La España de las piscinas, Jorge Dioni López

La ciudad surgida de la Revolución Industrial era un mamotreto enorme donde se hacinaban los proletarios junto a las fábricas. Surgida sin orden ni concierto, un poco a merced de las necesidades del progreso y el capital de la época, pronto se vio lo inviable e insalubre de tal forma de vivir. El movimiento higienista nació, aproximadamente, a finales del siglo XIX en Inglaterra (también en Alemania). Muchos eran los observadores que habían denunciado el horror del hacinamiento y las condiciones de vida de los proletarios, Engels entre ellos.

Como respuesta surgieron bastantes opciones, pero tal vez las que mayor fortuna encontaron fueron dos: la ciudad jardín de Ebenezer Howard y la ciudad radiante de Le Corbusier. Más que conceptos en sí mismos, eran agrupaciones de ideas, una cosmovisión de lo que debía ser la ciudad. Howard propuso una ciudad con población limitada (32.000) que, además, sería la propietaria del suelo de forma conjunta. Las fábricas tendrían que pagar alquiler para poder establecerse en la ciudad jardín y la cantidad de espacio permitiría cosechar el suelo, con lo que, en realidad, Howard estaba proponiendo una especie de organización socialista bien estructurada. En cuanto la población superase esos 32.000 habitantes, se crearía una nueva ciudad jardín y se conectaría con las anteriores mediante ferrocarril.

La ciudad radiante de Le Corbusier es algo posterior. Si la ciudad jardín de Howard se publicó en 1898 (la segunda edición, con otro título y mayor fortuna, es de unos años después, 1902), el Plan Voisin de Le Corbusier, donde ya se hacía bastante evidente su ideología (y que, afortunadamente, no llegó a materializarse, u hoy el centro de París sería una serie de torres de hormigón separadas por parques abandonados), es de 1925. Los preceptos de la ciudad radiante son, grosso modo, los de La carta de Atenas, el manifiesto redactado en 1933 (y publicado en 1942) por los arquitectos y urbanistas del CIAM a bordo del Patris II y que consisten en plantear una ciudad de forma racional: separarla en sus funciones básicas, que son, a saber: habitar, trabajar, ocio… y la cuarta, infame función, la que permite unir las tres anteriores: el transporte.

La ciudad radiante de Le Corbusier (o del racionalismo modernista, como prefieran) no tenía un mal punto de partida: edificios altos para obtener sol y aire fresco; vegetación entre ellos; el ocio, separado de las viviendas; el trabajo, para que las fábricas no perturbasen la tranquilidad de las dos funciones anteriores, también alejado; y carreteras por doquier para que, vehículo mediante, se pudiese transitar entre unas y otras funciones.

Pero ni el sueño de Howard ni el de Le Corbusier se cumplieron, salvo pequeñas excepciones. La ciudad jardín se convirtió (Unwin mediante) en un pueblecito romántico, de casas rodeadas de vegetación, para artistas y bohemios, al que ninguna empresa quería mudarse. La ciudad radiante de Le Corbusier, sin capacidad para derruir los centros urbanos y las ciudades ya existentes, se transformó en bloques de viviendas amontonadas a las afueras de la ciudad y convertidas en barrios residenciales o en ciudades satélite o dormitorio.

Estados Unidos tuvo claro su modelo muy pronto: se crearon una serie de entidades (Federal Housing Administration, sobre todo) y se establecieron préstamos para permitir que las clases medias (y blancas) abandonasen el centro de la ciudad y se trasladasen a su arcadia ideal: suburbia. Erigidas a imagen de Levittown, el primer suburbio de casas construidas según métodos de producción en fábrica, los WASP se mudaron a las afueras, a casas rodeadas de jardín y valla blanca y repletas de electrodomésticos también construidos en serie. Se lo llamó la white flight, la huida blanca. Las ciudades quedaron como lugar al que ir a trabajar (los hombres, con su vehículo) o lugar de residencia de negros y pobres (lo que daría lugar a barrios y centros semiabandonados que luego serían gentrificados a mediados de los 70 y hasta la actualidad).

Numerosos estudios se centraron entonces en las consecuencias que esa nueva forma de vida tenía para los ciudadanos. Se trata de una forma de socialización leve: la cantidad de vecinos se reduce, cada familia dispone de su terreno en propiedad, los barrios se vuelven homogéneos, se tiende hacia una falsa comunidad más que a una sociedad, no existen centros ni sociabilidad fuerte más allá del centro comercial, es necesario el vehículo para cualquier cosa…

La evolución de los suburbs en Estados Unidos ha sido, con el tiempo, la gated community: el suburbio vallado y protegido por seguridad privada. Hace poco Carmen Bellet nos hablaba, en Visiones de privatopía, del auge de esta elección residencial y de sus consecuencias para la ciudad, que se resumen en que, puesto que los habitantes de suburbia no se sienten parte de la ciudad (no disponen de escuelas públicas ni hospitales públicos cerca, no existe sensación de pueblo o comunidad, ya pagan por su propia seguridad y hasta aplicación de la ley…), puesto que no se sienten parte de la ciudad, decíamos, tampoco se sienten en la obligación de devolver nada, ya sean impuestos (que ellos ya pagan en su suburbio o en su gated community), ya sea civismo. Cuando visitan la ciudad no la sienten como suya, con lo que eso implica en carencias hacia los vecinos o hacia el propio mantenimiento de la urbe; como si fuesen turistas, vaya.

Si el método escogido para trasladar a las clases medias en Estados Unidos fue, aunque muy diluido en sus postulados, el estilo de ciudad jardín, en Europa se escogió la ciudad radiante. Pero también diluida: y de las zonas verdes, la luz y el espacio no quedó nada, sólo enormes bloques de hormigón que acogían a todos aquellos ciudadanos (más clase media – baja que media) que no podían vivir en la ciudad. Son los enormes complejos que se levantaron en los años 60 y 70 y que rodean la mayor parte de las ciudades europeas. En Francia se las llama banlieue, en España nos referimos a ellas como ciudad satélite o ciudad dormitorio. Lugares donde uno va a dormir, pero no donde socializa. Lugares, si acaso, desde los que uno se desplaza hacia la ciudad más cercana por la mañana y a los que no vuelve hasta la noche.

Pero a finales de los años 90, aproximadamente, algo fue cambiando. Como nos explicaba Raquel Rolnik en el maravilloso La guerra de los lugares o como resumía Manuel Gabarre en Tocar fondo. La mano invisible tras la subida del alquiler, el capital desbocado del tardocapitalismo ya no tenía bastante con los productos de consumo y empezó su asalto contra las necesidades básicas del ser humano: educación, sanidad, vivienda. El primer embate fue contra la vivienda, por lo que surgió un nuevo urbanismo neoliberal donde el objetivo no era construir viviendas, sino obtener beneficios; de forma descarada. Sumado a ciertos cambios en la concepción del Estado y los ayuntamientos, que pasaron de ser los garantes de los derechos públicos a corporaciones gestoras de dinero y, por lo tanto, ávidos de obtener mayor capital, el nuevo modelo de residencia para una gran parte de los españoles se convirtió en suburbia, es decir: urbanizaciones o entornos residenciales apartados, conectados con las grandes ciudades mediante autopistas, y donde cada familia tenía su propio hogar con jardín y piscina. Entornos donde, como en suburbia o las gated communities de Estados Unidos, el coche es necesario para todo, la sociabilidad es baja y se promueven, de forma implícita, valores como el individualismo y la competición.

Y aquí es donde se sitúa el punto de partida de La España de las piscinas. Cómo el urbanismo neoliberal ha conquistado España y transformado su mapa político, del periodista y escritor Jorge Dioni López. Dioni no habla de suburbia; habla de los Programas de Actuación Urbanística de España, los PAUs, los modelos que daban lugar a estas urbanizaciones tan características hoy en día, y por lo tanto a sus residentes los denomina pauers. La tesis de Dioni es que estos ciudadanos, debido a las circunstancias en las que habitan, se acaban impregnando de una ideología individualista y competitiva y que, debido a ello, y a sus objetivos y necesidades, su voto se vuelve conservador. De hecho ese es el punto de partida al que se remite a lo largo del libro: el voto, conservador, de la mayoría de los habitantes de este tipo de enclaves.

