Los sociólogos de la ciudad, Gianfranco Bettin

Los sociólogos de la ciudad es un libro de Gianfranco Bettin de 1979 que trataba de sistematizar los conocimientos de la sociología urbana hasta dicha fecha. No era una época casual: tanto Lefebvre como Castells ya habían publicado (el primero prácticamente toda su obra, el segundo acababa de empezar pero ya había dado un par de golpes sobre la mesa con Problemas de investigación en sociología urbana (1971) y La cuestión urbana (1972)). Bettin hace una relectura de los principales autores que han investigado el hecho urbano, y ahí surge el que, si acaso, es el único reproche que le podemos hacer: que muchos de esos lugares ya los hemos transitado. Pero eso no es, ni mucho menos, un reproche hacia su obra o hacia sus análisis, por lo que éste se convierte en un muy buen manual para interesarse por la materia.

Bettin dedica los tres primeros capítulos a analizar, a fondo, a tres autores que se podrían considerar precursores de la sociología urbana, si bien dos de ellos no estudiaron, per se, el hecho urbano: Weber con La ciudad y su análisis de la ciudad medieval, y Marx y Engels, que, si bien no entraban directamente en el hecho, no olvidemos que tanto la burguesía como el proletariado son clases evidentemente urbanas. Además, Engels dedicó toda una obra al problema de la vivienda, por lo que eran manifiestamente conscientes de las condiciones urbanas en que se vivía. El tercer autor sí que se centró en el hecho urbano, en concreto, en la forma en que la mente de los habitantes de la ciudad deja de lado el pensamiento emocional y se centra en una actitud racional, marcada por el dinero y por el hastío ante tanto estímulo. Sí: se trata de Simmel, la actitud blasé del ciudadano y la obra Las grandes urbes y la vida del espíritu (o Las metrópolis y la vida mental, depende de la traducción).

La Escuela de Chicago merece dos capítulos: el primero, dedicado a la ecología urbana de Park, Burgess y McKenzie, al estudio de las áreas naturales y a los diagramas de anillos concéntricos del tercero, que fueron evolucionando a medida que lo hacía su comprensión de la ciudad. El segundo está dedicado al urbanismo de Louis Wirth, del que ya leímos «El urbanismo como forma de vida«.

El sexto capítulo, y el que más nos interesa en el blog, trata los dos estudios que llevó a cabo el matrimonio Lynd en una «ciudad media» de Estados Unidos. La gracia del asunto es que hicieron el primer estudio antes del crack del 29 y el siguiente unos años después, con lo que pudieron comprobar, de primera mano, los cambios que habían sucedido. Los dos últimos capítulos tratan la obra de Henri Lefebvre y los primeros libros de Castells, que ya hemos reseñado en el blog, por lo que sólo los trataremos brevemente. Sin más preámbulo, vamos al estudio de los Lynd.

Las investigaciones de Robert y Helen Lynd representan dentro de este sector del trabajo sociológico una contribución pionera ya clásica que, sin embargo, sigue teniendo el valor de un modelo al que es conveniente todavía referirse. Como ya es sabido, se trata de un estudio sobre una pequeña ciudad del Middle West, realizado en el curso de dos periodos importantes de la historia norteamericana moderna, caracterizados respectivamente por la difusión del proceso de industrialización en todo el territorio nacional y por la Gran Depresión. (p. 110)

Middletown: A Study in Modern American Culture, publicado en 1929, cubre el periodo entre 1890 y 1925, aproximadamente. El estudio empezó en 1924 y supuso bastante trabajo de campo en la ciudad de Muncie, en Indiana (aunque los autores no concretaron el lugar y hablaron de «una población de treinta y pico mil habitantes»). Durante sus observaciones, que cubren una época de bonanza y crecimientos económicos, los Lynd se dan cuenta de que existen dos grandes grupos sociales: la working class y la bussiness class. «En general, los miembros del primer grupo orientan sus actividades lucrativas especialmente hacia las cosas, utilizando instrumentos materiales en la fabricación de objetos y en el cumplimiento de servicios, mientras que los miembros del segundo grupo dirigen sus actividades hacia las personas, en particular, vendiendo o difundiendo cosas, servicios o ideas.» La clase «obrera» está constituida por el 71% de los sujetos económicamente activos y la clase «empresarial», por el 29% restante, y los Lynd constatan que «el simple hecho de haber nacido en una o en otra parte de la vertiente,constituida grosso modo por estos dos grupos, representa el factor cultural específico más significativo que influye en lo que una persona hace durante el día en el curso de su vida».

Enfocando en la clase obrera, se dan cuenta de que son los que más sufren las consecuencias de los cambios económicos. En general provienen de entornos campesinos y, en apenas una generación, la mayoría de sus constantes sociales cambian. Las mujeres, hasta entonces madres y esposas, deben buscar trabajo para adaptarse al nuevo entorno económico, con lo que ya no pueden ocuparse en la misma medida de la crianza de los hijos. Este papel recae en la educación, donde, sin embargo, los hijos de la clase obrera no pueden competir con los de la clase empresarial: los segundos tienen un coeficiente intelectual mayor (teniendo en cuenta que «distintas circunstancias sociales influyen en el nivel de inteligencia», por lo que suponemos que se mide como una variable coyuntural, no permanente).

Por otro lado, el trabajo de los obreros se lleva a cabo en entornos industriales, a menudo con máquinas. Su única valoración en el trabajo es la capacidad que tenga para resistir la repetición constante del vaivén de la máquina: dan igual su destreza o su actitud, por lo que, en general, el único valor proviene de su edad y mengua con el paso del tiempo. Además, y puesto que los obreros se convierten en una población flotante que migra en función de la demanda de trabajo, sus raíces con la comunidad son más débiles y habitan en las zonas menos agradables del lugar.

Por contra, los miembros de la bussiness class «participan activamente en la vida de varios círculos ciudadanos» e incluso «fundan nuevos círculos sobre la base paraprofesional», generando una vida asociativa entre ellos que «convierte a la bussiness class en la única clase social consciente de sus funciones y de sus intereses, es decir, organizada para una enérgica defensa frente al resto de la comunidad» (p. 115).

En cuanto a la movilidad social, se llega a una conclusión unívoca: no existe.

