La metamorfosis de la ciudad industrial: los casos de Glasgow y Bilbao

En la primera entrada de La metamorfosis de la ciudad industrial. Glasgow y Bilbao: dos ciudades con un mismo recorrido, de la socióloga María Victoria Gómez García, analizamos el marco teórico que nos permitiría entender la evolución de estas dos ciudades desde nodos industriales hasta ciudades regidas por consistorios con estructura e intenciones empresariales y situadas en los flujos globales para atraer turismo y capital. Glasgow, primero, y Bilbao, después, siguieron un mismo itinerario que estudiamos ahora con más detalle.

[Glasgow] se especializó primero en industria textil y a continuación en fabricación de barcos e industria pesada. Glasgow y toda el área colindante se transformaron en un centro industrial (Lever and Mather, 1986), que a su vez constituyó un punto de atracción de miles de inmigrantes que llegaron desde toda Escocia y también de Irlanda (Young, 1922). (p. 47)

El crecimiento demográfico de la ciudad se disparó, alcanzando los 750.000 habitantes en el siglo XIX, aunque la cifra se cuadruplicó entre 1841 y 1914. Tal aumento de población trajo consigo los problemas derivados: hacinamiento, carencia de servicios públicos, barrios degradados… hasta el extremo de que, en 1950, «se había convertido en una de las peores concentraciones de vivienda marginal de Europa». En cuanto a la industria, sin embargo, la ciudad iba viento en popa: se instaló allí, por ejemplo, la mayor fábrica más grande máquinas de coser del mundo, por parte de la americana Singer, pero era en la fabricación de barcos por lo que se conocía a la ciudad. El valle del Clyde dio lugar al nombre de «Clyde», una referencia en la ingeniería y en los astilleros. A principios de la Primera Guerra Mundial, allí se fabricaba un tercio de la producción británica y un quinto de la mundial.

Sin embargo, esa prosperidad se perdió tras la Primera Guerra Mundial, al decaer la confluencia de circunstancias que había convertido a Glasgow en un referente. La crisis estalló en los años 20, pero la Segunda Guerra Mundial avivó de nuevo el pleno empleo y enmascaró la situación.

Cuando la crisis se hizo patente, la serie de cierres de fábricas que produjo afectó gravemente a los astilleros Upper Clyde y tuvo un efecto en toda la industria pesada a ella asociada, pero aún se aceleró y adquirió más intensidad después de 1968 (Gibb, 1983). Casi tres cuartas partes de los trabajadores industriales del área del Clyde trabajaban en aquel momento para 100 empresas (Checkland, 1976). El impacto de la crisis hizo que Glasgow y Cydeside se convirtieran en sinónimos de militancia sindical y defensiva (Boyle, 1990; Checkland, 1976).

La respuesta por parte de las autoridades fue compleja e implica las divisiones en diversas escalas políticas, tema en el que no entraremos. Como resumen, sin embargo, «para paliar la crisis derivada de la desindustrialización e intentar modificar la naturaleza de la economía escocesa, el elemento clave de la estrategia económica de la Scottish Office fue la promoción activa de inversión extranjera» (p. 68).

Parte de esa inversión consistió en el crecimiento de las new towns alrededor de Glasgow. Creadas durante los años 40 y 50 del siglo pasado, cuando se veía el hacinamiento en Glasgow como algo insoluble, se convirtieron en nuevos espacios para clases medias separados de la ciudad por un cinturón verde. Durante la crisis, y debido a la «mala imagen» de Glasgow y a su percepción como ciudad industrial compleja y algo anquilosada, las new towns recibieron inversiones en forma de partenariados público-privados y más adelante se volvieron los receptores de las ayudas del Estado.

En cuanto a Glasgow, su industria se percibía como algo que ya había pasado, por lo que era necesario buscar otra fuente de ingresos. En 1985 se encargó un informe a una consultoría privada, McKinsey and Company, que analizaba la ciudad con las variables empresariales DAFO y que, básicamente, vino a decir que la ciudad podía convertirse en un nodo de atracción de turistas e inversiones si realizaba algunos cambios, sobre todo, en el centro de la ciudad. «Su principal conclusión era que Glasgow debía planificar su futuro postindustrial y utilizar el marketing publicitario como herramienta política a través de la cual conseguir inversión» y aconsejaba crear un grupo de trabajo formado por «personajes relevantes de la ciudad y liderado por la élite del sector privado». Dicho grupo fue Glasgow Action, creado en 1985 para acometer los cambios planteados por el informe.

Tampoco es ninguna sorpresa lo que dictaba dicho informe. Baltimore era el gran ejemplo del cambio urbano que todas las ciudades querían seguir, con la reconstrucción de su Inner Harbour por parte del promotor Rouse (lo que dio lugar a la «rousificación» de la que hablaba Peter Hall en Ciudades del mañana). El «cambio» consistía en derruir los espacios industriales obsoletos que quedaban en la ciudad y reconvertirlos en espacios de ocio y consumo para las clases medias. Eso sí, el cambio lo llevaban a cabo empresas privadas pero los costes estaban financiados por capital público, como vimos en la crítica de Harvey a la transformación de Baltimore.

La primera medida de márqueting urbano fue anterior al informe: la campaña Glasgow’s Miles Better, de 1983, un juego de palabras entre Glasgow is Miles Better («Glasgow es mucho mejor») y Glasgow Smiles Better («Glasgow sonríe mejor»). Al mismo tiempo, se le hizo un lavado de cara a la ciudad: se instalaron más luces, se sanearon algunas fachadas viejas, se abrieron centros comerciales, se creó un festival de arte anual… A mediados de los 80, y ya con la iniciativa en marcha, se abrieron nuevos museos y festivales y todo ello eclosionó con la nominación, en el año 1990, de Ciudad Europea de la Cultura. Glasgow ya estaba situada en el mapa.

La ideología tras estos procesos era que Glasgow se estaba convirtiendo en «una ciudad vibrante» y que ello atraería hordas de turistas; y que ambas cosas, a la vez, sólo podían repercutir en prosperidad para todos. Paradójicamente, Gómez García señala cómo «las mismas ideas se repiten en las mismas ciudades aun siendo presentadas como supuestamente modernas e innovadoras», en lo que Philo y Kearns (1993) llaman igualdad repetitiva (sameness), algo que ya vimos en la crítica de Harvey a la homogeneización de las ciudades o en las consecuencias de la gentrificación (y los pisos de Airbnb): tratando de diferenciarse, acaban cayendo todas en una especie de estética similar, aséptica e indiferenciada.

Es innegable que el centro de Glasgow mejoró: surgieron nuevos edificios, se limpió la ciudad, se desarrollaron proyectos municipales y se modificaron barrios marginales. Glasgow se convirtió en el tercer destino turístico de Reino Unido, posición que ha mantenido, y también en un centro comercial. Sin embargo, estas medidas no se llevaron a cabo para el bien de los ciudadanos, sino por motivos empresariales y de obtención de capital. También brotaron por la ciudad gran cantidad de oficinas que no llegaron a ocuparse, así como suelo abandonado a la espera del mejor proyecto inmobiliario.

En un primer momento, el auge del sector servicios sí que generó empleo en la ciudad. Sin embargo, el paso del tiempo (las políticas neoliberales implantadas por los gobiernos de Margaret Thatcher no ayudaron, siempre más enfocadas a premiar a los empresarios que a ayudar a los trabajadores) reveló dos hechos: que el impacto del empleo del sector servicios había sido sobreestimado y «la poca importancia que se le dio al hecho de que la industria se fuera de la ciudad» (p. 96). Surgieron críticas a la «falta de dirección estratégica municipal» (puesto que, al fin y al cabo, se habían limitado a implantar las políticas urbanas del momento, surgidas de Boston y Baltimore) y se hizo evidente la poca estabilidad del empleo del sector servicios y la necesidad de desarrollar una «economía equilibrada».

Otra de las paradojas que señala Gómez es el «doble rasero» de las políticas e ideología neoliberal: la Scottish Ofice, por ejemplo, insistió durante años en la necesidad de que el mercado operase de forma libre en Glasgow a la vez que solicitaba intervenciones políticas en forma de reducción de impuestos a las empresas que se instalaban en las new towns o en las zonas de negocios (enterprise zones). Los últimos estudios (recordemos: el libro es de 2007) señalan la existencia en Glasgow de grandes bolsas de segregación que sigue creciendo y una tasa de paro más elevada que en otras ciudades de características similares del Reino Unido.

En las conclusiones, Gómez destaca las políticas empresariales y de márqueting (por darles un nombre) consiguieron cambiar la imagen de Glasgow y convertir la ciudad en un destino turístico; pero «no posibilitó una revitalización de la ciudad en su conjunto, y lo que aún es más importante, no mejoró los gravísimos problemas de paro que Glasgow venía padeciendo». De hecho, se sigue discutiendo si las políticas empresariales llegaron incluso a reforzar, en vez de mitigar, el declive de la ciudad. Por otro lado, surgen nuevos temas, como los problemas que suponen el mantenimiento de los festivales culturales, la organización de eventos, los museos y exposiciones artísticas abiertas… y se pone de manifiesto una cierta carencia de previsión y una búsqueda apresurada del efecto a corto plazo, sin tener en cuenta los efectos a medio y largo plazo sobre la ciudad.

En términos generales, al igual que sucedió en Glasgow, la crisis fordista hundió la economía bilbaína. Además de un número enorme de trabajadores en paro, la desindustrialización dejó tras de sí un panorama de desolación, ruina y abandono y una depresión generalizada. Para superar esa situación, se puso en marcha una nueva estrategia orientada al intento de crear una nueva economía de servicios, basada en la promoción inmobiliaria, la construcción de imagen y la utilización de la cultura como herramienta económica en sentido amplio. (p. 111)

El caso de Bilbao es similar a Glasgow pero posterior en el tiempo. El auge industrial de la zona se debió, precisamente, a la constante necesidad por parte de Inglaterra de hierro. «El Gobierno británico primó los enclaves en los que las minas de hierro se hallaban próximas a las áreas portuarios», descartando, por ejemplo, Suecia (país geográficamente más cercano) y primando el norte de España, con sus puertos como Bilbao, Santander, Castro-Urdiales o San Sebastián. A partir de 1879 los barcos británicos no llegaban vacíos, sino que traían coque galés, lo que permitió que la zona de Bilbao se convirtiese en un gran productor de acero.

La prosperidad cambió la zona. Se crearon más líneas de ferrocarril que en ningún otro lugar de España, así como numerosas infraestructuras, y surgió una «nueva burguesía formada por unas pocas familias vascas» que acabarían convirtiéndose en el núcleo de «uno de los sectores financieros más importantes de España» (p. 116). También hubo efectos negativos, claro: la mano de obra necesaria no se podía cubrir sólo con la población autóctona, por lo que se dieron corrientes migratorias. El aumento de la población supuso hacinamiento, masificación y problemas de salubridad, algo que fue empeorando con la llegada del siglo XX.

Mientras tanto, y con la excepción de otra región del país, Cataluña, España seguía siendo un país agrícola. Tras la Primera Guerra Mundial, las exportaciones de acero del País Vasco descendieron. La Guerra Civil (1936-39) y la posterior dictadura, con una primera etapa de autarquía, dejaron al país sumido en un aislamiento que pronto se hizo evidente que no funcionaba. A partir de los años 50, las pocas zonas industriales de España (los ya mentados País Vasco y Cataluña, y la capital, Madrid) funcionaron como locomotoras que atrajeron inversiones (y flujos migratorios del resto del país). Tal vez debido al progreso que se estaba viviendo, la crisis de los años 70 llegó más tarde a España que al resto de Europa; pero, a diferencia de los otros países, en España no se tomaron medidas concretas para paliar el colapso del fordismo y, cuando la crisis finalmente llegó, fue devastadora, especialmente en las zonas con mayor tradición industrial, con el País Vasco a la cabeza.

El sector de la industria pesada se vino abajo: la producción de acero, hierro, la construcción de barcos y todos los subsectores asociados se vieron seriamente dañados. Consecuentemente, el empleo industrial sufrió un impacto irreversible creando un auténtico caos en el País Vasco por la estructura piramidal de su mercado laboral, en cuyo vértice se hallaba precisamente la industria de cabecera. Todo ello, además, sucedió en un espacio de tiempo muy breve. Entre 1979 y 1985, se perdió el 24% de todo el empleo industrial de la región vasca… (p. 123).

La debacle no fue sólo económica: enormes espacios industriales abandonados generalizaban la sensación de colapso, de fracaso, de imposibilidad de volver a levantar la sociedad. Además, al tratarse de industrias tan grandes, había surgido una fuerte corriente sindical, algo que, en el nuevo contexto empresarial de mediados de los 80, se percibía como negativo para recibir inversiones extranjeras.

En esa situación, y al igual que en Glasgow, el Gobierno vasco contrató a una consultora norteamericana para llevar a cabo un análisis de la ciudad. Se recurrió, claro, al análisis DAFO (debilidades, amenazas, fortalezas y oportunidades, surgido del entorno empresarial). El Plan Estratégico surgido proponía, como en contextos similares en la época, adaptar el entorno al nuevo ecosistema económico; una de las ciudades escogida como modelo fue, otra vez, Baltimore.

Lo sucedido en Bilbao refleja, desde este punto de vista, ese intento generalizado de conversión de las ciudades en sede de empresas internacionales bajo el discurso, tantas veces repetido, que pone énfasis en la atracción de alta tecnología, ciencia y servicios financieros a partir de la transformación del espacio urbano. Es esa transformación la que hace de la ciudad un espacio idóneo para albergar esa mezcla de actividad que se supone que ha de proporcionar la base para el futuro de las viejas áreas industriales (Healey, 1990). (p. 142)

Se escogieron nombres importantes para levantar los nuevos proyectos, como el de Norman Foster o Santiago Calatrava; pero la joya de la corona fue el Museo Guggenheim. Se proyectó construirlo en una zona hasta ese momento bastante desangelada, Abandoibarra; y, pese a que luego se proyectó como un modelo de éxito, pensado para proyectar la ciudad hacia el futuro y permitirle alcanzar nuevas inversiones, la construcción del Guggenheim fue un poco una suma de coincidencias.

En esta historia, Gómez García sigue el libro Crónica de una seducción, de Joseba Zulaika (1997). Antes de entra en él, sin embargo, destaca cómo la toma de decisiones que acabó con la construcción del museo no fue un ejemplo de decisiones democráticas, sino una imposición tecnócrata decidida por unos pocos basándose en la ideología empresarial que hemos ido comentando. Dichos procesos (cuyo epítome serían los PPP) son cada vez más habituales en las ciudades y, con la excusa de «mejorar» algo (mejorar la seguridad, las calles, la visibilidad, pacificar, hasta esponjar o higienizar) llevan a cabo medidas encaminadas a convertir la ciudad en expositores para flujos, ya sea de turistas o inversores, en detrimento, la mayoría de las veces, o bien de la calidad de vida de los vecinos o bien de una determinada clase social, que acaba siendo, o sintiéndose, o ambas, expulsada.

Volvemos al Guggenheim. Según Zulaika, no es tanto que Bilbao buscase el museo como que el museo buscó la ciudad. En concreto, los problemas del Museo Guggenheim en Nueva York llevaron a Thomas Krens, el director de la Fundación, a plantearse un nuevo modelo de negocio: las franquicias, algo que en Estados Unidos le valió el sobrenombre, jocoso, de «McGuggenheim», en referencia a la cadena de comida rápida. Krens recorrió diversas ciudades del planeta (Tokio, Boston, Venecia, Salzburgo), donde fue rechazado, incluso otras de España (Madrid, Sevilla, Santander, Salamanca), donde corrió la misma suerte.

