La Escuela de Chicago (II): segunda y tercera generaciones

Seguimos con la monografia de La Escuela de Chicago de Sociología de Josep Picó e Inmaculada Serra. Si en la primera entrada vimos los antecedentes de la Escuela y su primera generación (Small y Thomas), ahora veremos la segunda generación (Park y Burgess), centrados en lo que llamaron ecología humana, y la tercera generación (Wirth y los discípulos de Park), así como la decadencia de la Escuela tras la Segunda Guerra Mundial.

Tras la Primera Guerra Mundial, el panorama cambió en Estados Unidos. La industria del automóvil sufre una gran expansión, lo que modifica el aspecto de las ciudades y extiende las carreteras por todo el país, permitiendo también progreso en la arquitectura y la construcción. Asimismo, el ecosistema empresarial pasó de empresas medianas y pequeñas a grandes corporaciones. En 1924 el Congreso impuso límites a la inmigración extranjera por países (reduciendo los flujos migratorios de 375 mil personas a 165 mil en apenas dos años, en función del país de procedencia, y esencialmente para prohibir la inmigración no protestante) y el vacío en las industrias del norte fue ocupado por negros del sur, que además percibían el norte como un lugar más seguro para ellos. En las ciudades, además, se estaba desarrollando una incipiente clase media y se pasó de un «progresismo de viejo estilo reformista evangélico» a un nuevo «progresismo urbano que se llamaría a sí mismo liberalismo».

Los conflictos étnicos no tardaron en estallar, y Chicago no fue una excepción. Había mucho crimen y la «ley seca» puso en manos de inmigrantes el control del alcohol de contrabando, formándose bandas rivales que se asesinaban por las calles (y si bien las víctimas eran habitualmente parte de esas bandas, proyectaban una sensación de inseguridad por toda la ciudad). Todo ello creó un caldo de cultivo fascinante para convertirse en foco de estudio del departamento de sociología de la Universidad de Chicago.

Mapa de Burgess de Chicago.

Robert Ezra Park (1864-1944) estudió filosofía pero se dedicó al periodismo. Por entonces la disciplina se veía como una forma de sacar a la luz «la criminalidad, el contrabando, la delincuencia y todos aquellos fenómenos sociales y urbanos que se ocultaban a la vista del ciudadano corriente». Más tarde continuó sus estudios y acabó en Alemania, recibiendo clases de Simmel («Las grandes urbes y la vida del espíritu«) y después volvió a Chicago, donde usó su bagaje para abordar el estudio de la ciudad. Park concebía la ciudad como un lugar de estudio y observación del comportamiento humano, las relaciones interétnicas y los conflictos de comunicación. «La relación entre el individuo y la sociedad es un fluir continuo, una interacción continua de conflicto y consenso, que contempla a su vez socialización y extrañamiento en la formación de los grupos sociales y las comunidades.» (p. 87) A diferencia de Simmel, para el cual la urbanización conlleva una «intensificación de la vida nerviosa» que implica la atenuación de los sentidos y el paso a percibir (y vivir) la ciudad de forma racional, no emocional, para Park es la especialización y diferenciación en comunidades o grupos distintos.

Ya en el artículo de 1915 «The City» se observa la teoría de Park de la ecología humana. «… una parcelación de las áreas geográficos como espacios físicos y morales diferentes, donde la motivación de las personas, la interacción de los grupos y las tensiones competitivas ejercen de tamiz selectivo y segregador» (p. 93).

La sociedad humana está organizada en dos niveles, el biótico y el cultural. Los seres humanos compiten por adaptarse al medio ambiente; sin embargo, puesto que la adaptación humana implica, también, la modificación del medio ambiente y requiere la especialización y la diferenciación en el trabajo, que suponen la colaboración, ambos aspectos, competencias y solidaridad, coexisten y articulan la organización social. En colaboración con Burgess publicará, en 1919, «Introduction to the Science of Sociology» donde hablan de 4 etapas:

  • rivalidad (no hay contacto entre grupos)
  • conflicto (los grupos se reconocen como antagonistas por un objetivo similar)
  • adaptación (voluntad por resolver el conflicto pero manteniendo la identidad)
  • asimilación (fusión en un grupo más amplio que abarca los grupos anteriores; no implica necesariamente pérdida de la identidad original).

