La España de las piscinas, Jorge Dioni López

La ciudad surgida de la Revolución Industrial era un mamotreto enorme donde se hacinaban los proletarios junto a las fábricas. Surgida sin orden ni concierto, un poco a merced de las necesidades del progreso y el capital de la época, pronto se vio lo inviable e insalubre de tal forma de vivir. El movimiento higienista nació, aproximadamente, a finales del siglo XIX en Inglaterra (también en Alemania). Muchos eran los observadores que habían denunciado el horror del hacinamiento y las condiciones de vida de los proletarios, Engels entre ellos.

Como respuesta surgieron bastantes opciones, pero tal vez las que mayor fortuna encontaron fueron dos: la ciudad jardín de Ebenezer Howard y la ciudad radiante de Le Corbusier. Más que conceptos en sí mismos, eran agrupaciones de ideas, una cosmovisión de lo que debía ser la ciudad. Howard propuso una ciudad con población limitada (32.000) que, además, sería la propietaria del suelo de forma conjunta. Las fábricas tendrían que pagar alquiler para poder establecerse en la ciudad jardín y la cantidad de espacio permitiría cosechar el suelo, con lo que, en realidad, Howard estaba proponiendo una especie de organización socialista bien estructurada. En cuanto la población superase esos 32.000 habitantes, se crearía una nueva ciudad jardín y se conectaría con las anteriores mediante ferrocarril.

La ciudad radiante de Le Corbusier es algo posterior. Si la ciudad jardín de Howard se publicó en 1898 (la segunda edición, con otro título y mayor fortuna, es de unos años después, 1902), el Plan Voisin de Le Corbusier, donde ya se hacía bastante evidente su ideología (y que, afortunadamente, no llegó a materializarse, u hoy el centro de París sería una serie de torres de hormigón separadas por parques abandonados), es de 1925. Los preceptos de la ciudad radiante son, grosso modo, los de La carta de Atenas, el manifiesto redactado en 1933 (y publicado en 1942) por los arquitectos y urbanistas del CIAM a bordo del Patris II y que consisten en plantear una ciudad de forma racional: separarla en sus funciones básicas, que son, a saber: habitar, trabajar, ocio… y la cuarta, infame función, la que permite unir las tres anteriores: el transporte.

La ciudad radiante de Le Corbusier (o del racionalismo modernista, como prefieran) no tenía un mal punto de partida: edificios altos para obtener sol y aire fresco; vegetación entre ellos; el ocio, separado de las viviendas; el trabajo, para que las fábricas no perturbasen la tranquilidad de las dos funciones anteriores, también alejado; y carreteras por doquier para que, vehículo mediante, se pudiese transitar entre unas y otras funciones.

Pero ni el sueño de Howard ni el de Le Corbusier se cumplieron, salvo pequeñas excepciones. La ciudad jardín se convirtió (Unwin mediante) en un pueblecito romántico, de casas rodeadas de vegetación, para artistas y bohemios, al que ninguna empresa quería mudarse. La ciudad radiante de Le Corbusier, sin capacidad para derruir los centros urbanos y las ciudades ya existentes, se transformó en bloques de viviendas amontonadas a las afueras de la ciudad y convertidas en barrios residenciales o en ciudades satélite o dormitorio.

Estados Unidos tuvo claro su modelo muy pronto: se crearon una serie de entidades (Federal Housing Administration, sobre todo) y se establecieron préstamos para permitir que las clases medias (y blancas) abandonasen el centro de la ciudad y se trasladasen a su arcadia ideal: suburbia. Erigidas a imagen de Levittown, el primer suburbio de casas construidas según métodos de producción en fábrica, los WASP se mudaron a las afueras, a casas rodeadas de jardín y valla blanca y repletas de electrodomésticos también construidos en serie. Se lo llamó la white flight, la huida blanca. Las ciudades quedaron como lugar al que ir a trabajar (los hombres, con su vehículo) o lugar de residencia de negros y pobres (lo que daría lugar a barrios y centros semiabandonados que luego serían gentrificados a mediados de los 70 y hasta la actualidad).

Numerosos estudios se centraron entonces en las consecuencias que esa nueva forma de vida tenía para los ciudadanos. Se trata de una forma de socialización leve: la cantidad de vecinos se reduce, cada familia dispone de su terreno en propiedad, los barrios se vuelven homogéneos, se tiende hacia una falsa comunidad más que a una sociedad, no existen centros ni sociabilidad fuerte más allá del centro comercial, es necesario el vehículo para cualquier cosa…

La evolución de los suburbs en Estados Unidos ha sido, con el tiempo, la gated community: el suburbio vallado y protegido por seguridad privada. Hace poco Carmen Bellet nos hablaba, en Visiones de privatopía, del auge de esta elección residencial y de sus consecuencias para la ciudad, que se resumen en que, puesto que los habitantes de suburbia no se sienten parte de la ciudad (no disponen de escuelas públicas ni hospitales públicos cerca, no existe sensación de pueblo o comunidad, ya pagan por su propia seguridad y hasta aplicación de la ley…), puesto que no se sienten parte de la ciudad, decíamos, tampoco se sienten en la obligación de devolver nada, ya sean impuestos (que ellos ya pagan en su suburbio o en su gated community), ya sea civismo. Cuando visitan la ciudad no la sienten como suya, con lo que eso implica en carencias hacia los vecinos o hacia el propio mantenimiento de la urbe; como si fuesen turistas, vaya.

Si el método escogido para trasladar a las clases medias en Estados Unidos fue, aunque muy diluido en sus postulados, el estilo de ciudad jardín, en Europa se escogió la ciudad radiante. Pero también diluida: y de las zonas verdes, la luz y el espacio no quedó nada, sólo enormes bloques de hormigón que acogían a todos aquellos ciudadanos (más clase media – baja que media) que no podían vivir en la ciudad. Son los enormes complejos que se levantaron en los años 60 y 70 y que rodean la mayor parte de las ciudades europeas. En Francia se las llama banlieue, en España nos referimos a ellas como ciudad satélite o ciudad dormitorio. Lugares donde uno va a dormir, pero no donde socializa. Lugares, si acaso, desde los que uno se desplaza hacia la ciudad más cercana por la mañana y a los que no vuelve hasta la noche.

Pero a finales de los años 90, aproximadamente, algo fue cambiando. Como nos explicaba Raquel Rolnik en el maravilloso La guerra de los lugares o como resumía Manuel Gabarre en Tocar fondo. La mano invisible tras la subida del alquiler, el capital desbocado del tardocapitalismo ya no tenía bastante con los productos de consumo y empezó su asalto contra las necesidades básicas del ser humano: educación, sanidad, vivienda. El primer embate fue contra la vivienda, por lo que surgió un nuevo urbanismo neoliberal donde el objetivo no era construir viviendas, sino obtener beneficios; de forma descarada. Sumado a ciertos cambios en la concepción del Estado y los ayuntamientos, que pasaron de ser los garantes de los derechos públicos a corporaciones gestoras de dinero y, por lo tanto, ávidos de obtener mayor capital, el nuevo modelo de residencia para una gran parte de los españoles se convirtió en suburbia, es decir: urbanizaciones o entornos residenciales apartados, conectados con las grandes ciudades mediante autopistas, y donde cada familia tenía su propio hogar con jardín y piscina. Entornos donde, como en suburbia o las gated communities de Estados Unidos, el coche es necesario para todo, la sociabilidad es baja y se promueven, de forma implícita, valores como el individualismo y la competición.

Y aquí es donde se sitúa el punto de partida de La España de las piscinas. Cómo el urbanismo neoliberal ha conquistado España y transformado su mapa político, del periodista y escritor Jorge Dioni López. Dioni no habla de suburbia; habla de los Programas de Actuación Urbanística de España, los PAUs, los modelos que daban lugar a estas urbanizaciones tan características hoy en día, y por lo tanto a sus residentes los denomina pauers. La tesis de Dioni es que estos ciudadanos, debido a las circunstancias en las que habitan, se acaban impregnando de una ideología individualista y competitiva y que, debido a ello, y a sus objetivos y necesidades, su voto se vuelve conservador. De hecho ese es el punto de partida al que se remite a lo largo del libro: el voto, conservador, de la mayoría de los habitantes de este tipo de enclaves.

El modelo PAU, la ciudad dispersa, crea un estilo de vida individualista y competitivo, ya que favorece las soluciones particulares, el aislamiento y el repliegue. Se trata de la plasmación física de un modelo económico basado en la desigualdad, que se consolida y perpetúa a través de la desconexión entre las diversas clases sociales. Se produce una insularización con flujos de desplazamiento privado entre las burbujas. (p. 20)

Este no es un texto académico, es de las primeras cosas que dice Dioni, y es cierto: no hay notas a pie de página, no se especifica el origen de las frases citadas y no hay una verdadera base teórica, más allá de las observaciones personales del autor, algunos datos que avalan sus tesis y muchos ejemplos escogidos ex professo para reforzarlas. Pero el problema de fondo de este libro va más allá de eso. Se repiten constantemente ciertas ideas que nunca están demostradas, sólo intuidas por la observación; se apuntan ciertas consecuencias de esas ideas que tampoco se estudian. La propia estructura del texto no ayuda: tres partes completamente autónomas en las que, incluso, se repite información ya dada anteriormente.

Pero aún hay más. Dioni es profesor de escritura y, a menudo, empieza capítulos con los consejos que da a sus alumnos sobre cómo escribir y luego los aplica; algo que no le aporta nada al ensayo y que pronto se vuelve cansino. Las referencias están un poco por estar: a geógrafos, a sociólogos, a filósofos, a cantantes. En ocasiones parece más la charla de un vecino majete con el que tomar algo un fin de semana en el centro social de la urbanización que un ensayo con unos objetivos claros. Se trata, en definitiva, de un reportaje periodístico; mejor dicho, de tres de ellos, escritos con una serie de datos conexos y sin la intención de abrumar al lector, sólo sugerirle muchas cosas.

Y un apunte con el que acabar. Dice el autor en algún punto que todo texto implica una ideología. Comenta al final del libro, donde explica sus lecturas y de dónde obtuvo información para el ensayo, que parte de esa información surge de Ciudad de cuarzo, de Mike Davis, pero que sólo conoce el trabajo «indirectamente». Y añade que es muy difícil de encontrar y que se vende de segunda mano por 90 euros. Y es aquí donde se filtra la ideología del texto: porque Dioni ha comentado ya que vive en Madrid; que es, de hecho, un pauer, y de ahí el germen de todo el ensayo. Una búsqueda rápida nos dice que hay 8 ejemplares a disposición del público en las bibliotecas de Madrid. Otra búsqueda rápida en internet nos da bastantes opciones para descargar el texto íntegro (sin entrar en valoraciones legales ni éticas). Pero suponemos que ninguna de estas dos opciones eran viables para Dioni, y por ello la lectura «indirecta» del libro de Davis.

El ejemplo anterior es una tontería, por supuesto, pero también una muestra de las carencias que aquejan al ensayo. Más que centrarse en el voto conservador de los pauers, hubiese sido interesante analizar cuántos de los miembros de esa generación (los que ahora tienen entre 30 y 50 años; o, como comenta Dioni, los que «fueron a EGB») han optado por mudarse a una zona residencial y cuántos se han quedado en la ciudad. Porque, de fondo en todo el texto, subyace la observación de que, sin obviar el hecho de que las zonas residenciales tienen efectos concretos sobre la ideología, lo cual es evidente y hemos reseñado numerosas lecturas en el texto que apuntan en ese sentido; sin obviar eso, decíamos, tal vez las personas que tomaron la decisión de mudarse a los PAUs ya eran personas con esa ideología. ¿Cuántos se quedaron en la ciudad, cuántos viven compartiendo piso, cuántos se han mudado a pueblos o ciudades medias cercanas a la gran ciudad, antes que a PAUs? Ésa hubiese sido una cuestión mucho más interesante y fructífera.

El urbanismo configura nuestro modo de pensar, algo que ya concluyó Lefebvre en La producción del espacio: somos tanto la consecuencia como la causa del espacio. Pero, aunque compleja, de fondo siempre hay una elección. Se pueden tomar diversas posiciones al respecto, más allá de las elecciones: denunciar este hecho, poner de manifiesto las trampas con las que se intenta dirigir a una gran parte de la población hacia uno u otro camino, incluso negarse a transitarlo. Pero, una vez dado el paso, no es lícito liberarse de toda responsabilidad y achacarlo a fuerzas mayores.

El uso temporal de los vacíos urbanos, Manu Fernández y Judith Gifreu (eds.)

La crisis económica generada por las subprime en Estados Unidos en 2007 y que arrastró a gran parte del resto del mundo en 2008, especialmente severa en España debido al estallido de la burbuja inmobiliaria, transformó el paisaje urbano. En plena vorágine de los años anteriores, el sector inmobiliario dejaba, con su caída, edificios a medio construir, urbanizaciones sin terminar y solares por todas partes. Los negocios colgaban el cartel de «CERRADO» de un día para otro y hubo calles enteras que, de repente, estaban vacías.

Sin la certeza de si era algo puntual o una nueva visión urbana destinada a quedarse, en noviembre de 2014 se celebró el curso «La utilización temporal de los vacíos urbanos», organizado por la Diputación de Barcelona junto con el Consorcio Universidad Internacional Menéndez Pelayo-Centre Ernest Lluch, y parte del resultado de ese curso y de sus conferencias se tradujo en el libro El uso temporal de los vacíos urbanos, editado por Manu Fernández y Judith Gifreu (Diputación de Barcelona, 2016). El libro es una recopilación de artículos centrados en el tema de los vacíos urbanos desde distintos puntos de vista: sociológico, arquitectónico, legal, económico.

La introducción corre a cargo de Manu Fernández, consultor urbano del que ya leímos un artículo sobre smart cities de su libro Descifrando la smart city. El primer artículo corresponde a Peter Bishop y Lesley Williams y se trata de un extracto del libro The temporary city, (2012) de los mismos autores, donde analizan las nuevas formas urbanas surgidas a raíz de la crisis. ¿Cuál era el origen de esos vacíos urbanos: se trataba de una característica de la crisis, o era algo habitual en las ciudades?, ¿qué posibilidades ofrecían?, ¿cómo se estaban usando en distintos casos?

