La producción del espacio, Henri Lefebvre

Por fin llegamos a la lectura de uno de los libros esenciales en el tema de las ciudades: La producción del espacio, del filósofo francés Henri Lefebvre. De Lefebvre ya hablamos a propósito de El derecho a la ciudad, donde desarrollaba el concepto de lo urbano, como una característica derivada de las ciudades pero no constreñida a ellas; y también un poco a propósito de Sociología Urbana, de Francisco Javier Ullán de la Rosa, donde dimos cuatro apuntes biográficos.

En la Francia de los años 50 y 60, la forma de llegar a la universidad era pasar por la enseñanza en el liceo (el instituto), por lo que la formación de Lefebvre es como filósofo. Posteriormente se dedicó a otros temas, abogando siempre por una filosofía práctica, cercana al individuo y alejada de los grandes temas, que tampoco teme tratar. Siendo ciudadano de París, y además viviendo en el barrio que sufrió la transformación tanto de Les Halles como del Centro Pompidou, Lefebvre no dudó en reflexionar largamente sobre el urbanismo y el espacio.

Si en El derecho a la ciudad Lefebvre buscaba una «ciencia de la ciudad», en La producción del espacio reflexiona sobre cómo se genera el espacio; nunca es aleatorio ni desintencionado; de hecho, el espacio es una producción, y como tanto es el resultado de una pugna por el poder y una manifestación en sí del poder; pero también influye en la propia producción. Esta frase lapidaria es un resumen sumario y hasta erróneo de todas las reflexiones que hace el filósofo a lo largo del libro: como siempre, Lefebvre toma un tema, lo analiza desde todos los puntos posibles y avanza dialécticamente hasta su construcción.

Como el libro no tiene desperdicio, y como es uno de los esenciales alrededor del urbanismo, la antropología urbana, la antropología del espacio, la sociología urbana o, en fin, tantas denominaciones posibles, nos detendremos largamente en él y probablemente le dediquemos una entrada a prácticamente cada capítulo.

El primer capítulo, «Plan de la obra», traza un mapa mental de lo que intenta Lefebvre: alcanzar la ciencia del espacio (en evolución a la «ciencia de la ciudad» que buscaba en El derecho a la ciudad). ¿Por qué, por ejemplo, no podemos servirnos de disciplinas como la semiología o la literatura para abarcar la comprensión del espacio? Porque llevan implícitas una ideología, la neocapitalista en nuestra sociedad, con su carga política; hay que llegar hasta la propia concepción del capitalismo, de qué se entiende por él, de qué implica. «Algunos olvidan fácilmente que el capitalismo posee otro aspecto ligado con seguridad al funcionamiento del dinero, al funcionamiento de los diferentes mercados y a las relaciones sociales de producción, pero aspecto distinto en la medida en que es dominante: la hegemonía de una clase. (…) [hegemonía] designa mucho más que una influencia e incluso mucho más que el uso perpetuo de la violencia represiva. La hegemonía se ejerce sobre toda la sociedad, cultura y conocimientos incluidos…» Por lo tanto, el espacio no puede ser sólo el lugar pasivo de las relaciones sociales.

Luego, puesto que el espacio es el lugar donde se habita, se halla el urbanismo, que se centra en las ciudades; pero cuando abarca también las regiones, se trata de planificación, economistas, políticos. Lefebvre vuelve a la pregunta: ¿qué disciplina puede abarcarlo todo? Ciertamente la filosofía no, pues es «parte activa e interesada en la ficción». ¿La literatura? Entonces habría que escoger qué textos. Lefebvre acabará huyendo a conceptos universales, y dará con la producción, pero en un sentido muy específico (por ahora todo esto son apuntes que da en el primer capítulo y que luego desarrollará pormenorizadamente).

La proposición a la que llega Lefebvre es que «el espacio (social) es un producto (social)«. Lo denomina social para diferenciarlo del espacio «mental» (el de los filósofos y matemáticos, un espacio pensado, descrito) y del espacio físico (el espacio vivido concretamente, muy relacionado con sus orígenes en la naturaleza). Y, a partir de esta proposición, surgen dos implicaciones:

  • el espacio-naturaleza desaparece irreversiblemente. No es que desaparezca: «es aún el fondo del cuadro; como decorado, y más que como ambientación, persiste por doquier»; pero se convierte en mito, «en materia prima sobre la que operan las fuerzas productivas de las diferentes sociedades para forjar su espacio»;
  • y dos: cada sociedad (en consecuencia, cada modo de producción con las diversidades que engloba, las sociedades particulares donde se reconoce el concepto general) produce un espacio, su espacio.

