El uso temporal de los vacíos urbanos, Manu Fernández y Judith Gifreu (eds.)

La crisis económica generada por las subprime en Estados Unidos en 2007 y que arrastró a gran parte del resto del mundo en 2008, especialmente severa en España debido al estallido de la burbuja inmobiliaria, transformó el paisaje urbano. En plena vorágine de los años anteriores, el sector inmobiliario dejaba, con su caída, edificios a medio construir, urbanizaciones sin terminar y solares por todas partes. Los negocios colgaban el cartel de «CERRADO» de un día para otro y hubo calles enteras que, de repente, estaban vacías.

Sin la certeza de si era algo puntual o una nueva visión urbana destinada a quedarse, en noviembre de 2014 se celebró el curso «La utilización temporal de los vacíos urbanos», organizado por la Diputación de Barcelona junto con el Consorcio Universidad Internacional Menéndez Pelayo-Centre Ernest Lluch, y parte del resultado de ese curso y de sus conferencias se tradujo en el libro El uso temporal de los vacíos urbanos, editado por Manu Fernández y Judith Gifreu (Diputación de Barcelona, 2016). El libro es una recopilación de artículos centrados en el tema de los vacíos urbanos desde distintos puntos de vista: sociológico, arquitectónico, legal, económico.

La introducción corre a cargo de Manu Fernández, consultor urbano del que ya leímos un artículo sobre smart cities de su libro Descifrando la smart city. El primer artículo corresponde a Peter Bishop y Lesley Williams y se trata de un extracto del libro The temporary city, (2012) de los mismos autores, donde analizan las nuevas formas urbanas surgidas a raíz de la crisis. ¿Cuál era el origen de esos vacíos urbanos: se trataba de una característica de la crisis, o era algo habitual en las ciudades?, ¿qué posibilidades ofrecían?, ¿cómo se estaban usando en distintos casos?

«El ideal de permanencia«, que es el nombre del capítulo, reflexiona sobre la volatilidad de los edificios.

Tal como ha señalado el escritor Dan Cruickshank, en Occidente lo primordial es la materialidad de los edificios. Las propias piedras son consideradas testigos de nuestra historia. Sin embargo, esta percepción no es universal. En Asia y en Oriente, no se centran tanto en el aspecto material de un edificio, sino en su aspecto espiritual y en el lugar en que está ubicado. Los edificios tradicionales en China son reconstruidos constantemente. En Japón, los templos sintoístas pueden ser renovados cada veinte años, y aun así son venerados como estructuras tradicionales. En la nación budista de Bután, a menudo resulta difícil distinguir las nuevas estructuras de las antiguas. En el Reino Unido, en cambio, se veneran las piedras, la materialidad en lugar de la naturaleza espiritual de un lugar. (p. 29)

Esta reflexión enlaza directamente con la visión de Tokio como ciudad organicista que nos daba Carlos García Vázquez en Ciudad hojaldre. En Occidente, en cambio, se busca la permanencia; antes, tal vez, por esa visión casi sagrada de la materialidad de las piedras como el símbolo del hogar; hoy en día, probablemente, debido a la enormidad de la inversión económica que supone poseer una casa en propiedad.

La ciudad, sin embargo, es mutable y lo comprendemos y asumimos: surgen nuevos negocios, edificios que son demolidos para dar lugar a otros, calles que cambian de nombre y de sentido de circulación. «Esta ciudad en cuatro dimensiones es la realidad, aunque gran parte del pensamiento urbanístico sigue siendo estrictamente tridimensional. Las autoridades municipales siguen buscando soluciones permanentes y finales, y tratan de planificar para un estado final» (p. 35), convirtiendo los planes urbanos, pensados a muy largo plazo, como algo casi obsoleto en el momento en que se publican. Pensemos sólo en Robert Moses y lo lejanos que nos parecen sus planos para erradicar barrios enteros de Nueva York para substituirlos por enormes autopistas y bloques de pisos aislados; o la moda por carriles bici y avenidas urbanas ajardinadas que impera hoy en día, que tampoco se plantea el futuro, sino sólo la inmediatez (debido en gran medida a los intereses económicos que imperan en los centros urbanos).

Lo temporal en la ciudad, por lo tanto, se ve como algo ocasionado por un periodo de crisis, destacan Bishop y Williams. Pero, si la modernidad es líquida, como ya destacó Bauman, y enormes partes de la ciudad han quedado abandonadas, debido a las relocalizaciones industriales de mediados y finales del siglo pasado, ¿por qué el nomadismo urbano sigue arrastrando ese estigma?

En vez de bucear en ese tema, sin embargo, Bishop y Williams se lanzan hacia lo anecdótico: el happening, el festival, la crítica artística, las «TAZ» (zonas temporalmente autónomas, por sus siglas en inglés) del filósofo y poeta Hakim Bey, que no tienen mayor calado. Incluso se habla de estos vacíos urbanos como «medios creativos», espacios donde se puedan llevar a cabo todo tipo de obras y creaciones artísticas, destinados a los pioneros urbanos; sin tener en cuenta que, ya en 1996, Neil Smith popularizó ese término (que había sido usado ya antes) para referirse a los primeros artistas y personas creativas que formaban las avanzadillas de la gentrificación; es decir, que acababan siendo usados por el poder y el capital para expulsar a los habitantes de los barrios a los que se mudaban.

«El vacío urbano y la ciudad interrumpida. Para una geografía urbana de los tiempos muertos» se convierte, sin duda, en el capítulo más interesante de la recopilación. Escrito por nuestro admirado Francesc Muñoz, del que ya leímos la fascinante Urbanalización (primera, segunda, tercera partes), recorre los vacíos urbanos desde mediados del siglo pasado hasta la actualidad, analiza su posible significado y desentraña sus principales características.

