Visiones de privatopía, Carmen Bellet

El título completo de este artículo, aparecido en «Scripta Nova. Revista electrónica de geografía y ciencias sociales» (Vol. XI, núm. 245 (08), 1 agosto de 2007) es «Los espacios residenciales de tipo privativo y la construcción de la nueva ciudad: visiones de privatopía». En él, Carmen Bellet Sanfeliu, del Departamento de Geografía y Sociología de la Universidad de Lleida, repasa las principales características de los espacios residenciales cerrados (ya sea de forma simbólica, ya sea de forma física, como las gated communities de que hemos hablado a menudo) e indaga en las causas tras su proliferación. El artículo está disponible aquí.

Sea cual sea su forma (barrio cerrado, urbanización privada, club de campo, gated community), estos entornos son «el producto residencial neoliberal y posmoderno por excelencia». Por un lado, suponen el máximo punto de elección: cuando un ciudadano puede escoger, no ya sólo el entorno en el que quiere vivir, sino el tipo de personas por las que se va a rodear. Además, y teniendo en cuenta que la seguridad es uno de los principales valores con los que se publicitan, los entornos residenciales cerrados «resultan ser el cobijo ideal para superar todas aquellas inseguridades e incertidumbres que genera la sociedad postmoderna».

Bellet destaca dos posibles respuestas a los miedos generados por la «sensación de inestabilidad e inseguridad» de estos tiempos: la primera consiste en «retraerse del conjunto de la sociedad en unidades más pequeñas, más controlables y seguras», como las gated communities o cualquier tipo de barrio cerrado o urbanización privada. La segunda respuesta consiste en escapar mediante la huida a «mundos paralelos, perfectos y fantásticos», como son los resorts residenciales, comunidades tipo club o las ciudades simulación creadas por el Nuevo Urbanismo en Estados Unidos (el ejemplo es la famosa Celebration de Disney, a la que volveremos luego pero que ya hemos tratado en otras ocasiones en el blog).

La literatura académica tradicionalmente ha asociado los procesos de fragmentación y privatización urbanos a determinados usos y funciones: los espacios de producción (parques industriales), parques empresariales y complejos de oficinas, espacios de ocio y consumo (centros urbanos privatizados, centros comerciales, parques temáticos), e incluso con algunas megaestructuras públicas (centros culturales, centros educativos y universidades, centros de convenciones, aeropuertos y estaciones de transporte, etc.). Sin embargo en las dos últimas décadas los procesos de privatización han penetrado de forma clara en los usos residenciales a través de diversas tipologías (comunidades cerradas, condominios, supermanzanas, urbanizaciones y complejos privados) y empiezan a ser familiares, como ya hemos apuntado, en casi cualquier gran ciudad del planeta (Webster, 2001).

Desde esta perspectiva, igual que se pasa de un fordismo de mediados del pasado siglo a un postfordismo donde las empresas tratan de llenar nichos muy específicos, desde el punto de vista del consumo se podrían ver los entornos residenciales privativos como una «hiperespecialización» residencial, un tema que Bellet va recorriendo durante el resto del artículo. Por un lado, las comunidades se erigen como «micro-universos», «un pequeño fragmento homogéneo en su sino que poco o nada tiene que ver con aquello que lo rodea». Son entornos poco diversos (de ahí, precisamente, su atractivo: que uno pueda vivir rodeado de aquellos que son como él): algunos por edad, otros por creencias religiosas, características sociales o, las veces en que estos factores no son los decisorios, y se priman otros como puedan ser estéticos o hasta emocionales (la vuelta a una idílica comunidad rural, por ejemplo), la segregación la impone el precio de acceso o de residir allí.

Pero, aunque soterrada, la elección de vivir en un entorno cerrado esconde siempre la segregación.

Las normas establecen y salvaguardan el estilo de vida y determinan, por lo tanto, el tipo de población que puede residir en el desarrollo residencial. El posible comprador o habitante se convierte así también en parte del producto. El estilo de vida que se vende, junto al precio, es uno de los elementos que genera segregación sin hacerlo sin embargo de forma abierta. Si la segregación es políticamente incorrecta e inaceptable, el hecho de elegir una comunidad por su estilo de vida es al contrario una actitud valorada positivamente ya que encaja perfectamente en la historia y tradición norteamericana (Degoutin, 2006, pp. 99). [el destacado es nuestro]

Esto tiene dos efectos devastadores. Por un lado, se crea un sistema social donde cada uno vive en el entorno que le corresponde en función de sus ingresos, su forma de vida, el color de su piel o la edad. Las comunidades resultantes son lugares libres de heterogeneidad, de diferencias, de encuentros desafortunados, con lo que sus habitantes se desacostumbran al hecho de que la ciudad, el resto del mundo fuera de su comunidad, es un entorno diverso en razas, edades y comportamientos. Como denunciaba Richard Sennet en El declive del hombre público, por ejemplo, olvidan cómo lidiar con la diferencia o el conflicto, algo inherente a los lugares donde vive gran cantidad de personas. Y, si nos disculpan el chascarrillo, se genera el personaje caracterizado como «Karen» en Estados Unidos (obviando el machismo de que sea un personaje femenino): un ser asocial que no comprende, ni tolera, ni respeta, que haya otras personas viviendo en un espacio público de modos alternativos al suyo.

