La ciudad negocio, China Cabrerizo

La ciudad negocio. Turismo y movilización social en pugna (2016), de la geógrafa China Cabrerizo, es un estudio (parte de la tesis doctoral de la autora) sobre el turismo y sus efectos en la ciudad. El primer capítulo estudia los flujos del turismo y cómo éstos no han dejado de aumentar con el paso al postfordismo o la sociedad informacional; el segundo, la transformación del territorio y especialmente de las ciudades para acoger a estas hordas, tanto de forma literal (tipos de negocios o morfología de los centros urbanos) como en su imaginario (centros reconstruidos o simulados); el tercer capítulo escoge un ejemplo concreto, la costa mediterránea en España, y cómo la historia urbana del país se refleja en la forma de sus pueblos y construcciones costeras; y el cuarto capítulo busca alternativas y sigue los movimientos sociales que luchan contra esta forma de ciudad capitalista.

A partir del concepto de biopolítica, Cabrerizo destaca tres ideas: la primera, que a la economía postfordista ya no sólo le interesan los productos “sino que se interesa por todos los ámbitos de la vida”, como la salud, la educación y, por supuesto, el ocio. La segunda: la libertad como estrategia de poder. Pero no una libertad absoluta sino una falsa libertad basada en la “libre” elección entre una serie de opciones.

Esa supuesta libertad controlada se realiza mediante el manejo de las subjetividades e imaginarios individuales y colectivos, la tercera idea que interesa destacar. Al modo de explotación y apropiación capitalista le interesa la diferencia y también la repetición. Valora lo excepcional, lo particular, lo original, lo creativo, que deja fluir hasta cierto límite, el límite que le permite extraer excedentes con todo ello. La contradicción es que, para su mercantilización, lo convierte en modas o lo reduce a su factor diferenciador. (p. 29)

Es una idea que encontramos en el producto de la gentrificación de barrios y que vimos en First We Take Manhattan pero que luego también hemos leído, por ejemplo, en Espacios del capital de Harvey, en Urbanalización de Francesc Muñoz o en Ciudad hojaldre de Carlos García Vázquez.

El turismo, como parte fundamental de la economía del ocio, se ha convertido en uno de los principales agentes transformadores de los territorios, especialmente los urbanos y costeros. Se trata de una de las grandes actividades del mundo globalizado, utilizada históricamente como forma rápida y amable de dar entrada, en los países en vías de desarrollo, a la cultura del consumo propia del sistema capitalista. (p. 30)

Cabrerizo da una gran cantidad de datos para respaldar esta afirmación, pero no parecen necesarios: todos, en mayor o menos medida, somos conscientes del impacto del turismo. Porque lo hemos vivido en nuestras carnes como receptores de él y porque, probablemente, lo hemos llevado a cabo en multitud de ocasiones. El poder ha encontrado en el turismo y su motor económico una excusa perfecta para erradicar toda oposición a él. Se habla con facilidad de las ventajas que conlleva; pero se suelen obviar sus efectos perversos: sobre los recursos y ecosistemas naturales, que explota; sobre la contaminación que genera; la precariedad laboral y concentración económica; y la apropiación de las identidades locales, que transforma para mercantilizar.

La creación de nuevos destinos que se han multiplicado por el mundo no es resultado, en exclusiva, del incremento del número de turistas. Tiene más que ver con la necesidad que tiene el sistema de producción dominante, y hoy globalizado, de incorporar lugares adaptados como receptores de los flujos de capitales y personas, y donde poder dar respuesta a las crecientes necesidades de consumo, así como a los cambiantes deseos de los turistas. (…)

El capitalismo conceptualiza el tiempo libre como tiempo para el consumo, y el turismo se presenta como una actividad amable que desarrollar en nuestro tiempo libre y, por tanto, un fin para consumir, que es una de las funciones vitales que requiere el capitalismo para subsistir. El asunto es que, hoy en día, el consumo no es solo sinónimo de la adquisición de productos materiales, sino también de experiencias, de emociones, de deseos e, incluso, de sueños. Nuevos modos de consumir que, en las sociedades ricas y contemporáneas, están motivados por la búsqueda de distinción y exclusividad, y de sensaciones y experiencias emocionantes.

(…) Al igual que la industrialización produjo el espacio que requería para su pleno desarrollo, colocando fábricas y naves industriales en los extrarradios de las ciudades junto a las colonias residenciales para los obreros desplazados de los cascos, y reconfigurando los centros urbanos para las burguesías triunfantes y la modernización, aceptando como “daños colaterales” la degradación medioambiental y las malas condiciones de vida de los obreros, en la actualidad el turismo y el ocio contribuyen con gran poder a la producción del espacio urbano para el consumo que sustenta el modelo fuertemente terciarizado de la sociedad contemporánea, y con ello, a la expansión de la urbanización del territorio y sus sociedades. (p. 58-60)

El turismo crea espacios propicios para la mercantilización. Para ello se apropia de los recursos naturales y también de los capitales simbólicos y culturales, provocando conflictos. El espacio es uno de los recursos consumidos. Pero, puesto que “el espacio público es un espacio improductivo” (p. 67) y que no genera plusvalías, hay que convertir los “espacios centrales e históricos de las ciudades en centros comerciales abiertos, elitistas y destinados al ocio que provoca, entre otras cosas, la erradicación del pequeño comercio de proximidad y de primera necesidad” (p. 67), generando también una revalorización del precio del suelo y una expulsión de los habitantes de la zona.

Puesto que la lógica empresarial es la misma o similar en todas partes (se da, por ejemplo, una enorme concentración de todos los procesos turísticos en unos pocos grupos empresariales, que se encargan tanto de la organización del viaje como del transporte de turistas, los hoteles, la gestión, etc.), todos los espacios se acaban asemejando puesto que la diferencia, para ser consumida, debe poder ser catalogada. Entramos aquí en los imaginarios y en la creación de esa experiencia, que es lo que acaba vendiendo el turismo: una vivencia distinta a la que se puede experimentar en el hogar. “Los mitos del paraíso, de lo salvaje y lo indómito, de lo auténtico, de lo mágico, del explorador romántico, de los estilos de vida o la buena vida, etc., son buenos ejemplos de estos enunciados codificados y prefabricados que utiliza la promoción turística ampliamente, estandarizando las experiencias y homogeneizando las miradas” (p. 75).

Centrándose en un ejemplo concreto, el de la urbanización de la costa mediterránea en España, Cabrerizo destaca que, a rebufo, sobre todo, de los grandes booms que ha habido en el país, se han llevado a cabo diversos tipos de construcciones.

En las ciudades del turismo del Mediterráneo se replican los tipos paisajísticos. La estandarización y banalización de los paisajes, credos al margen del lugar, son el resultado, paradójicamente, de la carrera hacia la competitividad mediante la distinción. Algunas peculiaridades de los lugares, tales como los elementos geográficos físicos, el carácter de la población local, la gastronomía típica o algunos elementos residuales de la arquitectura vernácula, sirven como fórmula de diferenciación y promoción. Es la apropiación de lo patrimonial y simbólico, pero si estos elementos no son capaces de mantener la representatividad cultural e identitaria del lugar, se practica la simulación o recreación haciendo uso de la historia o de imágenes hiperreales, con el objetivo de favorecer la comercialización de los lugares e incrementar los ingresos. La contradicción es que estos productos urbanos de la industria del ocio y el consumo, cuanto más se comercializan, menos excepcionales y especiales parecen. (p. 95)

Cabrerizo destaca cuatro tipos de paisajes distintos que desvelan, de alguna forma, el momento productivo en el que fueron construidos:

  • Paisajes masivos del modelo fordista: conglomerados de edificios de gran altura “que actúan como gigantes muros a lo largo del litoral”, como Benidorm, Torremolinos o La Manga del Mar Menor y que luego han sido replicados en Cancún o Cartagena de Indias. “Surgieron como enclaves turísticos masivos y sin dotaciones públicos”, algo con lo que sus sucesivos gobiernos locales han tenido que lidiar, buscando fórmulas para conservar los enclaves o, en ocasiones, dotarlos de vida fuera de la temporada de verano.
  • Paisajes residenciales cerrados: generalizados a partir de los 90 con el auge del “turismo residencial, estos paisajes representan el urbanismo de la dispersión, la privatización, el encierro y la distinción, la cultura del despilfarro y el desprecio por el patrimonio natural y cultural” (p. 98). Son urbanizaciones a menudo vinculadas a campos de golf y en ocasiones cerradas o valladas. Su aparición coincide con la entrada de España en la Unión Europea y la llegada de los flujos del capital internacional, buscando lugares “apartados y sostenibles” que son, por el contrario, entornos ecológicamente poco sostenibles por su extensión, baja densidad y dependencia del vehículo privado. “Estos paisajes residenciales se enmarcan dentro de las nuevas formas globalizadas de habitar, lejos de los tradicionales modos mediterráneos. Se relacionan con la cultura del miedo y la seguridad que el aumento progresivo de las desigualdades sociales ha provocado, y por eso se encierran en espacios privados de segregación socioeconómica” (p. 100), además del anhelo de exclusividad y privacidad. Si bien nacieron como espacios destinados al lujo, con el tiempo se han adaptado a todos los bolsillos (variando, claro, sus especificaciones y necesidades según el precio).
  • Paisaje operativos: relacionados con la movilidad, el ocio y el consumo. Se incluyen aquí desde los grandes centros de ocio (parques temáticos, puertos deportivos, centros de congresos, centros comerciales) a las enormes infraestructuras de autopistas, vías férreas o aeropuertos destinados a permitir el acceso a ellos. “Completamente aterritoriales, se han multiplicado por la costa mediterránea en una suerte de negociación entre la globalización y el sustrato urbano local” (p. 103) Las ciudades cercanas los usan para atraer inversión y crearse una marca global; a menudo, se usan inversiones públicas que acaban directamente en manos privadas o cuyos beneficios son privatizados. Este modelo responde al interés por los espacios costeros de dejar de ser reductos de la temporalidad de verano y tienen la pretensión de generar desarrollo local; pero acaban por caer en una monotonía de paisajes efímeros de consumo rápido e intenso, “los paisajes del espectáculo, lugares del ocio y el consumo, donde dar rienda suelta a la experiencia única del turista que, en buena medida, se reduce a consumir múltiples productos” (p. 104).
  • Paisajes culturales escenificados. Los centros históricos se han convertido en “la síntesis de la ciudad”, el único lugar que es necesario visitar para comprender su historia e identidad. Allí se concentran, también, todas las oportunidades de negocio: las visitas guiadas o culturales, la compra de souvenirs, las terrazas donde sentarse a consumir. “En estos centros surge la paradoja entre distinción y comercialización. La “industria”, utilizando la historia como reclamo económico, convierte estos entornos urbanos residuales del pasado en escenarios teatrales, reformulando las identidades locales hacia las ansias de consumo, lo que las termina homogeneizando. El éxito de estos espacios centrales y de los imaginarios que los crean está en ofrecer a sus potenciales usuarios una vuelta a las realidades urbanas del pasado, en contraposición a los espacios de la nueva ciudad donde la uniformidad de usos, el encierro, la seguridad y lo individual caracterizan la vida. Uno puede pasear, durante un rato, por el viejo pueblo pintoresco de casas rústicas encaladas y por sus calles empedradas llenas de comercios y de vida. Sin embargo, estas maquetas de lo que fueron en origen estos pueblos marineros del Mediterráneo no han sido diseñadas para “el rescate de la identidad”, sino para el fenómeno del consumo. Una vez más, consumo y placer se funden.” (p. 106)

Escuchar y transformar la ciudad

Ya hemos hablado largo y tendido en el blog de cómo el racionalismo arquitectónico llegó, de la mano de Le Corbusier y La carta de Atenas, con la intención de mejorar las ciudades y sus condiciones de vida mediante la zonificación. Ésta consistía en separar en diversos sectores las tareas que las personas llevan a cabo en las ciudades: la residencia por un lado, con grandes edificios rodeados de zonas verdes; el trabajo por el otro, el ocio en un tercero y un cuarto espacio para conectar los anteriores: la calle y las vías de tránsito, cedidas al tráfico rodado. Es decir: a los vehículos, mientras que los peatones quedaban relegados de la calle.

