La ciudad de los ricos y la ciudad de los pobres, Bernardo Secchi

En 1972, Manuel Castells publicó un libro esencial que trataba de refundar la sociología urbana y que se situaba en la línea marxista (cuya lectura tenemos pendiente, claro), titulado La cuestión urbana. Se publicaba (en Francia) tres años después de Problemas de investigación en sociología urbana, donde Castells venía a decir que, más o menos, la sociología había ido dejando un poco de lado los datos y se había inventado temas sobre la ciudad que no eran propios de ella (algo que nos recuerda a la distinción entre la «antropologia de la ciudad» y la «antropología en la ciudad» de la que hablaba Homobono). Desde entonces, «la cuestión urbana» se ha convertido en un tropos común en la disciplina (por ejemplo, el libro de Andy Merrifield La nueva cuestión urbana).

El mismo concepto recupera Bernardo Secchi para La ciudad de los pobres y la ciudad de los ricos (publicado en Italia en 2013, leemos la edición de Libros de la Catarata, 2015, traducida por Teresa Arenillas Parra y Francisco López Groh). Secchi, gran urbanista italiano, sitúa como tema central del urbanismo la segregación creciente entre distintas clases sociales que se da en la ciudad de finales del siglo XX y principios del XXI. «La ciudad, lugar mágico, sede privilegiada de toda innovación técnica y científica, cultural e institucional, ha sido también máquina potente de diferenciación y separación, de marginación y exclusión de grupos étnicos y religiosos, de actividad y profesiones, de individuos dotados de identidad y reglas diferentes, de ricos y pobres» (p. 19). Secchi se refiere no sólo a las favelas, los slums o las gated communities, sino a toda una serie de «injusticias espaciales» que distribuyen a las personas en función de su nivel adquisitivo.

Secchi justifica, eso sí, su uso del concepto «nueva cuestión urbana»:

No es la primera vez en la historia occidental que una cuestión urbana destaca como un problema espinoso en el camino del crecimiento económico y social. Basta citar «la polémica del lujo» en el siglo XVIII (en realidad un debate sobre dónde debiera y pudiera producirse la primera acumulación capitalista), la «cuestión de la vivienda» en mitad del siglo XIX (un debate sobre las contradicciones implícitas en el paso de la producción a pequeña escala al sistema de fábrica, con la inevitable formación y concentración del proletariado en la ciudad industrial), la cuestión de la Grosstadt en la transición al siglo XX (argumento principal para Simmel, Kracauer y Benjamin, cuando, en el «desmesurado» territorio de la metrópoli, la sociedad se des-individualiza, la muchedumbre y el público se convierten en los nuevos sujetos políticos relevantes: Le Bon [La sociología de las masas, 1896], Tarde [La opinión y la multitud, 1901], Park [«La masa y el público, una investigación sociológica y metodológica», 1904], Riesman [La muchedumbre solitaria, 1948]). Finalmente, una nueva cuestión urbana basada sobre el «derecho a la ciudad» y estudiada, como es conocido, por Henri Lefebvre [El derecho a la ciudad, 1968], Manuel Castells [La cuestión urbana, 1972] y Michel de Certeau [La invención de lo cotidiano, 1980] sale a la luz en los años sesenta y setenta del siglo XX, cuando el modelo fordista de organización del trabajo des-individualizado decae y cuando, al mismo tiempo, la estructura de la sociedad se articula; cuando las clases medias crecen númericamente y en peso político, dando mayor importancia a la autonomía individual y, por tanto, a una nueva atención a lo que se refiere a la vida cotidiana y al «cuidado de sí mismo».

Cada una de las veces que la estructura de la economía y de la sociedad cambian –y aquí tenemos la segunda tesis– la cuestión urbana vuelve al primer plano: al inicio de la revolución industrial, al pasar la producción industrial del campo a la ciudad, de la manufactura al sistema de fábrica; cuando la organización del trabajo fordista-taylorista construye una sociedad de masas; a su término y, en fin, al principio de lo que Bauman asocia a la «sociedad líquida», Beck a la «sociedad del riesgo» y Rifkin a la «era del acceso». De estas crisis la ciudad ha salido, en el pasado, cada vez distinta: en su estructura espacial, en su modo de funcionar, en la relación entre ricos y pobres y en su imagen. (p. 22-23)

La primera tesis era que la nueva cuestión urbana giraba alrededor de la desigualdad social; la segunda, que las cuestiones urbanas surgen cuando la sociedad se modifica; y la tercera es «que el espacio, gran producto social construido y modelado en el tiempo, no es infinitamente maleable, no está infinitamente disponible ante los cambios de la economía, las instituciones y la política» (p. 28).