La movilidad social es un valor-mito, un elemento cultural que forma parte de una ideología tradicional que ya no tiene sentido, desmentida por la realidad de manera muy clara sobre todo en esta primera fase de expansión capitalista. Los obreros no sólo no tienen la posibilidad concreta de abandonar su condición de asalariados y de transformarse en pequeños empresarios, puesto que el mercado está ya controlado por empresas mecanizadas, con abundancia de capital, sino que incluso en el ámbito del trabajo de fábrica tienen muy pocas oportunidades de mejorar. Y esto ocurre por dos motivos: la no disponibilidad de puestos de encargados y la tendencia, debido al desarrollo del sistema administrativo, a emplear a niveles intermedios personales técnicamente preparados; el obrero común, totalmente agotado por su trabajo cotidiano, no tiene ni tiempo ni energía para adquirir este tipo de conocimiento. (p. 116)

Por ello, la clase obrera suele volcar sus esperanzas en la educación, para que sus hijos sí que disfruten de esa ansiada movilidad social, aunque también luego ahí encontrarán escollos, puesto que no es su «destino natural». «Se puede decir entonces que en Middletown no existe conflicto de clase. Es más correcto hablar de convivencia, una convivencia basada en la distancia social y en la indiferencia. La confrontación cotidiana entre las clases, en muchas áreas de la vida comunitaria, no se traduce en un conflicto abierto organizado; ni siquiera podemos decir que el conflicto esté latente» (p. 116).

En 1935, los Lynd vuelven a Muncie para comprobar los efectos de la crisis sobre la población. El estudio resultante, Middletown in Transition: A Study in Cultural Conflicts se publicará en 1937. Este segundo estudio lo llevaron a cabo muchos menos investigadores que el primero, por lo que no es tan exhaustivo. El gran foco se centra en la familia X, una determinada familia que ejerce un gran poder sobre la comunidad.

La crisis llega a Middletown algo más tarde que a las grandes capitales norteamericanas pero, cuando lo hace, arrasa entre los obreros: uno de cada cuatro pierde el empleo durante el primer año. La clase empresarial, sin embargo, se obceca empecinadamente en negarse a aceptar la existencia de dicha crisis. Pero, cuando los obreros empiezan a sindicarse y a organizarse, la clase empresarial «reaccionará incrementando la organización interempresarial e intentará desalentar por todos los medios la organización de la mano de obra. Se extiende también un credo cívico basado en tres principios relacionados entre sí, según los cuales una producción en función del provecho, una ciudad sin sindicatos y «un mercado favorable al trabajo» (es decir, con una oferta de mano de obra que exceda a la demanda) son las condiciones necesarias para salvaguardar el interés común y el bienestar de toda la ciudad» (p. 118).

Por otro lado, la estructura de clases, tan clara en los años 20, se ha complicado bastante (aunque esta parte es algo vaga, seguramente porque los Lynd no pudieron recabar datos definitivos). Cada una de las dos clases anteriores se ha dividido en tres subgrupos, a saber:

  • un grupo pequeño de banqueros, grandes empresarios y directores de empresas nacionales con sede local, que orbita alrededor de la familia X y se define como el núcleo de la anterior clase empresarial; «actúa como grupo de control y fija también los estándares comunitarios de comportamiento de consumo y tiempo libre»;
  • un segundo grupo formado por empresarios menos relevantes, comerciantes o profesionales liberales que también actúa como grupo socialmente homogéneo y que, en ocasiones, se opone a las decisiones del grupo anterior, aunque en otras lo apoya de forma férrea;
  • un grupo residual dentro de la clase empresarial, que siguen formando parte de ella pero nunca alcanzarán el «nivel» de los dos grupos anteriores;
  • el cuarto grupo lo forma la «aristocracia local obrera», es decir, los capataces de fábrica, por ejemplo, que coincide en estándares de vida y en aspiraciones con «la clase media asalariada»;
  • el quinto estrato son los obreros, en el sentido más amplio;
  • y el sexto estrato lo forman el subproletariado y obreros sin trabajo estable.

Pero en la estructura de Middletown, a medida que se vuelve más compleja, también influyen otros factores, como ser o no miembro de una «vieja familia», que confiere un determinado prestigio social; o las creencias religiosas o ser blanco o negro, «la línea de división más profunda que la comunidad admite ciegamente» (p. 123). A medida que la población crece (pasó de los 36.500 habitantes del primer estudio a cerca de 47.000 en el segundo), la cohesión social se reduce. Despunta entonces el primero de los seis grupos analizados, el de las mayores rentas (y la familia X), que luchan con mayor denuedo por mantener la unidad social que, «aunque se trate de un objetivo que se alcanza sólo aparentemente, será perseguido para poder mantener un nivel de integración que permita a los pocos que ostentan el poder conservarlo y ejercerlo sin molestias.

Por un lado, éstos se preocuparán de «invocar cada vez más toscos símbolos emotivos de tipo no selectivo que les permitan guiar a las masas» y, por otro lado, representan la única fuente autorizada de ideologías y símbolos para la comunidad, la cual no será ya capaz de dar vida de forma espontánea y desde abajo a una cultura autónoma e independiente. (p. 124)

Es decir: a medida que la estructura social se vuelve más y más compleja, sólo los grupos de poder ya organizados y con medios suficientes son capaces de establecer los temas y símbolos de cohesión de la totalidad, que pueden, o bien aferrarse a ellos, o bien rechazarlos; pero que se ven forzados a una toma de posición frente a ellos.

Bettin acaba elogiando el hecho de que, a diferencia de la Escuela de Chicago, que pretendía obtener conclusiones universales aplicables a toda ciudad a partir del estudio de la capital de Illinois, los Lynd «tienen tendencia a restringir el ámbito de aplicación de su interpretación sociológica a la comunidad local que les ha proporcionado el material de observación empírica».

El siguiente capítulo está dedicado a la obra de Lefebvre, (La producción del espacio, El derecho a la ciudad), de la que citamos sólo algunas frases:

  • «La urbanización total es la hipótesis guía de Lefebvre: la historia de la sociedad se traduce en movimiento hacia su progresiva urbanización.» (p. 126)
  • «La industria se somete a la urbanización que ella misma ha provocado, y esta fase es la que confiere significación a la revolución urbana, fase de transición que desembocará en una nueva era: lo urbano, que representa el final de la historia.» (p. 128)
  • La naturaleza social de las fuerzas productivas se vislumbra hoy en la producción social del espacio. La producción del espacio no es ciertamente un hecho históricamente nuevo; los grupos dominantes plasmaron siempre su espacio urbano. El hecho nuevo, en cambio, es evidente en la extensión sin precedentes de la actividad productiva, donde el capitalismo está interesado en emplear el espacio en la producción de plusvalía.» (p. 131)
  • «El urbanismo olvida las necesidades sociales; víctima del fetichismo del espacio se ilusiona en crear el espacio, pensando que de este modo controlará también de la mejor manera la vida cotidiana y creará nuevas relaciones sociales entre los habitantes de la ciudad.» (p. 132)

La ciudad y otros ensayos de ecología urbana (II): la ciudad como laboratorio

En la anterior entrada de este libro, que recoge algunos de los principales artículos escritos por uno de los miembros de la Escuela de Chicago, Robert Ezra Park, sobre ecología urbana, situamos el contexto histórico y los antecedentes de la Escuela. Chicago durante el siglo XIX creció de forma extraordinaria, pasando de apenas 5 mil habitantes en 1840 a casi 4 millones en 1920. Lógicamente, una gran mayoría de ellos eran inmigrantes que provenían de muy distintos contextos y que se organizaron como buenamente pudieron. A ello habría que sumarle el liberalismo americano, con su completo laissez-faire para los negocios, la movilidad personal e individual, el desarrollo de los medios de transporte y comunicación y la delincuencia, gangsterismo, ley seca, organización en bandas… que llevaron a tratar de entender Chicago como un «laboratorio social».

