La cultura de las ciudades (II): la planificación regional

Después del siglo XVI, la ciudad medieval tendió a convertirse gradualmente en un mero cascarón: cuanto mejor protegido estaba el cascarón, menos vida había en él. Tal es la historia de Carcasona, de Brujas, Chipping Camden o de Brunswick. (…) la ciudad se convirtió de hecho en un museo del pasado, así que sus habitantes, o sus guardianes, sólo tenían una parte mezquinamente restringida que desempeñar en la nueva cultura. Esos restos de la vida medieval, algunas veces acartonados y otras en plena decadencia, continúan esparcidos por toda Europa.

La economía proteccionista de la ciudad medieval sólo podía mantenerse por un hecho: la superioridad de la ciudad sobre la vida bárbara e insegura del campo abierto. (p. 91)

La cultura de las ciudades, de Lewis Mumford, obra que ya situamos en la primera entrada, es una reflexión sobre el hecho urbano de uno de los mayores eruditos sobre el tema. Es, también, un manifiesto a favor de la ciudad organicista entendida como un ente regional y en contra de la ciudad industrial, que Mumford relaciona con hacinamiento, desnutrición y un mamotreto informe. El primer capítulo, del que hemos extraído la cita inicial, reflexiona alrededor de la ciudad medieval; el segundo, la barroca y la llegada del industrialismo; el tercero, sobre la ciudad industrial; el cuarto, sobre la proyección que hizo Mumford de la misma, la megalópolis; y los tres últimos sobre las ventajas que, a su parecer, supondría el regionalismo, es decir: entender las ciudades como el nodo central de una región o ecosistema propio y avanzar hacia una ciudad racional y planificada.

«Desde el siglo XVI en adelante los nuevos monopolios surgidos en Inglaterra y Francia ya no eran monopolios de ciudades, sino comerciales: estaban al servicio de los individuos privilegiados que controlaban el comercio sin importar su lugar de residencia.» (p. 93) Los gremios, pese a que establecían redes entre distintas ciudades, no fueron capaces de crecer al mismo ritmo que la red de mercaderes que daría paso a la burguesía. «Además, muchos trabajadores no especializados que eran cada vez más importantes en la nueva rutina industrial -estibadores, porteadores, marineros-, no estaban incluidos en la organización de los gremios. Esta clase cada vez más numerosa contribuyó a bajar el estándar de vida y comenzó a constituir esa reserva de trabajo temporal sobre la cual la ciudad industrial capitalista habría de modelar más tarde su forma de organización característica.» (p. 95)

Este auge mercantil no supuso sólo el crecimiento de la incipiente clase burguesa, sino la idea de que sus métodos eran más válidos que los tradicionales. «Cabe recordar, con Max Weber, que la administración racional de los impuestos fue un logro de las ciudades italianas durante el periodo posterior a la pérdida de sus libertades. La nueva oligarquía italiana fue el primer poder político que controló sus finanzas según los principios de la teneduría de libros mercantil, y poco después la mano del experto en impuestos y administrador financiero italiano podía percibirse en todas las capitales europeas.» (p. 124)

Hubo otros cambios: el capitalismo se apoyó en las armas del Estado y se volvió militarista; además, cambió la concepción del tiempo y se introdujeron las modas, que cambian cada año, y el énfasis pasó a centrarse en la novedad. «Las abstracciones del dinero, la perspectiva espacial y el tiempo mecánico proporcionaron el marco de la nueva vida.» (p. 128)

A fin de satisfacer el deseo de tener más súbditos -esto es, de tener más carne de cañón, más vacas lecheras a las que cobrar impuestos-, los deseos del príncipe coincidieron con los de los capitalistas, que buscaban mercados más grandes y concentrados. El poder político y el poder económico se reforzaron mutuamente. Las ciudades crecieron, las rentas aumentaron y los impuestos se incrementaron. Ninguno de estos resultados fue accidental. (p. 129).

En la ciudad barroca, la avenida se convirtió en «el símbolo más importante y el elemento principal». El espacio urbano se iba geometrizando, aplicando la perspectiva que se había desarrollado durante el Renacimiento pero también dando lugar a algo característico de la época: mayor facilidad para el transporte de personas y mercancías. Esto, además, induce una separación mucho más evidente entre ricos y pobres: los primeros conducen y lo hacen por el centro de la calzada; los segundos caminan y lo hacen por los bordes, donde finalmente se desarrollan las aceras. Esta mezcla, tan evidente, hace que los pobres quieran vivir como los ricos; los ricos, como la alta burguesía; la alta burguesía, como la nobleza; y que éstos últimos compitan entre ellos por sobresalir.

Las ciudades se llenan de grandes almacenes y escaparates. Por primera vez, las compras no se realizan ante personas conocidas y habituales, sino entre desconocidos anónimos que ya ni siquiera regatean o pueden permitirse cierta familiaridad: la mercancía es autónoma y exige su propio precio, como ya vimos en El declive del hombre público de Richard Sennett. Puesto que las capitales se habían vuelto demasiado grandes para que todos se conociesen entre ellos, se impone la opulencia y la ostentación: «todos los individuos y todas las clases cuidaban de guardar las apariencias».

La influencia de la corte barroca sobre la ciudad puede detectarse en casi todos los aspectos de su vida. Es incluso la progenitora de muchas de las nuevas instituciones que más tarde la democracia reclamó como propias. El castillo y la plaza del mercado no ejercieron tal nivel de influencia sobre la ciudad medieval; si acaso, la influencia se produjo en sentido inverso: la aristocracia feudal se convirtió en aristocracia urbana. (p. 149)

Aparecen los teatros, los museos; la costumbre de ser espectador de algo que sucede lejos, en otros ámbitos, en espacios ajenos; surgen los parques y los biergarten donde acudir para alejarse de la ciudad sin dejarla; los gabinetes de curiosidades y los zoológicos.

El sueño barroco de poder y de lujo tenía al menos ciertas derivaciones y propósitos humanos: los placeres de la caza, la mesa y la cama estaban siempre en mente. Sin embargo, en la nueva idea del destino humano, tal y como los utilitaristas se lo habían imaginado, ni siquiera había espacio para las delicias sensuales; y sólo quedaba una doctrina de avaricia productiva y de negación fisiológica que terminó tomando forma de total desprecio por las necesidades de la vida. (p. 186)

Y aparece el horror: la ciudad industrial. Mumford dedica cerca de 200 páginas a glosar lo nefasto, horrendo, indigno y, en fin, todos los adjetivos que puedan imaginar, a glosar los horrores de la ciudad industrial. Y luego aún le dedica otras 100 páginas.

