Ciudades del mañana (y III): el urbanismo se vuelve académico

Y con esta tercera entrada acabamos el repaso del libro Ciudades del mañana, de Peter Hall. La sensación que nos ha dejado es muy buena: se trata del mejor tratado sobre urbanismo que hemos consultado hasta la fecha. En cuanto a urbanismo propiamente dicho, es más extenso y completo que Teorías e historia de la ciudad contemporánea, de Carlos García Vázquez (con el que no dejamos de compararlo por el simple motivo de que son dos de los grandes libros leídos en este blog, y similares en temática); pero el de García Vázquez aborda otros temas (arquitectura, sociología) que Hall sólo roza.

El capítulo noveno trata un tema que se dará sobre todo en Estados Unidos pero cuya configuración afectará al urbanismo por doquier: La ciudad en la autopista, se titula. Las autopistas nacieron en Alemania, durante la República de Weimar. Los nazis, al llegar al poder, estaban en principio en contra del proyecto (probablemente porque era del régimen anterior), pero pronto le vieron la utilidad y siguieron adelante. Aunque primitivas en su diseño, eran similares a otros proyectos que fueron desarrollándose por la fecha en distintas zonas del mundo: «carriles separados, enlaces a niveles distintos, estaciones de servicio impecablemente diseñadas, incluso los enormes carteles con sus letras clásicas, que se convirtieron en una parte del nuevo simbolismo visual» (p. 292).

Paradójicamente, la que acabaría siendo conocida como ciudad de las autopistas, Los Ángeles, contaba en su haber con menos construcciones de este tipo que, por ejemplo, la ciudad de Nueva York, con el ubicuo Robert Moses como constructor. Sin embargo, lo que en Nueva York era una vía de circunvalación rápida, en Los Ángeles pronto se convirtió en el único modo de ir de un sitio a otro. La construcción de la autopista de Arroyo Seco, por ejemplo, produjo el aumento inmediato del valor del suelo en Pasadena y forjó un tándem que ya no se disolvería: el de autopistas y promotores.

Hubo otros caminos para llegar a suburbia: sin ir más lejos, y pretendiendo todo lo contrario, la idea de Frank Lloyd Wright que cristalizó en Broadacre City, empezada en 1924. Similar en su planteamiento a los de la Asociación para la Planificación Regional de Mumford («el mismo rechazo de la gran ciudad, la misma antipatía populista en contra del capital financiero y los grandes propietarios; el mismo antagonismo anarquista contra el gobierno central; la misma fe en los efectos liberadores de las nuevas tecnologías; la misma creencia en la posesión de la casa y la vuelta a la tierra», p. 297). También había diferencias: Wright quería liberar a hombres y mujeres para que fuesen individuos libres, no para que se unieran en un sistema cooperativo; no quería casar la ciudad con el campo, sino fundirlos.

01
Broadacre City. Confesamos que en el blog no entendemos la imagen; parece que no somos los únicos, a la vista de este linkdonde la explican…

La visión de Wright, idílica, coincide en algunos puntos con la de Howard: ciudadanos libres con sus propios hogares, en entornos idílicos donde todos los servicios están a mano unos de otros y se confunden las zonas de trabajo con las de ocio… Ambos fueron igualmente criticados: Howard, sobre todo, por aquello que acabó siendo su idea; Wright porque proponía individuos libres… sometidos a la tiranía del arquitecto.

Y la idea cuajó, y Estados Unidos se volvió Broadacre City. Pero sin la base económica ni el fundamento social que Wright había previsto: con casas prefabricadas por corporaciones mastodónticas y situadas a lo largo de las nuevas autopistas. Según Hall hubo cuatro factores que permitieron el enorme crecimiento de suburbia:

  • las nuevas carreteras que habían abierto nuevas posibilidades en lugares fuera del alcance de los tranvías y trenes;
  • la zonificación de los usos del suelo, que en Estados Unidos se tradujo en una forma de mantener estable los valores de la propiedad y crear zonas residenciales uniformes;
  • las hipotecas garantizadas por el gobierno, que permitían préstamos a bajo interés y a pagar en plazos largos, lo que facilitaba el acceso a la vivienda a familias con ingresos modestos;
  • y el baby boom, que creó una demanda enorme de casas donde los niños pudiesen crecer y sirvió como catalizador de los tres factores anteriores.

Eisenhower («que había ganado la guerra en las Autobahnen alemanas») puso en marcha la creación de una nueva red de carreteras, pensando que, además de su utilidad, generarían un boom económico. Hubo un debate sobre si las vías debían circunvalar las ciudades o pasar por el centro; la mayoría se decantó por esto segundo, lo que no es de extrañar si se tiene en cuenta que el maestro del responsable del proyecto, Bertram Tallamy, había sido alguien que también participaba en el mismo: Robert Moses.