El espacio social, además, contiene, media y asigna los lugares apropiados a dos tipos de relaciones:

  • las relaciones sociales de reproducción, esto es, las relaciones entre los sexos, las edades, familia, etc.
  • las relaciones de producción, la división del trabajo, la especialización, las funciones sociales jerarquizadas.

Con la llegada del capitalismo se añade una tercera capa, y el esquema queda así:

  • 1) la reproducción biológica (la familia);
  • 2) la reproducción de la fuerza del trabajo (la clase obrera);
  • 3) la reproducción de las relaciones sociales de producción.

Estas tres capas, que se van interconectando de formas complejas e imbricadas, acaban generando en Lefebvre una tríada conceptual sobre la que volveremos en breve: la práctica espacial, las representaciones del espacio y los espacios de representación.

«Podría objetarse que en una u otra época, en tal o cual sociedad (antigua-esclavista, medieval-feudal, etc.), los grupos activos no han «producido» su espacio al modo en que se «produce» un jarrón, un mueble, una casa, un árbol frutal. Entonces, ¿cómo logran producirlo? La cuestión, sin duda alguna muy pertinente, cubre todos los «campos» considerados. Efectivamente, incluso el neocapitalismo o capitalismo de organizaciones, y hasta los planificadores y programadores tecnocráticos, no producen un espacio con plena y clara comprensión de las causas, efectos, motivos e implicaciones.» (p. 96). Llegamos aquí a los tres espacios:

  • la práctica espacial de una sociedad secreta su espacio; lo postula y lo supone en una interacción dialéctica; lo produce lenta y serenamente dominándolo y apropiándose de él. ¿Cuál es la práctica espacial bajo el neocapitalismo? «El espacio percibido entre la realidad cotidiana (el uso del tiempo) y la realidad urbana (las rutas y redes que se ligan a los lugares de trabajo, de vida «privada», de ocio). Corresponde a lo percibido.
  • las representaciones del espacio, es decir, el espacio concebido, el espacio de los científicos, planificadores, urbanistas…, el espacio dominante en cualquier sociedad. Corresponde a lo concebido.
  • los espacios de representación, es decir, el espacio vivido a través de las imágenes y los símbolos que lo acompañan, el espacio de los «habitantes», de los «usuarios», pero también de los artistas, de los novelistas que sólo describen. Se trata del espacio dominado, pasivamente experimentado, y «recubre el espacio físico utilizando simbólicamente sus objetos». Corresponde a lo vivido.

Se genera así una tríada dialéctica que va basculando. Por ejemplo, en las ciudades renacentistas la representación del espacio dominó y subordinó al espacio de representación (de origen religioso) mediante la creación de la perspectiva (volveremos luego a ello). Las representaciones del espacio, por ejemplo, «poseen un alcance práctico, que se engastan y modifican las texturas espaciales, impregnadas de conocimientos e ideologías eficaces»; ¿cómo lo hacen? Mediante la arquitectura, no en tanto que construcción de edificios individuales sino como proyectos insertados en un contexto espacial determinado «que exige representaciones que no se pierdan en el simbolismo o el imaginario». «En cambio, los espacios de representación no serían productivos, sino tan solo obras simbólicas.» Valgan estas observaciones a modo de ejemplo, pero dejando claro que no son compartimentos estancos y cerrados sino una relación dialéctica de tipos ideales.

Asimismo, el paso de un modo productivo a otro genera nuevos códigos sobre los que se construye la ciudad. «El código es una superestructura, no la ciudad en sí misma»; por ejemplo, con el paso de la Edad Media al Renacimiento, «las fachadas concuerdan para definir las perspectivas; las entradas y las salidas, las puertas y las ventanas se subordinan a las fachadas, esto es, a las perspectivas». En tiempos de cambio de una etapa productiva a la siguiente es cuando más visibles se vuelven los códigos.

De forma mucho más definitiva, y tras apuntar que los espacios son producidos y también el resultado de una pugna de poderes, Lefebvre apunta: «los bordes del Mediterráneo se han ido convirtiendo en el espacio de ocio de la Europa industrial». Y, tras abundar explicando lo que ya conocemos (repunte del sector servicio, importancia del turismo, trabajos de baja cualificación, todo tipo de turismos, alguno extremadamente nocivos), Lefebvre lo redefine en sus propios términos:

En la práctica espacial del neocapitalismo, con los transportes aéreos, las representaciones del espacio permiten manipular los espacios de representación (sol y mar, fiesta, gasto y derroche). (p. 116)

