Inter-Acciones: intervenciones en el espacio urbano

El título de esta obra es Inter-Acciones. Prácticas colectivas para intervenciones en el espacio urbano. Reflexiones de artistas y arquitectos en un contexto pedagógico colectivo, editado por Sergi Selvas y Marta Carrasco (edicions Universitat de Barcelona, 2013). Se trata de una recopilación de artículos y reseñas escritos por docentes y alumnos de Arquitectura y Bellas Artes de diversas universidades de Barcelona que llevaron a cabo una experiencia de intercambio y experimentación multidisciplinar. La propuesta consistía en realizar debates y exposiciones, salir a la calle y realizar intervenciones en ella.

La primera parte del libro la componen las reflexiones de los propios alumnos y encontramos desde observaciones puntuales sobre un edificio, una esquina o un pasaje, hasta elaboraciones alrededor del otro, el concepto del espacio público o el encuentro. El problema de estos textos es su brevedad, apenas dos o tres páginas, y el hecho de que no parten de un lugar común, sino que cada autor centra un tema diverso. Por ello, lo presentan y ofrecen unos pocos apuntes biográficos, pero, en general, la lectura es más una presentación que una verdadera reflexión común alrededor un tropos urbano.

La segunda parte presenta las intervenciones que se llevaron a cabo como resultado de los debates y observaciones anteriores. “Cartografías subjetivas”, por ejemplo, propone el concepto de “deriva en red” para trazar mapas subjetivos y distintos a los habituales en un barrio cualquiera. El proceso consiste en entrevistar a una persona al azar y, tras indagar en su relación con el barrio, preguntarle por otra persona de ese mismo barrio, a la que entrevistar a su vez. De este modo se traza una red cognitiva y subjetiva que presenta el barrio de forma distinta a las geografías a las que estamos acostumbrados.

La iniciativa nos trae a la mente la propuesta que leíamos hace poco de Neil Smith en Desarrollo desigual de buscar nuevas formas de entender el espacio y donde se refería a las palabras finales de Frederic Jameson en El posmodernismo o la lógica cultural del capitalismo avanzado de trazar “nuevos mapas cognitivos” para entender el espacio, las calles o las ciudades fuera de su lógica capitalista, es decir, alejarnos del espacio como algo producido por el poder para perpetuarse.

De este modo, con esta propuesta podemos entender las diferentes lógicas de representación del barrio de cada individuo (ya sean los recorridos cotidianos, los límites o la extensión de lo que es para ellos el barrio, o los lugares o elementos icónicos clave). (p. 97)

De hecho, esta observación personal de la ciudad tiene mucho que ver con La imagen de la ciudad que los habitantes entrevistados por Kevin Lynch y su equipo se hacían: cuáles son los hitos en los que se fijan para organizar el espacio urbano de la ciudad en el reflejo mental que cada uno de ellos construye de forma subjetiva. Guiada, sí, pautada por las autoridades y los promotores; pero subjetiva al fin y al cabo.

“Álbum familiar del Poble Sec” propone la creación de un álbum de fotos ordenadas temáticamente sin tener en cuenta ni quiénes aparecen en ellas ni el momento en que fueron tomadas, y permite también crear una nueva visión de este barrio de Barcelona a partir de retazos de imágenes que trazan una historia común.

Los tres últimos proyectos, “¿On vas, Navas?”, “Meetgera” y “La Charlateneria”, se articulan alrededor de un espacio público concreto del barrio, la plaza Navas. El primero busca reivindicar la plaza como espacio común del barrio y lugar de encuentro, y por ello recogieron 30 sillas que los vecinos habían ido abandonando en los conetenedores cercanos y las dispusieron libremente para los vecinos, huyendo de la necesidad de consumir en terrazas privadas y proponiendo un lugar de reunión. “Meetgera” intervino los espacios públicos aquejados de “arquitectura hostil“, es decir, los bancos preparados para uso individual, y, usando un poco de cinta adhesiva, trazaron nuevos espacio (por ejemplo, simular que tras el banco se levantaba el dosel de una cama de matrimonio o las formas de un comedor), invitando a los paseantes a usar esos espacios de soledad como parte de su propio hogar. Finalmente, “La Charlateneria” trajo un carrito de desayuno a la plaza y ofrecía un té gratuito a todo aquel paseante que lo quisiese a cambio, únicamente, de sentarse en las sillas que habían dispuesto y charlar con quienes allí hubiese, “abriendo un canal de comunicación entre desconocidos que se hace visible para los vecinos” (p. 107)

Los nuevos principios del urbanismo, François Ascher

François Ascher es un sociólogo urbano y urbanista francés, conocido, sobre todo, por haber acuñado el término metápolis en el libro Métapolis, ou, l’Avenir des villes (1995), refiriéndose a entornos urbanos que habían superado el concepto de megalópolis (esto es, ciudades colosales, aglomeración de grandes espacios urbanos que se unían o establecían una relación concreta) y se erigían como enormes espacios con distintos grados de urbanización y complejas relaciones. Este Los nuevos principios del urbanismo es una reescritura de una conferencia que dio en su país natal sobre el devenir de la ciudad en el siglo XXI. El libro se publicó en Francia en 2001 y en España cuatro años más tarde (Alianza), con un prólogo de Jordi Borja.

El nombre de Jordi Borja parece perseguirnos. Leímos hace nada El espacio público: ciudad y ciudadanía, donde criticamos, como habíamos hecho antes en la lectura de La ciudad conquistada, la mezcla de descripción y actuación; la confusión entre narrar lo que son las ciudades y aconsejar lo que deberían ser sin concretar, nunca, quién o por qué debe seguir esos consejos. Lo encontramos también en Barrios corsarios, donde apuntaban a que era uno de los principales ideólogos y legitimadores tras el modelo Barcelona.

Por lo tanto, cuando Borja loa, con grandes palabras, la figura de Ascher, y cuando dice que es un sociólogo valiente porque se atreve, a diferencia del resto de sociólogos, a proponer cambios en las ciudades, ya nos tememos algo. Nos vienen a la mente las palabras de Deyan Sudjic en La arquitectura del poder:

Pese a cierta cantidad de retórica moralista en los últimos años sobre el deber de la arquitectura de servir a la comunidad, para poder trabajar en cualquier cultura el arquitecto tiene que relacionarse con los ricos y poderosos. Nadie más tiene los recursos para construir. (…) Así, la misión del arquitecto puede verse, no como bien intencionada, sino como la de alguien dispuesto a hacer un pacto faustiano.

Algo similar sucede con el sociólogo: los sociólogos nos diseñan ciudades; ni los antropólogos. Lo hacen los urbanistas, los políticos, los empresarios, los propietarios del terreno; y, por ello, para conseguir modificar el entorno urbano, uno debe dar el paso de ser uno de los primeros a convertirse en uno de los segundos. Lo dio Borja en su momento al hacerse político y, parece, también Ascher, o al menos fue dirigente de gran cantidad de instituciones francesas dedicadas al urbanismo.

Por lo tanto, llegamos a la lectura de este Los nuevos principios del urbanismo de forma algo sesgada: disfrutamos enormemente de la primera parte del libro, donde Ascher destaca que las ciudades deben ser un reflejo de las sociedades donde están insertas y, por lo tanto, analiza la sociedad de finales del siglo XX, la misma, con salvedades, en la que vivimos. Y luego llega, en la parte final del libro, a las propuestas.

Proponía Fredric Jameson en El posmodernismo o la lógica cultural del capitalismo avanzado la creación de mapas cognitivos como alternativa a la progresiva mercantilización de todo, espacio e individuos incluidos. Es algo que cualquiera de sus lectores puede llevar a cabo: un cambio en la forma de percibir y de percibirse. Proponía Jan Gehl en, por ejemplo, Ciudades para la gente, pasar de una arquitectura del automóvil (60 km/h) a una del peatón (5 km/h) y explicaba los motivos por los cuales sería beneficioso para la vida pública en las ciudades. Pero no eran consejos para políticos: era una explicación de por qué para los peatones es más beneficiosa la segunda que la primera, una lista de ciudades en las que se ha aplicado y cómo han mejorado y, finalmente, una invitación a quien quisiese llevar a cabo esas prácticas.

Los principios del urbanismo de Ascher caen en saco roto. Sí, las ciudades tienen que ser flexibles, adaptarse a nuevos objetivos, tener en cuenta las nuevas movilidades y adaptar una nueva democracia más participativa, así hasta cumplir los 10 puntos que propone el sociólogo. Pero… ¿quién tiene que hacerlo, y por qué?

Una de las tesis del blog, que ha ido madurando durante estos años y a la que apuntan muchas de nuestras lecturas, es que la ciudad es el resultado, cada vez menos disimulado, de las necesidades y pugnas del capital. Por ello, y teniendo en cuenta que ése es el poder… ¿por qué iban éstos a escuchar, o tener en cuenta, cualquiera de las propuestas de Ascher, si no va a redundar en su beneficio? ¿Cómo puede cualquier ciudadano, a priori sin verdadero poder económico o inmobiliario, incidir en los vaivenes urbanos? ¿A quién, en concreto, se dirige entonces este libro?

Dicho lo cual, nos centramos en el análisis social de Ascher, que no tiene desperdicio.

La modernización es un proceso que surge mucho antes de la época que conocemos como Edad Moderna. Fue el resultado de la interacción de tres dinámicas socioantropológicas cuyas huellas encontramos en distintas sociedades pero que, al entrar en resonancia en Europa durante la Edad Media, dieron lugar a las sociedades modernas: la individualización, la racionalización y la diferenciación social. (p. 21)

La individualización hace referencia al paso del “nosotros” al “yo” y de la representación del mundo a partir de la propia persona, en vez de a partir del grupo al que se pertenece. La racionalización supone la substitución de la tradición por la razón al tomar decisiones y comporta un progresivo “desencanto del mundo” “porque adjudica a las acciones humanas y a las leyes naturales lo que antes se atribuía a los dioses”. Finalmente, la diferenciación social, surgida de la división técnica y social del trabajo, supone la diversificación de las funciones de grupos e individuos.

Dentro del proceso de modernización existen tres etapas diferenciadas que se corresponden con tres revoluciones urbanas:

  • la medieval, que dio lugar a ciudades monumentales, concebidas como un espectáculo y diseñadas con sus plazas y espacios, reflejo del Estado-nación que se estaba forjando por entonces, y organizadas por lo que llamará paleourbanismo;
  • la industrial, cuando surge el urbanismo (finales del siglo XIX y cuyos padres serían Haussmann, Cerdà, Sitte, Howard y, más tarde, Le Corbusier) y que tratan de organizar las ciudades según los patrones industriales de consumo, especialización y taylorismo (lo que acabará derivando en el fordismo) y que culminan con la zonificación de La carta de Atenas;
  • y una tercera etapa, la actual, caracterizada por la globalización, el aumento de los riesgos y la diversidad de opciones, la velocidad, el debilitamiento de los lazos sociales fuertes, etc. “En la sociedad moderna avanzada, los individuos no sólo pueden elegir, sino que deben hacerlo constantemente.”

Ascher hablará de “la sociedad hipertexto”, por la forma en que se vincula múltiplemente en red pero también porque cada concepto se puede insertar en un nuevo contexto y cobra otro significado (como los vínculos de internet). Lo mismo sucede con los habitantes de este espacio moderno, que deben ir saltando de un contexto a otro en geografías cambiantes. Puesto que ahora la economía se dirige desde los grandes nodos urbanos, y puesto que son las ideas y el diseño lo que impera, Ascher propone que la economía de nuestra era es una “economía cognitiva”.

Finalmente, y antes de pasar a las propuestas urbanas, en las que no entraremos, destaca los cinco grandes cambios que caracterizan esta tercera revolución urbana:

  • la metapolización, es decir, la acumulación en territorios cada vez más grandes pero ya no sólo de urbes anexionadas, sino de espacios diversos organizados para la obtención masiva de capital;
  • la transformación del sistema de movilidad urbana, ocasionado por las nuevas formas de mercado (por ejemplo, aunque incipiente en el momento de redacción del texto pero acusado en nuestros días, la aparición de grandes almacenes alejados de los centros urbanos y dedicados al comercio online);
  • la individualización del espacio-tiempo, que supone, por un lado, la necesidad individual de movilidad (por ejemplo: el auge de las bicicletas y los patinetes), puesto que cada vez hay mayor diversidad de formas de vivir la ciudad; y, por extensión, la necesidad o voluntad de habitar espacios distintos aunque colindantes, lo que nos lleva al concepto de territoriantes de Francesc Muñoz;
  • redefinición de los intereses individuales y colectivos, puesto que espacios tan enormes incluyen una gran complejidad de personas con intereses alternos o incluso opuestos;
  • y, finalmente, el avance de los riesgos; aunque tal vez sería más acertado hablar del avance de las incertidumbres, generado por la (aparente) enormidad de elección que se nos presenta en cada momento.

Barrios corsarios, Giuseppe Aricó, José A. Mansilla y Marco Luca Stanchieri

Barrios corsarios. Memoria histórica, luchas urbanas y cambio social en los márgenes de la ciudad neoliberal es una serie de artículos alrededor de los conceptos de centro (o centros) y periferias urbanos. Está coordinado por los antropólogos urbanos Giuseppe Aricó, José A. Mansilla y Marco Luca Stanchieri, los mismos que coordinaron Mierda de ciudad. Una rearticulación crítica del urbanismo neoliberal desde las ciencias sociales (2015) y, como entonces, se trata de una publicación del Observatori d’Antropologia del Conflicte Urbà (pol·len edicions, 2016), un colectivo dedicado al estudio del conflicto en la ciudad.

Así, por centro se entiende el principio de orden, unidad y coherencia que estaría en el corazón de todo sistema, mientras que por periferia se haría referencia los elementos “desordenados” y “desorganizados” que gravitan en la frontera de dicho sistema escapándose, supuestamente, a su empresa. (p. 17)

“La periferia encarnaría una transición física y social: el tránsito desde un territorio delimitado y dominado por el ordenamiento racional de la ley y el urbanismo hacia un territorio sin límites ni confines. Un territorio geográfico y, a la vez, simbólico, consustancialmente atravesado por la imprevisibilidad y la “a-legalidad” de unas relaciones sociales que se escapan a la supuesta centralidad urbana”, insisten los coordinadores en la presentación del libro. El ejemplo lo tenemos en los nombres de las calles: si las centrales hacen referencia a grandes hechos y personas ilustres de la historia oficial, a medida que se alejan del centro se recurre a constelaciones, planetas, vientos, mares y otros azares genéricos.

Puesto que los centros de las ciudades van cambiando y creciendo, los barrios cercanos, antes periféricos, se gentrifican y son recuperados por el capital para solaz del consumo y las clases medias (y vienen a la mente las palabras de Lefebvre, citadas en algún artículo del libro, de que probablemente el objetivo del urbanismo no haya sido otro que sofocar lo urbano). Por el camino, los habitantes de estos barrios son expulsados y substituidos por otros de clases más altas. No siempre se trata de gentrificación, sino de un catálogo de formas distintas en que la ciudad se apropia de espacio colectivo para destinarlo a unos fines institucionalmente sancionados. La imposición de una determinada idea de ciudad que pasa, siempre, por la obtención de rédito económico.

Teniendo en cuenta el origen del Observatori, bastantes de los artículos giran alrededor de la ciudad de Barcelona. Es el caso de “Luchas centrales en barrios periféricos. La “intifada del Besòs”, Santa Adrià del Besòs, octubre 1990″, de Manuel Delgado, que disecciona el conflicto entre autoridades y vecinos de esta población cercana a Barcelona a raíz de que un espacio vacío, el Solar de la Palmera, fuese destinado por el ayuntamiento a la construcción de viviendas de protección social para los habitantes del vecino barrio de La Mina.

