Erving Goffman: La presentación de la persona en la vida cotidiana

Le tenía muchas ganas a este libro, y no ha defraudado en absoluto. Si acaso, le achaco lo mismo que a otros estudios sociológicos (me pasó con este otro, Los ritos de paso): que se pierde un poco en la forma de presentar el estudio y, tratando de ser exhaustivo, llega a un punto en que abruma con los datos y se escapa por las ramas. O, visto de otro modo, que no soy un lector acostumbrado a estudios sociológicos, y tal vez sólo sea eso lo que se me hace raro.

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Dejando de lado ese detalle, Goffman fue el pionero de lo que se conoce como microsociología, el estudio de la persona en ambientes muy reducidos. La tesis de Goffman es que el individuo, desde que se despierta hasta que se acuesta, se comporta como si estuviese en un teatro y tuviese ante sí un auditorio: cada acto que lleva a cabo, la forma incluso como lo hace, tiene en cuenta que hay espectadores y la impresión que se causará en estos.

Cuando un individuo llega a la presencia de otros, estos tratan por lo común de adquirir información acerca de él o de poner en juego la que ya poseen. Les interesará su status socioeconómico general, su concepto de sí mismo, la actitud que tiene hacia ellos, su competencia, su integridad, etc. Aunque parte de esta información parece ser buscada como un fin en sí, hay por lo general razones muy prácticas para adquirirla. La información acerca del individuo ayuda a definir la situación, permitiendo a los otros saber de antemano lo que él espera de ellos y lo que ellos pueden esperar de él. Así informados, los otros sabrán cómo actuar a fin de obtener de él una respuesta determinada.

Si no están familiarizados con el individuo, los observadores pueden recoger indicios de su conducta y aspecto que les permitirán aplicar su experiencia previa con individuos aproximadamente similares a los que tienen delante o, lo que es más importante, aplicarle estereotipos que aún no han sido probados.

Así da comienzo la introducción. A continuación, Goffman desarrolla una comparación entre el teatro y la persona, y diferencia entre estar sobre el escenario o entre bambalinas (backstage). En el primero actuamos para un auditorio, en el segundo para el círculo íntimo. Un camarero está en el escenario al salir a sala y entre bambalinas mientras preparan el restaurante para la apertura, rodeado de sus compañeros. Las máscaras usadas cambian en cada contexto; cambian en función del auditorio, de la impresión a dar, del vestuario y el escenario disponibles.”La vida urbana se volvería insoportablemente pesada para algunos si todo contacto entre dos individuos entrañara el compartir desgracias, preocupaciones y secretos personales. Por tanto, si un hombre desea que le sirvan una comida con tranquilidad, quizá busque los servicios de una camarera, más que los de una esposa.” (p. 64).

La vida urbana, de hecho, se define como el paso de la Gemeinschaft de Tönnies a la Gesellschaft: de la comunidad a la asociación, del lugar donde alguien es la suma de muchas de sus máscaras (el pueblo, idílico o no, donde uno no sólo es el panadero sino el esposo de, hijo y padre de, amigo de otros tantos, y donde cada interpretación está condicionada por las máscaras usadas en esos otros contextos que, supuestamente, le son conocidas al menos en parte a los interlocutores) al lugar donde uno es sólo el rol (o la máscara) que lleva en ese momento, y no sólo no importan los avatares personales de quien nos vende el pan, sino que probablemente se considerase ofensivo el intento por parte de dicha persona de comunicar de forma demasiado íntima sus vivencias personales.