Las condiciones draconianas que imponía no ayudaban. El contrato, firmado por un mínimo de 75 años, requería una enorme inversión del Gobierno Vasco, así como el mantenimiento de las instalaciones y el sueldo del personal. Además, la Fundación controlaba qué exposiciones se llevaban a cabo en el museo y se llevaba la mitad de todas las ventas directas. La Fundación era quien decidía, incluso, el emplazamiento del museo. De hecho, la ciudad de Bilbao tenía previsto rehabilitar algún edificio histórico (que abundaban, dada la debacle industrial de la zona) pero Krens (que, a priori, había considerado la ciudad de Bilbao como «demasiado periférica») escogió Abandoibarra.

La mayoría de intelectuales de la época fueron críticos con el proyecto. Sin embargo, a día de hoy, es imposible negar su éxito, no sólo como instalación independiente (es uno de los museos más visitados del país) sino como revulsivo de la zona y del total de la ciudad. Ojo: se ha convertido, también, en sinónimo de un proceso, el «efecto Guggenheim«, donde las ciudades buscan un símbolo (a menudo, un edificio diseñado por un arquitecto estrella) como la excusa para revitalizar una zona y atraer capital e inversiones. A menudo, dicho efecto va asociado a estrechas relaciones con el capital privado y a la expulsión de los habitantes originales de la zona, de clases más bajas que los recién llegados.

La última parte del capítulo sobre Bilbao lo dedica Gómez García a mostrar las disparidades entre las distintas autoridades respecto a un mismo tema. España es, en ese sentido, un país complejo con distintos niveles de gobierno (el central, comunidades autónomas, diputaciones, provincias, ayuntamientos) y eso se puso de manifiesto con proyectos que, por ejemplo, iban a intervenir a la vez en la misma zona pero ni siquiera se tenían en cuenta los unos a los otros, con el consiguiente despilfarro de recursos y, sobre todo, la incapacidad de alcanzar puntos de acuerdo y propuestas mayoritarias que beneficiarían a conjuntos más amplios de la población.

Al final del recorrido, tal vez la idea que cobra más fuerza respecto a la investigación de las estrategias de regeneración en Glasgow y Bilbao es el alcance y el impacto de los discursos emprendedores y la facilidad con la que se aceptan. Volviendo al comienzo, el análisis comparativo de estas estrategias de regeneración en ambas ciudades ilustra la fragilidad de estas prácticas para alcanzar objetivos de revitalización amplios, más allá del beneficio concreto de determinados sectores y de algunos emplazamientos específicos. A pesar de este resultado, la comparación aporta pruebas de la extensa utilización de este modelo, más allá de diferencias políticas, económicas y sociales. El discurso emprendedor ha cambiado las formas de abordar el declive y la crisis económica, transformando el enfoque, las instituciones y los modos de gobernanza como consecuencia, se afirma, de la presión de las múltiples formas de competencia. Como afirman Jessop et al (1996), el coste político de no participar en el “juego” emprendedor parece cobrar más importancia que el del intento y posterior fracaso. (p. 188)

Encontramos en estas palabras un eco del Manuel Castells de La sociedad red cuando afirmaba que el coste de no subirse a la globalización (durante los años 90) era mucho mayor para un país (ostracismo, bloqueos económicos, crisis económica) que el de dejarse llevar por ella. Con lo que, de nuevo, volvemos a una progresiva pérdida de la democracia y del poder de la mayoría frente a unas élites extractivas que imponen, con sus decisiones, caminos unívocos y la falsa libertad de poder, o no, transitarlos.

«De los espacios otros», Michel Foucault

Esta semana hemos empezado la lectura de Postmodern Cities & Spaces, una recopilación de artículos editada por Sophie Watson y Katherine Gibson que analiza las nuevas formas espaciales surgidas a finales del pasado siglo (el libro es de 1995). De las tres partes que lo componen, la primera gira alrededor de un concepto que ya es conocido en el blog: la heterotopía de Foucault. Puesto que los dos primeros artículos de la antología eran, en esencia, un resumen del artículo original de Foucault, pensamos que tal vez era el momento de leerlo.

«Des espaces autres», título original del artículo, proviene de una conferencia de Foucault en el «Cercle des études architecturals» del 14 de marzo de 1967. No se incluyó en el cuerpo «oficial» de las obras de Foucault hasta que fue publicado, póstumamente, en la revista Architecture, Mouvement, Continuité de octubre de 1984. Es muy fácil de conseguir en internet y muy sencillo de leer (apenas seis páginas), además de más que interesante; no sólo porque el concepto esencial, la heterotopía, haya hecho fortuna en las ciencias sociales que orbitan alrededor del espacio (antropología, claro, sociología, geografía, etc.), sino por las propias reflexiones de Foucault.

«La época actual quizá sea sobre todo la época del espacio», dice Foucault al poco de empezar. El espacio medieval estaba claramente jerarquizado, o, al menos, claramente organizado: había espacios profanos y espacios sagrados, espacios urbanos y espacios rurales; estaba la civilización y el exterior, el bosque innombrable, el lugar donde no existían leyes, ni humanas ni divinas. Se olvida Foucault de las zonas que, aún existiendo, no estaban claras: las marcas, los pasos fronterizos, la no man’s land de la que hablaba Manuel Delgado en El animal público: lugares surgidos, o creados con ese objetivo, como espacios indeterminados donde todo podía suceder fuera de los límites; como veremos algo más adelante, espacios liminares.

Ahora bien, a pesar de todas las técnicas que lo invisten, a pesar de toda la red de saber que permite determinarlo o formalizarlo, el espacio contemporáneo tal vez no está todavía enteramente desacralizado –a diferencia sin duda del tiempo, que ha sido desacralizado en el siglo XIX. Es verdad que ha habido una cierta desacralización teórica del espacio (aquella cuya señal es la obra de Galileo), pero tal vez no accedimos aún a una desacralización práctica del espacio.

Ésta es la tesis primera del artículo: que el espacio aún no ha sido desacralizado, que siguen existiendo antinomias como espacio público y privado o espacio de trabajo y espacio de ocio. Algo que, creemos, ha sucedido ya desde los tiempos de publicación del artículo. El espacio…. postmoderno, podríamos decir (teniendo en cuenta el origen que nos ha llevado a esta lectura), o postfordista, si lo prefieren, incluso globalizado, es un espacio desacralizado. No hace falta pensar en el confinamiento y la pandemia actuales para ver cómo se han soslayado los espacios de trabajo y ocio e incluso vivienda; ni pensar en personas maquillándose en el metro o trabajando con su smartphone o portátil en el tren. Podemos volver al concepto de los territoriantes de Muñoz: el espacio no es un absoluto que se transita a voluntad del poder (aunque dicha voluntad exista y sea insoslayable, claro), sino una construcción social más o menos individual o comunitaria.

Dicho de otra manera, no vivimos en una especie de vacío, en el interior del cual podrían situarse individuos y cosas. No vivimos en un vacío diversamente tornasolado, vivimos en un conjunto de relaciones que definen emplazamientos irreductibles los unos a los otros y que no deben superponerse.

Los espacios se pueden definir, pues, como emplazamientos determinados por su red de relaciones. «Se podría describir, por el haz de relaciones que permiten definirlos, estos emplazamientos de detención provisoria que son los cafés, los cines, las playas. Se podría también definir, por su red de relaciones, el emplazamiento de descanso, cerrado o medio cerrado, constituido por la casa, la habitación, la cama, etc.»

Pero los que me interesan son, entre todos los emplazamientos, algunos que tienen la curiosa propiedad de estar en relación con todos los otros emplazamientos, pero de un modo tal que suspenden, neutralizan o invierten el conjunto de relaciones que se encuentran, por sí mismos, designados, reflejados o reflexionados. De alguna manera, estos espacios, que están enlazados con todos los otros, que contradicen sin embargo todos los otros emplazamientos, son de dos grandes tipos.

El primero es la utopía: los emplazamientos sin lugar real. Una serie de relaciones tal que no se puede atribuir a ningún lugar existente, pero que nos sirve para plantear la validez de esas relaciones y, a la vez, cuestionar las relaciones existentes en nuestros lugares reales.

También existen, y esto probablemente en toda cultura, en toda civilización, lugares reales, lugares efectivos, lugares que están diseñados en la institución misma de la sociedad, que son especies de contra-emplazamientos, especies de utopías efectivamente realizadas en las cuales los emplazamientos reales, todos los otros emplazamientos reales que se pueden encontrar en el interior de la cultura están a la vez representados, cuestionados e invertidos, especies de lugares que están fuera de todos los lugares, aunque sean sin embargo efectivamente localizables. Estos lugares, porque son absolutamente otros que todos los emplazamientos que reflejan y de los que hablan, los llamaré, por oposición a las utopías, las heterotopías; y creo que entre las utopías y estos emplazamientos absolutamente otros, estas heterotopías, habría sin duda una suerte de experiencia mixta, medianera, que sería el espejo.

La experiencia del espejo, pese a su interés, la dejamos para la filosofía y la estética. La heterotopía es, pues, un «contra-emplazamiento», un lugar que cuestiona de algún modo el resto de los emplazamientos. En el siguiente párrafo Foucault sugiere la creación, no de una ciencia, «porque es una palabra demasiado prostituida ahora», sino una especie de «lectura» o catálogo de estos espacios: una «heterotopología». Que no sería válida por el mismo motivo por el que no lo es un catálogo de espacios liminares: porque no son categorías estancas, como insiste Marc Augé respecto a sus no lugares. Un aeropuerto es un no lugar para el viajero pero es un lugar para sus trabajadores; un hotel es un no lugar para el huésped pero un lugar para el recepcionista y un centro comercial puede ser un no lugar para los compradores ocasionales pero un centro de reunión social para los jóvenes de la zona.

Primer principio de la descripción de las heterotopías. Las heterotopías en los lugares primitivos son lo que Foucault llama «heterotopías de crisis», lugares reservados para personas que se encuentran «en estados de crisis», como adolescentes, mujeres en la menstruación o el parto, viejos… Es decir: zonas liminares. Estas heterotopías de crisis están desapareciendo en nuestra sociedad, aunque quedan restos como los internados o el servicio militar masculino. En su lugar, surgen «heterotopías de desviación»: casas de reposo, clínicas psiquiátricas y, «por supuesto, las prisiones» (estamos hablando de Foucault, al fin y al cabo).

Segundo principio. Las sociedades otorgan una función determinada a sus heterotopías; dicha función puede cambiar a lo largo de la historia. El ejemplo que da Foucault es el cementerio: situado al principio en el centro del pueblo y consistente en poco más que una fosa común donde aparcar a los muertos, va evolucionando hacia un «espacio para después de la muerte» burgués y se traslada a las afueras, para que el recuerdo de la muerte no perturbe la existencia.

«Tercer principio: la heterotopía tiene el poder de yuxtaponer en un solo lugar real múltiples espacios, múltiples emplazamientos que son en sí mismos incompatibles.» Ejemplo de ello son el teatro, que recrea múltiples realidades sobre un escenario rectangular; el cine, o el jardín, que es en sí mismo un microcosmos que recrea un macrocosmos.

Cuarto principio: en general, las heterotopías están asociadas a un «corte de tiempo», una «heterocronía»; puesto que suspenden el espacio, es lógico suponer que también suspenden el tiempo; o que se hayan en un entorno donde ambos quedan suspendidos. Las relaciones entre heterotopías y heterocronías son complejas, claro: desde las «heterotopías del tiempo que se acumulan al infinito», como las bibliotecas o los museos, con su voluntad de ser catálogos de una o de todas las eras; o las heterotopías ligadas al tiempo fútil y efervescente, como las ferias o «las ciudades de veraneo». Lo que, en definitiva, vuelve sobre el concepto de espacio liminar.

Quinto principio: las heterotopías tienen un sistema de apertura y de cierre que, a la vez, «las aíslan y las vuelven penetrables». Hay que llevar a cabo ciertos ritos (a menos que uno se encuentre allí encerrado, como prisiones o geriátricos), algunos de los cuales requieren su propio espacio, como los hammam musulmanes o las saunas escandinavas. Ampliando el concepto, Foucault pone como ejemplo las habitaciones para invitados en las grandes fincas brasileñas (?) o los moteles americanos donde se encontraban los amantes adúlteros en Estados Unidos.

Sexto principio. Las heterotopías son, «con respecto al espacio restante, una función».

O bien tienen por rol crear un espacio de ilusión que denuncia como más ilusorio todavía todo el espacio real, todos los emplazamientos en el interior de los cuales la vida humana está compartimentada (…); o bien, por el contrario, crean otro espacio, otro espacio real, tan perfecto, tan meticuloso, tan bien ordenado, como el nuestro es desordenado, mal administrado y embrollado.

Es decir: o bien se convierten en lugares exagerados que ponen de manifiesto algún aspecto del haz de relaciones de un lugar real (tal vez serían las fábricas del sudeste asiático donde se producen los objetos de consumo del mundo occidental, o simplemente un almacén de amazon donde los trabajadores no tengan tiempo ni para ir al baño); o bien son (aunque Foucault escoge el ejemplo de las colonias) parques temáticos. Recordemos lo que decía Sharon Zukin de Disneylandia: que funciona bien, o al menos da esa apariencia. En primer lugar porque toda función «no agradable» ha sido escondida (la higiene, la eliminación de residuos, etc.) y, sobre todo: porque sus usuarios no son tales, sino clientes que han pagado una entrada.

El concepto de heterotopía, como hemos dicho, ha sido ampliamente utilizado desde entonces, no siempre respetando el sentido original que le dio el autor en este texto. En el blog lo hemos encontrado, sobre todo, en la obra de Stravrides Hacia la ciudad de umbrales, donde la heterotopía era prácticamente un lugar sin ley ocupado por el poder capitalista para llevar a cabo sus desmanes. Aunque nos vienen a la mente los espacios de Post-it City: lugares que no encajan en ninguna otra categoría y que, sin referirse necesariamente a la heterotopía, proponen, sin tener que desafiar a la lectura dominante, una lectura alternativa.

La metamorfosis de la ciudad industrial, María Victoria Gómez García

La crisis del fordismo, más o menos durante los años 70, y el paso a la era del postfordismo (o acumulación flexible, como prefieran) supuso que las industrias pesadas se trasladasen a países emergentes y que se primase el sector servicios en la mayoría de ciudades de Europa y Norteamérica. Ello tuvo un efecto devastador en los que habían sido los principales nodos industriales, que tuvieron que readaptarse. Algunas ciudades grandes, como Nueva York, al ser tan diversas, pudieron encontrar nuevos focos de ingresos. Ya hemos hablado a menudo del caso del SoHo, un barrio obrero donde los enormes talleres usados para la textil fueron ocupados por artistas que revalorizaron el valor de la zona. Sin embargo, otras ciudades algo más pequeñas y que se habían convertido en puntos centrales del proceso productivo desde la Revolución Industrial, como Glasgow, en Escocia, o Bilbao, en España, no fueron capaces de adaptarse (o no supieron hacerlo) y se convirtieron en paisajes postindustriales con enormes problemas de paro y vivienda.

