Estrategias contra la gentrificación, Lisa Vollmer

La gentrificación es el proceso mediante el cual se revaloriza una zona determinada de una ciudad, a menudo habitada por personas de bajo poder adquisitivo y localización relativamente céntrica, y se substituye a sus habitantes por otros de poder adquisitivo superior. El término proviene del artículo «London: Aspectos of Change» de la socióloga Ruth Glass, publicado en 1964, que se refería a la gentry, la pequeña nobleza inglesa que había abandonado la ciudad y a finales de los años 50 y principios de los 60 volvía a las casas victorianas de la ciudad de Londres.

La gran crítica a la gentrificación es que es un proceso natural en las ciudades: se pasa de barrios incómodos, donde abundan las drogas, prostitución y que se percibe como un punto negro de la ciudad, a un barrio saneado donde pasear y disfrutar en una terraza o comprar un helado artesano. Precisamente en este aspecto se centra Lisa Vollmer, socióloga y activista alemana, en Estrategias contra la gentrificación. Por una ciudad desde abajo (2019, Katakrak): la gentrificación forma parte de la producción capitalista de la ciudad. Dicho de otro modo: la connivencia de los poderes públicos, ya sea no actuando (y dando paso libre al capital), ya sea como participante activo (permitiendo inversiones inmobiliarias y dejando morir los barrios para alcanzar la diferencia potencial de renta), es necesaria para la gentrificación. Y sus consecuencias, especialmente para las clases menos pudientes: expulsión y segregación.

Ya descubrimos las fases de la gentrificación en First We Take Manhattan: primero se da el estigma, cuando un barrio se percibe como un punto negro o foco de delincuencia; a él llegan los pioneros, en general artistas o jóvenes estudiantes que buscan un lugar económico y también se sienten atraídos por el potencial del barrio, por las alternativas heterodoxas que ofrece al resto de la ciudad; a partir de aquí, el barrio se revaloriza: aparecen galerías, restaurantes, tiendas gourmet, reseñas en los medios de comunicación, que citan el lugar como aquel que hay que visitar. Cuando las clases más acomodadas se mudan al barrio, los inversores se lanzan a la compra de terrenos o edificios y los reforman para un público de mayor poder adquisitivo. Para cerrar el círculo, los vecinos originales, junto a los pioneros, son expulsados en cuanto no pueden hacer frente al nuevo precio del barrio. A menudo, toda la operación se cierra con el cambio de nombre del barrio (por ejemplo: el Barrio Chino de Barcelona se convierte en El Raval o aparece SoHo, la zona al South de la calle Houston).

La consecuencia más importante de la gentrificación no es el cambio visible de la oferta de consumo en un barrio, sino la expulsión (a veces difícil de ver) de las personas que lo habitan y sus comerciantes. La expulsión no es un efecto colateral de la gentrificación, es su característica principal. (p. 36)

Existen dos tipos de expulsiones:

  • expulsión directa: cuando los habitantes pierden el hogar de forma inmediata, ya sea por la venta del inmueble o por el aumento del alquiler;
  • expulsión simbólica o expresión desplazatoria: cuando los vecinos abandonan un barrio que ya no les resulta atractivo, en el que sus redes vecinales han desaparecido y en el que no encuentran tiendas adecuadas a su nivel de vida.

A menudo, y puesto que la gentrificación es una rueda que va pasando por la mayoría de los barrios céntricos, los expulsados deben mudarse a una zona alejada de la ciudad, lo que les supone mayor tiempo de desplazamiento hasta el trabajo.

La vivienda es algo esencial: no sólo como ente físico, como lugar donde resguardarse del frío y las inclemencias del tiempo y donde cocinar y dormir, sino también como expresión de la identidad: uno habita un lugar y estructura a partir de él sus relaciones sociales. «La ubicación de la vivienda dentro de una ciudad puede reflejar el estatus social y está ligada a la distribución de recursos públicos.» En el capitalismo, la vivienda se ha convertido en una mercancía que «debe generar retornos». Ya lo denunció Engels en 1873, y además opinaba que no sería posible resolver el problema de la vivienda dentro del capitalismo (avisaba de que la solución capitalista era «expulsar el problema» cada vez más lejos) y lo vimos también en La guerra de los lugares de Raquel Rolnik cuando evidenció el acceso de los fondos de capital e inversión al mercado de la vivienda desde mediados de los años 70 y 80 del siglo pasado.

El geógrafo inglés David Harvey ha denunciado en numerosas ocasiones que «la urbanización y la producción de viviendas son pilares centrales de la acumulación capitalista» (como lo demuestra el hecho de que la crisis de 2007 en Estados Unidos vino propiciada por el mercado subprime de las hipotecas o el estallido de la burbuja inmobiliaria en España en 2008). La teoría del filtro (o efecto goteo) da por sentado que, construyendo inmuebles de alto valor económico, se inicia una cadena de mudanzas que acaba ampliando la oferta del mercado inmobiliario. Esta teoría es falsa por el simple motivo de que la vivienda no es un bien unívoco que uno sólo adquiere una vez en su vida: es también un bien inmobiliario de determinado valor que se puede obtener como fuente de ingresos o incluso mantener como inversión; como quien tiene oro en una caja fuerte. (Recordemos a Ian Brossat en Airbnb. La ciudad uberizada y su estudio sobre cuántos grandes pisos de París no se usan como vivienda, sino como inversión, o como casa de veraneo de las grandes fortunas que visitan a veces un par de semanas al año.)

También fue Harvey quien denunció la evolución del Estado como garante de las necesidades de los ciudadanos (políticas keynesianas) a protector de las reglas de juego del capital. Esto se refleja en el espacio público de las ciudades, a menudo cedido mediante las PPP (sociedades público privadas) a empresas o gestión privada, como sucede en los centros comerciales (y de ahí la arquitectura hostil) o en la reforma de los centros urbanos para convertirlos en lugares agradables, asépticos, adecuados para una creciente clase creativa.

A menudo el enfoque de las ciencias sociales sobre la gentrificación ha distinguido entre la que proviene de la oferta y la que proviene de la demanda.

  • Desde el punto de vista de la demanda consideran que la gentrificación es un proceso impuesto por las demandas de los consumidores. Con el paso del fordismo al postfordismo y la conversión de las ciudades en sedes para grandes empresas y en nodos de servicios, los individuos buscan afirmar su identidad con todas sus elecciones. El lugar en el que se vive determina la idiosincrasia de aquellos que lo habitan, por lo que los ciudadanos buscan barrios adecuados a sus intereses y la ciudad permite o favorece la gentrificación. («Suzanne Frank habla de una suburbanización interna.») Además, la gentrificación siempre busca zonas limítrofes, alternativas, heterodoxas; en una paradoja, las propias resistencias ante la gentrificación se convierten en algo que da carácter al barrio, que lo vuelve más auténtico y atrae más pioneros, dando más poder a la rueda.
  • Desde el punto de vista de la oferta se pone el énfasis en el valor de la vivienda como mercancía. Volvemos a Neil Smith y el rent gap, el diferencial entre lo que se obtiene de una vivienda y el valor potencial que ésta puede dar.