En cuanto esta teoría se fue volviendo realidad se convirtió, grosso modo, en zonas completas a las afueras de las ciudades dedicadas sólo a vivienda, sin nada que hacer en sus calles; los grands ensembles franceses o las ciudades del extrarradio españolas son un buen ejemplo. Para gestionar tanto tráfico del exterior hacia el interior de la ciudad, sin embargo, hubo que realizar grandes obras faraónicas que arrasaron barrios enteros.

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Jane Jacobs, de la que acabaremos poniendo todas las fotos disponibles en internet.

La primera en poner el grito en el cielo (o la que más levantó la voz, aunque de forma racional y sosegada) fue Jane Jacobs, neoyorquina considerada la urbanista más influyente de la historia. Con su Muerte y vida de las grandes ciudades, denunciaba la sistemática destrucción de las redes familiares, de amigos y vecinos que se habían formado en los barrios y que estos proyectos iban destruyendo sin tener en cuenta. El espacio público, defendía Jacobs, era un bien de todos: los que lo habitaban y los que lo transitaban. Además de generar algunos conceptos que han pasado a formar parte del lenguaje del urbanismo, como la diversidad de usos, que se opone a la zonificación pues propone que en un mismo entorno coexistan muy diversos tipos de edificios, para evitar que todos sus usuarios se concentren a la misma vez y dejen vacías las calles el resto del tiempo (lo que sucede, por ejemplo, en La Défense, como denunciaba Bauman, ocupada sólo de nueve a cinco los días laborables) o el ballet de las aceras, la coreografía imposible de seguir del trajín diario por las calles que es señal de un espacio público saludable. Jacobs se opuso a Robert Moses, el gran urbanista de Nueva York que quería derrumbar el bario de Greenwich donde ella habitaba para hacer sitio a una autopista, y consiguió ganar y proponer una nueva forma de gestionar las ciudades.

La otra piedra de toque en el cambio urbanístico fue la renovación de Bolonia, de la que hablamos a propósito de Ciudad hojaldre, de Carlos García Vázquez: una renovación respetuosa con la historia de la ciudad, su distribución en barrios, los usos que los ciudadanos hacían de las calles. No todas las ciudades son Bolonia, sin embargo, pero el hito que marcó su renovación dejó huella y es, de algún modo, a lo que aspira el urbanismo actual: a no ser intrusivo, a respetar el espacio urbano, el derecho a la ciudad de Lefebvre; la enésima iniciativa de París, la ciudad de los 15 minutos, abunda en esta dirección, proponiendo una ciudad fácil de recorrer a pie o en bicicleta donde todos los usos que el ciudadano pueda necesitar están a una distancia que se recorra en un cuarto de hora. Ecológica, agradable y dando prioridad al peatón o ciclista.

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De todo esto que les hemos hablado trata el libro Escuchar y transformar la ciudad. Urbanismo colaborativo y participación ciudadana, de Paisaje Transversal, una oficina de urbanistas creada en 2007 en Madrid que propone “procesos de transformación de ciudades y territorios desde una perspectiva integral y participativa”. En vez de la participación ciudadana, proponen el método de “escuchar” a los residentes de la zona, concepto que consideran más amplio, amén de otros para fomentar la interacción entre urbanistas y ciudadanos. Sin embargo, algo erróneo debe de haber en un libro cuando, tras cuarenta páginas leídas, aún no se ha dicho mucho: abundan las palabras participativo, integral, propuesta, gestión, urbanismo; y se dan unos someros ejemplos de buenas propuestas que se han llevado a cabo; pero no aparece un verdadero plan sistemático capaz de generar ciudades distintas a las actuales, como por ejemplo lo hace Jan Gehl en cualquiera de sus libros (aunque citaremos el maravilloso Ciudades para la gente). Gehl y su estudio analizan los sentidos humanos, preparados para velocidades de 5 km/h en vez de las habituales de los vehículos, aproximadamente 60 km/h, y denuncian cómo las ciudades se habían ido vendiendo al tráfico rodado, con grandes carteles para ser legibles desde el coche y poca diversidad para un peatón que pasea. A partir de ahí, ofrecen una serie de consejos, extrapolables a cualquier ciudad del mundo, sobre cómo distribuir las calles para crear un espacio público agradable de transitar y donde las personas puedan hacer lo que las personas, en las ciudades, prefieren hacer: observarse unos a otros.

No hallamos recetas similares en este Escuchar y transformar la ciudad; nos parece más bien un panfleto elaborado, una exposición de la propia labor de Paisaje Transversal destinada más a una soirée en la que recaudar fondos y explicar, brevemente y sin apabullar, con una copa de champán en la mano, en qué consiste su labor; y nos parece una oportunidad perdida, porque una de las tareas mastodónticas que enfrenta la ciudad es la degradación progresiva de su espacio público, gentrificación y museificación mediante, por citar sólo dos ejemplos sangrantes.

La guerra de los lugares, Raquel Rolnik

Conocimos a Raquel Rolnik con la conferencia “Las ciudades, en manos de las finanzas globales” que dio en el 2017 en un ciclo de conferencias sobre la ciudad en el CCCB. Ya en dicha conferencia adelantaba el que es el gran tema del libro que nos atañe: cómo las grandes finanzas han invadido los recursos destinados a vivienda de todo el planeta con el objetivo de obtener rédito financiero de ellos generando, de paso, las crisis de 2008 y la del alquiler actual y dejando en situación de desposesión a millones de personas.

La propiedad inmobiliaria [real estate] en general y la vivienda en particular configuran una de las más nuevas y poderosas fronteras de la expansión del capital financiero. La creencia de que los mercados pueden regular el destino del suelo urbano y de la vivienda como forma más racional de distribución de recursos, combinada con productos financieros experimentales y “creativos” vinculados a la financiación del espacio construido, hizo que las políticas públicas abandonaran el concepto de vivienda como un bien social y el de ciudad como un artefacto público. Las políticas habitacionales y urbanas renunciaron a la función de distribuir la riqueza, bien común que la sociedad coincide en dividir o proveer a aquellos que tienen menos recursos, pra transformarse en un mecanismo de extracción de ingresos, ganancia financiera y acumulación de riqueza. Este proceso derivó en la desposesión  masiva de territorios, en la creación de pobres urbanos “sin lugar”, en nuevos procesos de subjetivación estructurados por la lógica del endeudamiento, además de haber ampliado significativamente la segregación en las ciudades. (p. 13; las negritas son nuestras)

La introducción de La guerra de los lugares. La colonización de la tierra y la vivienda en la era de las finanzas ya es clara respecto al tema del libro: dejar claro que todo lo que ha rodeado a la evolución del concepto y el precio de la vivienda en los últimos 30 años no es una serie de azares sino un movimiento orquestado por el capital con la finalidad de obtener rédito financiero y ganancias de algo que antes estaba a disposición de los ciudadanos.

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El primer bloque del libro muestra, recorriendo diversos países, cómo se pasó al modelo de vivienda en propiedad obtenida mediante deuda hipotecaria; el segundo, en todos los procesos de desposesión de los pobres y los débiles que se están dando alrededor del mundo como consecuencia de ese cambio de paradigma; y el tercer bloque, en el que no entraremos, recorre la historia y el caso del Brasil natal de la autora y la evolución del tema de la vivienda allí. Raquel Rolnik, arquitecta y urbanista brasileña, fue relatora para la ONU del Derecho a la Vivienda durante 6 años; de aquel periodo surge este libro.

Entre 1980 y 2010, el valor de los activos financieros mundiales -acciones, títulos, títulos de deuda públicos y privados y aplicaciones bancarias- creció 16,2 veces, mientras el PIB mundial aumentó poco menos de 5 veces en el mismo período. Este pool de superacumulación fue consecuencia no sólo del lucro acumulado de grandes corporaciones, sino también de la entrada en escena de nuevas economías emergentes, como China. Esta muralla de dinero comenzó a buscar cada vez más nuevos campos de aplicación, transformando sectores (commodities, finaciamiento estudiantil y planes de salud, por ejemplo) en activos para alimentar el hambre de nuevas líneas de inversión rentables para los inversores. (p. 27)

La vivienda -la creación, reforma y fortalecimiento de sus sistemas financieros- fue uno de estos nuevos campos de aplicación del excedente. Además, permitió vincular, mediante la creación de un mercado secundario de hipotecas, los sistemas de domésticos de financiación habitacional con los mercados globales. La entrada de este excedente de capital hizo aumentar el crédito más allá del tamaño y la capacidad de los mercados internos, creando e inflando las llamadas burbujas inmobiliarias. Además, el propio espacio en las ciudades se modificó a raíz de este cambio de paradigma, provocando cambios profundos en el rediseño y extensión de las ciudades.

Todo esto no hubiese sido posible sin un cambio en la forma de entender el papel del Estado en la adquisición de la vivienda por parte de los ciudadanos.

Formulado en Wall Street y en la City de Londres e implantado en primer lugar por políticos neoliberales estadounidenses e ingleses a finales de los años 1970 y comienzos de los año s1980, el cambio en el sentido y en el papel económico de la vivienda ganó fuerzas con la caída del Muro de Berlín y la consecuente hegemonía del libre mercado. Adoptado por gobiernos e impuesto como condición para que instituciones financieras multilaterales, como el Bando Mundial y el Fondo Monetario Internacional, concedieran préstamos internacionales, el nuevo paradigma se basó principalmente en la implantación de políticas que crean mercados financieros de vivienda más fuertes y más grandes, incluyendo a consumidores de mediano y bajo ingreso, que hasta entonces habían estado excluidos. (p. 30)

En general, los tres modelos de financiación usados fueron:

  • sistemas basados en hipotecas;
  • sistemas basados en la asociación de créditos financieros con ayudas gubernamentales directas para la compra de unidades producidas en el mercado;
  • esquemas de microfinanciación.