El tema es complejo. Por un lado, el contexto es el de una Barcelona que, con la excusa de los Juegos Olímpicos del 92, está renovando por completo su ciudad, esto es: interviniendo, barrio por barrio, para sanearlos, expulsar a los vecinos originales y convertirse en una ciudad hermosa, esto es una, en una ciudad marca capaz de atraer a los turistas, el famoso “modelo Barcelona”.

Además, Delgado hace otra distinción: entre periferiedad, suburbialidad y marginalismo:

  • el suburbio es, en urbanismo, “una unidad territorial con niveles de calidad considerados comparativamente por debajo de los estándares medios tenidos por correctos”;
  • el barrio periférico incorpora a la definición “un criterio de distancia no sólo física, sino también estructural, respecto de un centro urbano dado con el que mantiene relaciones de subsidiariedad y dependencia”;
  • finalmente, “la noción de marginalidad no es ni de nivel ni de estructura; no es ni material ni funcional; es ante todo moral, puesto que alude a la condición inaceptable de aquello o aquellos a quienes se aplica”; no está en el orden moral, sino fuera de él. “Lo que existe, pero no debería existir.”

La zona del conflicto era el cortafuegos que separaba, no sólo los dos barrios, sino las distintas concepciones que los definían: por un lado el Besòs, barrio claramente obrero, suburbio, sí; por el otro La Mina, barrio marginal completamente estigmatizado y donde habitan los excluidos. El solar de la Palmera llevaba tiempo siendo reivindicado por los vecinos del Besòs como un lugar donde construir equipamientos esenciales para el barrio y, sin embargo, el ayuntamiento quería realojar allí a algunos habitantes de La Mina.

El hecho de fondo es que Barcelona estaba reapropiándose de espacios cada vez más amplios de la ciudad para convertirla en algo hermoso y fotografiable; y, por el camino, expulsaba a unos habitantes que ahora le sobraban de un barrio que quería recuperar y los situaba en un barrio obrero doblemente castigado: por un lado, porque impedía que en ese solar se construyesen equipamientos que ellos consideraban como más urgentes; y, por el otro, atravesando la frontera entre el obrero y el marginal y condenándolos a un nuevo estigma. Todo, recordemos, simplemente en aras de dejar bonita la ciudad para los Juegos Olímpicos (y sus potenciales inversores; de ahí, por ejemplo, que el Mobile se haya celebrado durante tantos años en Barcelona).

Nunca sabremos cuál habría sido la reacción del vecindario si el destino previsto para aquel descampado no hubieran sido los anhelados equipamientos, sino cualquiera de las grandes operaciones infraestructurales o inmobiliarias que acompañarían los fastos olímpicos. Por su parte, a los administradores políticos y urbanísticos, tanto de Barcelona como de Sant Adrià del Besòs, se les planteaba entonces un problema que es el mismo que se les plantea ahora, que es dónde meter todo lo que de indeseable genera el sistema social que regentan a la hora de poner en venta sus ciudades. (p. 72)

El siguiente artículo, “La pulverización de una colonia obrera: un barrio bajo atrapado en una zona alta”, detalla la destrucción de la Colònica Castells, una zona específica situada en el barrio de Les Cortes que, a medida que el barrio se iba volviendo cada vez más reducto de las clases altas, iba quedando sitiada y amenazada por todos los frentes oficiales. El autor, Marc Dalmau, se refiere a la zona como “cultura de los pasajes”, en referencia a un lugar donde habitaba una comunidad y no unos vecinos. En parte, espacio dominado y pautado por mujeres (ya hablamos de las redes que tejían las mujeres en La cultura de los suburbios y nos lo recordó hace poco Berman en Todo lo sólido se desvanece en el aire), la descripción que hace Dalmau (vecinos que salían a la puerta de casa con sus sillas, casas siempre abiertas, membranas porosas, espacios comunales, resolución de los conflictos por parte de los propios vecinos) nos lleva a un planteamiento: ¿es esta forma de comunidad vecinal el ideal para una ciudad? Tal vez por las palabras de vorágine y modernidad que leíamos, precisamente, en la obra de Berman, nos queda la duda de por qué esas loas a una comunidad tan cerrada. Eso no supone defender la destrucción de un espacio en función de la rentabilidad de los solares colindantes, claro; pero tampoco habría que reclamar un retorno al pasado en un lugar entregado a lo urbano. Las formas de relación en las ciudades son distintas; ya lo dijo Wirth hace cerca de un siglo, y ni siquiera fue el primero.

“Cuando la calle era nuestra. Acuartelamiento de la infancia y desaparición de la cultura infantil de la calle”, de Marta Contijoch, se centra en un tema maravilloso: las hogueras que se encendían en numerosísimos espacios del litoral catalán durante la noche de San Juan y que, progresivamente, han sido erradicadas. Sin embargo, el artículo lo explora desde el punto de vista de la infancia y un espacio de autonomía que han perdido. Sorprende, por otro lado, que a menudo en el texto se hable de “los niños y las niñas”, dando a entender que el masculino no es neutro y, por lo tanto, hace referencia sólo a los varones; y, sin embargo, en tantas otras ocasiones se habla sólo de “los niños” usándolo como genérico, con lo que queda la duda de si se trata sólo de ellos o de ellos y ellas.

“A la sombra de Chueca. Alternativas a la visión dominante del Madrid LGTB”, de Ignacio Elpidio Domínguez, sigue la evolución de la celebración del Orgullo Gay (ahora LGTBI) en Madrid desde sus orígenes hasta el surgimiento de un “segundo Orgullo” en el barrio de Lavapiés. Para ello recorre parte de la historia de Chueca, barrio clásico gay de la ciudad, hasta situar sus orígenes como algo completamente mercantilizado. Ojo: se llevó a cabo un segundo Orgullo porque se consideraba que el primero, sobre todo desde la celebración de Madrid como capital gay mundial, se había “mercantilizado”, esto es, había perdido su factor reivindicativo (de las revueltas de Stonewall en Nueva York que dieron origen al orgullo) en favor de una celebración popular con carrozas y festiva, más destinada a divertirse y recaudar dinero que a reivindicar derechos pendientes. Sin embargo, Domínguez explica que Chueca se convirtió en el barrio gay por una serie de confluencias, algunas de las cuales fueron, por supuesto, el precio de los inmuebles y la vivienda en la zona cuando los homosexuales empezaron a buscar lugares específicos donde vivir.

Desde esta óptica, me atrevería a decir que fue precisamente la situación “degradada” de la Chueca pre-gay la que posibilitó el despliegue espacial de negocios y viviendas de una minoría que, por la situación de invisibilidad, no podía permitirse otras zonas. En esta dirección, el perfil socio-espacial de una minoría discriminada y las condiciones materiales de una serie de plazas y calles fueron los dos principales factores que confluyeron y condicionaron el desarrollo de la Chueca que conocemos hoy. Al depender de un espacio bajo la frontera del diferencial de renta, tal y como lo ha tratado buena parte de la literatura centrada en la gentrificación (Lees, Slater y Wily, 2007; Neil Smith 2012 [1996]), el espacio propio de la minoría “nació” ya de por sí mercantilizado. (p. 141)

Por ello, Lavapiés podría acabar convirtiéndose en un “segundo gueto, caracterizado y protagonizado por agentes que, pese a compartir minoría con los y las de Chueca, no tienen por qué participar o sentirse parte de la misma comunidad” (p. 147)

Tras los siguientes artículos, que exploran temáticas similares en Burgos, Tarragona, Sao Paulo y Guadalajara (México), el epílogo, de nuevo firmado por los tres coordinadores, trata de desmontar la historia “oficial” del modelo urbanístico Barcelona. Se ha propuesto, de forma genérica, que Barcelona vivió un gran cambio a partir de los Juegos Olímpicos del 92 y que supo aprovecharlo, encadenando promoción urbanística con reforma inmobiliaria hasta situarse por completo en el mapa global. “La salvaguarda ininterumpida del poder de clase. Una visión alternativa a la “teoría de las etapas” en el urbanismo barcelonés” trata de desmontar esta clasificación y recuerda que, ya durante el franquismo, el alcalde Porcioles fue un instrumento colocado por la connivencia entre las autoridades del régimen y los poderes locales con el objetivo de remodelar Barcelona y obtener beneficios por el camino. De hecho, nos viene a la mente La época de las metrópolis, de Clemens Zimmermann, donde ya hablaba de que la burguesía catalana siempre había tenido el sueño de convertir Barcelona en una ciudad internacional.

De este modo, la era porciolista dio literalmente lugar a lo que conocemos como “el urbanismo de las grandes obras públicas”, un eufemismo bajo el cual se esconde la colaboración pionera entre los sectores público y privado en la promoción de grandes obras que facilitaban enormes beneficios económicos (…) Fue precisamente durante las décadas de la alcaldía de Porcioles que, gracias a la promoción de grandes planes urbanísticos, diferentes grupos conformados por empresas, constructoras y promotoras inmobiliarias consiguieron consolidar sobremanera su poder político y económico. (p. 223)

Barcelona se convirtió en un laboratorio urbano, proclaman los autores, dando especial protagonismo al “espacio público” con la construcción de plazas duras (es decir, formadas por cemento y con algún arbolito solitario), parques urbanos y rondas verdes. Durante los primeros años tras la recuperación de la democracia, Barcelona vivió un urbanismo puesto al servicio de las reivindicaciones vecinales; sin embargo, con la llegada de los Juegos Olímpicos, todo esto cambió por completo.

El objetivo manifiesto siempre fue “abrir Barcelona al mar”, es decir, recuperar el litoral barcelonés para disfrute de las clases pudientes. “La idea era que las playas que se extendían desde la Barceloneta hasta la Mar Bella, consideradas “poco atendidas”, “subutilizadas” o “abandonadas” a merced de los antiguos barrios chabolistas o industriales, fueran ganando cada vez más espacio para “uso público””. Lo que, por supuesto, se tradujo a considerables movimientos de expulsión de las clases populares que ahí habitaban.

Las palabras del principal arquitecto de la remodelación, Oriol Bohigas, resaltaban la necesidad de “higienizar el centro y monumentalizar la periferia”; monumentalizar en el sentido que le daba Lefebvre al término, es decir, imponer retazos del poder; permitir que el capital lo reapropiase. Asimismo, “uno de los máximos ideólogos y difusores de lo que vino a llamarse “modelo Barcelona” es el sociólogo y urbanista Jordi Borja” (del que hemos leído un par de obras en el blog y del que ya destacamos que confunde la descripción de la ciudad con su anhelo por su determinado modelo de ciudad),

“En definitiva, con los JJ.OO. de 1992 Barcelona se transformó, literalmente, en un modelo de ciudad a seguir, un inédito patrón de “urbanismo redentor” que podía ser exportado (…) a otras realidades metropolitanas”. ¿El lema de la ciudad? Barcelona: la mejor tienda del mundo.

El proceso generó unas dinámicas de gentrificación aceleradas, forzando al capital a apropiarse de barrios hasta entonces considerados periféricos y pasando a ver los barrios aún más alejados como potenciales objetivos de especulación inmobiliaria. Por el camino, todos esos proyectos fueron realizados siempre por el ayuntamiento en connivencia con intereses empresariales, en los famosos PPP (public-private partnership).

Los autores acaban el artículo con una crítica al nuevo consistorio, liderado por Ada Colau, que si bien se presenta como una candidatura popular y de izquierdas, es continuista con el modelo Barcelona y su urbanismo “amable, edulcorado”, de espacio público abierto a todos que trata de amortiguar los conflictos invisibilizándolos o expulsándolos a barrios más lejanos.

Asimismo, esta “nueva” forma de intervenir social y urbanísticamente en la ciudad acabaría configurando un potente imaginario colectivo donde la cotidiana conflictividad social, política, económica y cultural de gran parte de la ciudadanía quedaría relegada a las oscuras décadas del franquismo, mostrando el periodo posterior como inherentemente próspero y luminoso. (p. 243)

“Una ciudad que, vale la pena repetirlo, ha olvidado y/o desplazado a las clases populares, así como a sus necesidades reales con el fin último de crear escenarios favorables a la atracción de capitales locales e internacionales.”

Desarrollo desigual (II): escalas, crisis y la tierra plana

Seguimos con el análisis de Desarrollo desigual. Naturaleza, capital y la producción del espacio, de Neil Smith. En la primera entrada vimos el concepto de naturaleza y cómo era contradictorio y avanzaba hasta volverse ideología; y luego recordamos la concepción de la producción del espacio en Lefebvre.

El capital no llega a un mundo en blanco, sino que hereda unas concepciones tanto de la geografía como de la naturaleza. Sin embargo, recordando la frase de Marx: la «naturaleza que precedió a la historia humana […] no existe ya en nuestros días», puesto que ha sido modificada para obtener rédito de ella (incluso aquellas partes de las que no se extrae rédito directo caen bajo esta modificación, como, por ejemplo, la hegemonía del paisaje urbano modifica la concepción del paisaje rural). Lo mismo sucede con la geografía: a medida que el capital se va imponiendo, agrupa los patrones espaciales existentes en “una jerarquía de escalas espaciales cada vez más sistemática”. Estas son la urbana, la del Estado nación y la global (aunque en posteriores epílogos a la obra, el propio Smith ampliará la lista).

La centralización del capital encuentra su más completa expresión geográfica en el desarrollo urbano. Por medio de la centralización del capital, el espacio urbano es capitalizado y transformado en un espacio absoluto de producción. Si bien la diferenciación geográfica fundada en la centralización del capital también acontece en otras escalas espaciales, en estas los resultados no son ni directa ni exclusivamente el producto de la centralización. En la escala urbana, sin embargo, es donde está implicada una combinación de fuerzas más compleja, y donde el patrón final surge con mayor «claridad» que en cualquier otro lugar. (p. 185)

“Con el desarrollo de la ciudad capitalista se produce una diferenciación sistemática entre el lugar de trabajo y el lugar de residencia, entre el espacio de la producción y el espacio de la reproducción-” (p. 185) Diferencia que, no lo olvidemos, tiende a disolverse en estas eras de psicopolítica: el teletrabajo, el llevarse el trabajo a casa, contestar un mail desde el teléfono o ampliar la formación fuera del trabajo; incluso convertir el domicilio en la empresa (youtubers, influencers que comparten su día a día).

Smith defendía, en 1984, que los límites de la producción determinaban los límites de la ciudad (“los límites geográficos de los mercados de trabajo cotidianos expresan los límites de la integración espacial a escala urbana: donde los límites urbanos se han extendido demasiado, la fragmentación y el desequilibrio amenazan la universalización del trabajo abstracto; donde están muy restringidos en términos geográficos, la fuerza de trabajo urbana se encuentra limitada y surge la posibilidad de un estancamiento prematuro en el desarrollo de las fuerzas productivas”), algo que él mismo matizará en los epílogos pero que no ha dejado de tener importancia: gran cantidad de las nuevas formas urbanas que se han establecido a finales del siglo pasado y principios de éste (edge cities, ciudad difusa, ciudad multinodal y tantos otros) responden a las necesidades del capitalismo. No olvidemos que el propio espacio de las ciudades y las viviendas han entrado en el mercado y son ya un producto de consumo.

La siguiente escala es la global, aunque no entraremos en detalle hasta los epílogos. Y la tercera escala es la del Estado-nación.

