Antropología urbana, de José Ignacio Homobono

Dejamos temporalmente de lado la reseña de Espacios del capital, de Harvey, para centrarnos en una publicación sin desperdicio de José Ignacio Homobono, sociólogo y antropólogo en la Universidad del País Vasco. Su artículo «Antropología urbana: itinerarios teóricos, tradiciones nacionales y ámbitos temáticos en la exploración de lo urbano« hace un repaso concreto a la historia de la disciplina desde su nacimiento, luego en el ámbito español y finalmente en el del País Vasco.

Su génesis como tradición analítica puede remontarse a la etnografía urbana de la Escuela de Chicago; a los posteriores community studies; a los primeros esbozos de una etnología francesa; a los debates sobre culturas subalternas en la antropología italiana; y a los estudios sobre la urbanización en África, efectuados por los antropólogos de la escuela de Mánchester. Y será en definitiva esta tradición académico-intelectual la que otorgue su identidad diferenciada a la antropología urbana (Feixa,1993: 15)

De estas fuentes, las dos más importantes, como destaca Homobono, son la Escuela de Chicago y el Copperbelt (estudiado por la Escuela de Mánchester). De la Escuela de Chicago hemos hablado hasta la saciedad, por lo que reproducimos el párrafo introductorio que les dedica Homobono:

La más significativa es la constituida por las teorías e investigaciones aplicadas de la Escuela de Chicago, promovidas por el departamento de sociología de la Universidad de Chicago entre 1920 y 1945, que establecen una correlación entre estructura espacial y estructura social, bajo la rúbrica de ecología humana, marcando el nacimiento tanto de la sociología como de la antropología en su adjetivación de urbanas. Sus trabajos se centran en el Chicago de la época, entendida como ciudad paradigmática de las nuevas formas de vida urbana en núcleos de acelerado crecimiento, y cuyas conclusiones se pretenden extrapolar al conjunto de éstos. La Escuela de Chicago produce un conjunto de excelentes trabajos de etnología urbana, de la ciudad como modelo espacial y orden moral, que constituyen un verdadero inventario de la modernidad; grupos sociales y territorios, segregaciones raciales y culturales, desviación/integración, movilidad y redes de relaciones, mentalidades y sociabilidad, y comunidad local ante la más inclusiva sociedad.

A continuación cita algunos de sus estudios más relevantes: The Hobo (sobre los trabajadores nómadas y las formas de socialización que desarrollaron), The Taxi-Dance Hall (las mujeres que aceptaban bailar en los salones con inmigrantes solitarios a cambio de dinero, en una transacción que en ocasiones también encubría la prostitución), The Gang (las bandas de delincuencia juvenil y las formas de socialización alternativas que ofrecían a los jóvenes) y, por supuesto, El urbanismo como modo de vida, de Wirth, donde define el tamaño, la densidad y la heterogeneidad como las variables que caracterizan a una ciudad.

También destaca las críticas que se han hecho posteriormente a los de Chicago: un espíritu burgués (aunque son palabras de Harvey, no de Homobono) y una posición conservadora desde la cual sólo los elementos externos se veían como dignos de estudio.

La siguiente fuente es el Instituto Rhodes-Livingstone de Rhodesia, discípulos de Gluckman (desde Mánchester, y de ahí el nombre de esta segunda Escuela).

Estos autores estudian, en las nuevas ciudades mineras del Copperbelt, fenómenos como la destribalización en el contexto de la ciudad, el asociacionismo urbano, la condición obrera, la dominación colonial o la explotación económica. En un solo bloque teórico-casuístico, los británicos desarrollarán aquí tres campos: la antropología política, la urbana y la de las sociedades complejas, cuyos límites resultan de difícil definición.

El «trabajo más definitorio» es The Kalela Dance (1956) de Mitchell. «Kalela Dance evidencia la naturaleza situacional de las cambiantes identidades étnicas y la discontinuidad de los sistemas tribales rurales y urbanos, poniendo en cuestión las nociones preexistentes de destribalización y los modelos dualistas simples que oponen los fenómenos urbanos y rurales.»

Con Hannerz avanzamos hacia la distinción entre la antropología de la ciudad y la antropología en la ciudad. La segunda permite estudiar temas, como la etnicidad o la pobreza urbana, «que tienen por escenario la ciudad, pero no son distintivos de ella». En cambio, Hannerz «enfatiza que la Antropología Urbana no debe dedicarse al estudio de aldeas o comunidades urbanas, sino espacios especializados y extensivos en el contexto de una ciudad plurifuncional». Existen cinco ámbitos específicos: 1) hogar y parentesco, 2) aprovisionamiento, 3) ocio, 4) relaciones de vecindad, y 5) tráfico, que generan interrelaciones; y de ellos, el segundo y el quinto son «los que hacen de la ciudad lo que es», entendiendo por aprovisionamiento los modos de producción y consumo y el acceso (asimétrico) a los recursos, y por tráfico la interacción mínima definida por un respeto a las reglas y el deseo de evitar colisiones.

Algunos autores proponen que ésta es una falsa dicotomía (la distinción entre antropología de y en la ciudad). «La antropología en la ciudad se habría limitado a trasladar a este nuevo contexto urbano sus temas tradicionales; mientras que cualquier investigación que no aporte nada nuevo sobre las especificidades d e la vida urbana, tomando la ciudad como texto a descifrar sería simplemente una mala antropología (Feixa,1993: 18).» Otra propuesta es que la antropología se centre en lo urbano, aquel flujo inestable que subyace en los espacios públicos y «donde los vínculos son débiles y precarios, los encuentros fortuitos y entre desconocidos y en los que predomina la incertidumbre», donde encontramos a nuestro admirado Manuel Delgado (El animal público, Sociedad movedizas, El espacio público como ideología).