La metamorfosis de la ciudad industrial. Glasgow y Bilbao: dos ciudades con un mismo recorrido es un estudio comparativo de la socióloga María Victoria Gómez García que analiza la evolución de estas dos ciudades con una trayectoria similar: centros manufactureros de metales y barcos que, a medida que sus industrias se iban deslocalizando y la economía se desmoronaba en los 70, se encontraron con una enorme bolsa de trabajadores (en general, bastante organizados y sindicados) en el paro. Ambas ciudades escogieron soluciones similares para salir del atolladero: basándose en el modelo de Baltimore, se promocionaron como enclaves industriales (Glasgow con una serie de campañas y construcciones, Bilbao, sobre todo, con el Museo Guggenheim) y aprovecharon esa nueva publicidad para atraer empresas del sector servicios y flujos turísticos y de inversión.

El análisis de Gómez García no es sólo interesante por su recorrido histórico y por lo amplio de sus comparaciones, sino que presta especial atención a los discursos que se promovieron desde ambas ciudades y a los efectos que dichos discursos hayan podido generar.

En este sentido, en el presente trabajo se ha prestado particular atención al papel de los discursos que producen, cuando menos, dos efectos: un efecto de legitimación y un efecto, que suele pasar más inadvertido, que es el de ir modificando paulatinamente nuestra concepción de la ciudad. Los discursos reflejan los ideales culturales de una época determinada, pero al mismo tiempo contribuyen a configurar los objetivos de su narración. Así, ocurre que los vocablos que, inspirándose en el repertorio de la cultura empresarial, identifican a la ciudad como algo que hay que publicitar, que debe entrar en competencia, que debe ser sometido a los criterios del marketing, parecen alejarnos de la idea de ciudad como el espacio que se habita y se identifica con la propia actividad de sus ciudadanos. (p. 8)

Gómez acaba la introducción comentando lo difícil que es valorar si la «regeneración urbana» que se ha dado en ambas ciudades es buena o mala; sin embargo, sí que destaca dos puntos. El primero: el riesgo de que estas transformaciones tomen la parte por el todo y las ciudades no hayan cambiado, sino que lo hayan hecho sólo partes concretas de ellas, y que el márqueting haya sido el responsable de hacernos creer lo contrario: «la “transformación” de la ciudad hace referencia por encima de todo al cambio de imagen de la ciudad, de sus elementos materiales y espaciales. Los cambios humanos no requieren la misma atención, e intervienen lamentablemente poco en la evaluación de la envergadura del cambio» (p. 11). Y la segunda: la tendencia a olvidar la destrucción «que subyace a un proceso de modernización y de cambio», es decir, la tendencia a olvidarnos de los perdedores que hay en todo proceso y que son quienes, o no se pueden beneficiar de los cambios, o son perjudicados por ellos.

El primer capítulo sienta las bases teóricas del estudio, y no tiene desperdicio. Gómez se sitúa en la escuela de la regulación «como teorización de la reestructuración del capitalismo (…) con especial atención al declive del fordismo y la entrada en escena de procesos post-fordistas» (p. 14). Como la misma autora advierte, no se trata tanto de una teoría completa como de un método de análisis para entender las prácticas y métodos «que hacen posible que ocurra la acumulación capitalista de forma relativamente estable» a pesar de las contradicciones que genera su propia dinámica. Más adelante recurrirá, también, aún sin usar explícitamente esa visión, a la pugna entre «macro-necesidad» y «micro-diversidad», es decir, la importancia de lo local para lo global en un entorno económico cada vez más flexible y dinámico.

En palabras de Jessop (1997), cabe distinguir una transición desde formas de gobierno local organizadas en torno a las funciones keynesianas del Estado de bienestar hacia sistemas de gobernanza local en torno a un rol bastante más novedoso. En términos económicos, este rol se basa en el fomento de la flexibilidad, las economías de escala y la innovación permanente, e intenta fortalecer de la forma más intensa posible la competitividad estructural del espacio económico. En términos sociales, este rol subordina las políticas económico-sociales a esa competitividad estructural que, en parte, se basa en la flexibilidad del mercado de trabajo (Turok y Bailey, 2004; Jessop, 1997), lo que en algunos casos ha conducido a que en la organización de los servicios sociales, por ejemplo, adquiera más importancia el pago por tales servicios que la cobertura de necesidades. (p. 29)

O, como concluye más adelante: «lo que los gobiernos municipales quieren actualmente es convertir las ciudades en centros de sedes corporativas de grandes empresas y crear distritos de negocios con múltiples edificios de oficinas, tiendas y restaurantes especializados y hoteles y pisos de lujo» (p. 30).

De este modo las narrativas geoeconómicas emergentes sobre la crisis del fordismo atlántico, la globalización, la triadización, el colapso comunista, el fin de la guerra fría, la emergencia de Asia oriental, etc., constituyen el telón de fondo de una serie de iniciativas comunes que juegan un papel fundamental en lo que podríamos denominar la reforma de los regímenes (Jessop, 1995; Jessop et al, 1996, Jessop, 1997). Desde este punto de vista, elementos y mecanismos tales como cultura empresarial, sociedad empresarial, distritos industriales flexibles, tecnopolos, regiones inteligentes, medio innovador, redes, ciudad global, alianzas estratégicas, partenariados y gobernanza se presentan como la única e inevitable respuesta a los imperativos de la nueva situación. Dicho de otra manera, tras el fracaso económico y político de las medidas establecidas después de la Segunda Guerra Mundial, si las ciudades y las regiones quieren recuperarse deben, supuestamente, modificar su estrategia económica, sus instituciones económicas y sus modos de gobernanza. Todo debe ser rediseñado para dar prioridad a la creación de riqueza y así hacer frente a las múltiples formas de competencia (Jessop, 1995; Jessop, 1996; Jessop et al, 1996). (p. 32)

Esta decisión sitúa a los poderes locales, por un lado, bajo el sometimiento de los poderes globales, puesto que están atentos a sus flujos para tratar de captarlos; y, por el otro, retira a los ciudadanos el poder sobre su ciudad, puesto que los dirigentes no los tienen en mente al tomar sus decisiones, lo que repercute en un empeoramiento de la democracia. A menudo estas mismas políticas empresariales aconsejan recurrir a los partenariados público-privados (los famosos PPP, public-private partnership), que simplemente consisten en privatizar parte de la gestión municipal o incluso zonas concretas de la ciudad.

Estas herramientas no son únicas. Si bien suelen estar basadas en los mismos factores (políticas de publicidad, desarrollos inmobiliarios, afiliación con la cultura), cada ciudad sopesa sus puntos fuertes y sus puntos flacos (a menudo según estándares empresariales, como los famosos análisis DAFO ), pero en general acaban teniendo las mismas consecuencias: apelación a los flujos de capital y turismo, inversión en cultura, narración de progreso y revitalización urbanas e incluso mejores sustanciales en la fiscalidad o reducción de impuestos para que las empresas acepten establecerse en la ciudad.

Tal vez de todas esas herramientas, la más potente visualmente sea, sin duda, la construcción de edificios singulares, a menudo ligados a arquitectos estrella. El Guggenheim es el ejemplo canónico por excelencia que permitió a la ciudad de Bilbao cambiar toda su narrativa e imagen y convertirse en un nodo mucho más importante en el espacio de los flujos.

En función de los diferentes tipos de audiencia posible, la cultura de la ciudad se presenta envasada y reempaquetada, bien como incentivo dirigido al potencial inversor, o como proyecto emblemático para atraer nuevo desarrollo inmobiliario (Booth and Boyle, 1993).

Philo y Kearns (1993) también mencionan cómo, algunas veces, la cultura es manipulada, en un intento de realzar el atractivo y el interés de las ciudades, sobre todo para agradar a los sectores acomodados y de alto nivel que trabajan en áreas tales como la tecnología de vanguardia, pero sin desdeñar otras como el mercado turístico y los organizadores de congresos. Harvey (El País, 2007) pone de manifiesto el doble juego de la promoción que en algunas ocasiones lleva a tratar la historia cultural como si fuera una mercancía y en otras se inventa la tradición e incluso crea nuevas historias, como quien encuentra un objeto histórico perdido y hace de él algo especial, construyendo un mito a partir de la nada. (p. 38)

La propia historia de la ciudad queda sometida a ciertos intereses económicos: y a menudo la historia obrera o sindical es obviada y enterrada mientras que la historia de las clases altas y la burguesía se magnifica. Además de suponer una modificación grosera de la historia, el efecto es que, para agradar a una afluencia turística cada vez mayor, se recurre a una cierta homogeneización (desde los pisos de Airbnb, cada vez más globalmente similares, hasta las calles de las ciudades) que acaba con las particularidades locales, como denunciaba Ian Brossat al hablar de la «parisinidad» de ciertas calles de París (o Baudrillard, mucho antes, e incluso Debord, antes que él).

Finalmente, estos discursos de mejora o regeneración urbana se tejen de tal manera que todas las críticas contra él se presuponen como críticas contra la mejora de la ciudad. Si alguien se opone al Guggenheim, por ejemplo, es porque no quiere mejorar la ciudad o está en contra del progreso o no comprende los verdaderos valores. Este efecto es especialmente potente en ciudades que habían quedado devastadas tras la debacle económica de los 70, como las dos que se analizan. Nueva York fue capaz de sobrevivir sin necesidad de un gran cambio, aunque también sucumbió a todo lo que hemos ido describiendo, pero en casos tan extremos como Glasgow y Bilbao, el discurso legitimador fue mucho más abrupto y más difícil de contrarrestar, dada la necesidad evidente de hacer algo en ellas.

En la siguiente entrada analizaremos los casos concretos de ambas ciudades.

Los espacios de la muerte viviente, Lázló F. Földényi

En La producción del espacio, Lefebvre se refería al espacio desde tres puntos de vista: las prácticas espaciales, los espacios de representación y la representación de los espacios. Estos tres aspectos corresponden, grosso modo, al espacio percibido (y transitado; Harvey lo llamará «experimentado»), al espacio concebido (por los ingenieros y arquitectos; Harvey le añade la percepción de los usuarios y transeúntes y por ello lo llama, también, «percibido») y al espacio vivido («imaginado», según Harvey, puesto que Lefebvre hablaba de vivirlo en sentido físico pero también desde un punto de vista simbólico e imaginario). A la tercera categoría corresponden los espacios que analiza el húngaro Lázló F. Földényi, profesor de Estética y Teoría del Arte, en la obra que hoy reseñamos: Los espacios de la muerte viviente. Kafka, De Chirico y los demás.

El análisis empieza con una obra pictórica, la Vista arquitectónica del pintor Francesco di Giorgio Martini (1490). Se trata de la visión de una ciudad perfecta, carente de vida o actividad; si acaso, un símil de lugar utópico, un paisaje concebido desde la perspectiva renacentista. «Lo que transmite el cuadro es precisamente esta cósmica indiferencia. Todo es estéril, todo piedra y mármol. Todo regular y ordenado.» (p. 13). El único atisbo de vida se da en una ventana abierta donde ondea una cortina; pero ni rastro de quién la abrió ni de sus motivos.

Giorgio Martini desde luego no pintó esa ciudad ideal para compartir con el espectador sus pensamientos relativos a la historia. Todo lo contrario: era, además, arquitecto y trató de diseñar una llamada «ciudad ideal» conforme a una práctica pictórica sumamente extendida en su época. Igual que sus contemporáneos se deleitaban e insistía en desarrollar y perfeccionar la forma de representación perspectiva y geométrica. Probaba la técnica, pero al mismo tiempo llegaba a algo que no era una simple cuestión técnica. Sacudía así los fundamentos de la concepción que hasta entonces se tenía del mundo. (p. 23)

En realidad, sin embargo, más que del futuro o de la ciudad ideal, el proyecto de Di Giorgio nos habla sobre su mente; sobre la forma de pensar del pintor y el modo cómo el hombre europeo quiere ver el mundo: desde una perspectiva rectilínea, casi carente de vida.

La costumbre de asociar la «ciudad ideal» con la descripción de sus calles y estructura proviene, seguramente, de la descripción que hizo Platón de la Atlántida, mezclada con la disposición del trazado hipodámico (Hipodamo, siglo V a. C.) sobre el plano ortogonal. Todas las utopías medievales seguían dicho esquema (Tomás Moro, 1516; Campanella, 1602; Francis Bacon, 1627). Estas disposiciones fueron las que se implantaron, por ejemplo, tanto en los edificios de viviendas de Moscú, donde, para evitar que las familias estuviesen aisladas, disponían de su propia vivienda, pero las cocinas, los baños, las lavanderías y las salas de estar eran comunes; como en el barrio de Mourenx, al sur de Francia, cuando se encontraron grandes yacimientos de gas en la zona y se proyectó un espacio para 12.000 trabajadores. Los obreros vivían en bloques de viviendas, los inspectores, en torres, y los jefes, en chalets; un espacio que controlaba toda la vida, más allá del trabajo, y que los situacionistas consideraron «un campo de concentración para organizar la vida».

«El objetivo es regular la vida, eliminar los elementos imprevisibles. Es decir, el control», sentencia Földényi; o, como expuso Lefebvre: tal vez el objetivo del urbanismo no sea otro que cubrir lo urbano. A menudo estas ciudades ideales se basan en fortalezas, bastiones, puestos de guardia; todas ellas, como ya hemos dicho, carecen de vida.

De ahí Földényi salta a los grandes espacios, las construcciones proyectadas de Albert Speer para Germania (hablamos de ellas en La arquitectura del poder), la tumba de Newton ideada por Étienne-louis Boullée y, por supuesto, el panóptico de Bentham, la última construcción posible en cuanto a seguridad y vigilancia. O castigo, que diría Foucault.

Y de ahí pasamos a otra representación del espacio: la del pintor De Chirico. Los espacios de De Chirico «se presentan como si nunca antes un hombre los hubiera visto», lo que evoca en el autor un cuento de Kafka: «Siempre, querido señor, me entran ganas de ver las cosas tal y como se me presentarían antes de mostrárseme.» «Lo que De Chirico pinta es todo creado por el hombre. Aún así, sus espacios son como si nunca nadie los hubiera visto» (p. 49). Por ello los denominará «espacios de la muerte viviente».

Siguiendo la prosa de Kafka, que también describe espacios poblados por la muerte viviente, llenos de personas que llevan a cabo acciones pero nunca están en movimiento, que hacen sin hacer, que son vistos en posturas estáticas, Földényi llega hasta la hermana del escritor de Praga, Ottla. Ottla, que permaneció en la ciudad al estallar la Segunda Guerra Mundial, fue deportada a un campo de concentración, Terenzin, en 1942. Allí trabajó ocupándose de los niños del campo. En septiembre llegaron unos 1.200 niños judíos procedentes de otra ciudad y permanecieron en Terenzin durante tres semanas, a la espera de poder ser intercambiados por prisioneros alemanes en Palestina. Las negociaciones no llegaron a buen puerto y los niños fueron embarcados hacia Auschwitz. «Ottla, quien podría haberse quedado, acompañó voluntariamente a los niños. Tan pronto como llegaron, todos ellos fueron asesinados.» (p. 68)

Y estos son los últimos espacios de la muerte viviente que examina Földényi: los campos de concentración. Erigidos con los mismos principios que cualquier otra ciudad: por ingenieros, por arquitectos, por delineadores; con alcantarillas y necesidad de eficiencia y organización.

