Antropología urbana, Amalia Signorelli

Si recuerdan, antes de sumergirnos en la lectura de dos obras enormes y esenciales para comprender el papel de las ciudades en nuestra sociedad como son La producción del espacio de Henri Lefebvre y La sociedad red de Manuel Castells, uno de los temas que nos rondaba la mente era la diferencia entre la sociología y la antropología urbanas o, siendo más precisos, cuál era el objeto concreto de la última. Reflexionamos acerca de ello a propósito de las lecturas de Francisco Javier Ullán de la Rosa Sociología urbana, de Antropología urbana de Josepa Cucó y de La ciudad desdibujada de Francisco Monge.

La lectura de Antopología urbana, de Amalia Signorelli, llega por lo tanto en un momento perfecto. Amalia Signorelli fue una antropóloga italiana recientemente fallecida, en 2017. Estudió numerosos temas, entre los cuales los movimientos migratorios, de desposesión, la situación de la mujer o las redes clientelares de la mafia en su Italia natal. Antropología urbana está dividido en tres partes bien diferenciadas: Problemas, que detalla de forma concienzuda y directa los principales puntos que, a tenor de la autora, la antropología debe estudiar, y que en el blog suscribimos de pe a pa; A la búsqueda de un paradigma, donde da un repaso a la historia de la antropología urbana; y A la búsqueda de un objeto: casos de estudio donde pone en práctica su tesis de que la antropología se hace en la calle, observando el mundo que nos rodea, y por lo tanto expone diversos casos sucedidos en Italia y las reflexiones que suscitan.

Considero que la antropología urbana tiene una tarea distinta: se trata de ocuparse de concepciones del mundo y de la vida, de sistemas cognoscitivo-valorativos elaborados en y por contextos urbanos; contextos industriales y postindustriales, capitalistas o poscolonialistas o posreal socialistas o más bien globalizados y a punto de ser virtualizados. (p. 10)

Signorelli huye en parte de la visión ecológica de la ciudad que proviene sobre todo de la Escuela de Chicago, para quienes la urbe era una variable en sí misma. “También Castells ha estado entre los más severos críticos de la hipótesis ecologista, señalando cómo son las relaciones sociales y particularmente las relaciones de producción las que determinan las ciudades y no viceversa.” Y pone un ejemplo muy pertinente: cuando el Coliseo se convirtió en una rotonda alrededor de la cual giraba el tráfico romano y estalló la polémica. Si tanto el Coliseo como el interior de cualquier otra rotonda son de construcción humana, ¿por qué esa diferencia entre uno y otro? “Lo cual nos autoriza a pensar que los sujetos implicados perciben el Coliseo como algo diferente de un arriate [que hay en el interior de una glorieta]”. Con las ciudades sucede algo similar: producidas por los seres humanos, “¿cómo entran en los procesos de producción y reproducción de la condición humana?”

El primer polo de reflexión es la diversidad: la antropología se ocupa del otro. El gran problema de “el otro” es que a menudo va acompañado por una jerarquía: el otro no es como yo o como los nuestros, por lo tanto es distinto, es inferior (“¿existirían los diferentes si no fueran otros a pensarlos, a verlos, a tratarlos como diferentes?”). En esta discusión la ciudad tienen un papel relevante, porque no en vano ha sido considerada mayoritariamente la “cúspide”; y por ello se habla de “personas civilizadas” o, contrariamente, de “villanos”.

Las ciudades lidian con la diversidad en sus muchas formas. Un ejemplo de Signorelli: los metros de París y de México. El primero da por sentado que sus usuarios son alfabetizados; el segundo es consciente de que una mayoría no lo son; por lo tanto, junto a los carteles con los nombres de las estaciones, cada una de ellas dispone de un símbolo para que todos se puedan orientar. Eso nos da la señal de que el número de analfabetos en Mexico DF es mayor que en París; pero también la forma de lidiar con ambas diversidades es diferente. En París, el analfabeto se sabe minoría; y la única forma de paliarlo es alfabetizarse. En Mexico, el analfabeto se sabe parte de un grupo que es tenido en cuenta y, por lo tanto, la ciudad “juega un papel importante en la persistencia del analfabetismo”.