El modelo PAU, la ciudad dispersa, crea un estilo de vida individualista y competitivo, ya que favorece las soluciones particulares, el aislamiento y el repliegue. Se trata de la plasmación física de un modelo económico basado en la desigualdad, que se consolida y perpetúa a través de la desconexión entre las diversas clases sociales. Se produce una insularización con flujos de desplazamiento privado entre las burbujas. (p. 20)

Este no es un texto académico, es de las primeras cosas que dice Dioni, y es cierto: no hay notas a pie de página, no se especifica el origen de las frases citadas y no hay una verdadera base teórica, más allá de las observaciones personales del autor, algunos datos que avalan sus tesis y muchos ejemplos escogidos ex professo para reforzarlas. Pero el problema de fondo de este libro va más allá de eso. Se repiten constantemente ciertas ideas que nunca están demostradas, sólo intuidas por la observación; se apuntan ciertas consecuencias de esas ideas que tampoco se estudian. La propia estructura del texto no ayuda: tres partes completamente autónomas en las que, incluso, se repite información ya dada anteriormente.

Pero aún hay más. Dioni es profesor de escritura y, a menudo, empieza capítulos con los consejos que da a sus alumnos sobre cómo escribir y luego los aplica; algo que no le aporta nada al ensayo y que pronto se vuelve cansino. Las referencias están un poco por estar: a geógrafos, a sociólogos, a filósofos, a cantantes. En ocasiones parece más la charla de un vecino majete con el que tomar algo un fin de semana en el centro social de la urbanización que un ensayo con unos objetivos claros. Se trata, en definitiva, de un reportaje periodístico; mejor dicho, de tres de ellos, escritos con una serie de datos conexos y sin la intención de abrumar al lector, sólo sugerirle muchas cosas.

Y un apunte con el que acabar. Dice el autor en algún punto que todo texto implica una ideología. Comenta al final del libro, donde explica sus lecturas y de dónde obtuvo información para el ensayo, que parte de esa información surge de Ciudad de cuarzo, de Mike Davis, pero que sólo conoce el trabajo «indirectamente». Y añade que es muy difícil de encontrar y que se vende de segunda mano por 90 euros. Y es aquí donde se filtra la ideología del texto: porque Dioni ha comentado ya que vive en Madrid; que es, de hecho, un pauer, y de ahí el germen de todo el ensayo. Una búsqueda rápida nos dice que hay 8 ejemplares a disposición del público en las bibliotecas de Madrid. Otra búsqueda rápida en internet nos da bastantes opciones para descargar el texto íntegro (sin entrar en valoraciones legales ni éticas). Pero suponemos que ninguna de estas dos opciones eran viables para Dioni, y por ello la lectura «indirecta» del libro de Davis.

El ejemplo anterior es una tontería, por supuesto, pero también una muestra de las carencias que aquejan al ensayo. Más que centrarse en el voto conservador de los pauers, hubiese sido interesante analizar cuántos de los miembros de esa generación (los que ahora tienen entre 30 y 50 años; o, como comenta Dioni, los que «fueron a EGB») han optado por mudarse a una zona residencial y cuántos se han quedado en la ciudad. Porque, de fondo en todo el texto, subyace la observación de que, sin obviar el hecho de que las zonas residenciales tienen efectos concretos sobre la ideología, lo cual es evidente y hemos reseñado numerosas lecturas en el texto que apuntan en ese sentido; sin obviar eso, decíamos, tal vez las personas que tomaron la decisión de mudarse a los PAUs ya eran personas con esa ideología. ¿Cuántos se quedaron en la ciudad, cuántos viven compartiendo piso, cuántos se han mudado a pueblos o ciudades medias cercanas a la gran ciudad, antes que a PAUs? Ésa hubiese sido una cuestión mucho más interesante y fructífera.

El urbanismo configura nuestro modo de pensar, algo que ya concluyó Lefebvre en La producción del espacio: somos tanto la consecuencia como la causa del espacio. Pero, aunque compleja, de fondo siempre hay una elección. Se pueden tomar diversas posiciones al respecto, más allá de las elecciones: denunciar este hecho, poner de manifiesto las trampas con las que se intenta dirigir a una gran parte de la población hacia uno u otro camino, incluso negarse a transitarlo. Pero, una vez dado el paso, no es lícito liberarse de toda responsabilidad y achacarlo a fuerzas mayores.

La cultura de los suburbios, Marc Hatzfeld

El 27 de octubre de 2005 estallaron unos disturbios en los banlieue, primero de París, luego de otras ciudades francesas, que consistieron en la quema de coches en las calles y en enfrentamientos entre la policía y los jóvenes de esos barrios, la mayoría de origen inmigrante. Las declaraciones de los políticos, tildando a esos jóvenes de delincuentes” o “escoria”, no sólo no ayudaron a amansar los ánimos sino que mostraron el poco entendimiento de la situación que tenían. Con motivo de aportar algo de luz al asunto, el sociólogo Marc Hatzfeld publicó en 2007 La cultura de los suburbios, un breve estudio donde se adentraba en los barrios periféricos, sobre todo, de París, con el objetivo de estudiar la cultura en la que viven sus habitantes.

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El estudio sigue los pasos de la metodología de la Escuela de Chicago: la percepción de que existe un lugar, los banlieue, donde la visión del mundo de sus habitantes es concreta y sigue unas directrices alejadas de la normalidad de los otros barrios de la ciudad. A diferencia de la Escuela de Chicago, sin embargo, Hatzfeld es consciente de dos hechos:

  • por un lado, las estrechas relaciones entre la cultura dominante y la cultura de los suburbios; la Escuela de Chicago comprendía cada barrio como una entidad independiente en sí misma que tarde o temprano se asimilaría a la cultura dominante, dejando paso a otras nuevas culturas recién llegadas que también, con el tiempo, se unirían a la americana, en un ciclo continuo, un crisol de culturas asimiladas similar al proceso evolutivo ecológico;
  • por el otro, la importancia del otro en la sociedad francesa, europea, occidental; la cultura de los suburbios se sabe cultura alternativa, marginada, ajena a la cultura dominante; se sabe excluida, y gran parte de su desarrollo se debe a ese hecho.

Gran parte del problema que llevó a los disturbios se debe a la propia creación de los banlieue franceses: como ya hablamos en su momento, la aparición del urbanismo, pasando por Le Corbusier, La Carta de Atenas y el racionalismo arquitectónico, encuentra en Europa una fórmula maestra para acomodar a los obreros de baja cualificación: grandes bloques de viviendas en las afueras de las ciudades. Los de clase media pueden permitirse o bien vivir en barrios más cercanos o en casas unifamiliares en las afueras, porque pueden permitirse el viaje en coche o en transporte público; las clases bajas, sin embargo, son exiliadas al extrarradio. Con la llegada de la inmigración en la segunda mitad del siglo XX, son estos quienes se convierten en la clase baja y los que acaban ocupando los banlieue; alejados de la capital por unos medios de transporte que a menudo les son infranqueables, incapaces de acceder a los lugares donde podrían obtener trabajo, limitados a unas escuelas donde se les da una formación que no los prepara para el que será su día a día en el futuro, su frustración crece. Este contexto es importante: no muy alejado, por ejemplo, del movimiento Black Lives Matter que se está dando actualmente en Estados Unidos y que también tiene sus raíces en la forma en que se ha forzado a vivir a las clases bajas, que tradicionalmente en el país americano han sido los negros.

A partir de ahí, el estudio de Hatzfeld llueve sobre mojado, lo que en inglés llamarían preaching to the choir: trata de convencer a los que ya están convencido, a los que son conscientes de la riqueza de esa cultura. Y la forma es mediante estudios sobre los hechos sociales y culturales de los barrios periféricos que van desde lo muy interesante hasta lo meramente anecdótico. Entre lo muy interesante, por ejemplo, destacamos:

  • las relaciones generacionales entre padres e hijos: a menudo los padres, incluso los abuelos, han formado parte del sistema, han prosperado en él, han conseguido casa, mantener a sus hijos, un algo de desarrollo; o no, han perdido ese trabajo, han sido maltratados, despedidos, lo que sea; pero en ambos casos tienen una fe en el sistema, en las posibilidades que éste ofrece, que los hijos no contemplan; ahí se desata una lucha generacional entre los que tienen fe y proponen seguir luchando y los jóvenes que ya han perdido toda esperanza y a los que no les queda más que la transgresión, la rabia, una lucha sin objetivos;
  • las redes de redistribución de la riqueza, basadas en la caridad y las ayudas sociales, de las que viven muchas familias y que sólo consigue perpetuar el problema de que los habitantes de los suburbios se vean como el otro, como alguien que depende del resto de la sociedad;
  • el papel de las redes de mujeres como mediadoras entre los barrios centrales y los periféricos.