Sociología Urbana 04: Lefebvre, Castells, Harvey

A lo largo de los años 50 y 60 del siglo XX surgen nuevos retos en las ciudades que la sociología de la época no consigue explicar. Por un lado, el Estado del Bienestar occidental ha conseguido domar bastante a la fiera de lucha de clases, convirtiendo por un lado a los obreros en propietarios (de casas, de pisos, de coches) y por el otro proletarizando a las clases medias profesionales (deflación de títulos universitarios, aumento de nichos laborales de cuello blanco mal pagados…). Por ello, dicotomías como propietarios – no propietarios no sirven para explicar ni la sociedad urbana ni la sociedad en general. Además, no dejan de surgir nuevos movimientos sociales, como Mayo del 68, donde son los estudiantes, y no los obreros, los que encabezan una revolución, o los movimientos contraculturales (hippies, beat generation) o los movimientos vecinales, que son transversales y no tienen su origen ni en la clase ni en la ideología sino en el hecho de compartir un mismo espacio.

Además, muchos de los procesos tradicionalmente considerados por la sociología como propios de las ciudades se dan en otros entornos, no necesariamente urbanos pero tampoco directamente rurales; lo urbano se expande, diríamos en palabras actuales. Pero hizo falta una Nueva Sociología Urbana para abordar todos estos hechos, desarrollada especialmente en la Francia de finales de los 60 y los 70 y de tendencia bastante cercana al marxismo, centrada sobre todo en dos nombres: Henri Lefebvre y Manuel Castells. Este será el tema central de la cuarta entrada que dedicamos a recorrer el libro de Francisco Javier Ullán de la Rosa Sociología urbana: de Marx y Engels a las escuelas posmodernas. Recordemos que ya hemos visto los precursores de la disciplina, la Escuela de Chicago y la era del urbanismo.

La primera parte del capítulo lo dedica Ullán de la Rosa al estudio de los neoweberianos, como Ray Pahl, Peter Saunders, John Rex y Robert Moore. La base de sus estudios es que el espacio «es intrínsecamente desigual, pues por mucho que se quiera negociar o luchar, dos personas o grupos no pueden nunca ocupar el mismo espacio al mismo tiempo». Por ello, se centrarán en los modelos de asignación y distribución de los recursos espaciales, con especial atención al Estado y su mecanismo burocrático. Sin embargo, y pese a que luego otros autores neoweberianos revisaron sus propias teorías, están muy atadas al momento en que fueron desarrolladas (los años 60 y principios de los 70), por lo que la crisis económica del 73, con la ola de privatizaciones, recortes al Estado del bienestar que la siguió y primeras oleadas de la globalización, dejaron obsoletas sus conclusiones.

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Lefebvre, francés

Henri Lefebvre, nacido en 1901, era un «viejo luchador de izquierdas». Se afilió al Partido Comunista en 1928, participó en la resistencia en la Segunda Guerra Mundial y al terminar el conflicto dio clases de filosofía en un instituto para pasar, en 1961, a la universidad, primero en Estrasburgo y a partir de 1965 en la Universidad de París X, en «una zona de banlieue erizada de grands ensembles«. Uno de sus estudiantes fue Manuel Castells, otro Guy Debord. Por entonces, para alcanzar la universidad en Francia había que pasar por la educación secundaria; teniendo en cuenta que no se enseñaba sociología en los institutos, los universitarios de dicha disciplina habían pasado todos por dar clases de filosofía, lo que les imponía un deje a sus estudios que el propio Castells (nacido más tarde, y que por lo tanto ya no tuvo que pasar por la etapa de profesor y saltó directamente a la universidad) les reprochará.

Lefebvre no es, como será Castells, ni metodológico ni especialmente riguroso; ni falta que le hace. En 1961 publica La crítica de la vida cotidiana, donde propone una liberación que escapa de la que proponían por entonces las izquierdas del momento: Lefebvre aboga por una liberación del «control cultural impuesto, de la cultura estandarizada, a través de la imaginación y la creatividad». El libro tuvo una influencia fundamental en la creación del Movimiento Situacionista de Guy Debord» (p. 218).

A partir de 1967, Lefebvre, que vivía en el centro de París, empieza a sentir en sus carnes el peso de la gentrificación de la capital francesa y de su afán «museístico» por convertirse en referente internacional con las construcciones del mercado de Les Halles y el Museo Pompidou, «una operación a gran escala que pretendía museificar el centro y atraer nuevos residentes adinerados y turistas, y que Lefebvre interpretó como el impulso final a la «banlieusización» de las clases menos pudientes, como el ataque final a toda una cultura, que era también la suya, centrada en el barrio histórico.» De ese interés nacieron tres obras enormes: El derecho a la ciudad (1698), La revolución urbana (1970) y La producción del espacio (1974).