Capital financiero, propiedad inmobiliaria y cultura; David Harvey y Neil Smith

El tutor de la tesis de Neil Smith fue nada menos que David Harvey. Ambos son viejos conocidos (y muy admirados) en el blog, por lo que, en cuanto descubrimos la existencia de este Capital financiero, propiedad inmobiliaria y cultura, nos lanzamos a por él, pensando que se trataría de un artículo a cuatro manos. Nada más lejos de la realidad: se trata de un breve libro que recoge dos artículos independientes que ya hemos reseñado en el blog.

El primero de ellos: «El arte de la renta: la globalización y la mercantilización de la cultura«, de Harvey (aparecido en Espacios del capital y reseñado allí) nos presenta la renta de monopolio, el poder que consigue un productor o propietario al ser el único con potestad sobre un bien y, por lo tanto, quien puede establecer su precio. Y uno de los productos actuales que más rentas generan es ni más ni menos que la cultura. Harvey usa el ejemplo del vino francés: en vez de competir con otros productores de vino (como California, Australia o, sin ir muy lejos, España), Francia se otorgó un derecho sobre «la cultura del vino» monopolizando términos asociados con ella, como château, champagne, etc., con el objetivo de mantener la propiedad (y las rentas) de la cultura del vino. Pero esta cultura es universal (como poco, mediterránea, y probablemente universal, sí) y pertenece a todos; al apropiársela, Francia se arroga un derecho sobre algo colectivo.

Lo mismo sucede en las ciudades; y el ejemplo que usaba Harvey era el de Barcelona, una ciudad que ha usado parte de su capital cultural para proyectarse como una ciudad en el espacio de los flujos turísticos y obtener réditos de ello; réditos que van a manos privadas mientras que sus consecuencias van a manos públicas, como son el uso de las infraestructuras o de las calles por parte de los turistas, los problemas de convivencia, la debacle del mundo laboral en un sector orientado claramente a los servicios…

El segundo artículo, más breve, se titula «El redimensionamiento de las ciudades: la globalización y el urbanismo neoliberal«, de Neil Smith, y lo leímos en El mercado contra la ciudad. Tras observar cuatro hechos concretos acaecidos en Nueva York, Smith avanza cómo la producción social ha sobrepasado y casi eliminado a la reproducción social. Es decir: a grandes rasgos, uno trabaja y tiene hijos. Trabajar es la producción social: el hecho de que prácticamente todo ser humano forma parte de un tejido productivo destinado a generar bienes de consumo. Tener hijos (o sobrinos, o hijos de amigos, o lo que sea) es la reproducción social: cuando la propia fuerza de trabajo se encarga de educar y dirigir a las nuevas generaciones para que sigan siendo fuerza de trabajo productiva sin que las élites tengan que ocuparse de ello.

Hasta los años setenta, aproximadamente, en las ciudades ambos aspectos convivían. El urbanismo neoliberal, la acumulación flexible (o espacio de los flujos) y el hecho de que las ciudades se hayan convertido en nodos de productividad dentro de las redes de competencia globales ha hecho que la balanza se decante masivamente por la producción. Y ahora las ciudades son entornos altamente competitivos destinados a una élite extractiva que los usa, bien como inversión (como explicaba Raquel Rolnik) o bien como extracción de rentas, ya sea aumentando el precio de los alquileres y las viviendas o como lugares turísticos más rentables.

La introducción de este Capital financiero, propiedad inmobiliaria y cultura viene de la mano de Jordi Borja, también otro viejo conocido del blog. Sus primeras lecturas no nos acabaron de cuajar y descubrimos luego que había sido parte del entramado teórico que sostenía el «modelo Barcelona» en los 80 y 90, la reforma de la ciudad con la excusa de los Juegos Olímpicos y todos los cambios que luego han ido asociados. Sorprende que Borja se refiera a autores como Harvey y Smith con la etiqueta de «radicales» (frente a los «más liberales en sentido norteamericano» como Sassen o Sorkin), puesto que simplemente son críticos con el capitalismo, algo completamente lógico, a la vista de los desmanes de los últimos cincuenta años, por situar una fecha.

El motivo de la introducción es cuestionar el modelo Barcelona; Borja vincula los dos artículos (Harvey habla en concreto de Barcelona; Smith, no) a una posible perspectiva sobre la ciudad, y aprovecha para defender su modelo. Puesto que en el blog ya hemos leído visiones críticas sobre este modelo (Manuel Delgado; Aricó, Mansilla y Stanchieri) no nos detendremos mucho en ello. Sin embargo, y pese a enumerar una larga lista de efectos beneficiosos, Borja cambia un poco la visión que había mantenido hasta entonces y reconoce «efectos perversos» en el modelo: el aumento del precio del suelo y de las viviendas (ojo: es una introducción de 2005, lo bueno estaba por venir), se vendieron fragmentos del suelo a propiedad privada, el «discutible proyecto» de Diagonal Mar (el expolio de parte del litoral, la expulsión de sus habitantes y la venta a compañías privadas internacionales), la realización de enclaves y parques temáticos, «la destrucción del patrimonio arquitectónico (especialmente la herencia de la ciudad industrial)» y el Fórum, del que no llega a decir que sea un fracaso sino que es el punto donde tanto los «defensores» (el propio Borja, Montaner) como los «hipercríticos» (el ya mentado Delgado y dos libros con varios autores: Barcelona, marca registrada. Un modelo para desarmar y La otra cara del Fórum de las Culturas) coinciden en destacar como paradigma del modelo.

Cuando muera Chueca, Ignacio Elpidio Domínguez Ruiz

Ignacio Elpidio Domínguez Ruiz es un antropólogo español nacido en 1981 que ha centrado su tesis en los barrios gays de las ciudades. Lo leímos por primera vez en Barrios corsarios, donde aparecía su artículo de 2016 «A la sombra de Chueca. Alternativas a la visión dominante del Madrid LGTB». En él, explicaba el surgimiento de un segundo Orgullo (la celebración del Orgullo Gay) en Madrid, alternativo al World Pride cuyo epicentro se encontraba en el barrio de Chueca, barrio gay por excelencia de la capital española.

Cuando muera Chueca. Origen, evolución y final(es) de los espacios LGTBI (2018, editorial EGALES) se presenta como un estudio de los espacios de diversidad sexual: su origen, evolución y posibles finales, desde la antropología urbana y sin dejar de lado otras disciplinas como la geografía o la sociología. Y, sin embargo, y pese a las ganas que teníamos de leerlo, se convierte en una magna decepción. Se trata de un recopilatorio de las investigaciones académicas sobre barrios gays (o espacios de diversidad sexual, como insiste Domínguez), las posibles ideologías y disciplinas desde las que han sido analizados y, casi, como una especie de muestrario académico sobre el tema. Y, al llegar al final del libro, a los agradecimientos, entendemos el porqué:

El grueso de este ensayo se compone del marco teórico que fui produciendo para mi tesis doctoral. En un principio iba a centrarse en el estudio de los barrios LGTBI de Madrid –sobre todo Chueca y Lavapiés– durante el WorldPride, pensando claramente en la antropología urbana. Al no conseguir una beca para el doctorado tuve que pensar en conseguir en el futuro un trabajo en una universidad privada para acumular docencia y poder acreditarme más tarde en la ANECA. Al haber más centros de este tipo con estudios de turismo decidí cambiar el enfoque de mi tesis, centrándome en la promoción turística y el WorldPride. Me quedé sin excusas para un gran número de referencias y para un marco teórico que ya no me cabía del todo en la tesis, así que decidí hacer algo con ello. (p. 216)

Y ese «algo» es este libro: un compendio de marco teórico y bibliografía académica sobre el tema de los barrios gays. No es que no se trate de un libro interesante: al enumerar los principales temas que rodean a estos espacios (sus posibles orígenes, la gentrificación asociada, la turistificación, mercantilización de las reivindicaciones de la diversidad sexual) pone un foco sobre ellos; pero dicho foco nunca se centra en exponer el tema, sino en las diversas miradas que sobre esos temas se han aplicado. Así, los temas en sí quedan desenfocados, sin tener nunca la certeza de a qué tipo de lectores está dirigido el libro. Ésa es, tal vez, la mayor crítica que le podemos hacer: parece que Domínguez ha escrito el libro para sí mismo, para poner en orden sus ideas; y el único lector completamente acertado es alguien en su misma situación.

No ayudan ciertos dejes como el de colocarse en primera persona como una parte integrante del estudio, aunque sea como observador, ni la continua substitución y corrección de toda referencia a «barrios gays» por el actual «barrios LGTBI» sin tener en cuenta, por ejemplo, que en el propio artículo de 2016 Domínguez utilizó sólo las cuatro primeras letras, LGTB. A medida que aumenta el espectro, es lógico que lo hagan también sus letras; por eso sorprende la necesidad de corregir constantemente a autores que escribían hace sólo una década sobre «barrios gays» u «orgullo gay» y substituirlo por el actual (de 2018: tal vez ya haya quedado anticuado) «LGTBI»; o la necesidad de substituir a «personas homosexuales» por «personas no heterocisexuales».

Uno de los estudios pioneros sobre barrios gays (no el primero, sino el tercero, aclara Domínguez) fue el de Manuel Castells en La ciudad y las masas, que luego recuperó y reorganizó para la segunda parte de La era de la información, El poder de la identidad (1998). Además de sentar las bases de una forma concreta de entender dichos barrios, el estudio levantó críticas por dos aspectos: el primero, que dejó completamente de lado el estudio sobre la situación inmobiliaria en el barrio, algo esencial para entender su formación; y el segundo, que no tuvo en cuenta a las lesbianas, sólo a los hombres homosexuales.

El primer capítulo del libro se centra en los estudios sobre el origen de determinados barrios gays (Castro, Chueca, Le Marais, el Gaixample). El segundo, en la asociación entre gentrificación y barrios homosexuales (insistimos: Domínguez los llama «espacios de la diversidad sexual y de género», lo que probablemente sea un nombre mucho más acertado). Uno de los grandes aciertos del libro es que no suele concluir, sino dar a entender diversas posturas y los muy complejos procesos que suelen formarlo todo: Chueca, como todo espacio de diversidad, es un microcosmos complejo insertado en una estructura aún mayor.

Especialmente interesante nos parece el modelo de evolución de los barrios gays urbanos que Alan Collins propuso (en su caso, para Inglaterra) en 2004 y que consiste en cuatro etapas sucesivas a las que posteriormente Brad Ruting (2008) añadió dos más, dos posibles finales:

  • 1. Precondiciones: «se hace necesaria una zona decadente con actividades delictivas o marginales, y una abundante oferta de locales y viviendas asequibles» (p. 63), con al menos un local gay en el entorno.
  • 2. Emergencia. «Aglomeración de negocios de ocio, sobre todo clubes nocturnos»; renovación de los locales existentes y aumento de la población gay masculina.
  • 3. Expansión y diversificación. Aumentan la densidad social y, sobre todo, la visibilidad.
  • 4. Integración. El barrio se abre a un público masivo, se hace popular, llegan otros residentes (heterosexuales, mayor poder adquisitivo) y los «colonos» iniciales son expulsados o abandonan el barrio ante su renovación.
  • 5. Fragmentación. La población LGTBI se traslada a otros barrios más asequibles; en este caso surgen diversos espacios, aunque ninguno de tal centralidad.
  • 6. Desconcentración. «Dispersión residencial y comercial a través de diferentes espacios mixtos, virtuales y físicos, suponiendo la desaparición de los barrios clásicos» (p. 64)

En cuanto al tema de la gentrificación, Domínguez observa una multiplicidad de propuestas que hacen casi imposible definir el concepto, situando en un lado el «revanchismo urbano» de Neil Smith, que se enfoca en el retorno a la ciudad de las clases enriquecidas, y la «gentrificación por capuccino» de Sharon Zukin, para la cual los cambios vienen provocados por una evolución de las pautas de consumo. En este embrollo, Domínguez recurre a las palabras de Delgado para hallar un punto medio: «No se trata de denunciar como perversa toda transformación urbana, sino de señalar a quienes favorecen tales transformaciones, que no suele ser a la mayoría social». En el blog nos parece que hay un baremo más sencillo: si el Estado se niega a intervenir o, como suele ser habitual, forma parte del proceso, se habla de gentrificación. Formaba parte de la gentrificación del SoHo (el Ayuntamiento de Nueva York poseía el 60% de los inmuebles y los dejaron caer en el deterioro), formaba parte del paso del Barrio Chino de Barcelona al Raval, y tantos otros casos.

El tercer capítulo, la relación entre barrios gay y turismos, pone de relieve también la dificultad de concretar esos términos. ¿Quién es, y quién no, turista? Domínguez reflexiona sobre cómo la mayoría de ciudades no son unívocas, en el sentido de que se centre «sólo» en uno u otro tipo de público, sino que en todas coexisten servicios que sirven para todos ellos: el mismo metro que lleva a los habitantes de Chueca al trabajo lleva a los turistas homosexuales a tomar copas. Cuando este equilibrio se rompe (por ejemplo: el Cercanías que lleva a Barcelona, colapsado de turistas, impidiendo que los trabajadores que suben en él puedan sentarse) es cuando surgen los problemas, algo que, por ejemplo, ha sucedido en la Ciudad Condal con el exceso de turistas.

La emergencia de diferentes ciudades de muy distinta idiosincrasia relacionadas con el mundo gay hace que Domínguez hable de una «geografía de la diversidad sexual y de género». Estas ciudades se estructuran como una red que organiza eventos que tratan de no solaparse unos con otros, por ejemplo: pocas ciudades llevarán a cabo un Orgullo al mismo tiempo que Madrid, pues el suyo es multitudinario; así, se genera una jerarquía (en forma de red, no de escalera), en función del espacio, de las infraestructuras de que cada espacio disponga, de su capacidad de acoger y convocar turistas, etc., donde se procura que los eventos estén espaciados a lo largo del año pero que siempre haya alguno a la vista.

Este sistema turístico es:

  • multiescalar: porque implica a ciudades grandes, pequeñas, capitales, regiones…
  • multinacional: «un calendario de eventos que buscan no solaparse a un mismo nivel» y vinculados a marcas como EuroPride o WorldPride;
  • asimétrico: relacionando destinos, Orgullos y agentes totalmente diversos;
  • contextual: puesto que depende de la geopolítica y del sistema turístico concreto, es decir, el turismo LGTBI se apoya en la estructura del turismo «genérico» ya existente.

El cuarto capítulo ahonda en la relación entre el Orgullo y el barrio. El Orgullo (la conmemoración, el día 28 de junio, de los disturbios de Stonewall en Nueva York tras una redada de la policía en el bar gay del mismo nombre) empezó en España en 1977 (en Barcelona) y al año siguiente se celebró también en Madrid, Bilbao y Sevilla. En sus orígenes ni siquiera se llevaba a cabo en Chueca y era muy reivindicativo. Existe una segunda etapa, a partir de principios de los ochenta, cuando las asociaciones de gays ya habían sido legalizadas, en que el Orgullo fue decreciendo en asistencia y reivindicación; y luego se da una tercera etapa, a partir de 1996, cuando el Orgullo se vincula a entidades comerciales y se convierte en el tradicional desfile de carrozas que se da hoy en día.

