Edward W. Soja (II): antología de textos

En la primera entrada de Edward W. Soja. La perspectiva postmoderna de un geógrafo radical, escrito por Núria Benach y Abel Albet, repasamos la vida del geógrafo de Estados Unidos y sus tres hitos principales; el primero de ellos, el giro espacial (es decir, reconocer la importancia del espacio en las ciencias sociales), que lo llevó a formular una trialéctica entre la sociedad, el tiempo y el espacio y a dar un paso más firme que los de, por ejemplo, Castells o Harvey (que también estaban reconociéndole un papel importante al espacio, lugar o territorio por esa época, años 70-80 del siglo pasado). El segundo fue el concepto del tercer espacio, surgido en parte de los textos de Lefebvre (que Soja introdujo en Estados Unidos durante la década de los 80, cuando aún no habían sido traducidos al inglés): si para el filósofo francés la triada se componía por la práctica espacial, los espacios de representación y la representación de los espacios, para Soja existían el primer espacio (físico y transitable), el segundo espacio (mental e imaginado) y el tercero, una amalgama entre los dos anteriores creado con la finalidad de romper la (falsa) dialéctica y evidenciar que no vivimos en un espacio ni físico ni mental, sino una mezcla, diversa y abigarrada, dialéctica también, claro, entre los dos anteriores.

Finalmente, el tercer concepto de Soja, más que un concepto, es un espacio: la ciudad de Los Ángeles, a cuya universidad se mudó en 1972 y que conformaría el grueso de su teoría espacial. En Los Ángeles, Soja vio seis formas diversas que la ciudad podía tomar y lo publicó en diversos artículos así como en uno de sus textos esenciales, Postmetrópolis. En el mismo hablaba también del sinecismo y compartía su teoría, basada en los textos de Jane Jacobs, de que el urbanismo era la fuente del progreso social (a diferencia de la concepción tradicional, para la cual las ciudades son el fruto de un excedente de producción, para Soja y Jacobs primero llega el urbanismo y es éste el que genera el excedente).

Sin más, pasamos ahora a la reseña de sus textos. El primero de ellos es un capítulo de Postmodern Geographies titulado, precisamente, «La dialéctica socio-espacial«, donde responde al Harvey de Social Justice and the City (1973) que se planteaba «si la organización del espacio (en el contexto de lo urbano) era una estructura separada con sus propias leyes de construcción y transformación interna o bien era la expresión de un conjunto de relaciones que formaban parte de alguna estructura más amplia (como las relaciones sociales de producción)» (p. 82). Tanto Harvey como Castells marcaban unos límites a la importancia del espacio dentro de la crítica marxista, límites que a Soja le parecían demasiado pequeños.

La estructura del espacio organizado no es una estructura separada con sus propias leyes autónomas de construcción y transformación ni tampoco es simplemente una expresión de la estructura de clases que emerge de las relaciones sociales (y, por tanto, ¿aespaciales?) de producción. Es, en cambio, un componente dialécticamente definido de las relaciones generales de producción, relaciones que son simultáneamente sociales y espaciales. (p. 84)

Aquí se hace un inciso que pone de manifiesto «el predominio de la visión fisicalista del espacio» en nuestro idioma: palabras como «social», «económico», «político» o «histórico» sugieren siempre «un vínculo entre la acción y la motivación humana» mientras que «espacial» sugiere un contenedor o un marco, una figura geométrica externa al contexto social; cuando se trata, como ya evidenció Lefebvre, de algo intrínseco a la sociedad, y no externo. «Una vez que se ha aceptado que la organización del espacio es un producto social –que surge de una práctica social intencionada– entonces ya no queda nada de su existencia como una estructura separada con reglas de construcción y de transformación que sean independientes de un marco social más amplio» (p. 88). O, como diría Lefebvre en La revolución urbana: «no hay teoría del espacio al margen de una teoría social general, sea ésta explícita o implícita».