La base política de este nuevo tipo de conglomerado urbano descansaba sobre tres pilares principales: la abolición de los gremios y la creación de un estado de inseguridad permanente para las clases trabajadoras, el establecimiento del mercado libre para el trabajo y la venta de mercancías y el mantenimiento de ciertos países extranjeros en relaciones de dependencia con el objetivo de asegurarse las materias primas necesarias para las nuevas industrias y crear un mercado capaz de absorber el excedente de la industria mecanizada. Sus bases económicas eran la explotación de las minas de carbón, la producción cada vez mayor de hierro y el uso de una fuente de energía mecánica estable y fiable, aunque altamente ineficiente, como la máquina de vapor. (p. 187)

La propia industria demandaba situarse en un centro de población importante: en primer lugar, para disponer de mano de obra abundante (un excedente de trabajadores), pero también porque el tamaño de las unidades de producción estaba limitado por la capacidad técnica de la época: «cuantas más unidades se localizaban dentro de una zona determinada, más eficiente es la fuente de energía».

Igual de crítico es Mumford con los suburbios, las extensiones de hogares unifamiliares que proliferaron al exterior de las ciudades. Era comprensible el anhelo de aquellos que disponían de los medios para hacerlo por marcharse de la ciudad y disfrutar de aire puro; pero precisamente esa distribución es la que condena a los suburbios: no eran ciudades, sino simulacros. La vida real, el trabajo, las relaciones sociales, se llevaban a cabo en las ciudades; y, por lo tanto, al suburbio se huía, no se iba a vivir. Se creaban vidas a medias, duplicadas, segregadas, donde cada aspecto trataba de paliar las deficiencias del otro. «Los habitantes del suburbio vivían vidas divididas.» (p. 277)

En el capítulo quinto se presenta el verdadero objetivo del libro: la ciudad como estructura regional. Mumford propone (siguiendo a Geddes, que fue su gran maestro y del que difundió las ideas) que la ciudad es un ente regional con una historia, geografía y economía concretas. Hasta este punto, totalmente de acuerdo: las ciudades industriales se habían convertido en mamotretos infectos sumidos al progreso económico, sin tener en cuenta ni las condiciones de vida ni las consecuencias de sus decisiones; y sí, también es cierto que habían dejado de lado la idiosincrasia de las regiones en que las ciudades se erigen, y que normalmente han configurado a las propias ciudades en una sinergia y redes de colaboración.

Por todo ello, Mumford propone unos postulados esenciales para el regionalismo:

  1. Las poblaciones, y las regiones, siempre se han relacionado unas con otras; «el aislamiento es una ilusión».
  2. «El locus de las comunidades humanas es la región», un «área-unidad» definida por unas condiciones comunes (geología, historia, clima, vegetación, vida animal, asentamientos humanos, etc.).
  3. Los límites entre regiones no son, no pueden ser, precisos.
  4. Los asentamientos humanos cambian mucho más rápido que las regiones.
  5. Las fronteras humanas son más inestables que las regionales.

Nuestras tarifas aduaneras, que pueden ser definidas como murallas militares suplementarias, cuando no son tímidos intentos para enriquecer a un grupo determinado de industriales a expensas de toda la comunidad, son en realidad esfuerzos para lograr, mediante medios completamente inadecuados, los efectos de un sistema planificado de producción y distribución. Ahora bien, los productos más importantes a nivel mundial, como el trigo, el algodón y el caucho, que generalmente se cultiva y se fabrican para un mercado interregional, deben ser planificados y racionalizados finalmente por una autoridad mundial. (p. 461)

Y aquí es donde Mumford da el gran salto: de la organicidad de la región a la planificación de las ciudades, incluso la planificación mundial. «Estos tres aspectos principales de la planificación -la investigación, la evaluación y el plan propiamente dicho- sólo son preliminares: deben ser seguidos por una fase final que implique la absorción inteligente del plan por la comunidad, y su traslado a la acción mediante los agentes políticos y económicos apropiados» (p. 470).

La ciudad jardín de Howard.

Es bastante lógico ampliar todo proyecto que implique la modificación de una ciudad a su región, y el regionalismo de Mumford y de otros sirvió para comprender que las ciudades no eran entes autónomos sino partes de una región activa cuya personalidad debían tener en cuenta. El gran problema de la planificación regional, sin embargo, es el siguiente: dados un estudio adecuado de la zona, dada toda la investigación necesaria y dado un planificador regional… las decisiones que tomen para una misma ciudad y región pueden ser completamente opuestas. Porque en toda decisión existen, implícitos, unos valores hacia los que se quiere llevar a esa ciudad; es decir, entra la objetividad.

El regionalismo de Mumford pasaba por la construcción de las ciudades jardín de Ebenezer Howard: satélites de 30 mil habitantes donde los ciudadanos eran los propietarios de la tierra y la industria y cuyo excedente usaban para mejorar su calidad de vida. Toda ciudad jardín estaba rodeada por una barrera verde donde se plantaban alimentos para sus habitantes y que las separaba de las ciudades jardín cercanas, pues cada vez que la población superaba esos 32 mil habitantes, los nuevos se iban y fundaban otra ciudad jardín.

La ciudad jardín tiene todos los elementos que Mumford, Howard y otros consideraban esenciales para la población; salvo aquellos que ellos no consideraron esenciales y que otros, como Jane Jacobs, sí hicieron. Por eso la gran urbanista habló de que Mumford y Howard «odiaban las ciudades»: porque sus propuestas no querían hacer ciudades, sino disolverlas. Un enclave con 30 mil habitantes no permite lo urbano, no permite el anonimato, no permite escaparse a la ciudad a llevar a cabo lo que uno no haría en un pueblo. Un enclave limitado en población no puede crecer ni permitir, por ejemplo, la aparición de un Silicon Valley o de una Quinta Avenida, con todos sus desmanes capitalistas implicados. Planificar la ciudad es, en definitiva, llevarla al campo, disolverla, convertirla en un suburbio poblado.

El último capítulo, «La base social del nuevo orden urbano», muestras las muchas ventajas que supondrá vivir en una sociedad urbana planificada. Sin embargo, como en esos trampantojos donde una imagen esconde otra, mientras más elocuente se vuelve Mumford, más evidente es su ceguera intelectual a lo que no quiere ver.

Puede describirse la ciudad, en su aspecto social, como una estructura específicamente dirigida a la creación de oportunidades diferenciadas para lograr una vida en común y un drama colectivo significativo. Puesto que las formas indirectas de asociación, con ayuda de signos, símbolos y organizaciones especializadas, fomentan el intercambio cara a cara, las propias personalidades de los ciudadanos adquieren múltiples facetas, y reflejan sus intereses especializados, sus aptitudes mejor entrenadas y sus criterios y opciones más ajustadas. La personalidad ya no presenta un rostro más o menos tradicional frente a la realidad de su conjunto. Aquí reside la posibilidad de lograr una reintegración personal; así como la necesidad de una reintegración a través de una participación más amplia en un conjunto colectivo concreto y visible. Lo que los hombres no pueden imaginar como una vaga sociedad sin forma, pueden vivirlo y experimentarlo como ciudadanos de la ciudad. Sus planos y edificios unificados se convierten en un símbolo de su relación social, y cuando el propio entorno físico se vuelve desordenado e incoherente, las funciones sociales que se llevan a cabo en él se vuelven a su vez más difíciles de expresar. (p. 595)

La cultura de las ciudades, Lewis Mumford

El americano Lewis Mumford (1895-1990) fue un erudito excepcional. Sin embargo, donde, por ejemplo, Lluís Duch, antropólogo al que admiramos en el blog (Antropología de la ciudad I, II y III) siempre deja claras sus fuentes y los lugares de donde bebe, Mumford mezcla en sus exposiciones historia, sociología, psicología y cualquier otra disciplina que le sea necesaria. Sus puntos de vista se mezclan con la narración de los hechos hasta el extremo de que no se sabe si se está leyendo una sucesión de hechos o la visión, muy particular, de estos hechos. Es algo que Mumford nunca esconde; y uno decide si se deja llevar o si prefiere evitarlo.

