Las ciudades creativas, Richard Florida

En 2002, Richard Florida publicó un libro que causó gran controversia por la introducción de un nuevo concepto: El auge de la clase creativa. (The Rise of the Creative Class. And How It’s Transforming Work, Leisure and Everyday Life). Florida (teórico urbano especializado en economía y política) hablaba en él de una nueva clase, «la clase creativa», que engloba a todos aquellos profesionales que, o bien trabajan en una rama creativa (publicidad, diseño, arte, incluso derecho o economía, puesto que se les supone cierta «creatividad» en el momento de aplicar sus aprendizajes a la profesión), o bien trabajan en profesiones situadas en lo más alto del escalafón profesional (altos directivos, economistas de grandes cuentas, inversores, etc.). Según Florida, cuando el índice de estas clases creativas en una ciudad en concreto era alto, dicha ciudad prosperaba; y, cuando el índice era bajo o se reducía, la ciudad decrecía y sus índices económicos empeoraban. Haciendo una correlación y variando los indicadores, Florida se atribuía un conocimiento que le permitía saber cuándo una ciudad iba a prosperar e incluso apuntaba a los indicadores que era necesario que una ciudad potenciase para poder prosperar. Y como, ante todo, Florida es un buen vendedor, dio con un slógan que concluía todo lo anterior: si una ciudad quería prosperar, debía atraer a gays y a bohemios.

Por el simple motivo de que los gays (y lesbianas, ahora hablaríamos del colectivo LGTBI) buscan entornos diversos, abiertos, con una oferta cultural potente, y disponen, en general, de un nivel de vida elevado. Lo mismo sucede con los bohemios; por lo tanto, si en algún lugar el índice de estos dos grupos se eleva, significa que la ciudad está consiguiendo atraer talento; es decir, que está llamando a la clase creativa. Para ello, siguiendo las indicaciones de Florida (que es sólo nombre o un lazo bonito colocado sobre la oleada de medidas urbanas neoliberales), las ciudades buscan, sobre todo, venderse o promocionarse como lugares atrayentes para estos colectivos y la clase creativa y por ello recurren a lo que podríamos llamar «un urbanismo amable»: avenidas ajardinadas, carriles bici, proliferación de bares y cafés, museos, ferias pop up, markets de todo tipo. Sí: los mismos ingredientes que las oleadas gentrificadoras.

Las ciudades creativas. Por qué donde vives puede ser la decisión más importante de tu vida (2008, leemos la traducción de Monserrat Asensio para Paidós, 2009) es el cuarto libro de Richard Florida y sigue el mismo patrón que los anteriores: mucha verborrea, bastante indefinición, correlaciones poco concluyentes y una larga serie de hipótesis autoconfirmadas del tipo: los gays buscan entornos abiertos, los entornos abiertos producen más diversidad económica, ergo: los gays son un indicador de la diversidad económica.

No es nuevo: ya en su momento, por ejemplo, leímos las críticas al concepto de la clase creativa de Martha Rosler (Clase cultural: arte y gentrificación) o el mucho más definitivo artículo de Jaime Peck «A vueltas con la clase creativa», por lo que no abundaremos mucho en ello. Peck denunciaba, igual que Rosler, que Florida jamás es capaz de dar un concepto claro de qué es eso de las clases creativas: hay momentos en que agrupa en ella a un 10% de la población, en otro al 40, pero nunca se llega a una definición que no sea una enumeración inconclusa. Peck comentaba que, si las recetas para ciudades «creativas» de Florida han tenido tanto éxito es porque enlazaban con las políticas neoliberales, de las que se convierten en referente, y porque sirven también para expulsar a las clases bajas de la ciudad.

