Espacios del capital (IV): de lo particular a lo global

Seguimos con la reseña de Espacios del capital. Hacia una geografía crítica, del geógrafo David Harvey. Venimos de tres entradas anteriores (la neutralidad de la ciencia y la teoría marxista de los recursos y la población en la primera, sociología urbana burguesa vs. sociología marxista en la segunda y la evolución del capitalismo fordista a «la acumulación flexible» en la tercera). En esta cuarta nos centraremos en un aspecto al que Harvey dedica dos artículos: el topos en el que se sitúa la militancia.

«Particularismo militante y ambición planetaria: la política conceptual del lugar, el espacio y el entorno en la obra de Raymond Williams» es el título del noveno artículo del libro. No entraremos en el análisis de la obra de Raymond Williams como novelista, sino en la reflexión por la cual Harvey acude a dicho autor. A finales de 1993, el geógrafo fue coautor de un libro (The Factory and the City. The Story of the Cowley Auto Workers in Oxford) junto a Teresa Hayter que giraba alrededor del cierre de una empresa de automóviles situada en Oxford. El libro incluía gran cantidad de puntos de vista sobre el tema: de los obreros de la fábrica y su reivindicación laboral por mantener sus puestos de trabajo, sí, pero también sobre la deslocalización industrial, los cambios en la economía, etc. Llegado el momento de escribir las conclusiones, Harvey y Hayter discutieron: el primero quería hacer una reflexión genérica sobre la situación de los obreros y la segunda, posicionarse claramente a favor de los trabajadores de la fábrica y ayudarlos en su reivindicación.

Llegados a este punto, Hayter le preguntó a Harvey que dónde quedaban sus lealtades, y esa reflexión es la que lleva al geógrafo al artículo. Claro que quería ayudar a mantener los puestos de trabajo de la fábrica, pero también reflexionaba que se trataba de una empresa ecológicamente perniciosa, que estaba produciendo coches de gama alta «para los ultrarricos» que los iban a usar en ciudades y contaminar más aún; y asimismo, el hecho de que la empresa había perdido un tercio de su valor bursátil, con lo cual Harvey no quería justificar la decisión de la deslocalización, pero entendía su justificación empresarial.

La opinión de que lo que está bien y es bueno para los sindicalistas militantes de la fábrica Cowley está bien y es bueno para la ciudad y, por extensión, para la sociedad en general es demasiado simplista. Es necesario desplegar otros niveles y tipos de abstracción si queremos que el socialismo rompa sus vínculos locales y se convierta en alternativa viable al capitalismo como modo de funcionamiento de las relaciones de producción y de las relaciones sociales. Pero hay algo igualmente problemático en la imposición de una política guiada por la abstracción a personas que durante muchos años han dado su vida y su trabajo de una manera particular y en un lugar determinado. (p. 179)

«Una y otra vez brota en las novelas de Williams la misma dualidad. La batalla entre diferentes niveles de abstracción, entre particularidades de lugares específicamente interpretadas y las abstracciones necesarias para llevar esas interpretaciones a un ámbito mayor, la lucha por transformar el particularismo militante en algo más sustancial en la escena mundial del capitalismo» (p. 191)

No es sencillo trasladar «las lealtades contraídas a una escala» a «las lealtades necesarias para convertir al socialismo en un movimiento viable en otra parte o en general»; de hecho, la tesis de Harvey es que «en el acto de traslación se pierde necesariamente algo importante, dejando atrás un residuo amargo de tensión siempre irresuelta.» Es una batalla que el capitalismo tiene resuelta puesto que «no sólo ha conseguido sortear sino a menudo manipular activamente tales dilemas de escala en sus formas de lucha de clases» y a generar «un desarrollo sectorial y geográfico desigual para provocar una competitividad divisiva entre lugares definidos a diferentes escalas».

Sobre este mismo tema reflexiona en el siguiente artículo: «Ciudad y justicia: los movimientos sociales en la ciudad«. Empieza con una reflexión que encontramos hace nada en Castells (Redes de indignación y esperanza): el paso de algo particular e individual a algo colectivo, que sintamos como propio. «Supongo que hay una corriente de fermento de base presente en todos los lugares y localidades, aunque sus intereses, objetivos y formas organizativas son normalmente fragmentarios, múltiples y de intensidad variada. La única pregunta interesante bajo esta formulación es cómo y cuándo se vuelven dichos particularismos suficientemente coherentes internamente, y en última medida integrados o metamorfoseados en una política más amplia». Harvey también alerta de que «la comunidad «en sí misma» tiene significado como parte de una política más amplia, la comunidad «para sí misma» degenera casi invariablemente en exclusiones y fragmentaciones regresivas». Uno de los modos de evitar el estancamiento: integrarse en procesos más amplios de cambio social. «El particularismo militante y las solidaridades locales deben entenderse, por lo tanto, como mediadores cruciales entre cada persona y una política más general.»

