La sociedad red, de Manuel Castells

La era de la información, del sociólogo Manuel Castells, es una trilogía formada por los libros La sociedad red (1996), El poder de la identidad (1997) y Fin de Milenio (1998), concebidos como un único y extenso estudio, aunque revisadas luego en el año 2000 para actualizarla e incluir parte de la gran cantidad de seminarios y comentarios que la obra suscitó. No es para menos: en ella, Castells proclama la llegada de un nuevo paradigma social y económico: la llegada de la era de la información, un cambio tan relevante para la sociedad como lo fue la llegada de la sociedad industrial.

Castells, del que hablamos en el apartado de la sociología urbana marxista de los años 60 a propósito de la obra de Francisco Javier Ullán de la Rosa, nació en España pero se fue pronto a vivir a Francia. Allí tuvo como profesor, entre otros, a Lefebvre (del que seguimos con la lectura de La producción del espacio, primera entrada, segunda entrada) y vivió el Mayo del 68, aunque no participó en él. En cuanto se convirtió en sociólogo urbano criticó la sobreexistencia de la ideología en la disciplina (La cuestión urbana es un estudio que trata de dejar claro que en las ciudades no se dan elementos sistémicos esencialmente distintos a los que se pueden dar en otros entornos, por lo que hubo que desarrollar una nueva teoría para explicar su importancia; según Castells, si la ciudad es importante es, sobre todo, por el consumo que se lleva a cabo en ella por parte de la clase trabajadora y por la relación que establece la fuerza de trabajo con los valores productivos; es decir, la ciudad entendida como un “nodo”).

A partir del estudio del consumo y dejando algo apartado el marxismo, Castells llegó a la economía y el papel de las nuevas tecnologías. Introdujo el concepto de espacio de los flujos en 1989 (del que hablaremos en este libro) y durante la década de los 90 se dedicó a escribir esta monumental trilogía, que le llevó 12 años. Sin más, pasamos a ella.

Permítannos acabar la presentación diciendo que la lectura de Castells es una delicia. Es un estudioso analítico, empírico, extraordinariamente bien estructurado, que presenta claramente los temas y procede hacia ellos con un gran despliegue de datos.

Este libro estudia el surgimiento de una nueva estructura social, manifestada bajo distintas formas, según la diversidad de culturas e instituciones de todo el planeta. Esta nueva estructura social está asociada con la aparición de un nuevo modo de desarrollo, el informacionalismo, definido históricamente por la reestructuración del modo capitalista de producción hacia finales del siglo XX. (p. 44)

Las sociedades, sigue Castells en el prólogo, están organizadas en torno a procesos humanos estructurados por relaciones de producción, experiencia y poder:

  • producción: la acción de la humanidad sobre la materia (naturaleza) en su propio beneficio para convertirla en un producto, el consumo de parte de este producto y la acumulación del excedente para la inversión;
  • experiencia: “la acción de los sujetos humanos sobre sí mismos, determinada por la interacción de sus identidades biológicas y culturales y en relación con su entorno social y natural. Se construye en torno a la búsqueda infinita de la satisfacción de las necesidades y los deseos humanos;
  • poder: la relación entre los sujetos humanos sobre esta base de producción y experiencia y la imposición de unos sujetos sobre otros mediante la violencia o la amenaza de dicha violencia; “las instituciones de la sociedad se han erigido para reforzar las relaciones de poder existentes en cada periodo histórico, incluidos los controles, límites y contratos sociales logrados en las luchas por el poder”.

Las redes tejidas entre estos tres conceptos dan lugar a los tres volúmenes de la trilogía: economía, sociedad y cultura, aunque, por supuesto, no se trata de conceptos autónomos y están profundamente imbricados.