Fruto de la formación periodística de Park es su concepto de área natural, aquellos espacios en la ciudad diferentes entre sí y definidos por una característica clave, su función (o «principio catalizador de la comunidad que vive ahí»). Áreas industriales, ciudades satélite, suburbios, guetos, barrios bohemios… estas son las áreas naturales.

Son áreas naturales, en primer lugar, porque nacen, existen y se desarrollan sin planificación alguna, y cumplen una función; y, en segundo lugar, porque tienen una historia «natural», es decir, porque con el paso del tiempo asumen algo del carácter de sus habitantes, son el producto, en términos históricos, de quien ha vivido y de quien continúa viviendo allí. Toda planificación urbana que no tenga en cuenta la existencia de áreas naturales está condenada al fracaso. (p. 97)

A partir del concepto de área natural, Ernest Burgess (1886-1966), el otro gran representante de esta segunda generación de la Escuela de Chicago, desarrolló la teoría de los círculos concéntricos. Ya hablamos de ella en la segunda entrada de Sociología Urbana de Francisco Javier Ullán de la Rosa, así que la resumimos brevemente.

  • En el primer círculo está el centro, el núcleo económico y nodal de la ciudad.
  • Industria y deterioro residencial; es la zona que luego se convertirá en guetos y que, mucho más tarde, será reconvertida para la gentrificación.
  • Obreros que han podido abandonar el gueto pero siguen cerca de sus industrias.
  • La zona residencial pudiente (suburbia).
  • Barrios dormitorio.
Mapa de Burgess de Chicago, versión millennials.

Ya comentamos que uno de los problemas de este mapa es su especificidad sobre Chicago; y otro, que no tienen en cuenta, por ejemplo, los ejes viarios o las línes del tren y metro. Lo importante, sin embargo, era la idea de que las distintas zonas compiten entre ellas.

La otra gran crítica a la ecología humana era su etnocentrismo. Estudiaron en gran medida los conflictos étnicos, los vagabundos, los judíos, los negros, los delincuentes… y, sin embargo, no hubo estudios sobre los angloamericanos ni sobre los italianos integrados, por ejemplo. Percibían, sin ser conscientes de ello, la ciudad como un lugar donde llegaban nuevos grupos de personas que se organizaban y reorganizaban en función de su «equipaje» hasta acabar, con el tiempo, integrados en un grupo asimilado. Por lo tanto, de algún modo, existían dos tipos de ciudadanos, los asimilados y por lo tanto no estudiables y aquellos que sí lo eran y en los que se podía descubrir los entresijos sociales; de algún modo, como denunciaba Amalia Signorelli, se inventaron al «nativo perfecto» en sus propias ciudades.

El estudio de Picó y Serra es sociológico y dan especial importancia a los métodos de investigación que usaron los sociólogos de Chicago. Así, el capítulo más extenso del libro, con diferencia, «Los discípulos de la escuela», se centra en su metodología y deja un poco de lado el objeto de su estudio. Es comprensible, dado el enfoque escogido por los autores; aunque nos deja un sabor de boca agridulce, porque se pierde la oportunidad de disfrutar de la descripción de la ciudad en la época hecha por unos observadores excepcionales. Sin entrar en la metodología que usamos, repasamos algunos de los principales estudios:

  • «The Hobo», de Neil Anderson (1923), centrado en los vagabundos itinerantes que recorrían el país. Se trataba de una población flotante (sólo por Chicago pasaban cerca de 300.000 personas cada año), la mayoría hombres, que recorrían Estados Unidos acercándose a los lugares donde había trabajo en momentos determinados (por ejemplo, para recoger la vendimia, o determinadas cosechas, o descargar mercantes en los puertos o dedicarse a la minería). Se desplazaban usando el ferrocarril y desarrollaron un sistema de símbolos para indicarse unos a otros refugios seguros, lugares donde serían acogidos o zonas peligrosas para ellos.
  • «The Gang» (1927), de Frederic Trasher, centrada en las (según él, 1313) bandas de delincuencia de Chicago. Trasher estudió su formación, el porqué de su existencia y qué beneficios aportaba a los jóvenes su pertenencia.
  • «The Ghetto» (1928), de Louis Wirth, del que hablaremos a continuación.
  • «Taxi-Dance Hall» (1932), de Paul Crassey, recogía testimonios de las muchachas, clientes y gestores de los locales conocidos con ese nombre. En ellos, los hombres, principalmente inmigrantes proletarios, iban a bailar y las mujeres que allí había disponibles cobraban por cada baile y compartían un porcentaje con los dueños. Los límites, en general, los ponían las propias chicas, por lo que los casos iban desde simplemente bailar hasta prostitución encubierta.

