Planeta de ciudades miseria, Mike Davis

Planeta de ciudades miseria (2006, leemos la edición de Akal de 2007 traducida por José María Amoroto), de Mike Davis, es un estudio abrumador sobre las consecuencias de la nueva organización urbana capitalista de las últimas décadas, especialmente en las ciudades de lo que antaño se conocía como Tercer Mundo y que hoy se denomina, de forma eufemística, países emergentes o el sur global. A Mike Davis ya lo leímos en Ciudad de cuarzo, un estudio heterodoxo sobre Los Ángeles que, además de ser uno de los pistoletazos de salida sobre los estudios de la ciudad y la Escuela de Los Ángeles (de la que hablábamos hace nada a raíz de la lectura de otro de sus componentes, Edward Soja) fue de los primeros en poner de manifiesto las consecuencias que la segregación cada vez mayor de la ciudad estaba teniendo sobre los pobres: más muros, más murallas, edificios que parecían fortalezas y una sobreabundancia de seguridad que, con la excusa de proteger, suponía un aumento desmedido del control.

Precisamente con Soja volvíamos a Lefebvre y a cómo el espacio se produce; algo que Harvey no ha dejado de repetir, que la estructura capitalista es espacial, lo que está generando que las distinciones entre campo y ciudad ya no sean viables; si acaso, sólo entre espacio explotable y espacio cuyos costes (distancia, inaccesibilidad) aún impiden que sea producido (y explotado).

El resultado de este choque entre el mundo rural y el urbano, tanto en China como en el sureste de Asia, India, Egipto y quizá África occidental, es un paisaje hermafrodita, un campo parcialmente urbanizado que para Guldin puede representar «un sendero nuevo en el desarrollo y los asentamientos humanos […] una forma que no es rural ni urbana sino una mezcla de las dos, donde una densa red de transacciones ata los grandes núcleos urbanos a las regiones que les rodean» [G. Guldin, What’s a Peasant to DO?]. El arquitecto y urbanista alemán Thomas Sieverts sugiere que este urbanismo difuso, que llama Zwischendstadt (in-between city/campo-ciudad) se está convirtiendo rápidamente en el paisaje representativo del siglo XXI, tanto en los países ricos como en los pobres y al margen de la trayectoria urbana anterior. A diferencia de Guldin, Sieverts considera estas nuevas conurbaciones como redes policéntricas sin el tradicional centro ni periferias reconocibles. (p. 20)

Un proceso que lleva a una frase demoledora: «El 80% del proletariado del que hablaba Marx vive actualmente en China o en cualquier otro lugar fuera de Europa Occidental y Estados Unidos» (p. 24). El primer capítulo del libro, de hecho, se centra en cómo las grandes concentraciones urbanas del mundo ya no están en Europa o Estados Unidos (o en países no emergentes, como Tokio-Yokohama), sino Lagos, Yakarta, Ciudad de México, Bombai, Shangai.

Las causas de este cambio son sencillas: los designios del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. Los Programas de Ajuste Estructural, destinados, en principio, a mejorar las condiciones de los países emergentes y a liberarlos de sus deudas (contraídas por los países que los habían colonizado, claro, que eran los mismos que les exportaban sus bienes de consumo), que recortaban subvenciones, mejoras en agricultura y el paupérrimo estado del bienestar que pudiese existir. Eso empujaba tanto a los agricultores como a los funcionarios despedidos a una miseria mayor y los forzaba a competir con las multinacionales globalizadas, contra las que siempre perdían, y generaba oleadas de pobreza que, incapaces de sobrevivir en el campo, emigraban a la ciudad.

