Los sociólogos de la ciudad, Gianfranco Bettin

Los sociólogos de la ciudad es un libro de Gianfranco Bettin de 1979 que trataba de sistematizar los conocimientos de la sociología urbana hasta dicha fecha. No era una época casual: tanto Lefebvre como Castells ya habían publicado (el primero prácticamente toda su obra, el segundo acababa de empezar pero ya había dado un par de golpes sobre la mesa con Problemas de investigación en sociología urbana (1971) y La cuestión urbana (1972)). Bettin hace una relectura de los principales autores que han investigado el hecho urbano, y ahí surge el que, si acaso, es el único reproche que le podemos hacer: que muchos de esos lugares ya los hemos transitado. Pero eso no es, ni mucho menos, un reproche hacia su obra o hacia sus análisis, por lo que éste se convierte en un muy buen manual para interesarse por la materia.

Bettin dedica los tres primeros capítulos a analizar, a fondo, a tres autores que se podrían considerar precursores de la sociología urbana, si bien dos de ellos no estudiaron, per se, el hecho urbano: Weber con La ciudad y su análisis de la ciudad medieval, y Marx y Engels, que, si bien no entraban directamente en el hecho, no olvidemos que tanto la burguesía como el proletariado son clases evidentemente urbanas. Además, Engels dedicó toda una obra al problema de la vivienda, por lo que eran manifiestamente conscientes de las condiciones urbanas en que se vivía. El tercer autor sí que se centró en el hecho urbano, en concreto, en la forma en que la mente de los habitantes de la ciudad deja de lado el pensamiento emocional y se centra en una actitud racional, marcada por el dinero y por el hastío ante tanto estímulo. Sí: se trata de Simmel, la actitud blasé del ciudadano y la obra Las grandes urbes y la vida del espíritu (o Las metrópolis y la vida mental, depende de la traducción).

La Escuela de Chicago merece dos capítulos: el primero, dedicado a la ecología urbana de Park, Burgess y McKenzie, al estudio de las áreas naturales y a los diagramas de anillos concéntricos del tercero, que fueron evolucionando a medida que lo hacía su comprensión de la ciudad. El segundo está dedicado al urbanismo de Louis Wirth, del que ya leímos «El urbanismo como forma de vida«.

El sexto capítulo, y el que más nos interesa en el blog, trata los dos estudios que llevó a cabo el matrimonio Lynd en una «ciudad media» de Estados Unidos. La gracia del asunto es que hicieron el primer estudio antes del crack del 29 y el siguiente unos años después, con lo que pudieron comprobar, de primera mano, los cambios que habían sucedido. Los dos últimos capítulos tratan la obra de Henri Lefebvre y los primeros libros de Castells, que ya hemos reseñado en el blog, por lo que sólo los trataremos brevemente. Sin más preámbulo, vamos al estudio de los Lynd.

Las investigaciones de Robert y Helen Lynd representan dentro de este sector del trabajo sociológico una contribución pionera ya clásica que, sin embargo, sigue teniendo el valor de un modelo al que es conveniente todavía referirse. Como ya es sabido, se trata de un estudio sobre una pequeña ciudad del Middle West, realizado en el curso de dos periodos importantes de la historia norteamericana moderna, caracterizados respectivamente por la difusión del proceso de industrialización en todo el territorio nacional y por la Gran Depresión. (p. 110)

Middletown: A Study in Modern American Culture, publicado en 1929, cubre el periodo entre 1890 y 1925, aproximadamente. El estudio empezó en 1924 y supuso bastante trabajo de campo en la ciudad de Muncie, en Indiana (aunque los autores no concretaron el lugar y hablaron de «una población de treinta y pico mil habitantes»). Durante sus observaciones, que cubren una época de bonanza y crecimientos económicos, los Lynd se dan cuenta de que existen dos grandes grupos sociales: la working class y la bussiness class. «En general, los miembros del primer grupo orientan sus actividades lucrativas especialmente hacia las cosas, utilizando instrumentos materiales en la fabricación de objetos y en el cumplimiento de servicios, mientras que los miembros del segundo grupo dirigen sus actividades hacia las personas, en particular, vendiendo o difundiendo cosas, servicios o ideas.» La clase «obrera» está constituida por el 71% de los sujetos económicamente activos y la clase «empresarial», por el 29% restante, y los Lynd constatan que «el simple hecho de haber nacido en una o en otra parte de la vertiente,constituida grosso modo por estos dos grupos, representa el factor cultural específico más significativo que influye en lo que una persona hace durante el día en el curso de su vida».

Enfocando en la clase obrera, se dan cuenta de que son los que más sufren las consecuencias de los cambios económicos. En general provienen de entornos campesinos y, en apenas una generación, la mayoría de sus constantes sociales cambian. Las mujeres, hasta entonces madres y esposas, deben buscar trabajo para adaptarse al nuevo entorno económico, con lo que ya no pueden ocuparse en la misma medida de la crianza de los hijos. Este papel recae en la educación, donde, sin embargo, los hijos de la clase obrera no pueden competir con los de la clase empresarial: los segundos tienen un coeficiente intelectual mayor (teniendo en cuenta que «distintas circunstancias sociales influyen en el nivel de inteligencia», por lo que suponemos que se mide como una variable coyuntural, no permanente).