El argumento central de Lefebvre desarrolla lo ya apuntado por Chombart o los sociólogos críticos del suburb americano: que el espacio es un producto social, basado en ciertos valores y que la producción social del espacio urbano es fundamental para la reproducción del sistema social en su conjunto (en el caso contemporáneo, del sistema capitalista).

[…] El espacio es un elemento clave en la producción y reproducción del sistema capitalista. Hay que estudiar no sólo cómo el sistema capitalista produce capital sino también cómo produce y reproduce el espacio, cómo los intereses de clase colonizan y mercantilizan el espacio, usando y abusando del espacio construido, manipulando ideológicamente los monumentos, conquistando barrios enteros.

Cada economía política produce un cierto tipo de espacio. La ciudad antigua, por ejemplo, no puede entenderse como una simple aglomeración de gente y edificios en el espacio: tiene su propia práctica espacial. Si cada sociedad produce su propio espacio entonces una sociedad que no lo haga será una anomalía. […] El urbanismo racionalista es la gran bestia del viejo sociólogo, como lo había sido de Chombart. Lefevbre lo acusa de totalitario, al imponer transformaciones sin consultar a nadie, de haber desfigurado la ciudad, confundiendo racionalidad con funcionalidad, de aniquilar los lazos sociales y las identidades. El urbanismo se ha convertido en una fuerza de producción, como la ciencia. Una de las formas de generación de plusvalía es ahora el mercado inmobiliario. Lo que él llama el «circuito secundario del capital» (el primero sería el capital industrial). El espacio físico de las ciudades se ha convertido en objeto de explotación. El espacio ha sido mercantilizado, creado y destruido, usado y abusado, se ha especulado sobre él y luchado sobre él. Traslada al espacio la metáfora marxiana de la fetichización de la mercancía. Igual que el trabajo queda deshumanizado, alienado de sus circunstancias concretas al medirse únicamente en términos de su valor económico, lo miso sucede con el espacio: aparece la noción abstracta de espacio en el que este existe al margen de su individualidad, teniendo como única dimensión su valor real o potencial en el mercado (Lefevbre, 1970).

Lefevbre criticó el abandono a que se habían sometido los centros urbanos históricos; sin ellos no podía haber ciudad. Los suburbs, los banlieus o los New Towns eran una forma de «urbanismo desurbanizado y un episodio espacializado de la lucha de claes: el nuevo urbanismo implicaba la expulsión de la clase obrera de la ciudad hacia los grands ensembles periurbanos». Pero también criticó la forma como se estaban recuperando los centros, museificándolos para disfrute de la burguesía y «convertido paulatinamente en su espacio exclusivo de reproducción económica y, sobre todo, simbólica, purgado ya de sus clases obreras».

Pero la solución de Lefebvre no pasaba por volver a un pasado idealizado; proponía un nuevo humanismo, «el ser humano tiene necesidades antropológicas que el urbanismo no ha tenido en cuenta: la necesidad de imaginario, de sentido». Por ello Lefevbre reclamó el derecho a la ciudad, entendiendo por esto la ciudad histórica, compacta, bullendo en su caldo denso de relaciones sociales, de creatividad cultural y de referentes históricos e identitarios. Pero la ciudad para todos y no sólo para unos pocos.» (p. 221) Una ciudad que dé valor al espacio público, a la red de relaciones, al encuentro, a la importancia del lugar para generar identidad.

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Castells

El otro gran nombre de la sociología urbana (no sólo de la época, sino en global) es Manuel Castells. Se doctoró en Sociología en 1967, compartió departamento con Lefebvre en Nanterre, donde vivió Mayo del 68 (aunque él tampoco participó). En 1969 se convirtió en el director del Seminario de Sociología Urbana de la École de Hautes Etudes en Sciences Socials, donde publicó varias obras colectivas con su equipo, y en 1979 pasó a trabajar para la Universidad de California, donde comenzó una etapa que lo alejó del marxismo de su época francesa y que dio lugar a su celebérrima teoría de los flujos, que analizaremos en el siguiente capítulo.