Es interesante que Vollmer añada a los diversos tipos de gentrificación (de obra nueva, que derrumba edificios asequibles y los substituye por otros de alto poder adquisitivo; y comercial, que cambia las tiendas de barrio y comestibles por boutiques o cafeterías de lujo) la turistificación: la llegada masiva de visitantes que sólo permanecen unos días y lo hacen en casas de Airbnb, que buscan descanso, lujo y experiencias y que chocan con los intereses de los vecinos.

La segunda parte del libro presenta resistencias y formas posibles de luchar contra la gentrificación y es donde se nota que Vollmer, además de socióloga, es activista y está implicada en la lucha contra la mercantilización de la ciudad. Los tres pilares en los que debe centrarse la lucha contra la gentrificación son:

  • asequibilidad de la vivienda para todos los estamentos sociales;
  • desmercantilización de la vivienda (aumento de vivienda pública en detrimento del sector privado);
  • y democratización de las instituciones y procesos que gestionan la vivienda.

Bajo condiciones capitalistas, mientras la vivienda sea una mercancía, la cuestión habitacional no tiene solución. (p. 115)

Los ejemplos que da Vollmer son experiencias suyas, por lo que tratan sobre ciudades alemanas (especialmente Berlín y Hannover). La mayoría de reivindicaciones pasan por formas de conseguir que los terrenos reviertan en beneficio para la sociedad. Por ejemplo: permitiendo sólo la venta con unas cláusulas que especifiquen un determinado porcentaje de las viviendas resultantes que deben ser de protección oficial. Otra de las propuestas pasa por las cooperativas o la posesión colectiva de un terreno o edificio; parte del precio del alquiler revierte sobre la comunidad, que puede afrontar reformas y no queda sometida a la lógica del beneficio.

Antes de estar preparados para hacer demandas políticas y transformadoras, y que estas se apliquen, los inquilinos afectados por las subidas de los alquileres primero tienen que abstraerse de su propia consternación y formar un interlocutor que pueda hablar y ser escuchado, para politizar la cuestión de la vivienda. Esto no resulta tan evidente en una sociedad neoliberal, que promueve la separación de las personas y de los temas y donde se nos machaca, diciéndonos que si no nos va bien es por nuestra culpa. (p. 129)

Vollmer no es ajena a una paradoja social neoliberal: si el Estado no garantiza la vivienda (en ocasiones incluso defiende a los fondos buitre o grandes empresas en contra de los habitantes) y son los propios ciudadanos los que tienen que plantar cara… ¿cuál es el papel del Estado? O, dicho de otro modo, ¿para qué tener Estado? Es una batalla en la que el capital siempre vence; por eso la reivindicación no debe ser únicamente ganar una batalla concreta, sino forzar a los poderes públicos a defender la vivienda asequible y democrática, por ardua que pueda ser la batalla.

La gobernanza son las nuevas formas de poder y gestión que surgen en las ciudades del presente. Presentan la ventaja de que son los propios implicados quienes deciden; pero también el inconveniente de que sólo se les permite decidir sobre aquello que les afecta directamente, dejando el resto de cuestiones mayores a otros gobiernos. Y la gentrificación es una batalla que se lucha edificio a edificio pero es también la manifestación de una organización socioespacial capitalista mucho más amplia que los vecinos no tienen capacidad para modificar.

Manifestaciones antigentrificación en Hamburg en 2009

Destacamos el manifiesto «Not In Our Name, Marke Hamburg», de un colectivo de artistas de la ciudad alemana que se reunieron en torno a la ocupación del barrio Gängeviertel. En 2005, este barrio obrero, con gran margen para la gentrificación, fue vendido a un inversor holandés para ser derruido y construir viviendas de alto nivel adquisitivo. Hamburgo es una ciudad que ya se presentaba a sí misma como empresa desde 1980 y donde no escondían que querían atraer, además de inversiones del capital, a las nuevas clases creativas. 200 artistas ocuparon la zona en 2009 para impedirlo y, en contra de lo habitual en la ciudad, no fueron desalojados sino que el ayuntamiento negoció con ellos (a ello ayudó la crisis financieron del 2008 que también había afectado al inversor holandés). El ayuntamiento recompró los terrenos y firmó un pacto de colaboración con los artistas.

A spectre has been haunting Europe since US economist Richard Florida predicted that the future belongs to cities in which the «creative class» feels at home. (…) Many European capitals are competing with one another to be the settlement zone for this «creative class». In Hamburg’s case, the competition now means that city politics are increasingly subordinated to an «Image City». The idea is to send out a very specific image of the city into the world: the image of the «pulsating capital», which offers a «stimulating atmosphere and the best opportunities for creatives of all stripes». (…)

We say: Ouch, this is painful. Stop this shit. We won’t be taken for fools. Dear location politicians: we refuse to talk about this city in marketing categories. (…) We are thinking about other things. About the million-plus square metres of empty office space, for example, or the fact that you continue to line the Elbe with premium glass teeth. We hereby state, that in the western city centre it is almost impossible to rent a room in a shared flat for less than 450 Euro per month, or a flat for under 10 Euro per square meter. That the amount of social housing will be slashed by half within ten years. That the poor, elderly and immigrant inhabitants are being driven to the edge of town by Hartz IV (welfare money) and city housing-distribution policies. We think that your «growing city» is actually a segregated city of the 19th century: promenades for the wealthy, tenements for the rabble. (Not In Our Name, Marke Hamburg Manifesto)

La guerra de los lugares (III): el alquiler

En la primera entrada de La guerra de los lugares vimos cómo Raquel Rolnik mostraba el cambio de paradigma de la vivienda como un bien necesario que debe ser proveído por el Estado a una vivienda en propiedad, financiada y mantenida íntegramente por el usuario. En la segunda entrada vimos la evolución de este proceso a las zonas menos favorecidas del Sur global y cómo se usan acontecimientos tales como grandes eventos deportivos o incluso accidentes naturales como la avanzadilla del capital para adquirir tierras en situación marginal y aprovecharlas para extracción de materias primas o fines turísticos. En esta tercera entrada, Rolnik va un paso más allá y relaciona la actual crisis del alquiler que viven muchas ciudades con la estafa orquestada previamente por el capital.

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Resistencias al capital.

