Las ciudades medias en la globalización, Andŕes Precedo Ledo y Alberto Míguez Iglesias

Hacemos una pausa en la lectura de Todo lo sólido se desvanece en el aire, de Marshall Berman, y reseñamos Las ciudades medias en la globalización, de Andrés Precedo Ledo y Alberto Míguez Iglesias, ambos geógrafos gallegos. La tesis del libro (Síntesis, 2014) es que, si bien las megaciudades son las que se están llevando toda la fama con la globalización, las ciudades medias ofrecen un entorno más que adecuado tanto por calidad de vida como por competitividad económica.

«…las ciudades de más de 10 millones [de habitantes] concentraban en 2009 el 9% de la población mundial y las que tenían entre 5 y 10 millones, un 7% más; en total, un 16%, es decir, menos de la quinta parte de la población del mundo.

(…) Pero si descendemos del escenario global al marco de los Estados nacionales, surge otro hecho a destacar: el desequilibrio entre el tamaño de la ciudad mayor y las restantes que forman la red urbana del país alcanza proporciones excesivas. Este dominio de las grandes ciudades millonarias sobre el resto del territorio y más particularmente sobre el resto del sistema urbano no es, desde luego, un fenómeno desconocido en el mundo desarrollado. Londres en Inglatera, París en Francia o Viena en Austria son buenos ejemplos de esta situación. Pero en muchos países del mundo en desarrollo la polarización y la primacía de las megaciudades resulta exagerada y desproporcionada. Casos como el de Egipto, Tailandia, Irán y muchos otros son muestra de ello. Basta con dos ejemplos: en Tailandia, la primera ciudad, Bangkok, es unas 50 veces más grande que la segunda, Khon-Kahen; o en Irán, donde Teherán es 7 veces mayor que la segunda, Esfahan. (p. 8-9)

Por ello, el libro rastrea la evolución histórica de las ciudades durante los dos último siglos, diferenciando tres etapas: la ciudad industrial, la postindustrial y la global. El prototipo de ciudad industrial, de la que hemos hablado a menudo, sería una europea o norteamericana con entre 300.000 y un millón de habitantes, a menudo con puerto, y son las que sufrieron los mayores cambios durante la primera y segunda revoluciones industriales.

La ciudad postindustrial surge a partir de las crisis del petróleo de los años 70. Otros factores fueron la progresiva instalación y surgimiento de industrias productoras de materias primas, como complejos siderúrgicos, construcción naval o químicas pesadas, en entornos con mano de obra más barata. Las ciudades que hasta entonces habían llevado a cabo estas tareas, como «Pittsburg, Glasgow, Manchester, Birmingham, Amberes, Belfast o Bilbao» (p. 12), entraron en una fuerte crisis que provocó la necesidad de un reajuste urbano. Por otro lado, y de mano de una primera internalización de los flujos, «las grandes metrópolis internacionales obtuvieron ventajas por la acumulación de capital y por el desarrollo de un terciario más internacional y más especializado», como Londres, París, Nueva York o Tokio.

A medida que la globalización aumentaba y las TICs permitían precios menores para el transporte o la comunicación, surgió «una nueva competencia entre las ciudades por atraer los nuevos bienes de producción, para los cuales el transporte era irrelevante porque eran las ideas, la tecnología y la innovación las bases de su competitividad» (p. 13). En esta lid, las ciudades europeas y norteamericanas ya establecidas partían con ventaja frente a las megaciudades de países en vías de desarrollo, pues en ellas ya se habían solucionado muchos de los problemas urbanos que a día de hoy enfrentan las segundas.