Si Lefebvre era un filósofo, Castells es un sociólogo metódico y académico. Siguiendo los pasos de Althusser, Castells se cuestiona los fundamentos de la sociología urbana tal como se había entendido hasta el momento y los desmorona uno a uno. Para él, «la afirmación de que el espacio es un factor causal de las relaciones sociales es meramente ideológica. La relación causal entre espacio y sociedad es un a priori que no se sustenta con los datos. Es, en resumidas cuentas, pura ideología.» (p. 223) Por ejemplo, respecto a la idea de que existía una cultura urbana propia en el suburb americano, Castells demuestra con estudios que no es así, sino que sus características se deben a que dicho espacio se formó por una migración selectiva de un segmento de la estructura social (las clases medias blancas profesionales) que ya tenían dichas características cuando habitaban en el centro de las ciudades.

El espacio es, para Castells, un producto del modo de producción dominante en la sociedad. Y, por lo tanto, no es la ciudad la que crea un tal o cual estilo de vida o proceso social: es la estructura de la economía política en la que está inserta la que lo hace. (p. 225)

Castells invierte el orden causal de la ciudad: primero se heterogeniza la sociedad y luego surge la ciudad. Es la propia dinámica del capitalismo la que acaba superando la autonomía de las ciudades medievales al necesitar un aparato mayor para gestionar sus infraestructuras y recurrir al Estado-nación.

Entonces, si la ciudad no tiene una especificidad concreta, ¿cuál es el objeto de la sociología urbana? Toda formación social necesita reproducir sus fuerzas productivas, tanto los medios de producción como la fuerza de trabajo. Es la relación que establecen los trabajadores no sólo con sus bienes y el consumo sino con los valores culturales en los que habitan y que hacen, por ejemplo, que acepten «esta relación desigual, jerárquica e injusta como algo normal, como un hecho natural» mediante la ideología de forma explícita (propaganda) o implícita (el proceso de socialización). En las ciudades, lugar de residencia de la mayor parte de esa fuerza de trabajo, el aparato del Estado no se limita a medrar en las relaciones de consumo, los bienes de primera necesidad o las relaciones culturales: también es, desde los años 50, el impulsor último de las políticas urbanísticas, el que decide dónde (y cómo) reside esa fuerza de trabajo. «Los grandes desarrollos urbanos, financiados por el Estado, son una herramienta que opera simbióticamente con los grandes conglomerados monopolísticos para fomentar su crecimiento.»

Aquí es donde cobra importancia el papel de las ciudades: el sistema de ciudades, más que las ciudades de forma individual, tienen «un papel esencial en el funcionamiento de la economía política, del sistema en su conjunto». Ese será el objeto de estudio de la sociología urbana a partir de entonces; ése, y la ciudad como lugar de consumo y como lugar donde se dan prioritariamente los movimientos sociales en torno a dicho consumo. Precisamente, los movimientos urbanos serán uno de los objetos de estudio de Castells, junto con las nuevas formas de urbanización de las ciudades del Tercer Mundo.

Entre Lefebvre y Castells se desató un debate que duró años y abarca las tres obras del filósofo y algunas del español en la que Lefebvre le reprochaba a Castells su falta de compromiso político. Para Castells el espacio era sólo un lugar de producción, consumo o intercambio, mientras que para Lefebvre el espacio es también una fuerza productiva, como el capital y el trabajo. Incluso cuando un espacio está vacío su control es disputado por el poder económico, argumentará, porque puede ser potencialmente usado para alguna actividad productiva. «Por esta y otras razones las relaciones espaciales son siempre una fuente constante de conflicto social y necesitan ser analizadas en sus propios términos y ni ninguneadas, como hacen los althusserianos, como un mero reflejo de los conflictos generados por el proceso de producción en sí mismo.» (p. 233) El conflicto de clase también se proyecta en la dimensión espacial, dirá Lefebvre; y el espacio es en sí mismo un objeto de consumo, y no sólo el lugar donde se realiza el consumo, como ponen de manifiesto la industria del turismo.

03
Harvey, profético

El otro gran nombre de la sociología urbana marxista es David Harvey, pese a que se trata de un geógrafo británico que ha realizado la mayor parte de su carrera en Estados Unidos. Su primer libro, Social Justice and the City (1973), empieza denunciando los estudios de la Escuela de Chicago como mantenedores del statu quo, y por lo tanto conservadores. En la ciudad de Baltimore, donde llevó a cabo sus estudios Harvey, el 66% de la población del centro histórico de la ciudad son afroamericanos que no han podido subirse al tren de la escapada a los suburbs. Las causas, según Harvey, eran tres:

  • el racismo institucionalizado como instrumento ideológico;
  • el redlining, del que hablamos en la entrada anterior, que consistía en considerar diversas zonas de la ciudad como de alto riesgo (el centro donde vivían las poblaciones pobres, en general negras) y por ello limitarles la capacidad de recibir créditos bancarios;
  • el blockbusting, que es la práctica de dejar morir a los edificios del centro con potencial para convertirse en sedes de oficinas mediante la total ausencia de inversión en ellos para que sus habitantes actuales se marchasen.

