego Edward Soja refinó las teorías de Lefebvre, en concreto la dialéctica espacio-sociedad.

Lefebvre entiende la importancia del espacio geográfico en el capitalismo tardío, pero es incapaz de aprehender la completa relevancia de esta cuestión. La razón de esto no reside únicamente en la indeterminación conceptual relacionada con el espacio, sino también en el intento por vincular la importancia del espacio al proyecto político más amplio que desplaza la problemática de la producción en favor de la reproducción. Esta tesis de la reproducción surge de la experiencia del capitalismo de posguerra, cuando, de hecho, la sociedad capitalista alcanza un nivel notable en el consumo de mercancías y logra integrar, de forma más completa, el proceso de reproducción en la estructura económica. En esto también participa el hecho de que las luchas de la década de 1960 se centraron significativamente en los temas comunitarios y no en las huelgas en los espacios de trabajo. No obstante, aún queda por ver si esto significa, como sugiere Lefebvre, que la reproducción de las relaciones de producción se vuelve la función más determinante, y si la lucha de clases gira más en torno a los problemas de la reproducción que a los del centro de trabajo. (p. 131)

Concluimos aquí la primera entrada y en la segunda analizaremos la teoría del desarrollo desigual, las diversas escalas geográficas que propone Smith y los epílogos que escribió en sendas reediciones del libro (1990 y 2008).

La nueva cuestión urbana, Andy Merrifield

La neohaussmanización es un nuevo capítulo en la vieja historia de la reurbanización, del divide y vencerás por medio del cambio urbano, de la alteración y mejora del entorno físico urbano para alterar el entorno social y político. Lo mismo que ocurrió en el París de mediados del siglo XIX está ocurriendo ahora globalmente, no sólo en las grandes capitales y debido a fuerzas político-económicas poderosas a nivel municipal y nacional, sino en todas las ciudades, de la mano de las élites financieras y corporativas de todo el mundo, con el apoyo de sus respectivos gobiernos. Aunque estas fuerzas de clase dentro y fuera del gobierno no siempre están conspirando de forma consciente, crean una ortodoxia global, que a su vez crea y rasga un nuevo tejido urbano que cubre el mundo. (p. 16)

En este nuevo “tejido urbano”, término que el geógrafo y urbanista inglés Andy Merrifield prefiere al de “ciudades”, las luchas no son entre un centro y una o múltiples periferias sino que “hay centros y periferias en todas partes, ciudades y suburbios dentro de ciudades y suburbios, centros geográficamente periféricos, periferias que de pronto se convierten en nuevos centros”.

En los años 70 se habló de una “nueva sociología urbana”. Durante los años 50 y 60 (estamos citando a Fernando Ullán de la Rosa en Sociología Urbana) surgieron nuevas temas que la sociología anterior no tenía claro cómo abordar: por un lado, la lucha de “clases tradicional” había quedado desdibujada por una suave pátina de clase media donde los obreros no se reconocían como tales y donde las clases liberales habían perdido poder adquisitivo; además, muchos de los fenómenos que hasta entonces sólo había sucedido en entornos urbanos se daban también en entornos rurales. A todo ello, se le sumaban numerosas revoluciones culturales (los hippies, Mayo del 68) encabezadas, no por proletarios oprimidos, sino por clases medias o estudiantes. Esta nueva sociología urbana estuvo comandada por dos nombres: Lefebvre, que acuñó los conceptos de producción del espacio o el derecho a la ciudad, y Castells, que en 1974 publicó La cuestión urbana. En ella trataba de desentrañar la importancia de las ciudades en la sociedad y descartaba muchos de los efectos que se le atribuían, que para él estaban más basados en ideología que en datos empíricos, y situaba las ciudades como los lugares donde se daba el “consumo colectivo” (viviendas, escuelas, hospitales, transporte público). Estos bienes eran esenciales para la reproducción de la fuerza del trabajo y por ello el Estado velaba por ellos y, de ese modo, “el Estado media en la lucha social y de clase, la suaviza y la desvía, la absorbe, al interponerse entre el capital y el trabajo en el contexto urbano”.

Sin embargo, y tras las crisis económicas de los 70, sucedió lo impensable: el Estado no sólo dejó de “financiar los artículos de consumo colectivo, esenciales para la reproducción social, funcionales para el capital y tan necesarios para la supervivencia global del capitalismo”, sino que además “empezó a apoyar ideológica y materialmente al capital, sobre todo al capital financiero y mercantil, y se planteó una nueva cuestión urbana”. Castells, en palabras de Merrifield, “sintió que debía abandonar no sólo su antigua cuestión urbana sino también al marxismo” y se centró en un nuevo sujeto: los movimientos sociales urbanos.

Pero el planteamiento de Castells, según Merrifield, estaba equivocado en que el espacio urbano no es un sujeto pasivo donde se da la reproducción de la fuerza de trabajo, sino “un espacio saqueado productivamente por el capital”; posición mucho más afín a la del oponente intelectual de Castells en los 70, Lefebvre, para quien todo espacio estaba producido y sólo podía ser aprehendido mediante el estudio del sistema productivo de su época. A todo este proceso de saqueo que no ha hecho más que agudizarse en las ciudades Merrifield lo denomina neohaussmanización. Y de ahí también el título de su obra: La nueva cuestión urbana (2014, traducción de Gema Facal Lozano).

Sin embargo, donde Lefebvre defendía el derecho a la ciudad como uno básico (y colectivo) de los ciudadanos, Merrifield considera la defensa de este derecho como algo vacío sino va apoyada por reivindicaciones más concretas. “El guardián de la ley siempre le atribuye violencia a aquel que la infringe” o, como dirá unos párrafos mas adelante: “la justicia es “lo ventajoso para el poderoso”, lo que beneficia al más fuerte, que luego se consagra en las cortes”. Por todo ello, Merrifield defiende una revuelta y se plantea, en gran parte del libro, la mejor forma de llevarla a cabo.

Y es una pena porque temas más que interesantes, como la progresiva privatización del espacio público, la reconversión de los centros de las ciudades en lugares amables y benevolentes para turistas o clases creativas, la gentrificación, la expulsión a la periferia de los trabajadores de los servicios y tantos otros, quedan algo diluidos en reflexiones más o menos acertadas sobre cómo percibía Debord París o sobre cómo Eric Hazan echa de menos su visión de la ciudad. Es posible que Merrifield, autor prolífico, haya tratado sobre estos temas en publicaciones anteriores (lo ha hecho sobre Lefebvre o Debord y tenemos ganas de leer su Metromarxismo: una historia marxista de la ciudad), pero la sensación es que la idea original del libro, una nueva reflexión sobre la cuestión urbana actual, queda algo disuelta.

Por un lado, hay que ocupar esos espacios vacíos y recuperarlos, reconstruirlos a partir de una imagen común, reinventarlos como espacios de encuentros, de desarrollo de afinidades, en los que la venta minorista pueda florecer entre tanta venta de sobreacumulación y devaluación. Estos espacios devaluados pueden revalorizarse y convertirse en calles principales en el límite, nuevos centros de vida urbana con espacios verdes, con pequeñas fincas ecológicas, con vivienda social, autogestionada pensando en las personas y no el beneficio. Por fin, la destrucción creativa podría dar pie a creatividad libre y sin patentar.

Por otro lado, el impulso externo de la insurrección debe seguir ocupando los espacios del 1%, de la aristocracia financiera y corporativa, debe seguir luchando contra los bancos, las instituciones financieras y las corporaciones que lideran la neohaussmanización… (p. 72)

Por un lado, el problema es la distinción entre buenos y malos: los que tienen una vivienda social y ecológica son buenos frente a los bancos, que son malos; ¿en qué punto un operador de un banco se vuelve malo? Y, si comprar en Amazon promueve trabajos con pésimas condiciones laborales y muy poco ecológicas, ¿un trabajador de Amazon es malo?, ¿un habitante responsable de una ecoaldea es malo si compra en Amazon?, ¿si vende ahí sus productos? El debate nunca es tan sencillo.

Por otro lado, Merrifield propone obstruir los flujos de mercancías y capital que ahora ocupan lo urbano, es decir, prácticamente todo el tejido urbano, todo aquello que los flujos de capital consideren, en algún momento determinado, valioso; todo lo que conviertan en central (opuesto a periferia) y sea rentable. El ejemplo que propone es cuando Occupy Oakland ocupó, en 2011, el quinto puerto más grande de Estados Unidos, “paralizando ingresos de hasta 27.000 millones de dólares anuales, golpeando duramente a los aristócratas donde más les duele: en sus bolsillos, en la tierra”.

El problema es que las consecuencias no las pagan los aristócratas: o se socializan o se imponen sobre el pueblo. Quienes pagarán esos 27.000 millones de dólares son los trabajadores, que verán sus condiciones laborales rebajadas; o los clientes, que verán el precio de sus productos aumentado. “En el pasado, el modus operandi válido consistía en sabotear el trabajo, reducir su velocidad, romper las máquinas, hacer huelgas de celo; eran un arma eficaz para obstaculizar la producción y bloquear la economía. Ahora, el espacio de circulación urbana del siglo XXI, la corriente incesante y a menudo sin sentido de mercancías y personas, de información y energía, de coches y de comunicación, es una dimensión ampliada de la “fábrica social completa” y, por tanto, se puede aplicar el principio del sabotaje.” (p. 87)

Ojo: de nuevo teniendo en cuenta dónde caen las consecuencias. Vienen a la mente dos sabotajes actuales:

  • el primero, el bloqueo por el barco Ever Given del canal de Suez, algo, por su magnitud, alejado de la capacidad de la mayoría de ciudadanos, cuyos efectos recaerán, sobre todo, directamente en las personas, al aumentar el precio de los productos; y queda como reflexión que el 10% del tráfico marítimo mundial ha quedado obstruido por un único incidente;
  • por el otro lado, la pugna entre los fondos de inversión y los usuarios del hilo WallStreetBets de reddit a propósito de las acciones en corto de GameStop. Unos cuantos usuarios, ni siquiera especialmente bien organizados, hicieron perder a un fondo de inversión 2.750 millones. Se trata de dinero volátil, el capital en estado puro y convertido en flujo; y los vencieron usando los mismos sistemas legales que ellos usan (pese a las protestas de muchos de los multimillonarios de los fondos, que de repente pedían al Estado que los protegiese y anulase esas “acciones fraudulentas”; mismas acciones que, cuando ellos llevan a cabo y les suponen cantidades enormes de dinero, no les parecen tan ilícitas). Se abre una nueva vía de oposición al capital: jugar a su mismo juego pero siendo muchos usuarios y subvirtiendo las normas; algo similar a lo sucedido con Napster, emule o torrent; y cabe recordar que, en todos esos casos de usos de la multitud de productos que la industria quería rentabilizar, siempre se ha acabado legislando a favor del capital.

Por otro lado, nos viene a la mente la reflexión de Marc Augé sobre los no lugares cuando Merrifield hace distinciones entre, por ejemplo, el espacio activo y el espacio pasivo: “el espacio [en el siglo XXI] no se dividirá entre lo púbico y lo privado, sino entre lo pasivo y lo activo: entre un espacio que fomenta el encuentro activo de las personas y un espacio que se resigna a los encuentros pasivos, no públicos sino “prático-inertes” de Sartre” (…) Para que los espacios urbanos cobren vida (…) tienen que manifestar relaciones sociales dinámicas entre las personas, entre las personas de allí y de otras partes, de otros espacios urbanos, dando vida también a estos otros espacios…” (p. 149).