“Las mujeres, a menudo menos reclamadas que los hombres por los apremios del trabajo, traban amistades y crean relaciones de aprecio recíproco que trascienden a las categorías y las culturas. Son menos sensibles que los hombres a las pertenencias, a los orígenes y a las fronteras levantadas sobre las bases de símbolos y principios. Tienen en común la responsabilidad de la formación de los niños y, pragmáticas, se encuentran delante del colegio para hablar de so, o para contarse sus preocupaciones cotidianas. Crean, de este modo, unas redes de conocimiento mutuo y las activan para transmitir informaciones o para facilitar la comprensión, ya sea entre familias, ya sea entre las instituciones y familias. (p. 85)

  • las redes de cortesía y urbanidad, más visibles en los barrios de los suburbios, donde existe más sensación de pertenencia, de que todos forman parte de algo común, sensación en general bastante desaparecida en la mayoría de los barrios centrales de la ciudad; mayor importancia de la comunidad frente a la sociedad, en el binomio tradicional de Tönnies.

En cambio, algunas otras de las observaciones de Hatzfeld son o anecdóticas o interesadas:

  • anecdóticas como la recurrencia a la vanne o la joute, que no son más que chascarrillos que se sueltan en entornos urbanos al paso de personas más o menos conocidas y que provoca un corrillo de risas soterradas, o las reuniones para bailar o dedicarse a cantar o rapear, como por ejemplo los grupos de cantantes de trap que se están generalizando en algunas ciudades españolas hoy en día y que no dejan de ser manifestaciones urbanas de aspectos culturales del momento;
  • o interesadas, como la distinción entre los apacibles burgueses, capaces de hundir profundas raíces genealógicas rectilíneas en la blanda tierra de unas historias sin historia y los pobres desclasados que deben huir, adaptarse a las manos de nuevos amos de la tierra hasta sugerir la aparición de dos clases totalmente opuestas, el malvado burgués sin problemas en la vida y el pobre inmigrante que lleva generaciones sobreviviendo y cuya cultura y conocimientos, ¡ay!, la clase dominante no puede apreciar. Flaco favor le hace Hatzfeld a su estudio cuando cae en esas apreciaciones.

Por lo demás, sin embargo, el libro acaba con una reflexión a reconocer la importancia de las culturas de los suburbios como algo subversivo, como una cultura opuesta a la dominante, a la general: los excluidos se saben excluidos, objeto de racismo, de prejucios, de dificultades por ser quienes son y venir de donde vienen; y por ello la cultura que generan y en la que habitan es una de transgresión, de burla, opuesta a la oficial; Lipovetsky destacaba que la cultura del humor en la Edad Media era de burla hacia los poderes, sátira hacia aquellos que dominaban el devenir del pueblo; algo similar sucede en estas culturas, que nos permiten contemplar, desde la otredad, otra perspectiva de las culturas dominantes en que habitamos la mayoría.

Finalmente, Hatzfeld lanza una invitación a dejar de contemplar estas culturas como algo ajeno que hay que integrar, que disolver en el crisol de la normalidad, para verlas como una oportunidad de ampliación de aperturas, de cambio, creatividad; y para ello la solución pasa por dejar de repartir ayudas en forma de caridad y empezar a invertir en ellos, en sus creaciones, sus decisiones, para que hagan con sus vidas lo que quieran y puedan; más o menos como hacemos todos.

[La cultura de los suburbios. Una energía positiva, de Marc Hatzfeld, 2006, título original: La culture des cités. Publicado por Editorial Laertes, 2007, traducción de Emili Olcina.]

Sociología Urbana 03: la era del urbanismo

Tercera entrada dedicada al libro Sociología Urbana: de Marx y Engels a las escuelas posmodernas, de Francisco Javier Ullán de la Rosa. La primera entrada trataba sobre los sociólogos precursores de la disciplina, la segunda sobre la Escuela de Chicago y esta tercera lo hará, especialmente, sobre urbanismo.

Hasta mediados del siglo XIX, el urbanismo planificado se había limitado al terreno de los grandes conjuntos y edificaciones de poder. En esa fecha, sin embargo, la necesidad de resolver los grandes problemas de hacinamiento, polución e insalubridad en que vivían los inmigrantes y obreros llegados a la ciudad al calor de las sucesivas revoluciones industriales requiere de la intervención de los poderes y las administraciones. «Preocupaciones higienistas y políticas son dos de los tres pilares que empujan al nacimiento del urbanismo. (…) El tercer pilar es la posibilidad, en aquella fase más madura del capitalismo, de convertir la construcción en un sector empresarial más» (p. 121), hecho que no fue posible hasta que hubo una base financiera lo bastante grande (que permitía enormes inversiones) y un mercado lo bastante rentable (es decir, una clase mediana extensa). A partir de ese momento, la construcción implementaría los desarrollos de la producción industrial para abaratar costes y aumentar beneficios:

  • economía de escala: es decir, construir barrios o poblaciones enteras, y no casas una a una;
  • racionalización: lo que requiere planificación urbanística, de las vías de acceso y comunicación, disposición de los edificios en función de sus usos;
  • estandarización;
  • avances científicos como, por ejemplo, el descubrimiento del hormigón armado.

Existirán tres grandes movimientos que tratarán de dar respuestas a las nuevas necesidades de la ciudad: los ensanches y la ciudad jardín, en un primer momento, y el racionalismo, algo más tarde. Veámoslos uno por uno.

Los ensanches son la primera respuesta racional a los problemas de hacinamiento en las metrópolis. Tratan de superar la caótica y enrevesada ciudad medieval, con su trazado de callejas complicadas y llenas de revueltas, por una cuadrícula ortogonal de grandes calles rectas, abiertas a los vehículos y atravesadas también por enormes avenidas. El primer ejemplo es Dublín, pero los que se han llevado la fama son París y Barcelona.

Sobre Haussmann y París hemos hablado innumerables veces; quería higienizar París, limpiar la ciudad de las luces, llenarla de lugares hermosos y racionales; también una vía de acceso para que las tropas militares llegasen fácil y rápidamente hasta los puntos donde los obreros se estuviesen revolucionando y una forma de evitar que formasen barricadas con los adoquines.

Con los ensanches aparece una de las formas de poder «totalitario» más potentes que ha conocido la historia: el poder de transformar «total y unilateralmente», sin contar con las sensibilidades de la población, el conjunto del entorno material. Un poder que emana en última instancia del Estado central, pero que es aplicado por toda una cadena de poderes intermedios -la mayoría de ellos no democrático- dotados, cada uno de ellos, de parcial autonomía y capacidad de decisión: el alcalde, el urbanista, el promotor inmobiliario, el arquitecto. (p. 123)

Las características esenciales del ensanche de París son sus avenidas, su ortogonalidad, su racionalidad y su completa ausencia de zonas de socialización como habían sido las plazas medievales, donde los ciudadanos podían encontrarse o montar mercados y negocios. Las únicas grandes plazas que Haussmann concedió a su diseño fueron las que gestionaba el tráfico rodado: plazas por las que no se puede pasear, sólo transitar. «Y como no se puede pasear, al espacio infrautilizado del centro se le encontrará otra función: la monumental, es decir, la publicitación del poder.» (p. 125)

Este momento quedó magníficamente retratado por el poema de Baudelaire El cisne, y la sociología urbana, en especial la francesa, no ha dejado de volver a él como uno de sus temas predilectos.

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Visión del diseño original del Ensanche barcelonés de Cerdà.

El otro ensanche famoso es el de Barcelona. Si el de París es famoso por su éxito, el de Barcelona, si acaso, lo es por su fracaso y por lo poco que tiene que ver con lo que diseñó originalmente su creador, Ildefons Cerdà, que fue, también, el inventor de la disciplina del «urbanismo». Cerdà propuso una trama ortogonal con jardines en el centro de cada manzana y construcciones sólo en dos lados paralelos, de forma que se dibujaban dos líneas de edificios a cada lado de un jardín y separadas de la siguiente manzana por la calle. Además, tuvo la genial idea de dotar a las cuadrículas de chaflanes, es decir, esquinas redondeadas, que no sólo mejoraban enormemente el tráfico sino que también se han convertido en espacios perfectos para la socialización de la ciudad.

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Resultado final. Jueguen a las 7 diferencias.

