Parias urbanos. Guetos, banlieues, Estado; Loïc Wacquant

Teníamos ya ganas de leer por fin a Loïc Wacquant. Llevaba tiempo apareciendo en la bibliografía de otras lecturas. Encontramos por fin este Parias urbanos. Guetos, banlieues, Estado, publicado en 2005 en Francia (leemos la traducción al catalán de Lourdes Bigorra, Edicions de 1984, 2007), lectura más que interesante. Se trata de una recopilación de artículos independientes readaptados para ser leídos como un libro; y, si tenemos algún reproche que hacerle, se trataría únicamente de que, en aras de que los apartados sigan siendo algo independientes, se ha mantenido bastante la estructura original y eso a veces convierte al conjunto en una lectura redundante, pues se van repitiendo conclusiones a las que ya se había llegado en capítulos anteriores. Pero sería el único defecto que le encontraríamos.

Los temas de los que se ocupa el libro son tres. El primero: el gueto negro en Estados Unidos, que desde mediados de los años 60-70 del pasado siglo ha ido sufriendo un proceso de hiperguetización, por causas que analizaremos pero que tienen que ver, sobre todo, con los cambios venidos por la economía postfordista. El segundo tema: pese a la insistencia de los medios de comunicación en lanzar la comparación, los barrios segregados europeos (especialmente los franceses, país de donde Wacquant es originario) no tienen especial relación con el gueto negro: sus condiciones, historia, formación y estructura social son muy diversos. Y el tercer punto: pese a que no sean comparables, ambos están sufriendo lo que Wacquant viene a denominar efectos de la marginalidad avanzada, una nueva forma de marginalidad opuesta, si acaso, a la que se dio durante la época álgida del fordismo y que no es un «error» del sistema sino una consecuencia directa de él.

El cierre social y la relegación espacial en el Cinturón Negro se llevan a cabo prioritariamente sobre la base de la pertinencia racial, modulada por la posición de clase después de la ruptura de los años 60, y ños dos son potenciados y agravados pro las políticas públicas de selección y abandono urbanos. Más o menos, es el caso inverso en el Cinturón Rojo [barrios periféricos en Francia], donde la marginación es en primer lugar producto de una lógica de clase, en parte reforzada por el origen nacional y en parte atenuada por la acción del Estado. Como consecuencia, el hipergueto americano es un universo étnica y socialmente homogéneo caracterizado por una densidad organizativa débil y una menor intervención del Estado en sus componentes sociales y, por lo tanto, una inseguridad física y social muy fuerte, mientras que la periferia urbana de Francia se caracteriza, al contrario, por una población profundamente heterogénea en cuanto a la procedencia etnonacional (y, secundariamente, en cuanto a la posición de clase), cuyo aislamiento queda mitigado por una fuerte presencia de las instituciones públicas. Además, a esta heterogeneidad interna se le añade la heterogeneidad externa de las banlieues obreras entre ellas, que contrasta fuertemente con la monotonía social y espacial exhibida por los guetos de las grandes ciudades norteamericanas. Por eso hablaremos, en cuanto sea posible, del gueto en singular y de las banlieues en plural. (p. 13)

Sin más, empezamos con el primer tema: el gueto negro en Estados Unidos. Wacquant, nacido en Montpellier, sociólogo y economista, llevó a cabo su doctorado en Chicago y su residencia estaba justo en el límite con el Cinturón Negro, la zona de la ciudad donde reside una gran mayoría de la población negra. Observando las enormes diferencias que había entre los barrios bajos de Europa y los de Estados Unidos, se interesó por el estudio de estos últimos y de ahí surgen las observaciones que recoge esta primera parte del libro.

Durante los años 60 del siglo pasado se acuñó en Estados Unidos una ideología, la de la meritocracia, que venía a proponer que cada cual tiene aquello por lo que ha luchado; obviando que el punto de partida de unos y otros siempre es distinto. Por esa misma época corría la noción de que las desigualdades iban desapareciendo a medida que el estado del bienestar (en Europa) o el famoso «trickle down», el goteo con el que supuestamente, a medida que la economía mejora, el dinero se va filtrando hacia las capas menos favorecidas, en Estados Unidos. «Con la seguridad que les proporcionaba la consolidación de su aparato industrial y la expansión continuada de los nuevos sectores de servicios, las sociedades del Primer Mundo llegaron a considerar la pobreza el simple residuo de desigualdades y vestigios de un pasado ya superado o el producto de deficiencias individuales susceptibles de ser reparadas o, en todo caso, un fenómeno destinado a decrecer y desaparecer» (p. 25)

