La ciudad, Massimo Cacciari

Massimo Cacciari es un filósofo y profesor de estética italiano. Nacido en Venecia, ha sido alcalde de dicha ciudad en dos ocasiones. El libro que reseñamos, titulado, precisamente, La ciudad, es la transcripción de unas ponencias que dio en el Centro Sant’Apollinare de Fiesole. Publicado originalmente en 2004, en España lo editó Gustavo Gili en 2010.

La primera dualidad que distingue Cacciari es entre la polis griega y la civitas romana. Los griegos entendían la ciudad como el lugar en el que vivía un grupo determinado de personas; eso se ejemplifica por el ágora, el lugar en el que los ciudadanos (es decir: los hombres libres, acaudalados, no esclavos ni extranjeros) debatían sobre el devenir de la misma. «Aunque existen las olimpiadas, las grandes fiestas, las ciudades griegas permanecen como islas y sólo durante brevísimos períodos pueden federarse bajo la presión de acontecimientos particularmente dramáticos» (p. 12), como son las guerras y como sucedió bajo las hegemonías de Atenas o Esparta (ambas bastante breves).

En cambio, Roma se funda «a través de la obra conjunta de gente que había sido desterrada de sus ciudades; expatriados, errantes, prófugos y bandidos que confluyeron en un mismo lugar». La idea de ciudadanía romana no tienen ningún carácter tribal, étnico o religioso: es ciudadano quien quiera serlo. Ésa será la base del derecho romano y se expandirá por todo el Mare Nostrum (de hecho, Cacciari señala que podría ser la base de la hospitalidad de las ciudades musulmana, que permitían la multiculturalidad y multiconfesionalidad al tolerar y reconocer derechos a los extranjeros, salvo los derechos políticos). Más aún: es la idea que asumió luego la Iglesia e hizo suya.

La polis griega es un lugar estanco: tanto Platón como Aristóteles avisan que no puede crecer (mucho más allá de 20 mil habitantes) porque imposibilitaría el gobierno democrático del ágora. En cambio, la civitas romana (que no es tanto ciudad como ciudadanía) consiste en crecer; no es posible limitarla, puesto que su esencia es aumentar y expandirse.

Esta dualidad subyace en la base de la ciudad: ¿queremos un lugar en el que estar a gusto, cómodos, rodeados de los nuestros -la comunidad- o un lugar abierto a todos -a lo bueno y a lo malo-, regido por un poder distante? Y la idea se sigue manifestando en las ciudades europeas.

Por un lado consideramos la ciudad como comunidad; la ciudad como un lugar acogedor, un «regazo», un lugar donde encontrarse bien y en paz, una casa (…). Por otro, cada vez más consideramos la ciudad como una máquina, una función, un instrumento que nos permita hacer nuestros negocios con la mínima resistencia. Por un lado tenemos la ciudad como un lugar de otium, lugar de intercambio humano, seguramente eficaz, activo, inteligente, una morada en definitiva; y, por otro, el lugar donde poder desarrollar los nec-otia del modo más eficaz. (p. 26)

Y cuando la ciudad es sólo negocio, nos quejamos y queremos evadirnos al campo, una vuelta a arcadia (a la ciudad jardín y el suburbio); y cuando es una comunidad, o una ágora, nos quejamos de que no es lo bastante funcional.

Con el advenimiento de la metrópoli se llega a una nueva forma urbana, dominada por dos figuras clave: la industria y el mercado. «Al igual que en las ciudades medievales lo era la catedral y el palacio de gobierno o el palacio del pueblo, en la ciudad moderna las presencias clave son los lugares de producción y los de intercambio» (p. 29), aunque aquí Cacciari está dejando de lado la importancia de los mercados en las ciudades medievales, que de hecho ocupaban la plaza central y solían situarse en lugares de confluencia de los caminos.