La intención de Cerdà era permitir una vida con vegetación y aire libre para todos, basado en sus ideas socialdemócratas; la realidad y las ansias de obtener réditos acabaron convirtiendo su proyecto en islas prácticamente cerradas, como mucho con un espacio diminuto por el que acceder a un jardín interior, rodeadas de grandes bloques de pisos.

La otra gran forma que adoptó el urbanismo en su afán de ofrecer viviendas a las clases medias y bajas fue la ciudad jardín. Surgida de una visión romántica de las casas veraniegas donde los nobles se dedicaban a cazar y descansar en plena campiña, adoptó la idea a todos los bolsillos y la fue reconvirtiendo en casas aparceladas a menudo alejadas de la ciudad. La llegada del ferrocarril y la extensión de grandes vías que permitían el acceso rápido al centro de la ciudad supuso el desarrollo de este tipo de urbanismo, que halló su suelo más fértil en Estados Unidos.

Por ahora, seguimos en Europa, sin embargo, donde las primeras ciudades jardín se llevaron a cabo en Inglaterra de la mano de la extensión de las vías de ferrocarril. Ya no tenían nada que ver con las grandes mansiones de la nobleza, sino que iban desde casas más o menos grandes hasta su mínima expresión, las terraced houses (terraced porque sus aspiraciones a jardín habían quedado reducidas a un pequeño patio no mucho más grande que una terraza). Se trataba de barrios planificados y construidos por una única promotora, con dimensiones adecuadas al poder adquisitivo de sus futuros propietarios, y a menudo en las zonas que ocupaban o iban a ocupar nuevas estaciones del ferrocarril.

En Francia las ciudades jardín tuvieron un cariz más obrero o social; por un lado encontramos las que se forman alrededor de una fábrica para permitir a los obreros vivir más cerca del trabajo. Se consideraba que los obreros, a diferencia de los burgueses, no tenían necesidad en absoluto de acceder a la ciudad, por lo que les bastaba disponer de sus hogares cerca del trabajo y, además, se les cortaba el contacto con los obreros de la ciudad, con lo que se erradicaba el problema del virus marxista o la aparición de revueltas populares. El otro frente que adoptaron las ciudades jardín en Francia fueron las sociales, siguiendo la estela de los postulados de Le Play, pero también formadas con un fuerte acento paternalista.

Otra rama que tuvo cierto éxito en Inglaterra fue la de la cooperación, es decir, constuir una ciudad jardín de forma cooperativa. Hubo iniciativas, pero donde de verdad triunfó esta iniciativa fue en los bloques de pisos de Nueva York, muchos de los cuales siguen existiendo bajo ese régimen. La iniciativa social de las ciudades jardín, sin embargo, tuvo un enorme éxito como modelo teórico bajo la visión de Ebenezer Howard con su celebérrimo libro Garden Cities of To-morrow (1902). Como bien se encarga de demostrar Ullán de la Rosa, Howard no fue el precursor ni de las ciudades jardín ni del urbanismo socialista que yacía tras ellas; sin embargo, sí que fue el que se llevó la fama y a su nombre ha quedado asociado el concepto.

La novedad de la ciudad jardín de Howard es que la usaba como herramienta de reforma social y como propuesta para unir lo mejor de las dos formas de vida (campo y ciudad) y eliminar de un plumazo muchos de sus inconvenientes. Howard proponía que un grupo grande de personas se uniese en régimen de cooperativa y construyesen una ciudad jardín (de dimensiones determinadas, un máximo de 30 mil personas) alrededor de un centro comercial gestionado por ellos y rodeado de campos de cultuvo y de un cinturón exterior de industrias. Los trabajadores estarían cerca de la industria, por lo que ahorrarían tiempo en desplazamientos; podrían alimentarse directamente de los productos cosechados en la ciudad, que serían mucho más baratos al ser de proximidad, y obtendrían plusvalías tanto de la venta de las viviendas como del alquiler del espacio a las industrias. Con ello, y en poco tiempo, podrían financiar la ciudad y obtener rédito de ella para gestionarla; los obreros pasaban a ser propietarios en un régimen de cooperativa. Cada ciudad se entendía, no como extensión de una metrópolis, sino como ente independiente que se iría relacionando con las ciudades jardín que fuesen apareciendo alrededor.

No suena mal; pero la ausencia de financiación y el poco interés que suscitó en los empresarios condenaron los pocos intentos que se llevaron a cabo a ser un foco de clases medias y acomodadas con cierto aire bohemio.

Donde la ciudad jardín halló su más fecunda visión fue en Estados Unidos, donde la capacidad de los planes urbanísticos para decidir los usos del suelo era prácticamente un tema tabú. Por ello, los suburbs a las afueras de las ciudades con casas individuales, valla blanca y familias similares fueron brotando como setas por todo el territorio y convirtiéndose en el sueño de propiedad de toda una clase media sobreextendida. El ejemplo típico es Levittown, pero multitud sirven.

Europa, en cambio, «endeudada hasta las cejas por el conflicto [bélico, la Segunda Guerra Mundial] y destruido buena parte de su parque inmobiliario, no podía darse el lujo de construir vivienda unifamiliar» (p. 172). Por ello, y añadiendo el incipiente movimiento racionalista de Le Corbusier y los suyos con La carta de Atenas, acabó generando bloques y bloques de pisos en las afueras de las ciudades, alejados de todo, carentes de los mínimos servicios básicos y donde ir alojando a las progresivas oleadas migratorios que iban llegando al país. Especialmente notorios son los casos de los banlieus de París (precisamente el nombre, banlieu, siginifica «alejado una legua del ban«, que es la zona donde reside la población; de ahí bandido, por ejemplo, el que agrede al ban, o el inglés to ban, desterrar).

Estos fueron los tres grandes frentes urbanistas. De todos ellos, los que más éxito tuvieron fueron los suburbs americanos y las ciudades satélite (en las muchas versiones a lo largo y ancho del continente europeo: desde las ciudades satélite españolas o inglesas hasta los los grands ensembles franceses). Y precisamente en ellos se centraron los estudios sociológicos de la fecha.

La ausencia de barreras entre las casas pudo tener dos efectos de naturaleza contraria: favorecer la socialización, reconstruir el sentido de comunidad perdido en los más alienantes bloques de apartamentos del downtown (un rasgo posmoderno) o mejorar la eficacia policial y aumentar el control social (un rasgo moderno), obligando a sus habitantes a autodisciplinarse por temor al qué dirán o al qué me harán (un rasgo incluso premoderno). (p. 177)

Otras características de los suburbs americanos:

  • densidades bajas;
  • estandarización de las tipologías constructivas;
  • red viaria jerarquizada, desde la calle privada sin salida hasta las grandes autopistas de conexión; lo que supone facilidad para el control social, pues basta con controlar la principal vía de acceso y se controla toda la ramificación del suburb;
  • zonificación extrema: sólo hay viviendas, los servicios y zonas de trabajo están a una distancia tal que hay que recorrerla en coche;
  • deficiente transporte público, lo que supone dependencia total del vehículo;
  • grandes centros comerciales con enormes zonas de aparcamiento como únicos lugares de socialización y consumismo;
  • por primera vez en la historia de Estados Unidos, se consigue una identidad racial pancaucásica donde uno ya no es irlandés, italiano o alemán sino white american; porque, recordemos, en general los negros tenían el acceso vetado al suburb al tener limitado el acceso al crédito necesario para adquirir una casa en ellos.

La prosperidad ofrecida por el impulso económico de las siguientes décadas, en el país vencedor de la guerra, permitió reemplazar las subculturas étnicas previas por una nueva cultura estandarizada de consumo de masas, fundada en una nueva forma ética que combinaba, de forma sin duda original, la vieja ética puritana del trabajo con una nueva tendencia a la satisfacción hedonística inmediata y cuyos iconos eran la propia casa, el coche, la televisión y las vacaciones y su templo el shopping mall, el gran centro comercial. […] El centro comercial era una nueva forma histórica de ágora en la que el espacio público había quedado privatizado por el capital y sometido a una disciplina multívoca: dirigismo (era la compañía propietaria quien decidía dónde emplazar la plaza, sus características físicas y sus reglamentos, sin consultar con los ciudadanos), estandarización y control. A cambio, el shopping mall ofrecía seguridad total (cero carteristas, cero posibilidades de agresión física o sexual), la ilusión de una sociedad diseñada a medida, continuación de la del área residencial (sin mendigos, sin prostitutas, sin excrementos de perro o basura en los inmaculados pasillos interiores que ahora sustituían a las calles) y el confort moderno de un ambiente artificial sustraído a las inclemencias del tiempo y a las limitaciones del ciclo lumínico natural (…)

 

«Los americanos empiezan a definirse y realizarse no por lo que eran previamente sino por lo que consumían o por sus expectativas de consumo futuro.» Consumo que en los suburbs se produce a la vista de todos, estimulando la tendencia a la homeostasis social y potenciando exponencialmente el consumo (si todos los vecinos lo tienen, uno tiene que tenerlo también). El torrente de crédito fácil de la época, ayudado por los prejuicios de una ética social donde la pobreza se debía a la raza o a la incapacidad personal (el loser) lleva a una cultura profundamente hedonista pero también mucho más controlada socialmente, lo que redujo significativamente las tasas de criminalidad (que, por el contrario, subían en los guettos de las ciudades de forma abrumadora).