Por otro lado, parece muy interesante la distinción que hacen los autores entre las diferencias espaciales horizontales y las verticales. Las horizontales se refieren a la distribución desigual de los recursos y al uso que se hace de ellas; el diagrama muestra una «sucesión de valles-cumbre relativamente suaves», en función del rédito que se haga de esos recursos. Las diferencias espaciales verticales, por el contrario, «son consecuencia de un proceso de concentración y acumulación de la riqueza que (…) generan concentraciones productivas» (p. 27). En este caso, el gráfico sería de extensas mesetas de las que surgen, de modo puntual, elevadísimas cumbres; las ciudades globales de las que hablaron Sassen o Castells, una representación mucho más desigual.

El segundo capítulo recorre la historia urbana de los últimos siglos hasta llegar a las ciudades globales. Destacan cuatro etapas:

  • 1ª etapa: durante el siglo XIX, se forman las ciudades industriales, caracterizadas por la concentración. Sin embargo, el caos y la vorágine de las ciudades inglesas se adapta en otros lugares con una búsqueda de la racionalización, lo que provoca que el lugar de residencia y el lugar de trabajo queden, a menudo, separados (a diferencia de los primeros arrabales de proletarios, que vivían hacinados junto a las fábricas). Por ello, ciudades como Chicago o Detroit ya presentaban otra fisionomía, creciendo hacia el exterior y formando, más que ciudades, regiones urbanas. En Europa éstas se caracterizaron por el racionalismo, lo que supuso la construcción de ciudades satélite o extrarradios con enormes bloques de residencias; en Norteamérica, Canadá y los países de la Commonwealth, se tendió hacia el modelo de ciudad jardín reconvertido a suburbio jardín: enormes hileras de casa tras casa que debían ser recorridas con el vehículo.
  • 2ª etapa: desde la segunda revolución industrial hasta las crisis de 1970. Se dieron procesos duales: por un lado, erigir lejos del centro de la ciudad universidades, parques tecnológicos o complejos hospitalarios; por el otro, la recentralización de los suburbios o ciudades satélite. Ambos procesos dieron lugar a entornos policéntricos con distintos centros urbanos, por ejemplo los que se formaban junto a las estaciones del ferrocarril.
  • 3ª etapa: la postindustrial. Terciarización e internacionalización, en la economía, y expansión urbana hasta generar enormes «aglomerados policéntricos urbanos», como las megalópolis Boswash (de Boston a Washington, 80 millones de habitantes) o Chippits (Chicago a Pittsburg, 40 millones), por citar sólo un par en Estados Unidos.
  • 4ª etapa: la actual. La globalización «ha llevado el modelo megalopolitano a escala global», formando una red abierta «formada por el sistema mundial de megaciudades globales» o el archipiélago de ciudades.

Estos cambios, sumados a los masivos flujos migratorios hacia los lugares favorecidos por los flujos y donde abunda (o se supone que lo hace) el trabajo, generan todo tipo de problemas. Aparición de slums, enormes centros comerciales o de lujo, malls como único lugar de reunión en los suburbios… A ello hay que sumarle la evolución de la visión de la multiculturalidad: de la posibilidad de ampliar fronteras y crecer, sumando nuevos bagajes, se percibe cada vez más como una amenaza a la cultura original de cada lugar.

El tercer capítulo destaca los tres modelos de sistemas urbanos existentes en la actualidad:

  • el norteamericano, formado por grandes ciudades que concentran la población y están muy separadas unas de otras, con gran industrialización y alto nivel de desarrollo, modelo exportado a Canadá, Australia y a los países de los BRIC;
  • las megaciudades que se forman en entornos en vías de desarrollo y que se convierten en «grandes concentraciones poblacionales y enormes bolsas de pobreza, pero también son los motores económicos y sociales de extensos espacios geográficos donde los contrastes entre lo urbano y lo rural están más acentuados» (p. 69);
  • y el modelo europeo, «formado por la superposición de redes de ciudades medias y pequeñas muy numerosas y con distancias reducidas entre ellas, compaginando los niveles más altos del desarrollo social y económico con los menores desequilibrios territoriales entre los espacios urbanos y no urbanos, siendo la calidad de vida general elevada, tanto en lo rural como en lo urbano» (p. 69)

