Desarrollo desigual (II): escalas, crisis y la tierra plana

Seguimos con el análisis de Desarrollo desigual. Naturaleza, capital y la producción del espacio, de Neil Smith. En la primera entrada vimos el concepto de naturaleza y cómo era contradictorio y avanzaba hasta volverse ideología; y luego recordamos la concepción de la producción del espacio en Lefebvre.

El capital no llega a un mundo en blanco, sino que hereda unas concepciones tanto de la geografía como de la naturaleza. Sin embargo, recordando la frase de Marx: la «naturaleza que precedió a la historia humana […] no existe ya en nuestros días», puesto que ha sido modificada para obtener rédito de ella (incluso aquellas partes de las que no se extrae rédito directo caen bajo esta modificación, como, por ejemplo, la hegemonía del paisaje urbano modifica la concepción del paisaje rural). Lo mismo sucede con la geografía: a medida que el capital se va imponiendo, agrupa los patrones espaciales existentes en «una jerarquía de escalas espaciales cada vez más sistemática». Estas son la urbana, la del Estado nación y la global (aunque en posteriores epílogos a la obra, el propio Smith ampliará la lista).

La centralización del capital encuentra su más completa expresión geográfica en el desarrollo urbano. Por medio de la centralización del capital, el espacio urbano es capitalizado y transformado en un espacio absoluto de producción. Si bien la diferenciación geográfica fundada en la centralización del capital también acontece en otras escalas espaciales, en estas los resultados no son ni directa ni exclusivamente el producto de la centralización. En la escala urbana, sin embargo, es donde está implicada una combinación de fuerzas más compleja, y donde el patrón final surge con mayor «claridad» que en cualquier otro lugar. (p. 185)

«Con el desarrollo de la ciudad capitalista se produce una diferenciación sistemática entre el lugar de trabajo y el lugar de residencia, entre el espacio de la producción y el espacio de la reproducción-» (p. 185) Diferencia que, no lo olvidemos, tiende a disolverse en estas eras de psicopolítica: el teletrabajo, el llevarse el trabajo a casa, contestar un mail desde el teléfono o ampliar la formación fuera del trabajo; incluso convertir el domicilio en la empresa (youtubers, influencers que comparten su día a día).

Smith defendía, en 1984, que los límites de la producción determinaban los límites de la ciudad («los límites geográficos de los mercados de trabajo cotidianos expresan los límites de la integración espacial a escala urbana: donde los límites urbanos se han extendido demasiado, la fragmentación y el desequilibrio amenazan la universalización del trabajo abstracto; donde están muy restringidos en términos geográficos, la fuerza de trabajo urbana se encuentra limitada y surge la posibilidad de un estancamiento prematuro en el desarrollo de las fuerzas productivas»), algo que él mismo matizará en los epílogos pero que no ha dejado de tener importancia: gran cantidad de las nuevas formas urbanas que se han establecido a finales del siglo pasado y principios de éste (edge cities, ciudad difusa, ciudad multinodal y tantos otros) responden a las necesidades del capitalismo. No olvidemos que el propio espacio de las ciudades y las viviendas han entrado en el mercado y son ya un producto de consumo.

La siguiente escala es la global, aunque no entraremos en detalle hasta los epílogos. Y la tercera escala es la del Estado-nación.

El capitalismo hereda una estructura geográfica de ciudades-estado, ducados, reinos y otros espacios absolutos localizados y parecidos que están bajo el control de Estados precapitalistas y que el propio capital se encarga de transformar. Con el incremento en la escala de las fuerzas productivas y la internacionalización del capital, el Estado capitalista combina e incorpora algunos de estos Estados de menor tamaño dentro del Estado nación, cuya extensión geográfica tiene su límite inferior en la necesidad de controlar un mercado lo suficientemente grande (de trabajo y mercancías) como para alimentar la acumulación. En su límite superior, un Estado nación muy grande tiene dificultades para mantener el control político sobre su territorio. Sin importar cuánto influya en ella, la determinación real de los límites de la escala del Estado nación no se encuentra en la dialéctica de igualación y diferenciación, sino en la esfera de la política, es decir, en una serie de negociaciones históricas, de compromisos y guerras. Lo que queda determinado de forma precisa es un conjunto de jurisdicciones territoriales establecidas en el paisaje por medio de alambradas, puestos aduaneros, cercas y guardias fronterizos, que da por resultado una subdivisión del planeta en 160 o más espacios absolutos diferenciados.