Decía Augé que los espacios no entran nunca de forma total en una categoría: un lugar puede ser a la vez antropológico y no lugar en función de quienes lo transiten o habiten; un aeropuerto es no lugar para los viajeros y lugar para los trabajadores. Del mismo modo, el centro comercial en Estados Unidos se vio como el lugar que destruía el espacio público por antonomasia en la sociología de los años 50; pero también era el lugar donde toda una generación socializaba con los suyos. Del mismo modo, Delgado lamenta en Elogi del vianant la destrucción de una Barcelona obrera y reivindicativa perdida tras las sucesivas capas de pintura burguesas y gentrificadoras que ha sufrido la ciudad para convertirse en un bonito escaparate al público turista; pero incluso en esos barrios desolados, pasivos, en palabras de Merrifield, los barceloneses podrán hacer vida y ciudad. Tal vez de un modo distinto a sus ancestros; pero la harán, porque “the Street finds its own used for things”, que decía Gibson. Lo cual no invalida ni la reflexión de Merrifield ni la de Delgado ni nos impide lamentarnos por la destrucción del espacio público en los centros comerciales al haber sido privatizado y tener un acceso restringido; pero sí es un aviso para evitar las dicotomías en temas complejos.

A parte de estos temas, nos quedamos con un par más de reflexiones del libro:

  • La concepción del espacio de Lefebvre: “es global, fragmentado y jerárquico, todo al mismo tiempo. Es un mosaico increíblemente complejo, puntuado y texturizado por los centros y las periferias, pero un mosaico cuyo “patrón” está definido en el fondo por la forma de la mercancía.” (p. 36)
  • “Uno de los principales puntos de divergencia entre La cuestión urbana de Castells y Justicia social y la ciudad de Harvey, y el motivo por el cual el segundo ha tenido una vida más larga y radical, es que en el análisis de Harvey la ciudad asume un significado mucho más dinámico. Es un instrumento productivo más que reproductivo dentro del capitalismo, un escenario activo más que reactivo. Mientras Castells habla de la reproducción de la fuerza de trabajo y de vivienda asequible y de servicios públicos de barrio dentro de las dinámicas básicas de la reproducción social, Harvey enfatiza el suelo urbano como mercancía, como un lugar para la apropiación de rentas. La ciudad, desde su enfoque, es en sí misma un valor de cambio, está lista para la bolsa y para su explotación en la cartera de inversiones.” (p. 55)

Espacios del capital (VI): la mercantilización de la cultura

Que la cultura se ha convertido en un tipo de mercancía es innegable. Pero también es creencia generalizada que hay en los productos y los acontecimientos culturales (ya sean artes, teatro, música, cine, arquitectura o más en general modos de vida, patrimonio, recuerdos colectivos y comunidades afectivas) algo muy especial que los aparta de mercancías ordinarias como camisas y zapatos. (…) ¿Cómo puede entonces reconciliarse la categoría mercantilizada de estos fenómenos con su carácter especial? (p. 417)

A la resolución de dicho dilema dedica David Harvey el último capítulo de Espacios del capital. Hacia una geografía crítica (entradas I, II, III, IV y V). Empieza la argumentación presentando la renta de monopolio: “toda renta se basa en el poder de monopolio de propietarios privados sobre ciertas partes del planeta”. Esta renta puede ser situacional, lo que supone que hay zonas más rentables que otras, por lo que un hotelero, por ejemplo, pagará un suelo más o menos caro en función de la cercanía a un centro de comunicaciones o a una actividad altamente concentrada; o directa, como cuando se vende un Picasso. De hecho, el Picasso se puede vender o exponer a precio de monopolio: puesto que sólo su propietario dispone de acceso a él, puede establecer el precio que considere adecuado para compartir ese acceso.

Pero existen dos contradicciones en esta renta:

  • La primera: por elevado que sea, el bien, el producto o la experiencia tiene que tener un precio de mercado: “ningún artículo puede ser tan singular como para quedar fuera del cálculo monetario”. Y, por otro lado, cuanto más comercializables se vuelven los artículos, “menos singulares y especiales parecen”, es decir: son menos valiosos.
  • La segunda: a pesar de vivir en un mundo neoliberal donde, en principio, prima la competencia, ésta siempre tiende al monopolio (o a la oligarquía) “simplemente porque la supervivencia de los más aptos en la guerra de todos contra todos elimina a las empresas más débiles”, como hemos visto con la progresiva concentración de capital en casi todos los ámbitos empresariales (la evolución de internet de las puntocom a las grandes empresas que hoy la controlan, las cadenas hoteleras, medios de comunicación, farmacéuticas…).

De hecho, el capitalismo se ha ido monopolizando a medida que las limitaciones espaciotemporales han ido cayendo a los pies de las nuevas tecnologías. En el siglo XIX todos los bebedores de cerveza consumían cerveza nacional, al igual que pan, velas y la mayoría de los bienes, que eran producidos en sus proximidades y muy caros de transportar. A medida que el coste del transporte decrecía, las empresas locales se veían obligadas a competir con empresas de otra localidad, finalmente de otros países.

La globalización ha supuesto la extensión de las redes capitalistas a un mercado mundial que prácticamente lo abarca todo. Y “las patentes y los denominados derechos de propiedad intelectual se han convertido consecuentemente en un campo importante de la lucha para afirmar en general los poderes del monopolio”. Es aquí donde aparece la nueva forma de “cultura”: como una palanca que se inserta en determinados entornos o productos con la intención de aportarles un plus de singularidad o autenticidad.

Recordemos que Manuel Delgado ya denunciaba el uso de la “cultura” (en concreto, de espacios vagos dedicados a la cultura) en la ciudad de Barcelona como la guinda que acaba la conversión de un barrio obrero en un barrio totalmente gentrificado: ejemplos son la Filmoteca del Raval, la Facultad de Geografía de la Universidad de Barcelona en el mismo barrio o el MACBA, o la reconversión de los museos en lugares de tránsito de los fieles, siempre adosados con uan cafetería en la que consumir y librerías donde adquirir arte.

Harvey usa un ejemplo similar: el vino. La cultura vinícola tiene una larga tradición europea, especialmente francesa (el exportador con mayor renombre), aunque se ha ido volviendo internacional. Llegó un momento en que los productores de vino acabaron en largos litigios internacionales por el uso de palabras que denotaban un pedigrí específico, como chateau, domaine o champagne. Francia pretendía arrogarse la distinción especial de un tipo concreto de vino mientras que otros productores pugnaban contra esa distinción (California, Australia). Sin embargo, más allá de un producto cualquiera, el vino tiene una gran tradición cultural: no sólo simbólica (la sangre de Cristo, Baco, Dioniso, las bacanales), sino también como signo de clase (se espera de alguien “con mundo” que sepa de vinos y pueda escoger un buen maridaje para cualquier ocasión). “El comercio del vino es una cuestión de dinero y beneficio, pero también de cultura en todos los sentidos (…) la perpetua búsqueda de rentas de monopolio supone buscar criterios de espacialidad, singularidad, originalidad y autenticidad en cada uno de estos ámbitos.” Es decir: no se busca sólo obtener beneficios, sino el control de las rentas de monopolio; quien controle el discurso, controla esas rentas, que sólo se obtienen si se consigue otorgar a un producto la calificación de “incomparable”.

¿Y qué mejor producto para atribuirle esas rentas de monopolio que las ciudades? “En la mente de muchos, al menos, no habrá otro lugar como Londres, El Cairo, Barcelona, Milán, Estambul, San Francisco o cualquier otro que permita acceder a todo lo supuestamente exclusivo de esos lugares.” No se trata solamente de una pugna por el turismo internacional, que también, sino que “está en juego el poder del capital simbólico colectivo, de marcas distintivas especiales vinculadas a un lugar”. Ello explica el ya mencionado efecto Guggenheim: la revolución que supuso para la ciudad de Bilbao la construcción del museo de Gehry y el deseo de muchas otras ciudades de emular dicha revolución y situar su ciudad en el mapa.

Harvey cita, muy oportunamente, el ejemplo de Barcelona como ciudad que ha sabido “amansar continuamente” capital simbólico y marcas de distinción: Gaudí, el MACBA, los Juegos Olímpicos, la Villa Olímpica, el modernismo, el mar. Sin embargo… “¿qué memoria colectiva hay que celebrara aquí (la de anarquistas como los icarianos que desempeñaron un papel tan importante en la historia de Barcelona, la de los republicanos que tan ferozmente lucharon contra Franco, la de los nacionalistas catalanes, la de los inmigrantes andaluces, o la de alguien como Samaranch, que durante mucho tiempo fue un aliado del franquismo)?” Es decir, ¿qué historia contamos, de las muchas que se han vivido en Barcelona? “Se trata de determinar qué segmentos de población deben beneficiarse más de un capital simbólico al que todos, a su manera específica, han contribuido”.

Volvemos a las palabras de Félix de Azúa en Arquitectura de la no-ciudad: las ciudades actuales son resultado de una gran lista de elecciones que ha primado una versión determinada, y muy escogida, de sus historias; son más un simulacro que la realidad; pero son simulacros verdaderos, y “de ahí nuestro desconcierto”.

Este proceso de mercantilización de todo producto es una apisonadora que va arrasando con la autenticidad (o supuesta) y la singularidad. Ya denunciamos en First We Take Manhattan cómo los barrios cuya población se opone a la gentrificación son, paradójicamente, los barrios más atractivos para los clientes de la gentrificación: porque se percibe en ellos un poso de autenticidad, de población autóctona que lucha por su ciudad; ¿qué puede haber más atrayente?

Pero la renta del monopolio es una forma contradictoria. Su búsqueda conduce al capital mundial a valorar iniciativas locales específicas (y, en ciertos aspectos, cuanto más específica sea la iniciativa, mejor). También conduce a la valoración de la singularidad, la autenticidad, la particularidad, la originalidad y cualquier otra dimensión de la vida social incongruente con la homogeneidad presupuesta por la producción de mercancías. Y para no destruir totalmente la singularidad que constituye la base de la apropiación de rentas de monopolio (…), el capital debe respaldar una forma de diferenciación y permitir desarrollos culturales locales divergentes y en cierta medida incontrolables, que pueden ser antagónicos a su propio funcionamiento estable. (p. 433)

Con esto, Harvey acaba con una nota de esperanza: deseando que estas fisuras que el propio capitalismo va generando, permitiendo o reforzando permitan “a un segmento de la comunidad interesada por las cuestiones culturales a ponerse del lado de una política opuesta al capitalismo multinacional”.

Al intentar comerciar con los valores de autenticidad, ubicación, historia, cultura, memoria colectiva y tradición, [los capitalistas] abren un espacio de pensamiento y acción políticos dentro del cual pueden idearse y perseguirse alternativas. Ese espacio merece una exploración y un cultivo intensos por parte de los movimientos de oposición. Es uno de los espacios de esperanza claves para la construcción de un tipo de globalización alternativo. Uno en el que las fuerzas progresistas de la cultura se apropien de las fuerzas del capital, y no al contrario. (p. 434)

Espacios del capital (V): la producción capitalista del espacio

Si la primera parte de Espacios del capital. Hacia una geografía crítica, de David Harvey (entradas I, II, III y IV) se centraba en el papel de la geografía y la teoría marxista en los tiempos de la acumulación flexible, la segunda parte reflexiona sobre la aplicación de dicha teoría a la producción del espacio actual.