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Los habitantes de los suburbios (recordemos que la palabra significa algo distinto en español, por eso a menudo la usamos en inglés) no percibían la pobreza ni las disfunciones del sistema, porque los descastados no tenían acceso a sus zonas; por ello se fue desarrollando una cultura familiar, conservadora, extramoralizada, donde los jóvenes no tenían lugar donde esconderse de la mirada de sus padres y donde las esposas tenían especialmente difícil la infidelidad, porque estaban todo el día controladas por los vecinos (de ahí el mito del lechero o el cartero, porque eran los únicos varones que tenían un motivo legítimo para entrar en sus casas; en cambio los maridos, con sus viajes al exterior, tenían pleno acceso al adulterio); pero no sólo eso, la sociedad del suburb tenía opiniones sobre todo, los alcohólicos, los poco trabajadores, los que no asistían a misa lo bastante… creando una sociedad totalmente homogénea.

Algunos sociólogos lo vieron como el paraíso creado en la tierra; otros, los más críticos, como la manifestación del infierno, un horror artificial que escondía cualquier alternativa u otredad. Por ejemplo, Gordon en 1960 ponía de manifiesto el duro papel de las mujeres, con una carga extra de trabajo al tener que hacerse cargo de un hogar mayor que el de las ciudades y sin contar con una red familiar de apoyo para, por ejemplo, criar a los hijos. De hecho, Gordon creyó encontrar en el suburb el origen de las condiciones ecológicas particulares para una mayor incidencia de ciertas patologías psiquiátricas, como la depresión entre las mujeres. Lewis Mumford, con la publicación en 1961 de La ciudad en la historia, carga también contra las condiciones de los suburbs.

El otro gran foco de la sociología urbana de esta época se da en Francia, de la mano del considerado como miembro fundador de la sociología urbana en el país galo, Paul Henri Chombart de Lauwe, y tiene como objeto la otra forma de urbanismo que hemos recorrido: los grands ensembles. Un estudio similar al que llevaban a cabo los de la Escuela de Chicago muestra un París separado en nichos burgueses u obreros algo más difusos que en la ciudad americana; el componente racial está (por ahora) fuera de la ecuación. En siguientes estudios, Chombart describe la clase obrera al mismo tiempo como «un grupo construido por las relaciones de producción (y definido por la pobreza material) y como un grupo subcultural con estilo de vida y valores propios».

La sociología francesa no está formada por académicos burgueses alejados de la clase obrera, como en Chicago, sino por gente que viene de un entorno decididamente crítico con el sistema y que muchas veces le ha presentado batalla. El siguiente trabajo de Chombart, Famille et habitation (1960), analiza tres polígonos de viviendas (grands ensembles), uno de ellos la Cité Radieuse de Nantes, del propio Le Corbusier, y constata que dichos barrios no tienen nada de radiante, en lo que es la primera crítica potente al sistema del racionalismo. Los grands ensembles ejercen una nueva forma de violencia sobre los obreros al alejarlos de sus redes sociales vitales, de su entorno espacial, exiliándolos a un entorno aséptico y carente de sentido, homogéneo y mal comunicado con el centro (salvo para los que dispongan de coches). Chombart, que acuña el término ciudad dormitorio (banlieu dortoir) será también el primero en hablar de la alienación espacial que sufren los obreros, desplazados a un nuevo entorno. Constata, también, que los habitantes de los banlieus los contemplan como algo temporal, como una fase intermedia hasta que consigan su propia vivienda unifamiliar suburbana; por ello, ya avanza que se pueden convertir en guettos hipercriminalizados, como había sucedido en los barrios semiabandonados del interior de las ciudades norteamericanas. El futuro le dará la razón, aunque los que sufrirán esa espiral de decadencia no serán los obreros franceses sino sus sustitutos, «la subclase étnicamente marcada de los inmigrantes».

Las conclusiones de ambos sociólogos, los que estudian los suburbs y los que estudian los grands ensembles, son similares: desarraigo, alienación, exilio de las redes familiares y sociales que se habían establecido en la ciudad, progresiva destrucción de la conciencia y la solidaridad de clase, producida por el desarraigo de la ausencia de estas redes… De aquí surgirá El derecho a la ciudad (1968) de Lefebvre, aunque lo veremos en el siguiente capítulo.

El final del capítulo lo dedica Ullán de la Rosa a analizar la Tercera Generación de la Escuela de Chicago, que desarrollan la Nueva Ecología Urbana (Human Ecology. A Theory of Community Structure, Amos Hawley, 1950) que trata «cómo las poblaciones humanas se adaptan colectivamente al ambiente», huyendo de motivacioners o valores individuales y basado en cuatro conceptos clave:

  • interdependencia entre los distintos grupos, en forma de simbiosis (relaciones complementarias entre grupos diferenciados) o comensalismo (agregación de grupos iguales). La primera la llevan a cabo los grupos corporativos (la familia, por ejemplo, o las asociaciones de vecinos) y la segunda los categoriales (los sindicatos, por ejemplo).
  • función clave, ya que ciertas unidades tienden a desarrollar una función más importante que otras en el proceso de adaptación al ecosistema. La función clave en el ecosistema capitalista es desempeñada por la industria y el comercio.
  • diferenciación funcional, muy baja en sociedades cazador-recolector, elevadísimas, potencialmente ilimitadas, de hecho, en la sociedad capitalista de la altra productividad.
  • dominación: las posiciones dominantes en el sistema las desarrollan quienes llevan a cabo la función clave, es decir, en el caso de Estados Unidos, las empresas privadas.

A través de la dominación, Hawley vuelve a la ciudad: el dominio que ejercen los agentes económicos no se expresa solo en el terreno político sino también en el espacio, ocupando la centralidad de las ciudades.

Como destaca Ullán de la Rosa, sin embargo, la Nueva Ecología Humana es una variante de la escuela funcionalista que primaba en la sociología americana del momento.

Ciudades del mañana (y III): el urbanismo se vuelve académico

Y con esta tercera entrada acabamos el repaso del libro Ciudades del mañana, de Peter Hall. La sensación que nos ha dejado es muy buena: se trata del mejor tratado sobre urbanismo que hemos consultado hasta la fecha. En cuanto a urbanismo propiamente dicho, es más extenso y completo que Teorías e historia de la ciudad contemporánea, de Carlos García Vázquez (con el que no dejamos de compararlo por el simple motivo de que son dos de los grandes libros leídos en este blog, y similares en temática); pero el de García Vázquez aborda otros temas (arquitectura, sociología) que Hall sólo roza.

El capítulo noveno trata un tema que se dará sobre todo en Estados Unidos pero cuya configuración afectará al urbanismo por doquier: La ciudad en la autopista, se titula. Las autopistas nacieron en Alemania, durante la República de Weimar. Los nazis, al llegar al poder, estaban en principio en contra del proyecto (probablemente porque era del régimen anterior), pero pronto le vieron la utilidad y siguieron adelante. Aunque primitivas en su diseño, eran similares a otros proyectos que fueron desarrollándose por la fecha en distintas zonas del mundo: «carriles separados, enlaces a niveles distintos, estaciones de servicio impecablemente diseñadas, incluso los enormes carteles con sus letras clásicas, que se convirtieron en una parte del nuevo simbolismo visual» (p. 292).