A medida que las redes locales estables iban desapareciendo, los pequeños campesinos se volvieron más vulnerables frente a circunstancias externas: sequía, inflación, subida de los tipos de interés o caída de los precios de venta. (…)

Al mismo tiempo, la codicia de los señores de la guerra y los conflictos civiles, debidos al descalabro provocado por los ajustes estructurales impuestos para absorber la crisis de deuda o la rapacidad de intereses económicos externos (…) estaban provocando el abandono de regiones enteras. Las ciudades no hicieron otra cosa que recoger los frutos de esta crisis mundial del medio rural, a pesar del estancamiento o de la recesión económica que sufrían, y evidentemente sin realizar las necesarias inversiones en nuevas infraestructuras, en fomento de la educación o en sistemas públicos de salud. (p. 28)

Lo cual rompe con la teoría social clásica (de Marx a Weber) de que las ciudades se iban a convertir, una a una, en un nuevo Manchester, Berlín o Chicago. Algo que ha sucedido con Ciudad Juárez, Bangalore o Sao Paulo; «sin embargo, la mayor parte de las ciudades Sur Global se parecen más al Dublín victoriano», un ejemplo de ciudad «hiperdegradada en el siglo XIX» porque sus barrios pobres no eran producto de la revolución industrial. «Del mismo modo, Kinshasa, Jartum, Dar-es-Salaam (…) crecen de manera prodigiosa pese a la ruina de sus industrias de sustitución de importaciones, de la reducción de sus sectores públicos y de la caída de sus clases medias.» Ciudades que, en ningún caso, poseen los recursos ni las infraestructuras para acoger a estas enormes masas migratorias y de donde surgen todos los problemas que, uno a uno, enumera el libro.

Un slum (la definición original fue «acuñada por el presidiario y escritor James Hardy Vaux, que en 1812 escribió el Vocabulary of the Flash Language, donde es sinónimo de tráfico (racket) o comercio ilegal (criminal trade). Sin embargo, ya en la década de 1830 y 1840, los pobres, más que «dedicarse» a los «slums», lo que hacían era vivir en ellos», p. 34) es, igual que lo era en tiempos victorianos, un espacio donde se dan hacinamiento, vivienda pobre o informal, falta de acceso a la sanidad y al agua potable e inseguridad de la propiedad. Estimaciones conservadoras de la ONU situaban los habitantes de los slums en cerca de 1000 millones de personas (datos de 2005), pero hay países donde alcanzar el 99.4% de la población (Etiopía o Chad) o ciudades con 10 o 12 millones de personas viviendo en dichas condiciones (Bombay), o los 9 o 10 millones de Ciudad e México y Dacca.

Los slums incluyen, por supuesto, los barrios pobres, las chabolas, las favelas; pero también la Ciudad de los Muertos de El Cairo o hasta los habitantes de las calles, aunque la mayoría se sitúan en las periferias, alejados en ocasiones hasta decenas de kilómetros del centro de la ciudad. Son, además, el lugar donde se levantan los servicios que la propia ciudad rechaza: vertederos, vertidos ilegales, industria contaminante.

En la década de 1970 se produjo un matrimonio intelectual realmente sorprendente entre el presidente del Banco Mundial, Robert McNamara, y el arquitecto inglés John Turner. El primero había sido uno de los principales estrategas de la Guerra de Vietnam y el segundo había sido un señalado colaborador del periódico anarquista inglés Freedom. Turner abandonó Inglaterra en 1957 para irse a trabajar a Perú, donde quedó cautivado por el genio creativo que percibía en la construcción espontánea de viviendas en los asentamientos ocupados. No fue el primer arquitecto en entusiasmarse con la capacidad de la gente sin recursos para la autoorganización y el ingenio que mostraban a la hora de resolver los problemas de la construcción; arquitectos y planificadores colonialistas franceses, como el Grupo CIAM en Argel, habían elogiado el orden espontáneo de las bidonvilles por la «relación orgánica entre las construcciones y el lugar (reminiscencias de la casbah), la adaptación del espacio a diversas funciones y a las necesidades cambiantes de los usuarios». Turner, en colaboración con el sociólogo William Mangin, se convirtió en un divulgador y propagandista excepcionalmente efectivo que proclamaba que las áreas urbanas hiperdegradadas eran menos el problema que la solución. Al margen de sus orígenes radicales, el núcleo de su programa de autoayuda, de aumento de la construcción y de legalización de la urbanización espontánea, coincidía exactamente con la aproximación a la crisis urbana, pragmática y de coste controlado, que defendía McNamara.