En el mundo volátil y dinámico de la acumulación de capital, esta subdivisión política del planeta ha sido un arreglo destacable por su estabilidad para organizar la expansión y acumulación de capital. A pesar de cuán sustancial haya sido la reestructuración de los espacios nacionales tras ambas guerras mundiales y la descolonización del mundo subdesarrollado, la similitud del mapa mundial de 1980 con el de 1900 es mayor de lo que uno podría imaginar para un periodo de ocho décadas en la historia del capitalismo. Con toda claridad, la división de la clase trabajadora en unidades nacionales y el fomento de las ideologías nacionalistas fueron factores importantes para producir esta estabilidad. Siempre y cuando la economía mundial continuara creciendo y la acumulación a escala global se lograra por medio de mecanismos económicos de exportación de capital (en todas sus formas) y no por medio de la invasión colonial directa, no hubo necesidad de que el Estado como tal siguiera expandiéndose. De hecho, cuando llega la devaluación y la crisis, la división del mundo en Estados nación demuestra ser un mecanismo útil para desplazar los efectos más destructivos de la competencia del nivel económico de la empresa individual a la esfera política del Estado. (p. 192-3)

¿Por qué las escalas urbana y estatal son tan distintas, en el sentido de que la primera es tan fluida y la segunda, tan rígida? Por un lado, porque el control político directo sobre un territorio no es necesario para su explotación ni para que el capital siga obteniendo réditos. Por el otro, por la creación de ciertas instituciones internacionales (FMI, Banco Mundial, ONU) que cumplen algunas de las funciones de un Estado internacional. Y, por el otro, por la necesidad de un control político más directo de la clase obrera: «Es difícil imaginar que, después de la Primera Guerra Mundial, el capital británico pudiera haber controlado a los trabajadores alemanes desde Londres o que, después de la Segunda Guerra Mundial, los trabajadores europeos pudieran haber sido controlados desde Washington, DC» (p. 194)

Si tomamos prestada la imagen de Nigel Harris, el capital es como una plaga de langostas: se asienta en un lugar y lo devora todo para luego moverse y azotar otro. Más aún, en el proceso de recuperación del azote, la región madura y facilita el siguiente ataque de la plaga. Así, el desarrollo desigual es, en última instancia, la expresión geográfica de las contradicciones del capital, donde el anclaje geográfico del valor de uso y la fluidez del valor de cambio se traducen en las tendencias contradictorias de la diferenciación y la igualación. (p. 203)

En las conclusiones, Smith destaca el papel que juegan las crisis en la configuración del espacio. Durante las crisis «se delimitan nuevos patrones [geográficos] como parte de una reestructuración del espacio geográfico que no tiene precedentes» y «en los periodos de expansión esto equivale a rellenar los patrones más o menos establecidos de un momento histórico anterior». Además de poner el ejemplo de la Segunda Guerra Mundial, señala que su época (recordemos: el libro es de 1984) también es uno de estos momentos de crisis, refiriéndose a todos los cambios que se sucedieron tras las crisis económicas de 1973 y que supusieron el fin del fordismo y del estado del bienestar y la contraofensiva del capital por medio de la devaluación de las rentas del trabajo y la globalización.

El primer epílogo data de 1990 y recorre algunos cambios en la concepción del espacio. «En su obra Postmodern Geographies, Ed Soja realiza la crónica y analiza de forma incisiva el redescubrimiento del espacio en el trabajo de Foucault, Poulantzas, Sartre, Althusser, Giddens y Habermas, por nombrar solo algunos.» Durante todo el siglo XX han ido, por un lado, «el arraigado historicismo de la teoría social» y, por el otro, «el aislamiento introspectivo que domina la mayor parte de la geografía del siglo XX» hasta que, en sus últimas décadas, ambos tienden puentes para tratar de encontrarse.