“La teoría marxista del crecimiento en el capitalismo sitúa la acumulación de capital en el centro de las cosas.” Para ello, son necesarios algunos factores, entre los cuales la “existencia de un excedente de trabajo, un ejército industrial de reserva que pueda alimentar la expansión de la producción”; los “medios de producción necesarios en el mercado”, para que todo aquel que pueda invertir obtenga plusvalía; y “la existencia de un mercado”. Dado que las tres anteriores, en un mercado capitalista, “se producen bajo el modo de producción capitalista, Marx concluye que el capitalismo tiende activamente a producir algunos de los obstáculos a su propio desarrollo”. O, dicho de otro modo: que las crisis son endémicas.

De los cuatro métodos a los que el propio capitalismo recurre para tratar de paliar las crisis (aumento de la productividad, reducción del coste del trabajo, aparición de nuevas líneas de producción rentables y aumento de la demanda), Harvey se centra en esta última y la desgrana a su vez en cuatro subapartados (penetración del capital en nuevas esferas de actividad que amplíen su mercado; crear nuevos deseos y necesidades sociales; facilitar la expansión de la población; y, la que más nos interesa, expandirse hacia nuevas regiones). Es decir: la organización espacial y la expansión geográficas son productos necesarios del proceso de acumulación.

En este punto, Marx no propuso una teoría del imperialismo, sino que elaboró una teoría sobre la acumulación en un modo de producción capitalista “sin referencia a niguna situación histórica particular”, mientras que cualquier teoría del imperialismo tiene que hacer referencia, necesariamente, a aspectos históricos.

Antes de avanzar en la teoría, Harvey hace un apunte para tratar la concepción marxista del Estado. Dado que “la producción y el intercambio son inherentemente anárquicos”, es necesaria la creación o aparición de un marco que garantice su funcionamiento. “Debido a que el capital es fudamentalmente antagónico al trabajo, Marx considera que el Estado burgués es necesariamente el vehículo por medio del cual la clase burguesa ejerce la violencia sobre el trabajo.” El Estado sirve como vehículo de expresión de los intereses de clase. Sin embargo, y aquí entramos en terreno de Gramsci, “la democracia burguesa sólo puede sobrevivir con el consentimiento de la mayoría de los gobernados, al tiempo que debe expresar un interés específico de la clase dominante” (p. 295) mediante “un sistema político que sólo puede controlar indirectamente”. Lejos queda la visión del Estado capitalista como “nada más que una enorme conspiración capitalista para la explotación de los trabajadores”, sino un medio complejo donde se entrecruzan diversos intereses. Por ello el Estado vela por un mínimo bienestar de la clase trabajadora, a cambio de obtener la “fidelidad de las clases subordinadas”. “Podemos considerar las políticas estatales que estimulan la propiedad de vivienda por parte de la clase trabajadora, por ejemplo, simultáneamente ideológicas (el principio de los derechos de propiedad privada alcanza respaldo generalizado) y económicas (se proporcionan criterios mínimos de cobijo y se abre un nuevo mercado para la producción capitalista.” (p. 296)

Además, y alejándonos de la teoría ahistórica de Marx, cada Estado ha acabado conformado de una determinada manera en función de su situación histórica (Harvey da múltiples ejemplos, de los que citamos sólo algunos: la violenta Revolución Francesa eliminó a la aristocracia feudal, mientras que el proceso mucho más lento tras la guerra civil en Inglaterra permitió la integración de la aristocracia en terratenientes primero y en la estructura de poder industrial después, o la ausencia de sociedades feudales en Estados Unidos, Canadá o Australia, que ha dado estructuras muy diferenciadas a las de Europa).

En el siguiente artículo, Harvey se plantea si existe una “solución espacial” a las contradicciones internas del capitalismo (las crisis de sobreproducción). “Marx, Marshall, Weber y Durkheim tienen en común que dan prioridad al tiempo y a la historia sobre el espacio y la geografía” (p. 345). Marx apuntó que la “historia capitalista está propulsada por la explotación de una clase por parte de la otra”, mientras que Lenin modificó la frase por “la explotación de la población de un lugar por la de otro (la periferia por el centro, el Tercer Mundo por el Primero)”. Para ello, tuvo que introducir la cuestión del Estado (“el concepto fundamental por el que se expresa la territorialidad”). Sin embargo, Harvey rechaza reducir “la idea de las relaciones espaciales y la estructura geográfica a una teoría del Estado”.

Para entender la producción de la organización espacial, Harvey recurre al concepto de coherencia estructurada de la producción y el consumo dentro de un espacio dado. “El territorio en el que prevalece esta coherencia estructurada se define en general como el espacio en el que el capital puede circular sin que el coste y el tiempo de movimiento excedan los límites del beneficio impuestos por el tiempo de rotación socialmente necesario.” O, dicho de otro modo, “un espacio de trabajo en el que prevalece un mercado de trabajo relativamente coherente”. La coherencia se refuerza con políticas u organización del trabajo, que afectan a todo un territorio, o de modo informal mediante la creación o persistencia de culturas y conciencias nacionales, regionales o locales (p. 350).

Pero también existen procesos que socavan la coherencia “inherentes a las características primordiales del capitalismo”. La movilidad del capital, sin ir más lejos, a la búsqueda de un mercado de trabajo más dócil, o la huida de la fuerza de trabajo ante unas condiciones draconianas.

La capacidad del capital y de la fuerza de trabajo para moverse con rapidez y a bajo coste de un lugar a otro depende de la creación de infraestructuras físicas, seguras y en gran medida inmovilizadas. La capacidad para superar el espacio se basa en la producción de espacio. Las infraestructuras necesarias absorben, sin embargo, capital y fuerza de trabajo en su producción y mantenimiento. (…) Una porción del capital y de la fuerza de trabajo totales debe ser inmovilizada en el espacio, congelada en su lugar, para facilitar una mayor libertad de movimiento al resto. (…) Si no se cumple esta condición -por ejemplo, si se genera insuficiente tráfico para hacer que el ferrocarril sea rentable, o si no se expande la producción después de una enorme inversión en educación- el capital y el trabajo invertidos se devalúan. (…)

La coherencia regional estructurada hacia la que tienden la circulación del capital y el intercambio de fuerza de trabajo bajo restricciones espaciales tecnológicamente determinadas tiende a su vez a ser debilitada por las poderosas fuerzas de la acumulación y la sobreacumulación, el cambio tecnológico y la lucha de clases. La capacidad debilitadora depende, sin embargo, de las movilidades geográficas del capital y de la fuerza de trabajo; y éstas dependen, a su vez, de la creación de infraestructuras fijas e inmovilizadas cuya permanencia relativa en el paisaje del capitalismo refuerza la coherencia regional estructurada que está siendo debilitada. Pero entonces la viabilidad de las infraestructuras se pone a su vez en riesgo mediante la acción de las movilidades geográficas que éstas facilitan.

El resultado sólo puede ser una inestabilidad crónica en las configuraciones regionales y espaciales, una tensión dentro de la geografía de la acumulación entre la fijeza y el movimiento, entre la creciente capacidad para superar el espacio y las estructuras espaciales inmovilizadas que hacen falta para dicho fin. Deseo resaltar que esta inestabilidad es algo que ninguna cantidad de intervencionismo puede curar (…)

El capitalismo lucha perpetuamente, en consecuencia, por crear un paisaje social y físico a su propia imagen y exigencia, para sus propias necesidades en un momento determinado en el tiempo, sólo para ciertamente debilitar, desestabilizar e incluso destruir ese paisaje en un momento posterior en el tiempo. Las contradicciones internas del capitalismo se expresan mediante la remodelación y recreación continua de paisajes geográficos. Éste es el son al que la geografía histórica del capitalismo debe bailar incesantemente. (p. 353-354)

En consecuencia, “todos los agentes económicos (…) toman decisiones sobre la circulación de su capital o el despliegue de su fuerza de trabajo en un contexto marcado por una profunda tensión entre separarse e irse a donde la tasa de remuneración sea más elevada, o quedarse, apegados a compromisos pasados para recuperar valores ya materializados.” Esta tensión es la que permite a Harvey integrar “la historia de la dinámica capitalista ofrecida por Marx con la geografía de la dinámica capitalista presentada por Lenin”.

Ello no quita, sin embargo, para que el Estado siga siendo un sujeto esencial en la geopolítica, debido a los intereses de sus ciudadanos, a su autoridad, su capacidad sobre la moneda o la política de un territorio o incluso debido al nacionalismo de cada espacio. Sin embargo, el predominio es el regional, alianzas efímeras para influir y obtener rédito de un territorio concreto, aunque a menudo reforzadas por los intereses estatales.

Estas alianzas se extienden también a países enteros, a veces en forma de colonización. Entonces el país original debe escoger entre convertir el territorio en un súbdito (Inglaterra y la India), del que puede obtener cierto rédito económico pero que mantienen sometido, o en una colonia más o menos libre (Estados Unidos), de la que podrá obtener un rédito mucho mayor pero a la que, tarde o temprano, es posible que deba enfrentarse. Sucedió entre Inglaterra y Estados Unidos y ahora lo vemos en la pugna entre China y Estados Unidos; y tal vez en el futuro se dé entre China y la nueva fábrica del mundo, África (lo vimos en esta noticia). Harvey lo denomina “crisis de desplazamiento”: “es como si, habiendo intentado aniquilar el espacio mediante el tiempo, el capitalismo comprara tiempo para sí mismo a partir del espacio que conquista”.

Espacios del capital (IV): de lo particular a lo global

Seguimos con la reseña de Espacios del capital. Hacia una geografía crítica, del geógrafo David Harvey. Venimos de tres entradas anteriores (la neutralidad de la ciencia y la teoría marxista de los recursos y la población en la primera, sociología urbana burguesa vs. sociología marxista en la segunda y la evolución del capitalismo fordista a “la acumulación flexible” en la tercera). En esta cuarta nos centraremos en un aspecto al que Harvey dedica dos artículos: el topos en el que se sitúa la militancia.

Particularismo militante y ambición planetaria: la política conceptual del lugar, el espacio y el entorno en la obra de Raymond Williams” es el título del noveno artículo del libro. No entraremos en el análisis de la obra de Raymond Williams como novelista, sino en la reflexión por la cual Harvey acude a dicho autor. A finales de 1993, el geógrafo fue coautor de un libro (The Factory and the City. The Story of the Cowley Auto Workers in Oxford) junto a Teresa Hayter que giraba alrededor del cierre de una empresa de automóviles situada en Oxford. El libro incluía gran cantidad de puntos de vista sobre el tema: de los obreros de la fábrica y su reivindicación laboral por mantener sus puestos de trabajo, sí, pero también sobre la deslocalización industrial, los cambios en la economía, etc. Llegado el momento de escribir las conclusiones, Harvey y Hayter discutieron: el primero quería hacer una reflexión genérica sobre la situación de los obreros y la segunda, posicionarse claramente a favor de los trabajadores de la fábrica y ayudarlos en su reivindicación.