La llegada de la industria, sin embargo, desgarra la ciudad en el sentido en que anula sus formas urbanas y las somete a una vorágine (el término viene de Todo lo sólido se desvanece en el aire, en cuya lectura seguimos sumergidos) donde el factor principal es la funcionalidad. El ejemplo es la metrópoli europea (podría ser París o Londres), porque si bien hubo ciudades mayores mucho antes (Pekín, Kyoto, Shangái), sus formas permanecieron estables durante siglos.

A medida que surgen los nuevos contenedores de la forma industrial (palacios de congresos, estaciones de ferrocarril, fábricas cada vez mayores), con sus estructuras macizas y voluminosas (otra paradoja: pretenden movilizar y generar velocidad pero son mastodontes estáticos) «disuelven o ponen entre paréntesis las presencias simbólicas tradicionales que, de hecho, se reducen al centro histórico. Es así como nace «el centro histórico»: mientras la ciudad se articula ya en base a la presencia dominante y central de los elementos de producción e intercambio, la memoria se convierte en museo, dejando así de ser memoria, porque ésta tiene sentido cuando es imaginativa, recreativa, de lo contrario se convierte en una clínica donde llevamos nuestros recuerdos. Hemos «hospitalizado» nuestra memoria, así como nuestras ciudades históricas, haciendo de ellas museos.» (p. 32)

Esta nueva forma urbana diluye las tradicionales distinciones que habían hecho posible reconocer la ciudad: la dialéctica entre el centro y la periferia o «las diferentes funciones productivas, residenciales y terciarias» y da paso a la nueva etapa actual: la ciudad-territorio. Cada ciudad escoge, o acaba escogida, por modelos diversos mezclados en grados distintos: la única ciudad que sigue la costa japonesa desde el norte hasta Hiroshima, señala Cacciari, o las periferias para «la clase media burócrata» en Senegal, por poner sólo dos ejemplos.

¿Pero «es posible vivir sin lugar?» Se habita el lugar donde se duerme, donde se vive; pero la ciudad-territorio no proporciona lugares, sólo contenedores, espacios de finalidad única sometida al mercado. «El territorio postmetropolitano ignora el silencio; no nos permite pararnos, «recogernos» en el habitar.» (p. 35)

Aquí Cacciari reflexiona sobre el cuerpo y el espacio; si bien la ciudad actual quiere ser ubicua, no-espacial, estar a la vez en todas partes y ofrecer todas las alternativas, el ser humani sigue siendo espacial: ocupa espacio, no hay otra. La propia ciudad no deja de ser un ente espacial; y el espacio se venga de dos maneras sobre nosotros: primero, con las progresivas congestiones de tráfico de todo tipo: a medida que aumenta la velocidad, cada embotellamiento nos parece peor y cobra mayor significación (por ejemplo: el bloqueo del canal de Suez por el Evergiven, que amenazó durante unos días al comercio mundial); por el otro, con la progresiva pesadez que adoptan los monumentos arquitectónicos o los actuales hitos que se construyen en las ciudades (The Gherkin, el Gugenheim; aunque sus estructuras puedan ser livianas, su presencia es pesada y voluminosa). Los edificios realmente transparentes, señala Cacciari, se hicieron un siglo atrás: los pasajes.

Si cada espacio tiene su propia función, si dormimos en gated communities, si pasamos el ocio en centros comerciales, si trabajamos en lugares destinados a ello y sólo nos movemos por las calles para ir de una a otra función, ¿acaso eso es habitar la ciudad, es civitas, o es una simple cohabitación, una sinoiquia? Hoy no habitamos ciudades, dice Cacciari, sino que «habitamos territorios» (p. 52).

Rompemos aquí una lanza en favor de la ciudad y sus habitantes y recordamos tanto la forma de percibir a los demás y actuar para ellos (Goffman), que viene a decir que, aunque no interactuemos de forma evidente, el simple hecho de que haya otras personas, de ver, percibir y ser percibidos por otros, ya nos hace actuar de modos distintos, por lo que ya nos vuelve ciudadanos (con la Neverleben de la que hablaba Simmel); y, por el otro, recordamos el concepto de territoriantes que propuso Francesc Muñoz: cada cual habita su propio espacio del territorio y en ese pedazo halla su identidad.