En el modo de producción industrial, la principal fuente de productividad es la introducción de nuevas fuentes de energía y la capacidad de descentralizar su uso durante la producción y los procesos de circulación. En el nuevo modo de desarrollo informacional, la fuente de la productividad estriba en la tecnología de la generación del conocimiento, el procesamiento de la información y la comunicación de símbolos.(p. 47)

El modelo keynesiano que originó una gran prosperidad económica tras la Segunda Guerra Mundial alcanzó su cenit a comienzos de los 70 y “su crisis se manifestó en forma de una inflación galopante”. Dicha crisis provocó que los gobiernos y las empresas reestructurasen el sistema poniendo énfasis en “la desregulación, la privatización y el desmantelamiento del contrato social entre el capital y la mano de obra”, lo que se conocía como el Estado del bienestar. Establecieron una serie de reformas que Castells resume en cuatro metas principales:

  • profundizar en la obtención de beneficios;
  • intensificar la productividad del trabajo y el capital;
  • globalizar la producción, circulación y los mercados;
  • conseguir que los estados se convirtiesen en aliados en esta búsqueda del beneficio, “a menudo en detrimento de la protección social y el interés público”.

Estas metas sólo eran posibles porque se había desarrollado unas nuevas tecnologías que permitían el uso y transporte de la información por cauces casi instantáneos a lo largo del planeta, por lo que Castells habla de “sociedad informacional”. Aquí hace una distinción entre sociedad de la información y sociedad informacional, del mismo modo que se puede hablar de sociedad de la industria y sociedad industrial: “una sociedad industrial no es sólo una sociedad en la que hay industria, sino aquella en la que las formas sociales y tecnológicas de la organización industrial impregnan todas las esferas de la actividad, comenzando con las dominantes (…) y alcanzando los objetos y hábitos de la vida cotidiana”. Del mismo modo, la sociedad informacional es aquella donde la información ha alcanzado y modificado todos los ámbitos de la vida; la forma como ustedes leen esta entrada, por ejemplo en el ordenador de su domicilio, en su smartphone

Una duda que se nos suscita al respecto de las palabras de Castells: ¿es la sociedad informacional el siguiente paso lógico en la sociedad industrial -o postindustrial-, o es uno de los muchos caminos que podía haber tomado? Veremos en breve que Castells sitúa el origen de la globalización en el modo de trabajo que se daba a cabo en un pequeño lugar de California que acabaría siendo conocido como Silicon Valley. ¿Qué otros caminos podría haber llevado a cabo el capitalismo para volverse global?

Sin más, entramos en el primer capítulo: La revolución de la tecnología de la información. El primer punto necesario es explicar por qué se trata de una revolución, conclusión a la que llega tras comparar sus efectos en el día a día con los de la revolución industrial, “que se extendió a la mayor parte del globo durante los dos siglos posteriores”, aunque con una expansión muy selectiva. En cambio, las nuevas tecnologías de la información se han expandido por el globo en apenas dos décadas, de 1970 a 1990.

El siguiente apartado es un resumen muy, muy recomendable sobre cómo se desarrollaron internet y otras tecnologías. Se escapa del tema del blog, aunque permítannos unos apuntes sobre la importancia que tuvo la contracultura americana y la primera cultura hacker en desarrollar la base de la actual internet. Como ya saben, Arpanet fue un desarrollo militar para conseguir una forma de comunicación en tiempo real entre distintas bases militares; pero el módem, por ejemplo, fue un desarrollo tecnológico de esta primera contracultura informática. La información pasó a estar indexada en función de su contenido, no de su localización, y luego se desarrolló el “hipertexto”, estableciendo vínculos horizontales de información. Toda la información estaba jerarquizada de modo horizontal, no jerárquico; por ello se habla de red, y no de otro tipo de estructuras.

Una anécdota que cita Castells es la llegada de William Shockley a Palo Alto en 1955. Inventor del transistor, Shockley trató de levantar una empresa con ocho brillantes ingenieros de Bell Labs. La cosa no funcionó (se ve que Shockley era un hombre difícil de tratar) pero estos ingenieros fundaron la empresa Fairchild Semiconductors, donde en dos años inventaron el proceso planar y el circuito integrado y, al comprobar la potencialidad de dichas tecnologías, cada uno de ellos fundó su propia empresa. Así, Castells pone de manifiesto cómo la tecnología disruptiva que permitió que la información y la comunicación se extendiesen globalmente provino de núcleos muy pequeños pero con grandísimo poder de penetración. “Fue esta transferencia de tecnología de Shockley a Fairchild y luego a una red de empresas escindidas lo que constituyó la fuente inicial de innovación sobre la que se levantó Silicon Valley y la revolución de la microelectrónica.”