Llegados a este punto, Hayter le preguntó a Harvey que dónde quedaban sus lealtades, y esa reflexión es la que lleva al geógrafo al artículo. Claro que quería ayudar a mantener los puestos de trabajo de la fábrica, pero también reflexionaba que se trataba de una empresa ecológicamente perniciosa, que estaba produciendo coches de gama alta “para los ultrarricos” que los iban a usar en ciudades y contaminar más aún; y asimismo, el hecho de que la empresa había perdido un tercio de su valor bursátil, con lo cual Harvey no quería justificar la decisión de la deslocalización, pero entendía su justificación empresarial.

La opinión de que lo que está bien y es bueno para los sindicalistas militantes de la fábrica Cowley está bien y es bueno para la ciudad y, por extensión, para la sociedad en general es demasiado simplista. Es necesario desplegar otros niveles y tipos de abstracción si queremos que el socialismo rompa sus vínculos locales y se convierta en alternativa viable al capitalismo como modo de funcionamiento de las relaciones de producción y de las relaciones sociales. Pero hay algo igualmente problemático en la imposición de una política guiada por la abstracción a personas que durante muchos años han dado su vida y su trabajo de una manera particular y en un lugar determinado. (p. 179)

“Una y otra vez brota en las novelas de Williams la misma dualidad. La batalla entre diferentes niveles de abstracción, entre particularidades de lugares específicamente interpretadas y las abstracciones necesarias para llevar esas interpretaciones a un ámbito mayor, la lucha por transformar el particularismo militante en algo más sustancial en la escena mundial del capitalismo” (p. 191)

No es sencillo trasladar “las lealtades contraídas a una escala” a “las lealtades necesarias para convertir al socialismo en un movimiento viable en otra parte o en general”; de hecho, la tesis de Harvey es que “en el acto de traslación se pierde necesariamente algo importante, dejando atrás un residuo amargo de tensión siempre irresuelta.” Es una batalla que el capitalismo tiene resuelta puesto que “no sólo ha conseguido sortear sino a menudo manipular activamente tales dilemas de escala en sus formas de lucha de clases” y a generar “un desarrollo sectorial y geográfico desigual para provocar una competitividad divisiva entre lugares definidos a diferentes escalas”.

Sobre este mismo tema reflexiona en el siguiente artículo: “Ciudad y justicia: los movimientos sociales en la ciudad“. Empieza con una reflexión que encontramos hace nada en Castells (Redes de indignación y esperanza): el paso de algo particular e individual a algo colectivo, que sintamos como propio. “Supongo que hay una corriente de fermento de base presente en todos los lugares y localidades, aunque sus intereses, objetivos y formas organizativas son normalmente fragmentarios, múltiples y de intensidad variada. La única pregunta interesante bajo esta formulación es cómo y cuándo se vuelven dichos particularismos suficientemente coherentes internamente, y en última medida integrados o metamorfoseados en una política más amplia”. Harvey también alerta de que “la comunidad “en sí misma” tiene significado como parte de una política más amplia, la comunidad “para sí misma” degenera casi invariablemente en exclusiones y fragmentaciones regresivas”. Uno de los modos de evitar el estancamiento: integrarse en procesos más amplios de cambio social. “El particularismo militante y las solidaridades locales deben entenderse, por lo tanto, como mediadores cruciales entre cada persona y una política más general.”

Precisamente de ese modo, como capas mediadores, es como se entiende en general el gobierno de una situación concreta. Existe una gran cantidad de instituciones (especialmente en las áreas metropolitanas) que participan activamente en el gobierno, desde institutos, comisiones, departamentos y ONGs hasta individuos con intereses particulares y más o menos grado de poder. A menudo, rivalizan usando las técnicas de competencia capitalistas. De aquí, Harvey extrae dos conclusiones. La primera, que el contexto en el que estudiar los movimientos sociales es extremadamente complejo y requiere un análisis de las instituciones que participan en las distintas escalas. La segunda, que dado que “todos los principios universales se filtran por estas múltiples escalas y capas de discursos institucionalizados”, la dialéctica de la universalidad o particularidad puede fácilmente quedar distorsionada o incluso volverse opaca.

Identidades cartográficas: los conocimientos geográficos bajo la globalización” reflexiona sobre los distintos modos en que una misma información geográfica puede presentarse. Nos quedamos con un párrafo que resume perfectamente el tema de fondo: “Cuando, por ejemplo, Greenpeace ataca los proyectos de empresas multinacionales o del Banco Mundial, lo hace a menudo proporcionando descripciones geográficas totalmente distintas (resaltando las comunidades bióticas, las historias y las herencias culturales, los modos de vida específicos) a las especificaciones establecidas, pongamos, en los informes del Banco Mundial o de las empresas.” Es la misma distinción entre un panfleto turístico del “último enclavo virgen” que visitar o un mapa de la próxima explotación turística sobre el que reflexionaba también Jodidos turistas.

En la próxima entrada pasaremos a la segunda parte del libro: la producción capitalista del espacio.

Antropología urbana, de José Ignacio Homobono

Dejamos temporalmente de lado la reseña de Espacios del capital, de Harvey, para centrarnos en una publicación sin desperdicio de José Ignacio Homobono, sociólogo y antropólogo en la Universidad del País Vasco. Su artículo “Antropología urbana: itinerarios teóricos, tradiciones nacionales y ámbitos temáticos en la exploración de lo urbano hace un repaso concreto a la historia de la disciplina desde su nacimiento, luego en el ámbito español y finalmente en el del País Vasco.

Su génesis como tradición analítica puede remontarse a la etnografía urbana de la Escuela de Chicago; a los posteriores community studies; a los primeros esbozos de una etnología francesa; a los debates sobre culturas subalternas en la antropología italiana; y a los estudios sobre la urbanización en África, efectuados por los antropólogos de la escuela de Mánchester. Y será en definitiva esta tradición académico-intelectual la que otorgue su identidad diferenciada a la antropología urbana (Feixa,1993: 15)

De estas fuentes, las dos más importantes, como destaca Homobono, son la Escuela de Chicago y el Copperbelt (estudiado por la Escuela de Mánchester). De la Escuela de Chicago hemos hablado hasta la saciedad, por lo que reproducimos el párrafo introductorio que les dedica Homobono:

La más significativa es la constituida por las teorías e investigaciones aplicadas de la Escuela de Chicago, promovidas por el departamento de sociología de la Universidad de Chicago entre 1920 y 1945, que establecen una correlación entre estructura espacial y estructura social, bajo la rúbrica de ecología humana, marcando el nacimiento tanto de la sociología como de la antropología en su adjetivación de urbanas. Sus trabajos se centran en el Chicago de la época, entendida como ciudad paradigmática de las nuevas formas de vida urbana en núcleos de acelerado crecimiento, y cuyas conclusiones se pretenden extrapolar al conjunto de éstos. La Escuela de Chicago produce un conjunto de excelentes trabajos de etnología urbana, de la ciudad como modelo espacial y orden moral, que constituyen un verdadero inventario de la modernidad; grupos sociales y territorios, segregaciones raciales y culturales, desviación/integración, movilidad y redes de relaciones, mentalidades y sociabilidad, y comunidad local ante la más inclusiva sociedad.

A continuación cita algunos de sus estudios más relevantes: The Hobo (sobre los trabajadores nómadas y las formas de socialización que desarrollaron), The Taxi-Dance Hall (las mujeres que aceptaban bailar en los salones con inmigrantes solitarios a cambio de dinero, en una transacción que en ocasiones también encubría la prostitución), The Gang (las bandas de delincuencia juvenil y las formas de socialización alternativas que ofrecían a los jóvenes) y, por supuesto, El urbanismo como modo de vida, de Wirth, donde define el tamaño, la densidad y la heterogeneidad como las variables que caracterizan a una ciudad.

También destaca las críticas que se han hecho posteriormente a los de Chicago: un espíritu burgués (aunque son palabras de Harvey, no de Homobono) y una posición conservadora desde la cual sólo los elementos externos se veían como dignos de estudio.

La siguiente fuente es el Instituto Rhodes-Livingstone de Rhodesia, discípulos de Gluckman (desde Mánchester, y de ahí el nombre de esta segunda Escuela).

Estos autores estudian, en las nuevas ciudades mineras del Copperbelt, fenómenos como la destribalización en el contexto de la ciudad, el asociacionismo urbano, la condición obrera, la dominación colonial o la explotación económica. En un solo bloque teórico-casuístico, los británicos desarrollarán aquí tres campos: la antropología política, la urbana y la de las sociedades complejas, cuyos límites resultan de difícil definición.

El “trabajo más definitorio” es The Kalela Dance (1956) de Mitchell. “Kalela Dance evidencia la naturaleza situacional de las cambiantes identidades étnicas y la discontinuidad de los sistemas tribales rurales y urbanos, poniendo en cuestión las nociones preexistentes de destribalización y los modelos dualistas simples que oponen los fenómenos urbanos y rurales.”

Con Hannerz avanzamos hacia la distinción entre la antropología de la ciudad y la antropología en la ciudad. La segunda permite estudiar temas, como la etnicidad o la pobreza urbana, “que tienen por escenario la ciudad, pero no son distintivos de ella”. En cambio, Hannerz “enfatiza que la Antropología Urbana no debe dedicarse al estudio de aldeas o comunidades urbanas, sino espacios especializados y extensivos en el contexto de una ciudad plurifuncional”. Existen cinco ámbitos específicos: 1) hogar y parentesco, 2) aprovisionamiento, 3) ocio, 4) relaciones de vecindad, y 5) tráfico, que generan interrelaciones; y de ellos, el segundo y el quinto son “los que hacen de la ciudad lo que es”, entendiendo por aprovisionamiento los modos de producción y consumo y el acceso (asimétrico) a los recursos, y por tráfico la interacción mínima definida por un respeto a las reglas y el deseo de evitar colisiones.

Algunos autores proponen que ésta es una falsa dicotomía (la distinción entre antropología de y en la ciudad). “La antropología en la ciudad se habría limitado a trasladar a este nuevo contexto urbano sus temas tradicionales; mientras que cualquier investigación que no aporte nada nuevo sobre las especificidades d e la vida urbana, tomando la ciudad como texto a descifrar sería simplemente una mala antropología (Feixa,1993: 18).” Otra propuesta es que la antropología se centre en lo urbano, aquel flujo inestable que subyace en los espacios públicos y “donde los vínculos son débiles y precarios, los encuentros fortuitos y entre desconocidos y en los que predomina la incertidumbre”, donde encontramos a nuestro admirado Manuel Delgado (El animal público, Sociedad movedizas, El espacio público como ideología).