En este sentido, puede decirse con una fórmula paradójica que vivimos en un territorio desterritorializado. Habitamos unos territorios cuya métrica ya no es espacial; ya no cabe ninguna posibilidad de definir, como sucedía en la metrópoli antigua, los recorridos de difusión o de «delirio» según ejes espaciales precisos (aquí se encuentra el centro, aquí la periferia). El modelo radial que parte del centro según determinados ejes preveía que a medida que se salía del centro por vías bien definidas, casi antiguos canales, se encontraban las funciones residenciales, industriales, etc. Todas estas lógicas típicas de la sistematización urbana y metropolitana han desaparecido. Pueden encontrarse las mismas funciones en cualquier lugar, en particular si se acentúa el gran problema de la reutilización de los viejos espacios industriales (p. 54)

Puesto que todo espacio es tan mutable no se pueden llevar a cabo proyectos urbanísticos estables o duraderos: «no se sabe, no se puede saber, es imposible predecir qué llenará ese vacío».

De hecho, las ciudades han pasado de ser espacio a ser tiempo: «ya nadie indica la distancia a la que se encuentra una ciudad, sino el tiempo que se tarda en llegar a ella». «Todas las formas terrenales tienden a disolverse en la red de las relaciones temporales.» Tal vez por eso, por la disolución de las formas del territorio, cada célula de la red urbana busca con más ahínco una estabilidad, proclamar su especificidad; y de ahí surgen el márqueting urbano y el city branding.

¿Cuál es la solución, si la hay? Cacciari propone que, si el espacio metropolitano era un espacio de «relatividad limitada», el territorio postmoderno deberá ser un espacio de «relatividad general», donde todo pueda transformar o transformarse, elástico, mutable, espacios capaces de penetrarse y acogerse unos a otros, «como esponjas y moluscos»; polivalentes. En las ciudades medievales, recordemos, «la residencia no fue nunca sólo tal, sino que también era almacén, tienda y taller». ¿El ejemplo perfecto?: la «maravillosa plurifuncionalidad» del monasterio, que era hospital, hotel, lugar de culto, estación… Es decir: renunciar al uso único de cada espacio, a un continente adecuado a todo. O, parafraseando a Jacobs, volver a la diversidad de usos.

La condición urbana (II): la ciudad de los flujos

En la primera entrada sobre La condición urbana, de Olivier Mongin, dijimos que el autor dividía el libro en tres partes y que cada una de las cuales correspondía a una forma distinta de interpretar el título: la condición urbana de la primera parte, de la que ya hablamos, hacía referencia a la forma ideal de convivencia en una ciudad que establece relaciones adecuadas entre el adentro y el afuera, entre el cuerpo interior del ciudadano y el cuerpo exterior de la ciudad; entre la ciudad del escritor o poeta y la del arquitecto o ingeniero.

A finales de la exposición de esta primera forma de entender la condición urbana, Mongin ya avanzaba hacia los peligros que la asediaban con el progresivo sometimiento de la ciudad ideal (bastante asimilada a la ciudad europea) a la ciudad síntoma de nuestros tiempos: aquella sometida a la inestabilidad de los flujos, el capitalismo y las nuevas tecnologías. La ciudad que separa y fragmenta, la ciudad dispersa, la ciudad global, ciudad de archipiélagos y distinciones. Vamos allá.