En este punto, Secchi inicia una disección de los dos grupos, ricos y pobres. No se anda con tonterías: es difícil precisar quién es rico y quién no, pero, como la distinción entre un valle y la cima, es algo que también entendemos todos de forma intuitiva (la comparación es suya, y muy acertada). Pese a que, en democracia, «el conjunto de los ricos es en principio un conjunto abierto», al que cualquiera puede acceder, sí que llevan a cabo «un principio indirecto de cooptación y exclusión selectiva: procura utilizar un conjunto de dispositivos, también de naturaleza espacial, para mantener a distancia a los que no forman parte de ellos, para obstaculizar la entrada de algunos y dar visibilidad a los miembros propios, definiendo reglas complicadas y a menudo redundantes de comportamiento interno del grupo» (p. 33).

Estas estrategias son muchas y muy variadas: incluyen el precio del suelo en las zonas donde habitan los ricos, la asistencia a clubes de campo o golf, restaurantes exclusivos, etc., (todo ello lo vimos tanto en La sociedad red de Castells como en Modernidad líquida de Bauman), pero también lo que Bordieu denomina «el capital cultural», es decir, la lista de conocimientos, aprendizajes, contactos, etc., de que disponen los ricos y que les permiten sobresalir en muchos más entornos.

Secchi sitúa a finales del siglo XVIII, primero en Inglaterra y luego en otros países con una creciente burguesía, el cambio en el «sistema de valores relativos al habitar y a la ciudad».

Lo doméstico comienza a asumir una importancia cada vez mayor por tres tipos de motivos: la presión de los movimientos evangélicos, para los cuales la casa se convierte en un microcosmos, núcleo de una sociedad ideal opuesta al mundo externo; los progresos tecnológicos y sanitarios, con la consecuente disminución de la mortalidad infantil y la mayor presencia de jóvenes en la familia; la separación, finalmente, de la familia y de la cada de las actividades profesionales u ocupacionales de las nuevas generaciones. El mundo burgués se separa en dos: en una especie de exterior, el mundo del trabajo y la ciudad, y en un interior, el mundo de la casa y de la familia» (p. 46).

Surgen la búsqueda del confort y el decoro, que se amplían desde el hogar hasta el teatro, la ópera, los parques y las calles arboladas. Aparecen los espacios «donde la burguesía se define como clase y construye, en los términos de Pierre Bordieu, el propio capital social y cultural. «El París haussmaniano, como el Londres victoriano, las áres del Ring de Viena y un poco más tarde el Milán burgués de Beruto son su escenificación plástica» (p. 47).

Un siglo después, a estas políticas de reconocimiento y expresión, al volverse el de los ricos un grupo más reducido, se les unen las de «separación y exclusión».

La gated community es la negación de la ciudad, pero se convierte, junto a las favelas y los barrios pobres que inevitablemente las acompañan, en representación espacial de las características de la nueva sociedad y de su política de distinción o, en otros términos, de inclusión/exclusión. Pero la gated community, como de forma más discreta el círculo, el club o los impenetrables beau quartiers y de manera más ambigua y adornada los numerosos ecobarrios europeos, es algo más: es un estado de suspensión del orden jurídico-institucional del Estado al que pertenece; es lugar de nuevas y específicas formas de gobernanza construida ad hoc y aceptada en un pacto de mutuo acuerdo por sus habitantes; es Estado dentro del Estado. (p. 50).

Palabras que nos recuerdan a los umbrales de que hablaba Stavrides, que proliferan por la ciudad como lugares de excepción y van ganando progresivamente espacio, aunque son lugares donde las leyes han quedado en suspenso, a menudo con la excusa de la seguridad necesaria. Pero también la selección histórica que llevan a cabo las ciudades no sólo al permitir la gentrificación (o hasta fomentarla) en sus barrios antaño obreros, sino también al escoger qué partes de su historia glorifican; y siempre suelen escoger la burguesa, la de los ricos, algo que no sorprende, si tenemos en cuenta que suelen ser miembros de dicha clase quienes hacen la elección (como nos explicaba Sharon Zukin al hablar de qué edificios de Nueva York son considerados históricos y cuáles no, o David Harvey al preguntarse cuál de las muchas historias de Barcelona escogía la ciudad privilegiar).