Por lo tanto, la diversidad es:

  • relacional, en relación al contexto social en que se da;
  • jerarquizante;
  • relativa, porque depende del contexto;
  • y dinámica, porque “no nacemos diversos sino que somos producidos como tales.”

Ya destacó Simmel, y lo recogió la Escuela de Chicago, la necesidad del urbanita de “entrar y salir continuamente de una multiplicidad de papeles diversos para poder entrar y salir de relaciones sociales numerosas, breves y superficiales, pero ineludibles”. Para Simmel, los urbanitas compartían una actitud blasé, eran personalidad frías y despegadas, poco dadas a participar (lo vimos en “Las grandes urbes y la vida del espíritu“), mientras que para Park las afinidades se daban en personas que compartían un mismo sistema de valores. Para autores como Sennet o Jacobs, la diversidad es el rasgo principal de la ciudad.

Amalia Signorelli

Por ello, para Signorelli está claro que el objeto de la antropología es “el problema del estatus del otro, de su diferencia y su semejanza”. Precisamente por eso, cuando nació la antropología, durante el sigo XIX, y lo hizo dentro de un paradigma, el evolucionista, tuvo que “inventarse” una figura: la del salvaje. En ese siglo aún era posible encontrarlos en islas remotas o paraísos alejados del hombre occidental; y por ello la etnografía tuvo tal repercusión, obviando, sin embargo, que estos “salvajes” o “arcaicos” vivían en una especie de presente atemporal, alejados de los cambios que la llegada del estudioso o etnógrafo, o incluso de las sociedades que los rodeaban, generaban. En definitiva, más que existir, eran “producidos”.

Un poco de ahí, también, de esa arcadia original, surge la concepción de la ciudad como la sucesión del campo. Por eso cuando la ciudad se volvió industrial y parecía un monstruo “omnívoro que engullía cualquier aportación y la reelaboraba para entregarla plasmada según sus modalidades” se vio el retorno al campo como una vuelta al pasado, a un mundo tradicional que se había perdido. De ahí, en parte, el auge de la ciudad jardín o del suburbio americano. Si en Europa ha pesado la tradición histórica, en América a su ausencia se han sumado otros muchos rasgos: la mezcla entre los deseos individuales y de grupo, la historicidad rural y campesina de la mayoría de los inmigrantes con la necesidad de integración en una ciudad o como poco una civilización dedicada a las máquinas, la presencia constante de los “salvajes”, indios primero y negros después.

“…las ciudades han sido siempre el punto de máxima tensión de todo el sistema social, a causa de la marcada división del trabajo que las caracteriza, de la interdependencia de las funciones y del antagonismo de los intereses que de ellas derivan”. (p. 37)

Huyendo de conceptos biológicos o evolutivos y teniendo en cuenta que la ciudad es una construcción humana, Signorelli lo tiene claro: “el parámetro para un juicio alrededor de la metrópolis no puede ser de ningún modo buscado en la naturaleza, sino en la historia”. Es decir: en el hecho de que la ciudad, cuando ha representado una oportunidad, lo ha hecho siempre más para unos que para otros. Así se inicia el segundo gran polo de la ciudad: el conflicto. La ciudad ha sido el gran lugar de la creatividad y el progreso; pero también de la explotación de unos sobre otros. ¿Son inseparables?, se pregunta Signorelli. Y resitúa la pregunta a una más concreta: el estudio de la aceptación de los dominados y cómo reaccionan a dicho dominio. No es sorprendente que, a lo largo de la historia, los oprimidos que se han organizado para luchar contra la opresión sean casos contados; pero tampoco es ese el objetivo del libro, sino descubrir cuál es el papel de la ciudad en dicho proceso.

La respuesta transita también la función espacial: no es necesario recurrir a Lefebvre para desentrañar que la clase dominante siempre ocupa un espacio preeminente en la ciudad y que además posee, en general, la mayor parte del espacio. Por eso, Signorelli destaca tres criterios en la relación entre espacio y grupo social:

  • el económico, que trata de las interdependencias entre la situación espacial de un grupo y su participación en los procesos de producción;
  • sociológico, que trata de las interdependencias entre la situación espacial de un grupo y su papel en la dinámica social;
  • el antropológico, entre la situación espacial de un grupo y la construcción de su identidad en términos culturales.

