SUMG (V): La metrópolis estadounidense y la Escuela de Chicago

Seguimos con la quinta semana del curso Cities are Back in Town: Sociología Urbana para un Mundo Globalizado, impartida por Patrick Le Galès.

Introducción: centros experimentales para la vida social moderna. Durante las últimas décadas del siglo XIX, algunas ciudades (Nueva York, Londres, París, Berlín, Vienna, San Petersburgo…) empezaron a diferenciarse de todo lo que había existido anteriormente. Por una parte, por la medida de su población, al superar el millón de habitantes (aunque Roma ya tenía 600 mil en el siglo II después de Cristo, Bagdad superó el millón en el noveno y Beijing en 1800), pero sobre todo porque aparecían como epicentros donde se concentraban la economía y la política, así como distintas formas de experimentación del hecho social. Surge el concepto de metrópolis (del que ya hablamos a raíz de los tres primeros capítulos del libro Teorías e historia de la ciudad contemporánea, de Carlos García Vázquez): en oposición a una ciudad vieja, amurallada, la metrópolis incluye suburbia, esas manchas de casas uniformes que se extienden por el territorio a las afueras de las grandes ciudades, así como ciudades satélite, polígonos industriales… Las metrópolis surgen y se fundan a lo largo de los polos opuestos de la concentración (económica, política, de población en mayores densidades) y la dispersión (en territorio al abarcar ciudades lejanas, política en cuanto cada vez hay mayores grupos sociales con intereses diversos, etc.).

Georg Simmel, sociólogo alemán, será el primero en darse cuenta de la influencia que esta nueva forma urbana de vida tiene sobre el individuo y en crear un discurso teórico alrededor de esa idea, que recogerá Park para conformar lo que conocemos como la Escuela de Chicago.

chicago 1920

Las capitales europeas de los grandes Estados-nación del XIX se transforman en metrópolis. París, Berlín, Viena, Londres, eran, además de ciudades enormes, las capitales de sus respectivos países o imperios. No sólo crecieron en población de forma espectacular debido a la Revolución Industrial, también fueron escenario de diversas revoluciones políticas. Durante todo el siglo, la burguesía fue ascendiendo hasta formar parte del poder y desplazar a (o unirse a) la aristocracia y las monarquías. Surgían nuevos intereses, tanto económicos como culturales: se construyen grandes óperas y museos junto a las ya conocidas estaciones de ferrocarril; crece la burocratización, la administración cada vez tiene más ramas y, mediante el mayor acceso que permite el ferrocarril y las nuevas formas de comunicación, sus brazos son más largas, con lo que requiere más participantes. Se construye el Covent Garden, la Torre Eiffel, empiezan las grandes exposiciones universales.

 La burguesía europea inventó nuevas formas de vida, por eso construyó grandes óperas y teatros; las metrópolis se convirtieron en lugares de consumo, con grandes almacenes y todas las opciones disponibles de compra en grandes avenidas; ciudades de luz donde podía suceder cualquier cosa, donde uno se encuentra con desconocidos, lo que acarrea una leve sensación de peligro. La creación de las metrópolis supuso un paso enorme en cuanto a la espectacularización de las ciudades.

Haussmann en París (y por lo tanto también Baudelaire), Cerdà en Barcelona con el Ensanche, las ciudades antiguas tienen que ser derrumbadas para dar paso a lo nuevo, a grandes espacios, a avenidas rectilíneas, la modernidad ortogonal: el ferrocarril, el tranvía, el coche.

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Nueva York, la metrópolis estadounidense. Si Chicago había sido el modelo de ciudad industrial, Nueva York será el modelo de metrópolis.

Estas ciudades crecieron gracias al sorprendente desarrollo económico y la inmigración masiva. En la década de 1920, las metrópolis estadounidenses y europeas se convirtieron en lugares de fuertes desigualdades, antisemitismo, violencia en contra de extranjeros, racismo, movimientos anticomunistas y una creatividad cultural extravagante. Se construye el modelo estadounidense alrededor de la ciudad industrial, con vecindarios de bajos ingresos ligados a distritos manufactureros y cercanos a núcleos comerciales y, además, con vecindarios de clase media. A partir de la migración suburbana de la clase media que se acentuó al finalizar la Segunda Guerra Mundial, surgió el prototipo de metrópolis, que consistía en una ciudad central rodeada de enclaves suburbanos. En el mejor de los casos, el núcleo comercial era el dominante. En los peores casos, este núcleo iba en declive junto con el distrito manufacturero.