Louis Wirth (1857-1952) es el representante de la tercera generación de la Escuela de Chicago. Publicó «The Ghetto» en 1927, centrada en la comunidad judía de Chicago. Los judíos eran un buen objeto de estudio por su asimilación en la cultura americana. En 1880 vivían en la ciudad unos 10 mil, la mayoría de origen alemán y muy cosmopolitas. En 1890 ya eran 80 mil y en 1930, 275 mil. Pero si bien los primeros habían sido cosmopolitas y abiertos, los siguientes provenían de Europa del Este y en general eran provincianos y permanecían anclados en costumbres del viejo mundo. Los primeros judíos fundaron escuelas y organizaciones para intentar que las siguientes oleadas se integrasen mejor; todo ello dio un buen objeto de estudio a Wirth, porque se trataba de una comunidad bien diferenciada que había conseguido mantener su cultura sin dejar de asimilarse a la cultura mayoritaria. Lo novedoso del estudio de Wirth es que, más que centrarse en las características «ecológicas» de la comunidad, lo hizo en su cultura determinada.

The Ghetto fue la investigación de donde surgieron buena parte de sus tesis sobre la sociedad; allí presenta una teoría del cambio social que considera la ciudad como el factor más dinámico y rechaza el determinismo cultural basado en la superioridad o inferioridad de la raza. También rechaza la idea de que las sociedades se desarrollan en línea recta, desde formas simples de organización primaria, caracterizadas por grupos pequeños y relaciones personales, hacia formas complejas de organización social secundaria, caracterizadas por grandes grupos que mantienen relaciones impersonales, y defiende que ambos tipos de organización interactúan en el proceso de formación de las ciudades donde, en último término, se han impuesto las segundas. (p. 188)

En 1938, Wirth publicó su famoso artículo «El urbanismo como forma de vida«, que ya analizamos en su momento. Dicha publicación, pese a ser uno de los artículos más importantes de la sociología urbana, se llevó a cabo cuando la Escuela de Chicago ya estaba en decadencia. En efecto, la crisis del 29 y la posterior bancarrota pusieron sobre la mesa otros temas como epicentro para la sociología: el paro, la vivienda, las desigualdades sociales, la pobreza. Los fondos, especialmente los federales, ahora apuntaba a nuevos objetivos.

Otros aspectos que influyeron en esta decadencia fueron la llegada de muchos investigadores sociales refugiados de Europa huyendo de la guerra, que erosionaron la visión de la ecología humana, y la creciente importancia de los métodos cuantitativos (estadísticos) en la sociología. La decadencia se escenificó en el Congreso de Sociología de 1935, donde se votó la formación de una nueva revista no vinculada a Chicago (la revista «pseudooficial» de sociología americana hasta la fecha la editaban los de Chicago, en un cuasimonopolio) como piedra de toque que dejaba clara la decreciente influencia de la escuela.

La Escuela de Chicago de Sociología, de Josep Picó e Inmaculada Serra

La época tras la Guerra Civil americana (1861-1865) fue una de gran esplendor económico. «Los Estados Unidos ocuparon el lugar de Gran Bretaña como la principal nación industrial y a finales de siglo ya producían cerca del 30% de los artículos manufacturados del mundo.» Estos grandes cambios industriales vinieron acompañados también por cambios sociales.