El primer Departamento de Sociología de Estados Unidos se fundó, precisamente, en Chicago, de la mano de su primer director, Albion Small. Como la mayoría de los sociólogos de la época, abordaban el estudio de la ciudad con una mezcla de interés filosófico y reformismo cristiano. A diferencia de muchos otros intelectuales norteamericanos, sin embargo, Small, como posteriormente Park, había estudiado en Alemania, donde se tenía una visión algo diferente de la ciudad: en vez de considerarla un entorno embrutecedor, opuesto a la naturaleza idealizada o a la comunidad, desde el continente se percibía la ciudad como un lugar de socialización avanzada y compleja. Park, además, había trabajado durante una década como reportero y eso le hizo tener una visión muy clara de la ciudad como algo estructurado en áreas de influencia; de hecho, las comparaban con las comunidades de animales, que nacían, evolucionaban, envejecían y acababan muriendo en función de su adaptación al medio. Se trataba de la ecología humana.

«La ciudad. Sugerencias para la investigación del comportamiento humano en el medio urbano» es un artículo de Park publicado en 1915 que fue revisado para su publicación en el libro, editado junto a su colega de la Escuela de Chicago Ernest Burgess, The City (1925). En él aborda, desde una perspectiva empírica, el estudio de la ciudad desde una nueva perspectiva que él mismo define:

Denominamos ecología humana, para distinguirla de la ecología vegetal y animal, a la ciencia que trata de aislar esos factores y describir las constelaciones típicas de las personas e instituciones producidas por la convergencia de tales fuerzas. (p. 49)

La ciudad, ha dicho Park al principio del artículo, es algo más que un territorio concreto o una suma de calles, edificios, alumbrado y tranvías: «es sobre todo un estado de ánimo, un conjunto de costumbres y tradiciones, de actitudes organizadas y de sentimientos inherentes a esas costumbres, que se transmiten mediante dicha tradición». Por «esos factores» y «esas fuerzas» en la descripción de la ecología humana se refiere Park a las circunstancias que conforman la ciudad como un agrupamiento, más o menos ordenado, de personas distribuidas en áreas más o menos definidas. Si la antropología, hasta el momento, se había dedicado a estudiar a los salvajes de lugares lejanos (África, Oceanía, el Pacífico, el Amazonas), Park propone el estudio del «hombre civilizado», «un objeto de investigación igualmente interesante». Propone, de hecho, que se estudien Little Italy, el Lower North Side de Chicago e incluso Greenwich Village de Nueva York. Y cae aquí en la que será la gran crítica posterior a la Escuela de Chicago (que podemos leer, por ejemplo, en Harvey, pero también en el capítulo que Francisco Javier Ullán de la Rosa dedica a la Escuela): que siempre pensaron que el objeto de estudio eran los inmigrantes, los pobres, los negros; pero nunca los blancos anglosajones de clase media. Daban a entender, así, que había una normalidad, un término medio, en el que se disolverían las otras razas, naciones, credos u orígenes, el famoso melting pot, el crisol que formaría una clase media uniforme (aunque no usaron esas palabras, lógicamente).

Park propone cuatro grandes ámbitos temáticos para abordar el estudio de la ciudad. El primero de ellos, El plano de la ciudad y la organización formal, tiene mucho que ver con la idiosincrasia de las ciudades norteamericanas: el terreno está organizado en forma de damero, con enormes calles horizontales y verticales que crean manzana tras manzana. Eso responde a la construcción ortogonal de las ciudades norteamericanas, de escasos tres o cuatro siglos de antigüedad; cualquier ciudad europea con dos milenios de historia y una morfología muy distinta presentaría otras complejidades. En este espacio, a priori, igual en todas sus partes, sin embargo, la población no tarda en organizarse en función de algunos de sus atributos: el centro se vuelve más caro, la gente de menor capacidad económica se va a las afueras, se organizan por comunidades… ¿Cómo se distribuye la población en este terreno?, es la primera de las preguntas que Park propone abordar para entender la ciudad. Las siguientes tratan sobre los vecindarios y comunidades que se forman así como las áreas de influencia de la ciudad y sus «áreas de segregación», las afueras donde se reúnen los delincuentes.

El segundo grupo temático se articula alrededor de La organización industrial y el orden moral. La ciudad pasó de ser un lugar de refugio para sus habitantes a un enorme nodo comercial; y gran parte de su éxito hasta nuestros días se debe a que en ningún otro lugar del planeta está tan acusada la diferenciación y especialización laboral. Profesiones que no pueden existir en ningún otro lugar existen en las ciudades, pues la densidad lo permite; lo mismo sucede con ciertos negocios, ciertas actitudes o hasta determinados grupos de personas, estadísticamente escasos pero visibles en las grandes concentraciones urbanas.

Esta especialización genera comunidades que no pueden existir en entornos más pequeños y que se organizan alrededor de sus intereses, ya sean comerciales, sociales, individuales.

El dinero es el medio fundamental de la racionalización de los valores y de la sustitución de los sentimientos por los intereses. Precisamente porque no experimentamos frente al dinero ninguna actitud personal o sentimental, como la que experimentas, por ejemplo, frente a nuestra casa, el dinero se convierte en el medio más preciso de intercambio. (p. 61)

Oímos aquí ecos de Simmel en «Las grandes ciudades y la vida del espíritu«. Pero este interés y las comunidades que genera son inestables, pues son cambiantes y están sometidas a procesos de reajuste continuos. Existe la movilidad, tanto física (transportes, nuevas líneas de metro o ferrocarril, nuevas carreteras) como social (ascenso, caída, matrimonio o hijos, etc.). La inestabilidad en las ciudades es crónica; forma parte de su existencia.

La ciudad, y en particular la gran ciudad, en la que por todos lados las relaciones humanas son probablemente impersonales y racionales, regidas por el interés y el dinero, constituye en un sentido muy real un laboratorio de investigación del comportamiento colectivo. Las huelgas y los pequeños movimientos revolucionarios son endémicos en el medio urbano. Las ciudades, las grandes en particular, se encuentran en un estadio de equilibrio inestable. De ahí deriva que los inmensos agregados, ocasionales y mutables, que constituyen nuestra población urbana, se encuentren en continua agitación, barridos por cada nuevo viento doctrinal, sujetos a constantes alarmas; y en consecuencia, la comunidad está en una situación de crisis permanente. (p. 64)

Lo que también nos recuerda a la efervescencia social de Durkheim.

