Nosotros o el caos, Esteban Hernández

Leímos hace poco La España de las piscinas, del periodista Jorge Dioni López. En él se abordaba un tema más que interesante (los efectos del urbanismo sobre las personas y la ideología que se esconde tras dichas decisiones) que, sin embargo, se abordaba desde un punto de vista, cuando menos, extraño: el voto, más conservador, de los habitantes de las zonas residenciales de cierta parte de España. Más que tratarse de un estudio concreto sobre una determinada parte de la población, ofrecía una visión (bastante sesgada) de un aspecto concreto de una situación.

Algo similar sucede con este Nosotros o el caos. Así es la derecha que viene, del también periodista Esteban Hernández. El subtítulo del ensayo aclara bastante el contexto: Un análisis del nuevo conservadurismo en la empresa y en la política. El libro se divide en cuatro apartados: la aceleración actual que impera en nuestra mundo, los cambios que se han dado en la empresa debido tanto a esa aceleración como a la evolución del tardocapitalismo hacia un ente mucho más flexible, con productos a demanda, gran movilidad, etc, y una visión actual de la política de hoy (sobre todo en España, lugar en el que se centra el ensayo). El cuarto capítulo, a modo de conclusiones, recoge los cambios sucedidos y avanza hacia dónde podemos dirigirnos, de no virar el rumbo actual.

Como ya hemos comentado a menudo en el blog, durante los años 70 se dieron una serie de grandes cambios en la política y la economía. Tras alrededor de 30 años de crecimiento continuado, se llegó a una enorme crisis económica que supuso una nueva cosmovisión política propiciada desde la economía: de repente no había dinero para sostener el Estado del bienestar, entre otras, y los Estados se vieron forzados a enormes recortes. La nueva forma de gestión era empresarial y estaba basada en la eficacia y la eficiencia. El Estado, los diversos Estados, dejaron de verse como los entes que debían garantizar ciertos derechos a los ciudadanos (educación, sanidad, vivienda, recogida de basuras) y pasaron a contemplarse como entes financieros que debían velar por su propia existencia; lo mismo sucedió con las ciudades.

Todo este movimiento, que tal vez estuviese justificado de forma puntual con las crisis del petróleo de los años 70, encontró eco en los medios de comunicación y en los discursos oficiales (lógicamente, pues era profundamente conservador) y coincidió con el pleno desarrollo de una globalización a caballo de uno de los Estados más liberales y competitivos del mundo: Estados Unidos. Como ya nos explicaba Castells en La sociedad red, la globalización no es más que la extensión, al mundo entero, en forma de red, de la cosmovisión empresarial que se daba en ciertas partes (las costas, sobre todo) de Estados Unidos y que, a merced de los avances en la tecnología (la informática) y las nuevas comunicaciones mundiales instantáneas, permitía al mundo funcionar como una unidad a una sola velocidad.

De esos barros, estos lodos, claro. La política se volvió más de derechas con, por ejemplo, elementos como Reagan y Thatcher, que luego encontraron eco en los principales dirigentes de los otros países europeos. El problema no fue una oleada conservadora, claro, sino mucho más amplio: con la caída del Muro y de las opciones socialistas, «el centro», el punto medio de la política, se volvió conservador; y fueron, de hecho, bastantes líderes de izquierdas los principales impulsores de esos cambios que favorecían a la economía.

Porque ésa fue la otra andanada conservadora: de repente el mundo debía doblegarse a los deseos del capital global. Lo quisiesen o no, y auspiciados por las avanzadillas del FMI y el Banco Mundial, que sólo concedía ayudas y créditos a los países que se rendían a sus deseos, los países fueron flexibilizando sus políticas monetarias, reduciendo impuestos, permitiendo la acumulación, la usura y la rapidez amoral del capital. Como resultado, por ejemplo, veíamos hace nada en En defensa de la vivienda cómo esta se ha mercantilizado por completo y ha dejado de ser un derecho de los ciudadanos (ojo: no un regalo, sino una necesidad vital y, por lo tanto, regulada en cierta medida por el Estado para garantizar el bien común, y no el beneficio de unos pocos) para pasar a convertirse en mercancía, con todo lo que eso supone (acumulación, precios disparados, especulación, alienación residencial). Y el Estado no sólo no ha tenido voluntad de frenarlo sino que ha sido cómplice en todos estos pasos.

El resumen anterior bosqueja, muy por encima, la situación en la que nos encontramos. No es algo puntual, sino un devenir global que lleva unos 50 años y que no tiene visos de ser modificado (tal vez de sufrir un enorme colapso, ecológico, financiero, o en todos los sentidos). Y, sin embargo, Nosotros o el caos. Así es la derecha que viene, pese a explicar con claridad estos hechos en su último apartado, los ha analizado en los tres anteriores como si fuesen algo novedoso, una situación concreta de los últimos cinco o, como mucho, diez años. Y lo hace con situaciones concretas: un directivo que sufre estrés, un joven político que debe verse representado en los medios porque la situación actual es lo que es. No se trata, en definitiva, de un tema de derechas e izquierdas, algo a lo que se recurre a menudo en el ensayo, sino de una situación mucho más amplia. Sean de derechas o izquierdas, por ejemplo, todos los partidos políticos en España se financian mediante créditos concedidos por los bancos y se dan a conocer mediante medios de comunicación dirigidos por conglomerados empresariales con sus intereses.

Ésa es un poco la percepción que queda tras la lectura: que sólo se ha observado una parte.

De esta manera, la psicología se convierte en coaching, la filosofía en pensamiento positivo, el saber profesional en rentabilidad inmediata, y el conocimiento destinado a prestar el mejor servicio posible se reconvierte en gestión dirigida a la eficiencia económica: todo tiene que ser funcional en relación al sistema en que se inserta. (p. 245)

Y todo lo anterior es cierto… pero lo es si uno es lector habitual de medios de prensa, usuario de Twitter y espectador de los telenoticias. Hay un mundo, similar al real pero retorcido, que se nos aparece en los medios de comunicación y en las redes, emitido por una minoría, sostenido por un público mayor y considerado como cierto por una amplia mayoría. Y puede que en ese mundo de rentabilidades la filosofía deba ser pensamiento positivo y la psicología, coaching; pero eso no implica ni que la filosofía ni la psicología hayan muerto, ni mucho menos que lo hayan hecho las ciencias sociales, algo que pregonaba Hernández en la introducción al ensayo, pues, afirmaba, también éstas habían caído bajo el dictado de la rentabilidad de sus promotores.

Lo cual, de nuevo, no es cierto. Y, para tratar un tema de tan largo calado, que lleva, como poco, cinco décadas coleteando (cuando no desde los inicios del capitalismo, y podríamos incluso ir más allá), el estudio se queda corto y enfocado, más en evidenciar síntomas, que en hallar las causas que los provocan.

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