La revolución económica no sólo transformó la faz de los Estados Unidos, sino también todos los aspectos de la vida nacional. Trajo una era de máquinas, electricidad y acero, mercados nacionales y sociedades de negocios gigantes. La industrialización fue un logro técnico asombroso, pero su proceso fue demasiado rápido para que resultara justo desde la perspectiva económica y social. Entre sus consecuencias resaltas las grandes desigualdades de riqueza, la explotación despiadada, la hostilidad de clase y un sinnúmero de problemas sociales complejos. (p. 3)

La inmigración se volvió masiva: del campo a la ciudad, debido a la evolución de la maquinaria agrícola y a la reducción de la mano de obra necesaria; pero también de Europa a Estados Unidos y posteriormente del sur al norte del país. Las ciudades crecieron de forma increíble hasta el punto de que «Nueva York tenía más italianos que Nápoles, más alemanes que Hamburgo, el doble de irlandeses que Dublín y más judíos que toda Europa Occidental. Chicago era aún más cosmopolita.»

Además, los grupos de inmigrantes tendían a concentrarse en industrias diferentes (eslavos en la minería e industria pesada, rusos y judíos polacos en el comercio de ropa, italianos en la construcción, por poner algunos ejemplos). A menudo las condiciones laborales eran atroces, especialmente las de mujeres y niños. De las redes que crearon estos inmigrantes tanto para suavizar el impacto del cambio y el capitalismo en sus vidas como para paliar la añoranza por las tierras abandonadas surgieron los apelativos como «Little Italy» o «Chinatown»; apelativos que eran erróneos pues, en general, «los inmigrantes se agrupaban en grupos provinciales y no nacionales».

Cada grupo, en general, sintió la necesidad de crear sus propias instituciones sociales, ya fuesen escuelas, iglesias, periódicos o teatros. Tal avalancha de inmigrantes, a menudo llegados de zonas más atrasadas de Europa y ajenos al funcionamiento de la democracia, sumado a la explotación laboral y al hacinamiento urbano, generaron la creencia de que los inmigrantes estaban socavando los pilares de la civilización: se veía a los inmigrantes como esquiroles en las huelgas, dispuestos a aceptar cualquier trabajo y, por lo tanto, reduciendo el nivel de vida de los americanos.

Esta situación pone de manifiesto, por una parte, la crisis y el declive de la convivencia comunitaria y, por otra, el intento de restablecer la estructura y los lazos comunitarios en el seno de la sociedad. La Escuela de Chicago se aproximará al estudio de la sociedad a través de su visión comunitaria de la vida. La formación de las ciudades supone un reto a las formas de vida comunitarias, pero un reto superable a través de la formación de nuevos lazos grupales que trabajarán por integrar la diversidad cultural en el sistema de valores americano. (p. 8)

La democracia americana, que llevaba tiempo siendo protestante y yankee, chocaba con la visión de los inmigrantes, en general agricultores llegados de Europa con religiones y lenguas distintas. Surgieron dos éticas políticas enfrentadas: la yankee, donde el individuo tenía libertad económica y los asuntos públicos y las leyes eran un bien común, una superioridad moral a la que había que adherirse para mejorar la sociedad; y la de los inmigrantes, donde el poder recordaba al de los señores feudales y se veía como una imposición, «interpretando las relaciones políticas y cívicas principalmente en términos de obligaciones personales».

Los nativos, formados en el mundo rural americano, no habían tenido señores contra los que luchar ni antecedentes revolucionarios; por eso sus ideales no buscaban «la igualdad social ni la instauración de un régimen socialista (…) sino promover la igualdad de oportunidades acorde con el sentido individualista y emprendedor de su filosofía». Los inmigrantes venían de sociedades autocráticas y veían a los representantes del poder como los defensores de los intereses de los poderosos; la política no se regía por la defensa del bien común sino por «relaciones personales» ajenas a las clases populares.

Las tres corrientes principales de las que bebería la Escuela de Chicago serán la ecología, el pragmatismo y el interaccionismo simbólico.

El evolucionismo se vinculó en Estados Unidos con la ideología liberal de la mano de Spencer, «enemigo del Estado y partidario del lassez faire«. Del mismo modo que las especies luchan entre ellas sucede en la sociedad, donde los organismos evolucionan desde los grupos más pequeños a los más grandes, «estimulando las formas sociales de cooperación». Spencer se oponía a toda participación del Estado en la sociedad y era un férreo defensor del individualismo, legitimando la filosofía liberal americana y la acumulación de riquezas; ello llevó a una gran desigualdad y a la marginación de los débiles y los menos adaptados.