Paradójicamente, la que acabaría siendo conocida como ciudad de las autopistas, Los Ángeles, contaba en su haber con menos construcciones de este tipo que, por ejemplo, la ciudad de Nueva York, con el ubicuo Robert Moses como constructor. Sin embargo, lo que en Nueva York era una vía de circunvalación rápida, en Los Ángeles pronto se convirtió en el único modo de ir de un sitio a otro. La construcción de la autopista de Arroyo Seco, por ejemplo, produjo el aumento inmediato del valor del suelo en Pasadena y forjó un tándem que ya no se disolvería: el de autopistas y promotores.

Hubo otros caminos para llegar a suburbia: sin ir más lejos, y pretendiendo todo lo contrario, la idea de Frank Lloyd Wright que cristalizó en Broadacre City, empezada en 1924. Similar en su planteamiento a los de la Asociación para la Planificación Regional de Mumford («el mismo rechazo de la gran ciudad, la misma antipatía populista en contra del capital financiero y los grandes propietarios; el mismo antagonismo anarquista contra el gobierno central; la misma fe en los efectos liberadores de las nuevas tecnologías; la misma creencia en la posesión de la casa y la vuelta a la tierra», p. 297). También había diferencias: Wright quería liberar a hombres y mujeres para que fuesen individuos libres, no para que se unieran en un sistema cooperativo; no quería casar la ciudad con el campo, sino fundirlos.

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Broadacre City. Confesamos que en el blog no entendemos la imagen; parece que no somos los únicos, a la vista de este linkdonde la explican…

La visión de Wright, idílica, coincide en algunos puntos con la de Howard: ciudadanos libres con sus propios hogares, en entornos idílicos donde todos los servicios están a mano unos de otros y se confunden las zonas de trabajo con las de ocio… Ambos fueron igualmente criticados: Howard, sobre todo, por aquello que acabó siendo su idea; Wright porque proponía individuos libres… sometidos a la tiranía del arquitecto.

Y la idea cuajó, y Estados Unidos se volvió Broadacre City. Pero sin la base económica ni el fundamento social que Wright había previsto: con casas prefabricadas por corporaciones mastodónticas y situadas a lo largo de las nuevas autopistas. Según Hall hubo cuatro factores que permitieron el enorme crecimiento de suburbia:

  • las nuevas carreteras que habían abierto nuevas posibilidades en lugares fuera del alcance de los tranvías y trenes;
  • la zonificación de los usos del suelo, que en Estados Unidos se tradujo en una forma de mantener estable los valores de la propiedad y crear zonas residenciales uniformes;
  • las hipotecas garantizadas por el gobierno, que permitían préstamos a bajo interés y a pagar en plazos largos, lo que facilitaba el acceso a la vivienda a familias con ingresos modestos;
  • y el baby boom, que creó una demanda enorme de casas donde los niños pudiesen crecer y sirvió como catalizador de los tres factores anteriores.

Eisenhower («que había ganado la guerra en las Autobahnen alemanas») puso en marcha la creación de una nueva red de carreteras, pensando que, además de su utilidad, generarían un boom económico. Hubo un debate sobre si las vías debían circunvalar las ciudades o pasar por el centro; la mayoría se decantó por esto segundo, lo que no es de extrañar si se tiene en cuenta que el maestro del responsable del proyecto, Bertram Tallamy, había sido alguien que también participaba en el mismo: Robert Moses.

A la mezcla anterior se le añadió un factor nuevo: los grandes empresarios, constructores a gran escala, capaces de edificar casas como si fuesen neveras o coches. El ejemplo clásico: Levittown, en Long Island, aunque luego fue replicado en otros estados. Su gran defecto, como ya hemos comentado en el blog a menudo: que están segregados por edad y clase social, es decir: la gente vive con sus iguales. Otros: «despilfarro del suelo, aumento del tiempo invertido en el traslado diario al trabajo, costes más altos en los servicios públicos, carencia de zona dedicada a parques» (p. 309). García Vázquez era bastante contrario a suburbia; Hall no lo es tanto.

El siguiente paso fue la mayoría de edad de suburbia, significada por el famoso Learning from Las Vegas de Robert Venturi: el estudio de las nuevas formas de arquitectura que habían surgido a lo largo de la carretera. El paisaje de la calle principal de Las Vegas «está constituido por los propios carteles; los edificios, reducidos a ser los soportes de esta decoración, están rodeados por amplias zonas de aparcamiento» (p. 310). Y estas nuevas formas arquitectónicas, decía Venturi, ya no podían ser juzgadas con los criterios funcionalistas que habían predominado desde los años treinta. Hall sostiene que la publicación del libro supuso uno de los hitos que señaló el final de la arquitectura moderna y su cambio hacia el postmodernismo.

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Íbamos a añadir una imagen de Levittown, pero las de Las Vegas tienen mucho más colorido.

También durante los sesenta fueron apareciendo estudios que trataban de rebatir la idea de que el hombre de suburbia vivía en la homogeneidad adormecedora, sin individualidad, sin interacción urbana: los estudios sugerían que su vida era, más o menos, muy similar a la de los habitantes de las grandes ciudades.

Hall, en conclusión, cita como aspectos positivos la extrema vitalidad del proceso, la cantidad de casas y vecindarios edificados, su contribución a la vitalidad económica del país. En contra: los costes de la dispersión disparan el precio de la vivienda, se ha despilfarrado suelo sin necesidad, los resultados estéticos, si bien no horribles, tampoco son para tirar cohetes. Pero la crítica más seria es que la mitad de la población no ha podido acceder a una casa: en definitiva, la suburbanización ha ayudado a la estratificación por raza, ingresos y trabajo de la población (Clawson), aunque el mismo autor afirma que las fuerzas económicas y sociales que generan esta estratificación son más profundas que el hecho de suburbia. (p. 314)

El mismo proceso en Europa tuvo resultados distintos: se tendió más a la creación de ciudades satélite que de barrios suburbanos residenciales. El ejemplo: Estocolmo.

Y con el décimo capítulo se abre la última parte del libro de Hall, dedicado a la llegada del urbanismo a las universidades y la separación entre un urbanismo «real» y un urbanismo «académico» alejado de las calles: La ciudad de la teoría.

La historia del urbanismo como disciplina universitaria tuvo un origen claro: el de la propia actividad de la profesión. Hubo urbanistas antes que urbanismo, por así decirlo, por lo que los primeros pasos de la disciplina fueron la repetición de fórmulas y casos que ya se habían llevado a cabo. A medida que los ordenadores entraban en escena se fueron convirtiendo en herramientas necesarias para los urbanistas, que les dieron la capacidad de generar modelos, sobre todo de tráfico, para planear las distintas opciones aplicables a cada caso.

La cosa cambió con el surgimiento de los estudios marxistas de los 70.

(…) en el mundo anglosajón también apareció una visión específicamente marxista del urbanismo. Describirla comportaría hacer un curso completo de teoría marxista, pero, resumiendo, diríamos que la estructura de la propia ciudad capitalista, incluyendo sus modelos de uso de suelo y de actividades, es el resultado del capital en busca de beneficio. Debido a que el capitalismo está abocado a crisis periódicas, que se hacen más profundas en la situación del capitalismo tardío, el capital recurre al estado, que actúa como su agente, para que le ayude a remediar la desorganización en la producción de artículos de consumo y favorezcla la reproducción de la fuerza de trabajo. (…) garantizando y legitimando el capitalismo social y las relaciones de propiedad. (p. 346)

Figuras esenciales del momento: David HarveyDavid Harvey, Manuel Castells, Henri Lefebvre.

Pero, señala Hall, de esta consideración del urbanismo nace un problema, una dicotomía insoluble: la tarea del urbanista es descubrir el trasfondo capitalista que yace sobre el mundo y, si acaso, luchar contra él o buscar formas de soslayarlo. El problema, claro, es que la tarea del urbanista es limitada y «no puede suponer que cambiará el curso de la evolución del capitalismo en más de un milímetro o un milisegundo, la lógica exige que se dedique con firmeza a la primera tarea [comprender el mundo académicamente] y se olvide de la segunda [actuar para cambiarlo]. En otras palabras, la lógica marxista es extrañamente quietista; sugiere que el urbanista abandone la planificación y se retire a su torre de marfil académica.» (p. 349)

El capítulo 11, La ciudad de los promotores, nos coloca en camino del momento actual. Tras el gran crecimiento de suburbia (en Estados Unidos) o las ciudades satélite (Europa), las ciudades se dieron cuenta de que estaban perdiendo población, especialmente sus centros. La gran obsesión de las ciudades, que había sido limitar o conducir el crecimiento, dio un giro radical y se centró en fomentarlo para hacer renacer sus centros urbanos. Y el camino ideal lo halló en la colaboración público-privada, cuyo nombre central será el de James Rouse, promotor de Baltimore que sentó las bases de un sistema nuevo: renovar zonas de la ciudad (en su caso fueron los centros marítimos), derruir los almacenes y la maquinaria obsoleta y llenarlos con tiendas, centros comerciales, restaurantes, zonas de ocio y nuevas áreas residenciales (de nivel medio-alto, se sobreentiende).