Esa imagen se fue hundiendo a medida que surgían brotes de protestas públicas o tensiones éticas por doquier. Wacquant cita las de Octubre de 1990 en Vaulx-en-Velin (tres días de luchas entre los jóvenes del barrio y la policía), Julio de 1992 en Bristol (estallido de violencia tras la muerte de dos adolescentes que conducían una moto robada al chocar contra un coche de policía) y Los Ángeles de 1992 (tras la absolución de los policías que habían pegado una paliza a Rodney King), aunque podríamos citar los de 1995 en París o, sin ir muy lejos, el movimiento BlackLivesMatter. En su momento fueron descartados como «alborotos raciales» en Estados Unidos o protestas de barrios excluyentes en Europa, pero ninguna de esas explicaciones simplistas permite abarcar los hechos.

Un análisis cuidadoso (…) de los desórdenes colectivos causados por los jóvenes desheredados de las ciudades de Europa y Estados Unidos durante los últimos quince años muestra que, lejos de ser la expresión irracional de una incivilidad impenitente o de un atavismo patológico, estos desórdenes constituyen una reacción (socio)lógica a una violencia estructural masiva desencadenada por una serie de transformaciones económicas y sociopolíticas que se han reforzado mutuamente. Estos cambios se han traducido en una polarización de la estructura de clases, que, combinada con la segregación étnica, ha desembocado en una dualización de las metrópolis que castiga a amplios sectores de la mano de obra no cualificada con la obsolescencia económica y la marginalidad social. Esta «violencia de arriba» tiene tres componentes principales:

1., el paro masivo, crónico y persistente que, para todo un sector de la clase obrera, se traduce en la desproletarización y en la difusión de la precariedad, que comportan toda una serie de privaciones materiales, de dificultades familiares y de desviaciones personales;

2., la relegación en los barrios olvidados en cuyo seno los recursos públicos y privados disminuyen en el mismo momento en que el descenso social de las familias obreras y la instalación de sectores de la población inmigrantes intensifican la competición por el acceso a los bienes colectivos;

3., el aumento de estigmatización, tanto en la vida cotidiana como en el discurso público, cada vez más estrechamente asociado no sólo al origen social y étnico, sino también al hecho de vivir en barrios degradados y degradantes. (p. 36)

Lejos del «trickle down» que se suponía que iba a mejorar la vida de todos, las desigualdades desde los años 80 no han hecho más que aumentar, algo que es especialmente grave cuando afecta a quienes ya tienen poco. En la mayoría de los casos, además, las soluciones propuestas por el Estado no consisten en una serie de medidas que atenúen las causas de la pobreza o de las revueltas, sino que se limitan a reforzar las medidas policiales y meter a más gente en la cárcel. Algo que, en el fondo, es añadir leña al fuego, pues refuerza los motivos que ya llevaron a los alzamientos originales.

«El proceso de guetización de los negros en Estados Unidos (…) se remonta a la formación inicial del gueto como institución de exclusión racial durante las primeras décadas del siglo XX.» (p. 66) Wacquant destaca que, curiosamente, sólo los negros han sufrido esa exclusión social en el país: el resto de blancos «no étnicos» (racializados, se los llamaría hoy) sí que vivían, al menos en un principio (a su llegada al país) en barrios étnicos (las famosas áreas naturales que estudió la Escuela de Chicago), pero ni eran tan étnicamente homogéneos como el gueto negro ni eran su lugar de residencia permanente, sino «etapas de aclimatación temporal y, en general, voluntarias en el camino hacia la integración en una sociedad blanca compuesta».

El gueto de la postguerra, sin embargo, era distinto al actual. Era «compacto, claramente delimitado y con todo un abanico de las clases sociales negras unidas entre ellas por una consciencia colectiva unitaria, una división social del trabajo prácticamente completa y unos instrumentos de movilización y de representación con un amplio arraigo social» (p. 60). En los 60, precisamente, los negros denominaban a su gueto con la palabra soul, «alma» (entre otras acepciones), pero era un término escogido por ellos mismos, «producida desde el interior por y para el consumo interno, servia de símbolo de solidaridad y de insignia de orgullo personal y colectivo». En cambio, la palabra que se usaba para referirse a los negros a finales del siglo XX era «underclass», la clase más baja, una palabra creada desde el exterior con el objetivo de desacreditar a sus miembros.