A pesar de su exclusividad y segregación, el grupo de los ricos no puede existir por sí mismo: «ninguna economía ha crecido solo gracias a la producción de artículos de lujo». Necesitan grandes masas de consumidores. Pero, como desde los años 70 las formas de producción se han modificado (el postfordismo o la acumulación flexible; o el espacio de los flujos, vaya), estamos «en una nueva fase de acumulación que requiere, aún más que en las épocas anteriores, la formación de grandes mercados».

El producto interior bruto del planeta aumenta, pero el crecimiento no se distribuye de acuerdo a la geografía tradicional, que privilegiaba las zonas de más antigua industrialización y desarrollo. Estamos asistiendo a una extraordinaria redistribución espacial de la producción y la creación de riqueza, que es acompañada por una igualmente extraordinaria redistribución de la población entre las diferentes partes del planeta, entre los diversos estados y dentro de los propios países. Gracias a esta redistribución algunos países logran emerger y alcanzar mayores niveles de bienestar; otros, los de más antiguo desarrollo, donde el welfare state fue originalmente inventado y experimentado, sufren las consecuencias en términos de desempleo, creciente dificultad de acceso al empleo de las generaciones más jóvenes y el aumento de la pobreza.

La urbanización violenta en América Latina, Japón, China, la India y varios países africanos –una urbanización que extrañamente no genera ahora las ansiedades que había producido entre finales del siglo XIX y principios del siglo XX en los países europeos y norteamericanos– es una de las formas a través de la cual se construyen grandes mercados espacialmente concentrados, homologados y globales. (…) Rara vez se quiere aceptar que la política urbana y del territorio son siempre parte ineludible de visiones y acciones de «biopolítica» más amplias; que la ciudad, imaginada desde siempre como el espacio de integración social y cultural por excelencia, se ha convertido, en las últimas décadas del siglo XX, en una potente máquina de suspensión de derechos de los individuos y de la colectividad. Esta política, como todas las políticas, ha requerido una ideología y una retórica: la ideología del mercado y la retórica de la seguridad. (p. 85-86)

Esta nueva cuestión urbana, concluye Secchi, nos brinda la oportunidad de replantear las relaciones entre la sociedad y el trabajo. El ejemplo que pone es el de los usuarios de transporte público de Los Ángeles, que se organizaron y presentaron una demanda contra la ATM de la ciudad cuando éstos pretendían abrir nuevas líneas que conectaban los suburbios (clase media, media-alta) con el centro (donde suelen trabajar estas clases) a costa de dejar a los barrios bajos sin servicio. Sin embargo, esta nota optimista final queda algo deslucida, pues depende de la voluntad de quienes sufren la segregación para ponerle solución o plantearle alternativa.

Ciudad de cuarzo, Mike Davis

Ciudad de cuarzo. Arqueología del futuro de Los Ángeles (1990, editada en España en 2003 por Lengua de Trapo con traducción de Rafael Reig), de Mike Davis, es conocida por retratar la capital de California como una ciudad polarizada donde los ricos se encierran tras muros cada vez más altos (gated communities y centros comerciales) y los pobres son criminalizados y semiconfinados en los barrios marginales. Sin embargo, la lectura revela que se trata de algo más profundo: una disección de la ciudad de Los Ángeles desde múltiples puntos de vista, un repaso a su historia (e historiografía), imaginario, construcción política, social y económica y, sí, también urbana.

Mike Davis es un rara avis. Marxista, activista, escritor, profesor de teoría urbana, historiador… A menudo se critica a sus libros por ser demasiado catastrofistas y apocalípticos (lo cierto es que predice la destrucción de Los Ángeles en unas cuantas ocasiones en este libro de 1990). El libro tiene más de narración periodística que de estudio sobre la ciudad; las fuentes, que son abundantes, en ocasiones cojean y dejan algunos datos como opiniones o como faits accomplis. Finalmente, algunos de los capítulos se estructuran como cajones de sastre donde van diversas historias relacionadas con un tema común; en otros, sí que es cierto, existe un hilo conductor bastante claro.

El primer capítulo trata sobre la construcción del imaginario de la ciudad a partir, sobre todo, de los escritores, autores e intelectuales que han vivido o emigrado a la ciudad. El segundo, sobre la historia económica de la misma. El tercera bucea en las raíces del concepto de suburbio y cómo se formó en California; este, junto al cuarto, que trata la distribución geográfica de la ciudad, y el quinto, la culpabilización y persecución de los pobres, son los que más atañen a los temas del blog. Finalmente, el sexto capítulo analiza los credos de los habitantes de Los Ángeles y el séptimo, a modo de conclusión, explica la historia de Fontana como ejemplo y compendio de todo lo anterior. Sin más, entramos en él.