A partir de ahí se da una mercantilización del Orgullo, hasta cierto punto lógica, en que se abren y debaten diversos frentes: si hay que celebrarlo el propio 28 de Junio o pasarlo al sábado más cercano (como se hace ahora, aunque no respete tanto la «celebración» pero permita mayor afluencia de gente), si debe ser festivo, reivindicativo, si debe celebrarse en un solo barrio o en múltiples… Esas cuestiones, claro, responden al debate de fondo de qué es el Orgullo en concreto; si es que existe una única respuesta. Probablemente existan múltiples, como aventura Domínguez, y la suma de todas ellas, un acuerdo tácito, incluso pírrico, entre los distintos grupos, actores, asociaciones, comercios, activistas, reivindicaciones, etc., acabe siendo el que decida cómo se celebra (o celebran) el Orgullo a cada momento.

El quinto capítulo vuelve sobre los posibles futuros de Chueca y lo hace desde una perspectiva materialista (Domínguez lo compara a la que toma Abraham León en su Concepción materialista de la cuestión judía, donde proclama «No hay que partir de la religión para explicar la cuestión judía. Por el contrario, la conservación de la religión o de la nacionalidad judía debe explicarse por el judío real, es decir, por el judío en su función económica y social.»). Se huye, por lo tanto, del recurso a la idea del «eterno homosexual», como si los barrios gays fuesen lugares que han surgido porque estos homosexuales sentían la necesidad de instalarse en ellos y les han dado vida. Desde ahí, las posibles fases finales de Chueca pueden ser, como ya se ha adelantado, la fragmentación y la desconcentración, quina y sexta etapas del proceso evolutivo de los barrios gays que vimos anteriormente.

Se habla también del concepto de Amin Ghaziani de «lo postgay» (o posgay): «la vida postgay está caracterizada por los impulsos gemelos de la asimilación de los gays en lo mayoritario […] y por una diversificación interna en aumento entre las comunidades lésbicas, gays, bisexuales y trans» (p. 158). Domínguez también cita las palabras de Shangay Lili, conocido activista español, quien en su último libro habló del «paso de la pedrada al gueto» para referirse a la huida, tal vez encarcelación voluntaria, en un barrio gay (el gueto), frente al peligro de la «pedrada ontológica», es decir, de cualquier forma de violencia hacia la diversidad sexual.

En el sexto capítulo, donde se plantea si el activismo acabará con Chueca, Domínguez habla, siguiendo a Gill Valentine, de una «geografía de liberación y de opresión» para referirse a la concepción mental de quienes viven sexualidades diversas al transitar uno u otro espacio y ser consciente del efecto que sus muestras de afecto en público, por ejemplo, puedan tener. Se forman así una gradación de lugares que va desde aquel donde todo está permitido o bien visto hasta aquel donde esas muestras de afecto o diversidad provocarán reacciones adversas, cuando no violencia; de nuevo, una red estratificada e imprecisa que todo aquel que forme parte de minorías acaba por conocer en su ciudad.

Nota más que interesante, algo alejada del tema en cuestión: «lo opuesto a lo necesario es lo contingente». Y, más adelante: «lo necesario sería lo que no puede no ser, frente a lo contingente, que sería lo que puede no ser.» (p. 181)

Al final del libro, en su «Edilia», Domínguez parafrasea a Harvey y toma de él dos conceptos: el de coherencia estructurada, que ya leímos, y el de ajuste espacial (spatial fix), que leímos, más o menos, como la expansión espacial que lleva a cabo el capitalismo durante el fordismo y que acaba eclosionando en la acumulación flexible. Mediante esa base, Domínguez acaba presentando tres posibles escenarios futuros para Chueca: I. Regresión y descongestión, II. Turistificación y polarización, y III. Polarización política y desaparición.

Urbanismo neoliberal, negocio inmobiliario y vida vecinal, Jaume Franquesa

El mismo motivo que nos llevó a leer Ciudad de muros, de Teresa Caldeira, nos ha llevado a leer Urbanismo neoliberal, negocio inmobiliario y vida vecinal. El caso de Palma, de Jaume Franquesa (editorial Icaria, Institut Català d’Antropologia, 2013): el deseo de leer un estudio de antropología urbana aplicado a un caso concreto. Franquesa, sin embargo, es claro desde el principio: pese a que se trata de un trabajo de antropología urbana, «el enfoque de este trabajo se ancla en dos cuerpos teóricos con una amplia tradición: la corriente de la economía política en antropología y los análisis marxistas sobre la producción del espacio» (p. 15; el destacado es del autor). La primera (cuyo principal exponente leído en el blog sería Neil Smith) analiza «desde la etnografía el modo como los procesos globales de carácter político y económico se entrelazan con la estructura social local para producir relaciones, lugares y formas de conciencia, una producción continuamente reelaborada sobre los materiales de su pasado y que, por lo tanto, es estudiada históricamente». El análisis marxista, por el otro lado, bebe de Manuel Castells, David Harvey y, sobre todo, Henri Lefebvre, que pusieron al descubierto y analizaron la «geografía del capital».

Ésa es la gran baza del libro: la aplicación a un caso concreto de esas políticas neoliberales, específicamente sobre el barrio de Sa Calatrava, de la ciudad de Palma de Mallorca.

[E]l libro muestra que el incremento de valor inmobiliario de Sa Calatrava no puede ser comprendido como estrictamente urbanístico ni como estrictamente económico. En otras palabras, el despliegue del boom inmobiliario en el centro histórico de Palma no fue el fruto automático de inversiones económicas, públicas y privadas, sobre el espacio construido, sino que precisó de una serie de medidas de embellecimiento y pacificación apoyadas y legitimadas sobre relaciones y valores locales. El embellecimiento y la pacificación se orientaron, respectivamente, a dotar al barrio de nuevos significados (proceso en el cual la «puesta en valor» del patrimonio jugará un rol crucial) y a ajustar las prácticas sociales de sus habitantes a los requerimientos del capital inmobiliario, es decir, a producir el barrio de Sa Calatrava como un contexto idóneo para la extracción de plusvalías. (p. 13)

Sa Calatrava era un barrio situado cerca del centro de Palma de tradición obrera. En los años 80 se encontraba degradado y algunos de sus vecinos se organizaron en una asociación para tratar de mejorar sus condiciones de vida. En los 90, sin embargo, y coincidiendo con la emergencia de nuevos puntos turísticos a lo largo del Mediterráneo más baratos que la isla de Mallorca, ésta tuvo que reinventar su branding turístico y Sa Calatrava se convirtió en un enclave interesante debido al rent gap, la diferencia entre lo que costaba el terreno por entonces y lo que podía llegar a costar. Se entró en una fase de gentrificación apoyada por la propia asociación de vecinos y el Ayuntamiento, que vendieron la idea como un intento de «pacificar» el barrio, primero, y de promover su patrimonio, después. Ésa es la lucha que retrata Franquesa.

El primer capítulo presenta a algunos de los actores y el barrio en los 80, popular y algo degradado. El segundo capítulo presenta a la Asociación de Vecinos, una entidad organizada con el objetivo de conseguir mejoras para el barrio que muy pronto se imbricó con las autoridades del Ayuntamiento y que le sirvió, por un lado, para colgarse la medalla de que ellos eran quienes habían ayudado al barrio a luchar por su dignidad (es decir, expulsado a traficantes y llevando seguridad a sus calles); pero, por el otro lado, para crear una red vertical y clientelar donde repartían las dádivas del Ayuntamiento entre quienes les eran leales. Esa potestad, resume Franquesa, permitía a la asociación decidir «quién es calatravense y quién no», es decir, crear bandos.

En los 80 la población de Sa Calatrava estaba bastante envejecida. Es entonces cuando se dan los primeros casos de «gentrificación difusa»: pioneros que, sin formar parte aún de la estructura del capital inmobiliario organizado, buscan una vivienda en un barrio «obrero», «auténtico»; o, simplemente, un lugar adecuado para vivir, bien de precio, que presenta características distintas a los barrios más centralizados. Estos pioneros, que a menudo son de una clase social más alta que los habitantes actuales del barrio, no se perciben a sí mismos como tal, sino como miembros dotados de un mayor «capital cultural», capaces de ver en el barrio lo que sus habitantes actuales no ven (casas con patrimonio, con elementos arquitectónicos antiguos, etc.).

A principios de los 90 se lleva a cabo el PERI (Plan Especial de Reforma Interior), donde se establecen tres categorías de personas: los vecinos que se podrán quedar porque son gente «normal» y sus casas tienen valor patrimonial; y los que se tendrán que ir porque el lugar que ocupan «está degradado» y que son o bien indeseables (la población gitana), o bien miserables (la gente mayor sin recursos). Para el desarrollo del PERI, por supuesto, se recurre a la inversión privada, es decir, se ofrecen grandes recursos u opciones a promotores inmobiliarios para que sean ellos quienes se encarguen de mejorar el barrio… a cambio de quedarse con los beneficios.

Una de las herramientas que se usó para actuar sobre el barrio fue el Plan Urban europeo, «el mayor exponente de la introducción del urbanismo neoliberal en la Unión Europea» (p. 98, Franquesa cita a Cochrane, Undestanding urban policy. A critical approach, 2007). El Plan Urban se caracteriza por fórmulas de gestión público-privadas, «el tratamiento asistencialista e individualizado de la pobreza» (que se resumiría en que los pobres lo son porque quieren) y por actuar sobre todo en barrios. Sa Calatrava, a priori, no hubiese sido uno de los receptores del Plan Urban, pero las autoridades lo agruparon junto a otras zonas (el barrio de El Temple) para alcanzar el número de habitantes afectados suficiente para recibir las ayudas. Paradójicamente, un barrio donde empezaba la gentrificación y el precio de los inmuebles se elevaba recibía ayudas para el desarrollo.

El Plan Urban pone un gran énfasis en la cultura. Así, coincidía de pleno con la línea del nuevo turismo («postfordista», lo llama Franquesa) de Mallorca: un turista cultural, de alto nivel adquisitivo, que no busca sólo mar y playa (algo disponible más barato en otras partes del Mediterráneo o del mundo), sino una experiencia cultural, una visita a los orígenes. Para ello, la historia del barrio fue alterada, borrando toda referencia a un pasado obrero o reivindicativo y centrándose en «referencias a palacios señoriales y a elementos del pasado judío e islámico» y hablando a menudo de artesanía pero, de nuevo, obviando a los obreros que se dedicaban a ella.

Este proceso, la patrimonialización, en el fondo borra la historia del barrio o la reescribe a conveniencia, siempre a merced de los deseos del capital y no de los pobladores del barrio. Guillaume (La politique du patrimoine, 1980) señala que en todo centro urbano existen dos zonas: la bella y homogeneizada y la fea y llena de vida. Sa Calatrava era de las segundas; y, si aún era fea, es porque las autoridades no habían invertido, no la habían limpiado. Al hacerlo la despojan de sus habitantes originales y la ponen a disposición del capital convertida en un bonito envoltorio.

La siguiente fase consiste en despojar el espacio público de su cualidad como tal y convertirlo en un entorno aséptico, sin vida, salvo la turística. En palabras de Delgado, pasaríamos de hablar de «las calles» a hablar de «espacio público». En Sa Calatrava consistió en la prohibición de abrir bares, lo que, sumado a la ausencia cada vez mayor de tiendas, obligaba a los habitantes del barrio (en general, personas mayores) a desplazarse fuera del barrio para poder comprar pan, agua o zapatos.

Una de las principales consecuencias de este tipo de urbanismo es que se llega a un momento en el que los habitantes del barrio no se conocen entre ellos: forman parte de diferentes oleadas y cohabitan, pero no conviven porque no hay lugares de socialización. No tienen nada en común, no realizan actividad conjuntas y no se conocen; y estos tres hechos se retroalimentan, impidiéndoles formar un discurso de barrio.

Más que interesante es el cuarto capítulo, que recoge una historia concreta sobre una falsa «okupación» y la ruptura de la Asociación de Vecinos en dos entidades opuestas: la original, que dimitió y formó una asociación de nuevo nombre, vinculada a la derecha y con relaciones estables con el Ayuntamiento, y la nueva, que de hecho se convirtió en la original, formada por personas vinculadas a la izquierda (aunque las etiquetas son nocivas y precisamente de ellas intenta huir Franquesa, algo que no podemos reproducir dada la extensión de la historia).

Las dos asociaciones de vecinos, explica el autor, suponen dos formas distintas de ver y aprecias las transformaciones del barrio: de quien busca un lugar tranquilo para vivir o de quien prefiere una zona repleta de vida, aunque menos tranquila.

A medida que la presión inmobiliaria aumenta, el rodillo del capital afecta cada vez a más espacios. Muy significativo es el hallazgo de unas ruinas romanas en lo que iba a convertirse un gran edificio frente al mar, construido a más altura de la que permitía la legislación pertinente. Los vecinos del barrio protestaron; entre ellos se encontraban también las primeras oleadas de la gentrificación, es decir, los pioneros que llegaron al barrio buscando una zona autóctona, dispuestos a reformar sus viviendas, y que ahora se encontraban fuera de lugar (algo habitual con los procesos de gentrificación). Sin embargo, el discurso se llevaba a cabo en términos de «patrimonio», supuestamente despolitizado. Los «expertos» decidían si esas ruinas eran lo bastante valiosas para ser conservadas, o no, aunque la decisión final correspondía a una comisión política. Pero se hacía entender a los vecinos que se trataba de una decisión «objetiva», despolitizada, supuestamente carente de ideología.

Finalmente el edificio se llevó a cabo y los vecinos lo acataron, salvo uno de ellos, que presentó una demanda y, años después, la ganó. El Tribunal Supremo español decretó que parte de ese nuevo edificio (Dalt Murada), sobre todo los áticos (que se habían permitido construir para compensar al promotor por el «espacio» que había perdido al tener que mantener las ruinas romas a la vista), debían ser derruidos. Los periódicos destaparon, entonces, que gran parte de la cúpula política de la isla eran los propietarios de muchos de esos áticos (algunos de ellos implicados en escándalos y juicios de corrupción, otros incluso sentenciados y en la cárcel).

En vez de derruir los áticos, sin embargo, los políticos se limitaron a cambiar la normativa de la isla para que ese edificio fuese, de repente, legal; por lo que ya no hubo necesidad de derruirlos y su inversión quedó a salvo.

La obra termina con una victoria pírrica que obtuvieron los vecinos contra el capital y una reflexión sobre unas palabras de uno de los vecinos implicados, que dijo que llevaban «media vida salvando espacios (…) y seguro que lo tendremos que seguir haciendo». Franquesa reflexiona sobre cómo esa ideología idealiza el pasado, un pasado que ni fue mejor ni fue ideal; y da a entender que la única victoria posible contra el capital es la de frenarlo, permanecer anclados en ese pasado ideal mientras se trata de impedir que el capital lo arrase todo; una lucha, por lo tanto, ahistórica.

Y deshistorizando el capital y la historia estas luchas, que tan importantes y necesarias son y han sido en Mallorca, corren el peligro de deshistorizarse a sí mismas, como si el único horizonte legítimo, el único sueño redentor pensable, fue un antes que, como ya hemos visto, ni fue bucólico ni (más importante aún) resulta externo a la industria turística, sino que es una pieza clave de su telaraña ideológica. No se trata de considerar a la industria turística como intrínsecamente malvada, sino de entender que políticamente la contradicción entre mercado y sociedad, permanentemente ocultada por discursos de todo tipo, siendo el de la crisis, con su énfasis en los excesos, su versión más reciente. (p. 231)

Lo cual nos recuerda las palabras de Raquel Rolnik cuando hablaba de ideas «prototípicas«, es decir: ni opuestas al capital ni a su merced, sino capaces de generar otras realidades; y, también, claro, a los mapas cognitivos de Jameson.