En efecto, tras la crisis de 2008 y la gran cantidad de viviendas que quedaron en propiedad de los bancos o cuyas hipotecas fueron ejecutadas, los fondos de inversión se lanzaron a comprar vivienda barata hasta encontrarse con que disponían de grandes reservas de ellas. Su intención original era esperar a que el precio volviese a subir para ponerlas en el mercado; pero se dieron cuenta de que, al poseer un parque tan grande, podían manipular el precio de los alquileres y obtener beneficio de ello. Además, contaban con un doble mercado: las personas que no habían podido acceder a las hipotecas seguían teniendo necesidad de una vivienda, y su única opción era el alquiler; pero también las personas que habían perdido la casa en propiedad por la ejecución de la hipoteca tuvieron que lanzarse al mercado del alquiler.

Así como en la oleada anterior, basada en la promoción de la compra de casas en propiedad para las familias, mediante la expansión del crédito hipotecario, estamos hablando de un proceso global, promovido por el mismo nuevo imperio colonial sin bandera ni rostro: las finanzas globales. Desterritorializado y abstracto, ficticio y especulativo por naturaleza -pues este es el carácter mismo del mercado financiero: el juego de las expectativas y apuestas futuras-, este nuevo poder colonial ocupa las ciudades, capturando espacios de vida y transformándolos rápidamente en paisajes para la renta, capaces de garantizar un flujo de remuneración futura enlazado al lugar… (p. 398)

E, igual como sucedió con la creación de las hipotecas y todos los mecanismos necesarios para su implementación y financiazión, esta nueva oleada de aumento del alquiler cuenta con la connivencia, cuando no con la participación -y protagonismo- de los Estados nacionales. Rolnik cita el Ireland’s National Asset Management Agency de Irlanda pero también el SAREB español: no sólo el Estado inyectó dinero público a mansalva para evitar la bancarrota de los bancos sino que además los liberó de sus activos más tóxicos creando una entidad que los acumuló. Se crearon además las SOCIMI, con una reformulación en el 2012 que incluyó, «por ejemplo, la exención total de impuestos sobre los rendimientos provenientes del alquiler de inmuebles. Una de la SOCIMI constituidas fue Anticipa, organizada en base al stock inmobiliario «podrido» de Caixa Catalunya, que fue adquirida en 2014 por Blackstone. Otros fondos inmobiliarios fueron constituidos del mismo modo. Su estrategia pasó a ser, entonces, vaciar rápidamente los pisos para ponerlos en el mercado de alquiler y, eventualmente, venderlos individualmente o en paquetes, generalmente para otros fondos o REIT’s –Real Estate Investment Trusts.» (p. 402)

Rolnik denuncia que las mismas víctimas de la primera oleada de financiarización de la vivienda, en general la gente con menos recursos, son ahora también los que reciben los efectos negativos de la segunda, viéndose obligados a pagar grandes cantidades por un alquiler, o a vivir a grandes distancias de sus zonas de trabajo, o a vivir en condiciones pésimas en viviendas no adecuadamente habilitadas; a menudo, una mezcla de las tres.

En cambio, «para una élite transnacional adinerada, comprar inmuebles de alto lujo en ciudades globales, capitales culturales o destinos turísticos, se ha convertido en una «caja fuerte» para parte de su capital, funcionando básicamente como una reserva de valor estable o, al menos, como potencial de revalorización» (p. 409). Ciudades como Londres, Nueva York o Miami, pero también Barcelona, pasan al punto de mira de los inversores extranjeros. Iniciativas como la Golden Visa española no ayudan: la concesión de la ciudadanía a cambio de una inversión inmobiliaria importante.

Tourists Flock To Barcelona As Spain Inches Towards A Full-Scale Bailout
Turismo de calidad.

El otro gran factor que ha inducido al alza los precios del alquiler son las plataformas de alquiler turístico. Creadas como forma de economía colaborativa y para compartir vivienda y poder viajar de forma económica, sin tener que pagar los precios costosos de los hoteles, pronto evolucionaron en empresas enormes y gran cantidad de personas, tanto particulares como fondos de inversión, que ponen a disposición de los flujos turísticos viviendas a precios más económicos. Los efectos en el mercado de alquiler son evidentes: es mucho más rentable poner a disposición de los turistas una vivienda en zona más o menos céntrica que a disposición de un habitante de la ciudad, pues el precio que pagarán los primeros por unas pocas noches de vacaciones siempre es más alto que el que pagará un residente habitual. Eso forma bolsas de alquiler en los barrios más visitados que impide la residencia para los habitantes de la ciudad.

Rolnik acaba con una nota positiva y destaca las resistencias que todos estos procesos van generando en las ciudades: plataformas antidesahucios, el 15M, Occupy Wall Street…

Estamos, entonces, ante una «guerra de los lugares» o una «guerra por los lugares». En esa guerra lo que está en juego son los procesos colectivos de construcción de «contraespacios»: movimientos de resistencia a la reducción de los lugares a loci de extracción de renta y, simultáneamente, movimientos de experimentación de alternativas y futuros posibles. Como toda guerra, esta también está marcada por la confrontación y la violencia. (p. 391)

La guerra de los lugares (II): desposesión

La eclosión de un terremoto o una gran inundación, así como el avance de una hidroeléctrica o de un megaproyecto de instalaciones deportivas sobre un territorio habitado, tienen impactos más acuciantes cuando ocurren sobre territorios cuya situación de tenencia puede ser impugnada en cualquier momento por autoridades o agentes privados. Las palabras que pueden designar esa situación en el contexto urbano son muchas: favelas, asentamientos irregulares, asentamientos informales, slums. Como veremos más adelante, las formas de nombrarla no son inocentes e intentan definir una situación de alteridad en relación con el orden jurídico-urbanístico dominante, representando una multiplicidad de casos muy distintos. Sin embargo, podemos afirmar que, por lo menos en el mundo urbano, estos espacios están marcados por la precariedad habitacional y por ambigüedades en relación con la tenencia. Esta es la situación que atraviesan más de la mitad de los habitantes de las ciudades del Sur global… (p. 165)

La primera parte de La guerra de los lugares. La colonización de la tierra y la vivienda en la era de las finanzas, de Raquel Rolnik, se centraba en mostrar cómo el cambio de paradigma del Estado como garante de alguna forma de vivienda para los ciudadanos dio paso a un Estado neutro, encargado de mantener la legalidad y sostener la creación de un complejo entramado financiero para permitir el acceso, mediante hipotecas y deuda, de los ciudadanos a la propiedad de la vivienda; el libro mostraba, como decíamos, que esto no fue un acto aleatorio sino premeditado y orquestado por el capital y las grandes finanzas para obtener rédito de un mercado inmobiliario que hasta entonces había permanecido dormido. Esta segunda parte que reseñamos ahora se centra en los estados de desposesión que sufren los que viven en las partes más vulnerables de la ciudad: en los barrios marginales de las afueras, en las favelas, slums; y los procesos de reapropiación de la tierra que lleva a cabo el capital mediante megaeventos como los Juegos Olímpicos o emergencias medioambientales.