Un gueto se puede caracterizar, en tanto que tipo ideal, como una constelación socioespacial en la relegación forzada de una población estigmatizada –como los judíos en la Europa del Renacimiento y los afroamericanos en los Estados Unidos de la era fordista– en un territorio reservado, un territorio en cuyo seno dicha población desarrolla un conjunto de instituciones propias que actúan a la vez como un substituto funcional y como una cobertura protectora de la sociedad que los rodea. (p. 63)

El gueto no es, por lo tanto, un lugar de miseria, ni un lugar en el que haya pobreza; pueden existir guetos con dinero y, por supuesto, no todo lugar pobre es un gueto. En segundo lugar, el gueto es un lugar normal y corriente formado por personas normales y corrientes que tratan de llevar a cabo su vida; algo que, en su contexto determinado, es mucho más complejo que fuera de esa zona. Pero no forman una especia a parte ni actúan de modo esencialmente diverso, puntualiza Wacquant. Y, en tercer lugar, el gueto no sufre una «desorganización social» sino que tiene «una organización diferente que responde a la urgencia permanente que imponen la necesidad económica imperiosa, la inseguridad social generalizada, la hostilidad racial sin tregua y la estigmatización pública» (p. 65). El hipergueto, entonces, consiste en «un tipo particular de orden social asociado a una cesura racial rígida y organizado alrededor de una competencia intensa y de un conflicto por los escasos recursos que empapan un entorno donde pululas los depredadores sociales y que políticamente está constituido como inferior e inferiorizante».

¿Cuáles son las características del hipergueto? En primer lugar, calles y espacios públicos completamente deterioriados. Si en el gueto había una gran cantidad de población, pues los negros lo percibían como el único lugar en el que podían estar tranquilos (pese a que no dejaba de ser un lugar inferiorizante; que el gueto tuviese mejores características en tanto que estructura social que el hipergueto no lo hace un lugar ideal para vivir); si en el gueto había mucha población, el hipergueto está vacío porque en él sólo residen aquellas personas que no tienen otro remedio. Los servicios públicos son o inexistentes o mínimos; no suele haber presencia policial, bomberos, hospitales… y las pocas escuelas que hay sufren una desinversión constante y un personal que no quiere permanecer allí más de lo estrictamente necesario; ni eso, a ser posible, pues se percibe (y es) un entorno violento e inseguro. A estas características hay que sumarlos los movimientos migratorios:

«Este movimiento triple –la emigración de las familias afroamericanas que disponían de lugares de trabajo estables, posible gracias a la huida de los blancos hacia los barrios periféricos subvencionada por el gobierno federal; la acumulación de residencias sociales en las zonas negras ya degradadas; y la desproletarización de los habitantes que se habían quedado en el corazón del gueto– tuvo como consecuencia un aumento exponencial y endémico de la pobreza.» (p. 77)

Puesto que, a diferencia del gueto, el hipergueto no reproduce la estructura social externa ni permite una mejora de las condiciones, sus residentes recurren a la economía sumergida: pequeños trabajos temporales, chapuzas donde pueden, prostitución, tráfico de drogas.

Puesto que no existe una ley exterior viable en sus calles, y puesto que el tráfico de drogas es una de las pocas dedicaciones que pueden llegar a dar cierto dinero, las «demostraciones rutinarias de violencia» sin habituales en las calles, puesto que son el ingrediente necesario para demostrar que uno, o la organización a la que representa, es lo bastante dura como para ocupar ese espacio de venta. «En un universo vaciado de los recursos de base y con una alta densidad de depredadores sociales, la confianza no es recomendable, de manera que, para liberarse de la violencia, cada uno debe de estar dispuesto a ejercerla en cualquier momento.»

¿Cuáles son las causas del paso del gueto al hipergueto?

Las causas de la hiperguetización de la inner city se deben a una concatenación compleja y dinámica de factores económicos y políticos desplegados durante todo el periodo de la postguerra que rechaza la explicación simplista y debida al corto plazo que la leyenda de la «underclass» ofrece. El más evidente de estos factores –pero no necesariamente el más desgarrador– es la transición de la economía norteamericana de un sistema cerrado, muy integrado y centrado en la industria pesada, a un sistema abierto, descentralizado y basado en los servicios. Un segundo factor, a menudo descuidado en el debate nacional debido a lo intrínseco que se considera, es la persistencia de la segregación residencial rígida que castiga a los afroamericanos, y la acumulación deliberada de las residencias sociales en las zonas negras, que ya son las más desheredadas de las grandes ciudades, lo que equivale a instaurar un apartheid urbano de hecho. En tercer lugar, encontramos el brutal retroceso de un Estado del bienestar ya subdesarrollado que, ayudado por las crisis cíclicas de la economía nacional, ha hecho posible el continuo aumento de la miseria en el Cinturón Negro a partir de los años 70. El cuarto y último de los principales factores es el cambio de dirección de las políticas urbanas nacional y locales durante las dos décadas pasadas, un cambio que se tradujo en la «recesión planificada» de las instituciones y los servicios públicos en los barrios negros históricos. (p. 88)

Veamos ahora estos factores de forma algo más detallada.