A este tercer modelo dedican los autores el resto del libro. Por un lado ya ha quedado bastante claro que las ciudades suburbio (es decir, parcela tras parcela en su exterior) son ecológicamente insostenibles: requieren del vehículo privado para todo y anulan la heterogeneidad urbana, sólo por citar dos de sus grandes malos. También las megaciudades tienen sus defectos: crean enormes bolsas de pobreza y desigualdad, son mucho más difíciles de gestionar y, como demostrarán los autores, sus ventajas no son tan dispares de las ciudades medias. Por todo ello, proponen potenciar las redes de ciudades medias.

Para ello se plantean, también, la definición de ciudad mediana en el entorno global. Más que por su tamaño, la acaban definiendo por su imbricación en las redes de flujos: la «ciudad intermedia (…) se convierte fundamentalmente en un nodo estratégico de competitividad integrado en una red de relaciones interurbanas de ámbito regional, nacional e internacional, es decir, una ciudad intermedia es una ciudad que integra funcionalmente redes urbanas, siendo su centralidad mayor cuanto mayor sea el número y rango de las redes en donde esté posicionada» (p. 93). No se trata de las ciudades que controlan los flujos de la globalización, sino de aquellas donde se da la intermediación; lo que Peter Hall denominó ciudades subglobales, el siguiente escalafón a las ciudades globales.

Viene a continuación un interesante estudio sobre el tamaño óptimo de una ciudad. No entraremos en él, por cuestiones de espacio, pero sí que adelantamos las conclusiones de los autores.

Si ahora añadimos la población metropolitana, veremos que desde el punto de vista económico el tamaño óptimo es el de una ciudad de 600.000 habitantes con una área metropolitana de 1,5 millones de habitantes, lo cual coincide con las conclusiones anteriormente obtenidas; y, asimismo, el tamaño óptimo desde el punto de vista cualitativo, es decir, calidad de vida y conocimiento, es un centro de 250.000 habitanes y un área metropolitana de 600.000. Ya tenemos el prototipo de la ciudad europea competitiva y de calidad. (p. 119)

Sin embargo, al final del capítulo, las conclusiones quedan algo deslavazadas: pues estos datos pueden implicar una ciudad adecuada, sí, pero sólo si también se dan las condiciones productivas e históricas adecuadas. Dicho de otro modo, son datos importantes para la adecuación de una ciudad… pero, ni son las únicas variables, ni son por completo necesarios. Las ciudades, parecen concluir los autores sin decirlo claramente, son elementos demasiado complejos para ser clasificados en grupos estancos, por lo que la lectura de este libro se acaba convirtiendo en una loa al sistema urbano europeo tan característico.

La condición urbana (II): la ciudad de los flujos

En la primera entrada sobre La condición urbana, de Olivier Mongin, dijimos que el autor dividía el libro en tres partes y que cada una de las cuales correspondía a una forma distinta de interpretar el título: la condición urbana de la primera parte, de la que ya hablamos, hacía referencia a la forma ideal de convivencia en una ciudad que establece relaciones adecuadas entre el adentro y el afuera, entre el cuerpo interior del ciudadano y el cuerpo exterior de la ciudad; entre la ciudad del escritor o poeta y la del arquitecto o ingeniero.

A finales de la exposición de esta primera forma de entender la condición urbana, Mongin ya avanzaba hacia los peligros que la asediaban con el progresivo sometimiento de la ciudad ideal (bastante asimilada a la ciudad europea) a la ciudad síntoma de nuestros tiempos: aquella sometida a la inestabilidad de los flujos, el capitalismo y las nuevas tecnologías. La ciudad que separa y fragmenta, la ciudad dispersa, la ciudad global, ciudad de archipiélagos y distinciones. Vamos allá.

