El declive del hombre público, de Richard Sennet

Richard Sennet es uno de los mayores sociólogos vivos. Nacido en Chicago, donde se licenció en 1964 (tuvo como profesora a Hannah Arendt, nada menos), luego ha pululado por las principales universidades del mundo mientras desentrañaba con su pluma, libro a libro, aspectos esenciales de la modernidad como la conformación de nuestras ciudades, la relación entre personas y trabajos o, el asunto que nos lleva a esta entrada, El declive del hombre público o la evolución de la visión del hombre de la calle desde el Antiguo Régimen hasta nuestros días.

Buscando información en internet encuentro esta entrevista en El País Semanal que le hicieron en 2018, cuando estaba a punto de publicar su más reciente obra: Construir y habitar. Ética para la ciudad. En ella descubrimos (además de un poco de salseo: que su esposa es nada menos que Saskia Sassen, habitual de este blog por su obra capital La ciudad global) algunas perlas:

En La corrosión del carácter describe la falacia de que la flexibilidad laboral mejora la vida. ¿Qué tipo de carácter van a producir Uber o Deliveroo? Vidas sin columna vertebral. Un carácter cuyas experiencias no construyen un todo coherente. Algo muy circunscrito a nuestro tiempo y preocupante porque los humanos necesitamos una historia propia, una columna vertebral.

[…]

Usted no parece un teórico. Como sociólogo se sirve del trabajo de campo, no de las estadísticas. Habla de personas con nombres y apellidos… Siempre me he sentido arraigado en la antropología de la vida cotidiana. Eso era sospechoso para la Escuela de Fráncfort de los años treinta, excepto para Benjamin, que usaba sus propias experiencias para tratar de entender el mundo. Por eso sufrió el desprecio de la Escuela de Fráncfort. La única persona que lo protegió fue Hannah Arendt.

[…]

¿Qué significó [Hannah Arendt] para usted? Fue una piedra de toque intelectual en mi trayectoria. Pero le enseñé un borrador de mi libro El declive del hombre público y lo odió. Fue ese tipo de relación… Ella tenía una conexión mejor con gente que era filosóficamente más sofisticada que yo. Por eso me da miedo que se sobrevalore esta relación. Me hubiera gustado ser su discípulo, pero no creo que lo sea. Creo que a la gente le resulta difícil entender que alguien pueda influirte profundamente sin ejercer un rol posesivo sobre ti.

El declive del hombre público está dividido en cuatro partes muy diferenciadas. La primera nos plantea el tema del libro, que es la evolución de la visión del hombre público (el hombre urbano, el cosmopolita, el ciudadano, si lo prefieren) durante los últimos tres siglos. Para ello, Sennett disemina algunos temas (las relaciones amorosas, eróticas, sexuales, los roles en la ciudad, la intimidad, las construcciones actuales) y prepara el camino para explorar estas cuestiones basándose en la evolución de la visión del hombre público desde el Antiguo Régimen (Ancién régime, el Londres y el París de 1750, aunque lo referiremos en castellano por pereza de ir poniendo cursivas), que abarca toda la segunda parte de la obra, hasta el Londres y el París de 1840 y 1890, lo cual ocupa toda la tercera parte. La cuarta son las conclusiones y la evolución del hombre público.

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El primer aspecto que trata es la modificación de la visión del erotismo desde la época victoriana a nuestros días (“en cuatro generaciones el amor físico ha sido redefinido desde términos de erotismo a términos de sexualidad. El erotismo victoriano implicaba relaciones sociales, la sexualidad implica la identidad personal”; “actualmente nosotros no aprendemos del sexo porque esa circunstancia coloca a la sexualidad fuera del yo; en cambio, nos dirigimos, frustrada e interminablemente, en busca de nosotros mismos a través de los genitales”).

Pensemos, por ejemplo, en las diferentes connotaciones de la palabra “atracción” en el siglo XIX y el término moderno “asunto” [supongo que se refiere a “affaire”]. Atracción significaba que una persona despertaba en otra un sentimiento de tal magnitud que los códigos sociales eran violados. Dicha violación ocasionaba el entredicho temporal de todas las demás relaciones sociales de esa persona: el cónyuge, los hijos, los propios padres de la persona se veían involucrados tanto simbólicamente a través de la culpa como prácticamente si se descubría que se había producido la violación. El término “asunto” echa tierra sobre todos estos riesgos porque reprime la idea de que el amor físico es un acto social; se trata ahora de un problema de afinidad emocional que in esse permanece al margen de la trama de otras relaciones sociales en la vida de una persona. […] Podríamos decir que se trata de una cuestión de casos individuales, de factores de la personalidad y no de una cuestión social. (p. 21; el subrayado es nuestro)

Precisamente ésa es la tesis que defiende el libro: que el hombre público ha dejado de ser un ente social y ha devenido un ser ligado únicamente a su intimidad; como mucho, un espectador de la intimidad de otros.