El capitalismo hereda una estructura geográfica de ciudades-estado, ducados, reinos y otros espacios absolutos localizados y parecidos que están bajo el control de Estados precapitalistas y que el propio capital se encarga de transformar. Con el incremento en la escala de las fuerzas productivas y la internacionalización del capital, el Estado capitalista combina e incorpora algunos de estos Estados de menor tamaño dentro del Estado nación, cuya extensión geográfica tiene su límite inferior en la necesidad de controlar un mercado lo suficientemente grande (de trabajo y mercancías) como para alimentar la acumulación. En su límite superior, un Estado nación muy grande tiene dificultades para mantener el control político sobre su territorio. Sin importar cuánto influya en ella, la determinación real de los límites de la escala del Estado nación no se encuentra en la dialéctica de igualación y diferenciación, sino en la esfera de la política, es decir, en una serie de negociaciones históricas, de compromisos y guerras. Lo que queda determinado de forma precisa es un conjunto de jurisdicciones territoriales establecidas en el paisaje por medio de alambradas, puestos aduaneros, cercas y guardias fronterizos, que da por resultado una subdivisión del planeta en 160 o más espacios absolutos diferenciados.

En el mundo volátil y dinámico de la acumulación de capital, esta subdivisión política del planeta ha sido un arreglo destacable por su estabilidad para organizar la expansión y acumulación de capital. A pesar de cuán sustancial haya sido la reestructuración de los espacios nacionales tras ambas guerras mundiales y la descolonización del mundo subdesarrollado, la similitud del mapa mundial de 1980 con el de 1900 es mayor de lo que uno podría imaginar para un periodo de ocho décadas en la historia del capitalismo. Con toda claridad, la división de la clase trabajadora en unidades nacionales y el fomento de las ideologías nacionalistas fueron factores importantes para producir esta estabilidad. Siempre y cuando la economía mundial continuara creciendo y la acumulación a escala global se lograra por medio de mecanismos económicos de exportación de capital (en todas sus formas) y no por medio de la invasión colonial directa, no hubo necesidad de que el Estado como tal siguiera expandiéndose. De hecho, cuando llega la devaluación y la crisis, la división del mundo en Estados nación demuestra ser un mecanismo útil para desplazar los efectos más destructivos de la competencia del nivel económico de la empresa individual a la esfera política del Estado. (p. 192-3)

¿Por qué las escalas urbana y estatal son tan distintas, en el sentido de que la primera es tan fluida y la segunda, tan rígida? Por un lado, porque el control político directo sobre un territorio no es necesario para su explotación ni para que el capital siga obteniendo réditos. Por el otro, por la creación de ciertas instituciones internacionales (FMI, Banco Mundial, ONU) que cumplen algunas de las funciones de un Estado internacional. Y, por el otro, por la necesidad de un control político más directo de la clase obrera: “Es difícil imaginar que, después de la Primera Guerra Mundial, el capital británico pudiera haber controlado a los trabajadores alemanes desde Londres o que, después de la Segunda Guerra Mundial, los trabajadores europeos pudieran haber sido controlados desde Washington, DC” (p. 194)

Si tomamos prestada la imagen de Nigel Harris, el capital es como una plaga de langostas: se asienta en un lugar y lo devora todo para luego moverse y azotar otro. Más aún, en el proceso de recuperación del azote, la región madura y facilita el siguiente ataque de la plaga. Así, el desarrollo desigual es, en última instancia, la expresión geográfica de las contradicciones del capital, donde el anclaje geográfico del valor de uso y la fluidez del valor de cambio se traducen en las tendencias contradictorias de la diferenciación y la igualación. (p. 203)

En las conclusiones, Smith destaca el papel que juegan las crisis en la configuración del espacio. Durante las crisis “se delimitan nuevos patrones [geográficos] como parte de una reestructuración del espacio geográfico que no tiene precedentes” y “en los periodos de expansión esto equivale a rellenar los patrones más o menos establecidos de un momento histórico anterior”. Además de poner el ejemplo de la Segunda Guerra Mundial, señala que su época (recordemos: el libro es de 1984) también es uno de estos momentos de crisis, refiriéndose a todos los cambios que se sucedieron tras las crisis económicas de 1973 y que supusieron el fin del fordismo y del estado del bienestar y la contraofensiva del capital por medio de la devaluación de las rentas del trabajo y la globalización.

El primer epílogo data de 1990 y recorre algunos cambios en la concepción del espacio. “En su obra Postmodern Geographies, Ed Soja realiza la crónica y analiza de forma incisiva el redescubrimiento del espacio en el trabajo de Foucault, Poulantzas, Sartre, Althusser, Giddens y Habermas, por nombrar solo algunos.” Durante todo el siglo XX han ido, por un lado, “el arraigado historicismo de la teoría social” y, por el otro, “el aislamiento introspectivo que domina la mayor parte de la geografía del siglo XX” hasta que, en sus últimas décadas, ambos tienden puentes para tratar de encontrarse.

El planteamiento de Frederic Jameson es tal vez el más notable, entre los realizados de forma externa al discurso geográfico, que ha tratado de devolver centralidad al espacio. En 1984, Jameson argumentó que «un modelo de cultura política apropiado para nuestra situación tendría que preguntarse por necesidad acerca de las cuestiones espaciales, en tanto son estas su preocupación constitutiva central». Si damos crédito a la improbable fuente de Kevin Lynch, Jameson defiende la sugerencia de que «una estética de la cartografía cognitiva» es el enfoque apropiado para esta política cultural. Desde el discurso geográfico, el trabajo de David Harvey ha sido, sin duda, el de mayor influencia desde los años ochenta por sus esfuerzos para establecer un «materialismo histórico geográfico». Si hay una «nueva espacialidad implícita en lo posmoderno», como sugiere Jameson, esta podría explicar el amplio entusiasmo generado por La condición de la postmodernidad de Harvey. En esta obra trata de conectar el léxico cultural que caracteriza al posmodernismo con el sentido de los cambios políticos, económicos y sociales que acompañan la reconfiguración del capitalismo tardío. Aquí los paralelismos entre Jameson y Harvey, a propósito de la reafirmación del espacio, son innegables, aunque se aproximan a ella desde diferentes puntos. (p. 220)

Recordemos que Jameson acababa El posmodernismo o la lógica cultural del capitalismo avanzado con una invitación a trazar nuevos mapas cognitivos e incluso a trazar una ruptura con “el espacio mundial del capital multinacional” para dejar de ser “neutralizados por nuestra doble confusión espacial y social”.

Además, vuelve a La producción del espacio de Lefebvre para loar el modo en que el francés distinguió los tres tipos de espacios: el real o social, el ideal o mental y el espacio metafórico.

Hay en la obra de Lefebvre un planteamiento acerca de que el espacio contemporáneo del capitalismo es una metáfora. Y si tomamos prestada la frase con la que Habermas describió al modernismo, diríamos que para Lefebvre el espacio se volvió «dominante y a la vez quedó muerto» con el advenimiento del capitalismo del siglo XX. En este caso, la muerte del espacio es provocada por la representación abstracta que de él produce el capitalismo. El mundo de la producción y del intercambio de mercancías, la lógica y las estrategias de comunicación, el régimen opresivo del Estado, la expansión de las redes de transporte y comunicación, todo ello ha producido un espacio abstracto que, simultáneamente, se desconecta de los paisajes de la vida cotidiana y aplasta las diferencias existentes. Es así que el espacio es «llevado a la ruina». «El Estado aplasta al tiempo al reducir las diferencias a repeticiones y circularidades […] El espacio regresa en su forma hegeliana», como un espacio que de hecho está muerto porque es una imposición conceptual del Estado, que es la razón por la que es también dominante. Esta dominación tiene un doble sentido porque el espacio es productor y reproductor primario de las relaciones sociales y, a la vez, fuente de una violencia opresora: una faceta de «la producción del espacio abstracto» es «la metaforización general que, al ser aplicada a las esferas histórica y acumulativa, las transfiere a ese espacio donde la violencia está investida de racionalidad y donde una racionalidad de la unificación es usada para justificar la violencia». (p. 224)

Smith lo ejemplifica con la gentrificación en Nueva York y cómo las autoridades tratan de dar significado al espacio. El ayuntamiento, en el momento en que considera algunos espacios estigmatizados (paso previo a la gentrificación), “los da por perdidos” y organiza una redada policial para reconquistarlos; o, como traduce Smith: “devolverlo al espacio abstracto controlado por el Estado, en términos de Lefebvre”. Los manifestantes coreaban la consigna: “¿De quién es el parque? ¡Nuestro!”.

Lo importante de este ejemplo está en destacar el papel de la escala de la lucha por el control del espacio. Esta empezó como una lucha por el parque, pero su escala se expandió geográficamente hasta llegar a comprender a todo el barrio como parte de la expansión política de la lucha, incluyendo a diferentes grupos y tipos de organizaciones y lugares. Esto sugiere que la política espacial no solo pone en práctica la metáfora de que los acontecimientos «toman lugar», también revela que la verdadera contienda se refiere al lugar del poder para determinar la escala de lucha: quién define el lugar a ser tomado (el fragmento o fragmentos de Lefebvre) y sus fronteras. Esto también sugiere que las luchas exitosas en contra del espacio abstracto avanzan «saltando escalas». Al organizar los espacios fractales al nivel de una escala en un lugar consistente y conectado, las luchas pueden moverse hacia la siguiente escala en la jerarquía. De ahí la importancia de entender la producción del espacio como la producción de una jerarquía de escalas anidadas dentro de la escala global, y de entender cómo se construyen estas jerarquías. (p. 230)

El segundo epílogo data de finales de 2007.

En los últimos 25 años, desde que se escribió Desarrollo desigual, el capitalismo y su geografía han cambiado de manera notable. La globalización, la informatización de la vida cotidiana, la implosión del Estado socialista en la Unión Soviética y Europa del Este, la reafirmación de la religión en la política mundial, la revolución industrial sin precedentes en el este de Asia y la concomitante capitalización de China, los movimientos antiglobalización y por la justicia social mundial, el calentamiento global, la generalización de la gentrificación como política urbana mundial, el ascenso de la biotecnología, el Estado neoliberal, la guerra por la hegemonía global dirigida por Estados Unidos bajo el disfraz de la guerra contra el terrorismo: estos y muchos otros procesos han alterado de forma profunda la faz del capitalismo del siglo XXI. La que fuera la estable división de posguerra entre el Primer, el Segundo y el Tercer Mundo, que ya era sospechosa en la década de 1980, carece en nuestros días de cualquier coherencia y nos resulta curiosa y tan propia de los años setenta. Asimismo, resulta sospechosa cualquier distinción precisa entre lo rural y lo urbano en un mundo que está urbanizado en un 50 %, de la misma manera que cualquier división entre la ciudad central y el suburbio en la era de los centros gentrificados y las periferias corporativas de vanguardia. Frente a esto, la desigualdad del desarrollo capitalista nos parece más fragmentada que nunca en sus múltiples frentes. (p. 237)

Smith se siente tentado de incluir en esta lista el 11S, pero lo rechaza porque lo esencial no fue tanto el acontecimiento como las reacciones a él, usadas por Estados Unidos “para consolidar la hegemonía global -tan deseada, esporádica y, en última instancia, quimérica- de la clase dominante asentada en Estados Unidos”. El desarrollo desigual, como demuestra con los muchos ejemplos que propone, no ha hecho más que expandirse y convertirse en el rostro del capitalismo; un capitalismo desbocado que se da por sentado, que se concibe como algo natural, a lo que es impensable ponerle trabas.

Finalmente Smith habla de The World is Flat, novela del autor Thomas Friedman donde explica la revelación que sintió al estar jugando a golf en el Silicon Valley” de la India, rodeado por los mismos rascacielos, personas y empresas que podrían rodearlo en Nueva York. “Cariño”, le dijo a su esposa, “el mundo es plano”. En efecto, el embate neoliberal de la economía estadounidense ha homogeneizado el planeta hasta el punto de suponer “el fin de la geografía”.

Pero esta concepción es falsa, claro. Cuando llegó la crisis económica de finales del siglo XX… ¿qué nombre recibió? La crisis asiática; ah, las fronteras habían vuelto. La geografía sólo ha muerto para una clase pudiente que dispone de gran cantidad de lugares en el mundo fabricados a imagen y semejanza de aquellos que consideran suyos. Enormes rascacielos, oficinas a las que se accede en coche privado con chófer, aeropuertos cerca de esos espacios para que no tengan que perder tiempo en desplazamientos, clubes de golf y de campo, hoteles de lujo y restaurantes de estrella Michelin pueblan el planeta.

El Marx del que Friedman se olvida es el Marx de la teoría de la crisis, la división del trabajo, la clase social, la muerte por pobreza, así como el Marx de la crítica contundente a las fantasías de autorrealización capitalistas, que suponen que competencia, propiedad privada y avaricia de clase políticamente sancionadas y orquestadas nos llevarán a todos, de alguna manera, hacia un mundo mejor. Friedman ignora por completo al Marx que señaló que las fuerzas de diferenciación están profundamente arraigadas y son fundamentales para el funcionamiento y la supervivencia del capitalismo. Esta postura puede deberse a que Friedman es un determinista tecnológico confeso, cuya creencia le hace pensar que la tecnología puede abatir todas las enfermedades sociales y que la clase es un «actitud mental» —una actitud que puede seducir y hacer parecer que el mundo es plano cuando uno tiene la posibilidad de pagarse un billete y volar a voluntad a ocho mil metros de altura de manera confortable en los asientos de primera clase—. No obstante, para quienes están abajo, ya sea en el altiplano de Zimbabue o en el delta de Bangladesh, el precio de ese pasaje supera con mucho su ingreso anual, y el estilo de vida neoyorquino de rentas mensuales de 7.000 dólares por apartamentos multimillonarios —incluso de una sola habitación—, tiene la apariencia de una montaña imposible de escalar. Para ellos, Nueva York solo puede ser visto en la distancia.

En un breve intermedio, Friedman reconoce que el mundo no es del todo plano, pero insiste en que las fuerzas aplanadoras van a predominar. Y puesto que él lucha por mitigar la pobreza, apoya a la Fundación Bill y Melinda Gates, cuyo caritativo lema es: «Colaboraremos horizontalmente». Esta eliminación de la verticalidad del poder es conveniente e interesada, dada la capacidad del capital financiero de Microsoft, de tal modo que el respaldo otorgado por Friedman a la ontología plana que define la visión de Gates, solo termina por suavizar con efectividad la desigualdad global. En la práctica, el desarrollo geográfico desigual es el producto de la dialéctica entre las tendencias contradictorias de la igualación y la diferenciación. (p. 250-1)

Se nos ha dicho de manera insistente que el globalismo neoliberal ha cambiado el mundo, pero si algo ha reafirmado una y otra vez son los fundamentos del capitalismo liberal; y esto lo ha logrado sin necesidad de eliminar al Estado y su regulación. Aunque muchos Estados se han desentendido de la responsabilidad asociada a la reproducción social de sus poblaciones, es cierto también que los aparatos del Estado se han convertido de manera selectiva en entidades empresariales, lo que quiere decir que se han convertido en catalizadores de una expansión capitalista sin precedente.