El planteamiento de Frederic Jameson es tal vez el más notable, entre los realizados de forma externa al discurso geográfico, que ha tratado de devolver centralidad al espacio. En 1984, Jameson argumentó que «un modelo de cultura política apropiado para nuestra situación tendría que preguntarse por necesidad acerca de las cuestiones espaciales, en tanto son estas su preocupación constitutiva central». Si damos crédito a la improbable fuente de Kevin Lynch, Jameson defiende la sugerencia de que «una estética de la cartografía cognitiva» es el enfoque apropiado para esta política cultural. Desde el discurso geográfico, el trabajo de David Harvey ha sido, sin duda, el de mayor influencia desde los años ochenta por sus esfuerzos para establecer un «materialismo histórico geográfico». Si hay una «nueva espacialidad implícita en lo posmoderno», como sugiere Jameson, esta podría explicar el amplio entusiasmo generado por La condición de la postmodernidad de Harvey. En esta obra trata de conectar el léxico cultural que caracteriza al posmodernismo con el sentido de los cambios políticos, económicos y sociales que acompañan la reconfiguración del capitalismo tardío. Aquí los paralelismos entre Jameson y Harvey, a propósito de la reafirmación del espacio, son innegables, aunque se aproximan a ella desde diferentes puntos. (p. 220)

Recordemos que Jameson acababa El posmodernismo o la lógica cultural del capitalismo avanzado con una invitación a trazar nuevos mapas cognitivos e incluso a trazar una ruptura con «el espacio mundial del capital multinacional» para dejar de ser «neutralizados por nuestra doble confusión espacial y social».

Además, vuelve a La producción del espacio de Lefebvre para loar el modo en que el francés distinguió los tres tipos de espacios: el real o social, el ideal o mental y el espacio metafórico.

Hay en la obra de Lefebvre un planteamiento acerca de que el espacio contemporáneo del capitalismo es una metáfora. Y si tomamos prestada la frase con la que Habermas describió al modernismo, diríamos que para Lefebvre el espacio se volvió «dominante y a la vez quedó muerto» con el advenimiento del capitalismo del siglo XX. En este caso, la muerte del espacio es provocada por la representación abstracta que de él produce el capitalismo. El mundo de la producción y del intercambio de mercancías, la lógica y las estrategias de comunicación, el régimen opresivo del Estado, la expansión de las redes de transporte y comunicación, todo ello ha producido un espacio abstracto que, simultáneamente, se desconecta de los paisajes de la vida cotidiana y aplasta las diferencias existentes. Es así que el espacio es «llevado a la ruina». «El Estado aplasta al tiempo al reducir las diferencias a repeticiones y circularidades […] El espacio regresa en su forma hegeliana», como un espacio que de hecho está muerto porque es una imposición conceptual del Estado, que es la razón por la que es también dominante. Esta dominación tiene un doble sentido porque el espacio es productor y reproductor primario de las relaciones sociales y, a la vez, fuente de una violencia opresora: una faceta de «la producción del espacio abstracto» es «la metaforización general que, al ser aplicada a las esferas histórica y acumulativa, las transfiere a ese espacio donde la violencia está investida de racionalidad y donde una racionalidad de la unificación es usada para justificar la violencia». (p. 224)

Smith lo ejemplifica con la gentrificación en Nueva York y cómo las autoridades tratan de dar significado al espacio. El ayuntamiento, en el momento en que considera algunos espacios estigmatizados (paso previo a la gentrificación), «los da por perdidos» y organiza una redada policial para reconquistarlos; o, como traduce Smith: «devolverlo al espacio abstracto controlado por el Estado, en términos de Lefebvre». Los manifestantes coreaban la consigna: «¿De quién es el parque? ¡Nuestro!».