  • Antropología en la ciudad. Esta faceta de la disciplina se centra en las relaciones de parentesco, en los grupos, vecindad o tradiciones. Encontramos aquí, por ejemplo, estudios sobre los suburbios en Estados Unidos, tribales en África, favelas, enclaves rurales y guetos. María Cátedra, por ejemplo, denuncia que este tipo de estudios se centran en un único grupo como si fuese un ente aislado, obviando las relaciones con el resto de la sociedad. También Amalia Signorelli se quejaba de la “producción de un nativo exótico”, de la necesidad de la antropología de generar un objeto de estudio romantizado e idealizado.
  • Antropología de la ciudad. Es este ámbito se estudia lo urbano en sí mismo. “La ciudad es concebida como centro de actividades productivas y comerciales”, también se establecen las relaciones centro periferia, las diversas zonificaciones, museificación, sobrerepresentación de los centros, incluso la identidad ciudadana o el imaginario urbano. “Las ciudades y sus barrios ya no son islas en sí mismos, sino puntos nodales de una formación social.” Esto supone que los estudios ya no se centran en los pobres de un determinado entorno, sino en “la pobreza” o “la clase media”, ampliando enormemente el objeto de la disciplina.

Sin embargo, a partir sobre todo de los planteamientos de Castells y Harvey, con el paso a la sociedad informacional del primero, los límites de estudio de la antropología se difuminan.

Castells es el epígono más representativo de este tipo de planteamientos. Enuncia la teoría de una sociedad informacional, cuya materia prima sería la revolución tecnológica y la información, como lo fue la energía para la revolución industrial. Las elaboraciones culturales y simbólicas se convierten en fuerzas productivas. El modelo de sociedad resultante se caracterizaría por la flexibilidad y por su estructura difusa. Es decir: por una producción descentralizada, por nuevos productos y por la adaptación a los gustos del mercado; asimismo: por el reciclaje en el empleo y por formas de vinculación débil del individuo a organizaciones, grupos y estructuras.

Si las bases materiales del industrialismo fueron el trabajo, la propiedad de la tierra y el capital, los elementos emblemáticos de la sociedad postindustrial serían el tiempo, la identidad y la información; y las elaboraciones culturales y simbólicas sus fuerzas productivas (Castells,1996).

Si las ciudades son nodos de una red global, ¿dónde se limita el estudio de la antropología? “La cuestión de la identidad, de sus constantes redefiniciones y de las adaptaciones a un medio cambiante se ha convertido en el aspecto central del análisis antropológico. Como respuesta a los nuevos retos, Hannerz propone una macro antropología que sea capaz de interpretar los fenómenos de la globalización. Marcus habla de una etnografía multilocal, que supere la reconstrucción miniaturista de fenómenos aislados.”

Si hasta ahora Homobono ha considerado la disciplina como algo universal, especialmente sosteniéndose en las tradiciones americana (Chicago), británica (Mánchester) y una etnología francesa (“tan preocupada por la alteridad del inmigrante africano y ultramarino como por las culturas urbanas autóctonas”), ahora considera el estado de la disciplina en otros contextos. Habla de la italiana (Signorelli), mexicana, brasileña, y de la española, a la que dedica un apartado más extenso y en el que no entraremos en detalle, para acabar finalmente con la antropología específica del País Vasco.

Espacios del capital (III): el auge del ocio

Seguimos con Espacios del capital. Hacia una geografía crítica, de David Harvey. En la primera entrada analizamos la neutralidad de la ciencia a propósito de los supuestos sobre población y recursos de Malthus y Marx, así como el materialismo dialéctico del segundo. En la segunda entrada, las diferencias entre la sociología (burguesa) de la Escuela de Chicago y la visión marxista de la producción del entorno urbano.

El quinto artículo del libro es un homenaje a Owen Lattimore, geógrafo estadounidense que se crió en China y viajó por Asia durante gran parte de su vida y fue acusado de comunista por el comité del senador McCarthy. “Pero casos como el de Lattimore demuestran también lo peligroso que es cultivar perspectivas en cuestiones geopolíticas que se desvían de concepciones rígidas del interés nacional o que ofenden a la línea dominante. No sorprende en absoluto que la geopolítica abandonara el ámbito de la geografía ni que la geografía política se convirtiera en un aburrido remanso después de los años de McCarthy. Los geógrafos se sentían más seguros tras el “escudo positivista” de un método supuestamente neutral.” Harvey habla de la “revolución cuantitativa”, cuando las ciencias sociales pasaron a buscar cifras con ansias de parecer más científicas; en esencia, más ciencia y menos una cosmovisión o ideología. Similar tema encontramos en La Escuela de Chicaga de Sociología, de Josep Picó e Inmaculada Serra, donde detallaban cómo la visión de la sociología urbana de los de Chicago fue quedando soterrada por el interés cientifista por las encuestas y la cuantificación.

Precisamente una geografía adecuada a los nuevos tiempos es el manifiesto del capítulo 6: “Acerca de la historia y de la actual situación de la geografía: manifiesto materialista histórico“. Cada sociedad ha buscado su propia geografía. La geografía antigua reflejaba “el movimiento de las mercancías, las migraciones de pueblos, las rutas de conquista y las exigencias de la administración del imperio”, mientras que luego los mapas y el registro catastral se convirtieron en indispensables por definir los derechos territoriales. La geografía, a priori neutra, se puede usar “para justificar el imperialismo, la dominación neocolonial y el expansionismo”; por todo ello, Harvey reclama una geografía basada en el respeto mutuo y centrada en la cooperación de la diversidad humana. El marxismo no fue la única corriente que asaltó el positivismo imperante; hubo muchas otras desde ideologías diversas. Tantas, de hecho, que generaron “una cacofonía” y no consiguieron “definir un lenguaje común para manifestar preocupaciones comunes”.

Ese es el objeto del manifiesto: la creación de un lenguaje y marcos de referencia comunes “dentro de los cuales los derechos y las reivindicaciones en conflicto puedan representarse adecuadamente”.

En “Capitalismo: la fábrica de la fragmentación“, Harvey menciona una de sus obras anteriores, La condición de la posmodernidad, donde por un lado bendecía la llegada del posmodernismo, con todas sus visiones distintas sobre las posibles verdades, su heterogeneidad o su abolición de un discurso único. Pero, por otro lado, “dado que este cambio de sensibilidad cultural se produjo paralelamente a cambios muy radicales en la organización del capitalismo tras la crisis de 1973-1975, parecía incluso verosímil sostener que el posmodernismo era en sí producto del proceso de acumulación de capital”. El ascenso del posmodernismo coincidió con una nueva mentalidad individualista donde “la política de la clase trabajadora pasó a la defensiva” a medida que la crisis arreciaba y llegaban el desempleo o las reducciones del Estado del bienestar. Este cambio, que Harvey denomina “del fordismo a la acumulación flexible”, “había producido las condiciones para el ascenso de los modos de pensar y funcionar posmodernos”.

La relación entre el espacio y el tiempo se ha modificado. Es algo que ya observó Marx en su momento y que otros muchos han resaltado (Castells entre ellos), pero el capitalismo, que busca una velocidad cada vez mayor de traspaso de mercancías, ha cambiado la percepción de dónde y cuándo estamos; de nuestra identidad, provocando una crisis de representación. A medida que la industria se deslocalizaba a los países emergentes, a China, etc., surgía otro mercado extenso en Occidente para substituirla: la cultura. “La acumulación de nichos de mercado, de preferencias diversas y la promoción de estilos de vida nuevos y heterogéneos se producen dentro de la órbita de la comunicación de capital.”

Ésta, sin embargo, ha tenido el efecto de acabar con las distinciones entre cultura elevada y baja -comercializa la estética- al mismo tiempo que ha prosperado, como siempre hace, con la producción de diversidad, heterogeneidad y diferencia. Lo que en general consideramos “cultura” se ha convertido en campo primordial de la actividad empresarial y capitalista. (p. 142)

Como ya comentamos a propósito de La an-estética de la arquitectura, esta preocupación por la imagen, por la estética, se produce “a expensas de la preocupación por la ética, la justicia social, la equidad y las cuestiones locales e internacionales de explotación tanto de la naturaleza como de la naturaleza humana”.

El último artículo que comentamos en esta entrada se centra en Baltimore, la ciudad de Estados Unidos a la que viajó Harvey (geógrafo inglés, aunque ha residido gran parte de su vida en el país americano) y la que mejor conoce. “Una vista desde Federal Hill” narra la evolución de la ciudad y la confabulación de intereses públicos y privados para que el centro de Baltimore se convierta en un lugar privilegiado destinado a la vivienda para las grandes rentas y, sobre todo, al ocio, polo de atracción de la población del resto de barrios. Se explica la creación del Greater Baltimore Commite (como muchas otras ciudades globales, que al comprender su papel de centralidad buscan nuevos mecanismos de gestión a menudo supralocales), la reconversión del Inner Harbor, el puerto que en los días industriales vivió la gloria pero había quedado reducido a un erial semiabandonado (como en Barcelona, Londres o la mayoría de grandes ciudades portuarias de Europa, que necesitaban un espacio mucho mayor para acomodar los grandes buques cargueros y la maquinaria que los gestiona).

Inner Harbor, en Baltimore.

Tanto el entramado político como el financiero y mediático glosaron la evolución de la ciudad, que alcanzó su cúspide cuando el alcalde fue nombrado por Esquire el mejor alcalde de Estados Unidos en 1984 o cuando, en 1987, el Sunday Times británico celebraba la remodelación de la ciudad. Pero no es oro todo lo que reluce, y así resumía la ciudad un informe encargado por la Fundación Goldseker en 1987:

En los pasados veinticinco años, Baltimore ha perdido un quinto de su población, más de la mitad de su población blanca, y una proporción muy elevada pero difícil de calcular de su clase media, tanto blanca como negra. Ha perdido más del 10% de sus puestos de trabajo desde 1970, y los que conserva los ocupan cada vez más personas que residen fuera de la ciudad. En 1985, la renta media por unidad familiar en la ciudad ascendía a poco más de la mitad de la renta media en los condados circundantes, y las necesidades de servicios de sus pobres superaban con creces lo que la erosionada base fiscal de la ciudad podía soportar. (p. 156)

Dicho de otro modo: se había destinado gran cantidad de fondos públicos a remodelar el centro pero ese dinero no revertía en la ciudad, sino en las finanzas privadas. Los beneficios públicos que generaba todo ese entramado de ocio apenas daban para cubrir su mantenimiento, los puestos de trabajo que se creaban eran de baja calidad, dedicados al servicio, y el aumento del precio inmobiliario en el centro obligaba a sus trabajadores a desplazarse desde grandes distancias.

Ya hablamos de este proceso a partir de Ciudades del mañana, de Peter Hall. Él lo llamaba, precisamente, Rousificación (por el promotor James Rouse, del que también se habla en el artículo de Harvey), y enunciaba todos los problemas comentados arriba: una inversión privada cuyos beneficios no repercuten en la población y que, de hecho, degrada el nivel de vida de la ciudad. Barcelona, ciudad entregada al turismo de la que hemos hablado a menudo en el blog, es un buen ejemplo; aunque el ejemplo paradigmático sería Venecia, ciudad prácticamente inhabitable para sus ciudadanos.

Espacios del capital (II): la producción del entorno urbano

Seguimos con el análisis de Espacios del capital. Hacia una geografía crítica, de David Harvey. En la primera entrada analizamos la reflexión sobre el papel social de la geografía que hacía Harvey y un análisis sobre la (falsa) neutralidad de la ciencia a partir de los postulados de Malthus y Marx sobre la superpoblación y la repartición de recursos.