La polarización social ha aumentado casi tan rápidamente como la población. Un reciente estudio sobre las tendencias de la renta doméstica en Los Ángeles durante los ochenta indica que la riqueza (rentas superiores a los 50.000 dólares) se ha triplicado (del 9 al 26 por ciento), mientras que la pobreza (por debajo de los 15.000) ha aumentado en un tercio (del 30 al 40 por ciento). Al mismo tiempo, se han hecho puntualmente realidad los peores miedos populares de hace una generación con respecto a las consecuencias de un excesivo desarrollo urbano a remolque del mercado. Décadas de falta de inversión sistemática en vivienda e infraestructura urbana, combinadas con subsidios grotescos para los especuladores, una calificación permisiva del suelo para el desarrollo comercial, la ausencia de planificación regional efectiva y los impuestos ridículamente bajos sobre el patrimonio de los más ricos, han hecho inevitable la pérdida de calidad de vida para las clases medias en las antiguas áreas residenciales, así como para las clases bajas de las ciudades. (p. XIX)

«Si Los Ángeles se ha convertido en el arquetipo de la unánime y dócil subordinación de la intelectualidad industrializada a los designios del capital, también ha sido terreno fértil para algunas de las críticas más agudas contra el capitalismo tardío y, en particular, contra las tendencias degenerativas de sus estratos intermedios» (p. 3). El ejemplo más claro de lo anterior: el género negro, tan popular en la ciudad tanto en el cine como en la literatura, que presenta la ciudad tanto como «utopía y distopía para el capitalismo avanzado».

«Por mucho que el surgimiento de Los Ángeles en el desierto fuera el resultado de gigantescas obras públicas, la construcción de la ciudad se ha dejado por el contrario a merced de la anarquía de las fuerzas de mercado, con muy escasas intervenciones del Estado, los movimientos sociales o las figuras públicas.» (p. 6) Aquí Davis empieza una reflexión sobre la visión o el imaginario que desarrolló tanto el cine como la novela negros sobre la ciudad; por desgracia, no entraremos a fondo en el tema. El Marlowe de Chandler, por ejemplo, «simboliza del mismo modo el pequeño empresario atrapado en su lucha con los bandidos, la policía corrupta y los ricos parasitarios (que normalmente son también quienes le contratan); un simulacro romantizado de la relación del escritor con los magnates y guionistas de los estudios» (p. 22). En algunos casos, el cine suavizaba la crítica (El sueño eterno, la novela «más anti-ricos de Chandler» convertida en «un ambiente erótico para Bogart y Bacall» por Howard Hawks, por ejemplo); las Crónicas marcianas «giran en torno a las contradicciones entre la búsqueda de nuevas fronteras hacia el oeste, a lo Turner, y la conmovedora nostalgia hacia la América de los pequeños pueblos» (p. 24). Se citan la inevitable Blade Runner, con su acertada visión distópica, descarnada y con preponderancia asiática; o la Menos que cero de Breat Easton Ellis y a James Ellroy.

Otra de las fuentes que han regado el imaginario de Los Ángeles son los exiliados: Adorno (con su diario Minima moralia escrito durante su exilio en la ciudad), Horkheimer, Brecht, Huxley, Isherwood «se quejaban amargamente de la ausencia de una civitas a la europea (o incluso al estilo Manhattan), con lugares públicos, multitudes sofisticadas, aura histórica e intelectuales críticos» (p. 30) De este núcleo surgió la visión de Los Ángeles como una «anticiudad» y la concepción de Estados Unidos, para los europeos, de algo distinto al mito del cowboy y el emprendedor que se tenía hasta entonces. Adorno y Horkheimer, especialmente, se fijaron para su Dialéctica de la ilustración en las casas unifamiliares y los suburbs que se extendían hilera tras hilera, con una «concepción de lo urbano» que «expulsaba del escenario tanto a las masas (en su encarnación heroica, como «motor de la historia») como a la intelectualidad crítica» (p. 31). Davis habla, incluso de los precursores de las «aventuras en la hiperrealidad» de Eco y Baudrillard, como Anton Wagner con su Los Ángeles. La ciudad de dos millones de habitantes en el sur de California (1935) o el Shadows in Paradise de Erich Maria Remarque. Y, por supuesto, «prácticamente todos los europeos denostaron la proletarización de la intelectualidad por parte de Hollywood» (p. 35).