La llegada de la ciudad industrial, con sus muchos efectos nocivos sobre los ciudadanos, tuvo sin embargo el efecto de convertir a los trabajadores en asalariados: es decir, en convertirlos en “una parte indispensable del proceso productivo” y además “en clase dotada de conciencia de clase”. Estos valores se fueron perdiendo con el paso a las ciudades postindustriales y la crisis por parte de “las clases subalternas urbanas cuyo eje era precisamente el valor del trabajo y el trabajo como valor”. Algo similar leímos en La cultura de los suburbios, donde los hijos de los inmigrantes llegados a Francia cuestionaban la elección de sus padres de trabajar duramente porque no les había supuesto mayor beneficio que seguir siendo explotados o vivir en situación precaria.

De hecho, Signorelli denuncia que no puede “construir su propia identidad” quien tiene que luchar por salir adelante, quien paga un precio estratosférico por tener una vivienda o quien tiene que peregrinar de servicio social en servicio social; y también las nuevas formas de explotación sobre los ciudadanos como la propiedad inmobiliaria o la prestación de servicios muy por debajo de unos estándares determinados.

El tercer gran polo de reflexión es la dicotomía entre el espacio abstracto y el espacio concreto. El espacio nunca es neutro: disponer de espacio es disponer de libertad. Sin ir muy lejos, pensemos en el confinamiento que acabamos de pasar y la diferencia entre vivirlo en una mansión con hectáreas de jardín o en un minipiso de 30 metros cuadrados sin balcón. O el ejemplo más dañino: el máximo castigo de nuestra sociedad es la privación de transitar el espacio: la cárcel. El espacio es un recurso.

A partir de aquí, ¿cómo se define si un espacio es bueno o malo? El racionalismo lo intentó con sol, aire libre y vegetación; de un modo similar, la antropología funcionalista (Malinowsky) consideró que “todo sistema social, de todas las sociedades, pudiese ser explicado como sistema de respuestas a las necesidades biológicas primarias”. Pero esto no explica hechos básicos como “la diferenciación y subordinación; es decir, el cambio y el conflicto”.

El control de todo recurso lleva aparejada una fuente de poder: ya sea el agua, la comida o el espacio. Vemos ejemplos de ello en las primeras ciudades mesopotámicas construidas en zigurat donde el templo y el palacio estaban en las capas superiores, desde las que se divisaba toda la ciudad, y su acceso estaba limitado a la familia real y los sacerdotes. La distribución espacial implica la distribución del poder, y por ello en todas las sociedades siempre va acompañada de una serie de significaciones y de un aprendizaje cultural necesario para reconocer los códigos: a cada casta o grupo le corresponden espacios distintos.

Este proceso de aprendizaje está tan imbuido en nuestra cultura que se convierte en una “evidencia dóxica” (en palabras de Bordieu), algo tan elemental que olvidamos sus raíces históricas y nos parece un hecho natural. Signorelli da el ejemplo de cómo es la distribución espacial de muchas ciudades italianas, pero no hace falta ir hasta él: piensen si acaso en las ciudades satélite o de cualquier extrarradio de una ciudad y la facilidad con que reconocemos el tipo de personas que la habitan con solo una mirada.

Los edificios e incluso hogares se proyectan de un modo u otro en función de gran cantidad de factores pero se da la distinción de que una gran parte de la población jamás forma parte de este proceso: las clases medias y bajas no pueden escoger la tipología de su hábitat más allá de diferencias menores como si tendrá dos o tres habitaciones o será un primero o un quinto. La vida privada de esas personas o familias se lleva a cabo constreida en unas tipologías determinadas que se pueden modificar sólo hasta cierto extremo; y no entremos en la vorágine consumista que aún limita y homogeneiza más todos los espacios. Por contra, las clases dominantes no sólo tienen acceso a la construcción o cierto designio sobre sus hábitats, sino también de los “grandes espacios escenográficos capaces de expresar, imponer y legitimar al mismo tiempo un poder y su ideología”: la plaza San Pedro y la Pennsylvania Avenue (Castells) pero también las instituciones totales como colegios, cuarteles, hospitales o asilos (Foucault).

Todo ello lleva a Signorelli a hablar del espacio abstracto del arquitecto o el proyectista y del espacio concreto de quien reside en esos lugares. El primero es euclidiano, divisible, geométrico; el segundo, “una esfera en el interior de la cual él se mueve y que en cierto modo se mueve con él, se modifica en el curso y a causa de sus cambios.”

