La ciudad y otros ensayos de ecología urbana (II): la ciudad como laboratorio

En la anterior entrada de este libro, que recoge algunos de los principales artículos escritos por uno de los miembros de la Escuela de Chicago, Robert Ezra Park, sobre ecología urbana, situamos el contexto histórico y los antecedentes de la Escuela. Chicago durante el siglo XIX creció de forma extraordinaria, pasando de apenas 5 mil habitantes en 1840 a casi 4 millones en 1920. Lógicamente, una gran mayoría de ellos eran inmigrantes que provenían de muy distintos contextos y que se organizaron como buenamente pudieron. A ello habría que sumarle el liberalismo americano, con su completo laissez-faire para los negocios, la movilidad personal e individual, el desarrollo de los medios de transporte y comunicación y la delincuencia, gangsterismo, ley seca, organización en bandas… que llevaron a tratar de entender Chicago como un «laboratorio social».

El primer Departamento de Sociología de Estados Unidos se fundó, precisamente, en Chicago, de la mano de su primer director, Albion Small. Como la mayoría de los sociólogos de la época, abordaban el estudio de la ciudad con una mezcla de interés filosófico y reformismo cristiano. A diferencia de muchos otros intelectuales norteamericanos, sin embargo, Small, como posteriormente Park, había estudiado en Alemania, donde se tenía una visión algo diferente de la ciudad: en vez de considerarla un entorno embrutecedor, opuesto a la naturaleza idealizada o a la comunidad, desde el continente se percibía la ciudad como un lugar de socialización avanzada y compleja. Park, además, había trabajado durante una década como reportero y eso le hizo tener una visión muy clara de la ciudad como algo estructurado en áreas de influencia; de hecho, las comparaban con las comunidades de animales, que nacían, evolucionaban, envejecían y acababan muriendo en función de su adaptación al medio. Se trataba de la ecología humana.

«La ciudad. Sugerencias para la investigación del comportamiento humano en el medio urbano» es un artículo de Park publicado en 1915 que fue revisado para su publicación en el libro, editado junto a su colega de la Escuela de Chicago Ernest Burgess, The City (1925). En él aborda, desde una perspectiva empírica, el estudio de la ciudad desde una nueva perspectiva que él mismo define:

Denominamos ecología humana, para distinguirla de la ecología vegetal y animal, a la ciencia que trata de aislar esos factores y describir las constelaciones típicas de las personas e instituciones producidas por la convergencia de tales fuerzas. (p. 49)

La ciudad, ha dicho Park al principio del artículo, es algo más que un territorio concreto o una suma de calles, edificios, alumbrado y tranvías: «es sobre todo un estado de ánimo, un conjunto de costumbres y tradiciones, de actitudes organizadas y de sentimientos inherentes a esas costumbres, que se transmiten mediante dicha tradición». Por «esos factores» y «esas fuerzas» en la descripción de la ecología humana se refiere Park a las circunstancias que conforman la ciudad como un agrupamiento, más o menos ordenado, de personas distribuidas en áreas más o menos definidas. Si la antropología, hasta el momento, se había dedicado a estudiar a los salvajes de lugares lejanos (África, Oceanía, el Pacífico, el Amazonas), Park propone el estudio del «hombre civilizado», «un objeto de investigación igualmente interesante». Propone, de hecho, que se estudien Little Italy, el Lower North Side de Chicago e incluso Greenwich Village de Nueva York. Y cae aquí en la que será la gran crítica posterior a la Escuela de Chicago (que podemos leer, por ejemplo, en Harvey, pero también en el capítulo que Francisco Javier Ullán de la Rosa dedica a la Escuela): que siempre pensaron que el objeto de estudio eran los inmigrantes, los pobres, los negros; pero nunca los blancos anglosajones de clase media. Daban a entender, así, que había una normalidad, un término medio, en el que se disolverían las otras razas, naciones, credos u orígenes, el famoso melting pot, el crisol que formaría una clase media uniforme (aunque no usaron esas palabras, lógicamente).