De él ya reseñamos la monumental La ciudad en la historia, una obra de mil páginas publicada en el año 1961 que recoge y amplía un texto anterior, publicado en 1938 y que es el que reseñaremos a continuación: La cultura de las ciudades. La ciudad en la historia es un estudio de la evolución del concepto de ciudad desde la prehistoria hasta la que, para Mumford, siempre fue la gran debacle de la urbe: la ciudad industrial. La misma tesis presenta en La cultura de las ciudades, pero aquí empieza por una breve introducción con la ciudad medieval y ya da el salto a la industrial para luego tratar de adivinar su posible evolución.

Mumford fue un regionalista. Gran admirador del británico Patrick Geddes, al que dio a conocer en Estados Unidos y del que se convirtió en portavoz involuntario (parece que Geddes era de una exposición densa y costaba de leer; a diferencia de Mumford, que escribía como los ángeles y sus obras más parecen novelas agradables que áridos ensayos ), para Mumford la ciudad era un todo orgánico que comprendía el entorno y la historicidad que le eran propias.

La edición que leemos [pepitas de calabaza, 2018, traducción de Julio Monteverde] incluye una introducción del propio Mumford escrita en 1970 donde se glosa a sí mismo, a lo importante de su visión y a lo contento que está porque dos de las ciudades jardín de su admirado Ebenezer Howard se hayan puesto en práctica a pesar de las críticas de voces como Jane Jacobs «que se oponen a ella». En efecto: Mumford era una de las bestias negras de Jacobs; o Jacobs de Mumford, como prefieran. La primera acusaba al segundo de odiar las ciudades. Lo cierto es que Mumford adolece de las aglomeraciones y la densidad y le parecen antinaturales y que la ciudad ha perdido su rumbo; en bastantes momentos se lo percibe como una persona amante de la paz y el sosiego del campo; frente a Jacobs, que era capaz de leer ensayos mientras esquivaba borrachos en el bar de la esquina. Richard Sennett confrontó las teorías de uno y otra en Construir y habitar: y pese a que siempre había abogado por las teorías de la microgestión de la ciudad de Jacobs (se sobreentiende: de las personas que habitan en la ciudad), enfrentado a la enormidad de las ciudades chinas, a tener que plantear un espacio vacío en el que en diez años vivirán dos, tres o cuatro millones de personas, Sennett acabó admitiendo que las teorías de Mumford (el regionalismo, la ciudad orgánica, la organización desde arriba) le parecían más válidas para ese contexto.

Sin más, reseñamos la introducción.

La ciudad, tal y como la encontramos en la historia, es el punto de máxima concentración del poder y la cultura de una comunidad. Es el lugar donde los rayos difusos de muchas y diferentes luces de la vida se unen en un solo haz, ganando así tanto en eficacia como en importancia social. La ciudad es la forma y el símbolo de una relación social integrada: es el lugar donde se sitúan el templo, el mercado, el tribunal y la academia. Aquí, en la ciudad, los beneficios de la civilización son multiplicados y acrecentados. Es aquí donde el ser humano transforma su experiencia en signos visibles, símbolos, patrones de conducta y sistemas de orden. Es aquí donde se concentran los esfuerzos de la civilización y donde en ocasiones el ritual se transforma en el drama activo de una sociedad totalmente diferenciada y consciente de sí misma. (p. 15)

«En la ciudad el tiempo se hace visible», dice más adelante; porque es una construcción que deja rastro, permanente, donde la historia se amontona y hay que construir teniéndola presente. «Los edificios, los monumentos y las vías públicas -más accesibles que los registros escritos, y más a la vista de las grandes cantidades de hombres que las construcciones dispersas del campo- dejan una huella profunda incluso en la mente de los ignorantes o los indiferentes». «La ciudad es, a la vez, una herramienta física de la vida colectiva y un símbolo de los objetivos y acuerdos colectivos que aparecen en tales circunstancias favorables. Junto con el idioma, es la mayor obra de arte del hombre.»

Sin embargo, la ciudad industrial rompe ese equilibro y se somete a una única preocupación: la obtención de beneficio. «Las nuevas ciudades se desarrollaron sin poder aprovecharse de un saber social coherente o de un esfuerzo social organizado: carecían de los antiguos y útiles caminos urbanos de la Edad Media o del confiado orden estético del periodo barroco; de hecho, un campesino holandés, en su pequeña aldea sabía más respecto al arte de vivir en comunidad que un concejal de ayuntamiento de Londres o Berlín en el siglo XIX. Los hombres de Estado, que no vacilaron en agrupar una gran diversidad de intereses regionales en estados nacionales, o en tejer imperios que rodeaban el planeta, no lograron producir siquiera el esbozo de un barrio decente.»

Porque los concejales del XIX no trataban de recrear comunidades, sino de gestionar sociedades. No entraremos aquí en la defensa de las condiciones de vida de los proletarios en las ciudades industriales, que todo registro histórico coincide en que eran nefastas; pero Mumford cae en la idealización de una época medieval idílica donde el agricultor daba con alegría los buenos días al señor feudal.

«Salvo en lo que se refería a su patrimonio histórico, la ciudad como materialización del arte y de la técnica colectiva se desvanecía». En Europa aún existían ciudades medievales con las que coexistir y a las que, en general, la ciudad industrial rodeó (o arrolló, como Haussmann en París); pero en Norteamérica, sin un pasado tan visual, «el resultado fue la creación de un entorno despiadado y licencioso y un vida social mezquina, opresora y desorientada».

Hoy no sólo nos encontramos frente a la ruptura social original. Nos enfrentamos también a los resultados físicos y sociales acumulados de esa ruptura: paisajes devastados, distritos urbanos ingobernables, focos de enfermedad, capas de hollín y kilómetros y kilómetros de barrios miserables estandarizados desparramándose por la periferia de las grandes ciudades y fusionándose con sus inútiles suburbios. En pocas palabras: un fracaso general y una derrota del esfuerzo civilizatorio.»