La «Rousificación» de Boston y Baltimore -proceso que se está repitiendo en un gran número de viejas ciudades industriales norteamericanas- suponía la deliberada creación de la ciudad como escenario. Como pasa en el teatro, parece que sea de verdad, pero no es vida urbana como la que siempre hemos conocido: el modelo es la Calle Mayor de América que recibe a los visitantes que llegan al Disneyland de California, está «higienizada» para su mayor seguridad (como dice la frase), es saludable, no presenta ningún peligro, y su medida es siete octavos del tamaño  natural. A su alrededor, las calles restauradas de manera encantadora -todas «yupificadas» gracias a la gran inyección de fondos del departamento para el Desarrollo Urbano y de la Vivienda- tienen la misma cualidad: parecen un espacio urbano imaginario de una película de Disney, lo que pasa es que, por incongruente que parezca, son de verdad. (p. 361)

Volvemos a la ciudad análoga de Sorkin. La situación fue similar en Europa: la mayoría de ciudades disponían de terrenos vacíos antaño ocupados por fábricas ahora deslocalizadas o a las afueras o a otros países y no sabían qué hacer con ellos. El problema es que, por ejemplo en los muelles de Londres, aún quedaban trabajadores, la mayoría de los cuales habían sufrido fuertemente el desplazamiento de sus fuentes de trabajo, y hubo protestas; fue necesario llegar a un acuerdo para reformar la zona que incluyese viviendas de protección oficial.

No entramos en detalles de los dos últimos capítulos: La ciudad de la eterna pobreza narra la entrada de la sociología a la ciudad de la mano de la Escuela de Chicago (algo que nos explicó, por ejemplo, Ulf Hannerz en mayor detalle) y La ciudad a lo Belle Epoque narra los últimos cambios sucedidos en la ciudad: globalización, segregación, conurbaciones y flujos (algo que, dado que el libro es de 1996, no profundiza mucho en el asunto; citamos, por ejemplo, al Olivier Mongin de La condición urbana).

El declive del hombre público (III)

Si en la primera entrada sobre este libro de Richard Sennett hablábamos de las hipótesis del autor respecto a la presencia actual del ciudadano en el espacio público y en la segunda sobre las diferencias históricas entre el Ancien Régime y el siglo XIX en París y Londres y la evolución del significado de estar en la calle, en esta tercera entrada lo haremos sobre la actualidad del tema.

La creencia que reina actualmente es la que se refiere a que la proximidad entre las personas constituye un bien moral. La aspiración regente es la de desarrollar la personalidad individual a través de experiencias de proximidad y calor con los demás. El mito de la actualidad se basa en que los males de la sociedad pueden ser todos comprendidos como males de la impersonalidad, la alienación y la frialdad. La suma de los tres representa una ideología de la intimidad: las relaciones sociales de todo tipo son más reales, verosímiles y auténticas cuanto más cerca se aproximen a los intereses psicológicos internos de cada persona. Esta ideología transmuta las categorías políticas dentro de categorías psicológicas. Esta ideología de la intimidad define el espíritu humanitario de una sociedad carente de dioses: el calor es nuestro dios. La historia del ascenso y ocaso de la cultura pública pone en tela de juicio este espíritu humanitario.

La creencia en la proximidad entre personas como un bien moral es en realidad el producto de una profunda dislocación ocasionada por el capitalismo y la creencia secular en el siglo pasado. Debido a esta dislocación la gente trató de hallar significados personales en situaciones impersonales, en objetos y en las condiciones objetivas de la sociedad misma. No pudieron encontrar estos significados; cuando el mundo se volvió psicomórfico también se volvió mistificador. (p. 319)

El miedo a traicionar sus emociones ante los demás impide que las personas manifiesten su sentir o su parecer; se convierten, entonces, en público, en espectadores y se dan fenómenos como la espiral del silencio de Noelle-Neumann.

Por otro lado, y sin dejar el tema, «observando la influencia que Paganini ejerció sobre músicos que poseían mejor gusto que él, señalábamos que sus ideas acerca de la interpretación tenían una atracción que trascendía las recompensas del egoísmo» (p. 357). En sus manos, la música se convertía en una experiencia (uno de los epítomes de nuestra actualidad) pero, además, elevaba el listón a que sólo una interpretación excelente merece ser tenida en cuenta. Si a ello le sumamos las reproducciones electrónicas (o digitales), que se pueden ensayar y atentar cuantas veces sea necesario, incluso a pedazos, hasta formar la obra definitiva, tal vez interpretada en muchos días consecutivos, arriesgarse a una ejecución en público parece, casi, un suicidio para un músico.

En resumen, el star system de las artes opera sobre dos principios. La máxima concentración de beneficios es producida por la inversión en la menor cantidad de ejecutantes; éstos son las «estrellas». Las estrellas existen únicamente por medio del control sobre la mayoría de artistas que practican su arte. En la medida en que exista cierto paralelo con la política, el sistema político funcionará sobre estos tres principios. Primero, el poder político entre bambalinas será más fuerte cuando los intermediarios del poder se concentren en la promoción de unos pocos políticos, más que en la construcción de una máquina o de una organización política. El promotor político (corporación, individuo, grupo de intereses) obtiene los mismos beneficios que el exitoso empresario moderno; todos los esfuerzos del promotor se orientan hacia la fabricación de un «producto» que sea distribuible, un candidato vendible, antes que hacia la construcción y el control del propio sistema de distribución, el partido, así como los menores beneficios en las artes de ejecución se acumulan para aquellos que controlan salas provinciales y para los contratistas subsidiarios. (p. 359).

Y pasamos al capítulo XIII, «La comunidad se vuelve incivilizada», uno de los más interesantes para los asuntos del blog.

Desde los trabajos de Cammillo Sitte hace un siglo, los diseñadores de la ciudad se han comprometido con la fabricación o conservación del territorio de la comunidad dentro de la ciudad como un objetivo social. Sitte fue el líder de la primera generación de urbanistas que se rebeló contra la escala monumental incluida en el diseño que el barón Haussmann había destinado para París. Sitte fue un prerrafaelista de las ciudades, afirmando que sólo cuando la escala y las funciones de la vida urbana retornasen a la simplicidad de la última época medieval, la gente encontraría la clase de sustento recíproco y contacto directo que hace de la ciudad un medio ambiente valioso. (p. 361)

El propio Sennett afirma que esta visión ha quedado algo anticuada (demasiado idealizada). El capitalismo separa al hombre del trabajo que realiza, por lo que la propia «disociación» que genera se imbrica en otros ámbitos. «Una muchedumbre sería un ejemplo básico: las muchedumbres son malas porque la gente no se conoce entre sí.» Pero de este síntoma surge el problema: «Para eliminar este desconocimiento entre la gente, uno trata de volver íntima y local la escala de la experiencia humana, o sea que transforma el territorio local en algo moralmente sagrado. Es la celebración del gueto.» (p. 362; la negrita es nuestra). El gueto, a priori la panacea de la ciudad, priva al ciudadano de conocer nuevos ámbitos, nuevas personas, situaciones, incluso, adversas que forjarían su civilidad; destruye de un plumazo el «heterogéneo» de la definición de Wirth del hecho urbano.

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Tenemos que reconocer que en este blog nos encantan las imágenes caseras de los años 50.

Ya Haussmann impuso en parte la idea de que los nuevos distritos de la ciudad debían ser de una sola clase; éste fue el principio de la «función particular» del desarrollo urbano que llegó su cúspide con los barrios residenciales de 1950 en Estados Unidos. Tres ejemplos mundiales: Brasilia, Levittown en Pensilvania y el Euston Center de Londres; «hallaremos los resultados de una planificación en la que el espacio único y la función única constituyen el principio operativo. En Brasilia es edificio por edificio, en Levittown es zona por zona y en el Euston Center es nivel horizontal por nivel horizontal» (p. 365).