En efecto: Florida no sólo no tiene en cuenta los datos macroestadísticos, es que ni siquiera contempla que exista algo como la distinción de clases sociales o un ecosistema determinado que permite, fuerza incluso, la toma de una serie de decisiones o de otra. En las páginas de Las ciudades creativas da la impresión de que todos somos seres realizados y libres que decidimos, sin presiones, sin abusos del mercado e incluso sin entornos de distinción de clase, dónde queremos vivir en función del lugar donde queramos trabajar. Florida conoció a una peluquera que había renunciado a su profesión estable, bien pagada y con proyección, tras sus años de carrera en la universidad, porque «se aburría». Que, por supuesto, existen; pero… ¿son una mayoría?, ¿de qué colchón social disponía este individuo en concreto para tomar esas decisiones? Eso es lo que siempre se echa de menos en los enunciados de Florida: una visión global y datos que respalden sus tesis, a menudo centradas en la experiencia en Estados Unidos, más a menudo aún, centrada en la experiencia de los universitarios de Estados Unidos y totalmente condicionada por la existencia de sus universidades (privadas) con ese formato donde los estudiantes, a los 18 años, abandonan el hogar y, financiados por los padres, se independizan.

Florida empieza Las ciudades creativas con el mismo artículo con el que empezaba David Harvey La condición de la posmodernidad: «La Tierra es plana» de Thomas Friedman. Florida apunta, sin embargo, que, debido a la concentración empresarial, de capital, de talento, etc., la Tierra ya no es plana, sino puntiaguda: que la globalización ha creado polos de concentración donde se aglutinan, por sectores, los núcleos de esas redes. Y ahí ya vemos una de las muchas trampas a las que recurrirá Florida a lo largo del libro: para analizar el mapa global de la innovación tecnológica… recurre a analizar el número de patentes; un dato, de los muchos que hay, que le va a dar exactamente la confirmación a sus tesis. Pero sólo uno de los muchos que se podrían haber escogido. ¿Acaso el hecho de que se patenten inventos en un sitio en concreto garantiza que se hayan llevado a cabo allí? No: simplemente supone un mejor ecosistema para patentarlos, o más empresas dedicadas a ese campo en concreto, o mejores condiciones para patentar allí.

El mundo actual parece plano para algunos porque se han reducido las distancias económicas y sociales entre los picos. Los habitantes de los picos suelen estar más conectados entre sí –incluso aunque estén en lugares opuestos del mundo– que con las personas y los lugares de su propio país o región. Esta conectividad pico-a-pico se ha visto acelerada por la naturaleza extremadamente móvil de la clase creativa, constituida por unos 150 millones de personas en todo el mundo. (p. 42)

Tras hablar de la concentración, este primer capítulo presenta un análisis de cómo las élites de cada una de las redes tienen más facilidad para entrar en contacto entre ellas, como ya comentó, por ejemplo, el Castells de La sociedad red (donde hablaba del entramado de clubes de campo, golf, hoteles de gran lujo, etc., donde las clases altas crean entornos privilegiados y de acceso reducido para relacionarse entre ellos). Este tema, de rabiosa actualidad, queda en suspenso y no se explora más allá de servir como base para destacar el papel de la nueva unidad económica mundial: que, si para Castells era la red, para Florida es la «mega-región».

Siguiendo en parte La economía de las ciudades, de Jane Jacobs, Florida traza una línea sucesoria desde la ciudad hasta la ciudad-Estado (Revolución Industrial, aproximadamente) hasta la mega-región, «la nueva unidad económica natural» (el énfasis es de Florida; y sorprende, y hasta perturba, esa definición de «natural» para algo referido a una visión económica concreta como es el capitalismo o tardocapitalismo). La ideología que subyace en este apartado de Florida (que no llegará a enumerarla en estos términos, y que recuerda bastante al Neil Smith de Desarrollo desigual) es que la reproducción social sigue estando en manos del Estado (obsoleto, para Florida) y la producción social lo está, ahora, en las de las mega-regiones.