Pero un punto clave de este estilo no se crea de la nada: “requiere (…) la concentración espacial de centros de investigación, instituciones de investigación superior, compañía de tecnología avanzadas, una red de proveedores auxiliares de bienes y servicios y redes empresariales de capital riesgo para financiar las empresas recién constituidas”. Una vez que un entorno así se ha generado, sin embargo, lo habitual es que desarrolle sus propias dinámicas y atraiga lo que necesita para seguir expandiéndose. Castells y Peter Hall (Ciudades del mañana) se lanzaron en 1988 a un viaje por el mundo para analizar los principales centros tecnológicos del planeta.

“Nuestro descubrimiento más sorprendente es que las viejas grandes áreas metropolitanas del mundo industrializado son los principales centros de innovación y producción en tecnología de la información fuera de los Estados Unidos.” El caso de Estados Unidos es distinto debido por un lado al “relativo retraso tecnológico de las viejas metrópolis”, el “espíritu de frontera” y su “huida interminable de las contradicciones de las ciudades construidas y las sociedades constituidas”.

La fuerza cultural y empresarial de las metrópolis (viejas o nuevas; después de todo, la zona de la Bahía de San Francisco es una metrópoli de más de seis millones de habitantes) las convierte en el entorno privilegiado de esta nueva revolución tecnológica, que en realidad desmiente la noción de que la innovación carece de lugar geográfico en la era de la información. (p. 100)

Sin estos empresarios innovadores (los que estuvieron en el origen de Silicon Valley, por ejemplo), “la revolución de la tecnología de la información habría tenido características muy diferentes y no es probable que hubiera evolucionado hacia el tipo de herramientas tecnológicas descentralizadas y flexibles” que existen hoy en día, con lo que aquí Castells ya nos ofrece una respuesta a la pregunta que planteábamos más arriba. “La innovación tecnológica se ha dirigido esencialmente al mercado”, y los innovadores, los que consiguen cierto éxito, buscan establecer su empresa, a ser posible en Estados Unidos, lo que a su vez genera un efecto de atracción ya que “las mentes creadoras, llevadas por la pasión y la codicia, escudriñan constantemente la industria en busca de nichos de mercado en productos y procesos” (p. 102). Dicho de otro modo, este modelo tecnológico se da en un entorno muy concreto.

Acabamos el capítulo con los cinco paradigmas de la tecnología de la información, “que constituyen la base material de la sociedad red”:

  • la materia prima es la información: son tecnologías para actuar sobre la información, no sólo información para actuar sobre la tecnología;
  • su capacidad de penetración: puesto que la información es parte integral de toda actividad humana, todos los procesos individuales y colectivos quedan moldeados (no determinados) por el nuevo medio tecnológico;
  • la lógica de interconexión es la red: en primer lugar, porque es la menos estructurada de las estructuras y la que mantiene mayor flexibilidad, “ya que lo no estructurado es la fuerza impulsora de la innovación en la actividad humana”; y en segundo lugar, porque su crecimiento se vuelve exponencial, mientras que los costes de mantenimiento crecen de forma lineal;
  • el paradigma de la teoría de la información se basa en la flexibilidad; aunque Castells lo enuncia sin juicios de valor, “porque la flexibilidad puede ser una fuerza liberadora, pero también una tendencia represora si quienes reescriben las leyes son siempre los mismos poderes”;
  • y su quinta característica, la convergencia creciente de tecnologías específicas en un sistema altamente integrado.

En suma, el paradigma de la tecnología de la información no evoluciona hacia su cierre como sistema, sino hacia su apertura como una red multifacética. Es poderoso e imponente en su materialidad, pero adaptable y abierto en su desarrollo histórico. Sus cualidades decisivas son su carácter integrador, la complejidad y la interconexión. (p. 109)

La smart city

La smart city o ciudad inteligente es aquella en la que se alcanzan grandes cotas de eficiencia y sostenibilidad mediante el uso de las TIC. Es un concepto que lleva unos cuantos años en boga y que aún no ha acabado de encontrar una definición precisa: desde los periódicos y las adminsitraciones se llama smart city a cualquiera que lleve a cabo proyectos de gestión medioambiental o relacionados con la implementación de sensores o nuevas tecnologías.

