La idea de ciudad, de Joseph Rykvert

La idea de ciudad. Antropología de la forma urbana en Roma, Italia y el mundo antiguo, de Joseph Rykvert, publicado en 1963 aunque luego ha visto otras dos ediciones, parte de una premisa básica: que, a diferencia de lo que se consideraba por la época, especialmente en la arqueología, las ciudades no son un enclave en el que las personas se reunieran por motivos prácticos, sino que eran el producto de una simbología cósmica y ritual enorme.

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El propósito del libro, como comenta el propio autor en el prefacio a la segunda edición, era “recordar a los arquitectos algo que habían parecido olvidar: que la ciudad no era simplemente una solución racional a los problemas de producción, distribución, tráfico e higiene -o una respuesta automática a la presión ejercida por fuerzas naturales o de mercado-, sino que también debía englobar las esperanzas y los temores de sus ciudadanos” (p. 19).

Para que pareciera funcionar, la ciudad no sólo tenía que asemejarse a un motor, sino que también las distintas funciones debían ser ordenadas, clasificadas y divididas en zonas separadas para que funcionaran de manera más eficiente. Según el más famoso de tales esquemas, creado por el Congreso Internacional de Arquitectura Moderna (CIAM) a fines de la década de los treinta, dichas funciones eran la vivienda, la diversión, el trabajo y el transporte. A la luz de este análisis, una serie de proyectos fueron aplicados a ciudades ya existentes con resultados devastadores. Y durante la década de los cuarenta, los cincuenta y los sesenta se construyeron muchos proyectos urbanos según ese modelo, en los que la forma más sencilla, y por tanto la más corriente, de lograr la separación era apilando la zona de viviendas en torres mientras que las otras funciones se dejaban a ras de tierra. Por supuesto, esto suponía que se aislaban las viviendas del espacio público, a excepción de una calle-pasillo colocada a un nivel elevado que permitía reemplazar los pasillos interiores de antiguas viviendas. (p. 20)

En ese estado de las cosas llegó el libro de Rykwert. En él no pretende idealizar el mundo antiguo, ni defender que sus ciudades fueran óptimas o libre de todo mal: al contrario. “Claro que la antigua ciudad estaba llena de sufrimiento, vicios y males. Claro que sus ciudadanos a menudo renegaban de ella, la odiaban y la despreciaban. Lo que quería demostrar era que estaba diseñada para absorber todo esto sin fragmentarse.” Es decir: “que cualquier patrón que la ciudad ofrezca tiene que ser lo suficientemente fuerte para sobrevivir a cualquier inevitable desorden y a cualquier vicisitud, y tiene que estructurar la experiencia urbana”.

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La ciudad: un cosmos completo.

Pero la ciudad es un todo, un cosmos, un mundo completo por encima de la división en sus funciones principales. Y por ello Rykvert rastrea todas las explicaciones y ritos de fundaciones de ciudades en la antigüedad. Empieza por Roma y sus fundadores Rómulo y Remo, con su consideración mítica en la ciudad; las explicaciones que dan algunos autores explican cómo Rómulo usó un arado para trazar el recorrido original de las murallas. La propia existencia de las murallas, la separación que imponían, su sacralidad; la consideración, distinta, de que gozaban las puertas, como fronteras entre el adentro y el afuera, emblemas liminares que debían ser protegidos. Los fundadores míticos de las ciudades, a menudo conectados con los propios dioses. El trazado original, que por ejemplo en las colonias de las metrópolis recibía especial atención y era el primer paso antes de alzar cualquier edificio y tras la selección del emplazamiento, también cargada de rito y simbología.

Una vez erigida ritualmente la ciudad, ésta poseía una existencia más que física (…) La ciudad tenía un tipo de existencia tan tenaz y peculiar, según reconocía la costumbre antigua, que un jefe guerrero victorioso no quedaría satisfecho habitualmente con el incendio o el arrasamiento de la ciudad, sino que había que deshacerla ritualmente, como para desinstaurarla. (p. 86)

De ahí, tal vez, el Caballo de Troya, que “tiene unas turbadoras connotaciones simbólicas” (el hecho de arrasar la tierra anteriormente consagrada). Guardianes consagrados de la ciudad, templos, laberintos, mandalas, el libro va repasando todos los aspectos que en la antigüedad definían el carácter mítico de las ciudades. Hay que destacar, sin embargo, que el libro, más que un análisis de su posible significación, a menudo se convierte en un catálogo casi filológico de las distintas referencias clásicas. En este sentido nos recuerda a Los ritos de paso de Arnold van Gennep: un estudio con una idea esencial, que se ha vuelto influyente, pero cuya lectura es más una clasificación de las distintas fuentes que han permitido llegar a la conclusión que un verdadero desarrollo de la idea.

En la Conclusión, Joseph Rykvert se refier a una conferencia de Freud donde presentaba la ciudad como un lugar para la represión y la histeria, puesto que todos sus monumentos e hitos conmemoraban o catástrofes o batallas importantes para la ciudad.

La intención de este libro parece ser completamente opuesta. En efecto, me he preocupado de mostrar la ciudad como un símbolo mnemónico total o, en todo caso, como un complejo de símbolos en que el ciudadano, a través de ciertas experiencias palpables, como procesiones, fiestas estacionales y sacrificios, se identifica con su ciudad, con su pasado y con sus fundadores. Pero todo este complejo de prácticas no era represivo. (p. 210)

Haussmann convirtió París en un lugar hermoso, dice Rykvert, lleno de grandes ejes desde los que se podían contemplar los monumentos, además de todo lo que ya se ha dicho hasta la saciedad (bulevares, burgueses, higienización, avenidas para los militares, etc.). “Pero no se tuvo en cuenta un modelo. (…) Es imposible una visión metafórica de la ciudad. Y no es sólo que el ciudadano se niegue a reflexionar sobre los grandes episodios (¿traumáticos?) del pasado de su ciudad.” Los modelos monumentales (París, Viena) tienen la intención de decirle al ciudadano (al turista) lo que debe observar, aquello que es relevante; pero en hacerlo le quitan la posibilidad de fijarse en otras cosas. Pretenden un único sentido y obvian todas las otras significaciones que la ciudad puede aportar, por lo que reducen el mundo que representa.

Apéndice. Nos quedamos con este párrafo del blog pedacicos arquitectónicos que resume perfectamente el libro.

Joseph Rykwert propuso en los años 60 que todas estas fundaciones políticas y simbólicas comparten ciertos elementos comunes. Desde el Valle del Éufrates a Etruria, a Grecia, a Roma, a China, a la India, al África subsahariana, a la Norteamérica Indígena y a la Latinoamérica Precolombina, toda fundación ha representado un orden cósmico y ha poseído un centro institucional y religioso, unas direcciones principales, un límite, unas puertas y un laberinto interno. Este artículo no posee ilustraciones, pero el croquis que quisiera mostrarte es ese mismo que ya estás dibujando en tu cabeza. Centro, vías, límite, puertas y laberinto. Eso es. Ahora lo único que distancia a tu acto mental de una verdadera fundación urbana es la aceptación incondicional de que esos elementos construyen sobre la tierra el orden del universo.

No se pierdan la charla que hay en los comentarios. Apasionante.

 

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