La metamorfosis de la ciudad industrial: los casos de Glasgow y Bilbao

En la primera entrada de La metamorfosis de la ciudad industrial. Glasgow y Bilbao: dos ciudades con un mismo recorrido, de la socióloga María Victoria Gómez García, analizamos el marco teórico que nos permitiría entender la evolución de estas dos ciudades desde nodos industriales hasta ciudades regidas por consistorios con estructura e intenciones empresariales y situadas en los flujos globales para atraer turismo y capital. Glasgow, primero, y Bilbao, después, siguieron un mismo itinerario que estudiamos ahora con más detalle.

[Glasgow] se especializó primero en industria textil y a continuación en fabricación de barcos e industria pesada. Glasgow y toda el área colindante se transformaron en un centro industrial (Lever and Mather, 1986), que a su vez constituyó un punto de atracción de miles de inmigrantes que llegaron desde toda Escocia y también de Irlanda (Young, 1922). (p. 47)

El crecimiento demográfico de la ciudad se disparó, alcanzando los 750.000 habitantes en el siglo XIX, aunque la cifra se cuadruplicó entre 1841 y 1914. Tal aumento de población trajo consigo los problemas derivados: hacinamiento, carencia de servicios públicos, barrios degradados… hasta el extremo de que, en 1950, «se había convertido en una de las peores concentraciones de vivienda marginal de Europa». En cuanto a la industria, sin embargo, la ciudad iba viento en popa: se instaló allí, por ejemplo, la mayor fábrica más grande máquinas de coser del mundo, por parte de la americana Singer, pero era en la fabricación de barcos por lo que se conocía a la ciudad. El valle del Clyde dio lugar al nombre de «Clyde», una referencia en la ingeniería y en los astilleros. A principios de la Primera Guerra Mundial, allí se fabricaba un tercio de la producción británica y un quinto de la mundial.

Sin embargo, esa prosperidad se perdió tras la Primera Guerra Mundial, al decaer la confluencia de circunstancias que había convertido a Glasgow en un referente. La crisis estalló en los años 20, pero la Segunda Guerra Mundial avivó de nuevo el pleno empleo y enmascaró la situación.

Cuando la crisis se hizo patente, la serie de cierres de fábricas que produjo afectó gravemente a los astilleros Upper Clyde y tuvo un efecto en toda la industria pesada a ella asociada, pero aún se aceleró y adquirió más intensidad después de 1968 (Gibb, 1983). Casi tres cuartas partes de los trabajadores industriales del área del Clyde trabajaban en aquel momento para 100 empresas (Checkland, 1976). El impacto de la crisis hizo que Glasgow y Cydeside se convirtieran en sinónimos de militancia sindical y defensiva (Boyle, 1990; Checkland, 1976).

La respuesta por parte de las autoridades fue compleja e implica las divisiones en diversas escalas políticas, tema en el que no entraremos. Como resumen, sin embargo, «para paliar la crisis derivada de la desindustrialización e intentar modificar la naturaleza de la economía escocesa, el elemento clave de la estrategia económica de la Scottish Office fue la promoción activa de inversión extranjera» (p. 68).

Parte de esa inversión consistió en el crecimiento de las new towns alrededor de Glasgow. Creadas durante los años 40 y 50 del siglo pasado, cuando se veía el hacinamiento en Glasgow como algo insoluble, se convirtieron en nuevos espacios para clases medias separados de la ciudad por un cinturón verde. Durante la crisis, y debido a la «mala imagen» de Glasgow y a su percepción como ciudad industrial compleja y algo anquilosada, las new towns recibieron inversiones en forma de partenariados público-privados y más adelante se volvieron los receptores de las ayudas del Estado.