«El ideal de permanencia«, que es el nombre del capítulo, reflexiona sobre la volatilidad de los edificios.

Tal como ha señalado el escritor Dan Cruickshank, en Occidente lo primordial es la materialidad de los edificios. Las propias piedras son consideradas testigos de nuestra historia. Sin embargo, esta percepción no es universal. En Asia y en Oriente, no se centran tanto en el aspecto material de un edificio, sino en su aspecto espiritual y en el lugar en que está ubicado. Los edificios tradicionales en China son reconstruidos constantemente. En Japón, los templos sintoístas pueden ser renovados cada veinte años, y aun así son venerados como estructuras tradicionales. En la nación budista de Bután, a menudo resulta difícil distinguir las nuevas estructuras de las antiguas. En el Reino Unido, en cambio, se veneran las piedras, la materialidad en lugar de la naturaleza espiritual de un lugar. (p. 29)

Esta reflexión enlaza directamente con la visión de Tokio como ciudad organicista que nos daba Carlos García Vázquez en Ciudad hojaldre. En Occidente, en cambio, se busca la permanencia; antes, tal vez, por esa visión casi sagrada de la materialidad de las piedras como el símbolo del hogar; hoy en día, probablemente, debido a la enormidad de la inversión económica que supone poseer una casa en propiedad.

La ciudad, sin embargo, es mutable y lo comprendemos y asumimos: surgen nuevos negocios, edificios que son demolidos para dar lugar a otros, calles que cambian de nombre y de sentido de circulación. «Esta ciudad en cuatro dimensiones es la realidad, aunque gran parte del pensamiento urbanístico sigue siendo estrictamente tridimensional. Las autoridades municipales siguen buscando soluciones permanentes y finales, y tratan de planificar para un estado final» (p. 35), convirtiendo los planes urbanos, pensados a muy largo plazo, como algo casi obsoleto en el momento en que se publican. Pensemos sólo en Robert Moses y lo lejanos que nos parecen sus planos para erradicar barrios enteros de Nueva York para substituirlos por enormes autopistas y bloques de pisos aislados; o la moda por carriles bici y avenidas urbanas ajardinadas que impera hoy en día, que tampoco se plantea el futuro, sino sólo la inmediatez (debido en gran medida a los intereses económicos que imperan en los centros urbanos).

Lo temporal en la ciudad, por lo tanto, se ve como algo ocasionado por un periodo de crisis, destacan Bishop y Williams. Pero, si la modernidad es líquida, como ya destacó Bauman, y enormes partes de la ciudad han quedado abandonadas, debido a las relocalizaciones industriales de mediados y finales del siglo pasado, ¿por qué el nomadismo urbano sigue arrastrando ese estigma?

En vez de bucear en ese tema, sin embargo, Bishop y Williams se lanzan hacia lo anecdótico: el happening, el festival, la crítica artística, las «TAZ» (zonas temporalmente autónomas, por sus siglas en inglés) del filósofo y poeta Hakim Bey, que no tienen mayor calado. Incluso se habla de estos vacíos urbanos como «medios creativos», espacios donde se puedan llevar a cabo todo tipo de obras y creaciones artísticas, destinados a los pioneros urbanos; sin tener en cuenta que, ya en 1996, Neil Smith popularizó ese término (que había sido usado ya antes) para referirse a los primeros artistas y personas creativas que formaban las avanzadillas de la gentrificación; es decir, que acababan siendo usados por el poder y el capital para expulsar a los habitantes de los barrios a los que se mudaban.

«El vacío urbano y la ciudad interrumpida. Para una geografía urbana de los tiempos muertos» se convierte, sin duda, en el capítulo más interesante de la recopilación. Escrito por nuestro admirado Francesc Muñoz, del que ya leímos la fascinante Urbanalización (primera, segunda, tercera partes), recorre los vacíos urbanos desde mediados del siglo pasado hasta la actualidad, analiza su posible significado y desentraña sus principales características.

Sin negar en absoluto la novedad del escenario, este redescubrimiento del vacío urbano se ha planteado muchas veces de forma bastante ingenua y se ha atribuido a la proliferación de vacíos en la ciudad un rango de nueva tendencia urbana cuando, en realidad, un mínimo ejercicio de genealogía de la ciudad vacía nos llevaría hacia el pasado para revisar los procesos de fractura urbana propios y característicos de las grandes metrópolis en períodos bien específicos y conocidos: a veces, coincidiendo con momentos de expansión desmesurada del hecho urbano —‌como pasa en el período que va desde las últimas décadas del siglo XIX a las primeras del siglo XX y en las que aparecen innumerables periferias urbanas, extrarradios y toda una variadísima galería de situaciones que ejemplificarían la conocida idea de ciudad interrumpida—; otras veces, caracterizando momentos de fuerte contradicción y crisis de la máquina urbana —‌como pasa con el descenso industrial de los años setenta de siglo XX, que presenta calendarios e intensidades diversos según las diferentes ciudades—. En todas esas situaciones, la presencia del vacío urbano siempre atrajo la atención de estudiosos y teóricos de la ciudad y concitó igualmente el interés de los proyectistas. (p. 62)

El vacío urbano no es una novedad, sino una constante del espacio urbano. Las nuevas avenidas del París de Haussmann ya provocaron ese extraño sentimiento en Baudelaire (recordemos «El cisne», por citar uno de los poemas de Las flores del mal) que tan bien analizó Marshall Berman (Todo lo sólido…). Sin embargo, hacia los años 70 del siglo pasado se desarrolló una nueva mirada, menos lógica y más abierta, que «subrayaba las imperfecciones, las discontinuidades y las interrupciones del proceso de urbanización, a partir del reconocimiento del vacío urbano como parte esencial de la ciudad real» (p. 63). Para esta visión, los vacíos no eran una excepción a la espera de ser llenada, sino que denotaban algo, tenían entidad simbólica y semiótica, algo que el postestructuralismo y todos sus derivados comprendieron. Surgen, a raíz del concepto de «heterotopía» de Foucault, formas de ver y denotar el vacío como «intersticio» o «residuo», si bien la preferia de Muñoz (lo es también de Delgado) es la que usó Ignacio de Solà-Morales en la década de 1960: terrain vague.

Si bien hasta ese momento no se desarrolló una visión teórica sobre los vacíos urbanos, su presencia no había pasado desapercibida para el arte. Muñoz nos recuerda los nombres de Mario Sironi, Gabriele Basilico o Guido Guidi. «En este itinerario de raíz cultural y estética, se puede apreciar bastante bien como la principal cualidad del vacío urbano, el extrañamiento de la ciudad formal y sus atributos canónicos de orden y belleza constituyen paradójicamente su atributo primordial.» (p. 65)

Esta estética tan determinada y reconocible, cuya importancia simbólica no ha hecho más que acrecentarse, se puede enmarcar en tres visiones distintas:

  • «El vacío como grieta en la continuidad visual del paisaje urbano: la ciudad interrumpida». Característico de, por ejemplo, el trazado de las vías del ferrocarril o de las grandes autopistas, que separa la ciudad en pedazos y que se inició con las grandes infraestructuras de transporte de la revolución industrial pero alcanzó su cima con el imaginario del vehículo recorriendo las autopistas.
  • «El vacío como indeterminación formal del espacio urbano: la ciudad indefinida«. Inesperadas brechas urbanas, agujeros en el tejido de la ciudad, manifestaban entonces extrañamiento respecto a la imagen canónica del paisaje urbano, construido y consolidado. Ante la modernidad representada por los planes de urbanismo, una ciudad sorprendentemente indeterminada y vacía no solo se hacía evidente, sino que, además, resultaba inesperadamente atractiva.» (p. 68)
  • «El vacío como residuo y herencia del espacio urbano obsoleto: la ciudad abandonada.» Que, en general, suele tener una forma concreta en cada espacio: Muñoz habla de «los supermercados abandonados» de las primeras autopistas francesas, «las ruinas del ocio» en territorio británico y habría que añadir, claro, las urbanizaciones a medio construir en España.

A la ciudad interrumpida le corresponde el intersticio; a la indeterminada, el terrain vague; y a la abandonada, la idea de ruina, de huella de un pasado obsoleto.

Muñoz acaba concluyendo que los atributos del vacío urbano son dos: la ambigüedad y la contradicción, en oposición a «la ciudad precisa y coherente». Ambos conceptos se aúnan para simbolizar las crisis de la ciudad actual y «las múltiples fracturas económicas y sociales que la caracterizan mejor que cualquier otra imagen urbana». Además, sirven también para subrayar algo que la crítica postmoderna ya vio: «la imposibilidad de concebir la ciudad actual como un todo estable y lógicamente comprensible» partiendo de la noción de incertidumbre.

A pesar de tan prometedor arranque con los dos artículos reseñados, sin embargo, el conjunto del libro adolece de una carencia de conjunto y de desunión que no hace sino acrecentarse. No entramos a valorar los temas de los que somos completamente ignorantes, como el marco legal en el que existen los vacíos urbanos o el tema económico; pero la mayoría de artículos se centran, bien en lo anecdótico (un plan en concreto, un movimiento artístico que tuvo mayor o menor fortuna), bien una visión muy concreta (la política de determinada población, el punto de vista político), bien en mera palabrería genérica que no aporta nada (Paisaje Transversal, al igual que hicieron con la totalidad de su libro Hablar Escuchar y transformar la ciudad).

Fin de milenio, Manuel Castells

Fin de milenio es el tercer volumen en la famosa trilogía del sociólogo Manuel Castells La era de la información. Economía, sociedad y cultura. Leímos el primer volumen, La sociedad red, e hicimos múltiples reseñas (introducción, economía, trabajo, cultura de la virtualidad real y, sobre todo, el espacio de los flujos), quedándonos, sobre todo, con este último concepto. La definición exacta que daba Castells del espacio de los flujos era «la organización material de las prácticas sociales en tiempo compartido que funcionan a través de los flujos» (p. 488-9), lo que más o menos viene a significar, diluyendo algo la definición, una nueva forma espacial y social («el espacio no es un reflejo de la sociedad: es la sociedad misma», decía también) caracterizada por redes complejas, superpuestas, flexibles y dinámicas por las cuales circulan flujos; de capital, de personas, de mercancías, de turismo, de esclavos, de drogas.

Por poner un ejemplo sencillo: la acumulación de mercancías que se dio durante la pandemia del COVID, las dificultades para volver a poner en marcha la cadena de suministros, las rutas alternativas que se buscaron cuando se colapsó el canal de Suez. Los flujos buscan siempre un lugar por el que fluir; puesto que no existe un sólo cauce en una sociedad de redes, cada vez escogen flujos distintos; si no hay uno adecuado, lo abren, y la apertura del primero lleva a la creación de muchos más. El espacio de los flujos es una de las expresiones que hemos usado a menudo en el blog para referirnos al tiempo postfordista, es decir, la forma del tardocapitalismo que surge alrededor de los años 70 del pasado siglo, se consolida hacia los 90 y donde ahora vivimos plenamente. La otra expresión que usamos a menudo es la de acumulación flexible, que es la forma como David Harvey definía este nuevo tardocapitalismo (a raíz de sus reflexiones sobre La condición de la posmodernidad). Y no es casualidad que usemos la expresión del uno o del otro: ya nos explicó Sharon Zukin en su artículo sobre la sociología urbana de los 80 que estos dos nombres eran los pesos pesados de la disciplina.

El segundo volumen, El poder de la identidad, indagaba en cómo respondían los distintos pueblos y culturas a la llegada del espacio de los flujos (global y opuesto al espacio de los lugares, que es local): se abrían oportunidades, claro, pero también temores de pérdida o disolución de la identidad, y aumentaban las proclamas nacionalistas, religiosas o fundamentales. Sin embargo, si el análisis de La sociedad red era atemporal, y hablaba de la apertura de una nueva forma capitalista y social (a pesar de que «la ciudad informacionalista» o «la era informacionalista» no sea un concepto que haya calado, sí lo hizo el de «espacio de los flujos»), El poder de la identidad había envejecido algo y era una colección de casos concretos característicos de su tiempo.

Algo similar sucede con este Fin de milenio. Se analizan procesos sociales complejos que, sin duda, han conformado nuestro día a día; pero no dejan de ser análisis concretos de procesos puntuales que ya han terminado o se han visto modificados. Por ejemplo: el colapso de la Unión Soviética, el auge del Pacífico asiático (hoy hablaríamos de China, claro) o la unificación europea (de la que hoy, con el Brexit o la guerra de Ucrania, por ejemplo, hablaríamos de otro modo, y no tanto como «el advenimiento de una nueva forma de Estado, el Estado red»). Todos estos análisis son, como siempre con Castells, profundos, muy bien documentados y amenos de leer, así que los aconsejamos totalmente; pero escapan al propósito del blog.

Sin embargo, nos quedamos con gran parte de las conclusiones. Por su gran capacidad de observación y de perspectiva (Castells siempre afirma que no es futurólogo y que no se atreve a pronosticar lo que puede pasar; que él sólo da datos de lo que sucede y aventura, a partir de lo documentado, el camino más probable), por su resumen de los cambios en los que ahora estamos inmersos; y porque, tras escribir tal enorme trilogía, y haberse convertido en uno de los referentes en ciencias sociales de las últimas décadas, Manuel Castells se lo merece.

Tras la desaparición del estatismo como sistema, en menos de una década el capitalismo prospera en todo el mundo y profundiza su penetración en los países, las culturas y los ámbitos de la vida. Pese a la existencia de un paisaje social y cultural muy diversificado, por primera vez en la historia, todo el planeta está organizado en torno a un conjunto de reglas económicas en buena medida comunes. Sin embargo, es un capitalismo diferente del que se formó durante la Revolución industrial o del que surgió de la Depresión de los años treinta y la Segunda Guerra Mundial, en la forma de keynesianismo económico y el estado de bienestar. Es una forma endurecida de capitalismo en cuanto a fines y valores, pero incomparablemente más flexible que cualquiera de sus predecesores en cuanto a medios. Es el capitalismo informacional, que se basa en la producción inducida por la innovación y la competitividad orientada a la globalización, para generar riqueza y para apropiársela de forma selectiva. Más que nunca, está incorporado en la cultura y la tecnología. Pero esta vez, tanto la cultura como la tecnología dependen de la capacidad del conocimiento y la información para actuar sobre el conocimiento y la información, en una red recurrente de intercambios globalmente conectados. (p. 372).

