En defensa de la vivienda, David Madden y Peter Marcuse

Quienes fían todos sus argumentos a la fábula de la oferta y la demanda que se equilibran entre ellas suelen olvidar que ambas variables están profundamente moldeadas por el Estado. La administración pública regula todos y cada uno de los aspectos cruciales que afectan a la vivienda: los usos del suelo, los regímenes de propiedad privada, la construcción, los contratos de alquiler, el sistema hipotecario, la política de desahucios y realojos, la distribución de los recursos mediante la fiscalidad y la articulación entre la vivienda y el sistema financiero. En definitiva, el Estado no es un agente externo, que «interviene» desde fuera, sino parte constitutiva del mercado. Construye las reglas del juego, de principio a fin. (p. 13)

Son palabras de Jaime Palomera Zaidel (antropólogo social de la Universidad de Barcelona) en la Introducción a En defensa de la vivienda (Capitán Swing, 2016, traducción de Violeta Arranz), libro de David Madden y Peter Marcuse. A Marcuse lo conocimos gracias al artículo «Not Chaos, but Walls: Postmodernism and the Partitioned City», en Postmodern Cities and Spaces, y su nombre nos ha llevado hasta este ensayo que consiste en una férrea defensa de la vivienda como un bien público y en una exposición pormenorizada de cómo, desde ciertos sectores estatales y del capital, se ha convertido en un bien de mercado y ha perdido su papel de agente integrador de la sociedad o, simplemente, como necesidad básica humana.

«¿Se puede hablar de una política de vivienda cuando nos referimos al papel de los Gobiernos?», se pregunta Palomera en la introducción.

El proyecto de gobierno social por excelencia es el de la vivienda en propiedad. Que las élites políticas de todo el mundo se empeñen desde hace décadas en privilegiar económica y políticamente la vivienda en propiedad, de priorizarla como única forma de acceso, no responde a criterios técnicos. Tampoco que simultáneamente se hayan dedicado a estigmatizar el alquiler, convirtiéndolo en una forma de tenencia volátil e insegura. Y aún menos que hayan fabricado mitos nacionales, como el de que la propiedad es la base moral de la familia o de la seguridad ontológica. En una decisión política, consistente en alinear los intereses de las élites con las clases medias y orientada a proteger el sistema de políticas más justas o redistributivas. Planteamiento básico: una clase trabajadora con una pequeña participación en el sistema, propietaria de una minúscula parte del pastel, será mucho menos proclive a rebelarse y asaltar la parte grande del pastel. (p. 16)

En defensa de la vivienda está estructurado en cinco capítulos: la mercantilización de la vivienda, la alienación residencial, opresión y liberación residencial, los mitos de la política de vivienda y un quinto capítulo dedicado a las luchas en defensa de la vivienda de la ciudad de Nueva York.

Hoy en día existe cierta opinión de que «el sistema de la vivienda está estropeado, que se trata de una crisis temporal que puede resolverse con medidas aisladas y específicas» (p. 29). Existen ciertas soluciones que, de aplicarse, resolverían dicho problema coyuntural, algo muy concreto de la actualidad; un ámbito, de hecho, que pertenece exclusivamente a los expertos: promotores, concejales, urbanistas, arquitectos.

Madden y Marcuse tienen claro que no es así. «La vivienda está amenazada en la actualidad. Está atrapada dentro de varios conflictos simultáneos. El más inmediato es el conflicto que existe entre la vivienda como espacio social en el que se vive y la vivienda como instrumento para obtener beneficios: el conflicto entre la vivienda como hogar y la vivienda como bien inmueble» (p. 30).

Engels ya planteó, con su Contribución al problema de la vivienda (1872), que «el problema de la vivienda está integrado en las estructuras de la sociedad de clases». Precisamente para oponerse a esa concepción surge la noción de «crisis»: crisis de la vivienda, crisis del capitalismo, como si fuesen errores que no se podían predecir cuyo origen es incierto o azaroso. No, ambas forman parte de la estructura capitalista. En Estados Unidos se atribuye la crisis a la «injerencia» del Estado; en Reino Unido, al poco poder de los promotores; en España, a que «vivimos por encima de nuestras posibilidades».

La crisis de la vivienda es el resultado predecible y lógico de una característica básica del desarrollo espacial capitalista: la vivienda no se produce y se distribuye con la finalidad de que todo el mundo tenga un lugar en el que vivir, sino que se produce y se distribuye como una mercancía para enriquecer a unos pocos. La crisis de la vivienda no se produce como consecuencia de un fallo en el sistema, sino porque el sistema funciona como debe. (p. 35)

Los autores recorren la mercantilización de la tierra, cuyo requisito previo ha sido, a lo largo de la historia, «la privatización de los bienes comunales». Se hablan de los cercados en la Inglaterra de la Edad Moderna (tema que ya ha surgido en el blog en alguna ocasión) como ejemplo de acumulación originaria y un episodio esencial de las bases del capitalismo, una «revolución de los ricos contra los pobres», en palabras de Karl Polanyi (La gran transformación. Crítica del liberalismo económico). Durante la siguiente etapa, en las metrópolis del siglo XIX, «la estricta separación entre el trabajo y el hogar era señal de privilegio de clase»: mientras las familias obreras se hacinaban junto a la fábrica, las burguesas construían un nuevo modelo de domesticidad que las distinguía.