La siguiente parte del libro rastrea en los orígenes e historia de la antropología urbana y empieza por la Escuela de Chicago, cuyos integrantes publicaron grandes monografías pero carecieron, en general, de una teoría a la altura que estudiase las ciudades como fenómeno social y no como un lugar donde sucedían hechos. “…no les interesa tanto cómo y por qué la inmigración ha hecho crecer las ciudades sino qué han hecho las ciudades con los inmigrantes”. De hecho, esto tiene que ver con lo que verdaderamente era esencial para los de Chicago: los estudios de campo. Escogían un entorno y se iban para allá a descubrir y narrar lo que estaba sucediendo en Little Italy, el North Side de Chicago o en Greenwich Village de Nueva York.

La batuta de la Escuela de Chicago no se recogió en los Estados Unidos hasta los años 50 y 60, cuando surgió una nueva antropología urbana dividida en dos corrientes: la antropología en la ciudad o la antropología de la ciudad. La antropología en la ciudad estudió, en general, cómo las formas de familia y parentesco en entornos urbanos no quedaban destruidas sino que se “rediseñan y se refuncionalizan hasta constituirse en elementos importantes no sólo de las vías de integración de los inmigrantes sino también del proceso entero de reestructuración que a causa de la inmigración sufre la misma ciudad”. La antropología de la ciudad, en cambio, colocaba a la ciudad en el punto de mira, “como realidad espacial y social que genera y condiciona actitudes y comportamientos” o bien la que está constituida por dichas actitudes y comportamientos. Esta segunda visión parte de la idea de que la división del trabajo se separa de los vínculos de sexo y edad “y tiende más a estructurarse y articularse económicamente”.

Si en Estados Unidos la antropología urbana se radicaba en las grandes ciudades, en Inglaterra lo hace entorno a la colonización. Se trata, clar, del Rhodes-Livingstone Institute de Lusaka, conocidos como la Escuela de Manchester por el motivo de que su segundo (y más conocido) director, Max Gluckmann, se transfirió a la Universidad de Manchester. A finales de la segunda guerra mundial, el Cinturón del Cobre africano se convirtió en el foco de atención del Instituto debido a la gran cantidad de inmigrante que pasaba de entornos rurales a urbanos. Aquí, Signorelli echa de menos una reflexión por parte de los estudiosos del Instituto sobre los efectos que la colonización estaba teniendo en distintos lugares, ya que se centraron sólo en los efectos y consecuencias en las ciudades donde la población no paraba de crecer. “Al final de la lectura de las monografías de la Escuela de Manchester, el lector tiene la impresión de haber visitado una curiosa África, donde están los trenes y la minería, pero no los hombres blancos.”

Es muy importante una de las conclusiones más generales de las investigaciones del Rhodes Livingstone Institute: que el comportamiento de los inmigrantes es siempre un comportamiento activo, que es guiado por elecciones, administrado según estrategias conscientemente adoptadas y, por lo tanto, de alguna forma innovador. Pero permanece el hecho de que la falta de análisis del contexto, el aislamiento artificioso en que la situación de los inmigrantes es colocada, hace aparecer sus elecciones más libres y dotadas de poder de lo que son en realidad. (p. 76)

En Francia, en cambio, dominó el estructuralismo. Lévi-Strauss hizo una distinción entre sociedades frías y sociedades calientes; las primeras, gobernadas por reglas mecánicas y un importante mantenimiento del estado inicial, y las segundas, muy mutables, caracterizadas por un modelo termodinámico; la antropología debe estudiar las sociedades frías para tratar de encontrar en ellas “las estructuras elementales y fundamentales de la vida humana”. Hubo estudiosos en Francia, sin embargo, que no compartieron esta tesis, como Balandier al afirmar que “también en las sociedades africanas, tensiones y conflictos nacen de desigualdades y de formas de opresión que son estructurales en el sentido que estructuran las sociedades, incluso las sociedades tribales.” El poder puede estar y fundarse en el monopolio de las relaciones de parentesco o “del capital mítico o ideológico de un grupo”. Otro de los conceptos de Balandier que destaca Signorelli es el de “poscolonial”; pues con sólo una palabra se refiere a todo el entramado histórico y económico de dominación ejercido por un país o potencia sobre otro y da a entender que, sea cual sea el resultado en el país o ciudad poscolonial, este habrá tenido que lidiar con esa situación histórica.