Precisamente de ese modo, como capas mediadores, es como se entiende en general el gobierno de una situación concreta. Existe una gran cantidad de instituciones (especialmente en las áreas metropolitanas) que participan activamente en el gobierno, desde institutos, comisiones, departamentos y ONGs hasta individuos con intereses particulares y más o menos grado de poder. A menudo, rivalizan usando las técnicas de competencia capitalistas. De aquí, Harvey extrae dos conclusiones. La primera, que el contexto en el que estudiar los movimientos sociales es extremadamente complejo y requiere un análisis de las instituciones que participan en las distintas escalas. La segunda, que dado que «todos los principios universales se filtran por estas múltiples escalas y capas de discursos institucionalizados», la dialéctica de la universalidad o particularidad puede fácilmente quedar distorsionada o incluso volverse opaca.

«Identidades cartográficas: los conocimientos geográficos bajo la globalización» reflexiona sobre los distintos modos en que una misma información geográfica puede presentarse. Nos quedamos con un párrafo que resume perfectamente el tema de fondo: «Cuando, por ejemplo, Greenpeace ataca los proyectos de empresas multinacionales o del Banco Mundial, lo hace a menudo proporcionando descripciones geográficas totalmente distintas (resaltando las comunidades bióticas, las historias y las herencias culturales, los modos de vida específicos) a las especificaciones establecidas, pongamos, en los informes del Banco Mundial o de las empresas.» Es la misma distinción entre un panfleto turístico del «último enclavo virgen» que visitar o un mapa de la próxima explotación turística sobre el que reflexionaba también Jodidos turistas.

En la próxima entrada pasaremos a la segunda parte del libro: la producción capitalista del espacio.

La imagen de la ciudad, Kevin Lynch

Kevin Lynch fue uno de los precursores del diseño urbano. Profesor del MIT, recibió una beca de la Fundación Rockefeller (la misma que permitiría a Jane Jacobs redactar Muerte y vida de las grandes ciudades) y realizó diversos estudios para tratar de comprender las ciudades construidas y la visión que los ciudadanos tenían de ellas. El más conocido de sus libros, La imagen de la ciudad (1960), ofrece las conclusiones de una batería de preguntas realizadas a los ciudadanos de Boston, Jersey City y Los Ángeles sobre la visión que tenían de una zona concreta de sus ciudades.

Los elementos móviles de una ciudad, y en especial las personas y sus actividades, son tan importantes como las partes fijas. No somos tan sólo observadores de este espectáculo, sino que también somos parte de él, y compartimos el escenario con los demás participantes. Muy a menudo, nuestra visión de la ciudad no es continua sino, más bien, parcial, fragmentaria, mezclada con otras preocupaciones. Casi todos los sentidos están en acción y la imagen es la combinación de todos ellos. (p. 10)

Por ello, en La imagen de la ciudad no se estudia la ciudad física, sino la imagen mental que los ciudadanos extraen de ella: la legibilidad de una ciudad determinada y la capacidad de orientación que los habitantes desarrollan en ella. No en vano, y como reflexiona Lynch, pocas cosas hay más horribles que estar realmente perdido: «la misma palabra «perdido» significa en nuestro idioma mucho más que la mera incertidumbre geográfica; tiene resonancias que connotan completo desastre».

Es evidente que cada ciudadano contempla una metrópolis distinta, en función de su origen, condición e intereses; pero en este caso, las individualidades se dejan de lado y se buscan los factores comunes que definen la imagen mental de la ciudad, hasta alcanzar una especie de consenso. Las ciudades elegidas fueron el centro de Boston, ciudad de la costa Este famosa por sus construcciones de estilo europeo; Jesey City, ciudad famosa, en general, por estar cerca de Nueva York y sin especial hincapié en hitos o aspectos destacables; y el centro de Los Ángeles.

Tras realizar entrevistas en profundidad a unos pocos ciudadanos (30 de Boston y 15 en las otras dos ciudades), Lynch llegó a la conclusión de que existían cinco elementos básicos:

  • senda (path): los caminos que sigue el observador, ya sea a pie o en coche.
  • borde (edge): «elementos lineales que el observador no usa o considera sendas», es decir: muros, playas, cruces de ferrocarril. No son importantes como las sendas en el sentido de que no se pueden recorrer, pero sí que juegan un papel esencial en la orientación urbana.
  • barrio (district): zonas de la ciudad con un carácter determinado en las que el habitante «siente» que puede entrar y que son distinguibles de algún modo.
  • nodo (node): puntos estratégicos de la ciudad, a menudo porque conectan diversas sendas y obligan al paseante o conductor a tomar una decisión. El ejemplo de nuestros tiempos serían las rotondas, para los coches, o estaciones donde hacer transbordo.
  • hito (landmark, aunque la traducción de la editorial Gustavo Gili usa «mojón»): otros elementos de referencia en los que el habitante no puede entrar, pero sí usar para orientarse. Aquí se incluyen desde monumentos de la ciudad a detalles característicos; incluso el sol puede usarse como referente.