En el blog os proponemos una definición muy sencilla de lo que es una smart city. Imaginad que os corresponde decidir a qué hora se iluminan las farolas de una ciudad, para que esté iluminada durante la noche; ¿cómo lo haríais? Hasta ahora, la única opción viable era investigar las horas en que se va haciendo de noche, que son variables durante todo el año, y establecer ese momento aproximado para encender las farolas. El problema, evidente, es que habrá días en que, por ejemplo, el cielo estará lleno de nubes y no habrá luz durante un buen rato, hasta que las farolas se encienda; o en días especialmente luminosos, se encenderán antes de tiempo, malgastando energía.

Todo eso se resuelve con la llegada de los sensores de luz. Basta con colocar unos pocos repartidos por la ciudad, determinar un nivel de claridad, ¡y voilà!, las luces se encenderán solas en cuanto su iluminación sea necesaria. Ese es el concepto de ciudad inteligente: aquella donde la tecnología ha avanzado lo bastante para tomar decisiones por sí misma.

El concepto se puede extender a innumerables campos: riego inteligente en parques y jardines, contenedores de basura que informan de cuándo están llenos, audímetros para comprobar los niveles de sonido de forma automática, cámaras repartidas por la ciudad para controlar y diagnosticar el tráfico.

El problema surge cuando estos conceptos no nacen de demandas de la ciudadanía, sino de intereses de las empresas tecnológicas por implementar sus modelos en la ciudad y llevarse una buena cantidad de dinero. Ya lo denunciamos a propósito del artículo de Manu Fernández El surgimiento de la ciudad inteligente como nueva utopía urbana: la smart city no es una necesidad de los habitantes de las ciudades sino una imposición empresarial surgida alrededor de 2008 en la empresa IBM, luego extendido a multitud de otras empresas, con la intención de definir un nuevo paradigma urbano para principios del siglo XXI y ser ellos los responsables de su implementación y gestión.

La red de sensores y tecnologías necesaria para una smart city eficiente (en el sentido en que la pretenden dichas empresas) incluye un enorme coste de gestión tecnológica, de servidores y de personal altamente preparado que sólo las grandes empresas tecnológicas pueden proveer. No negamos que algunos de los conceptos que proponen sean más eficientes que los actuales: pero el paso de los de hoy (en general, gestionados por modelos públicos o públic-privados) a los necesarios para la smart city supone el paso de su gestión pública o semipública a una gestión completamente privada.

Ese es uno de los contras en la smart city. El otro es la verdadera necesidad de tanta tecnología. Entiéndannos, no tratamos ni de poner puertas al campo ni de volvernos luditas: bienvenida sea la tecnología, la queramos o no, y ojalá sea usada para lo mejor de que es capaz; la pregunta es: ¿necesitamos, de verdad, contenedores con sensores de capacidad, como propone Narcís Vidal Tejedor en su libro La smart city? El autor propone unos contenedores que irán avisando a una central cada vez que estén llenos de forma que el camión de recogida irá modificando de forma inteligente su recorrido para ir sólo a los puntos donde sea necesario.

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Siendo realistas: se hará una inversión enorme en contenedores nuevos dotados de sensores; se hará una inversión aún mayor en una central inteligente donde recibir y gestionar los datos; se reducirá la plantilla de conductores de camiones, porque de algún lugar habrá que sacar inversión para todo lo otro, y los conductores de camión tendrán una ruta variable cada día, lo que les impedirá optimizarla y generará nuevos problemas (dónde aparcar el camión mientras maniobran, qué carreteras están cortando de forma temporal, cuánto tráfico están reteniendo, cuánto ruido están haciendo). Además, habrá días en que, por azares, la mayoría de contenedores no estén llenos, porque ha llovido mucho y hace frío y a la gente le ha dado pereza bajar, me espero y mañana bajo bolsa y media; entonces, al día siguiente, si el recorrido supone más que sus horas de trabajo, ¿el conductor tendrá que hacer un horario mayor?, ¿dejará sin recoger las que excedan de su jornada laboral?