Harvey describe la existencia de una clase verdaderamente poderosa de propietarios que consiguen «retener el valor del suelo» creando una situación perfecta para maximizar sus beneficios. Por ello denuncia que los intereses del capitalismo no están regulados por una mano invisible sino a través de estrategias deliberadas de obstrucción del mismo para conseguir ese máximo beneficio posible. Dejando, por el camino, gran cantidad de víctimas en forma de desplazados o personas que veían sus viviendas desvalorizadas. Estos especuladores financieros, a los que Harvey bautizó con las siglas FIRE (Financial, Insurance and Real Estate) juegan un papel esencial en la conformidad de la estructura residencial de la ciudad. «El espacio urbano es el escenario de la última fase de evolución de la lucha de clases, mucho más compleja que las anteriores». Ya en sus obras de 1982 y 1985, Harvey avisaba de las prácticas del capital inmobiliario de crear una burbuja enorme de deuda mediante el crédito barato que, cuando estallaba, no salpicaba a todos por igual, sino a los que habían sido los últimos en subirse a ella. Teniendo en cuenta la crisis de 2008, sus palabras parecen proféticas.

El paisaje físico de la ciudad capitalista se caracteriza, pues, por estar sometido a ondas cíclicas de devaluación/revaluación, crisis y auge especulativo, decadencia y deterioro (en absoluto espontáneos sino guiados por mecanismos del sistema) y renovación bajo nuevas formas (el vehículo de una nueva ola de acumulación). (p. 243)

Este movimiento no dejará de crecer a partir de la crisis económica de 1973, cuando el estado del bienestar empezará a adelgazar y las ciudades a competir entre ellas en el mercado global por atraer y afianzar el nuevo capital global mediante la creación de infraestructuras bussiness-friendly. Todo ello, en la siguiente entrada.

El derecho a la ciudad (y III)

(Venimos de I y de II). Esta entrada no lleva título; de llevarlo, sería el mismo que el del libro, El derecho a la ciudad, de Henri Lefebvre. Ya comentamos en la segunda parte que Lefebvre avanzaba, en los capítulos del 2 al 8, hacia una ciencia de la ciudad, una forma de aprehender dicho concepto. El séptimo capítulo trata de los niveles de realidad de la ciudad.

«A nivel ecológico, el habitar resulta esencial. La ciudad envuelve el habitar. Diremos que la ciudad es forma y envoltura de este lugar de vida «privada», punto de llegada de las redes que facilitan informaciones y transmiten órdenes, imponiendo al orden próximo el orden lejano.» (p. 83). La ciudad se compone, paradójicamente, también de espacios inhabitados y de espacios inhabitables, como edificios públicos, monumentos, plazas, calles. Alrededor de estos se establecen los habitables, aquellos que posibilitan el habitar.

Enfocando desde otro nivel de análisis, el semiótico, se comprueba que en la ciudad coexisten varios subsistemas. «La teoría de la ciudad como sistema de significaciones tiende hacia una ideología, separa lo urbano de su base morfológica, de la práctica social, al reducirlo a una relación «significante-significado» y al extrapolarlo a partir de significaciones realmente percibidas.» (p. 85). El ejemplo que usa Lefebvre: aunque la ciudad griega esté cargada de sentido, ¿es posible construir restituir hoy en día una ágora con su sentido en el centro de una ciudad moderna? Hoy en día, precisamente, el consumo de signos desempeña un papel cada vez mayor, concentrándose intensamente en la ciudad. «Cada «objeto», cada «bien», se desdobla en una realidad y una imagen que, a su vez, constituye una parte esencial del consumo. Se consumen signos al igual que objetos: signos de felicidad, de satisfacción, de poder, de riqueza, de ciencia y de tecnología.»

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A continuación Lefebvre despliega una enormidad recursiva de términos donde es posible el análisis semiótico:

  • la palabra de la ciudad: lo que ocurre en las calles y plazas, lo que se dice;
  • la lengua de la ciudad: las particularidades de la ciudad expresadas en los discursos, gestos, vestidos de sus gentes;
  • lenguaje urbano: un lenguaje de connotaciones, un sistema secundario que acaba inserto en el sistema denotativo;
  • la escritura de la ciudad, todo aquello que se inscribe y prescribe en sus muros y lugares visibles.