Las causas por las que el marxismo tradicional había dejado de lado la concepción del espacio son, aventura Soja, tres:

  • La tardía aparición de los Grundrisse de Marx, con apuntes hacia la expansión del capitalismo, que no fue traducido al inglés hasta 1973;
  • las tradiciones anti-espaciales en el marxismo occidental;
  • y, finalmente, a las condiciones cambiantes de la explotación capitalista. El capitalismo feroz surgido tras los años dorados que siguieron a la Segunda Guerra Mundial se ha expandido de forma abrupta, evidenciando cada vez más la importancia de la producción del espacio como una parte interna del propio capitalismo (algo que Harvey ha evidenciado multitud de veces en su obra).

Lefebvre relacionó el «espacio capitalista avanzado» con la reproducción de las relaciones sociales de producción. Definió tres niveles de reproducción: la bio-fisiológica (la familia y las relaciones de parentesco); la reproducción de las fuerzas de trabajo y los medios de producción; y, finalmente, la reproducción de las relaciones sociales de producción. La capacidad del capital para influir en las tres anteriores se ha ido desarrollando a lo largo del tiempo, hasta el extremo de que «bajo el capitalismo avanzado la organización del espacio pasa a estar predominantemente relacionada con la reproducción del sistema dominante de relaciones sociales», es decir, «el espacio producido socialmente» (ya sea el espacio urbanizado, ya sea incluso el campo, puesto que, en el momento en que se produce un espacio, todos quedan encajados en esa lógica) «es donde se reproducen las relaciones dominantes de producción» (p. 106).

Así, la lucha de clases (que aún existe, defiende Soja) debe incluir (es más: focalizarse) en «la producción del espacio, la estructura territorial de explotación y dominación, la reproducción, espacialmente controlada, del sistema como conjunto» (p. 107).

El siguiente texto es «Los Ángeles, 1965-1992: de la reestructuración generada por la crisis a la crisis generada por la reestructuración», aparecido en la antología Los Angeles. The City and Urban Theory at the End of the Twentieth Century, editada por Allen J. Scott y el propio Soja. El imaginario de Los Ángeles es, por motivos obvios, especialmente potente, al ser la del cine una de sus industrias principales; pero a los rodajes o la creación de cualquier lugar del mundo en sus calles habría que sumarle la aparición, a partir de 1965, de Disneylandia, con su nueva dosis de irrealidad y fantasía. Ese mismo año sucedieron los Disturbios de Watts (uno de los muchos estallidos raciales habituales en Los Ángeles y otras ciudades occidentales, como París o el propio Los Ángeles en 1992, fruto de la segregación y racismo constantes y que los dirigentes jamás parecen capaces de explicarse o entender), que para Soja marcan el punto de inflexión entre el final de la Segunda Guerra Mundial y el principio del postfordismo (datado alrededor de los años 70 en general).

A partir de la década de los 80, sin embargo, los cambios provocados por la nueva forma del capitalismo en Los Ángeles fueron tan evidentes que surgió una oleada de investigadores que se centró en ellos, con el pistoletazo de salida de Mike Davis y su Ciudad de cuarzo. La mayoría de dichos autores aparecen en el mismo libro donde se encuentra el artículo de Soja que estamos reseñando, de hecho. Estas nuevas formas urbanas inspiraron en Soja seis visiones distintas de la ciudad, seis posibles ciudades que podían surgir como resultado de los cambios que se estaban viviendo:

  • I. Exópolis. Rompiendo con el esquema centro-periferia habitual hasta mediados del siglo XX, Los Ángeles es un mosaico enorme fruto de la tensión desterritorialización-reteritorialización. Se forman múltiples nodos de residencialidad, alejados del centro y que, a medida que concentran población, forman su propio núcleo de industrias y puestos de trabajo, dando lugar a diversos centros y a ciudades dentro de ciudades, como el condado de Orange, por entonces con 2.5 millones de habitantes y hoy con algo más de 3, el Greater Valley (Silicon Valley) o el clúster formado por la zona portuaria junto con el aeropuerto.
  • II. Flexcities. Si la anterior visión se centraba en los cambios concretos provocados por la dialéctica población-productividad, Flexcities está formada por los cambiso que la propia ciudad se impone a sí misma en el paso de dejar de ser un proveedor de servicios para sus habitantes a proyectarse como un imán y un atractor de empresas y capital en la palestra global. «Este nuevo régimen se caracteriza por sistemas de producción más flexibles (…) situados en clústers de intercambios intensivos» formados por empresas pequeñas o medianas surgidas al compás de las necesidades de los flujos del capital, a menudo formando alianzas o redes de subcontratación. Por lo tanto, el polo que rige Flexcities es la dialéctica desindustrialización-reindustrialización así como la pérdida de las grandes empresas verticales y fordistas, que desaparecieron o se deslocalizaron, y el surgimiento de tres sectores esenciales: tecnópolis (con el ya mencionado Silicon Valley), la provisión de servicios financieros internacionales y una red de empresas pequeñas y medianas, atentas a los cambios de mercado, que forman un complejo entramado de subcontratas a disposición de dichos cambios.
  • III. Cosmópolis. Se refiere a los cambios generados en las calles y configuración urbana por la presencia de las culturas globales; no sólo a los nuevos enclaves surgidos (barrios o calles que representan el país de origen de sus habitantes o las culturas que han dejado atrás y que tratan de reproducir), sino el contrato, el intercambio que se da entre todas esas culturas y la nueva forma en que se organizan. Si una palabra define esta visión de la ciudad es lo «glocal», el punto de contacto entre lo global y lo local.
  • IV. El Laberinto Astillado. Como será habitual en Soja, si las tres primeras visiones representan cambios físicos, las tres siguientes con más conceptuales. El Laberinto Astillado se refiere a la polarización creciente en este mundo de desigualdades, donde cada vez hay ricos más ricos y pobres más pobres y queda un enorme hueco en el centro, ocupado antaño por la extinta clase media, que cada vez se va haciendo mayor.
  • V. Ojos Sin Fin continúa el paso dado por Mike Davis en «Fuerte Los Ángeles: la militarización del espacio urbano» y se refiere a la multitud de pequeños espacios segregados donde cada comunidad o grupo social se reúne, sobre todo, con los que son similares y que va desde la separación voluntaria (las clases altas en entornos cerrados, gated communities, resorts o lugares donde el precio del suelo impide el acceso a otras clases) hasta la segregación social o racial (los guetos que vimos, por ejemplo, en la obra de Loïc Wacquant)
  • VI. Simcities. La más actual e ideológica de las seis visiones de la ciudad y que Soja define, en función del momento, como fruto de la «transición postmoderna» (en este artículo de 1996) o como «ciudad simulada» generada por la visión del hiperespacio y las nuevas tecnologías (en Postmetrópolis) y que es un cajón de sastre donde caben el simulacro de Baudrillard con la mercantilización creciente de todos los espacios de la ciudad y la creación de nichos publicitarios llevado a cabo por las cada vez más agresivas técnicas de marketing y consumo.

Como ya sucedía en Postmetrópolis, sin embargo, en ningún momento Soja explica por qué la división en ciudades distintas, cuando una visión completa de todas ellas daría un resultado más aproximado de la ciudad actual, ni tampoco por qué esa división es en seis ciudades, y no en cinco o catorce.

El tercer artículo es «Tercer Espacio: extendiendo el alcance de la imaginación geográfica«, aparecido en Human Geography Today, editado por Doreen Massey; John Allen y Phil Sarre (1999) y que se trata, en palabras de Soja, de comprimir en cinco tesis los argumentos que presentó en su libro Thirdspace: Journeys to Los Angeles and Other Real-and-Imagined Places (1996). La primera tesis es la importancia del espacio en las ciencias sociales (el giro espacial del que hablábamos al principio) y el paso de la dialéctica sociedad-historia a la trialéctica sociedad-historia-espacio (donde ninguno de los tres conceptos es más importante que los otros dos), algo que, según Soja, supone una de las revoluciones intelectuales del siglo XX (Soja nunca destacó por su modestia). La segunda tesis propone abandonar la dialéctica tradicional del espacio (entre material y mental, real o imaginado, etc.) y, siguiendo a Lefebvre, claro (espacio percibido, espacio concebido, espacio vivido) propone el primer espacio (percibido), el segundo (concebido) y el tercero (vivido). La tercera tesis es, precisamente, que la revolución espacial de la segunda mitad del siglo XX se originó en Francia, de la mano de autores como Lefebvre y Foucault (con la producción del espacio del primero y «De los espacios otros» y la heterotopía del segundo).