El ejemplo puede ser un poco exagerado, estamos de acuerdo, pero presenta el problema principal de las smart citys: que no son reales. Suponen una serie de personas, en general enamoradas de una forma determinada de tecnología, que empiezan a pensar qué pueden hacer con tantos sensores sin plantearse si realmente esos usos, o incluso la necesidad de sensores, son la mejor opción de inversión para la ciudad hoy en día. Ese es el gran error de La smart city y muchos otros: no se cuestionan el concepto de smart city, lo reciben con brazos abiertos sólo porque son unos enamorados de la tecnología. Que, repetimos, no es ni buena ni mala, ni estamos en contra de ella en el blog: es necesaria para unos fines. Pues determinemos primero dichos fines.

Unoa apuntes para terminar. El concepto de smart city nos recuerda al momento en que Le Corbusier y los suyos pensaron que la mejor forma para construir las nuevas ciudades era la descrita en La carta de Atenas: edificios llenos de luz, sol, aire y vegetación, bien alejados de las zonas de trabajo, para poder ordenar las ciudades y que los niños no creciesen llenos de polución y ruido. En la práctica, esas ideas, que no suenan mal, se convirtieron en bloques de viviendas alejados del centro de la ciudad donde los obreros tenían que llevar a cabo horas y horas de trayecto para alcanzar sus zonas de trabajo y donde las familias sentían que estaban apartadas de la ciudad. Porque se encumbró una idea al Olimpo sin tener en cuanta sus repercusiones ni su ejecución en el mundo real, una vez pasase a las manos de especuladores, políticos, concelajes de urbanismo y otras mil capas de capitalismo e intereses varios.

Segundo apunte: si les interesan las smart cities y los conceptos tecnológicos asociados a ella, no dejen de leer Smart Cities: Big Data, Civic Hackers, and the Quest for a New Utopia, de Anthony Townsend, donde propone una smart city surgida de la ciudadanía, de la aplicación libre de la tecnología, y no una tecnología limitada como la que nos proponen las grandes empresas (Apple es sólo un ejemplo, pero el que más rápido nos viene a la mente). Townsend explica ejemplos donde la tecnología, de forma barata, sencilla, eficiente y colaborativa, es útil: por ejemplo, en Nueva York, donde las depuradoras vierten el agua de la ciudad, una vez depurada, al río Hudson. Cuando llueve, sin embargo, el caudal de agua es tan grande que las depuradores se ven obligadas a abrir compuertas y dejar pasar toda el agua, sin filtrar, al río. Pues se propuso la creación e instalación de un pequeño led en los lavabos de la ciudad que se pondría rojo sólo en los días de lluvia en los que se tienen que abrir las compuertas de las depuradoras, para que los neoyorquinos supiesen que, en ese momento, si tiraban de la cadena, sus residuos irían directamente al río. Dándoles, claro, la opción de esperar una horas y no contaminar. Opción que ellos tomaban libremente, además. Todo ello, basado en la gran frase de William Gibson: “The Street finds its own uses for things”.

“When you start paying attention to what people actually do with technology, you find innovation everywhere. The stuff of smart cities -networked, programmable, modular, and increasingly ubiquitous on the streets themselves- may prove the ultimate medium for Gibsonian appropiation. Companies have struggled to make a buck off smart cities so far. But seen from the street level, there are killer aps everywhere.” (Smart Cities, p. 119).

Tercer apunte: ¿han oído hablar del concepto smart airport o smart flying? No, ¿verdad?, porque no existe. Hace unos años, viajar en avión suponía ir a una agencia de viajes, imprimir el billete, gestión precisa de tiempos, reservas, llamadas, llegada con horas de antelación, facturar maletas… todo eso se ha convertido en ir al aeropuerto, pasar la pantalla del móvil por un lector y caminar hacia el avión (por un aeropuerto reconvertido en no lugar entregado al comercio y a los flujos del capital, sí, pero no nos desviemos). Sin embargo, en ningún momento se nos ha pretendido vender un concepto de “nueva forma de viajar” ni de smart flying ni nada parecido; porque no ha sido necesario, porque se ha creado una sinergia entre lo mejor para las grandes aerolíneas, los aeropuertos y los viajeros que ha supuesto una mejora en la eficiencia y la facilidad para viajar (tema de la contaminación a parte). Por ello es tan sospechoso el concepto de smart city: si tanta ventaja va a suponer, ¿por qué no se implanta ya, por qué tanta necesidad de congresos y ferias y vender humo por parte de administraciones y empresas?