Durante el siglo XIX y hasta mediados del XX existían diversas teorías que relacionaban las chabolas o barrios marginales con un exceso de inmigración en las ciudades, incluso con un remanente de población rural que no conseguía adaptarse a la vida urbana; se lo relacionaba con el otro, el outcast, alguien ajeno. Los años setenta se produjo una gran bibliografía, especialmente en Sudamérica, donde se mostraba que la existencia de estos lugares no respondía tanto a una dualidad moderno-arcaico o urbano-rural sino a «un modelo periférico de acumulación capitalista» en el cual este contingente poblacional de las afueras «respondía a una doble necesidad de acumulación en el capitalismo periférico: mantener bajos los costes de reproducción de la fuerza de trabajo y garantizar un ejército industrial de reserva permanente».

Rolnik relata casos (Camboya, Indonesia) donde grandes cantidades de terreno, áreas boscosas, poco pobladas pero con gran interés comercial, son cedidas a empresas multinacionales para que las exploten en lo que Oxfam calificó como «a global land rush», una nueva Fiebre del Oro. «El avance actual se da en contextos donde gran parte de las tierras ocupadas por comunidades rurales no es reconocida formalmente, o cuando lo es, pertenece a una categoría ‘paralela’ de tenencia, no integrada en un sistema único de registro y gestión.» (p. 180)

Aquí entra la denuncia de Rolnik: que tales desposesiones se dan en lugares limítrofes que lindan entre lo legal y lo ilegal, lo planeado y no planeado, lo formal / informal, dentro / fuera del mercado. Son zonas constituidas con un hilo legal tenue, siempre argumentable, que se acaban convirtiendo en un territorio a la espera de, en reserva, capaz de ser capturado «en el momento exacto». La autora da diversos ejemplos: en algunos casos los títulos de propiedad pertenecen al Estado, que los cede durante un tiempo pero, pasado ese tiempo, no los reclama, por lo que las personas siguen viviendo en esa zona pero ya en un estado transitorio; parcelas que en su momento fueron agrícolas y se vendieron con la condición de no ser divididas y en las que, al volverse urbanas, se construyen diversas casas, dando lugar a comunidades, la creación de una favela o slum; de nuevo, en situación alegal. En palabras de Vera Telles: «No se trata de un fuera del Estado y de la ley, lugar de anomia, desorden, estado de naturaleza. Son espacios producidos por los modos como las fuerzas del orden operan en esos lugares, prácticas que generan la figura del homo sacer en situaciones entrelazadas con las circunstancias de vida y trabajo de los que habitan esos lugares.» En estas zonas, son los propios individuos quienes elaboran sus leyes y viven de acuerdo con ellas.

Un ejemplo son los kampung de Yakarta, Surabaya o Yogyakarta, pequeñas aldeas informales con raíces locales habitado principalmente por personas de clase media y baja. Se convirtieron en la puerta de entrada de los inmigrantes a la ciudad, por lo que estaban formados por una gran mezcla de etnias. Se definen por el uso mixto, una mezcla de zona residencial en los pisos superiores y de comercio y producción en las plantas bajas donde se hacen comida, ropa, juguetes, muebles; creando así espacios semipúblicos de circulación tanto de mercancías como de pasajeros pero también semiprivados, donde llevar a cabo las actividades sociales próximas. Estos enclaves, con más de 500 años de historia, a menudo viven en situaciones de precariedad, sin instalaciones como agua corriente, y con un estatus jurídico ambiguo. Indonesia, durante muchos años, tuvo un plan para mejorar los kampung, dotándolos de medidas como agua corriente, asfalto o sistemas de drenaje, pero últimamente se ha reducido el presupuesto de este programa.

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El papel de la urbanización urbana debería ser la creación «de una especie de modelo para la ciudad ideal o deseada». En cambio, acaba deviniendo una herramienta al servicio de las grandes finanzas y el capital donde las mejores zonas de la ciudad, las que ellos habitan, siempre están claramente delimitadas y protegidas, «de modo que impide su invasión por parte de los pobres». Con sus leyes y regulaciones, el urbanismo santifica unos modos de posesión de la tierra y deja otros en el margen, donde, en cuando le convenga al capital, los modificará a su antojo.

«Para el pensamiento liberal, propiedad, derecho y ciudadanía se entrelazan.» La libertad entendida como autonomía, como lugar donde los otros no participan y que sólo se encuentra limitada por la libertad de los otros; y la propiedad pasa a ser esta garantía de poder sobre una parcela que excluye a los otros. El argumento es mucho más extenso, pero lo hemos reducido para llegar a la publicación del libro El misterio del capital de Hernando Soto donde el autor relaciona la riqueza de Occidente con la existencia de la propiedad privada «e intenta explicar la persistencia de la pobreza en países pobres y de ingresos medios como consecuencia de sus regímenes de propiedad ‘subdesarrollados’. Según Soto, los pobres poseen activos, sin embargo los utilizan de forma ‘defectuosa’, transformándolos en ‘capital muerto'» (p. 218). No sorprende que entre sus admiradores estén Bill Gates, George Bush, Vladimir Putin o Margaret Thatcher, porque la propuesta de Soto para erradicar la probreza pasa por convertir a todos los pobres en propietarios. En palabras de Ángelica Pérez Ordaz:

En El misterio del capital, De Soto analiza la manera en que los países en vías de desarrollo y los que salen del comunismo pueden generar capital a través de un eficiente sistema de propiedad legal que les permita salir de la pobreza y empezar a transformar activos y trabajo en capital, como es el caso de los países de Occidente, para que toda la población tenga acceso a un desarrollo sustentable. Sostiene que la riqueza de las naciones depende de la capacidad de sus gobiernos para crear sistemas legales que al mismo tiempo, reflejen y articulen adecuadamente el contrato social de sus pueblos.

A continuación Rolnik desmonta, uno a uno, los tópicos que propone Soto e incluso demuestra en algunos casos que no han servido en absoluto para erradicar la pobreza y sí para aumentar la brecha entre ricos y pobres. Si quieren otra versión algo más larga, tienen el maravilloso artículo de Edesio Fernandes «La influencia de El misterio del capital‘», con conclusiones muy similares a las de Rolnik.