La cuarta tesis (que tiene que ver con las críticas que recibió Soja por su anterior libro, Postmodern Geographies, donde se le acusó desde los estudios feministas y postcoloniales de no tenerlos en cuenta), dice precisamente que las principales oposiciones críticas y creativas a la concepción tradicional del espacio provienen de dichas fuentes y han surgido desde la opresión y las minorías. Se confunde, aquí, cierta visión académica del espacio con la visión literaria o vanguardista, artística, en definitiva; algo que se le suele reprochar a Soja, que no marcaba distancias entre un texto académico y un texto lírico (a menudo sus artículos aglutinan diversas formas de exposición), y se enumeran voces que han hablado de nuevos espacios, sí, pero lo han hecho en novelas o en artículos casi biográficos, y no como una propuesta de una nueva exploración del espacio desde las ciencias sociales. La quinta tesis, como continuación de la anterior, propone que estos nuevos autores están explorando una nueva forma de elección dentro de la producción social del espacio vivido, casi una rebelión, o tal vez simplemente una nueva forma de expresarse.

«Tensiones urbanas: globalización, reestructuración económica y transición postmetropolitana» (2004) explora las nuevas formas urbanas surgidas a principios de este siglo.

La «secesión de los ricos» [se refiere a la proliferación de gated communities y lo que Evan Mackenzie exponía en su libro Privatopía] y la multiplicación de comunidades cerradas y defendidas con armas son sólo una pequeña parte de un proceso mucho más amplio que afecta a la forma de la metrópolis contemporánea. Dicho de un modo simple, la postmetrópolis se caracteriza crecientemente, y casi puede llegar a ser definida, por lo que puede describirse como la urbanización de los suburbios, dado que nuevas ciudades crecen vertiginosamente en las afueras de los centros urbanos establecidos, en gran parte como consecuencia de la formación de nuevos yacimientos de empleo comercial e industrial como Silicon Valley, el condado de Orange y otros complejos de alta tecnología alrededor de Boston, Londres, París, Tokio y São Paulo. Conocidos habitualmente como edge cities (o ciudades en el margen urbano), outer cities (o ciudades exteriores) e incluso postsuburbia (o evolución de los suburbios de clase media), este proceso de urbanización regional ha diluido muchas de las fronteras convencionales de las metrópolis, especialmente entre lo urbano y lo suburbano. (p. 224)

Más adelante hará una distinción entre las edge cities (que suele usarse para referirse a las ciudades de negocios o habitadas por trabajadores de compañías que se han instalado algo más lejos de la ciudad para no sufrir el precio del suelo pero lo bastante cerca para disfrutar de sus conexiones de carretera y aeropuertos) y las «off-the-edge cities«, enclaves urbanos surgidos precisamente por lo barato del suelo en la zona pero que a menudo carecen de grandes servicios básicos y cuyos habitantes tienen que desplazarse forzosamente (en coche, la mayoría de las veces) tanto al trabajo como para cumplir cualquier necesidad.

Esta segregación constante entre diversos grupos tiene el efecto de intensificar el miedo al otro.

En el paisaje urbano cada vez más volátil y fractal, el miedo está en el aire. No sólo las tensiones urbanas son más abundantes en todas partes de la ciudad, sino que también provoca grandes cambios en el entorno construido, desde detalles en el diseño de las calles y de los edificios a grandes configuraciones de la forma urbana. Las urbanizaciones y los centros comerciales se diseñan cada vez más como fortalezas, y son vigilados visualmente y por megafonía, con cámaras y altavoces situados en lugares estratégicos. En casi todas las ciudades la extensión de espacio público se contrae al tiempo que las olas de privatización desregulada penetran en la esfera pública con mayores esfuerzos de control social. (p. 226)

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