El primero se refiere al cambio de modelo económico que hemos referido otras veces en el blog (Castells lo analizaba en La sociedad red y Harvey lo denominaba el paso a la acumulación flexible en La condición de la postmodernidad). La economía pasó de una industrial, fordista, con fuertes sindicatos y un contrato social estable entre las grandes empresas y la mano de obra a un nuevo régimen donde prima el capital, la deslocalización, trabajos flexibles en el sector servicios y una reorganización de los mercados y las escalas salariales.

Este cambio de estructura de los mercados de trabajo no es el resultado de tendencias tecnológicas ineludibles, sino el producto de las decisiones de las grandes empresas americanas para dar preferencia a las estrategias de beneficio a corto plazo que convierten a los asalariados en una variable de ajuste y que exigen una reducción continua de sus costes de funcionamiento. (p. 91)

Por ejemplo: Chicago perdió entre 1977 y 1981 dos tercios de los 203.700 lugares de trabajo industriales de que disponía debido a los cierres de empresas o la deslocalización. Estos lugares de trabajo, que no requerían gran formación, eran tradicionalmente los que ocupaban las capas más bajas (y, por lo tanto, con acceso a menor formación) de la sociedad, de entre los cuales un gran porcentaje eran negros. Por ello, fueron más duramente castigados que el resto de la población.

El cambio en los puestos de trabajo también supuso un duro golpe para ellos. El mercado de trabajo se polarizó, aumentando el nombre de directivos y ejecutivos que requerían una alta formación (difícil de conseguir para las personas con menos recursos), dejándoles únicamente la opción de trabajar en los servicios. Pero estos empleos también se flexibilizaron, exigiendo, por ejemplo, una buena red de transporte público para poder acceder a los distintos lugares a los que fuese menester acudir; algo que no abunda en las ciudades de Estados Unidos y menos aún en el gueto negro. «En Chicago, los negros son dos veces más susceptibles que los blancos de utilizar los transportes comunitarios porque el coste de adquisición y mantenimiento de un vehículo supera sus ingresos. Pero la red de trenes y autobuses municipales, infrafinanciada y subdesarrollada, está configurada de tal modo que aísla los barrios periféricos prósperos del gueto, lo que significa que, en términos prácticos, los lugares de trabajo situados en las zonas suburbanas no son accesibles con los transportes comunitarios desde las zonas con un porcentaje elevado de paro» (p. 93).

El siguiente factor es la segregación. «El año 1980, cerca de dos tercios de los 1,2 millones de negros de la ciudad [Chicago] vivían en barrios de más del 95% de negros.» (p. 97) El gueto negro sufrió primero la huida de los blancos, que fueron financiados por la FHA para adquirir sus casas en propiedad en las zonas residenciales que rodean la ciudad, y eso fue el origen del gueto; pero luego los propios negros de clase media abandonaron el gueto para residir en los barrios que hasta ahora habían ocupado esos blancos, y ése fue el origen del hipergueto, donde sólo quedaron los negros que no tenían más remedio que vivir ahí.

Vivir en el hipergueto no es «ni la expresión de una afinidad o de una elección étnicas» ni la segregación «se debe a las diferencias de clase», puesto que entonces la clase media negra se distribuiría «por circunscripción de censo en Chicago entre el 10y el 27%, en vez del 90%, que es la norma en sus barrios». Esto supone la existencia de una «dualización flexible del mercado de alojamiento sobre una base racial» (p. 99). En ello influyen tanto la pertenencia étnica de los agentes de la propiedad (ya sean de alquiler o de venta), los prejuicios en la financiación de los préstamos y «la obstrucción informal de los blancos durante la búsqueda de viviendas». Pese a que los blancos manifiestan no tener problemas en compartir barrio con los negros, en la práctica sólo se sienten cómodos en barrios con una pequeña presencia negra y están en contra de cualquier ley que impulse la mezcla étnica.