Finalmente, el libro La smart ctiy, de Narcís Vidal Tejedor, que ha generado toda esta reflexión, es un pequeño manual de 2015 donde se dan algunos tips sobre el concepto de smart city y sus posibles usos tecnológicos, con especial atención a todos los aspectos tecnológicos y ninguna reflexión sobre la verdadera necesidad o idoneidad de dichos avances.

Alternativas para burlar los sistemas de reconocimiento facial

Las revoluciones de Hong Kong se están convirtiendo en un escaparate del uso de las nuevas tecnologías aplicadas bien a la revuelta social, bien al control social. Cada paso que da un bando, el otro intenta contrarrestarlo. Por parte de las autoridades ya existían el aterrador sistema del crédito social chino y el control de las comunicaciones, que los manifestantes intentaron burlar usando aplicaciones alternativas para reunirse y organizar las protestas; luego, por ejemplo, la policía ha pasado a usar mangueras con aguas teñidas de azul, para poder reconocer a los disidentes cuando ya se hayan dispersado y detenerlos.

Pero esta lucha (desigual, todo sea dicho) es sólo la punta de lanza en un Estado que, no nos engañemos, disimula poco sus métodos. Aunque nos parezca muy lejano, una lucha similar se da en nuestras calles (no en intensidad, ojo, no estoy comparando sino haciendo un símil): acérquense ustedes a una ciudad mediana y cuenten cuántos metros pueden andar sin encontrar una cámara. Les digo que en Barcelona es casi imposible, y en el centro probablemente se puedan contar con un dedo de la mano los puntos donde no estás siendo enfocado a la vez por un puñado de ellas. Los sistemas de reconocimiento facial están a la orden del día: no sólo los usaba la fenecida Picassa, por ejemplo, con aterradora eficacia (y ya hace años de aquella aplicación) sino que los siguen usando Facebook, Apple, cualquiera de las grandes: para desbloquear los aparatejos tecnológicos, sin ir más lejos, o cada vez que etiquetamos a alguien en instagram y le regalamos más información a las corporaciones.

En este blog somos malpensados. No hace falta recurrir a teorías de la conspiración para ver que, en cuanto les interese, las grandes compañías usarán todos esos datos para ganar dinero, si no lo hacen ya. Llevamos un localizador en el bolsillo, la mayoría de nosotros, que desbloqueamos una media de 150 veces al día por costumbre, sin verdadera necesidad de consultar algo. Pero, aunque no lo llevásemos, el Big Data puede saber dónde estamos en todo momento simplemente reconociendo nuestras caras. Y en este blog, donde no es que tengamos nada especial que ocultar pero tampoco nos apetece que nadie fuera de nuestro entorno tenga por qué saber dónde andamos ni para qué, nos hemos interesado por las alternativas existentes para engañar los sistemas de reconocimiento facial.

El primer problema que encontramos es que hay multitud de formas tecnológicas (¿usan la luz?, ¿infrarrojos?) y ya no digamos algoritmos diferentes para llevar a cabo lo mismo, por lo que habría que saber a qué nos enfrentamos para decidir qué alternativa usar. Las propuestas aquí (tras una búsqueda sencilla en internet, no vayamos tan lejos) suelen burlar un único sistema; ninguna de ellas es disimulada y en todo momento quedará claro lo que pretendemos, al menos al resto de la población que ande por las calles.

CV Dazzle e Hyperface

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Desarrollado por Adam Harvey, “artivista”, el sistema en el que se basa es el de distorsionar los algoritmos de reconocimiento: un punto muy importante es el del puente de la nariz, donde convergen la nariz, los ojos y las cejas, por lo que el primer paso consiste en distorsionar esa zona; el segundo, un peinado asimétrico, y luego un maquillaje o sombras que oscurezcan un solo ojo.