Lo urbano generalizado -la continuidad urbana- aparece acompañado de una jerarquía entre los espacios urbanos (éstos están mejor o peor conectados a la red global) pero también se da junto con una separación creciente en el seno de los lugares mismos. La desaparición de una cultura urbana de los límites da lugar a diversas figuras, a una variedad de «ciudades mundo», entre las cuales la metrópoli (la ciudad multipolar), la megaciudad (la ciudad informe) y la ciudad global (la ciudad replegada sobre sí misma) son los casos extremos. (p. 164)

La condición urbana generalizada está en el origen de un sistema urbano mundializado que privilegia las redes y los flujos, contribuyendo así a distinguir los lugares entre sí, a jerarquizarlos y, sobre todo, a fragmentarlos. La mundialización urbana no se presenta pues como el «fin de los territorios» profetizado por algunos, sino como una «reconfiguración territorial» en la que el devenir de las ciudades globales, las megaciudades, las metrópolis y las megalópolis corre parejo con las nuevas economías en gran escala.» (p. 167) Mongin no dice que hoy sea imposible disfrutar de la ciudad, sino que, debido en gran medida tanto a los flujos de capital como a la progresiva disociación entre urbs y civitas (entre la ciudad como un todo arquitectónico, físico, limitado por murallas, y la ciudad como ente político o incluso comunidad) ha disuelto la experiencia urbana («la que entrelazaba lo privado y lo público; el nivel escénico, el político y el poético») en una «cultura patrimonial de carácter engañoso» (p .168) donde el visitante ansía recorrer «el centro» de Praga, París, Viena o Lisboa, marcar los puntos turísticos esenciales y vivir un remedo de lo que debía ser la ciudad «antaño»; un remedo de la ciudad ideal.

Cityscape

La primera mundialización sucedió a finales de la Edad Media y comienzos del Renacimiento y estuvo ligada a la aparición de economías mundiales capitalistas que tenían un centro, una periferia y una semiperiferia; es decir, una dimensión territorial vinculado con la ciudad mercantil. La segunda mundialización fue la de la sociedad industrial entre 1870 y 1914 que surgió de la revolución industrial. Acabó generando la colonización y las metrópolis, pero su base seguía siendo territorial, si bien ya no por ciudades sino por Estados.

La tercera mundialización, surgida por las nuevas tecnologías y la revolución económica iniciada en 1960 que fusionó las «economías mundo» en una sola «economía mundo» es la que «inaugura rupturas históricas cualitativas», y es la primera que podemos denominar global.

La tercera mundialización histórica aparece junto con un proceso de borramiento de los límites que, vuelto contra la cultura urbana, repele los límites y no se preocupa por la proximidad. Esta capacidad de alejar los límites da lugar a, esencialmente, dos figuras diferentes, a dos tipos de grandes ciudades: por un lado, la ciudad que es ilimitada en el plano espacial, una ciudad que se extiende más allá de sus muros; por otro, la ciudad que se limita para mejorar su relación inmediata con un espacio tiempo mundializado, la ciudad que permanece dentro de sus muros. La ciudad sin muros se despliega hasta el infinito, es la ciudad mundo, la megaciudad; en cambio, la ciudad que se limita, se contrae, se cierra sobre sí misma para sustraerse a sus propios límites, es la ciudad global. (p. 173)

Paradójicamente, uno de los efectos de la tercera mundialización es la debilitación de los Estados, que se ven reducidos a comparsas u obligados a llevar a cabo un nuevo papel: el de garantizar la seguridad de los flujos y sus inversiones e intereses.