Ciudad de muros, Teresa Caldeira

Hace aproximadamente un año le dábamos vueltas en el blog a la diferencia entre la sociología y la antropología urbanas. La cuestión nos surgió a raíz de lecturas como Sociología Urbana, de Francisco Javier Ullán de la Rosa; Antropología Urbana, de Josepa Cucó, o La ciudad desdibujada«, de Francisco Monge. Quien nos acabó perfilando el tema fue José Ignacio Homobono con su artículo «Antropología urbana: itinerarios teóricos…«, donde recorría toda la historia de la disciplina; pero quien respondió de verdad fue Amalia Signorelli con su Antropología Urbana, donde dejaba claro, y además lo argumentaba bien, que la antropología urbana debe estudiar las «concepciones del mundo y de la vida, de sistemas cognoscitivo-valorativos elaborados en y por contextos urbanos» y que la antropología es el estudio del otro. Del otro diverso; y del lugar en el que el otro nos coloca al uno, que no es el otro.

Como consecuencia de esa reflexión nos hemos ido acercando a la lectura de diversos libros que estudian una ciudad concreta a partir de la antropología. En breve reseñaremos el caso de Palma de Mallorca de manos de Jaume Franquesa, pero el libro que traemos hoy es una obra maestra, Ciudad de muros [2000, leemos la edición de gedisa, 2007, traducida por Claudia Solans], donde la antropóloga Teresa Caldeira estudia a fondo la ciudad de São Paulo y, sobre todo, las nuevas formas de urbanismo neoliberal que están aumentando la fragmentación, la segregación y la exclusión en la ciudad.

Ciudad de muros se refiere a los enclaves, físicos y culturales, que han brotado por todo São Paulo, similares a las gated communities de que hemos hablado en otras ocasiones en el blog (pero a la vez distintas a ellas; luego entraremos a fondo en el asunto) pero también a las separaciones sociales y culturales que se dan entre grupos distintos cuando los espacios en que habitan dejan de ser los mismos. Precisamente ahí empieza el estudio, con el habla del crimen, con cómo la experiencia del crimen como algo cotidiano campa entre los habitantes de São Paulo, lo hayan vivido en sus carnes o no, y se convierte en una narrativa omnipresente que justifica todas las medidas de seguridad y legitima todas las defensas posibles. El crimen marca un antes y un después; pero su narración se va perfilando y adaptando hasta incluir dos etapas distintas, un antes mitificado, un antes libre de pobres, de inmigrantes, de problemas, de peligros, y un después donde ya nada es igual y se han perdido las certezas; en general, por culpa del otro.

Los espacios fortificados son espacios privatizados, cerrados y monitoreados, destinados a residencia, ocio, trabajo y consumo. Pueden ser shopping centers, conjuntos comerciales y empresariales, o condominios residenciales. Atraen a aquellos que temen la heterogeneidad social de los barrios urbanos más antiguos y prefieren dejarlos para los pobres, los «marginales», los sin techo. Por ser espacios cerrados cuyo acceso es controlado privadamente, aun cuando tengan un uso colectivo y semipúblico, transforman profundamente el carácter del espacio público. En verdad, crean un espacio que contradice directamente los ideales de heterogeneidad, accesibilidad e igualdad que habían ayudado a organizar tanto el espacio público moderno como las modernas democracias. (p. 14)

Antes de entrar en materia, sin embargo, y teniendo en cuenta que Caldeira es una antropóloga brasileña que vive y trabaja entre São Paulo y California, recoge la distinción de Stocking («Afterword: A View from the Center», 1982) entre las antropologías nation-building y las empire-building, es decir, una antropología «internacional», de corriente euroamericana, y una «antropología de la periferia», que son el resto. Los del primer tipo proceden como Marco Polo en Las ciudades invisibles: describen todas las ciudades que visitan… sin concretar de las suyas, pero sin dejar de tenerlas en cuenta. La antropología de la periferia, en cambio, suele centrarse en sus países y los estudia con tanto ahínco que acaba cayendo en su singularidad, gesto que Caldeira, formada entre ambos mundos, ha tratado de evitar con este libro. Por ello, Ciudad de muros habla de São Paulo pero se refiere a procesos que, tal vez de modo distinto, se están dando también en Los Ángeles, Miami, Nueva York, Roma o Barcelona.

Al contrario que la experiencia del crimen, que rompe el significado y desorganiza el mundo, el habla del crimen simbólicamente lo reorganiza al intentar restablecer un cuadro estático del mundo. Esta reorganización simbólica se expresa en términos muy simplistas que se apoyan en la elaboración de pares de oposición ofrecidos por el universo del crimen, siendo el más común el del bien contra el mal. (p. 34)

En Moóca, uno de los barrios de São Paulo donde Caldeira realizó sus investigaciones, el antes suele presentar el barrio idealizado, cuando era una zona industrial con muchas fábricas y empleo; y el después se sitúa con la reducción de esa industrialización (deslocalizada), la demolición de algunas de las casas antiguas para recibir la llegada del metro y cierta gentrificación en el barrio. Todo ello queda resumido en la llegada de los inmigrantes del norte de Brasil (los «nordestinos»), que se perciben como la causa de que el barrio se haya degradado; se perciben como «el otro» frente a un «nosotros» ficticio que es quien mantiene la «verdadera identidad» del barrio. «Eligen, entonces, a los recién llegados, migrantes como ellos, pero que llegaron después y son más pobres, para expresar los límites de su comunidad y acentuar su propia superioridad social. Los recién llegados son tachados de extranjeros –como los padres de los residentes más antiguos– pero también de invasores que están destruyendo el lugar que los residentes de Moóca y sus padres conquistaron y construyeron para sí.» (p. 45) Además, «las categorías son rígidas: no están hechas para describir el mundo de forma precisa, sino para organizarlo y clasificarlo simbólicamente.»

Por ello, existen lugares que son más sospechosos que otros: en concreto, las favelas y los conventillos (casas coloniales grandes con muchas habitaciones donde convive una gran cantidad de personas). Caldeira los clasifica ambos como «espacios liminares» y, en la significación popular, quedan «excluidos del universo de lo adecuado, son simbólicamente constituidos como espacios del crimen, espacios de características impropias, contaminantes y peligrosas» (p. 98).

El siguiente capítulo estudia la relación entre el aumento del crimen, el largo historial de abusos de la policía de São Paulo y las consecuencias para la democracia, aunque no entraremos en él porque se aleja de la temática del blog.

La tercera parte, sin embargo, cae de pleno en ella. Caldeira explica los tres patrones de segregación espacial que ha sufrido São Paulo a lo largo del siglo XX:

  • la primera, que empezó en el XIX y se extendió hasta los años 40, «produjo una ciudad concentrada en la que los diferentes grupos sociales se comprimían en un área urbana pequeña y estaban segregados por tipos de viviendas»;
  • la segunda, de 1940 hasta los años 80, estuvo controlada por la forma «centro-periferia», con una gran separación física entre las distintas clases sociales: las altas y medio-altas viven en el centro, donde existen todas las infraestructuras necesarias, mientras que las bajas viven en las afueras, en las «distantes y precarias periferias»;
  • finalmente, una tercera forma actual que se superpone a la anterior y donde los grupos están separados por muros, físicos o estructurales, y «enclaves fortificados»: «espacios privatizados, cerrados y monitoreados, para residencia, consumo, recreación y trabajo» (p. 257).

El segundo patrón, el centro-periferia, estuvo trufado de asociaciones y entidades políticas (como el Banco Nacional de Habitación o el Sistema Financiero de Habitación) creadas con el fin de fomentar la vivienda entre todos los habitantes pero reconvertidas en financieras que apoyaban la propiedad de las viviendas para las clases medias (como la Federal Housing Association en Estados Unidos durante la white flight), provocando que en los años 70 «las personas de diferentes clases sociales no sólo estaban separadas por grandes distancias sino que también tenían tipos de viviendas y calidad de vida urbana radicalmente diferentes».

A mediados de los 70 las periferias se movilizaron para tratar de conseguir lo que tenían las clases medias: un acceso digno a la vivienda en entornos con infraestructuras adecuadas. Pero llegó la desindustrialización y el trasvase hacia el sector servicios y surgieron nuevas zonas de oficina, consumo y comercio «que atrajeron tanto a residentes ricos como altas inversiones». Aumentó el crimen, se generó el habla del crimen con que Caldeira empezaba su estudio y las distintas clases sociales optaron por fortificarse para evitar el peligro.

La imagen que se ha vuelto icónica de la desigualad en Brasil.

¿Cuáles son las características básicas de los enclaves fortificados?

  • 1. «Son propiedad privada para uso colectivo y enfatizan el valor de lo que es privado y restringido, al mismo tiempo que desvalorizan lo que es público y abierto en la ciudad» (p. 313)
  • 2. Están claramente delimitados y aislados por muros.
  • 3. Están volcados hacia el interior y no hacia la calle.
  • 4. Controlados por sistemas de seguridad y guardias armados.
  • 5. Son flexibles: debido a las nuevas tecnologías y formas de organización, son entidades autónomas que pueden situarse en cualquier lugar, por lo que se alzan como entidades independientes de sus alrededores.
  • 6. Tienden a ser socialmente homogéneos.

Pese a que su origen se podría encontrar en los CID (common interest developments) y los suburbios norteamericanos, los condominios cerrados brasileños presentan algunas diferencias respecto a éstos:

  • 1. Mientras que en Estados Unidos las gated communities constituyen sólo el 20% de los CID, en Brasil todos los condominios están cerrados con muros y acceso controlado.
  • 2. En Brasil la mayoría de condominios son edificios de apartamentos, eminentemente urbanos, a diferencia de en Estados Unidos, que suelen ser enclaves suburbanos.
  • 3. Si los CID americanos suelen buscar cierta uniformidad en la estética, los brasileños lo rechazan, porque se suelen relacionar las casas estandarizadas con las viviendas de las clases bajas.
  • 4. Finalmente, y tal vez como consecuencia de lo anterior, los enclaves brasileños no hacen ninguna referencia a la comunidad, ni a la creación de lazos sociales entre sus miembros, a diferencia de Estados Unidos, donde se erigen como bastiones de determinados tipos de personas (jubilados, cristianos, familias con niños, gays…) y donde la seguridad se publicita como un aspecto casi secundario.

Los condominios son espacios cerrados con seguridad privada concebidos como universos autónomos. Suelen promocionarse con sus instalaciones, como gimnasios, bibliotecas, clubes privados… que la mayoría de las veces quedan sin utilizar.

Dentro de los condominios, la falta de respeto por la ley es casi una regla. Las personas se sienten más libres para desobedecer la ley porque están en espacios privados de los cuales la policía es mantenida lejos, y porque las calles de los complejos se consideran como extensiones de sus jardines. En verdad, cuando las personas tienen nociones frágiles sobre el interés público, responsabilidad pública y respeto por los derechos de otras personas, es improbable que lleguen a adquirir esas nociones dentro de los condominios. (p. 337)

Por ejemplo en Alphaville, uno de los primeros condominios cerrados de la ciudad y tan conocido que su nombre se ha convertido en el genérico de los condominios, en apenas dos años (marzo de 1981 a enero de 1991) se produjeron 646 accidentes con 925 heridos y 6 muertos, en general provocado por adolescentes que aprendían a conducir o se sentían seguros usando el coche dentro del condominio, y las víctimas eran, en general, niños que estaban jugando en las calles. Sin embargo, los vigilantes de seguridad privada no tienen verdadera libertad para reprender a esos adolescentes, porque en el fondo son empleados de sus padres y corren el riesgo de quedarse sin empleos; y la policía a menudo ni siquiera es consciente de los hechos, porque se consideran «domésticos» y se resuelven dentro del condominio, desvalorizando aún más lo público.

São Paulo es hoy una ciudad de muros. Los residentes de la ciudad no se arriesgarían a tener una casa sin rejas o barrotes en las ventanas. Barreras físicas cercan espacios públicos y privados: casas, edificios, parques, plazas, complejos empresariales, áreas de comercio y escuelas. A medida que las elites se retiran hacia sus enclaves y abandonan los espacios públicos para los sin techo y los pobres, el número de espacios para encuentros públicos de personas de diferentes grupos sociales disminuye considerablemente. Las rutinas diarias de aquellos que habitan espacios segregados –protegidos por muros, sistemas de vigilancia y acceso restringido– son muy diferentes de las rutinas anteriores en ambientes más abiertos y heterogéneos. (p. 363)

Para empezar: puesto que el espacio para los ricos está cerrado, «el espacio que sobra es abandonado a aquellos que no pueden pagar para entrar» (p. 378). A priori, por lo tanto, y puesto que los ricos han escogido su espacio, lo que queda debería ser espacio de todos, espacio público (y habría que reflexionar aquí cómo, de nuevo, las clases altas escogen espacio y compañías mientras que las clases bajas tiene que conformarse con aquello que les toca en suerte). Sin embargo, y puesto que los espacios acaban siendo habitados por grupos homogéneos, el verdadero espacio público desaparece: «los caminos dentro de las favelas son espacios para caminar, pero las favelas acaban siendo tratadas como enclaves privados: sólo residentes y conocidos se aventuran a entrar y todo lo que se ve desde las calles públicas son algunas pocas entradas». Entraríamos, si acaso, en el gueto (o el hipergueto) del que hablaba Wacquant.

Quedan unos cuantos barrios donde aún hay gente en las calles, explica Caldeira. Por un lado son los barrios más populares donde aún las clases «medias» se sienten cómodas paseando; por el otro son los barrios de clases medias-altas que, sin embargo, están poblados por cámaras de vigilancia y seguridad privada, convertidas en verdaderos enclaves privados encubiertos, similares a las millas de oro de que hablaba Francesc Muñoz en Urbanalización: centros comerciales al aire libre pero que reproducen los mismos aspectos que los centros comerciales cerrados y donde tampoco todo el mundo tiene paso franco, pues cada uno es sospechoso en función de su apariencia.

Las funciones del espacio público, de la calle, vaya, se transfieren a entornos privados; y es aquí donde Caldeira conecta con la ciudad de Los Ángeles pero también con los centros comerciales y la ciudad análoga de la que hablaban Margaret Crawford y Trevor Boddy en Variaciones sobre un parque temático, editado por Michael Sorkin. En la ciudad norteamericana aún existen espacios abiertos y no privatizados de uso público intenso, pero suelen caer en dos tipos concretos: «espacios cada vez más segregados y socialmente homogéneos» (Caldeira pone como ejemplo los parques latinos o las áreas de negocios de lujo de Beverly Hills) y espacios especializados, especialmente para ocio y consumo, convertidos en una especie de parque temático (la Promenade de Santa Mónica o la playa de Venice).