Por supuesto, estos elementos no son estables: una autopista puede ser una senda para un conductor o un borde para un paseante. «Los barrios están estructurados con nodos, definidos por bordes, atravesados por sendas y regados de hitos. Por lo regular los elementos se superponen y se interpenetran.» (p. 64)

Beacon Hill, en Boston; foto casi sin filtros.

Una vez dispone de todos estos elementos, Lynch se plantea cuál es la forma ideal de distribuirlos. La imagen que le viene a la mente es Florencia, que identifica como un verdadero lugar (en oposición a las ciudades sin personalidad o a los grandes espacios sin carácter de las metrópolis de la época):

Para dar un solo ejemplo, Florencia es una ciudad de vigoroso carácter que cala hondo en los afectos de mucha gente. Si bien muchos forasteros reaccionarán al principio ante ella en forma negativa, considerándola fría y aplastante, con todo no podrán negar su particular intensidad. Vivir en este medio ambiente, cualesquiera que sean los problemas económicos o sociales con que se tropiece, parece añadir una profundidad más a la experiencia, lo mismo si es de deleite, de melancolía o de pertenencia. (p. 113).

No es el primer urbanista enamorado de las ciudades italianas: recordemos a Jan Gehl elogiando Siena o Venecia (Ciudades para la gente), con su escala humana y su lenta transición entre la velocidad del peatón y la del vehículo; o a Lefebvre hablando, precisamente, de cómo en el Renacimiento italiano «la representación del espacio dominó y subordinó al espacio de representación (de origen religioso) mediante la creación de la perspectiva»; o, dicho de otro modo, el espacio concebido pasó por encima del espacio vivido, y por ello estas ciudades son el ejemplo canónico de ciudades a escala humana o ciudades dotadas de gran carácter.

Destaca Lynch que es posible que no existan más de veinte o treinta ciudades con tal «vigoroso carácter visual» o una «estructura evidente»; todas ellas, al menos al desparramarse en las afueras, adolecen de espacios anónimos o sin personalidad. Aún así, es necesario orientarse en ellas para recorrerlas; y el punto esencial son las sendas, que determinan en gran medida el mapa mental que trazan quienes las recorren. Aquí, Lynch iba en contra de los grandes nudos viarios de autopistas que tan de moda estaban por entonces en Estados Unidos y que estaban desgarrando el tejido social de las ciudades con la excusa de facilitar el tráfico; recordemos, no en vano, que Carlos García Vázquez afirmaba que los dos Davides que acabaron con el Goliath Robert Moses fueron Jane Jacobs, moralmente con el ya citado Muerte y vida de las grandes ciudades, y Kevin Lynch científicamente con La imagen de la ciudad.

Pero la esencia de la imagen de la ciudad no es sólo lo fácil que permite la orientación o el recorrido.

A decir verdad, la función de un buen medio ambiente visual no se reduce sólo a facilitar los recorridos habituales ni a afianzar significados y sentimientos que ya se poseen. De la misma importancia puede ser su función de guía y estímulo para nuevas exploraciones.

[…] Una ciudad no está construida para una sola persona sino para un gran número de personas de extracción, temperamento, ocupación y posición social sumamente diferentes. (…) Por esto el diseñador debe crear una ciudad que cuente con tantas sendas y tantos bordes, hitos, nodos y barrios como sea posible: una ciudad que no sólo haga uso de una o dos cualidades formales, sino de todas ellas. (…) En tanto que un hombre recordará una calle por su pavimento de ladrillo, otro recordará su vasta curva y un tercero se fijará en los mojones menores a lo largo de su extensión. (p. 134-5)

Igual que Jane Jacobs, Lynch propone que haya diferentes sendas que lleven al mismo sitio, para permitir la diversidad de caminos y recorridos. Es consciente de que los grandes medios de comunicación (como las autopistas) permiten trazar mapas mentales mucho más amplios, pero a costa de perder calidad de la imagen, más borrosa en cuanto tiene que abarcar más espacio. Como una de las formas de organizar los elementos, precisamente, propone una composición musical: donde cada forma lleve a la siguiente, generando una melodía de tonos variables. De nuevo: el ballet de las aceras de Jacobs; ambos estaban proponiendo alternativas a una ciudad mastodóntica entregada al vehículo.