Para garantizar que toda la población acatase mansamente el nuevo mandato de poseer una vivienda fue necesario el cambio del paradigma del papel del gobierno. “… fue después de la Segunda Guerra Mundial, especialmente en los años 1650 y 1960, cuando la provisión pública de habitación se convirtió en uno de los pilares para construir una política de bienestar social en Europa, un pacto redistributivo entre capital y trabajo que sustentó décadas de crecimiento económico”. Algunos países disponían de un importante stock de vivienda pública (Austria, Dinamaca, Finlandia, Holanda, Reino Unido, por citar sólo algunos de los que indica Rolnik), otros disponían de ayudas para acceder a la vivienda (Alemania) y otros, por ejemplo España, Grecia o Portugal, no fueron grandes promotores de vivienda pública en absoluto. “A partir de la crisis económico-financiera de los años 1970, el período más extenso de recesión económica internacional después de los años 30, se formula en la teoría y en la práctica la idea de que el papel de los gobiernos ha de transformarse: de proveedores de vivienda a “facilitadores”, y su misión será abrir espacio y apoyar la expansión de los mercados privados. Es decir, crear y promover la existencia de sistemas financieros que hagan posible la compra de la casa en propiedad. Para ello, además, era necesario crear la conexión entre vivienda pública y precariedad o pobreza: estigmatizarla, considerarla como algo que sólo los incapaces de manejar activos en el mercado podían tener.

Los precursores de este cambio de paradigma fueron Reino Unido y Estados Unidos. Reino Unido pasó de un 52% de propietarios en 1971 a un 70% en 2007; y la vivienda de arrendamiento social cayó del 30% en los 70 al 18% en 2007. Por el camino, el Estado había pasado de ser el responsable del bienestar -incluida la vivienda- de los ciudadanos a un “sistema en el que el individuo carga con las responsabilidades de su propio bienestar y seguridad social, volviéndose un consumidor de activos financieros que le proveerán una renta en la vejez” (p. 48). La vivienda subió un 200% del 1997 a 2012; los sueldos, un 55%. Y la mayor parte de los fondos destinados a vivienda social se redirigieron a ayudar a pagar los alquileres de los menos favorecidos; es decir, fueron directamente a manos de los arrendadores privados. La vivienda se convirtió en un activo financiero para las familias, basado en la deuda y propiciando un aumento del consumo en una época en que la capacidad económica de los ciudadanos no paraba de decrecer.

En Estados Unidos la situación fue algo distinta. En 1934 se creó la Federal House Administration (FHA), que ya conocemos por su famosa política del redlining que llevó a la gentrificación de muchas ciudades. La FHA tomó dos caminos: por un lado, apoyar a las familias de clase media que querían comprar una vivienda ofreciéndoles condiciones muy generosas; por otro, ayudar a pagar el alquiler a la clase obrera, en general, blanca. Poco a poco, a medida que llegaban migraciones provenientes del sur, sobre todo afroamericanos, el perfil se fue segregando por razas: las clases medias blancas fueron incentivadas a comprar casas suburbanas a las afueras de las ciudades (más de la mitad de todas las viviendas construidas durante los 50 y 60 fueron financiadas con esos fondos) mientras que las ayudas al alquiler fueron rebajándose y eran entregadas a las clases obreras negras que no podían emigrar a los suburbios, por cuestión tanto de economía como por racismo estructural. Eso generó la pobreza extrema en los centros de las ciudades americanas que acabaría llevando a la gentrificación; y, por otro lado, una enorme extensión de suburbios donde toda clase media blanca americana poseía su propia casa con terreno y la necesidad de usar el coche para cualquier motivo.

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El redlining; sus efectos aún se perciben en las ciudades de Estados Unidos.

En cuanto llegó la ampliación de las grandes finanzas al mercado de la vivienda, una de sus extensiones fue la creación del crédito subprime; una ley de 1977 obligaba a los bancos a “alquilar parte de sus carteras hipotecarias en los barrio donde se originaban sus depósitos”, barrios que hasta ahora habían sido considerados redline y que se convirtieron en subprimes “o crédito de altísimo coste ofrecido sobre todo a familias compuestas por minorías y a otros grupos que históricamente no tuvieron acceso al crédito por ser considerados de alto riesgo”.

Otros aspectos de la política financiera del momento, en los años en que el capital se fue liberando de sus cadenas, fue la posibilidad de titularizar préstamos y juntarlos en paquetes que se podían comprar; “la titularización permitía limpiar los balances de instituciones de crédito a través de su venta a bancos o fondos de inversión”. A este festival se sumaron los hedge funds y las agencias de rating, formando paquetes tóxicos que las grandes empresas se iban pasando como una patata caliente para que no les estallase en las manos. Todos sabemos cómo acabó el tema.

Por otro lado, la crisis hipotecaria de los préstamos subprime no fue producto de un intento desafortunado de ampliar el mercado privado de casas en propiedad para los más pobres, disminuyendo la dependencia en relación con los fondos públicos y del Estado. Por el contrario, fue fruto de una política clara y progresiva de destrucción de alternativas de acceso a la vivienda para los más pobres. Dicha política pretendía constituir, exactamente en el sector habitacional de más bajos ingresos, una nueva forma de extracción de renta -de los mercados de hipotecas, así como de los propios propietarios privados endeudados- para los inversores financieros. (p. 70)

En Europa, las cosas fueron similares. Como ejemplo, en el 2008 la Comisión Europea restringía las ayudas para la vivienda sólo a aquellas personas socialmente menos favorecidas cuya situación no les permitía mantener una vivienda al precio de mercado. El objetivo de esta decisión: favorecer el libre mercado en el tema de la vivienda.

Este paradigma, sin embargo, no se detuvo en Estados Unidos y Europa, donde se generó, sino que, mediante las grandes entidades financieras internacionales, el Banco Mundial y el FMI, se fue extendiendo al resto del planeta. La receta del Banco Mundial para poner la vivienda al alcance de todo el mundo seguía el siguiente modelo, donde los tres primeros puntos son para dar curso a la demanda y los tres siguientes, a la oferta:

  • el derecho de propiedad, mediante registros de tierras y propiedades y una ley clara al respecto;
  • desarrollo de un sistema financiero que permita la creación de créditos para que los pobres accedan a la vivienda endeudándose;
  • “racionalizar” los subsidios para que no entorpezcan la labor de los dos puntos anteriores.

Y en cuanto a la oferta:

  • facilitar infraestructuras para la urbanización;
  • reformas urbanísticas, cambios necesarios en las leyes sobre el suelo y la propiedad pública;
  • privatizar la industria de la construcción civil, a fin de fomentar la competición.

Como destaca Rolnik, estas políticas sirvieron mucho más para ampliar los mercados financieros que para aumentar el acceso a la vivienda de los más pobres y vulnerables.

Cuando finalmente la crisis de todo esto estalló, ¿los Estados se dieron cuenta de lo ciegos que habían estado y lo erróneo de sus políticas y trataron de volver atrás, de fomentar otra vez la construcción de vivienda pública, de huir de la deuda, de evitar la formación de otra burbuja? Para nada: “se limitaron a inyectar fondos públicos en los bancos y las insituciones de crédito para evitar su bancarrota”; los 65.000 millones de euros que regaló España a la banca son el ejemplo que usa Rolnik, además de la creación del SAREB.

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Ya conocen el dicho: la banca siempre gana.

Pero el capital no se detuvo aquí: aprovechando la crisis y que el precio de las viviendas había caído en picado, los hedge funds empezaron a comprarlas en paquetes, sobre todo aquellas cuyas hipotecas habían sido ejecutadas. Rolnik habla de Blackstone, un fondo de inversión inmobiliaria participado por inversores internacionales como J. P. Morgan, Deutsche Bank, Citigroup, Goldman Sachs… los mismos nombres que se enriquecieron con la creación de la burbuja inmobiliaria.

Al comienzo de esta parte del libro ya habíamos afirmado que, en función de la sobreacumulación, la expansión territorial y sectorial del mercado permitió absorber el capital excedente, a través de la transformación de la vivienda en mercancía y en activo financiero en varias regiones del planeta. Esto, a la vez, generó un boom y un nuevo ciclo de sobreacumulación bajo el control de los agentes financieros. Cuando el mercado quedó saturado de collateral, la rápida retirada de los inversores desvalorizó enseguida este stock, creando un nuevo mercado de alquiler residencial, lo que constituyó una nueva frontera para la acumulación financiera. (p. 120)

Con la posesión de estos paquetes de viviendas, los grandes fondos han sido capaces de gestionar el mercado del alquiler para crear otra burbuja mediante la que continuar explotando el acceso a la vivienda de las clases medias y bajas; pero esto queda para la segunda entrada, donde también abordaremos el efecto que tiene sobre las poblaciones más vulnerables este cambio de paradigma.

Clase cultural. Arte y gentrificación, Martha Rosler

Clase cultural. Arte y gentrificación recoge una serie de ensayos de la artista Martha Rosler, afincada en Nueva York, respecto a la relación entre los artistas, la clase cultural y la gentrificación de las ciudades. El primer ensayo se plantea si los artistas de la actualidad pueden seguir siendo críticos ante el sistema o deben doblegarse para sobrevivir en él; los tres siguientes, recogidos bajo el epígrafe de clase cultural, trazan un repaso al urbanismo del siglo XX hasta llegar a la emergencia de lo que Richard Florida denominó clases creativas, el nuevo prototipo de trabajadores que demandan una ciudad muy específica. Los dos últimos ensayos retoman el tema pero fueron escritos en un nuevo escenario mundial, después de la crisis de 2008.

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¿Tomar el dinero y correr? ¿Puede sobrevivir el arte político y de crítica social?, el primero de los ensayos, recorre la historia del papel de los artistas desde que sobrevivían gracias a la existencia de sus mecenas hasta su emancipación, con el nacimiento de la cultura de masas y la llegada de la novela o el teatro populares. “La autonomía artística, planteada como una forma de insurgencia, comenzó a identificarse con un término miliar, avant-garde, o con su derivado, la vanguardia” (p. 37). De ahí se pasó a todas las vanguardias de principios de siglo, a la cultura pop, a la apropiación por parte de las clases dirigentes del hecho artístico como una forma de generar valor, mercancía.

Puede asumirse que nosotros, habitantes del mundo del arte, también nos hemos convertido en neoliberales al encontrar sólo una validación dentro del sistema de las galerías, los museos, las fundaciones y las revistas -lugares en los que prima la mercancía- y al competir más allá de las fronteras (aunque algunos estamos equipados con ventajas por fuera de nuestros talentos artísticos), en una posición evocada al principio de este ensayo cuando un artista que transitaba la veintena planteaba si buscar venderse a sí mismos a los ricos en espacios internacionales era una práctica estándar para los artistas ambiciosos. (p. 56)

Rosler destaca los tres desarrollos sistemáticos que han aumentado el poder y la visibilidad del mundo del arte:

  • los museos edificados por arquitectos célebres, del cual el Guggenheim de Bilbao es la muestra providencial; su arrollador efecto en la zona es algo que muchas ciudades quieren emular, para convertirse en jugadoras visibles dentro del sistema global de ciudades. Como destaca Rosler, a menudo este proceso lo toman ciudades “de segunda fila”, dispuestas a correr el riesgo a cambio de poder dar el paso a una liga superior en cuanto a atracción de flujos del capital. Recordemos, también, las palabras de Manuel Delgado en Elogi del vianant sobre la la importancia que tienen los edificios culturales en la transformación de las ciudades.
  • las bienales, cada vez más omnipresentes, que forman un circuito que lleva a los artistas de las principales ciudades del mundo a ciudades secundarias, en un giro contradictorio, y que precisamente muestra que “los artistas van detrás del flujo del capital como cualquier otro trabajador”;
  • las ferias de arte, donde el arte se convierte meramente en mercancía. Como tal, el arte debe ser capaz de ser empaquetado, por lo que debe huir de ser “excesivamente esotérico y difícil de comprender”; o, en otras palabras, no debe ser tampoco demasiado crítico. Aquí Rosler reflexiona sobre cómo la multiculturalidad fue el epígrafe adoptado para “pasar la diferencia de la cultura de lo negativo a la de lo positivo”, pero siempre rebajando sus excesos. Como en el caso de la gentrificación de Berlín, donde los habitantes de Kreuzberg en su lucha contra la gentrificación son, precisamente, los que dotan al barrio de los atractivos que buscan los que traen la gentrificación consigo, el mercado ha convertido la diferencia en algo exótico, un añadido más al valor de la experiencia: oír un gospel en Harlem, unas rancheras en México, romper platos tras la comida en un restaurante de Grecia. Una diferencia que roce oblicuamente la presencia del otro sin llegar a incomodar.