En 1976 se celebró la primera conferencia de UN-Habitat (Programa de Asentamientos Urbanos de Naciones Unidas) y también fue la fecha de publicación del trabajo de Turner, Housing by People. Towards Autonomy in Building Environments. Esta amalgama de anarquismo y neoliberalismo se ha convertido en una nueva ortodoxia que «formula un abandono radical de la vivienda pública a favor de proyectos de “urbanización y servicios” y una reforma de las áreas hiperdegradadas in situ». (p. 98)

Por supuesto, la propuesta y su respaldo no surgen tanto de lo óptimo de su aplicación como de su imbricación directa con la ideología neoliberal o tardocapitalista: que los pobres no se conviertan en un problema que el Estado deba resolver. A raíz de estas propuestas, y de un plan piloto que se aplicó en Filipinas, ya se vio cómo iban a ser las «ayudas» que recibiría cada país: fondos destinados a las inmobiliarias e intermediarios que llegaban, de forma muy diluida, a los pobres (si es que acababan llegando) y que suponían el enriquecimiento de las clases dirigentes, anuncios a bombo y platillo de esas reformas y que se traducían en escasas intervenciones de muy poco calado. En los casos en que los proyectos sí que servían para mejorar una zona («sanearla»), al cabo de pocos años la mayoría de familias pobres que habitaban la zona habían sido substituidas por familias de poder adquisitivo más alto, abocando a los residentes originales, de nuevo, al problema de la carencia de viviendas pero ahora en un lugar probablemente aún más apartado.

El otro efecto que tenían las ayudas (financiadas por el Banco Mundial y el FMI y que luego, claro, suponían el aumento de la deuda del país sin haber beneficiado a la mayoría de sus habitantes) son las ONG, que se multiplicaron y crecieron durante la década de los 90, hasta el extremo de que Davis habla del «nacimiento de un imperialismo light con las principales ONG incorporadas a la agenda del Banco Mundial y los grupos sobre el terreno dependiendo de ONG internacionales» (p.104). No es que las ONG no tuviesen buenas intenciones, que seguro que las tenían; pero, a medida que crecían sus fondos, lo hacían también sus aparatos burocrácticos, destinando cada vez mayores recursos a esos apartados y menos a las zonas donde actuaban. Y, en éstas, las ONG se convertían en poderes de facto, monopolizando los recursos estatales cercanos, los promotores, los ingenieros y constructores de la zona, que dejaban de atender a los vecinos y pasaban a formar una red clientelar con los miembros de las ONG; de ahí que Davis hable de un nuevo imperialismo light.

La segregación urbana no es un statu quo congelado, sino más bien una incesante guerra social en la que el Estado interviene en nombre del progreso, del embellecimiento e incluso de la justicia social, para redibujar las fronteras urbanas en beneficio de propietarios de terrenos, inversores extranjeros, elites nacionales y clases acomodadas. Como sucedía en París en 1860, bajo el fanático reinado del barón Haussmann, el desarrollo urbano actual todavía se esfuerza para simultanear el máximo beneficio privado con el máximo control social. (p. 130)

Como ejemplo puntual de lo anterior, además de los numerosos casos que se podrían encontrar en ciudades de todo el mundo (con especial mención a «las élites poscoloniales» que han ido reproduciendo el rol de segregación de las ciudades coloniales, con ricos en amplios barrios centrales o periféricos de baja densidad y los pobres hacinados en el resto del espacio), Davis destaca eventos efímeros que tienen el mismo efecto sobre las ciudades: los Juegos Olímpicos, haciendo especial mención a los de Atenas, Barcelona, Ciudad de México o Seúl. En todos esos casos, los Juegos han servido como excusa para vaciar zonas enormes de la ciudad habitadas por clases de bajo nivel adquisitivo y substituirlas por los ricos, con zonas ajardinadas y barrios «saneados», generando oleadas de expulsión y segregación.