Kenneth Jackson, en su obra clásica Crabgrass Frontier. The Suburbanization of the United States, que analiza todo el proceso de la evolución de la vivienda en el país durante más de medio siglo, concluía:

… el resultado, si no la intención, del programa de alojamiento público en los Estados Unidos [ha sido] segregar las razas, concentrar a las personas desfavorecidas en la inner city y reforzar la imagen de la periferia [suburbia] como un lugar de refugio contra problemas como los conflictos raciales, la criminalidad y la miseria. (p 219, citado en la p. 100 de este libro)

Esto, por supuesto, nos retrotrae al red-lining del que hemos hablado a menudo (aquí). Los poderes públicos son los responsables de «la extraordinaria concentración social y espacial del subproletariado negro en el hipergueto de finales del siglo XX» por un doble motivo. En primer lugar, apoyando activamente la segregación racial rígida del mercado de alojamiento y perpetuando su existencia mediante sus políticas sociales; y en segundo lugar, por la producción insuficiente de viviendas, la mayoría de una «calidad execrable», implantadas deliberadamente en el corazón degradado de la inner city.

El tercer y cuarto motivo están ligados. A partir de la crisis de los años 70 se redujeron las partidas económicas destinadas a garantizar ciertas protecciones sociales; es decir, se adelgazó el Estado del bienestar. Las cantidades que se recibían por subsidios, por ejemplo, se volvieron más difíciles de conseguir, requerían mayores trabas burocráticas y, además, eran de menor cuantía.

Por otro lado, y este es el cuarto motivo, esas mismas ayudas fueron redistribuidas para que las repartiesen los poderes políticos locales, lo que se tradujo en que «se reasignaron en beneficio del sector inmobiliario privado». Se generó una política de «retroceso planificado», es decir: se seleccionaban barrios en los que se decidía no invertir, o invertir poco, para privilegiar los barrios donde vivían las clases medias, lo que supuso que las escuelas, hospitales, parques de bomberos y similares del gueto se iban precarizando o desaparecían. «Los niños del Cinturón Negro histórico están escolarizados en establecimientos donde el 100% de los alumnos proceden de minorías (negros y latinos) y más del 80% de las familias viven por debajo del umbral de pobreza» (p. 109). Los profesores que tienen allí son, lógicamente, los que no han podido acceder a mejores lugares de trabajo, a menudo están desmotivados, carecen de medios y su trabajo da pocos frutos. Lo mismo sucede con servicios como policía u hospitales: el índice de mortalidad infantil de los negros en el Estado de Illinois era de 21,4 por mil entre los negros y de 9,3 entre los blancos en 1985; y, en ciertos sectores del gueto, supera el 3%, es decir, comparable a países del Tercer Mundo como Ecuador o Mali (p. 112).

A todos estos factores se le añade lo que Alejandro Portes denominó el error más grave de la teorías de la marginalidad urbana: «transformar lo que eran condiciones sociológicas en rasgos psicológicos e imputar a las víctimas las propiedades deformadas de sus verdugos», es decir: echarles la culpa, atribuir a sus características, su personalidad, sus decisiones, algo que responde en gran medida a las condiciones en que habitan sin tener en cuenta la connivencia, cuando no directamente las acciones, del Estado. Lo veíamos hace nada en Chavs. La demonización de la clase obrera, que estudiaba en Reino Unido este fenómeno que se está volviendo global: atribuir a los defectos personales algo que es estructural.

El siguiente capítulo analiza la estructura social del hipergueto, centrándose en el tipo de vida que llevan sus habitantes. Sin embargo, es aquí donde se nota la estructura de artículos independientes enlazados que forma el libro, y muchas de sus causas y conclusiones ya las hemos reseñado.

Al perder su función económica de vivero de mano de obra industrial, el gueto también ha perdido su capacidad organizativa de englobar y proteger a sus habitantes –las iglesias y la presa, que formaban la carcasa simbólica de Bronzeville de mediados del siglo XX según Drake y Coyton (1945), se han desplomado en tanto que agentes de unificación y acción colectivas–. La vida cotidiana ya no está estructurada en un espacio social paralelo y relativamente autónomo que reproduce, aunque sea en un nivel inferior, la estructura institucional de la sociedad global y proporciona a sus habitantes los recursos necesarios para desplegar sus estrategias de reproducción o de movilidad social (aunque sea en el seno de una estructura de clases negras truncadas).

Wacquant concluye este apartado comentando que los Estados Unidos «son, sin duda, la primera sociedad de inseguridad avanzada de la historia». No sólo porque generen y permitan porcentajes de criminalidad mucho más elevados que las otras naciones postindustriales («la frecuencia de homicidios es 10 veces más elevada que en los países de la Unión Europea y el porcentaje de encarcelamientos, de seis a doce veces superior»), sino «porque ha erigido la inseguridad en la categoría de principio de organización de la vida colectiva y a modo de regulación de los intercambios socioeconómicos y de los comportamientos individuales» (p. 151).

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