Es cierto que las ciudades en los años 30 del siglo anterior no afrontaban su mejor momento: el hacinamiento de la ciudad industrial aún estaba presente y las propuestas del racionalismo arquitectónico (de Le Corbusier, vaya) de llevarse a los trabajadores al extrarradio y amontonarlos en piso sobre piso (como sucedió en general en Europa), o las de situarlos a lo largo de suburbios de casas unifamiliares (como sucedió en Estados Unidos) aún no habían empezado. Sin embargo, en Chicago en los años 30 ya surgía una nueva sociología urbana, la Escuela de Chicago, que empezaba a darse cuenta de que los habitantes de los barrios de la ciudad seguían tejiendo relaciones y creando comunidad, aunque lo hiciesen de modo distinto. El gran problema de Mumford es que no vio, o no quiso ver, que se crean tantos vínculos en un pueblo alemán medieval de mil habitantes como en un barrio conflictivo de Chicago o Nueva York: las relaciones son distintas, claro, el contexto también lo es, y la comunidad permite un conocimiento pleno de las personas (quién es quién y cuáles son sus circunstancias) que la ciudad no permite; pero las estructuras de acogida (citando a Duch) siguen ahí, abiertas a incorporar miembros a la comunidad sea en un pueblo, en una banda callejera de las 1313 que había en Chicago (The Gang, de Trasher) o en un taxi-dance hall (Paul Crassey) donde se puede pagar para bailar con chicas hermosas.

Mumford siempre vaticinó que sus estudios serían olvidados; según él, porque eran demasiado incómodos para su época, que no quería escuchar las verdades que él proclamaba. En el caso del urbanismo, lamentablemente, es posible que lo sean por su ceguera a aceptar como ciudad todo aquello que se alejaba de su elección particular.

La carta de Atenas (1933) y la llegada de la zonificación

En 1928 se reunió el primer Congreso Internacional de Arquitectura Moderna en Sarraz, en Suiza. Al término del CIAM publicaron un pequeño extracto donde daban a conocer sus intenciones, que eran:

  • asumir que la arquitectura y el urbanismo habían cambiado con la llegada del «maquinismo» (es decir, los cambios provocados en una era donde la técnica cada vez tenía más presencia) y que era necesaria una nueva forma de concebir ambas, así como las ciudades;
  • «las tres funciones fundamentales para cuya realización debe velar el urbanismo son 1), habitar, 2), trabajar, 3), recrearse».

Sí, si conocen un poco el tema verán que falta la cuarta.

Volvieron a reunirse en 1929 en Frankfurt, en 1930 en Bruselas y en 1933 en Atenas, el más conocido de los congresos y del cual surgió la famosísima publicación La carta de Atenas. Antes de avanzar sus conclusiones, situemos la época: si recurrimos al libro de Peter Hall Ciudades del mañana, recordaremos que en la década de los años veinte se daba preeminencia al concepto de Geddes que Mumford trasladó a América unos años después: la planificación regional. Surgida del estudio de los valles de la Provenza francesa, la planificación regional entendía que cada ciudad se erigía como el centro de una región concreta que debía tener en cuenta para su planificación. Las ciudades francesas de los valles habían recogido y concentrado lo mejor de la ecología de cada una de sus zonas, a menudo limitadas por montañas y conformadas por valles; lo mismo debían hacer todas las ciudades del mundo.

De ahí la primera parte de La carta de Atenas, que describe la ciudad como un ente situado en una región que hay que tener en cuenta para su planificación.

1.

La ciudad no es más que una parte del conjunto económico, social y político que constituye la región.

Empieza con esas palabras, precisamente. Las Generalidades, que constituyen esta primera parte, no dicen mucho más: que las ciudades cambian, que es normal, y que el maquinismo ha llegado y ha supuesto toda una serie de cambios para las ciudades que éstas deben asumir e incorporar. Por maquinismo (supongo que una traducción adecuada a nuestros días sería técnica o avances tecnológicos) entendían en el CIAM las nuevas técnicas arquitectónicas que permitían construir edificios de altura superior a 6 u 8 plantas (en la época se estaban empezando a levantar rascacielos) y la generalización de los vehículos a motor.

La segunda parte, que constituye el grueso del manifiesto, se divide en cuatro partes: Habitación, Esparcimiento, Trabajo y Circulación, que son las cuatro tareas que los ciudadanos deben llevar a cabo en la ciudad y para las cuales la ciudad debe estar edificada. Sí, si se han fijado, antes eran tres tareas y ahora se añade una cuarta: la circulación.

Empecemos por el tema de la vivienda. El presupuesto de La carta de Atenas es que las ciudades están mal edificadas. Debido tanto a una falta de planificación como a los vaivenes de la historia (la Revolución Industrial, por ejemplo, que llevó a miles de campesinos a los entornos urbanos en situaciones deprimentes), las ciudades en la época, considera el CIAM, eran lugares horrendos, densos y muy poco higiénicos. Las situaciones antes descritas habían generado viviendas alejadas de lo que se considera «el entorno natural», algo necesario para el ser humano, y que consiste en tener luz, aire y zonas verdes en la proximidad. Ésas son las tres materias primas del urbanismo: luz, vegetación y espacio.

14.

Las zonas favorecidas están ocupadas generalmente por las residencias de lujo; así se demuestra que las aspiraciones instintivas del hombre le inducen a buscar, siempre que se lo permitan sus medios, unas condiciones de vida y una calidad de bienestar cuyas raíces se hallan en la naturaleza misma.

Razón no les faltaba, es verdad. Pero en el siguiente punto ya la lían.

15.

La zonificación es la operación que se realiza sobre un plano urbano con el fin de asignar a cada función y a cada individuo su lugar adecuado. Tiene como base la necesaria discriminación de las diversas actividades humanas, que exigen cada una su espacio particular…

Y ése es el gran error de La carta de Atenas: su planteamiento es que las viviendas deben ocupar el espacio central en las ciudades, que se deben planificar, sobre todo, teniendo en cuenta que las casas dispongan de luz, de aire puro, de vegetación en sus alrededores. Pero la solución que encuentra La carta de Atenas para diseñar ciudades así es la zonificación: separar las labores que llevan a cabo los ciudadanos.

Esto tiene dos graves problemas: por un lado, la idea, muy poco acertada, de que se puede planificar la vida de las personas, de que unos arquitectos pueden saber lo que querrán las personas, ¡no sólo de su época, sino de las venideras! Ya decían tanto Sennett en Construir y habitar como Townsend en Smart Cities que toda ciudad planificada hasta el último detalle se acaba convirtiendo en un sistema cerrado incapaz de aceptar el cambio, pues echaría al traste su planificación. O García Vázquez en su elogio de Tokyo en Ciudad hojaldre: la capital nipona ha sabido adaptarse tan bien a todas las épocas porque es abierta, sin terminar, rizomático, permeable.

El otro problema, menos moral y más práctico, es que las zonas están separadas unas de otras y para transitarlas se requiere un vehículo privado. Por eso fue necesario que del primer CIAM al cuarto se incluyese una cuarta función, la circulación. Lo que estaban pregonando, sin darse cuenta, los arquitectos del CIAM era la entrega absoluta, sin concesiones, de la ciudad al vehículo privado.