Por otro lado, el trabajo de los obreros se lleva a cabo en entornos industriales, a menudo con máquinas. Su única valoración en el trabajo es la capacidad que tenga para resistir la repetición constante del vaivén de la máquina: dan igual su destreza o su actitud, por lo que, en general, el único valor proviene de su edad y mengua con el paso del tiempo. Además, y puesto que los obreros se convierten en una población flotante que migra en función de la demanda de trabajo, sus raíces con la comunidad son más débiles y habitan en las zonas menos agradables del lugar.

Por contra, los miembros de la bussiness class «participan activamente en la vida de varios círculos ciudadanos» e incluso «fundan nuevos círculos sobre la base paraprofesional», generando una vida asociativa entre ellos que «convierte a la bussiness class en la única clase social consciente de sus funciones y de sus intereses, es decir, organizada para una enérgica defensa frente al resto de la comunidad» (p. 115).

En cuanto a la movilidad social, se llega a una conclusión unívoca: no existe.

La movilidad social es un valor-mito, un elemento cultural que forma parte de una ideología tradicional que ya no tiene sentido, desmentida por la realidad de manera muy clara sobre todo en esta primera fase de expansión capitalista. Los obreros no sólo no tienen la posibilidad concreta de abandonar su condición de asalariados y de transformarse en pequeños empresarios, puesto que el mercado está ya controlado por empresas mecanizadas, con abundancia de capital, sino que incluso en el ámbito del trabajo de fábrica tienen muy pocas oportunidades de mejorar. Y esto ocurre por dos motivos: la no disponibilidad de puestos de encargados y la tendencia, debido al desarrollo del sistema administrativo, a emplear a niveles intermedios personales técnicamente preparados; el obrero común, totalmente agotado por su trabajo cotidiano, no tiene ni tiempo ni energía para adquirir este tipo de conocimiento. (p. 116)

Por ello, la clase obrera suele volcar sus esperanzas en la educación, para que sus hijos sí que disfruten de esa ansiada movilidad social, aunque también luego ahí encontrarán escollos, puesto que no es su «destino natural». «Se puede decir entonces que en Middletown no existe conflicto de clase. Es más correcto hablar de convivencia, una convivencia basada en la distancia social y en la indiferencia. La confrontación cotidiana entre las clases, en muchas áreas de la vida comunitaria, no se traduce en un conflicto abierto organizado; ni siquiera podemos decir que el conflicto esté latente» (p. 116).

En 1935, los Lynd vuelven a Muncie para comprobar los efectos de la crisis sobre la población. El estudio resultante, Middletown in Transition: A Study in Cultural Conflicts se publicará en 1937. Este segundo estudio lo llevaron a cabo muchos menos investigadores que el primero, por lo que no es tan exhaustivo. El gran foco se centra en la familia X, una determinada familia que ejerce un gran poder sobre la comunidad.

La crisis llega a Middletown algo más tarde que a las grandes capitales norteamericanas pero, cuando lo hace, arrasa entre los obreros: uno de cada cuatro pierde el empleo durante el primer año. La clase empresarial, sin embargo, se obceca empecinadamente en negarse a aceptar la existencia de dicha crisis. Pero, cuando los obreros empiezan a sindicarse y a organizarse, la clase empresarial «reaccionará incrementando la organización interempresarial e intentará desalentar por todos los medios la organización de la mano de obra. Se extiende también un credo cívico basado en tres principios relacionados entre sí, según los cuales una producción en función del provecho, una ciudad sin sindicatos y «un mercado favorable al trabajo» (es decir, con una oferta de mano de obra que exceda a la demanda) son las condiciones necesarias para salvaguardar el interés común y el bienestar de toda la ciudad» (p. 118).

Por otro lado, la estructura de clases, tan clara en los años 20, se ha complicado bastante (aunque esta parte es algo vaga, seguramente porque los Lynd no pudieron recabar datos definitivos). Cada una de las dos clases anteriores se ha dividido en tres subgrupos, a saber:

  • un grupo pequeño de banqueros, grandes empresarios y directores de empresas nacionales con sede local, que orbita alrededor de la familia X y se define como el núcleo de la anterior clase empresarial; «actúa como grupo de control y fija también los estándares comunitarios de comportamiento de consumo y tiempo libre»;
  • un segundo grupo formado por empresarios menos relevantes, comerciantes o profesionales liberales que también actúa como grupo socialmente homogéneo y que, en ocasiones, se opone a las decisiones del grupo anterior, aunque en otras lo apoya de forma férrea;
  • un grupo residual dentro de la clase empresarial, que siguen formando parte de ella pero nunca alcanzarán el «nivel» de los dos grupos anteriores;
  • el cuarto grupo lo forma la «aristocracia local obrera», es decir, los capataces de fábrica, por ejemplo, que coincide en estándares de vida y en aspiraciones con «la clase media asalariada»;
  • el quinto estrato son los obreros, en el sentido más amplio;
  • y el sexto estrato lo forman el subproletariado y obreros sin trabajo estable.