Lo importante de este ejemplo está en destacar el papel de la escala de la lucha por el control del espacio. Esta empezó como una lucha por el parque, pero su escala se expandió geográficamente hasta llegar a comprender a todo el barrio como parte de la expansión política de la lucha, incluyendo a diferentes grupos y tipos de organizaciones y lugares. Esto sugiere que la política espacial no solo pone en práctica la metáfora de que los acontecimientos «toman lugar», también revela que la verdadera contienda se refiere al lugar del poder para determinar la escala de lucha: quién define el lugar a ser tomado (el fragmento o fragmentos de Lefebvre) y sus fronteras. Esto también sugiere que las luchas exitosas en contra del espacio abstracto avanzan «saltando escalas». Al organizar los espacios fractales al nivel de una escala en un lugar consistente y conectado, las luchas pueden moverse hacia la siguiente escala en la jerarquía. De ahí la importancia de entender la producción del espacio como la producción de una jerarquía de escalas anidadas dentro de la escala global, y de entender cómo se construyen estas jerarquías. (p. 230)

El segundo epílogo data de finales de 2007.

En los últimos 25 años, desde que se escribió Desarrollo desigual, el capitalismo y su geografía han cambiado de manera notable. La globalización, la informatización de la vida cotidiana, la implosión del Estado socialista en la Unión Soviética y Europa del Este, la reafirmación de la religión en la política mundial, la revolución industrial sin precedentes en el este de Asia y la concomitante capitalización de China, los movimientos antiglobalización y por la justicia social mundial, el calentamiento global, la generalización de la gentrificación como política urbana mundial, el ascenso de la biotecnología, el Estado neoliberal, la guerra por la hegemonía global dirigida por Estados Unidos bajo el disfraz de la guerra contra el terrorismo: estos y muchos otros procesos han alterado de forma profunda la faz del capitalismo del siglo XXI. La que fuera la estable división de posguerra entre el Primer, el Segundo y el Tercer Mundo, que ya era sospechosa en la década de 1980, carece en nuestros días de cualquier coherencia y nos resulta curiosa y tan propia de los años setenta. Asimismo, resulta sospechosa cualquier distinción precisa entre lo rural y lo urbano en un mundo que está urbanizado en un 50 %, de la misma manera que cualquier división entre la ciudad central y el suburbio en la era de los centros gentrificados y las periferias corporativas de vanguardia. Frente a esto, la desigualdad del desarrollo capitalista nos parece más fragmentada que nunca en sus múltiples frentes. (p. 237)

Smith se siente tentado de incluir en esta lista el 11S, pero lo rechaza porque lo esencial no fue tanto el acontecimiento como las reacciones a él, usadas por Estados Unidos «para consolidar la hegemonía global -tan deseada, esporádica y, en última instancia, quimérica- de la clase dominante asentada en Estados Unidos». El desarrollo desigual, como demuestra con los muchos ejemplos que propone, no ha hecho más que expandirse y convertirse en el rostro del capitalismo; un capitalismo desbocado que se da por sentado, que se concibe como algo natural, a lo que es impensable ponerle trabas.

Finalmente Smith habla de The World is Flat, novela del autor Thomas Friedman donde explica la revelación que sintió al estar jugando a golf en el Silicon Valley» de la India, rodeado por los mismos rascacielos, personas y empresas que podrían rodearlo en Nueva York. «Cariño», le dijo a su esposa, «el mundo es plano». En efecto, el embate neoliberal de la economía estadounidense ha homogeneizado el planeta hasta el punto de suponer «el fin de la geografía».

Pero esta concepción es falsa, claro. Cuando llegó la crisis económica de finales del siglo XX… ¿qué nombre recibió? La crisis asiática; ah, las fronteras habían vuelto. La geografía sólo ha muerto para una clase pudiente que dispone de gran cantidad de lugares en el mundo fabricados a imagen y semejanza de aquellos que consideran suyos. Enormes rascacielos, oficinas a las que se accede en coche privado con chófer, aeropuertos cerca de esos espacios para que no tengan que perder tiempo en desplazamientos, clubes de golf y de campo, hoteles de lujo y restaurantes de estrella Michelin pueblan el planeta.