En cuanto a Glasgow, su industria se percibía como algo que ya había pasado, por lo que era necesario buscar otra fuente de ingresos. En 1985 se encargó un informe a una consultoría privada, McKinsey and Company, que analizaba la ciudad con las variables empresariales DAFO y que, básicamente, vino a decir que la ciudad podía convertirse en un nodo de atracción de turistas e inversiones si realizaba algunos cambios, sobre todo, en el centro de la ciudad. «Su principal conclusión era que Glasgow debía planificar su futuro postindustrial y utilizar el marketing publicitario como herramienta política a través de la cual conseguir inversión» y aconsejaba crear un grupo de trabajo formado por «personajes relevantes de la ciudad y liderado por la élite del sector privado». Dicho grupo fue Glasgow Action, creado en 1985 para acometer los cambios planteados por el informe.

Tampoco es ninguna sorpresa lo que dictaba dicho informe. Baltimore era el gran ejemplo del cambio urbano que todas las ciudades querían seguir, con la reconstrucción de su Inner Harbour por parte del promotor Rouse (lo que dio lugar a la «rousificación» de la que hablaba Peter Hall en Ciudades del mañana). El «cambio» consistía en derruir los espacios industriales obsoletos que quedaban en la ciudad y reconvertirlos en espacios de ocio y consumo para las clases medias. Eso sí, el cambio lo llevaban a cabo empresas privadas pero los costes estaban financiados por capital público, como vimos en la crítica de Harvey a la transformación de Baltimore.

La primera medida de márqueting urbano fue anterior al informe: la campaña Glasgow’s Miles Better, de 1983, un juego de palabras entre Glasgow is Miles Better («Glasgow es mucho mejor») y Glasgow Smiles Better («Glasgow sonríe mejor»). Al mismo tiempo, se le hizo un lavado de cara a la ciudad: se instalaron más luces, se sanearon algunas fachadas viejas, se abrieron centros comerciales, se creó un festival de arte anual… A mediados de los 80, y ya con la iniciativa en marcha, se abrieron nuevos museos y festivales y todo ello eclosionó con la nominación, en el año 1990, de Ciudad Europea de la Cultura. Glasgow ya estaba situada en el mapa.

La ideología tras estos procesos era que Glasgow se estaba convirtiendo en «una ciudad vibrante» y que ello atraería hordas de turistas; y que ambas cosas, a la vez, sólo podían repercutir en prosperidad para todos. Paradójicamente, Gómez García señala cómo «las mismas ideas se repiten en las mismas ciudades aun siendo presentadas como supuestamente modernas e innovadoras», en lo que Philo y Kearns (1993) llaman igualdad repetitiva (sameness), algo que ya vimos en la crítica de Harvey a la homogeneización de las ciudades o en las consecuencias de la gentrificación (y los pisos de Airbnb): tratando de diferenciarse, acaban cayendo todas en una especie de estética similar, aséptica e indiferenciada.

Es innegable que el centro de Glasgow mejoró: surgieron nuevos edificios, se limpió la ciudad, se desarrollaron proyectos municipales y se modificaron barrios marginales. Glasgow se convirtió en el tercer destino turístico de Reino Unido, posición que ha mantenido, y también en un centro comercial. Sin embargo, estas medidas no se llevaron a cabo para el bien de los ciudadanos, sino por motivos empresariales y de obtención de capital. También brotaron por la ciudad gran cantidad de oficinas que no llegaron a ocuparse, así como suelo abandonado a la espera del mejor proyecto inmobiliario.

En un primer momento, el auge del sector servicios sí que generó empleo en la ciudad. Sin embargo, el paso del tiempo (las políticas neoliberales implantadas por los gobiernos de Margaret Thatcher no ayudaron, siempre más enfocadas a premiar a los empresarios que a ayudar a los trabajadores) reveló dos hechos: que el impacto del empleo del sector servicios había sido sobreestimado y «la poca importancia que se le dio al hecho de que la industria se fuera de la ciudad» (p. 96). Surgieron críticas a la «falta de dirección estratégica municipal» (puesto que, al fin y al cabo, se habían limitado a implantar las políticas urbanas del momento, surgidas de Boston y Baltimore) y se hizo evidente la poca estabilidad del empleo del sector servicios y la necesidad de desarrollar una «economía equilibrada».