A la mezcla anterior se le añadió un factor nuevo: los grandes empresarios, constructores a gran escala, capaces de edificar casas como si fuesen neveras o coches. El ejemplo clásico: Levittown, en Long Island, aunque luego fue replicado en otros estados. Su gran defecto, como ya hemos comentado en el blog a menudo: que están segregados por edad y clase social, es decir: la gente vive con sus iguales. Otros: «despilfarro del suelo, aumento del tiempo invertido en el traslado diario al trabajo, costes más altos en los servicios públicos, carencia de zona dedicada a parques» (p. 309). García Vázquez era bastante contrario a suburbia; Hall no lo es tanto.

El siguiente paso fue la mayoría de edad de suburbia, significada por el famoso Learning from Las Vegas de Robert Venturi: el estudio de las nuevas formas de arquitectura que habían surgido a lo largo de la carretera. El paisaje de la calle principal de Las Vegas «está constituido por los propios carteles; los edificios, reducidos a ser los soportes de esta decoración, están rodeados por amplias zonas de aparcamiento» (p. 310). Y estas nuevas formas arquitectónicas, decía Venturi, ya no podían ser juzgadas con los criterios funcionalistas que habían predominado desde los años treinta. Hall sostiene que la publicación del libro supuso uno de los hitos que señaló el final de la arquitectura moderna y su cambio hacia el postmodernismo.

02.jpg
Íbamos a añadir una imagen de Levittown, pero las de Las Vegas tienen mucho más colorido.

También durante los sesenta fueron apareciendo estudios que trataban de rebatir la idea de que el hombre de suburbia vivía en la homogeneidad adormecedora, sin individualidad, sin interacción urbana: los estudios sugerían que su vida era, más o menos, muy similar a la de los habitantes de las grandes ciudades.

Hall, en conclusión, cita como aspectos positivos la extrema vitalidad del proceso, la cantidad de casas y vecindarios edificados, su contribución a la vitalidad económica del país. En contra: los costes de la dispersión disparan el precio de la vivienda, se ha despilfarrado suelo sin necesidad, los resultados estéticos, si bien no horribles, tampoco son para tirar cohetes. Pero la crítica más seria es que la mitad de la población no ha podido acceder a una casa: en definitiva, la suburbanización ha ayudado a la estratificación por raza, ingresos y trabajo de la población (Clawson), aunque el mismo autor afirma que las fuerzas económicas y sociales que generan esta estratificación son más profundas que el hecho de suburbia. (p. 314)

El mismo proceso en Europa tuvo resultados distintos: se tendió más a la creación de ciudades satélite que de barrios suburbanos residenciales. El ejemplo: Estocolmo.

Y con el décimo capítulo se abre la última parte del libro de Hall, dedicado a la llegada del urbanismo a las universidades y la separación entre un urbanismo «real» y un urbanismo «académico» alejado de las calles: La ciudad de la teoría.

La historia del urbanismo como disciplina universitaria tuvo un origen claro: el de la propia actividad de la profesión. Hubo urbanistas antes que urbanismo, por así decirlo, por lo que los primeros pasos de la disciplina fueron la repetición de fórmulas y casos que ya se habían llevado a cabo. A medida que los ordenadores entraban en escena se fueron convirtiendo en herramientas necesarias para los urbanistas, que les dieron la capacidad de generar modelos, sobre todo de tráfico, para planear las distintas opciones aplicables a cada caso.

La cosa cambió con el surgimiento de los estudios marxistas de los 70.

(…) en el mundo anglosajón también apareció una visión específicamente marxista del urbanismo. Describirla comportaría hacer un curso completo de teoría marxista, pero, resumiendo, diríamos que la estructura de la propia ciudad capitalista, incluyendo sus modelos de uso de suelo y de actividades, es el resultado del capital en busca de beneficio. Debido a que el capitalismo está abocado a crisis periódicas, que se hacen más profundas en la situación del capitalismo tardío, el capital recurre al estado, que actúa como su agente, para que le ayude a remediar la desorganización en la producción de artículos de consumo y favorezcla la reproducción de la fuerza de trabajo. (…) garantizando y legitimando el capitalismo social y las relaciones de propiedad. (p. 346)

Figuras esenciales del momento: David HarveyDavid Harvey, Manuel Castells, Henri Lefebvre.

