La ciudad, Massimo Cacciari

Massimo Cacciari es un filósofo y profesor de estética italiano. Nacido en Venecia, ha sido alcalde de dicha ciudad en dos ocasiones. El libro que reseñamos, titulado, precisamente, La ciudad, es la transcripción de unas ponencias que dio en el Centro Sant’Apollinare de Fiesole. Publicado originalmente en 2004, en España lo editó Gustavo Gili en 2010.

La primera dualidad que distingue Cacciari es entre la polis griega y la civitas romana. Los griegos entendían la ciudad como el lugar en el que vivía un grupo determinado de personas; eso se ejemplifica por el ágora, el lugar en el que los ciudadanos (es decir: los hombres libres, acaudalados, no esclavos ni extranjeros) debatían sobre el devenir de la misma. «Aunque existen las olimpiadas, las grandes fiestas, las ciudades griegas permanecen como islas y sólo durante brevísimos períodos pueden federarse bajo la presión de acontecimientos particularmente dramáticos» (p. 12), como son las guerras y como sucedió bajo las hegemonías de Atenas o Esparta (ambas bastante breves).

En cambio, Roma se funda «a través de la obra conjunta de gente que había sido desterrada de sus ciudades; expatriados, errantes, prófugos y bandidos que confluyeron en un mismo lugar». La idea de ciudadanía romana no tienen ningún carácter tribal, étnico o religioso: es ciudadano quien quiera serlo. Ésa será la base del derecho romano y se expandirá por todo el Mare Nostrum (de hecho, Cacciari señala que podría ser la base de la hospitalidad de las ciudades musulmana, que permitían la multiculturalidad y multiconfesionalidad al tolerar y reconocer derechos a los extranjeros, salvo los derechos políticos). Más aún: es la idea que asumió luego la Iglesia e hizo suya.

La polis griega es un lugar estanco: tanto Platón como Aristóteles avisan que no puede crecer (mucho más allá de 20 mil habitantes) porque imposibilitaría el gobierno democrático del ágora. En cambio, la civitas romana (que no es tanto ciudad como ciudadanía) consiste en crecer; no es posible limitarla, puesto que su esencia es aumentar y expandirse.

Esta dualidad subyace en la base de la ciudad: ¿queremos un lugar en el que estar a gusto, cómodos, rodeados de los nuestros -la comunidad- o un lugar abierto a todos -a lo bueno y a lo malo-, regido por un poder distante? Y la idea se sigue manifestando en las ciudades europeas.

Por un lado consideramos la ciudad como comunidad; la ciudad como un lugar acogedor, un «regazo», un lugar donde encontrarse bien y en paz, una casa (…). Por otro, cada vez más consideramos la ciudad como una máquina, una función, un instrumento que nos permita hacer nuestros negocios con la mínima resistencia. Por un lado tenemos la ciudad como un lugar de otium, lugar de intercambio humano, seguramente eficaz, activo, inteligente, una morada en definitiva; y, por otro, el lugar donde poder desarrollar los nec-otia del modo más eficaz. (p. 26)

Y cuando la ciudad es sólo negocio, nos quejamos y queremos evadirnos al campo, una vuelta a arcadia (a la ciudad jardín y el suburbio); y cuando es una comunidad, o una ágora, nos quejamos de que no es lo bastante funcional.

Con el advenimiento de la metrópoli se llega a una nueva forma urbana, dominada por dos figuras clave: la industria y el mercado. «Al igual que en las ciudades medievales lo era la catedral y el palacio de gobierno o el palacio del pueblo, en la ciudad moderna las presencias clave son los lugares de producción y los de intercambio» (p. 29), aunque aquí Cacciari está dejando de lado la importancia de los mercados en las ciudades medievales, que de hecho ocupaban la plaza central y solían situarse en lugares de confluencia de los caminos.

La llegada de la industria, sin embargo, desgarra la ciudad en el sentido en que anula sus formas urbanas y las somete a una vorágine (el término viene de Todo lo sólido se desvanece en el aire, en cuya lectura seguimos sumergidos) donde el factor principal es la funcionalidad. El ejemplo es la metrópoli europea (podría ser París o Londres), porque si bien hubo ciudades mayores mucho antes (Pekín, Kyoto, Shangái), sus formas permanecieron estables durante siglos.

A medida que surgen los nuevos contenedores de la forma industrial (palacios de congresos, estaciones de ferrocarril, fábricas cada vez mayores), con sus estructuras macizas y voluminosas (otra paradoja: pretenden movilizar y generar velocidad pero son mastodontes estáticos) «disuelven o ponen entre paréntesis las presencias simbólicas tradicionales que, de hecho, se reducen al centro histórico. Es así como nace «el centro histórico»: mientras la ciudad se articula ya en base a la presencia dominante y central de los elementos de producción e intercambio, la memoria se convierte en museo, dejando así de ser memoria, porque ésta tiene sentido cuando es imaginativa, recreativa, de lo contrario se convierte en una clínica donde llevamos nuestros recuerdos. Hemos «hospitalizado» nuestra memoria, así como nuestras ciudades históricas, haciendo de ellas museos.» (p. 32)

Esta nueva forma urbana diluye las tradicionales distinciones que habían hecho posible reconocer la ciudad: la dialéctica entre el centro y la periferia o «las diferentes funciones productivas, residenciales y terciarias» y da paso a la nueva etapa actual: la ciudad-territorio. Cada ciudad escoge, o acaba escogida, por modelos diversos mezclados en grados distintos: la única ciudad que sigue la costa japonesa desde el norte hasta Hiroshima, señala Cacciari, o las periferias para «la clase media burócrata» en Senegal, por poner sólo dos ejemplos.