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Otros ejemplos del CV Dazzle.

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El mismo artista desarrolló luego otro sistema, Hyperface, que consiste en llevar ropas con multitud de rostros estampados en ellas, para confundir a los sistemas: si no pueden situar el rostro, no podrán intentar el reconocimiento.

El sistema que más se está desarrollando es, por razones obvias, el uso de determinadas gafas. Las gafas son un accesorio no especialmente distorsionador del rostro, por lo que no nos serñalarán en el metro mientras las llevamos. Veamos algunas:

Gafas Privacy Visor

Creadas por el Instituto Nacional de Informática de Japón, estas gafas reflejan la luz del techo en la lente de la cámara, por lo que convierten en virtualmente invisible la zona alrededor de los ojos. Otro modelo, las Reflectacles tienen un efecto similar:

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Gafas con rostros de famosos

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Las gafas no tienen realmente rostros de famosos, pero consiguen convencer a los algoritmos de que somos otras personas mediante el uso de píxeles en la montura. Discretas tampoco son.

Incognito

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Un sistema de joyas colocadas alrededor del rostro que al reflejar la luz impide situar los principales puntos de reconocimiento.

La máscara de URME

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Algo más extremo que las anteriores, el “artivista” Leonardo Selvaggio, de Chicago, vio la oportunidad perfecta para combinar arte y negocio: como forma de luchar contra el reconocimiento facial, propone la creación de una máscara hiperrealista, fabricada mediante impresión 3D de su propio rostro, que vende al precio de unos 180 euros y que permite al que la lleva caminar de incógnito ante cualquier sistema. Esconderse a simple vista, lo llaman.

No podemos terminar esta entrada sin dar a conocer a Lilly Ryan, que se dedica a lo que ella define como “Scientific Hooliganism”; nos hemos enamorado de ella.

Fuentes: 1, 2, 3.

Una sentencia confirma que los “riders” son falsos autónomos

Una de las asignaturas del postgrado sobre Smart Cities: Ciudad y Tecnología que hice en la UOC hará ya un par de años era Tecnogobernanza y estudiaba los nuevos fenómenos urbanos, especialmente los relacionados con las nuevas tecnologías. A partir de esa asignatura empecé a interesarme por el fenómeno de la economía colaborativa (sharing economy), término hoy en día muy mal usado y que nació para referirse a las posibilidades de negocio que surgían donde la empresa se convertía en intermediaria (normalmente mediante una app) y eran los propios usuarios tanto los vendedores como los consumidores. Wallapop es un buen ejemplo, pero también lo fue en su momento blablacar, que conectaba a viajeros que hacían el mismo recorrido para que compartiesen vehículo y ahorrasen en los costes.

Con el tiempo, sin embargo, se dio un abuso de este fenómeno por parte de las empresas que una compañera del posgrado denominó “uberización de la economía”: surge un nuevo modelo de negocio en el que la empresa se aprovecha de este sistema para tener trabajadores baratos con la excusa de que ellos escogen sus propias condiciones. Uber era un buen ejemplo en su momento, pero creo que hoy en día deliveroo y sus “riders” se llevan la palma: ciclistas que tienen que poner la bicicleta, la ropa, los elementos de seguridad, el smartphone e incluso comprar a la propia empresa un pack con la mochila que les cuesta 60 euros, sin seguridad social ni prestación alguna porque la empresa sólo les permite trabajar si se dan de alta como autónomos. Movimiento maestro por parte de estas empresas, porque se ahorran cotizaciones a la seguridad social, vacaciones, elementos físicos como almacenes, mutuas, reparaciones… cuyos gastos recaen todos o bien en el trabajador o bien en la propia sociedad (en caso de accidente recurrirán a la sanida pública, las carreteras que transitan son de propiedad pública, etc).

Me interesé por el tema porque hace un par de años empezaban las movilizaciones por parte de los “riders” (los ciclistas de deliveroo, Glovo, etc) contra sus empresarios y las condiciones abusivas. Desde entonces ha habido un aluvión de demandas, algunas de las cuales se han saldado antes de llegar a juicio (se supone que a cambio de sumas importantes) y otras han generado en sentencias tanto a favor como en contra de las empresas, aunque la mayoría se decantan por definir la relación entre empresa y trabajadores como laboral, es decir, que los trabajadores eran falsos autónomos.