Luego se creó un enorme ecosistema económico con el objetivo de generar una cultura autóctona en la ciudad. El edificio que lo ejemplifica es el centro Getty, un enorme complejo con museo, biblioteca o fundación privada; y el artista, Edward Ruscha, «tal vez el mejor ejemplo del aburguesamiento de la generación de Ferus después de los sesenta» (p. 51), convertido en una colección de imágenes pop sin contenido ideológico agresivo. «Los grandes promotores y sus socios financieros, junto con unos pocos magnates del petróleo y del espectáculo, han sido la fuerza motriz de esta alianza público-privada para construir una superestructura cultural con vistas a la proyección de Los Ángeles como «ciudad internacional» (p. 53).

Toda esta visión cristalizó en la obra de Reyner Banham Los Ángeles. La arquitectura de las cuatro ecologías (1971), donde elogiaba todo lo que hasta entonces había sido desdeñado por los críticos tradicionales («los automóviles, las tablas de surf, las casas en las laderas de la colina y algo llamado la arquitectura de Los Ángeles», p. 55). Según Banham, «las arquitecturas y el paisaje polimorfo de Los Ángeles obtenían una unidad inteligible gracias a la red de autopistas en una metrópolis que hablaba el lenguaje del movimiento, no el del monumento» (p. 55). El libro «estableció los parámetros (vernáculo, descentralizado y promiscuo) que continúan siendo el marco para la visión que tiene el mundo del arte de lo que ocurre en California» (p. 56).

Davis acaba este primer capítulo hablando de la Escuela de Los Ángeles. Si la Escuela de Frankfurt se denominó así por su base y la de Chicago, por su objeto de estudio, la de Los Ángeles tiene un poco de ambas: «al mismo tiempo que estudian Los Ángeles de forma sistemática, los investigadores de UCLA se interesan más en sacar jugo a la metrópolis, al estilo de Adorno y Horkheimer, como laboratorio del futuro» (p. 64). En efecto, durante la década de los 80 y 90 se percibía la ciudad como un emblema de lo que estaba por suceder, un lugar enorme donde confluían los flujos de la globalización, el postfordismo, las grandes conurbaciones, la territorialización/desterritorialización, las inversiones llegadas desde Asia… Los dos grandes nombres de la Escuela son Edward Soja (del que leímos tanto Postmetrópolis como un artículo aparecido en Variaciones sobre un parque temático) como el propio Davis (otros nombres serían Dear, Scott o Storper, como vemos en esta introducción a la escuela en el blog multipliciudades de Álvaro Sevilla-Buitrago).

El segundo capítulo es una historia económica de la ciudad, que no reseñamos. El tercero empieza con tres hipótesis (prácticamente axiomáticas) sobre «la vida en las áreas residenciales de unifamiliares de Los Ángeles» (que nosotros denominaremos suburbios):

  • Hecho 1: «los propietarios de viviendas de Los Ángeles (…) aman a sus hijos pero aún quieren más al valor de sus bienes inmuebles»;
  • Hecho 2: en la ciudad, «comunidad significa homogeneidad de raza, clase y, especialmente, de valor de los inmuebles». Las denominaciones de lugares o los carteles que las identifican no tienen validez legal alguna.
  • Hecho 3: «El movimiento social más poderoso en el sur de California contemporáneo es el de los vecinos de clase acomodada que se organizan en nombre de comunidades o de barrios y que se implican en la defensa del valor de sus inmuebles y de la exclusividad del vecindario» (p. 126-127).

Todo lo cual, claro, eclosiona en las actuales gated communities, espacios cerrados de acceso exclusivo para sus habitantes con protección privada las 24 horas del día.

Davis sitúa la historia de estas primeras asociaciones de propietarios, que se unían con un fin común (a menudo, mantener los precios y la exclusividad de sus zonas, tanto económica como racialmente) en los años 20, cuando las primeras comunidades privilegiadas (el Westside) construían un «muro blanco» alrededor de la comunidad negra de Central Avenue (p. 134) con el objetivo de impedir a los negros comprar viviendas en su zona, no tanto por racismo estructural (o puede que sí) sino porque la llegada de estos negros haría bajar el precio de la zona.

En los años 50 existía otra herramienta: constituirse como pequeños ayuntamientos independientes. Esto permitía, sobre todo, manejar la poderosa herramienta de las calificaciones del suelo. Por otro lado, también implicaba la necesidad de financiar todos los servicios sociales necesarios para la población, por lo que sólo algunas zonas privilegiadas se lo podían permitir (Beverly Hills o San Marino). Pero pronto dieron con un método para quedarse con lo bueno y obviar lo malo: el plan Lakewood.