Otra de las corrientes fue el pragmatismo de Dewey. «Las ideas no son algo que está ahí fuera de nosotros esperando ser descubierto, sino herramientas que la gente utiliza para enfrentarse al mundo, y no se desarrollan de acuerdo con una lógica interna, sino en la interacción social con los demás»; el valor de las ideas radica en su importancia práctica. Los efectos del pragmatismo en la Escuela de Chicago se perciben en la atención a lo concreto y particular, antes que a lo abstracto; al estudio de micromundos múltiples y cambiantes; y al rechazo por el dualismo entre individuo y sociedad por considerar que la relación entre estos es dialéctica.

La tercera corriente es el interaccionismo simbólico de Mead. Resumiendo mucho, uno de los conceptos clave es el «self», el uno mismo, que es siempre una interacción social. «El interaccionismo simbólico toma así como elemento fundamental del estudio y análisis de las relaciones sociales la naturaleza simbólica de la vida social, sitúa al individuo como protagonista y, al mismo tiempo, como intérprete de la vida social». Uno de sus precursores fue Simmel («Las grandes urbes y la vida del espíritu») y uno de los principales exponentes de la segunda generación será Goffman (La presentación de la persona en la vida cotidiana, Los momentos y sus hombres).

Chicago sufrió un incendio en 1871 que destruyó la mayor parte de la ciudad. No tardó en reconstruirse; y para ello hizo gala de los últimos avances, convirtiéndose en una mole de rascacielos y adalid de la modernidad donde convivía gran cantidad de nacionalidades. Además, el tendido del ferrocarril y su situación geográfica la convirtieron en el nodo central que vinculaba «los diferentes mundos del Este y el Oeste en un sistema único». Todos los problemas que hemos expuesto hasta ahora convivían en la ciudad: hacinamiento, explotación laboral, gran concentración de inmigrantes, percepción de la propia ciudad como un lugar salvaje, vendido al caos, el crimen y los gángsters, a punto de caer en la más abyecta aberración social; la jungla de asfalto.

Ante esta situación, la respuesta de las clases medias reformistas de finales de siglo XIX y principios del XX fue la filantropía. Picó y Serra destacan la figura de Jane Addams y la Hull House, una casa de acogida que se convirtió en una especie de centro cívico donde acudían miles de personas de todo Chicago. En 1895 llevó a cabo junto a Kelley un estudio (Hull House, Maps and Papers) donde ya recurrieron a muchas de las técnicas que después haría famosa la Escuela de Chicago: el uso de mapas, el recurso a las técnicas estadísticas, el análisis de los grupos inmigrantes y su desorganización en la ciudad. Además, y a diferencia de lo que harían luego en la Escuela, Addams y Kelley destacaron «las condiciones económicas como causa fundamental de los problemas sociales», estudiaron el arte como actividad diaria, se centraron también en el estudio de las mujeres y abogaron por cambios sociales directos.

El Departamento de Ciencia Social y Antropología de la Universidad de Chicago nació al mismo tiempo que la Universidad de la ciudad, el 1 de octubre de 1892. Por entonces, contaba con cuatro miembros: Small, un pastor baptista que sería su primer dirigente, y Henderson, Starr y Talbot. El Departamento cobró fama y protagonismo especialmente a partir de los años 20, con la llegada de Park, la fundación de la Society for Social Research, el establecimiento por parte de él de un programa de investigación que reunió a gran cantidad de estudiosos y también la financiación, generosa, de la fundación Laura Spelman Rockefeller Memorial.

La primera generación de la Escuela de Chicago abarca desde la fundación hasta la Primera Guerra Mundial. Sus principales representantes: Small, Henderson y Thomas; la principal publicación: El campesino polaco. «Es una fase estrechamente vinculada al evangelismo cristiano de sus fundadores, a dar respuesta a las filosofías que defienden el capitalismo más liberal -darwinismo y evolucionismo- y a luchar contra sus consecuencias sociales más duras que se plasman en la ciudad de Chicago.» (p. 53)

Si Small era un pastor baptista, la otra figura esencial de esta primera generación, Thomas, era hijo de un clérigo metodista y campesino. Estudió humanidades en Estados Unidos, se trasladó a Alemania donde estudió etnología y psicología e ingresó en 1894 en la Universidad de Chicago.