Y, tras esta amplia introducción de casi 100 páginas sobre la concentración global y la segregación creciente de las clases… Florida abandona el entorno mundial y se centra en Estados Unidos. En una parte muy, muy personal de Estados Unidos:

Cuando pienso en este factor adicional de clase socioeconómica, lo hago basándome en dos grupos a los que me refiero, sencillamente, como los que se mueven y los que echan raíces. Los que se mueven disponen de los medios, de los recursos y de la disposición para buscar nuevas ubicaciones donde desplegar su talento y para trasladarse a ellas. No nacen necesariamente siendo móviles ni tampoco ricos. Lo que sucede es que las personas que se mueven entienden que, con frecuencia, perseguir las oportunidades económicas requiere trasladarse. (p. 85)

Y, a partir de aquí, Florida ya está inmerso en el mito de la meritocracia y no lo va a abandonar. Suponemos, por ejemplo, que los cerca de 400 mil habitantes negros del gueto de Chicago de que nos hablaba Loïc Wacquant en su maravilloso Parias urbanos siguen viviendo ahí porque no les apetece moverse. Porque les gusta habitar un entorno desencajado, sin posibilidad de ascenso social, donde la economía sumergida, la prostitución y la droga aparecen como las únicas posibilidades de supervivencia y donde, de hecho, es más probable que los jóvenes mueran antes de llegar a los 30 que si, por ejemplo, se hubiesen alistado para luchar en la guerra de Vietnam. Florida nunca tiene en cuenta que está refiriéndose a una clase media-alta, los que acceden a la universidad, los que están dispuestos a moverse por voluntad y los que pueden permitirse moverse por voluntad.

La mano de obra se está diferenciando en dos tipos de trabajadores muy distintos, a los que el economista de UCLA Edward Leamer ha llamado «intelectuales» y «currantes». (p. 109)

Y ésa es toda la distinción que encontramos de dicha fuente. ¿Por qué esa clasificación, casi aleatoria, es válida, cuáles son los porcentajes, qué otras clasificaciones han usado otros economistas y por qué Florida no usa esas otras? Preguntas que nunca se responden.

Pregunté a un grupo de mis estudiantes qué preferían: tener un trabajo estable y bien pagado en una fábrica, o un empleo temporal y con un salario bajo en una peluquería. La mayoría escogieron la segunda opción: era más creativa y, por tanto, parecía más gratificante. (p. 110)

Tal vez se podría señalar que los jóvenes universitarios, por su etapa vital, están más dispuestos a correr riesgos y buscar emociones que estabilidad; y que la misma pregunta, planteada a un grupo de padres y madres de 40 años, tendría muy distinta respuesta. El acabóse ya es cuando, pocos párrafos después, Florida asegura que las grandes empresas de servicios, como Starbucks, están dando pasos agigantados para que sus trabajadores dispongan de ventajas sociales y para «aprovechar su talento creativo». Como Amazon, sin duda un buen ejemplo.

En la actualidad [el libro es de 2008], casi 40 millones de estadounidenses trabajan en el sector creativo. (p. 113)

¿Y la fuente de los datos? No se sabe. Pero, ¡ojo!, Florida se apresura a aclarar que no tienen que ser, necesariamente, universitarios; que Steve Jobs o Bill Gates nunca acabaron la universidad. No, tal vez no, pero el mito del garaje obvia el hecho de que en Estados Unidos existe un enorme ecosistema de grandes fondos de capital e inversión ávidos de encontrar empresas rentables; pocos nigerianos habrá que, dejando la universidad y desde un garaje, hayan llegado a las listas de los más ricos del mundo.

Poco más hay que añadir. El último tercio del libro es una especie de manual de autoayuda con los cinco pasos necesarios para discernir el lugar ideal en el que uno quiere vivir; siendo el primero, por supuesto, las necesidades y voluntades laborales de uno. Como decíamos: sin duda los habitantes de los guetos están ahí porque les gusta ese tipo de trabajo; o, como decía Edward Glaeser, economista que se cita alguna vez en el libro, y que cojea de la misma pierna que Florida: «En ciudades como Río [de Janeiro] hay muchos pobres porque son sitios relativamente buenos para ser pobre. Al fin y al cabo, se puede disfrutar de la playa de Ipanema incluso sin dinero.».