Metrópolis en el sur. El concepto de metrópolis emergió durante el siglo XIX en Europa y Estados Unidos, sobre todo a finales, y no tardó en permear otras capitales mundiales. Como vimos en el concepto de la ciudad colonial, éstas importaban las ideas de las grandes ciudades europeas. Algunas de las ciudades coloniales ya estaban alcanzando la independencia, otras contaron con financiación del Imperio. Buenos Aires inauguró el primer metro en 1913; Chile, Uruguay, Brasil o Argentina también despuntan a finales del XIX, debido a la mezcla de intereses coloniales con el poder que las exportaciones les habían dado, así como el desarrollo de una burocracia y administración propias.

chicago

En 1880, Buenos Aires todavía era una ciudad pequeña de estilo colonial. Sin embargo, su población se incrementó de 290.000 a 1,2 millones de habitantes en 1905, principalmente a expensas de inmigrantes provenientes de Italia y España, quienes constituían la mitad de la población en 1895. Con ayuda de su prosperidad en crecimiento, Buenos Aires se convirtió en la primera ciudad europea de Latinoamérica. Se mejoraron los sistemas eléctricos y de abastecimiento de agua, e iniciaron las actividades de los puertos principales. El embellecimiento de la ciudad incluyó la construcción de amplias avenidas, en especial de la Avenida de Mayo, la cual pretendía competir con la avenida de los Campos Elíseos en París. Se inauguró el tranvía eléctrico en 1897, y en 1913 se inauguró el primer tren subterráneo de la región – el Subte. La élite de la ciudad aspiraba a convertir a Buenos Aires en uno de los principales centros culturales a nivel mundial, por lo que el Teatro Colón, luego de su apertura en 1908, se convirtió en parada obligatoria para cantantes de ópera altamente reconocidos. La otra fuente de crecimiento urbano estuvo ligada al estatus de los capitales nacionales de la región. Entre 1880 y 1905, las poblaciones de Bogotá, Montevideo, Santiago y, hacia el este, Río de Janeiro se duplicaron. (Alan Gilbert, 2014, p.485)

Metrópolis y la forma de vida urbana. Simmel recicla la antigua idea de “el aire de la ciudad nos hace libres”, la cual explica que los intercambios e interacciones con la metrópolis moderna aumentan la capacidad del individuo de liberarse del denso conjunto de relaciones sociales tradicionales. Por lo tanto, Simmel enlaza el advenimiento de la metrópolis con la creación de una sociedad moderna y la producción de más sujetos individuales a través de la experiencia urbana.

University of Chicago

Para Simmel, la metrópolis (en su caso, Berlín) es un lugar de experiencias diversas increíbles, encuentros permanentes e interacciones superfluas con desconocidos, sobreestimulación proveniente del medio ambiente (el ruido, la luz, la gente extraña, las máquinas). El individuo no puede simplemente reproducir el comportamiento heredado, sino que debe adaptarse, encarar lo desconocido y hacer frente a la “sobrestimulación”, lo que se denominaría actualmente como un proceso de toma de decisiones.

En contraposición a la vida social clásica en pueblos pequeños, Simmel también enfatizó el anonimato de la metrópolis. Sugiere, además, que la sobreestimulación de la vida urbana (escaparates, vitrinas, exhibiciones, diversidad y dinamismo de la vida callejera) podría conducir a la creación de personajes “indiferentes”, con el fin de defenderse a sí mismos de las presiones de la vida metropolitana.

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Metrópolis (“otra” metrópolis; en ésta se esconde Clark Kent).

La ecología humana de las ciudades y la llegada de la era de la sociología urbana. De 1914 a aproximadamente 1930, la Escuela de Chicago (el Departamento de Sociología de la Universidad de Chicago) desarrolló los pilares de lo que hoy entendemos por sociología urbana.

Chicago se había convertido en una metrópolis enorme donde la mitad de la población era inmigrante. Tanto la lucha de clases como la violencia en la calle eran habituales, así como la corrupción y una política partidista. La Escuela de Chicago toma su ciudad como estudio, sus bandas, guetos, barrios apartados; el vocabulario que usarán no proviene de las ciudades griegas y romanas, que había sido el usado hasta entonces por la sociología, sino que desarrollan nuevas nomenclaturas basándose en la metrópolis americana.

La Escuela de Chicago se interesa por la forma como los grupos se adaptan a la vida en la metrópolis, pero también por lo opuesta, cómo la metrópolis afecta a sus formas de vida.