Es importante darse cuenta de que a lo que nos estamos enfrentando es a una reorganización fundamental del espacio urbano, que incluye una disminución drástica de las intersecciones entre la vida de los ricos y la de los pobres en un grado que trasciende la segregación social y la fragmentación urbana tradicional. Algunos autores brasileños han hablado recientemente de «la vuelta a la ciudad medieval», pero las implicaciones que tiene la ruptura de las clases medias con el espacio público y con cualquier forma de compartir un espacio ciudadano común con los pobres suponen un cambio más radical aún. (…)

Enclaves de fantasía convenientemente fortificados, edge cities desgajadas de sus propios paisajes sociales pero integradas en una etérea globalización al estilo californiano […] todo esto nos lleva directamente a Philip K. Dick. En este «dorado cautiverio», añade Jeremy Seabrooks, la burguesía urbana del Tercer Mundo «deja de ser ciudadana de su propio país y se convierte en nómada que pertenece y debe lealtad a una topografía del dinero, que es patriota de la riqueza y nacionalista de un no lugar exclusivo y dorado». (p. 155-6)

El último capítulo analiza los «mitos de la informalidad» tomando como punto de partida la ciudad industrial; pero no escoge Mánchester ni Dublín, sino Nápoles, la Nápoles del siglo XIX retratada por Frank Snowden, una ciudad donde la mano de obra era tan abundante que existía un enorme subgrupo de la población dispuesto a cualquier cosa a cambio de algo de dinero: desde «la estabilidad» de los vendedores de periódicos que disfrutaban de una remuneración estable hasta los «mercaderes gitanos», «auténticos nómadas de los mercados que cambian de actividad según dictaban las circunstancias. Había vendedores de verduras, de castañas y de cordones de zapatos; proveedores de pizzas, de mejillones y de ropa de segunda mano; vendedores de agua mineral, de mazorcas de maíz y de caramelos…» (p. 225)

Este sector informal genera trabajo, sí, pero no es un recurso estable porque el trabajo que genera no surge de nuevo cuño, sino que subdivide el anterior: es decir, repartir entre más personas la misma cantidad, creando un subgrupo que compite necesariamente unos contra otros. Las tradicionales redes vecinales y comunales que se dan en los barrios pobres, por lo tanto, se acaban erosionando (recayendo todo su peso sobre las mujeres, que son las que deben maniobrar para mantener a la familia cuando los hombres pierden el trabajo), hasta el punto de haberse extinguido por completo en los barrios más hiperdegradados.

El espacio para nuevas incorporaciones solo se puede producir por la disminución de los ingresos per cápita y/o por la intensificación del trabajo, al margen de la disminución de los retornos marginales. Este esfuerzo para «proporcionar a todos algún nicho, por pequeño que sea, en el conjunto del sistema» opera mediante el mismo tipo de sobresaturación y «elaboración gótica» de los nichos que Clifford Geertz caracterizó celébremente como «involución», tomando prestado el término de la historia del arte, al referirse a la economía agrícola de Java durante la época colonial. La involución urbana parece ser la mejor manera de describir la evolución de la estructura del empleo informal en las ciudades del Tercer Mundo. (p. 233-4)

Esta misma pugna se daba en las ciudades industriales de la Inglaterra victoriana, pero allí existía un último recurso: emigrar a América, Australia o Siberia, a nuevos mundos donde las opciones parecían más halagüeñas. Recurso que, claro, está vedado para los habitantes pobres de hoy en día, pues sólo podrían emigrar hacia lugares más ricos cuyas fronteras están permanentemente vigiladas y donde siempre serán parias (o como poco, sospechosos) debido a su origen.