Pero en la estructura de Middletown, a medida que se vuelve más compleja, también influyen otros factores, como ser o no miembro de una «vieja familia», que confiere un determinado prestigio social; o las creencias religiosas o ser blanco o negro, «la línea de división más profunda que la comunidad admite ciegamente» (p. 123). A medida que la población crece (pasó de los 36.500 habitantes del primer estudio a cerca de 47.000 en el segundo), la cohesión social se reduce. Despunta entonces el primero de los seis grupos analizados, el de las mayores rentas (y la familia X), que luchan con mayor denuedo por mantener la unidad social que, «aunque se trate de un objetivo que se alcanza sólo aparentemente, será perseguido para poder mantener un nivel de integración que permita a los pocos que ostentan el poder conservarlo y ejercerlo sin molestias.

Por un lado, éstos se preocuparán de «invocar cada vez más toscos símbolos emotivos de tipo no selectivo que les permitan guiar a las masas» y, por otro lado, representan la única fuente autorizada de ideologías y símbolos para la comunidad, la cual no será ya capaz de dar vida de forma espontánea y desde abajo a una cultura autónoma e independiente. (p. 124)

Es decir: a medida que la estructura social se vuelve más y más compleja, sólo los grupos de poder ya organizados y con medios suficientes son capaces de establecer los temas y símbolos de cohesión de la totalidad, que pueden, o bien aferrarse a ellos, o bien rechazarlos; pero que se ven forzados a una toma de posición frente a ellos.

Bettin acaba elogiando el hecho de que, a diferencia de la Escuela de Chicago, que pretendía obtener conclusiones universales aplicables a toda ciudad a partir del estudio de la capital de Illinois, los Lynd «tienen tendencia a restringir el ámbito de aplicación de su interpretación sociológica a la comunidad local que les ha proporcionado el material de observación empírica».

El siguiente capítulo está dedicado a la obra de Lefebvre, (La producción del espacio, El derecho a la ciudad), de la que citamos sólo algunas frases:

  • «La urbanización total es la hipótesis guía de Lefebvre: la historia de la sociedad se traduce en movimiento hacia su progresiva urbanización.» (p. 126)
  • «La industria se somete a la urbanización que ella misma ha provocado, y esta fase es la que confiere significación a la revolución urbana, fase de transición que desembocará en una nueva era: lo urbano, que representa el final de la historia.» (p. 128)
  • La naturaleza social de las fuerzas productivas se vislumbra hoy en la producción social del espacio. La producción del espacio no es ciertamente un hecho históricamente nuevo; los grupos dominantes plasmaron siempre su espacio urbano. El hecho nuevo, en cambio, es evidente en la extensión sin precedentes de la actividad productiva, donde el capitalismo está interesado en emplear el espacio en la producción de plusvalía.» (p. 131)
  • «El urbanismo olvida las necesidades sociales; víctima del fetichismo del espacio se ilusiona en crear el espacio, pensando que de este modo controlará también de la mejor manera la vida cotidiana y creará nuevas relaciones sociales entre los habitantes de la ciudad.» (p. 132)

Sociología urbana, de Francisco Javier Ullán de la Rosa, 01: precursores de la disciplina

Como es de sobras conocido, la sociología como disciplina científica surge, con ese nombre (es Auguste Comte, el padre del positivismo, quien lo acuña) en el intento de comprender las enormes transformaciones que el capitalismo y los paralelos procesos de modernización estaban operando sobre el tejido social, económico, político y cultural de los países industrializados. El espectacular crecimiento de las ciudades desde mediados del siglo XIX era, sin duda, una de las más evidentes. (p. 17)

Así empieza el segundo capítulo de Sociología Urbana: de Marx y Engels a las escuelas posmodernas, de Francisco Javier Ullán de la Rosa, profesor de Sociología en la Universidad de Alicante. Se trata de un libro que recorre la trayectoria de esta subdisciplina desde sus albores, allá a mitades del siglo XIX, hasta su época actual. La introducción hace un repaso al objeto de la disciplina (lo que trataremos en la última entrada sobre el libro), el segundo capítulo, que aquí reseñamos, se centra en los sociólogos e intelectuales que abordaron el tema antes de que se estableciese como subdisciplina propia; el tercero trata de la Escuela de Chicago, el cuarto, grosso modo, sobre el urbanismo y sus efectos en las ciudades (suburbios, sobre todo); el quinto, la apertura de la sociología a la globalización (Lefebvre, Castellas, Harvey), y el sexto sobre las últimas tendencias en la materia. Cada uno nos llevará a una reseña.

01

Adelantamos que el libro de Ullán de la Rosa es un texto académico, riguroso, detallado y muy bien documentado que recorre a pies juntillas no sólo la sociología urbana sino también aquellas disciplinas concomitantes necesarias para comprenderla (la ecología urbana de la Escuela de Chicago, el urbanismo de las ciudades de los ensanches, la antropología urbana…).

Los primeros pensadores de la disciplina no fueron, propiamente, sociólogos urbanos. Como destaca el principio del capítulo arriba citado, la industrialización trajo una gran cantidad de cambios en todos los ámbitos que los intelectuales trataban de comprender. Empapados en el positivismo de la época y la conciencia de que el progreso y las ciencias abarcarían la realidad por completo, a menudo los sociólogos estaban más interesados en desarrollar una teoría del todo (le robamos el nombre a la física) que teorías concretas para campos específicos. Sin embargo, no podían evitar tratar un tema tan candente en la época como eran las ciudades y los efectos de las aglomeraciones industriales sobre sus habitantes.