  • Antropología en la ciudad. Esta faceta de la disciplina se centra en las relaciones de parentesco, en los grupos, vecindad o tradiciones. Encontramos aquí, por ejemplo, estudios sobre los suburbios en Estados Unidos, tribales en África, favelas, enclaves rurales y guetos. María Cátedra, por ejemplo, denuncia que este tipo de estudios se centran en un único grupo como si fuese un ente aislado, obviando las relaciones con el resto de la sociedad. También Amalia Signorelli se quejaba de la «producción de un nativo exótico», de la necesidad de la antropología de generar un objeto de estudio romantizado e idealizado.
  • Antropología de la ciudad. Es este ámbito se estudia lo urbano en sí mismo. «La ciudad es concebida como centro de actividades productivas y comerciales», también se establecen las relaciones centro periferia, las diversas zonificaciones, museificación, sobrerepresentación de los centros, incluso la identidad ciudadana o el imaginario urbano. «Las ciudades y sus barrios ya no son islas en sí mismos, sino puntos nodales de una formación social.» Esto supone que los estudios ya no se centran en los pobres de un determinado entorno, sino en «la pobreza» o «la clase media», ampliando enormemente el objeto de la disciplina.

Sin embargo, a partir sobre todo de los planteamientos de Castells y Harvey, con el paso a la sociedad informacional del primero, los límites de estudio de la antropología se difuminan.

Castells es el epígono más representativo de este tipo de planteamientos. Enuncia la teoría de una sociedad informacional, cuya materia prima sería la revolución tecnológica y la información, como lo fue la energía para la revolución industrial. Las elaboraciones culturales y simbólicas se convierten en fuerzas productivas. El modelo de sociedad resultante se caracterizaría por la flexibilidad y por su estructura difusa. Es decir: por una producción descentralizada, por nuevos productos y por la adaptación a los gustos del mercado; asimismo: por el reciclaje en el empleo y por formas de vinculación débil del individuo a organizaciones, grupos y estructuras.

Si las bases materiales del industrialismo fueron el trabajo, la propiedad de la tierra y el capital, los elementos emblemáticos de la sociedad postindustrial serían el tiempo, la identidad y la información; y las elaboraciones culturales y simbólicas sus fuerzas productivas (Castells,1996).

Si las ciudades son nodos de una red global, ¿dónde se limita el estudio de la antropología? «La cuestión de la identidad, de sus constantes redefiniciones y de las adaptaciones a un medio cambiante se ha convertido en el aspecto central del análisis antropológico. Como respuesta a los nuevos retos, Hannerz propone una macro antropología que sea capaz de interpretar los fenómenos de la globalización. Marcus habla de una etnografía multilocal, que supere la reconstrucción miniaturista de fenómenos aislados.»

Si hasta ahora Homobono ha considerado la disciplina como algo universal, especialmente sosteniéndose en las tradiciones americana (Chicago), británica (Mánchester) y una etnología francesa («tan preocupada por la alteridad del inmigrante africano y ultramarino como por las culturas urbanas autóctonas»), ahora considera el estado de la disciplina en otros contextos. Habla de la italiana (Signorelli), mexicana, brasileña, y de la española, a la que dedica un apartado más extenso y en el que no entraremos en detalle, para acabar finalmente con la antropología específica del País Vasco.

Antropología urbana, Amalia Signorelli

Si recuerdan, antes de sumergirnos en la lectura de dos obras enormes y esenciales para comprender el papel de las ciudades en nuestra sociedad como son La producción del espacio de Henri Lefebvre y La sociedad red de Manuel Castells, uno de los temas que nos rondaba la mente era la diferencia entre la sociología y la antropología urbanas o, siendo más precisos, cuál era el objeto concreto de la última. Reflexionamos acerca de ello a propósito de las lecturas de Francisco Javier Ullán de la Rosa Sociología urbana, de Antropología urbana de Josepa Cucó y de La ciudad desdibujada de Francisco Monge.

La lectura de Antopología urbana, de Amalia Signorelli, llega por lo tanto en un momento perfecto. Amalia Signorelli fue una antropóloga italiana recientemente fallecida, en 2017. Estudió numerosos temas, entre los cuales los movimientos migratorios, de desposesión, la situación de la mujer o las redes clientelares de la mafia en su Italia natal. Antropología urbana está dividido en tres partes bien diferenciadas: Problemas, que detalla de forma concienzuda y directa los principales puntos que, a tenor de la autora, la antropología debe estudiar, y que en el blog suscribimos de pe a pa; A la búsqueda de un paradigma, donde da un repaso a la historia de la antropología urbana; y A la búsqueda de un objeto: casos de estudio donde pone en práctica su tesis de que la antropología se hace en la calle, observando el mundo que nos rodea, y por lo tanto expone diversos casos sucedidos en Italia y las reflexiones que suscitan.

Considero que la antropología urbana tiene una tarea distinta: se trata de ocuparse de concepciones del mundo y de la vida, de sistemas cognoscitivo-valorativos elaborados en y por contextos urbanos; contextos industriales y postindustriales, capitalistas o poscolonialistas o posreal socialistas o más bien globalizados y a punto de ser virtualizados. (p. 10)

Signorelli huye en parte de la visión ecológica de la ciudad que proviene sobre todo de la Escuela de Chicago, para quienes la urbe era una variable en sí misma. «También Castells ha estado entre los más severos críticos de la hipótesis ecologista, señalando cómo son las relaciones sociales y particularmente las relaciones de producción las que determinan las ciudades y no viceversa.» Y pone un ejemplo muy pertinente: cuando el Coliseo se convirtió en una rotonda alrededor de la cual giraba el tráfico romano y estalló la polémica. Si tanto el Coliseo como el interior de cualquier otra rotonda son de construcción humana, ¿por qué esa diferencia entre uno y otro? «Lo cual nos autoriza a pensar que los sujetos implicados perciben el Coliseo como algo diferente de un arriate [que hay en el interior de una glorieta]». Con las ciudades sucede algo similar: producidas por los seres humanos, «¿cómo entran en los procesos de producción y reproducción de la condición humana?»