Otra de las paradojas que señala Gómez es el «doble rasero» de las políticas e ideología neoliberal: la Scottish Ofice, por ejemplo, insistió durante años en la necesidad de que el mercado operase de forma libre en Glasgow a la vez que solicitaba intervenciones políticas en forma de reducción de impuestos a las empresas que se instalaban en las new towns o en las zonas de negocios (enterprise zones). Los últimos estudios (recordemos: el libro es de 2007) señalan la existencia en Glasgow de grandes bolsas de segregación que sigue creciendo y una tasa de paro más elevada que en otras ciudades de características similares del Reino Unido.

En las conclusiones, Gómez destaca las políticas empresariales y de márqueting (por darles un nombre) consiguieron cambiar la imagen de Glasgow y convertir la ciudad en un destino turístico; pero «no posibilitó una revitalización de la ciudad en su conjunto, y lo que aún es más importante, no mejoró los gravísimos problemas de paro que Glasgow venía padeciendo». De hecho, se sigue discutiendo si las políticas empresariales llegaron incluso a reforzar, en vez de mitigar, el declive de la ciudad. Por otro lado, surgen nuevos temas, como los problemas que suponen el mantenimiento de los festivales culturales, la organización de eventos, los museos y exposiciones artísticas abiertas… y se pone de manifiesto una cierta carencia de previsión y una búsqueda apresurada del efecto a corto plazo, sin tener en cuenta los efectos a medio y largo plazo sobre la ciudad.

En términos generales, al igual que sucedió en Glasgow, la crisis fordista hundió la economía bilbaína. Además de un número enorme de trabajadores en paro, la desindustrialización dejó tras de sí un panorama de desolación, ruina y abandono y una depresión generalizada. Para superar esa situación, se puso en marcha una nueva estrategia orientada al intento de crear una nueva economía de servicios, basada en la promoción inmobiliaria, la construcción de imagen y la utilización de la cultura como herramienta económica en sentido amplio. (p. 111)

El caso de Bilbao es similar a Glasgow pero posterior en el tiempo. El auge industrial de la zona se debió, precisamente, a la constante necesidad por parte de Inglaterra de hierro. «El Gobierno británico primó los enclaves en los que las minas de hierro se hallaban próximas a las áreas portuarios», descartando, por ejemplo, Suecia (país geográficamente más cercano) y primando el norte de España, con sus puertos como Bilbao, Santander, Castro-Urdiales o San Sebastián. A partir de 1879 los barcos británicos no llegaban vacíos, sino que traían coque galés, lo que permitió que la zona de Bilbao se convirtiese en un gran productor de acero.

La prosperidad cambió la zona. Se crearon más líneas de ferrocarril que en ningún otro lugar de España, así como numerosas infraestructuras, y surgió una «nueva burguesía formada por unas pocas familias vascas» que acabarían convirtiéndose en el núcleo de «uno de los sectores financieros más importantes de España» (p. 116). También hubo efectos negativos, claro: la mano de obra necesaria no se podía cubrir sólo con la población autóctona, por lo que se dieron corrientes migratorias. El aumento de la población supuso hacinamiento, masificación y problemas de salubridad, algo que fue empeorando con la llegada del siglo XX.

Mientras tanto, y con la excepción de otra región del país, Cataluña, España seguía siendo un país agrícola. Tras la Primera Guerra Mundial, las exportaciones de acero del País Vasco descendieron. La Guerra Civil (1936-39) y la posterior dictadura, con una primera etapa de autarquía, dejaron al país sumido en un aislamiento que pronto se hizo evidente que no funcionaba. A partir de los años 50, las pocas zonas industriales de España (los ya mentados País Vasco y Cataluña, y la capital, Madrid) funcionaron como locomotoras que atrajeron inversiones (y flujos migratorios del resto del país). Tal vez debido al progreso que se estaba viviendo, la crisis de los años 70 llegó más tarde a España que al resto de Europa; pero, a diferencia de los otros países, en España no se tomaron medidas concretas para paliar el colapso del fordismo y, cuando la crisis finalmente llegó, fue devastadora, especialmente en las zonas con mayor tradición industrial, con el País Vasco a la cabeza.