La zonificación es comprensible: una inversión inicial conocida de antemano, una distribución clara sobre el territorio. El problema es que, aun cuando los usos de la ciudad fuesen estables, las personas llevan a cabo multitud de acciones diariamente; lo que implica mucha mayor movilidad. Pero el problema esencial, no salvable: las ciudades cambian; y las ciudades zonificadas no permiten adaptarse al cambio. Además, impiden que diversas funciones se lleven a cabo de forma simultánea, «por ejemplo, que padres y madres puedan ver a sus hijos mientras juegan y trabajan al mismo tiempo, esta misma eliminación despierta una gran necesidad de contacto humano». Por ello, por ejemplo, en las zonas residenciales norteamericanas esta necesidad se palia recurriendo a asociaciones de voluntarios o grupos de lectura o entidades para organizar meriendas; la cuestión es acercarse a los demás, alcanzar proximidad. En definitiva: que las relaciones próximas sean significativas.

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A los hechos nos remitimos.

Pero esta necesidad imbuye también las multitudes. Los trabajos de Lyn Lofland y Erving Goffmann han explorado en todo detalle, por ejemplo, los rituales por los cuales los extraños en las calles atiborradas proporcionaban a los demás pequeños indicios de confianza que dejaban a cada persona aislada al mismo tiempo: usted baja la vista en lugar de fijarla en un extraño como una forma de asegurarle que no representa un peligro; usted se compromete en el baile de peatones a apartarse del camino de los demás, de modo que cada uno posee una senda recta por donde desplazarse; si debe hablar con un extraño, usted comienza por disculparse, etcétera.» (p. 367). De forma mucho más definitiva: «La comunidad se ha transformado tanto en una retirada emocional de la sociedad como en una barricada territorial dentro de la ciudad. La guerra entre psique y sociedad ha cobrado un enfoque verdaderamente geográfico, uno que reemplaza el antiguo enfoque del equilibrio de la conducta entre público y privado.»

A continuación Sennett explica la historia del barrio de Corona, en Nueva York, y la lucha que los acabó enfrentando al resto del mundo. No entramos en detalles del caso, pero un barrio residencial se acabó uniendo y formando una comunidad en el momento en que cayó sobre ellos la amenaza de que otro grupo de personas (destaquemos el «otro») fuese a vivir en parte de su barrio. Entonces se volvieron un grupo cerrado, temeroso de que la llegada de los nuevos los sumiese en la violencia y el terror en las calles. Sennett ejemplifica con ello que lo que realmente une a las comunidades en la actualidad es más una idea de sí mismos que una verdadera razón; y en parte esta pérdida se debe a la secularidad actual. Pero comunidades cerradas unidas por una única actitud se vuelven expectantes, atentas a sí mismas, pues el cambio en cualquiera de «los suyos» puede suponer que la persona traicione a la comunidad; «por lo tanto, la gente debe ser vigilada y puesta a prueba».

«…las personas pueden ser sociables sólo cuando disponen de cierta protección con respecto a los demás; sin la existencia de barreras, de fronteras, sin la distancia mutua que constituye la esencia de la impersonalidad, las personas son destructivas. Esto no se produce porque «la naturaleza del hombre» sea maligna -el error conservador-, sino porque el efecto total de la cultura, transmitido por el capitalismo y el secularismo modernos vuelve lógico el fratricidio cuando las personas utilizan las relaciones íntimas como un fundamento para las relaciones sociales. (p. 383).

La tiranía, concluye Sennett, se da «cuando todas las cuestiones están referidas a una persona o a un principio común»; pero puede darse tanto cuando ese principio se impone como cuando consigue seducir a la sociedad. «En la vida ordinaria la intimidad es una tiranía de este último tipo», sentencia el autor. «Es la medición de la sociedad en términos psicológicos. (…) En este libro no he intentado decir que nosotros comprendemos intelectualmente los sucesos y las instituciones exclusivamente en términos de la exhibición de la personalidad, ya que obviamente no es así, sino más bien que hemos llegado a preocuparnos por las instituciones y los acontecimientos sólo cuando somos capaces de discernir las personalidades que funcionan en ellos o que los encarnan.» (p. 414, negrita nuestra).

Cuando tanto la secularidad como el capitalismo adoptaron nuevas formas en el siglo pasado, esta idea de una naturaleza trascendente perdió paulatinamente su significado. Los hombres llegaron a creer que eran los autores de sus propios caracteres, de que cada acontecimiento en sus vidas debía tener un significado en términos de su propia definición, pero las inestabilidades y contradicciones de sus vidas hacían difícil establecer cuál era este significado. Con todo, la atención absoluta y la implicación en cuestiones de personalidad se volvieron aún mayores. Paulatinamente, esta fuerza misteriosa y peligrosa que era el yo comenzó a definir las relaciones sociales. Se transformó en un principio social. En ese punto, el dominio público de significado impersonal y acción impersonal comenzó a languidecer.

La sociedad que habitamos actualmente se encuentra agobiada por las consecuencias de esa historia, la destrucción de la res publica por la creencia de que los significados sociales son generados por los sentimientos de los seres humanos individuales. Este cambio ha oscurecido para nosotros dos áreas de la vida social. Una es el dominio del poder, la otra es el dominio de los entornos donde vivimos.

Sabemos que el poder es una cuestión de intereses nacionales e internacionales, el juego de clases y grupos étnicos, el conflicto de regiones o religiones. Pero no actuamos basándonos en este conocimiento. En la medida en que esta cultura de la personalidad controla la creencia, elegimos candidatos que son creíbles, tienen integridad y evidencian autocontrol.(…)

[Esta forma de ver el mundo en función de la personalidad ha deformado] en segundo término, nuestra comprensión de los propósitos de la ciudad. La ciudad es el instrumento de la vida impersonal, el molde en el cual se vuelve válida como experiencia social la diversidad y complejidad de personas, intereses y gustos. El temor a la impersonalidad es la fractura de dicho molde. En sus hermosos jardines, la gente habla de los horrores de Londres o Nueva York; es la retribalización. (…)

La medida en que las personas pueden aprender a perseguir agresivamente sus intereses en la medida en la que aprenden a actuar impersonalmente. La ciudad debería ser el maestro de esa acción, el foro en el cual se vuelve significativo reunirse con las demás personas sin la compulsión de conocerlas como tales.

Variaciones sobre un parque temático (I): El mundo en un centro comercial

Variaciones sobre un parque temático. La nueva ciudad americana y el fin del espacio público es una recopilación de 8 artículos publicados a finales de los 80 y principios de los 90 sobre los cambios en las ciudades americanas de la época (y, por extensión, en las de todo el mundo). La recopilación se publicó originalmente en 1992 y no llegó a España hasta el 2004 de manos de la editorial Gustavo Gili, por lo que algunos artículos han quedado desfasados o superados. En general, sin embargo, son artículos amplios, de unas 50 páginas, bien escritos y muy bien argumentados. Vamos con el primero de ellos.

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El mundo en un centro comercial, de Margaret Crawford, analiza de forma espléndida la evolución del centro comercial desde sus primeros orígenes (los bulevares parisinos de mediados del XIX) hasta su culminación, que probablemente sean las vías principales de las ciudades del mundo. El estudio empieza con la construcción de WEM, el centro comercial de West Edmonton y el mayor del mundo por entonces (ahora se define como el mayor de Norteamérica en su propia web), una colosal construcción que abarca, por supuesto, centros comerciales, pero también hoteles, parques de atracciones, cines… y donde todas las ambientaciones son posibles, más aún: donde todas ellas están mezcladas de formas anárquicas y casi imposibles, ya sean mundos reales (París, Venecia, el Coliseo) o ficticias (la isla de Tom Swayer, dibujos animados).

Las reglas del centro comercial fueron establecidas en su época dorada, entre los años 1960 y 80. «Mediante una extraña inversión de la teoría de los lugares centrales, los promotores identificaron las zonas en las que no se cubrían las demandas de los consumidores y en las cuales los centros podrían llenar los vacíos comerciales. (…) las dimensiones y la escala de un centro comercial son un reflejo de la «demanda crítica», es decir, la mínima cantidad de consumidores potenciales que viven dentro de la franja geográfica de un producto de venta al por menor. Los centros de barrio sirven a un mercado local de un radio de tres kilómetros; los centros de comunidad, de cinco a ocho; los centros regionales atraen a consumidores desde, como mínimo, una distancia de treinta kilómetros, mientras que los centros comerciales suprarregionales sirven a una zona más amplia, a menudo pluriestatal.» (p. 19). Sigue leyendo «Variaciones sobre un parque temático (I): El mundo en un centro comercial»