En el cuarto artículo, titulado “Rebatir el mito marxiano (al estilo Chicago)“, Harvey contrapone la ideología, según él, burguesa, de la Escuela de Chicago, a los postulados marxistas. La Escuela de Chicago la hemos analizado a menudo (de la mano de Javier García Vázquez, Ulf Hannerz, Francisco Javier Ullán de la Rosa y, más recientemente, Josep Picó e Inmaculada Serra), por lo que no entraremos en mucho detalle. Se trata de la primera escuela de sociología urbana, afincada en una ciudad, Chicago, que creció de modo extraordinario sobre todo gracias a la inmigración. Las personas se distribuyeron por la ciudad en función de su procedencia étnica, pero también pro clases, religión o raza.

El primer punto para alcanzar un entendimiento es el establecimiento de un “sistema hegemónico de conceptos, categorías y relaciones para entender el mundo”. Aquí Harvey ya señala las primeras distinciones: como él, que empezó como “científico social burgués” y, tras no quedar convencido con la teoría, dio el salto a marxista, que le llevó “siete años” de lectura sólo para disponer de un vocabulario preciso, explica que los primeros, los chicaguianos, sólo necesitan desarrollar un vocabulario propio; mientras que los marxistas necesitan entrar en diálogo con el pensamiento burgués: “el primero es una representación del mundo obtenida desde el punto de vista del capital mientas que el segundo es una representación del mundo obtenida en función de la oposición del trabajo.”

Los de Chicago (y, con ellos, la sociología del momento, incluso las disciplinas sociales) daban por sentado que se podía alcanzar una ciencia objetiva, neutra: libre de sesgos de clase. Esto lleva, asegura Harvey, a una “excesiva fragmentación del conocimiento”: cada uno en su torre de marfil, con sus temas acotados. Siempre se desbordarán, lógicamente; pero llega un momento en que hay que ser consciente de que se está en otro ámbito y dar un paso atrás. ¿A qué se dedica un “sociólogo urbano”?, ¿en qué momento debe dejar sus estudios si lo lleva a, por ejemplo, analizar la economía? Recordemos que la Escuela de Chicago operó, sobre todo, en los años 20-40 del pasado siglo; y recordemos también que fue Castells, a finales de los 60, quien replanteó el objeto de la sociología urbana con La cuestión urbana, buscando una nueva justificación teórica a por qué el estudio de las ciudades era esencial. Y lo era por la economía, como también concluirá Harvey.

Pero no nos adelantemos. Además de la fragmentación, el propio funcionamiento de la ciencia positivista impedía abordar los problemas de fondo. Si las ciencias sociales de los 50 podía permitirse un enfoque fragmentado, la de los 60, con problemas de fondo como el racismo, la desigualdad social o la expresión a los grupos minoritarios, que además tenía un fuerte componente urbano, ya no podía aceptar ese enfoque.

Las crisis capitalistas no sólo se traducen en crisis de la ciencia social burguesa porque ésta se fragmente de maneras inapropiadas para entender aquéllas. La ciencia social burguesa se inclina, por ser burguesa, a interpretar los asuntos sociales basándose en intereses y funciones opuestos dentro de la totalidad social, que se percibe como real o potencialmente armoniosa en su funcionamiento. Las teorías políticas pluralistas, la economía neoclásica y la sociología funcionalista tienen eso en común. (p. 87)

En épocas de crisis, “los economistas políticos (…) se limitan a decir que todo iría bien si la economía se comportara de acuerdo con sus libros de texto”. La teoría marxista, en cambio, “es primordialmente una teoría de la crisis”. Volvemos a la teoría que ya expusimos en la primera entrada: el marxismo estudia las relaciones. Una acción sencilla (Harvey habla de “cavar una zanja”) “no se puede entender sin comprender del todo el marco social del que forma parte”. “El significado se interioriza en la acción, pero sólo podemos descubrir lo que la acción interioriza mediante un estudio y uan reconstrucción cuidadosos de las relaciones que ésta expresa con los sucesos y las acciones que la rodean”.

Aplicado a lo urbano, “encontramos ciudades en diversos tiempos o lugares, pero la categoría “ciudad” o “urbano” cambia de significado de acuerdo con el contexto en el que la encontremos”. Y, de nuevo, volvemos al Lefebvre de La producción del espacio.

Para entender “las formas de urbanización capitalistas“, Harvey despliega toda una batería teórica que resumimos a continuación. La base de “lo urbano” se encuentra en los dos procesos de la acumulación y la lucha de clases. El capital domina el trabajo y lo organiza a fin de obtener beneficios. Los trabajadores venden su labor en forma de mercancía. “El beneficio deriva de la dominación del trabajo por el capital pero los capitalistas en cuanto clase deben, si quieren reproducirse, expandir la base del beneficio. Llegamos así a una concepción de la sociedad basada en el principio de “acumular por acumular, producir por producir””.

Existen contradicciones, claro. Cada capitalista, actuando en su interés, busca algo opuesto a sus intereses de clase: que exista un mercado capaz de consumir sus productos. Si se oprime hasta lo indecible a la clase obrera, ésta no podrá consumir sus productos. Esta contradicción crea “una persistente tendencia a la sobreacumulación”, “la condición en la cual se produce demasiado capital en relación con las oportunidades de encontrar usos rentables para el mismo”. Esto genera las crisis periódicas del capitalismo (“caída de los beneficios, capacidad productiva ociosa, sobreproducción de mercancías, empleo”, etc.).

El segundo grupo de contradicciones se da en el antagonismo entre capital y trabajo. Un capital desbocado lleva a salarios mínimos y una clase obrera que no puede consumir; cuando es al revés, los trabajadores aumentan sus salarios, lo que supone “la reducción de la tasa de expansión de las oportunidades de empleo”. En ambos casos, se crean “crisis de desproporcionalidad”. El tercer conjunto de contradicciones se da entre el sistema capitalista y los sectores precapitalistas o socialistas (de los que cada vez quedan menos, vaya). Y, finalmente, la dinámica entre el capital y los recursos naturales.

El sistema de producción capitalista exige un entorno específico para funcionar. Se basó en una separación entre el lugar de trabajo y el de residencia. Además, necesitó la creación de un entorno construido que “funcionaba como medio colectivo de producción de capital”. Parte del entorno hay que destinarlo al transporte de mercancías (“el aniquilamiento del espacio por el tiempo” del que habló Marx), además de todo lo que la aparición y acumulación del capital conlleva (banca, administración, coordinación, etc.).

Pero también es necesario un paisaje de consumo, opuesto al de trabajo. Y, asimismo, un espacio de para la reproducción de la fuerza de trabajo. Estos dos modifican y conforman la vida personal de los trabajadores, que queda también a merced del capital. “La socialización de los trabajadores que se da en el lugar de residencia -con todo lo que esto implica respecto a las actitudes de trabajo, consumo, ocio y demás- no puede dejarse al azar.” Finalmente, “la colectivización del consumo mediante el aparato estatal se convierte en una necesidad para el capital”, por lo que “la lucha de clases se interioriza en el Estado y en sus instituciones asociadas”.

Todas estas contradicciones se interiorizan en la creación del entorno construido. Por ejemplo, “la sobreacumulación crea condiciones marcadamente favorables a la inversión en el entorno construido”. Este trasvase acaba provocando que las crisis inmobiliarias vayan asociadas (o sean precursoras) de las crisis económicas (como sucedió en el crack del 29 o con el auge de la aparición de oficinas en 1969-73 en Estados Unidos y Reino Unido o, por supuesto, en 2008).

Otra de las batallas persistentes en el entorno urbano se expresa por “las condiciones de trabajo y la tasa salarial”. Las leyes y el poder capitalista se imponen mediante el Estado para hacer cumplir su voluntad; por otro lado, están las demandas de los trabajadores y su capacidad de organizarse. Aquí es donde Harvey coloca el territorio de la sociología urbana tradicional (burguesa): en la configuración de las relaciones que adopta la clase obrera, en su fragmentación, para enfrentarse (o adaptarse, sobrevivir, llámenlo como quieran) al capital. Recordemos que la Escuela de Chicago dedicó todo tipo de estudios a los guetos, los negros, las bandas juveniles y las jóvenes del taxi-dance hall, pero ninguno a los blancos anglosajones protestantes o a las clases altas. “No fue accidental que para trabajar en sus cadenas de montaje Ford usara casi exclusivamente inmigrantes recién llegados y que United Steel, al enfrentarse a sus propios problemas de trabajo, recurriera a trabajadores negros del sur para reventar las huelgas.” Estos elementos, económicos y sociales, tienen un gran peso en las relaciones de la clase obrera entre sí.

Por todo ello, la lucha de clases se desplaza de su lugar autóctono, el trabajo, a “todas aquellas relaciones contextuales de la lucha de clases en el lugar de trabajo”; es decir, a prácticamente todo. La educación era una exigencia básica de la clase trabajadora, “pero la burguesía pronto comprendió que la educación pública podía movilizarse contra los intereses de aquella”, o un sistema sanitario público que “define la mala salud como la incapacidad para ir a trabajar”.

Toda esta estructura teórica, sin embargo, funcionará mientras lo haga el contexto. En el momento en que cambien las relaciones, habrá que modificar también la forma en que las comprendemos, alerta Harvey.

Aristóteles comentó en una ocasión que con que sólo hubiera un punto fijo en el espacio exterior, podríamos construir una palanca para mover el mundo. El comentario nos dice mucho de las imperfecciones del pensamiento aristotélico. La ciencia social burguesa es heredera de las mismas imperfecciones. Intenta dar una visión del mundo desde fuera, descubrir puntos fijos (categorías de conceptos) sobre cuya base se pueda elaborar un entendimiento “objetivo” del mundo. En general el científico social burgués intenta abandonar el mundo mediante un acto de abstracción para entenderlo. El marxista, por el contrario, siempre intenta establecer un entendimiento de la sociedad desde dentro, en lugar de imaginar algún punto exterior. El marxista encuentra todo un conjunto de palancas para el cambio social dentro de los procesos contradictorios de la vida social e intenta alcanzar un entendimiento del mundo apretando fuertemente esas palancas. (p. 102)

Espacios del capital, David Harvey

Espacios del capital. Hacia una geografía crítica es un libro del geógrafo David Harvey publicado en 2001 que recoge 18 artículos del autor donde se refleja su tránsito de “geógrafo burgués” a geógrafo radical marxista. La recopilación de artículos se divide en dos grandes partes: la primera establece las bases del trayecto teórico y la segunda es una reflexión sobre “la producción capitalista del espacio”.

El primer artículo es una entrevista; pasamos directamente al segundo: “¿Qué tipo de geografía para qué tipo de política pública?“, donde Harvey analiza el papel que tradicionalmente había tenido la disciplina de la geografía al servicio de los intereses estatales. Hace un apunte especialmente interesante: “el surgimiento del Estado corporativo“. “Cada uno de los países capitalistas avanzados se ha movido a tientas hacia alguna versión de Estado corporativo (Miliband, 1969). La manifestación exacta de dicho Estado en un país concreto depende del marco constitucional del que disponga, de sus tradiciones políticas, la ideología dominante y las oportunidades de crecimiento económico y desarrollo.” (p. 43)

Harvey define el Estado corporativo del siguiente modo: “Parece una estructura relativamente firme y jerárquicamente ordenada de instituciones interrelacionadas -políticas, adminsitrativas, judiciales, financieras, militares y demás- que transmite información de manera descendente y da a los individuos y a los grupos situados en niveles jerárquicos “inferiores” instrucciones sobre qué comportamientos son adecuados para la supervivencia de la sociedad en conjunto. El lema de dicho funcionamiento es el “interés nacional”. La ética de la “racionalidad y eficacia” son los pilares que dominan el Estado corporativo; y, puesto que ambas requieren de un objetivo para funcionar, “el interés nacional -la supervivencia del Estado corporativo- se convierte en el propósito de facto.” En los países capitalistas, la clase gobernante “sale casi exclusivamente de las filas de los intereses industriales y financieros. En los países comunistas, muchos de los cuales han asumido la forma del Estado corporativo, la elite gobernante se obtiene del partido.”