El primer ensayo de Clase cultural se titula Arte y urbanismo. Su primer párrafo ya destaca que “el espacio ha desplazado al tiempo como dimensión operativa del capitalismo avanzado, globalizador (¿y postindustrial?)(p. 77) y declara que el objetivo es el estudio del papel que tiene la “clase creativa” tal como la definió Richard Florida en la reconfiguración de las economías actuales, sobre todo urbanas.

Sin sucumbir al empirismo ni al positivismo, Lefebvre no dudó en describir lo urbano como un estado virtual cuya realización completa en las sociedades humanas todavía pertenecía al futuro. Según la tipología que construye Lefebvre, las primeras ciudades eran políticas y estaban organizadas alrededor de las instituciones de gobierno. Con el tiempo, en la Edad Media, la ciudad política fue reemplazada por la ciudad mercantil organizada alrededor del mercado; y luego por la ciudad industrial, entrando finalmente así en una zona crítica del proceso hacia la absorción total de lo agrario por parte de lo urbano. Incluso en las sociedades agrarias menos desarrolladas que no parecen (aún) estar urbanizadas o industrializadas, la agricultura está sujeta a las demandas y restricciones de la industrialización. En otras palabras, el paradigma urbano ha superado y subsumido a todos los demás, determinando las relaciones sociales y la conducta en la vida cotidiana dentro de sus marcos (de hecho, el propio concepto de “vida cotidiana” es en sí mismo un producto de lo urbano y del industrialismo). (p. 79)

La revolución sucede en la calle: lo sabían Lefebvre y Jacobs, sin ir muy lejos. Y por eso no es de extrañar que “una tarea central de la modernidad ha sido la mejora y la pacificación de las ciudades del núcleo industrial metropolitano”; aquellas ciudades donde no se llevó a cabo con la excusa de la higienización de las condiciones de vida de sus ciudadanos lo hicieron con la de la reconstrucción tras la Segunda Guerra Mundial; siempre abriendo los barrios bajos y conectándolos por vías más amplias al centro, salpicado de rascacielos mientras las ciudades se volvían nodos.

Una de las denuncias a esta situación y a la construcción de la ciudad-radiante de Le Corbusier llegó por parte de la Internacional Situacionista, acusándolos de haber creado una ciudad carcelaria donde los pobres estaban encerrados y debían dar las gracias por tener una falsa utopía de luz y aire puro mientras eran exiliados de las calles, cedidas al tránsito de vehículos.

El concepto de lo que Debord denominó sociedad del espectáculo es más amplio que cualquier instancia particular de la arquitectura o del negocio inmobiliario, y ciertamente también excede la cuestión del cine y de la televisión. El “espectáculo” de Debord designa la naturaleza controladora y abarcadora de la cultura moderna industrial y “postindustrial”. (…) Los elementos de la cultura estaban en un primer palno, pero el foco estaba puesto bastante más adecuadamente en el modo dominante de producción. (p. 84)

Los situacionistas proponen la deriva en oposición al paseo burgués: mientras el segundo es un recorrido prefigurado que invita a la visibilidad ante los otros, la deriva es libertad ante el control burocrático, un retorno a la figura del flanêur de Baudelaire y Benjamin.

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Luego llegaron los banlieue franceses, la suburbanización americana, el retorno de las clases medias a las ciudades en un movimiento que, cuando finalmente encontró la oposición de los habitantes originales de esos barrios, fue llamado gentrificación. A menudo los medios consideraban a los primeros habitantes de los barrios degradados del centro como unos pioneros, similares a los que viajaron al Lejano Oeste; canónico es el libro de Neil Smith La nueva frontera urbana, que pronto analizaremos. Y aquí es donde aparece la relación entre el arte y la gentrificación, ya puesta de manifiesto en el libro de Sharon Zukin Loft living: Culture and Capital in Urban Change, donde demostraba el papel que jugaron los artistas al mudarse a sus lofts en la regeneración algunos barrios semiabandonados de Nueva York.

Las ciudades que contaban con suficiente clase artística no necesitaron crear una avanzadilla para recuperar los centros; las que carecían de ella se entregaron a las llamadas “mejoras en la calidad de vida” que consistían en reformas para atraer a estos asalariados de alto nivel: centros de convenciones, estadios, museos, paseos. Los hijos del baby boom, escribe Rosler, tenían motivaciones más personales y consumistas que sus padres, cuyas vidas giraron alrededor de la familia y el trabajo. Esas aspiraciones incluían la contracultura, un rechazo al urbanismo, a la vida militar. La publicidad y el márqueting no tardaron en segmentar dichos gustos y convertirlos en pequeños paquetes a medida de todo el mundo y listos para el consumo.

En la próxima entrada reseñaremos las reflexiones de Rosler alrededor de la clase creativa de Richard Florida y su papel en la configuración de las ciudades.

La cultura de los suburbios, Marc Hatzfeld

El 27 de octubre de 2005 estallaron unos disturbios en los banlieue, primero de París, luego de otras ciudades francesas, que consistieron en la quema de coches en las calles y en enfrentamientos entre la policía y los jóvenes de esos barrios, la mayoría de origen inmigrante. Las declaraciones de los políticos, tildando a esos jóvenes de delincuentes” o “escoria”, no sólo no ayudaron a amansar los ánimos sino que mostraron el poco entendimiento de la situación que tenían. Con motivo de aportar algo de luz al asunto, el sociólogo Marc Hatzfeld publicó en 2007 La cultura de los suburbios, un breve estudio donde se adentraba en los barrios periféricos, sobre todo, de París, con el objetivo de estudiar la cultura en la que viven sus habitantes.

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El estudio sigue los pasos de la metodología de la Escuela de Chicago: la percepción de que existe un lugar, los banlieue, donde la visión del mundo de sus habitantes es concreta y sigue unas directrices alejadas de la normalidad de los otros barrios de la ciudad. A diferencia de la Escuela de Chicago, sin embargo, Hatzfeld es consciente de dos hechos:

  • por un lado, las estrechas relaciones entre la cultura dominante y la cultura de los suburbios; la Escuela de Chicago comprendía cada barrio como una entidad independiente en sí misma que tarde o temprano se asimilaría a la cultura dominante, dejando paso a otras nuevas culturas recién llegadas que también, con el tiempo, se unirían a la americana, en un ciclo continuo, un crisol de culturas asimiladas similar al proceso evolutivo ecológico;
  • por el otro, la importancia del otro en la sociedad francesa, europea, occidental; la cultura de los suburbios se sabe cultura alternativa, marginada, ajena a la cultura dominante; se sabe excluida, y gran parte de su desarrollo se debe a ese hecho.

Gran parte del problema que llevó a los disturbios se debe a la propia creación de los banlieue franceses: como ya hablamos en su momento, la aparición del urbanismo, pasando por Le Corbusier, La Carta de Atenas y el racionalismo arquitectónico, encuentra en Europa una fórmula maestra para acomodar a los obreros de baja cualificación: grandes bloques de viviendas en las afueras de las ciudades. Los de clase media pueden permitirse o bien vivir en barrios más cercanos o en casas unifamiliares en las afueras, porque pueden permitirse el viaje en coche o en transporte público; las clases bajas, sin embargo, son exiliadas al extrarradio. Con la llegada de la inmigración en la segunda mitad del siglo XX, son estos quienes se convierten en la clase baja y los que acaban ocupando los banlieue; alejados de la capital por unos medios de transporte que a menudo les son infranqueables, incapaces de acceder a los lugares donde podrían obtener trabajo, limitados a unas escuelas donde se les da una formación que no los prepara para el que será su día a día en el futuro, su frustración crece. Este contexto es importante: no muy alejado, por ejemplo, del movimiento Black Lives Matter que se está dando actualmente en Estados Unidos y que también tiene sus raíces en la forma en que se ha forzado a vivir a las clases bajas, que tradicionalmente en el país americano han sido los negros.

A partir de ahí, el estudio de Hatzfeld llueve sobre mojado, lo que en inglés llamarían preaching to the choir: trata de convencer a los que ya están convencido, a los que son conscientes de la riqueza de esa cultura. Y la forma es mediante estudios sobre los hechos sociales y culturales de los barrios periféricos que van desde lo muy interesante hasta lo meramente anecdótico. Entre lo muy interesante, por ejemplo, destacamos:

  • las relaciones generacionales entre padres e hijos: a menudo los padres, incluso los abuelos, han formado parte del sistema, han prosperado en él, han conseguido casa, mantener a sus hijos, un algo de desarrollo; o no, han perdido ese trabajo, han sido maltratados, despedidos, lo que sea; pero en ambos casos tienen una fe en el sistema, en las posibilidades que éste ofrece, que los hijos no contemplan; ahí se desata una lucha generacional entre los que tienen fe y proponen seguir luchando y los jóvenes que ya han perdido toda esperanza y a los que no les queda más que la transgresión, la rabia, una lucha sin objetivos;
  • las redes de redistribución de la riqueza, basadas en la caridad y las ayudas sociales, de las que viven muchas familias y que sólo consigue perpetuar el problema de que los habitantes de los suburbios se vean como el otro, como alguien que depende del resto de la sociedad;
  • el papel de las redes de mujeres como mediadoras entre los barrios centrales y los periféricos.

“Las mujeres, a menudo menos reclamadas que los hombres por los apremios del trabajo, traban amistades y crean relaciones de aprecio recíproco que trascienden a las categorías y las culturas. Son menos sensibles que los hombres a las pertenencias, a los orígenes y a las fronteras levantadas sobre las bases de símbolos y principios. Tienen en común la responsabilidad de la formación de los niños y, pragmáticas, se encuentran delante del colegio para hablar de so, o para contarse sus preocupaciones cotidianas. Crean, de este modo, unas redes de conocimiento mutuo y las activan para transmitir informaciones o para facilitar la comprensión, ya sea entre familias, ya sea entre las instituciones y familias. (p. 85)

  • las redes de cortesía y urbanidad, más visibles en los barrios de los suburbios, donde existe más sensación de pertenencia, de que todos forman parte de algo común, sensación en general bastante desaparecida en la mayoría de los barrios centrales de la ciudad; mayor importancia de la comunidad frente a la sociedad, en el binomio tradicional de Tönnies.

