Tokyo Vertigo, Stephen Barber

Desde sus orígenes, allá a principios del siglo pasado, la sociología y la antropología urbanas se centraron en diversas ciudades en función de los intereses del momento.

La primera de dichas ciudades fue Chicago. En pocos años, Chicago pasó de ser una de las muchas ciudades pequeñas de un Estados Unidos en auge a convertirse en una metrópolis de millones de habitantes situada a la vera de los Grandes Lagos que además gestionaba todo el tráfico de mercancías en ferrocarril que se daba entre el Este y el Oeste del país. Lógicamente, una gran mayoría de su población eran inmigrantes llegados de otras partes del país y de muchos otros países que, alcanzada esa urbe de gángsters y rascacielos enormes, se agrupaban en función de algunos de sus intereses o «condiciones» (ya fuesen éstos la etnia, la religión, el país de procedencia, o una suma de todos ellos).

Usando una mezcla entre las teorías de Simmel, Darwin y Spencer (vimos sus antecedentes aquí gracias a Josep Picó e Inmaculada Serra) y una etnografía urbana muy cercana al periodismo callejero (no en vano, Park, el segundo de sus dirigentes, había sido periodista antes que sociólogo), los miembros de la Escuela de Chicago veían la ciudad según las leyes de la «ecología humana»: una ciudad dividida en áreas naturales diversas que competían unas por otras por los recursos, en este caso: el propio espacio urbano. Los de Chicago se lanzaron al estudio de estas zonas con mucho empeño y poco bagaje teórico (daban por sentado, por ejemplo, que tras cierto tiempo los grupos se iban «integrando» según una especie de teoría del melting pot o crisol y que surgían nuevos grupos en otras áreas naturales para ocupar su lugar; pero nunca investigaron grupos de blancos o de clase media o ricos, porque los dignos de estudio eran los otros); entre sus estudios famosos, el de los inmigrantes polacos, los hobos (vagabundos o, mejor dicho, población flotante de trabajadores no estables que inspiraron a la beat generation), los taxi-dance hall (lugares donde los hombres pagaban para bailar con las mujeres trabajadoras, en una especie de prostitución encubierta que no necesariamente incluía el sexo, sino también compañía) y los barrios negros.

Mediante el estudio de estos barrios, los de Chicago se plantearon cómo se relacionaban unos grupos con otros pero también las normas internas de cada grupo, así como las formas de socialización, por ejemplo, de los jóvenes afroamericanos en barrios degradados, con su estructura en tribus, o la aparición de intersticios cuando el propio Estado no era capaz de cubrir las necesidades de los ciudadanos.

La siguiente ciudad no fue tal, sino una región: Rhodesia del Norte (la actual Zambia), que fue el origen de los estudios del Instituto Rhodes-Livingstone o, como también se los conoce, la Escuela de Mánchester (cosas del colonialismo británico). Si la batuta de Park había hecho que la Escuela de Chicago tendiese al periodismo, los estudios de Derecho de Max Gluckman, director del Instituto, llevaron a la de Mánchester hacia las leyes. Pero lo esencial de sus estudios es que, a diferencia de los de Chicago, se dieron cuenta de que existían dos poblaciones distintas: los negros, mayoritarios y oprimidos, y los blancos, minoría dominante. Y las relaciones entre estos dos grandes grupos eran siempre complejas; los negros no eran unas pobres víctimas, sino personas que tomaban sus propias decisiones en un contexto lleno de matices. Ya no se trataba de una ciudad con un grupo mayoritario no especificado y grupos diversos que, en teoría, acabarían siendo asimilados; sino grupos diversos en un contexto que les condicionaba las elecciones.

Luego llegó París. Pero no el París de los años 60, que es más o menos cuando se llevaron a cabo sus obras principales, sino el París de Haussmann de la segunda mitad del siglo XIX. Los estudios, sobre todo, de Lefebvre, pero también de una lista de sus alumnos y de otros pensadores (Castells y Harvey, por citar sólo dos grandes nombres), pusieron de manifiesto que el espacio no es algo autónomo, ni siquiera el resultado de las relaciones sociales, sino que todo espacio está producido; y, como tal, está producido según unos intereses y en función del, o los, grupos que dominen en ese momento.