Aquí Ullán de la Rosa hace una distinción, meramente utilitaria, de los autores en dos grandes compartimentos «de acuerdo a su posicionamiento epistemológico con respecto a la ciudad»:

  • los que no la reconocen como un objeto de estudio en sí misma, «porque para ellos el espacio urbano es una variable dependiente, un mero reflejo de otros mecanismos sociales» (Marx, Engels, Tönnies, Durkheim y Weber);
  • los que la reconocen como un objeto de estudio en sí mismo, «porque para ellos el espacio urbano es una variable independiente, un factor de causalidad que determina o condiciona otros procesos sociales»: Simmel, Sombart yHalbwachs. En este grupo incluiríamos también a los precursores de la Escuela de Chicago (Albion Small, el fundador del Departamento, y Charles Cooley, con su Theory of Transportation (1894) y un primer estudio de los efectos de las redes de transporte urbanos sobre la estructura social y económica), pero serán tratados en su correspondiente capítulo.

Ambos grupos comparten puntos en común:

  • por un lado, ven la ciudad como el epítome del progreso y los «logros» occidentales: la racionalidad creciente, la modernidad, la conquista de la naturaleza… Es en la ciudad donde sucederá la vanguardia de los hechos sociales, donde triunfará (o fracasará) la revolución. Por ello, suelen ver la ciudad como una oposición frontal a lo rural, sin tener en cuenta las semejanzas entre ambos (que no se pondrán de manifiesto hasta la llegada de la sociología posmoderna);
  • y, sin embargo, la ciudad, epítome del progreso, cúlmen de la razón… se había convertido en un nido de podredumbre y hollín donde los proletarios se hacinaban en condiciones infrahumanas y el humo de las fábricas oscurecía las nubes. «La ciudad era el escaparate más espectacular de los efectos colaterales de la economía de mercado de la primera y segunda revolución industrial, que entraban en trayectoria frontal de colisión con su ideología triunfalista, con el optimismo del progreso» (p. 23). El arte empezaba a anunciar que «el sueño de la razón produce monstruos», que la naturaleza sólo se conseguirá dominar mediante pactos diabólicos (el Fausto de Goethe, 1806); que la locura de pretender dominar la naturaleza lleva a crear monstruos (Frankenstein o el moderno Prometeo, y la elección de la figura de Prometeo no es baladí) o incluso las «metáforas de la sociedad» del Doctor Jekyll y Mr. Hyde (1866) o El retrato de Dorian Grey (1890), «tras cuyas civilizadas epidermis se ocultaba todo el horror de la miseria de su tiempo». Los sociólogos, sin embargo, no eran artistas sino hombres de ciencias armados de la razón, por lo que estaban dispuestos a descubrir (y resolver) los «desajustes temporales» que impedían que la ciudad se manifestase en todo su esplendor.

02
Marx y Engels, serios

Marx y Engels. Sin centrarse directamente en la ciudad, sí que dan por sentado que es en ella donde los modos de producción capitalista llevan a mayores cotas de división del trabajo, que conducirán a mayor explotación en condiciones cada vez peores y que provocarán la llegada del socialismo. «Era en la ciudad y no en el campo, gracias a su concentración especial de proletarios explotados y a las condiciones de precariedad de su vida material cotidiana, donde se estaban gestando los procesos de aparición de una clase y movilización obrera. La urbanización es así, para Marx y Engels, una condición necesaria para la construcción del socialismo.» (p. 27) Pero la ciudad no es el agente que causa la miseria proletaria, sino el propio sistema capitalista. Recordemos que Engels había estudiado las condiciones de la clase obrera en Inglaterra en su The condition of the Working Class in 1844, «fu eel primer marxista en ligar explícitamente las lógicas del modo de producción capitalista con los procesos de desarrollo urbano y fue, en ese sentido, el primer sociólogo urbano marxista, aunque fuera avant la lettre«, pero no las veía como un producto de la ciudad sino de la estructura capitalista.

03
Tönnies, mirando mal a los que conciben la gemeinschaft y la gesellschaft como opuestos irreconciliables

Ferdinand Tönnies. Suya es la distinción entre gemeinschaft y gesellschaft, ya comentada en este blog: la gemeinschaft o comunidad, identificada al mundo rural, es aquel lugar donde las relaciones son tradicionales, con economía poco o nada orientada al mercado, baja división social del trabajo y alta homogeneidad social y cultural; el ejemplo por antonomasia, la aldea. La gesellschaft o sociedad (o asociación, también) presenta una economía orientada al mercado, alto nivel de división social del trabajo, sociedad heterogénea organizada a través de relaciones basadas en el contrato legal entre desconocidos, de naturaleza puramente instrumental, mediadas por instituciones, públicas o privadas, de carácter burocrático-racional». Sin embargo, para Tönnies estas categorías no eran ni definitivas ni opuestas, sino los dos extremos de un continuum en el que se desplegaban todas las sociedades contemporáneas de modo que se podían dar características de cualquiera de las dos en la mayoría de sociedades. Si acaso, Tönnies hizo la distinción con la consciencia de que no se podía volver de la sociedad a la comunidad, por su complejidad, pero sí que era necesario tomar aquélla como referencia para «trascender el puro individualismo competitivo del capitalismo».