De la situación anterior surge un nuevo recurso al que los habitantes de estos barrios destinan cantidades abrumadoras de dinero: las loterías y los juegos de azar, con la esperanza de que pueda suponerles una huida; asimismo, se hacen habituales el recurso a la religión y las creencias en todas sus variantes. Especialmente sangrante es el caso de «las pequeñas brujas de Kinshasa», la involución social que ha sufrido la ciudad de forma completa hasta el punto de acabar con todo rastro de redes sociales de ayuda o cooperación y, mezclada con una visión muy particular del cristianismo y la brujería, se llega a temer a los «niños brujos», una suerte de encarnación de demonios y brujos de todo tipo en niños pequeños que, a menudo, recae sobre los hijos menores de familias que ya cuentan con muchos niños y que acaban siendo abandonados o asesinados.

La guerra de los lugares (II): desposesión

La eclosión de un terremoto o una gran inundación, así como el avance de una hidroeléctrica o de un megaproyecto de instalaciones deportivas sobre un territorio habitado, tienen impactos más acuciantes cuando ocurren sobre territorios cuya situación de tenencia puede ser impugnada en cualquier momento por autoridades o agentes privados. Las palabras que pueden designar esa situación en el contexto urbano son muchas: favelas, asentamientos irregulares, asentamientos informales, slums. Como veremos más adelante, las formas de nombrarla no son inocentes e intentan definir una situación de alteridad en relación con el orden jurídico-urbanístico dominante, representando una multiplicidad de casos muy distintos. Sin embargo, podemos afirmar que, por lo menos en el mundo urbano, estos espacios están marcados por la precariedad habitacional y por ambigüedades en relación con la tenencia. Esta es la situación que atraviesan más de la mitad de los habitantes de las ciudades del Sur global… (p. 165)

La primera parte de La guerra de los lugares. La colonización de la tierra y la vivienda en la era de las finanzas, de Raquel Rolnik, se centraba en mostrar cómo el cambio de paradigma del Estado como garante de alguna forma de vivienda para los ciudadanos dio paso a un Estado neutro, encargado de mantener la legalidad y sostener la creación de un complejo entramado financiero para permitir el acceso, mediante hipotecas y deuda, de los ciudadanos a la propiedad de la vivienda; el libro mostraba, como decíamos, que esto no fue un acto aleatorio sino premeditado y orquestado por el capital y las grandes finanzas para obtener rédito de un mercado inmobiliario que hasta entonces había permanecido dormido. Esta segunda parte que reseñamos ahora se centra en los estados de desposesión que sufren los que viven en las partes más vulnerables de la ciudad: en los barrios marginales de las afueras, en las favelas, slums; y los procesos de reapropiación de la tierra que lleva a cabo el capital mediante megaeventos como los Juegos Olímpicos o emergencias medioambientales.

Durante el siglo XIX y hasta mediados del XX existían diversas teorías que relacionaban las chabolas o barrios marginales con un exceso de inmigración en las ciudades, incluso con un remanente de población rural que no conseguía adaptarse a la vida urbana; se lo relacionaba con el otro, el outcast, alguien ajeno. Los años setenta se produjo una gran bibliografía, especialmente en Sudamérica, donde se mostraba que la existencia de estos lugares no respondía tanto a una dualidad moderno-arcaico o urbano-rural sino a «un modelo periférico de acumulación capitalista» en el cual este contingente poblacional de las afueras «respondía a una doble necesidad de acumulación en el capitalismo periférico: mantener bajos los costes de reproducción de la fuerza de trabajo y garantizar un ejército industrial de reserva permanente».

Rolnik relata casos (Camboya, Indonesia) donde grandes cantidades de terreno, áreas boscosas, poco pobladas pero con gran interés comercial, son cedidas a empresas multinacionales para que las exploten en lo que Oxfam calificó como «a global land rush», una nueva Fiebre del Oro. «El avance actual se da en contextos donde gran parte de las tierras ocupadas por comunidades rurales no es reconocida formalmente, o cuando lo es, pertenece a una categoría ‘paralela’ de tenencia, no integrada en un sistema único de registro y gestión.» (p. 180)