El tercer campo de estudio se centra en las Relaciones secundarias y control social. Los cambios sociales que se produjeron en las ciudades durante el siglo XIX llevaron a que las relaciones primarias, las que se dan por ejemplo en el seno de una comunidad, sean substituidas por las secundarias, que son relaciones indirectas. Si las primeras están regidas por el tacto, la vista y el contacto y «son inmediatas e irreflexivas», las secundarias se organizan según la razón y están mediadas por el interés y el desapego. Se pasa de un panadero al que conocemos de toda la vida y del que sabemos detalles familiares y hasta íntimos a un dependiente con el que apenas tenemos un breve intercambio regido por la función: la de vendernos el pan, al tiempo que, a su vez, nos amoldamos a otra interpretación, la de cliente, ambos roles con todas sus características asociadas (y oímos aquí ecos de Goffman en, por ejemplo, La presentación de la persona en la vida cotidiana).

Otro aspecto que Park engloba en este campo de estudio es el de la reproducción social (aunque no usa el término): el trasvase de información de una generación a la siguiente, además del papel que puedan jugar los medios de comunicación, así como la política, en la estructura de estas comunidades.

Finalmente, el cuarto campo es El temperamento y el medio urbano. Puesto que los individuos urbanos habitan un entorno tan complejo, denso y especializado, es habitual que deban pasar de un ámbito a otro de forma cotidiana; para ello desarrollan formas de asimilación o desapego con cada uno de estos grupos. Surgen entonces las modas, «la presentación», los recursos que se usan para evidenciar una u otra posición social al resto de los habitantes de la ciudad sin necesidad de tener que explicitarlos en cada caso.

Esto hace posible que los individuos pasen rápida y fácilmente de un medio moral a otro y alienta la fascinante aunque peligrosa experiencia de vivir al mismo tiempo en mundos diferentes y contiguos, pero por lo demás completamente separados. Todo eso tiende a conferir a la vida urbana un carácter superficial y casual, a complicar las relaciones sociales, y a producir nuevos y divergentes tipos de individuos. Esto introduce al mismo tiempo un elemento de azar y de aventura que se añade a la excitación de la vida urbana y le otorga un atractivo particular para los temperamentos jóvenes y fogosos. (p. 79)

Las regiones, añade Park, no son sólo de interés o por comunidades: pueden surgir también regiones morales, «zonas de vicio» o barrios chinos, donde no es necesario vivir pero que uno puede visitar por un rato.

El siguiente artículo de esta antología, «La comunidad urbana como modelo espacial y orden social«, publicado en 1925, aborda el mismo tema pero sin tanto contexto: equipara las comunidades de personas, definidas en un territorio concreto de la ciudad y formadas por una amalgama de personas con intereses comunes, con una célula o especie animal.

La comunidad, a diferencia de los individuos que la componen, tiene una duración de vida indefinida. Sabemos que las comunidades nacen, se desarrollan, alcanzar su plenitud durante un tiempo y después declinan. (p. 92)

Sin embargo, esta comparación entre comunidades y evolución lo lleva a considerar, unos párrafos más adelante, que la construcción que se ha dado en las ciudades norteamericanas, en concreto en Chicago, es la natural.

Además, en la periferia de la ciudad, los suburbios industriales y residenciales, las ciudades dormitorio y las ciudades satélite parecen encontrar, de manera casi natural e inevitable, su emplazamiento predeterminado. Dentro de la zona delimitada, de un lado, por el distrito central de negocios y, de otro, por los suburbios, la ciudad tiende a adoptar la configuración de una serie de círculos concéntricos. Estos distintos sectores, situados a diferentes distancias del centro, se caracterizan por grados desiguales de movilidad de la población. (p. 94)

Park no describe las ciudades: describe una ciudad concreta, encajada en un contexto muy determinado: la acumulación capitalista. Pero no han llegado aún los años 60 ni se ha planteado La producción del espacio (lo hará Lefebvre en unas tres o cuatro décadas), que llevar a cuestionar que cada espacio articulado es, en el fondo, producido y refleja, en determinada manera, el poder presente en su momento.

Los siguientes tres artículos son prólogos a otras tantas obras de otros miembros de la Escuela de Chicago: The Gang, de Trasher (1927), donde analizaba las 1313 bandas callejeras de Chicago (se sospecha que redondeó el número para dejarlo bonito) y donde introdujo el concepto de espacio intersticial; The Ghetto (1928), de Louis Wirth, que estudiaba tanto el barrio judío de Chicago como los lugares donde habitaban los judíos de la ciudad; o The Gold Coast and the Slum (1929), de Zorbaugh, que se centraba en el Lower North Side, «un conglomerado de áreas naturales que contiene la Pequeña Sicilia, la Costa Dorada y, entremedio, un extenso sector residencial» (p. 119).

«La ciudad como laboratorio social» (1929) recoge una apreciación que hizo Albion Small al comprar Chicago con un «laboratorio social», un lugar donde analizar lo que le sucedía a la sociedad cuando se formaba de forma tan veloz y convulsa como le había pasado a Chicago. La ciudad es la cúspide de la socialización, el único entorno totalmente generada por sí mismo que ha creado el hombre. En ella, por ejemplo, el campesino llegado del medio rural «se emancipa del control social de la costumbre ancestral, pero al mismo tiempo no encuentra el sostén de la sabiduría colectiva que le ofrecía la comunidad campesina: queda a merced de sí mismo» (p. 116).

Los primeros estudios de la ciudad, recuerda Park, «fueron más prácticos que teóricos». Entre ellos destaca la Hull House de Jane Addams, de la que hablamos en la entrada anterior, y que pretendía mejorar las condiciones de vida de los pobres. O el enorme estudio que llevó a cabo Charles Booth en Londres, en 1888, publicado en nueve volúmenes: Life and Labor of the People of Londonm (1892). «Lo que dio gran ímpetu a las investigaciones locales en los Estados Unidos fue la creació de la Fundación Sage en 1906 y la publicación entre 1909 y 1914 de los resultados del Estudio de Pittsburgh.» Pittsburgh era una ciudad claramente industrial, por lo que el estudio tuvo en cuenta ese aspecto a la hora de analizar las condiciones de vida de la ciudad. Incluyó la técnica y cómo cambiaba el día a día de sus habitantes; por primera vez, no era un estudio centrado en los políticos y en cómo éstos podían, o incluso debían, mejorar la calidad de vida de los ciudadanos, sino que intentaba ser un estudio objetivo que diseccionase la vida en un entorno.

El Estudio de Pittsburgh creó escuela y se llevaron muchos otros a cabo, analizando todo tipo de temas: en Spriengfield, en Cleveland… hasta el análisis de la cuestión racial en Chicago que se tituló El negro en Chicago (1922), editado por la Universidad de la ciudad.