A partir de 1890, las corrientes migratorias de Europa a América se acentúan. «La inmigración de origen anglosajón, germana y nórdica es reemplazada por los nuevos inmigrantes llegados desde Europa del Este y del Sur.» De entre ellos destacaban los polacos, que alcanzaron un 25% de todos los inmigrantes y se concentraron en las grandes ciudades como Chicago, Detroit o Buffalo. Venían de una de las últimas sociedades feudales europeas y en general eran sólo agricultores, sin mucha cualificación; por lo que la mayoría se dedicaban a la industria del acero o los mataderos. Cobraban poco, tanto por tener trabajos poco cualificados como por la discriminación de los empresarios. Desarrollaron una serie de instituciones en las ciudades de Estados Unidos a medida que se adaptaban a la vida allí (entre ellas la más importante fue la iglesia católica, donde estudiaban sus hijos).

Thomas, que había aprendido suficiente polaco, inició una investigación para comparar el comportamiento de los polacos a ambos lados del Atlántico, antes y después de la inmigración. En 1913 conoció al que sería su gran colaborador, el polaco F. Znaniecki, también estudiante de sociología. Entre ambos publicaron El campesino polaco en Europa y América (1918 el primer volumen, 1920 el segundo), un clásico de la sociología de la época.

Su finalidad era explicar el cambio que se produce en los individuos y en las familias de campesinos emigrantes y cómo reacciona su comportamiento y organización cuando se enfrentan a las formas de vida y los valores de una sociedad nueva y distinta a la suya, como la americana. En alguna medida es un estudio macrosociológico sobre la interdependencia entre los grupos y las instituciones en un contexto de cambios sociales provocados por la industrialización. (p. 63)

El estudio se llevó a cabo tanto en Chicago como en Polonia por parte de Znaniecki (aunque en 1917 partió a Chicago y trabajó junto a Thomas en la Universidad). El punto de partida ya era algo novedoso: dejaban de lado las teorías biológicas de la diferencia racial y buscaban las causas en el contexto social. El estudio se dividía en 4 partes:

  • «Organización del grupo primario»: familia y comunidad en Polonia a principios de siglo en comparación a la situación posterior.
  • «Desorganización y reorganización en Polonia»: ruptura del orden social en la sociedad campesina tradicional, cambios en las familias y aparición de nuevas formas de organización.
  • «Organización y desorganización en América»: formación de comunidades polaco-americanas, nuevas formas de organización y asociación «donde el individuo ya no se desarrolla en el seno de una familia extensa sino que adopta el modelo de la familia nuclear» así como escasa integración en las normas sociales americanas.
  • Autobiografía de un joven polaco inmigrante.

Los sociológos reformistas creían en la capacidad integradora de la sociedad americana; pensaban que las condiciones materiales eran el escollo principal que impedía la integración de los inmigrantes, de forma que si se garantizaban dichas condiciones, se aseguraría una vida familiar equilibrada.

La novedad del trabajo de Thomas y Znaniecki venía porque también estudiaba la actitud de los inmigrantes: «se ocupan del estudio social y de las reglas institucionales que tratan de regular el comportamiento humano, pero también de las actitudes personales de los individuos que componen el grupo, por eso la teoría social abarca tanto la sociología como la psicología social, porque está interesada en la relación entre el individuo y la sociedad». Es decir: la causa de los fenómenos sociales no es sólo social (Durkheim) ni individual, sino una combinación de ambas.

De hecho, el pensamiento de Thomas cambiará hasta el estudio de 1923, The Unadjusted Girl, donde aún dará más importancia a la definición de la «situación» hecha por quien actúa. Esta definición se da tanto con elementos sociales comunes como con elementos particulares del individuo.

En definitiva, El campesino polaco presentaba diversas novedades respecto a los estudios sociológicos de la época:

  • 1, se apartaba de la sociografía y las teorías biológicas reduccionistas;
  • 2, técnicas cualitativas novedosas;
  • 3, se inspiraba en el pragmatismo y el interaccionismo simbólico;
  • 4, cuadro conceptual novedoso (desorganización social, definición de situación, actitud, marginación…);
  • 5, proporcionó las bases para asentar la sociología y la psicología social.

En la próxima entrada hablaremos de la ecología humana: de Robert Ezra Park y Ernest Burguess.