Pero, señala Hall, de esta consideración del urbanismo nace un problema, una dicotomía insoluble: la tarea del urbanista es descubrir el trasfondo capitalista que yace sobre el mundo y, si acaso, luchar contra él o buscar formas de soslayarlo. El problema, claro, es que la tarea del urbanista es limitada y «no puede suponer que cambiará el curso de la evolución del capitalismo en más de un milímetro o un milisegundo, la lógica exige que se dedique con firmeza a la primera tarea [comprender el mundo académicamente] y se olvide de la segunda [actuar para cambiarlo]. En otras palabras, la lógica marxista es extrañamente quietista; sugiere que el urbanista abandone la planificación y se retire a su torre de marfil académica.» (p. 349)

El capítulo 11, La ciudad de los promotores, nos coloca en camino del momento actual. Tras el gran crecimiento de suburbia (en Estados Unidos) o las ciudades satélite (Europa), las ciudades se dieron cuenta de que estaban perdiendo población, especialmente sus centros. La gran obsesión de las ciudades, que había sido limitar o conducir el crecimiento, dio un giro radical y se centró en fomentarlo para hacer renacer sus centros urbanos. Y el camino ideal lo halló en la colaboración público-privada, cuyo nombre central será el de James Rouse, promotor de Baltimore que sentó las bases de un sistema nuevo: renovar zonas de la ciudad (en su caso fueron los centros marítimos), derruir los almacenes y la maquinaria obsoleta y llenarlos con tiendas, centros comerciales, restaurantes, zonas de ocio y nuevas áreas residenciales (de nivel medio-alto, se sobreentiende).

La «Rousificación» de Boston y Baltimore -proceso que se está repitiendo en un gran número de viejas ciudades industriales norteamericanas- suponía la deliberada creación de la ciudad como escenario. Como pasa en el teatro, parece que sea de verdad, pero no es vida urbana como la que siempre hemos conocido: el modelo es la Calle Mayor de América que recibe a los visitantes que llegan al Disneyland de California, está «higienizada» para su mayor seguridad (como dice la frase), es saludable, no presenta ningún peligro, y su medida es siete octavos del tamaño  natural. A su alrededor, las calles restauradas de manera encantadora -todas «yupificadas» gracias a la gran inyección de fondos del departamento para el Desarrollo Urbano y de la Vivienda- tienen la misma cualidad: parecen un espacio urbano imaginario de una película de Disney, lo que pasa es que, por incongruente que parezca, son de verdad. (p. 361)

Volvemos a la ciudad análoga de Sorkin. La situación fue similar en Europa: la mayoría de ciudades disponían de terrenos vacíos antaño ocupados por fábricas ahora deslocalizadas o a las afueras o a otros países y no sabían qué hacer con ellos. El problema es que, por ejemplo en los muelles de Londres, aún quedaban trabajadores, la mayoría de los cuales habían sufrido fuertemente el desplazamiento de sus fuentes de trabajo, y hubo protestas; fue necesario llegar a un acuerdo para reformar la zona que incluyese viviendas de protección oficial.

No entramos en detalles de los dos últimos capítulos: La ciudad de la eterna pobreza narra la entrada de la sociología a la ciudad de la mano de la Escuela de Chicago (algo que nos explicó, por ejemplo, Ulf Hannerz en mayor detalle) y La ciudad a lo Belle Epoque narra los últimos cambios sucedidos en la ciudad: globalización, segregación, conurbaciones y flujos (algo que, dado que el libro es de 1996, no profundiza mucho en el asunto; citamos, por ejemplo, al Olivier Mongin de La condición urbana).

Ciudades del mañana (II)

Si el cuarto capítulo de Ciudades del mañana, de Peter Hall, nos presentaba al gran protagonista del urbanismo del siglo XX (Ebenezer Howard, artífice de la ciudad jardín), el séptimo capítulo, La ciudad de las torres, nos trae al gran antagonista: Le Corbusier. Por las extrañas paradojas que se dan en el urbanismo, las ideas del suizo forjadas entre la intelligentsia del París de los años 20 acabaron siendo las responsables del diseño de las viviendas de la clase obrera de 1950 y 1960 en Sheffield, St Louis y otros cientos de ciudades.

Hall indaga un poco en la vida de Le Corbusier para intentar entender sus ideas; según él, algo de su necesidad de ordenar el mundo puede deberse a sus orígenes suizos. Otra fuente, tal vez, fue su necesidad de agradar a los patrones que lo financiaron; el Plan Voisin, del que hablamos recientemente a propósito del libro de Richard Sennett Construir y habitar, lleva el nombre del fabricante de aviones que lo patrocinó.

Dejamos el tema para otros derroteros: basta saber que Le Corbusier quería un mundo ordenado, racional, lleno de rascacielos donde agrupar a los habitantes y con los edificios separados unos de otros por carreteras y parques. Absurdamente estético, sin duda; totalmente inorgánico e inhabitable. Suyos son los conceptos de zonificación, la máquina de vivir y la unidad de habitación. Pocos edificios se realizaron según sus concepciones: en Marsella (1945), Nantes-Rezé (1952), Berlín (1956), Briey-en-Forêt (1957), Firminy (1960); el más famoso, nos parece, el de Marsella, ha quedado como elegante joya arquitectónica que visitar, no como posible proyecto urbanístico.