Es muy cierto que necesitamos un medio que no sólo esté bien organizado sino que asimismo sea poético y simbólico. El medio debe hablar de los individuos y su compleja sociedad, de sus aspiraciones y su tradición histórica, del marco natural y de las funciones y los movimientos complejos del mundo urbano. Pero la claridad de la estructura y la vividez de la identidad son los primeros pasos para el desarrollo de símbolos vigorosos. (p. 146)

Nos surgen distintas reflexiones alrededor del estudio de Lynch. La primera: el autor divide el análisis de toda «imagen ambiental» en identidad, estructura y significado. La identidad supone distinguir el objeto como un ente autónomo, separarlo de de otras cosas que lo rodean. La estructura es la relación espacial del elemento con otros objetos o el observador; y el significado es lo que supone este elemento para el observador. Por razones obvias, el estudio de Lynch se centra en identidad y estructura; el significado siempre es variable, y es colectivo, pero también se forma individualmente. «La imagen de los rascacielos de Manhattan puede representar vitalidad, poder, decadencia, misterio, congestión o lo que se quiera, pero en cada caso esa nítida representación cristaliza y refuerza el significado.» En ese sentido… ¿cuál sería el significado de las ciudades? O, yendo un paso más allá: edificios singulares, como el Guggenheim de Bilbao, donde la identidad no es, a priori, tan factible: ¿forman una única categoría, crean su propio espacio de identificación en el que sólo están ellos? ¿Cómo reaccionamos ante cosas que vemos en la ciudad que no comprendemos?

La segunda reflexión es alrededor de los nodos y los hitos, los lugares esenciales que definen la ciudad. Estos lugares se caracterizan hoy en día porque la propia ciudad los marca de forma unívoca: habitualmente, colocando allí monumentos, estatuas de conquistadores, de figuras preeminentes para una historia concreta de la ciudad. Esta política, por supuesto, que es una representación del poder, parte de una idea concreta de ciudad y tiene mucho que ver con la producción del espacio de Lefebvre pero también con la museificación o la conversión de la ciudad en un lugar con una historia concreta y buscada: la representación del sueño burgués en las Ramblas de Barcelona antes que la celebración de las revoluciones obreras que sacudieron la ciudad, por ejemplo. O con una revisitación del sueño imperial en Viena.

Y finalmente, la reflexión central del estudio, leído en nuestros tiempos: ¿cómo afecta Google Maps a todo el entramado mental que creamos los ciudadanos? Uno conoce su ciudad, sin duda, o al menos las partes de ella que recorre habitualmente (nos vienen a la mente los territoriantes de Francesc Muñoz en Urbanalización), pero por ejemplo al visitar otra por negocios o turismo, desenvaina el móvil y deja que sea la aplicación de google la que le guíe, hasta el extremo de que la contemplación de la ciudad es algo secundario, un escenario que ver, no un mapa que desentrañar. Análogamente, ahora la visión cenital de las ciudades es algo habitual, por lo que la relación entre mapa y territorio sin duda se ha generalizado; ¿cómo afecta eso a la construcción espacial que los habitantes generamos en nuestras mentes para orientarnos sobre ella?

Sociología Urbana 02: la Escuela de Chicago

Seguimos con el libro Sociología Urbana: de Marx y Engels a las escuelas posmodernas, de Francisco Javier Ullán de la Rosa, del que ya analizamos en una primera entrada los precursores de la disciplina. En este post nos centraremos en la Escuela de Chicago, la primera que desarrolló un corpus teórico para llevar a cabo el estudio de la ciudad. Ya hablamos de ella a propósito del libro de Ulf Hännerz Exploración de la ciudad, que les dedicaba un capítulo completísimo.

¿Por qué Chicago y no, por ejemplo, Nueva York, que era una ciudad mayor? Porque ninguna ciudad americana había crecido tanto en tan poco tiempo, porque un incendio la había arrasado en 1871 y tuvo que renacer de sus cenizas, por lo que los rascacielos se fueron elevando como agujas y llenando el paisaje de la ciudad. Porque Nueva York contaba con un hinterland densamente poblado y Chicago estaba rodeada por campos vacíos; y porque la mayoría de la población de Chicago, que en 1910 superaba los dos millones, no había nacido en la ciudad. A diferencia de las grandes capitales europeas, además, los inmigrantes que acudían a Chicago no lo hacían de los campos de alrededor, sino que provenían de lugares totalmente alejados de distintas partes del mundo: tenían otros idiomas, culturas y formas de entender y habitar el mundo. Y de repente todo ese magma cultural diferenciado coincide en Chicago, lo que genera unas sinergias y explosiones de energía y prosperidad abrumadoras… y también un sinfín de problemas.

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Chicago 1920

Lo que vimos en el anterior capítulo que estaba sucediendo en las ciudades industriales (hacinamiento, pésimas condiciones del proletariado, la incipiente lucha de clases) va un paso más allá en Chicago al añadirle las cuestiones étnicas y raciales. Por ejemplo, el «Verano Rojo» de 1919, la ciudad se vio sacudida por disturbios raciales al volver los veteranos de la Segunda Guerra Mundial y descubrir que sus puestos de trabajo habían sido ocupados por los afroamericanos y decidieron reconquistar el territorio. Recordemos: hablamos de la ciudad de Al Capone y el crimen organizado.