04
Durkheim reflexiona sobre la anomia

Durkheim. A diferencia de los anteriores, no contempla la ciudad como algo negativo o incluso transitorio: la ciudad «no solo es funcional sino que genera una solidaridad más fuerte que la mecánica, permitiendo combinar el orden con un elemento muy positivo del que carecían las sociedades agrarias preindustriales: la libertad individual» (p. 34). Durkheim introduce el concepto de anomia: «la situación que se produce cuando, en ciertas condiciones particulares, el sistema no consigue cumplir su misión de regular la vida de los individuos, acomodándolos en roles funcionales para el sistema», lo que se traduce en comportamientos antisociales (abulia, abandono familiar, dejación de las responsabilidades laborales…) o ciudadanas (vandalismo, criminalidad, prostitución, drogadicción…). Estas «anormalidades» no impiden el funcionamiento del sistema, pero hay que ponerles freno para evitar que rebasen el tamaño crítico donde sí puedan hacer peligrar la cohesión social en conjunto. ¿La buena noticia? «El problema se puede desactivar a través de la resocialización, que es un mecanismo de control social.»

05
Weber, con cara de protestante serio

Max Weber, el último de los autores que no ven la ciudad como un elemento independiente de estudio, es el que sí que tiene un libro con el mismo nombre: La ciudad, publicada en 1921 (aunque escrita antes). Se trata, sin embargo, de un estudio del tipo ideal de la ciudad medieval europea desde el punto de vista económico-político, considerada como sede del poder político y como lugar del mercado y la industria. Es en esta ciudad, el eslabón entre el feudalismo y el capitalismo, donde se empiezan a disolver los valores tradicionales y surgen el individualismo, el auge de la burguesía, la administración y la burocracia. Es decir: la modernidad. «Solamente aquí, durante la Edad Media, las personas se unieron por primera vez como individuos, por encima de y eliminando las pertenencias tribales o familiares. La obra de Weber es una constante vindicación retroactiva de los valores del individualismo y la racionalidad liberales que defendería en su propia vida académica y política y que asocia así mismo con el capitalismo» (p. 40).

Pasamos ahora al segundo grupo, los que ven la ciudad como un elemento diferenciador.

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Simmel, ensayista de la nerviosidad

Georg Simmel, del que hablamos hace nada a propósito de su artículo La metrópolis y la vida del espíritu (1903). Ya hemos dicho que Ullán de la Rosa es sociólogo; y, como tal, da un valor extraordinario a la metodología de la disciplina. Por ello destaca, una y otra vez, lo poco ortodoxo que era Simmel, el poco valor sociológico de sus disquisiciones y que sus escritos son más reflexiones ensayísticas que verdadera sociología. Como verán en el subtítulo del blog, aquí, sin cerrarnos a nada, tratamos de aprehender Antropología Urbana; y el autor su servidor, que no es para nada un experto en la materia, da más importancia (y le suena que la antropología también será más laxa en este aspecto) a las ideas y lo que estas puedan generar que a lo bien llevada que esté la praxis que las sustente. Dicho lo cual, Ullán de la Rosa destaca el papel que ha tenido el análisis psicológico de Simmel del estado de agitación nerviosa que sufre el individuo en la metrópolis «en precursor de subdisciplinas sociales que verían la luz décadas más tarde en Estados Unidos: la esculea antropológica (o antropología psicológica) y la psicología social». Recordemos, también, que Robert Ezra Park fue discípulo de Simmel durante su estancia en Alemania, antes de volver a Chicago.

07
Sombart, profundo

Werner Sombart, autor que desconocíamos en el blog y del que el propio Ullán de la Rosa destaca que ha quedado oscurecido por otros grandes nombres de su tiempo. Llevó a cabo un estudio donde trataba de encontrar las características definitorias de la cultura urbana; y, pese a ser alemán, lo hizo en la ciudad de París, de la que destacó la concentración de mecanismos de producción y reproducción de la alta cultura de una sociedad, sus manufacturas más elevadas y las clases sociales que las elaboran y consumen».

08
Halbwachs, haciendo sociología

Maurice Halbwachs, autor francés de nombre alemán considerado en el país galo el padre de la sociología urbana. «La tesis fundamental de Halbwachs es la que constituye la piedra angular de la sociología urbana: la organización espacial condiciona las relaciones sociales» (p. 47). Ya en su tesis doctoral, Les expropiations et les prix des terrains à Paris (1860-1900), de 1908, señal:

…cómo el precio del suelo repercute sobre el de las viviendas y los alquileres y este a su vez sobre la distribución de las clases sociales en el espacio pero también cómo esta se produce por medio de mecanismos que no siguen las simples leyes de la economía clásica (la oferta y la demanda) puesto que en ellas influyen así mismo otros muchos factores, a saber: políticos (entre otros la intervención del Estado y la acción de las colectividades locales) y culturales (la representación que los autores tienen del espacio como, por ejemplo, las expectativas futuras de transformación de tal o cual distrito urbano). Halbwachs estudiaría estos mecanismos a través del análisis de la remodelación haussmaniana de París. (p. 48)

Estudió los diversos tipos de bulevares que se habían creado en París y los clasificó en vías de circulación (Usi conectaban dos barrios cuya población crecía) y vías de poblamiento (como prolongación de barrios en expansión), se fijó en la figura del especulador urbano y la importancia que tenía en la configuración del esapcio en las ciudades, promovió la implicación de la sociología en la naciente planificación urbanística…

Y con él cerramos esta primera entrada. Seguiremos con la Escuela de Chicago.