marsella.jpg

Pero Hall se centra, sobre todo, en las consecuencias que tuvo la forma de planificar de Le Corbusier, dos de cuyos mayores exponentes son las ciudades creadas desde cero de Chandigarh y Brasilia. Chandigarh, en la India, proyectada como la nueva capital de Punjab, ya tenía un plan urbanístico diseñado cuando se decidió contratar un equipo con los arquitectos «estrella» del momento, entre los cuales Le Corbusier y su hijo, que se adueñaron del proyecto. Brasilia, ya conocida, fue diseñada por Oscar Niemeyer y Lucio Costa. Hemos hablado en otras ocasiones del resultado, tanto de una como de la otra: hermosas, estáticas, hieráticas, inhabitables hasta el extremo de que, en ambos casos, coexisten la ciudad oficial con la ciudad espontánea que nace a su alrededor y que sí parece una ciudad.

Las ideas de Le Corbusier calaron, sobre todo, entre los arquitectos que se formaban en las facultades. No lo neguemos: es una arquitectura espectacular, una que decide cómo debería comportarse la gente, maravillosa para generar maquetas visualmente atrayentes. Durante los próximos 20 años, los proyectos de este estilo, grandes edificios en explanadas desérticas más o menos ajardinadas, fueron el pan de cada día en las ciudades satélites que absorbían a la población que se mudaba a la ciudad. Esta generación dio paso a los proyectos faraónicos necesarios para construir a tal medida, y de ahí a las renovaciones urbanas que pretendían arrasar los centros de las ciudades (como el propio Plan Voisin) sólo hubo un paso.

El ejemplo perfecto: Robert Moses. Con la idea de mejorar la vida de los pobres, arrasaba sus barrios, los gentrificaba, los atravesaba con una autopista enorme y les daba un par de parques, y ala, todos contentos. El problema, además de enfrentarse a Jane Jacobs y «obligarla» a escribir el libro de urbanismo más influyente de la historia, fue que la gente se cansó y empezaron a aparecer estudios durante los 60 que dejaban claro que ese tipo de planificación no funcionaba: porque subía el precio de las zonas arrasadas, porque demolía barrios enteros con un nivel de socialización relativamente alto y, sobre todo, porque gastaba enormes sumas de dinero público con la idea de dar mejores viviendas a los pobres pero lo único que conseguía era enviarlos al extrarradio a vivir en, normalmente, aún peores condiciones de las que tenían en la ciudad.

Hall nos habla de los edificios Pruitt-Igoe: diseñados en 1951 en St Louis, una serie de edificios enormes que tenían que mejorar la vida de todos aquellos que tuviesen la suerte de ser destinados. El proyecto estaba pensado para familias pobres con un cabeza de familia de ingresos reducidos. El problema: la mayoría de familias que llegaron eran negros pobres cuya cabeza de familia era una mujer con hijos e ingresos o irregulares o dependientes del Estado. Los pocos blancos que había se fueron pronto y la zona se convirtió en un vertedero donde ninguno de los inquilinos quería permanecer. Los diseños iniciales, que mostraban a amas de casa (blancas) con sus hijos jugando en los pasillos se habían vuelto lugares desérticos que los negros evitaban por su peligrosidad. Tras hacerse evidente el fracaso, los edificios fueron demolidos en 1972.

La ironía está pues en que la ciudad corbusiana de las torres es absolutamente satisfactoria para los habitantes de clase media que Le Corbusier había imaginado viviendo graciosas, elegantes y cosmopolitas vidas en La Ville contemporaine. Puede incluso funcionar en el caso de los sólidos, duros y tradicionales inquilinos de Glasgow, para quienes el paso de sus casas en el barrio pobre de Gorbals a los pisos del siglo XX les pareció una ascensión al paraíso. Pero para la madre cargada de hijos, acogida a un programa de ayuda y que, nacida en Georgia, ha ido a parar a St Louis o Detroit, ha resultado un desastre urbano de primera magnitud. Así pues el pecado de Le Corbusier y de los corbusianos no está en el diseño, sino en la insensata arrogancia con la que se han impuesto sobre la gente, que no ha podido aceptarlos y que si bien se piensa, nunca esperó que los aceptaran.

La ironía final es que en todas las ciudades del mundo se ha creído que el error de este tipo de edificios era debido a un fallo de «planificación». Planificación entendida como un programa de acción organizado de manera que puedan conseguirse unos objetivos concretos decididos a partir de unas necesidades. Y esto es precisamente lo que la planificación no es. (p. 250)

El séptimo capítulo, La ciudad de la difícil equidad, se inicia con Geddes, el padre de la planificación regional, viajando a la India y tratando de convencer a los urbanistas británicos de que no es necesario ni derrumbar todas las ciudades existentes para «sanearlas» ni planificar otras desde cero justo al lado: que basta con llevar a cabo pequeñas modificaciones destinadas a higienizar y limpiar la ciudad. Un poco como la teoría de las ventanas rotas que ya tratamos: si una ciudad parece limpia, los ciudadanos son los primeros interesados en mantenerla igual de limpia; si aparece dejada, nadie pone cuidado. Geddes quería mantener la idiosincrasia de la arquitectura india llevando a cabo unos pocos cambios, más de carácter saneador que demoledor y que además resultaban mucho más económicos que los planteamientos coloniales británicos.