Pero no sólo el Estado ha perdido su papel principal. «(…) la ciudad tenía la misión de «contener» los flujos que la atravesaban y de acoger a las poblaciones llegadas desde afuera. Ahora, ese mismo lugar debe concectarse a flujos que no tiene la posibilidad de manejar más que participando de una red de ciudades, regional o mundial, que está jerarquizada.» (p. 194) Lo urbano, entonces, se generaliza y campa a sus anchas por la ciudad, generando extensiones amorfas y sin sentido claro (Los Ángeles; la ciudad dispersa) donde cualquier opción arquitectónica es viable como hito, como piedra de toque, lugar a observar, pero no necesariamente con la tarea de generar espacio público. «Ya no hay periferia, no hay márgenes, no hay fractura, marcas de discontinuidad, fronteras; sólo lo urbano continuo, un despliegue sin fisuras de lo urbano. Las categorías adentro y afuera han llegado a ser insignificantes. Este panorama urbano continuo y generalizado sólo presenta diferencias de intensidad que varían de acuerdo con la distancia o la proximidad con los núcleos urbanos que, en su condición de conmutadores, son los mejores vectores de los flujos. » (p. 200)

Edge City

Mongin distingue diversas tipologías de ciudades (posciudades, las llama él) surgidas tras esta tercera mundialización:

  • las megaciudades. Siguiendo los pasos de la City of Quartz de Mike Davies y el concepto urbanista de Rem Koolhas, las megaciudades son las ciudades, esencialmente no europeas, la mayoría de ellas en países en vías de desarrollo, que han crecido de forma desmesurada, sin planteamiento, sin una historia sobre la que apoyarse, a menudo a rebufo de oleadas de inmigración rural llegadas a sus puertas en busca de trabajo. Mongin cita Karachi y Calcuta, pero también Los Ángeles.
  • la ciudad global. Recurriendo al concepto del Archipiélago Megalopolitano Mundial (AMM) desarrollado por el geógrafo Olivier Dollfus, la ciudad global es la que se mantiene a flote a causa de las grandes corporaciones e inversiones del capital. «La dispersión geográfica de las actividades económicas exige que se reconstituyan ciertas centralidades, a saber, ciudades globales que concentren las funciones de mando» (p. 222). La AMM es, precisamente, quien decide qué ciudades son o no globales. El territorio, formado ahora en red, da preeminencia a las relaciones horizontales polo-polo antes que a las piramidales polo-Hinterland. «Por lo tanto, la red (reticulum) es un modelo de distribución, de desconcentración y de interconexión, cuya trama está formada por las ciudades globales.» (p. 226) Pero este proceso está también en el origen de la marginalización del resto de territorios, que no son globales. Los actores de la globalización «no tienen otra salida que no sea estar dentro o no estar».
  • las metrópolis, edge cities o ciudades difusas. «La dinámica metropolitana rompe con la lógica urbana clásica: mientras la ciudad clásica atrae a la periferia, al afuera hacia el centro, la metrópolis simboliza la inversión de esta dialéctica urbana. La prioridad ya no es la aspiración del afuera hacia el adentro, sino el movimiento inverso, puesto que lo urbano se vuelve hacia el afuera. Por consiguiente, la metrópolis se distingue doblemente de la ciudad: por un lado, ya no corresponde a una entidad que delimita concretamente un adentro y un afuera; ya no se define esencialmente por su capacidad de hospitalidad ni por su voluntad, más o menos afirmada, de integración; por el otro, su extensión es ilimitada puesto que ya no tiene fronteras netas, lo cual da lugar a una configuración territorial que se inscribe en áreas urbanas extendidas.» (p. 235) El urban sprawl, originado en el siglo XIX, ha acompañado tradicionalmente (sobre todo en Estados Unidos) al desarrollo industrial, generando tanto enormes extensiones de terreno como baldíos industriales (Chicago, Detroit). A partir de 1970, y con la excusa de buscar lugares mejores para sus trabajadores, las empresas se instalan en las afueras; los trabajadores las siguen, ampliando las redes de carreteras y autopistas. Pero las sedes, el entramado bancario y de servicios, «la armadura de la ciudad global» (p. 239), junto con los grandes hoteles y la presencia masiva de servicios, sigue en el downtown: junto a las bolsas de pobreza más acusadas. «Las edge cities, entidades urbanas situadas en la perfieria que se distinguen de los antiguos downtown, son polos autónomos que agrupan centros comerciales, espacios de ocio, lugares de trabajo y de residencia; en cambio, las edgeless cities designan polos periféricos en los cuales la débil densidad de oficinas y empresas exige de los habitantes una movilidad acrecentada. En las edge cities es posible encontrar un trabajo cerca de la propia residencia; en las edgeless cities, no. El imperativo de la movilidad, directamente asociado a la dependencia de un automóvil, cumple una función decisiva en los territorios suburbanos: quien no dispone de la capacidad de desplazamiento no puede sobrevivir en un universo -el frío universo fotografiado por Stephen Shore- que oscila entre espacios de agrupación altamente asegurada (las gated communities o los barrios céntricos de la ciudad global), guetos y zonas en las que es imposible residir sin desplazarse (edgeless cities).» (p. 240) Viene luego una interesante reflexión sobre cómo el spatial mismatch está relacionado con el skill mismatch (o, con una burda traducción: la reducción en cuanto a aptitudes implica que el trabajador tiene que desplazarse una mayor distancia hasta su centro de trabajo; o que es más posible que un directiva viva cerca de la sede a que lo haga un peón de la empresa).