También las vidas de los trabajadores han cambiado drásticamente. Junto a la opción de desarrollar, de forma rápida, casi cualquier tarea o empresa, surgen enormes bolsas de desigualdad y exclusión social, «los agujeros negros del capitalismo informacional». Además, debido a la velocidad de los cambios que imponen las redes, pocas personas están completamente a salvo de caer en uno de estos agujeros «de los que, estadísticamente, es difícil escapar».

Aproximadamente un tercio de la mano de obra, no especializada, necesita «a los productores para proteger su poder de negociación, pero los productores informacionales no los necesitan a ellos: ésta es una división fundamental en el capitalismo informacional, que conduce a la disolución gradual de los restos de la solidaridad de clase de la sociedad industrial». (p. 379)

¿Pero quién se apropia de una parte del trabajo de los productores informacionales? En cierto sentido, nada ha cambiado respecto al capitalismo clásico: sus empleadores; ése es el principal motivo por el que los emplean. Pero, por otra parte, el mecanismo de apropiación de la plusvalía es mucho más complicado. En primer lugar, las relaciones laborales están tendencialmente individualizadas, lo que significa que cada productor recibirá un trato diferente. En segundo lugar, una proporción creciente de productores controlan su propio proceso de trabajo y entran en relaciones laborales horizontales específicas, de tal modo que, en buena medida, se vuelven productores independientes, sometidos a las fuerzas del mercado, pero aplicando estrategias de mercado. En tercer lugar, sus ganancias suelen ir al torbellino de los mercados financieros globales, alimentados precisamente por el sector pudiente de la población mundial, de tal modo que también son dueños colectivos de capital colectivo, con lo que se vuelven dependientes de los resultados de los mercados de capital. En estas condiciones, apenas cabe considerar que exista una contradicción de clase entre estas redes de productores extremadamente individualizados y el capitalista colectivo de las redes financieras globales. Sin duda, se dan un abuso y una explotación crecientes de los productores individuales, así como de las grandes masas de trabajadores genéricos, por parte de quienes controlan los procesos de producción. No obstante, la segmentación de la mano de obra, la individualización del trabajo y la difusión del capital en los circuitos de las finanzas globales han inducido en conjunto la desaparición gradual de la estructura de clases de la sociedad industrial. Existen, y existirán, importantes conflictos sociales, algunos de ellos protagonizados por los trabajadores y los sindicatos, de Corea a España. No obstante, no son expresión de la lucha de clases, sino de reivindicaciones de grupos de interés o de revueltas contra la injusticia.

Las divisiones sociales verdaderamente fundamentales de la era de la información son: primero, la fragmentación interna de la mano de obra entre productores informacionales y trabajadores genéricos reemplazables. Segundo, la exclusión social de un segmento significativo de la sociedad compuesto por individuos desechados cuyo valor como trabajadores / consumidores se ha agotado y de cuya importancia como personas se prescinde. Y, tercero, la separación entre la lógica de mercado de las redes globales de los flujos de capital y la experiencia humana de las vidas de los trabajadores. (p. 380)

Las promesas del Estado, incapaz (o sin verdadera voluntad) de cumplir con el estado de bienestar y dar ciertas garantías sociales, cada vez se cumplen menos y se evidencia que están bajo el dictado de los grandes poderes internacionales del capital, por lo que pierden progresivamente legitimidad. ¿A dónde irá esa legitimidad?

En estas condiciones, la política informacional, que se realiza primordialmente por la manipulación de símbolos en el espacio de los medios de comunicación, encaja bien con este mundo en constante cambio de las relaciones de poder. Los juegos estratégicos, la representación personalizada y el liderazgo individualizado sustituyen a los agrupamientos de clase, la movilización ideológica y el control partidista, que caracterizaron a la política en la era industrial. Cuando la política se convierte en un teatro y las instituciones políticas son órganos de negociación más que sedes de poder, los ciudadanos de todo el mundo reaccionan a la defensiva y votan para evitar ser perjudicados por el Estado, en lugar de confiarle su voluntad. En cierto sentido, el sistema político se va vaciando de poder.

Sin embargo, el poder no desaparece. En una sociedad informacional, queda inscrito, en un ámbito fundamental, en los códigos culturales mediante los cuales las personas y las instituciones conciben la vida y toman decisiones, incluidas las políticas. En cierto sentido, el poder, aunque real, se vuelve inmaterial.

[…] Las batallas culturales son las batallas del poder en la era de la información. Se libran primordialmente en los medios de comunicación y por los medios de comunicación, pero éstos no son los que ostentan el poder. El poder, como capacidad de imponer la conducta, radica en las redes de intercambio de información y manipulación de símbolos, que relacionan a los actores sociales, las instituciones y los movimientos culturales, a través de iconos, portavoces y amplificadores intelectuales. (p. 381-2)

Aquí estamos en desacuerdo con Castells. Tal vez a finales de los 90 (recordemos: la trilogía es de 1996-98), la capacidad individual tenía cierto peso en las redes; en la red, mejor dicho, en internet. Ya en el primer apartado de La sociedad red reseñamos el valor que daba Castells a la cultura hacker que tuvo tanta importancia en los orígenes de internet, pero que, a dos décadas de distancia, se ha diluido en un ecosistema oligárquico controlado por unas pocas empresas, concentradas y con objetivos cada vez más conservadores, que deciden cómo se accede y se usa la red; y donde el anonimato de esos tiempos ha sido substituido por smartphones que nos imponen reconocimiento facial, de huellas dactilares o, como poco, repetir códigos a cada pocos minutos para confirmar nuestra identidad. En vez de terminales anónimas al ciberespacio, se han convertido en nodos de rastreamiento individual y colectivo. Por eso google nos informa de si hay mucha o poca gente en la carnicería tal cuando la buscamos en internet; porque la cantidad de información disponible es abrumadora y de muy difícil acceso para quien no tenga conocimientos especializados.

El espacio de los flujos de la era de la información domina al espacio de los lugares de las culturas de los pueblos. (…) La tecnología comprime el tiempo en unos pocos instantes aleatorios, con lo cual la sociedad pierde el sentido de secuencia y la historia se deshistoriza. Al recluir al poder en el espacio de los flujos, permitir al capital escapar del tiempo y disolver la historia en la cultura de lo efímero, la sociedad red desencarna las relaciones sociales, induciendo la cultura de la virtualidad real. (p. 383)

Es decir: Emilia Clarke es la madre de dragones, una mujer de voluntad férrea y decisión poderosa, obviando las distancias entre actriz y personaje; incluso el doblador al español de Sheldon Cooper (protagonista de The Big Bang Theory, una sitcom sobre físicos de alto nivel) realiza anuncios sobre tecnología, en una extraña carambola donde se le presupone cierta semejanza con el personaje no ya al actor que lo interpreta, sino al que dobla su voz a otro idioma. Pero el objetivo no es dicha semejanza, sino una curiosa chanza, un reconocimiento al canal, compartido entre el emisor y el receptor, cierta forma similar de pensamiento: «han escogido a tal persona para hacer tal anuncio…» y generar una cadena de simpatía que se vincule con el producto anunciado. La virtualidad real, en estado puro y cada vez más complejo.

En la era industrial, el movimiento obrero luchó contra el capital. Sin embargo, capital y trabajo compartían los objetivos y valores de la industrialización –productividad y progreso material–, buscando cada cual controlar su desarrollo y una parte mayor de su cosecha. Al final alcanzaron un pacto social. En la era de la información, la lógica prevaleciente de las redes globales dominantes es tan omnipresente y penetrante que el único modo de salir de su dominio parece ser situarse fuera de esas redes y reconstruir el sentido atendiendo a un sistema de valores y creencias completamente diferente. (p. 385)

Volvemos a estar en desacuerdo con Castells. No tanto con el pacto social entre capital y trabajadores (nos parece más una paz ficticia que se pudo mantener mientras el capitalismo se expandía geográfica y temporalmente, algo que llegó a su fin cuando todo el mundo ya estaba bajo sus redes, como explicaba Harvey), sino por los enormes cambios sociales que debían llegar con el advenimiento de la era informacional y que, sin embargo, han sido absorbidos por la sociedad en apenas una generación. Eso sí: cada vez se ha vuelto más difícil cuestionar el sistema (de flujos, de acumulación flexible, llámenlo como quieran), con sus valores sobre eficacia y su conversión de todo lo existente en algo capaz de ser valorado monetariamente.

«Sin un Palacio de Invierno que tomar, las explosiones de revuelta puede que implosionen, transformándose en violencia cotidiana sin sentido.» (p. 387). O en un individualismo extremo, carente de la más mínima solidaridad social (algo que comentábamos a propósito de los residentes de las gated communities en el artículo de Carmen Bellet Visiones de privatopía).

La economía global se expandirá en el siglo XXI , mediante el incremento sustancial de la potencia de las telecomunicaciones y del procesamiento de la información. Penetrará en todos los países, todos los territorios, todas las culturas, todos los flujos de comunicación y todas las redes financieras, explorando incesantemente el planeta en busca de nuevas oportunidades de lograr beneficios. Pero lo hará de forma selectiva, vinculando segmentos valiosos y desechando localidades y personas devaluadas o irrelevantes. El desequilibrio territorial de la producción dará como resultado una geografía altamente diversificada de creación de valor que introducirá marcadas diferencias entre países, regiones y áreas metropolitanas. En todas partes se encontrarán lugares y personas valiosas, incluso en el África subsahariana, como he sostenido en este volumen. Pero también se encontrarán en todas partes territorios y personas desconectadas y marginadas, si bien en proporciones diferentes. El planeta se está segmentando en espacios claramente distintos, definidos por diferentes regímenes temporales. (p. 388)

Visiones de privatopía, Carmen Bellet

El título completo de este artículo, aparecido en «Scripta Nova. Revista electrónica de geografía y ciencias sociales» (Vol. XI, núm. 245 (08), 1 agosto de 2007) es «Los espacios residenciales de tipo privativo y la construcción de la nueva ciudad: visiones de privatopía». En él, Carmen Bellet Sanfeliu, del Departamento de Geografía y Sociología de la Universidad de Lleida, repasa las principales características de los espacios residenciales cerrados (ya sea de forma simbólica, ya sea de forma física, como las gated communities de que hemos hablado a menudo) e indaga en las causas tras su proliferación. El artículo está disponible aquí.

Sea cual sea su forma (barrio cerrado, urbanización privada, club de campo, gated community), estos entornos son «el producto residencial neoliberal y posmoderno por excelencia». Por un lado, suponen el máximo punto de elección: cuando un ciudadano puede escoger, no ya sólo el entorno en el que quiere vivir, sino el tipo de personas por las que se va a rodear. Además, y teniendo en cuenta que la seguridad es uno de los principales valores con los que se publicitan, los entornos residenciales cerrados «resultan ser el cobijo ideal para superar todas aquellas inseguridades e incertidumbres que genera la sociedad postmoderna».

Bellet destaca dos posibles respuestas a los miedos generados por la «sensación de inestabilidad e inseguridad» de estos tiempos: la primera consiste en «retraerse del conjunto de la sociedad en unidades más pequeñas, más controlables y seguras», como las gated communities o cualquier tipo de barrio cerrado o urbanización privada. La segunda respuesta consiste en escapar mediante la huida a «mundos paralelos, perfectos y fantásticos», como son los resorts residenciales, comunidades tipo club o las ciudades simulación creadas por el Nuevo Urbanismo en Estados Unidos (el ejemplo es la famosa Celebration de Disney, a la que volveremos luego pero que ya hemos tratado en otras ocasiones en el blog).

La literatura académica tradicionalmente ha asociado los procesos de fragmentación y privatización urbanos a determinados usos y funciones: los espacios de producción (parques industriales), parques empresariales y complejos de oficinas, espacios de ocio y consumo (centros urbanos privatizados, centros comerciales, parques temáticos), e incluso con algunas megaestructuras públicas (centros culturales, centros educativos y universidades, centros de convenciones, aeropuertos y estaciones de transporte, etc.). Sin embargo en las dos últimas décadas los procesos de privatización han penetrado de forma clara en los usos residenciales a través de diversas tipologías (comunidades cerradas, condominios, supermanzanas, urbanizaciones y complejos privados) y empiezan a ser familiares, como ya hemos apuntado, en casi cualquier gran ciudad del planeta (Webster, 2001).

Desde esta perspectiva, igual que se pasa de un fordismo de mediados del pasado siglo a un postfordismo donde las empresas tratan de llenar nichos muy específicos, desde el punto de vista del consumo se podrían ver los entornos residenciales privativos como una «hiperespecialización» residencial, un tema que Bellet va recorriendo durante el resto del artículo. Por un lado, las comunidades se erigen como «micro-universos», «un pequeño fragmento homogéneo en su sino que poco o nada tiene que ver con aquello que lo rodea». Son entornos poco diversos (de ahí, precisamente, su atractivo: que uno pueda vivir rodeado de aquellos que son como él): algunos por edad, otros por creencias religiosas, características sociales o, las veces en que estos factores no son los decisorios, y se priman otros como puedan ser estéticos o hasta emocionales (la vuelta a una idílica comunidad rural, por ejemplo), la segregación la impone el precio de acceso o de residir allí.

Pero, aunque soterrada, la elección de vivir en un entorno cerrado esconde siempre la segregación.