Por ejemplo, veían con muy malos ojos que las viviendas se alineasen junto a las calles por las que transitaban los vehículos, porque ello suponía que se llenarían de ruidos y de coches, volviéndose poco higiénicas. Igualmente denostaban los suburbios americanos («Los suburbios son los descendientes degenerados de los arrabales. (…) El suburbio es una especie de espuma que bate los muros de la ciudad. En el transcurso de los siglos XIX y XX, la espuma se ha convertido primero en marea y después en inundación»).

Por todo ello, concluyen, las viviendas deben de ser el centro de las nuevas ciudades. Se debe despejar todo el espacio necesario para poder construir viviendas a las que accedan tanto el sol como el aire puro, con su correspondiente vegetación, en torres tan altas como la técnica permita porque tampoco queremos que las ciudades se vuelvan extensiones enormes imposibles de recorrer en una jornada, y con los rascacielos lo bastante separados unos de otros para que no se proyecten sombra… ¿ven a dónde nos dirigimos?

01

Exacto: el Plan Voisin de Le Corbusier, que es anterior a La carta de Atenas. No olvidemos que el propio Le Corbusier fue uno de los participantes de los CIAM y es, además, uno de los dos encargados de redactar y ampliar las conclusiones a las que se llegó.

La siguiente zona debe estar reservada al ocio. Aquí es donde se percibe claramente un trasfondo que recorre todo el libro y que Jane Jacobs resumió, en su magnífica Muerte y vida de las grandes ciudades, como que «Mumford y compañía odiaban las ciudades»: el ocio sólo se contempla como la huida de la ciudad. El ocio consiste en lugares donde los niños puedan estar (con sus madres, se sobreentiende) y donde los hombres puedan ir, a saber, a) tras sus trabajos (es decir, lugares de ocio en la ciudad); b), en los fines de semana (es decir, lugares de ocio en la región) y, c) en sus vacaciones (es decir, lugares de ocio repartidos por todo el país). El país entero debe estar planificado teniendo en cuenta que las personas van a querer disfrutar, durante su ocio, de dichos lugares. Parece que la opción de quedarse en la ciudad no queda contemplada por los arquitectos del CIAM. Rompamos una lanza en su favor: las ciudades no eran, en plenos años veinte del siglo pasado, el destino turístico en sí mismo que son hoy en día, un siglo después. Pero tampoco existía la necesidad de huir constantemente de ellas que se lee como trasfondo en La carta de Atenas.

El apartado dedicado al trabajo presenta una paradoja con nuestros días: los arquitectos denuncia el hecho de que los trabajadores deban perder tiempo en desplazarse desde sus hogares, en el centro de la ciudad, hasta las industrias situadas en la periferia; hoy en día, en cambio, la denuncia suele ser la opuesta: las largas horas que deben pasar los trabajadores de la periferia para acceder a sus puestos de trabajo en los centros de las ciudades. La propuesta del CIAM para eliminar este problema: que las ciudades dejen de ser concéntricas para ser lineales.

Y, como gran solución a todo la planificación que han llevado a cabo hasta ahora, con cada función separada en su zona concreta, La carta de Atenas propone una función transversal en la ciudad: la circulación. Grandes arterias que atraviesen toda la ciudad y permitan un tráfico veloz, sin interrupciones, alejado de las viviendas. Las vías de circulación tendrán distintas velocidades en función de su volumen, con autopistas enormes alejadas de las ciudades y carreteras más pequeñas que conecten éstas últimas con las grandes vías. Fuera los pasos de peatones, fuera las aceras, fuera toda interacción posible entre vehículos y ciudadanos: las ciudades son para los primeros y las carreteras, sólo para los segundos.

Las conclusiones generales a las que llega La carta de Atenas explican que la ciudad es un ente degenerado y desviado, en gran medida, por la iniciativa privada, que ha supuesto que cada cual se haya procurado su bien común sin tener en cuenta el bien general. El centro de la ciudad debe ser el individuo; y a él, y para su beneficio, deben reconstruirse las ciudades.

02
Brasilia. Dan ganas de sacar a pasear al perro, ¿verdad?

El ejemplo de ciudad surgida de La carta de Atenas es, por supuesto, Brasilia, de la que también hemos hablado a menudo. Y no por lo idílica que es su habitabilidad, precisamente. Se trata de una ciudad pensada para ser fotografiada, ajena al acto de andar o de pasear, con barrios dedicados a cada función y separados entre ellos por enormes vías circulatorias que flotan entre el vacío.

Los errores de La carta de Atenas fueron bastantes:

  • en primer lugar, pretender que las ciudades se iban a reconstruir desde cero, que los barrios viejos se iba a derruir para dar lugar a torres separadas unas de otras y conformadas por cédulas de habitabilidad, como pretendía Le Corbusier con Le Marais y el Plan Voisin. No, en el CIAM deberían haber tenido suficiente vista (y humildad) para comprender que las ciudades no iban a empezar de cero, sino que tendrían que adaptar aquellas partes que pudiesen serlo a las nuevas propuestas.
  • en segundo lugar, la zonificación. Vivir lejos del trabajo es uno de los grandes problemas de nuestros días, y tiene que ver tanto con el auge de los servicios como con la pujanza que han obtenido las ciudades como destinos turísticos o lugares donde invertir, vivienda incluida. Veremos cómo afecta a todo ello el confinamiento del covid. Pero un punto de partida que aleja las distintas funciones que un ciudadano lleva a cabo en su día a día es completamente erróneo; hoy somos conscientes de que, precisamente, el objetivo es el opuesto, lugares donde poder vivir, hacer la compra, disfrutar del ocio; a ser posible, sin necesidad de grandes desplazamientos o llevando éstos a cabo con transporte público o ecológico.
  • en tercer lugar, la planificación. Hemos ido viendo en este blog que uno de los grandes debates del urbanismo es el que Sennett establecía en Construir y habitar entre Mumford y Jacobs: Mumford defendía que las ciudades debían ser planificadas desde arriba, con grandes inversiones e infraestructuras que dirigiesen el destino de las ciudades; Jacobs, que había que dejar que se desarrollasen a su aire, con microinversiones que la propia calle reclamase. Sennett, sin decantarse, sí que admite que le dio algo más la razón a Mumford cuando tuve que enfrentarse a los grandes retos urbanísticos de las megaciudades chinas, Shangái en concreto. Pero algo en lo que todos ellos estarían de acuerdo (tal vez Mumford no, en función de la planificación) es que las ciudades no pueden planificarse por completo. Las ciudades son entes vivos que deben admitir el cambio; parte del concepto de ciudad implica la posibilidad de libertad, de novedad, de cambio, adaptación, reinventarse. Las ciudades completamente planificadas anulan todos estos aspectos; pierden gran parte de lo que las convierte en ciudades.