«Lentamente y a impulsos irregulares, la vivienda fue saliendo de los circuitos del trabajo y la producción hasta convertirse en portadora directa de valor económico por sí misma» (p. 45). Se dio el paso de buscar en el mercado el lugar de residencia; es decir, «el pago de dinero se convirtió en el nexo principal entre la vivienda y el que la habitaba», algo que, a pesar de que no se comenta en el libro, quedó restringido en esa época sólo a las ciudades (en el mundo rural aún serían otros factores, durante décadas, los que marcarían las viviendas de cada familia).

Las primeras décadas del siglo XX, sin embargo, dejaron claro que el problema estaba lejos de haberse resuelto. Tras la Primera Guerra Mundial surgieron nuevas formas de urbanismo y planificación social, tema en el que el libro tampoco entra. El crack del 29, eso sí, trajo la hipoteca estandarizada gracias a la Federal Housing Administration, un organismo nacido en Estados Unidos cuyo objetivo, más o menos disimulado, era convertir a la clase media (blanca y anglosajona) en propietarios de viviendas en los suburbios americanos, además de entregarse a un racismo endémico (el famoso redlining, del que también hemos hablado muy a menudo) en las ciudades.

Poco a poco, a principios de siglo, y a pasos agigantados, durante la segunda mitad del siglo XX, Occidente dejó de ser un mundo de inquilinos y se convirtió en uno de propietarios, algo que hemos analizado, en general, con La guerra de los lugares, de Raquel Rolnik; y, para el caso español, pero también lectura muy interesante, con Tocar fondo, de Manuel Gabarre.

El tardocapitalismo, por supuesto, ya ni siquiera disimula su voluntad de que la vivienda sea, únicamente, un bien de mercado. Nos vienen a la mente las recientes palabras de un ministro español al ser preguntado sobre la vivienda y declarar, con total impunidad, que la vivienda es, también, un bien de consumo. Un ministro socialista, ojo, que supuestamente no es de derechas y debería velar por la vivienda como un bien de primera necesidad. Madden y Marcuse destacan las formas proteicas de las hipotecas de Estados Unidos, adaptadas a todos los bolsillos, basadas en la creación de deuda y cuyo objetivo era, por un lado, permitir que todo el mundo tratase de convertirse en propietario; y, por el otro, el aumento sin fin de esa descomunal bola de deuda que fue la burbuja subpryme.

Los dos grandes factores que han propiciado esa evolución del mercado de la vivienda son la desregulación y la financierización, entendida la primera como la desaparición de todos los cortapisas a la voluntad del mercado y la acumulación de capital y el segundo como «el creciente poder y protagonismo de los actores y las empresas que acumulan beneficios mediante el suministro y el intercambio de dinero y de instrumentos financieros» y que podríamos resumir como el rostro anónimo (y descarnado) del capital que ni siquiera trata de simular que provee de bienes de consumo. Se ha pasado, mediante estos dos procesos, de una clase adinerada que sí, que poseía una gran parte del centro de su ciudad, y tal vez algún otro inmueble, a que «Wall Street y la City de Londres sean los nuevos propietarios del bloque de pisos». O un fondo en Dubai, da lo mismo.

Ése es el tercer factor que afecta a la vivienda: la globalización. Las viviendas en determinados lugares, sobre todo las ciudades globales, no pertenecen a sus habitantes, ni siquiera a su élite económica: pertenecen a los flujos globales, al capital mundial. De hecho, ya ni hacen el esfuerzo de disimularlo y se publicitan para ellos, para las empresas y los grandes fondos. Lo resumía Raquel Rolnik diciendo que un inmueble en una calle principal de una gran ciudad no es una vivienda, sino una caja fuerte; una reserva de dinero que, probablemente, no va a perder valor, sino a ganarlo.

Resumiendo, las casas de lujo son antisociales. Los propietarios de estos bienes raíces no tienen ningún vínculo con los lugares en los que aparcan su dinero. (p. 59)

Algo que hemos visto (a otro nivel) en el artículo de Carmen Bellet «Visiones de privatopía» o que comentaba Bauman a propósito de las «clases de élite flotantes». Y ya no entramos a hablar de las relaciones con el blanqueo de dinero, de cómo estos enclaves suelen estar diseñados por arquitectos estrella y construidos de espaldas a la ciudad, con el objetivo puesto en los flujos y todo lo que ello supone de reducción de impuestos y de homogeneización del paisaje para la ciudad en la que se alzan. Cada edificio de lujo es, en definitiva, un edificio perdido para la ciudad; porque ni lo comprarán personas en necesidad de una vivienda, sino de una inversión, y no lo tratarán como a un lugar donde residir, sino como un espacio que habitar de forma temporal, una vivienda que poner en Airbnb o, incluso, un espacio vacío a la espera de que se revalorice. «Arrancar la vivienda de su contexto destruye su dimensión social.» (p. 73)

En la siguiente entrada veremos los efectos que esta hipermercantilización de la vivienda tiene sobre sus usuarios, es decir, sobre los habitantes de la ciudad, así como algunas de las resistencias que dicha mercantilización ha ido generando a lo largo del último siglo.

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