Lo urbano generalizado -la continuidad urbana- aparece acompañado de una jerarquía entre los espacios urbanos (éstos están mejor o peor conectados a la red global) pero también se da junto con una separación creciente en el seno de los lugares mismos. La desaparición de una cultura urbana de los límites da lugar a diversas figuras, a una variedad de «ciudades mundo», entre las cuales la metrópoli (la ciudad multipolar), la megaciudad (la ciudad informe) y la ciudad global (la ciudad replegada sobre sí misma) son los casos extremos. (p. 164)

La condición urbana generalizada está en el origen de un sistema urbano mundializado que privilegia las redes y los flujos, contribuyendo así a distinguir los lugares entre sí, a jerarquizarlos y, sobre todo, a fragmentarlos. La mundialización urbana no se presenta pues como el «fin de los territorios» profetizado por algunos, sino como una «reconfiguración territorial» en la que el devenir de las ciudades globales, las megaciudades, las metrópolis y las megalópolis corre parejo con las nuevas economías en gran escala.» (p. 167) Mongin no dice que hoy sea imposible disfrutar de la ciudad, sino que, debido en gran medida tanto a los flujos de capital como a la progresiva disociación entre urbs y civitas (entre la ciudad como un todo arquitectónico, físico, limitado por murallas, y la ciudad como ente político o incluso comunidad) ha disuelto la experiencia urbana («la que entrelazaba lo privado y lo público; el nivel escénico, el político y el poético») en una «cultura patrimonial de carácter engañoso» (p .168) donde el visitante ansía recorrer «el centro» de Praga, París, Viena o Lisboa, marcar los puntos turísticos esenciales y vivir un remedo de lo que debía ser la ciudad «antaño»; un remedo de la ciudad ideal.

Cityscape

La primera mundialización sucedió a finales de la Edad Media y comienzos del Renacimiento y estuvo ligada a la aparición de economías mundiales capitalistas que tenían un centro, una periferia y una semiperiferia; es decir, una dimensión territorial vinculado con la ciudad mercantil. La segunda mundialización fue la de la sociedad industrial entre 1870 y 1914 que surgió de la revolución industrial. Acabó generando la colonización y las metrópolis, pero su base seguía siendo territorial, si bien ya no por ciudades sino por Estados.

La tercera mundialización, surgida por las nuevas tecnologías y la revolución económica iniciada en 1960 que fusionó las «economías mundo» en una sola «economía mundo» es la que «inaugura rupturas históricas cualitativas», y es la primera que podemos denominar global.

La tercera mundialización histórica aparece junto con un proceso de borramiento de los límites que, vuelto contra la cultura urbana, repele los límites y no se preocupa por la proximidad. Esta capacidad de alejar los límites da lugar a, esencialmente, dos figuras diferentes, a dos tipos de grandes ciudades: por un lado, la ciudad que es ilimitada en el plano espacial, una ciudad que se extiende más allá de sus muros; por otro, la ciudad que se limita para mejorar su relación inmediata con un espacio tiempo mundializado, la ciudad que permanece dentro de sus muros. La ciudad sin muros se despliega hasta el infinito, es la ciudad mundo, la megaciudad; en cambio, la ciudad que se limita, se contrae, se cierra sobre sí misma para sustraerse a sus propios límites, es la ciudad global. (p. 173)

Paradójicamente, uno de los efectos de la tercera mundialización es la debilitación de los Estados, que se ven reducidos a comparsas u obligados a llevar a cabo un nuevo papel: el de garantizar la seguridad de los flujos y sus inversiones e intereses.

Pero no sólo el Estado ha perdido su papel principal. «(…) la ciudad tenía la misión de «contener» los flujos que la atravesaban y de acoger a las poblaciones llegadas desde afuera. Ahora, ese mismo lugar debe concectarse a flujos que no tiene la posibilidad de manejar más que participando de una red de ciudades, regional o mundial, que está jerarquizada.» (p. 194) Lo urbano, entonces, se generaliza y campa a sus anchas por la ciudad, generando extensiones amorfas y sin sentido claro (Los Ángeles; la ciudad dispersa) donde cualquier opción arquitectónica es viable como hito, como piedra de toque, lugar a observar, pero no necesariamente con la tarea de generar espacio público. «Ya no hay periferia, no hay márgenes, no hay fractura, marcas de discontinuidad, fronteras; sólo lo urbano continuo, un despliegue sin fisuras de lo urbano. Las categorías adentro y afuera han llegado a ser insignificantes. Este panorama urbano continuo y generalizado sólo presenta diferencias de intensidad que varían de acuerdo con la distancia o la proximidad con los núcleos urbanos que, en su condición de conmutadores, son los mejores vectores de los flujos. » (p. 200)