Ciudades del mañana, de Peter Hall

Si a algo nos recuerda este Ciudades del mañana, de Peter Hall, es a Teorías e historia de la ciudad contemporánea, de nuestro admirado Carlos García Vázquez. Ambos tienen el mismo tema, el desarrollo del urbanismo, y ambos buscan una forma distinto de abordarlo a la tradicional «historia de». El segundo, como ya recorrimos, dividía el urbanismo en tres periodos y cada periodo en una visión distinta, en función de las disciplinas; el estudio que ahora nos ocupa, del urbanista y geógrafo inglés Peter Hall, lo hace a través de la «historia de las ideas», es decir: cada capítulo sigue una idea desde su gestación inicial y sus orígenes hasta sus últimas consecuencias, con lo que los capítulos tienen duraciones muy dispares y a menudo se cruzan unos con otros, hasta repitiendo personajes. Algo que ya nos sucedió con Carlos García Vázquez y que, por lo tanto, parece característico del urbanismo.

En la práctica el urbanismo se mezcla imperceptiblemente con los problemas de las ciudades, y éstos con la economía, la sociología y la política de las ciudades, y, a su vez, con la vida social, económica y cultural de su tiempo; no hay final, ni límite, a estas interrelaciones, sin embargo hay que encontrarlo por muy arbitrario que éste sea. Contaremos lo necesario para explicar el fenómeno del urbanismo; lo situaremos claramente, a la manera marxiana, partiendo de la base socioeconómica, para, de esta manera, poder iniciar lo que realmente interesa al historiador. (p. 15).

Hall sitúa el origen del urbanismo en la reacción a los males de la ciudad del s. XIX y así es como empieza el segundo capítulo, La ciudad de la noche espantosa: con el hacinamiento de los pobres y los remedios que se intentaron para mejorar sus condiciones de vida. La visión general era que los pobres lo eran por dejadez, desidia o malas decisiones; la visión general de los que no eran pobres, se supone. El primero que hizo una encuesta un poco seria fue Charles Booth, un armador de Liverpool, que llegó a la conclusión de que alrededor de un millón de habitantes de los cerca de 3 y medio que tenía Londres por entonces eran pobres. Algunos lo eran por vagos, otros por ingresos irregulares y la mayoría por ingresos regulares demasiado bajos.

El problema no era tanto que hubiese pobres, lo que, en general, a las clases medianas les podía dar igual mientras no les manchasen los zapatos (ehem), sino que éstos acabasen levantándose o, con el tiempo, volviéndose socialistas. El otro problema fue de índole higiénica: se veía diversas partes de la ciudad como una zona insalubre, un tumor que podía acabar extendiéndose. En realidad, los pobres que llegaban a la ciudad vivían mejor vida en ella de lo que lo habían hecho en el campo, según sus propias palabras; pero en el campo pasaban desapercibidos, más o menos, mientras que en la ciudad, al agruparse, el hecho se volvía un problema.

Si el segundo capítulo plantea el problema, el tercero ya arroja una posible solución: La ciudad de las vías de circunvalación abarrotadas. En ella se decide, primero, que la densidad es demasiado alta y, segundo, que lo mejor es alejar a los pobres a las afueras de las ciudades, creando nuevos entornos para ellos. Esto se llamará zonificación y en Europa se transformó en creación de nuevos barrios o, sobre todo, nuevas ciudades satélite a lo largo de las líneas del ferrocarril. En cambio, en Estados Unidos se usó, sobre todo, para proteger determinadas zonas (barrios de clase media alta) de la llegada de los pobres y confinarlos a ellos en sectores determinados o arrojarlos a las afueras.

Esto se tradujo en algo que describió el libro de 1928 de Clough Williams-Ellis England and the Octopus, donde narraba cómo las ciudades iban extendiéndose a lo largo de las líneas del metro y el ferrocarril. Hubo, claro, numerosos casos de empresarios que diseñaron entornos para luego dirigir los ferrocarriles hacia ellos y obtener provecho.

El capítulo cuarto plantea otra posible solución y nos da el que, según Hall, sea probablemente el personaje más destacado del libro: Ebenezer Howard, y el capítulo se titula La ciudad en el jardín. Se trata, nada más y nada menos, que de la ciudad jardín, que tanto hemos denostado en el blog y el gran terror de, por ejemplo, la buena de Jane Jacobs. Pero, como dice Hall, lo que denostamos no es la idea de Howard, sino cómo la entendió su principal sucesor Raymond Unwin: «confundieron la ciudad jardín con el barrio jardín suburbano de Hampstead y de otras numerosas imitaciones» (p. 98). Howard nunca quiso un mar aburrido de suburbia: la ciudad jardín era el medio para cambiar la sociedad capitalista y convertirla en una infinidad de sociedades cooperativas autogestionadas.

Howard estuvo influenciado por gran cantidad de nombres y sus ideas: la nacionalización de la tierra, o mejor aún, la compra del terreno por parte de una comunidad; el rechazo de la subordinación del individuo a un grupo centralista socialista; el retorno a las raíces del grupo «Vuelta a la Tierra» (un movimiento antivictoriano de finales del XVIII y principios del XIX que propugnaban algo muy similar a lo que alentó los movimientos de los 60). La Ciudad Jardín consistía, grosso modo, en un grupo de gente, algunas de las cuales con prestigio y credibilidad comercial, que fundarían una sociedad limitada, pedirían un préstamo para comprar un terreno lo bastante alejado de la ciudad para ser asequible y conseguirían que algunas fábricas se trasladasen allí, con lo que también lo harían sus trabajadores. Howard hablaba de unos 32 mil trabajadores. Cuando la ciudad alcanzase su límite de población, se empezaría otra a una distancia determinada, conectadas mediante un ferrocarril rápido.

Lo importante no era la disposición de las casas ni los jardines que hubiese, sino que los propietarios de la tierra eran los ciudadanos. Con el dinero que se obtuviese de las cosechas y de sus réditos se iría pagando el crédito inicial; una vez acabado, los réditos serían directos para los ciudadanos y su bienestar, que además podrían organizar, de forma local, como considerasen oportuno. Howard lo consideraba una tercera vía, alternativa al capitalismo victoriano o al socialismo burocrático y central. También una visión muy norteamericana: el espíritu del colonizador en la Inglaterra industrial (Howard intentó ser un colono americano, pero la aventura fracasó).

Howard llevó a cabo sus planes. Intentó fundar una sociedad, compraron un terreno, empezaron a edificar la ciudad jardín soñada… pero su materialización, además de lenta y costosa, se llenó más de clases medias alternativas que de trabajadores, con lo que adquirió cierta fama de lugar excéntrico. Además, en su realización estuvieron implicadas dos manos que modificaron la idea original de Howard: Unwin y Parker. Ingeniero uno, decorador de interiores el otro, estaban más preocupados por los aspectos formales de la ciudad que por el sistema social que la fundaba; y por ello sus creaciones volvían a una época mítica, a un jardín ideal, un medievo idealizado. La estética de su propuesta caló y enterró la ideología de la ciudad jardín de Howard, convirtiendo su ciudad social en un barrio bonito con casas ajardinadas.