Y la última forma de desposesión que analiza Rolnik tiene que ver con los megaproyectos financieros. Con la crisis económica y la llegada del neoliberalismo se pasa de unas ciudades en continua expansión cuyos gobiernos sólo deben administrar a unas ciudades en decadencia donde los gobiernos deben «emprender», atraer los flujos de turismo y capital. Surge así una nueva lógica de producción de la ciudad:

  • como los gobiernos locales no pueden endeudarse, recurren a mecanismos innovadores para financiarse y expandirse;
  • la tierra es uno de los recursos utilizables;
  • se atrae a inversores, interesados por el valor que esa tierra pueda generar;
  • el futuro de la tierra lo determina el inversor, en función de sus valores e intereses,
  • el destino de los que ocupasen la tierra anteriormente es irrelevante para el modelo; es tarea de los gobiernos entregar terrenos «limpios».

Lo hemos visto mil veces en China, pero se da en estados de todo el mundo.

Este nuevo proceso de producción de la ciudad también lleva al márqueting urbano, al IloveNY, a la competición entre ciudades por volverse globales, al efecto Guggenheim, por citar sólo unos pocos casos ya tratados en el blog. Pero también la aparición de las iniciativas público-privadas, donde se cede espacio público urbano para que lo exploten compañías privadas; o, en un salto considerable, a la expoliación y expulsión de las bolsas de pobreza en cuanto aparecen nuevos intereses en la ciudad como los Juegos Olímpicos, la Copa del Mundo o un Fórum de las Culturas (como ya vimos en palabras de Manuel Delgado). Las ciudades usan estos eventos para reconvertirse y reconfigurarse como destinos turísticos y del capital; por el camino, construyen grandes instalaciones y expulsan a los habitantes originales de la zona, mostrando, una vez más, el objetivo del urbanismo vinculado con el capital y, en palabras de Harvey, «los procesos de acumulación vía expoliación de los activos de los más pobres».

Casos similares se dan en la reconstrucción de los grandes desastres ecológicos: el huracán Katrina en Nueva Orleans, el terremoto de Haití de 2010, las inundaciones del tsunami en Indonesia. En este último caso, tras el tsunami surgió la oportunidad de transformar el territorio con la excusa de mejorar las condiciones de vida de la población; para ello, se delimitó una zona costera en la que no se podía construir y se alejó de ella a la población. Sin embargo, en poco tiempo esas zonas fueron vendidas a grandes empresas con intereses turísticos que las convirtieron en resorts de lujo para un público internacional.

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El uso de la palabra slum no es inocente. Se trata de identificar el vasto territorio autoproducido por los pobres en las ciudades con el estigma y, por lo tanto, de justificar las políticas de eliminación de esos espacios. El lenguaje de guerra frecuentemente empleado tampoco es inocente: se trata de controlar territorios estructurados bajo la lógica de las necesidades de supervivencia y de la invención, para que el capital financiero -la moneda que circula libremente, desencarnada de cualquier territorio- pueda allí posarse en paz.

Esta nueva forma de colonización opera tanto a través de la ocupación del territorio y de la sustitución de las formas de vida que allí existían, con desalojos forzosos y demoliciones, como del proceso cotidiano de construcción de los individuos consumidores y sujetos del crédito, ampliando los mercados y finanzas globales cultural y concretamente. (p. 273)

La guerra de los lugares, Raquel Rolnik

Conocimos a Raquel Rolnik con la conferencia «Las ciudades, en manos de las finanzas globales» que dio en el 2017 en un ciclo de conferencias sobre la ciudad en el CCCB. Ya en dicha conferencia adelantaba el que es el gran tema del libro que nos atañe: cómo las grandes finanzas han invadido los recursos destinados a vivienda de todo el planeta con el objetivo de obtener rédito financiero de ellos generando, de paso, las crisis de 2008 y la del alquiler actual y dejando en situación de desposesión a millones de personas.

La propiedad inmobiliaria [real estate] en general y la vivienda en particular configuran una de las más nuevas y poderosas fronteras de la expansión del capital financiero. La creencia de que los mercados pueden regular el destino del suelo urbano y de la vivienda como forma más racional de distribución de recursos, combinada con productos financieros experimentales y «creativos» vinculados a la financiación del espacio construido, hizo que las políticas públicas abandonaran el concepto de vivienda como un bien social y el de ciudad como un artefacto público. Las políticas habitacionales y urbanas renunciaron a la función de distribuir la riqueza, bien común que la sociedad coincide en dividir o proveer a aquellos que tienen menos recursos, pra transformarse en un mecanismo de extracción de ingresos, ganancia financiera y acumulación de riqueza. Este proceso derivó en la desposesión  masiva de territorios, en la creación de pobres urbanos «sin lugar», en nuevos procesos de subjetivación estructurados por la lógica del endeudamiento, además de haber ampliado significativamente la segregación en las ciudades. (p. 13; las negritas son nuestras)

La introducción de La guerra de los lugares. La colonización de la tierra y la vivienda en la era de las finanzas ya es clara respecto al tema del libro: dejar claro que todo lo que ha rodeado a la evolución del concepto y el precio de la vivienda en los últimos 30 años no es una serie de azares sino un movimiento orquestado por el capital con la finalidad de obtener rédito financiero y ganancias de algo que antes estaba a disposición de los ciudadanos.

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El primer bloque del libro muestra, recorriendo diversos países, cómo se pasó al modelo de vivienda en propiedad obtenida mediante deuda hipotecaria; el segundo, en todos los procesos de desposesión de los pobres y los débiles que se están dando alrededor del mundo como consecuencia de ese cambio de paradigma; y el tercer bloque, en el que no entraremos, recorre la historia y el caso del Brasil natal de la autora y la evolución del tema de la vivienda allí. Raquel Rolnik, arquitecta y urbanista brasileña, fue relatora para la ONU del Derecho a la Vivienda durante 6 años; de aquel periodo surge este libro.

Entre 1980 y 2010, el valor de los activos financieros mundiales -acciones, títulos, títulos de deuda públicos y privados y aplicaciones bancarias- creció 16,2 veces, mientras el PIB mundial aumentó poco menos de 5 veces en el mismo período. Este pool de superacumulación fue consecuencia no sólo del lucro acumulado de grandes corporaciones, sino también de la entrada en escena de nuevas economías emergentes, como China. Esta muralla de dinero comenzó a buscar cada vez más nuevos campos de aplicación, transformando sectores (commodities, finaciamiento estudiantil y planes de salud, por ejemplo) en activos para alimentar el hambre de nuevas líneas de inversión rentables para los inversores. (p. 27)

La vivienda -la creación, reforma y fortalecimiento de sus sistemas financieros- fue uno de estos nuevos campos de aplicación del excedente. Además, permitió vincular, mediante la creación de un mercado secundario de hipotecas, los sistemas de domésticos de financiación habitacional con los mercados globales. La entrada de este excedente de capital hizo aumentar el crédito más allá del tamaño y la capacidad de los mercados internos, creando e inflando las llamadas burbujas inmobiliarias. Además, el propio espacio en las ciudades se modificó a raíz de este cambio de paradigma, provocando cambios profundos en el rediseño y extensión de las ciudades.