En todas o en la mayoría de estas investigaciones está implícita la idea de que la comunidad urbana, en su crecimiento y en su organización, representa un complejo de tendencias y sucesos que pueden ser conceptualizados y objeto de un estudio independiente. Todos estos estudios comparten la idea implícita de que la ciudad constituye una entidad dotada de una organización característica y de una historia típica, y que las distintas ciudades son lo bastante parecidas como para que, dentro de ciertos límites, lo que se sabe de una pueda suponerse como cierto de otras. (p. 119)

A partir de aquí se sucedieron los primeros estudios de la Escuela de Chicago: The Hobo (Nels Anderson, 1923) y los ya citados The Ghetto y The Gold Coast and the Slum. Los tres tenían en común que se centraban, en vez de en la totalidad de la ciudad, en una serie de «áreas naturales» de la misma.

Un sector de la ciudad es denominado «área natural» porque surge sin plan previo y desempeña una función, aunque esa función, como sucede en el caso de los barrios bajos, pueda no responder al deseo de todos. Es un área natural porque posee una historia natural. La existencia de estas áreas naturales, cada una con su función característica, proporciona ciertos indicios sobre lo que el análisis de la ciudad arroja: que, como hemos sugerido antes, la ciudad no es sólo un artefacto sino en un cierto sentido y hasta cierto punto, un organismo.

La ciudad es, de hecho, una constelación de áreas naturales, cada una de las cuales posee su medio característico y ejerce una función específica en la economía global de la ciudad. (p. 120)

«Ecología humana«, publicado en 1936, avanza en la comparación con el método evolutivo y entiende que las áreas naturales compiten entre ellas por la primacía del espacio. En ocasiones una devora a la otra, o queda abandonada, o sus miembros originales desparecen o se mudan… o surgen imprevistos y circunstancias que alteran el equilibrio y que suponen una reorganización del sistema.

Sin embargo, y puesto que el hombre no vive directamente sobre el territorio, sino que lo adapta a él, Park distingue dos tipos de dominación: el biótico y el cultural. «Existe una sociedad simbiótica basada en la competencia y una sociedad cultural basada en la comunicación y el consenso.» Son sólo dos aspectos de una misma sociedad que comparten «cierta dependencia mutua».

Finalmente, en «La ciudad, fenómeno natural«, publicado en 1939, Park ya distingue tres concepciones distintas de la ciudad:

  • (i) un simple agregado territorial;
  • (ii) un artefacto «físico o conceptual» ligado por un armazón de leyes y conceptos jurídicos y administrativos;
  • (iii) una unidad funcional donde «las relaciones entre los individuos están determinadas no sólo por las condiciones impuestas por la estructura material de la ciudad (i) ni siquiera por las regulaciones formales de un gobierno local (ii) sino por las interacciones, directas o indirectas, que los individuos mantienen unos con otros» (p. 141)

A estas tres concepciones, que mantienen unos hilos tan estrechos que Park las compara con las de un superorganismo, en términos de Herbert Spencer, le corresponden el orden territorial (i), el orden económico o competitivo (ii) y el orden cultural (iii).

La ciudad y otros ensayos de ecología urbana, Robert Ezra Park

De la Escuela de Chicago hemos hablado en el blog en diversas ocasiones. La primera fue con la lectura de Teorías e historia de la ciudad contemporánea, de Carlos García Vázquez, que situaba la Escuela y nos presentaba a sus principales miembros. Luego fue Ulf Hannerz en Exploración de la ciudad, una historia de la antropología urbana que se centraba en los contenidos de los estudios de los principales investigadores de la Escuela. Más tarde, Francisco Javier Ullán de la Rosa dedicaba el segundo capítulo de Sociología Urbana a los de Chicago, especificando el por qué de su nacimiento y desarrollo en la ciudad del Medio Oeste norteamericano y también presentando algunas críticas a su ideología. Finalmente, leímos La Escuela de Chicago de Sociología, de Josep Picó e Inmaculada Serra, que daba un repaso biográfico a los investigadores y a todo el departamento, destacaba sus etapas y se centraba en su metodología, si bien dejaba algo de lado sus objetos de estudio (primera y segunda entradas).

Picó y Serra desgranaban la Escuela en tres generaciones:

  • la primera, cuando el Departamento estuvo dirigido por Small, que va desde su creación en 1892 hasta la Primera Guerra Mundial, y cuya obra emblemática es El campesino polaco, de Thomas y Znaniecki;
  • la segunda, cuyas figuras centrales fueron Robert Ezra Park y Ernest Burgess y cuyo mayor logro fue el desarrollo del concepto de la «ecología urbana» y las áreas de interés natural, así como la forja de una sociología más práctica que filosófica;
  • y la tercera y última, encabezada por la figura de Louis Wirth («El urbanismo como forma de vida«) y donde los métodos de la sociología que practicaban se vieron desbandados por el auge de la estadística y de estudios más amplios (de ámbito nacional).

La ciudad y otros ensayos de ecología urbana (1999, Ediciones del Serbal) recoge escritos y prólogos a obras de otros miembros de la Escuela de Chicago escritos por Robert Ezra Park. El traductor y autor del estudio preliminar es Emilio Martínez, sociólogo en la Universidad de Alicante.

Park, nacido en 1864, llegó a la Universidad con 50 años. Nacido en Pennsylvania pero criado en Minnesota, ante sus ojos se produjeron la industrialización del campo norteamericano y la emigración a las ciudades. Estudió Filosofía en Michigan, donde conoció a John Dewey, cuyos estudios sobre comunicación y el papel esencial que juega en el entorno humano siempre acompañarían a Park. Intentó publicar un periódico junto a un compañero (The Thought News) que pretendía captar las fluctuaciones de la opinión pública de forma objetiva, algo demasiado ambicioso para los avances técnicos de la época y del que sólo consiguieron editar un número.

Sin embargo, Park no abandonó el periodismo y se dedicó a él durante los siguientes años, entre 1987 y 1898. La prensa jugaba un importante papel en la sociedad industrial y urbana del momento: dada la variedad de orígenes de los habitantes de Chicago, servía al mismo tiempo como herramienta de integración y como denuncia de toda desviación social. El periodismo le sirvió a Park para conocer de primera mano la ciudad y sus distintos ámbitos, así como todos aquellos espacios de depravación, alcoholismo, pobreza… «La ciudad se antojaba ya un laboratorio social donde analizar los problemas de desorganización social y los nuevos tipos sociales que surgían en su caótico crecimiento. El periódico le servía, pues, como órgano en el que registrar los distintos acontecimientos y tomar el pulso del cambio social, con finura y rigor, sin caer en las prácticas del muckcraker.» (p. 11; el muckcracker era el «expositor de crueldades», lo que hoy llamaríamos prensa sensacionalista y que Park identificaba en Pulitzer, que convirtió al New York World en el periódico con mayor tirada de la ciudad, y al que se debe el famoso premio del mismo nombre, y en Hearst, que hizo lo mismo con el Examiner; ambos magnates son conocidos por la propaganda que llevaron a cabo durante la guerra de Cuba, en la que se inventaron las noticias sin más).