Con el tiempo, la idea de la ciudad jardín evolucionaría hacia la de la ciudad satélite (lo veremos en el siguiente capítulo), pero ésta no tiene en cuenta diversos aspectos negativos que la ciudad jardín sí trataba: la ciudad satélite ofrece espacio vital y a precios más asequibles, sí, pero le supone al trabajador desplazamientos constantes hacia la ciudad madre, lo que le cuesta dinero, tiempo y energía.

El quinto capítulo se titula La ciudad en la región y sigue los pasos de, sobre todo, Anthony Geddes; mejor dicho, sus ideas y cómo estás se fueron ramificando y consiguieron ser explicadas por Lewis Mumford. Geddes, de profesión biólogo pero en general hombre de curiosidad insaciable y pocas capacidades para expresarse de forma comprensible, bebió sobre todo de los geógrafos franceses, en concreto de Reclus, Vidal de la Blache y Le Play. De ellos desarrolló el concepto de «región» como bloque básico para el desarrollo de la vida. La región era su forma de decir que las cosas no surgían porque sí, sino que estaban enraizadas en un desarrollo y un devenir concretos; la mayoría de ciudades, por ejemplo, están cerca de un río o del mar, o en encrucijadas de caminos. Lo cual no es baladí, claro.

Sus ideas hallaron suelo fértil, sobre todo, en la Asociación para la planificación regional de América, en concreto uno de sus más célebres participantes: Lewis Mumford. La revista Survey les ofreció la posibilidad de escribir un monográfico donde exponer sus ideas: hasta entonces, argumentaban, las ciudades y las regiones se habían desarrollado un poco a su aire, en función de las necesidades y los avances tecnológicos de cada momento; había llegado una era, sin embargo, donde una buena planificación de cada región era, no sólo posible, sino el único modo de evitar un futuro desastre, un colapso épico de la civilización (Jacobs decía que Mumford odiaba las ciudades, y en parte, sí, odiaba las aglomeraciones y las ciudades densas).

La planificación regional no se pregunta sobre la extensión de la zona que puede ponerse bajo el control de la metrópolis, sino de qué modo la población y los servicios cívicos pueden distribuirse de manera que permitan y estimulen una vida intensa y creativa en toda la región -considerando que una región es un área geográfica que posee una cierta unidad de clima, vegetación, industria y cultura. (p. 162).

Y el objeto perfecto que encontraron para llevar a cabo esa planificación regional: la ciudad jardín. Como lugar creado ex nihilo, ciudad sin historia, bien planificada, cada cosa y persona en su lugar. Intentaban, de algún modo, implantar en Norteamérica, con sus apenas 400 años de historia, lo que había sucedido en los valles de Francia a lo largo de más de dos milenios.

Tras algunas tentativas que Hall detalla, sin embargo, y de forma paradójica, donde más éxito tuvieron fue en las capitales europeas; en Londres, concretamente. La creación del Gran Londres (primero liderado por Unwin, después por Abercrombie) surge de las ideas sobre la región; la mayoría de capitales europeas, que acaban absorbiendo sus extrarradios y ocupando una región entera de forma funcional, beben de las ideas de Geddes, nada menos.

El profeta del capítulo sexto, como lo denomina Hall, es Daniel Hudson Burnham; y suya es La ciudad de los monumentos. Siguiendo la estela de Haussmann y París, y de la construcción del Ringstrasse de Viena, el objetivo de este capítulo es la creación de ciudades monumentales. Paradójicamente, las principales manifestaciones del movimiento se darán en Estados Unidos (Washington, Chicago) y en las colonias británicas, aunque luego encontrarán un nuevo exponente en las capitales europeas sometidas al fascismo.

Algunos proyectos de Burnham fueron en Washington, ciudad que debía ser especialmente monumental; en Cleveland; en San Francisco, donde su plan no fue aceptado. Los planes de Burnham dibujaban ciudades preciosas, con perspectivas bellísimas; pero no tenían en cuenta ni aspectos básicos como la movilidad y el tráfico ni, sobre todo, la existencia de pobres, que a menudo simplemente eran expropiados y arrojados a alguna otra zona de la ciudad.

La idea que tenía para Chicago era similar a la de Haussmann para París: grandes bulevares y avenidas que conseguirían que Chicago fuese una ciudad hermosa y sus habitantes y los de las cercanías decidiesen pasar las vacaciones o el tiempo de asueto en ella; y dejar allí el dinero, porque Burnham tenía siempre claro para quién estaba desarrollando las ciudades. Los óleos de Jules Guerin muestran claramente las ideas que tenía Burnham para la ciudad.

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El proyecto, como los anteriores, estaba pensado para una clase media ociosa basada en el comercio y cuyo único objetivo era gastar dinero, como los grandes almacenes de París. No tenía en cuenta ni una posible expansión de su radio de acción (el centro de la ciudad) ni aspectos de vivienda, escuela o sanidad.

Otras manifestaciones de la Ciudad Bella se dieron, como ya hemos dicho, en las capitales coloniales que el Imperio Británico tenía alrededor del mundo: Nueva Delhi, Lusaka, Canberra. Pero donde hallaron suelo más fértil fue en la Roma de Mussolini y la Berlín de Speer que Hitler pretendía. Ambas tenían en común ser ciudades enormemente monumentales, grandes avenidas, enormes construcciones; pensadas para impresionar, no para habitarlas.

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Berlín de Speer, llamada Germania: así como muy discreta y poco monumental

Dejamos para la siguiente entrada el capítulo con la que será la bestia negra de todo el estudio de Hall: Le Corbusier.

La ciudad en la historia, de Lewis Mumford: el nacimiento de la ciudad (I)

I. Santuario, aldea y fortaleza

En el penoso vagabundeo del hombre por el neolítico, los muertos fueron los primeros que contaron con una morada permanente (…). Se trataba de mojones a los que probablemente los vivos volvían a intervalos, para comunicarse con los espíritus menestrales o para aplacarlos.

(…) En todo esto hay matices irónicos. Lo primero que saludaba al viajero que se acercaba a una ciudad griega o romana era la hilera de sepulturas y tumbas que bordeaba el camino a la ciudad. En cuanto a Egipto, la mayor parte de lo que queda de esa gran civilización, con su jubilosa saturación de toda expresión de vida orgánica, son sus templos y tumbas.

(…) Abundan las pruebas, en todas partes del mundo, de la ocupación o visita prehistórica de las cavernas. (….) La caverna le dio al hombre primitivo su primera concepción del espacio arquitectónico, su primer atisbo del poder de un recinto amurallado como medio para intensificar la receptividad espiritual y la exaltación emotiva.