Todo esto no hubiese sido posible sin un cambio en la forma de entender el papel del Estado en la adquisición de la vivienda por parte de los ciudadanos.

Formulado en Wall Street y en la City de Londres e implantado en primer lugar por políticos neoliberales estadounidenses e ingleses a finales de los años 1970 y comienzos de los año s1980, el cambio en el sentido y en el papel económico de la vivienda ganó fuerzas con la caída del Muro de Berlín y la consecuente hegemonía del libre mercado. Adoptado por gobiernos e impuesto como condición para que instituciones financieras multilaterales, como el Bando Mundial y el Fondo Monetario Internacional, concedieran préstamos internacionales, el nuevo paradigma se basó principalmente en la implantación de políticas que crean mercados financieros de vivienda más fuertes y más grandes, incluyendo a consumidores de mediano y bajo ingreso, que hasta entonces habían estado excluidos. (p. 30)

En general, los tres modelos de financiación usados fueron:

  • sistemas basados en hipotecas;
  • sistemas basados en la asociación de créditos financieros con ayudas gubernamentales directas para la compra de unidades producidas en el mercado;
  • esquemas de microfinanciación.

Para garantizar que toda la población acatase mansamente el nuevo mandato de poseer una vivienda fue necesario el cambio del paradigma del papel del gobierno. «… fue después de la Segunda Guerra Mundial, especialmente en los años 1650 y 1960, cuando la provisión pública de habitación se convirtió en uno de los pilares para construir una política de bienestar social en Europa, un pacto redistributivo entre capital y trabajo que sustentó décadas de crecimiento económico». Algunos países disponían de un importante stock de vivienda pública (Austria, Dinamaca, Finlandia, Holanda, Reino Unido, por citar sólo algunos de los que indica Rolnik), otros disponían de ayudas para acceder a la vivienda (Alemania) y otros, por ejemplo España, Grecia o Portugal, no fueron grandes promotores de vivienda pública en absoluto. «A partir de la crisis económico-financiera de los años 1970, el período más extenso de recesión económica internacional después de los años 30, se formula en la teoría y en la práctica la idea de que el papel de los gobiernos ha de transformarse: de proveedores de vivienda a «facilitadores», y su misión será abrir espacio y apoyar la expansión de los mercados privados. Es decir, crear y promover la existencia de sistemas financieros que hagan posible la compra de la casa en propiedad. Para ello, además, era necesario crear la conexión entre vivienda pública y precariedad o pobreza: estigmatizarla, considerarla como algo que sólo los incapaces de manejar activos en el mercado podían tener.

Los precursores de este cambio de paradigma fueron Reino Unido y Estados Unidos. Reino Unido pasó de un 52% de propietarios en 1971 a un 70% en 2007; y la vivienda de arrendamiento social cayó del 30% en los 70 al 18% en 2007. Por el camino, el Estado había pasado de ser el responsable del bienestar -incluida la vivienda- de los ciudadanos a un «sistema en el que el individuo carga con las responsabilidades de su propio bienestar y seguridad social, volviéndose un consumidor de activos financieros que le proveerán una renta en la vejez» (p. 48). La vivienda subió un 200% del 1997 a 2012; los sueldos, un 55%. Y la mayor parte de los fondos destinados a vivienda social se redirigieron a ayudar a pagar los alquileres de los menos favorecidos; es decir, fueron directamente a manos de los arrendadores privados. La vivienda se convirtió en un activo financiero para las familias, basado en la deuda y propiciando un aumento del consumo en una época en que la capacidad económica de los ciudadanos no paraba de decrecer.

En Estados Unidos la situación fue algo distinta. En 1934 se creó la Federal House Administration (FHA), que ya conocemos por su famosa política del redlining que llevó a la gentrificación de muchas ciudades. La FHA tomó dos caminos: por un lado, apoyar a las familias de clase media que querían comprar una vivienda ofreciéndoles condiciones muy generosas; por otro, ayudar a pagar el alquiler a la clase obrera, en general, blanca. Poco a poco, a medida que llegaban migraciones provenientes del sur, sobre todo afroamericanos, el perfil se fue segregando por razas: las clases medias blancas fueron incentivadas a comprar casas suburbanas a las afueras de las ciudades (más de la mitad de todas las viviendas construidas durante los 50 y 60 fueron financiadas con esos fondos) mientras que las ayudas al alquiler fueron rebajándose y eran entregadas a las clases obreras negras que no podían emigrar a los suburbios, por cuestión tanto de economía como por racismo estructural. Eso generó la pobreza extrema en los centros de las ciudades americanas que acabaría llevando a la gentrificación; y, por otro lado, una enorme extensión de suburbios donde toda clase media blanca americana poseía su propia casa con terreno y la necesidad de usar el coche para cualquier motivo.

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El redlining; sus efectos aún se perciben en las ciudades de Estados Unidos.

En cuanto llegó la ampliación de las grandes finanzas al mercado de la vivienda, una de sus extensiones fue la creación del crédito subprime; una ley de 1977 obligaba a los bancos a «alquilar parte de sus carteras hipotecarias en los barrio donde se originaban sus depósitos», barrios que hasta ahora habían sido considerados redline y que se convirtieron en subprimes «o crédito de altísimo coste ofrecido sobre todo a familias compuestas por minorías y a otros grupos que históricamente no tuvieron acceso al crédito por ser considerados de alto riesgo».

Otros aspectos de la política financiera del momento, en los años en que el capital se fue liberando de sus cadenas, fue la posibilidad de titularizar préstamos y juntarlos en paquetes que se podían comprar; «la titularización permitía limpiar los balances de instituciones de crédito a través de su venta a bancos o fondos de inversión». A este festival se sumaron los hedge funds y las agencias de rating, formando paquetes tóxicos que las grandes empresas se iban pasando como una patata caliente para que no les estallase en las manos. Todos sabemos cómo acabó el tema.

Por otro lado, la crisis hipotecaria de los préstamos subprime no fue producto de un intento desafortunado de ampliar el mercado privado de casas en propiedad para los más pobres, disminuyendo la dependencia en relación con los fondos públicos y del Estado. Por el contrario, fue fruto de una política clara y progresiva de destrucción de alternativas de acceso a la vivienda para los más pobres. Dicha política pretendía constituir, exactamente en el sector habitacional de más bajos ingresos, una nueva forma de extracción de renta -de los mercados de hipotecas, así como de los propios propietarios privados endeudados- para los inversores financieros. (p. 70)

En Europa, las cosas fueron similares. Como ejemplo, en el 2008 la Comisión Europea restringía las ayudas para la vivienda sólo a aquellas personas socialmente menos favorecidas cuya situación no les permitía mantener una vivienda al precio de mercado. El objetivo de esta decisión: favorecer el libre mercado en el tema de la vivienda.