(…) En la década de 1970, la escala de acumulación de capital en las economías más ricas del mundo había superado la habilidad de los Estados nación para regular la actividad económica interna. La actividad económica se desbordó cada vez más sobre y a través de las fronteras nacionales, exigiendo una desregulación nacional, al tiempo que una regulación internacional. En la década de 1980, la mayor parte de las transacciones económicas a través de las fronteras fueron intraempresariales, es decir, se realizaron dentro de las propias corporaciones. En este contexto, la idea misma de la existencia de distintas economías nacionales se volvió cada vez más inapropiada. La posibilidad de un capitalismo globalmente integrado había sido planteada con anterioridad. De hecho, la propuesta de una «Doctrina Monroe global», elaborada por Woodrow Wilson después de la Primera Guerra Mundial, esbozó una versión viable de la ambición estadounidense global (que no continental). Esta primera idea fue derrotada por la resistencia interna, la oposición externa y por un nacionalismo reaccionario endógeno. Un segundo intento se produjo, tras el final de la Segunda Guerra Mundial, con la fundación de la Organización de las Naciones Unidas y, en especial, del Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y el Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (más tarde llamado Organización Mundial de Comercio). Este intento se frustró por la Guerra Fría, a la vez que se recurría a un nacionalismo regresivo y autodestructivo. Durante mucho tiempo inactivas, estas instituciones surgidas de la Segunda Guerra Mundial volvieron a la vida después de los años setenta, justo al avecinarse el tercer intento de la ambición global estadounidense. Esta nueva jugada en pro del poder global —reinventada como neoliberalismo y como solución a las crisis de los años setenta, que fueron descritas en la primera edición de este libro— recibió un impulso significativo desde el final de la Guerra Fría, pero de ninguna manera coincidió con un proyecto de americanización. En realidad, se trataba de un proyecto de clase que unía por interés común —incluso cuando peleaban acerca de cómo competir entre sí— a diversos grupos dominantes localizados alrededor del mundo, desde Washington hasta Pretoria y desde Shanghái hasta Ciudad de México. Del mismo modo, el neoliberalismo vinculó de forma creciente a los trabajadores textiles de Dacca, Bangladesh, con los de Nueva York, y a los recolectores de plátano en el Caribe con los sindicatos europeos. Desde la década de 1980, las victorias del movimiento de los trabajadores han sido sobrepasadas con mucho por las derrotas. La norma es ahora la organización internacional y no la nacional. Junto con el intermitente movimiento antiguerra y los distintos frentes del movimiento global por la justicia social, los trabajadores han logrado al menos hacer del neoliberalismo y la globalización los objetivos de una aguda atención crítica, de una nueva ola de protesta y de oposición política.

El desarrollo desigual en la escala global ha estado asociado a una descomunal desigualdad social y geográfica dentro de las economías nacionales, lo que resulta visible no solo en economías ascendentes como la china o la india, también en el corazón del capitalismo del siglo XXI, en Estados Unidos, la desigualdad económica se ha profundizado. Esta nación siempre se ha caracterizado por una enorme desigualdad social, y aunque en el cuarto de siglo posterior a la Segunda Guerra Mundial esta permaneció estable e incluso disminuyó en ocasiones, hacia principios de los años setenta, la desigualdad socioeconómica se intensificó rápidamente. En concreto, mientras en las últimas cuatro décadas los salarios de los trabajadores han permanecido fijos o han disminuido, los ingresos del 1 % más rico se han triplicado.

(…) En la escala urbana, la gentrificación, que a principios de los años ochenta era todavía un fenómeno emergente, se ha convertido en una estrategia urbana global. La espectacular inversión en los centros urbanos ya no es una experiencia exclusiva de Londres, Sidney, Nueva York o Amsterdam, sino de muchas otras ciudades alrededor del mundo. La gentrificación ha florecido de manera horizontal y vertical, afectando a ciudades en todos los continentes (excepto, presumiblemente, la Antártida), alcanzando también a las ciudades que se encuentran en lo más bajo de la jerarquía urbana. La gentrificación ha pasado de ser un acontecimiento aislado de mercados de vivienda selectos a un elemento dominante de las políticas de planeación urbana. Cuando se combina con la suburbanización global de las ciudades, hace parecer profético el pronóstico de Henri Lefebvre, quien en 1970 planteó que la urbanización reemplazaría a la industrialización como motor del cambio social. Así, la construcción de la ciudad se ha convertido en una fuerza geográfica motora de la acumulación de capital, es decir, en una fuente de producción de abundantes plusvalías. El gobierno financiero y las funciones de control de la economía global podrán estar todavía concentradas en Nueva York, Tokio y Londres, pero las nuevas ciudades globales de Asia, de América Latina y, cada vez más, de África, son los nuevos talleres del capital global. El urbanismo global es un proceso bastante contradictorio —que viene alimentado de manera centralizada por la migración campo-ciudad que contribuye a sostener la industrialización—; de acuerdo con la Organización de las Naciones Unidas, en 2006 la población urbana mundial excedió por primera vez el 50 % del total de la población mundial. Por su parte, la gentrificación centraliza la ciudad, la suburbanización la descentraliza y la migración campo-ciudad conduce a la recentralización de la metrópolis. Y cada uno de estos procesos demanda un análisis escalar del desarrollo urbano desigual en un mundo globalizado. (p. 255-258)

Acabamos con las palabras de Donna Haraway, “una de nuestras más creativas pensadoras, ante un público atónito: «Si tuviera que ser honesta conmigo misma, he perdido la habilidad de pensar cómo sería un mundo más allá del capitalismo».

Desarrollo desigual, Neil Smith

Neil Smith, geógrafo escocés que se trasladó a Estados Unidos, estudió a lo largo de su vida el modo como el capital configura el espacio. De él leímos ya La nueva frontera urbana. Ciudad revanchista y gentrificación, un libro de 1996 donde ahondaba en los casos de gentrificación y apropiación capitalista del espacio público y buceaban en sus causas hasta dar con la diferencia (o el diferencial) de renta: la máxima distancia entre lo que vale un edificio semiabandonado y lo que puede llegar a valer si su zona se revaloriza. En ese rent gap es donde se hallan las causas de la gentrificación y explica por qué las autoridades dejan de invertir voluntariamente en determinados barrios y zonas hasta que sus precios se desploman, momento en que el capital acude vorazmente a la zona, obtiene grandes réditos y, tras la expulsión de los vecinos originales, los sustituye por unos de renta más alta.

Desarrollo desigual. Naturaleza, capital y producción del espacio (1984, 2ª edición en 1990 y 3ª en 2008; leemos la traducción de León Felipe Téllez Contreras, Traficantes de Sueños, 2020) procede del mismo modo y traza las complejas relaciones entre el concepto de naturaleza, que ha ido evolucionando a lo largo de la historia, y cómo se produce el espacio en nuestras sociedades. El gran referente del libro es, por supuesto, Marx, aunque se apoya en geógrafos del siglo XX y encuentra un buen apoyo en las tesis del Lefebvre de La producción del espacio.

Desarrollo desigual no es un libro sencillo. En primer lugar, parte de la geografía, por lo que sus conceptos a veces son distantes de los del blog. Y, en segundo lugar, rastrea cada idea desde sus orígenes y traza toda su evolución, con lo que hay conceptos que, necesariamente, dejaremos algo colgados, y páginas enteras que reproduciremos. El objetivo del libro es llegar al desarrollo desigual: “el emblema de la geografía del capitalismo”.

La lógica del desarrollo desigual deriva específicamente de las tendencias opuestas, inherentes al capital, que se orientan de manera simultánea hacia la diferenciación y la igualación de los niveles y condiciones de producción. El capital es invertido de forma continua en el espacio construido para producir plusvalía y expandir las mismas bases del capital. De la misma manera, el capital es retirado continuamente del espacio construido para desplazarse a otro sitio donde pueda aprovechar la existencia de tasas de ganancia más elevadas. La inmovilización espacial del capital productivo en su forma material es una necesidad, que no resulta ni menor ni mayor, que la circulación perpetua del capital en tanto valor. Así, es posible observar el desarrollo desigual del capitalismo como la expresión geográfica de la más fundamental contradicción entre valor de uso y valor de cambio. (p. 21)

Sí: el concepto recuerda al de coherencia estructurada de la producción y el consumo de David Harvey que vimos en Espacios del capital. No en vano, Harvey y Smith trabajaron juntos durante años (de hecho tienen obras escritas a cuatro manos), se admiraban mutuamente y se ayudaron a desarrollar sus teorías.

Por la tendencia constante a acumular cada vez mayores cantidades de riqueza social, el capital modifica la forma del mundo entero. Ninguna piedra es dejada en su lugar, ninguna relación original con la naturaleza continúa inalterada y ninguna cosa viva queda intacta. Hasta ese punto el capital reúne los problemas de la naturaleza, del espacio y del desarrollo desigual. El desarrollo desigual es el proceso y patrón concreto de producción de la naturaleza capitalista. (p. 22)

Para llegar al desarrollo desigual, Smith analiza la ideología de la naturaleza (I), luego su producción en tanto que ente sometido al capitalismo (II), la relación naturaleza-espacio (III) y, antes de llegar a la teoría del desarrollo desigual en el capítulo V, en el cuarto hablar de los procesos de igualación y diferencia. Como hemos dicho, la reseña será algo desigual, haciendo énfasis en algunos puntos y pasando sobre otros de puntillas.

El concepto de naturaleza en Estados Unidos ha tenido una concepción distinta al europeo. “Si los símbolos sociales dominantes del Viejo Mundo obtenían su fuerza y legitimidad de la historia, los símbolos del Nuevo Mundo lo hacían de la naturaleza” (p. 32). La naturaleza americana era un territorio agreste que había que domesticar; el mito americano hablaba, por lo tanto, de los pioneros, los solitarios que viajaban hacia el Oeste en una conquista del territorio (cuyo símbolo volverá como “pioneros urbanos” en La nueva frontera urbana: los precursores que iban a colonizar un barrio agreste, lleno de “salvajes”).

Tras esta concepción se dio una de “retorno a la naturaleza”, pero estaba propiciada por las clases urbanas, que concebían una naturaleza amable, donde reconectar con los orígenes o que visitar los fines de semana para purificarse del aire de la ciudad.

Tras dar otros muchos ejemplos, Smith llega a un concepto de naturaleza antagónico: la naturaleza es, al tiempo, algo externo y algo que está en nuestro interior.

La concepción de la naturaleza es un producto social y, como vimos a propósito de la naturaleza en la frontera estadounidense, tuvo una clara función social y política. La hostilidad de la naturaleza externa justificó su dominación y la moralidad espiritual de la naturaleza universal generó un modelo de comportamiento social. Esto es lo que se entiende por «ideología» de la naturaleza. (p. 42)

Por un lado, la naturaleza ha sido domesticada hasta el extremo de que sólo algunos efectos naturales muy adversos y puntuales se consideran hostiles (inundaciones, volcanes, terremotos). Y esta domesticación se concibe como algo “natural”. Por el otro lado, la “ideología de la naturaleza” se ha impuesto como una forma de comportamiento social y ciertas actitudes se conciben como “naturales”: “la competencia, la ganancia, la guerra, la propiedad privada, el sexismo, el heterosexismo, el racismo”, atribuyéndose todas ellas a “la naturaleza humana”, no a la historia: “el capitalismo es tratado como un producto inevitable y universal de la naturaleza y no como una contingencia histórica, por lo que, aunque el capitalismo pudiera estar en su apogeo en la actualidad, algunos lo encuentran en la Roma antigua o en las bandas de monos merodeadores, cuya regla es la supervivencia del más fuerte. El capitalismo es naturalizado, y combatirlo es combatir la naturaleza humana.” (p. 43)

Smith se detiene en la concepción de la Escuela de Fránkfurt de la tecnología (que acabarían viendo como algo natural) y también en el progresivo abandono de la escuela, a partir de su segunda generación, cuando “el Instituto reemplazó el conflicto de clase, esa piedra angular de cualquier teoría marxista verdadera, por un nuevo motor de la historia. El énfasis estaba ahora en el conflicto más amplio entre los hombres y la naturaleza.” (p. 58), para centrarse, en general, “en el abuso y la dominación que ejerce en general la especie humana sobre sí misma. La «condición humana», no el capitalismo, se convirtió en el villano histórico y en el blanco político.”

El segundo capítulo ahonda en cómo el capitalismo pasó a producir la naturaleza, a aprovecharla para sus réditos, y la base tal vez se encuentre en la frase de Marx de que la «naturaleza que precedió a la historia humana […] no existe ya en nuestros días», en el sentido de que toda visión (o ideología) que de ella tenemos se basa en cómo explotarla o extraer réditos. Aquí Smith reflexiona también sobre la formación de los Estados, que han acabado encargados de todas aquellas tareas que el capital no considera provechosas (como vigilantes de que la economía ande sin oposición) y de cómo con la llegada de la economía de las mercancías supuso el paso de que la unidad económica fuese la familia a la empresa. Los trabajadores son despojados de los medios de producción y pasan a depender de un salario. La familia, entonces, pasa a ser la encargada de la reproducción de la fuerza de trabajo, tarea que es privatizada: es decir, y de forma tradicional hasta ahora, recaía en las mujeres, las encargadas de criar a los hijos. Esta tarea las familias burguesas podían subarrendarla (contratando niñeras, por ejemplo), pero no así las familias trabajadoras; por ello se habla, en cuanto las mujeres también entran en el mercado laboral, de la “doble carga” que recae sobre ellas. “Con todo, que la familia sea privatizada no significa que toda la reproducción también lo esté, pues el Estado participa de manera profunda en su organización. No solo controla procesos cruciales como la educación, sino que por medio del sistema jurídico controla la forma misma de la familia y administra la opresión de las mujeres por medio del matrimonio y la legislación sobre el divorcio, el aborto, la herencia, entre otros.” (p. 84)

Como condición de su exitoso desarrollo, el capitalismo hereda un mercado para sus bienes que está organizado a escala mundial. Sin embargo, la escala de operación de este modo de circulación obliga al capitalismo a luchar para hacer del modo de producción un proceso igualmente universal. La acumulación por la acumulación y la inherente necesidad de crecimiento económico provocan la expansión y dominio espacial y social del trabajo asalariado. Las expediciones que ayudaron a constituir este mercado mundial fueron eclipsadas con cierta rapidez por el colonialismo, que no solo incorporó a las sociedades precapitalistas en el mercado mundial, sino que les introdujo en la relación específica trabajo-salario. Aunque hay excepciones significativas, entre otras la permanencia de la esclavitud y de relaciones precapitalistas de producción que quedaron al servicio del mercado mundial, el trabajo asalariado se volvió cada vez más universal. Esta universalidad de la relación trabajo-salario en el capitalismo libra a la clase trabajadora y también al capital de cualquier atadura al espacio absoluto. En las sociedades feudales tempranas, los siervos eran anclados a la tierra del señor feudal, por lo que la definición de las relaciones de clase incluyó una definición del espacio absoluto en función de su forma de trabajo. La liberación de la servidumbre solo podía obtenerse huyendo de la tierra del señor feudal y viviendo dentro de los muros de la ciudad por un año y un día. No ocurre así con el trabajador asalariado, quien es definido por una doble libertad: la de vender su fuerza de trabajo como una mercancía y la de carecer de cualquier medio de producción o subsistencia. Es, pues, libre de moverse, y de hecho, en muchos casos, debe dirigirse a la ciudad, en tanto ha sido despojado de cualquier medio para su supervivencia. (p. 122)

El capital intenta desligarse del espacio absoluto disolviéndolo: compartimentándolo en parcelas, por ejemplo, o separándolo en la posesión disjunta de diversos Estados-nación (algo que también observó Harvey y que la geografía de la primera mitad del siglo XX no hizo más que repetir).

En este tercer capítulo, Smith acude finalmente al pensador que más aportó al concepto de la producción del espacio: Henri Lefebvre.

El interés de Lefebvre es menor con respecto al proceso de producción y mayor frente a la reproducción de las relaciones sociales de producción que, explica, «constituyen el proceso central y oculto» de la sociedad capitalista, un proceso que es, en su esencia, espacial. De acuerdo con él, la reproducción de las relaciones sociales de producción se produce no solo en la fábrica o en la sociedad como un todo, «sino en el espacio como un todo»; «el espacio como un todo se ha convertido en el lugar donde se localiza la reproducción de las relaciones de producción». (p. 130)

Luego Edward Soja refinó las teorías de Lefebvre, en concreto la dialéctica espacio-sociedad.