Además de dichos niveles, tenemos:

  • semantemas o elementos significantes, como las líneas rectas o curvas, grafismos, formas elementales de puertas, ventanas, rincones…
  • morfemas u objetos significantes, como inmuebles, calles, plazas;
  • superobjetos o conjuntos significantes: la ciudad misma.

Existen la semiótica del poder, la semiótica urbana, la semiología de la vida cotidiana; la dimensión simbólica (monumentos, plazas, avenidas); la dimensión paradigmática (con las oposiciones: el dentro y el fuera, centro y periferia); una dimensión sintagmática (unión de elementos, articulación de isotopías y heterotopías).

LLegamos, finalmente, al derecho a la ciudad. Ya ha dejado claro Lefebvre que una ciencia analítica de la ciudad sería sólo un esbozo; la ciencia de la ciudad tiene a la ciudad como su objeto y su objetivo no es comprenderla, sino modificarla, proponer opciones en que convertirla. «Sólo los grupos, las clases o las fracciones de clases sociales capaces de tener iniciativas revolucionarias pueden hacerse cargo de ello y llevar hasta su realización efectiva las soluciones a los problemas urbanos; la ciudad renovaba será la obra de estas fuerzas sociales y políticas.» (p. 133). «…el derecho a la ciudad se plantea como una denuncia, como una exigencia.» (p. 138). «El derecho a la ciudad no puede concebirse como un simple derecho de visita o como un retorno a las ciudades tradicionales. Solo puede formularse como un derecho a la vida urbana transformada, renovada.» (p. 139).

El derecho a la ciudad (II): hacia una ciencia de la ciudad

Termina el primer capítulo de El derecho a la ciudad (1968) Lefebvre con una distinción entre los tres grupos de personas que se dedican al urbanismo:

  • el urbanismo de los hombres de buena voluntad: arquitectos, escritores. Generalmente vinculados a una filosofía (el humanismo) y con ciertos ideales, se presentan como «médicos de la sociedad» y hablan de el pueblo, la comunidad, el barrio, el ciudadano, para quien erigen «a escala humana». Según Lefebvre, este tipo de urbanismo conduce a un formalismo (modelos sin contenido ni sentido) o a un esteticismo («adopción de antiguos modelos por su belleza que se arrojan como pasto para saciar el apetito de los consumidores»).
  • el urbanismo de los administradores vinculados al sector público. Tecnocráctico y sistematizado, este urbanismo suele imponerse a partir de una ciencia o de una rama de ella. A menudo, más en una técnica de circulación, de comunicación. Fue el urbanismo responsable de despojar la ciudad para permitir el paso al vehículo. En otras ocasiones, este urbanismo se orienta hacia una finalidad estética.
  • el urbanismo de los promotores. Conciben y actúan para el mercado, sin disimulo. «Ya no venden alojamientos o inmuebles, sino urbanismo. Con su ideología, el urbanismo se convierte en valor de cambio.»

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Luego pasamos al capítulo 2, donde Lefebvre empieza una búsqueda de la «ciencia de la ciudad», en palabras del autor de la Introducción, Ion Martínez Lorea (recordemos el primer artículo donde analizamos el libro).

La separación entre la ciudad y el campo supone una de las primeras y fundamentales divisiones del trabajo, junto al reparto según el sexo y la edad (división biológica del trabajo) y a la organización según los instrumentos y las habilidades (división técnica del trabajo). La división social del trabajo entre el campo y la ciudad se corresponde con la separación entre el trabajo material y el trabajo intelectual, y, por consiguiente, entre lo natural y lo espiritual. El trabajo intelectual queda vinculado a la ciudad: funciones de organización y dirección, actividades políticas y militares, así como elaboración del conocimiento teórico (filosofía y ciencias). (p. 51).

Pese a que la filosofía ha orbitado alrededor del tema de la ciudad a lo largo de la historia, sin embargo, no se ha llegado a un punto culminante. Lefebvre afirma que siguen pendientes, por ejemplo, una descripción fenomenológica de la vida urbana o la construcción de una semiología de la realidad urbana; y que existen filósofos urbanos que reflexionan sobre la ciudad, sí, pero «poseen una mirada de corto alcance». Sigue leyendo «El derecho a la ciudad (II): hacia una ciencia de la ciudad»

El derecho a la ciudad, Henri Lefebvre (I): una nueva ciudad

Para presentar y exponer la «problemática urbana» se impone un punto de partida: el proceso de industrialización. Sin lugar a dudas, este proceso es el motor de las transformaciones de la ciudad desde hace siglo y medio. Distinguiendo entre inductor e inducido, podríamos situar como inductor el proceso de industrialización, y enumerar entre los inducidos a los problemas relativos al crecimiento y a la planificación, a las cuestiones que conciernen a la ciudad y al desarrollo de la realidad urbana, y, por último, a la importancia creciente del ocio y de las cuestiones referentes a la «cultura».