El otro gran problema generado por el auge de estas comunidades es que se convierten en los garantes de los derechos y necesidades de sus habitantes. La protección ya no viene de la policía (servicio público), sino de un servicio privado de seguridad (en Estados Unidos ya hay más vigilantes -privados- que policías -públicos-), con lo que eso conlleva de pérdida del nivel de democracia o respeto hacia las leyes (seguramente sea complicado obligar a tu jefe a aparcar bien el coche, si quieres mantener el puesto de trabajo). Lo mismo sucede con las cañerías, el mantenimiento de las calles, la iluminación… Puesto que pasan a ser servicios privados de la comunidad, que además sus habitantes tienen que pagar, éstos se liberan de la necesidad de tener que pagar también los servicios públicos de la ciudad en la que habitan, degradándola. Porque los habitantes de enclaves privatizados siguen usando la ciudad, pueden visitarla, pueden trabajar en ella, recorrer sus calles y, seguramente, esperen que los servicios se sigan manteniendo; pero, puesto que ellos ya financian los servicios de sus comunidades, a menudo con enormes presupuestos, no sienten esa obligación hacia los lugares donde no residen.

Esto es algo que, en general, sólo podía suceder en Estados Unidos y en entornos con una tradición similar y que Bellet relaciona, de forma muy acertada, con la white flight, la huida de las clases medias blancas durante mediados del siglo pasado del centro de la ciudad hacia los entornos residenciales; hacia suburbia, vaya.

Una gated community no consiste solo en una agrupación de viviendas delimitadas por un perímetro controlado, sino que busca además crear un espíritu de comunidad, de colectivo con valores y visiones similares (Kunstler, 1993, 1996; Hayden, 2004). Ningún otro país posee una tradición y herencia tan rica en la materialización física de utopías (religiosas, políticas y sociales) ni la fuerza de la democracia directa y gobierno local que da a las diferentes comunidades una gran autonomía (Fishman, 1987; Braudillard, 1986; Judd y Swanstrom, 1994). El espíritu de la búsqueda del ideal comunitario que trajeron consigo los pioneros y exploraron algunos en el nuevo mundo persiste aún hoy, aunque sea tan solo, las más de las veces, utilizado como un reclamo publicitario y estrategia de venta. No es casual que nos sea tan difícil de traducir el nombre, gated communities, tras del cual, no solo hay un producto físico, sino también otras muchas dimensiones que van ligadas, por un lado, a la visión utópica sobre la comunidad y, por otro, a la autonomía en el gobierno que históricamente se ha desarrollado a escala comunitaria, la escala más próxima al ciudadano y a los intereses de grupo. Aún hoy muchos de los nuevos desarrollos son vendidos con el sueño de participar en la construcción de una comunidad, de una utopía colectiva.

El final del artículo lo dedica Bellet a analizar ciertas comunidades y sus entornos idílicos, convertidos en simulaciones de parque temático. El primer ejemplo es Celebration, la comunidad erigida por Disney con «la tematización absoluta del espacio como punto fuerte del desarrollo» y un control total del espacio, sus usos y su diseño, amén, claro, de una gestión privada de todo el conjunto y de los servicios. «En Celebration, como ya hizo en sus parques temáticos, Disney evoca una forma urbana sin producirla.»

Celebration. La fotografía es de Mark Power para Magnum.

Otros ejemplos son Seaside, en Florida, el pueblo tan idílico que se usó como metáfora de un plató gigante para la película El show de Truman (y uno se pregunta qué sentirían sus habitantes, si orgullo o vergüenza por tal elección como decorado) o Hamlet Estates, en Jericho (Long Island, Nueva York), una paradoja de comunidad simulada puesto que todos sus edificios se basan en la arquitectura de las obras de Frank Lloyd Wright… mezclando todas sus épocas y sin tener nunca en cuenta que el famoso arquitecto las diseñó atendiendo a sus entornos y, en general, valorando que estuviesen rodeadas de naturaleza, y no apiñadas unas junto a las otras.

Los habitantes de los desarrollos residenciales privados, y los usuarios de los otros enclaves urbanos privados, no renuncian al consumo del espacio público, de la ciudad tradicional, pero se desentienden y renuncian expresamente a su construcción y mantenimiento. No hay intercambio con la ciudad tradicional, con la esfera pública, solo puro consumo.

Y es precisamente en el aspecto de la corresponsabilidad de todos en la construcción de la esfera pública, para con la sociedad y la ciudad, lo que debe de reclamarse a promotores, propietarios y habitantes de esos desarrollos y enclaves privados.

Y, algo más adelante, tras analizar el auge de las gated communities:

La única manera de revertir el proceso radicaría en la regeneración de aquellas condiciones que hacían a la ciudad digna de ser vivida, las mismas condiciones que recrean buena parte de esos enclaves: la provisión de seguridad, medio ambiente y entorno saludable y presencia de espacios públicos, equipamientos y servicios necesarios.

Las citadas condiciones, antes proveídas por la esfera pública, son facilitadas hoy de forma más eficiente por la esfera privada.

Por ello, Bellet propone la creación de un reglamento específico para estas comunidades que ayude a gestionar las relaciones entre ciudad y gated communities pensando en el bienestar general, no el de unos pocos.