¿Estar adentro o no estar?, la pregunta ya no se refiere a las perspectivas de integración como ocurría en la época de la ciudad clásica o de la ciudad industrial. Quien «no está adentro» no presenta ningún interés para los actores de la red globalizada; sólo el que ha encontrado su lugar en las mallas de la red lanzada al archipiélago conserva oportunidades de mantenerse en ella. La globalización no conoce el ascenso social que ofrecía el Estado de posguerra en Europa y en algunos países de América latina, y los estratos medios ya no ejercen ninguna mediación entre las categorías acomodadas y las marginadas. En consecuencia, las desigualdades territoriales, tanto horizontales como verticales, tienden a generalizarse en la escala planetaria. (p. 246)

El Estado se plantea como una posible herramienta para contener tales desigualdades; pero su papel, como ya avanzó Mongin, se ha convertido en el de garante de la seguridad para los flujos del capital («es errado hablar de sociedad disciplinaria, en la línea de Michel de Foucault o de Estado de seguridad; más vale hablar de autoritarismo liberal, una expresión que permite captar la idea de que los individuos demandan, voluntariamente, un ejercicio efectivo de seguridad»). Bauman lo llama «el costo humano de la mundialización».

Por otro lado, y debido a las distintas velocidades que han ido convergiendo en las ciudades y a los polos existentes (Mongin pone como ejemplo los cinturones periurbanos franceses de los 60 y 70 del siglo pasado, pero nos servirían el urban sprawl antes referido o los extrarradios españoles de la misma época para acoger las oleadas de trabajadores rurales llegados a la ciudad), se ha acabado conformando una «ciudad de tres velocidades» que corresponde, en esencia, a lo que es la posciudad.

Un movimiento de periurbanización que afecta las zonas periféricas compuestas de barrios de casas con jardines (que corresponden a la «rurbanización» de las clases medias), un movimiento de gentrificación, es decir, de reciclado de edificios antiguos convertidos en residencias de gran confort en el centro de las ciudades (movimiento doble que recalifica y descalifica los espacios) y un movimiento de relegación en las zonas de viviendas sociales (monoblocks, barrios, ciudades nuevas, grandes complejos urbanísticos). (p. 250)

Se dan también tres formas de residir en la ciudad, en función de la situación de cada uno: por necesidad, por protección, por selectividad. Destacamos que la descripción de Mongin no asimila esas tres formas a clases sociales, si bien la descripción que da sí que corresponde bastante claramente a cada una de ellas.