El primer polo de reflexión es la diversidad: la antropología se ocupa del otro. El gran problema de «el otro» es que a menudo va acompañado por una jerarquía: el otro no es como yo o como los nuestros, por lo tanto es distinto, es inferior («¿existirían los diferentes si no fueran otros a pensarlos, a verlos, a tratarlos como diferentes?»). En esta discusión la ciudad tienen un papel relevante, porque no en vano ha sido considerada mayoritariamente la «cúspide»; y por ello se habla de «personas civilizadas» o, contrariamente, de «villanos».

Las ciudades lidian con la diversidad en sus muchas formas. Un ejemplo de Signorelli: los metros de París y de México. El primero da por sentado que sus usuarios son alfabetizados; el segundo es consciente de que una mayoría no lo son; por lo tanto, junto a los carteles con los nombres de las estaciones, cada una de ellas dispone de un símbolo para que todos se puedan orientar. Eso nos da la señal de que el número de analfabetos en Mexico DF es mayor que en París; pero también la forma de lidiar con ambas diversidades es diferente. En París, el analfabeto se sabe minoría; y la única forma de paliarlo es alfabetizarse. En Mexico, el analfabeto se sabe parte de un grupo que es tenido en cuenta y, por lo tanto, la ciudad «juega un papel importante en la persistencia del analfabetismo».

Por lo tanto, la diversidad es:

  • relacional, en relación al contexto social en que se da;
  • jerarquizante;
  • relativa, porque depende del contexto;
  • y dinámica, porque «no nacemos diversos sino que somos producidos como tales.»

Ya destacó Simmel, y lo recogió la Escuela de Chicago, la necesidad del urbanita de «entrar y salir continuamente de una multiplicidad de papeles diversos para poder entrar y salir de relaciones sociales numerosas, breves y superficiales, pero ineludibles». Para Simmel, los urbanitas compartían una actitud blasé, eran personalidad frías y despegadas, poco dadas a participar (lo vimos en «Las grandes urbes y la vida del espíritu«), mientras que para Park las afinidades se daban en personas que compartían un mismo sistema de valores. Para autores como Sennet o Jacobs, la diversidad es el rasgo principal de la ciudad.

Amalia Signorelli

Por ello, para Signorelli está claro que el objeto de la antropología es «el problema del estatus del otro, de su diferencia y su semejanza». Precisamente por eso, cuando nació la antropología, durante el sigo XIX, y lo hizo dentro de un paradigma, el evolucionista, tuvo que «inventarse» una figura: la del salvaje. En ese siglo aún era posible encontrarlos en islas remotas o paraísos alejados del hombre occidental; y por ello la etnografía tuvo tal repercusión, obviando, sin embargo, que estos «salvajes» o «arcaicos» vivían en una especie de presente atemporal, alejados de los cambios que la llegada del estudioso o etnógrafo, o incluso de las sociedades que los rodeaban, generaban. En definitiva, más que existir, eran «producidos».

Un poco de ahí, también, de esa arcadia original, surge la concepción de la ciudad como la sucesión del campo. Por eso cuando la ciudad se volvió industrial y parecía un monstruo «omnívoro que engullía cualquier aportación y la reelaboraba para entregarla plasmada según sus modalidades» se vio el retorno al campo como una vuelta al pasado, a un mundo tradicional que se había perdido. De ahí, en parte, el auge de la ciudad jardín o del suburbio americano. Si en Europa ha pesado la tradición histórica, en América a su ausencia se han sumado otros muchos rasgos: la mezcla entre los deseos individuales y de grupo, la historicidad rural y campesina de la mayoría de los inmigrantes con la necesidad de integración en una ciudad o como poco una civilización dedicada a las máquinas, la presencia constante de los «salvajes», indios primero y negros después.

«…las ciudades han sido siempre el punto de máxima tensión de todo el sistema social, a causa de la marcada división del trabajo que las caracteriza, de la interdependencia de las funciones y del antagonismo de los intereses que de ellas derivan». (p. 37)

Huyendo de conceptos biológicos o evolutivos y teniendo en cuenta que la ciudad es una construcción humana, Signorelli lo tiene claro: «el parámetro para un juicio alrededor de la metrópolis no puede ser de ningún modo buscado en la naturaleza, sino en la historia». Es decir: en el hecho de que la ciudad, cuando ha representado una oportunidad, lo ha hecho siempre más para unos que para otros. Así se inicia el segundo gran polo de la ciudad: el conflicto. La ciudad ha sido el gran lugar de la creatividad y el progreso; pero también de la explotación de unos sobre otros. ¿Son inseparables?, se pregunta Signorelli. Y resitúa la pregunta a una más concreta: el estudio de la aceptación de los dominados y cómo reaccionan a dicho dominio. No es sorprendente que, a lo largo de la historia, los oprimidos que se han organizado para luchar contra la opresión sean casos contados; pero tampoco es ese el objetivo del libro, sino descubrir cuál es el papel de la ciudad en dicho proceso.

La respuesta transita también la función espacial: no es necesario recurrir a Lefebvre para desentrañar que la clase dominante siempre ocupa un espacio preeminente en la ciudad y que además posee, en general, la mayor parte del espacio. Por eso, Signorelli destaca tres criterios en la relación entre espacio y grupo social:

  • el económico, que trata de las interdependencias entre la situación espacial de un grupo y su participación en los procesos de producción;
  • sociológico, que trata de las interdependencias entre la situación espacial de un grupo y su papel en la dinámica social;
  • el antropológico, entre la situación espacial de un grupo y la construcción de su identidad en términos culturales.

La llegada de la ciudad industrial, con sus muchos efectos nocivos sobre los ciudadanos, tuvo sin embargo el efecto de convertir a los trabajadores en asalariados: es decir, en convertirlos en «una parte indispensable del proceso productivo» y además «en clase dotada de conciencia de clase». Estos valores se fueron perdiendo con el paso a las ciudades postindustriales y la crisis por parte de «las clases subalternas urbanas cuyo eje era precisamente el valor del trabajo y el trabajo como valor». Algo similar leímos en La cultura de los suburbios, donde los hijos de los inmigrantes llegados a Francia cuestionaban la elección de sus padres de trabajar duramente porque no les había supuesto mayor beneficio que seguir siendo explotados o vivir en situación precaria.