Park propone cuatro grandes ámbitos temáticos para abordar el estudio de la ciudad. El primero de ellos, El plano de la ciudad y la organización formal, tiene mucho que ver con la idiosincrasia de las ciudades norteamericanas: el terreno está organizado en forma de damero, con enormes calles horizontales y verticales que crean manzana tras manzana. Eso responde a la construcción ortogonal de las ciudades norteamericanas, de escasos tres o cuatro siglos de antigüedad; cualquier ciudad europea con dos milenios de historia y una morfología muy distinta presentaría otras complejidades. En este espacio, a priori, igual en todas sus partes, sin embargo, la población no tarda en organizarse en función de algunos de sus atributos: el centro se vuelve más caro, la gente de menor capacidad económica se va a las afueras, se organizan por comunidades… ¿Cómo se distribuye la población en este terreno?, es la primera de las preguntas que Park propone abordar para entender la ciudad. Las siguientes tratan sobre los vecindarios y comunidades que se forman así como las áreas de influencia de la ciudad y sus «áreas de segregación», las afueras donde se reúnen los delincuentes.

El segundo grupo temático se articula alrededor de La organización industrial y el orden moral. La ciudad pasó de ser un lugar de refugio para sus habitantes a un enorme nodo comercial; y gran parte de su éxito hasta nuestros días se debe a que en ningún otro lugar del planeta está tan acusada la diferenciación y especialización laboral. Profesiones que no pueden existir en ningún otro lugar existen en las ciudades, pues la densidad lo permite; lo mismo sucede con ciertos negocios, ciertas actitudes o hasta determinados grupos de personas, estadísticamente escasos pero visibles en las grandes concentraciones urbanas.

Esta especialización genera comunidades que no pueden existir en entornos más pequeños y que se organizan alrededor de sus intereses, ya sean comerciales, sociales, individuales.

El dinero es el medio fundamental de la racionalización de los valores y de la sustitución de los sentimientos por los intereses. Precisamente porque no experimentamos frente al dinero ninguna actitud personal o sentimental, como la que experimentas, por ejemplo, frente a nuestra casa, el dinero se convierte en el medio más preciso de intercambio. (p. 61)

Oímos aquí ecos de Simmel en «Las grandes ciudades y la vida del espíritu«. Pero este interés y las comunidades que genera son inestables, pues son cambiantes y están sometidas a procesos de reajuste continuos. Existe la movilidad, tanto física (transportes, nuevas líneas de metro o ferrocarril, nuevas carreteras) como social (ascenso, caída, matrimonio o hijos, etc.). La inestabilidad en las ciudades es crónica; forma parte de su existencia.

La ciudad, y en particular la gran ciudad, en la que por todos lados las relaciones humanas son probablemente impersonales y racionales, regidas por el interés y el dinero, constituye en un sentido muy real un laboratorio de investigación del comportamiento colectivo. Las huelgas y los pequeños movimientos revolucionarios son endémicos en el medio urbano. Las ciudades, las grandes en particular, se encuentran en un estadio de equilibrio inestable. De ahí deriva que los inmensos agregados, ocasionales y mutables, que constituyen nuestra población urbana, se encuentren en continua agitación, barridos por cada nuevo viento doctrinal, sujetos a constantes alarmas; y en consecuencia, la comunidad está en una situación de crisis permanente. (p. 64)

Lo que también nos recuerda a la efervescencia social de Durkheim.

El tercer campo de estudio se centra en las Relaciones secundarias y control social. Los cambios sociales que se produjeron en las ciudades durante el siglo XIX llevaron a que las relaciones primarias, las que se dan por ejemplo en el seno de una comunidad, sean substituidas por las secundarias, que son relaciones indirectas. Si las primeras están regidas por el tacto, la vista y el contacto y «son inmediatas e irreflexivas», las secundarias se organizan según la razón y están mediadas por el interés y el desapego. Se pasa de un panadero al que conocemos de toda la vida y del que sabemos detalles familiares y hasta íntimos a un dependiente con el que apenas tenemos un breve intercambio regido por la función: la de vendernos el pan, al tiempo que, a su vez, nos amoldamos a otra interpretación, la de cliente, ambos roles con todas sus características asociadas (y oímos aquí ecos de Goffman en, por ejemplo, La presentación de la persona en la vida cotidiana).

Otro aspecto que Park engloba en este campo de estudio es el de la reproducción social (aunque no usa el término): el trasvase de información de una generación a la siguiente, además del papel que puedan jugar los medios de comunicación, así como la política, en la estructura de estas comunidades.