El Marx del que Friedman se olvida es el Marx de la teoría de la crisis, la división del trabajo, la clase social, la muerte por pobreza, así como el Marx de la crítica contundente a las fantasías de autorrealización capitalistas, que suponen que competencia, propiedad privada y avaricia de clase políticamente sancionadas y orquestadas nos llevarán a todos, de alguna manera, hacia un mundo mejor. Friedman ignora por completo al Marx que señaló que las fuerzas de diferenciación están profundamente arraigadas y son fundamentales para el funcionamiento y la supervivencia del capitalismo. Esta postura puede deberse a que Friedman es un determinista tecnológico confeso, cuya creencia le hace pensar que la tecnología puede abatir todas las enfermedades sociales y que la clase es un «actitud mental» —una actitud que puede seducir y hacer parecer que el mundo es plano cuando uno tiene la posibilidad de pagarse un billete y volar a voluntad a ocho mil metros de altura de manera confortable en los asientos de primera clase—. No obstante, para quienes están abajo, ya sea en el altiplano de Zimbabue o en el delta de Bangladesh, el precio de ese pasaje supera con mucho su ingreso anual, y el estilo de vida neoyorquino de rentas mensuales de 7.000 dólares por apartamentos multimillonarios —incluso de una sola habitación—, tiene la apariencia de una montaña imposible de escalar. Para ellos, Nueva York solo puede ser visto en la distancia.

En un breve intermedio, Friedman reconoce que el mundo no es del todo plano, pero insiste en que las fuerzas aplanadoras van a predominar. Y puesto que él lucha por mitigar la pobreza, apoya a la Fundación Bill y Melinda Gates, cuyo caritativo lema es: «Colaboraremos horizontalmente». Esta eliminación de la verticalidad del poder es conveniente e interesada, dada la capacidad del capital financiero de Microsoft, de tal modo que el respaldo otorgado por Friedman a la ontología plana que define la visión de Gates, solo termina por suavizar con efectividad la desigualdad global. En la práctica, el desarrollo geográfico desigual es el producto de la dialéctica entre las tendencias contradictorias de la igualación y la diferenciación. (p. 250-1)

Se nos ha dicho de manera insistente que el globalismo neoliberal ha cambiado el mundo, pero si algo ha reafirmado una y otra vez son los fundamentos del capitalismo liberal; y esto lo ha logrado sin necesidad de eliminar al Estado y su regulación. Aunque muchos Estados se han desentendido de la responsabilidad asociada a la reproducción social de sus poblaciones, es cierto también que los aparatos del Estado se han convertido de manera selectiva en entidades empresariales, lo que quiere decir que se han convertido en catalizadores de una expansión capitalista sin precedente.

(…) En la década de 1970, la escala de acumulación de capital en las economías más ricas del mundo había superado la habilidad de los Estados nación para regular la actividad económica interna. La actividad económica se desbordó cada vez más sobre y a través de las fronteras nacionales, exigiendo una desregulación nacional, al tiempo que una regulación internacional. En la década de 1980, la mayor parte de las transacciones económicas a través de las fronteras fueron intraempresariales, es decir, se realizaron dentro de las propias corporaciones. En este contexto, la idea misma de la existencia de distintas economías nacionales se volvió cada vez más inapropiada. La posibilidad de un capitalismo globalmente integrado había sido planteada con anterioridad. De hecho, la propuesta de una «Doctrina Monroe global», elaborada por Woodrow Wilson después de la Primera Guerra Mundial, esbozó una versión viable de la ambición estadounidense global (que no continental). Esta primera idea fue derrotada por la resistencia interna, la oposición externa y por un nacionalismo reaccionario endógeno. Un segundo intento se produjo, tras el final de la Segunda Guerra Mundial, con la fundación de la Organización de las Naciones Unidas y, en especial, del Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y el Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (más tarde llamado Organización Mundial de Comercio). Este intento se frustró por la Guerra Fría, a la vez que se recurría a un nacionalismo regresivo y autodestructivo. Durante mucho tiempo inactivas, estas instituciones surgidas de la Segunda Guerra Mundial volvieron a la vida después de los años setenta, justo al avecinarse el tercer intento de la ambición global estadounidense. Esta nueva jugada en pro del poder global —reinventada como neoliberalismo y como solución a las crisis de los años setenta, que fueron descritas en la primera edición de este libro— recibió un impulso significativo desde el final de la Guerra Fría, pero de ninguna manera coincidió con un proyecto de americanización. En realidad, se trataba de un proyecto de clase que unía por interés común —incluso cuando peleaban acerca de cómo competir entre sí— a diversos grupos dominantes localizados alrededor del mundo, desde Washington hasta Pretoria y desde Shanghái hasta Ciudad de México. Del mismo modo, el neoliberalismo vinculó de forma creciente a los trabajadores textiles de Dacca, Bangladesh, con los de Nueva York, y a los recolectores de plátano en el Caribe con los sindicatos europeos. Desde la década de 1980, las victorias del movimiento de los trabajadores han sido sobrepasadas con mucho por las derrotas. La norma es ahora la organización internacional y no la nacional. Junto con el intermitente movimiento antiguerra y los distintos frentes del movimiento global por la justicia social, los trabajadores han logrado al menos hacer del neoliberalismo y la globalización los objetivos de una aguda atención crítica, de una nueva ola de protesta y de oposición política.