Creo que en un futuro (tal vez no muy lejano) habrá que optar entre un “Estado incorporado” que refleje las necesidades creativas de personas que luchan por controlar las condiciones sociales de su propia existencia de una forma esencialmente humana (que es lo que Marx quería decir con la expresión “dictadura del proletariado”) y un Estado corporativo que dé instrucciones desde arriba en interés del capitalismo financiero (las naciones capitalistas avanzadas) o de la burocracia del partido (Rusia y Europa Oriental). (p. 49); [el artículo apareció en 1974, de ahí las referencias históricas algo caducas.]

El tercer artículo se titula “La población, los recursos y la ideología de la ciencia“. Para Harvey, la ciencia no es éticamente neutral. Esta conclusión, de por sí, genérica, no lleva a mucho, por lo que propone abordarla en el estudio de un tema concreto: el de la relación entre la población y los recursos disponibles y su estudio por parte de Malthus, Ricardo (en el que no entramos) y Marx.

Malthus era empirista. “El empirismo supone que se pueden entender los objetos independientemente de los sujetos que los observan”, explica Harvey, por lo que permite asumir que “la verdad radica en un mundo externo al observador, cuya tarea es registrar y reflejar fielmente los atributos de los objetos.” Mediante sus postulados “la comida es necesaria para los hombres” y “la pasión entre los sexos es constante y necesaria” (lo que supone la reproducción de la humanidad) se llega a su famosa teoría de que la humanidad está condenada a una superpoblación que sufrirá hambre y miseria (el crecimiento de la población es geométrico, el de los recursos, aritmético). Malthus concluyó que “la miseria tiene que tocarle a alguien”: las clases más bajas, por lo que estaba explicando la miseria de los pobres como el “resultado de una ley natural”, en palabras de Harvey.

El método de Marx se denomina “materialismo dialéctico“, para cuya definición es necesario recurrir a las bases de la visión no aristotélica de la filosofía crítica alemana. “El uso que Marx hace del lenguaje es, como ha señalado Ollman, relacional en vez de absoluto.” No es posible entender una “cosa” con independencia de las relaciones que mantiene con otras cosas. La visión aristotélica da por sentado que las cosas tienen algún tipo de esencia y son, por consiguiente, definibles sin referencia a las relaciones que tienen con otras cosas. La “totalidad” en Marx es algo “emergente”: “tiene uan existencia independiente de sus partes y al mismo tiempo también domina y modela las partes contenidas en ella” (p. 65) Por ello, en la filosofía de Marx ofrece una tercera perspectiva donde no se consideran fundamentales ni las partes ni el todo, sino las relaciones dentro de la totalidad. “El capitalismo, por ejemplo, modela las actividades y los elementos de su interior para mantenerse como sistema. Pero a la inversa, los elementos también están continuamente modelando la totalidad para convertirla en configuraciones nuevas a medida que necesariamente se resuelven las contradicciones y conflictos internos del sistema.”

La base económica de la sociedad, para Marx, comprende dos estructuras: las fuerzas de producción (las actividades concretas del hacer) y las relaciones sociales de producción (las formas de organización social establecidas para facilitar el hacer). Además, existen las distintas estructuras: del derecho, la política, la ideología… Todas las estructuras están interrelacionadas, pero Marx dio cierta primacía a la base económica porque “el hombre tiene que comer para vivir, por lo que la producción -la transformación de la naturaleza- tiene que preceder a las demás estructuras”.

Marx sostenía que el plusvalor se originaba a partir del plustrabajo, la parte del tiempo de trabajo del trabajador entregada de manera gratuita al capitalista. Por ejemplo: un obrero tiene que trabajar diez horas, porque esas son las condiciones laborales imperantes; en seis horas ya ha producido lo suficiente para cubrir sus necesidades de subsistencia: si el capitalista paga un salario de subsistencia, el obrero trabaja cuatro horas gratis para él. Este plustrabajo se convierte, mediante el intercambio de mercado, en su equivalente en dinero: plusvalor. “Y el plusvalor, bajo el capitalismo, es la fuente de la renta, el interés y el beneficio. Basándose en esta teoría del plusvalor, Marx obtiene una teoría de la población específica.”

David Harvey

Para cumplir los objetivos del capital y que el plusvalor produzca aún más plusvalor, hay que invertir en más salarios y en la compra de materias primas y medios de producción. “Si la tasa salarial y la productividad se mantienen constantes, la acumulación [capitalista] requiere una expansión numérica concomitante de la fuerza de trabajo: “la acumulación de capital es, por consiguiente, aumento del proletariado” (Marx)”. “Si la oferta de trabajo permanece constante, la creciente demanda de trabajo generada por la acumulación provocará un aumento en la tasa salarial”, lo que supondría una reducción del plusvalor y una caída de los beneficios, aunque Marx ya anunció que el propio mecanismo del proceso de producción se encargaba de equilibrarse para “eliminar los mismos obstáculos que crea transitoriamente”.

Por lo tanto, Marx habla de una “ley de la población peculiar del modo de producción capitalista“, añadiendo que “cada modo histórico de producción especial tiene sus propias leyes de población especiales, históricamente válidas únicamente dentro de sus límites”. Algo bastante opuesto a la teoría de Malthus (y Ricardo), “que atribuían a la ley de población una validez universal y natural”, y algo que nos recuerda bastante al Lefebvre de La producción del espacio.

La producción de un excedente de población relativo y de un ejército industrial de reserva se considera en la obra de Marx históricamente específica, intrínseca al modo de producción capitalista. Basándonos en su análisis, podemos predecir que se va a generar pobreza, con independencia de cómo cambie la tasa de producción. (…) [Marx] Sostenía muy específicamente, en contra de la posición de Malthus y Ricardo, que la pobreza de las clases trabajadoras era el producto inevitable de la ley de acumulación capitalista. La pobreza no debía explicarse, por consiguiente, apelando a una ley natural. Había que reconocerla como lo que realmente era: una condición endémica interna del modo de producción capitalista.

Marx no habla de un problema de la población sino de un problema de pobreza y explotación humana. Sustituye el concepto de superpoblación de Malthus por el concepto de excedente de población relativo. Sustituye la inevitabilidad de la “presión de la población sobre los medios de subsistencia” (aceptada por Malthus y Ricardo) por una presión históricamente específica y necesaria de la oferta de trabajo sobre los medios de empleo producidos internamente dentro del modo de producción capitalista. Su método específico permitía esta reformulación del problema población-recursos, y esto situó a Marx en una posición desde la cual podía concebir una transformación de la sociedad que eliminara la pobreza y la miseria en lugar de aceptar su inevitabilidad. (p. 70)

“La superpoblación surge por la escasez de recursos disponibles para cubrir las necesidades de subsistencia de la masa de población.” A diferencia de los recursos, tanto la subsistencia como la escasez son términos sociales y culturales, por lo que Harvey traduce la frase anterior del modo siguiente: “Hay demasiada gente en el mundo porque los fines determinados que tenemos en mente (junto con la forma de organización social que tenemos) y los materiales disponibles en la naturaleza (…) no bastan para proporcionarnos las cosas a las que estamos acostumbrados”. Ante la afirmación anterior, se pueden llevar a cabo 4 caminos:

  • (1), cambiar los fines y alterar la organización social de la escasez;
  • (2) cambiar las evaluaciones técnicas y culturales que hacemos de la naturaleza;
  • (3), cambiar nuestros puntos de vista respecto a nuestras costumbres materiales;
  • y (4), alterar las cifras (de población, recursos, etc.)

Harvey afirma que “decir que hay muchas personas en el mundo equivale a decir que no tenemos la capacidad, imaginación o voluntad de hacer algo respecto a (1), (2) o (3). (1) o (3) no pueden ser consideradas sin “desmantelar y sustituir la economía de intercambio de mercado capitalista”. Por lo tanto, quedan (2), el progreso técnico, y (4), reducir números. Sin embargo, controlar la población requiere decisiones políticas. ¿Qué población? Yo no, por supuesto; nosotros no, por supuesto; por lo tanto, ellos, un ellos genérico que es fácil demostrar que porta menos que nosotros.

Permítaseme hacer una afirmación. Siempre que una teoría de la superpoblación se asienta en una sociedad dominada por una elite, invariablemente la no elite experimenta alguna represión política, económica o social. (p. 76)

Los ejemplos van desde el Reino Unido posterior a las guerras napoleónicas hasta los “resultados especialmente malignos” de la Alemania de Hitler y su búsqueda del lebensraum [el espacio vital].

Si aceptamos la teoría de la superpoblación y de la escasez de recursos pero insistimos en mantener intacto el modo de producción capitalista, los resultados inevitables serán políticas dirigidas hacia la represión étnica o de clase en el interior y políticas de imperialismo y neoimperialismo en el extranjero. Por desgracia, esta relación se puede estructurar en sentido opuesto. Si, por cualquier razón, un grupo de la elite necesita un argumento para respaldar sus políticas represivas, el argumento de la superpoblación es el que más hermosamente se adapta a este propósito. (…)

[Aún más allá:] si cualquier elite se halla amenazada para conservar su posición dominante en la sociedad, puede usar los argumentos de la superpoblación y la escasez de recursos como poderosa palanca ideológica para persuadir a los demás de que acepten la situación existente y el establecimiento de medidas autoritarias para mantenerla. (p. 77)

Estrategias contra la gentrificación, Lisa Vollmer

La gentrificación es el proceso mediante el cual se revaloriza una zona determinada de una ciudad, a menudo habitada por personas de bajo poder adquisitivo y localización relativamente céntrica, y se substituye a sus habitantes por otros de poder adquisitivo superior. El término proviene del artículo “London: Aspectos of Change” de la socióloga Ruth Glass, publicado en 1964, que se refería a la gentry, la pequeña nobleza inglesa que había abandonado la ciudad y a finales de los años 50 y principios de los 60 volvía a las casas victorianas de la ciudad de Londres.

La gran crítica a la gentrificación es que es un proceso natural en las ciudades: se pasa de barrios incómodos, donde abundan las drogas, prostitución y que se percibe como un punto negro de la ciudad, a un barrio saneado donde pasear y disfrutar en una terraza o comprar un helado artesano. Precisamente en este aspecto se centra Lisa Vollmer, socióloga y activista alemana, en Estrategias contra la gentrificación. Por una ciudad desde abajo (2019, Katakrak): la gentrificación forma parte de la producción capitalista de la ciudad. Dicho de otro modo: la connivencia de los poderes públicos, ya sea no actuando (y dando paso libre al capital), ya sea como participante activo (permitiendo inversiones inmobiliarias y dejando morir los barrios para alcanzar la diferencia potencial de renta), es necesaria para la gentrificación. Y sus consecuencias, especialmente para las clases menos pudientes: expulsión y segregación.