El Departamento de Sociología de Chicago fue fundado por Albion Woodbury Small en 1892, aunque por entonces se llamaba también de Antropología y no se escindió hasta 1929. Es por ello que la Escuela de Chicago la reclaman ambas disciplinas como propia de su historia, y el enfoque social se nota en los estudios de sus miembros. En esta primera etapa destacan William Thomas, que estudió a los polacos de Chicago pero también en su país de origen, para comprobar los cambios entre ambos grupos, y Florian Znaniecki.

En 1925, con la jubilación de Small y la llegada de Faris, entran nuevos autores en el departamento: Robert Ezra Park, Ernest W. Buress y Roderick Mckenzie, que publicaron The City ese mismo año, casi un manifiesto fundacional de la escuela y donde desarrollan su teoría de la Ecología Humana. La disciplina trata de explicar «todos los fenómenos humanos como producto, en última instancia, de los procesos de adaptación de las poblaciones al entorno ecológico». Recordemos: en plena mordernidad, aún se trataba de encontrar teorías capaces de explicar todos los procesos sociales.

La lucha por la supervivencia determina la regulación demográfica de las diversas especies y su distribución en diferentes hábitats, y la población humana no es una excepción a esta regla. Pero las especies y, en este caso, el hombre, no se adaptan al hábitat solamente luchando entre sí sino también cooperando entre sí. (…) El funcionamiento del sistema ecológico es mucho más complejo de lo que deja entrever su síntesis vulgar en la expresión «supervivencia de los más aptos»: los más aptos no son siempre los que saben matar mejor sino los que saben cooperar mejor, los que saben ahorrar energía mejor, los que saben organizarse mejor, (…)

El ecosistema funciona según ellos [la Escuela de Chicago] a través de la «coexistencia en tensión» de la cooperación y la competición: a veces los humanos recurrirán más a la primera, a veces a la segunda, y en otras a una tercera estrategia que es una combinación de las dos. En las modernas sociedades humanas capitalistas esa cooperación se realiza a través de la diferenciación de funciones en el sistema, es decir, de la división social del trabajo y de la distribución espacial ordenada de tales funciones en las áreas más adecuadas para cada una. (…) Así, la comunidad es un sistema funcional localizado en el espacio.

El término «funcional» no es casual, pues el paradigma dominante en las ciencias sociales desde los años veinte hasta casi los 60 fue, precisamente, el funcionalismo, que veía cada grupo como un nicho determinado que cumplía una función concreta en el sistema. La cooperación entre individuos, dirán los de Chicago, se da entre los mismos grupos étnicos o sociales, mientras que la competición se da casi siempre entre estos distintos grupos.

La ciudad, como lugar dotado de especial densidad de población y de una mayor división y especialización social, es «el ecosistema humano más complejo de la historia y por ello debe ser colocado por la nueva ciencia en una posición privilegiada, central con respecto al estudio de otros ecosistemas humanos» (p. 67). Como en cada sistema, existen grupos dominantes, que en la ciudad vienen determinados por su capacidad económica; dado que la ciudad existe como lugar espacial, habitado, «la diferencia en el precio del suelo es la sintaxis concreta a través de la cual los diversos grupos funcionales se distribuyen en el espacio de manera jerárquica» (p. 68). Al mismo tiempo, el sistema tiende a estar en equilibrio, por lo que el proceso normal será que los inmigrantes, al llegar a la ciudad, sin capacidad económica, traten de integrarse en su propio grupo étnico o racial para, poco a poco, prosperar e ir integrándose en otro grupo más dominante; para ser substituido el lugar que ocupaban por otro grupo recién llegado, en un melting pot que nunca termina pero que va integrando a los que van llegando.

Tratando de modelizar estos procesos, Burguess dibujó un mapa concéntrico de la ciudad que la dividía en cinco círculos, a saber:

  1. el central era el City Bussiness District y las áreas industriales;
  2. la zona de transición, ocupada por inmigrantes pobres;
  3. obreros cualificados y comerciantes que han abandonado la segunda zona pero quieren permanecer cerca de sus trabajos en el primer núcleo;
  4. zona residencial de clases medias;
  5. suburbios de clases medias y altas que poseen viviendas individuales.

Los actores, a medida que van pasando de un grupo a otro, se van moviendo, idealmente escapando hacia sectores más alejados del centro, que corresponden a los más prósperos. La zona 2 era donde las luchas de todo tipo se volvían más encarnizadas: cada nueva oleada migratoria se establecía allí, tratanto de ocupar los puestos de baja calificación que la zona 1 requería, y se daba la lucha de todos contra todos; por otro lado, la expansión inmobiliaria de la zona 1, en constante crecimiento, les iba quitando terreno de forma progresiva a medida que los especuladores iban llegando, dejando solares vacíos a la espera del momento oportuno para construir en ellos.