Y pocas ciudades evidenciaban tal tendencia como el París de Haussmann, una ciudad que, con la excusa de higienizarse, que lo hizo, también desgarró el tejido medieval de callejones de París y lo llenó de avenidas y edificios altos. Avenidas que podía recorrer el ejército en pocos minutos para apagar cualquier revuelta obrera, que los franceses se estaban poniendo pesados con tanta revolución durante el siglo XIX; avenidas carentes de adoquines y en las que era imposible formar barricadas, con lo fácil que había sido en los callejones medievales.

No, la reforma de Haussmann no sólo quiso higienizar París: también convertirla en un escaparate perfecto para las mercancías que llegaban de todas partes del mundo y para una nueva forma de comercio: los grandes almacenes. Se daba el primer paso para convertir a todo ciudadano en un potencial consumidor; y ello requería que las masas pudiesen alcanzar el centro, también, merced a esas grandes avenidas y el nuevo y flamante transporte público.

Tal vez la siguiente ciudad sería Los Ángeles, si es que acaso existe una Escuela de Los Ángeles en los años 70 y 80 del siglo pasado. Se trató, más bien, de un grupo de investigadores que orbitaron alrededor de esa ciudad, entre los cuales Soja, al que ya hemos leído pero del que volveremos a hablar en breve, y Mike Davis con su monumental Ciudad de cuarzo. Los Ángeles evidenciaba en su seno una larga lista de cambios que estaban sucediendo en la economía y la forma de negociar del mundo y que se manifestaba en la estructura urbana: deslocalización, flujos migratorios, surgimiento de nuevas formas urbanas (como las edge cities, los parques tecnológicos, nuevos puertos para los cargueros…), suburbialización… Se trataba de cambios sistémicos que habían venido para quedarse y que siguen configurando nuestras ciudades día a día, y a los que podríamos referirnos hablando desde el postmodernismo hasta el espacio de los flujos de Castells, la acumulación flexible de Harvey, la preeminencia de la imagen en la estética y tantas, tantas otras.

Se hace difícil escoger una ciudad a partir de ese momento. Se han propuesto las ciudades del Golfo de la Perla de China, que escogieron tanto Castells como Sennett (Construir y habitar), que muestran, con su masificación, la rapidez de la nueva economía y las necesidades urbanas. Pero, si hay una ciudad que, al menos para los occidentales, ha representado los cambios de la globalización, ha sido Tokio. En el imaginario americano, Tokio representaba lo japonés, es decir, un país que, a pesar de haber sigo derrotado en 1945, había resurgido de sus cenizas y, con su tecnología y su miniaturización, no sólo iba a cambiar el mundo sino que lo iba a inundar. De ahí, claro, las calles orientalizadas de Blade Runner, por ejemplo, donde lo asiático es una constante de un mundo futuro. O la descripción como ejemplo de ciudad orgánica que hizo de la ciudad Carlos García Vázquez en su maravilloso Ciudad hojaldre.

La crisis económica japonesa de finales del siglo XX cambió tal vez esa previsión (o la sustituyó en el imaginario occidental por otro gigante asiático, China), pero la fascinación por Tokio no cesó. De ahí surge este Tokyo Vertigo, un libro de Stephen Barber que es un punto intermedio entre una guía de viajes, onírica y clandestina, y una colección de fotografías de la extranjeridad de la ciudad nipona.

Publicado en el año 2001, el tiempo transcurrido se nota. Tokio ha dejado de ser un lugar ignoto para la mayoría de los occidentales y es ahora un lugar común; todos conocemos Shibuya y sus noches de neón y sus pantallas omnipresentes y sus callejones y sus máquinas de venta automática de todo tipo de productos. Hay cientos de imágenes en todas las redes sociales y, quien más quién menos, o ha visitado el país o tiene gente cercana que lo ha hecho, además de las mil historias de occidentales que viven allí y narran lo exótico que sucede en sus calles. Por lo tanto, este Tokyo Vertigo se lee ahora como una muestra nostálgica de una ciudad que ya no se puede visitar con la misma sorpresa, y destacamos su prosa, candente y seductora, que acompaña al lector por unas calles romantizadas. La misma nostalgia con la que se podría describir la Nueva York de Studio 54 y Warhol, por ejemplo, o el París de Picasso y las vanguardias.

Every inhabitant of Tokyo requires radical strategies of defense. And the act of inhabiting Tokyo is itself a kind of kamikaze mission –glorious and mundane and ridiculous and destructive, in proportions that shift without warning, from instant to instant. In Tokyo, the mission is not yet fatal, and so you survive, in a strange exhilaration, for a void infinity of an instant. (p. 58)