Edge City

Mongin distingue diversas tipologías de ciudades (posciudades, las llama él) surgidas tras esta tercera mundialización:

  • las megaciudades. Siguiendo los pasos de la City of Quartz de Mike Davies y el concepto urbanista de Rem Koolhas, las megaciudades son las ciudades, esencialmente no europeas, la mayoría de ellas en países en vías de desarrollo, que han crecido de forma desmesurada, sin planteamiento, sin una historia sobre la que apoyarse, a menudo a rebufo de oleadas de inmigración rural llegadas a sus puertas en busca de trabajo. Mongin cita Karachi y Calcuta, pero también Los Ángeles.
  • la ciudad global. Recurriendo al concepto del Archipiélago Megalopolitano Mundial (AMM) desarrollado por el geógrafo Olivier Dollfus, la ciudad global es la que se mantiene a flote a causa de las grandes corporaciones e inversiones del capital. «La dispersión geográfica de las actividades económicas exige que se reconstituyan ciertas centralidades, a saber, ciudades globales que concentren las funciones de mando» (p. 222). La AMM es, precisamente, quien decide qué ciudades son o no globales. El territorio, formado ahora en red, da preeminencia a las relaciones horizontales polo-polo antes que a las piramidales polo-Hinterland. «Por lo tanto, la red (reticulum) es un modelo de distribución, de desconcentración y de interconexión, cuya trama está formada por las ciudades globales.» (p. 226) Pero este proceso está también en el origen de la marginalización del resto de territorios, que no son globales. Los actores de la globalización «no tienen otra salida que no sea estar dentro o no estar».
  • las metrópolis, edge cities o ciudades difusas. «La dinámica metropolitana rompe con la lógica urbana clásica: mientras la ciudad clásica atrae a la periferia, al afuera hacia el centro, la metrópolis simboliza la inversión de esta dialéctica urbana. La prioridad ya no es la aspiración del afuera hacia el adentro, sino el movimiento inverso, puesto que lo urbano se vuelve hacia el afuera. Por consiguiente, la metrópolis se distingue doblemente de la ciudad: por un lado, ya no corresponde a una entidad que delimita concretamente un adentro y un afuera; ya no se define esencialmente por su capacidad de hospitalidad ni por su voluntad, más o menos afirmada, de integración; por el otro, su extensión es ilimitada puesto que ya no tiene fronteras netas, lo cual da lugar a una configuración territorial que se inscribe en áreas urbanas extendidas.» (p. 235) El urban sprawl, originado en el siglo XIX, ha acompañado tradicionalmente (sobre todo en Estados Unidos) al desarrollo industrial, generando tanto enormes extensiones de terreno como baldíos industriales (Chicago, Detroit). A partir de 1970, y con la excusa de buscar lugares mejores para sus trabajadores, las empresas se instalan en las afueras; los trabajadores las siguen, ampliando las redes de carreteras y autopistas. Pero las sedes, el entramado bancario y de servicios, «la armadura de la ciudad global» (p. 239), junto con los grandes hoteles y la presencia masiva de servicios, sigue en el downtown: junto a las bolsas de pobreza más acusadas. «Las edge cities, entidades urbanas situadas en la perfieria que se distinguen de los antiguos downtown, son polos autónomos que agrupan centros comerciales, espacios de ocio, lugares de trabajo y de residencia; en cambio, las edgeless cities designan polos periféricos en los cuales la débil densidad de oficinas y empresas exige de los habitantes una movilidad acrecentada. En las edge cities es posible encontrar un trabajo cerca de la propia residencia; en las edgeless cities, no. El imperativo de la movilidad, directamente asociado a la dependencia de un automóvil, cumple una función decisiva en los territorios suburbanos: quien no dispone de la capacidad de desplazamiento no puede sobrevivir en un universo -el frío universo fotografiado por Stephen Shore- que oscila entre espacios de agrupación altamente asegurada (las gated communities o los barrios céntricos de la ciudad global), guetos y zonas en las que es imposible residir sin desplazarse (edgeless cities).» (p. 240) Viene luego una interesante reflexión sobre cómo el spatial mismatch está relacionado con el skill mismatch (o, con una burda traducción: la reducción en cuanto a aptitudes implica que el trabajador tiene que desplazarse una mayor distancia hasta su centro de trabajo; o que es más posible que un directiva viva cerca de la sede a que lo haga un peón de la empresa).