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El modelo de Burguess pretendía ser un tipo ideal capaz de explicar, al menos, la realidad de la mayoría de las ciudades de Estados Unidos; en el fondo, sólo explica la ciudad de Chicago en los años 20. Pronto hubo otras propuestas que trataban de acercarse algo más a la realidad:

  • la ciudad sectorial de Homer Hoyt (1939), donde ya tiene en cuenta otros factores que Burguess no había considerado como «la existencia de ejes de transporte, de accidentes naturales del relieve o el poder de seducción simbólica de las clases altas y su efecto estructurante en las zonas aledañas»; este modelo, por ejemplo, tiene en cuenta los procesos de vuelta de las clases residenciales a un centro que se les irá adecuando por los poderes inmobiliarios, en un proceso conocido como gentrificación;

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  • la ciudad multicéntrica de Harrys y Ulman (1945), donde consideran que la ciudad dispone de gran cantidad de «minicentros» alrededor de cada uno de los cuales se genera una «miniciudad» (en un concepto que dará lugar a las edge cities de Garreuau);

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Los diversos grupos sociales, organizados alrededor de una etnia o raza común, establecen relaciones de cooperación entre ellos y sobre el territorio en el que operan, formando el que será el objeto de estudio por antonomasia de la Escuela de Chicago: el guetto. La metodología clásica de la antropología, esto es, la etnografía, que consistía en un hombre blanco viajando a una tribu primitiva para observarla y tratar de comprender su cultura (visión del mundo, forma y estructura de su sociedad, relación con el medio) se aplica ahora a los grupos más o menos homogéneos de cada barrio: China Town, Little Italy, el barrio judío o polaco…

Los llamados community studies son, sin duda alguna, la segunda gran aportación de la Escuela de Chicago [la primera es el urbanismo como forma de vida que se lee en el artículo de Park «Urbanism as a Way of Life», uno de los artículos más famosos de la sociología de todos los tiemos] a las ciencias sociales: el término comunidad es aquí utilizado en su sentido antropológico, como un subsistema cultural y social formado por un contingente humano de reducidas proporciones donde predominan los vínculos sociales no contractuales. Este enfoque etnográfico y culturalista los convierte (…) en la piedra angular de la fundación de la antropología urbana. (p. 77)

Sin embargo, y aquí surgen las primeras críticas de Ullán de la Rosa a la Escuela de Chicago, los communities studies no desarrollaron, por ejemplo, una etnografía de las comunidades griega, irlandesa o alemana, mucho menos de la anglosajona dominante, sino sólo de aquellas que presentaban conflicto. Los sociólogos americanos partían de un presupuesto que no cuestionaban: que todos los subgrupos se acabarían integrando en la dominante, y por lo tanto sólo aquellos que presentaban la mayor desviación eran dignos de estudio, para comprender qué sucesos había tras ellos y qué los estaba apartando de la integración plena.

En última instancia, argumenta Ullán de la Rosa, «la Escuela de Chicago consideraba la diversidad étnica como un factor desestabilizador y disfuncional, debilitador de la cohesión social, generador de marginalidad social y crimen». Consideraban, sin cuestionarlo, que todas las culturas se fundirían en el famoso melting pot (crisol) americano, consiguiendo una cultura homogénea que sólo sería cuestionada por nuevas oleadas migratorias que también se irían fusionando. No compartimos plenamente la crítica del autor, pero sí que hay que reconocer que concebían a las personas como miembros unívocos de una cultura, es decir, no entendían que uno podía ser a la vez judío y americano, polaco y chicagüense. Por ejemplo: el estudio de Whyte Street Corner’s Society se centra en la estructura y subcultura de las bandas de delincuentes italianos, en vez de en la italiana propiamente dicha; y no hubo ningún estudio sobre la cultura de las clases medias o altas.

Veamos ahora algunos de los desarrollos teóricos importantes de la Escuela de Chicago. Partiendo del concepto de anomia de Durkheim, que vimos en la entrada anterior y que se define como un proceso colateral al de la modernidad que se daba en las grandes ciudades debido al nuevo formato de las relaciones sociales, en general más débiles y basadas en la mercantilidad y la utilidad que en la fraternidad; la debilidad de estas relaciones y de las instituciones sociales (familia, barrio, iglesia) para ejercer un control moral y social de los individuos dejaba individuos y grupos de personas «desafectos» del sistema, no conformes o desplazados, y fueron uno de los objetos de estudio de la Escuela. En concreto, Thomas y Znaniecki llamaron a esta fenómeno las Teorías de la Desorganización Social, que pasaron de la Sociología a la Criminología y se convirtieron en el paradigma dominante en ese campo durante todo el siglo XX.