Aquí entra la denuncia de Rolnik: que tales desposesiones se dan en lugares limítrofes que lindan entre lo legal y lo ilegal, lo planeado y no planeado, lo formal / informal, dentro / fuera del mercado. Son zonas constituidas con un hilo legal tenue, siempre argumentable, que se acaban convirtiendo en un territorio a la espera de, en reserva, capaz de ser capturado «en el momento exacto». La autora da diversos ejemplos: en algunos casos los títulos de propiedad pertenecen al Estado, que los cede durante un tiempo pero, pasado ese tiempo, no los reclama, por lo que las personas siguen viviendo en esa zona pero ya en un estado transitorio; parcelas que en su momento fueron agrícolas y se vendieron con la condición de no ser divididas y en las que, al volverse urbanas, se construyen diversas casas, dando lugar a comunidades, la creación de una favela o slum; de nuevo, en situación alegal. En palabras de Vera Telles: «No se trata de un fuera del Estado y de la ley, lugar de anomia, desorden, estado de naturaleza. Son espacios producidos por los modos como las fuerzas del orden operan en esos lugares, prácticas que generan la figura del homo sacer en situaciones entrelazadas con las circunstancias de vida y trabajo de los que habitan esos lugares.» En estas zonas, son los propios individuos quienes elaboran sus leyes y viven de acuerdo con ellas.

Un ejemplo son los kampung de Yakarta, Surabaya o Yogyakarta, pequeñas aldeas informales con raíces locales habitado principalmente por personas de clase media y baja. Se convirtieron en la puerta de entrada de los inmigrantes a la ciudad, por lo que estaban formados por una gran mezcla de etnias. Se definen por el uso mixto, una mezcla de zona residencial en los pisos superiores y de comercio y producción en las plantas bajas donde se hacen comida, ropa, juguetes, muebles; creando así espacios semipúblicos de circulación tanto de mercancías como de pasajeros pero también semiprivados, donde llevar a cabo las actividades sociales próximas. Estos enclaves, con más de 500 años de historia, a menudo viven en situaciones de precariedad, sin instalaciones como agua corriente, y con un estatus jurídico ambiguo. Indonesia, durante muchos años, tuvo un plan para mejorar los kampung, dotándolos de medidas como agua corriente, asfalto o sistemas de drenaje, pero últimamente se ha reducido el presupuesto de este programa.

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El papel de la urbanización urbana debería ser la creación «de una especie de modelo para la ciudad ideal o deseada». En cambio, acaba deviniendo una herramienta al servicio de las grandes finanzas y el capital donde las mejores zonas de la ciudad, las que ellos habitan, siempre están claramente delimitadas y protegidas, «de modo que impide su invasión por parte de los pobres». Con sus leyes y regulaciones, el urbanismo santifica unos modos de posesión de la tierra y deja otros en el margen, donde, en cuando le convenga al capital, los modificará a su antojo.

«Para el pensamiento liberal, propiedad, derecho y ciudadanía se entrelazan.» La libertad entendida como autonomía, como lugar donde los otros no participan y que sólo se encuentra limitada por la libertad de los otros; y la propiedad pasa a ser esta garantía de poder sobre una parcela que excluye a los otros. El argumento es mucho más extenso, pero lo hemos reducido para llegar a la publicación del libro El misterio del capital de Hernando Soto donde el autor relaciona la riqueza de Occidente con la existencia de la propiedad privada «e intenta explicar la persistencia de la pobreza en países pobres y de ingresos medios como consecuencia de sus regímenes de propiedad ‘subdesarrollados’. Según Soto, los pobres poseen activos, sin embargo los utilizan de forma ‘defectuosa’, transformándolos en ‘capital muerto'» (p. 218). No sorprende que entre sus admiradores estén Bill Gates, George Bush, Vladimir Putin o Margaret Thatcher, porque la propuesta de Soto para erradicar la probreza pasa por convertir a todos los pobres en propietarios. En palabras de Ángelica Pérez Ordaz:

En El misterio del capital, De Soto analiza la manera en que los países en vías de desarrollo y los que salen del comunismo pueden generar capital a través de un eficiente sistema de propiedad legal que les permita salir de la pobreza y empezar a transformar activos y trabajo en capital, como es el caso de los países de Occidente, para que toda la población tenga acceso a un desarrollo sustentable. Sostiene que la riqueza de las naciones depende de la capacidad de sus gobiernos para crear sistemas legales que al mismo tiempo, reflejen y articulen adecuadamente el contrato social de sus pueblos.