¿Pero «es posible vivir sin lugar?» Se habita el lugar donde se duerme, donde se vive; pero la ciudad-territorio no proporciona lugares, sólo contenedores, espacios de finalidad única sometida al mercado. «El territorio postmetropolitano ignora el silencio; no nos permite pararnos, «recogernos» en el habitar.» (p. 35)

Aquí Cacciari reflexiona sobre el cuerpo y el espacio; si bien la ciudad actual quiere ser ubicua, no-espacial, estar a la vez en todas partes y ofrecer todas las alternativas, el ser humani sigue siendo espacial: ocupa espacio, no hay otra. La propia ciudad no deja de ser un ente espacial; y el espacio se venga de dos maneras sobre nosotros: primero, con las progresivas congestiones de tráfico de todo tipo: a medida que aumenta la velocidad, cada embotellamiento nos parece peor y cobra mayor significación (por ejemplo: el bloqueo del canal de Suez por el Evergiven, que amenazó durante unos días al comercio mundial); por el otro, con la progresiva pesadez que adoptan los monumentos arquitectónicos o los actuales hitos que se construyen en las ciudades (The Gherkin, el Gugenheim; aunque sus estructuras puedan ser livianas, su presencia es pesada y voluminosa). Los edificios realmente transparentes, señala Cacciari, se hicieron un siglo atrás: los pasajes.

Si cada espacio tiene su propia función, si dormimos en gated communities, si pasamos el ocio en centros comerciales, si trabajamos en lugares destinados a ello y sólo nos movemos por las calles para ir de una a otra función, ¿acaso eso es habitar la ciudad, es civitas, o es una simple cohabitación, una sinoiquia? Hoy no habitamos ciudades, dice Cacciari, sino que «habitamos territorios» (p. 52).

Rompemos aquí una lanza en favor de la ciudad y sus habitantes y recordamos tanto la forma de percibir a los demás y actuar para ellos (Goffman), que viene a decir que, aunque no interactuemos de forma evidente, el simple hecho de que haya otras personas, de ver, percibir y ser percibidos por otros, ya nos hace actuar de modos distintos, por lo que ya nos vuelve ciudadanos (con la Neverleben de la que hablaba Simmel); y, por el otro, recordamos el concepto de territoriantes que propuso Francesc Muñoz: cada cual habita su propio espacio del territorio y en ese pedazo halla su identidad.

En este sentido, puede decirse con una fórmula paradójica que vivimos en un territorio desterritorializado. Habitamos unos territorios cuya métrica ya no es espacial; ya no cabe ninguna posibilidad de definir, como sucedía en la metrópoli antigua, los recorridos de difusión o de «delirio» según ejes espaciales precisos (aquí se encuentra el centro, aquí la periferia). El modelo radial que parte del centro según determinados ejes preveía que a medida que se salía del centro por vías bien definidas, casi antiguos canales, se encontraban las funciones residenciales, industriales, etc. Todas estas lógicas típicas de la sistematización urbana y metropolitana han desaparecido. Pueden encontrarse las mismas funciones en cualquier lugar, en particular si se acentúa el gran problema de la reutilización de los viejos espacios industriales (p. 54)

Puesto que todo espacio es tan mutable no se pueden llevar a cabo proyectos urbanísticos estables o duraderos: «no se sabe, no se puede saber, es imposible predecir qué llenará ese vacío».

De hecho, las ciudades han pasado de ser espacio a ser tiempo: «ya nadie indica la distancia a la que se encuentra una ciudad, sino el tiempo que se tarda en llegar a ella». «Todas las formas terrenales tienden a disolverse en la red de las relaciones temporales.» Tal vez por eso, por la disolución de las formas del territorio, cada célula de la red urbana busca con más ahínco una estabilidad, proclamar su especificidad; y de ahí surgen el márqueting urbano y el city branding.

¿Cuál es la solución, si la hay? Cacciari propone que, si el espacio metropolitano era un espacio de «relatividad limitada», el territorio postmoderno deberá ser un espacio de «relatividad general», donde todo pueda transformar o transformarse, elástico, mutable, espacios capaces de penetrarse y acogerse unos a otros, «como esponjas y moluscos»; polivalentes. En las ciudades medievales, recordemos, «la residencia no fue nunca sólo tal, sino que también era almacén, tienda y taller». ¿El ejemplo perfecto?: la «maravillosa plurifuncionalidad» del monasterio, que era hospital, hotel, lugar de culto, estación… Es decir: renunciar al uso único de cada espacio, a un continente adecuado a todo. O, parafraseando a Jacobs, volver a la diversidad de usos.