Antropología de la ciudad (II): el espacio y el tiempo de la ciudad

La primera parte de este monumental estudio de Lluís Duch publicado en 2015 la dedicamos a su primer capítulo, la relación entre naturaleza y cultura y, una vez definido el término cultura (o acotado, al menos), las relaciones entre ésta y diversos temas como la vigilancia, la burocracia o la movilidad. Nos centraremos ahora en el segundo capítulo del libro, dedicados al espacio y el tiempo de las ciudades.

Cultural e históricamente la ciudad de todas las culturas y latitudes ha construido su espacio y su tiempo en el marco de ininterrumpidos procesos de «construcción-deconstrucción». Sus habitantes viven y experimentan su espaciotemporalidad bajo una serie de condiciones móviles sometidas sin cesar a contextualizaciones y reorientaciones de su ámbito urbano. Norbert Elias ha escrito que «los conceptos de «tiempo» y de «espacio» pertenecen a los medios básicos de orientación de nuestra tradición social». Es una obviedad, por consiguiente, señalar que una experiencia común de los seres humanos de todos los tiempos es que «el espacio y el tiempo son las dimensiones fundamentales de la existencia humana». (. 150).

El espacio es la primera dimensión en que vive el ser humano: el espacio vivido, en concreto, es decir, aquella porción del espacio total que uno consigue hacer suya y con cuya existencia puede empezar a hacer frente al caos generalizado y las fisonomías opacas que conforman el resto del espacio. Ya en los orígenes del tiempo, sin ir más lejos, las primeras luchas de la humanidad son por establecer puntos fijos, estables, incluso sagrados, que se enfrentan al caos primigenio.

Con el tiempo, sin embargo, este tiempo dejará de ser unívoco e incluso devendrá una mercancía: «Desde el final de la Primera Guerra Mundial ya no habitamos en un espacio con un centro cultural, social y político indiscutible, fácilmente reconocible y definitivamente asentado, sino en un sistema espacial móvil y policéntrico cuyas dimensiones resultan bastante difíciles de definir a priori. O quizá sea más exacto referirse a sucesivas centralidades coyunturales del espacio de acuerdo con los intereses económicos, culturales y políticos de cada momento, con el sistema de la moda y con el incesante aumento de la complejidad de los sistemas y subsistemas sociales.» (p. 164).

La vastedad espacial ya no es el escenario de misterios insondables o de secretos de la naturaleza sino que se ha convertido en una construcción artificial; incluso el espacio natural, el espacio rural, se valora y comprende en función del espacio urbano, con las normas que éste establece con el ser humano (urbano).

Debido a diversos motivos que Duch cita (el auge del evolucionismo y del historicismo, la ruptura que supuso la Primera Guerra Mundial, la incertidumbre que llegó desde las ciencias naturales de mano del principio de Heisenberg, por ejemplo), a lo largo del siglo XX el espacio pasó a ocupar un lugar preeminente en el eterno debate entre espacio y tiempo como magnitud primordial en la vida del ser humano. Sin embargo, se trata de un espacio medido desde un único punto de vista: el económico, el utilitario, con lo que se ha perdido la necesaria polisemia del término y la capacidad multidimensional de un único espacio, en función de quien lo transite.

Duch destaca la creación de la proxémica por parte de Edward Hall (La dimensión oculta), «las observaciones, interrelaciones y teorías referentes al uso que el hombre hace del espacio como efecto de una elaboración especializada de la cultura a que pertenece» (p. 172). En dicho libro se destaca que el espacio esencial para las personas no es el espacio en general, sino el espacio próximo, el que uno habita en su día a día y en el que sabe moverse.»Haciendo uso de algunos aspectos de las teorías lingüísticas de Whorf y Sapir, Hall es del parecer que el territorio es un conjunto de signos cuyo significado solo es perceptible y experimentable a partir de los códigos culturales que tienen vigencia en una cultura determinada. Esto significa que, en vinculación directa con su propio espacio, los miembros de una determinada tradición cultural desarrollan una especie de «lengua materna espacial», una semántica cordial, que no solo los habilita para empalabrar cosas y acontecimientos, sino también los instruye y adiestra en el uso de la «gramática de los sentimientos». (p. 173).

El siguiente apartado lo dedica Duch a las aportaciones al tema del espacio de Maurice Merleau-Ponty (Fenomenología de la percepción). «El espacio no es el medio contextual (real o lógico) dentro del cual las cosas están dispuestas, sino el medio gracias al cual es posible la disposición de las cosas. Eso es, en lugar de imaginarlo como una especie de éter en el que se encontrarían inmersas todas las cosas, o concebirlo abstractamente como un carácter que les sería comunes, debemos pensarlo como el poder universal de sus conexiones.»