(…) dos de los tres aspectos originales del asentamiento temporal están relacionados con cosas sagradas y no solo con la supervivencia física. Se remiten a un tipo de vida más valioso y significativo, con una conciencia que alberga el pasado y el futuro, que aprehende el misterio primitivo de la generación sexual así como el misterio último de la muerte y de lo que puede haber más allá de la muerte. A medida que la ciudad adopte su forma, muchos otros elementos irán añadiéndose; pero estas preocupaciones centrales prevalecen como razón misma de la existencia de la ciudad, inseparables de la sustancia económica que la hace posible.

La ciudad (…) comienza como lugar de reunión al que la gente vuelve periódicamente; (…) y esta capacidad para atraer a los no residentes, para el intercambio y el estímulo espiritual, subsiste, no menos que el comercio, como uno de los criterios esenciales de la ciudad, testimonio de su dinamismo inherente, en oposición a la forma más fija y sofocada de la aldea, hostil al forastero.

Y aquí nos detenemos (aunque un apunte: este estímulo espiritual que tan bien define Mumford se llamará luego lo urbano, algo inherente a la ciudad, que se puede respirar nada más entrar en ella, y acabará siendo tan característico que lo podremos percibir hasta fuera de las ciudades).

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La ciudad en la historia es uno de los libros enormes (en todos los sentidos) que trata sobre el tema de la ciudad. Lewis Mumford, enorme intelectual del que ya hablamos a propósito del libro de Carlos García Vázquez Teorías e historia de la ciudad, era un rara avis, un estudioso bastante independiente con un enorme conocimiento y que iba un poco a su aire, y La ciudad en la historia es la culminación de sus conocimientos sobre la ciudad. Permitidnos copiar dos párrafos de wikipedia que resumen bastante bien la concepción general de lo que es esta obra:

La ciudad en la historia, aparecida en 1961, es su obra más relevante en el campo «urbanístico», pero se trata más bien de una obra realmente extensa repartida en dos densas partes donde propone una visión de la ciudad como un organismo vivo. Dicho organismo, con su estética, edificios, funciones, política o sociología sólo puede ser comprendida, según Mumford, desde la óptica del filósofo generalista. Por ello, Mumford despliega toda una serie de conocimientos reflexivos y críticos, mezclando historia, filosofía, religión, política, jurisprudencia con arquitectura.

Este proyecto resulta revolucionario no sólo en lo que el título propone, sino en la multitud de tesis particulares introductorias que ponen en duda teorías económicas, históricas y antropológicas consideradas todavía hoy canónicas. Si bien puede ser considerada su obra más influyente (mas no la mejor), los historiadores del urbanismo sólo parecen haber tomado sus secciones más descriptivas, mostrando que la profecía de Mumford (que su obra sería relegada al olvido por su pluralismo nada unidireccional) era verosímil.

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La destrucción de la ciudad, de Juanma Agulles

La ciudad es una buena idea, cuyo peor defecto es haberse convertido en realidad.

De todos los libros comentados hasta ahora en el blog, La destrucción de la ciudad, de Juanma Agulles, es, con diferencia, el que menos aporta. La primera frase, lapidaria, ya marca el tono. La tesis del autor es que el proyecto de ciudad actual ha fracasado, a partir de la Revolución Industrial y con especial incidencia en los últimos tiempos tardocapitalistas; sus argumentos, superpuestos: la existencia de suburbia (Levittown y el Sunbelt de Estados Unidos, por ejemplo), el ego de algunos arquitectos actuales, el embate del capitalismo sobre las ciudades y su conversión al terreno global o la reducción del Estado de bienestar progresiva que se sufre en Europa desde los años 80.

Ninguno de los anteriores argumentos es falso; sí lo es la conclusión de que hayan destruido la ciudad; habrán destruido, en todo caso, una idea concreta de ciudad. El autor no especifica en ningún momento de qué ciudad se trata; si acaso incide en que sus ciudadanos deben ser felices, algo muy cercano a la Gemeinschaft de Tönnies, no azotados por los vaivenes tardocapitalistas ni la gentrificación actuales y, en general, amos del destino de la ciudad. Parece que los huertos urbanos o las alternativas a Glovo o Deliveroo que se están fundando en algunas ciudades no existan y sean todos los ciudadanos marionetas de los poderes fácticos (económicos, a los que sirven la economía y los arquitectos).

El ensayo parece más un eslabón en la cadena mental del autor que un verdadero locus desde el que entender o aprehender el urbanismo. Me quedo con un párrafo, sin embargo.

Quizá por ello, para describir esta nueva forma de habitar el espacio, hija del desarrollo industrial y fundamentalmente destructiva, se ha tratado de acuñar los más diversos nombres desde hace un siglo: conurbación (Geddes, 1915); exploding metropolis (W. H. Whyte, 1958); ciudad región (De Carlo, 1962); megalópolis (Guttman, 1964); suburbia/tecnourbia (R. Fishman, 1987); ecópolis (Magnaghi, 1988); ciudad difusa (F. Indovina, 1990); edge city (Garreau, 1991); ciudad global (Sassen, 1991), ciudad informacional (Castells, 1995), exópolis (E. W. Soja, 2000); elusive metropolis (R. Lang, 2003), por citar sólo unos cuantos. (p. 37).

Agulles lo usa como prueba de que ya no sabemos con certeza qué es la ciudad; nos parece en este blog, si acaso, que la existencia de tal multiplicidad de nombres prueba, precisamente, lo contrario: cada uno de ellos hace hincapié en uno, o algunos, de los aspectos que las ciudades han ido incorporando, como es el caso de ciudad región, megalópolis, ciudad global o ciudad informacional. Un ente tan protaico, rico, vivo y mutable como es la ciudad no se está destruyendo; sólo sigue avanzando. Lo interesante del estudio sería aprehender cómo lo está haciendo o incluso proponer un posible punto de llegada. Que el cambio conlleva riesgos es algo que muchos autores ya han avisado (ahí tenemos a Davies), que a otros pueda no gustarles también (Lewis Mumford, al que Agulles cita a menudo); nada de eso es óbice para augurar su destrucción.

II. La metrópolis de los historiadores: Marcel Poëte, Pierre Lavedan, Lewis Mumford

(seguimos el libro Teorías e historia de la ciudad contemporánea, de Carlos García Vázquez).

A finales del siglo XIX y principios del XX, cuando la historia urbana aún no existía como disciplina, a menudo se abordaba el tema desde dos tendencias distintas: la sociología la usaba como un apéndice a la historia socioecónomica y se preguntaba por la formación de las metrópolis; los historiadores del arte, en cambio, admirando el patrimonio de las ciudades, las abordaban desde el estudio de su morfología urbana.

Hay multitud de ejemplos de esa época: La ciudad antigua (1864) de Fustel de Coulanges; La decadencia de Occidente (1917-22), Oswald Spengler; la ya mencionada La ciudad, de Weber; estudios de morfología de Hugo Hassinger en 1916 sobre Viena o de Walter Geisler en 1918 sobre Danzig. Sigue leyendo «II. La metrópolis de los historiadores: Marcel Poëte, Pierre Lavedan, Lewis Mumford»