No se le hizo mucho caso, porque los tiempos no estaban lo bastante maduros. Hubo que esperar hasta mitades de los años 50 para que John Turner, arquitecto que no se dejó fascinar por las teorías de Le Corbusier, fuese a Perú, a las barriadas pobres de Lima, y llevase a cabo un estudio que dejaba claro que, lejos de la idea, muy extendida, de que los pobres eran despojos dejados de la mano de dios a los que había que ayudar, quisiesen o no, las comunidades pobres tenían, en general, una compleja madeja de relaciones sociales y familiares, expectativas en cuanto a su propia vida muy similares a las de la clase media, un gran cuidado por sus hogares, etc. Turner también descubrió que, en general, «la gente sabe muy bien lo que quiere: cuando llegan por primera vez a la ciudad, solteros o casados, prefieren vivir en barrios pobres del centro, cerca de sus trabajos y de los mercados donde la comida es barata; más tarde, cuando tienen hijos, prefieren vivir en casas grandes aunque estén sin terminar, o incluso en chozas grandes, que en casas terminadas pero pequeñas» (p. 264). De hecho, el propio Muerte y vida de las ciudades americanas de Jacobs empieza con este tema: cómo, pese a todas las evidencias en contra del establishment oficial, las comunidades pobres son inmensamente ricas en cohesión, sensación de comunidad, organización y expectativas.

El capítulo sigue con un pequeño apartado dedicado a las comunidades que han colaborado o incluso tomado las riendas en la construcción de sus propios hogares y cómo la mayoría de estudios evidencian que es un hecho que fortalece dichas comunidades.

El siguiente punto es para Frank Lloyd Wright (aunque Hall volverá a él en un capítulo posterior) y su búsqueda del «orden orgánico», de la «cualidad sin nombre» que la arquitectura había perdido y que debía colocar una sonrisa en la boca de quien la habitase. No la sonrisa tonta de «uy qué mono» sino la de estar ante algo original, auténtico, con vida. Con tintes algo socialistas («el individuo no sólo va a hacerse cargo de sus propias necesidades, sino a responsabilizarse de las necesidades del grupo más extenso al que él también pertenece»), intentó en el proyecto «La gente reconstruye Berkeley» que los propios habitantes de la ciudad se hiciesen cargo de desarrollar y mantener los barrios, aunque la iniciativa no acabó de cuajar. Desilusionado, acabó aceptando que la gente necesitaba un catalizador, y él mismo se convirtió en él en Mexicali, ayudando a los mexicanos a crear su propio barrio.

Algo muy similar consiguió Ralph Erskine en Tyneside en Byker Wall. El diseño se llevó a cabo en estrecha colaboración con los residentes; algunos lo comparan con un barrio de Hong Kong, otros dicen que les recuerda a la Costa Brava; el hecho es que ha recibido numerosas veces el galardón de ser considerado el mejor vecindario del Reino Unido.

byker wall.jpg

A la voz de Jacobs se unió la de Sennett (Uses of Disorder): no eran más que «portavoces del desencanto general ante los resultados del urbanismo dirigido desde arriba en las ciudades norteamericanas» (p. 272).

La siguiente batalla, bastante similar, se daría en torno a diversos proyectos de reconstrucción urbana en los centros históricos de las ciudades europeas: en Estocolomo, en Londres y en París con Les Halles y el proyecto de Ricardo Bofill.

Ciudades del mañana, de Peter Hall

Si a algo nos recuerda este Ciudades del mañana, de Peter Hall, es a Teorías e historia de la ciudad contemporánea, de nuestro admirado Carlos García Vázquez. Ambos tienen el mismo tema, el desarrollo del urbanismo, y ambos buscan una forma distinto de abordarlo a la tradicional «historia de». El segundo, como ya recorrimos, dividía el urbanismo en tres periodos y cada periodo en una visión distinta, en función de las disciplinas; el estudio que ahora nos ocupa, del urbanista y geógrafo inglés Peter Hall, lo hace a través de la «historia de las ideas», es decir: cada capítulo sigue una idea desde su gestación inicial y sus orígenes hasta sus últimas consecuencias, con lo que los capítulos tienen duraciones muy dispares y a menudo se cruzan unos con otros, hasta repitiendo personajes. Algo que ya nos sucedió con Carlos García Vázquez y que, por lo tanto, parece característico del urbanismo.