De hecho, Signorelli denuncia que no puede «construir su propia identidad» quien tiene que luchar por salir adelante, quien paga un precio estratosférico por tener una vivienda o quien tiene que peregrinar de servicio social en servicio social; y también las nuevas formas de explotación sobre los ciudadanos como la propiedad inmobiliaria o la prestación de servicios muy por debajo de unos estándares determinados.

El tercer gran polo de reflexión es la dicotomía entre el espacio abstracto y el espacio concreto. El espacio nunca es neutro: disponer de espacio es disponer de libertad. Sin ir muy lejos, pensemos en el confinamiento que acabamos de pasar y la diferencia entre vivirlo en una mansión con hectáreas de jardín o en un minipiso de 30 metros cuadrados sin balcón. O el ejemplo más dañino: el máximo castigo de nuestra sociedad es la privación de transitar el espacio: la cárcel. El espacio es un recurso.

A partir de aquí, ¿cómo se define si un espacio es bueno o malo? El racionalismo lo intentó con sol, aire libre y vegetación; de un modo similar, la antropología funcionalista (Malinowsky) consideró que «todo sistema social, de todas las sociedades, pudiese ser explicado como sistema de respuestas a las necesidades biológicas primarias». Pero esto no explica hechos básicos como «la diferenciación y subordinación; es decir, el cambio y el conflicto».

El control de todo recurso lleva aparejada una fuente de poder: ya sea el agua, la comida o el espacio. Vemos ejemplos de ello en las primeras ciudades mesopotámicas construidas en zigurat donde el templo y el palacio estaban en las capas superiores, desde las que se divisaba toda la ciudad, y su acceso estaba limitado a la familia real y los sacerdotes. La distribución espacial implica la distribución del poder, y por ello en todas las sociedades siempre va acompañada de una serie de significaciones y de un aprendizaje cultural necesario para reconocer los códigos: a cada casta o grupo le corresponden espacios distintos.

Este proceso de aprendizaje está tan imbuido en nuestra cultura que se convierte en una «evidencia dóxica» (en palabras de Bordieu), algo tan elemental que olvidamos sus raíces históricas y nos parece un hecho natural. Signorelli da el ejemplo de cómo es la distribución espacial de muchas ciudades italianas, pero no hace falta ir hasta él: piensen si acaso en las ciudades satélite o de cualquier extrarradio de una ciudad y la facilidad con que reconocemos el tipo de personas que la habitan con solo una mirada.

Los edificios e incluso hogares se proyectan de un modo u otro en función de gran cantidad de factores pero se da la distinción de que una gran parte de la población jamás forma parte de este proceso: las clases medias y bajas no pueden escoger la tipología de su hábitat más allá de diferencias menores como si tendrá dos o tres habitaciones o será un primero o un quinto. La vida privada de esas personas o familias se lleva a cabo constreida en unas tipologías determinadas que se pueden modificar sólo hasta cierto extremo; y no entremos en la vorágine consumista que aún limita y homogeneiza más todos los espacios. Por contra, las clases dominantes no sólo tienen acceso a la construcción o cierto designio sobre sus hábitats, sino también de los «grandes espacios escenográficos capaces de expresar, imponer y legitimar al mismo tiempo un poder y su ideología»: la plaza San Pedro y la Pennsylvania Avenue (Castells) pero también las instituciones totales como colegios, cuarteles, hospitales o asilos (Foucault).

Todo ello lleva a Signorelli a hablar del espacio abstracto del arquitecto o el proyectista y del espacio concreto de quien reside en esos lugares. El primero es euclidiano, divisible, geométrico; el segundo, «una esfera en el interior de la cual él se mueve y que en cierto modo se mueve con él, se modifica en el curso y a causa de sus cambios.»

La siguiente parte del libro rastrea en los orígenes e historia de la antropología urbana y empieza por la Escuela de Chicago, cuyos integrantes publicaron grandes monografías pero carecieron, en general, de una teoría a la altura que estudiase las ciudades como fenómeno social y no como un lugar donde sucedían hechos. «…no les interesa tanto cómo y por qué la inmigración ha hecho crecer las ciudades sino qué han hecho las ciudades con los inmigrantes». De hecho, esto tiene que ver con lo que verdaderamente era esencial para los de Chicago: los estudios de campo. Escogían un entorno y se iban para allá a descubrir y narrar lo que estaba sucediendo en Little Italy, el North Side de Chicago o en Greenwich Village de Nueva York.

La batuta de la Escuela de Chicago no se recogió en los Estados Unidos hasta los años 50 y 60, cuando surgió una nueva antropología urbana dividida en dos corrientes: la antropología en la ciudad o la antropología de la ciudad. La antropología en la ciudad estudió, en general, cómo las formas de familia y parentesco en entornos urbanos no quedaban destruidas sino que se «rediseñan y se refuncionalizan hasta constituirse en elementos importantes no sólo de las vías de integración de los inmigrantes sino también del proceso entero de reestructuración que a causa de la inmigración sufre la misma ciudad». La antropología de la ciudad, en cambio, colocaba a la ciudad en el punto de mira, «como realidad espacial y social que genera y condiciona actitudes y comportamientos» o bien la que está constituida por dichas actitudes y comportamientos. Esta segunda visión parte de la idea de que la división del trabajo se separa de los vínculos de sexo y edad «y tiende más a estructurarse y articularse económicamente».