Lefebvre entiende la importancia del espacio geográfico en el capitalismo tardío, pero es incapaz de aprehender la completa relevancia de esta cuestión. La razón de esto no reside únicamente en la indeterminación conceptual relacionada con el espacio, sino también en el intento por vincular la importancia del espacio al proyecto político más amplio que desplaza la problemática de la producción en favor de la reproducción. Esta tesis de la reproducción surge de la experiencia del capitalismo de posguerra, cuando, de hecho, la sociedad capitalista alcanza un nivel notable en el consumo de mercancías y logra integrar, de forma más completa, el proceso de reproducción en la estructura económica. En esto también participa el hecho de que las luchas de la década de 1960 se centraron significativamente en los temas comunitarios y no en las huelgas en los espacios de trabajo. No obstante, aún queda por ver si esto significa, como sugiere Lefebvre, que la reproducción de las relaciones de producción se vuelve la función más determinante, y si la lucha de clases gira más en torno a los problemas de la reproducción que a los del centro de trabajo. (p. 131)

Concluimos aquí la primera entrada y en la segunda analizaremos la teoría del desarrollo desigual, las diversas escalas geográficas que propone Smith y los epílogos que escribió en sendas reediciones del libro (1990 y 2008).

¿Por qué no nos dejan hacer en la calle?, GEA ‘La Corrala’

¿Por qué no nos dejan hacer en la calle? [Prácticas de control social y privatización de los espacios en la ciudad capitalista] forma parte de una trilogía escrita por el Grupo de Estudios Antropológicos ‘La Corrala’, sito en la ciudad de Granada y formado por Ariana Sánchez Cota, Esther García García y Juan Rodríguez Medela. La primera obra fue Aprendiendo a decir NO. Conflictos y resistencias en torno a la forma de concebir y proyectar la ciudad (Rodríguez y Salguero, 2009), donde ya reflexionaban sobre la construcción capitalista que se hace de la ciudad mediante la expulsión de los habitantes originales de los barrios que pueden situar a Granada como destino turístico o potenciar su marca de ciudad. La segunda, Transformación urbana y conflictividad social. La construcción de la Marca Granada 2013-2015 (Rodríguez y Salguero, 2012) ahondaba en el mismo tema pero se centraba en los cambios más evidentes a raíz de la celebración de megaeventos culturales.

En esta tercera obra (2013), los autores se centran en la ordenanza municipal que se aprobó en la ciudad el año 2009 y que seguía los pasos de la que fue pionera en el Estado español en aprobar su propia ordenanza: Barcelona (2006). El caso de Barcelona fue sonado pues su nueva normativa prohibía actos tan baladíes como el de ir sin camiseta por la calle (pues los turistas daban mala imagen), beber alcohol en lugares públicos (ojo: salvo terrazas o cualquier otro lugar sancionado, a ello llegaremos luego), mendicidad, prostitución y tantas otras. Tras el de Barcelona, muchas otras ciudades fueron aprobando sus propias normativas hasta el extremo de que la Federación de Municipios aconseja a todos que lo hagan y ofrece en su página web un modelo estándar para iniciarse.

En la Ordenanza de convivencia de Granada, en vigor desde 2009, aparecen de forma recurrente las nociones de « democracia», «ciudadanía» y «espacio público» sin definir y explicar qué se entiende por cada una de ellas, de manera que parecieran términos absolutos, neutrales y objetivos, cuando de hecho no lo son.

(…) Nuestra propuesta establece que dicha Ordenanza oculta las posibles divergencias que podrían surgir -y que de hecho surgen- en torno a las nociones de ciudadanía y espacio público, a la vez que niega otras maneras de entender qué significa ser ciudadano y espacio público, con la finalidad de otorgar un significado hegemónico y dominante, que permita legislar desde presupuestos de tolerancia cero, aquellas conductas que se relacionan con el desorden social como equivalente a la delincuencia. (p. 21)

La política de la ‘tolerancia cero’ se puede situar en Nueva York en los años 80 y partiría de la teoría de las ventanas rotas de la que hablamos a propósito del libro Metrópolis de Jerome Charyn. Ciertos psicólogos observaron que, si la ventana de un edificio estaba rota, y seguía rota días y días, “incitaba” al delito en los paseantes; es decir, se sobreentendía que nadie se preocupaba por ese lugar y, por lo tanto, que no pasaba nada por romper otra ventana. A partir de ahí, los delitos aumentaban: se rompían ventanas, se vandalizaba el lugar, se okupaba. Los estudias hablaban del umbral de delincuencia: lo fácil o difícil que era cometer un delito en función del contexto.

En la Nueva York de los 80, una ciudad casi en bancarrota y con los servicios sociales bajo mínimos, el metro estaba lleno de pintadas y se percibía como un lugar de delincuencia. Por ello, siguiendo la teoría anterior, se le dio un lavado de cara y los crímenes se redujeron. A partir de ahí se aplicó la misma doctrina en las calles: que ningún crimen, aunque fuese menor, quedase sin castigo, por lo que se aumentó la presencia policial y se redujeron los trámites necesarios para imponer sanciones. Aún más: fuera de las calles toda persona sospechosa; y a partir de ahí se criminalizó a drogadictos, prostitutas, vagabundos, extranjeros.

Ésa es la idea de espacio público que se trata de imponer desde entonces: el de un lugar homogéneo, una ágora entre iguales donde la urbanidad se lleva a cabo envuelta en civismo y respeto, como ya denunciaba Manuel Delgado en el vídeo Espacio público y exclusión social.

De este modo, se promueve cada vez más la transformación del espacio público en propiedad; se afirma que determinados grupos y determinadas acciones producen conflictos, y se niega la posibilidad de que dichos grupos estén reconocidos como interlocutores válidos en el debate.

(…) Al presentar el espacio público como un espacio armónico anterior, parecería que estos grupos no pertenecieran de manera natural al mismo, sino que fueran portadores del conflicto. Esta asociación estereotipada y estigmatizante sirve a las instituciones y a los medios de comunicación de masas para focalizar la acción sobre ellos, con el objetivo de que el espacio público pueda recuperar esa presunta plenitud perdida. (p. 28)

Los ejes sobre los que se centró la Ordenanza en el caso concreto de Granada fueron el botellón, la prostitución, la presencia de gitanos rom en algunos lugares de la ciudad, la mendicidad, los graffiti y la venta ambulante. En todos estos casos se usó la connivencia con los medios de comunicación para crear una alarma social, dar a entender que existe un problema y que éste es insoluble y que, por lo tanto, la única forma de capearlo es imponer sanciones. En todos los casos, sólo se consigue sancionar el hecho y apartarlo del centro de la ciudad, no impedirlo. Los ejemplos son múltiples: los botellones, que se expulsan hacia las afueras; o la prostitución, que al ser sancionadas tanto las trabajadoras como los clientes simplemente se desplazó hacia zonas más peligrosas.

El objetivo de la Ordenanza no es tanto que la policía disponga de una normativa que le permita sancionar distintos hechos, sospechosos de no comulgar con la idea institucionalmente establecida de espacio público, sino sobre todo cambiar la propia concepción del espacio público, conseguir que la ciudadanía interiorice esa nueva concepción. Por ejemplo: en Barcelona está terminantemente prohibido, y muy sancionado, orinar en la calle. Y, sin embargo, jamás se han instalado baños públicos, obligando a todos los habitantes que tengan dicha necesidad a consumir en un espacio privado para poder usar sus instalaciones. O los usos de las playas, donde el baño y la masificación veraniegas son bienvenidas, pero el ocio nocturno o beber en la arena están prohibidos; y se habla entonces de desperdicios y la cantidad de dinero necesario para limpiar las playas. Hay usos que las autoridades permiten; y otros que condenan.

Pero las multas no son el único medio para imponer el uso estándar del espacio público. La instalación de cámaras, la destrucción de escalones para convertirlos en rampas e impedir que los jóvenes se sienten en ellas, los bancos individuales que promueve la arquitectura hostil o programar la limpieza con mangueras de las plazas a las horas de máxima afluencia de la juventud (para que no puedan sentarse en el suelo mojado) son otras formas de imponer esa concepción unívoca que huye del conflicto y que se niega a entender que eso, el conflicto, la pugna por la posesión del espacio y por su uso, forma parte del derecho a la ciudad y es la base de las calles.

Todo lo sólido se desvanece en el aire (y VI): Nueva York

Y con esta entrada concluimos la reseña del maravilloso Todo lo sólido se desvanece en el aire de Marshall Berman (recordemos: introducción, Fausto de Goethe, Marx, Baudelaire y San Petersburgo). El quinto capítulo está centrado en la ciudad de Nueva York, donde nació Berman (en el Bronx, en concreto) y los cambios que sufrió cuando las doctrinas de Robert Moses se fueron imponiendo.

Nueva York ha sido, durante décadas, una de las grandes ciudades del mundo occidental. El hecho de que no sea una capital política la ha desligado de representar países o entidades concretas y la ha dotado de un enorme capital simbólico. “Buena parte de la construcción y el desarrollo de Nueva York durante el siglo pasado debe ser visto como una acción y comunicación simbólica: no ha sido concebida y ejecutada simplemente para satisfacer unas necesidades políticas y económicas inmediatas, sino —lo que es al menos igual de importante— para demostrar al mundo entero lo que pueden construir los hombres modernos y cómo puede ser imaginada y vivida la vida moderna.” (p. 302). Por eso, por ejemplo, el ataque a las Torres Gemelas fue tan significativo: porque arrasó con un símbolo de la modernidad, el progreso y el capital; derribó una de las bases sobre las que se asienta, desde hace siglos, el mundo occidental.

El capítulo se centra en una figura esencial para la ciudad y “probablemente el mayor creador de formas simbólicas de Nueva York en el siglo XX”: Robert Moses. El constructor y promotor se comparaba a sí mismo con Haussmann y tenía la idea de desbrozar Nueva York, especialmente los barrios más densos (y que el urbanismo de la época consideraba como nocivos) para abrir espacio a las autopistas. Eso mismo proyectó para el Bronx: desplazar a 60.000 personas de clase obrera o media baja. Sucedió en la infancia de Berman y, dice, la imagen de las excavadoras demoliendo edificios quedó impresa en su retina. “Sentí una tristeza que, ahora puedo verlo, es endémica de la vida moderna.” (p. 310) El Bronx, del que el autor, como tantos otros de su generación, acabaría huyendo, se convirtió en un gueto, un lugar de bandas y personas dejada de la mano de Dios.

El talento de Moses para la crueldad extravagante, junto con su brillantez visionaria, su energía obsesiva y su ambición megalomaníaca, le permitieron labrarse, a lo largo de los años, una reputación casi mitológica. Se le veía como el último de una larga serie de constructores y destructores titánicos en la historia y la mitología cultural (…)

Sin embargo, al final —después de cuarenta años— la leyenda que cultivara contribuyó a acabar con él: le acarreó miles de enemigos personales, algunos de ellos tan resueltos y llenos de recursos como el propio Moses, que, obsesionados con él, se dedicaron apasionadamente a poner coto al hombre y sus máquinas. (p. 308)

El aspecto esencial de su personalidad, destaca Berman, era su capacidad para convencer al público de que encarnaba las fuerzas de la modernidad, que era alguien dispuesto a hacer lo que debía hacerse, “el espíritu en movimiento de la modernidad”.

El primer logro urbanístico de Moses fue el parque estatal de Jones Beach, en Long Island, a finales de la década de 1920. Es una playa enorme construida de tal manera que, incluso cuando está ocupada por una multitud, presenta un aspecto sereno, a diferencia de, por ejemplo, Coney Island. Había trampa, sin embargo.

Pero Moses hizo que este pecho sólo fuera asequible por mediación de ese otro símbolo tan querido para Gatsby: la luz verde. Sus vías-parque sólo podían ser conocidas desde el coche particular: sus pasos a nivel fueron construidos deliberadamente demasiado bajos para que los autobuses pasaran por ellos, de modo que el transporte público no pudiera llevar grandes masas de la ciudad a la playa. Este era un jardín característicamente tecno-pastoral, abierto únicamente a quienes estuvieran en posesión de las máquinas más recientes —era, recordemos, la época del Ford T—, y una forma de espacio público singularmente privatizada. Moses utilizó el diseño físico como medio de criba social, para cribar a todos aquellos que no tuvieran sus propias ruedas. (p. 312)

Algo que contrasta, por ejemplo, con otro hito de Nueva York: el Central Park de Olmsted, que precisamente lo proyectó como lugar de reunión y encuentro de todas las clases sociales.

En Estados Unidos era la época del New Deal. La crisis del 29 había azotado a todo el mundo y el Estado se lanzó a financiar grandes obras públicas con una serie de objetivos: crear negocio, claro; dar empleo a tantas personas como fuese posible; acelerar y concentrar las economías en las zonas donde construían; pero también dar un nuevo significado a “lo público”, “haciendo demostraciones simbólicas de cómo la vida en Estados Unidos podía ser enriquecida, tanto material como espiritualmente, a través de las obras públicas” (p. 314).

Moses comprendió que los designios de las ciudades se iban a decidir desde Washington, lugar del que fluían los fondos, y se rodeó de un enorme equipo de ingenieros y constructores para llevarlo a cabo. Además, comprendió también que cada obra iba a ser un espectáculo: rodeaba los solares de enormes focos y los trabajadores estaban allí día y noche; el ruido de las máquinas nunca cesaba y siempre había una nube de espectadores atento a lo que sucedía allí.

Tras el éxito conseguido con los parques, Moses pudo pasar a proyectos mayores: “un sistema de autovías, vías-parque y puentes que entrelazaría todo el área metropolitana”. Técnicamente, el proyecto fue una virguería que aún es glosada. Además, ofrecía nuevos puntos desde los que contemplar Manhattan y sus rascacielos, extendiendo el sueño de la modernidad y el progreso. A esta vorágine por un futuro glorioso se le sumó la repercusión del libro Space, time and architecture (1941), de Sigfried Giedion, que glosaba el progreso y presentaba la obra de Moses como la culminación de tres siglos de urbanismo en Nueva York.

Otra apoteosis de Moses fue la de la Feria Mundial de Nueva York, en 1939-1940, inmensa celebración de la tecnología y la industria modernas: «Construyendo el Mundo de Mañana». Dos de los pabellones más populares de la feria —el Futurama de la General Motors, de orientación comercial, y el utópico Democracity— mostraban autopistas urbanas elevadas y vías-parque arteriales que unirían el campo y la ciudad, precisamente como las recién construidas por Moses. Los visitantes, en el camino de ida y vuelta de la feria, mientras recorrían las rutas de Moses y cruzaban sus puentes, podían experimentar directamente parte de ese futuro visionario, y ver que aparentemente, funcionaba. [*]

Y añadimos la nota al pie de Berman porque no tiene desperdicio.

[*] Walter Lippmann parece haber sido uno de los pocos en comprender las implicaciones a largo plazo y los costes ocultos de esta futuro. «La General Motors ha gastado una pequeña fortuna en convencer al público norteamericano», escribía, «de que si desea disfrutar del pleno beneficio de la empresa privada en la fabricación de automóviles, tendrá que reconstruir sus ciudades y sus carreteras a través de la empresa pública».

Y, nos parece, es exactamente lo que está sucediendo con las smart cities: las empresas privadas tratan de convencer a las ciudades de que, para disfrutar de sus sueños de progreso tecnocráticos, “tendrán que reconstruir sus ciudades y sus carreteras a través de la empresa pública”; pero, como ahora las empresas son más listas, ¡además tendrán que pagarles mensualmente las licencias de software y gestión!