Las normas establecen y salvaguardan el estilo de vida y determinan, por lo tanto, el tipo de población que puede residir en el desarrollo residencial. El posible comprador o habitante se convierte así también en parte del producto. El estilo de vida que se vende, junto al precio, es uno de los elementos que genera segregación sin hacerlo sin embargo de forma abierta. Si la segregación es políticamente incorrecta e inaceptable, el hecho de elegir una comunidad por su estilo de vida es al contrario una actitud valorada positivamente ya que encaja perfectamente en la historia y tradición norteamericana (Degoutin, 2006, pp. 99). [el destacado es nuestro]

Esto tiene dos efectos devastadores. Por un lado, se crea un sistema social donde cada uno vive en el entorno que le corresponde en función de sus ingresos, su forma de vida, el color de su piel o la edad. Las comunidades resultantes son lugares libres de heterogeneidad, de diferencias, de encuentros desafortunados, con lo que sus habitantes se desacostumbran al hecho de que la ciudad, el resto del mundo fuera de su comunidad, es un entorno diverso en razas, edades y comportamientos. Como denunciaba Richard Sennet en El declive del hombre público, por ejemplo, olvidan cómo lidiar con la diferencia o el conflicto, algo inherente a los lugares donde vive gran cantidad de personas. Y, si nos disculpan el chascarrillo, se genera el personaje caracterizado como «Karen» en Estados Unidos (obviando el machismo de que sea un personaje femenino): un ser asocial que no comprende, ni tolera, ni respeta, que haya otras personas viviendo en un espacio público de modos alternativos al suyo.

El otro gran problema generado por el auge de estas comunidades es que se convierten en los garantes de los derechos y necesidades de sus habitantes. La protección ya no viene de la policía (servicio público), sino de un servicio privado de seguridad (en Estados Unidos ya hay más vigilantes -privados- que policías -públicos-), con lo que eso conlleva de pérdida del nivel de democracia o respeto hacia las leyes (seguramente sea complicado obligar a tu jefe a aparcar bien el coche, si quieres mantener el puesto de trabajo). Lo mismo sucede con las cañerías, el mantenimiento de las calles, la iluminación… Puesto que pasan a ser servicios privados de la comunidad, que además sus habitantes tienen que pagar, éstos se liberan de la necesidad de tener que pagar también los servicios públicos de la ciudad en la que habitan, degradándola. Porque los habitantes de enclaves privatizados siguen usando la ciudad, pueden visitarla, pueden trabajar en ella, recorrer sus calles y, seguramente, esperen que los servicios se sigan manteniendo; pero, puesto que ellos ya financian los servicios de sus comunidades, a menudo con enormes presupuestos, no sienten esa obligación hacia los lugares donde no residen.

Esto es algo que, en general, sólo podía suceder en Estados Unidos y en entornos con una tradición similar y que Bellet relaciona, de forma muy acertada, con la white flight, la huida de las clases medias blancas durante mediados del siglo pasado del centro de la ciudad hacia los entornos residenciales; hacia suburbia, vaya.

Una gated community no consiste solo en una agrupación de viviendas delimitadas por un perímetro controlado, sino que busca además crear un espíritu de comunidad, de colectivo con valores y visiones similares (Kunstler, 1993, 1996; Hayden, 2004). Ningún otro país posee una tradición y herencia tan rica en la materialización física de utopías (religiosas, políticas y sociales) ni la fuerza de la democracia directa y gobierno local que da a las diferentes comunidades una gran autonomía (Fishman, 1987; Braudillard, 1986; Judd y Swanstrom, 1994). El espíritu de la búsqueda del ideal comunitario que trajeron consigo los pioneros y exploraron algunos en el nuevo mundo persiste aún hoy, aunque sea tan solo, las más de las veces, utilizado como un reclamo publicitario y estrategia de venta. No es casual que nos sea tan difícil de traducir el nombre, gated communities, tras del cual, no solo hay un producto físico, sino también otras muchas dimensiones que van ligadas, por un lado, a la visión utópica sobre la comunidad y, por otro, a la autonomía en el gobierno que históricamente se ha desarrollado a escala comunitaria, la escala más próxima al ciudadano y a los intereses de grupo. Aún hoy muchos de los nuevos desarrollos son vendidos con el sueño de participar en la construcción de una comunidad, de una utopía colectiva.

El final del artículo lo dedica Bellet a analizar ciertas comunidades y sus entornos idílicos, convertidos en simulaciones de parque temático. El primer ejemplo es Celebration, la comunidad erigida por Disney con «la tematización absoluta del espacio como punto fuerte del desarrollo» y un control total del espacio, sus usos y su diseño, amén, claro, de una gestión privada de todo el conjunto y de los servicios. «En Celebration, como ya hizo en sus parques temáticos, Disney evoca una forma urbana sin producirla.»

Celebration. La fotografía es de Mark Power para Magnum.

Otros ejemplos son Seaside, en Florida, el pueblo tan idílico que se usó como metáfora de un plató gigante para la película El show de Truman (y uno se pregunta qué sentirían sus habitantes, si orgullo o vergüenza por tal elección como decorado) o Hamlet Estates, en Jericho (Long Island, Nueva York), una paradoja de comunidad simulada puesto que todos sus edificios se basan en la arquitectura de las obras de Frank Lloyd Wright… mezclando todas sus épocas y sin tener nunca en cuenta que el famoso arquitecto las diseñó atendiendo a sus entornos y, en general, valorando que estuviesen rodeadas de naturaleza, y no apiñadas unas junto a las otras.

Los habitantes de los desarrollos residenciales privados, y los usuarios de los otros enclaves urbanos privados, no renuncian al consumo del espacio público, de la ciudad tradicional, pero se desentienden y renuncian expresamente a su construcción y mantenimiento. No hay intercambio con la ciudad tradicional, con la esfera pública, solo puro consumo.

Y es precisamente en el aspecto de la corresponsabilidad de todos en la construcción de la esfera pública, para con la sociedad y la ciudad, lo que debe de reclamarse a promotores, propietarios y habitantes de esos desarrollos y enclaves privados.

Y, algo más adelante, tras analizar el auge de las gated communities:

La única manera de revertir el proceso radicaría en la regeneración de aquellas condiciones que hacían a la ciudad digna de ser vivida, las mismas condiciones que recrean buena parte de esos enclaves: la provisión de seguridad, medio ambiente y entorno saludable y presencia de espacios públicos, equipamientos y servicios necesarios.

Las citadas condiciones, antes proveídas por la esfera pública, son facilitadas hoy de forma más eficiente por la esfera privada.

Por ello, Bellet propone la creación de un reglamento específico para estas comunidades que ayude a gestionar las relaciones entre ciudad y gated communities pensando en el bienestar general, no el de unos pocos.

El viajero subterráneo, Marc Augé

Marc Augé es un observador. Él mismo se define, en éste y en otros de sus libros, más como etnólogo que como antropólogo (pese a que es ambas cosas): alguien que, en algún lugar, observa y extrae conclusiones. De ahí surgen, por supuesto, las reflexiones sobre los no lugares, que se han convertido, tal vez, en los espacios de referencia de la actualidad (como lo fueron las heterotopías para finales del siglo pasado; pero, donde aquéllas eran reflexiones para sociólogos y antropólogos, el concepto de no lugar ha calado de forma mucho más amplia entre la sociedad, tal vez por lo evidente de su concepción, una vez que uno conoce el concepto). Esas observaciones, claro, no puede hacerlas cualquiera, y es entonces cuando Augé despliega todo su conocimiento sobre la tradición de etnología y antropología (esencialmente francesa, lo que no es de extrañar, dado que nació en Poitiers en 1935).

En 1986 publicó El viajero subterráneo. Un etnólogo en el metro (leemos la traducción de Alberto Bixio para la edición de Gedisa de 1988), donde aplica esa capacidad de observación a algo tan banal, cotidiano y, en el fondo, profundo, como son los viajes en el metro. En cuatro capítulos (Recuerdo, Soledades, Empalmes, Conclusiones), no tan distinguidos salvo por el punto de entrada a cada uno, Augé alterna reflexiones muy obvias (la precisión con que todo transeúnte conoce dónde quedarán las puertas o dónde queda la salida de su estación de destino) con otras sobre las diferencias entre culturas o individuos de la misma cultura, exponiendo entonces la tradición de la que proviene (con múltiples referencias a, sobre todo, Lévi-Strauss y Marcel Mauss).

El usuario del metro, en lo esencial, sólo maneja el tiempo y el espacio, y es hábil para medir el uno con el otro. (p. 18)

De ahí pasa a cómo el nombre de las estaciones es, en el fondo, una cartografía personal de cada uno, que a menudo se puede reducir a una sola frase: «ah, sí, yo estuve muchos años bajando en tal parada». Algo tan sencillo oculta, claro, horas inenarrables de itinerarios, además de todo un plan de vida organizado alrededor del trabajo, o de la vivienda, o del ocio, y que concluía o empezaba en ese lugar pero llevaba asociado toda la logística necesaria para llegar hasta allí. A menudo la ciudad se divide en geografías mutables donde cada usuario busca los métodos que le están disponibles para ir de un lugar a otro y donde los recursos económicos también juegan su papel: desde el coche privado, al taxi, a la combinación de bus o metro, la bicicleta, el recurso final al propio caminar.

De ahí, sin embargo, Augé da uno de los muchos saltos que dará a lo largo de la reflexión y se centra en la cultura.

La paradoja a la que está acostumbrado el etnólogo es la siguiente: Todas las «culturas» son diferentes, pero ninguna es radicalmente extraña o incomprensible para las otras. Por lo menos, ésta es la manera en que por mi parte formularía la cuestión. Otros se atendrán al primer término de la proposición y pondrán el acento, o bien sobre el carácter absolutamente irreductible e inexpresable de cada cultura singular (con lo cual adoptan naturalmente un punto de vista relativista) o bien sobre el carácter parcial, aproximado y vulnerable de todas las descripciones, de todas las traducciones etnográficas (con lo cual asignan a la gestión etnológica un largo rodeo por obra de los métodos trabajosos pero seguros de disciplinas experimentales como la psicología cognitiva). (p. 23)

Si acaso ahí subyace la diferencia entre antropología y etnología: la primera estudia la cultura (y le sucede como a lo urbano que analizábamos en el artículo de Sharon Zukin de la semana pasada, que se vuelve tan amplio que se disuelve) y la segunda se limita a observar; y, a partir de esa observación, obtiene un atisbo a la cultura, o a las distintas culturas que forman un mismo mundo.

En el metro, los signos de la alteridad inmediata son numerosos, a menudo provocativos y hasta agresivos. (p. 28)

Pero Augé no se refiere a «todos aquellos que atestiguan la irrupción de la historia mundial en nuestros recorridos cotidianos», lo que llama la «alteridad lejana» y que son, en esencia, inmigrantes (o físicamente distinguibles como inmigrantes o pertenecientes a otra cultura, aunque hayan nacido en la propia; como recordaba Delgado, el «estigma» de ser extranjero se hereda); no, se refiere a, por ejemplo, los jóvenes u otros tipos de alteridad más cercana y por eso más extraña.

¿Qué esconden los nombres de las estaciones de metro? Para responder habría que auscultar cada ciudad, una a una, y si acaso cada estación. Hay nombres de batallas, de personajes relevantes, de momentos que el poder ha considerado importantes; como en el caso de las ciudades, la historia se ha seleccionado y ciertas partes (burguesas, romantizadas) se ensalzan mientras que otras (proletarias, revoluciones, logros obreros) se esconden; sorprende que no exista un homenaje en Barcelona a la huelga de La Canadiense; mejor dicho, no, no sorprende en absoluto), y viene a la mente el concepto de monumento de Lefebvre, para el cual eran homenajes no soterrados al poder o elementos de este propio poder para ensalzarse a sí mismo.

Si hubiera que hablar de rito respecto de los recorridos del metro y en un sentido diferente del que asume el término en las expresiones comunes en las que se devalúa, como simple sinónimo de costumbre, habría que hacerlo tal vez partiendo de la siguiente comprobación que resume la paradoja y el interés de toda actividad ritual: ésta es reiterada, regular y sin sorpresas para todos aquellos que la observan o están relacionados con ella de manera más o menos pasiva, y es siempre única y singular para cada uno de aquellos que intervienen en ella más activamente. (p. 51)

Es aquí, al hablar, más de «soledades», en plural, que de la soledad del viajero, donde Augé dedica más tiempo a la reflexión teórica, abordando el hecho social según las visiones de Mauss o Lévi-Strauss, al abordar qué se hace en el metro (algo que los smartphones han dejado completamente desfasado; y para cuándo un estudio sobre qué aparece en la pantalla de cada viajero, como los había sobre qué libros o periódicos eran los más leídos en la época de las observaciones de Augé).

…no hay nada tan individual, tan irremediablemente subjetivo como un trayecto en particular en el metro (…) y, sin embargo, nada es tan social como semejante trayecto, no sólo porque se desarrolla en un espacio-tiempo sobrecodificado sino también y sobre todo porque la subjetividad que en él se expresa y que lo define en cada caso (todo individuo tiene su punto de partida, sus combinaciones y su punto de llegada) forma parte integrante, como todas las demás, de su definición como hecho social total. (p. 64)

De ahí que la inseguridad en el metro sea siempre un tema tan candente: porque «la idea del consenso contractual» es «esencial a la definición de esta institución» (p. 79). Recordemos que Delgado siempre escogía el vagón de metro como elemento de sociedad autoorganizada, pues quién se sienta y quién está de pie, quién acata las normas y quién las transgrede, dónde se sitúa cada uno en cada momento, es algo constantemente negociado y renegociado entre los distintos individuos en función de su interpretación (subjetiva) de las normas (colectivas).

Con la diferencia de algunos detalles culturales y algunos ajustes tecnológicos, aproximadamente cada sociedad tiene su metro, impone a cada individuo itinerarios en los cuales aquél experimenta singularmente el sentido de su relación con los demás. Que ese sentido nace de la alienación es algo que la etnología, entre otras disciplinas, ha mostrado desde hace mucho tiempo, y esta verdad es paradójica sólo porque es resistida por cierta idea del individuo, anclada en las evidencias sensibles del cuerpo, idea que define a su vez y de rechazo los límites y el sentido de lo social. (p. 115)

«Una década de la nueva sociología urbana», Sharon Zukin

En 1980, Sharon Zukin publicó un artículo titulado «A Decade of the New Urban Sociology» (Theory and Society, Vol. 9, Noº 4, pp. 575-601), «Una década de la nueva sociología urbana», donde recogía los cambios que estaban sucediendo en la disciplina, así como los errores conceptuales que se iban arrastrando desde la Escuela de Chicago, y proponía algunos temas nuevos a tratar. Los dos nombres esenciales sobre los que pivota el artículo son los de Castells y Harvey, y la parte central del mismo consisten en una comparación entre el enfoque, y la obra, de estos dos pesos pesados del tema urbano.