En cambio, algunas otras de las observaciones de Hatzfeld son o anecdóticas o interesadas:

  • anecdóticas como la recurrencia a la vanne o la joute, que no son más que chascarrillos que se sueltan en entornos urbanos al paso de personas más o menos conocidas y que provoca un corrillo de risas soterradas, o las reuniones para bailar o dedicarse a cantar o rapear, como por ejemplo los grupos de cantantes de trap que se están generalizando en algunas ciudades españolas hoy en día y que no dejan de ser manifestaciones urbanas de aspectos culturales del momento;
  • o interesadas, como la distinción entre los apacibles burgueses, capaces de hundir profundas raíces genealógicas rectilíneas en la blanda tierra de unas historias sin historia y los pobres desclasados que deben huir, adaptarse a las manos de nuevos amos de la tierra hasta sugerir la aparición de dos clases totalmente opuestas, el malvado burgués sin problemas en la vida y el pobre inmigrante que lleva generaciones sobreviviendo y cuya cultura y conocimientos, ¡ay!, la clase dominante no puede apreciar. Flaco favor le hace Hatzfeld a su estudio cuando cae en esas apreciaciones.

Por lo demás, sin embargo, el libro acaba con una reflexión a reconocer la importancia de las culturas de los suburbios como algo subversivo, como una cultura opuesta a la dominante, a la general: los excluidos se saben excluidos, objeto de racismo, de prejucios, de dificultades por ser quienes son y venir de donde vienen; y por ello la cultura que generan y en la que habitan es una de transgresión, de burla, opuesta a la oficial; Lipovetsky destacaba que la cultura del humor en la Edad Media era de burla hacia los poderes, sátira hacia aquellos que dominaban el devenir del pueblo; algo similar sucede en estas culturas, que nos permiten contemplar, desde la otredad, otra perspectiva de las culturas dominantes en que habitamos la mayoría.

Finalmente, Hatzfeld lanza una invitación a dejar de contemplar estas culturas como algo ajeno que hay que integrar, que disolver en el crisol de la normalidad, para verlas como una oportunidad de ampliación de aperturas, de cambio, creatividad; y para ello la solución pasa por dejar de repartir ayudas en forma de caridad y empezar a invertir en ellos, en sus creaciones, sus decisiones, para que hagan con sus vidas lo que quieran y puedan; más o menos como hacemos todos.

[La cultura de los suburbios. Una energía positiva, de Marc Hatzfeld, 2006, título original: La culture des cités. Publicado por Editorial Laertes, 2007, traducción de Emili Olcina.]

La arquitectura del poder

El título original de este libro de Deyan Sudjic es The Edifice Complex: How the Rich and Powerful Shape The World, es decir, El Síndrome del Edificio: cómo los ricos y poderosos dan forma a nuestro mundo. Publicado en 2005, editado por Ariel en 2007 en España, el hilo del libro es seguir la gran cantidad de casos en que las relaciones entre el poder y la arquitectura han tratado (o conseguido) de dar forma a las ciudades más importantes del mundo.

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A diferencia de la ciencia y la tecnología, ambas presentadas convencionalmente como carentes de connotaciones ideológicas, la arquitectura es una herramienta práctica y un lenguaje expresivo, capaz de transmitir mensajes muy concretos. Sin embargo, la dificultad de establecer el significado político exacto de los edificios, y la naturaleza esquina del contenido político de la arquitectura, ha llevado a la actual generación de arquitectos a afirmar que su obra es autónoma, o neutra, o bien a creer que si exsite algo como una arquitectura claramente “política”, se reduce a un gueto aislado, no más representativa de los intereses de la arquitectura culta que un centro comercial o un casino de Las Vegas.

Esta idea es falsa. Es posible que determinado lenguaje arquitectónico no tenga un significado político concreto, pero eso no implica que la arquitectura carezca del potencial para asumir una función política. Y casi todos los dirigentes políticos acaban usando a arquitectos con fines políticos. (…)

[…] Pese a cierta cantidad de retórica moralista en los últimos años sobre el deber de la arquitectura de servir a la comunidad, para poder trabajar en cualquier cultura el arquitecto tiene que relacionarse con los ricos y poderosos. Nadie más tiene los recursos para construir. (…) Así, la misión del arquitecto puede verse, no como bien intencionada, sino como la de alguien dispuesto a hacer un pacto faustiano. (p. 11-13)

A partir de estas palabras en la introducción, y más que una “arquitectura del poder”, el libro recorre la “arquitectura de los poderosos”: desde Hitler y sus planes para construir Germania junto a Albert Speer, a la mezquita que planeó Saddam Hussein, los bulevares de París de Haussmann y Napoleón o las construcciones faraónicas de Mitterrand en París o Blair en Londres. La arquitectura es la más perdurable y visible de las artes: a diferencia de la pintura, la danza o el cine, que requieren acudir a un lugar específico para su disfrute, la arquitectura brota en nuestra ciudad, se adueña del paisaje, se nos impone como piedra de toque que hay que recorrer sí o sí, un hito en el horizonte, una muesca inevitable en el skyline. Por ello es lógico que los dirigentes traten de dejar su huella en la ciudad para reconvertirla en el objeto de sus designios, pero también con el convencimiento de que sus intervenciones dejarán huella. En Italia sigue habiendo explanadas que se vaciaron para construir la ciudad soñada por Mussolini, en Berlín tuvieron que lidiar con las zonas demolidas por Speer para hacer realidad el sueño de Hitler de una capital alemana universal.

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La Germania de Hitler y Speer, muy discreta.

Pero el sueño urbanístico no sólo ha sido el desmán de los grandes líderes totalitarios: estos sólo lo han tenido más fácil para remodelar grandes zonas de la ciudad, debido al poder que ostentaban. No, la huella tratan de dejarla todos los dirigentes; y ahí es donde entran los arquitectos. Un edificio requiere unas inversiones brutales sólo al alcance de unos pocos; a diferencia de la pintura, que es prácticamente accesible a todos, la arquitectura, la que deja huella, implica relaciones con el poder, darse a conocer, ser controvertido. De ahí llegamos a Venturi, a Koolhas, a Gehry, a tantos otros: nombres que se acaban forjando un estilo y que copan todas las opciones en los concursos de arquitectura, y que también denuncia Sudjic.

El autor denuncia que en la actualidad existen cerca de treinta grandes nombres de arquitectos que se disputan las remodelaciones que quieren llevar a cabo las ciudades para convertirse en la próxima Barcelona, en el nuevo Bilbao. El Guggenheim es el gran revulsivo que todos buscan emular: reconvertir una zona industrial abandonada, un erial en plena ciudad, en un lugar vibrante, lleno de vida, turismo, consumo y capacidad de generar riqueza. El problema es que, para conseguir tanto impacto como en su momento lo tuvo el Museo de Bilbao, esos arquitectos cada vez recurren a mayores ordalías: “una nave voladora, dos trenes chocando, un hotel en forma de meteorito de veinte plantas” (p. 264), hasta llegar al extremo de que uno duda de si esos edificios son la cúspide de la arquitectura o una boutade enorme. ¿Quién tiene la respuesta? Los mismos treinta arquitectos que habían sido convocados al concurso.

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El Sueño, así, en mayúsculas.

La arquitectura del poder es una serie de capítulos centrados en una época concreta o en un tipo de edificio. Cada capítulo repasa las vidas de arquitectos con un estilo entre periodístico y psicológico que describe a los políticos implicados, los arquitectos que se alían con ellos y la situación que sucede. Los capítulos son amenos pero carecen de un hilo común o una tesis que se vaya demostrando a lo largo del libro, más allá de la obviedad de las relaciones entre arquitectos y poder. Se pierde, creemos, la oportunidad de reflexionar sobre la configuración de la ciudad actual a merced del poder del urbanismo, el racionalismo o el capitalismo.

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Pero en cambio esto no se analiza en el libro, y es una pena.

Comentábamos hace nada, a propósito del tercer capítulo de Sociología Urbana, de Francisco José Ullán de la Rosa, cómo a mediados del siglo XX el urbanismo entró de forma definitiva en la vida de todos los habitantes de la ciudad, decidiendo dónde y cómo iban a vivir, qué forma tendrían sus casas, si sería en suburbios a las afueras y obligados a usar el coche para todo y a relacionarse en el mall o si sería en el extrarradio de una ciudad en colmenas de pisos, por poner sólo dos ejemplos como son suburbia y los grands ensembles. Las ciudades que vivimos hoy en día son resultado del poder, económico y político: lo son sus monumentos, sus zonas gentrificadas, su genuflexión ante el capital global por convertirse en la nueva ciudad de moda y atraer hordas de turistas, cruceros o, ¡bingo!, de jóvenes creativos que atraerán inversiones de grandes empresas. Ésa, nos parece, hubiese sido una reflexión mucho más interesante sobre “la arquitectura del poder”, pero parte de esa sensación de oportunidad perdida se debe sólo a la mala traducción del título: el síndrome del edificio, mucho más explícito, dejaba claro qué es lo que Sudjic quiso hacer, y sin duda consiguió.

Sociología Urbana 03: la era del urbanismo

Tercera entrada dedicada al libro Sociología Urbana: de Marx y Engels a las escuelas posmodernas, de Francisco Javier Ullán de la Rosa. La primera entrada trataba sobre los sociólogos precursores de la disciplina, la segunda sobre la Escuela de Chicago y esta tercera lo hará, especialmente, sobre urbanismo.

Hasta mediados del siglo XIX, el urbanismo planificado se había limitado al terreno de los grandes conjuntos y edificaciones de poder. En esa fecha, sin embargo, la necesidad de resolver los grandes problemas de hacinamiento, polución e insalubridad en que vivían los inmigrantes y obreros llegados a la ciudad al calor de las sucesivas revoluciones industriales requiere de la intervención de los poderes y las administraciones. “Preocupaciones higienistas y políticas son dos de los tres pilares que empujan al nacimiento del urbanismo. (…) El tercer pilar es la posibilidad, en aquella fase más madura del capitalismo, de convertir la construcción en un sector empresarial más” (p. 121), hecho que no fue posible hasta que hubo una base financiera lo bastante grande (que permitía enormes inversiones) y un mercado lo bastante rentable (es decir, una clase mediana extensa). A partir de ese momento, la construcción implementaría los desarrollos de la producción industrial para abaratar costes y aumentar beneficios:

  • economía de escala: es decir, construir barrios o poblaciones enteras, y no casas una a una;
  • racionalización: lo que requiere planificación urbanística, de las vías de acceso y comunicación, disposición de los edificios en función de sus usos;
  • estandarización;
  • avances científicos como, por ejemplo, el descubrimiento del hormigón armado.

Existirán tres grandes movimientos que tratarán de dar respuestas a las nuevas necesidades de la ciudad: los ensanches y la ciudad jardín, en un primer momento, y el racionalismo, algo más tarde. Veámoslos uno por uno.

Los ensanches son la primera respuesta racional a los problemas de hacinamiento en las metrópolis. Tratan de superar la caótica y enrevesada ciudad medieval, con su trazado de callejas complicadas y llenas de revueltas, por una cuadrícula ortogonal de grandes calles rectas, abiertas a los vehículos y atravesadas también por enormes avenidas. El primer ejemplo es Dublín, pero los que se han llevado la fama son París y Barcelona.