Si en Estados Unidos la antropología urbana se radicaba en las grandes ciudades, en Inglaterra lo hace entorno a la colonización. Se trata, clar, del Rhodes-Livingstone Institute de Lusaka, conocidos como la Escuela de Manchester por el motivo de que su segundo (y más conocido) director, Max Gluckmann, se transfirió a la Universidad de Manchester. A finales de la segunda guerra mundial, el Cinturón del Cobre africano se convirtió en el foco de atención del Instituto debido a la gran cantidad de inmigrante que pasaba de entornos rurales a urbanos. Aquí, Signorelli echa de menos una reflexión por parte de los estudiosos del Instituto sobre los efectos que la colonización estaba teniendo en distintos lugares, ya que se centraron sólo en los efectos y consecuencias en las ciudades donde la población no paraba de crecer. «Al final de la lectura de las monografías de la Escuela de Manchester, el lector tiene la impresión de haber visitado una curiosa África, donde están los trenes y la minería, pero no los hombres blancos.»

Es muy importante una de las conclusiones más generales de las investigaciones del Rhodes Livingstone Institute: que el comportamiento de los inmigrantes es siempre un comportamiento activo, que es guiado por elecciones, administrado según estrategias conscientemente adoptadas y, por lo tanto, de alguna forma innovador. Pero permanece el hecho de que la falta de análisis del contexto, el aislamiento artificioso en que la situación de los inmigrantes es colocada, hace aparecer sus elecciones más libres y dotadas de poder de lo que son en realidad. (p. 76)

En Francia, en cambio, dominó el estructuralismo. Lévi-Strauss hizo una distinción entre sociedades frías y sociedades calientes; las primeras, gobernadas por reglas mecánicas y un importante mantenimiento del estado inicial, y las segundas, muy mutables, caracterizadas por un modelo termodinámico; la antropología debe estudiar las sociedades frías para tratar de encontrar en ellas «las estructuras elementales y fundamentales de la vida humana». Hubo estudiosos en Francia, sin embargo, que no compartieron esta tesis, como Balandier al afirmar que «también en las sociedades africanas, tensiones y conflictos nacen de desigualdades y de formas de opresión que son estructurales en el sentido que estructuran las sociedades, incluso las sociedades tribales.» El poder puede estar y fundarse en el monopolio de las relaciones de parentesco o «del capital mítico o ideológico de un grupo». Otro de los conceptos de Balandier que destaca Signorelli es el de «poscolonial»; pues con sólo una palabra se refiere a todo el entramado histórico y económico de dominación ejercido por un país o potencia sobre otro y da a entender que, sea cual sea el resultado en el país o ciudad poscolonial, este habrá tenido que lidiar con esa situación histórica.

Los siguientes nombres son Chombart de Lauwe (del que ya hablamos aquí) y Henri Lefebvre (El derecho a la ciudad, La producción del espacio). En La vie quotidienne des familles ouvrières (1956), de Lauwe analizó las relaciones entre distintos aspectos de la vida cotidiana y los modelos culturales de las familias francesas obreras, con elementos innovadores para la época como la idea de que las relaciones entre los grandes grupos sociales y entre esos y el ambiente deben ser estudiadas «a partir de las vivencias cotidianas de los sujetos». Se llegaba a ello mediante «la implicación de los investigadores en los ambientes que estudiaban.»

Signorelli acaba la lista con Althabe y Néstor García Canclini; del primero destaca su voluntad de ser consciente del vínculo que se establece entre el antropólogo y los sujetos que estudia; y de ambos, sus estudios sobre la «producción de la ciudad» en las prácticas de los habitantes.

El fin de las ciudades es un tema propuesto siempre, más frecuente en los últimos años. Se presta a infinitas variaciones, más o menos inspiradas en la ciencia ficción; más allá de las cuales, sin embargo, es un tema que todavía merece que se reflexione críticamente sobre él. Según algunos autores, cuando las ciudades crecen a la dimensión de metrópoli, o de megalópolis, tienden, justamente a causa de las dimensiones, a transformarse en aglomerados que tienen poco o nada de urbano: empezando por el imaginario de los habitantes, que ya no las perciben unitariamente y menos aún pueden experimentarlas como realidades unitarias. Estas infinitas extensiones de construcción atravesadas por autopistas urbanas, no tendrían nada que pudiera distinguirlas unas de otras, que les diese una identidad; y, por lo tanto, ya no podrían ser a su vez, matrices de identidad (Sennet, 1992). Sin embargo, justo las investigaciones de Canclini y de otros antropólogos latinoamericanos muestran cómo la imaginación de las nuevas tecnologías, alimentándose recíprocamente, ofrece al menos algunas alternativas al antiguo paseo por la avenida principal, produciendo no la desaparición de la ciudad, sino nuevas prácticas y nuevos imaginarios urbanos, a veces, pero no siempre violentos y dramáticos (Canclini, Nivón, Safa, 1993; Martín Barbero, 1993; Herrén, 1993). (p. 85)

Nos viene a la mente las palabras de Félix de Azúa y otros intelectuales en La arquitectura de la no-ciudad, tratando de hallar las nuevas formas de megalópolis y su representación que surgirán en el futuro. Signorelli da crédito a estas ideas sólo de forma tangencial: por un lado destaca que las ciudades están perdiendo habitantes, al menos en Occidente (dato que ella misma desmiente luego a pie de página al decir que otros estudios muestran que tal vez la pérdida de habitantes se estaba invirtiendo, como efectivamente sucedió). Sin embargo, sí que ve en las nuevas formas urbanas una serie de tendencias que podríamos englobar en postmodernas (pese a que la autora no utilice esa palabra): preferencia por la descentralización ante la centralización, formas de vida y organización pequeñas frente a las de gran escala, actividad económica informal frente a la formal…

«En la sociedad industrial, los sujetos decidían su residencia, su identificación con un lugar en base justamente al trabajo y a su propia pertenencia originaria». Los nuevos contextos permiten «asumir identidades flexibles»; ya hemos visto los valores que van asociados, por ejemplo, a cada barrio gentrificado, donde, dentro de una homogeinización, se permite la pervivencia de unos pocos factores individuales. La elección de la vivienda en la ciudad, cuando es posible, se hace en función a estos valores, a lo que indica de cada uno de nosotros dónde radica nuestra vivienda. Otra forma, extrema si acaso, de esta elección serían las «gated communities«, espacios cerrados donde se ha primado la seguridad sobre todos los otros factores.