A partir de este punto de inflexión, surge la parte oscura de Moses y éste acaba víctima de su propia hybris. Trataba a las personas como objetos; se rodeó de una intrincada red de conexiones que le dio un poder sin precedentes por el que no debía rendir cuentas ante nadie. Sus proyectos, hasta ahora más o menos comprensibles, se convirtieron en arrasar barrios con la excusa de abrir avenidas cada vez mayores; pero éstas ya no disponían de ningún atractivo visual ni pretensiones estéticas; eran el progreso por el progreso. “Entre finales de la década de 1930 y finales de la de 1950, Moses creó o se hizo cargo de una docena de estas autoridades —para parques, puentes, autopistas, túneles, centrales eléctricas, renovación urbana, etcétera—, integrándolas en una máquina inmensamente poderosa, una máquina con innumerables ruedas dentro de otras ruedas, que transformó a sus engranajes en millonarios, incorporando a miles de hombres de negocios y políticos a su cadena de producción, arrastrando inexorablemente a millones de neoyorquinos en su rotación cada vez más amplia.” (p. 321)

Pero Moses no era un ser horrendo que odiase Nueva York, destaca Berman. Seguramente el constructor nunca fue capaz de comprender que, el sueño que tanto perseguía, el de la Exposición Futurama de 1939, en realidad estaba acabando con Nueva York. No era algo constreñido a la ciudad: todo Estados Unidos estaba siendo remodelado, a golpe de fondos federales, para adaptarse a su nueva esencia: el automóvil. La Federal Highway Association, por un lado, llenaba el país de enormes autovías con que conectar espacios; y la Federal Housing Administration, por el otro, vaciaba las ciudades (en general, de familias blancas) realojándolos en barrios residenciales donde sólo había hogares, malls y carreteras para enlazar ambos espacios: los famosos suburbs.

Este nuevo orden integró a toda la nación en un flujo unificado cuya alma fue el automóvil. Este orden concebía las ciudades principalmente como obstáculos al tráfico y como escombreras de viviendas no unificadas y de barrios decadentes, para escapar de los cuales se daría a los norteamericanos todas las facilidades. Miles de barrios urbanos fueron dejados a un lado por este nuevo orden; lo que sucedió con mi Bronx fue únicamente el ejemplo más importante y más espectacular de algo que estaba ocurriendo en todas partes. Tres décadas de construcción masivamente capitalizada de autopistas y suburbanizaciones de la FHA servirían para llevar a millones de personas y puestos de trabajos, y miles de millones de dólares de capital invertido, fuera de las ciudades de Norteamérica, hundiendo a esas ciudades en la crisis y el caos crónicos que hoy en día atenazan a sus habitantes. Este no era en absoluto el objetivo de Moses; pero fue lo que inadvertidamente contribuyó a producir.

Sin embargo, al menos Moses fue honesto con lo que hacía: “pasar el hacha de carnicero”, a diferencia de muchos otros, que se escudaban en el “saneamiento”, “higienización” o el famoso “esponjamiento” de Barcelona, nombres con los que aún hoy en día se justifica la expulsión de procesos como la gentrificación.

Las nuevas obras de Moses obedecían a la estética racionalista de Le Corbusier: enormes espacios de hormigón, “hechos para abrumar e imponer respeto: monolitos de cemento y acero, desprovistos de visión, sutileza o juego, aislados de la ciudad que los rodea por grandes fosos de espacio vacío, impuestos al paisaje con un feroz desprecio por cualquier clase de vida humana o natural” (p. 324). Moses se había ganado el respeto trayendo la modernidad; lo perdió imponiéndola de forma monolítica.

Berman ve en este momento algo más: “la escisión radical entre el modernismo y la modernización”, la pérdida de la interacción dialéctica “entre el despliegue de la modernización del medio -y particularmente del medio urbano-, y el desarrollo del arte y el pensamiento modernistas”. La relación entre el medio y los artistas, presente en el Ulises, el Berlín, Alexanderplatz y tantos otros, se pierde tras Auschwitz, Hiroshima y el advenimiento de artistas que no tienen relación alguna con el medio, ni siquiera para atacarlo: Esperando a Godot, La caída de Camus, El barril mágico de Malamud… Las dos grandes obras de la época, El tambor de hojalata de Grass y El hombre invisible de Ralph Ellison, bucean en un pasado de dos décadas antes; pero no son capaces de extender esas raíces hasta su época.

Poco a poco, el arte y los intelectuales trataron de saltar ese abismo: La condición humana, la Anna Wolf de Doris Lessing, que escribe en unos cuadernos inéditos, o el Moses Herzog de Saul Bellow, que escribe cartas nunca enviadas ” a los grandes poderes de este mundo”. Al final, sin embargo, las cartas se acaban enviando y surgieron nuevas formas, muchas de ellas originadas en los “motores y sistemas gigantescos de la posguerra”, como el Howl de Ginsberg.

Los intelectuales tenían que encontrar una nueva voz capaz de oponerse a la inextricable vinculación entre progreso y modernización, entre el automóvil y avanzar; y “si hay una obra que expresa perfectamente el modernismo de las calles de los años sesenta, es el notable libro de Jane Jacobs Muerte y vida de las grandes ciudades” (p. 331). Jacobs retoma, con innegable modestia, uno de los grandes temas de la literatura: el montaje urbano. “El trozo de la calle Hudson donde vivo es cada día el escenario de un intrincado ballet en la acera.” Retoma las avenidas de París de Baudelaire, la Nevski Prospekt de Gogol, la Dublín de Joyce y tantas otras.

La de Jacobs no sólo es una visión radicalmente moderna y completamente cotidiana: también es profundamente femenina.

Conoce su barrio tan precisa y detalladamente a lo largo de las veinticuatro horas, porque está en él durante todo el día de la forma en que lo están la mayoría de las mujeres normalmente durante todo el día, especialmente cuando se convierten en madres, y en que no lo está casi ninguno de los hombres, excepto cuando se convierten en desempleados crónicos. Conoce a todos los comerciantes, y las vastas redes informales que mantienen, puesto que ella es la encargada de atender a las cuestiones domésticas. Retrata la ecología y fenomenología de las calles con una fidelidad y sensibilidad extrañas, porque ha pasado años llevando niños (primero en cochecitos y sillas y luego en patinetes y bicicletas) por esas aguas agitadas, equilibrando al mismo tiempo las pesadas bolsas de la compra, conversando con los vecinos y tratando de controlar su vida. Buena parte de su autoridad intelectual emana de su perfecta comprensión de las estructuras y procesos de la vida cotidiana. Hace que sus lectores sientan que las mujeres saben lo que es vivir en la ciudad, calle a calle, día a día, mucho mejor que los hombres que las planifican y las construyen. (p. 339)

Su descripción tiene problemas, claro. Por un lado: es tan idílico que parece proclamar un retorno a la comunidad, a una arcadia muy difícil de conseguir en una ciudad, siempre cambiante y heterogénea. Y, por el otro: no hay negros. Es un barrio bastante homogéneo de empleados de nivel medio tirando a bajo, que hacen sus vidas sin la irrupción de los grandes poderes (pues habitan en otros barrios) pero sin la presencia de los pobres. Por eso Jacobs puede decir que, si hay ojos en la calle, no se dan delitos: porque se trata de una comunidad y porque en ella no hay pobres.

Precisamente en los años sesenta y setenta estaba empezando la desindustrialización que vaciaban las ciudades de fábricas textiles o los puertos de astilleros y los enormes flujos migratorios de negros e hispanos. ¿Qué sucederá con las calles cuando se llenen de personas que no son originarias de ese barrio o que viven en condiciones distintas? ¿Acaso el Bronx, castigado por las excavadoras, podrá emular al Greenwich Village de Jacobs?

Aquí Berman se plantea qué hubiese sucedido si, diez años antes de Jacobs, los vecinos del Bronx hubiesen tenido voz, presencia y estudios para contrarrestar la llegada de las excavadoras, como hicieron Jacobs y tantos otros con éxito en Greenwich. ¿Acaso entonces Berman seguiría en su barrio de la infancia? Él cree que no: porque el suyo era un barrio pobre y parte de tener éxito en la vida consistía en abandonarlo.

A lo largo de las décadas del boom de la posguerra, la energía desesperada de esta visión, la frenética presión psíquica y económica para que ascendiéramos y nos marcháramos, hicieron añicos cientos de barrios parecidos al Bronx, aunque no hubiera un Moses encabezando el éxodo ni una autopista que lo precipitara.

Así pues, no había manera de que un chico o una chica del Bronx fuera capaz de evitar el impulso que le hacía avanzar: estaba implantado tanto fuera como dentro de nosotros. Temprano entró Moses en nuestras almas. Pero al menos era posible pensar en qué dirección nos moveríamos, y a qué velocidad, y a qué precio humano. (p. 344)

Durante años, Berman consideró que Moses lo había expulsado del Bronx. Sin embargo, décadas después, al coincidir con otro vecino que también se había marchado, éste le hizo ver que, independientemente de Moses, marcharse de ese barrio era algo que todos querían; que Moses no había acabado con el Bronx, sólo había acelerado el proceso. “Por una vez en mi vida el estupor me dejó mudo. Esa era la verdad brutal: yo me había ido del Bronx, como él, y como nos habían enseñado a hacer, y ahora el Bronx se estaba viniendo abajo, no sólo por culpa de Robert Moses, sino también por culpa de todos nosotros. Era cierto, pero ¿era necesario que se riera?” (p. 345)

Si los sesenta fueron una pugna entre “el mundo de la autopista” (Moses) y “un grito en la calle” (Jacobs, pero también Ginsberg), los setenta fueron “el regreso a casa con todo”. Una época en la que no se podía dejar el pasado atrás, pues éste volvía con toda su fuerza. No sólo las crisis económicas y la progresiva disolución de las identidades nacionales: el mundo de las autopistas se hundía, el de los grandes sistemas, el boom económico que llevaba en alza desde finales de la guerra. El futuro ya no auguraba un mundo feliz sólo que uno se dejase llevar; era necesario construirlo. De ahí la rehabilitación de la memoria y del pasado. Si los sesenta habían proclamado que ya no era importante ser mujer, latino o negra, los setenta reclamaron esa identidad como algo esencial. Raíces, Holocausto y tantas otras; sus huellas las podemos hallar hasta en las políticas de la identidad actuales.

Uno de los aspectos esenciales de la década fue el reciclaje: dar un nuevo uso a algo que había perdido su identidad original pero que no por ello dejaba de ser útil. Sucedió, por ejemplo, con ciertos barrios de la ciudad: el SoHo mismo, que se vació ante la amenaza de la llegada de Moses y que, en cuanto el proyecto se canceló, disponía de enormes espacios vacíos a precio de saldo. [Interrumpimos la narración de Berman para destacar el redlining, la expulsión de las familias blancas mediante las ayudas de la FHA o la completa dejadez de las autoridades que habían convertido el barrio en un gueto desagradable; la gentrificación, nombre que Berman no usa, no es una loa al reciclaje sino un proceso de explotación y exclusión; lo que no significa que no pueda traer cosas buenas, claro.]

Esta victoria épica sobre Moloch trajo consigo una súbita abundancia de naves disponibles a precios inusitadamente reducidos que resultaban ideales para la población de artistas de Nueva York en rápido crecimiento. A finales de los años sesenta y comienzos de los setenta, miles de artistas se trasladaron allí, y al cabo de unos pocos años convirtieron este espacio anónimo en el principal centro mundial de la producción artística. Esta transformación asombrosa infundió a las calles decrépitas y tenebrosas de SoHo una vitalidad e intensidad singulares.

Buena parte del aura del barrio se debe a la interacción entre sus calles y edificios modernos del siglo XIX y al arte moderno de finales del siglo XX que se ha creado y expuesto en ellos. Otra manera de verlo podría ser como una dialéctica de los nuevos y viejos modos de producción del barrio: fábricas que producen cordeles y cuerdas, cajas de cartón, pequeños motores y piezas de máquinas, que recogen y procesan papel usado y trapos y chatarra, y formas artísticas que recogen, comprimen, unen y reciclan estos materiales de manera propia y muy especial. (p. 356)

De nuevo: ni rastro de gentrificación.

Berman acaba la obra con una reflexión muy oportuna: su vuelta al Bronx. De ser un gueto horrible destrozado por las excavadoras, con el paso del tiempo fue, poco a poco, recuperando algo de su identidad. O desarrollando una nueva, con nuevos vecinos que debían aprender a cohabitar con los agujeros urbanos, con las explanadas abiertas y los vacíos. Incluso surge un arte incipiente: un arte que, necesariamente, contiene una gran dosis del pasado, de lo sucedido en el barrio en décadas anteriores.

¿Pueden ser modernistas unas obras tan obsesionadas por el pasado?, se plantea Berman. Por un lado se puede argumentar que el ansia de modernidad es dejar atrás el pasado para crear un mundo nuevo; otros, que esa distinción se ha superado, por lo que cabría hablar de “posmodernismo”.

Quiero responder a estos planteamientos antitéticos pero complementarios volviendo a la visión de la modernidad con que comenzaba este libro. Ser modernos, decía, es experimentar la vida personal y social como una vorágine, encontrarte y encontrar a tu mundo en perpetua desintegración y renovación, conflictos y angustia, ambigüedad y contradicción: formar parte de un universo en que todo lo sólido se desvanece en el aire. Ser modernista es, de alguna manera, sentirte cómodo en la vorágine, hacer tuyos sus ritmos, moverte dentro de sus corrientes en busca de las formas de realidad, belleza, libertad, justicia, permitidas por su curso impetuoso y peligroso. (p. 365)

Todo lo sólido se desvanece en el aire (V): San Petersburgo

Llevamos ya unas cuantas entradas con la monumental y enriquecedora Todo lo sólido se desvanece en el aire, de Marshall Berman, una exploración de la dialéctica de la modernidad. Hemos reseñado la introducción y propósito de la obra, el Fausto de Goethe como tragedia del desarrollismo, la figura de Marx y los escritos de Baudelaire en el momento en que París cambiaba. En esta quinta entrada nos centraremos en la ciudad de San Petersburgo y la visión que se tiene de la modernidad desde lugares que no la vivieron en primera línea, sino a los que llegaba como un eco lejano, como un anhelo.

San Petersburgo nació como una ciudad planificada por arquitectos e ingenieros de fuera de Rusia. El objetivo de la ciudad: convertirse en la ventana abierta a Europa, cita que se ha repetido desde entonces hasta la saciedad. Era rectilínea y geométrica, algo habitual en el urbanismo occidental desde el Renacimiento pero completamente ajeno a Rusia, “cuyas ciudades eran aglomeraciones desorganizadas de calles medievales serpenteantes y retorcidas” (p. 178).

Mientras la ciudad se embellecía y enriquecía, Rusia se convirtió en un faro contrarrevolucionario europeo: sus emperadores y emperatrices rechazaban frontalmente todo lo que estaba sacudiendo a Europa. Paradójicamente, llamaban a su corte a los intelectuales más reaccionarios; lo que no hacía más que sacudir el fantasma en sus propias puertas.

“La primera chispa se encendió el 14 de diciembre de 1825, inmediatamente después de la muerte de Alejandro I, cuando cientos de reformistas de la guardia imperial -los “decembristas”- se congregaron en torno a la estatua de Pedro I en la plaza del Senado, manifestándose masiva y confusamente en favor del gran duque Constantino y de la reforma constitucional.” (p. 182) Este conato de revolución, no demasiado bien organizada y sin objetivos claros, fue desmembrada y reprimida con juicios sumarios, ejecuciones, encarcelamientos y destierros a Siberia, sembrando la semilla entre quienes fueron testigos de los hechos.

Y ahí surge el poema de Pushkin “El Jinete de Bronce”. Empieza con la fundación mítica de la ciudad y sigue con la historia de una de sus grandes inundaciones (San Petersburgo se alza sobre tierras pantanosas). El protagonista es un funcionario ruso, Eugenio, de una categoría ínfima. Cuando llega la inundación se refugia junto a la estatua del Jinete, en la plaza del Senado, y se encarama para resistir el embate del oleaje. Cuando las aguas remiten busca una barca para llegar donde su enamorada; pero ella, que es más pobre, ha sido arrasada, como la totalidad del lugar donde vivía. Eugenio enloquece y da tumbos por la ciudad; al final, sin saber cómo, meses después llega hasta la plaza y, enfurecido, clama a la estatua por no haber sido capaz de defender a los pobres. La estatua cobra vida y, en su locura, persigue a Eugenio, que acabará muerto en las cercanías del lugar donde pereció su amada.