Comparada a la de São Paulo, la fortificación de Los Ángeles es blanda. Donde barrios como Morumbi usan muros altos, cercas de hierro y vigilantes armados, el West Side de Los Ángeles usa principalmente alarmas electrónicas y pequeñas señales anunciando «Respuesta armada». Mientras la elite de São Paulo claramente se apropia de espacios públicos –cerrando calles públicas con cadenas y otros obstáculos físicos e instalando guardias privados armados para controlar la circulación–, la elite de Los Ángeles todavía muestra algún respeto por las vías públicas. Sin embargo, las comunidades cercadas por muros que se apropian de calles públicas están proliferando, y es posible preguntarse si el patrón más discreto de separación y vigilancia de Los Ángeles no se relaciona en parte con el hecho de que los pobres ya viven lejos de West Side, mientras en Morumbi viven al otro lado de la calle. Además, la policía de Los Ángeles –a pesar de ser considerada como una de las más parciales y violentas de los Estados Unidos– todavía parece ser efectiva y no violenta si se la compara a la de São Paulo. (p. 403)

Aquí Caldeira inserta dos posibles interpretaciones, dadas por autores muy distintos. El primero es Charles Jencks (del que hablamos a propósito del postmodernismo tanto en el análisis de Harvey La condición de la posmodernidad como, sobre todo, en Los orígenes de la posmodernidad, de Perry Anderson), analista de la postmodernidad en la arquitectura, quien llega a la conclusión de que, dada la enorme diversidad de la ciudad, y teniendo en cuenta la situación económica (su análisis es de 1993), las personas cada vez necesitarán más protección y fortificación. Para Jencks, la seguridad será una necesidad y sitúa la heterogeneidad étnica de la ciudad como la razón para sus conflictos sociales, por lo que la separación le parece una solución.

Por otro lado, la voz crítica contra la fortificación de Los Ángeles es la de Mike Davis tanto en Ciudad de cuarzo como en «Fortaleza LA» (recogido en el ya citado Variaciones sobre un parque temático). Davis considera que la segregación y la fortificación del espacio no son más que una estrategia neoliberal con funciones represivas y punitivas sobre las clases bajas, como también lo consideraba Wacquant.

Caldeira rechaza el uso de la etiqueta «postmodernas» para referirse a estas nuevas configuraciones del espacio, que usaron, por ejemplo, Edward Soja y Michael Dear (en un artículo recogido en The City: Los Angeles and Urban Theory at the End of the Twentieth Century editado por Allen J. Scott y el propio Soja) porque desplaza el tema de interés de la configuración del espacio, que no deja de ser una lucha de clases o una imposición neoliberal, hacia la flexibilidad, el flujo, el sincretismo social o la «heterodoxia social» propias de las etiquetas postmodernas.

Una vez que los muros se construyen, alteran la vida pública. Los cambios que estamos viendo en el espacio urbano son fundamentalmente no democráticos. Lo que se está reproduciendo en el espacio urbano es segregación e intolerancia. El espacio de esas ciudades es la arena principal en la cual se articulan esas tendencias antidemocráticas. (p. 410).

Tocar fondo. La mano invisible detrás de la subida del alquiler, Manuel Gabarre

Tocar fondo. La mano invisible de la subida del alquiler, de Manuel Gabarre (Observatiorio CODE, Observatorio Contra Delitos Económicos formado por activistas de la sociedad) es una obra muy breve que trata el expolio sufrido en el mercado inmobiliario español y los tejemanejes del gran capital para hacerse con la propiedad y las rentas de las viviendas. El primer capítulo presenta a los actores y su ecosistema (paraísos fiscales y demás), el segundo trata del papel de la vivienda en las finanzas y el tercero se centra en el caso concreto del SAREB, el mal llamado «banco malo» español que se hizo cargo de todas las viviendas desahuciadas.

«Un paraíso fiscal es un Estado o una jurisdicción que permite que los extranjeros puedan eludir el control fiscal de su país de origen» (p. 19), algo que, a estas alturas, todos conocemos. Gabarre comenta que el nombre «paraíso fiscal» proviene de una mala traducción de ‘tax haven’, refugio fiscal, al francés (donde confundieron ‘haven’, refugio, con ‘heaven’, cielo, paraíso, y de ahí tenemos el «paraíso fiscal»). Están repartidos por todo el mundo, pero tal vez los más conocidos son los territorios británicos de ultramar, restos de colonias de cuando Reino Unido era un Imperio, y entre los cuales están las Islas Caimán, las Bermudas o Gibraltar.

Tras la Segunda Guerra Mundial, en parte como necesidad de reconstrucción y en parte como oposición al bloque soviético socialista, los países occidentales escogieron formas de redistribución mediante regímenes fiscales progresivos. Esta etapa duró, aproximadamente, desde 1945 hasta 1973, con la primera crisis del petróleo. Ya hemos hablado que durante esta época se forjó, también, el paso de estados occidentales occidentales industriales a dedicados a los servicios, con la industria deslocalizada a países emergentes o del sud-este asiático (por ejemplo lo vimos en La sociedad red de Castells o con la acumulación flexible de Harvey). Tras las crisis económicas de los años 70 se abandonó el modelo progresista y se instauró un modelo de ahorro y de laissez-faire empresarial, el neoliberalismo, que liberaba a las empresas de todos sus límites y sometía a los vaivenes del mercado todos los ámbitos de nuestra vida.

Ahí entró la vivienda. Ya vimos con La guerra de los lugares, de Raquel Rolnik, cómo se pasó lentamente de un modelo de vivienda como un bien necesario para todos a una vivienda considerada como un bien de mercado que sólo estaría disponible para quienes pudiesen permitírsela. Durante décadas se fue reforzando la idea de la propiedad privada de la vivienda y la consideración de que la vivienda pública era algo indigno, propio de los pobres, que nadie «de bien» querría.

Tras la crisis del 29 en Estados Unidos, se separó mediante una ley la banca de depósito comercial (aquella donde los ciudadanos depositamos nuestro dinero) y la de inversión (aquella destinada a conseguir beneficios). Esta separación no se hizo, por ejemplo, en Europa (lo que explica que la city de Londres sea el mayor centro bancario del mundo, puesto que las sedes de Estados Unidos abrían filiales allí para operar más libremente). A medida que la doctrina neoliberal calaba, sin embargo, y se empezaba a considerar que todo lo que provenía del Estado era «nocivo o sospechoso de serlo, ya fuesen los funcionarios, los servicios públicos o las regulaciones», se fue imponiendo la desregulación que cristalizó en 1999 en Estados Unidos cuando Bill Clinton derogó la anterior ley de bancos (Glass-Steagall, la del 29 que referíamos).

Desde entonces, la banca de inversión se recapitalizó con los ahorros del ahorrador medio y se lanzó sin cortapisas a la especulación en el mercado financiero tras la eliminación de las barreras legales. La consecuencia fue que en diez años se produjo una crisis que tuvo la magnitud de la de 1929. A resultas de la crisis, en la época Obama se hizo un intento de controlar levemente el sistema financiero a través de la ley Dodd-Frank. Sin embargo, las regulaciones aprobadas han sido suprimidas durante el mandato de Donald Trump. (p. 41)

Por supuesto, la única forma en que los bancos y las finanzas pueden campar a sus anchas es si los Estados dejan de regularlas; ello se produce por dos caminos. El primero: dada la existencia de los paraísos fiscales y la facilidad con que se puede acceder a ellos en una era de globalización, internet y banca on-line, las grandes empresas y las grandes fortunas han dejado de pagar impuestos, o lo hacen en una medida muy pequeña; por ello, los Estados no tienen suficiente dinero y tienen que aumentar los impuestos directos (que no son regresivos, como el IVA o los impuestos a los carburantes, y que tienen mayor peso sobre las clases con menos poder adquisitivo); y, por otro lado, a los Estados no les queda más remedio que tirar de deuda de esos grandes fondos de inversión o de la gran banca.

La otra herramienta es introducir como gestores de la economía de los Estados a los propios miembros de la banca.

Steve Bannon trabajó en Goldman Sachs como banquero de inversión. Entre los políticos más destacados que han sido directivos de Goldman Sachs se encuentra el actual secretario del Tesoro de EEUU Steve Mnuchin. Será el tercer secretario de estado que ha sido directivo de Goldman Sachs. Los anteriores fueron Hank Paulson y Robert Rubin, quien contribuyó durante su mandato a la supresión de la Ley Glass-Steagall, que disponía la separación entre la banca comercial y la banca de inversión. La nómina de directivos de Goldman Sachs que pasaron a la política es extraordinariamente larga en EEUU y en Europa, con otros destacados miembros como Gary Cohn, jefe del National Economic Council durante el mandato de Trump o también Mario Draghi, quien era un importante directivo de Goldman Sachs. También es el caso de José Manuel Durão Barroso, presidente de la Unión Europea durante la crisis y ahora presidente de Goldman Sachs Internacional. Pero la influencia de la banca de inversión y de la banca en la sombra es determinante. Y este no es solo el caso de Goldman Sachs. Es el caso de muchos otros como Stephen Schwarzman, consejero delegado de Blackstone, que actuó recientemente
como consejero de Trump desde el foro consultivo de estrategia y política. Del mismo modo, en el campo local Luis de Guindos fue responsable de Lehman Brothers en la Península Ibérica.

Sirva lo anterior sólo como ejemplo.

Durante la crisis de 2008, la cantidad de crédito fácil que los bancos habían otorgado para hipotecas era tan desmesurada que todo el sistema bancario español estuvo a punto de caer. Para impedirlo se inyectaron 60.000 millones de euros en sus cuentas, a fondo perdido, sin llevar a cabo medidas como en otros países para garantizar que ese dinero no fuese a manos privadas (lo que acabó sucediendo). En Estados Unidos, por ejemplo, se nacionalizó algunos bancos y se recuperó esa inversión privatizándolos de nuevo otra vez; en España no sucedió nada de eso.

Pero, además de la inyección de dinero para evitar el colapso económico, quedaba la duda de qué hacer con ese enorme mercado inmobiliario, formado por una gran cantidad de viviendas y solares que sus propietarios no habían podido seguir pagando y que en ese momento, dado el desplome del mercado inmobiliario, tenían un valor muy inferior a aquel por el que se habían tasado. Para ello se creó la Sociedad de Gestión de Activos procedentes de la Reestructuración Bancaria (el famoso SAREB), una entidad privada gestionada por manos privadas pero financiada con dinero público y con una finalidad pública.

El SAREB se financió con unos 4.800 millones de euros iniciales, de los cuales el 55% provenía de fondos privados (bancos españoles, que tuvieron que aportar de forma proporcional a su volumen económico) y el 45% restante, de origen público (sobre todo del FROB, Fondo de Reestructuración Ordenada Bancaria, la misma entidad que subvencionó a los bancos). El objetivo declarado del SAREB era comprar esas viviendas y solares que ahora tenían mucho menos valor para quitárselo de las manos a los bancos y que éstos volviesen a ser solventes. Sin embargo, con esos casi 5.000 millones de euros el SAREB no hubiese ido muy lejos; recibió una inyección de dinero de 50.000 millones de euros de fondos europeos para poder maniobrar.

La finalidad de Sareb era la de convertirse en un cortafuegos, hecho de dinero público, con el propósito de evitar que la crisis española se propagase por toda Europa. Este peligro provenía de que los bancos estaban fuertemente endeudados entre sí. Si entidades importantes como Bankia o Catalunya Banc no hubiesen devuelto los préstamos que habían recibido de otros bancos europeos, también los podrían haber arrastrado a la quiebra. En realidad, el sistema bancario funciona como un castillo de naipes en el que la quiebra de una entidad importante puede provocar el desmoronamiento de todo el sistema financiero.

Debido al riesgo de contagio, el Consejo Europeo prestó más de 50.000 millones de euros al Estado español con la obligación de que los emplease en pagar las deudas que estas entidades arruinadas tenían con otras entidades financieras. Sin embargo, esta operación todavía no ha sido contabilizada dentro de las ayudas públicas a la banca. (p. 64)

El objetivo del SAREB era comprar esas viviendas y solares a los bancos (para limpiar sus cuentas) y, por el camino, obtener beneficios con ellos. Pero… ¿vendiéndoselos a quién? La población estaba inmersa en la peor crisis financiera que se recuerda, la de 2008, por lo que muy pocas personas particulares podían afrontar la compra de una vivienda; tampoco los bancos atravesaban su mejor momento, y precisamente eran quienes tenían que vender esas viviendas y solares. El Estado había visto reducidos sus ingresos con el rescate bancario, la gran cantidad de personas en el paro y la debacle económica; de hecho, muchas de las imposiciones europeas a cambio de obtener flujo de dinero suponían la reducción del Estado del bienestar y los famosos «recortes», es decir, reducir el gasto público en sanidad, educación, ayudas sociales…

Por lo tanto, ¿quiénes eran los únicos compradores posibles? El gran capital: los fondos de inversión y los fondos buitres. Ése era el objetivo, no muy disimulado, del SAREB: adquirir viviendas y solares a precio de risa para venderlo a los fondos de capital. En ningún momento estaba previsto que el SAREB consiguiese suficiente dinero para devolver el préstamo del Consejo Europeo; y, como ya vaticina Manuel Gabarre en el libro, y como ha acabado pasando, puesto que España es el avalista del SAREB, todo ese dinero que se ha perdido ha pasado a aumentar la deuda pública del país. Es decir: entre todos los españoles les hemos vendido centenares de miles de viviendas a los fondos buitres para que puedan ganar dinero y además subirnos el alquiler.

Porque ésa es la otra cara de la moneda. Tras gastar gran cantidad de sus fondos en adquirir viviendas, edificios y solares por todo el país, el SAREB no se dedicó a crear un parque inmobiliario lo bastante grande para controlar las enormes subidas del alquiler y generalizar un acceso fácil a la vivienda, sino que malvendió esas propiedades a precios ridículos a los fondos de inversión. SAREB, según sus cuentas oficiales, llegó a disponer de unos 15.000 solares y unas 88.000 viviendas; eso suponía el 22% de sus gastos. El 78% restantes lo formaban las hipotecas y préstamos que los bancos habían concedido pero que se habían dejado de pagar, por lo que no existen registros oficiales de en qué consistían esos créditos e hipotecas. Sin embargo, no es desmesurado suponer que la mayoría de ellos eran sobre solares o edificios y viviendas, por lo que los cálculos de Gabarre sitúan el parque inmobiliario del SAREB en unas 350.000 propiedades.

Esa cantidad, concentrada en las grandes ciudades, era la oportunidad perfecta para que el Gobierno de España pudiese implantar un parque de vivienda pública que beneficiase a los ciudadanos (como el caso de Viena, por ejemplo, donde algo más de un 65% de las viviendas son de titularidad pública y el alquiler está controlado) y además ayudase a mantener el mercado estable. En vez de ello, vendió ese parque inmobiliario a pedazos a fondos de inversión que se han dedicado a subir los alquileres y a convertir las viviendas en bienes de mercado, provocando que los alquileres en los puntos calientes del país (Madrid y Barcelona, sobre todo), se disparasen entre un 40% y un 50% en apenas 5 años.

Como ya comentaba Raquel Rolnik, los fondos de inversión se dieron cuenta de que las hipotecas eran un bien envenenado, y por ello pasaron a gestionar los inmuebles como alquileres. Una crisis económica no derrumba el precio del alquiler, simplemente lo baja un poco, pero sigue estando garantizado que los ciudadanos lo paguen, puesto que necesitan un lugar donde vivir; y, en cuanto el mercado vuelva a subir, los precios se pueden volver a lanzar. Además de otros factores como el turismo con Airbnb o mantener viviendas de lujo como inversiones que se revalorizan.