Este paradigma, sin embargo, no se detuvo en Estados Unidos y Europa, donde se generó, sino que, mediante las grandes entidades financieras internacionales, el Banco Mundial y el FMI, se fue extendiendo al resto del planeta. La receta del Banco Mundial para poner la vivienda al alcance de todo el mundo seguía el siguiente modelo, donde los tres primeros puntos son para dar curso a la demanda y los tres siguientes, a la oferta:

  • el derecho de propiedad, mediante registros de tierras y propiedades y una ley clara al respecto;
  • desarrollo de un sistema financiero que permita la creación de créditos para que los pobres accedan a la vivienda endeudándose;
  • «racionalizar» los subsidios para que no entorpezcan la labor de los dos puntos anteriores.

Y en cuanto a la oferta:

  • facilitar infraestructuras para la urbanización;
  • reformas urbanísticas, cambios necesarios en las leyes sobre el suelo y la propiedad pública;
  • privatizar la industria de la construcción civil, a fin de fomentar la competición.

Como destaca Rolnik, estas políticas sirvieron mucho más para ampliar los mercados financieros que para aumentar el acceso a la vivienda de los más pobres y vulnerables.

Cuando finalmente la crisis de todo esto estalló, ¿los Estados se dieron cuenta de lo ciegos que habían estado y lo erróneo de sus políticas y trataron de volver atrás, de fomentar otra vez la construcción de vivienda pública, de huir de la deuda, de evitar la formación de otra burbuja? Para nada: «se limitaron a inyectar fondos públicos en los bancos y las insituciones de crédito para evitar su bancarrota»; los 65.000 millones de euros que regaló España a la banca son el ejemplo que usa Rolnik, además de la creación del SAREB.

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Ya conocen el dicho: la banca siempre gana.

Pero el capital no se detuvo aquí: aprovechando la crisis y que el precio de las viviendas había caído en picado, los hedge funds empezaron a comprarlas en paquetes, sobre todo aquellas cuyas hipotecas habían sido ejecutadas. Rolnik habla de Blackstone, un fondo de inversión inmobiliaria participado por inversores internacionales como J. P. Morgan, Deutsche Bank, Citigroup, Goldman Sachs… los mismos nombres que se enriquecieron con la creación de la burbuja inmobiliaria.

Al comienzo de esta parte del libro ya habíamos afirmado que, en función de la sobreacumulación, la expansión territorial y sectorial del mercado permitió absorber el capital excedente, a través de la transformación de la vivienda en mercancía y en activo financiero en varias regiones del planeta. Esto, a la vez, generó un boom y un nuevo ciclo de sobreacumulación bajo el control de los agentes financieros. Cuando el mercado quedó saturado de collateral, la rápida retirada de los inversores desvalorizó enseguida este stock, creando un nuevo mercado de alquiler residencial, lo que constituyó una nueva frontera para la acumulación financiera. (p. 120)

Con la posesión de estos paquetes de viviendas, los grandes fondos han sido capaces de gestionar el mercado del alquiler para crear otra burbuja mediante la que continuar explotando el acceso a la vivienda de las clases medias y bajas; pero esto queda para la segunda entrada, donde también abordaremos el efecto que tiene sobre las poblaciones más vulnerables este cambio de paradigma.

«Las ciudades, en manos de las finanzas globales». Conferencia de Raquel Rolnik

Conferencia dada por Raquel Rolnik en el CCCB en julio de 2017 en el ciclo de conferencias sobre la ciudad. Aquí podéis ver el vídeo completo. Raquel Rolnik es arquitecta y urbanista brasileña. Ha trabajado tanto en el sector privado como el público, y tiene diversos libros sobre el tema de entre los que destacamos La guerra de los lugares. La colonización de la tierra y la vivienda en la era de las finanzas de la editorial descontrol.

La tesis principal es que estamos bajo un nuevo poder colonial desde finales de las décadas del siglo pasado. Este nuevo poder colonial se llama finanzas globales. El uso del término «colonización» no es baladí: implica tanto la dominación territorial como la cultural. Dicha colonización tiene un único objetivo: la obtención de renta mediante la abertura de nuevas fronteras que sean capaces de generar interés para el capital.

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Rolnik habla de este capital como un «wall of money», un muro de dinero que levita sobre el planeta y busca lugares sobre los que descender para someterlos y extenderse. Recuerda al concepto de Bauman de el capital flotante o el gran capital, una suma de dinero y las personas que lo van siguiendo que no viven en ningún lugar y exigen que cada ciudad les tenga preparado un «puerto» o lugar donde poder establecerse y con similares características en todas las ciudades. Una de las características de este wall of money es que circula en paraísos fiscales donde no paga impuestos; además, teniendo en cuenta que aproximadamente el 80% de los beneficios que obtiene no son para reinversión, sino para entregar dividendos a sus accionistas, se tiene un capital enorme que no repercute positivamente en la población y que sólo busca expoliar.

Se trata de capital desterritorializado, no vinculado con población ni territorio. Y una de las inversiones que ha captado últimamente es la de los inmuebles, cambiando el concepto tradicional de «bien raíz», es decir, establecido, y que hoy en día ha perdido su sentido y se ha convertido en capital también flotante mediante la operación de «titulización«: transformar un espacio construido en un equivalente en un papelito, un bit, información en la nube. Un ejemplo actual de esto es el caso de las viviendas de protección oficial de Madrid que el equipo de Ana Botella vendió al fondo buitre Blackstone a un precio inferior al del mercado, pero Rolnik pone como ejemplo los centros comerciales: fundados por compañías de fondos y con accionistas que sólo esperan obtener réditos de ellos.

La ventaja de estos centros es que los fondos buitre pueden invertir o desinvertir en ellos con un simple gesto, en función de si obtienen beneficios o si existen sitios en los que la inversión es más rentable. Algo así sucedió en Barcelona, donde llegaron de repente grandes fondos de inversión y los ciudadanos de la calle se encontraba de repente compitiendo con grandes jeques, grandes fondos de inversión tejanos, etc. Estos fondos se pueden permitir inversiones a grandes plazos: aunque ahora mismo un edificio no les sea rentable, lo pueden mantener aparcado, vacío, a media construcción, etc, a la espera de que el mercado los revalorice. De nuevo, el ejemplo del gran parque inmobiliario a manos de los bancos que hay en España a la espera de que los precios suban o de que los clientes acepten hipotecas que sólo concede cada banco para la compra de sus propios pisos. Además, su único objetivo es obtener beneficio, con lo que subirán los alquileres o venderán a otros fondos sin tener en cuenta las repercusiones para los ciudadanos.