Así empieza El derecho a la ciudad, una de las obras capitales de Henri Lefebvre, terminada en 1967 y publicada en 1968; sí, junto al mayo francés, y no es casualidad. En ella se hablaba por primera vez del «derecho a la ciudad», un derecho colectivo que tenían los ciudadanos sobre el lugar donde vivían. El término se ha incorporado ya a nuestro lenguaje; si no al cotidiano, sí al político, donde es un derecho que se esgrime constantemente. Sin embargo, se usa como un comodín que cada cual apuesta a su caballo ganador: el derecho de los ciudadanos a una ciudad… ¿libre?, ¿limpia?… ¿segura?

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Lefebvre sitúa el inicio de su reflexión sobre la ciudad con la industrialización, cuando la ciudad cambia. Tras una Edad Media donde las ciudades habían quedado casi abandonadas, son los mercaderes, la burguesía, los que la reconquistan; y lo hacen llevando a su centro el mercado, el lugar donde intercambiar mercancías, sí, pero también el que permite la acumulación de riquezas. «El uso de la ciudad, es decir, de las calles y plazas, los edificios y monumentos, es la fiesta que consume de modo improductivo riquezas enormes (en objetos y dinero), sin otra ventaja que el placer y el prestigio.» (p. 25) Las tierras pasan progresivamente de las manos de los señores feudales a las de los capitalistas urbanos enriquecidos; se forma entonces una red de ciudades que comprende tantos a éstas como las vías que las unen y las relaciones entre sus habitantes.

Paradójicamente, las industrias suelen asentarse a las afueras de la ciudad, al menos en los inicios de la industrialización. De hecho, industrialización y urbanización es «un doble proceso o, si se prefiere, un proceso con dos dimensiones: crecimiento y desarrollo, producción económica y vida social.» (p. 29). La industria huyó del centro pero luego quiso reconquistarlo; el poder económico, industrial, cultural, nunca llegó a abandonarlo. Sigue leyendo «El derecho a la ciudad, Henri Lefebvre (I): una nueva ciudad»

Ciudades rebeldes, de David Harvey

Ciudades rebeldes. Del derecho de la ciudad a la revolución urbana, publicado por David Harvey originalmente en 2012, editado en España el 2013. Harvey es conocido como el gran geógrafo radical, marxista, muy crítico con el capitalismo. Autor prolífico, su nombre ha ido apareciendo sin cesar en las lecturas que hemos acometido en el blog, por lo que ya era hora de que finalmente apareciese alguna de sus reseñas.

ciudades rebeldes

Sin embargo, da la impresión de que la obra escogida no es de las mejores, o tal vez es que Harvey es un autor al que hay que ir leyendo de forma ordenada porque expone sus ideas libro tras libro, referenciándose a sí mismo; no como un acto de ego, sino como una simple evolución del pensamiento. Al menos la impresión que da este Ciudades rebeldes es que prosigue con temas ya tratados, ampliándolos o redebatiendo viejas ideas. Si a eso le sumamos que sólo trata el tema del blog de forma tangencial, acercándose a él a veces, pero en la mayoría de ocasiones por encima, como efecto colateral de corrientes mucho más amplias, tenemos una pequeña decepción. ¡Ojo!, más por el interés de estudio del blog que por carencias del libro, dejémoslo claro.

Al invocar a la «clase obrera» como agente del cambio revolucionario a lo largo de su texto, Lefebvre sugería tácitamente que la clase obrera revolucionaria estaba constituida por trabajadores urbanos de muy diversos tipos y no solo de fábrica, que constituyen, como explicaba posteriormente, una formación de clase muy diferente: fragmentados y divididos, múltiples en sus deseos y necesidades, muy a menudo itinerantes, desorganizados y fluidos más que sólidamente implantados. (…) Pero a gran parte de la izquierda tradicional le resulta todavía difícil captar el potencial revolucionario de los movimientos sociales urbanos. (p 11).

Ésta es una de las tesis del libro: que la lucha urbana es, también, o sobre todo, o incluso únicamente, una lucha de clases frente a los desmanes del capitalismo. Dice Harvey que, si llega a darse la revolución en nuestros tiempos, su protagonista no será el proletariado, sino el «precariado». Sigue leyendo «Ciudades rebeldes, de David Harvey»