¿Estar adentro o no estar?, la pregunta ya no se refiere a las perspectivas de integración como ocurría en la época de la ciudad clásica o de la ciudad industrial. Quien «no está adentro» no presenta ningún interés para los actores de la red globalizada; sólo el que ha encontrado su lugar en las mallas de la red lanzada al archipiélago conserva oportunidades de mantenerse en ella. La globalización no conoce el ascenso social que ofrecía el Estado de posguerra en Europa y en algunos países de América latina, y los estratos medios ya no ejercen ninguna mediación entre las categorías acomodadas y las marginadas. En consecuencia, las desigualdades territoriales, tanto horizontales como verticales, tienden a generalizarse en la escala planetaria. (p. 246)

El Estado se plantea como una posible herramienta para contener tales desigualdades; pero su papel, como ya avanzó Mongin, se ha convertido en el de garante de la seguridad para los flujos del capital («es errado hablar de sociedad disciplinaria, en la línea de Michel de Foucault o de Estado de seguridad; más vale hablar de autoritarismo liberal, una expresión que permite captar la idea de que los individuos demandan, voluntariamente, un ejercicio efectivo de seguridad»). Bauman lo llama «el costo humano de la mundialización».

Por otro lado, y debido a las distintas velocidades que han ido convergiendo en las ciudades y a los polos existentes (Mongin pone como ejemplo los cinturones periurbanos franceses de los 60 y 70 del siglo pasado, pero nos servirían el urban sprawl antes referido o los extrarradios españoles de la misma época para acoger las oleadas de trabajadores rurales llegados a la ciudad), se ha acabado conformando una «ciudad de tres velocidades» que corresponde, en esencia, a lo que es la posciudad.

Un movimiento de periurbanización que afecta las zonas periféricas compuestas de barrios de casas con jardines (que corresponden a la «rurbanización» de las clases medias), un movimiento de gentrificación, es decir, de reciclado de edificios antiguos convertidos en residencias de gran confort en el centro de las ciudades (movimiento doble que recalifica y descalifica los espacios) y un movimiento de relegación en las zonas de viviendas sociales (monoblocks, barrios, ciudades nuevas, grandes complejos urbanísticos). (p. 250)

Se dan también tres formas de residir en la ciudad, en función de la situación de cada uno: por necesidad, por protección, por selectividad. Destacamos que la descripción de Mongin no asimila esas tres formas a clases sociales, si bien la descripción que da sí que corresponde bastante claramente a cada una de ellas.