Sobre Haussmann y París hemos hablado innumerables veces; quería higienizar París, limpiar la ciudad de las luces, llenarla de lugares hermosos y racionales; también una vía de acceso para que las tropas militares llegasen fácil y rápidamente hasta los puntos donde los obreros se estuviesen revolucionando y una forma de evitar que formasen barricadas con los adoquines.

Con los ensanches aparece una de las formas de poder “totalitario” más potentes que ha conocido la historia: el poder de transformar “total y unilateralmente”, sin contar con las sensibilidades de la población, el conjunto del entorno material. Un poder que emana en última instancia del Estado central, pero que es aplicado por toda una cadena de poderes intermedios -la mayoría de ellos no democrático- dotados, cada uno de ellos, de parcial autonomía y capacidad de decisión: el alcalde, el urbanista, el promotor inmobiliario, el arquitecto. (p. 123)

Las características esenciales del ensanche de París son sus avenidas, su ortogonalidad, su racionalidad y su completa ausencia de zonas de socialización como habían sido las plazas medievales, donde los ciudadanos podían encontrarse o montar mercados y negocios. Las únicas grandes plazas que Haussmann concedió a su diseño fueron las que gestionaba el tráfico rodado: plazas por las que no se puede pasear, sólo transitar. “Y como no se puede pasear, al espacio infrautilizado del centro se le encontrará otra función: la monumental, es decir, la publicitación del poder.” (p. 125)

Este momento quedó magníficamente retratado por el poema de Baudelaire El cisne, y la sociología urbana, en especial la francesa, no ha dejado de volver a él como uno de sus temas predilectos.

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Visión del diseño original del Ensanche barcelonés de Cerdà.

El otro ensanche famoso es el de Barcelona. Si el de París es famoso por su éxito, el de Barcelona, si acaso, lo es por su fracaso y por lo poco que tiene que ver con lo que diseñó originalmente su creador, Ildefons Cerdà, que fue, también, el inventor de la disciplina del “urbanismo”. Cerdà propuso una trama ortogonal con jardines en el centro de cada manzana y construcciones sólo en dos lados paralelos, de forma que se dibujaban dos líneas de edificios a cada lado de un jardín y separadas de la siguiente manzana por la calle. Además, tuvo la genial idea de dotar a las cuadrículas de chaflanes, es decir, esquinas redondeadas, que no sólo mejoraban enormemente el tráfico sino que también se han convertido en espacios perfectos para la socialización de la ciudad.

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Resultado final. Jueguen a las 7 diferencias.

La intención de Cerdà era permitir una vida con vegetación y aire libre para todos, basado en sus ideas socialdemócratas; la realidad y las ansias de obtener réditos acabaron convirtiendo su proyecto en islas prácticamente cerradas, como mucho con un espacio diminuto por el que acceder a un jardín interior, rodeadas de grandes bloques de pisos.

La otra gran forma que adoptó el urbanismo en su afán de ofrecer viviendas a las clases medias y bajas fue la ciudad jardín. Surgida de una visión romántica de las casas veraniegas donde los nobles se dedicaban a cazar y descansar en plena campiña, adoptó la idea a todos los bolsillos y la fue reconvirtiendo en casas aparceladas a menudo alejadas de la ciudad. La llegada del ferrocarril y la extensión de grandes vías que permitían el acceso rápido al centro de la ciudad supuso el desarrollo de este tipo de urbanismo, que halló su suelo más fértil en Estados Unidos.

Por ahora, seguimos en Europa, sin embargo, donde las primeras ciudades jardín se llevaron a cabo en Inglaterra de la mano de la extensión de las vías de ferrocarril. Ya no tenían nada que ver con las grandes mansiones de la nobleza, sino que iban desde casas más o menos grandes hasta su mínima expresión, las terraced houses (terraced porque sus aspiraciones a jardín habían quedado reducidas a un pequeño patio no mucho más grande que una terraza). Se trataba de barrios planificados y construidos por una única promotora, con dimensiones adecuadas al poder adquisitivo de sus futuros propietarios, y a menudo en las zonas que ocupaban o iban a ocupar nuevas estaciones del ferrocarril.

En Francia las ciudades jardín tuvieron un cariz más obrero o social; por un lado encontramos las que se forman alrededor de una fábrica para permitir a los obreros vivir más cerca del trabajo. Se consideraba que los obreros, a diferencia de los burgueses, no tenían necesidad en absoluto de acceder a la ciudad, por lo que les bastaba disponer de sus hogares cerca del trabajo y, además, se les cortaba el contacto con los obreros de la ciudad, con lo que se erradicaba el problema del virus marxista o la aparición de revueltas populares. El otro frente que adoptaron las ciudades jardín en Francia fueron las sociales, siguiendo la estela de los postulados de Le Play, pero también formadas con un fuerte acento paternalista.

Otra rama que tuvo cierto éxito en Inglaterra fue la de la cooperación, es decir, constuir una ciudad jardín de forma cooperativa. Hubo iniciativas, pero donde de verdad triunfó esta iniciativa fue en los bloques de pisos de Nueva York, muchos de los cuales siguen existiendo bajo ese régimen. La iniciativa social de las ciudades jardín, sin embargo, tuvo un enorme éxito como modelo teórico bajo la visión de Ebenezer Howard con su celebérrimo libro Garden Cities of To-morrow (1902). Como bien se encarga de demostrar Ullán de la Rosa, Howard no fue el precursor ni de las ciudades jardín ni del urbanismo socialista que yacía tras ellas; sin embargo, sí que fue el que se llevó la fama y a su nombre ha quedado asociado el concepto.

La novedad de la ciudad jardín de Howard es que la usaba como herramienta de reforma social y como propuesta para unir lo mejor de las dos formas de vida (campo y ciudad) y eliminar de un plumazo muchos de sus inconvenientes. Howard proponía que un grupo grande de personas se uniese en régimen de cooperativa y construyesen una ciudad jardín (de dimensiones determinadas, un máximo de 30 mil personas) alrededor de un centro comercial gestionado por ellos y rodeado de campos de cultuvo y de un cinturón exterior de industrias. Los trabajadores estarían cerca de la industria, por lo que ahorrarían tiempo en desplazamientos; podrían alimentarse directamente de los productos cosechados en la ciudad, que serían mucho más baratos al ser de proximidad, y obtendrían plusvalías tanto de la venta de las viviendas como del alquiler del espacio a las industrias. Con ello, y en poco tiempo, podrían financiar la ciudad y obtener rédito de ella para gestionarla; los obreros pasaban a ser propietarios en un régimen de cooperativa. Cada ciudad se entendía, no como extensión de una metrópolis, sino como ente independiente que se iría relacionando con las ciudades jardín que fuesen apareciendo alrededor.

No suena mal; pero la ausencia de financiación y el poco interés que suscitó en los empresarios condenaron los pocos intentos que se llevaron a cabo a ser un foco de clases medias y acomodadas con cierto aire bohemio.

Donde la ciudad jardín halló su más fecunda visión fue en Estados Unidos, donde la capacidad de los planes urbanísticos para decidir los usos del suelo era prácticamente un tema tabú. Por ello, los suburbs a las afueras de las ciudades con casas individuales, valla blanca y familias similares fueron brotando como setas por todo el territorio y convirtiéndose en el sueño de propiedad de toda una clase media sobreextendida. El ejemplo típico es Levittown, pero multitud sirven.

Europa, en cambio, “endeudada hasta las cejas por el conflicto [bélico, la Segunda Guerra Mundial] y destruido buena parte de su parque inmobiliario, no podía darse el lujo de construir vivienda unifamiliar” (p. 172). Por ello, y añadiendo el incipiente movimiento racionalista de Le Corbusier y los suyos con La carta de Atenas, acabó generando bloques y bloques de pisos en las afueras de las ciudades, alejados de todo, carentes de los mínimos servicios básicos y donde ir alojando a las progresivas oleadas migratorios que iban llegando al país. Especialmente notorios son los casos de los banlieus de París (precisamente el nombre, banlieu, siginifica “alejado una legua del ban“, que es la zona donde reside la población; de ahí bandido, por ejemplo, el que agrede al ban, o el inglés to ban, desterrar).

Estos fueron los tres grandes frentes urbanistas. De todos ellos, los que más éxito tuvieron fueron los suburbs americanos y las ciudades satélite (en las muchas versiones a lo largo y ancho del continente europeo: desde las ciudades satélite españolas o inglesas hasta los los grands ensembles franceses). Y precisamente en ellos se centraron los estudios sociológicos de la fecha.

La ausencia de barreras entre las casas pudo tener dos efectos de naturaleza contraria: favorecer la socialización, reconstruir el sentido de comunidad perdido en los más alienantes bloques de apartamentos del downtown (un rasgo posmoderno) o mejorar la eficacia policial y aumentar el control social (un rasgo moderno), obligando a sus habitantes a autodisciplinarse por temor al qué dirán o al qué me harán (un rasgo incluso premoderno). (p. 177)

Otras características de los suburbs americanos:

  • densidades bajas;
  • estandarización de las tipologías constructivas;
  • red viaria jerarquizada, desde la calle privada sin salida hasta las grandes autopistas de conexión; lo que supone facilidad para el control social, pues basta con controlar la principal vía de acceso y se controla toda la ramificación del suburb;
  • zonificación extrema: sólo hay viviendas, los servicios y zonas de trabajo están a una distancia tal que hay que recorrerla en coche;
  • deficiente transporte público, lo que supone dependencia total del vehículo;
  • grandes centros comerciales con enormes zonas de aparcamiento como únicos lugares de socialización y consumismo;
  • por primera vez en la historia de Estados Unidos, se consigue una identidad racial pancaucásica donde uno ya no es irlandés, italiano o alemán sino white american; porque, recordemos, en general los negros tenían el acceso vetado al suburb al tener limitado el acceso al crédito necesario para adquirir una casa en ellos.

La prosperidad ofrecida por el impulso económico de las siguientes décadas, en el país vencedor de la guerra, permitió reemplazar las subculturas étnicas previas por una nueva cultura estandarizada de consumo de masas, fundada en una nueva forma ética que combinaba, de forma sin duda original, la vieja ética puritana del trabajo con una nueva tendencia a la satisfacción hedonística inmediata y cuyos iconos eran la propia casa, el coche, la televisión y las vacaciones y su templo el shopping mall, el gran centro comercial. […] El centro comercial era una nueva forma histórica de ágora en la que el espacio público había quedado privatizado por el capital y sometido a una disciplina multívoca: dirigismo (era la compañía propietaria quien decidía dónde emplazar la plaza, sus características físicas y sus reglamentos, sin consultar con los ciudadanos), estandarización y control. A cambio, el shopping mall ofrecía seguridad total (cero carteristas, cero posibilidades de agresión física o sexual), la ilusión de una sociedad diseñada a medida, continuación de la del área residencial (sin mendigos, sin prostitutas, sin excrementos de perro o basura en los inmaculados pasillos interiores que ahora sustituían a las calles) y el confort moderno de un ambiente artificial sustraído a las inclemencias del tiempo y a las limitaciones del ciclo lumínico natural (…)

 

“Los americanos empiezan a definirse y realizarse no por lo que eran previamente sino por lo que consumían o por sus expectativas de consumo futuro.” Consumo que en los suburbs se produce a la vista de todos, estimulando la tendencia a la homeostasis social y potenciando exponencialmente el consumo (si todos los vecinos lo tienen, uno tiene que tenerlo también). El torrente de crédito fácil de la época, ayudado por los prejuicios de una ética social donde la pobreza se debía a la raza o a la incapacidad personal (el loser) lleva a una cultura profundamente hedonista pero también mucho más controlada socialmente, lo que redujo significativamente las tasas de criminalidad (que, por el contrario, subían en los guettos de las ciudades de forma abrumadora).