En la mayoría de los modelos teóricos vistos hasta ahora, lo que sucede en las ciudades es el resultado de factores más amplios como las políticas de estado, el capitalismo, la industrialización o colonización… Wirth y sus colegas dejaron de lado esas ideas para tratar de explicar el modo de vida urbano a partir de factores urbanos, como la densidad, el tamaño y la diversidad de los grupos de población.

Las normas que habían regulado las comunidades tradicionales no se sostienen en las metrópolis, pero éstas no desarrollan nuevas normas: fuera del grupo, el individuo puede ser digerido, de ahí los altos índices de alcoholismo o suicidio. Asimismo, la Escuela de Chicago intenta estudiar a los individuos junto a sus causas: si los inmigrantes cometen más actos de delincuencia no es porque sean inmigrantes, sino porque sus condiciones sociales son peores.

En su primera formulación como un modelo de ecología social, presentan la ciudad como el resultado de la competición por espacio entre diferentes grupos sociales y étnicos. La segregación espacial es el resultado de las elecciones de distintos de estos grupos.

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Y otra ciudad espectral: Dark City, de Proyas. Con Jennifer Connelly.

Wirth, “Urbanism as a Way of Life”. Louis Wirth, uno de los fundadores de la primera Escuela de Chicago, desarrolla una teoría sociológica del urbanismo. “La definición sociológica y significativa del concepto de ciudad busca seleccionar aquellos elementos del urbanismo que lo identifican como una forma distinta de la vida humana en grupo” (p. 4). El objetivo no es encontrar rasgos característicos en las ciudades, sino mostrar cómo las ciudades podrían amoldar el carácter de vida social a un estilo de vida urbano determinado. Wirth identifica tres variables: población (“demografía”), densidad y heterogeneidad, y describe las consecuencias de su teoría sociológica general.

  • población: Wirth muestra cómo los urbanitas dependen de otras personas en su vida diaria más que los habitantes de zonas rurales. Esta segmentación de las relaciones humanas genera relaciones superficiales: los habitantes de áreas urbanas tienen redes sociales más amplias, pero los lazos entre las personas son más débiles y se basan en un conocimiento superficial. Al final, las demás personas se consideran medios para alcanzar nuestros propios objetivos y las interacciones están motivadas por intereses individuales.
  • densidad: Wirth resalta la diferenciación y especialización de actividades cuando las personas se concentran un espacio delimitado. La densidad produce cambios en la forma cómo los urbanitas identifican a otros y se mueven alrededor del espacio urbano. El “reconocimiento visual”, en el cual las personas se identifican según sus funciones, su uniforme y su clase social, fortalece la “sensibilidad a un mundo de artefactos” (p. 13). Las interacciones diarias, funcionalmente cercanas pero socialmente distantes entre aquellos que no tienen lazos emocionales, “fomentan un espíritu de competencia, engrandecimiento y explotación mutua” (p. 15). Este fenómeno puede también generar soledad, reservas y frustración.
  • heterogeneidad: Según el lugar de residencia, lugar y tipo de trabajo, ingresos y distintos intereses, el urbanita evoluciona en diversos grupos que componen la estructura social, y no se encuentra restringido por alguno de ellos. Cada grupo refleja un aspecto de su personalidad y sus intereses. “Los servicios públicos y las instituciones recreacionales, educacionales y culturales deben ajustarse a los requisitos de la mayoría” (p. 18). Esta tendencia se encuentra opuesta a la individualización de los urbanitas, quienes “deben subordinar parte de su individualidad a las demandas de la comunidad general, y en esa medida ser parte intrínseca de movimientos de masas” (p. 18).

Basándonos en estas tres variables, Wirth sugiere definir empíricamente el proceso de urbanismo como un estilo de vida a partir de “tres perspectivas interrelacionadas” que explora brevemente: la estructura física, la organización social así como las ideas y comportamientos.

La competencia y el desarrollo de las metrópolis. El modelo de metrópolis surge fuertemente influenciado por la ciudad americana, receptora de grandes oleadas de inmigración. En Tokyo o Delhi, por ejemplo, donde existen estrictas jerarquías sociales o de grupo que organizan el espacio, esa lucha entre distintos estratos no se da. Sin embargo, el modelo nos sirve para tematizar una ciudad donde los distintos grupos luchan entre sí y donde el resultado de esas luchas de intereses configura la morfología urbana. Por ejemplo: Ciudad del Cabo empezó como ciudad colonial, pero finalmente, con masivas oleadas migratorias, se ha convertido en una metrópolis donde confluyen diversos grupos de interés, sociales y étnicos.

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