Signorelli acaba el capítulo alertando de «las modas culturales», que han dejado de ser elitistas para ser de masas, tienen una difusión capilar a veces planetaria y una obsolescencia muy rápida. «Consideraría estúpida una antropología que, por juzgarlas como fenómenos efímeros y superficiales, no las considerase como posibles objetos de estudio.»

La ciudad desdibujada: ¿cuál es el papel de la antropología urbana?

La ciudad desdibujada. Aproximaciones antropológicas para el estudio de la ciudad es un artículo de Fernando Monge aparecido en la Revista de Dialectología y Tradiciones Populares de 2007. Teniendo en cuenta la situación y que todas las bibliotecas siguen cerradas y, por lo tanto, nos estamos quedando sin libros, hemos pasado a tirar de archivo y de los muchos textos que hemos ido acumulando a lo largo de la andadura del blog. Uno de ellos ha sido este magnífico artículo que, pese a tener más de una década, se plantea una pregunta que sigue siendo de gran actualidad.

En 1996, Setha M. Low publicó un artículo que se planteaba dos preguntas que Monge reformula en una sola: ¿por qué la antropología ha sido incapaz de construir un marco teórico integrado y reconocible sobre la ciudad?

La antropología urbana es una disciplina joven, con apenas cuarenta años. La primera que se interesó de forma científica por lo que sucedía en la ciudad y a sus habitantes fue la sociología. Uno de los textos fundacionales fue el de Max Weber, La ciudad (1905), donde destacaba tanto el papel de la ciudad europea medieval como el de la democracia. Hubo antes otros textos centrados, sobre todo, en las ciudades industriales, pero venían de las ramas del urbanismo o la filosofía. Simmel está ahí, por supuesto, con su ensayo sobre cómo la metrópolis colocaba al urbanita en un estado defensivo.

Los siguientes fueron la Escuela de Chicago, sociólogos de esta ciudad americana que se acercaron por primera vez a los habitantes de la ciudad para tratar de entender cómo se organizaban.

La sociología urbana de la Escuela de Chicago se caracteriza por el uso de la etnografía como herramienta básica de investigación y, desde una perspectiva teórica, por un trabajo sistematizador en el que las claves se establecían en torno a una ecología espacial de los grupos humanos. Robert Park era consciente de que la ciudad modelaba y liberaba a la naturaleza humana de un modo nuevo, que el orden moral de la vida social estaba profundamente modificado por el peculiar campo de relaciones sociales que se generaban en el espacio urbano. Así, llevando la sociología a las calles, reclamando el trabajo comparativo y convirtiendo a Chicago en su laboratorio de pruebas pudieron elaborar una visión de la ciudad a partir de sus estudios monográficos en los que distintos tipos de barrios, interacciones urbanas, relaciones morales y formas de vida se integraban en una visión coherente de la ciudad compuesta de relaciones sociales y formas espaciales.

El cierre teórico de la Escuela de Chicago lo aportó Wirth en su famoso artículo El urbanismo como modo de vida; en él defendía que el urbanismo podía abordarse desde tres perspectivas interrelacionadas:

  1. como una estructura física que comprende una base poblacional, una tecnología y un orden ecológico;
  2. como un sistema de organización social que incluye una estructura social característica, una serie de instituciones sociales, y un patrón de relaciones sociales típico;
  3. como un bloque de actitudes e ideas, y una constelación de personalidades involucradas en formas colectivas de comportamiento colectivo y sujetas a los mecanismos característicos del control social (Wirth 1938: 18-19).

Robert Redfield, antropólogo, dio otro paso a este sistema teórico al analizar la forma como las relaciones rurales se llevaban a la ciudad. En 1954, junto a Milton Singer, desarrollaron esta teoría al destacar que existían dos tipos de ciudades:

  • ortogenéticas, donde la construcción de las tradiciones culturales se llevaba a cabo por un grupo de literati, los encargados de crear desde arriba una «Gran Tradición» cultural adecuada para la sociedad mayoritaria. París, Washington o Madrid (en general, las capitales políticas) se ajustan con claridad a este modelo;
  • heterogenéticas, cuando el papel de las culturas es heterogenético, es decir, «las ciudades son centros de cambio económico y tecnológico que introducen nuevas ideas, cosmologías y prácticas sociales». Nueva York, Londres o Marsella son ejemplos de ciudades donde la «intelligentsia (…) pone en duda las tradiciones y se convierten en centros culturales innovadores».

El siguiente paso lo dio la Escuela de Manchester, forma primero en el Instituto Rhodes-Livingstone (Lusaka, Rhodesia del Norte, la actual Zambia) y luego en la ciudad inglesa. La Escuela de Manchester (Max Gluckman, Victor Turner, J. Clyde Mitchell, entre otros) trató de analizar cómo los grupos tribales de África se adaptaban a la ciudad al emigrar a entornos urbanos e industrializados. Uno de los planteamientos esenciales de la Escuela es que «ningún investigador individual podía dar cuenta de todos los variados fenómenos que se producían en el campo de estudio. De ahí su interés por cuestiones metodológicas que implicaran la delimitación de los tópicos de investigación o de las unidades de análisis, las formas de interconexión entre campos de
actividad humana y los órdenes o niveles de abstracción teórica” (Cucó 2004).

Es decir: a diferencia de la Escuela de Chicago, para quienes la ciudad podía dibujarse, abarcarse, para la Escuela de Manchester era un artefacto demasiado complejo; a lo sumo, podían estudiar una situación determinada, por lo que se preocuparon de determinar qué eran los eventos, las situaciones y los contextos y de desarrollar una metodología clara para abarcar dichos procesos.