Las características de la zona 2 del mapa de Burguess, o de las zonas pobres limítrofes en general, siempre presentaban tasas de delincuencia más altas que el resto de zonas, independientemente de la etnia de sus pobladores. Esto, basado en datos estadísticos y evidencias empíricas, supuso un importante mazazo al racismo imperante en la época: los delincuentes no lo eran por ser inmigrantes, polacos o negros, sino por pobres. Las causas que lo explicaban eran tres:

  1. la pobreza; pocos recursos impedían la gestión a medio y largo plazo de personas centradas en sobrevivir al día a día, a menudo en competición unos con otros por esos pobres recursos; la finalidad de los habitantes era abandonar el barrio, no formar lazos para vivir en él;
  2. como algunos iban consiguiendo abandonar la zona, la movilidad residencial era enormemente alta, por lo que muy pocos invertían en infraestructuras en el barrio ni en relaciones sociales en él;
  3. la mezcla de culturas, lenguas y nacionalidades, que además iban mutando de forma permanente, aún dificultaba más establecer lazos de cooperación.

A este tercer punto se le añade una observación que nos recuerda a El declive del hombre público de Richard Sennett: la mejor forma de crear comunidad es encontrar y definir un enemigo común.

Es a partir de esta tercera dimensión, la de las identidades y prejuicios étnico-culturales, que la Teoría de la Desorganización Social introduce las elaboraciones culturalistas del interaccionismo simbólico. El comportamiento debe siempre entenderse en interacción con el otro, individual o colectivo, pero no sólo en relación a las acciones del otro sino a las imágenes que este tiene del mundo. No importa si esas imágenes son prejuicios o estereotipos negativos que no se corresponden con la realidad empírica. De acuerdo al teorema de Thomas, como ya se ha visto, si una situación es considerada real por alguien, tendrá consecuencias reales (evitaré o despreciaré a los negros porque pienso que son todos delincuentes, no les daré trabajo porque pienso que son vagos, no les alquilaré mi piso porque temo que no me vayan a pagar…). La interacción con el otro no sólo tiene consecuencias sobre quien opera el juicio de valor sino sobre quien lo recibe, ya que se convierte en una parte estructurante de su yo. (p. 83)

Por ello, era habitual que los habitantes de estas zonas, que veían limitado su acceso al resto de zonas por los prejuicios imperantes, desarrollasen su propia cultura con valores alternativos a los de la sociedad dominante. «Un mundo de valores alternativos que se oponía al credo oficial del ascenso social por el trabajo productivo duro y honesto y de los valores de la moderación y la gratificación diferida, precisamente porque los individuos habían interiorizado […] la creencia general que tendía a verlos como escoria, como buenos para nada, como losers congénitos». Formaron sus propias culturas exacerbando valores opuestos: la violencia como forma de adquirir estatus y poder, hedonismo y satisfacción inmediata de sus deseos, percepción de la vida como algo efímero. Estas culturas convergen en bandas criminales organizadas, cuya pertenencia otorga al individuo lazos de satisfacción y socialización, un sentido a su vida. «Arrebatar una calle a los italianos ya era un triunfo que vale una vida para un gangster negro de Harlem.»

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Nuevas formas de socialización. Como el que se apunta a pilates, oigan.

Con el tiempo, esta forma de organización criminal dejó de verse como una disfuncionalidad puntual del sistema para pasar a ser concebido como un subsistema social y cultural semiautónomo incrustado (o enquistado) en el seno del sistema mayor; por ello Thrasher propone sustituir la etiqueta de Teoría de la Desorganización Social por la de Teoría de la Asociación Diferencial (1947): de la misma forma que viviendo en sociedad se aprende a ser individuo social, también se aprende a ser delincuente en un proceso de socialización paralela que generaba un efecto de «bola de nieve», es decir, mientras más delincuentes hay más degradado está el barrio y más gente no delincuente quiere huir de él, lo que hace que los que se quedan perciban la zona como aún más degradada y vean menos opciones de huir, con lo que la única opción viable que les aparece es entrar en la subcultura criminal.

Algunas de estas conclusiones nos pueden parecer obvias a día de hoy (el hecho de que la causa de la delincuencia sea el entorno y la pobreza, y no la ascendencia étnica y racial), pero si es así se debe a los descubrimientos de la Escuela de Chicago. Fueron los primeros que denunciaron que ese tipo de delincuencia no se podía combatir con mayor presencia policial, pues la oposición a un enemigo sólo refuerza el concepto de pertenencia a una banda; debían combatirse con inversión en el barrio, con la creación de sistemas de socialización potentes, de nuevas formas de socialización, escuelas, tiendas de ultramarinos, iglesias, grupos juveniles, nuevas infraestructuras; recordemos la Teoría de las Ventanas Rotas de Wilson y Kellig.

