Miradas sobre la ciudad, Manuel de Solà-Morales

La reciente lectura de El uso temporal de los vacíos urbanos, especialmente el artículo de Francesc Muñoz que contenía donde se repasaban los terrain vagues de Ignacio de Solà-Morales, nos recordó que aún teníamos pendientes lecturas de estos dos hermanos arquitectos. Miradas sobre la ciudad (Acantilado, 2021, editado por Oriol Clos) es, precisamente, una recopilación de artículos del hermano mayor, Manuel de Solà-Morales, arquitecto y urbanista, publicados en revistas y periódicos a lo largo de cuarenta años de trayectoria. Los reseñamos aquí atendiendo únicamente al contenido de los textos, sin entrar a valorar la pertinencia, o no, de su obra arquitectónica.

Manuel de Solà-Morales estuvo toda su vida ligado a Barcelona, donde impartió clases, fundó Escuelas y las dirigió y donde también llevó a cabo parte de su obra arquitectónica. Estuvo ligado a la transformación y creación del Moll de la Fusta en Barcelona (la «apertura» de la ciudad al mar, es decir, la renovación del frente marítimo) así como a algunos de sus barrios (Poblenou) o ciudades medianas cercanas a la misma. No es de extrañar, por eso, que uno de los temas centrales de su obra sea, precisamente, la ciudad de Barcelona. De entre todos sus elementos, si hubiese uno que destacar, Solà-Morales habla, con una admiración ilimitada, de Ildefons Cerdà, artífice de la planificación del Ensanche de Barcelona y primer autor (aunque muy poco reconocida esa faceta suya en la actualidad) que publicó una obra con el nombre de «urbanismo». Ése será el segundo gran tema de esta antología: el urbanismo.

El plan de Cerdà consistía, junto al proyecto gráfico de trazados y volumetrías, en una idea del proceso de desarrollo (paulatino, atomizado, especulativo, cibernético en su operación), una idea de las fuerzas motoras del crecimiento (la formación de rentas urbanas, las plusvalías, el acceso a los servicios), una idea de gestión (fiscalidad, relación entre inversión privada y pública, etc.), que hacían de su propuesta una interpretación teórica de la ciudad, de aquella ciudad, definitiva. (p. 40)

El Ensanche de Barcelona.

Es un salto similar al que dio Sixto V al planear la più grande Roma, la ciudad de Roma junto a su periferia: una nueva concepción de la ciudad que ninguna otra idea sobre la misma podrá soslayar. El Ensanche (o la idea tras los ensanches, pues fueron habituales en la época, finales del XIX) incorporaba:

  • a) una nueva concepción de la ciudad, ligada al orden racional-liberal del momento;
  • b) una nueva actitud metodológica, es decir, concebir la preordenación de la misma, proyectarla, antes de edificar sin ton ni son;
  • c) nuevas tecnologías aplicadas a dicha urbanización, y
  • d) una idea de hacia dónde debía avanzar la ciudad o cómo debía ser (y de ahí, por ejemplo, la Teoría general de la urbanización del propio Cerdà).

Pero el proyecto que subyace tras el urbanismo original acaba diluido.

Desde James Craig en Edimburgo hasta Frank Lloyd Wright en su Broadacre City, desde Burnham en Chicago hasta Perret en Le Havre, la dialéctica interna entre los ritmos compositivos de la forma urbana ha sido el estímulo de la creatividad urbanística. Pero llega el CIAM III de Bruselas y Le Corbusier decide arrinconar el estudio de las ciudades barrio a barrio, la discusión entre formas de suelo y formas de edificación, y desplazar la tarea a un debate global sobre la ciudad y sus funciones de conjunto. Será en la Carta de Atenas y el CIAM IV cuando el proyecto urbanístico quedará dividido entre leyes y palabras, por un lado, y volumetrías abstractas, por otro.

Y cuando Gropius proyecta Dammerstock, la noción de tiempo ha desaparecido de la concepción de la obra. El proyecto es unitario, monolítico y simultáneo, y el baile se ha convertido en parada militar. Será el prototipo de todos los housing projects, los grands ensembles, los polígonos que, como forma común de la urbanística moderna, van a llenar las periferias de las ciudades europeas. (p. 109)

El primer CIAM, en Frankfurt (1929), sobre el Existenzminimun, se centró «en la escala de la vivienda». El segundo, en Bruselas en 1930, Formas construidas – formas del suelo, sobre los barrios y los distritos. El tercero, que debía desarrollarse en Moscú pero acabó siendo en un barco en dirección a Atenas en 1933 (del que surgió la famosa carta de Atenas), y el cuarto, en París, 1935, debían dedicarse a la ciudad en su conjunto, el primero, y a la región urbana, el segundo. Pero ocurrió algo.

Fue ese salto entre ambas escalas lo que evidenció, con la ruptura que se produjo entre grupos y personas, la ruptura también metodológica en la proyectación de la ciudad. El amplio vacío teórico entre la arquitectura del edificio y el urbanismo, vacío que debía haberse cubierto con el progreso en la proyectación de aquella escala intermedia que hasta entonces tantos resultados había producido, se obvió, en cambio, con mucha ideología. La brillantez intelectual y organizativa de Le Corbusier y las tensiones programáticas de Walter Gropius y Sigfried Giedion hacia posturas de imagen más publicitarias arrinconaron a los defensores del proyecto urbano como campo intermedio de discusión y de trabajo, y provocaron en la asamblea la fuga ideológica hacia la «ciudad funcional» y la Carta de Atenas.