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Los habitantes de los suburbios (recordemos que la palabra significa algo distinto en español, por eso a menudo la usamos en inglés) no percibían la pobreza ni las disfunciones del sistema, porque los descastados no tenían acceso a sus zonas; por ello se fue desarrollando una cultura familiar, conservadora, extramoralizada, donde los jóvenes no tenían lugar donde esconderse de la mirada de sus padres y donde las esposas tenían especialmente difícil la infidelidad, porque estaban todo el día controladas por los vecinos (de ahí el mito del lechero o el cartero, porque eran los únicos varones que tenían un motivo legítimo para entrar en sus casas; en cambio los maridos, con sus viajes al exterior, tenían pleno acceso al adulterio); pero no sólo eso, la sociedad del suburb tenía opiniones sobre todo, los alcohólicos, los poco trabajadores, los que no asistían a misa lo bastante… creando una sociedad totalmente homogénea.

Algunos sociólogos lo vieron como el paraíso creado en la tierra; otros, los más críticos, como la manifestación del infierno, un horror artificial que escondía cualquier alternativa u otredad. Por ejemplo, Gordon en 1960 ponía de manifiesto el duro papel de las mujeres, con una carga extra de trabajo al tener que hacerse cargo de un hogar mayor que el de las ciudades y sin contar con una red familiar de apoyo para, por ejemplo, criar a los hijos. De hecho, Gordon creyó encontrar en el suburb el origen de las condiciones ecológicas particulares para una mayor incidencia de ciertas patologías psiquiátricas, como la depresión entre las mujeres. Lewis Mumford, con la publicación en 1961 de La ciudad en la historia, carga también contra las condiciones de los suburbs.

El otro gran foco de la sociología urbana de esta época se da en Francia, de la mano del considerado como miembro fundador de la sociología urbana en el país galo, Paul Henri Chombart de Lauwe, y tiene como objeto la otra forma de urbanismo que hemos recorrido: los grands ensembles. Un estudio similar al que llevaban a cabo los de la Escuela de Chicago muestra un París separado en nichos burgueses u obreros algo más difusos que en la ciudad americana; el componente racial está (por ahora) fuera de la ecuación. En siguientes estudios, Chombart describe la clase obrera al mismo tiempo como “un grupo construido por las relaciones de producción (y definido por la pobreza material) y como un grupo subcultural con estilo de vida y valores propios”.

La sociología francesa no está formada por académicos burgueses alejados de la clase obrera, como en Chicago, sino por gente que viene de un entorno decididamente crítico con el sistema y que muchas veces le ha presentado batalla. El siguiente trabajo de Chombart, Famille et habitation (1960), analiza tres polígonos de viviendas (grands ensembles), uno de ellos la Cité Radieuse de Nantes, del propio Le Corbusier, y constata que dichos barrios no tienen nada de radiante, en lo que es la primera crítica potente al sistema del racionalismo. Los grands ensembles ejercen una nueva forma de violencia sobre los obreros al alejarlos de sus redes sociales vitales, de su entorno espacial, exiliándolos a un entorno aséptico y carente de sentido, homogéneo y mal comunicado con el centro (salvo para los que dispongan de coches). Chombart, que acuña el término ciudad dormitorio (banlieu dortoir) será también el primero en hablar de la alienación espacial que sufren los obreros, desplazados a un nuevo entorno. Constata, también, que los habitantes de los banlieus los contemplan como algo temporal, como una fase intermedia hasta que consigan su propia vivienda unifamiliar suburbana; por ello, ya avanza que se pueden convertir en guettos hipercriminalizados, como había sucedido en los barrios semiabandonados del interior de las ciudades norteamericanas. El futuro le dará la razón, aunque los que sufrirán esa espiral de decadencia no serán los obreros franceses sino sus sustitutos, “la subclase étnicamente marcada de los inmigrantes”.

Las conclusiones de ambos sociólogos, los que estudian los suburbs y los que estudian los grands ensembles, son similares: desarraigo, alienación, exilio de las redes familiares y sociales que se habían establecido en la ciudad, progresiva destrucción de la conciencia y la solidaridad de clase, producida por el desarraigo de la ausencia de estas redes… De aquí surgirá El derecho a la ciudad (1968) de Lefebvre, aunque lo veremos en el siguiente capítulo.

El final del capítulo lo dedica Ullán de la Rosa a analizar la Tercera Generación de la Escuela de Chicago, que desarrollan la Nueva Ecología Urbana (Human Ecology. A Theory of Community Structure, Amos Hawley, 1950) que trata “cómo las poblaciones humanas se adaptan colectivamente al ambiente”, huyendo de motivacioners o valores individuales y basado en cuatro conceptos clave:

  • interdependencia entre los distintos grupos, en forma de simbiosis (relaciones complementarias entre grupos diferenciados) o comensalismo (agregación de grupos iguales). La primera la llevan a cabo los grupos corporativos (la familia, por ejemplo, o las asociaciones de vecinos) y la segunda los categoriales (los sindicatos, por ejemplo).
  • función clave, ya que ciertas unidades tienden a desarrollar una función más importante que otras en el proceso de adaptación al ecosistema. La función clave en el ecosistema capitalista es desempeñada por la industria y el comercio.
  • diferenciación funcional, muy baja en sociedades cazador-recolector, elevadísimas, potencialmente ilimitadas, de hecho, en la sociedad capitalista de la altra productividad.
  • dominación: las posiciones dominantes en el sistema las desarrollan quienes llevan a cabo la función clave, es decir, en el caso de Estados Unidos, las empresas privadas.

A través de la dominación, Hawley vuelve a la ciudad: el dominio que ejercen los agentes económicos no se expresa solo en el terreno político sino también en el espacio, ocupando la centralidad de las ciudades.

Como destaca Ullán de la Rosa, sin embargo, la Nueva Ecología Humana es una variante de la escuela funcionalista que primaba en la sociología americana del momento.

La humanización del espacio urbano, de Jan Gehl

Del arquitecto y urbanista danés Jan Gehl ya hemos hablado en dos ocasiones: con el libro Nuevos espacios urbanos, que comentaba diversas intervenciones que se habían llevado a cabo en ciudades con el fin de favorecer un espacio público abierto a las personas, y el fundamental Ciudades para la gente, todo un tratado sobre cómo se debe planificar el espacio urbano para que las personas lo ocupen, disfruten y hagan vida en él que ya tratamos en profundidad (primera, segunda, terceraentradas).

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Life Between Buildings: Using Public Space es el título original de este libro publicado en 1987, si bien ha sufrido numerosos cambios en las muchísimas ediciones que han ido apareciendo. Aquí se exponen las ideas básicas de lo que luego fue Ciudades para la gente y que podemos resumir en un urbanismo a pie de calle adaptado para las personas y no para los vehículos: de las tres actividades que se llevan a cabo en el exterior (necesarias, opcionales y sociales), las primeras se llevarán a cabo independientemente de la calidad del espacio público; las segundas variarán en función de él y las terceras sólo se darán a cabo si hay espacio público de calidad.

Los dos extremos en los que se puede situar una ciudad son, en resumidas cuentas, Brasilia o Venecia. Brasilia es una ciudad planificada para ser vista desde helicóptero: racional, bella, organizada, impracticable. Las distancias entre las zonas son enormes para recorrerlas a pie y no ofrecen mayor aliciente al paseante que andar por terrenos verdes y baldíos; Venecia, en cambio, sólo permite el tránsito peatonal en su centro, por lo que todo está adaptado a la vista del peatón y el tráfico rodado tanto de mercancías como de personas se da en los límites de la ciudad de forma que las dos velocidades (peatón, tránsito de vehículos) no se mezclan.

Cada ciudad se encuentra en su propio punto en esta equidistancia. Según Gehl, las ciudades de la edad media estaban adecuadas a la escala del peatón, con todos sus puntos neurálgicos cerca unos de otros y suficientes recodos y lugares para permitir la vida social en la calle.

El primer cambio radical tuvo lugar durante el Renacimiento y está relacionado directamente con la transición de las ciudades del crecimiento espontáneo a las planificadas. Un grupo especial de urbanistas profesionales asumió la tarea de construir ciudades y de desarrollar teorías e ideas sobre cómo debían ser.

La ciudad dejó de ser una mera herramienta y se convirtió, en mayor medida, en una obra de arte, concebida, percibida y realizada como un todo. Las áreas entre los edificios y las funciones que aquellas albergaban dejaron de ser los principales focos de interés, y pasaron a tener prioridad los efectos espaciales, los edificios y los artistas que les habían dado forma. (p. 49)

¿Un buen ejemplo de ello? Palmanova, la ciudad en forma de estrella donde todas las calles tienen el mismo grosor y que cuenta con una plaza de 30.000 metros cuadrados “bastante poco utilizable como plaza urbana en esta ciudad pequeña”.

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El segundo desarrollo en las bases del urbanismo se produjo con la llegada del funcionalismo.

La base del funcionalismo fueron primordialmente los conocimientos médicos que se habían desarrollado durante el siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX. Estos nuevos y amplios conocimientos médicos fueron el fundamento de diversos criterios para una arquitectura saludable y fisiológicamente adecuada formulados en torno a 1930. Las viviendas debían tener luz, aire, sol y ventilación, y sus habitantes debían tener asegurado el acceso a los espacios abiertos. Las exigencias de edificios aislados orientados hacia el sol y no, como habían estado antes, hacia la calle, así como la exigencia de separación entre las zonas residenciales y de trabajo, se formularon durante este periodo a fin de asegurar unas saludables condiciones de vida para los individuos y distribuir los beneficios más equitativamente. (p. 51).

Se trata, por supuesto, de La carta de Atenas y Le Corbusier. “Uno de los efectos más apreciables de esta ideología fue que las calles y las plazas desaparecieron de los nuevos proyectos de edificación y las nuevas ciudades.”

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A partir de 1960 la situación fue cambiando a medida que los urbanistas y la sociedad se daban cuenta de que este tipo de ciudades, ofrecidas al tránsito rodado, la planificación y los grandes proyectos urbanas, destruía la vida social que se pudiese dar en el espacio público (uno de los grandes baluartes de este descubrimiento fue Jane Jacobs, aunque la lista sería larga; por ejemplo, The Social Life of Small Urban Spaces, de William H. Whyte, o Townscape, de Gordon Cullen, donde acuñó el término “urbanismo desértico” para referirse a las consecuencias del urbanismo funcionalista: grandes espacios vacíos donde nada sucedía y que se debían atravesar para ir de un tipo de zona a otro).