  • las clases bajas, que lo hacen por necesidad: en los barrios marginales, en los cinturones periurbanos, alejados del centro, obligados a una gran distancia con el puesto de trabajo, lo que también se transmite en mayor dificultad para escapar de la situación y acceder al ascensor social: menos tiempo y recursos que dedicar a los hijos, que quedan también estancados a educarse en la misma zona.
  • las clases medias, que lo hacen por protección. El centro les queda vedado, por lo que se van trasladando de periferia en periferia; pero, dado que les es posible cierto margen de maniobra, escogen aquellas periferias donde se sienten cómodos con quienes les rodean, donde consiguen un remedo de algo que, si bien no es un barrio tradicional, un lugar de similares, al menos no es un territorio abiertamente hostil. Disponen de un parque automovilístico amplio que les permite cierta movilidad y la capacidad de seguir el trabajo y si éste se traslada. «… el periurbano opone su busca de un «entre sí» protector del que tiene tanta más necesidad por cuanto, para poder llevar una vida cargada de desplazamientos importantes, no sólo para ir a su lugar de trabajo, también para hacer compras, disfrutar del tiempo libre u ofrecer educación a sus hijos, debe contar con el apoyo implícito o explícito de un vecino confortador» (p. 255).
  • las clases altas, que viven o bien en el centro de la ciudad o, más a menudo, en barrios que los flujos globales les preparan apoderándose de partes de la ciudad que han quedado obsoletas: la gentrificación. Cercanos al centro museístico, a los grandes espacios de la ciudad, convertida para ellos en «ciudad paisaje», «el habitante del centro reciclado de la ciudad habita el mundo, el mundo global, aun antes de habitar en su ciudad». «La gentrificación es ese proceso que permite gozas de las ventajas de la ciudad sin tener que temer sus inconvenientes. El estar «entre nosotros» selectivo es el de una población cosmopolita y conectada que no es la que habita un lugar. Quienes pueblan estos espacios renovados son los hipermandos de la mundialización, los profesionales intelectuales y superiores.» (p. 259, la cita incluye citas del artículo de Jacques Donzelot «La ciudad de tres velocidades»)

Frente a aquellos que están inmovilizados (los relegados), a aquellos que se agotan en una movilidad excesiva (los periurbanos) y aquellos que gozan de la ciudad sin habitarla -porque son los hipermóviles de la mundialización-, las modalidades de acceso a la movilidad pesan en la composición y la configuración de las ciudades. (p. 259).

Mongin termina el capítulo con dos ejemplos pertinentes: El Cairo y Buenos Aires. En la primera ciudad, por ejemplo, los territorios adyacentes a la capital se han vendido a grandes promotores para que se construyan en ellos barrios o ciudades destinadas a la vivienda de trabajadores. Serán ciudades sin carácter, satélites sin personalidad; y el dinero conseguido mediante esas ventas sirve para bunkerizar el centro, amurallarlo y dotarlo de seguridad y atractivos para el turismo. Son un ejemplo de cómo los flujos desintegran la ciudad.

Mongin termina esta parte de La condición urbana con una reflexión y una pregunta.

Pero, ¿qué debemos hacer? ¿seguir alabando la belleza de lo muerto o recobrar el sentido de la experiencia urbana en todas sus dimensiones? «El fin de los territorios», santo y seña de algunos durante el «feliz» amanecer de la tercera mundialización, designaba una recomposición espacial que no se organizaba ya solamente alrededor de los Estados, sino en función de una economía de archipiélago.

¿Cómo luchar, en definitiva, contra estos flujos que separan y marginan en vez de establecer relaciones? «La ciudad tradicional intentó responder al problema de la integración y la reaglomeración en diversas situaciones, la de la ciudad Estado, la de la ciudad capital y la de la ciudad región. Hoy, la mundialización territorial inaugura un mundo que de ningún modo aglutina porque, tanto en el nivel de la metrópolis como en el de la economía de los flujos, produce separación y favorece movimientos de secesión.»

La mundialización postindustrial, es decir, la que comenzó durante la década de 1980, no es una etapa suplementaria del proceso de mundialización que se inició en el Renacimiento. Marca una ruptura en el plano histórico. No admitirlo nos condena a batirnos en retirada. (p. 268)