Cada auditorio impone normas distintas. Goffman explica cómo en los funerales de clase media de Estados Unidos, el conductor del coche puede fumar en el cementerio, alejado de la familia, pero jamás lanzar la colilla, sino simplemente dejarla caer a sus pies. A menudo recurre al pueblo de la isla de Shetland, donde desarrolló un estudio anterior a la publicación de La presentación de la persona en la vida cotidiana, para narrar ejemplos de cómo era el día a día en el hotel o alguna tienda, cómo los dependientes se comportaban de una forma ante los clientes o cuando no estaban, de los múltiples códigos que se desarrollan en casi cualquier negocio para entenderse entre los trabajadores mientras se le escamotea información al cliente. Citando a Sartre (la cita es del libro de Goffman): “Consideremos a este camarero. [Lo describe en detalle, sus actos.] ¿A qué juega? Juega a ser camarero; juega con su condición para realizarla. Esta obligación no difiere de la que se impone a todos los comerciantes. Su condición es totalmente ceremonial. El público exige de ellos que la cumplan como una ceremonia; existe la danza del almacenero, del sastre, del rematador, mediante la cual se esfuerzan por persuadir a sus clientes de que no son más que un almacenero, un sastre, un rematador. Un almacenero que sueña es ofensivo para el comprador, porque dicho almacenero no es totalmente comprador.” (p. 92, la cita es de El ser y la nada).

La actuación, por supuesto, puede darse en equipo. Goffman habla aquí de un caso muy curioso: cuando actor y auditorio son la misma persona. “Será menester que el individuo, en su carácter de actuante, oculte a sí mismo, en su carácter de auditorio, aquellos hechos desacreditables relativos a la actuación de los que ha tenido que darse por enterados”, y de ahí surgen la represión y la disociación.

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Sin embargo, “la impresión de realidad fomentada por una actuación es algo delicado, frágil, que puede ser destruido por accidentes muy pequeños” (p. 71). A las personas se nos permiten, de hecho son inherentes a nosotros, cambios de humor, impulsos variables, energías cambiantes; a las máscaras no. La representación que asumimos debe ser inquebrantable, homogénea, de lo contrario se sucede el fracaso del personaje y la incomodidad social. Los niños son especialmente peligrosos para la integridad de la actuación; puesto que aún no han dominado los entresijos del teatro, no son del todo conscientes de lo que debe decirse y callarse en cada contexto; sin embargo, no participan del todo de la representación, por lo que sus errores son perdonados. No así los de los borrachos o charlatanes, que se perciben como una amenaza y por lo tanto el grupo tiende a cerrar filas alrededor de ellos o, puesto que ponerse en su contra aún empeoraría la representación, a postergarlos a un papel secundario.

En cuanto a la percepción cultural de que las clases bajas son más soeces que las medias o altas: “las personas de posición superior tienden a actuar en pequeños grupos y a pasar la mayor parte del día ocupadas en actuaciones habladas, mientras que los hombres de clase trabajadora tienden a formar parte de equipos numerosos y a pasar la mayor parte del día entre bastidores y en actuaciones no habladas. Así, cuando más elevada sea nuestra ubicación en la pirámide de las posiciones, menor ha de ser el número de personas con las que podamos comportarnos con familiaridad, menor el tiempo que pasemos detrás de las bambalinas y mayores las probabilidades de que se nos exija una conducta cortés y decorosa.” (p. 152).

Finalmente: si mezclamos Los ritos de paso con La presentación de la persona en la vida cotidiana obtenemos una mezcla espectacular: todo ciudadano, al salir de casa y enfrentarse a la urbe, se vuelve pura potencialidad; no sólo un simple ir hasta el trabajo o a la compra, imaginemos también el simple acto de ir a la ciudad, a pasar el día a Madrid, a Toledo, a Shangai, a Toronto. Limitado entre dos seres, el que era y el que será, no es entonces ninguno sino un ser liminar, en el umbral, ni dentro ni fuera. Añadamos a dicho ser, puro potencial, la necesidad de actuar, de no dar más información de la necesaria, de fingir incluso, sabiendo que todos los otros seres liminares con los que tenga contacto estarán deseosos de obtener información de él para poder llevar a cabo sus propias actuaciones, y obtenemos el “ballet de las aceras” de que hablaba Jacobs o el “baile de disfraces” al que se refería Manuel Delgado.

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