Pese a unas conclusiones aparentemente opuestas, Monge destaca aquello en lo que ambas Escuelas, prácticamente las fundacionales de la antropología urbana, coincidían:

Hay, no obstante, una constante en ambas escuelas: las dos trabajan con grupos muy concretos de ciudadanos, y lo hacen también en zonas marginales y, pese a sus diferencias ideológicas, su visión de la ciudad se hace desde los márgenes y de un modo fragmentario. Con todo se perfila en el horizonte de la disciplina la subespecialización de la antropología urbana. En mi opinión, ambas escuelas son responsables de la progresiva introducción en la ciudad de los métodos de trabajo de las pequeñas comunidades, de la etnografía contextualizada, de las historias de vida, de la observación participante, del análisis situacional y, con el tiempo y en lógica progresión, de los estudios de red y el análisis simbólico del espacio y las relaciones personales. El campo académico estaba abonado para el surgimiento e institucionalización, en la década de los setenta, de la antropología urbana que no sólo era joven sino que, sobre todo, llegaba a la ciudad en busca de los nativos que estaba perdiendo en las aldeas africanas tradicionales. Una parte importante de la antropología de esa primera etapa, que en modo alguno considero todavía cerrada, se centró en la adaptación de la metodología tradicional al medio urbano. Los habitantes de la ciudad de los que se ocupaban o eran ciudadanos anómalos, en virtud de sus peculiaridades étnicas, o grupos marginales. El barrio se convertía en una suerte de nuevas aldeas dentro del conglomerado más amplio e inabarcable de la ciudad. (p. 23) 

El siguiente paso, que nos lleva a la década de los 60, pasa por Oscar Lewis y su concepto de la «cultura de la pobreza», según la cual «la pobreza no era solamente la falta de recursos materiales sino que incluía también una serie de valores culturales que limitaban de un modo drástico la capacidad de los desfavorecidos para cambiar su situación. Es decir que la pobreza se reproducía a sí misma y casi de modo exclusivo por medio de una suerte de patología de transmisión intergeneracional en la que los miembros adultos de las familias pobres enseñaban a sus hijos valores y comportamientos autodestructivos. O dicho de otro modo, los pobres son culpables de su pobreza (blaming the victim).» Esta teoría produjo gran revuelo, y hay diversos estudios que obtienen otras conclusiones, además de que el estudio de Lewis se considera hoy «simplismo psicologizante»; pero, si Monge saca el tema a relucir, es para obviar algo que se convirtió en esencial en la antropología urbana (por no decir todas las disciplinas sociales):»el modo en que nuestras propias teorías y percepciones modifican y modelan nuestra propia percepción del objeto de estudio».

Las ciudades no son simplemente “artefactos complejos, admirables”, productos sociales, es decir “modelados por la sociedad” en los que la misma forma física “acaba por afectar a los comportamientos de los hombres” tal como indica Horacio Capel (2002: 13); las ciudades son también, y volvemos a la definición de ciudad que ofreció Robert Park, “estados mentales” y como tales están sujetas a todas las peculiaridades de nuestra trama de comprensión y expresión. Por ello es fundamental tener en cuenta que para hacer antropología urbana en y de la ciudad es necesario no sólo aproximarse a un sujeto u objeto urbano, sino también ser conscientes de las tramas teóricas y conceptuales con la que nos aproximamos a lo urbano. El dibujo de la ciudad que tantos años costó realizar, comienza a difuminarse tan pronto como nos hacemos conscientes de esta peculiaridad básica de nuestro trabajo. (p. 26).

O, como lo resumió Roger Sanjek en 1990, citando la famosa frase de Leeds «ninguna ciudad es una isla en sí misma”;

(…) las ciudades son nodos dentro de sociedades, o formaciones sociales—. Las relaciones sociales urbanas tienen lugar dentro de —y contextualizadas por— el estado, y por instituciones estatalmente reguladas que se ocupan de educación, comunicación, transporte, producción, comercio, seguridad social, culto, orden público, vivienda y uso del suelo. Leeds ha sido oído, o al menos su mensaje es hoy día casi dado por supuesto. Consecuentemente, separar de la ‘antropología urbana’ el estudio de tales relaciones e instituciones en contextos periurbanos y transurbanos es imposible además de innecesario” (Sanjek 1990: 154)

La ciudad se ha desdibujado, y de ahí el título del artículo. Lo ha hecho por dos frentes:

  • la propia ciudad física, convirtiéndose en mil variantes de sí misma: en parques temáticos (Venecia), edge cities, suburbia, megalópolis, metápolis, las fortalezas cerradas de Los Ángeles o ciudades de Sudamérica, la ciudad análoga de Calgary;
  • los conceptos con los que la antropología trata de describir y abarcar todos estos procesos: la ciudad límite, frontera, global, postmoderna, fortificada, postfordista… parecen surgir casi tantos como ciudades y analistas haya.

La antropología urbana nunca ha estado tan viva y, sin embargo, sigue alejada de un marco conceptual fuerte con el que abordar el estudio de lo que sucede en el mundo urbano en la actualidad.

El artículo de Monge nos ha parecido interesante porque, en parte, sigue la trayectoría que ha llevado este blog en sus casi tres años de andadura: de la lectura de algunos libros sobre antropología urbana (Manuel Delgado, apuntes de Bauman) y de urbanismo (Jane Jacobs, Carlos García Vázquez) nos fuimos acercando progresivamente a conceptos como el espacio de los flujos, las ciudades globales, la desterritorialización, fragmentación, edges cities, parques temáticos y ciudades análogas. Como destaca el artículo, la antropología urbana no puede desbancarse de estos conceptos si pretende acercarse al estudio de unos ciudadanos sacudidos por la confluencia de todos estos procesos.

Monge termina el artículo con un resumen de lo que le ha sucedido a la antropología que no tiene desperdicio.

Hemos pasado de construir:
— una antropología
en la ciudad a una antropología de la ciudad;
— una antropología que seguía a los inmigrantes a la ciudad a una antropología que se preocupa por los ciudadanos transnacionales;
— una visión de los márgenes a una visión de los procesos globales en contextos localizados;
— una imagen de la ciudad al juego de imágenes y representaciones que definen y con las que juega la ciudad.