Uno de los hitos que marcó la debacle de la Escuela de Chicago fue, como aprendimos en La Escuela de Chicago de Sociología, la irrupción de nuevas herramientas y los métodos estadísticos a la disciplina. De repente, todos los estudios trataban de cuantificar datos para evidenciar hipótesis ya asumidas, por lo que los sociólogos, como comenta Zukin, se convirtieron en asalariados del Estado gracias a las muchas universidades y fundaciones que los apoyaban.

Essentially, urban sociologists took as their tasks tracking the movement of people, social and economic activity, and spatial forms in the process they called «urbanization,» and finding the uniformities of behavior and belief they called «urbanism». Both the process of urbanization and the pattern of urbanism were considered universal, inexorable characteristics of social change (p. 575)

Puesto que estos movimientos demográficos y cambios se daban como algo natural, las metáforas con las que fueron descritos eran, lógicamente, la biología y la ecología (y de ahí la ecología urbana de los de Chicago, que si consiguieron tal renombre fue más por su capacidad «periodística» de bajar a la calle y describir lo que veían que por una gran estructura teórica con que envolverla). Del mismo modo que consideraban que las «áreas naturales», término que nunca llegaron a concretar pero que podía incluir Little Italy, el barrio judío o el gheto negro (pero nunca los barrios blancos de clase media o alta), acabarían fundiéndose en una especie de crisol (melting pot) homogéneo, blanco y de clase media, daban por sentado que las decisiones de dónde vivir de las personas eran elecciones que tomaban, más que situaciones a las que se veían abocados.

En esta hipótesis en la que estaban (que, de nuevo, más que una hipótesis era una visión concreta, no cuestionada), cualquier disrupción en el orden establecido se tomaba como algo que debía ser estudiado de modo puntual; y ni la infraestructura ni el estado tenían nunca nada que ver en ello.

Las crisis contraculturales de los 60 (Zukin cita los disturbios negros en los ghetos y mayo del 68), que la sociología no fue capaz de adivinar, supusieron un pequeño cambio en el objeto de la disciplina, que se centró en la renovación urbana, el sistema criminal o las políticas de bienestar. De nuevo, acudiendo a la estadística y los grandes números.

Hubo tres corrientes, sin embargo, que buscaron un nuevo enfoque. La primera, los empiristas radicales americanos (los términos son los que usa Zukin) que, esquivando la doctrina oficial, estudiaron la competencia social entre clases, con las luchas de vecindad, por las escuelas en los barrios, la violencia del estado en ciertos sectores… Luego estaban los británicos neoweberianos (que ya vimos en Sociología Urbana de Francisco Javier Ullán de la Rosa), «donde los urbanólogos (urbanologist, ?) ya habían desarrollado una tradición de investigación aplicada en reparar una distribución desigual de los recursos», y finalmente, claro, los marxistas franceses. Tal vez por ser «latecomers to the urban sociology» (suponemos que Halbwachs y Chombart de Lauwe no cuentan para Zukin) y por no tener el mismo respaldo del estado que en Estados Unidos, los franceses se presentaban como mucho más teóricos y críticos ante el Estado, y venían marcados por tres claras influencias: la crítica de Lefebvre «de la sociedad urbana en términos de la reproducción social del capitalismo industrial», la distinción de Touraine entre «las distintas formas de acción social» y las tesis de Althusser al marxismo francés. Ahí es nada.

Los tres frentes trataban de convertir la sociología urbana en una disciplina científica.

… they have been critically re-evaluating the history of urbanization. Rather than merely document the successive emergence of urban forms (e.g., the change from the pre-industrial to the industrial city, or the reproduction of metropolitan urban forms in colonial and post-colonial capitals), their historical analysis focuses on the hegemony of urban forms within social formations and the hegemony of metropolitan culture within the world system as a whole; the rise and decline of particular cities; and the political, ideological, juridical, and economic significance of particular urban forms, especially in advanced capitalist societies. (p. 579)

Sus temas, ahora, enlazaban «la urbanización, la búsqueda del beneficio capitalista, los intentos del estado por moderar los conflictos de clase»; los sociólogos tuvieron que aprender a usar términos políticos y económicos y tuvieron que abrirse a nuevas disciplinas, pues el estudio de la ciudad no podía ser un campo cerrado. Pero la disciplina se abrió tanto que el propio significado del término «urbano» iba quedando difuminado.

But the very congruence, from 1500 to 1900, of urbanization, industrialization, and capitalist development raised the logical possibility that «urban» phenomena could be subsumed by either «technology» or «mode of production» and therefore deserved no study of their own. Empirically, if world-wide urbanization and «metropolitanization» covered the face of every society, then the study of cities per se was superfluous. Methodologically, if cities merely reproduced the contradictions of a given social structure, then the study of cities was essentially identical with studying society as a whole. (p. 580).

Estas dudas fueron las que llevaron a la pregunta de Castells sobre si existía una sociología urbana; lo que no impidió, como comenta con cierta ironía Zukin, que se siguiesen publicando artículos bajo el mismo paraguas. Las principales obras del momento eran, según la autora, el estudio de casos históricos que ponían de manifiesto esa estructura teórica que aún se estaban desarrollando, como la investigación de Jean Lokine sobre el desarrollo urbano de París entre 1945 y 1972, que evidenciaba los conflictos de clase y de trabajo en temas cómo dónde se construían estaciones de tren de alta velocidad (al servicio de las clases altas), la competencia por el espacio central y la creación, en concreto, de La Défense. Zukin escoge el desarrollo de este centro económico porque pone de manifiesto la importancia creciente del capital global, así como la concentración de recursos para el capital que podrían haber sido usados para mejorar las condiciones de otras clases sociales; además de la creación de horribles espacios arquitectónicos que no se integran con la ciudad sino que se erigen como sede del poder transnacional.

A pesar de las distintas corrientes que iban surgiendo en la disciplina, sin embargo, dos nombres brillaban con luz propia: Manuel Castells y David Harvey.

Both are historical materialists. For Castells, the four «elements of urban structure» –production, consumption, exchange, and institutions– are determined by the reproduction of the means of production and the reproduction of the labor force in any given social formation; for Harvey, the «urban process under capitalism» is created through the interaction of capital accumulation and class struggle. While Castells is more eclectic in his sources and his data, ranging in his empirical work from France to Latin America and in his interpretations to every existing type of social formation, Harvey is more judicious and more exact, concentrating on American society and on economic data. Castells’ inclusiveness tends to diffuse his framework into definitions and categories whose unification rests on structuralist premises. Harvey’s narrower focus produces a more functionalist marxist approach which demonstrates, rather than assumes, connections between trends and structures. They differ, too, in emphasis. Castells –and the studies that he has inspired in both France and the United States– tends toward treating the city in terms of the problems of social reproduction; Harvey focuses on the city’s role in the production of capital. Just as Harvey emphasizes investment flows, mediating financial institutions, and credit mechanisms, so Castells is drawn to the urban segregation of social classes and the rise of grass-roots political movements. (p. 584)

Castells da mayor importancia a la lucha de clases y la intervención política; el Estado juega un papel importante porque es quien controla la planificación urbana y quien redistribuye los recursos, por lo que todo movimiento social aparece como una pugna por obtener control estatal. Castells presupone la existencia de un «compromiso de mínimos» mediante el cual el Estado, pese a que no sea provechoso para el capitalismo ni ofrezca réditos directos, redistribuye ciertos bienes sociales (educación, sanidad). Harvey comprende, por su parte, que la resistencia organizada fuerza a las estrategias capitalistas a ciertos compromisos, pero en general se centra en el rol del Estado como facilitador de las reglas del juego que impiden que el capitalismo sea víctima de sus propias acciones (como se hizo con la crisis de 2008, cuando se socializaron las pérdidas de los bancos y no se obligó al capital a responsabilizarse de sus decisiones).

Las crisis urbanas son, para Harvey, de acumulación de capital; para Castells, de consumo. Según Harvey, el capital se acumula de forma grotesca para obtener beneficios hasta que la zona deja de ser rentable o surge una que lo es más (lo llamará «coherencia estructurada«, algo que ya vimos). Sin embargo, aunque el capital se retire y la zona se devalúe, al mismo tiempo retiene cierto capital social y cultural, que puede ser usado de nuevo para obtener beneficios. Por ello, el propio flujo del capitalismo es el que va generando zonas de desarrollo desigual, en función de sus necesidades.

Para Castells, en cambio, dichas crisis son fruto de factores sociales y políticos, en concreto, del fallo en la gestión del consumo colectivo, y se deben a las propias limitaciones del estado (ya sean intrínsecas, como la imposibilidad de gestionar determinado número de demandas sociales, como impuestas por el propio capital, que vería de otro modo limitada su capacidad para obtener beneficio). Cuando se alcanzan estos límites es cuando surgen las crisis urbanas.

Pese a estas y otras diferencias, ambos coinciden en que «el espacio urbano se produce deliberadamente como respuesta a las necesidades del capital. Puede ser monopolizado por algunos grupos y luego «liberado» de su posesión por grupos no dominantes, pero –a diferencia de los supuestos de la Escuela de Chicago– el espacio urbano nunca sucede como una creación natural o espontánea» (p. 589). Ambos coinciden, también, en criticar la desigualdad con que se reparten estos beneficios y cómo el modo de producción capitalista está relacionada (si no es la causa directa) en ella.

En la parte final del artículo, Zukin destaca los cuatro temas que, a su parecer, la sociología aún tiene pendiente tratar:

  • el papel de la ciudad en la acumulación de capital;
  • el papel de la ciudad como acumulador de mano de obra barata;
  • la penetración de la política y economía nacionales en lo local (que se refiere a la carencia de autonomía por parte de las ciudades, puesto que siempre son elementos que forman parte de un país, aunque las últimas décadas las han llevado a tratar de ser cada vez más autónomas para superar este hecho);
  • la coordinación de una matriz urbana de interruptores en la estrategia de investigación que relaciona la producción y el consumo, es decir, la centralidad de las ciudades como lugares de control, comunicación y acumulación, pero también como entes «complejos» donde se desarrollan nuevas formas de consumo y producción que luego se exportan al resto de lugares (por poner un ejemplo relativamente banal, los «cazadores de tendencias» de moda se dan en entornos urbanos; y luego sus decisiones se popularizan y se exportan a todos los ámbitos, algo que la visibilidad de las redes está llevando a entornos no necesariamente exclusivamente urbanos).

Como cuestión final, Zukin se vuelve a plantear si «aún existe una cultura urbana o un mito urbano que no esté completamente determinado por el capital o la tecnología» (p. 598). Teniendo en cuenta los caminos que recorrerían Castells o Harvey, por ejemplo (el espacio de los flujos del primero, la acumulación flexible del segundo, por citar sólo unos pocos, y teniendo en cuenta los muchos que aún nos quedan por descubrir en las lecturas del blog), la respuesta aún no está definida; pero siguen existiendo estudios urbanos, felizmente.

¿Pueden sobrevivir nuestras ciudades?, Josep Lluís Sert (CIAM)

La semana pasada, al reseñar el libro La arquitectura de la ciudad, de Aldo Rossi, recordamos brevemente los dos movimientos modernos que surgieron con la idea de mejorar la ciudad, es decir, como solución a los muchos problemas que presentaban por entonces: hacinamiento, alta densidad, carencia de higiene y de viviendas dignas… Uno de ellos, recordemos, era el movimiento de la Ciudad Jardín, ideada por Ebenezer Howard y desarrollada, sobre todo, por sus discípulos, Unwin entre ellos. El otro era el movimiento surgido alrededor de los Congresos Internacionales de Arquitectura Moderna, los famosos CIAM, llevados a cabo a partir de los años 30, aproximadamente, y que suelen estar representados por La carta de Atenas, escrita por Le Corbusier, que explicita las conclusiones a las que llegó el CIAM del año 1933 celebrado en un viaje de ida y vuelta de Marsella a Atenas en el barco Patris II.

Sin embargo, La carta de Atenas no se publicó en 1933, sino 11 años después, en 1942; y su autor fue Le Corbusier (junto a Jean de Villeneuve) emblema de todo el movimiento racionalista. Pese a que La carta recoge, en esencia, todo lo que se dijo y concluyó en el Patris II, el verdadero documento que refleja las deliberaciones de dicho congreso (el 4º CIAM), así como del siguiente, el 5º, celebrado en París en 1937, es el texto que presentamos a continuación, redactado por Josep Lluís Sert a petición del resto de miembros del CIAM.

¿Pueden sobrevivir nuestras ciudades? Un ABC de los problemas urbanos. Análisis y soluciones (1944; leemos la versión catalana del Departamento de Política Territorial y Obras Públicas de la Generalitat de Cataluña, 1983), sin embargo, no difiere en mucho del anterior. Habría que situarse en el lugar de los arquitectos, urbanistas e intelectuales que se reunieron, auspiciados por los mecenas, en ese barco, rodeados de pintores, artistas y similares. Sin duda no les faltaban ni soberbia ni paternalismo, convencidos de que iban a mejorar las condiciones de vida de tantos pobres; pero también es cierto que las ciudades, por entonces, sufrían carencias más que evidentes.

En ese origen, en ese flujo dual de, por un lado, ser conscientes de que eran ellos quienes podían arreglar el problema y, por el otro, no haberlo sufrido, surgen todos los males. Porque se plantearon las ciudades como algo racional, como un ente que había sido mal proyectado y planeado desde el principio, y propusieron cambiarlo por uno mejor. Pero no se trataba de una máquina de un hospital, que puede substituirse por otra mejor en cuanto ésta se desarrolla, sino de lugares con su historia, su inercia y sus habitantes. El gran error del racionalismo fue no tener en cuenta que las personas, especialmente las personas pobres, forman lazos entre ellas, redes, se aúnan para suplir carencias; también las personas de clase alta, claro, pero éstos siempre lo tienen más fácil para escoger en qué lugar vivir, mientras que en los barrios pobres viven, por definición, todas aquellas personas que no pueden vivir en ningún otro lugar: es decir, los pobres.