En esencia, «no hay una ruptura epistemológica entre la actividad periodística y la actividad académica de Park»: durante sus años en la universidad usó lo que había aprendido como periodista, aunque recurrió a mayores dosis de objetividad. Sin embargo, el periodismo en sí no acabó de llenarlo, por lo que volvió a la universidad en 1898, a Harvard, donde estudió Psicología y acabó viajando a Alemania para su tesis. Allí asistió a las conferencias de Simmel, que sería una influencia esencial tanto en el pensamiento de Park como en el de la Escuela en general.

A diferencia de una amplia mayoría de intelectuales norteamericanos, como Jefferson, Poe o incluso Frank Lloyd Wright, que o bien desconfiaban de la ciudad o eran contrarios a ella, ansiando espacios abiertos, comunidad y pioneros enfrentándose a los avatares de la naturaleza, Park reconocía, sin duda debido a su formación en el pensamiento alemán, «el papel civilizador de la ciudad y los beneficios de la moderna metrópoli en cuanto a su libertad y estímulos» (p. 12). Al volver a los Estados Unidos, Park estuvo un año enseñando como auxiliar de filosofía y luego se enroló en la Congo Reform Association, «una organización de misioneros baptistas cuyo propósito no era sino denunciar los abusos y la brutalidad del dominio belga en su colonia africana». Publicó artículos en contra de Leopoldo de Bélgica, fue contratado por el Tuskegee Institut, con el que viajó por Europa, y en una de estas conferencias acabó conociendo a William Thomas, que ya era un prestigioso sociólogo en el Departamento de Chicago y que dos años después lo invitó a unirse a ellos.

Por entonces ya existían otros Departamentos de Sociología en Estados Unidos; sin embargo, Park parece hecho a propósito para el de Chicago. En efecto, «lo que Atenas para Platón, Königsberg para Kant y Hoffmann, y Viena para Freud, Kokoscha y Musil, fue Chicago para la escuela de ecología humana: «un mundo en pequeño«, un foco de fenómenos, un escenario de tipos y relaciones sociales a los que no pudieron sustraerse.» (p. 15)

Chicago explotó; no hay otra forma para referirse a su acelerado crecimiento. La apertura del Canal del Eire (1824) y su posición en el centro de una extensa red de ferrocarriles la convirtieron en un nodo central entre el Este y el Oeste, entre Estados Unidos y Canadá. Si en 1840 contaba con 4470 habitantes, en 1920 tenía 2,7 millones y en 1930, 3,4. Allí se combinaban gentes llegadas de todas las partes del globo, especialmente de otros estados de Estados Unidos y de muchos países de Europa, con el liberalismo americano y la movilidad territorial y social de la población. El incendio de gran parte de la ciudad en 1871 dio alas a nuevas corrientes arquitectónicas, artísticas y culturales.

El crimen organizado convivía con los residuos de aquel impetuoso y fugaz movimiento obrero que recordamos aún cada primero de mayo y que la violenta represión del Estado y la movilidad de su población impidieron consolidar. El caos y la eterna pobreza, el par y el crimen, los disturbios étnicos y los conflictos laborales, todo era uno y de repente nada. El febril Chicago era el sueño americano y sus peores pesadillas, una urbe que se hacía y se deshacía al instante, inestable y móvil como su población, en transición permanente. Todo ello hacía de la ciudad un inmenso, privilegiado y frágil laboratorio de estudio sociológico. (p. 15).

En cuanto a la expresión «laboratorio urbano«, fue usada por Small en 1896 para referirse a Chicago; pero a Park le pareció muy acertada y la usó en diversas ocasiones, hasta el punto de titular un artículo con ella y de que en la actualidad se le atribuya su invención.

Emilio Martínez destaca en el estudio preliminar que los de Chicago no fueron los primeros en abordar toda esa desorganización social. Sin embargo, los que fueron antes que ellos lo hicieron más con voluntad (cristiana) de reforma que con ansias de comprender sus causas. Entre ellos destaca, por supuesto, Jane Addams con la Hull House, un refugio desde el que se trataba de ayudar a todos los desamparados de la ciudad, y que siempre mantuvo buenas relaciones con los miembros de la Escuela. El propio Small, el primer director del Departamento, también era un pastor baptista y también se había educado en Alemania; como el resto de Departamentos de Sociología, abordó su tarea con una mezcla de interés científico y compasión religiosa. Sin embargo, Small era, más que un intelectual, un gran organizador; y por ello se rodeó de investigadores capaces que, más que abordar la sociología desde la filosofía o desde la teoría, se lanzaban a las calles y obtenían evidencias empíricas.

Había antecedentes de intelectuales que habían abordado el tema de la ciudad, pero no se habían centrado en ella sino que la habían tomado como una muestra de una realidad social más amplia: Weber, Marx, Durkheim, Simmel y Sombart, son los que destaca Emilio Martínez (los mismos que Francisco Javier Ullán de la Rosa, aunque él añadía a Halbwachs). Y en cuanto a las influencias de Park, destacan Darwin y Spencer, claro, con su visión de la ecología y, sobre todo, el superorganismo del que habla Spencer, y que para Park será el epítome de la ciudad; pero también Spengler con La decadencia de Occidente y, por supuesto, el Simmel de «Las grandes ciudades y la vida del espíritu». Para éste último, la ciudad era el «escenario privilegiado de la tragedia cultural moderna» y del conflicto entre el individuo y la sociedad. Recordemos: para Simmel el urbanista se ve tan asediado por la sobreestimulación que siente que recurre a la mente, y no a los sentimientos, para organizar y gestionar su vida en la ciudad, su toma de decisiones y sus relaciones con el prójimo. Todo se rige por una lógica mercantil, pues el dinero, con su poder de moneda de cambio, permite establecer un baremo objetivo que decida las relaciones; y el urbanita se vuelve blasé, hastiado. Sin embargo, Simmel no contemplaba este proceso como algo negativo, como una disolución moral del individuo, sino «como una forma de socialización funcional en la complejidad metropolitana». También hay ecos del Durkheim de la efervescencia social en Park.

La ecología humana, como veremos más adelante y en la siguiente entrada, trata de explicar «lo social desde una concepción naturalista» (p. 25). El origen, lógicamente, descansa en los estudios evolutivos de Darwin y la sociología de Spencer; pero la ecología humana presenta un darwinismo «bastante edulcorado» muy alejado, por ejemplo, de la concepción de que el hombre es un lobo para el hombre, como argumentaba Hobbes. Martínez destaca la distancia entre el darwinismo social que «se convirtió en el sustento ideológico del laissez-faire capitalista y el darwinismo reformista de la Escuela de Chicago. La ciudad, para Park y los de Chicago, se organiza en áreas funcionales o naturales, organizadas según los principios naturales de competencia o dominación y que forman un superorganismo, que es la totalidad de la ciudad. Estas áreas se regulan en función de diversos aspectos, siendo el valor del suelo uno de los principales, pero también según criterios culturales, políticos, de etnia, religiosos… Si dichas áreas coinciden con las áreas administrativas de la ciudad, es por pura casualidad; ambas visiones de la ciudad se superponen pero van por caminos distintos.