En la práctica el urbanismo se mezcla imperceptiblemente con los problemas de las ciudades, y éstos con la economía, la sociología y la política de las ciudades, y, a su vez, con la vida social, económica y cultural de su tiempo; no hay final, ni límite, a estas interrelaciones, sin embargo hay que encontrarlo por muy arbitrario que éste sea. Contaremos lo necesario para explicar el fenómeno del urbanismo; lo situaremos claramente, a la manera marxiana, partiendo de la base socioeconómica, para, de esta manera, poder iniciar lo que realmente interesa al historiador. (p. 15).

Hall sitúa el origen del urbanismo en la reacción a los males de la ciudad del s. XIX y así es como empieza el segundo capítulo, La ciudad de la noche espantosa: con el hacinamiento de los pobres y los remedios que se intentaron para mejorar sus condiciones de vida. La visión general era que los pobres lo eran por dejadez, desidia o malas decisiones; la visión general de los que no eran pobres, se supone. El primero que hizo una encuesta un poco seria fue Charles Booth, un armador de Liverpool, que llegó a la conclusión de que alrededor de un millón de habitantes de los cerca de 3 y medio que tenía Londres por entonces eran pobres. Algunos lo eran por vagos, otros por ingresos irregulares y la mayoría por ingresos regulares demasiado bajos.

El problema no era tanto que hubiese pobres, lo que, en general, a las clases medianas les podía dar igual mientras no les manchasen los zapatos (ehem), sino que éstos acabasen levantándose o, con el tiempo, volviéndose socialistas. El otro problema fue de índole higiénica: se veía diversas partes de la ciudad como una zona insalubre, un tumor que podía acabar extendiéndose. En realidad, los pobres que llegaban a la ciudad vivían mejor vida en ella de lo que lo habían hecho en el campo, según sus propias palabras; pero en el campo pasaban desapercibidos, más o menos, mientras que en la ciudad, al agruparse, el hecho se volvía un problema.

Si el segundo capítulo plantea el problema, el tercero ya arroja una posible solución: La ciudad de las vías de circunvalación abarrotadas. En ella se decide, primero, que la densidad es demasiado alta y, segundo, que lo mejor es alejar a los pobres a las afueras de las ciudades, creando nuevos entornos para ellos. Esto se llamará zonificación y en Europa se transformó en creación de nuevos barrios o, sobre todo, nuevas ciudades satélite a lo largo de las líneas del ferrocarril. En cambio, en Estados Unidos se usó, sobre todo, para proteger determinadas zonas (barrios de clase media alta) de la llegada de los pobres y confinarlos a ellos en sectores determinados o arrojarlos a las afueras.

Esto se tradujo en algo que describió el libro de 1928 de Clough Williams-Ellis England and the Octopus, donde narraba cómo las ciudades iban extendiéndose a lo largo de las líneas del metro y el ferrocarril. Hubo, claro, numerosos casos de empresarios que diseñaron entornos para luego dirigir los ferrocarriles hacia ellos y obtener provecho.

El capítulo cuarto plantea otra posible solución y nos da el que, según Hall, sea probablemente el personaje más destacado del libro: Ebenezer Howard, y el capítulo se titula La ciudad en el jardín. Se trata, nada más y nada menos, que de la ciudad jardín, que tanto hemos denostado en el blog y el gran terror de, por ejemplo, la buena de Jane Jacobs. Pero, como dice Hall, lo que denostamos no es la idea de Howard, sino cómo la entendió su principal sucesor Raymond Unwin: «confundieron la ciudad jardín con el barrio jardín suburbano de Hampstead y de otras numerosas imitaciones» (p. 98). Howard nunca quiso un mar aburrido de suburbia: la ciudad jardín era el medio para cambiar la sociedad capitalista y convertirla en una infinidad de sociedades cooperativas autogestionadas.

Howard estuvo influenciado por gran cantidad de nombres y sus ideas: la nacionalización de la tierra, o mejor aún, la compra del terreno por parte de una comunidad; el rechazo de la subordinación del individuo a un grupo centralista socialista; el retorno a las raíces del grupo «Vuelta a la Tierra» (un movimiento antivictoriano de finales del XVIII y principios del XIX que propugnaban algo muy similar a lo que alentó los movimientos de los 60). La Ciudad Jardín consistía, grosso modo, en un grupo de gente, algunas de las cuales con prestigio y credibilidad comercial, que fundarían una sociedad limitada, pedirían un préstamo para comprar un terreno lo bastante alejado de la ciudad para ser asequible y conseguirían que algunas fábricas se trasladasen allí, con lo que también lo harían sus trabajadores. Howard hablaba de unos 32 mil trabajadores. Cuando la ciudad alcanzase su límite de población, se empezaría otra a una distancia determinada, conectadas mediante un ferrocarril rápido.