Tuvo que venir Jane Jacobs a recordarles esto: que en los barrios de los pobres se vivía mejor que en ciudades nuevas, surgidas de la nada, cuya población no tenía lazos sociales y donde además todas las funciones quedaban separadas.

Este resultado surgía de la voluntad científica con que abordaron el hecho. Empapados en el paradigma funcionalista, separaron la ciudad en sus cuatro funciones básicas; y trazaron mapas de cada una de esas funciones y los superponían, y se decían unos a otros: ¿veis?, la ciudad se divide en funciones. Luego, cada supuesto era lógica y seguía a los anteriores. Las infraviviendas donde se hacinaban los proletarios eran pequeñas, oscuras y estaban hacinados; pues proponían edificios altos para obtener sol, separados unos de otros, para que no se proyectasen sombra entre ellos y hubiese suficiente aire, y rodeados de espacios verdes que serían, también, ideales para el ocio. Todos los razonamientos presentes en este libro son similares: hay un problema, lo abordamos de modo único, sin tener en cuenta que se trata de parte de algo mayor, y proponemos una solución individual.

La consecuencia: ciudades erróneas, como Brasilia. Mamotretos de hormigón separados por kilómetros y vendidos al vehículo, el único medio que permitía enlazarlos. Espacios infrautilizados: oficinas llenas sólo de 9 a 5, espacios de ocio ocupados sólo de 5 hasta la noche.

La ciudad real, según los CIAM. Nótese la actividad bullente a sus pies.

El segundo tufillo que desprende este libro: su irrealidad. Las ciudades tienen que ser como nosotros decidamos. ¿Y los políticos, los poderes económicos, las autoridades variadas, incluso los ciudadanos, deben someterse a ese dictado? ¿Cómo se implementan esos planes grandilocuentes, quién decide si son óptimos, quién hace un estudio de sus posibles consecuencias? En el apartado dedicado al trabajo se concluye (y sin duda tendrían razón) que los puesto de trabajo están mal distribuidos, y se propone una nueva distribución (racional, lógica). Pero, ¿acaso el mercado se va a doblegar a la voluntad de los arquitectos?, ¿qué motivos se les aducen a los empresarios, al capital, para llevar a cabo todos esos cambios?

Y, tras todo el manifiesto, subyace algo que Jacobs fue la primera en destacar: que se trata de intelectuales que odian la ciudad.

Es cierto que las ciudades, en su forma actual, constituyen un error indudable. Ya no tienen funciones como unidades sino como conjunto. Son agrupaciones de pequeñas ciudades. Los urbanistas de los últimos años han estudiado las grandes ciudades divididas en unas pocas unidades semiaisladas que uniéndose completan las ciudades. Algunos han llegado a la conclusión de que la unidad urbana de 50.000 habitantes es en conjunto la más deseable, ya que se ha calculado que esta población es la más pequeña que podría soportar económicamente las diversas funciones inherentes a la estructura cívica moderna. (p. 206)

Y no nos engañemos: 50 mil habitantes no es una ciudad, sino un pueblo grande. Con 50 mil habitantes te vas a encontrar conocidos por la calle en cualquier parte, el sistema urbano no es lo bastante grande para volverse confuso, no hay medios de transporte masivos, no se da la nerviosidad, la efervescencia, la actitud blasé, el baile de disfraces o el ballet de las aceras, no se obtienen no lugares… en definitiva, no se trata de una ciudad. Ojo: 50 mil habitantes es un lugar perfecto para vivir. Es más tranquilo, los precios son más asequibles, no se da todo lo anterior y, probablemente, haya cerca una ciudad grande, una capital. Y habrá personas que quieran vivir en ellas, claro; igual que las habrá que quieran vivir en una ciudad confusa, caótica, apabullante, anónima pero que ofrezca, también, las mil maravillas que ofrecen las grandes ciudades. Jacobs lo entendió con claridad, porque amaba las ciudades y su trajín; parece que los racionalistas, con su voluntad perenne de destruir la ciudad desde sus cimientos, no llegaron a comprenderlo.

La arquitectura de la ciudad, Aldo Rossi

La Revolución Industrial cambió por completo las ciudades. Ante la modernización del campo y la necesidad de mano de obra en los nuevos nodos industriales, se dio un potente éxodo migratorio que supuso un crecimiento gigante en las ciudades pero también enormes problemas de hacinamiento, sanidad, suciedad, malnutrición, mortalidad infantil o alcoholismo. Las ciudades no estaban preparadas para tal avalancha y, más o menos, sobrevivieron como pudieron. No fue un acto programado, sino una especie de batalla campal.

Con el paso de las décadas, la sociedad bienestante fue consciente de las pésimas condiciones de vivienda de los proletarios, así como de lo nocivas que eran las fábricas en el centro de la ciudad, y surgió el movimiento higienista en Inglaterra (luego también en otros países de Europa, y finalmente generalizado), donde se trataba de buscar mejores condiciones de vida. Al acabar el siglo XIX y empezar el XX, ese impulso se recondujo hacia dos visiones distintas de la ciudad:

  • por un lado, la Ciudad Jardín de Ebenezer Howard, que se originó como una revolución social (los habitantes de la ciudad serían también los propietarios de la tierra), con una población limitada que viviría rodeada de naturaleza y cierta industria y que, al alcanzar el máximo de población, supondría la fundación de otra Ciudad Jardín, lo bastante alejada de la primera para mantener una densidad de población adecuada;
  • por el otro lado, la Ciudad Radiante de Le Corbusier (Ville Radieuse), que cristaliza y condensa todo el movimiento modernista. Para esta segunda corriente, de índole funcionalista, lo importante era entender las ciudades como objetos racionales (el objetivo era la eficiencia y la hipótesis, la racionalidad del sistema), por lo que se dividieron sus zonas según las determinadas funciones: habitar, descansar, trabajar, y la famosa cuarta función: transitar entre las tres anteriores. La zona de viviendas debía de estar rodeada de luz, aire y jardines; para ello, Le Corbusier soñaba con torres de hormigón enlazadas por autopistas.

Por avatares de la sociedad y el capitalismo (que, por ejemplo, encontrarán muy bien narrados en Ciudades del mañana, de Peter Hall, o en Teorías e historia de la ciudad contemporánea, de Carlos García Vázquez, pero que en general ha ido recorriendo todas las lecturas de este blog), ninguna de estas corrientes fue implantada como había surgido, sino que se fueron transformando:

  • la ciudad jardín se convirtió en hileras de casa unifamiliares, producidas al modo industrial (Levittown, cerca de Nueva York, sería su primera muestra), lo que acabaron siendo las «urbanizaciones» en Europa (situadas al exterior de las ciudades, casas con jardín para las clases medias y medio-altas) o los suburbios de Estados Unidos (hilera tras hilera de casas idénticas, ampliando la extensión de las ciudades y convirtiéndose en algo muy, muy poco ecológico) y hasta el Sunbelt;
  • la ciudad radiante se convirtió en ciudades satélite, en barrios dormitorios alejados de la ciudad donde las clases medias, medio-bajas, iban a dormir, pero de las que se desplazaban para ir a trabajar; lugares que, en general, no favorecían el día a día, sino sólo la necesidad de tener un lugar donde descansar.

De las dos corrientes, sin embargo, la que más fortuna tuvo en Europa fue, de largo, la segunda: el racionalismo de Le Corbusier, que, a caballo de los CIAM (Congresos Internacionales de Arquitectura Moderna, de los cuales es especialmente famoso el de 1933, celebrado en un barco con destino a Atenas y del cual surgió, redactado por el propio Le Corbusier, La carta de Atenas, manifiesto fundamental del movimiento), a caballo de los CIAM, decíamos, se convirtió en la nueva forma de la arquitectura moderna. Durante 30 años, los arquitectos se formaban en las universidad con el convencimiento, y el deseo, de que no había nada mejor en el mundo que levantar torre tras torre de hormigón, separadas entre ellas por sus buenas hectáreas de césped (léase: Brasilia), y someter a la ciudad a autopistas cada vez mayores para enlazar todos los movimientos que debían darse entre zona y zona, entre función y función.

A mediados de los 60 surgieron voces que alertaban de que eso no era una ciudad; de que una ciudad era algo más que una suma de sus funciones. Era también una imagen mental, escribió Kevin Lynch en su estudio La imagen de la ciudad; era también la vida en la calle, un espacio de sociabilidad, un ballet de las aceras, concluyó, de forma demoledora, la enorme Jane Jacobs en Muerte y vida de las grandes ciudades.

En esta línea se sitúa este La arquitectura de la ciudad, del arquitecto italiano Aldo Rossi. Publicado en 1966 en Padua (leemos la edición de 2015 de Gustavo Gili, traducida por Josep María Ferrer-Ferrer y Salvador Tarragó Cid), La arquitectura de la ciudad tiene dos objetivos declarados: el primero, tratar de establecer una ciencia urbana autónoma, no dependiente de la historia ni de la morfología urbana; y, el segundo, reivindicar el papel de la arquitectura en la ciudad más allá de su función. «Funcionalismo y organicismo, las dos corrientes principales que han recorrido la arquitectura moderna, muestran así su raíz común y la causa de su debilidad y de su equívoco fundamental. De este modo, la forma se despoja de sus más complejas motivaciones: por un lado, el tipo se reduce a un mero esquema distributivo, a un diagrama de los recorridos; y, por otro, la arquitectura no posee ningún valor autónomo.» (p. 32)

Así, Rossi descarta la categoría de «función» como la que permita articular las ciudades y sus edificios, así como la propia clasificación en ciudades comerciales, culturales, industriales, etc., que llevó a cabo, por ejemplo, Weber. Los hechos urbanos son algo extremadamente complejo que debe abordarse desde una multiplicidad de puntos de vista y que no pueden ser resumidos, so pena de dejar parte del análisis fuera del espectro.

Tomemos la Alhambra de Granada. Ya no aloja a los reyes moros ni a los castellanos, aunque si aceptáramos las clasificaciones funcionalistas deberíamos decir que ese hecho constituye la principal función urbana de Granada. Es evidente que en Granada experimentamos la forma del pasado de una manera completamente diferente a como la experimentamos en Padua (o si no completamente, al menos en gran parte). En el caso de Padua, la forma del pasado ha asumido una función distinta, íntimamente relacionada con la ciudad, que se ha modificado, y es correcto pensar que todavía podría modificarse. En el caso de Granada, la Alhambra está aislada dentro de la ciudad, por decirlo de alguna manera; nada puede añadírsele y constituye una experiencia tan esencial que no puede modificarse (en este sentido, podría considerarse que el palacio de Carlos V es un fracaso, y que podría destruirse con toda tranquilidad). Sin embargo, en ambos casos estos hechos urbanos son una parte imprescindible de la ciudad porque constituyen la ciudad. (p. 50)

Rossi recuerda, por ejemplo, la voluntad de Park y Burguess, de la Escuela de Chicago, por categorizar la ciudad y sus barrios, algo que ellos mismos reconocieron que no habían podido hacer. La primera división, en círculos concéntricos, era artificial; pero también la segunda, que seguía las líneas del ferrocarril y las principales arterias de la ciudad. De hecho, siguiendo los razonamientos de Rossi, acabaríamos por concluir que todo diagramar es imposible, puesto que cada ciudad es distinta, y tal vez llegaríamos a la precesión del mapa sobre el territorio de Baudrillard. Es, tal vez, una crítica que se le puede hacer a La arquitectura de la ciudad: que, tratando de buscar una ciencia, acaba pareciendo más un estudio de casos diversos. Eso, y lo embrollado de la exposición, repleta de constantes alusiones a temas que se desarrollarán luego, que se desarrollaron antes, que se podrían desarrollar pero no se hará por falta de espacio, confunde el estudio y, más que un libro fundacional, aparece como una serie de reflexiones, inconexas a veces, sobre un mismo tema. Algo que atribuimos, sin duda, a que ese tema es algo ajeno a este blog, y sin duda influye nuestro desconocimiento sobre él.

Postmodern Cities and Spaces (II): ciudades y política

El primero de los tres apartados de esta antología de artículos editada por Sophie Watson y Katherine Gibson, Postmodern Cities and Spaces, trataba sobre un concepto que el postmodernismo situó en el centro del debate: el espacio. Con los cambios asociados al postmodernismo, ya fuese como nueva forma social (postfordista, la globalización, deslocalización industrial, espacio de los flujos, acumulación flexible… por citar sólo unas pocas formas de abordarlo) o como nuevo concepto epistemológico (la caída de los grandes relatos, la imposibilidad de abordar una ciencia absoluta capaz de abarcarlo todo, la fragmentación, relativización, difusión del conocimiento, multiculturalidad, auge de las minorías), el espacio se modificaba; la propia percepción del espacio lo hacía. Tal vez recogido con mayor fortuna en la acumulación flexible (visión postcapitalista) de Harvey, o en la virtualidad real de Castells, las condiciones del capitalismo tardío modificaban las ciudades en gran medida, creando espacios nuevos cuyo significado no quedaba claro. Ahí vimos, por ejemplo, la utilidad del concepto de heterotopía de Foucault, al que diversos autores recurrían; chora, término usado por Platón que también era revisitado; el flâneur, cuya mirada se desviaba; o se analizaban diversos nuevos hitos arquitectónicos cuya forma resonaba a postmodernidad, como fue el Hotel Bonaventura para Jameson en su momento o eran, en este caso, el arco de La Défense en París. El capítulo acababa con las reflexiones sobre la ciudad imaginaria de Patton, donde se mezclaba la percepción (imaginaria) de la ciudad real con las creaciones de ciudades imaginarias.

En la segunda y tercera parte de la antología se analizan las ciudades y las políticas postmodernas, respectivamente. El problema que lleva arrastrando el libro (y el concepto, probablemente) desde su concepción es que cada cual usa la palabra «postmoderno» con un significado distinto. Para algunos supone una ruptura radical; para otros, formas nuevas de vivir la modernidad; para otros incluso, radicalidad, fragmentación, ultramodernidad… Acaba siendo una especie de comodín para referirse a algo actual, algo que no sucedía hasta hace unos años; o algo que ha cambiado y por ello pasa a ser postmoderno.