Para impedir el recorte de presupuesto y de mano de obra que acarrearía la autonomía, e igualmente en contra de cualquier forma de consolidación metropolitana, los supervisores del condado de Los Ángeles le permitieron a Lakewood contratar los servicios vitales (bomberos, policía, biblioteca, etcétera) a los precios de coste resultantes de la economía de escala del condado (es decir, indirectamente financiados por todos los contribuyentes del condado). Esto permitió a las comunidades residenciales de las afueras reclamar el control sobre la calificación y la determinación de zonas urbanas, sin tener que arrostrar la carga proporcional de gastos públicos. (p. 139)

Por si no fuese poco, luego se aprobó la Ley Bradley-Burns, en 1956, que «permitía a todos los gobiernos locales del estado recaudar un impuesto uniforme sobre las ventas del 1 por ciento». Es decir: las áreas de las afueras, donde a menudo se levantaban los centros comerciales, podían financiarse mediante un impuesto directo (y por lo tanto, regresivo, porque se aplicaba a toda la población por igual) en vez de mediante impuestos sobre el patrimonio, que son regresivos y penalizan a quien más tiene.

No hace falta decir que, al proporcionar una escapatoria tan atractiva para esquivar la ciudadanía municipal corriente, el Plan Lakewood alimentó la huida de los blancos de Los Ángeles, reduciendo al mismo tiempo la capacidad de la ciudad para responder a las necesidades de la creciente población con rentas bajas y en régimen de alquiler. (p. 139)

Lógicamente, estas decisiones políticas aumentaron la segregación residencial. Por ejemplo, la población negra de Los Ángeles en 1980 era del 13 por ciento pero 52 de las 83 ciudades (30 de la cuales, siguiendo el Plan Lakewood) tenían una población negra del 1% o menor. Análogamente, el condado de Orange (concebido como un Plan Lakewood a lo grande) tiene un 0.6% de viviendas negras. Davis denomina a este proceso un «derecho a marcharse» financiado con dinero público «así como una poderosa razón nueva para organizarse en torno a la protección del valor de sus inmuebles y sus estilos de vida» (p. 142).

La historia del activismo de los propietarios en el sur de California se divide en dos épocas: la primera, entre 1920 y 1960, consiste en el «establecimiento de la utopía burguesa: la creación del entorno residencial, racial y económicamente homogéneo para mayor gloria de la vivienda unifamiliar»; y el siguiente periodo, la defensa de estos enclaves frente a una serie de enemigos (p. 143), en ocasiones reales y en otras imaginarios. Por un lado, el nuevo urbanismo (nacido del racionalismo de Le Corbusier) pregonaba que edificios de apartamentos para la clase media. Por el otro, el propio desarrollo a gran escala amenazaba «las instalaciones al aire libre, que eran la base del estilo de vida y el valor de los inmuebles ricos»(p. 143). Esta lucha confluyó con el «movimiento medioambiental patricio» que trataba de defender los enclaves ecológicamente importantes de la ciudad, como las montañas de Santa Mónica, una serie de colinas donde se levantan la flor y nata de las mejores viviendas de la ciudad.

En definitiva, es una batalla, clásica en determinadas zonas de Estados Unidos, entre vivir en zonas unifamiliares, cada cual con su hogar y su espacio, algo ecológicamente muy contaminante, ya que requiere el vehículo para todo, entre muchos otros defectos, o vivir con una mayor densidad. A esta batalla se le fueron sumando, con el tiempo, otra gran cantidad de factores, como el hecho de que cada vez son necesarias mayores autopistas para absorber el desmesurado número de vehículos de la ciudad o que las depuradoras de agua de la ciudad no dan abasto para tal cantidad de personas repartidas en un espacio tan desmesurado (aquí es donde leemos al Davis más apocalíptico).

La forma actual que toma esta lucha ya la apunta Davis al final del capítulo: Not In My Back Yard, traducido como «en mi jardín, no»: la pataleta de los propietarios de que toda necesidad social que implique alguna posible molestia sea construida lejos de su hogar. Ya sea una depuradora, un vertedero, una sinagoga o incluso las líneas de un tren que hubiese facilitado el acceso al centro de la ciudad a los trabajadores de la periferia y que se acabó convirtiendo en un subterráneo, mucho más caro, para no molestar el descanso semanal del sabbath de una comunidad judía (p. 178).