Lo importante no era la disposición de las casas ni los jardines que hubiese, sino que los propietarios de la tierra eran los ciudadanos. Con el dinero que se obtuviese de las cosechas y de sus réditos se iría pagando el crédito inicial; una vez acabado, los réditos serían directos para los ciudadanos y su bienestar, que además podrían organizar, de forma local, como considerasen oportuno. Howard lo consideraba una tercera vía, alternativa al capitalismo victoriano o al socialismo burocrático y central. También una visión muy norteamericana: el espíritu del colonizador en la Inglaterra industrial (Howard intentó ser un colono americano, pero la aventura fracasó).

Howard llevó a cabo sus planes. Intentó fundar una sociedad, compraron un terreno, empezaron a edificar la ciudad jardín soñada… pero su materialización, además de lenta y costosa, se llenó más de clases medias alternativas que de trabajadores, con lo que adquirió cierta fama de lugar excéntrico. Además, en su realización estuvieron implicadas dos manos que modificaron la idea original de Howard: Unwin y Parker. Ingeniero uno, decorador de interiores el otro, estaban más preocupados por los aspectos formales de la ciudad que por el sistema social que la fundaba; y por ello sus creaciones volvían a una época mítica, a un jardín ideal, un medievo idealizado. La estética de su propuesta caló y enterró la ideología de la ciudad jardín de Howard, convirtiendo su ciudad social en un barrio bonito con casas ajardinadas.

Con el tiempo, la idea de la ciudad jardín evolucionaría hacia la de la ciudad satélite (lo veremos en el siguiente capítulo), pero ésta no tiene en cuenta diversos aspectos negativos que la ciudad jardín sí trataba: la ciudad satélite ofrece espacio vital y a precios más asequibles, sí, pero le supone al trabajador desplazamientos constantes hacia la ciudad madre, lo que le cuesta dinero, tiempo y energía.

El quinto capítulo se titula La ciudad en la región y sigue los pasos de, sobre todo, Anthony Geddes; mejor dicho, sus ideas y cómo estás se fueron ramificando y consiguieron ser explicadas por Lewis Mumford. Geddes, de profesión biólogo pero en general hombre de curiosidad insaciable y pocas capacidades para expresarse de forma comprensible, bebió sobre todo de los geógrafos franceses, en concreto de Reclus, Vidal de la Blache y Le Play. De ellos desarrolló el concepto de «región» como bloque básico para el desarrollo de la vida. La región era su forma de decir que las cosas no surgían porque sí, sino que estaban enraizadas en un desarrollo y un devenir concretos; la mayoría de ciudades, por ejemplo, están cerca de un río o del mar, o en encrucijadas de caminos. Lo cual no es baladí, claro.

Sus ideas hallaron suelo fértil, sobre todo, en la Asociación para la planificación regional de América, en concreto uno de sus más célebres participantes: Lewis Mumford. La revista Survey les ofreció la posibilidad de escribir un monográfico donde exponer sus ideas: hasta entonces, argumentaban, las ciudades y las regiones se habían desarrollado un poco a su aire, en función de las necesidades y los avances tecnológicos de cada momento; había llegado una era, sin embargo, donde una buena planificación de cada región era, no sólo posible, sino el único modo de evitar un futuro desastre, un colapso épico de la civilización (Jacobs decía que Mumford odiaba las ciudades, y en parte, sí, odiaba las aglomeraciones y las ciudades densas).

La planificación regional no se pregunta sobre la extensión de la zona que puede ponerse bajo el control de la metrópolis, sino de qué modo la población y los servicios cívicos pueden distribuirse de manera que permitan y estimulen una vida intensa y creativa en toda la región -considerando que una región es un área geográfica que posee una cierta unidad de clima, vegetación, industria y cultura. (p. 162).

Y el objeto perfecto que encontraron para llevar a cabo esa planificación regional: la ciudad jardín. Como lugar creado ex nihilo, ciudad sin historia, bien planificada, cada cosa y persona en su lugar. Intentaban, de algún modo, implantar en Norteamérica, con sus apenas 400 años de historia, lo que había sucedido en los valles de Francia a lo largo de más de dos milenios.

Tras algunas tentativas que Hall detalla, sin embargo, y de forma paradójica, donde más éxito tuvieron fue en las capitales europeas; en Londres, concretamente. La creación del Gran Londres (primero liderado por Unwin, después por Abercrombie) surge de las ideas sobre la región; la mayoría de capitales europeas, que acaban absorbiendo sus extrarradios y ocupando una región entera de forma funcional, beben de las ideas de Geddes, nada menos.

El profeta del capítulo sexto, como lo denomina Hall, es Daniel Hudson Burnham; y suya es La ciudad de los monumentos. Siguiendo la estela de Haussmann y París, y de la construcción del Ringstrasse de Viena, el objetivo de este capítulo es la creación de ciudades monumentales. Paradójicamente, las principales manifestaciones del movimiento se darán en Estados Unidos (Washington, Chicago) y en las colonias británicas, aunque luego encontrarán un nuevo exponente en las capitales europeas sometidas al fascismo.