A continuación Rolnik desmonta, uno a uno, los tópicos que propone Soto e incluso demuestra en algunos casos que no han servido en absoluto para erradicar la pobreza y sí para aumentar la brecha entre ricos y pobres. Si quieren otra versión algo más larga, tienen el maravilloso artículo de Edesio Fernandes «La influencia de El misterio del capital‘», con conclusiones muy similares a las de Rolnik.

Y la última forma de desposesión que analiza Rolnik tiene que ver con los megaproyectos financieros. Con la crisis económica y la llegada del neoliberalismo se pasa de unas ciudades en continua expansión cuyos gobiernos sólo deben administrar a unas ciudades en decadencia donde los gobiernos deben «emprender», atraer los flujos de turismo y capital. Surge así una nueva lógica de producción de la ciudad:

  • como los gobiernos locales no pueden endeudarse, recurren a mecanismos innovadores para financiarse y expandirse;
  • la tierra es uno de los recursos utilizables;
  • se atrae a inversores, interesados por el valor que esa tierra pueda generar;
  • el futuro de la tierra lo determina el inversor, en función de sus valores e intereses,
  • el destino de los que ocupasen la tierra anteriormente es irrelevante para el modelo; es tarea de los gobiernos entregar terrenos «limpios».

Lo hemos visto mil veces en China, pero se da en estados de todo el mundo.

Este nuevo proceso de producción de la ciudad también lleva al márqueting urbano, al IloveNY, a la competición entre ciudades por volverse globales, al efecto Guggenheim, por citar sólo unos pocos casos ya tratados en el blog. Pero también la aparición de las iniciativas público-privadas, donde se cede espacio público urbano para que lo exploten compañías privadas; o, en un salto considerable, a la expoliación y expulsión de las bolsas de pobreza en cuanto aparecen nuevos intereses en la ciudad como los Juegos Olímpicos, la Copa del Mundo o un Fórum de las Culturas (como ya vimos en palabras de Manuel Delgado). Las ciudades usan estos eventos para reconvertirse y reconfigurarse como destinos turísticos y del capital; por el camino, construyen grandes instalaciones y expulsan a los habitantes originales de la zona, mostrando, una vez más, el objetivo del urbanismo vinculado con el capital y, en palabras de Harvey, «los procesos de acumulación vía expoliación de los activos de los más pobres».

Casos similares se dan en la reconstrucción de los grandes desastres ecológicos: el huracán Katrina en Nueva Orleans, el terremoto de Haití de 2010, las inundaciones del tsunami en Indonesia. En este último caso, tras el tsunami surgió la oportunidad de transformar el territorio con la excusa de mejorar las condiciones de vida de la población; para ello, se delimitó una zona costera en la que no se podía construir y se alejó de ella a la población. Sin embargo, en poco tiempo esas zonas fueron vendidas a grandes empresas con intereses turísticos que las convirtieron en resorts de lujo para un público internacional.

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El uso de la palabra slum no es inocente. Se trata de identificar el vasto territorio autoproducido por los pobres en las ciudades con el estigma y, por lo tanto, de justificar las políticas de eliminación de esos espacios. El lenguaje de guerra frecuentemente empleado tampoco es inocente: se trata de controlar territorios estructurados bajo la lógica de las necesidades de supervivencia y de la invención, para que el capital financiero -la moneda que circula libremente, desencarnada de cualquier territorio- pueda allí posarse en paz.

Esta nueva forma de colonización opera tanto a través de la ocupación del territorio y de la sustitución de las formas de vida que allí existían, con desalojos forzosos y demoliciones, como del proceso cotidiano de construcción de los individuos consumidores y sujetos del crédito, ampliando los mercados y finanzas globales cultural y concretamente. (p. 273)