El primer artículo de la segunda parte lo trae, de nuevo, Edward W. Soja. «Postmodern Urbanization: The Six Restructurings of Los Angeles» presenta, como lo haría luego en su libro Postmetrópolis, los seis modos distintos en que la ciudad postmoderna está evolucionando. Para Soja, el «proceso de urbanización postmoderno se puede definir como una descripción acumulativa de los cambios principales que han sucedido en las ciudades durante el último cuarto del siglo veinte» (p. 125).

As with the appropiate use of the term ‘restructuring’ (almost as much abused and misused as the term ‘postmodern’), postmodern urbanization refers to something less than a total transformation, a complete urban revolution, an unequivocal break with the past; but also to something more than continuous piecemeal reform without significant redirection. As such, there is not only change but continuity as well, a persistence of past trends and established forms of (modern) urbanism amidst an increasing intrusion of posmodernization. In the postmodern city the modern city has not dissapeared. (p. 126)

Los seis tipos de ciudades (o geografías) que surgen son:

  • la ciudad postfordista, con el surgimiento de nuevos polos industriales y el conflicto entre la desindustrialización y la reindsutrialización;
  • la ciudad global, surgida de la globalización y los flujos de capital;
  • la ciudad fractal (aunque Soja no usa ese término), la más difícil de precisar y que recoge los cambios ocurridos en la ciudad a raíz de la aceleración de la producción capitalista; espacios que de repente se quedan vacíos, clústers industriales, edge cities que brotan de la nada en cuestión de años, etc.
  • la cuarta geografía se refiere a la segregación creciente: barrios centrales donde viven las clases altas, suburbios en el exterior para las clases medias y una serie de espacios abandonados para las clases bajas, que antes se apiñaban en el centro de la ciudad pero que ahora pueden darse en casi cualquier entorno;
  • la quinta geografía es una consecuencia de lo anterior y se refiere a los espacios cerrados: tanto los ghettos donde cerrar a las clases bajas (en general en EE. UU., negros y latinos) como las vallas, físicas o simbólicas, que protegen el espacio de los ricos: las gated communities, la seguridad privada, incluso la creciente encarcelación de los pobres;
  • la sexta geografía son los modos en que percibimos todos esos cambios; la nueva concepción de la ciudad que surge y que Soja acaba llamando Simcity, «a hypersimulation that confounds and reorders the traditional ways we have been able to distinguish between what is real and what is imagined» (p. 135).

Alexander Cuthbert, en «Under the Volcano: Postmodern Space in Hong Kong«, un análisis de la ciudad a escasos 5 años de que dejase de ser una colonia británica, hace una distinción entre «the rapid change from industrialism to postindustrialism, or from organized to disorganized capitalism as qualitative changes in the capitalist economic system, and postmodernism, which maps changes in social relations, culture, creativity and consciousness» (p. 140). Por ello analiza primero los cambios industriales y económicos en la (por entonces) colonia y luego trata de comprender los cambios sociales y culturales, algo mucho más complejo.

Cuthbert distingue cuatro «ecologías» en la ciudad, correspondientes a las tres fases del capitalismo: el mercantil, el industrial y el capital financiero, y la mezcla final de todas ellas. Debido a la falta de espacio («because of Hong Kong’s rapacious economy»), queda poco de la ciudad industrial salvo sus símbolos más evidentes: el banco, la universidad, los juzgados. El capital industrial fue el que trató de reproducir las condiciones laborales de Inglaterra, con sus rascacielos y sus New Towns como Tuen Wan o Tuen Mun; esta época fue, también, la responsable de crear un sistema muy eficiente de vivienda pública. Los últimos diez años (aproximadamente desde mediados de los 80 a mediados de los 90), con la irrupción del capital financiero, nuevas áreas, físicas y simbólicas, se han reurbanizado. De este modo, el espacio de la experiencia se deconstruye, según Cuthbert, en espacio de la mercancía o «el espacio antisocial del postmodernismo«.

Since Hong Kong’s land market retains much of its original strategy in the commodification of land into ‘parcels’ to be sold to the highest bidder, commodity space is conflated to social space. In this context, the citizen’s rights to space only exist in the sphere of personal luxury consumption, increasingly carried out under the gaze of electronic systems of surveillance. (p. 146)

El espacio de la ciudad se vuelve, progresivamente, propiedad corporativa. Cuthbert pone como ejemplo el caso de las trabajadoras domésticas, en su gran mayoría, mujeres filipinas. Cada domingo, al ser festivo, inundaban las calles y hacían vida en ellas, reuniéndose para visitar amigos o familiares, comiendo en los parques y hasta bailando u organizándose para hacer ejercicio en las aceras. En septiembre de 1982, una corporación decidió que ese uso no le parecía el adecuado y acordonó una gran parte del espacio que rodeaba su sede, un rascacielos en el centro. Además del componente racial, muy marcado en este caso, la pregunta que subyace es: ¿de quién es el espacio?

«Hong Kong is so densely developed that if all corporate headquarters did the same, people could not leave their homes», sentencia Cuthbert, lo que no deja de llevar a la progresiva desaparición del espacio público y su substitución por un espacio corporativo, privado, del que hay que obtener beneficio.

«Gay Nights and Kingston Town: Representations of Kingston, Jamaica«, de Diane J. Austin-Broos, entiende el postmodernismo como «escepticismo ante la modernidad» en un entorno postcolonial, donde la metrópolis ha dejado de sentir interés por alguno de sus territorios y éstos deben readaptarse a la nueva situación. «Distant Places, Other Cities? Urban Life in Contemporary Papua New Guinea«, de John Contell and John Lea, describe el (tibio) paso del país, mayoritariamente rural, hacia una pequeña urbanización.

De modo similar, los tres primeros artículos del tercer capítulo, que se centra en la política postmoderna, analizan situaciones muy concretas: el apartheid en «On the Problems and Prospects of Overcoming Segregation and Fragmentation in Southern Africa’s Cities in the Postmodern Era«, de Alan Mabin; «Postmodern Bombay: Fractured Discourses«, de Jim Masselos; y la urbanización de la segregación en Oriente Medio, en «The Dark Side of Modernism: Planning as Control of an Ethnic Minority«, de Oren Yiftachel.

El artículo que cierra la antología es, a nuestro parecer, el más interesante. «Not Chaos, but Walls: Postmodernism and the Partitioned City«, de Peter Marcuse.

A curious inversion has taken place in urban theory today. If the history of modern cities has been an atempt to impose orden on the apparent chaos that is the individual experience of the impact of capitalism on urban form, an attempt Marshall Berman (1982) considers to be a defining characteristic of modernism, then what is happening today may be considered the attempt to impose chaos on order, an attempt to cover with a cloak of visible (and visual) anarchy an increasingly pervasive and obtrusive order –to be more specific, to cover an increasingly pervasive pattern of hierarchical relationships among people and orderings of city space reflecting and reinforcing the hierarchical pattern with a cloak of calculated randomness. The inversion has a clearly conservative tendency embedded in it, for it can be used to tar with the brush of ‘grand theory’ and the ‘ideology of progress’ the argument that cities can be made better, more human places in which to live, with the tools of purposive action and public planning. (p. 243)

Este supuesto caos no deja de ser ficticio, pues tras toda planificación existe un orden. La pregunta, por lo tanto, sería a quién pertenece ese orden.

Las ciudades, continúa Marcuse, reflejan por un lado una división funcional tan evidente como que las calles y los edificios no pueden estar a la vez en el mismo sitio; unos requieren espacio para transitar y otros, espacio para ser habitados. Pero otras divisiones que se dan en la ciudad reflejan las relaciones sociales, como la separación de las casas de los suburbios en función de su nivel social (barrios de casas enormes, barrios de casas adosadas, etc.). Otras distinciones, la mayoría, de hecho, combinan las dos anteriores.

Puesto que nuestras sociedades son jerárquicas, es lógico que también lo sean las ciudades. Desde la revolución industria y el auge del capitalismo, esas desigualdades se han evidenciado cada vez más en las ciudades, por ejempo con las infraviviendas para los proletarios junto a las fábricas mientras los empresarios y clases altas vivían en las afueras. A causa de todos estos procesos, Marcuse define cinco ciudades que cohabitan en una misma ciudad:

  • una ciudad dominante, que no acaba de ser parte de la ciudad sino diversos enclaves repartidos por ella, donde habitan las clases superiores;
  • una ciudad gentrificada, ocupada por los profesionales y las clases creativas;
  • una ciudad suburbana, ocupada por clases medias, que puede ser tanto un barrio de casas en las afueras como edificios de apartamentos;
  • una ciudad de viviendas (tenement city, tal vez ciudad satélite, ciudad dormitorio), para las clases bajas;
  • una ciudad abandonada, para los pobres, los parias, los excluidos; el ghetto.

Pero, puesto que «la ciudad económica no es congruente con la ciudad residencial», exiten también distintas ciudades en función de una división económica:

  • la ciudad controladora (controlling city), desde donde se dirigen las redes y los grandes negocios y que pued eir desde grandes mansiones hasta rascacielos, yates o clubs de campo. «The controlling city is not spatially bounded, although the places where its activities at various times take place are of course located somewhere, and more secured by walls, barriers, and conditions to entry than any other part of the city.» (p. 246);
  • la ciudad de los servicios avanzados, con parques tecnológicos o centros de negocios (desde La Défense de París hasta los Docklands en Londres);
  • la ciudad de la producción directa, con barrios donde las empresas y clientes de un mismo campo se pueden encontrar (el distrito financiero de Nueva York en Manhattan o de Chinatown para el textil, por ejemplo); aunque también incluiría zonas industriales más alejadas del centro;
  • la ciudad del trabajo no calificado y la economía informal, que incluye todos los pequeños negocios y que se sitúa tanto alrededor de las anteriores como en barrios más heterogéneos;
  • la ciudad residual, donde se almacenan los productos y hay poca actividad, también donde se levantan los servicios que nadie quiere tener alrededor (desguaces, vertederos…).

Para separar todos estos espacios disjuntos surgen los muros. Pueden ser de una gran variedad: desde muros físicos hasta simbólicos, barreras idiomáticas, como al entrar en una zona étnica diferenciada donde las tiendas están en otro idioma, o barrios donde predomina un único color de piel; barricadas de seguridad privada, cámaras de vigilancia, arquitectura hostil

Una de las preguntas esenciales que hay que plantear ante los muros es su función. «¿Sirven para perpetuar el poder de los poderosos, o para proteger a los vulnerables?, protegen la dominación, o escudan la vulnerabilidad?», se pregunta Marcuse.

It is the crucial question indeed; for the lower-class residents of the Lower East Side of Manhattan, of Kreuzberg in Berlin, of the arae around the University of South California in Los Angeles wish to keep the gentrifiers out as much as the residents of the suburbs and luxury housing of Manhattan, Berlin, Los Angeles want to keep them out; yet the two desires are not equivalent morally. One represents the desire of those poorer to insulate themselves from losses to the more powerful; the other represents the force of the more powerful insulating themselves from the necessity of sharing with, or having exposure to, those poorer. One wall defends survival, the other protects privilege. (p. 249)

Una de las contribuciones de la postmodernidad, pues, es que destruye la concepción de que los muros sean algo rígido y los concibe como algo maleable y proteico.

One tendency within postmodernism, what I would call its critical tendency, highlits precisely this ambiguities, together with the walls that at the same time contradict and embody them. In its rejection of rigid grand theories, of the effort to impose rational patterns on all human activity, in its revelation of the complexities of urban life and the insufficiency of any attemps to find single solutions for multiple problems, in its attention to the many layers that constitute social and economic relationships, in its emphasis on the cultural components of the activities that go on in cities, in its reflections on the ambiguities of the concept of progress and its doubts as to any unilinear or inevitable progression, postmodernist theory has made significant contributions to dealing with the problems of partitioned cities and the walls within them. (p. 250)

A pesar de esta férrea defensa, Marcuse no es ajeno a los problemas (y críticas) al postmodernismo. «But postmodernism also has another side; it is at least as ambiguos as its subject-matter.» Y a continuación cita a Edward Soja: «When all that is seen is so fragmented and filled with whimsy and pastiches, the hard edges of the capitalist, racist and patriarchal landscape seem to disappear, melt into air» (Postmodern Geographies, p. 240).

Postmodern Cities and Spaces, Sophie Watson y Katherine Gibson (eds.)

Si en el blog hemos dado tanto la vara con el postmodernismo (con Francisco Javier Ullán de la Rosa, por ejemplo; con Jameson, Harvey, Lipovetsky y, aunque él no usase ese término, los simulacros de Baudrillard son parte esencial del paradigma) es porque, además de que la arquitectura (el espacio, vaya) fue una de las primeras disciplinas en sufrirlo, el término se usó de forma muy amplia a finales del siglo pasado, alrededor de los años 90, para referirse a nuevas formas urbanas/espaciales que iban adaptando las ciudades. En este caso no hay que confundir, como anuncian las editoras de Postmodern Spaces and Cities, Sophie Watson y Katherine Gibson, ya en la introducción, «dos discursos antitéticos de la postmodernidad: el que supone la postmodernidad como una era o periodo socioeconómico y el que la sitúa como una ciencia postmoderna o modo de pensar y conocer» (p. 1).

Pese a que ambos discursos tematizan la discontinuidad, la disyuntiva y la transformación, sus sujetos son radicalmente distintos. Para el primero es la realidad, la ciudad, o más específicamente el espacio urbano del capitalismo tardío, el sujeto de la transformación y la disyuntiva. Para el segundo, es un tipo de conocimiento, pensamiento y representación lo que es discontinuo con lo sucedido anteriormente. (p. 1). [La traducción es nuestra.]