¿Por qué, pese a que sus fondos iniciales eran públicos y el resto procedía de Europa, su finalidad era pública y su objetivo, público, SAREB se consideró una entidad privada? Por distintos motivos:

  • El primero y más importante, eso permitió que su deuda no se añadiese a la deuda pública, al ser una entidad privada. Eso sucedió en marzo de 2020 y supuso un aumento espectacular de la deuda del país, lo que significa que somos los españoles quienes hemos acabado pagando los beneficios que extrajeron y extraen los fondos de inversión, pese a promesas como la de Luís de Guindos de que «el SAREB nunca supondrá costes para los contribuyentes».
  • Puesto que el SAREB era una entidad privada, no estaba sometida a ningún control público. Por ello, no era necesario cumplir las garantías que se le exigen a la administración en cuanto a los contratos públicos, lo que supone, por ejemplo, que no es necesario vender al mejor postor, sino a quien el SAREB o sus gestores escojan.
  • Finalmente, cualquier conducta «sospechosa» de los gestores del SAREB no se considera malversación de fondos públicos, lo que es un delito importante, sino, como mucho, «administración desleal».

Finalmente, destacar que SAREB estuvo inicialmente gestionada por los mismos que pusieron el 45% de esos 4.800 millones iniciales (es decir: quienes invirtieron cerca de 2.000 millones de euros podían gestionar un volumen total de casi 55.000 sin dar explicaciones), lo que ya es sospechoso, pues fueron los mismos bancos que habían perdido el dinero y provocado la crisis quienes decidían qué hacer con el parque inmobiliario español. A partir del 2013, sin embargo, la gestión del SAREB pasó a manos privados y se encargó a entidades relacionadas con el sector financiero, entre las cuales destaca la del hijo del anterior presidente del Gobierno, José María Aznar Botella.

A día de hoy, y puesto que con lo poco que obtuvo ha tenido que ir pagando intereses, SAREB debe cerca de 40.000 millones de euros y no dispone prácticamente de propiedades, puesto que ya las ha ido vendiendo a los fondos de inversión. En 2015 Lui s de Guindos, por entonces ministro de Economía y que, como ya hemos comentado, provenía de Lehman Brothers, creó una normativa ad hoc mediante la cual el SAREB, pese a ser una entidad «en causa de disolución», lo que implicaba que el Estado y sus socios debían ampliar capital, se convertía en una excepción. Esta normativa suponía que la «patata caliente» del SAREB ganaba tiempo y que la bomba explotaría más adelante, en la siguiente legislatura, como acabó sucediendo. «Como premio a sus servicios, Luis de Guindos fue nombrado vicepresidente del Banco Central Europeo en 2018» (p. 89).

Supercities. La inteligencia del territorio, Alfonso Vergara y Juan Luís de las Rivas

Supercities. La inteligencia del territorio es un libro extraño. Está escrito por Alfonso Vegara y Juan de las Rivas, el primero fundador y presidente de la Fundación Metrópoli y el segundo, miembro de ella. Es un libro extraño porque aúna un rigor extraordinario, un conocimiento vastísimo sobre el tema y una cierta carencia de crítica en algunos puntos, pese a que está presente en otros. A lo largo de sus muchas páginas se tratan, posiblemente, todos los temas relacionados con el urbanismo que hemos ido tratando en el blog, además de muchos otros de más amplia envergadura y, sin embargo, por ejemplo, no aparece la palabra gentrificación ni una sola vez. Hay una ideología de trasfondo que asume que las ciudades pueden ser lugares de exclusión y de pobreza, sí, pero sólo cuando las cosas no se hacen bien; y que la forma de hacerlas bien pasa por aunar ciudad, economía y eficiencia; que las ciudades deben crecer, deber ser competitivas, deben diferenciarse en el campo de batalla global y deben atraer a las clases creativas; y, si fuesen capaces de hacerlo sin provocar muchos problemas, sería lo ideal, aunque sea complicado. Pero, si no se consigue… en ningún momento se cuestiona lo anterior.

De forma similar al libro Ciudades del mañana, de Peter Hall, los distintos capítulos están organizados por bloques temáticos y recogen la historia de ese tema concreto desde sus inicios. Así, por ejemplo, «Los orígenes del urbanismo moderno» recoge el nacimiento de los planes de urbanismo casi desde la Revolución Industrial hasta nuestros días y «La ciudad funcional», el racionalismo desde Le Corbusier hasta la actualidad. De especial interés para el blog serán los dos temas ya citados y el penúltimo, «Ciudad digital, smart city», por lo que vamos a ellos.

El origen de los planes urbanísticos se encuentra en la Städtebau alemana y el Town Planning británico de mediados del siglo XIX, cuando surge «una nueva técnica, más bien un conjunto de técnicas dispares –alineaciones, ordenanzas, zonificaciones… — orientadas no tanto a proyectar la ciudad futura como a administrar el espacio físico y a establecer una gestión moderna de las ciudades» (p. 27). La revolución industrial estaba poblando las ciudades, lo que generaba una gran cantidad de problemas higiénicos, de hacinamiento, distribución… Es entonces cuando surge el modelo actual de ciudad concéntrica y con barrios satélites, «derivado de la experiencia londinense y de las ideas de la ciudad jardín». En este momento surgen dos lógicas opuestas: la del continente, que «parte de un modelo de ciudad continua de crecimiento ilimitado, organizada por la nueva ingeniería del transporte y de las infraestructuras» y que consiste en calles amplias, rectas, avenidas y ordenanzas de edificación (de clara inspiración Haussmann) y el modelo «policéntrico que propone la ciudad jardín, por su obsesión con limitar el tamaño de las unidades urbanas» (p. 31).

La primera figura del urbanismo es, como ya adelantó François Ascher en Los nuevos principios del urbanismo, Ildefons Cerdà, primero con su libro Teoría general de la urbanización y luego por la planificación del Ensanche de Barcelona, que Vergara y de las Rivas loan sin medida. Lo cierto es que el Ensanche de Barcelona ha demostrado ser una obra adelantada a su tiempo, consciente de los cambios que podrían llegar y con posibilidad para adaptarse a ellas. Las calles han sido capaces de absorber un tráfico mucho mayor del que Cerdà podría haber previsto, los chaflanes son lugar de asueto, con cafeterías y bancos para descansar y que permiten mejorar ese tráfico y, si la obra de Cerdà se hubiese llevado a cabo como él la proyectó, en cada manzana habría parques para los vecinos y gran cantidad de luz. Lo importante de su plan, también, fue el modo como estudió Barcelona, lo que entonces eran su núcleo y los pueblos periféricos, luego integrados en la propia ciudad, y cómo respetó y alteró esa configuración en el modo justo.

Es aquí donde ya encontramos algunas de las contradicciones del libro. Se elogian tanto el Fórum de las Culturas (2004) como la creación del distrito Poblenou 22@ como continuaciones de la obra de Cerdà; y, sin embargo, ya hemos hablado largamente en el blog de cómo el Fórum no fue más que un desmán urbanístico ideado para expoliar a las clases pobres de la última zona del litoral barcelonés y substituirlas por inversores acomodados, a ser posible, generando parques públicos para beneficio de esas clases privadas. Ambas visiones no son antitéticas: se puede loar la culminación de la Diagonal y se puede criticar que se haya hecho a costa de inversiones privadas o a espaldas de las clases populares; pero cuando la crítica está ausente por completo, a uno no le queda más remedio que plantearse la ideología que lo sostiene todo.

Otro de los planes urbanísticos mencionados en el libro es el de Viena y Otto Wagner, que trató de mantener un carácter estético y embellecer la ciudad. «En Viena se percibe como en casi ningún otro lugar el nacimiento de la metrópoli moderna que materializa el pacto entre la vieja aristocracia y la burguesía comercial e industrial, tras la revolución de 1848» (p. 37). En esas avenidas convivirán los cafés con los tranvías, los peatones con los escaparates, en el símbolo de la modernidad que veía Baudelaire y analizamos con Marshal Berman en Todo lo sólido se desvanece en el aire.

En 1933, a bordo del transatlántico “Patris II” en trayecto desde Marsella a Atenas, tuvo lugar la celebración del 4ª Congreso Internacional de Arquitectura Moderna cuyo título fue La Ciudad Funcional. Las conclusiones serán recogidas por Le Corbusier, para algunos sin respetar la diversidad de ideas allí presentes, en un libro publicado en 1943: La Carta de Atenas. En este documento fundamental se fijaron por primera vez unos principios sistemáticos relativos al moderno planeamiento urbano. Le Corbusier hace confluir en la redacción de la Carta ideas que él mismo ha ido elaborando desde que en 1922 planteara su “Ville contemporaine pour 3 millions d’habitants”. Su libro «Urbanisme» (1925), el polémico “Plan Voisin” (1925) para el centro de París y el libro La Ville Radieuse (1933), que preceden al 4ª CIAM, son elocuentes en cuanto a su perfil funcionalista. (p. 54)

El segundo capítulo rastrea los orígenes del funcionalismo ejemplificado por Le Corbusier en «el desarrollo eficaz de una nueva arquitectura residencial fundad en nuevos tipos y capaz de articular la respuesta a la demanda masiva de vivienda», algo que ya se encuentra, por ejemplo, en las Siedlungen alemanas. Como ya analizamos en su momento, La Carta está plagada de buenas intenciones que no se ejecutaron del modo correcto. El deseo de situar las viviendas en los mejores lugares de la ciudad y rodearlas de naturaleza, aire puro y agua se convirtió en una zonificación brutal que separaba los distritos según los usos de sus edificios y entregaba el resto de la ciudad a los automóviles, únicos capaces de distribuir a las personas de una a otra zona. Sin embargo, en algún punto ya no esconden sus intenciones: «La arquitectura preside los destinos de la ciudad». Para Le Corbusier, los arquitectos eran los creadores, en mayúsculas, y a diferencia de, por ejemplo, el historicismo de Camilo Sitte, que consideraron que «lo básico en un proyecto urbano es la configuración del espacio público», para el racionalismo eran los edificios.

La Carta era una colección de buenos ideales que no tenía en cuenta ningún otro aspecto social, económico o político más allá de sus deseos. «José Luis Sert habla de la “olvidada quinta función”, la que permite que el colectivo humano que habita una ciudad se sienta partícipe del proceso de transformación de la misma. Sin negar las otras cuatro funciones sugiere una nueva, la modificación del entorno, la que debe ser origen de una morfología urbana más rica y de una vida social más compleja y satisfactoria» (p. 63). Por ello, cuando la ciudad moderna surge no lo hace ex novo, sino que convive con la ciudad tradicional; a menudo, la moderna sólo consigue configurar la forma del extrarradio, lo que, sumado a la influencia de la ciudad jardín, con sus límites al crecimiento, se acaba convirtiendo en ciudades alejadas del centro que no dialogan con lo ya construido: las famosas ciudades satélite (o sus variantes, como la banlieue francesa).

La crisis de la ciudad funcional produce un vacío interpretativo. Muchos comienzan a tratar a la ciudad real en la que vivimos como algo caótico e inexplicable. El funcionalismo es la última corriente urbanística que intentó entender y dar respuesta a la ciudad en su conjunto. Pero la ciudad sigue evolucionando al margen de las teorías. La ciudad de hoy, que ya no es reconocible con la mirada, es un sistema urbano complejo en transformación permanente. (p.70)

Los siguientes capítulos recogen una gran cantidad de temas diversos: el origen y desarrollo del concepto de ciudad jardín, las ciudades como cúspide industrial y social en los textos de Baudelaire o Dostoyevski, el historicismo de Marcel Poëte o la reconstrucción de Bolonia, por citar sólo algunos. De nuevo con este último tema sorprende el enfoque: se loan las renovaciones urbanas que están reivindicando los centros, desde Bilbao, por supuesto, a Gerona o Graz, acabando con el ejemplo de la High Line de Nueva York, un jardín lineal construido a lo largo de las vías elevadas de una línea de ferrocarril abandonada. Ya pusimos este ejemplo en el blog: de revitalización urbana a centro impulsor de gentrificación y exclusión, la High Line ha supuesto un revulsivo para el barrio, sí, y es hermosa y agradable pasear por ella; pero los apartamentos con vistas a ella han triplicado sus precios y toda la zona ha sufrido un encarecimiento, además de pasar a estar poblada por cafeterías y todo tipo de negocios modernos o creativos. Algo que ya comentó Harvey en Ciudades rebeldes: que los parques, y todos los edificios de los que se habla en Supercities, están en la fina línea entre ser revulsivos para barrios «en decadencia» y convertirse en herramientas de expulsión. Una crítica que, de nuevo, se echa de menos en este libro.

Algo más de reflexión encontramos en el capítulo titulado «Ciudad digital, smart city«.

Si tuviéramos que diseñar mapas expresivos de la compleja ciudad contemporánea, las viejas analogías ya no sirven. Deberíamos acudir a referencias derivadas de estructuras microscópicas o del cosmos, a imágenes fractales y a la organización de partículas, campos y líneas de fuerza, a la configuración de complejas cadenas de materia, a sistemas planetarios y constelaciones, a esas máquinas de la vida tan difíciles de comprender, las proteínas, o a los complejos códigos genéticos que hoy son interpretados con series gráficas y numéricas, de nuevo una analogía cibernética. Sin embargo, la pérdida de valor del concepto clásico de centralidad en la nueva economía no conduce inmediatamente a su sustitución por un concepto equivalente. Los procesos de descentralización espacial han sido espontáneos y han generado externalidades difíciles de corregir. La ciudad emergente se caracteriza por su dinamismo, por la mayor interacción y la mayor generación de viajes, por el incremento de la conectividad –de todo tipo– y sus consecuencias en una sociedad donde las relaciones mercantiles dominan peligrosamente la vida colectiva . La compleja y dispersa ciudad contemporánea y sus tensiones de transformación son un exponente claro de esta nueva relación entre innovación y territorio. (p. 268)

Si bien los autores no discuten la necesidad de crear clústers empresariales, tecnológicos y de investigación en las ciudades (similares a Silicon Valley, aunque salvando las distancias, claro), tampoco esconden en ningún momento los intereses que hay tras el concepto smart city y cómo es la voluntad empresarial de obtener beneficio la que lo apuntala. Son críticos asimismo con la deriva que ha emprendido el término, ya que hoy en día cualquier iniciativa de un consistorio puede caber bajo el paraguas «smart» (el Ayuntamiento de Barcelona pone bajo ese epígrafe desde su CityLab hasta las líneas de autobuses híbridos y eléctricos).

El tema de la complejidad urbana en este capítulo los lleva a hablar de los no-lugares o su evolución, los super-lugares (término que no conocíamos y que surge en cuanto el propio Augé reconoce que los no-lugares son los lugares de la sociedad contemporánea), y hasta de las heterotopías de Foucault al referirse a Masdar, una «ciudad» completamente artificial construida (y concebida) como experimento junto a Abu Dabi. De nuevo, el término que creemos que mejor se adapta a esta nueva forma de habitar el territorio, donde cada cual construye su propia red y su propio espacio vital (en la medida de lo posible, por supuesto, y con las limitaciones propias de espacios concebidos como y transitados por mercancías) es el de territoriantes, de Francesc Muñoz.

El último capítulo del libro acaba con una visión de la situación actual de las ciudades: el desparrame del sprawl y de suburbia, la pérdida del espacio urbano y su militarización y fortificación (Mike Davis), las edge cities de Garreau, la metápolis de Ascher, la exópolis de Soja, incluso la «ciudad genérica» de la que hablaba el arquitecto Rem Koolhas; hasta la «urbanización informal» que surge espontáneamente en las grandes metrópolis del Tercer Mundo donde la concentración y el crecimiento humanos son tan enormes que las autoridades son incapaces de hacerle frente.