El desarrollo desigual en la escala global ha estado asociado a una descomunal desigualdad social y geográfica dentro de las economías nacionales, lo que resulta visible no solo en economías ascendentes como la china o la india, también en el corazón del capitalismo del siglo XXI, en Estados Unidos, la desigualdad económica se ha profundizado. Esta nación siempre se ha caracterizado por una enorme desigualdad social, y aunque en el cuarto de siglo posterior a la Segunda Guerra Mundial esta permaneció estable e incluso disminuyó en ocasiones, hacia principios de los años setenta, la desigualdad socioeconómica se intensificó rápidamente. En concreto, mientras en las últimas cuatro décadas los salarios de los trabajadores han permanecido fijos o han disminuido, los ingresos del 1 % más rico se han triplicado.

(…) En la escala urbana, la gentrificación, que a principios de los años ochenta era todavía un fenómeno emergente, se ha convertido en una estrategia urbana global. La espectacular inversión en los centros urbanos ya no es una experiencia exclusiva de Londres, Sidney, Nueva York o Amsterdam, sino de muchas otras ciudades alrededor del mundo. La gentrificación ha florecido de manera horizontal y vertical, afectando a ciudades en todos los continentes (excepto, presumiblemente, la Antártida), alcanzando también a las ciudades que se encuentran en lo más bajo de la jerarquía urbana. La gentrificación ha pasado de ser un acontecimiento aislado de mercados de vivienda selectos a un elemento dominante de las políticas de planeación urbana. Cuando se combina con la suburbanización global de las ciudades, hace parecer profético el pronóstico de Henri Lefebvre, quien en 1970 planteó que la urbanización reemplazaría a la industrialización como motor del cambio social. Así, la construcción de la ciudad se ha convertido en una fuerza geográfica motora de la acumulación de capital, es decir, en una fuente de producción de abundantes plusvalías. El gobierno financiero y las funciones de control de la economía global podrán estar todavía concentradas en Nueva York, Tokio y Londres, pero las nuevas ciudades globales de Asia, de América Latina y, cada vez más, de África, son los nuevos talleres del capital global. El urbanismo global es un proceso bastante contradictorio —que viene alimentado de manera centralizada por la migración campo-ciudad que contribuye a sostener la industrialización—; de acuerdo con la Organización de las Naciones Unidas, en 2006 la población urbana mundial excedió por primera vez el 50 % del total de la población mundial. Por su parte, la gentrificación centraliza la ciudad, la suburbanización la descentraliza y la migración campo-ciudad conduce a la recentralización de la metrópolis. Y cada uno de estos procesos demanda un análisis escalar del desarrollo urbano desigual en un mundo globalizado. (p. 255-258)

Acabamos con las palabras de Donna Haraway, «una de nuestras más creativas pensadoras, ante un público atónito: «Si tuviera que ser honesta conmigo misma, he perdido la habilidad de pensar cómo sería un mundo más allá del capitalismo».

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