Finalmente, el cuarto campo es El temperamento y el medio urbano. Puesto que los individuos urbanos habitan un entorno tan complejo, denso y especializado, es habitual que deban pasar de un ámbito a otro de forma cotidiana; para ello desarrollan formas de asimilación o desapego con cada uno de estos grupos. Surgen entonces las modas, «la presentación», los recursos que se usan para evidenciar una u otra posición social al resto de los habitantes de la ciudad sin necesidad de tener que explicitarlos en cada caso.

Esto hace posible que los individuos pasen rápida y fácilmente de un medio moral a otro y alienta la fascinante aunque peligrosa experiencia de vivir al mismo tiempo en mundos diferentes y contiguos, pero por lo demás completamente separados. Todo eso tiende a conferir a la vida urbana un carácter superficial y casual, a complicar las relaciones sociales, y a producir nuevos y divergentes tipos de individuos. Esto introduce al mismo tiempo un elemento de azar y de aventura que se añade a la excitación de la vida urbana y le otorga un atractivo particular para los temperamentos jóvenes y fogosos. (p. 79)

Las regiones, añade Park, no son sólo de interés o por comunidades: pueden surgir también regiones morales, «zonas de vicio» o barrios chinos, donde no es necesario vivir pero que uno puede visitar por un rato.

El siguiente artículo de esta antología, «La comunidad urbana como modelo espacial y orden social«, publicado en 1925, aborda el mismo tema pero sin tanto contexto: equipara las comunidades de personas, definidas en un territorio concreto de la ciudad y formadas por una amalgama de personas con intereses comunes, con una célula o especie animal.

La comunidad, a diferencia de los individuos que la componen, tiene una duración de vida indefinida. Sabemos que las comunidades nacen, se desarrollan, alcanzar su plenitud durante un tiempo y después declinan. (p. 92)

Sin embargo, esta comparación entre comunidades y evolución lo lleva a considerar, unos párrafos más adelante, que la construcción que se ha dado en las ciudades norteamericanas, en concreto en Chicago, es la natural.

Además, en la periferia de la ciudad, los suburbios industriales y residenciales, las ciudades dormitorio y las ciudades satélite parecen encontrar, de manera casi natural e inevitable, su emplazamiento predeterminado. Dentro de la zona delimitada, de un lado, por el distrito central de negocios y, de otro, por los suburbios, la ciudad tiende a adoptar la configuración de una serie de círculos concéntricos. Estos distintos sectores, situados a diferentes distancias del centro, se caracterizan por grados desiguales de movilidad de la población. (p. 94)

Park no describe las ciudades: describe una ciudad concreta, encajada en un contexto muy determinado: la acumulación capitalista. Pero no han llegado aún los años 60 ni se ha planteado La producción del espacio (lo hará Lefebvre en unas tres o cuatro décadas), que llevar a cuestionar que cada espacio articulado es, en el fondo, producido y refleja, en determinada manera, el poder presente en su momento.

Los siguientes tres artículos son prólogos a otras tantas obras de otros miembros de la Escuela de Chicago: The Gang, de Trasher (1927), donde analizaba las 1313 bandas callejeras de Chicago (se sospecha que redondeó el número para dejarlo bonito) y donde introdujo el concepto de espacio intersticial; The Ghetto (1928), de Louis Wirth, que estudiaba tanto el barrio judío de Chicago como los lugares donde habitaban los judíos de la ciudad; o The Gold Coast and the Slum (1929), de Zorbaugh, que se centraba en el Lower North Side, «un conglomerado de áreas naturales que contiene la Pequeña Sicilia, la Costa Dorada y, entremedio, un extenso sector residencial» (p. 119).

«La ciudad como laboratorio social» (1929) recoge una apreciación que hizo Albion Small al comprar Chicago con un «laboratorio social», un lugar donde analizar lo que le sucedía a la sociedad cuando se formaba de forma tan veloz y convulsa como le había pasado a Chicago. La ciudad es la cúspide de la socialización, el único entorno totalmente generada por sí mismo que ha creado el hombre. En ella, por ejemplo, el campesino llegado del medio rural «se emancipa del control social de la costumbre ancestral, pero al mismo tiempo no encuentra el sostén de la sabiduría colectiva que le ofrecía la comunidad campesina: queda a merced de sí mismo» (p. 116).