El poema de Pushkin habla de los mártires decembristas, cuyo breve momento en la plaza del Senado se producirá justo un año después del de Eugenio. Pero «El jinete de Bronce» va también más allá, pues penetra mucho más hondamente en la ciudad, en las vidas de las masas empobrecidas que fueran ignoradas por los decembristas. En las generaciones venideras, la gente corriente de San Petersburgo gradualmente encontrará la forma de hacer sentir su presencia, y hacer suyos los grandes espacios y estructuras de la ciudad. Sin embargo, de momento se escabullirá o se mantendrá fuera de la vista —en el subsuelo, en la imagen de Dostoievski en la década de 1860— y San Petersburgo seguirá encarnando la paradoja de un espacio público sin vida pública. (p. 192)

Bajo el reinado de Nicolás I (1825-1855), las cosas se recrudecen. Creó una policía secreta para controlar a su población, especialmente para sofocar cualquier atisbo de revolución. Además, una de sus principales ideas era la sacralidad de la servidumbre, algo muy arraigado en Rusia. “La insistencia de Nicolás en el carácter sagrado de la servidumbre hizo que el desarrollo económico de Rusia se frenara justamente en el momento en que despegaban con ímpetu las economías de Europa occidental y Estados Unidos. Esta es la razón por la que el retraso relativo del país aumentó considerablemente durante el período de Nicolás. Fue necesaria una derrota militar de consideración para sacudir la monumental autosatisfacción del gobierno. Solamente después del desastre de Sebastopol, desastre político y militar tanto como económico, se puso fin a la glorificación oficial del retraso de Rusia.” (p. 194)

A medida que aumentaba este régimen, San Petersburgo fue adquiriendo el mito de ciudad fantasma, de espejismo, de lugar de nieblas y jirones de luz “cuya grandeza y magnificencia se desvanecen continuamente en su aire lóbrego”. Y surge la prosa de Gogol, que “inventa uno de los géneros fundamentales de la literatura moderna: el romance de la calle urbana, en el que la calle misma es la heroína”; le seguirán el Ulises de Joyce, el Berlín, Alexanderplatz de Döblin, “los paisajes urbanos cubistas y futuristas, los montajes dadaístas y superrealistas, el cine expresionista alemán…”

La Nevski Prospekt actual.

Hay otros dos aspectos modernos en la descripción de Gogol de la Nevski Prospekt (el relato habla de los amores de un artista romántico, por un lado, y un soldado joven, por el otro): la ciudad de noche, con su halo fantasmal y sus luces; y la ironía ambivalente que cuestiona, que critica de forma obscena la ciudad donde uno habita; con ese derecho que tienen los que la viven y sufren en sus carnes… pero no la abandonarían por nada del mundo.

El 19 de febrero de 1861 Alejandro II promulga un edicto por el que emancipa a los siervos. Es una línea divisoria, un antes y un después que no hace más que evidenciar algo que hace tiempo que se arrastra: “que Rusia tendría que experimentar cambios radicales”. En este clima, en julio de 1862 arrestan al periodista y crítico radical Chernichevski bajo “vagas acusaciones de subversión y conspiración”, aunque sin hallar pruebas. El Estado las fabricó durante unos años y condenó a Chernichevski a prisión permanente en Siberia, donde permanecería los siguientes veinte años hasta ser liberado con la mente y el cuerpo quebrados.

En prisión, Chernichevski escribió algunas obras, la más famosa de las cuales es ¿Qué hacer?, una novela, no muy lograda, donde reflexionaba sobre los logros morales. Sin embargo, debido a su peso moral, la obra fue encumbrada por nombres como Tolstoi o Lenin. En Las memorias del subsuelo, de Dostoievski, hay numerosas referencias tanto a la novela como a Chernichevski; la más famosa de ellas es la imagen del Palacio de Cristal, erigido en Hyde Park, Londres, para la exposición internacional en 1851 y reconstruido luego en 1859 en Sydenham Hill. Para Chernichevski era un símbolo de modernidad; para Dostoievski, en cambio, incluía también todos los aspectos nocivos que iban aparejados a ésta (luego volveremos sobre el tema).

Berman hace un inciso aquí para destacar las diferencias entre París y San Petersburgo. La primera era la ciudad moderna por antonomasia, con sus bulevares y sus cambios constantes, “con una burguesía dinámica y un Estado activo”, con las explosiones políticas y revolucionarias constantes; aunque Baudelaire se sienta sólo entre la multitud, forma parte de sus tradiciones, suyos son sus logros: “vive en la ciudad más revolucionaria del mundo, ni por un instante duda de sus derechos humanos”.

La Nevski Prospekt, de San Petersburgo, recuerda espacialmente un bulevar de París. De hecho, puede que sea más espléndida que un bulevar de París. Pero económica, política, espiritualmente, está a años luz de aquél. Incluso en la década de 1860, después de la emancipación de los siervos, el Estado está más preocupado por contener a su pueblo que por hacerlo avanzar. En cuanto a la clase acomodada, está ansiosa de disfrutar del cuerno de la abundancia de los bienes de consumo occidentales, pero sin trabajar por conseguir el desarrollo occidental de las fuerzas productivas que han hecho posible la economía de consumo moderna. Así, la Nevski es una especie de decorado que deslumbra a la población con brillantes productos, casi todos importados de Occidente, pero que esconde una peligrosa falta de profundidad detrás de la brillante fachada. (p. 237)

Estas contradicciones seguirán durante toda la década de 1860 y muestran, en definitiva, cómo las personas de la ciudad siguen estando atomizadas y sintiéndose incómodos en la calle. Tienen por delante la labor de desarrollar su propia cultura política; sin embargo, y pese a tener referencias en lugares lejanos cuyos ecos les van llegando, deben hacerlo de la nada, ex nihilo, porque ni el pensamiento ni la acción políticas en Rusia están aún permitidas. Por ello nace del subsuelo, y por eso la imagen de Dostoievski es tan potente; y por ello es una comunicación individual, personal, realizada en las calles, el único lugar restante; lo hizo el protagonista de “El jinete de bronce” y se sigue haciendo, décadas después, en la Nevski Prospekt.

Esta manifestación evidencia las diferencias entre una modernización plenamente aceptada, como en París, donde las calles se sacuden y confunden y abunda la mercancía, así como las protestas ante los cambios generados por esta modernización; y “el modernismo que nace del retraso y del subdesarrollo”, ejemplificado aquí en Rusia pero presente en tantos países en vías de desarrollo. Se trata de un modernismo basado en “fantasías y sueños de modernidad”, espejismos, fantasmas y la lucha contra ellos.

Volviendo al Palacio de Cristal: su construcción en Londres provocó odio y admiración a partes iguales. Por un lado, la mayoría de arquitectos e ingenieros británicos lo despreciaron como “parodia de arquitectura y ataque frontal a la civilización”; preferían las estaciones de ferrocarril habituales de su época, y de hecho no se construyó nada similar al Palacio durante cincuenta años. Los visitantes extranjeros, sin embargo, lo consideraban un símbolo de modernidad lleno de posibilidades y vieron en su construcción la demostración del liderazgo de Inglaterra en cuestiones técnicas.

Por otro lado, Berman compara a su constructor, Joseph Paxton, con el Olmsted que diseño Central Park: alguien que pretendía que la arquitectura supusiese un revulsivo para la ciudad y generase lugares donde todas las clases pudiesen encontrarse en condiciones similares, “como los bulevares de París o las avenidas de San Petersburgo de los que notoriamente carecía Londres”.

Sin embargo, en los últimos años del siglo XIX , Ebenezer Howard comprendió las posibilidades antiurbanas del tipo de estructura del Palacio de Cristal, explotándolas de manera mucho más eficaz que Chernichevski. La enormemente influyente obra de Howard, Garden cities of tomorrow (1898, revisada en 1902) desarrolló de manera muy poderosa y convincente la idea, ya implícita en Chernichevski y en las utopías francesas que él había leído, de que la ciudad moderna no sólo estaba degradada espiritualmente, sino que era económica y tecnológicamente obsoleta. Howard comparó insistentemente la metrópoli del siglo XX con la diligencia del siglo XIX , argumentando que el desarrollo suburbano era la clave tanto para la prosperidad material como para la armonía espiritual del hombre moderno. Howard percibió las posibilidades formales del Palacio de Cristal como invernáculo humano —inicialmente se inspiró en los invernaderos construidos por Paxton en su juventud—, para crear un ambiente supercontrolado; se apropió de su nombre y forma para una gran galería comercial y centro cultural acristalado, que sería centro del nuevo complejo suburbano. Garden cities of tomorrow tuvo un impacto tremendo sobre los arquitectos, planificadores y constructores de la primera mitad del siglo XX , que concentraron todas sus energías en la producción de entornos «más agradables y ventajosos» que dejaran atrás la metrópoli turbulenta. (p. 255)

Acabamos con un detalle del año 1905, cuando San Petersburgo ya es un centro industrial con “cerca de 200.000 obreros fabriles, más de la mitad de los cuales han emigrado del campo desde 1890”.

Ahora, el domingo del 9 de enero de 1905, una inmensa multitud de esos obreros, compuesta por 200 000 hombres, mujeres y niños, avanza desde todas las direcciones hacia el centro de la ciudad, decidida a llegar al palacio donde terminan todas las avenidas de San Petersburgo. Están encabezadas por el apuesto y carismático padre Gapon, capellán de la Siderúrgica Putilov aprobado por el Estado y organizador de la Asamblea de Obreros Fabriles de San Petersburgo. Todos van explícitamente desarmados (los ayudantes de Gapon han registrado a los participantes y desarmado a algunos) y son contrarios a la violencia. Muchos llevan iconos y retratos enmarcados del zar Nicolás II, y la multitud canta «Dios salve al zar» en su marcha. El padre Gapon ha suplicado al zar que comparezca ante el pueblo reunido frente al Palacio de Invierno y que responda a sus necesidades, que lleva escritas en un pergamino. (p. 259)

Las reivindicaciones incluyen la jornada laboral de 8 horas, un sueldo mínimo de un rublo diario, poder organizarse sindicalmente y la abolición de las horas extras obligatorias y no remuneradas. Ahí es nada. Sólo van dirigidas al zar formalmente: en realidad, es una petición a los patronos y empresarios. Además hay otras reivindicaciones, éstas sí, políticas, dirigidas al zar: libertad de prensa y reunión, garantías procesarles, una asamblea democrática…

Pero el zar ya no está en la ciudad: “Nicolás y su familia habían abandonado la capital apresuradamente, dejando a sus oficiales a cargo de la situación”. Mientras la multitud se acercaba al palacio, 20.000 soldados los rodearon y dispararon a bocajarro, dispersándola. Las cifras oficiales hablan de 130 muertos, aunque ciertos cálculos los acercan al millar.

Trotski lo definió como “el intento de diálogo entre el proletariado y la monarquía en las calles de la ciudad”; Bertram Wolfe, citado por Berman, como el momento en que “millones de mentes primitivas dieron un salto desde la Edad Media al siglo XX (…) ahora se sabían huérfanos que tendrían que resolver sus problemas por sí mismos” (p. 261).

La contribución más original y duradera de San Petersburgo a la política moderna nació nueve meses más tarde: el sóviet, o consejo de los trabajadores. El Sóviet de Diputados Obreros de San Petersburgo irrumpió en la escena prácticamente de la noche a la mañana a comienzos de octubre de 1905. Tuvo una muerte prematura, con la Revolución de 1905, pero emergió nuevamente, primero en San Petersburgo y luego en toda Rusia, durante el año revolucionario de 1917. Ha sido la inspiración de los radicales y los pueblos oprimidos de todo el mundo a lo largo del siglo XX . Ha sido santificado por el nombre de la URSS, aunque es profanado por la realidad del Estado. Muchos de los que se han opuesto a la Unión Soviética en Europa del Este, incluyendo a los que se alzaron contra ella en Hungría, Checoslovaquia y Polonia, se han inspirado en una visión de lo que podría ser una auténtica «sociedad soviética».

Trotski, uno de los motores del primer Sóviet de San Petersburgo, lo describió como «una organización que tenía autoridad, y sin embargo no tenía tradiciones; que podía involucrar inmediatamente a una masa dispersa de miles de personas, sin tener prácticamente una maquinaria organizativa; que unía las corrientes revolucionarias existentes dentro del proletariado; que era capaz de iniciativa espontánea y autocontrol; y, lo más importante de todo, que podía salir de la, clandestinidad en veinticuatro horas». El sóviet «paralizó el Estado autocrático mediante una huelga insurreccional», procediendo a «introducir su propio orden democrático libre en la vida de la población obrera urbana». Quizá sea la forma de democracia más radicalmente participativa desde la antigua Grecia. La descripción de Trotski, aunque algo idealizada, generalmente resulta acertada, salvo en un aspecto. Trotski dice que el Sóviet de San Petersburgo «no tenía tradiciones».Pero este capítulo debería haber dejado claro que el sóviet procede directamente de la rica y vibrante tradición petersburguesa de política individual, de política a través de encuentros personales directos en las calles y plazas de la ciudad. Todos los gestos valientes e inútiles de generaciones de oficinistas de San Petersburgo —«“¡Conmigo ajustarás cuentas!” y escapó precipitadamente»—, todas las manifestaciones «ridículas e infantiles» de los raznochintsi del subsuelo se ven reivindicadas aquí durante un corto lapso de tiempo. (p. 261)

La ciudad, Massimo Cacciari

Massimo Cacciari es un filósofo y profesor de estética italiano. Nacido en Venecia, ha sido alcalde de dicha ciudad en dos ocasiones. El libro que reseñamos, titulado, precisamente, La ciudad, es la transcripción de unas ponencias que dio en el Centro Sant’Apollinare de Fiesole. Publicado originalmente en 2004, en España lo editó Gustavo Gili en 2010.

La primera dualidad que distingue Cacciari es entre la polis griega y la civitas romana. Los griegos entendían la ciudad como el lugar en el que vivía un grupo determinado de personas; eso se ejemplifica por el ágora, el lugar en el que los ciudadanos (es decir: los hombres libres, acaudalados, no esclavos ni extranjeros) debatían sobre el devenir de la misma. “Aunque existen las olimpiadas, las grandes fiestas, las ciudades griegas permanecen como islas y sólo durante brevísimos períodos pueden federarse bajo la presión de acontecimientos particularmente dramáticos” (p. 12), como son las guerras y como sucedió bajo las hegemonías de Atenas o Esparta (ambas bastante breves).

En cambio, Roma se funda “a través de la obra conjunta de gente que había sido desterrada de sus ciudades; expatriados, errantes, prófugos y bandidos que confluyeron en un mismo lugar”. La idea de ciudadanía romana no tienen ningún carácter tribal, étnico o religioso: es ciudadano quien quiera serlo. Ésa será la base del derecho romano y se expandirá por todo el Mare Nostrum (de hecho, Cacciari señala que podría ser la base de la hospitalidad de las ciudades musulmana, que permitían la multiculturalidad y multiconfesionalidad al tolerar y reconocer derechos a los extranjeros, salvo los derechos políticos). Más aún: es la idea que asumió luego la Iglesia e hizo suya.

La polis griega es un lugar estanco: tanto Platón como Aristóteles avisan que no puede crecer (mucho más allá de 20 mil habitantes) porque imposibilitaría el gobierno democrático del ágora. En cambio, la civitas romana (que no es tanto ciudad como ciudadanía) consiste en crecer; no es posible limitarla, puesto que su esencia es aumentar y expandirse.