Sin negar en absoluto la novedad del escenario, este redescubrimiento del vacío urbano se ha planteado muchas veces de forma bastante ingenua y se ha atribuido a la proliferación de vacíos en la ciudad un rango de nueva tendencia urbana cuando, en realidad, un mínimo ejercicio de genealogía de la ciudad vacía nos llevaría hacia el pasado para revisar los procesos de fractura urbana propios y característicos de las grandes metrópolis en períodos bien específicos y conocidos: a veces, coincidiendo con momentos de expansión desmesurada del hecho urbano —‌como pasa en el período que va desde las últimas décadas del siglo XIX a las primeras del siglo XX y en las que aparecen innumerables periferias urbanas, extrarradios y toda una variadísima galería de situaciones que ejemplificarían la conocida idea de ciudad interrumpida—; otras veces, caracterizando momentos de fuerte contradicción y crisis de la máquina urbana —‌como pasa con el descenso industrial de los años setenta de siglo XX, que presenta calendarios e intensidades diversos según las diferentes ciudades—. En todas esas situaciones, la presencia del vacío urbano siempre atrajo la atención de estudiosos y teóricos de la ciudad y concitó igualmente el interés de los proyectistas. (p. 62)

El vacío urbano no es una novedad, sino una constante del espacio urbano. Las nuevas avenidas del París de Haussmann ya provocaron ese extraño sentimiento en Baudelaire (recordemos «El cisne», por citar uno de los poemas de Las flores del mal) que tan bien analizó Marshall Berman (Todo lo sólido…). Sin embargo, hacia los años 70 del siglo pasado se desarrolló una nueva mirada, menos lógica y más abierta, que «subrayaba las imperfecciones, las discontinuidades y las interrupciones del proceso de urbanización, a partir del reconocimiento del vacío urbano como parte esencial de la ciudad real» (p. 63). Para esta visión, los vacíos no eran una excepción a la espera de ser llenada, sino que denotaban algo, tenían entidad simbólica y semiótica, algo que el postestructuralismo y todos sus derivados comprendieron. Surgen, a raíz del concepto de «heterotopía» de Foucault, formas de ver y denotar el vacío como «intersticio» o «residuo», si bien la preferia de Muñoz (lo es también de Delgado) es la que usó Ignacio de Solà-Morales en la década de 1960: terrain vague.

Si bien hasta ese momento no se desarrolló una visión teórica sobre los vacíos urbanos, su presencia no había pasado desapercibida para el arte. Muñoz nos recuerda los nombres de Mario Sironi, Gabriele Basilico o Guido Guidi. «En este itinerario de raíz cultural y estética, se puede apreciar bastante bien como la principal cualidad del vacío urbano, el extrañamiento de la ciudad formal y sus atributos canónicos de orden y belleza constituyen paradójicamente su atributo primordial.» (p. 65)

Esta estética tan determinada y reconocible, cuya importancia simbólica no ha hecho más que acrecentarse, se puede enmarcar en tres visiones distintas:

  • «El vacío como grieta en la continuidad visual del paisaje urbano: la ciudad interrumpida». Característico de, por ejemplo, el trazado de las vías del ferrocarril o de las grandes autopistas, que separa la ciudad en pedazos y que se inició con las grandes infraestructuras de transporte de la revolución industrial pero alcanzó su cima con el imaginario del vehículo recorriendo las autopistas.
  • «El vacío como indeterminación formal del espacio urbano: la ciudad indefinida«. Inesperadas brechas urbanas, agujeros en el tejido de la ciudad, manifestaban entonces extrañamiento respecto a la imagen canónica del paisaje urbano, construido y consolidado. Ante la modernidad representada por los planes de urbanismo, una ciudad sorprendentemente indeterminada y vacía no solo se hacía evidente, sino que, además, resultaba inesperadamente atractiva.» (p. 68)
  • «El vacío como residuo y herencia del espacio urbano obsoleto: la ciudad abandonada.» Que, en general, suele tener una forma concreta en cada espacio: Muñoz habla de «los supermercados abandonados» de las primeras autopistas francesas, «las ruinas del ocio» en territorio británico y habría que añadir, claro, las urbanizaciones a medio construir en España.

A la ciudad interrumpida le corresponde el intersticio; a la indeterminada, el terrain vague; y a la abandonada, la idea de ruina, de huella de un pasado obsoleto.

Muñoz acaba concluyendo que los atributos del vacío urbano son dos: la ambigüedad y la contradicción, en oposición a «la ciudad precisa y coherente». Ambos conceptos se aúnan para simbolizar las crisis de la ciudad actual y «las múltiples fracturas económicas y sociales que la caracterizan mejor que cualquier otra imagen urbana». Además, sirven también para subrayar algo que la crítica postmoderna ya vio: «la imposibilidad de concebir la ciudad actual como un todo estable y lógicamente comprensible» partiendo de la noción de incertidumbre.

A pesar de tan prometedor arranque con los dos artículos reseñados, sin embargo, el conjunto del libro adolece de una carencia de conjunto y de desunión que no hace sino acrecentarse. No entramos a valorar los temas de los que somos completamente ignorantes, como el marco legal en el que existen los vacíos urbanos o el tema económico; pero la mayoría de artículos se centran, bien en lo anecdótico (un plan en concreto, un movimiento artístico que tuvo mayor o menor fortuna), bien una visión muy concreta (la política de determinada población, el punto de vista político), bien en mera palabrería genérica que no aporta nada (Paisaje Transversal, al igual que hicieron con la totalidad de su libro Escuchar y transformar la ciudad).