Los primeros estudios de la ciudad, recuerda Park, «fueron más prácticos que teóricos». Entre ellos destaca la Hull House de Jane Addams, de la que hablamos en la entrada anterior, y que pretendía mejorar las condiciones de vida de los pobres. O el enorme estudio que llevó a cabo Charles Booth en Londres, en 1888, publicado en nueve volúmenes: Life and Labor of the People of Londonm (1892). «Lo que dio gran ímpetu a las investigaciones locales en los Estados Unidos fue la creació de la Fundación Sage en 1906 y la publicación entre 1909 y 1914 de los resultados del Estudio de Pittsburgh.» Pittsburgh era una ciudad claramente industrial, por lo que el estudio tuvo en cuenta ese aspecto a la hora de analizar las condiciones de vida de la ciudad. Incluyó la técnica y cómo cambiaba el día a día de sus habitantes; por primera vez, no era un estudio centrado en los políticos y en cómo éstos podían, o incluso debían, mejorar la calidad de vida de los ciudadanos, sino que intentaba ser un estudio objetivo que diseccionase la vida en un entorno.

El Estudio de Pittsburgh creó escuela y se llevaron muchos otros a cabo, analizando todo tipo de temas: en Spriengfield, en Cleveland… hasta el análisis de la cuestión racial en Chicago que se tituló El negro en Chicago (1922), editado por la Universidad de la ciudad.

En todas o en la mayoría de estas investigaciones está implícita la idea de que la comunidad urbana, en su crecimiento y en su organización, representa un complejo de tendencias y sucesos que pueden ser conceptualizados y objeto de un estudio independiente. Todos estos estudios comparten la idea implícita de que la ciudad constituye una entidad dotada de una organización característica y de una historia típica, y que las distintas ciudades son lo bastante parecidas como para que, dentro de ciertos límites, lo que se sabe de una pueda suponerse como cierto de otras. (p. 119)

A partir de aquí se sucedieron los primeros estudios de la Escuela de Chicago: The Hobo (Nels Anderson, 1923) y los ya citados The Ghetto y The Gold Coast and the Slum. Los tres tenían en común que se centraban, en vez de en la totalidad de la ciudad, en una serie de «áreas naturales» de la misma.

Un sector de la ciudad es denominado «área natural» porque surge sin plan previo y desempeña una función, aunque esa función, como sucede en el caso de los barrios bajos, pueda no responder al deseo de todos. Es un área natural porque posee una historia natural. La existencia de estas áreas naturales, cada una con su función característica, proporciona ciertos indicios sobre lo que el análisis de la ciudad arroja: que, como hemos sugerido antes, la ciudad no es sólo un artefacto sino en un cierto sentido y hasta cierto punto, un organismo.

La ciudad es, de hecho, una constelación de áreas naturales, cada una de las cuales posee su medio característico y ejerce una función específica en la economía global de la ciudad. (p. 120)

«Ecología humana«, publicado en 1936, avanza en la comparación con el método evolutivo y entiende que las áreas naturales compiten entre ellas por la primacía del espacio. En ocasiones una devora a la otra, o queda abandonada, o sus miembros originales desparecen o se mudan… o surgen imprevistos y circunstancias que alteran el equilibrio y que suponen una reorganización del sistema.

Sin embargo, y puesto que el hombre no vive directamente sobre el territorio, sino que lo adapta a él, Park distingue dos tipos de dominación: el biótico y el cultural. «Existe una sociedad simbiótica basada en la competencia y una sociedad cultural basada en la comunicación y el consenso.» Son sólo dos aspectos de una misma sociedad que comparten «cierta dependencia mutua».

Finalmente, en «La ciudad, fenómeno natural«, publicado en 1939, Park ya distingue tres concepciones distintas de la ciudad:

  • (i) un simple agregado territorial;
  • (ii) un artefacto «físico o conceptual» ligado por un armazón de leyes y conceptos jurídicos y administrativos;
  • (iii) una unidad funcional donde «las relaciones entre los individuos están determinadas no sólo por las condiciones impuestas por la estructura material de la ciudad (i) ni siquiera por las regulaciones formales de un gobierno local (ii) sino por las interacciones, directas o indirectas, que los individuos mantienen unos con otros» (p. 141)

A estas tres concepciones, que mantienen unos hilos tan estrechos que Park las compara con las de un superorganismo, en términos de Herbert Spencer, le corresponden el orden territorial (i), el orden económico o competitivo (ii) y el orden cultural (iii).

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