Otro aspecto importante de la investigación de la Escuela fueron las tipologías sociales liminares: los vagabundos y el biculturalismo. Recordemos: un ser liminar es aquel que vive a caballo entre dos estados sociales concretos. Uno es soltero o está casado; para pasar de un estado al otro se lleva a cabo un ritual social (una boda) durante la cual uno no es ni una cosa ni otra, sino un ser liminar, pura potencialidad, viviendo en un reino sin normas no estructurado. Vale, en el caso concreto hablamos sólo de un día, pero por ejemplo la adolescencia es una vivencia liminar completa entre la infancia y la edad adulta. Lo vimos en Los ritos de paso, de Van Genep. Llevado a la sociología, el ser liminar es aquel que vive entre dos o más culturas o que no se encuentra en ninguna en concreto, un individuo que fascinará especialmente a la Escuela de Chicago. ¿El ejemplo más concreto? El hobo, el vagabundo que viajaba de polizón en los trenes del país buscando trabajos temporales donde surgiesen. Un ser liberado por completo (o alienado por completo, escoja usted su versión) del sistema, sin ataduras ni responsabilidades, que formaron una sociedad flotante, no establecida, que iba dejando sus huellas por todo el territorio. Como los criminales, más que parias eran un colectivo con una subcultura propia (tenían unos símbolos concretos que indicaban lugares donde obtener comida o cama a cambio de trabajo, trenes a los que se podía subir, lugares de los que huir…). La forma de vida caló en la sociedad dominante dando lugar a expresiones culturales como el famosísimo En la carretera de Kerouac, de la beat generation.

Al igual que los gitanos, aquellos nómadas contemporáneos vivían fuera de la sociedad pero aprovechándose de los espacios intersticiales que esta dejaba (en su caso, la necesidad de la economía de trabajos temporales poco cualificados). Pero a diferencia de los gitanos, que conformaban una sociedad marginal con vínculos sociales e identidad culturales muy fuertes, el hobo era un destilado casi puro de perfecto individualismo: los hobos no formaban familias ni estaban ligados los unos a los otros salvo por un débil reconocimiento en la identidad de un estilo de vida constantemente transitorio. Por lo demás el hobo es puro flujo, pura libertad sin ataduras sociales, personalidad y rol social en constante movimiento. Su única regla es «Decide tu propia vida». (p. 88)

Ya hemos comentado que una de las críticas a la Escuela de Chicago era su sostén del statu quo, su incapacidad de ver que estaban defendiendo un sistema concreto que daban por sentado. Ese fue un concepto de la segunda generación de la Escuela, la que hemos tratado a lo largo de todo el artículo. Hubo después una tercera generación, no tan relevante como la segunda, que ya llevó a cabo proyectos de integración en la ciudad, ayudando con diversos mecanismos (el Chicago Area Project, por ejemplo) a los procesos de integración de la ciudad, pero no entraremos en el tema.

El final del capítulo lo dedica Ullán de la Rosa a tratar la Federal Housing Administration (1934), «un instituto federal cuya misión era poner en práctica un ambicioso plan de vivienda pública y de promoción del sector inmobiliario privado con el objetivo declarado de convertir a la sociedad americana en la «civilización mejor alojada de la historia». Por avatares del momento social, las muchas ramificaciones de la FHA tuvieron una serie de consecuencias que serán enormemente relevantes para la sociedad americana:

  • primero: consideraron que la mejor forma de vida que uno podía llevar era una casita con valla blanca y jardín en las afueras de la ciudad, en parte por el movimiento de las ciudades jardín de Ebenezer Howard que iba llegando desde Europa (despojada de todo su componente socialista, por supuesto), lo que condujo a la creación de suburbios igualitarios como el famoso Levittown: casas adosadas con jardín, perro, ama de casa y electrodomésticos en entornos completamente despojados de vida social, salvo el centro comercial, y donde el coche era necesario para todo;
  • segundo, y casualmente, estos nuevos suburbios fueron, en general, para los blancos; los negros que intentaban acceder a ellos veían sus créditos denegados y acababan quedándose en los barrios centrales de las ciudades, cada vez más degradados. Con el tiempo, la propia FHA acabó elaborando unos mapas que dividían la ciudad en cuatro zonas por colores: el azul era aquellas zonas con máximas garantías de inversión (gente blanca con dinero que nos va a devolver los créditos, así que barra libre) y las rojas, las de menor garantía (negros probres que no nos lo van a devolver); también casualmente, las zonas azules estaban en barrios de casas adosadas de las afueras y las zonas rojas, en los barrios pobres del centro de la ciudad, cuyos habitantes se veían incapaces de acceder a un crédito para escapar del barrio o incluso establecer un negocio en la zona. Este proceso, conocido como el redlining, fue degradando los barrios centrales, que cada vez se convertían en lugares peores donde sólo vivían los que no tenían otra opción. Y, también casualmente, estos barrrios, que dejaron de recibir progresivamente inversiones públicas, serán los que, a partir de los años 70 y 80, cuando las clases medias decidan volver al centro de la ciudad, se irán gentrificando (y sus habitantes, siendo expulsados) para realojar a estas nuevas clases medias sedientas de cultura urbana. Lo vimos en First We Take Manhattan, pero vaya, lo habrán visto en cualquier barrio gentrificado de su ciudad;
  • tercero: teniendo en cuenta todo lo explicado anteriormente, ¿sorprenden estallidos sociales periódicos alrededor del tema del racismo como los de Los Ángeles en 1991 o el más reciente «Black Lives Matter»? De esos barros, estos lodos…