Algunos proyectos de Burnham fueron en Washington, ciudad que debía ser especialmente monumental; en Cleveland; en San Francisco, donde su plan no fue aceptado. Los planes de Burnham dibujaban ciudades preciosas, con perspectivas bellísimas; pero no tenían en cuenta ni aspectos básicos como la movilidad y el tráfico ni, sobre todo, la existencia de pobres, que a menudo simplemente eran expropiados y arrojados a alguna otra zona de la ciudad.

La idea que tenía para Chicago era similar a la de Haussmann para París: grandes bulevares y avenidas que conseguirían que Chicago fuese una ciudad hermosa y sus habitantes y los de las cercanías decidiesen pasar las vacaciones o el tiempo de asueto en ella; y dejar allí el dinero, porque Burnham tenía siempre claro para quién estaba desarrollando las ciudades. Los óleos de Jules Guerin muestran claramente las ideas que tenía Burnham para la ciudad.

guerin chicago.jpg

El proyecto, como los anteriores, estaba pensado para una clase media ociosa basada en el comercio y cuyo único objetivo era gastar dinero, como los grandes almacenes de París. No tenía en cuenta ni una posible expansión de su radio de acción (el centro de la ciudad) ni aspectos de vivienda, escuela o sanidad.

Otras manifestaciones de la Ciudad Bella se dieron, como ya hemos dicho, en las capitales coloniales que el Imperio Británico tenía alrededor del mundo: Nueva Delhi, Lusaka, Canberra. Pero donde hallaron suelo más fértil fue en la Roma de Mussolini y la Berlín de Speer que Hitler pretendía. Ambas tenían en común ser ciudades enormemente monumentales, grandes avenidas, enormes construcciones; pensadas para impresionar, no para habitarlas.

germania-hitlerìs-capital.jpg
Berlín de Speer, llamada Germania: así como muy discreta y poco monumental

Dejamos para la siguiente entrada el capítulo con la que será la bestia negra de todo el estudio de Hall: Le Corbusier.

IX. La metápolis de los arquitectos: Robert Venturi, Rem Koolhaas, Bernardo Secchi

Y llegamos al último tema de los nueve que forman Teorías e historia de la ciudad contemporánea, del gran Carlos García Vázquez.

Los arquitectos encajaron de maneras muy diferentes la drástica mutación de las megápolis en metápolis. Unos quedaron deslumbrados por la rapidez, escala y radicalidad de un proceso que, en poco más de una década, puso sobre la mesa fenómenos urbanos absolutamente novedosos. Guiados por efluvios iluministas, fascinación por el progreso, confianza en el futuro, etc., su opción fue poner los pies en la tierra e intentar aprehender la lógica socioeconómica tardocapitalista para postular respuestas técnicas capaces de hacerle frente con un urbanismo y un diseño urbano de calidad.

Otros, en cambio, recelaron del cambio, sobre todo por las implicaciones socioambientales. Prevalecía en ellos una clara sensibilidad romántica, que clausuraba el siglo XX insistiendo en los mitos con los que cerró el siglo XIX: ciudad histórica y naturaleza.

El mito de los arquitectos iluministas lo marcó William J. Mitchell, autor de City of Bits en 1995. Mitchell abogaba por reformular el espacio urbano teniendo en cuenta que, en los próximos años, muchas de sus actividades se iban a llevar a cabo en el ciberespacio. Sus libros siguientes continuaron con el tema: en E-topia enunció los principios del diseño ciberurbano: desmaterialización, desmovilización, funcionamiento inteligente, personalización en masa y transformación suave.

city of bits

Algo antes, y a revuelta de las revoluciones libertarias de los 60, en 1969 Peter Hall, Reyner Banham, Paul Barker y Cedric Price publicaron un artículo titulado «Sin plan: un experimento sobre la libertad». Argumentaban que las ciudades más planificadas siempre habían sido las menos libres (el ejemplo clásico: el París de Baumann), por lo que pregonaban la libertad de los ciudadanos por crear su propia ciudad.

Sin embargo, el mensaje fue adoptado por el tardocapitalismo con un sentido opuesto: impedir que las administraciones y el estado tuviesen poder sobre la ciudad y cederle éste al mercado. Paradójicamente, los estudios culturales, en su defensa de las minorías y la diferencia, también situaron al estado y los poderes fácticos de la ciudad como el gran enemigo que había procurado por la supremacía del hombre blanco. Ante este doble envite, los urbanistas iluminstas, preocupados por la posible disolución de la ciudad que habían creado, optaron por dos caminos: el discurso de Habermas o el pragmatismo filosófico. Sigue leyendo «IX. La metápolis de los arquitectos: Robert Venturi, Rem Koolhaas, Bernardo Secchi»