Hay otros ejemplos, como los barrios sin titularización oficial existentes en América Latina, enormes extensiones a las afueras de las ciudades donde vivían multitud de personas pero que fueron arrasados para ofrecerlos a los grandes inversores.

El siguiente paso en esta cadena de obtención de beneficios pasa de la posesión de las viviendas a la gestión del espacio: smart cities. Productos unificados y construidos en cadena, mismos espacios en distintas ciudades: la hegemonía de los productos inmobiliarios sometidos a la misma lógica del capital. «Las ciudades se transforman en paisajes para la renta y no para la producción y reproducción de la vida que era la ciudad del capitalismo fordista.»

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Y todo este proceso surge de una esfera pública, mediada políticamente, hacia un espacio privado, mediado por corporaciones. La utopía de la autoregulación del capitalismo ha perdido su sentido y ha quedado demostrada como mentira: la gestión política se ha sometido al mercado. Todos los procesos que Rolnik ha explicado hubiesen sido imposibles sin la complicidad de las estados: al permitir el capital flotante, al permitir las inveresiones en vivienda e inmueble, desregularizando la necesidad de la estabilidad de los ciudadanos, incluso financiando estas operaciones (de nuevo: las viviendas de protección oficial que compró Blackstone fueron levantadas con dinero público).

Por suerte, existen cada vez más movilizaciones y resistencias contra esta colonización.

El aumento de las ocupaciones, tanto de vivienda como de espacio público, son tácticas esenciales, experiencias de prefiguración de nuevas formas de organizar la sociedad, de toma de decisión, de autogobierno, de gestión de la vida colectiva que son procesos de construcción de lo común; el espacio público no es un lugar, sino un proceso de construcción autónoma y de definición de un destino de lugar que se opone claramente al papel que el lugar ha tenido bajo la colonización de las finanzas. Creo que hoy tenemos una confrontación entre la toma del territorio para extracción de la renta versus la liberación del lugar para permitir que la vida se desarrolle y que la gente pueda vivir. Son procesos colectivos que eventualmente llegan a explosiones y protestas que permiten vislumbrar la potencia, aunque no está claro cuál es el modelo del futuro, cuál es la nueva organización social que vamos a tener; pero cada resistencia contra un desahucio o contra una privatización, cada apropiación del espacio como lugar de la multiplicidad y la libertad es esencial para construir esta otra alternativa al avance de la colonización.

Surge una pregunta del público asistente sobre si existe una diferencia entre el proceso de exclusión generado por esta nueva colonización y el proceso de exclusión generado, por ejemplo, en la ciudad fordista, cuando los que tenían menos debían abandonar el centro por el precio del suelo. Una similitud: en ambos casos la vivienda es una mercancía, tiene un precio, y por lo tanto sólo es asequible a quien pueda pagar ese precio, generando clases de ciudadanos. Una diferencia: ahora en una ciudad ya no compiten los mismos ciudadanos unos contra otros, el inversor por ejemplo contra su trabajador, sino que los ciudadanos compiten con grandes fondos de inversión. Antes el proceso político trataba de equilibrar la situación para no vaciar las ciudades (más o menos en función del signo político de cada gobierno), pero hasta ahora las clases populares tenían algo de fuerza en la gestión de la ciudad que les permitía cierta redistribución. Eso hoy ha desaparecido y el poder de gestión local ha sido casi anulado por una gestión política favorable al capital. Hoy no es posible hablar con, ni convencer al, capital, porque no es un fondo de inversión: es toda una cantidad de ellos; si uno cede, vendrá otro a ocupar su lugar, cuando no están tan inextricablemente unidos que son indistinguibles. Incluso algunos ciudadanos participan de esta gestión: cediendo sus casas a plataformas de alquiler para poder tener una renta adicional, por ejemplo. Esto es lo poderoso de esta hegemonía cultural: que los ciudadanos son cómplices, no les queda más remedio que ser cómplices.

«La estrategia de Margaret Thatcher para imponer el neoliberalismo fue increíble: casi el 40% de todos los pisos o casas a principios de los 70 era vivienda pública, habitada por la clase obrera británica. ¿Qué hizo Thatcher? Vendió los pisos a la clase obrera a gran descuento, por lo que quebraron la base política del partido laboral: a eso siguió congelación de los sueldos y estancamiento del dinero, por lo que tuvieron que usar sus viviendas como moneda para comprar coches, sobrevivir, pagar la educación de sus hijos.» ¿Cuál fue la consecuencia a largo plazo? La crisis de la vivienda actual: los hijos de aquellos propietarios no pueden acceder a la vivienda.

¿Se puede luchar a pie de calle contra esta colonización? Sí, con movimientos de cultura periféricos y asociaciones. Un muchacho de Sao Paulo hablaba a Rolnik de «prototipar el futuro«. La diferencia entre las luchas de la izquierda por sus demandas y sus aumentos de sueldo y contra la privatización de los 70 y «prototipar el futuro» es que los primeros lucharon por poner en puestos de gobierno a personas con la capacidad de liderar esas luchas e implantarlas en la agenda mientras que los movimientos de hoy no intentan crear partidos políticos o entes capaces de llegar al gobierno e implantar desde allí sus ideas, sino que viven en persona formas nuevas de organizarse y vivir. Existe una gran cantidad de trabajadores al servicio del capital, el Big Data y el control de las personas; pero también otra gran cantidad que lucha contra ello no mediante la oposición, sino mediante la búsqueda de nuevas formas alternativas.

Finalmente, Rolnik habla de las complicaciones actuales con las palabras de Franco Berardi: estamos viviendo en el cadáver de un modelo (de Estado, de sociedad, de forma de vida, sobre todo del capitalismo; lo dice por ejemplo en esta entrevista) que da sus último coletazos: es normal que huela mal y sea duro, pero de aquí surgirán los nuevos modelos para el futuro. Pero no hay que caer en la trampa de la supremacía de lo global, con el ejemplo de los 90 (en el que la propia Rolnik admite haber caído) y con el liderazgo de Barcelona. Barcelona se propuso a finales de los 80 y bajo los cambios propiciados por la cercanía de los Juegos Olímpicos como algo más que una ciudad, un estamento superior: se anunció como un lugar en él que valía la pena estar, un lugar donde vivir e invertir; y, tal vez desde la buena fe, pero dio lugar a la competición entre ciudades y a la llamada al gran capital invirtiendo en ciudades (posesión primero, luego gestión) que ha dado lugar a toda la situación actual.