El sector de la industria pesada se vino abajo: la producción de acero, hierro, la construcción de barcos y todos los subsectores asociados se vieron seriamente dañados. Consecuentemente, el empleo industrial sufrió un impacto irreversible creando un auténtico caos en el País Vasco por la estructura piramidal de su mercado laboral, en cuyo vértice se hallaba precisamente la industria de cabecera. Todo ello, además, sucedió en un espacio de tiempo muy breve. Entre 1979 y 1985, se perdió el 24% de todo el empleo industrial de la región vasca… (p. 123).

La debacle no fue sólo económica: enormes espacios industriales abandonados generalizaban la sensación de colapso, de fracaso, de imposibilidad de volver a levantar la sociedad. Además, al tratarse de industrias tan grandes, había surgido una fuerte corriente sindical, algo que, en el nuevo contexto empresarial de mediados de los 80, se percibía como negativo para recibir inversiones extranjeras.

En esa situación, y al igual que en Glasgow, el Gobierno vasco contrató a una consultora norteamericana para llevar a cabo un análisis de la ciudad. Se recurrió, claro, al análisis DAFO (debilidades, amenazas, fortalezas y oportunidades, surgido del entorno empresarial). El Plan Estratégico surgido proponía, como en contextos similares en la época, adaptar el entorno al nuevo ecosistema económico; una de las ciudades escogida como modelo fue, otra vez, Baltimore.

Lo sucedido en Bilbao refleja, desde este punto de vista, ese intento generalizado de conversión de las ciudades en sede de empresas internacionales bajo el discurso, tantas veces repetido, que pone énfasis en la atracción de alta tecnología, ciencia y servicios financieros a partir de la transformación del espacio urbano. Es esa transformación la que hace de la ciudad un espacio idóneo para albergar esa mezcla de actividad que se supone que ha de proporcionar la base para el futuro de las viejas áreas industriales (Healey, 1990). (p. 142)

Se escogieron nombres importantes para levantar los nuevos proyectos, como el de Norman Foster o Santiago Calatrava; pero la joya de la corona fue el Museo Guggenheim. Se proyectó construirlo en una zona hasta ese momento bastante desangelada, Abandoibarra; y, pese a que luego se proyectó como un modelo de éxito, pensado para proyectar la ciudad hacia el futuro y permitirle alcanzar nuevas inversiones, la construcción del Guggenheim fue un poco una suma de coincidencias.

En esta historia, Gómez García sigue el libro Crónica de una seducción, de Joseba Zulaika (1997). Antes de entra en él, sin embargo, destaca cómo la toma de decisiones que acabó con la construcción del museo no fue un ejemplo de decisiones democráticas, sino una imposición tecnócrata decidida por unos pocos basándose en la ideología empresarial que hemos ido comentando. Dichos procesos (cuyo epítome serían los PPP) son cada vez más habituales en las ciudades y, con la excusa de «mejorar» algo (mejorar la seguridad, las calles, la visibilidad, pacificar, hasta esponjar o higienizar) llevan a cabo medidas encaminadas a convertir la ciudad en expositores para flujos, ya sea de turistas o inversores, en detrimento, la mayoría de las veces, o bien de la calidad de vida de los vecinos o bien de una determinada clase social, que acaba siendo, o sintiéndose, o ambas, expulsada.