Postmodern Cities and Spaces es una antología de artículos editada por Sophie Watson y Katherine Gibson en 1995 alrededor de un tema común: la irrupción del postmodernismo en la ciudad. Pese a la tentación inicial de organizar dichos artículos en función de si trataban de la primera corriente del postmodernismo (que podríamos llamar, por ejemplo, postfordista, o incluso periodo de acumulación flexible, volviendo a Harvey, o hasta espacio de los flujos, acudiendo a Castells) o de la segunda (la ruptura epistemológica que nos llevaría al postestructuralismo, a Lyotard, Baudrillard y Foucault, por citar algunos nombres), las editoras decidieron ser pragmáticas y dejarse de polémicas sobre quién (y cómo) era o no postmoderno e hicieron una división más sencilla: el primer capítulo, el que reseñamos ahora, se centra en el espacio postmoderno; el segundo, en las ciudades postmodernas, tanto entendidas en su totalidad como en sus partes fragmentadas; y el tercero, en la evolución política que supone la irrupción del postmodernismo a finales de siglo.

«Heterotopologies: A Remembrance of Other Spaces in the Citadel-LA«, de Edward W. Soja, empieza analizando el artículo «De los espacios otros» de Foucault que reseñamos hace poco, precisamente por la atención que se le dedicaba en este primer apartado de la antología. Tras un breve repaso al artículo de Foucault, Soja vuelve a las andadas y despliega una descripción de un Los Ángeles futurista que tiene más de literario que de indagación científica.

Mucho más interesante aparece «Discourse, Discontinuity, Difference: The Question of ‘Other’ Spaces«, del ensayista y crítico de arte australiano Benjamin Genocchio. Para Genocchio, la llegada del postmodernismo supone, siguiendo a la Elizabeth Ferrier de ‘Mapping Power: Cartography and Contemporary Cultural Theory’, como una crítica o el declive del orden espacial cartesiano, «a spatiality associated with Western metaphysics and its tribe of grids, binaries, hierarchies and oppositions» (p. 35). Aquí aparece el concepto de heterotopía de Foucault. Sin embargo, Foucault, en su artículo, acababa dando como ejemplos burdeles, iglesias, habitaciones de hotel, museos, bibliotecas, prisiones, sanatorios, baños romanos, el hamman, las saunas escandinavas…

One could no doubt add to this list similar spaces of ‘extra-territorial’ heterogeneity such as fairs and markets, sewers, amusement parks and shopping malls. Scripted as spaces of both repugnance and fascination, they also function as powerful sites of the imaginary.

Yet despite the persuasive commentary and seductive prose, a question immediately presents itself: how is it that we can locate, distinguish and differentiate the essence of this difference, this ‘strangeness’ which is not simply outlined against the visible? More specifically, how is it that heterotopias are ‘outside’ of or are fundamentally different to all other spaces, but also relate to and exist ‘within’ the general social space/order that distinguishes their meaning as difference? In short, how can we ‘tell’ these Other spaces/stories? (p. 38)

Es decir: ¿qué es, en el fondo, una heterotopía? Foucault la definió en su artículo, sí; pero con una definición tan vaga que no es de extrañar que luego cada autor se haya apropiado el término en sus propias palabras. Tras analizar algunas de las respuestas dadas por otras voces, Genocchio acaba preguntándose qué espacio no puede ser designado como heterotopia.

Volviendo a la obra de Foucault para tratar de encontrar la forma exacta de la heterotopía, Genocchio encuentra una cita de Borges que el francés admiraba enormemente. Se trata del ensayo El lenguaje analítico de John Wilkins, donde se habla de «cierta enciclopedia china que se titula Emporio celestial de conocimientos benévolos«.

En sus remotas páginas está escrito que los animales se dividen en a) pertenecientes al Emperador b) embalsamados c) amaestrados d) lechones e) sirenas f) fabulosos g) perros sueltos h) incluidos en esta clasificación i) que se agitan como locos j) innumerables k)dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello l) etcétera m) que acaban de romper el jarrón n) que de lejos parecen moscas.

Este pasaje era conocido y admirado por Foucault, que veía en él no solo la otredad sino la propia limitación de nuestros pensamientos; puesto que no sólo no hay orden en su interior, sino que limita, incluso impide, todo orden posible. Algo similar se pretendía con la heterotopía: la irrupción, la disolución de toda forma de ordenación espacial; un lugar, si acaso, donde un lugar se cuestione a sí mismo de tal modo, sin respuesta posible, que sólo quede la cuestión del propio sentido del lugar (algo que ya nos llevaría a plantear la necesidad de un observador de dicho lugar, que es quien tendría tal pensamiento). No extraña, por lo tanto, que Jameson acabe hablando del sublime histérico refiriéndose a la postmodernidad.

Para Genocchio, sin embargo, la heterotopía (al menos, como está definida en el artículo de Foucault) no acaba siendo ese revulsivo espacial. «The heterotopia is invariably reified as a handy marker for a variety of centreless structures or an elastic postmodern plurality.» Dicho de otro modo: un lugar común para definir los, valga la redundancia, lugares poco comunes del capitalismo tardío.

Los tres siguientes artículos orbitan alrededor de un concepto común: el de la palabra griega chora, el territorio de la pólis; tanto la ciudad como sus alrededores. El término fue luego analizado por otros autores, como Heidegger, Derrida o Julia Kristeva; y, en general, los tres artículos lo relacionan con el lugar de la mujer en el espacio feminista. Se trata de «Women, Chora, Dwelling«, de la filósofa australiana Elizabeth Grosz, y «‘Drunk with the Glitter’: Consuming Spaces and Sexual Geographies«, de Gillian Swanson, alrededor de las mujeres y los espacios de consumo. «The Invisible Flâneur«, de Elizabeth Wilson, bucea además en el origen del concepto del flâneur, que en origen (el término se puede encontrar ya hacia 1806) era un noble que había perdido parte de su posición pero que aún se encontraba «fuera del sistema productivo» y podía, por lo tanto, dedicarse al ocio y a observar. Pero esta libertad era sólo para los hombres; y es en el flâneur donde, según Wilson, el discurso feminista postmodernista encuentra el origen de la mirada masculina (‘male gaze’). «He represents men’s visual and voyeuristic mastery over women» (p. 65), algo que se irá modificando a medida que las mujeres se vayan incorporando a las profesiones liberales, por ejemplo, y requieran de espacios propios.

For Benjamin the metropolis is a labyrinth. The overused adjective ‘fragmentary’ is appropiate here, because what distinguishes great city life from rural existence is that we constantly brush against strangers; we observe bits of the ‘stories’ men and women carry with them, but never learn their conclusions; life ceases to form itself into epic or narrative, becoming instead a shor story, dreamlike, insubstantial or ambiguous (although the realist novel is also a product of urban life, or at least of the rise of the bourgeoisie with which urban life is bound up). Meaning is obscure; commited emotion cedes to irony and detachment; Georg Simmel’s ‘blasé’ attitude is born. The fragmentary and incomplete nature of urban experience generates its melancholy –we experience a sense of nostalgia, of loss for lives we have never knowk, of experiences we can only guess at. (p. 73).

También John Lechte empieza «(Not) Belonging in Posmodern Space» con el análisis de chora llevado a cabo por Kristeva y, tras hablar de la ciencia del XIX («This is the science of equilibrium and stasis», p. 101) avanza, entre Joyce y el flâneur, hacia la ciudad postmoderna, «a city of indetermination. It is a phenomen of flows, of clouds of people and clouds of letters, of a multiplicity of writings and differences. What is the architecture of this city which can barely be described and named –which may only exist as a simulacrum?»

Y, para ello, analiza París, una ciudad cargada de simbolismo y donde la mayoría de sus elementos evidencian la historia: la Revolución, o la edad medieval, el Renacimiento; Haussmann, por supuesto, que también era hijo de su época. Y, sin embargo, surgen dos elementos «that cannot be understood in such unambiguously modernist terms»: el Arco de la Défense y el Parque de la Villette. Dice del primero que es un vacío, un monumento que abraza el vacío, «a kind of giant Klein bottle, perhaps, where the distinction between inside and outside becomes problematic»; un lugar sin historias. Recordemos que ya Bauman hablaba de La Defénse como una de las estrategias que adoptan en nuestra era los espacios públicos para no ser civiles (o para dejar de ser públicos, vaya): la de ser inhóspitos, no invitar a permanecer en ellos y convertirse en mero tránsito residual (la segunda categoría eran los centros comerciales, también espacio privatizado de forma encubierta). Y, sin embargo, es fácil comprender La Defénse como un monumento al poder (en término de Lefebvre y el espacio producido); sólo que no a un poder que resida en París, sino a un poder deslocalizado, un puro flujo, que sólo aterriza ocasionalmente en nodos bien conectados (lo que nos llevaría al Archipiélago Megalopolitano Mundial desarrollado por el geógrafo Olivier Dollfus).

Esta primera parte se cierra con el artículo de Paul Patton «Imaginary Cities: Images of Postmodernity«. Empieza con un análisis de los objetos que dieron paso a otras tantas obras sobre la postmodernidad: el Hotel Bonaventura que describe Jameson en El posmodernismo o la lógica cultural del capitalismo avanzado, la novela Soft City con la que empieza La condición de la posmodernidad de Harvey y la propia descripción que hace de la ciudad Iris Marion Young en Justice and the Politics of Difference.

In all cases, I propose that we are dealing with imaginary cities. These are not simply the product of memory or desire, like many of Calvino’s invisible cities, bur rather complex objects which include both realities and their description: cities confused with the words used to describe them (Calvino 1979: 51). To call these imaginary cities is not to suggest that these are not real in their way, or that they do not have effects. Nor is it to suggest that they are all imaginary in the same sense: one of the aims of this chapter will be to separate out some of the different senses in which these postmodern cities are ‘imaginary’, (p. 112)

El argumento de Patton es doble: a) por un lado, que toda ciudad es imaginaria; y, por el otro, que la percepción que tienen Jameson, Harvey o Raban de las ciudades, y que presentan como una descripción, no deja de ser una percepción personal.

«I take this to be a tacit admission that all such accounts of the postmodern condition of urban life present us with imaginary cities, as well as an example of the manner in which these can nevertheless have real effects», comenta Patton tras reseñar la descripción hecha por Harvey de su lectura de la novela Soft City de Raban. Un paso similar realizar con la descripción de Jameson del Hotel Bonaventura, un espacio contenido en sí mismo, un «hiperespacio postmoderno». Patton se niega, eso sí, a ridiculizar la descripción de Jameson (que, recordemos, sólo está dando ejemplos del paradigma postmoderno): apunta, sin embargo, a que muchos hoteles de la zona son, ya, similares al Bonaventura. «The attemp to connect the confusion provoked by an unfamiliar space with the socio-historical condition of postmodernity is unconvincing»; al menos, en la obra de Jameson. Sin embargo, Patton sí que admite que el posterior análisis de Harvey, con su aportación de la acumulación flexible, tiene sentido.

The acceleration in the turnover time of capital in production brought about by the new strategies of flexible accumulation require parallel accelerations in exchange and consumption. Technological changes in transportation and communication allow much more rapid circulation of people, commodities and money. (…) For example, the growth of an ‘image industry’ can be seen on the one hand to respond to the underlying exigencies of capital accumulation, on the other to give rise to the proliferation of simulacra and the importance widely attached to appearances. (p. 115)

En la descripción de Harvey, según Patton, la ciudad es «el hábitat del consumidor», que no deja de ser una marioneta manipulada por las fuerzas del mercado. «The theatricality of postmodern urban life is a distant effect of the increase in the turnover time of the capital, manifest in social life by means of the industries and technologies of the image. (…) Harvey’s city is imaginary in a structural sense of the therm: a realm of appearance which is undoubtedly real but nevertheless dependent upon a deeper reality; an epiphenomenon in the sense that, for Marx, the entire sphere of exchange and consumption is dependent upon relations of production.» (p. 116)

La novela de Raban era, para Patton, más profunda que el análisis de Harvey porque el primero era consciente de que todo es una ciudad imaginaria: «Raban refuses to draw a distinction between the imaginary city and its real conditions of existence». Aquí, sin embargo, Patton cae en un error que luego repite: el de confundir la corriente postmoderna entendida como un análisis de una época distinta, que hemos denominado postfordista, con la estructura epistemológica, incluso estética, que percibe el mundo como una fragmentación personalizada. La visión de Harvey será imaginaria, pero pone de manifiesto algo que Raban, en su análisis estético, pasa por alto: que la explotación, escondida tras la tiranía de la imagen, sigue siendo real.

The point is not that we are all condemned to isolation, anomie or loneliness, even though those are a feature of urban life for many, but rather that for the most part our daily encounters with others are encounters with people we do not know, or know only a little. Yet our contacts may involve the most ‘personal’ parts of their lives or our own: our bodies touch on buses or in queues; we overhear snatches of conversation in restaurants or on the street; if we live in apartments we are exposed to the sounds and occasional sights of others going about their daily lives. What we see are fragmentary glimpses, snapshots of the lives of others, and on the basis of these fragments we extrapolate, identify and make judgements about them. Hitchcock’s Real Window is based entirely upon this dimension of urban living. It shows both the attraction, or compulsion, to observe the lives of others and the dangers of doing so in the fragmentary way that this kind of live allows. (p. 117)

Aquí el discurso de Patton lo lleva a concluir que, en la ciudad, es lógico juzgarnos unos a otros en función de nuestros actos o apariencia; algo que ya adelantó Goffman mucho antes, por ejemplo. Y es en este aspecto, esta necesidad de catalogar a los demás, donde encuentra la «teatralización intrínseca» de la ciudad, más que en la dinámica del consumo. De ahí, de esa consciencia de ser uno mismo un actor, se pasa a la consciencia de que nuestra propia presentación nos define, más que nuestra identidad. «This is at once the source of both the sense of freedom and endless possibility in relation to personal identity, and the fear of becoming a ‘stranger to oneself'».

Sin embargo, si todo esto ya estaba presente, por ejemplo, en la época de Baudelaire (recordemos los ojos de los pobres que analizaba Berman), ¿qué ha cambiado en la postmodernidad? «…the subject of the (post)modern city is no longer a subject apart from his or her performances, the border between self and city has become fluid. Raban’s city is thus imaginary in a deconstructive sense of the term: it is the city as experienced by a subject which is itself the product of urban existence, a decentred subject which can neither fully identify with nor fully dissociate from the signs which constitute the city» (p. 118) ¿Acaso no acaba cayendo Patton, con sus palabras y su análisis de la «deconstrucción», en el mismo tipo de descripción que le cuestionaba a Jameson por personal?