Ya descubrimos las fases de la gentrificación en First We Take Manhattan: primero se da el estigma, cuando un barrio se percibe como un punto negro o foco de delincuencia; a él llegan los pioneros, en general artistas o jóvenes estudiantes que buscan un lugar económico y también se sienten atraídos por el potencial del barrio, por las alternativas heterodoxas que ofrece al resto de la ciudad; a partir de aquí, el barrio se revaloriza: aparecen galerías, restaurantes, tiendas gourmet, reseñas en los medios de comunicación, que citan el lugar como aquel que hay que visitar. Cuando las clases más acomodadas se mudan al barrio, los inversores se lanzan a la compra de terrenos o edificios y los reforman para un público de mayor poder adquisitivo. Para cerrar el círculo, los vecinos originales, junto a los pioneros, son expulsados en cuanto no pueden hacer frente al nuevo precio del barrio. A menudo, toda la operación se cierra con el cambio de nombre del barrio (por ejemplo: el Barrio Chino de Barcelona se convierte en El Raval o aparece SoHo, la zona al South de la calle Houston).

La consecuencia más importante de la gentrificación no es el cambio visible de la oferta de consumo en un barrio, sino la expulsión (a veces difícil de ver) de las personas que lo habitan y sus comerciantes. La expulsión no es un efecto colateral de la gentrificación, es su característica principal. (p. 36)

Existen dos tipos de expulsiones:

  • expulsión directa: cuando los habitantes pierden el hogar de forma inmediata, ya sea por la venta del inmueble o por el aumento del alquiler;
  • expulsión simbólica o expresión desplazatoria: cuando los vecinos abandonan un barrio que ya no les resulta atractivo, en el que sus redes vecinales han desaparecido y en el que no encuentran tiendas adecuadas a su nivel de vida.

A menudo, y puesto que la gentrificación es una rueda que va pasando por la mayoría de los barrios céntricos, los expulsados deben mudarse a una zona alejada de la ciudad, lo que les supone mayor tiempo de desplazamiento hasta el trabajo.

La vivienda es algo esencial: no sólo como ente físico, como lugar donde resguardarse del frío y las inclemencias del tiempo y donde cocinar y dormir, sino también como expresión de la identidad: uno habita un lugar y estructura a partir de él sus relaciones sociales. “La ubicación de la vivienda dentro de una ciudad puede reflejar el estatus social y está ligada a la distribución de recursos públicos.” En el capitalismo, la vivienda se ha convertido en una mercancía que “debe generar retornos”. Ya lo denunció Engels en 1873, y además opinaba que no sería posible resolver el problema de la vivienda dentro del capitalismo (avisaba de que la solución capitalista era “expulsar el problema” cada vez más lejos) y lo vimos también en La guerra de los lugares de Raquel Rolnik cuando evidenció el acceso de los fondos de capital e inversión al mercado de la vivienda desde mediados de los años 70 y 80 del siglo pasado.

El geógrafo inglés David Harvey ha denunciado en numerosas ocasiones que “la urbanización y la producción de viviendas son pilares centrales de la acumulación capitalista” (como lo demuestra el hecho de que la crisis de 2007 en Estados Unidos vino propiciada por el mercado subprime de las hipotecas o el estallido de la burbuja inmobiliaria en España en 2008). La teoría del filtro (o efecto goteo) da por sentado que, construyendo inmuebles de alto valor económico, se inicia una cadena de mudanzas que acaba ampliando la oferta del mercado inmobiliario. Esta teoría es falsa por el simple motivo de que la vivienda no es un bien unívoco que uno sólo adquiere una vez en su vida: es también un bien inmobiliario de determinado valor que se puede obtener como fuente de ingresos o incluso mantener como inversión; como quien tiene oro en una caja fuerte. (Recordemos a Ian Brossat en Airbnb. La ciudad uberizada y su estudio sobre cuántos grandes pisos de París no se usan como vivienda, sino como inversión, o como casa de veraneo de las grandes fortunas que visitan a veces un par de semanas al año.)

También fue Harvey quien denunció la evolución del Estado como garante de las necesidades de los ciudadanos (políticas keynesianas) a protector de las reglas de juego del capital. Esto se refleja en el espacio público de las ciudades, a menudo cedido mediante las PPP (sociedades público privadas) a empresas o gestión privada, como sucede en los centros comerciales (y de ahí la arquitectura hostil) o en la reforma de los centros urbanos para convertirlos en lugares agradables, asépticos, adecuados para una creciente clase creativa.

A menudo el enfoque de las ciencias sociales sobre la gentrificación ha distinguido entre la que proviene de la oferta y la que proviene de la demanda.

  • Desde el punto de vista de la demanda consideran que la gentrificación es un proceso impuesto por las demandas de los consumidores. Con el paso del fordismo al postfordismo y la conversión de las ciudades en sedes para grandes empresas y en nodos de servicios, los individuos buscan afirmar su identidad con todas sus elecciones. El lugar en el que se vive determina la idiosincrasia de aquellos que lo habitan, por lo que los ciudadanos buscan barrios adecuados a sus intereses y la ciudad permite o favorece la gentrificación. (“Suzanne Frank habla de una suburbanización interna.”) Además, la gentrificación siempre busca zonas limítrofes, alternativas, heterodoxas; en una paradoja, las propias resistencias ante la gentrificación se convierten en algo que da carácter al barrio, que lo vuelve más auténtico y atrae más pioneros, dando más poder a la rueda.
  • Desde el punto de vista de la oferta se pone el énfasis en el valor de la vivienda como mercancía. Volvemos a Neil Smith y el rent gap, el diferencial entre lo que se obtiene de una vivienda y el valor potencial que ésta puede dar.

Es interesante que Vollmer añada a los diversos tipos de gentrificación (de obra nueva, que derrumba edificios asequibles y los substituye por otros de alto poder adquisitivo; y comercial, que cambia las tiendas de barrio y comestibles por boutiques o cafeterías de lujo) la turistificación: la llegada masiva de visitantes que sólo permanecen unos días y lo hacen en casas de Airbnb, que buscan descanso, lujo y experiencias y que chocan con los intereses de los vecinos.

La segunda parte del libro presenta resistencias y formas posibles de luchar contra la gentrificación y es donde se nota que Vollmer, además de socióloga, es activista y está implicada en la lucha contra la mercantilización de la ciudad. Los tres pilares en los que debe centrarse la lucha contra la gentrificación son:

  • asequibilidad de la vivienda para todos los estamentos sociales;
  • desmercantilización de la vivienda (aumento de vivienda pública en detrimento del sector privado);
  • y democratización de las instituciones y procesos que gestionan la vivienda.

Bajo condiciones capitalistas, mientras la vivienda sea una mercancía, la cuestión habitacional no tiene solución. (p. 115)

Los ejemplos que da Vollmer son experiencias suyas, por lo que tratan sobre ciudades alemanas (especialmente Berlín y Hannover). La mayoría de reivindicaciones pasan por formas de conseguir que los terrenos reviertan en beneficio para la sociedad. Por ejemplo: permitiendo sólo la venta con unas cláusulas que especifiquen un determinado porcentaje de las viviendas resultantes que deben ser de protección oficial. Otra de las propuestas pasa por las cooperativas o la posesión colectiva de un terreno o edificio; parte del precio del alquiler revierte sobre la comunidad, que puede afrontar reformas y no queda sometida a la lógica del beneficio.

Antes de estar preparados para hacer demandas políticas y transformadoras, y que estas se apliquen, los inquilinos afectados por las subidas de los alquileres primero tienen que abstraerse de su propia consternación y formar un interlocutor que pueda hablar y ser escuchado, para politizar la cuestión de la vivienda. Esto no resulta tan evidente en una sociedad neoliberal, que promueve la separación de las personas y de los temas y donde se nos machaca, diciéndonos que si no nos va bien es por nuestra culpa. (p. 129)

Vollmer no es ajena a una paradoja social neoliberal: si el Estado no garantiza la vivienda (en ocasiones incluso defiende a los fondos buitre o grandes empresas en contra de los habitantes) y son los propios ciudadanos los que tienen que plantar cara… ¿cuál es el papel del Estado? O, dicho de otro modo, ¿para qué tener Estado? Es una batalla en la que el capital siempre vence; por eso la reivindicación no debe ser únicamente ganar una batalla concreta, sino forzar a los poderes públicos a defender la vivienda asequible y democrática, por ardua que pueda ser la batalla.

La gobernanza son las nuevas formas de poder y gestión que surgen en las ciudades del presente. Presentan la ventaja de que son los propios implicados quienes deciden; pero también el inconveniente de que sólo se les permite decidir sobre aquello que les afecta directamente, dejando el resto de cuestiones mayores a otros gobiernos. Y la gentrificación es una batalla que se lucha edificio a edificio pero es también la manifestación de una organización socioespacial capitalista mucho más amplia que los vecinos no tienen capacidad para modificar.

Manifestaciones antigentrificación en Hamburg en 2009

Destacamos el manifiesto “Not In Our Name, Marke Hamburg”, de un colectivo de artistas de la ciudad alemana que se reunieron en torno a la ocupación del barrio Gängeviertel. En 2005, este barrio obrero, con gran margen para la gentrificación, fue vendido a un inversor holandés para ser derruido y construir viviendas de alto nivel adquisitivo. Hamburgo es una ciudad que ya se presentaba a sí misma como empresa desde 1980 y donde no escondían que querían atraer, además de inversiones del capital, a las nuevas clases creativas. 200 artistas ocuparon la zona en 2009 para impedirlo y, en contra de lo habitual en la ciudad, no fueron desalojados sino que el ayuntamiento negoció con ellos (a ello ayudó la crisis financieron del 2008 que también había afectado al inversor holandés). El ayuntamiento recompró los terrenos y firmó un pacto de colaboración con los artistas.

A spectre has been haunting Europe since US economist Richard Florida predicted that the future belongs to cities in which the “creative class” feels at home. (…) Many European capitals are competing with one another to be the settlement zone for this “creative class”. In Hamburg’s case, the competition now means that city politics are increasingly subordinated to an “Image City”. The idea is to send out a very specific image of the city into the world: the image of the “pulsating capital”, which offers a “stimulating atmosphere and the best opportunities for creatives of all stripes”. (…)

We say: Ouch, this is painful. Stop this shit. We won’t be taken for fools. Dear location politicians: we refuse to talk about this city in marketing categories. (…) We are thinking about other things. About the million-plus square metres of empty office space, for example, or the fact that you continue to line the Elbe with premium glass teeth. We hereby state, that in the western city centre it is almost impossible to rent a room in a shared flat for less than 450 Euro per month, or a flat for under 10 Euro per square meter. That the amount of social housing will be slashed by half within ten years. That the poor, elderly and immigrant inhabitants are being driven to the edge of town by Hartz IV (welfare money) and city housing-distribution policies. We think that your “growing city” is actually a segregated city of the 19th century: promenades for the wealthy, tenements for the rabble. (Not In Our Name, Marke Hamburg Manifesto)