Los siguientes nombres son Chombart de Lauwe (del que ya hablamos aquí) y Henri Lefebvre (El derecho a la ciudad, La producción del espacio). En La vie quotidienne des familles ouvrières (1956), de Lauwe analizó las relaciones entre distintos aspectos de la vida cotidiana y los modelos culturales de las familias francesas obreras, con elementos innovadores para la época como la idea de que las relaciones entre los grandes grupos sociales y entre esos y el ambiente deben ser estudiadas “a partir de las vivencias cotidianas de los sujetos”. Se llegaba a ello mediante “la implicación de los investigadores en los ambientes que estudiaban.”

Signorelli acaba la lista con Althabe y Néstor García Canclini; del primero destaca su voluntad de ser consciente del vínculo que se establece entre el antropólogo y los sujetos que estudia; y de ambos, sus estudios sobre la “producción de la ciudad” en las prácticas de los habitantes.

El fin de las ciudades es un tema propuesto siempre, más frecuente en los últimos años. Se presta a infinitas variaciones, más o menos inspiradas en la ciencia ficción; más allá de las cuales, sin embargo, es un tema que todavía merece que se reflexione críticamente sobre él. Según algunos autores, cuando las ciudades crecen a la dimensión de metrópoli, o de megalópolis, tienden, justamente a causa de las dimensiones, a transformarse en aglomerados que tienen poco o nada de urbano: empezando por el imaginario de los habitantes, que ya no las perciben unitariamente y menos aún pueden experimentarlas como realidades unitarias. Estas infinitas extensiones de construcción atravesadas por autopistas urbanas, no tendrían nada que pudiera distinguirlas unas de otras, que les diese una identidad; y, por lo tanto, ya no podrían ser a su vez, matrices de identidad (Sennet, 1992). Sin embargo, justo las investigaciones de Canclini y de otros antropólogos latinoamericanos muestran cómo la imaginación de las nuevas tecnologías, alimentándose recíprocamente, ofrece al menos algunas alternativas al antiguo paseo por la avenida principal, produciendo no la desaparición de la ciudad, sino nuevas prácticas y nuevos imaginarios urbanos, a veces, pero no siempre violentos y dramáticos (Canclini, Nivón, Safa, 1993; Martín Barbero, 1993; Herrén, 1993). (p. 85)

Nos viene a la mente las palabras de Félix de Azúa y otros intelectuales en La arquitectura de la no-ciudad, tratando de hallar las nuevas formas de megalópolis y su representación que surgirán en el futuro. Signorelli da crédito a estas ideas sólo de forma tangencial: por un lado destaca que las ciudades están perdiendo habitantes, al menos en Occidente (dato que ella misma desmiente luego a pie de página al decir que otros estudios muestran que tal vez la pérdida de habitantes se estaba invirtiendo, como efectivamente sucedió). Sin embargo, sí que ve en las nuevas formas urbanas una serie de tendencias que podríamos englobar en postmodernas (pese a que la autora no utilice esa palabra): preferencia por la descentralización ante la centralización, formas de vida y organización pequeñas frente a las de gran escala, actividad económica informal frente a la formal…

“En la sociedad industrial, los sujetos decidían su residencia, su identificación con un lugar en base justamente al trabajo y a su propia pertenencia originaria”. Los nuevos contextos permiten “asumir identidades flexibles”; ya hemos visto los valores que van asociados, por ejemplo, a cada barrio gentrificado, donde, dentro de una homogeinización, se permite la pervivencia de unos pocos factores individuales. La elección de la vivienda en la ciudad, cuando es posible, se hace en función a estos valores, a lo que indica de cada uno de nosotros dónde radica nuestra vivienda. Otra forma, extrema si acaso, de esta elección serían las “gated communities“, espacios cerrados donde se ha primado la seguridad sobre todos los otros factores.

Signorelli acaba el capítulo alertando de “las modas culturales”, que han dejado de ser elitistas para ser de masas, tienen una difusión capilar a veces planetaria y una obsolescencia muy rápida. “Consideraría estúpida una antropología que, por juzgarlas como fenómenos efímeros y superficiales, no las considerase como posibles objetos de estudio.”

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