Y desde una perspectiva más teórica el tránsito ha recorrido el camino que arranca en una etnografía ubicada en un sitio concreto y lleva hacia nuevas formas de etnografía multi-situada (Marcus 1998); que parte de la interrelación entre lo global y lo local para preocuparse por los llamados ensamblajes globales (Ong y Collier 2005); que considera no sólo a los ciudadanos localizados sino a los transeúntes; y, que no sólo ha dejado de considerar al sitio como un hecho físico dado para contemplar el espacio como un paisaje, sino que aborda las desuniones del mundo actual desarrollando peculiares tipos de “paisajes” [(ethnoscapes), (mediascapes), (technoscapes), (financescapes), (ideoscapes)] que define Arjun Appadurai (1996:32-43).

Pueden descargar y leer el artículo de aquí.

Exploración de la ciudad, de Ulf Hannerz: la Escuela de Chicago

Más que un libro de antropología urbana, Exploración de la ciudad es un «estudio sobre el ordenamiento de las relaciones sociales en la vida urbana», en palabras del propio autor. Olvídense de conceptos como el ballet de las aceras de Jacobs o el baile de disfraces de Manuel Delgado, incluso de la representación teatral de Goffman, al que comenta: Hannerz es un académico, director del Departamento de Antropología Social de la Universidad de Estocolmo cuando se publicó el libro (1980), y eso se nota: académico, basto en sus apelaciones a la teoría, muy, muy denso, y, lamento decirlo, árido para el lector casual; demasiado. O a mí me ha aburrido como a una ostra, y con perdón.

El estudio se divide en diversos capítulos: el primero estudia la Escuela de Chicago, el segundo el concepto sobre el urbanismo de Wirth en su famoso artículo; el tercero, las aportaciones de la Escuela de Manchester, y aquí ya empieza a volverse pesado; el cuarto, el concepto de las redes, es decir, un primer intento de sistematización de las relaciones sociales que pueden darse en un entorno urbano; el quinto, un resumen de las aportaciones de Goffman al entorno urbano, y el hecho de que incluso este capítulo sea aburrido, cuando Goffman es un escritor fácilmente accesible a todo el mundo, ya dice horrores de Hannerz; y, finalmente, un capítulo donde sistematizar todos estos apuntes y convertirlos en una teoría de las relaciones sociales urbanas.

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Que las relaciones posibles en una ciudad son distintas de las de cualquier otro entorno es bastante evidente; también lo son en un pueblo, en una fábrica y en un entorno minero o comuna hippie. Su clasificación, sin duda, debe de ser un elemento interesante; pero en este blog nos hemos preocupado más por conocer qué efectos tiene esta determinada ordenación urbana sobre sus habitantes que en analizar esas posibles relaciones. El ballet de las aceras, la necesidad de salir a la calle y crearse un personaje con el que enfrentarse al estudio de los otros transeúntes, la nerviosidad de Simmel… son efectos palpables en el día a día de las calles que hasta los que no habitamos la ciudad podemos vivir sólo simplemente visitándola.

Por todo ello, me quedo especialmente con los dos primeros capítulos, los referentes a la Escuela de Chicago, porque forman un resumen genial de lo que fueron las primeras aportaciones de la sociología a lo que luego acabaría denominándose antropología urbana. Sigue leyendo «Exploración de la ciudad, de Ulf Hannerz: la Escuela de Chicago»

IV. La megalópolis de los sociólogos: Herbert Gans, Jane Jacobs, Henri Lefebvre

(Seguimos el libro Teorías e historia de la ciudad contemporánea, de Carlos García Vázquez).

De la metrópolis (1882-1939) a la megalópolis (1939-1979)

Tras la Segunda Guerra Mundial, el mundo en general, y Europa en particular, emergieron psicológicamente devastados. La destrucción y la enorme pérdida de vidas fue sólo posible gracias el avanzado desarrollo tecnológico alcanzado. Lo terrible de Auschwitz no es (sólo) la muerte de los presos en el campo de concentración, sino la enorme capacidad tecnológica que se requiere para llevarlo a cabo a tal nivel: es el fracaso de todo el progreso.

El objetivo, pues, será restablecer los valores humanistas: y para ello se creó el estado del Bienestar, aprovechando una larga época de bonanza económica que atravesó los años 50 (la imagen típica de la ama de casa americana preparando el pastel en sus flamantes nuevos electrodomésticos, y discúlpenme el machismo implícito). Las primeras grietas surgieron durante los 60, con la contracultura, la guerra de Vietnam y la eclosión de mayo del 68, y la fe se perdió de nuevo tras las crisis económicas del 73.

Las ciudades, durante esta época, vivieron dos expansiones distintas: por un lado, la lucha contra la pobreza generó que millones de personas fuesen realojadas en nuevas ciudades (las New Towns británicas, las Villes Nouvelles francesas, los polígonos españoles…), erigidas según los principios de la carta de Atenas; por otro lado, los centros históricos de la ciudad fueron las grandes víctimas: la urban renewal de Estados Unidos, la limpieza de barriadas del Reino Unido o los proyectos de Charles de Gaulle en París, que quería arrasar un tercio de la ciudad.

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Durante los 50, además, la clase media (especialmente la estadounidense) abandonó los centros urbanos y se mudó a la periferia, a suburbia, a las afueras, extendiéndose enormemente en geografía gracias a las flamantes nuevas autopistas que radiaban el territorio y que Jean Gottman denominó megalópolis («ciudad gigante») en 1961. El nombre se refería en principio a la costa Este de Estados Unidos y su sucesión de ciudades (Baltimore, Nueva York, Washington, Boston…), aunque el término caló y se usa hoy en día para ciudades enormes formadas por más de un núcleo. Sigue leyendo «IV. La megalópolis de los sociólogos: Herbert Gans, Jane Jacobs, Henri Lefebvre»