Esta dualidad subyace en la base de la ciudad: ¿queremos un lugar en el que estar a gusto, cómodos, rodeados de los nuestros -la comunidad- o un lugar abierto a todos -a lo bueno y a lo malo-, regido por un poder distante? Y la idea se sigue manifestando en las ciudades europeas.

Por un lado consideramos la ciudad como comunidad; la ciudad como un lugar acogedor, un “regazo”, un lugar donde encontrarse bien y en paz, una casa (…). Por otro, cada vez más consideramos la ciudad como una máquina, una función, un instrumento que nos permita hacer nuestros negocios con la mínima resistencia. Por un lado tenemos la ciudad como un lugar de otium, lugar de intercambio humano, seguramente eficaz, activo, inteligente, una morada en definitiva; y, por otro, el lugar donde poder desarrollar los nec-otia del modo más eficaz. (p. 26)

Y cuando la ciudad es sólo negocio, nos quejamos y queremos evadirnos al campo, una vuelta a arcadia (a la ciudad jardín y el suburbio); y cuando es una comunidad, o una ágora, nos quejamos de que no es lo bastante funcional.

Con el advenimiento de la metrópoli se llega a una nueva forma urbana, dominada por dos figuras clave: la industria y el mercado. “Al igual que en las ciudades medievales lo era la catedral y el palacio de gobierno o el palacio del pueblo, en la ciudad moderna las presencias clave son los lugares de producción y los de intercambio” (p. 29), aunque aquí Cacciari está dejando de lado la importancia de los mercados en las ciudades medievales, que de hecho ocupaban la plaza central y solían situarse en lugares de confluencia de los caminos.

La llegada de la industria, sin embargo, desgarra la ciudad en el sentido en que anula sus formas urbanas y las somete a una vorágine (el término viene de Todo lo sólido se desvanece en el aire, en cuya lectura seguimos sumergidos) donde el factor principal es la funcionalidad. El ejemplo es la metrópoli europea (podría ser París o Londres), porque si bien hubo ciudades mayores mucho antes (Pekín, Kyoto, Shangái), sus formas permanecieron estables durante siglos.

A medida que surgen los nuevos contenedores de la forma industrial (palacios de congresos, estaciones de ferrocarril, fábricas cada vez mayores), con sus estructuras macizas y voluminosas (otra paradoja: pretenden movilizar y generar velocidad pero son mastodontes estáticos) “disuelven o ponen entre paréntesis las presencias simbólicas tradicionales que, de hecho, se reducen al centro histórico. Es así como nace “el centro histórico”: mientras la ciudad se articula ya en base a la presencia dominante y central de los elementos de producción e intercambio, la memoria se convierte en museo, dejando así de ser memoria, porque ésta tiene sentido cuando es imaginativa, recreativa, de lo contrario se convierte en una clínica donde llevamos nuestros recuerdos. Hemos “hospitalizado” nuestra memoria, así como nuestras ciudades históricas, haciendo de ellas museos.” (p. 32)

Esta nueva forma urbana diluye las tradicionales distinciones que habían hecho posible reconocer la ciudad: la dialéctica entre el centro y la periferia o “las diferentes funciones productivas, residenciales y terciarias” y da paso a la nueva etapa actual: la ciudad-territorio. Cada ciudad escoge, o acaba escogida, por modelos diversos mezclados en grados distintos: la única ciudad que sigue la costa japonesa desde el norte hasta Hiroshima, señala Cacciari, o las periferias para “la clase media burócrata” en Senegal, por poner sólo dos ejemplos.

¿Pero “es posible vivir sin lugar?” Se habita el lugar donde se duerme, donde se vive; pero la ciudad-territorio no proporciona lugares, sólo contenedores, espacios de finalidad única sometida al mercado. “El territorio postmetropolitano ignora el silencio; no nos permite pararnos, “recogernos” en el habitar.” (p. 35)

Aquí Cacciari reflexiona sobre el cuerpo y el espacio; si bien la ciudad actual quiere ser ubicua, no-espacial, estar a la vez en todas partes y ofrecer todas las alternativas, el ser humani sigue siendo espacial: ocupa espacio, no hay otra. La propia ciudad no deja de ser un ente espacial; y el espacio se venga de dos maneras sobre nosotros: primero, con las progresivas congestiones de tráfico de todo tipo: a medida que aumenta la velocidad, cada embotellamiento nos parece peor y cobra mayor significación (por ejemplo: el bloqueo del canal de Suez por el Evergiven, que amenazó durante unos días al comercio mundial); por el otro, con la progresiva pesadez que adoptan los monumentos arquitectónicos o los actuales hitos que se construyen en las ciudades (The Gherkin, el Gugenheim; aunque sus estructuras puedan ser livianas, su presencia es pesada y voluminosa). Los edificios realmente transparentes, señala Cacciari, se hicieron un siglo atrás: los pasajes.

Si cada espacio tiene su propia función, si dormimos en gated communities, si pasamos el ocio en centros comerciales, si trabajamos en lugares destinados a ello y sólo nos movemos por las calles para ir de una a otra función, ¿acaso eso es habitar la ciudad, es civitas, o es una simple cohabitación, una sinoiquia? Hoy no habitamos ciudades, dice Cacciari, sino que “habitamos territorios” (p. 52).

Rompemos aquí una lanza en favor de la ciudad y sus habitantes y recordamos tanto la forma de percibir a los demás y actuar para ellos (Goffman), que viene a decir que, aunque no interactuemos de forma evidente, el simple hecho de que haya otras personas, de ver, percibir y ser percibidos por otros, ya nos hace actuar de modos distintos, por lo que ya nos vuelve ciudadanos (con la Neverleben de la que hablaba Simmel); y, por el otro, recordamos el concepto de territoriantes que propuso Francesc Muñoz: cada cual habita su propio espacio del territorio y en ese pedazo halla su identidad.

En este sentido, puede decirse con una fórmula paradójica que vivimos en un territorio desterritorializado. Habitamos unos territorios cuya métrica ya no es espacial; ya no cabe ninguna posibilidad de definir, como sucedía en la metrópoli antigua, los recorridos de difusión o de “delirio” según ejes espaciales precisos (aquí se encuentra el centro, aquí la periferia). El modelo radial que parte del centro según determinados ejes preveía que a medida que se salía del centro por vías bien definidas, casi antiguos canales, se encontraban las funciones residenciales, industriales, etc. Todas estas lógicas típicas de la sistematización urbana y metropolitana han desaparecido. Pueden encontrarse las mismas funciones en cualquier lugar, en particular si se acentúa el gran problema de la reutilización de los viejos espacios industriales (p. 54)

Puesto que todo espacio es tan mutable no se pueden llevar a cabo proyectos urbanísticos estables o duraderos: “no se sabe, no se puede saber, es imposible predecir qué llenará ese vacío”.

De hecho, las ciudades han pasado de ser espacio a ser tiempo: “ya nadie indica la distancia a la que se encuentra una ciudad, sino el tiempo que se tarda en llegar a ella”. “Todas las formas terrenales tienden a disolverse en la red de las relaciones temporales.” Tal vez por eso, por la disolución de las formas del territorio, cada célula de la red urbana busca con más ahínco una estabilidad, proclamar su especificidad; y de ahí surgen el márqueting urbano y el city branding.

¿Cuál es la solución, si la hay? Cacciari propone que, si el espacio metropolitano era un espacio de “relatividad limitada”, el territorio postmoderno deberá ser un espacio de “relatividad general”, donde todo pueda transformar o transformarse, elástico, mutable, espacios capaces de penetrarse y acogerse unos a otros, “como esponjas y moluscos”; polivalentes. En las ciudades medievales, recordemos, “la residencia no fue nunca sólo tal, sino que también era almacén, tienda y taller”. ¿El ejemplo perfecto?: la “maravillosa plurifuncionalidad” del monasterio, que era hospital, hotel, lugar de culto, estación… Es decir: renunciar al uso único de cada espacio, a un continente adecuado a todo. O, parafraseando a Jacobs, volver a la diversidad de usos.

El espacio público: ciudad y ciudadanía, Jordi Borja y Zaida Muxí

En 2019 se creó un nuevo espacio verde en la ciudad de Barcelona: el parque de les Glòries.

Situado en una zona de gran paso de vehículos, donde confluyen líneas de metro y tranvía, junto a la famosa Torre Agbar y el Museo del Diseño, junto al centro comercial del mismo nombre, su presencia ayuda a oxigenar una zona densa y rica en transeúntes, bicicletas, paseantes y personas atareadas.

Y, sin embargo, lo que podría ser una maravilla… acaba siendo el enésimo ejemplo de por qué Barcelona es una ciudad para fotografiar y en la que soñar, pero no en la que vivir.

El parque se divide en diversas zonas. Una enorme claro lleno de hierba, redondo, sin árboles ni sombra, preside el espacio. Se accede a él por cinco puentes que atraviesan un pequeño… ¿riachuelo?, ¿estanque circular?, ¿foso del castillo?, de unos dos metros de ancho. Alrededor del claro hay un camino de arena por el que uno puede pasear y en el que abundan bancos individuales y tumbonas, también individuales, todos ellos clavados al suelo. Hay pista de baloncesto, zona para que los perros jueguen y se alivien y, en fin, todo lo que uno pueda desear.

Salvo la posibilidad de hacer lo que a uno le venga en gana.

Si quiere usted sentarse a charlar, los bancos, cada uno en una orientación distinta, se lo pondrán difícil; amén de que sean ustedes más personas que el número de bancos disponibles, pues sentarse en ese suelo polvoriento no invita. Si quiere usted hacer un picnic o tumbarse a la sombra, ¡mal!, pues el claro interior exige que se tumbe usted al sol y disfrute de la mirada de todos los paseantes. Si quiere usted jugar a pelota en el claro, ¡vigile!, pues el foso húmedo aguarda a niños incautos que no tengan la suficiente precisión al chutar. Y, por supuesto, las zonas de vegetación están debidamente amuralladas, pues en ellas crecen unos tipos de plantas que requieren de unas condiciones especiales y sólo las fuerzas de jardinería pueden acceder allí. Es decir: que son para contemplar y fotografiar, no para hundirse en ellas y disfrutar de la sombra o la humedad.

Dicho de otro modo: puede usted hacer lo que quiera… siempre que sus planes coincidan, exactamente, con lo que las autoridades han dispuesto que sea este parque. Y, si lo hace con una sonrisa y lo publica en sus redes sociales, ¡mejor!, pues ése es el objetivo del parque: transmitir felicidad. Que no crearla.

Algo similar nos sucede con la lectura de El espacio público: ciudad y ciudadanía, de Jordi Borja y Zaida Muxí. En todo momento se habla del espacio público, de lo que aporta, de cómo debe ser, de cómo las autoridades deben tener en cuenta a las minorías, a las mujeres, ¡pobres mujeres!, a los ancianos, a los niños, a los inmigrantes y a todo posible ente dispar. Se reclama el derecho a la visibilidad, se reclama que se hagan hermosas las zonas periféricas de las ciudades, que se instalen monumentos por doquier.

En ninguna de sus páginas, sin embargo, se ofrece la posibilidad de que la gente haga lo que le venga en real gana en las calles. Durante toda la lectura no deja de venir a la mente la distinción que hacía Manuel Delgado al decir que eso del espacio público no es más que una invención de urbanistas y que ninguna madre le ha dicho jamás a su hijo que se vaya a jugar al espacio público, sino: “anda, vete a la calle”. Estamos hablando de calles. Del espacio que uno transita para ir a trabajar, estudiar, comer, pasear o comprar drogas. Hasta irse de putas, si uno está por ello. Independientemente de que lo defendamos o lo defenestremos en el blog, por ahora hay putas y por ahora hay puteros.

Las calles no son una entelequia ideal que debe estar medida, organizada, reglada y automatizada. Son lugares de conflicto, tránsito, experimentación y aprendizaje. Y le van a hablar mal, oiga. Y oirá usted música que no desea oír, conversaciones en las que no desea participar y trapicheos de los que preferiría no saber nada. Cualquier pretensión de que son las autoridades quienes deben velar por el espacio público o imponerlo es errónea porque supone que los ciudadanos son niños que no saben lo que quieren.

Ah, eso sí: éstos pueden opinar, siempre que sientan la necesidad de hacerlo, aclara el libro. Ojo: pero deben ser suplicantes ante las autoridades, que ya se preocuparán de velar por su bienestar.

Sorprende que se glose tanto el modelo Barcelona cuando ya se ha hablado (en el blog reseñamos a Manuel Delgado pero hay tantas otras voces) de que, en realidad, lo que le ha sucedido a la ciudad condal es que se ha puesto guapa para que la visiten… a costa de empeorar la calidad de vida de sus ciudadanos. Las tan mentadas Ramblas, el paseo de las flores, es un canal de turistas que todo habitante de la ciudad rehuye, como lo son las cercanías de la Sagrada Familia o el Maremágnum.

Hay voces críticas en este libro, eso sí. La primera parte es una reflexión teórica de Jordi Borja donde, como es habitual, mezcla la descripción de la ciudad con lo que él cree que debería ser su espacio público. “El espacio público es el espacio de la representación, donde la sociedad se visibiliza”, empieza. “Barcelona es el modelo en el cual se apoyan precisamente The Economist y muchos otros expertos, publicistas, responsables políticos, etc., para atribuir el renacimiento de la ciudad a la política de espacios públicos”, dice a las pocas páginas.

Del mismo modo que Harvey denunciaba cómo la ciudad de Baltimore aparecía en todos los ránkings de bienestar y ciudades a visitar y, sin embargo, su calidad de vida no dejaba de disminuir y sus habitantes sufrían proceso de expulsión tras proceso de expulsión, Borja loa Barcelona sin tener en cuenta los efectos de su embellecimiento sobre la población. Sí es cierto que el libro es del año 2001, cuando Barcelona se consideraba en la cúspide y las voces críticas eran menos abrumadoras que hoy en día, en que la percepción de que todo fue la creación de un simulacro es más que evidente.

Aún así, al César lo que es del César: Borja denuncia todos los efectos nocivos que el espacio público puede sufrir en nuestros días: privatización, simulacro, mercantilización, segregación, zonificación, efectos del automóvil, por decir los principales.

La segunda parte detalla ejemplos de remodelaciones y construcciones urbanas y, aquí sí, hallamos algunas voces críticas, aunque pocas. La de Zaida Muxí, sobre todo, denunciando los nuevos espacios que parecen públicos pero no lo son, como el Maremágnum, lo que enlazaría con la remodelación de los frentes portuarios en lugares de ocio y consumo, como Baltimore y tantos otros (que en su momento García Vázquez bautizó como “rousificación”, por el nombre del principal promotor de Baltimore en remodelar el Inner Harbour); y también Muxí denuncia Diagonal Mar y cómo es vergonzoso que una ciudad mediterránea, caracterizadas por la diseminación de sus ciudadanos por todo espacio limítrofe y poroso, permita que sus calles se privaticen (los parques que rodean los rascacielos de esa zona tienen vallas y se cierran por la noche para uso exclusivo de los habitantes adinerados de la zona; la idea original del plan urbanístico era que esos parques estuviesen siempre cerrados y accesibles sólo a los residentes). También la denuncia de Carme Ribes y Joan Subirats sobre la destrucción del Barrio Chino para convertirlo en El Raval, donde por un lado reconocen los aciertos del proceso pero por el otro no dudan en denunciar los sinsentidos, la privatización, los desmanes de la autoridad al destruir sin necesidad zonas enteras o la incertidumbre de unos espacios abiertos en un barrio que, veinte años después, ha seguido gentrificándose.