Después pasa al tiempo vivido, concepto usado por primera vez por Karlfried von Dürckheim en 1932 aunque desarrollado por otros autores. La manera óptima para comprender sus propiedades, señala Duch, es compararlo al espacio geométrico matemático:

  1. El espacio geométrico es homogéneo, ningún punto posee una significación especial; el vivido es heterogéneo, está centrado en un punto al que el ser humano ofrece un valor cuantitativo único;
  2. el matemático es isótropo, no privilegia ninguna dirección; el vivido es anisótropo porque constituye el eje organizativo y orientativo del cuerpo humano;
  3. el matemático es fijado, el vivido, móvil y versátil;
  4. el primero es ilimitado, mientras que el vivido se experimenta como limitado;
  5. el espacio matemático, impersonal, no posee ninguna relación afectiva con el ser humano; el espacio vivido, por el contrario, es el medium idóneo para el nacimiento y expansión de las relaciones y afectos humanos.

Finalmente, del espacio vivido pasamos al habitar: «el vivir de un hombre en su casa». La casa es el refugio de la intimidad, el no-yo que protege al yo, en palabras de Bachelard en su Poética del espacio. El propio Bachelard relaciona la casa, el habitar primigenio, con la vida interior del ser humano, el desarrollo de su gramática sentimental, el aprendizaje necesario para la vida, y Benveniste destacaba que, mientras el término griego dómos se refería a la vivienda como simple construcción material, el vocable latino domus incluía referencias de tipo moral y emocional. «La vida empieza bien, empieza guardada, protegida, toda tibia en el regazo de una casa.» (Bachelard).

Después de lo que hemos expuesto, el interrogante que nos planteamos es: las actuales viviendas de las megaurbes de nuestros días, precarias y anónimas en todos los sentidos del vocablo, ¿pueden ser de verdad el espacio en donde el hombre habita como ser humano? ¿No serán tal vez simples machines-à-vivre?, por utilizar una expresión de Le Corbusier. […] Creemos que la deshumanización de la vivienda, con la consiguiente pérdida de sustancia humana del habitar que implica, influye negativamente en el estado de la salud individual y colectiva de los habitantes de la gran mayoría -afortunadamente, no todas- de las monstruosas urbes modernas. (p. 192)

Finalmente, para exponer sus conclusiones sobre el tema espacial, Duch remite a Castells y sus «espacios de flujo» que no son «propiamente espacio en sentido antropológico», a diferencia de los «espacios de los lugares», que en la terminología de Castells son «lo que más se acerca al marco idóneo para construir una comunidad (casi en el sentido neorromántico de Tönnies) «porque en él acontece la interacción afectiva entre sus miembros, es decir, la comunicación, que debería ser irreductible a la simple información. Castells considera que el espacio de los flujos constituye el ámbito más común de la globalización, el anonimato, la lejanía, la asepsia, los no lugares, mientras que el espacio de los lugares genera localización, proximidad cordial, vecindad, chismorreo.» (p. 194).

En cuanto al tiempo, Duch recuerda que los griegos disponían de tres vocablos para referirlo:

  • khronos: el tiempo de la cronología, sin atributos e impersonal;
  • aion: el tiempo vital del ser humano, «en el que la misma vida y el tiempo se unían amigablemente»;
  • kairós, el tiempo propicio, adecuado, «para llevar a cabo una acción concreta o para que aconteciese algo con efectos trascendentes sobre el ser humano».

Tras un largo repaso a la etimología y la concepción del tiempo en distintas culturas, una frase de Le Corbusier da inicio al epígrafe La sobreaceleración del tiempo:

Una calle moderna es una máquina para producir tránsito.

La frase será importante también cuando hagamos la reseña de El declive del hombre público, de Richard Sennet.

Entre 1775 y 1825 «se detecta la pérdida de vigencia social de la cronología clásica y las representaciones naturales del tiempo hasta entonces vigentes, lo cual implica el paso progresivo a la modernidad y la temporización de todos los asuntos humanos» (p. 228). A partir de la Revolución Francesa, en concreto, se abandona la imagen del orden circular como representación del tiempo y se adopta la de la espiral «para ejemplificar la voluntad de ascenso sin pausa de la humanidad a metas siempre más altas y perfectas». Ni los intelectuales ni los científicos son ajenos a este cambio de mentalidad y esta sensación de aceleración, pero uno de los primeros en expresarlo será Baudelaire. «Para Baudelaire, la ciudad es un catalizador de los mil ingredientes y contradicciones de que consta el espacio urbano tal como lo observa y vive el viandante (flâneur). El poeta describe el tránsito frenético de la gran ciuda como la parábola ejemplar y el aspecto más típico y arriesgado de la vida moderna: <<Cruzaba el bulevar corriendo, en medio de un caos en movimiento, con la muerte galopando hacia mí por todos lados>>» (p. 232). El hombre moderno arquetípico será el flâneur, el viandante, «lanzado solo y sin ninguna protección en medio del bullicio informe del tránsito circulatorio».

También para Walter Benjamin el bulevar parisino,»con el flâneur como personaje prototípico, constituía la concreción del espacio-tiempo (caos en movimiento frenético) de la modernidad urbana (último tercio del siglo XIX); hoy, la autopista se ha convertido en la concreción espacio-temporal característica de la actualidad.» (p. 233).

Y otro estudioso del fenómeno de la modernidad fue Georg Simmel, pensador alemán. «Según su opinión, una de las características más notables de la modernidad era el incesante estado de fluidez en el que se precipitaban las relaciones sociales, tanto las personales como las colectivas. Simmel, al contrario de Max Weber, que se interesó prioritariamente por los grandes sistemas y por las totalidades, llevó a cabo análisis microscópicos de la realidad social y de los fragmentos fortuitos y a menudo irrelevantes que se desprendían de las cada vez más complejas y omniabarcantes redes urbanas.» (p. 235).