Volvemos al Guggenheim. Según Zulaika, no es tanto que Bilbao buscase el museo como que el museo buscó la ciudad. En concreto, los problemas del Museo Guggenheim en Nueva York llevaron a Thomas Krens, el director de la Fundación, a plantearse un nuevo modelo de negocio: las franquicias, algo que en Estados Unidos le valió el sobrenombre, jocoso, de «McGuggenheim», en referencia a la cadena de comida rápida. Krens recorrió diversas ciudades del planeta (Tokio, Boston, Venecia, Salzburgo), donde fue rechazado, incluso otras de España (Madrid, Sevilla, Santander, Salamanca), donde corrió la misma suerte.

Las condiciones draconianas que imponía no ayudaban. El contrato, firmado por un mínimo de 75 años, requería una enorme inversión del Gobierno Vasco, así como el mantenimiento de las instalaciones y el sueldo del personal. Además, la Fundación controlaba qué exposiciones se llevaban a cabo en el museo y se llevaba la mitad de todas las ventas directas. La Fundación era quien decidía, incluso, el emplazamiento del museo. De hecho, la ciudad de Bilbao tenía previsto rehabilitar algún edificio histórico (que abundaban, dada la debacle industrial de la zona) pero Krens (que, a priori, había considerado la ciudad de Bilbao como «demasiado periférica») escogió Abandoibarra.

La mayoría de intelectuales de la época fueron críticos con el proyecto. Sin embargo, a día de hoy, es imposible negar su éxito, no sólo como instalación independiente (es uno de los museos más visitados del país) sino como revulsivo de la zona y del total de la ciudad. Ojo: se ha convertido, también, en sinónimo de un proceso, el «efecto Guggenheim«, donde las ciudades buscan un símbolo (a menudo, un edificio diseñado por un arquitecto estrella) como la excusa para revitalizar una zona y atraer capital e inversiones. A menudo, dicho efecto va asociado a estrechas relaciones con el capital privado y a la expulsión de los habitantes originales de la zona, de clases más bajas que los recién llegados.

La última parte del capítulo sobre Bilbao lo dedica Gómez García a mostrar las disparidades entre las distintas autoridades respecto a un mismo tema. España es, en ese sentido, un país complejo con distintos niveles de gobierno (el central, comunidades autónomas, diputaciones, provincias, ayuntamientos) y eso se puso de manifiesto con proyectos que, por ejemplo, iban a intervenir a la vez en la misma zona pero ni siquiera se tenían en cuenta los unos a los otros, con el consiguiente despilfarro de recursos y, sobre todo, la incapacidad de alcanzar puntos de acuerdo y propuestas mayoritarias que beneficiarían a conjuntos más amplios de la población.

Al final del recorrido, tal vez la idea que cobra más fuerza respecto a la investigación de las estrategias de regeneración en Glasgow y Bilbao es el alcance y el impacto de los discursos emprendedores y la facilidad con la que se aceptan. Volviendo al comienzo, el análisis comparativo de estas estrategias de regeneración en ambas ciudades ilustra la fragilidad de estas prácticas para alcanzar objetivos de revitalización amplios, más allá del beneficio concreto de determinados sectores y de algunos emplazamientos específicos. A pesar de este resultado, la comparación aporta pruebas de la extensa utilización de este modelo, más allá de diferencias políticas, económicas y sociales. El discurso emprendedor ha cambiado las formas de abordar el declive y la crisis económica, transformando el enfoque, las instituciones y los modos de gobernanza como consecuencia, se afirma, de la presión de las múltiples formas de competencia. Como afirman Jessop et al (1996), el coste político de no participar en el “juego” emprendedor parece cobrar más importancia que el del intento y posterior fracaso. (p. 188)

Encontramos en estas palabras un eco del Manuel Castells de La sociedad red cuando afirmaba que el coste de no subirse a la globalización (durante los años 90) era mucho mayor para un país (ostracismo, bloqueos económicos, crisis económica) que el de dejarse llevar por ella. Con lo que, de nuevo, volvemos a una progresiva pérdida de la democracia y del poder de la mayoría frente a unas élites extractivas que imponen, con sus decisiones, caminos unívocos y la falsa libertad de poder, o no, transitarlos.

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