De esta visión de distintas áreas organizadas según criterios económicos o culturales obtuvo Burgess su famoso modelo de crecimiento concéntrico (1925), que pretendía reflejar todas las ciudades, o al menos las principales de Estados Unidos, pero acababa reflejando sólo Chicago. Más adelante lo reformó para tener en cuenta variantes esenciales en la morfología de la ciudad como son las vías del metro o el ferrocarril, que estructuran los movimientos y la residencia de la población.

Esta existencia de distintas áreas que se tocan pero no llegan a mezclarse es lo que permite al urbanita desarrollar diversos aspectos de su vida en distintos ámbitos; y es lo que lleva también a la actitud blasé y a concebir las relaciones desde un punto de vista de comunidades de interés, lo que vuelve a Simmel y su forma de concebir la ciudad. Hay seres que flotan en los espacios intermedios que forman estas áreas, como el famoso hobo, uno de los objetos principales de estudio de la Escuela de Chicago, el vagabundo o trabajador ocasional que se deja llevar por los ferrocarriles y se convierte en una población flotante que deriva hacia donde pueda obtener sustento de forma temporal, que tan bien reflejó el estudio de Nels Anderson; o los espacios intersticiales de los que habló Trasher y que son ámbitos, físicos o culturales, que no caen necesariamente sobre ninguna área de influencia concreta y por lo tanto quedan en suspenso, huecos desestructurados en los que uno habita en tierra de nadie.

Y hasta aquí llega el estudio preliminar de Emilio Martínez, de muy agradable lectura. En la próxima entrada analizaremos los escritos de Park y su visión sobre el estudio de la ciudad y la ecología urbana.

La Escuela de Chicago (II): segunda y tercera generaciones

Seguimos con la monografia de La Escuela de Chicago de Sociología de Josep Picó e Inmaculada Serra. Si en la primera entrada vimos los antecedentes de la Escuela y su primera generación (Small y Thomas), ahora veremos la segunda generación (Park y Burgess), centrados en lo que llamaron ecología humana, y la tercera generación (Wirth y los discípulos de Park), así como la decadencia de la Escuela tras la Segunda Guerra Mundial.

Tras la Primera Guerra Mundial, el panorama cambió en Estados Unidos. La industria del automóvil sufre una gran expansión, lo que modifica el aspecto de las ciudades y extiende las carreteras por todo el país, permitiendo también progreso en la arquitectura y la construcción. Asimismo, el ecosistema empresarial pasó de empresas medianas y pequeñas a grandes corporaciones. En 1924 el Congreso impuso límites a la inmigración extranjera por países (reduciendo los flujos migratorios de 375 mil personas a 165 mil en apenas dos años, en función del país de procedencia, y esencialmente para prohibir la inmigración no protestante) y el vacío en las industrias del norte fue ocupado por negros del sur, que además percibían el norte como un lugar más seguro para ellos. En las ciudades, además, se estaba desarrollando una incipiente clase media y se pasó de un «progresismo de viejo estilo reformista evangélico» a un nuevo «progresismo urbano que se llamaría a sí mismo liberalismo».

Los conflictos étnicos no tardaron en estallar, y Chicago no fue una excepción. Había mucho crimen y la «ley seca» puso en manos de inmigrantes el control del alcohol de contrabando, formándose bandas rivales que se asesinaban por las calles (y si bien las víctimas eran habitualmente parte de esas bandas, proyectaban una sensación de inseguridad por toda la ciudad). Todo ello creó un caldo de cultivo fascinante para convertirse en foco de estudio del departamento de sociología de la Universidad de Chicago.

Mapa de Burgess de Chicago.

Robert Ezra Park (1864-1944) estudió filosofía pero se dedicó al periodismo. Por entonces la disciplina se veía como una forma de sacar a la luz «la criminalidad, el contrabando, la delincuencia y todos aquellos fenómenos sociales y urbanos que se ocultaban a la vista del ciudadano corriente». Más tarde continuó sus estudios y acabó en Alemania, recibiendo clases de Simmel («Las grandes urbes y la vida del espíritu«) y después volvió a Chicago, donde usó su bagaje para abordar el estudio de la ciudad. Park concebía la ciudad como un lugar de estudio y observación del comportamiento humano, las relaciones interétnicas y los conflictos de comunicación. «La relación entre el individuo y la sociedad es un fluir continuo, una interacción continua de conflicto y consenso, que contempla a su vez socialización y extrañamiento en la formación de los grupos sociales y las comunidades.» (p. 87) A diferencia de Simmel, para el cual la urbanización conlleva una «intensificación de la vida nerviosa» que implica la atenuación de los sentidos y el paso a percibir (y vivir) la ciudad de forma racional, no emocional, para Park es la especialización y diferenciación en comunidades o grupos distintos.

Ya en el artículo de 1915 «The City» se observa la teoría de Park de la ecología humana. «… una parcelación de las áreas geográficos como espacios físicos y morales diferentes, donde la motivación de las personas, la interacción de los grupos y las tensiones competitivas ejercen de tamiz selectivo y segregador» (p. 93).

La sociedad humana está organizada en dos niveles, el biótico y el cultural. Los seres humanos compiten por adaptarse al medio ambiente; sin embargo, puesto que la adaptación humana implica, también, la modificación del medio ambiente y requiere la especialización y la diferenciación en el trabajo, que suponen la colaboración, ambos aspectos, competencias y solidaridad, coexisten y articulan la organización social. En colaboración con Burgess publicará, en 1919, «Introduction to the Science of Sociology» donde hablan de 4 etapas:

  • rivalidad (no hay contacto entre grupos)
  • conflicto (los grupos se reconocen como antagonistas por un objetivo similar)
  • adaptación (voluntad por resolver el conflicto pero manteniendo la identidad)
  • asimilación (fusión en un grupo más amplio que abarca los grupos anteriores; no implica necesariamente pérdida de la identidad original).

Fruto de la formación periodística de Park es su concepto de área natural, aquellos espacios en la ciudad diferentes entre sí y definidos por una característica clave, su función (o «principio catalizador de la comunidad que vive ahí»). Áreas industriales, ciudades satélite, suburbios, guetos, barrios bohemios… estas son las áreas naturales.