A continuación habla de las nuevas edificaciones en Londres y París y cómo obvian, incluso ignoran, todo aquello que tienen a su alrededor (arquitectónicamente) y por lo tanto se podrían haber edificado en cualquier otro lugar: La Défense y Brunswick Centre son los ejemplos que usa. Oficinas con algunas tiendas, con los caminos pretrazados para los peatones que las cruzan (ojo, las cruzan, las transitan, no las habitan ni tienen nada que hacer en ellas salvo cruzarlas).

Ésa es precisamente la función que el automóvil ha imprimido a las calles: a diferencia del metro, el autobús o el tren, el coche lleva a uno a donde quiere ir, exactamente; y para ello, las calles son lugares que debe transitar, espacios con un único sentido: el de permitir el movimiento. La existencia de cruces, semáforos, peatones incluso, impide este movimiento fluido y por lo tanto pone nerviosos a los automobilistas.

En ambos conceptos existe la misma idea de aislamiento: el peatón de La Défense, como el automobilista, es alguien que va de A a B y que usa la calle como lugar de transición por el que desplazarse; pero además, esta idea de aislamiento tiene otra acepción, puesto que el conductor está solo en su coche y realmente el medio le es irrelevante, como a Brunswick Centre: es un lugar que podría haber sido erigido en cualquier otro, como una calle atravesada podría ser cualquier otra. El conductor, como el peatón transeúnte, se disocia de su ambiente.

Existe aún una tercera acepción del aislamiento: la eliminación de los muros, que por ejemplo se da hoy en día en las oficinas con el convencimiento de que los trabajadores estarán más aplicados a lo suyo si saben que están siendo observados desde todas partes. Lo mismo sucede en cafés y restaurantes que pueblan la ciudad: se derrumban las paredes y se llenan de cristales que permiten observar desde el interior el exterior y viceversa. Pero esto lleva a una paradoja:

Las personas son más sociales cuanto más barreras tangibles tienen entre ellas, del mismo modo que necesitan lugares públicos específicos cuyo único propósito es el de reunirse. En otras palabras: los seres humanos necesitan mantener cierta distancia con respecto a la observación íntima de los demás a fin de sentirse sociables. Si aumenta el contacto íntimo disminuye la sociabilidad. He aquí la lógica de una forma de eficiencia burocráctica. (p. 29; el subrayado es nuestro).

Pongamos un ejemplo muy sencillo: es más probable que nos sintamos inclinados a hablar con una persona sentada tras la esquina del muro del restaurante en el que estamos que con el viajero de metro que tenemos justo enfrente; porque si la comunicación no es fluida (recordemos a Goffman, por ejemplo), en un caso nos bastará con doblar el muro y volver a nuestra mesa, mientras que en el otro deberemos sufrir la incomodidad hasta el fin del trayecto.

“El espacio público muerto es una razón, la más concreta, para que las personas busquen en el terreno íntimo lo que se les ha negado en un plano ajeno. El aislamiento en medio de la visibilidad pública y la enfatización de las transacciones psicológicas se complementan mutuamente. Hasta el extremo, por ejemplo, de que una persona siente que debe protegerse, mediante el aislamiento silencioso, de la vigilancia que los demás ejercen sobre ella en el dominio público, y lo compensa descubriéndose ante aquellos con los que quiere establecer contacto.” (p. 30). Ésta es la tesis de Sennett a lo largo del libro.

Toda esta evolución va ligada a la aparición de la ciudad industrial. Por primera vez, el número de lugares donde los extraños podían llegar a relacionarse creció de forma desmesurada. Esto, ligado a la evolución de la visión de la familia, que “durante el siglo XIX dejó de ser, de forma cada vez más creciente, el centro de una región particular, no pública, y pasó a representar un refugio idealizado, un mundo en sí mismo, con un valor moral más alto que el dominio público” (p. 35) y a la aparición de los grandes almacenes y el consumo en masa, cuando por primera vez muchas personas empezaron a vestir de forma similar, llevó a lo que Marx denominó el “fetichismo del artículo de consumo”, que no es otra cosa que el hecho de atribuir cualidades al objeto de consumo que éste no posee. Hoy lo llamaríamos márqueting o publicidad y lo damos por sentado, inextricable de nuestra sociedad capitalista, pero se desarrolló en el siglo XIX y sus orígenes tienen a ver, según Sennett, y entre otros, con la secularización progresiva de la sociedad cosmopolita de las ciudades y un cambio en la propia cosmovisión del ciudadano. Pero esta imaginación fue progresivamente saltando de los objetos de consumo a las personas, a las personalidades públicas, políticos, etc, que debían parecer simpáticos, fiables, organizados, más que demostrar que lo eran. De líderes organizando pasaron a líderes aparentando organizar.

Hablar del legado de la crisis de la vida pública del siglo XIX es hablar de grandes fuerzas tales como el capitalismo y el secularismo, por un lado, y aquellas otras fuerzas referidas a las cuatro condiciones psicológicas, por el otro: la revelación involuntaria del carácter, la superposición de la imaginación pública y privada, la defensa a través de la retirada, y el silencio. (p. 45).

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