Su metodología [de Simmel], basada en la preeminencia del fragmento y la instantaneidad sobre las estructuras y las instituciones socialmente sancionadas, indicaba con suma nitidez que el tiempo humano -y, por consiguiente, también el espacio- había experimentado una serie de mutaciones drásticas e irreversibles en la visión del mundo y en los comportamientos de los ciudadanos de las grandes urbes: la mecánica linealidad temporal, fruto de una concepción jerarquizada y estabilizada de los roles sociales, había sido sustituida por un tiempo caracterizado por las interrupciones, las participación simultánea de los individuos en varios tiempos sociales y la incidencia coetánea de numerosos factores, a menudo incompatibles entre sí, en el pensamiento, la acción y los sentimientos de individuos y colectividades. El medio metropolitano moderno, creía, era un conjunto de atracciones, relaciones y opiniones inconexas y vertiginosamente cambiantes, de tal manera que la ciudad, determinada cada vez más por el impacto de los medios de comunicación de masas, se parecía mucho más a un laberinto que a un sistema.» (p. 235).

El último paso, destaca Duch, se ha dado cuando la vivencia ha ocupado el lugar de la experiencia. La vivencia es autoreferencial; a diferencia de la experiencia, carece de referencias y de encuentros o encontronazos con la realidad exterior. «En el fondo, se trata de un intento encaminado a detener y avasallar el fluir incontrolable e incontenible del tiempo buscando refugio en una intimidad ahistórica y extraética, la cual se limita a ser, casi sin excepción, una reducción de todas las dimensiones y relaciones de la existencia humana al centro intemporal e inespacial del yo.» (p. 250). Ello conlleva la estetización de la vida cotidiana, pues se vive una vida centrada en la intimidad del propio yo.

Todas las épocas en las que ha imperado una sensibilidad con rasgos más o menos gnósticos se han caracterizado por una voluntad firme de parar, quemar o destruir el tiempo porque se estaba convencido de que el ritmo temporal era inaguantable y deshumanizador. […] Como antídoto para contrarrestar esta situación, había que quebrar la dinámica del tiempo histórico concreto, que siempre es un «tiempo de» o un «tiempo para», con el fin de instaurar el «no tiempo» y el «no espacio» del yo, cuya geografía y coreografía psicológicas exigían el absoluto centramiento de toda la existencia en un punto sin dimensiones ni relaciones espaciotemporales: en eso consiste, propiamente, la vivencia, la cual con frecuencia es una fora de designar la irresponsabilidad, es decir, una forma de existencia arrelacional, apasional y acultural. (p. 251).

I. La metrópolis de los sociólogos: Escuela de Chicago, Georg Simmel, Max Weber

(estamos siguiendo el libro Teorías e historia de la ciudad contemporánea, de Carlos García Vázquez).

Hablamos de metrópolis entre los años 1882 y 1929. Comienza en ese año, simbólicamente, porque es cuando Edison inauguró en Londres la primera estación generadora de electricidad, aunque podríamos haber escogido 1892, cuando Daimler instaló un motor de combustión interna en un carruaje de cuatro ruedas. Ambos hechos marcan la II Revolución Tecnológica, cuando la electricidad y el petróleo pasaron a ser las fuentes energéticas de la industria, en vez del carbón.

La Revolución Industrial, la del carbón, había llenado las ciudades: Londres creció de 1 a 3,8 millones de habitantes entre 1800 y 1880, Berlín de 170.000 a 1,3 millones, Nueva York de 60.000 a 1,2 millones. Se habían convertido en lugares pésimos para vivir, con obreros hacinados en condiciones insalubres, una media de vida de 29 años (frente a los 55 de los burgueses) y grandes tasas de alcoholemia, suicidio… Mientras eso sucedía en las afueras, los centros de las ciudades se embellecían para una burguesía adinerada (Haussmann y París, por ejemplo, o el Ensanche barcelonés).

ciudad revolucion industrial

Para paliar la situación (y porque la zona era un perfecto caldo de cultivo para el comunismo), el Estado se planteó higienizar las ciudades. Para ello nació el urbanismo, de la mano de la racionalización que estaban sufriendo también en esa época las disciplinas, especialmente las humanísticas. Mediante una red de comunicaciones basada en el ferrocarril, el tranvía, los trenes y el subterráneo, los  campesinos que seguían llegando a las ciudades fueron absorbidos por las poblaciones del extrarradio, al tiempo que las industrias, cada vez mayores, huían del centro y se instalaban también en las afueras, dejando vacíos los centros para llenarlos de calles, plazas e instituciones públicas.

Viendo la evolución del concepto de ciudad en una galaxia de enclaves donde convivían complejos industriales, urbanizaciones suburbiales, medios de transporte a la última y cascos históricos convertidos en centros terciarios, en 1910 la Oficina del Censo de Estados Unidos adoptó un término con el que referirse a esta nebulosa: ‘metrópolis‘. Sigue leyendo «I. La metrópolis de los sociólogos: Escuela de Chicago, Georg Simmel, Max Weber»