Son áreas naturales, en primer lugar, porque nacen, existen y se desarrollan sin planificación alguna, y cumplen una función; y, en segundo lugar, porque tienen una historia «natural», es decir, porque con el paso del tiempo asumen algo del carácter de sus habitantes, son el producto, en términos históricos, de quien ha vivido y de quien continúa viviendo allí. Toda planificación urbana que no tenga en cuenta la existencia de áreas naturales está condenada al fracaso. (p. 97)

A partir del concepto de área natural, Ernest Burgess (1886-1966), el otro gran representante de esta segunda generación de la Escuela de Chicago, desarrolló la teoría de los círculos concéntricos. Ya hablamos de ella en la segunda entrada de Sociología Urbana de Francisco Javier Ullán de la Rosa, así que la resumimos brevemente.

  • En el primer círculo está el centro, el núcleo económico y nodal de la ciudad.
  • Industria y deterioro residencial; es la zona que luego se convertirá en guetos y que, mucho más tarde, será reconvertida para la gentrificación.
  • Obreros que han podido abandonar el gueto pero siguen cerca de sus industrias.
  • La zona residencial pudiente (suburbia).
  • Barrios dormitorio.
Mapa de Burgess de Chicago, versión millennials.

Ya comentamos que uno de los problemas de este mapa es su especificidad sobre Chicago; y otro, que no tienen en cuenta, por ejemplo, los ejes viarios o las línes del tren y metro. Lo importante, sin embargo, era la idea de que las distintas zonas compiten entre ellas.

La otra gran crítica a la ecología humana era su etnocentrismo. Estudiaron en gran medida los conflictos étnicos, los vagabundos, los judíos, los negros, los delincuentes… y, sin embargo, no hubo estudios sobre los angloamericanos ni sobre los italianos integrados, por ejemplo. Percibían, sin ser conscientes de ello, la ciudad como un lugar donde llegaban nuevos grupos de personas que se organizaban y reorganizaban en función de su «equipaje» hasta acabar, con el tiempo, integrados en un grupo asimilado. Por lo tanto, de algún modo, existían dos tipos de ciudadanos, los asimilados y por lo tanto no estudiables y aquellos que sí lo eran y en los que se podía descubrir los entresijos sociales; de algún modo, como denunciaba Amalia Signorelli, se inventaron al «nativo perfecto» en sus propias ciudades.

El estudio de Picó y Serra es sociológico y dan especial importancia a los métodos de investigación que usaron los sociólogos de Chicago. Así, el capítulo más extenso del libro, con diferencia, «Los discípulos de la escuela», se centra en su metodología y deja un poco de lado el objeto de su estudio. Es comprensible, dado el enfoque escogido por los autores; aunque nos deja un sabor de boca agridulce, porque se pierde la oportunidad de disfrutar de la descripción de la ciudad en la época hecha por unos observadores excepcionales. Sin entrar en la metodología que usamos, repasamos algunos de los principales estudios:

  • «The Hobo», de Neil Anderson (1923), centrado en los vagabundos itinerantes que recorrían el país. Se trataba de una población flotante (sólo por Chicago pasaban cerca de 300.000 personas cada año), la mayoría hombres, que recorrían Estados Unidos acercándose a los lugares donde había trabajo en momentos determinados (por ejemplo, para recoger la vendimia, o determinadas cosechas, o descargar mercantes en los puertos o dedicarse a la minería). Se desplazaban usando el ferrocarril y desarrollaron un sistema de símbolos para indicarse unos a otros refugios seguros, lugares donde serían acogidos o zonas peligrosas para ellos.
  • «The Gang» (1927), de Frederic Trasher, centrada en las (según él, 1313) bandas de delincuencia de Chicago. Trasher estudió su formación, el porqué de su existencia y qué beneficios aportaba a los jóvenes su pertenencia.
  • «The Ghetto» (1928), de Louis Wirth, del que hablaremos a continuación.
  • «Taxi-Dance Hall» (1932), de Paul Crassey, recogía testimonios de las muchachas, clientes y gestores de los locales conocidos con ese nombre. En ellos, los hombres, principalmente inmigrantes proletarios, iban a bailar y las mujeres que allí había disponibles cobraban por cada baile y compartían un porcentaje con los dueños. Los límites, en general, los ponían las propias chicas, por lo que los casos iban desde simplemente bailar hasta prostitución encubierta.

Louis Wirth (1857-1952) es el representante de la tercera generación de la Escuela de Chicago. Publicó «The Ghetto» en 1927, centrada en la comunidad judía de Chicago. Los judíos eran un buen objeto de estudio por su asimilación en la cultura americana. En 1880 vivían en la ciudad unos 10 mil, la mayoría de origen alemán y muy cosmopolitas. En 1890 ya eran 80 mil y en 1930, 275 mil. Pero si bien los primeros habían sido cosmopolitas y abiertos, los siguientes provenían de Europa del Este y en general eran provincianos y permanecían anclados en costumbres del viejo mundo. Los primeros judíos fundaron escuelas y organizaciones para intentar que las siguientes oleadas se integrasen mejor; todo ello dio un buen objeto de estudio a Wirth, porque se trataba de una comunidad bien diferenciada que había conseguido mantener su cultura sin dejar de asimilarse a la cultura mayoritaria. Lo novedoso del estudio de Wirth es que, más que centrarse en las características «ecológicas» de la comunidad, lo hizo en su cultura determinada.

The Ghetto fue la investigación de donde surgieron buena parte de sus tesis sobre la sociedad; allí presenta una teoría del cambio social que considera la ciudad como el factor más dinámico y rechaza el determinismo cultural basado en la superioridad o inferioridad de la raza. También rechaza la idea de que las sociedades se desarrollan en línea recta, desde formas simples de organización primaria, caracterizadas por grupos pequeños y relaciones personales, hacia formas complejas de organización social secundaria, caracterizadas por grandes grupos que mantienen relaciones impersonales, y defiende que ambos tipos de organización interactúan en el proceso de formación de las ciudades donde, en último término, se han impuesto las segundas. (p. 188)

En 1938, Wirth publicó su famoso artículo «El urbanismo como forma de vida«, que ya analizamos en su momento. Dicha publicación, pese a ser uno de los artículos más importantes de la sociología urbana, se llevó a cabo cuando la Escuela de Chicago ya estaba en decadencia. En efecto, la crisis del 29 y la posterior bancarrota pusieron sobre la mesa otros temas como epicentro para la sociología: el paro, la vivienda, las desigualdades sociales, la pobreza. Los fondos, especialmente los federales, ahora apuntaba a nuevos objetivos.

Otros aspectos que influyeron en esta decadencia fueron la llegada de muchos investigadores sociales refugiados de Europa huyendo de la guerra, que erosionaron la visión de la ecología humana, y la creciente importancia de los métodos cuantitativos (estadísticos) en la sociología. La decadencia se escenificó en el Congreso de Sociología de 1935, donde se votó la formación de una nueva revista no vinculada a Chicago (la revista «pseudooficial» de sociología americana hasta la fecha la editaban los de Chicago, en un cuasimonopolio) como piedra de toque que dejaba clara la decreciente influencia de la escuela.