Esta semana el Juzgado de lo Social número 19 de Madrid da la razón, en una nueva sentencia, a la Inspección de Trabajo, que tras una ardua investigación llegó a la conclusión de que los trabajadores eran falsos autónomos.

Copio la noticia que se da en El País porque en ella aparece la sentencia íntegra. Sigue leyendo “Una sentencia confirma que los “riders” son falsos autónomos”

CCNPU (IV): La era digital… ¿cómo afecta a las ciudades?

Y vamos con el último capítulo de este curso de coursera, Ciudades en Crisis y Nuevas Políticas Urbanas, articulado por Joan Subirats, de la UAB.

Internet y la desintermediación en la ciudad. Empezamos con Simona Levi, activista, fundadora de xnet. Internet nos permite la desintermediación, es decir, reduce intermediarios (mismo efecto que las redes en general). ¿Dónde se da sobre todo esta desintermediación? En la cultura, en la información, economía y organización. Información: antes se necesitaba la televisión o la prensa, grandes medios; internet permite una relación entre pares en cuanto a la información, siguen existiendo esos medios pero también métodos para cotejar la información que estos medios daban de forma monopolista; se ha reducido su poder mediante una dinámica democratizadora: el intermediario ha dejado de ser esencial, y aspira a ser, más bien, un líder que un medio único (ejemplo: la forma de consumir música, anteriormente y ahora; los avances en la forma de consumir cine hoy en día, con el crecimiento del streaming y Netflix). Sigue leyendo “CCNPU (IV): La era digital… ¿cómo afecta a las ciudades?”

“Granjeros que hackean sus tractores lideran una revolución contra las compañías tecnológicas”

(fuente: https://motherboard.vice.com/amp/en_us/article/kzp7ny/tractor-hacking-right-to-repair)

El título parece una escena de una novela cyberpunk. Resumiendo la noticia: los tractores que usan los agricultores de las grandes plantaciones de Estados Unidos son cada vez más complejos, y se ha llegado al punto de que incorporan programas que, en cuanto detectan una avería o anomalía, o incluso el añadido de algún componente que no sea el establecido por el fabricante, se bloquean y dejan de funcionar hasta que un técnico oficial de la compañía acude a repararlo.

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Schwarting examines his combine. Image: Jason Koebler (extraída de la noticia)

El problema, similar, por ejemplo, a lo que nos puede suceder en casa con un portátil o un teléfono móvil, no iría más allá si no fuese porque, en determinadas épocas de la cosecha, los granjeros no pueden permitirse perder los dos, tres, cinco días necesarios para que llegue el técnico, haga un diagnóstico y lo repare, además del coste de dicha reparación.

John Deere, Apple, Microsoft, Samsung, AT&T, Tesla, and the vast majority of big tech firms have spent the last decade monopolizing repair: “Authorized service providers” who pay money to these companies and the companies themselves are the only ones who have access to replacement parts, tools, and service manuals to fix broken machines; they are also the only ones who have software that can circumvent encryption locks that artificially prevent people like Schwarting from working on equipment. So people like Schwarting find enterprising ways around these locks by finding unauthorized versions of software or by hacking through firmware altogether.

“John Deere, Apple, Microsoft, Samsung, AT&T, Tesla y la gran mayoría de las grandes compañías tecnológicas se han pasado las últimas décadas monipolizando las reparaciones, por lo que sólo las propias compañías y “algunos proveedores autorizados” que les pagan tienen acceso a los recambios, herramientas y manuales que permiten arreglar las máquinas. Son, asimismo, los únicos con acceso al software que permite superar la encriptación que evita que gente como Schwarting [uno de los granjeros de los que habla la noticia, que se dedica a reparar los tractores sin ser uno de los técnicos oficiales] acceda a los equipos. Por ello, Schwarting y otros han encontrado formas de sortear la encriptación recurriendo a versiones de software no autorizadas o hackeando directamente el firmware.” Sigue leyendo ““Granjeros que hackean sus tractores lideran una revolución contra las compañías tecnológicas””