  • las clases bajas, que lo hacen por necesidad: en los barrios marginales, en los cinturones periurbanos, alejados del centro, obligados a una gran distancia con el puesto de trabajo, lo que también se transmite en mayor dificultad para escapar de la situación y acceder al ascensor social: menos tiempo y recursos que dedicar a los hijos, que quedan también estancados a educarse en la misma zona.
  • las clases medias, que lo hacen por protección. El centro les queda vedado, por lo que se van trasladando de periferia en periferia; pero, dado que les es posible cierto margen de maniobra, escogen aquellas periferias donde se sienten cómodos con quienes les rodean, donde consiguen un remedo de algo que, si bien no es un barrio tradicional, un lugar de similares, al menos no es un territorio abiertamente hostil. Disponen de un parque automovilístico amplio que les permite cierta movilidad y la capacidad de seguir el trabajo y si éste se traslada. «… el periurbano opone su busca de un «entre sí» protector del que tiene tanta más necesidad por cuanto, para poder llevar una vida cargada de desplazamientos importantes, no sólo para ir a su lugar de trabajo, también para hacer compras, disfrutar del tiempo libre u ofrecer educación a sus hijos, debe contar con el apoyo implícito o explícito de un vecino confortador» (p. 255).
  • las clases altas, que viven o bien en el centro de la ciudad o, más a menudo, en barrios que los flujos globales les preparan apoderándose de partes de la ciudad que han quedado obsoletas: la gentrificación. Cercanos al centro museístico, a los grandes espacios de la ciudad, convertida para ellos en «ciudad paisaje», «el habitante del centro reciclado de la ciudad habita el mundo, el mundo global, aun antes de habitar en su ciudad». «La gentrificación es ese proceso que permite gozas de las ventajas de la ciudad sin tener que temer sus inconvenientes. El estar «entre nosotros» selectivo es el de una población cosmopolita y conectada que no es la que habita un lugar. Quienes pueblan estos espacios renovados son los hipermandos de la mundialización, los profesionales intelectuales y superiores.» (p. 259, la cita incluye citas del artículo de Jacques Donzelot «La ciudad de tres velocidades»)

Frente a aquellos que están inmovilizados (los relegados), a aquellos que se agotan en una movilidad excesiva (los periurbanos) y aquellos que gozan de la ciudad sin habitarla -porque son los hipermóviles de la mundialización-, las modalidades de acceso a la movilidad pesan en la composición y la configuración de las ciudades. (p. 259).

Mongin termina el capítulo con dos ejemplos pertinentes: El Cairo y Buenos Aires. En la primera ciudad, por ejemplo, los territorios adyacentes a la capital se han vendido a grandes promotores para que se construyan en ellos barrios o ciudades destinadas a la vivienda de trabajadores. Serán ciudades sin carácter, satélites sin personalidad; y el dinero conseguido mediante esas ventas sirve para bunkerizar el centro, amurallarlo y dotarlo de seguridad y atractivos para el turismo. Son un ejemplo de cómo los flujos desintegran la ciudad.

Mongin termina esta parte de La condición urbana con una reflexión y una pregunta.

Pero, ¿qué debemos hacer? ¿seguir alabando la belleza de lo muerto o recobrar el sentido de la experiencia urbana en todas sus dimensiones? «El fin de los territorios», santo y seña de algunos durante el «feliz» amanecer de la tercera mundialización, designaba una recomposición espacial que no se organizaba ya solamente alrededor de los Estados, sino en función de una economía de archipiélago.

¿Cómo luchar, en definitiva, contra estos flujos que separan y marginan en vez de establecer relaciones? «La ciudad tradicional intentó responder al problema de la integración y la reaglomeración en diversas situaciones, la de la ciudad Estado, la de la ciudad capital y la de la ciudad región. Hoy, la mundialización territorial inaugura un mundo que de ningún modo aglutina porque, tanto en el nivel de la metrópolis como en el de la economía de los flujos, produce separación y favorece movimientos de secesión.»

La mundialización postindustrial, es decir, la que comenzó durante la década de 1980, no es una etapa suplementaria del proceso de mundialización que se inició en el Renacimiento. Marca una ruptura en el plano histórico. No admitirlo nos condena a batirnos en retirada. (p. 268)