La segunda parte del libro da indicaciones sobre cómo diseñar el espacio público para volverlo atractivo a los peatones. Ejemplos:

  • gradaciones en la división entre espacio privado y espacio público. En vez de un bloque de pisos que separa radicalmente casa / calle, disolución gradual de los límites: de la casa, privada, al patio, semiprivado, a la calle secundaria, comunal, a la calle principal, pública. El símil que usa Gehl: igual que una universidad, que consta de facultades, institutos, departamentos y grupos de estudio, en escala decreciente; un ejemplo de ello: una cooperativa de casas, donde se sigue el esquema anterior y se pasa por diversos estados en la transición entre público y privado.
  • límites porosos: la fachada de, por ejemplo, un concesionario tiene poco a ofrecer: metros y más metros de coches aparcados; igual la de un supermercado cerrado. En cambio, diversas tiendas colocadas una al lado de la otra ofrecen un buen atractivo visual para el paseante.
  • del mismo modo, la ciudad debe ofrecer lugares en los que descansar que ofrezcan a) protección para la espalda y b) atractivo visual. Sentarse en un banco en el centro de una plaza es poco atractivo; hacerlo a la vera de un seto, en el borde de un parque, lo es mucho más, porque la espalda de quien está sentado queda protegida pero además puede observar a los que pasan.

Luego el libro vuelve a la importancia de los sentidos y de la percepción humana y a las distintas escalas a las que se puede construir (la del coche, con grandes elementos bien separados que puedan ser visibles circulando a 60 km/h, o la del peatón, con muchos elementos agrupados perceptibles a un paso de 5 km/h). Como todos estos temas ya los comentamos a propósito de Ciudades para la gente, no volvemos a ellos.

De nuevo, la única pega que le encontramos al urbanismo de Gehl es que no tiene en cuenta la ciudad como centro regional o nodo del espacio de flujos. La concibe como un lugar donde sus residentes pueden desplazarse para llevar a cabo su día a día, con lo cual apuesta por el caminar y el ir en bicicleta; pero la ciudad es, también, lugar donde una gran multitud de personas que no residen en ella deben acudir para trabajar, estudiar o simplemente disfrutar de su ocio, por lo que también debe ofrecerse como centro neurálgico de una gran infraestructura que permita su acceso.

Urbanalización (I): la ciudad multiplicada

Urbanalización. Paisajes comunes, lugares globales es un libro publicado en 2008 por el profesor de Geografía de la UAB Francesc Muñoz. Urbanalización es, también, “un tipo de proceso de urbanización banal del territorio, que se puede repetir y replicar en lugares diferentes”.

Más que de urbanización podemos hablar entonces de urbanalización: los espacios públicos son utilizados como “playas de ocio”; se establecen programas de seguridad y vigilancia urbana de manera estandarizada; se desarrolla un consumo del territorio y de la propia ciudad a tiempo parcial, en función de la importancia que llegan a tener las poblaciones temporales y visitantes; se multiplican los barrios residenciales de casas en hileras… (p. 12).

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El primer capítulo presenta la noción de ciudad multiplicada, a la que se llega tras la crisis del fordismo y la separación entre ciudad y producción. En efecto, durante el siglo pasado los mercados fueron especializándose y pasaron de buscar las grandes producciones (recordemos, por ejemplo, Levittown y cómo todas las casas americanas de los 50 disponían del mismo tipo de electrodomésticos y coches) a la segmentación (la producción en small-batches), con consumidores más caprichosos, ligados a la moda y de consumo mucho más efervescente y ligado a productos de vida más corta.

Las ciudades no son ajenas a estos procesos, junto a los de desterritorialización y reteritorialización a que ya hizo referencia Edward Soja. Se da, en palabras de Saskia Sassen, una sobrecentralidad, es decir, “unas condiciones de extrema centralidad como lugares privilegiados de conexión a unas redes económicas definitivamente mundializadas” (p. 17) desde las que se dirige todo el proceso económico, ahora distribuido en flujos sobre el planeta.

La ciudad multiplicada se entiende, entonces, como aquella que explica y aglutina el resultado de tres procesos distintos:

  • una nueva definición de la centralidad urbana y las funciones a ella asociadas;
  • la multiplicación de los flujos y las formas de la movilidad en el territorio;
  • la aparición de nuevas maneras de habitar tanto la ciudad como el territorio.

Vayamos por partes. La centralidad ha dejado de entenderse como la capitalidad de una ciudad dentro de una región determinada; tras la globalización, como destacó Sassen, aparecen unas ciudades globales que se convierten en sedes del poder y de los flujos. Asociadas a ellas, las otras ciudades, en orden decreciente, se van viendo sometidas a procesos de especialización a escala internacional; “la cartografía de la sobrecentralidad urbana es pues la de la desigualdad territorial” (p. 20). “Un espacio articulado sobre periferias donde se produce o transforma y centros donde se investiga, administra y controla.” La especialización de la ciudad viene determinada por la red o las redes de las que forme parte: siguiendo a Castells, Muñoz cita el ejemplo de Miami, ciudad de gran centralización de los procesos de blanqueamiento del dinero que proviene del narcotráfico pero, por ejemplo, centro financiero en nada comparable a Nueva York o Londres. En función de la elección de la red, cada ciudad ocupa nodos distintos de centralidad.

Atendiendo a este polo se pueden explicar la aparición de las edge cities, recordemos, ciudades surgidas a remolque de una gran ciudad que crecen a una distancia lo bastante alta para poder ofrecer tranquilidad y precios asequibles a sus ciudadanos pero lo bastante cerca para poder aprovechar todas las grandes infraestructuras de la ciudad madre; o los parques tecnológicos, telepuertos…

En lo que respecta a la multiplicación de los flujos y la movilidad sobre el territorio se explica por los diversos usos que los habitantes hacen de cada ciudad. En efecto, los habitantes metropolitanso viven mayoritariamente en áreas urbanas pero realizan actividades en muchos otros lugares. Según donde vivan, trabajen, consumen, realicen su ocio, accedan a los servicios públicos… dejan de estar circunscritos a unos límites administrativos de cada ciudad y se convierten en habitantes a tiempo parcial de distintos lugares.

Se dibujan así diversos espacios que están habitados en función de la hora del día o incluso del día de la semana: ciudades o lugares de ocio vacíos entre semana pero repletos el fin de semana, zonas de oficinas abandonadas por las noches o entregadas a otros usos; todo ello lleva a Muñoz a hablar de los territoriantes.

Los territoriantes son, por supuesto, habitantes o residentes de un lugar pero no sólo eso. Al mismo tiempo, son usuarios de otros lugares y visitantes aún de otros. En otras palabras, son habitantes a tiempo parcial, que utilizan el territorio de distinta forma en función del momento del día o del día de la semana y que, gracias a las mejoras en los transportes y las telecomunicaciones, pueden desarrollar diferentes actividades en puntos diferentes del territorio de una forma cotidiana. El territoriante multiplica así su presencia en el espacio metropolitano hasta el punto de que su relación con él se establece más a partir de un criterio de movilidad, los lugares donde desarrolla actividades, que a partir de un criterio de densidad, el lugar que, estadísticamente, lo fija al territorio según donde esté su residencia principal. El territoriante, por tanto, se define como territoriante entre lugares y no como habitante de un lugar y constituye el prototipo de habitante de la ciudad postindustrial. Es por ello que los territoriantes pertenecen a una ciudad nueva, hecha de los fragmentos de territorio donde viven, trabajan, van de compras o visitan. Los territoriantes habitan geografías variables en ciudades de geometría también variable. (p. 27; el destacado es nuestro).

Huelga decir que los territoriantes son los habitantes de la ciudad multiplicada.

La metáfora que corresponde a la ciudad multiplicada es la del rizoma, de Deleuze y Guattari: “se caracteriza por la multiplicidad de entradas y de relaciones entre elementos no necesariamente dispuestos de forma jerárquica, por la heterogeneidad de sus partes y por conexiones no entre puntos o unidades diferenciadas sino entre líneas -segmentos o estratos-“. Estructura sin centros que conforma diferentes mesetas (de ahí las Mil mesetas del título del libro de los filósofos) y que varían la función del conjunto en función de cuál sea el lugar desde el que uno observa.

Muñoz termina este primer capítulo con dos reflexiones. La primera, sobre las muchas formas en que se ha abordado el estudio de esta nueva forma de ciudad:

  • desde los procesos territoriales: la ciudad global (Sassen), la ciudad sobreexpuesta (Paul Virilio), la ciudad informacional o el espacio de los flujos (Castells), telépolis o ciudad a distancia (Javier Echevarría), la ciudad de bits (Mitchell), metápolis (François Ascher) o postmetrópolis (Soja);
  • en cuanto a los aspectos morfológicos y las nuevas topologías de forma y crecimiento urbano: edge cities (Joel Garreau), technoburb (Robert Fishman), flex-space (Ute Angelika) o periferia compleja (Roger Keli);
  • sobre los aspectos funcionales: la citta difusa de Francesco Indovina.

Y la segunda reflexión viene sobre este término, ciudad difusa, y las muchas formas en que se ha malinterpretado. Se acuñó para referirse a un territorio con unas características muy concretas y hoy se usa para abarcar casi todas las formas de nueva espacialidad en las ciudades; es por ello que Muñoz propone dos pares de términos para substituirlo: ciudad/urbanización, difusión/dispersión. Si la ciudad hace “referencia a un contenido que recoge la práctica social, cultural y política que se engloba en la civitas, la urbanización es sólo la vertiente física o material del crecimiento urbano y su expansión sobre el territorio”.

Por su parte, la difusión se refiere a procesos de homogeneización territorial a partir de la diseminación sobre el territorio de determinadas características de la ciudad; que a día de hoy se plantean de forma difusa. La dispersión, en cambio, se refiere a los cambios en la escala al pasar de una concepción regional a una global. La difusión remite a un elemento que difunde, mientras que la dispersión plantea la discusión en término morfológicos y geométricos.

Con estos dos pares de conceptos surgen la ciudad dispersa y la ciudad difusa, y la urbanización dispersa y la urbanización difusa.

Definida y acotada la ciudad multiplicada, en el próximo capítulo nos sumergiremos en ella para analizar qué forma toma la urbanización en su interior.

Plazas y entornos urbanos, de Dimitris Kottas

Las nuevas realidades sociales han derivado en el incremento del interés por la definición del espacio urbano: nuestras ciudades han cruzado ya la línea divisoria entre el espacio para habitar y el espacio habitable y, actualmente, es difícil concebir un buen plan urbanístico que no responda con la correspondiente calidad en cuanto al planeamiento del espacio público. Este volumen reúne veinte ejemplos del mejor diseño urbano, definidos por el sello indeleble de un buen número de profesionales de reconocimiento internacional.

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Y, de nuevo, tampoco.

Igual que el libro que reseñamos hace nada, Urban Identity, este Plazas y entornos urbanos, de Dimitris Kottas, es poco más que un catálogo de diversos lugares alrededor del mundo donde se ha erigido una plaza que puede o no funcionar como espacio público. El libro no entra en ello; se limita a dar los ejemplos, un texto muy breve y muchas fotografías. En ambos casos, tanto en el libro anterior como en este que ahora nos ocupa, el autor cuenta con muchos otros libros del mismo estilo: publicaciones llenas de fotografías con temáticas concretas, tipo “hoteles acogedores”, “casas de difícil acceso”, “encrucijadas”, etc. Y, como en la anterior ocasión, simplemente lo reseñamos para futuras referencias.