[…] Fue entonces cuando cuajó la grave dicotomía por la que, mientras la discusión sobre la ciudad se trasladaba al nivel de los principios generales, la arquitectura se desentendía de la ciudad, refugiándose siempre en la excusa del no cumplimiento de aquellos principios generales. Se había inventado la gran coartada y se abría la brecha entre urbanismo y arquitectura que todavía hoy sigue pendiente de ser sellada. (p. 116-7)

A esa brecha entre arquitectos y urbanistas se refiere, en un artículo posterior, como las visiones opuestas de «Heráclito y Parménides en la ciudad postmoderna». Si para el primero «todo fluye», Heráclito se convierte, entonces, en el precursor del «urbanismo de los flujos», un urbanismo que percibe la ciudad como un haz de relaciones; Parménides, en cambio, sería el del «urbanismo de los lugares», un urbanismo «sensible que reconoce el lugar como origen de toda propuesta creativa sobre la ciudad», que «cree en la identidad más que en el sistema». Discusión que, además de recordarnos a Castells (lógico, al hablar del espacio de los flujos en oposición al espacio de los lugares), nos recuerda al Augé que diferencia los no lugares de los lugares antropológicos.

Es mucho más fácil encontrar un solar estratégico y encargar un proyecto de fama que cuidar la mutación profunda de la gran ciudad. Mucho más fácil y mucho más trillado, convencional. Y si este tipo de proyecto, que tiene todas las ventajas de partida, no consigue responder a la vez al urbanismo del sitio y al urbanismo de los flujos, no es extraño que esta dislexia sea todavía más grave en los proyectos de las tramas residenciales y productivas, del tejido territorial en su conjunto. (p. 216)

En esta obsesión de la ciudad actual por ser global, publicitarse, situarse en el mapa, y el recurso fácil al arquitecto estrella, ve Solà-Morales lo opuesto al urbanismo, que debe nacer del lugar, de su identidad concreta, y crear espacios habitables. Se lamenta de que, superados los pensamientos opuestos de Heráclito y Parménides, «la época socrática, que confía en el discurso y el razonamiento –y no tanto en la idea previa o en la racionalidad– todavía no haya llegado al urbanismo contemporáneo. La ciudad como pensamiento discursivo supera a la ciudad objeto.»

Propone, en el siguiente artículo, la necesidad de una ética urbanística; no una ética personal de los urbanistas, sino de la propia disciplina. Basada en los principios del siglo XIX de la reforma social y el pensamiento utópico, el urbanismo actual se ha diluido, casi burocratizado. Por ello, Solà-Morales propone cuatro principios básicos:

  • la búsqueda y construcción de la identidad de los lugares (como forma, en parte, de oponer el espacio de los lugares al de los flujos, o lo local a lo global; aunque uno se plantea si el urbanismo es el único medio para llegar a ello);
  • la sensualidad de los mismos, en tanto que lugares que se habitan de forma corpórea y con los que el ser humano se relaciona mediante los sentidos;
  • la búsqueda de una equidad territorial (que no busque dar «a todos lo mismo» sino «a cada uno según sus peculiaridades»;
  • y, finalmente, relacionada con la anterior, el aprecio de las diferencias. De lo heterogéneo, que ya Richard Sennett (al que cita Solà-Morales a menudo) destacaba como la base de la (con)vivencia en la ciudad.

Y, sin estar en desacuerdo con ninguno de los cuatro principios, nos parece que aquí Solà-Morales cae en una especie de idealismo irreal y atribuye al urbanismo capacidades que éste no posee. Recordaba Deyan Sudjic, en La arquitectura del poder, que todo arquitecto debe forjar un pacto faustiano con el poder, puesto que sólo éste dispone de los recursos para erigir edificios. Algo similar dijimos a propósito de Jordi Borja y sus lecciones sobre cómo debe ser una ciudad, y nos viene al caso para las propuestas de los urbanistas de Solà-Morales: no corresponde a ellos la construcción de la ciudad. Tampoco al capital, que es quien lleva la batuta ahora; pero, si acaso, se trata de una suma de voluntades distintas que deben alcanzar un consenso. En esa multiplicidad, la voz del urbanista debería ser aquella capaz de guiar y de explicar, si acaso, las consecuencias de toda decisión; para el presente y, en la medida de lo posible, para el futuro. Pero no deber ser, por ello, la voz autorizada dedicada a ensalzar o respetar la diferencia.

Un gran almacén en la plaza Catalunya, ¿es un lugar privado o público? Evidentemente es privado en su explotación económica, pero no tanto en cuanto al uso y el significado ciudadanos. (…) ¿Y Santa María del Mar [importante iglesia de Barcelona], es pública o privada? ¿Y el campo del Barça o el pabellón del Joventut? Las categorías de lo privado y lo público se diluyen, ya sirven menos.

[…] Un centro de ventas o un hipermercado periférico, un parque de atracciones o un estadio, un gran aparcamiento o una galería de tiendas son los lugares significativos de la vida cotidiana, los espacios colectivos moderno. El transporte público, sobre todo, es en las grandes ciudades el lugar común de referencia. (p. 151)

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